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Brave new world

Mensaje por Invitado el Mar 15 Dic - 3:52

Brave new world
Plot | 1x1 | Épocas pasadas

La tierra se ha expandido. El viejo mundo busca descubrir cada rincón y cada secreto de las nuevas tierras que insaciablemente busca con cada barco que pone en el mar en dirección al Atlántico. El siglo XVIII está por terminar, y los nuevos inventos posibilitan viajar más lejos de lo que nunca se imaginó antes.
El HMS Atlantis VI, comandado por el capitán George Fitzroy,  tiene como misión surcar el Atlántico y recalar en numerosos puertos americanos para cartografiar la costa. Además de los marineros, lleva también un clérigo, un astrónomo, un médico y un naturalista. En la costa de lo que hoy es Rio Grande do Sul, en Brasil,  el Atlantis debe recalar de emergencia debido a la colisión con rocas marinas que no figuraban en los mapas. La reparación será lenta, y la tripulación debe sobrevivir en medio de la selva y sus habitantes.  

Mbyja
16 años | Tapé | Marina Nery | Lucrezia
Su nombre significa "estrella"; la noche en que nació fue la primera en la cual brilló el primer astro en el cielo luego de días y días de cerrada tormenta. Igual de sorpresiva, brillante y llena de esperanza, Mbyja ha crecido como una fuerte joven tapé, entusiasta conocedora del bosque y laboriosa como una abeja. Pronta a ser considerada totalmente una adulta, su matrimonio está próximo a realizarse.  
Lewis O'hare
27 años | Inglés | B.C. | Min
Naturalista a bordo del Atlantis. Tiene el trabajo de observar, anotar y tomar muestras de los aspectos más relevantes relacionados con la historia natural, desde la geología hasta la botánica y la zoología. Se embarcó en busca de aventuras en medio de la tediosa vida londinense. Antes de partir, se comprometió con su prima Grace.  
Cronología

Chapter 01. I. RECONNAISSANCE.

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Última edición por Min el Jue 11 Ago - 3:44, editado 1 vez
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Re: Brave new world

Mensaje por Invitado el Mar 19 Ene - 4:07

reconnaissance
Lewis O'Hare | Costa de Brasil | Mayo de 1798

Le despertó el gran estruendo que parecía como si mil tablas se quebrasen, y luego el remezón del barco casi le tiró de su camarote. Adormilado, se vistió apresuradamente para subir a la cubierta en donde la tripulación corría de un lado a otro mientras el maestre daba voces. El barco volvió a marearse y solo pudo escuchar maldiciones y gritos. El capitán pasó casi corriendo con un mapa desenrollado en la mano y alzaba los brazos con vehemencia, discutiendo luego con el maestre sobre la ruta. Alcanzó a escuchar algunos gritos destemplados; "No estaba en el mapa", "Rocas volcánicas", "Deben haberse formado hace poco, "La gran puta que parió este maldito barco". Suspiró. Aún les faltaban días para llegar a su nuevo destino en el cual debía trazar los nuevos mapas y recolectar especies y rocas, pero al parecer habían encallado en una costa desconocida. Tomó su catalejo y miró por sobre la borda. Altos acantilados rodeaban la costa, pero había una ancha playa por la cual podrían llegar a tierra firme, la que estaba totalmente cubierta de un vivo verde. Sonrió al pensar qué nuevas especies le esperarían en aquellas tierras que parecían vírgenes.

Les tomó media mañana transportar a la isla a los tripulantes del barco junto con algunos víveres e instrumentos que podrían necesitar para pasar la noche. Comieron en la playa y luego se ocuparon en construir algunos refugios; estimaron que necesitarían al menos un par de meses para reparar el daño del barco, si es que lograban comunicarse con Inglaterra. Por lo pronto, debían sobrevivir y realizar sus tareas en aquel lugar, el cual estimaron su ubicación en los mapas. La noche fue cayendo tranquila y oscura, y a pesar del ruido de grandes pájaros y el romper de las olas, el naturalista durmió profundamente. Soñó que encontraba una rara especie de caracola marina en la playa, y que la tomaba para calibrar su peso, examinar sus colores y registrar sus formas, pero esta se desvaneció en cuanto sus dedos la tocaron. Sudoroso, despertó al amanecer con la extraña sensación que había sufrido una pesadilla. La mayoría de los tripulantes dormía aún. Se sentó en la arena todavía agitado, y decidió caminar un poco para distraerse. Llegó al límite de la playa y miró hacia atrás, pero los que vigilaban a esa hora no se habían percatado de sus andanzas. Observó el bosque frente a él, y se adentró con cuidado, atento de cada sonido, ávido de encontrar algo que saciara su inacabable curiosidad.

Mientras avanzaba, grandes hojas de gruesos árboles y oscuras plantas ocultaban la mayor parte de la claridad; sintió que se internaba en una noche fría, húmeda y plagada de extraños sonidos. Las ramas azotaban sus mejillas, y las hojas alargadas se enredaban en sus piernas. Sin embargo, pronto dejó de escuchar las olas del mar para quedar extasiado en medio de los sonidos del bosque. Pájaros, insectos, incluso la humedad de los árboles que goteaba creaban la más perfecta melodía que hubiese escuchado. Se sentó en una roca y cerró los ojos para dejarse llevar por los sonidos que se complementaban para crear un único zumbido. Pensó que soñaba. Una gota de agua cayó en su  frente y rodó por su nariz hasta perderse en la tela de su camisa. Abrió los ojos y se sintió observado. Miró hacia la izquierda y la derecha, pero tardó en darse cuenta que estaba equivocado. No fue sino cuando miró hacia arriba que se encontró con aquellos penetrantes ojos oscuros que le observaban brillantes en medio de la espesura.

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Re: Brave new world

Mensaje por Lichtgestalt el Miér 20 Ene - 0:09

reconnaissance
Mbyja | Costa de Brasil | Mayo de 1798

Atenta al sonido que las gotas de lluvia producían en el techo de su choza, Mbyja fue incapaz de continuar dormida. Tan pronto como dejó de escuchar el ruido del agua cayendo en las ramas abandonó su hogar como todos los demás. Casi sonrió ante la sensación que producía en sus pies tocar la tierra húmeda, caliente por efecto del astro rey.  Hombres, mujeres y niños avanzaban hasta el centro de aquel lugar para congregarse alrededor de una anciana cuyo pelo blanco y piel cobriza contrastaban con la llamativa pintura que cubría su cuerpo. ― ¡Kuarahy es bueno con nosotros! ― Clamaba a gritos, llamando la atención de todo aquel que la veía. A pesar de su avanzada edad, la mujer se retorcía en el suelo, con los brazos apuntando al astro rey. Ininteligibles palabras escaparon de sus labios en forma de extraños cánticos que nadie ahí era capaz de comprender. Los temblores sacudían su frágil anatomía pero no demostraba sentir el más mínimo cosquilleo y de pronto, como si nada hubiese pasado se irguió con lentitud para adoptar la misma postura que al principio.

― Kuarahy traerá este ciclo buenas cosas para nuestro pueblo. ― Un grito de júbilo no se hizo esperar después de aquel anuncio, maravillados por las buenas nuevas.  La anciana dio media vuelta para desaparecer en medio de los árboles, dejando que cada poblador se retirara a cumplir con sus obligaciones. Los días de tormenta habían hecho estragos en la mayoría de los  hogares pero cada habitante estaba obligado a ayudar.  Mientras las mujeres preparaban alimento en compañía de sus hijas, los hombres reparaban los techos o levantaban nuevas chozas ahí donde se requiriera. Dependiendo de la edad, algunos niños eran destinados a los charcos de barro en donde llenaban grandes cuencos con esa mezcla que después servirían para cubrir los huecos que las ramas no pudieran. En el caso de Mbyja sus labores consistían en asistir los partos, curar a los enfermos o aprender de aquellos espíritus que habitaban en la naturaleza pues según las mujeres con más experiencia, grandes cosas llegaría a saber si aprendía a distinguir lo que otros no.

Gran parte de su jornada transcurrió en calma, ocupándose de sanar las heridas que algunos niños se habían hecho al caer o internándose en la selva para recolectar aquellas plantas que tan necesarias eran en su labor como curandera. El ser ágil y veloz de pie le permitía internarse entre la vegetación por lo que no era extraño encontrarla de cabeza o sobre los árboles si algún arbusto o flor llamaba su atención.  Esa labor le demoró bastante así que al volver a casa de la anciana Ysiry recibió de esta una reprimenda bastante severa al haberse tardado tanto. Mientras la mujer continuaba profiriendo una serie de regaños, se apuró a recibir a una parturienta a la que poco le faltaba para dar a luz. Sus gritos eran ensordecedores, clamando porque fuera un niño. Aquel no era el primer alumbramiento que presenciaba así que Mbyja sabía bien qué hacer sin necesidad de recibir indicaciones. Separó las piernas de la mujer para colocarse entre ellas, palpando el abultado vientre para ubicar al bebé. Ysiry se mantenía imperturbable ante los gritos de dolor o las reiteradas súplicas, preparando un brebaje que obligó a beber a la madre, prometiéndole que tan extraño líquido le daría las fuerzas necesarias para resistir.

Con un gesto de negación, Mbyja miró a la anciana para transmitirle su preocupación; la criatura por nacer apenas se movía y dada la precaria condición de la madre era probable que ninguno de los dos sobreviviera. Aun con tan malos augurios, ambas mujeres presionaron a la parturienta para que pujara con todas sus fuerzas pero ella apenas  y podía ayudar. Largas horas consumieron todos sus vanos esfuerzos, incapaces de hacer más. Apenas había bastado un débil suspiro para que madre e hijo abandonaran el mundo de los vivos. No pasó mucho tiempo antes de que algunas mujeres entraran a la choza de la anciana  a llevarse el cadáver, cargando pesados ramos de flores para despejar el olor del lugar y con ello a los malos espíritus. Sin importar cuán bueno fuese el astro rey con su pueblo, la muerte se ceñía ante ellos como la más pesada de las sombras, llevándose a seres inocentes como aquel bebé.  Abandonó el hogar de la anciana y se internó en esa selva que conocía también, la cual llegaba a considerar como parte de sí misma. Perderse entre la vegetación que parecía no tener fin calmaba sus deseos de llorar, sus ganas de gritar lo inconforme que estaba con los designios de esos dioses a los que tan fervientemente servía.

Algunas lianas envolvían sus tobillos pero ni siquiera eso bastaba para detener su caminata. La oscuridad tampoco resultaba impedimento pues sabía bien que se hallaba a mitad de la brecha entre la selva y el mar, con el sonido de las aves como única compañía. Se quedó quieta al escuchar pasos sobre la hierba desperdigada en el suelo, temerosa de que algún animal la atacara pues la oscuridad era el momento perfecto para buscar una presa. Una vez que aquellos ruidos cesaron salió de su escondite en el follaje para averiguar la procedencia de tan extraños ruidos. Una gran roca en medio de toda la vegetación servía de descanso a un extraño ser que captó inmediatamente toda su atención. Su mirada encontró la de él mientras le observaba con una mezcla de recelo y curiosidad. De cuerpo y cara se asemejaba a un hombre pero era el color de su piel lo que más le llamaba la atención. ―Jasy. ― Señaló la luna y luego a él repetidas veces pero no se echó a correr a pesar de saber que a los espíritus se les debía temer.

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Re: Brave new world

Mensaje por Invitado el Lun 15 Ago - 0:59

reconnaissance
Lewis O'Hare | Costa de Brasil | Mayo de 1798


Sin pestañear, casi sin respirar, se quedó paralizado, apenas sintiendo su corazón en su pecho. Era como si se hubiese detenido de pronto, y pensó que podría ser un ataque repentino ante la sorpresa. Sin embargo, lo descartó ante la ausencia de dolor. Aquellos ojos le respondieron la mirada fijamente para luego situarse por encima de ellos, en dirección al cielo. Repitieron el movimiento, y él estuvo tentado de seguirlo, como si fuera un reflejo automático, pero, en cambio, se obligó a seguir atento a aquellos ojos, sintiéndose que se encontraba de pronto con un animal salvaje. El dueño de aquella mirada no difería mucho de uno; sus movimientos sinuosos, casi invisibles en medio de la oscuridad, tenían una reminiscencia a un felino, una pantera que de pronto lo acechase.

Con movimientos muy lentos y calculados, se levantó del tronco donde descansaba, sin apartar la mirada de la figura. Era pequeña, no parecía ser un adulto, y tampoco pareció huir; no le tenía miedo. Apretó los labios con nerviosismo. ¿Quién era? Él no llevaba arma alguna, no tenía cómo defenderse de un ataque. ¿Y si eran más de ellos? Miró alrededor súbitamente alarmado. Debía haberlo pensado antes. ¿Cuántos relatos sobre tribus salvajes había leído? Casi ninguno terminaba bien. Su sentido común le decía que regresara lo más pronto posible por el mismo camino que había venido hasta el campamento de la tripulación en la playa. Sin embargo, en esos momentos veía su sentido común debilitado ante su enorme, voraz y temeraria curiosidad. ¿Cuándo tendría otra oportunidad como aquella? Sus sentidos se agudizaron, deseaba recordarlo todo; la sombra de los árboles sobre el cuerpo de aquella criatura, el leve aroma salado que podía sentir... lo registraría todo luego con sumo detalle.

Sin pensarlo más, dio un par de pasos hacia la espesura, en dirección a aquella mirada que parecía no parpadear nunca. Desde más cerca, vio el cabello oscuro que rodeaba el rostro ensombrecido de aquella figura, percatándose de que tal vez se tratara de una mujer, una niña por su tamaño. - No... no te haré daño - intentó decir las palabras lentamente. Sabía que no podría entenderlas, pero tal vez podría comprender por su tono, que no le iba a atacar. Avanzó un poco más, asumiendo el riesgo de que ella pudiese atacarle o que huyera. - No te haré daño - repitió más firmemente, avanzando hasta que todo él quedó expuesto ante ella, iluminado por la luna. Ella vería que no portaba arma alguna. Levantó un poco la manos y separó los dedos en una clara señal de mostrarle que no tenía nada con que herirla, volviendo a clavar la mirada en sus ojos, casi sin respirar por la expectación.
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Re: Brave new world

Mensaje por Lichtgestalt el Jue 18 Ago - 7:20

reconnaissance
Mbyja | Costa de Brasil | Mayo de 1798

El miedo inicial fue superado por esa innata curiosidad que poseía, don que la había metido en problemas con la gran mayoría de la tribu. El recién llegado no pareció comprender lo que trataba de decirle, así como ella tampoco entendía su extraño lenguaje. — ambuéva. — Extraño. Esa palabra definía perfectamente las características de ese ser al que tanto le urgía el sol. Tal vez — en un muy hipotético caso — el astro rey dejó caer sobre él una maldición que lo privaba de gozar su luz y calor. Por antiguas leyendas contadas de generación en generación, conocía el caso de hombres que solo  emergían durante la noche, criaturas malditas con la piel tan blanca como la luna y que traían consigo desgracias a los pueblos por donde pasaban ¿Acaso sería él uno de ellos?

Gracias a la hierba, pudo percibir con mayor claridad los pasos del invasor, retrocediendo inmediatamente al notar que la distancia comenzaba a ser menor. Lo veía hacer gestos y muecas parecidas a palabras pero sin importar cuánto se esforzara, no lograba comprender el contenido del mensaje. Mbyja resolvió solventar esa dificultad mediante una forma de comunicación que esperaba, su interlocutor pudiera interpretar.  Absorta en idear la manera de hacerse entender, optó por buscar objetos que les fueran comunes aunque poco encontraría a esas horas. Finalmente acabó por decantarse por una pequeña piedra que yacía bajo sus pies, un trozo de hierba de la que crecía en torno a ellos y una rama frágil, pequeña y quebradiza al más mínimo roce. Cuando reunió los elementos suficientes, se aseguró de situarse en el centro de aquel pequeño espacio en donde la luz de la luna era mayor y podía iluminarla mejor.

Con calma fue señalando los distintos objetos para tratar de darse a entender, en el orden que consideraba mejor. Apuntó en dirección a la luna y luego lo señaló a él, repitiendo el proceso para asegurarse que había captado bien a pesar de la poca iluminación:

Hombre - luna

Si ese hombre realmente descendía de la dama nocturna , entonces Mbyja podía considerarse bendecida al ser una de las pocas con la suerte de encontrar una criatura tan fantástica que había pasado a ser parte de los mitos y leyendas en su tribu, a quien se le rendían ofrendas para evitar su ira. Cada año los pobladores supervisaban las cosechas y recogían frutos que iban a parar directo al altar del hombre de luna.

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