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VII — El té es terriblemente británico

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VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Nightingale el Sáb 8 Ago - 16:16

VII — Tea is terribly british
En realidad, no estaba segura de por qué la invitaba. Quizás porque, la encontraba, paseando, y la envidiaba mucho. Quizás porque, en el fondo, necesitaba alguien con quien hablar, aunque no hablaran de nada.

Si alguien le hubiera preguntado, Isabella no habría sabido decir que consideraba a Arlette König amiga suya. No la conocía desde hacía mucho, ni siquiera habían hablado tanto. Sus hermanos trabajaban en el mismo cuartel y a veces, se encontraban despidiéndolos en la puerta, cada una desde su jardín. Como ellos, los König no parecían tener un padre, o una madre. A diferencia de ellos, Arlette no corría las ventanas del dormitorio de su hermano por las noches.

Ni tenía marcas que ocultar.

De igual modo, no es que a nadie fueran a importarle, realmente. Era una práctica habitual. Muchas mujeres sufrían palizas de sus maridos. Isabella quería creer que su hermano era más indulgente con ella. Sin embargo, sentada en el salón contemplando como llovía fuera, pensar en su hermano la hacía torcer el rostro en una mueca, y que sus ojos amenazaran con estropear el maquillaje. Sus manos temblaban sosteniendo la taza. Había olvidado de qué estaban hablando.

La miró:
Deberías probar las galletas. Al menos una —carraspeó, volviendo en sí misma. Apartó los ojos de la lluviosa ventana y miró de nuevo a Arlette. Era difícil no admirarla— Dos harían que tuvieras que buscarte urgentemente una falda de tu talla, por fin —comentó, bebiendo té a sorbitos.

En el salón - Por la tarde - Con Arlette D. König
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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Sonder el Jue 20 Ago - 21:55

VII — Tea is terribly british

Arlette soltó una de aquellas ensayadas risitas de cortesía que las señoritas soltaban, porque las tenían aprendidas desde pequeñas; sin embargo, en ella, que había aprendido todos aquellos modales haría no tanto tiempo, quedaba terriblemente burlona y falsa... porque lo era, por supuesto. Porque ella pretendía que lo fuera. Sus claros ojos se clavaron en los de Isabella, ladeando el rostro. ¿Quién había comenzado con aquella guerra? ¿Ella, o Isabella? Lo cierto es que no lo sabía: quizás ella había hecho algún comentario irónico que la otra se había tomado a mal... o quizás había empezado Isabella con sus envidias. ¿Quién lo sabía? Ni siquiera recordaba cuándo habían empezado a hablar. Ni siquiera tenía importancia ya.

— Ahá. —coincidió Arlette irónicamente, con una sonrisa falsa y que pretendía parecer encantadora, pero que fallaba en el intento: era una expresión torcida y que precedía a un comentario que devolvería el golpe. Arlette no alzaría su mano contra Isabella —no en un sentido violento, al menos—, pero, ¿replicar? Oh, ¡y tanto! Y siempre saldría ganadora ella: los comentarios de su vecina nunca le molestaban tanto como viceversa—. Una de mi talla... como las tuyas, ¿cierto, Isabella, querida? —inquirió la joven ladeando el rostro. Cogió una galleta y la mordisqueó—. Ya me presentarás a tu sastre... o, mejor: ya me prestarás tu ropa. —y cogió una segunda galleta, con una sonrisa completamente desafiante.

Sebastian Köning, el hermano de Arlette, era encantador: un joven siempre sonriente y que, ante comentarios así, hubiera intentado atajar la situación de cualquiera manera, por todos los medios, para abandonar la parte incómoda a un lado. Todos decían que Sebastian era un encanto, que “tiene un futuro brillante, ¡debería estar orgulloso de su hijo!”, que “¿y aún no ha contraído matrimonio? Ah, ¡Jesús! Un muchacho selecto, ¿cierto? ¡Tampoco es de extrañar!”. Y lo mismo decían de la joven Arlette, aunque en un tono mucho más despectivo. “¿Que no está casada, la jovencita? ¡Alguna pega tendrá! A esta edad ya tendría que haber estado comprometida, casada y desflorada”. Con una lengua afilada como la de Arlette, no se hubiera podido esperar que mantuviera la boca cerrada y los labios curvados en una sonrisa encantadora.

En el salón - Por la tarde - Con Isabella B. Fulwänger
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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Nightingale el Vie 4 Sep - 18:31

VII — Tea is terribly british

Isabella entrecerró los ojos al verla coger una segunda galleta. A decir verdad, estando sola, las galletas de mantequilla que había en esa bandeja le resultarían deliciosas. Sí, se las comería todas y luego lloriquearía cuando su hermano pellizcara la carne de su muslo o de la parte baja de la espalda. Por algún motivo, tampoco llegaba a engordar mucho nunca; pero los atracones por nervios que se pegaba la hacían sentir que iba a explotar cuando su vientre protestaba contra la falda.

La miró y decidió que lo mejor de Arlette König era su hermano. Aunque Sebastian rara vez le prestaba atención, Isabella no debiera quejarse mucho: ambos se utilizaban mutuamente. Ella sospechaba que Sebastian estaba prendado de una de las criadas, y aunque la molestaba que la prefiriera a esa en lugar de a ella, en cierto modo lo entendía. Pero le daba rabia. Aún así, todas las veces que se lo tiraba solo para provocar a su hermano... Si alguien hiciera eso mismo con ella, seguro que ella se enfadaba.

Alzó una ceja y clavó su mirada en Arlette, dándole otro sorbo al té. Se moría por cogerse otra galleta, se iban a poner blandas a la velocidad que iba la charla. Bueno, podría comprar algunas y llevárselas a Nicolás. Pensar en él la hizo sonreír un segundo y olvidarse casi de dónde estaba.

Ojalá hubiera podido hacer lo mismo con Jonah. Tragó saliva y alzó el mentón:
¿Mi ropa? Querida, no te cabe —espetó, con rabia contenida. Era como una niña pequeña a veces. La miró, intentando no fijarse mucho. La silueta de Arlette era mucho más bonita que la suya. Apretó los labios. Mis blusas le apretarían del pecho, pensó con terrible fastidio, y bajó la mirada distraídamente al suyo.

No importaba. Su hermano la encontraba bonita... ¿verdad? ¿O acaso visitaba a otras? ¿Se acostaba con otras? Chicas como Arlette, con bonitas curvas y delicada melena-no-zanahoria se deslizaron en su mente, como para hacerla rabia. Gruñó y dejó la taza para no romperle el asa entre los dedos. Sería cerdo.

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Sonder el Miér 25 Nov - 22:25

VII — Tea is terribly british

Sonrió de medio lado, con malicia: Isabella sabía cómo atacar, mas la hoja de sus comentarios era roma; la de Arlette, sin embargo, estaba afilada. Era la mismísima arma de Isabella vuelta contra la propia Fulwänger. Y se lo tenía bien merecido, por ser irónica e hiriente (no: intentando serlo) cuando ella, todo lo que había hecho, era aceptar aquella invitación. No es que le dolieran sus comentarios, claro: a Arlette pocas cosas le dolían, ciertamente, pero no le gustaba que la invitaran únicamente para burlarse de ella.

— Cierto. —comentó Arlette tras darle un sorbo a su té—. Tienes menos pecho que yo. Seguramente, tus blusas me quedaran estrechas. —añadió con indiferencia. Indiferencia y dejándola por debajo de ella: había escogido las palabras tras pensarlas detenidamente, aunque tampoco hacía falta aquello. Sabía perfectamente qué cosas le molestaban más y cuáles menos a la pobre Isabella, que nada había hecho para merecerse aquellos halagos.

Excepto, por supuesto, ser una zorra hipócrita con la boca demasiado grande que, seguramente, fuera la causa de la mayoría de los moratones que solía tener, mezclada, por supuesto, con la arrogancia de su hermano y la estupidez de su padre, combinaciones terribles.

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Nightingale el Sáb 28 Nov - 16:15

VII — Tea is terribly british

Estaba distraída pensando en su hermano ¿en qué, sino? Jonah. Su padre. Nicolás. Konradin. Isabella no conocía otra realidad que no fuera aquella. Pensaba en Jonah antes de acostarse —siempre que lo hacía sola— y en Nicolás cuando se sentía triste y abandonada. Pensaba somos iguales. Tal y como lo pensaba de su hermano y ella cuando la hacía suya. Nos pertenecemos, no quiero que nos separen. O como pensaba que su padre tenía justificación.

Sus pensamientos nunca eran claros. Se perseguían los unos a los otros, dándose caza, buscando tener razón, y ninguno la tenía. No podía creerse igual que un pobre chico encerrado en un ático solo porque se sintiera sola a ratos. Ni podía justificar los crímenes de su padre solo porque lo hubiera pasado mal con la muerte de su madre. Ni disculpar a su hermano, ni creer que sería así siempre

Tan solo podía echar siempre de menos a Jonah, eso no podía cambiarlo. No cambiaría nunca.

De niña había creído que, al morir, iría al Cielo con su madre. Pero ya no estaba tan segura. Había visto que Cielo e Infierno podían vivirse en la tierra, y dudaba que hubiera nada más que la muerte en sí misma al final. Sin embargo, cuando estaba sola o triste pensaba en los muertos y se sentía mejor. El ser humano siempre es así. Se aferra a lo que ya se ha ido, o a lo que está por venir, mientras sus días lo desgastan y le roban el aliento poco a poco, como un tren al arrancar.

Tengo menos de todo que tú —clavó sus ojos, verdes como los de su hermano, en la figura de Arlette. Quiso tirarle el té caliente por encima de la blusa, a ver si le parecía divertido que sus tallas no coincidieran— Salvo cerebro. Y moral. Eso son cosas que tu desconoces.

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Sonder el Miér 13 Ene - 20:21

VII — Tea is terribly british

Soltó una risita contra la delicada taza en la cual una criada había servido el té. Se apartó la taza educadamente para luego limpiarse los labios con una servilleta. Ogh, aquellos modales... Pero le encantaba dejar a Isabella con la duda de “¿de qué se estará riendo?”. Se tomó su tiempo para doblar la servilleta cuidadosa y perfeccionistamente, dejándola luego sobre la mesa. Descruzar las piernas y volver a cruzarlas, con el suficiente descaro como para dejar que pasara un segundo entre un gesto y el otro, pero tan correcta como para volver a recolocarse en su asiento como toda dama debiera hacer. Recuperó entonces su taza de té.

— Oh, cielo. —Arlette sacudió la cabeza y sonrió de medio lado. Isabella era demasiado educada, aunque no lo pareciera: se había criado entre las esposas de los altos mandos del ejército y las hijas de estos, entre reuniones con las manos ocupadas por las tazas de café y sonrisas falsas e hipócritas en los labios que más tarde se convertirían en muecas de desprecio; Arlette se había criado en una casa completamente diferente: de orígenes más bien pobres, con padres de manos destrozadas. Su padre había trabajado como sastre durante algún tiempo, hasta que había empezado la guerra. Tanto el padre como el hermano de Arlette habían sido reclutados por los nazis, mientras que la madre de esta y la propia joven permanecían en casa con los dedos cruzados para que ninguno de ellos fuera enviado al frente—. Tengo más cerebro de lo que jamás tendrás tú y... ¿moral? Creía que ni sabíais qué era eso en vuestra familia.

No habían pasado desapercibidos los rumores durante aquellos días en los que los vecinos de los Köning habían estado tan alborotados. Había ocurrido por algo de un chico judío, según lo tenía entendido Arlette: un joven que había sido tan osado como para enamorarse y, no sólo eso, sino para desvirgar a Isabella Fulwänger. También corría el rumor, algo más famoso, de que la habían violado. De una u otra manera, sólo habían sido rumores, mas todo el mundo había escuchado que algo había ocurrido, tan importante como para que los gritos del general Fulwänger resonaran incluso en la calle. ¿Cómo había terminado todo? Los más optimistas opinaban que el muchacho había terminado en un campo de aquellos para refugiados judíos que preferían vivir entre los suyos que no excluidos en las calles de sus propios hogares; otros decían que el general Fulwänger le había reservado algo peor que la muerte. Y lo que había oído decir sobre el hermano mayor de Isabella no es que fuera muchísimo mejor que aquello. ¿Moralidad? Por favor... ¿Eran siquiera conscientes de su existencia?

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Nightingale el Vie 15 Ene - 0:30

VII — Tea is terribly british

Ya está, voy a pedirle que se marche. Voy a decirle que me voy. Tardó en darse cuenta de que estaba en su casa, y de que, si la echaba, probablemente no podría volver a invitarla sin tener que responder preguntas. Y eso, además de ser incómodo, sería terrible. Porque ella podía terminar preguntando por las marcas que sabía, le había visto; y podían terminar peor de lo que habían empezado.

Se terminó la taza de té y detuvo en seguida al criado que quiso echarle más. De hecho, le pidió que se retirara y relajó tan apenas la postura.

Una muñeca debía estar siempre bien colocada en su casita de juguete, pero era más difícil de lo que pudiera parecer. Suspiró. Habla de otra cosa, no te pelees con ella ¿qué harás cuando ella ni te salude por la calle y no te quede nadie con quien charlar? Hizo una mueca y dejó la taza violentamente sobre su platito.

Clavó sus ojos, fieros pero tristes, como los de su hermano, en la figura de Arlette:
Necesito un vestido nuevo. Pensé que tal vez podrías acompañarme, si no te es molestia —ir de compras sola era aburrido, y sería algo más entretenido tener a alguien con quien criticar los sombreros de las señoras de los cafés.

No te pelees con ella, no te pelees con ella. Apretó los labios, tensa, esperando una respuesta ¿que qué sabía su familia de moral? Nada.

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Sonder el Miér 30 Mar - 16:37

VII — Tea is terribly british

Miró a Isabella y, simplemente, esperó.

Esperaba una respuesta bastante más violenta que, simplemente, dejar una taza sobre su pequeño plato y mirarla de aquella manera. Alzó una ceja y al escucharla, parpadeó. Sin duda, debía sentirse bastante sola si le pedía precisamente a ella, después de lo que había dicho, ir a acompañarla a... ¿comprar un vestido? Por Arlette adelante, por supuesto, pero... Vaya. Debía estar realmente sola si decidía ignorar sus comentarios y sus críticas hacia la familia ajena y escogía hacer aquello, invitarla a acompañarla. Sin duda, o tenía unas intenciones de lo peor para con ella o, simplemente, estaba tan sola como para dejar a un lado el orgullo.

Y, mirándola a los ojos, lo supo. Quizás Isabella Fulwänger era la mejor actriz del mundo que vivía en su teatro particular, pero Arlette podía poner la mano en el fuego y decir que se sentía sola. Sola y triste.

— Claro. —sonrió un poco y bebió de su taza, para luego mordisquear una galleta. Tragó y la miró de reojo—. Te acompañaré. Quizás también me venga bien comprarme otro vestido. —se encogió de hombros, sin añadir ningún comentario que pudiera darle a la otra una oportunidad de burlarse. No es que le importara que lo hiciera, pero no quería entrar en un bucle de insultos y mofas—. ¿Cuándo quieres que vayamos, querida? —inquirió mientras el reloj daba las seis en punto. Las seis. Hora de volver a casa y no precisamente por el toque de queda. Se relamió—. He olvidado que tenía que hacer algo en casa. Debería irme. —era una excusa terrible, sí, pero, ¿a quién le importaba?

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Nightingale el Jue 31 Mar - 0:23

VII — Tea is terribly british

No le molestaba tanto estar ahí abajo. De hecho, sentía que estaba demasiado bien. Tenía un colchón viejo bajo el hueco de la escalera; tenía mantas y una almohada; tenía visitas a diario, libros que leer, tenía su maletín, sus medicinas, tenía luz, tenía como compañera a una ratita que se terminaba lo que él no comía y por supuesto, no le faltaba de nada.

De haber sido otras las circunstancias, seguramente habría podido hospedarse arriba, pero Isaac König se las había apañado, siendo médico, para ser de los más buscados por el ejército nazi. Técnicamente, y siendo que había viajado hasta allí, no tendría que tener problemas; pero el inspector Hellmutz estaba decidido a darle caza ¿su crimen? Firmar casi un millar de documentos para traslados hospitalarios lejos de las fronteras del Tercer Reich.

Hasta que lo habían pillado, claro.

Se frotó los ojos y se incorporó un poco en el rincón en el que estaba leyendo sobre Aristóteles y entrecerró los ojos. Siempre olvidaba lo oscuro que estaba aquello hasta que Arlette abría esa puerta:
Pero ¿qué ven mis ojos? ¿Es Maria Antonietta? ¡No! ¿Es Helena de Troya? ¡Oh, no, no! ¡Pero si es mi querida prima! —rodó los ojos y dejó el libro a un lado— Me halagas, pero no hace falta que te vistas de etiqueta para venir a verme, querida, de veras.

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Sonder el Jue 9 Jun - 21:16

VII — Tea is terribly british

Como de costumbre, Isaac tan teatral como lo recordaba. El encierro, al parecer, no había podido con su humor.

A Arlette nunca le había gustado la situación en la que se hallaba su familia: se habían librado de su propio problema —como si la religión fuera uno— como quién jugaba a ver quién se quedaba sin silla mientras ellos suspiraban aliviados por haber encontrado asiento. Le habían pasado el problema a otros pero todos entre los Köning sabían que tarde o temprano les tocaría lidiar con este. En aquella ocasión, le tocó a Isaac, que se escondía allí. Compartiendo el mismo apellido y encontrándose en una situación semejante, Arlette dudaba que los de la Gestapo pasaran por alto un terrible y obvio detalle: el judío al que buscaban compartía apellido con cierta familia que se había mostrado fiel y leal al Tercer Reich. Tarde o temprano los cogerían y Arlette prefería no saber qué ocurriría entonces.

Tal vez por eso era tan descarada y, cuando alguien se daba la vuelta, le robaba un beso a la criada o miraba sin disimulo alguno a Isabella: el riesgo era una gran droga para recordarse a sí misma el presente, olvidándose del futuro; o quizá simplemente hacía aquello porque todo momento moría con rapidez, eran efímeros y había que aprovechar la ocasión.

Bajó los escalones hacia el sótano de su hogar, iluminado únicamente por la bombilla que se hallaba en el centro de la estancia y que repartía por la estancia una mortecina luz. A veces, cuando no había nadie, le gustaba abrir la puerta de allí y asomarse para hacerle un gesto a su primo de “¡sal, venga, a que te dé la luz del Sol o te quedarás mustio!”. Quizá ya lo estaba, él y todos, solo que aún no lo sabían. Tal vez en el cementerio ya hubiera una tumba con su nombre y todo aquello no fuera más que una pantomima, una burla para que la caída al interior de su tumba doliera más. A veces lo pensaba y el peso sobre el centro de su pecho se hacía más notable.

El peligro que corría su cuello era difícil de ignorar.

— Mas, ¡oh, Paris! —protestó ella con el dorso de la mano contra su frente. Rodó los ojos y sonrió mientras terminaba de bajar para ir a sentarse frente a él, tirando de la falta ligeramente—. Eso es lo que a ti te gustaría. —añadió entonces, burlona y atrevida como lo había sido siempre Arlette, pues eran los que iban a morir pronto los que más osados se mostraban—. He estado tomando el té con la vecina, Isabella. —tampoco dio muchas explicaciones: no se las debía y tampoco quería aburrirlo con tontos suspiros. Porque quizás Isabella fuera estúpida, una muchacha inmadura, pero parecía tener aquello de lo que ella y su familia carecían: la seguridad de que su propia gente no la mataría—. ¿Estás bien aquí, Isaac? ¿Quieres algo de comer? Arriba solo queda la criada, si quieres podemos subir un ratito...

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Nightingale el Sáb 25 Jun - 21:20

VII — Tea is terribly british

Hubiera preferido ser Paris, ser cualquier otro, en aquel momento, con tal de poder correr al aire libre. Le daba igual estar encerrado en el sótano que en la casa, sus piernas estaban cansadas, cansadas de no ser utilizadas, se estar encogido en un sitio, o en otro.

No importaba si ese sitio era la cocina, una cama arriba, la bañera o un sillón: tenía unas ganas horribles de salir corriendo. Cruzaría toda la ciudad, si lo dejaran, corriendo. Y sin aliento seguiría, camino abajo, por tierra o por asfalto. Se imaginaba a sí mismo rompiendo las cadenas que retenían a los suyos: huyendo, llegando a Francia, luego a España, y de ahí quién sabe, tal vez al Nuevo Mundo.

Cerró los ojos y negó con la cabeza. No podía salir corriendo, no aún:
Tengo un poco de hambre, pero estoy bien ¿te acuerdas de las comidas familiares cuando éramos niños? Yo apenas comía nada: eso algún día tenía que servirme para algo —comentó, rodando los ojos, adaptados ya a la penumbra del sótano. Era cierto. Siendo niños, su madre tenía que vérselas y deseárselas para que comiera algo, y muchísima más batalla ofrecía el muchacho para terminarse el plato.

Tragó saliva a pensar en su madre y se alegró de que hubiera fallecido antes de que comenzara aquella locura. Su padre, para su desgracia, no había corrido tanta suerte y había optado por quitarse la vida. Solo quedaban él y sus hermanos ¿dónde estarían?
Dime ¿cómo está la situación fuera?
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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Sonder el Vie 1 Jul - 0:07

VII — Tea is terribly british

Isaac tenía buena memoria; Arlette no tanto. Tal vez se debiera a que él tenía todo el día para reflexionar sobre el pasado mientras que ella estaba ocupada intentando salvar el presente... más o menos. No es que hiciera gran cosa. Después de todo, ella era la que permanecía en casa y la que sonreía falsamente mientras Sebastian, su hermano mayor, era el que salía allí fuera y se arriesgaba a morir a manos de cualquiera de los bandos porque todos lo hubieran considerado del bando contrario: demasiado nazi como para ser judío; demasiado judío como para que lo consideraran alemán. Afortunadamente, mantenían aquel secreto acallado: no convenía que nadie lo supiera o terminarían tan mal como Isaac.

Aunque Isaac estaba relativamente bien por ellos; no quería ni imaginar cómo estaría si no fuera porque ellos lo habían acogido. Un secreto más en un baúl de secretos, ¿qué más daba? Uno más, uno menos... Pero Isaac era un secreto que los ponía en peligro a todos. Y, aun así, habían escogido protegerlo.

— No tienes por qué pasar hambre. —replicó Arlette encogiéndose de hombros antes de mirar alrededor. Aquel sótano era terriblemente tétrico, o tal vez era que, simplemente, el lugar había adquirido unas connotaciones que le recordaban a la joven a diferentes destinos que podían correr. Sangrientos destinos que llevaban a la más absoluta negrura... como aquel lugar. Era lúgubre. A Arlette no le gustaba y nunca lo hubiera visitado de no ser por Isaac—. No nos sobra comida pero tampoco nos falta, ¿sabes? No estamos tan mal. —y sonrió mientras se sentaba frente a él, tirando un poco de la falda—. Si te refieres a la familia... bien. —no había mucho más que comentar, realmente—. Tenemos un nuevo criado. —añadió tras unos segundos de silencio: entre los Köning, la mejor señal que podía haber era que no hubiera novedades, que todo siguiera como hasta ahora; aquel día, sin embargo, sí que tenía algo que comentar: la presencia del nuevo miembro del servicio.

Arlette había sabido en seguida que había algo peculiar en él y no lo había sabido por ninguna clase de “intuición” ni nada de eso, sino porque había sido Konradin Fulwänger —efectivamente, el hermano idiota de Isabella— el que había insistido en que fuera contratado con la más absoluta discreción, cuanto antes. Con un padre más bien medio ausente y un hermano que casi seguía el mismo ejemplo (y ninguno por voluntad propia), era ella la que se encargaba de aquellos asuntos.

— Si te refieres a la guerra... —hizo una pequeña mueca—. Sebastian no habla mucho de eso. —y dicho aquello, guardó silencio: su hermano, cuando volvía a casa, respondía con comentarios evasivos o hablaba únicamente de las guardias. Jamás se refería a la guerra, como si desconociera la misma o no supiera de su existencia. Tenía gracia que fuera él quien estuviera bajo la amenaza de la idea de acudir a la misma. Carraspeó y se apartó un mechón del rostro—. No pienses en eso. —“no pienses en que en cualquier momento pueden relacionarte con nosotros; no pienses en que podemos terminar todos muertos. No lo pienses. No lo pienses”. A veces no sabía si simplemente se aconsejaba a sí misma o a los otros—. ¿Quieres que te traiga algo para entretenerte? ¿Un libro, tal vez?

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Nightingale el Dom 3 Jul - 17:48

VII — Tea is terribly british

Isaac negó: no quería comer nada, pero asintió ante la mención de los libros:
Si tienes más velas, también te lo agradecería, las he consumido todas en la lámpara que me trajiste y es muy incómodo leer en la oscuridad —bromeó.

Leía bastante, lo suficiente como para mantener su mente ocupada. Se negaba a enloquecer en aquel sótano. Su cuerpo podía hacerse más frágil, podía haber perdido peso, podía haberse vuelto un joven pequeño, enjuto como un viejo, encogido en un hueco demasiado pequeño para él durante los días de viaje, podía estar enfermo, cansado, sucio, podía pasar hambre, sed, podían escocerle los ojos de no dormir lo suficiente, podían quebrarse sus uñas por falta de alimento: lo que importaba era la mente.

No podía protegerse eternamente del hambre, la enfermedad, los golpes. Pero podía guardar su mente, protegerla, cuidarla, alimentarla. Leería todo lo que se había escrito antes que dejar morir sus ideas y jamás se disculparía por tenerlas. Su cuerpo podía recuperarse, lo haría algún día, cuando la resistencia venciera a Hitler, pero si perdía su mente, perdería su tesoro más preciado.

Se humedeció los labios resecos:
Y tal vez algo de beber, te lo agradecería bastante.

Pero cuando Arlette llegó arriba, ya había un pequeño ratón en la cocina. Eizer, con aspecto airado, acumulaba pedazos de queso, pan y puñados de arroz en un trapo que no sabía como atar para no perder el alimento por el camino. Cuando la vio en la puerta de la cocina, cerca estuvo de desmayarse. Perdió el color del rostro y se apartó de la encimera como si le quemara la piel:
Mi señora, puedo explicarlo.

En el sótano - ¿Ya son las seis? - Con Arlette D. König
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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Sonder el Dom 10 Jul - 0:06

VII — Tea is terribly british

Arlette únicamente asintió y sin más dilación se dirigió escaleras arriba en pos de buscar las velas para Isaac. Intentaba estar pendiente de él todo lo que podía, pero no podía estar tan atenta cuando estaba intentando que nadie en el servicio supiera que el sótano estaba ocupado por su primo, un judío. Tarde o temprano alguien sumaría dos más dos y el resultado los llevaría directos a la casa de los Köning. Arlette no necesitaba que alguien del servicio se vendiera (los vendiera) por unas cuantas monedas. O por miedo. La familia guardaba bastantes secretos y no estaban dispuestos a correr el riesgo de que estos quedaran en manos de aquellos que eran ajenos a la familia: los Köning se encargaban de los asuntos de los Köning y nadie más se metía, porque todo aquel que no compartiera su apellido y se hallara involucrado solo estaría incluido para hacerles mal. En un mundo tan cruel como aquel en el que vivían, nadie que fuera ajeno a ellos les desearía algo bueno de conocer la verdad.

Por aquellas razones, los Köning se guardaban de hablar delante del servicio lo justo, aunque eso solo debían hacerlo cuando la familia se reunía. Por lo general, Sebastian era callado (o se obligaba a callar, acostumbrado ya a un entorno hostil) por lo que no le costaba demasiado guardar el secreto; el padre de ambos hermanos parloteaba sobre las noticias del frente, pero hasta él tenía que ocultar algunos secretos en su trabajo: no todo lo que llegaba a sus oídos en el cuartel se podía decir en voz alta en una cena familiar de un jueves por la noche; sin embargo, había ocasiones que los largos y tediosos silencios que se establecían en el tenso ambiente cuando se hallaban todos reunidos hablaban por sí mismos: sabían que había cuestiones que no se atrevían a expresar en voz alta por miedo a los curiosos oídos que pudieran escuchar la conversación.

Le habían prohibido al servicio acceder a algunas zonas tales como el sótano, alegando excusas como que guardaban cosas que no querían que tocaran. Además, cerraban la puerta con llave, otra medida para evitar que los curiosos intentaran entrar a cotillear qué había allí o que trataran de hurtar algo. Así nadie bajaba y nadie descubría uno de los secretos de los Köning. Un secreto que podía llevarlos a tantos otros.

Tantos otros como aquel que husmeaba en su cocina y al igual atrapó con las manos casi literalmente en la masa.

— Eizer. ¿Estás intentando robar? —protestó Arlette mientras se colocaba las manos a la cadera en una posición severa, aunque su rostro, como de costumbre, la delataba: su expresión no era tan seria como su postura ni mucho menos, sino que, de hecho, intentaba ocultar la afabilidad de esta porque sabía perfectamente que Eizer no estaba robando únicamente por gusto. Sabía que la situación allí fuera, en las calles, estaba muy mal. A veces se preguntaba cuál sería el origen de Eizer. Luego se recordaba que, al igual que el secreto que ellos mismos guardaban, era mejor no conocer el de otros—. Siéntate aquí ahora mismo y explícame qué estás haciendo, venga. —ordenó antes de acercarse a tirar de él con suavidad para sentarlo en la silla. Tomó asiento frente a él y lo escuchó atenta y consideramente.

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Nightingale el Mar 26 Jul - 13:58

VII — I need this

Miriam estaba enferma.

Ambos llevaban un tiempo negándose a aceptarlo, pero era así. Estaba... cada día más delgada, y más pálida, y más delgada y con ojeras, y el sueldo que Eizer llevaba a casa iba especialmente para sobornar a la casera, pagar el alquiler y comprar medicinas. Los alimentos eran muy caros, y había ciertos establecimientos en los que no se les estaba permitido entrar, productos que no tenían derecho a comprar.

Así es como nos matarán a todos, pensaba, haciendo ver que no existimos.

Y estaba enferma porque no podía comer bien. Las comidas que Eizer realizaba en casa de los König con el resto de los criados eran excelentes y estaban terminando con su aspecto de esqueleto: verduras, queso, carne, pescado, legumbres, yogur... cosas que él ni había podido imaginar que echaría tanto de menos. Cosas que pensaba, no merecía más del resto de los suyos, que comían igual o peor que su hermana.

Por eso, a veces, odiaba a los König y odiaba a Konradin, pero sobre todo se odiaba a sí mismo. Porque cuando Konradin le traía una taza de chocolate, pensaba en todos los labios resecos y agrietados por el frío que no podían soñar ni con olisquear aquel manjar; y cuando Arlette le ofrecía galletas de mantequilla tenía que irse a un lado y llorar en silencio pensando que habían sido las que su madre compraba antes de morir, esas que a Miriam le encantaban.

Los odiaba ¡los odiaba! ¿Por qué Konradin había decidido follarlo a él y no a otro? ¿por qué tenía él derecho a tener dinero, tener comida y gozar de salud y cariño y el resto no? Muchas veces había pensado que replicaría, que se volvería y contestaría: no, no quiero esa taza de chocolate a no ser que todos los judíos de Alemania reciban una también o bien que gritaría que esas eran las galletas que Miriam no podía comer y lloraría delante de ellos.

Pero siempre agachaba la cabeza, daba las gracias y se dejaba querer.
El amor es un privilegio, y es adictivo.

Eizer iba cada vez menos a visitar a su hermana porque se ponía enfermo solo de ver como estaba, solo de ver lo que Hitler y los suyos, y la gente como Konradin y los König le estaban causando. Prefería quedarse entre aquellos que le sonreían, lo abrazaban y lo trataban con afecto. Se odiaba.

Las manos le temblaron y tuvo que enfrentarse por fin a los ojos de su señora:
Sí, señora, estaba robando.

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Re: VII — El té es terriblemente británico

Mensaje por Sonder el Miér 19 Jul - 18:32

VII — Tea is terribly british

Por robar, dependiendo de a qué grupo social se perteneciera, los castigos variaban en la calle: a los afiliados al régimen con una excusa les valía para darle la vuelta al asunto y hacer que todo fuera culpa de la otra persona. Todo el mundo los creería porque, ¿cómo alguien que servía al país sería capaz de traicionar a aquellos nacidos bajo la misma nación, acogido por la misma etnia? Y entonces todo eran mentiras, y la persona que era la verdadera víctima se convertía en el culpable, carente de lo robado y dueño actual de algo que pesaba bastante más que unas simples monedas: la vergüenza; luego estaban los de clase baja o media, los cuales se ganarían por supuesto un castigo, el cual dependería de qué agente los atrapara y con qué pie se hubiera levantado durante aquella mañana; por último, se hallaban aquellos que el ejército había denominado como parias pero que para otros eran más bien conocidos como “judíos”. Ellos siempre tendrían el peor castigo, el más cruel: el desconocido.

Pero, por supuesto, Arlette no es como los demás y no porque ella se crea así, sino porque poca gente con sus orígenes pueden acceder a una posición como aquella en la que se halla.

Toma asiento. —Se limitó a hacer un gesto hacia la silla que se encontraba frente a sí misma, mirando de reojo a Eizer, el muchacho al que Konradin había traído personalmente. El asunto ya le había resultado extraño a ella en un principio pero más aún viendo el comportamiento más bien discreto y silencioso del muchacho—. Cuando necesites algo, te exijo que vengas a preguntármelo a mí. Lo que sea. ¿Entendido? —Enarca ambas cejas como para darle cierto énfasis a esa pregunta—. Por esta vez te lo pasaré. —decide para que el joven pueda liberar esa tensión que ha aparecido en sus hombros, acompañado de unos temblores en las manos.

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Re: VII — El té es terriblemente británico

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