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The Princess and Black Dragon

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The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Sáb 19 Dic - 17:41

The Princess and Black Dragon.
Crackship (ZRL) | 1x1 | Juego de Tronos

Los bardos transmitieron su romance desde generaciones, añadiendo y restando acontecimientos de gran relevancia. Incluso los maestres entran en discusión cuando se trata de ellos en nuestros días. Sin embargo, nadie vive hoy para recordar su historia, pues solo leyendas son. Los auténticos protagonistas son los únicos que saben lo que ocurrió ahí realmente, entre los pasillos de la Fortaleza Roja, Jardines del palacio o en sus propios aposentos . . . Cada rincón recela de sus secretos, pues solo los mil ojos y oídos del hogar de los Targaryen es testigo de tales aventuras y desventuras.

De todo lo demás, Daemon Blackfyre (Mares) y Daenerys Targaryen son dueños y señores de sus tumultos secretos, sean verbales, en hechos o en carne. . . Candentes como el fuego y voluntariosos como dragones, jóvenes acariciados por la belleza y la distinción, pero piezas de ajedrez en movimiento de auténticos jugadores del Juego de Tronos. El tiempo, pondrá a Daemon como uno de sus protagonistas y a Daenerys como la propulsora de un legado que aún continua hasta nuestros días, en embargo no es momento de avecinar lo que todos conocemos, sino en mostrar lo que no es sabido y solo es susurrado en un mito velado. . . Es momento de contar la historia de Daemon y Daenerys, dos dragones de color dispar, dos amantes enamorados. . . Dos jóvenes condenados.

The whole realm knew that the girl loved Daeron’s bastard brother Daemon Blackfyre, and was loved by him in turn, but the king was wise enough to see that the good of thousands must come before the desires of two.

Cronología:

153 –   Se casan el príncipe Aegon y la princesa Naerys Targaryen.
También ese año nace el príncipe Daeron Targaryen, hijo de los príncipes Aegon y Naerys.
También ese año el príncipe Aemon Targaryen, el Caballero Dragón, se convierte en Capa Blanca.
155 – El príncipe Aegon toma como segunda amante oficial a Megelle, una plebeya ya desposada.
158 – El príncipe Aegon “devuelve” a Megelle al esposo. Durante el tiempo que duró su relación, tuvieron 4 hijas enviadas a ser septas; Alysanne, Lily, Willow y Rosey.
También ese año, tras la Claudicación de Dorne dónde varios rehenes fueron tomados, el príncipe Aegon toma por amante a Lady Casella Vaith.
161 – Fallece el rey Daeron I en Dorne. Le sucede en el trono Baelor I
También ese año, los rehenes dornienses son entregados por Baelor I, se forma una paz con Dorne.
También ese año la princesa Naerys tiene gemelos que mueren horas después. Ella también casi fallece.
También ese año, el príncipe Aegon es enviado a Braavos como embajador. Se hace amante de la Perla Negra de Braavos; Bellegere Otherys (Tuvo tres hijos con ella a lo largo de 10 años; Bellenora, Narha y Balerion. Paternidad dudosa).
Entre 162 y 170 – Se celebran las nupcias entre el príncipe Daeron (futuro Daeron II) y la princesa Mariah Martell.
170 – Nace Daemon Mares, hijo de la princesa Daena la Desafiante y del príncipe Aegon
También ese año nace Baelor Targaryen, primer hijo de los príncipes Daeron Targaryen y Mariah Martell.
171 – El rey Balor I fallece, es sucedido por su tío Viserys I.
También ese año las princesas de la Bóveda son liberadas.
También ese año acaba la relación del príncipe Aegon con Bellegere Otherys y se inicia una con Barba Bracken.
También ese año nace Aerys, futuro Aerys I, segundo hijo de Daeron II Targaryen
172 – Fallece el rey Viserys I, es sucedido por su hijo mayor Aegon IVa los 37 años.
También en ese año (con quince días de diferencia) nace la princesa Daenerys Targaryen, hija del rey Aegon IV y Naerys. Su hermano mellizo nace muerto.
También en ese año la amante Barba Bracken tiene a Aegor Ríos. Tanto su padre, como ella y el bebé son exiliados al hogar de los Bracken por insinuar el matrimonio de la muchacha con el rey en caso de muerte de Naerys quién, para aquel entonces, no se había recuperado del parto. Fue un escándalo.
173 – Aegon IV toma por amante a Melissa Blackwood. A lo largo de cinco años tendría 3 hijos con ella: Mya, Gwenys y Brynden.
También ese año nace Rhaegel Targaryen, tercer hijo de Daeron II Targaryen.
174 – El rey Aegon IV y su hijo Daeron discuten, el príncipe no quiere organizar una guerra no provocada por Dorne.
También ese año (y muchos sospechan que por la discusión anterior) comienzan los rumores de que Daeron no es hijo del rey Aegon IV, sino del Caballero Dragon Aemon Targaryen.
175 – La amante Melissa Blackwood tiene a Brynden Ríos.
También ese año desaparece Lord Alyn Velaryon en el mar, fue previamente amante de la princesa Elaena Targaryen y tuvo dos bastardos mellizos con ella; Jeyne y Jon Mares.
176 – La princesa Elaena Targaryen contrae su primer matrimonio; Lord Ossifer Plumm es el escogido. El anciano fallece esa misma noche, habiendo dejado embarazada a la princesa. Nace Viserys Plumm.
También ese año nace Maekar Targaryen (futuro Maekar I), cuarto y último hijo de Daeron II
177 – El rey Aegon inicia su relación con Bethany Bracken, hermana de Barba Bracken.
178 – Termina la relación del rey Aegon IV con Bethany tras descubrirse que ella tiene por amante a un guardia real. Ambos son ejecutados, igual que Lord Bracken.
También ese año fallece el Caballero Dragón, el Lord Comandante Aemon Targaryen, protegiendo a su rey/hermano.
También ese año Jeyne Lothston, hija de la primera amante de Aegon IV, es tomada como su nueva amante. Ese mismo año acaba la relación tras contagiarle una enfermedad.
179 – Fallece la reina Naerys Targaryen en un nuevo parto que también se cobra la vida del bebé
También ese año, la nueva Mano del rey Jon Higthower, trae a Serenei de Lys a la corte. Es tomada como la última amante de Aegon IV
Entre 179 y 182 – Fallece Serenei de Lys al dar a luz a Shiera Seastar
182 – Aegon IV reconoce a Daemon Mares como su hijo; Le entrega la espada Fuegoscuro y se autodenomina Daemon Fuegoscuro.
184 –  Fallece Aegon IV; Nuevo rey de Poniente; Daeron II a los 30 años.
También ese año Daemon se casa con Rohanne de Tyrosh
(hija del Arconte de Tyrosh), aunque a regañadientes al principio termina aceptando por complacer la última voluntad de su padre. La dote es pagada por Daeron II quién le regala tierras cerca del Aguasnegras para levantar un castillo. Nacen los hijos gemelos (primeros de 9; 7 chicos y dos chicas) de Daemon y Rohanne: Aegon y Aemon.
Entre 184 – 186 hay negociaciones con Dorne para comprometer a la princesa Daenerys con el príncipe Maron Martell, hermano de la reina Mariah.
También entre esos años la princesa Elaena Targaryen se casa con el Consejero de la Moneda, Lord Ronnel Penrose (todos saben que es ella en realidad la que se encarga del puesto. Le da 4 hijos con los años; Robin, Laena, Jocelyn y Joy)
187 – Los príncipes Daenerys Targaryen y Maron Martell contraen matrimonio. Durante las nupcias, se celebran justas dónde Baelor derriba a Daemon Fuegoscuro, Baelor gana el sobrenombre de “Rompelanzas”
Entre 184 y 196 – nacen Daemon, Haegon, Aenys y Calha Fuegoscuro (falta un chico y una chica, desconocidos). También nacen los muchos hijos de Daenerys y Maron en Dorne.
También durante esos años la princesa Elaena se casa, por tercera y última vez, por amor con Ser Michael Manwoody. No tienen hijos.
196 – Primera Rebelión Fuegoscuro


Cuentas importantes
Daemon nació el mismo año que el príncipe Baelor (hijo de su medio-hermano Daeron II) y por aquel entonces aún reinaba Baelor I el Santo (su tío por vía materna). Tenía 1 año cuando Viserys I asumió el trono (su abuelo por vía paterna). Tenía 2 años cuando Aegon IV (su padre) se convirtió en rey y nacía Daenerys, su media-hermana. Tenía 12 (y precisamente fue el día de su cumpleaños) cuando fue envestido como Caballero, reconocido como bastardo del rey Aegon IV y recibió la espada Fuegoscuro. Tenía 14 años cuando su padre murió, su medio-hermano Daeron II se convirtió en rey, contrajo nupcias con Rohanne de Tyrosh y tuvo a sus dos primeros hijos gemelos. Tenía 17 cuando Daenerys se casó con el príncipe Maron Martell. Tenía 26 cuando se reveló en la Primera Rebelión Fuegoscuro (para entonces ya tenía sus 9 hijos)
→  Daenerys nació el mismo año (con quince días de diferencia) que su medio-hermano Aegor Ríos y que su padre se convertía en rey de Poniente. Tenía 7 años cuando su madre fallecía de parto. Tenía 12 cuando su padre fallece, su hermano Daeron II se convierte en rey, Daemon se casa con Rohanne de Tyrosh y empiezan las negociaciones para comprometerla. Tenía 15 años cuando se casó con el príncipe Maron Martell. Tenía 24 años cuando se produce la Primera Rebelión Fuegoscuro (para entonces ya tenía muchos hijos)

Aquí esta el árbol genealógico de los actuales miembros de la familia.


Daenerys Targaryen
Princesa | Gabriella Wilde | Captain_Z

La reina Naerys tuvo grandes dificultades en sus embarazos, así como mucha mala suerte. El primero de ellos casi le costó la vida, pero trajo al mundo al príncipe Baelor. Seguido a él, un parto gemelar que terminó con el fallecimiento del varón  . . . pero la supervivencia de la hija. Dos partos más, con fatales resultados, la siguieron y también se cobraron su vida.

Fruto de su matrimonio con su hermano, Aegon Targaryen (conocido como el IV, el Indigno) la única hija que ambos tendrían sería Daenerys Targaryen, cuya estrella y destino ya estaba escrito. Marcada bajo el signo de “ser tan tardía que hasta su sobrino es dos años mayor que ella”, creció rodeada de príncipes, princesas y Altos Bastardos. Cuando era pequeña, poco distinguía las diferencias entre unos y otros, pues eran considerados como hermanos y hermanas, aunque procedían de madres diferentes en casi todos los casos – algo que, con el tiempo, entendió. – Muchos se encargaron de explicarle la situación, desde la septa Rhaena, su madre, su tío, su hermano, su cuñada . . . Incluso miembros distintivos de la corte, cualquiera ajeno a su padre y rey, con quien poca relación fraguó, pues éste pareció estar siempre más interesado en sus amantes que en los respectivos que dejaba a su paso como resultado del lecho conyugal o de sus aventuras.  A pesar de todo, tenía gratas relaciones con todos ellos, desde su sobrino hasta la última de las pequeñas recién nacidas. Especialmente, con uno en particular; Daemon Mares.

Hijo de su padre Aegon IV – aunque no se sabía en un principio – y de la princesa Daena, llamó desde siempre su atención por las capacidades que tan acordes eran alabadas por los bardos, pero también por su inteligencia. Siempre tenía una historia nueva para contarle, una hazaña o anécdota para ella, la princesa le escuchaba con entusiasmo y emoción contenida. Dicha amistad y admiración, con el paso de los años, se fortaleció y acrecentó, derivando a un amor tan ferviente que la joven princesa soñaba con que la tomará por esposa. Era una tradición en la familia, por lo que las ilusiones cobraban cada vez más fuerza, no viendo impedimentos sanguíneos que pudieran derribar esos muros. Se veía correspondida, por lo que su dicha no podía ser mayor. Aún cuando su madre Naerys y su tío Aemon – a quienes amaba y aún llora – fallecían, Daenerys no se sentía tan sola mientras tuviera a Daemon a su lado, al igual que al resto de Altos Bastardos con los que se crío y estableció diferentes vínculos, más a ninguno lo despreció y siempre estimo.

Sin embargo, todo cambió repentinamente cuando la corona pasó de manos. Con  Aegon IV muerto, sucedido por Daeron II – el hermano mayor de Daenerys – la vida de la joven princesa cambió y dio un giro de ciento ochenta grados. Aquel velado sueño se perdió aun antes de ser capaz de vivirlo en su plenitud; Daemon estaba comprometido y debía de contraer dichas nupcias. . . Y ella sería la moneda de cambio para conseguir, con su matrimonio, la paz entre dos reinos divididos y en tensión constante. Poniente y Dorne estaban semi unidos por el matrimonio entre Daeron y Maryah, pero Daenerys anexaría Dorne a los Siete Reinos contrayendo nupcias con el príncipe Maron, hermano de su cuñada. Si bien este último tardaría en cumplirse aún, el rechazo a la petición de mano de Daemon fue un duro golpe para la Targaryen, quién debió de aprender de forma repentina que el deber estaba por encima del amor y los sueños. Aceptó, aparentemente, a esconder sus sentimientos y a enterrarlos, mostrando sonrisas que por dentro están tan muertas como su corazón. Una máscara es su rostro, se muerde la lengua o cierra los puños cuando ve u escucha algo que la carcome por dentro. Como diría la septa Rhaena; la virtud y la decencia es el mayor arma de una doncella, la distinción y la serenidad la de una princesa. Joven, bien avenida e inteligente, poseía innumerables cualidades para asegurar su por venir, más sus pensamientos siempre volaban en la misma dirección que estaba lejos de ser sureña . . . aleteos de un dragón negro a pos de uno de color rojo.

EN CONSTRUCCIÓN...

Daemon Blackfyre
Ser, Alto Bastardo |  Alexander Ludwig| TinkerB


Bastardo de reyes, el Rey de los bastardos.

A Daemon se le comparó muchas veces con Aegon el conquistador.  Era agraciado, inteligente, hábil en el combate y un gran conversador, por lo que no le era difícil establecer lazos de amistad o levantar las simpatías de los que le conocían. Era el perfecto heredero.

Hijo bastardo de Daena la desafiante, que se ganó el apodo al no querer revelar el nombre del padre de Daemon. Su hijo heredó parte de su coraje y su orgullo, como comenzaría a demostrar desde muy temprana edad.

El joven, por aquel entonces apellidado Mares, fue consciente desde pequeño de su condición de bastardo y no le agradaba la condición negativa de aquel término. Se esforzó por demostrarles a todos de lo que era capaz y que viesen al hombre, por aquel entonces al crio, tras el apellido.

Aunque Baelor le ignorase Aegon siempre fue generoso con él, concediéndole los privilegios que no habría tenido un bastardo. Se crió en la Fortaleza Roja, junto a sus múltiples familiares y recibió una educación que lejos del alcance de la mayoría. Los libros y las enseñanzas de los maestros más sabios calaron en su mente despierta, sembrando la semilla de la inteligencia y la cultura, mientras que los hombres de armas explotaban sus reflejos y habilidades en el combate. Puede que le gustase adquirir conocimientos pero en aquellos tiempos había pocas cosas que Daemon amase más que la lucha y pronto logró sobresalir en ello. Tanto fue así que con tan solo doce años Aegon IV le reconoce como su hijo, nombrándole caballero y entregándole la espada Fuegoscuro.

Aegon nunca fue un hombre al que Daemon pudiese admirar, siempre fue considerado demasiado egoísta y sus acciones hablaban por si mismas, pero eso no bastaba para que el Fuegoscuro no le quisiera o no le respetara. Además compartía varias posturas de su padre, como su intención de empezar una guerra contra Dorne. El joven nunca había sentido simpatía por los dornienses, quizás influido por su gran amigo y maestro de armas Quentyn Ball, que siendo del Dominio sentía resquemor hacia los dornienses. Este hecho se acrecentó conforme la esposa de su medio-hermano Daeron Targaryen fue introduciendo la cultura dorniense en la corte.

Daemon gozó de la amistad de su medio-hermano Aegor Ríos, amistad que iría acrecentándose por el tiempo al coincidir sus objetivos personales, pero sin duda alguna de entre sus familiares Daenerys era la persona por la que Daemon sentía más cariño. Siempre le gustó charlar con ella, revelarle sus preocupaciones, anhelos y de vez en cuando pavonearse ante ella. Floreció entre ellos algo más que la amistad y llevado por su origen Targaryen Daemon soñó con convertirla en su esposa incluso después de acceder a que su padre arreglase su matrimonio con Rohanne de Tyrosh. El rey se lo insinuó varias veces para convencer al joven, pero nada quedó escrito y Aegon IV falleció antes de cumplir con su palabra.

Para no ofender al Arconte de Tyrosh y respetar las últimas voluntades de su padre Daemon aceptó casarse, guardando la esperanza de poder desposar a Danny, pues Daeron jamás le negó esa posibilidad, sin embargo fue lo bastante cauto como para no afirmarla, un dato que el bastardo pasó por alto. Si no lo hubiera hecho quizás la historia hubiera sido diferente.
Años más tarde vendría el anuncio del matrimonio de Daenerys con Maron Martel. Este hecho, junto con los privilegios concedidos a los dornienses, los rumores de que Daeron no era de verdad un hijo de Aegon IV y el sentirse engañado por su hermano fueron suficientes para que Daemon se decidiese a buscar apoyos para finalmente sublevarse en contra del rey reclamando el trono para sí.

Daemon logró enfrentar a Poniente en una guerra civil, fue el primer Fuegoscuro e inició un conflicto que tras su muerte aún duraría cien años, impulsado por sus descendientes, que soñarían con que un dragón negro se sentase en el trono de hierro. Daemon se convirtió en leyenda y su amor hacia Daenerys también, las gentes aún recuerdan a los trágicos amantes y así debe ser para que nadie vuelva a cometer sus errores.


© by Farah.


Código:

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Última edición por CaptainZ el Sáb 5 Mar - 22:48, editado 1 vez




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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Dom 27 Dic - 12:39

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja



Desembarco del Rey había despertado envuelta en una neblina desigual, densa en las partes más bajas de la ciudad y apenas presente en las tres colinas: La Colina Alta de Aegon, la Colina de Visenya y la Colina de Rhaenys. Pero poco a poco se había ido levantando hasta finalmente desaparecer, dejando un manto gris en lo alto del cielo que cubría la capital. Incierto era el tiempo aquella mañana cuando aún quedaban unas horas para el medio día, al igual que incierto era el futuro de Daemon Fuegoscuro.

Lo que parecía claro es que ese mismo día se casaría con Rohanne de Tyrosh, pero ¿Serían felices? Y lo que más le importaba al bastardo ¿Cuándo podría volver a casarse? No es que Rohanne le desagradase, la había conocido hace poco y parecía una joven  que se adecuaba a lo esperado. Era bonita, de caderas anchas y una larga y abundante cabellera, en cuanto a su carácter era reservada pero Daemon había podido comprobar que era inteligente. Pese a todas estas virtudes el futuro esposo no se sentía afortunado, pues su mayor defecto eclipsaba sus virtudes, y es que ella no era Daenerys. Por lo que veía aquella boda como un mero trámite que debía completar. Debía hacerlo por respetar la voluntad de su padre, pese a que no veía a su hermano finalizando el plan trazado por su progenitor para atacar Dorne, este se encontraba demasiado influido por su mujer. Seguía siendo una víbora del desierto pese a que ahora llevase los colores del dragón real. También debía hacerlo para mantener la paz con Tyrosh y darle cierta estabilidad a Daeron en su primer año de mandato, con la esperanza de que en el futuro le devolviese el favor. Ambos sabían que lo que Daemon quería era la mano de su hermana y él no se la había negado.

Quizás debería poner en orden sus pensamientos y darse un baño tranquilamente antes de comenzar a prepararse para la boda, pero no fue así. Tras el desayuno decidió que dejaría aquellos preparativos para el último momento. De modo que los calzones, el jubón y la capa de terciopelo rojo con el dragón negro que en horas descansaría sobre los hombros de su futura esposa tendrían que esperarle sobre el lecho pues Daemon tenía algo que hacer antes de dar el gran paso.

El joven conocía la Fortaleza Roja como la palma de su mano y un par de secretos que esta ocultaba, secretos tan solo conocidos por los Targaryen y sus descendientes. Se coló por la trampilla oculta situada debajo de su cama y como hiciera muchas veces de niño recorrió los pasadizos ocultos del castillo para buscar a Daenerys, aunque esta vez su intención no era que jugasen juntos porque se aburría. En aquella maraña de pasillos sería fácil perderse pero Daemon ya había memorizado aquel recorrido, uno que no podría seguir usando por mucho tiempo pues pronto tendría que mudarse junto a su mujer.

El bastardo se detuvo junto a una de las puertas y en vez de llamar se pegó a la puerta y silbó, imitando el sonido de un pájaro, para que ella le abriese tan solo si se encontraba sola. Demasiados rumores corrían ya sobre su cercana amistad como para que supiesen que iba a visitarla justo antes de su boda, además quería hablar con ella a solas y eso implicaba que nadie estuviese en sobre aviso para espiarles.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Mar 29 Dic - 17:35

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | La Fortaleza Roja



El cuerpo desnudo de la doncella pronto se serenó en las aguas cálidas de la tinaja de madera, recientemente traída al dormitorio, para su baño diurno. Éstas estaban salpicadas por hojas de lavanda, una flor que no sólo proporcionaba un suave aroma, sino que propinaba de calma y serenidad a la princesa que reposaba en el lugar. El cubículo era lo suficientemente ancho como para permitir el cupo a dos personas y lo suficientemente largo para tener las piernas estiradas, tal y cómo se encontraba la dragona. Los brazos reposaban en los bordes, aun cuando se hundía poco a poco, mantenía tanto orbes violáceos como cabellera bien resguardados de ser empapados. Los primeros, al encontrarse con los párpados cerrados (fruto de la relajación) y el segundo con ayuda de una enredadera para que la melena oro y plata no se mojará con el agua. Generalmente, aquellos baños solía tomarlos con una de sus doncellas y con la colaboración de la septa Rhaena, más aquel día decidió hacerlo todo por si misma y a solas en los aposentos. La causa; los nervios.

Había sufrido un achaque de nervios durante la noche, siendo incapaz de reconciliar el sueño durante la noche. Recordaba haber dado vueltas de un lado a otro del lecho, incluso haber salido de la calidez de las sábanas para verse así misma asomada a las ventanas, contemplando la calma de la noche y de la ciudad al otro extremo de las murallas de la Fortaleza Roja. Así mismo, cuando planteó dicho dilema a la septa, antigua princesa pues no era otra que la hija de Aegon III, supo como proceder y dispuso todo para el confort de Daenerys previo al enlace. Las nupcias, para su desgracia, no eran las propias como bien podrían justificar su estado de precariedad, sino las de su medio hermano Daemon y Rohanne de Tyrosh. Sus puños se cerraron entorno a los bordes de la tinaja, incluso golpeó el agua con violencia, al recordar el evento que se desarrollaría aquella mañana (no en muchas horas, de hecho), y del que todo Poniente llevaba hablando durante largas jornadas.

Una fina lágrima se escurrió por la mejilla, dispersándose por las aguas calientes del baño. A está la precedieron pocas más, y así se dio cuenta que ni toda la lavanda de los Siete Reinos o Leche de Amapola que tomará, no calmaría su fuego interior. Fue entonces, para sorpresa de la princesa de origen Valyrio, cuando escuchó lo que imitaba ser el canto de un ave. Su oído se había acostumbrado, con el paso de los años, a aquel melodioso canto y hasta hubo días en los que añoraba oírlo más a menudo. Concretamente, ese día, no era uno de esos. Se limpió el rostro, retirando cualquier síntoma de fatalidad y dolor que padeciera, y a pesar de todo, salió de la tinaja. Envolvió el cuerpo en una sabana que empleó para su secado y mientras avanzaba a pos del encuentro del rojo se envestía con las ropas de dormir. No le daría tiempo a ponerse el vestido, pues Daemon podría confundir las acciones, por lo que tendría que recibirlo en ropajes de cama, un camisón extremadamente largo (que llegaba casi hasta los tobillos) de color blanco y bordados de oro.

Antes de proceder a la apertura, la coquetería se adueñó de la persona de Daenerys. Se sintió como aquella chiquilla que antaño se deleitaba con aquellos juegos, y a sabiendas de que él prefería verla con la melena suelta, liberó la suya de las redecillas que dejó abandonadas sobre el tocador junto a la toalla empleada con anterioridad. Igual de abandonados se encontraban los dos vestidos expuestos sobre el lecho de los aposentos, igualados en elegancia y comodidad, pero diferenciados en mensajes a transmitir y color. El primero, una hermosa túnica que quedaría ceñida al cuerpo de mujer (a pesar de tener sólo doce días del nombre), bordada en tonos violáceos y adornada con dorado, mientras que la otra era un vestido aún más amplió y elaborado, sin escotes o aperturas que expusiera su nívea piel, pero confeccionado en colores ocres. . . Uno emulaba la vida, jovialidad y la pícardia. El otro, emulaba la tristeza, el desamparo y la muerte.

No sabía cual escoger. Ella derrochaba vida, pero aquel día no sentía nada, ni siquiera el palpito de su corazón que intuía roto.

Sus pasos finalmente la llevaron hasta el espejo del dormitorio. Era ancho y largo, marcado con elaborados motivos dragonicos de plata. En la parte superior, descansaban tres cabezas de dragón, una a cada extremo y la otra en el centro. Las que ocupaban los lados, sostenían en sus bocas velas que proporcionaban parte de la luz al aposento, la central fue a la que condujo su mano. Hizo girar la cabeza hasta en tres ocasiones, hasta que al final el espejo se desajusto de su ancladura a la pared. Poco a poco, cedió y permitió el paso al caballero que estaba al otro lado del pasaje. Aun envuelto en el manto de oscuridad que le proporcionaba el lúgubre lugar, cuando Daenerys vio al bastardo aparecer fue como contemplar el amanecer.

— Daemon . . . —

Fue incapaz de decir nada más, de sus labios no salió palabra de acompañamiento. Se dio la media vuelta y permitió el acceso del Fuegoscuro al interior de los aposentos, el espejo se cerraría solo en cuestión de segundos.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Miér 6 Ene - 23:19

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja



Daemon esperó con paciencia, a pesar de que esa no fuera la mayor de sus virtudes, en otras ocasiones al ver que la princesa no corría en su busca habría dado media vuelta, pero aquel día necesitaba verla más de lo que él mismo se permitía admitir. De modo que esperó en la oscuridad, agudizando el oído por si escuchaba alguna voz que no fuera la de Daenerys. Era probable que la dragona hubiese empezado a prepararse para la ceremonia, la verdad es que Daemon no estaba muy familiarizado con las costumbres femeninas para aquellas ocasiones pero la idea parecía bastante probable. Probable e insoportable, pues pensar que la joven se encontraba a tan solo unos metros de él le llenaba de impaciencia. Entonces la puerta, o más bien el espejo, se abrió mostrando el interior de la habitación de la dama y a ella misma.

Era tan hermosa que le quitaba el aliento, como sólo su hermana podía hacerlo. Con esa piel nívea, las curvas incipientes de la mujer en la que se convertiría intuyéndose a través del camisón y esos rasgos tan característicos que evocaban a la antigua Valyria. Un hombre debía ser de piedra para que su corazón no se ablandase al contemplarla. Cuando pensaba en ella la veía así, con el cabello de plata cayendo libre sobre sus hombros, observándole con sus ojos violáceos y una tierna sonrisa en sus labios. Pero, al contrario de lo que sucedía en su imaginación, no hubo una sonrisa para él antes de darse media vuelta.

Una arruga apareció en la frente  del Alto Bastardo antes de dar un paso adelante y dejar que el espejo ocultase el secreto que permitía sus encuentros fortuitos. Que estúpido había sido, se había preocupado más de la política y de acumular rencor hacia su hermano por empujarle a un matrimonio por conveniencia sin apenas beneficios, que por los sentimientos de la dragona roja y eso que los sentimientos de la muchacha eran una de sus máximas prioridades.

-Mi dulce princesa.- Pronunció con voz calmada acercándose a ella. Se colocó a su espalda y apoyo las manos en sus delicados hombros. Beso su sien y con los labios aún apoyados en su piel inspiró el aroma a lavanda que de su cuerpo emanaba cerrando los ojos al hacerlo.-Hueles al inicio de un largo verano.- Halagó separándose de ella mientras sus manos descendían, acariciando sus brazos por encima del camisón blanco. El imaginar que bajo esa tela no había enaguas, combinaciones o medias, solo piel hacía que un fuego ardiese en su interior, recorriese sus venas y nublase su mente por completo.

-Temí que estuvieses acompañada.-Admitió. Había temido no tener la oportunidad de verla antes de caminar hacia el altar. Lo habría hecho de todas formas, pues ya no había vuelta atrás, quizás nunca la hubo.  No podía ofender al Arconte de Tyrosh y faltar al deseo de su difunto padre en un solo acto, no se lo habría perdonado y menos teniendo aún la posibilidad de un futuro con la joven por la que bebía los vientos. Pero lo habría lamentado profundamente, pues su mente y su corazón estaban con Daenerys y no quería dejar de demostrárselo.

Por primera vez desde que entró se percató de un cambio en la decoración habitual del cuarto, la tina de agua aún llena que ocupaba parte de la estancia. Pero allí no estaban ninguna de las damas de compañía de la joven. Era extraño, pero no hizo ningún comentario al respecto, había algo que le preocupaba mucho más que el paradero de sus damas de compañía.

-¿Estas enfadada conmigo?-Preguntó con una evidente falta de seguridad. No creía que fuese así pero algo sucedía, podía sentirlo, estaba entre ellos formando una barrera. Pero Daemon era valiente y se creía capaz de traspasarla para llegar a su princesa.- No, tú no puedes enfadarte conmigo Dany. Nunca has podido.


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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Sáb 9 Ene - 20:56

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | La Fortaleza Roja



Apenas le dio la espalda, no efectuó paso alguno más. Aún cuando la princesa buscaba alejarse del recién llegado, fue incapaz de realizar semejante acción. Aparentemente, él tampoco lo haría. Sus oídos le hicieron darse cuenta de que éste se aproximaba a ella, pues los pasos eran marcados y firmes, y la sombra del bastardo se avecinaba sobre ella cual Balerion sobre su presa. Ahora a bien pudo comprender como debieron de sentirse las innumerables víctimas del Terror Negro, Daemon a fin de cuentas era un dragón de ónice tonalidad. El espejo se cerró a su paso, detalle del cual también se percató y al que poco interés o relevancia proporcionó, sobretodo al sentir grandes manos de su hermano sobre los hombros y el tierno beso otorgado. Gestos tan inocentes en apariencia, procedidos de él para con ella, eran delirantes. El juicio de Daenerys se nubló, cerrando los párpados para sentir mejor aún las muchas sensaciones que le producía. Como si fuera fuego valyrio, el ardor que emanaba también se agolpó al cuerpo de la Targaryen, quemándola de dentro hacía fuera.

Daemon Fuegoscuro, un nombre que le venía que ni pintado.

Daenerys no tuvo tiempo para recuperarse de aquellos sentimientos cuando decidió tomar la palabra, dio así inicio la conversación entre los dos dragones, aunque no hubo rugidos de por medio.

— ¿Primavera? No querido hermano, en invierno más bien me encuentro. Siento su frío y su muerte, el tormento y soledad, la inevitable oscuridad que trae consigo . . . —

Las manos de éste cayeron sobre los brazos de la princesa, un suplicio para la joven doncella. No solo por la sensación en si misma, por el acto producido, sino también porque era un preámbulo a la separación. Lo notó cuando dio un paso hacía atrás, más ella tomó las riendas como así lo hicieron los jinetes de dragón, sus antepasados, no mucho tiempo atrás. Daenerys alzó ambas manos, cruzadas, para sujetar las del propio Daemon. Las dejó sujetas, atadas en realidad, sobre la nívea piel. No quería que la soltará, menos aún privarse de él. Lo perdería sin remedio en pocas horas, por lo que continuaba siendo suyo en aquel momento, podría aprovechar esos últimos instantes de intimidad y compañía, donde su corazón danzaría fugazmente. Ella descendió la cabeza, movimiento que removió la melena oro-plata y ocultó parcialmente el rostro, un efecto que buscó a fin de esconder sus facciones, sobretodo sus ojos amatistas, de la atenta mirada del guerrero.

Tras haber negado a su comentario anterior, que hacía referencia a la presencia de alguien más en la estancia, continuó con lo que más parecía preocupar.

— . . . Por ello, no me prives de tu calor Daemon, abrázame fuerte como si la última vez fuera. Expande tu fuego sobre mi, sé el dragón que siempre has demostrado para conmigo, hermano querido. —

Cada palabra fue un tormento a decir, pues la princesa sabía que solo estaba empeorando su situación. Cuando se produjese la separación real, cuando él aceptase a su prometida ante los Siete, todo ello no sería más que un recuerdo que dolería más que mil espadas clavadas en todo su cuerpo. A pesar de todo, prefirió quedarse con esos recuerdos, esos retazos de intimidad y unión, a no tener nada de él. Porque en aquellos momentos, ella era totalmente suya, mientras que él era totalmente de ella. Dio un paso hacía atrás, rompiendo aquellas distancias que él había levantado – y la propia princesa también al llegar, pero no se veía con fuerza suficiente para mantenerlas – y apoyó su espalda contra el amplió y endurecido pecho, formado con los duros entrenamientos, del bastardo Daemon. No podía sentir, menos aún escuchar, su corazón. Sabía que latía, pues él no había sido convocado por el Desconocido, y le gustaba creer que era en parte por y para ella. Pues el suyo, aquel cuya bata y piel cubría, lo hacía por entero hacía él.

— No estoy enfadada contigo Daemon. . . Cómo dices, nunca he sido capaz de hacerlo. Hoy, sin embargo, me haces sentir aún más cerca al Desconocido y a la Larga Noche de lo que nunca estuve. Hoy has tomado a Fuegoscuro y partido mi corazón en dos aún cuando siempre juraste protegerme con ella. —

La voz tembló una vez más, le costó completar aquella frase sin terminar de doblegarse enteramente, menos aún derrumbarse. Sus ojos centellearon, pero no por la furia o por la felicidad, sino por las lágrimas acumuladas . . . Y que iniciaron el descenso por las mejillas de la dama.

— Si—Siento haber sido tan mala hermana. . . —

Acotó finalmente, pues de otro modo no podía verse. Entre los Targaryen, numerosos matrimonios hermano-hermana habían tenido lugar, aún antes de la Caída de Valyria o de tomar los Siete Reinos para sí. Si Daenerys hubiera sido una buena hermana, que cumpliera todas las funciones que se requerían para con su hermano (medio hermano en este caso), ningún sufrimiento se habría estado padeciendo en aquel momento.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Dom 17 Ene - 15:26

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja



Otra persona habría tomado por exageradas las palabras de Daenerys, todos sabían cuan dramáticas podían ser las mujeres que sufrían a causa del amor, pero Daemon la creyó. No podía ignorar la tristeza desgarradora de su voz ni el frío que recorrió su cuerpo al saber el estado en el que la joven se encontraba y que él era el causante de todos sus males. ¡Que necio había resultado ser! Él que creía ver el verano en su piel y en realidad era solo la capa con la que intentaba resguardarse del invierno. Y su hielo luchaba por extinguir el fuego con el que Daemon había acudido a sus aposentos.

Culpabilidad, ese era el sentimiento más reconocible de entre todos los que golpeaban al Alto Bastardo y al que supo poner nombre de inmediato. Quizás no debería haber alimentado la atracción que ambos sentían, quizás debería haber sido más firme con su padre y no haber aceptado bajo ninguna circunstancia su matrimonio, quizás debería llegar ante los dioses y decir que no aceptaría más cónyuge que Daenerys Targaryen. ¿Era eso lo correcto? Deshonrar no solo a su fallecido padre sino a su hermano Daeron, enemistar a Poniente con Tyrosh, decepcionar a muchos y darles la razón a quienes le veían como un crío caprichoso… No, eso no podía ser lo correcto. Pero ¿Qué lo era? Podría cargar con cualquier cosa pero no con su dolor, no cuando siempre había pensado que sería el dueño de sus sonrisas, no de sus lágrimas.

Tomó sus manos y sujetándolas la abrazó, cruzando sus brazos en torno a su cintura, pegando aún más su cuerpo al suyo, como si su fin fuese fundirse con su piel. Separarse de ella es lo que menos deseaba en esos momentos. La abrazó fuerte ante aquel sentimiento. Como si pudiese retenerla a su lado para siempre o mantener unidos los pedazos de su corazón roto.-Has sido una mala hermana conmigo, has sido cruel Daenerys y egoísta.-Reconoció con crudeza. Giró el rostro para mirarla pero entre ellos se encontraba la cortina de sus cabellos de plata.-Tus palabras me hieren más de lo que imaginas. ¿No ves que lo que hago es por deber y no por placer?

Descendió la cabeza y respiró profundamente haciendo que su pecho subiese y descendiese, dejando que notase su respiración. Era por ella y para ella.-Puedo vivir con mi infelicidad pero no con la tuya.-Susurró, perdiendo la fiereza con la que se había dirigido a ella momentos atrás.

Tenía que caminar hacia el altar, no había otra. Tenía que hacerlo para tener la posibilidad de tomar a Denerys por esposa en un futuro y que ella fuese feliz, sabía que no lo sería si dejaba a atrás a su familia y a su hogar ¿Qué serían si huyesen? Le estarían diciendo al mundo que lo que sentían estaba mal y no lo estaba, no podría estarlo.

-Mi dulce hermana.-Murmuró dejando que el aire que expulsaba con cada palabra acariciase el cuello de la joven.-Si son ciertas tus palabras cumple tú con mi juramento, pues yo ya he perjurado.-Dijo moviendo su mano izquierda y la de ella a su vez, antes situada en el costado derecho de la dragona. Guió su mano hasta que su palma se colocó sobre la empuñadura de su espada, envainada al cinto en su costado izquierdo y la obligó a cerrarse en torno a ella.-Toma Fuegoscuro y hunde su acero en el corazón de aquel que porta su apellido. Cóbrate tu venganza.

La espada se deslizó unos centímetros mostrando en acero Valyrio del que estaba compuesta. Era una espada digna de un rey, era ligera, afilada y tenía sed de sangre. Tal vez la de Daemon bastase para contenerla.

-Si quieres que te ayude mi mano no temblará.

Había convicción en su voz. Tendría una muerte mejor que la mayoría, si es que decidía arrebatarle la vida, estaba en su derecho. El corazón de Demon puede que no fuese el mejor de todos pero era completamente de Daenerys, ella era su dueña y podía hacer lo que quisiera con él. En eso no había duda alguna, a pesar de la confusión existente ante todo lo demás.

-Pero si me perdonas la vida moveré cielo y tierra para que nuestros encuentros no vuelvan a ser secretos. Me casaré una vez por deber y otra por amor, seremos como Aegon y Rhaenys.


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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Mar 19 Ene - 16:19

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | La Fortaleza Roja



Daenerys no fue plenamente consciente de cómo debía de sentirse el caballero, menos aún de lo que pasaba por su mente. De haberlo sabido, se habría dado cuenta de innumerables cosas, la mitad de ellas malinterpretadas por su experiencia y juventud. Una de ellas es que ambos compartían el bochorno de la culpabilidad, pues cuando él respondió a las palabras de la princesa de aquella forma, supo que había sido cruel. De hecho, Daemon se lo dijo y la sentenció como mala hermana, dando así la razón al culmine de las palabras de la doncella. Otra de éstas, es que para todo había una explicación razonable, más Daenerys no llegó a esas conclusiones tan rápidamente como hubiera deseado; Se sintió peor que antes, pues debió de ponerse en la piel de su hermano y fue incapaz de ello. Él actuaba por deber, ella con el corazón desgarrado. Los dos eran miembros de la casa Targaryen, el deber para con las obligaciones que el rey imponía estaba por encima de los deseos personales, lo sabía bien más no por ello estaba del todo satisfecha. Anhelaba ser egoísta, poder aferrarse al abrazo de Daemon y nunca soltarlo, tenerlo sólo para sí misma. . . Era tan imposible como atrayente.

— ¿Cuál es entonces mi deber, amado hermano? ¿Guardar en silencio mis sentimientos y sonreír ante la luz de los Siete cuando dictamines tus votos con Lady Rohanne de Tyrosh? Cómo siempre, haré lo que me pidas. —

Murmuró entonces la princesa, dándose por vencida en una batalla que sabía que no obtendría la victoria. Ella no era una guerrera como él si, más sabía de buena pinta que debía de alzar la bandera blanca cuando no había posibilidades de ganar, vivir hoy y luchar mañana. Tal vez si ambos consentían en aquellas nupcias, algún día podrían obtener aquello que tanto ansiaban sus corazones. Fue ahí, después de procesar esos pensamientos, cuando creyó darse cuenta de la causa del deber. Él tal vez pensó lo mismo, aceptar a Rohanne para algún día ser merecedor ante el rey Daeron de tomarla a ella como esposa. Envuelta entre el abrazó firme y fuerte de su hermano, se dejó acunar por la calidez que desprendía, soltando de lo más profundo de su interior una bocanada de aire que desinfló sus pulmones. El peso y la carga de su aflicción se perdió, dejando en ella no más que un cuerpo bien protegido por las garras del dragón, como si fuese su posesión más preciada. Y así lo era, Daenerys no tenía pudor en reconocerse de esa manera; Ella era para él lo más valioso, del mismo modo que él lo era para sí misma.

Estaban unidos por la rueda del destino, los lazos de la sangre . . . Y dos corazones que bombeaban con fiereza el uno por el otro.

Cuando creyó que se había solventado todo pesar y dolor, la situación dio una pequeña vuelta, pero a pesar de todo, lo suficientemente violenta como para conmocionar a la dama. Su mano acabó, situada sobre el mango de Fuegoscuro. Ni siquiera tuvo tiempo para sobrevolar la imaginación o sentir el aleteo de mariposas en su estomago ante el tacto de la mano de Daemon sobre la suya, las palabras del joven vinieron impregnadas de un veneno poco común y que la consumió en lo más profundo de su ser. “ No. . . ¡No! ” Quería gritar y apartarse de él, pero sabía que ese segundo deseo sería muy complicado de ejecutar, sobretodo cuando ella le había pedido que la aferrará con fuerza y no la soltase jamás. El volumen y densidad de las lágrimas fueron en aumento, más de ella no salieron palabras – de momento – de sus labios, tampoco lo hizo fuego a pesar de ser tan dragón como el caballero. Probablemente, algunas de las gotas fueron vertidas sobre la bata blanca que cubría su cuerpo, otras lo hacían contra las mangas del jubón que él portaba puesto. En cualquier caso, cuando la situación fue aún más insostenible, se removió de su abrazo hasta deshacerse de aquellas mismas garras que la protegían y que tanto daño habían otorgado a su ser en un sólo instante.

Al apartarse, dio un paso al frente y luego un segundo. Sin embargo, no lo hizo sola; con ella lo hizo Fuegoscuro. Su mano había estado aún aferrada al mango de la espada al separarse, y la violencia de su movimiento provocó que pudiera tener fuerza suficiente para sobrellevar su peso por unos segundos. Se giró hacía él, mostrándose por primera vez desde la apertura del espejo, ambos quedaron por fin el uno frente al otro. . . La visión que Daemon tendría de la princesa sería, cuanto menos, fuera de lo común; Oro y plata eran sus cabellos agitados, amatistas sus brillantes orbes . . . Pero en esos momentos, enrojecidos por las partes inferiores debido a las lágrimas que empañaban la serenidad y belleza de su rostro. Sus labios temblaban, incapaces de articular palabra alguna o coherente que, a oídos del joven, fueran comprendidas. El peso de la espada – peso relativo, para él seguro que era ligera pues estaba entrenado, pero ella nunca había llevado semejante carga en sus manos – la hizo tambalearse brevemente, obligándose a situar la otra mano en el mismo mango. Con ambas, pudo por fin sobrellevar el peso de Fuegoscuro.

Su pecho latía raudo y nervioso, elevando gradualmente los senos ocultos bajo la bata.

— Arrodillaros. —

Exigió entonces, fortaleciendo el timbre de la voz en aquella orden otorgada. Él pareció obedecer, la princesa no pensó si titubeo o lo hizo complaciente, pues no observó en Daemon su expresión sino sus orbes violáceos tan hechiceros como los suyos. Veía su reflejo en ellos, y aunque no le gustó lo que contemplaba, no apartó la mirada. Ante todo, porque siempre estaría eternamente enamorada de ellos. Cuando el hombre se puso de rodillas ante ella, por fin la princesa quedó alzada por encima en altura, la cabeza del dragón llegaba aproximadamente a la altura – un poco más arriba – de la zona intermedia entre su vientre y el pecho. Pensó en lo extraño de la situación, pues sólo una vez había visto a Daemon en aquella postura; cuando el rey era su padre, Aegon IV el Indigno, y proclamó al joven como su hijo y caballero, cuando le otorgó títulos y tierras. . . Cuando le dio la espada con la que ella ahora sentenciaría sus destinos.

Con a dificultad que el peso presentaba para su cuerpo, debió de tener cuidado para ejecutar sus siguientes movimientos. Había algunas distancias entre ambos, por lo que hubo cierta seguridad en que así no le haría daño con el filo de la espada. Alzó la espada como pudo, colocando el mandoble en el hombro derecho, posteriormente en el izquierdo y, finalmente, sobre la cabellera dorada y plateada de su amado Daemon. Mientras realizó aquellos gestos, bien conocidos por él como los realizados en el juramento de caballero, la espada se agitó y removió nerviosa, casi tanto como las manos de la princesa o la propia joven. Las palabras pronto volvieron a los labios de ella, al mismo tiempo que esos gestos se estaban cumpliendo.

— Juradlo. No hay Siete que sean testigos de vuestras palabras, más estamos los dos. Así que jurad que así será, que moveréis cielo, mar y tierra por hacer que algún día estemos juntos como marido y mujer. Jurad que así será, que una vez será por deber y la nuestra por amor, que a pesar de que yazcáis con ella y suyos sean vuestros primogénitos, será mi persona la que reconozcas como única dueña de tu corazón, pensamientos y ser por siempre. Jurad que así será, que seremos como Aegon y Rhaenys. . . Qué eres tan mío como lo yo lo soy tuya.  Juradlo . . . —

Empleó aquellas mismas palabras para obligarlo a jurar, a sentenciar con palabras y gestos los sentimientos que se habían profesado y prometido durante tanto tiempo. Retiró finalmente la espada de la cabeza de Daemon, cayendo violentamente el arma contra un lado de ambos. Ello vino en compañía de la propia caída de la princesa, que se puso de rodillas ante la figura del hombre al que obligó a perjurar. Una última lágrima se desprendió de sus orbes al tiempo que ambas manos, libres de la quemadura de Fuegoscuro, se alzaban lentamente hacía él. Atraparon sus mejillas, acariciando la tez inhumanamente hermosa de la que el Alto Bastardo era dueño. Se impulsó en su propia postura para inclinar su cuerpo poco a poco hacía el de él, así sus labios en segundos acabó rosando los de Daemon para susurrar contra los mismos su resolución final, completar la frase que había quedado sin concluir.

— . . . Por el fuego y por la sangre. —

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Lun 25 Ene - 13:54

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja



Su deber, Daemon no quería que la doncella cumpliese con su deber. No quería decirle lo que podía o no podía hacer, ni que hiciese caso a sus palabras. El Fuegooscuro no quería más que la libertad para su hermana, que fuese egoísta, que llorase o riese cuando no debía, que le pidiese que la abrazase aun cuando debía dejarle marchar. El soportaría la carga del deber por los dos, una carga demasiado pesada para los delicados hombros de la princesa, tal vez también lo fuese para los suyos, pero teniéndola a su lado podría soportarlo. Tan solo necesitaba abrazarla como entonces para continuar caminando por un sendero que ese día le llevaría hacia el altar, y la cama de una desconocida. Pese a que él habría deseado deslizarse entre las piernas de su hermosa Daenerys. No tenían derecho a quejarse por haber nacido privilegiados, ni por la sangre Valyria que corría por sus venas, no cuando tantos habitantes de poniente vivían y perecían en la más absoluta miseria. Pero los dioses sabían que Daemon Fuegooscuro lo habría dado todo por ella, su posición, sus posesiones, incluso su sangre, y de hecho lo haría llegado el momento.

Observó con perplejidad como la joven se libraba de su agarre, si hubiese querido habría bastado con apretar su brazos contra ella con más fuerza para no dejarla ir, pero la brusquedad de sus movimientos hizo que la soltara. Vio la hoja de su espada centellear al liberarse por completo de su vaina y como la joven luchaba por sostenerla. Para Daemon resultaba ligera, mucho más que la espada de hierro que había usado hasta el momento de su nombramiento, pero a juzgar por sus movimientos para ella debía resultar pesada. ¿Sería capaz de dañarle cumpliendo lo pactado? La verdad es que el Alto Bastardo lo dudaba, pero temía que por algún accidente la joven saliese lastimada, pues no era ningún juguete y estaba bien afilada.

Su mirada se deslizó por su cuerpo hasta su rostro. Era una imagen terrible, que hizo que su corazón se encogiese. Estaba tan hermosa como siempre, tanto que la Doncella debía sentir envidia por ella, pero las lágrimas ardientes que se deslizaban por sus mejillas se gravaron en el fondo de las retinas del caballero, que no pudo hacer más que obedecerla. Clavó las rodillas en el suelo, adorándola como habría hecho el septón más devoto y aguantó su mirada temiendo no ser digno de hacerlo. Al igual que los hombres de la fe Daemon no entendía las acciones de su diosa de carne y hueso, o cuales eran sus planes, pero se arrodillaría ante ella las veces que hiciesen falta para borrar la tristeza de su interior y devolverla el calor que siempre había merecido.

Tan solo bajó la mirada cuando sintió la espada en su hombro, permitiéndola que hiciese los gestos que su padre había realizado el día que le nombró caballero, el día que dejó de ser un Mares. Por instinto contuvo la respiración al sentir la hoja temblar debido al esfuerzo que su hermana hacía por sostenerla y su mirada permaneció perdida en la bata blanca que cubría su cuerpo mientras ella hablaba de nuevo, hasta que su voz se extinguió. Como si hubiese avivado su llama interior el caballero volvió a respirar y apenas escuchó el sonido que hizo su espada al golpear el suelo. Su atención, así como su alma y su cuerpo eran suyos. Su corazón se aceleró al tenerla de rodillas frente a él, el tacto tibio y suave de sus manos en sus mejillas le aliviaron, pero el roce de sus labios contra los suyos tras inclinarse le torturaron.

“Por el fuego y por la sangre”

Como las palabras de la casa Targaryen, como las palabras de quienes les condenaban a la infelicidad pero que a la vez eran los artífices de sus propias existencias. Parecía adecuado.

Los dedos de su mano derecha se deslizaron entre las hebras de oro y plata de sus cabellos sin vacilar, tomándola por la nuca.

-Lo juro.-Susurró, sintiendo como sus palabras quemaban sus propios labios rozando los de la dama al pronunciarlas.-Juro que haré lo que sea para que seamos marido y mujer, dejaré que la sangre riegue desde las arenas de Dorne hasta el hielo del Muro si hace falta.-Sentenció con decisión, movido por la convicción de que sería capaz de eso y de más. Se separó de ella unos milímetros mientras hablaba para poder perderse en sus ojos amatistas, ahora un tanto enrojecidos debidos al llanto. No quería ver lágrimas nunca más, solo las de las viudas cuyos maridos osasen interponerse en su camino.-Una por deber y otra por amor, como Aegon y Rhaenys. Siempre seré tuyo, mi corazón latirá por ti, mis pulmones respirarán por ti y mis pensamientos siempre estarán contigo. Lo juro.

Colocó su mano izquierda en su cintura y la atrajo hacia él, obligándola acto seguido a tumbarse en el suelo, evitando con su mano derecha que se golpease. Colocó las piernas a ambos lados de su delicado cuerpo y colocándose sobre ella.-Lo juro mi amor, lo juro por la sangre y por el fuego.-Sentenció antes de pegar sus labios contra los suyos.-Incluso por el hielo.-Susurró.

Al fin la besó. No fue un beso casto como hasta entonces habían compartido, estaba cargado de pasión y de los juramentos que aún flotaban en el ambiente. Sus labios le ardían pero los de la dama le apaciguaban, como el agua saciaba a un sediento. Sus labios atraparon los suyos, repetidas veces, danzando con ellos. La mano de su cintura se aferró a la tela que cubría a la joven. Quería gravar aquel momento en su memoria. Quería recordar cómo eran el sabor de sus besos y como se sentía el contacto de su cuerpo bajo el suyo. Quizás aquella noche cuando tuviese bajo él a la Tyroshi pensase en ese momento y la dragona acudiese a su mente. Tal y como había jurado, sería suyo y ella sería suya.  Tal y como siempre había sido. Tal y como debía ser.

Retiró con cuidado la mano tras su nuca y extendió el brazo hasta tocar el mango de su espada, sin separarse ni un instante de ella. La espada había quedado peligrosamente cerca y él la apartó. Atrapó con sus dientes el labio inferior de la muchacha y al liberarlo sonrió antes de volver a besarla. Podría tirarse todo el día así, con sus labios recreándose en los de la joven y su mano libre trazando su figura. Besándola, acariciándola, sellando con sus actos aquel juramento.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Mar 26 Ene - 16:59

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | La Fortaleza Roja



Y así quedó todo, así quedó ella. Con sus labios sonrojados acariciando los de su amado, sintiendo su respiración cercana y el calor de su cuerpo emanando hasta consumirla. Se recreó en las caricias del rostro, mimando cada facción del que era dueño, siendo tan dulce como delicada, temiendo provocar algún daño con sus garras de dragón. Y es que, a pesar de ser dos amantes condenados, continuaban siendo aquellas fieras bestias ardientes, si bien no albergaban sus tamaños y grandes habilidades, algunos de sus rasgos aún continuaban viéndose en los miembros de la Casa del dragón tricéfalo. A pesar de todo, no hubo desperfectos, tampoco fuego o sangre que fuera escupido o impregnado, ambos estaban del todo bien. Siempre lo estarían mientras estuvieran el uno junto al otro. Era su destino, pues ella había nacido para estar junto a Daemon y él para estar junto a Daenerys. Él aceptó su juramento, retumbando cada palabra en lo más profundo del corazón de la doncella, apaciguaría el dolor que se le fuese afligido aquel día, así como los venideros, hasta que las campanas del Gran Septo Baelor centellearan por las nupcias del dragón rojo y el dragón negro.

Más, para ese día aún mucho quedaba. Daenerys tomó una determinación en ese momento, en ese instante tras la aceptación del caballero y el temblé de sus cabellos cuando él los acaricio. Sintió como los vellos de la nuca se erizaron con un mero tacto, del mismo modo que sus labios temblaron ligeramente por el continuó rose de su boca contra la suya. Era un deleite, un sentimiento que no comprendía y a la vez era confuso para la princesa, un pecado que los Siete condenarían con el tiempo, pero para ella, en ese preciso instante . . . Era su mundo. Daemon era todo su mundo. No tuvo tiempo de articular palabra alguna, de revelar la idea que hubo cruzado por su mente. Probablemente, él también lo hubiera pensado, pues ninguno de los dos pondría distancias sobre el otro, pero era una confirmación. Una promesa, la de ella en este caso. La falta de tiempo provino por parte de las acciones del Alto Bastardo, que la tumbó con suma delicadeza y precisión hacía el suelo, y entonces tembló. No de miedo, pues junto a él jamás sentiría esa emoción, pero si de nerviosismo. Una duda cruzó su cabeza; ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué debía hacer ella?

Tan inocente no era, no con Aegon IV como progenitor. Suponía que podía ocurrir de ir más allá, pero no podía imaginar la albergadura de la escena, tampoco que movimiento ejecutar. Así que una Daenerys inexperta permitió que Daemon tomase las riendas de la situación, sin oponer resistencia tanto a sus caricias como a sus besos, tacto que hizo que evocase en su fuego interior, y de cuya boca, por vez primera al liberarse temporalmente, escapará un suspiro placentero. Porque fue en ese instante, cuando se dio cuenta del verdadero poder del fuego valyrio, lo sentía sobre sus propios labios, quemando en la boca, en las mejillas alrededor de los labios. . . En todo su ser.  Ella permaneció inmóvil, tanto el cuerpo se dejó someter por la voluntad del fiero dragón negro cuyas garras se aferraron a la cintura, reclamándola como lo que era; suya, y de nadie más. Con la timidez propia de una doncella, pues otra cosa no era, apartó las manos lentamente del frío suelo en el que cayeron inertes cuando fue tumbada y las alzó hasta el pecho de su amado.

Allí, aprovechando una nueva separación proveniente de Daemon, dispuso una prolongación del gesto. Mudamente, le pidió que se detuviera, algo que esperaba que hubiera captado cuando el reflejo de ambas miradas, centelleantes y violáceas, se cruzaron una vez más.

— Espera. . . —

Pidió con el ruego ceñido en su voz, pues cada uno de los besos dados – muy distintos a los que se habían profesado hasta ahora – había consumido a la princesa. Sus labios se abrió varias veces, dando bocanadas de aire que fueron penetrando hasta acabar precipitados en los pulmones. Cuando creyó conseguir el suficiente para continuar, procedió. Primero lo hizo con gestos, pues ambas manos se separaron entonces de su lugar actual; Cada una siguió un destino diferente, pero pronto retornarían a su encuentro. La primera buscó la mano olvidada del dragón, dándose cuenta – pues no había podido ver dónde estaba al no apartar la mirada de él – de que se hallaba en el suelo frío. Al girar el rostro, durante un breve lapsus de tiempo en busca de una causa, se percató de que había sido por la espada. La mano se aferró entorno a la de él, atrayéndola hacía ella con lentitud. Al mismo tiempo, la segunda mano siguió un destino similar, atrapando las garras que se encontraban en la cadera de la doncella y haciéndola ascender por su cuerpo con una lentitud que pareció ser una tortura para ambos. El paso fue suave, pues la tela que cubría el virginal tez de la princesa así lo era. Ascendieron poco a poco por su vientre, siguiendo un sendero imaginario por los campos hasta que alcanzaron las faldas del valle en cuesta arriba, culminando en la cumbre de las más altas montañas que había.

Fue sobre los senos dónde se detuvo, dónde ambas manos se cruzaron nuevamente. Allí, Daemon sentiría como las palpitaciones de Daenerys estaban desbocadas, pues su corazón latía con un fervor sin parangón. Como los tambores en los albores de la batalla, como los cascos de los caballos agitando la tierra, como un dragón a punto de expulsar su fuego interior. Se abrió paso por la tela, pues el borde superior no estaba tan distanciado de su cumbre coronada, y así las ásperas manos del guerrero por fin tocaron la piel de la princesa. Ella soltó entonces ambas, sobre el corazón que sentenció como suyo. Quería que lo tomará de entre sus manos, que lo sintiera latir y vivo, que recordará aquel momento.

— Late . . . Late por ti, siempre lo ha hecho y lo hará por y para ti, Daemon. —

Confesó, más por los movimientos de su boca era predecible que no hubo concluido. Sus mejillas se impregnaron de un sonrojar propio de su clase y que eclipsó completamente en rojizo de sus ojos por la las lágrimas anteriores. Con dificultad y en susurros, concluyó.

— No sé . . . No sé que debo hacer ahora, lo que está pasando entre nosotros . . . No sé como darte lo que creo que buscas, porque ni sé lo que buscas exactamente. . . Pero si me esperas. . . Si aguardas un tiempo sin alejarte de mi, lo sabré . . . Y te lo daré, porque no albergo duda ni miedo cuando es contigo todo lo que deseo, porque quiero estar a tú lado hasta que el Desconocido finalmente venga a juzgar mis actos. Daemon . . . mi amado hermano, no . . . mi amado caballero y hombre, hasta entonces, mi cuerpo será tú templo, único para ti y tu deleite, que podrás contemplar con los ojos y recrear en tú mente, que podrás admirar y tomar entre tus manos. . . Extinguir tu fuego en mi. Aún tras tus nupcias de hoy . . . ¿Me aceptarás como tu única amante? —

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Vie 5 Feb - 19:12

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja

El fuego lo consumía todo. No había dolor en sus caricias, ni lágrimas en sus ojos cerrados, ni siquiera palabras de reproche en esos labios que con vehemencia atrapaban los suyos. Ardiente era cada contacto de su piel contra la suya y cálido era el sentimiento que embargaba el corazón del Alto Bastardo, envolviéndolo en una confortante sensación y acelerando sus latidos a la vez. El fuego había devorado incluso a su razón, olvidando que pronto se casaría, olvidando los peligros que corrían en ese preciso instante, olvidando que ella aún era una niña… Se habían criado juntos, prácticamente como hermanos, a menudo habían sido compañeros de juegos y era fácil olvidar la edad que les separaba. Tan solo eran tres años, pero suficientes como para que los instintos del dragón negro aún no se hubiesen despertado en la princesa. No quería llegar más allá de eso, en realidad no sabía exactamente lo que quería, pero lo que sí sabía es que jamás la asustaría de forma intencionada, mas por desgracia lo estaba haciendo.

Sus pequeñas manos sobre su pecho apaciguaron a la bestia, haciendo que se separase un tanto de ella, apoyando sus manos sobre el suelo. Un solo gesto suyo bastaba para calmarlo, ella parecía ser consciente de esto pero lo que no creía que comprendiese es que otro gesto podría avivarlo con la misma rapidez. Eso no sucedería aquel día, en sus ojos violáceos no halló el deseo que se agazapaba expectante en los suyos y eso bastó para que se detuviese y la escuchase. Sabía que quería que parase antes de que lo dijese, pero sus palabras ayudaron a que se diese cuenta de lo que sus acciones habían provocado en ella. El fuego quedó controlado y reducido, su respiración volvió a la calma. Ya no sentía los latidos de su corazón, pero debía seguir ahí, funcionando por ella.

Descendió su mirada siguiendo el movimiento de sus manos sin hacer nada. Como un buen cazador esperó, temiendo hacer un gesto brusco que pudiese espantarla. Se dejó hacer por la dama, dejando que guiase sus manos por los delicados senderos de su cuerpo hasta culminar sobre sus senos. Probablemente no era consciente de las sensaciones que aquel gesto inocente habían provocado en Daemon, que tuvo que cerrar los ojos y respirar hondo para no hacer algo que pudiese espantarla por completo. En la oscura visión del interior de sus parpados el Fuegooscuro pudo sentir bajo su mano el corazón desbocado de su hermana. Podía sentirlo por debajo de la piel y de sus huesos, estaba allí. Si hubiese podido lo habría besado maravillado, amaría cualquier cosa que mantuviese con vida a su hermosa Daenerys.

Abrió sus ojos y estos ascendieron hasta su rostro, encontrando adorable el rubor de sus mejillas, que decoraban la piel nívea de la doncella —Mi adorada princesa —susurró conmovido por sus palabras. Su mano en su pecho ascendió hasta acariciar con dulzura sus mejillas, un gesto suave para las manos ásperas de un guerrero —. Siento haberte asustado —continuó susurrando acercando su rostro hacia ella para depositar un beso en su frente. Un gesto más fraternal más que conocido por ambos. Era lo que hacía cuando se despedía de ella, cuando la daba las buenas noches tras el final feliz de algún relato y es lo que hizo cuando la madre de la joven falleció, siendo él el único capaz de darle algo de consuelo en aquellos momentos tan tristes.

Se fue separando de ella de nuevo pensando en todo lo que la Targaryen había dicho. La palabra amante no le era en absoluto desconocida, no por experiencia propia sino por su padre, por todos era sabido el extenso número de mujeres de baja y alta cuna que habían pasado por las sábanas del rey. Él nunca sometería a Dany a una humillación como aquella, dejando que fuese la hazmerreir del reino, pero ¿Y en la intimidad? ¿Y si lo mantenían en secreto? No, no quería que la desconfianza o los celos que una relación así conllevaría les afectasen. Había jurado que se casaría con ella y así lo haría, que los dioses fuesen testigos de su amor consumado y los bendijesen.

—No busco nada hoy —dijo para tranquilizarla, mientras su mano continuaba acariciando su mejilla. No podía decir que no hubiese deseado compartir con ella algo tan nuevo y emocionante como aquello, pero aún era pronto, al menos para la doncella pues él por deber tendría que probar la intimidad de la Tyroshi. Pocos lo sabían, pero tampoco esa noche sería la primera para Daemon, cuyo padre se había encargado de que fuese un hombre el día que recibió su apellido. “El mejor burdel de la ciudad”, le había asegurado y a falta de otras experiencias con las que comparar aquel lugar Daemon tuvo que creerle —. No me voy a ir a ninguna parte ¿Crees que te puedes deshacer de mi tan fácilmente? —bromeó para romper un poco el ambiente trágico que parecía haberse instalado entre ambos. El joven sonrió y volvió a acercarse a su rostro dejando un beso en la punta de su nariz —No te preocupes por eso.

Nunca había sido tan cariñoso con nadie como podía serlo junto a Daenerys. Algún día se convertiría en mujer y ahogaría sus gemidos con sus besos, pero ahora su dulce niña debía seguir siéndolo —Habrá un día en que tú misma lo buscarás y yo estaré aquí —sentenció. Jamás se rendiría, ya lo había jurado y lo volvería a jurar si fuese necesario, sería su Rhaenys  —. No tomaré amante alguna —aseguró —, serás mi esposa en todos los sentidos.

Una vez que estuviesen casados podría dejar de visitar el dormitorio de Rohane. No creía poseer el hambre voraz que había demostrado su padre, con Dany no necesitaría a ninguna más y si visitaba el de la Tyroshi sería por mantener buenas relaciones con el padre de su prometida —Pero si tuviese que tomar a una sería a ti, siempre.

Acercó su rostro al suyo una vez más y esta vez tocó con sus labios los de la doncella, acariciándolos levemente antes de separarse con gran dolor al dejar de sentir aquel beso fugaz.

—Me gustaría que me hicieses dos regalos este día, al fin y al cabo es el día de mi boda —dijo contemplando embelesado la perfección de sus rasgos —. El primero es que no vuelvas a llorar —explicó con seriedad, aunque al final una sonrisa elevó la comisura de sus labios —El segundo es que me concedas un baile.

Cualquier excusa le servía para pasar un tiempo a su lado, para poder tomarla de la cintura sin que el gesto resultase inadecuado. Al finalizar la celebración terminaría la noche con su esposa, pero nadie les podría robar un baile.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Mar 9 Feb - 16:35

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | La Fortaleza Roja



Aún continuaba presa del cuerpo del dragón, sometida y tumbada en el suelo. La frialdad que sentía en la espalda la incomodaba en cierta medida, no acostumbrada a tenerla; después de todo, descendía de la antigua Valyria y como tal era suyo el calor de los Catorce Fuegos. A pesar de todo, hizo acopio de fortaleza para no moverse ni dejar que su cuerpo se tensará o temblará, pues ante ella tenía una visión nueva y única que compensaba con creces el descenso de las temperaturas. Daemon encima. No quería perder aquella ilusión, por lo que la grabó a fuego candente en su mente y en sus recuerdos, así como el ímpetu del beso anteriormente otorgado. Uno que, a pesar de haber concluido momentos atrás, aún hacía arder sus labios . . .

Y batir su corazón.

— Eres. . . Eres hermoso. —

Aquellas palabras escaparon de sus labios de forma inconsciente, dejándose llevar por los pequeños impulsos de una doncella soñadora. De una dama enamorada.

El sonrojo continuaba invicto sobre sus mejillas, eliminando cualquier atisbo de la tonalidad marmólea de la que siempre fue dueña. Los cabellos oro y plata se expandían a ambos lados, más agitados y revueltos de lo que hubieran estado desde la aparición del astro rey. Cada gesto y mención dedicada provocaron reacciones semejantes en la princesa, cuyos orbes brillaron con intensidad, radiantes en la felicidad en la cual se envolvía. Así pues, sus labios curvaron una tímida sonrisa que fue difícil borrar. Aquella mueca estaba dedicada, pero también inspirada, en el hombre cuyo corazón era portador.

Para calmar las dudas y preocupaciones que pudiera poseer, ella removió su propia cabeza de un lado a otro, rechazando la disculpa que se le proporcionaba. Con su voz, finalmente, dio a entender lo que el gesto quería traslucir.

— No temas, mi amado Daemon. . . —

Comenzó a decir, extendiendo una vez más la mano en su dirección. El movimiento fue lento, precavido, a pesar de saber que tenía todo el derecho y permiso de realizarlo. La palma de la mano quedó abierta entonces sobre su mejilla, acariciando aquel inhumanamente hermoso rostro del cual quedó prendada tiempo atrás. No había bardo que pudiera entonar no solo sus hazañas, sino también la belleza que hechizaba a mujeres y seguro que hombres por igual.

— Jamás he temido junto a ti, sé . . . sé que mientras este a tu lado, estaré segura. No hay lugar o caballero en los Siete Reinos . . . No, en el mundo entero, que pueda producirme mayor satisfacción y grado de confort. Tú  . . . y sólo tú, Daemon, empuñando o no a Fuegoscuro, eres quién vela por mi siempre. —

Para sus adentros, y daba por sentado que sus gestos anteriores, habían demostrado algo completamente diferente. Pues tímida y aún virtuosa era, la situación se entornó complicada ante la preocupación. A pesar de todo, no hubo mentido en ningún momento; El dragón negro era todo lo que podía necesidad o desear, más él era su guardián y protector, su paladín y escudo. Con Daemon siempre se sentía segura. En todos y cada uno de los sentidos.

A las a fueras de los aposentos, a mundos de distancia a ojos de ambos amantes, todo era luces y color. Gentes que se arremolinaban y movían sin cesar, damas y caballeros que se preparaban para el gran día cuyos ecos se escuchaban. En las cocinas los platos elaborados, muchos todos ellos y de grandes variedades, estaban expuestos en las más elegantes de las cuberterías. Dependiendo de los aposentos, una festiva futura novia estaría ataviandose con lindos encajes de perla tonalidad y reyes lucirían coronas dignas de dioses descendidos de los cielos. Risas, bailes y festejos. Todos a su costa. Daenerys imaginó todo eso y más, pero se negó así misma a darles credibilidad; Sólo un poco más . . . sólo dejadme estar con él un poco más . . . Pedía en silencio, sin apartar manos o miradas, aferrando aquella que estaba libre en los brazos del guerrero que juraba no deshacerse de su compañía tan rápidamente.

— Algún día seré tuya, ante los dioses y los hombres, en todos y cada uno de los sentidos . . . Ese día es mi mayor sueño y anhelo, dónde seamos por fin uno . . . Y tras el cual nunca nos volverán a separar. —

Aceptó entonces su premisa, más tranquila y confiada. Podría haber malinterpretado sus palabras, pero se dio a buena cuenta de la causa; Daemon la quería de forma legitima y verdadera, no buscaba la satisfacción que su propio padre amasó en otras mujeres ajenas al lecho nupcial. En parte, aunque sonará mal, Daenerys daba gracias a los dioses por aquello; De otro modo, Daemon no podría haber venido al mundo, pues era hijo de su padre con la princesa Daena, prima del mismo. Era tan Targaryen por partes iguales como lo era ella, el destino no podía haber seleccionado a dos almas tan compenetradas como ellos. Estaban unidos por lazos más fuertes de los que muchos creían, la sangre y el fuego serían sus testigos.

Aquel último beso tuvo tiempo de ser brevemente correspondido,  sintiendo su tacto y caliento cálido sobre los labios. Hubiera prolongado aún más ese pequeño deleite, aún cuando fuese un tormento de imaginar que pronto serían de otra, más la separación llegó antes de que ella se acoplará completamente a su boca.

— Pero yo ya tengo tú regalo . . . —

Intentó protestar, indicando con un sutil movimiento a debajo del lecho. Aún bajo las colchas y sábanas, bajo aquellos dos vestidos que descansaban, podían contemplarse lo que señalaba. Para ello, el Alto Bastardo debería de descender la cabeza nuevamente, tan próximo a su cuerpo que ella lo sentiría en su máxima expresión.

Una pequeña provocación, más Daenerys no fue del todo consciente de que jugaba con fuego.

Bajo la cama mencionada, yacía un arcón efectuado y tallado con madera de arciano y cuyos bordes estaban adornados con rubíes y ónices intercaladas. El cerrojo y la llave que guardaba sus secretos tenían pequeñas hondas que, en el acero o en el metal, solo podían ser vistas por un único material; acero valyrio que había sido reforjado para proteger el preciado regalo de la princesa. Si el exterior era una belleza incomparable, lo que albergaba aún más.

— Está bien, te prometo que así será . . . Y que el segundo baile tendrás, así como cualquier otro que venga después de el. ¿Entonces, de color y no de luto deseas verme, amado hermano? —

No podía otorgarle el primero, pues llamaría demasiado la atención pues correspondía a Rohanne de Tyrosh. Ambos habían tenido que aprender a disimular y ser cautelosos, a pesar de todo habían algunos rumores de su cercanía . . . Tras aquella promesa y la duda, indicada en parte por la indumentaria futura de la princesa, vino un comentario demás, para continuar haciendo alusión al próximo regalo recibido.

— ¿Quieres verlo ahora o esperar al intercambio de regalos? —

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Vie 18 Mar - 17:22

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja

La sonrisa prendida en los labios dulces de su princesa era una llama viva, que infundía calor al joven corazón del dragón negro. El bastardo lo sintió en la boca de su estómago en forma de opresión repentina pero pronto se propagó por su cuerpo haciendo inevitable que correspondiese a su sonrisa con la mirada ilusionada de aquel que reconoce sus propios sentimientos en la pupila del objeto de su amor. Parecía imposible que aquella dama, aquella niña, pudiese despertar tantos sentimientos en él. Podía herirle, despertar su deseo, encolerizarle o enternecerle, todo en un mismo día. ¿Cómo podría dejar escapar a alguien así?

Sintió que los músculos de su espalda se relajaban, aunque no lo suficiente como para dejarse caer sobre el cuerpo de la doncella. Sintió la paz que debía sentir un Septón al percibir la llamada de los siete, la satisfacción de un caballero al recibir su nombramiento, la grandeza de un rey al sentir el peso de la corona por primera vez y todo gracias a la caricia de su mano y las palabras tranquilizadoras que se escapaban de sus labios. Unos labios que moría por besar de nuevo.

Le gustaba pensar que la gente conocería su nombre tan bien como el nombre de su espada, el hecho de que al pensar en él les viniese a la mente la mortífera arma de la casa del dragón le producía una satisfacción indescriptible, pero en el caso de Daenerys prefería que no fuese así, que pensase en él como en un escudo tras el cual guarecerse y sentirse a salvo. Al parecer así era, o al menos eso dijo ella, quizás por temor a hacerle sentir mal. Sea como fuere decidió no insistir en el tema, sabía que no se había comportado de la forma más delicada posible y aunque la princesa no le temiese aún se sentía insegura al avanzar de forma tan brusca en la intimidad de su relación. Una relación que era más íntima que la de muchos matrimonios, pero no en el sentido físico.

Aquel pensamiento casi consigue romper su burbuja, pues al pensar en el matrimonio no podía evitar recordar que en breves tendría que separarse de ellas y contraer nupcias con otra mujer, por suerte ella estaba ahí para impedir que eso sucediese.
Alzó una ceja en cuanto ella le anunció que tenía un regalo, esperaba algo de su hermano pero no de ella y eso solo hizo que su curiosidad se incrementase.

— ¿Ah, sí? —preguntó con cierta picardía manifestando su incredulidad a la vez que intentaba descifrar de que se trataba, de forma errónea creyó que su regalo era inmaterial pero la dirección de su mirada le hizo comprender que no era así. Por supuesto cayó en la tentación se acercó a ella y giró su rostro para poder mirar por debajo de la cama de la princesa, tal y como hacía de niño antes de asegurarla que no había monstruos agazapados en la oscuridad esperando que se durmiera. Esta vez sí había algo, pero no algo vivo. Se trataba de un precioso arcón de arciano decorado con piedras preciosas, una excentricidad tal vez pero estaba deseando ver que contenía. Puede que fuese un bastardo, pero se había criado en un ambiente lleno de lujos y comodidades, algo que muchos criticaban ya que el fallecido rey nunca les había negado nada a sus retoños. Quizás por ello Daemon fuese un tanto  caprichoso, un defecto que podía permitirse. Su sonrisa se ensanchó y aquel gesto hizo que su mejilla rozase la de la muchacha. —Muéstramelo —pidió en un susurro, aún sin despegar su mirada del misterioso baúl.

No esperó a que ella accediese, se apartó, poniendo una distancia prudencial entre ellos antes de levantarse. De pie pudo contemplar a la joven tendida, con las mejillas sonrosadas sobre la piel marmolea y los cabellos dorados esparcidos sobre el suelo, era la definición gráfica de la tentación, mas Daemon se sobrepuso a ella, apartando su mirada de la Doncella hecha carne y hueso. Sus ojos se posaron en las prendas extendidas sobre el lecho. Un vestido de riguroso color negro y el otro de tonos violáceos, uno le recordaba a los ojos de su amada hermana y el otro a las lágrimas que la había visto derramar, uno hablaba de vida y otro hablaba de muerte. Daemon tenía claro cuál prefería. Extendió su mano hacia ella con la intención de ayudarla a incorporarse, volviendo a centrar su atención en ella —Tu cuerpo no fue creado para ser cubierto con el color de las tinieblas, hermana —afirmó respondiendo así a su pregunta. Aunque quizás el luto habría sido más adecuado, no por la fecha cercana a la muerte de su padre sino por ese futuro juntos que ya no sería, o al menos no lo sería como ellos lo habían concebido en sus sueños. Ella se puso en pie con su ayuda y con delicadeza apartó sus cabellos colocándoselos tras sus hombros—. Además, el violeta hace juego con tus ojos.

Depositó un casto beso sobre su frente despejada. Al romper el contacto dio un paso atrás y dio media vuelta, alejándose de ella y acercándose a la cama —Veamos que tienes para mi —propuso lanzándola una mirada por encima del hombro antes de agacharse y sacar de debajo de la cama aquel baúl, lo alzó y lo depositó sobre la cama, junto a los vestidos extendidos, teniendo cuidado de no ponerlo encima de aquellas prendas. Pesaba más de lo que esperaba, pero no demasiado, el caballero había supuesto que dentro habría algún jubón o algo por el estilo, pero o el baúl era muy pesado o realmente podía estar ante un regalo poco usual. Sus manos acariciaron la parte superior del cofre, pasando sus dedos por encima de los rubíes que lo decoraban—. Magnífico —calificó valorando el trabajo del artesano que lo elaboró.

— Con tu permiso… —aventuró apartando la mirada de las diferentes tonalidades marrones de la madera hacia la grácil figura de Daenerys. Puso sus manos a ambos lados del cofre y con un movimiento alzó la tapa del baúl, encontrando allí el presente perfecto para él. Aún no lo sabía, pero además de útil sería no solo su regalo preferido de aquel día sino que sería lo último que su cuerpo vivo tocase antes de morir.

Se trataba de un yelmo de metal grisáceo, perfectamente pulido, parecía resistente y de buena calidad, pero no era la estructura básica lo que más llamaba la atención del mismo, sino que sobre el metal majestuoso se alzaba un dragón tricéfalo de color negro azabache. Aquella bestia parecía tener la finalidad de intimidar a la vez que proteger el cráneo de su portador. Se trataba sin duda de un digno acompañante de fuegoscuro.

Tras la sorpresa inicial reflejada en su rostro una carcajada brotó de su pecho. Tomó el casco con ambas manos, apreciando su ligereza y lo alzó para poder examinarlo por todos lados, mientras que el sol de la mañana se colaba por la ventana y arrancaba destellos al metal.


—Es perfecto —
afirmó sin dudar. Lo era por supuesto por su utilidad y diseño, pero mucho más por su significado. Quería que pensase en él como su escudo, era justo pues que algo que le sirviese de protección le recordase a ella. Además, como todo caballero que se preciase Daemon sabía exactamente donde se confeccionaban los escudos, armaduras y yelmos más trabajados, de los que los más poderosos alardeaban en los torneos y estaba casi seguro de que el yelmo que Daenerys le regaló no era la excepción—, y de Tyrosh ¿no?, muy sutil —apreció con una sonrisa ladeara. No estaba bien admitirlo pero el pulso que Dany pretendía mantener con su futura esposa le agradaba, de alguna forma alimentaba su ego, aunque era poco práctico. Desde luego la extranjera lo tenía nada que hacer frente a la princesa Targaryen.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Jue 24 Mar - 17:26

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | Fortaleza Roja



Daenerys no calculaba el tiempo que llevaba junto a él, menos aún cuánto estuvo tendida en el suelo bajo su auspicio, poco o nada podía importar a la princesas nimiedades pues, de depender de ella, lo hubiera detenido. Cada segundo al lado de Daemon era un regalo, un deleite del que no se cansaba jamás. Cada partida o distanciamiento, cada espera velada a por un nuevo furtivo encuentro, una penumbra que su corazón algún día sería incapaz de sobrellevar. Así pues, al contemplar el aparente entusiasmo y disfrute de su amado ante la posibilidad de un regalo, su pecho se inflamó de orgullo y satisfacción, un regocijo que acabó por obligarla a contener el aliento al notarlo tan cercano a sus senos. Un mero roce, tan sutil como sin intencionalidad, pero ella lo había sentido tan bien como los ardientes labios que aún caldeaban en su propia boca. — Te lo mostraré, todo lo que pidas. — Y es que, como cualquier dama enamorada, no podía negarse a los caprichos y deseos de su ser en más alta estima. Fue por una buena causa, pero cuando se incorporó emitió un agudo quejido que fue fue parcialmente cubierto por sus labios. El frío llegó nuevamente a la princesa, quién parecía haber perdido su manto protector y que calor – más del conveniente aparentemente – le había proporcionado con su fuego interno. Incapaz fue de apartar los orbes amatistas, brillantes y rebosantes de vista, de la extensa visión del caballero ante sí. Superior en altura y en postura actual, se veía más glorioso que nunca, y ahora bañado por las vetas doradas del astro rey, más cercano a los dioses que al mundo de los hombres dónde ella estaba.

Pudiese ser él un bastardo y ella una princesa, pero Daenerys se guardaba en una estima muy poco elevada. Daemon poseía toda una horda de damas, de baja y alta cuna, e incluso caballeros que suspiraban por una sola mirada. Sin embargo, la hija de Aegon IV no tenía a nadie que bebiera las mismas aguas por cada paso que ejecutaba. No le importaba, pensaba constantemente, pues ya tenía a su propio paladín. A pesar de todo, en su fuero interno, claro que le importaba. Había envidia por cada mirada y sonrisa que él regalaba, aun cuando las palabras de amor se las llevaba la princesa, pues estaba obligada a compartirlo debido a la carisma innata del caballero. Ella quería engrandecer un poco su propia vanidad y orgullo, pero desechaba al final la idea. Estaba condenada a ser la celosa silenciada, no la recelada. Aún eres una niña, le había dicho la septa Rhaena cuando ella lamentó no ser más bella, tú cuerpo aún crece y se desarrolla, en uno o dos años serás la doncella más hermosa de los Siete Reinos y la más reclamada por señores y caballeros por igual. Daenerys solo pensaba en ser reclamada por Daemon, pero ello tardaría mucho más de lo que ambos habían planeado y con un resultado más triste del que jamás quisieron admitir. Aceptó la mano que le tendió, incorporándose poco a poco del suelo que la arrinconó momentos atrás. Su mano libre se extendió entonces para recoger la espada olvidada, cuyo peso también ella olvido. Con la dificultad propia de su carecer de fuerza, consiguió alzarla lo suficiente para no arrastrarla y entregarla hacía su custodio real. —  No olvides a Fuegoscuro. — Indicó luego. Dejarla atrás sería sino de descuido y preocupación, cualquiera podría encontrarla y atar cabos con cierta facilidad sobre aquellos furtivos y secretos encuentros, sus únicos remansos de paz y profesado amor.

— Si esa es tu elección, de morado iré. Espero que sea de tu satisfacción cuando veas que lo llevo puesto. — Aceptó soltando finalmente la mano que le proporcionó el auxilio. — Todos tenemos el mismo color de ojos, amado hermano. Lilas, purpuras, morados, índigos . . . Salvo Baelor, y los pequeños Brynden y Shiera. — Había estado a punto de olvidarlos, pero no fue así. Baelor era el heredero de Daeron II y de la misma edad que el propio Daemon, sobrino de Daenerys – y algunos consideraban que, por edad, ella debería de desposarse a este. Había escuchado los rumores que fueron disipados. – Por el contrario, Altos Bastados eran los otros dos mencionados, pero Brynden poseía una mirada cobriza que escalofriaba, mientras que la pequeña Estrella de Mar había adquirido uno de esmeraldas y otro de zafiros. Tan diferentes entre ellos todos, pero salidos de la misma verga real. No permitió, sin embargo, que las distancias volvieran a ser un obstáculo entre ambos, por lo que se mantuvo tan cerca como le fue posible mientras él colocaba el baúl sobre el lecho. Su expresión se volvió sonriente, bailante la curvatura de la boca, una mueca que invitaba a pensar en el secreto que él pronto desvelaría pero que de momento solo a ella pertenecía. —  Vamos, ábrelo. — Lo apremió. — Muero por ver tu cara. — Acompañó a sus palabras anteriores. Quedó muda durante el breve lapsus de tiempo en el que Daemon abrió el objeto que contenía su regalo hasta que lo descubrió, tiempo que Daenerys no perdió en estudiar cada detalle de las facciones del hombre admirado y profesado.

Y cuya carcajada tomó por sorpresa. Parpadeo bajo ese sino durante una facción de segundo, en incontables ocasiones y una duda naciente en su mente. ¿Alguien se le habría podido haber adelantado? ¿La propia Rohanne tal vez? Aquello carcomió a la princesa, hasta que finalmente desveló la causa y ella se relajó. Rodeó entonces, impulsiva con el gesto, el cuerpo del Alto Bastardo con sus brazos, apoyando completamente su cuerpo de mujer contra el suyo. A diferencia del abrazo inicial que se habían dado – donde las tornas eran contrarias – la extensión de sus brazos y amplitud del pecho del caballero, hicieron imposible que se completase el cierre. Ello no lo hizo menos intimo, ni menos valioso para la doncella. — Lo es, me ha costado bastante conseguirlo y asegurarme de que sea único. ¡Los mejores maestros herreros son de Tyrosh! No lo he hecho solamente por ella, es casualidad. — Se escudo la princesa, que en parte mintió. Bofetada por bofetada, robo por robo. Al final del día sería Rohanne quién saliese beneficiada, pero Daenerys no pensaba en salir de la batalla perdida sin al menos una victoria personal. Ardía en la envidia, más Daemon parecía no darse cuenta de su pesar. — La reina y yo hemos decidido que no se le otorgará el tratamiento de princesa. — Era lo justo, Daemon no poseía el de príncipe. — Pero no por ello será menos de la familia. Dado que hoy es. . . importante, le obsequiaremos con la tiara que perteneció a la reina Rhaenyra, traída desde Leng y que hubo sido de una Emperatriz de esas tierras tan lejanas. No podrá quejarse, ese será nuestro regalo para con ella. — Y de esa manera, Daenerys demostró tener cierto decoró para con la tyroshi, pues disimular era lo único que le quedaba ahora.

Ahora si se olvido de la mencionada, de lo que ocurriría ese día – en pocas hora en realidad – y de todo lo demás. Todo lo que necesitaba estaba en aquella alcoba, entre sus brazos sin ir más lejos. Inhaló el aroma que desprendía Daemon, apoderándose del ardiente fuego que todo él cubría, y se apoyó en la fuerte espalda que tanta seguridad le procuró. Un sosegado suspiro al final se escapó de los finos y suaves labios de la dragona. — Quería que fuera el regalo perfecto para ti, digno de la sangre que corre por tus venas y del arrojo que siempre has demostrado poseer. El Dragón Negro es tu emblema, también lo es tú apodo. ¿Casualidad que el Gran Balerion, el Terror Negro, fuese de esa misma tonalidad? ¿Qué sus ojos emitieran el mismo fuego de los 7 Infiernos? Lo dudo mucho. Qué tus enemigos te queman al llegar, que piensen que eres él reencarnado . . . — Murmuró al apoyar la boca contra el jubón que portaba, mencionando cada palabra con la presión de sus movimientos contra la tela. Cuando concluyó, depositó un beso sobre la superficie de seda que tapaba el cuerpo del hombre, y a este le acompañó otro más.   — Solo quiero tú felicidad, el brillo de tu mirada y resplandeciente sonrisa, que seas todo lo que anheles y consigas aquello que te propongas. . . Si un yelmo, con un Dragón Negro de alas expandidas y ojos de rubí, te satisface de modo alguno y, durante un breve momento, te hace pensar en mi, me sentiré dichosa. . . — Su voz se consumió, aferrando sus dedos la misma tela que los labios habían besado aunque fuese en zonas opuestas del cuerpo de Daemon. Su mente se salpico con una única pregunta, cuya respuesta nunca obtendría y que Siete Infiernos desataría en el futuro: ¿Cómo podían estar tan enamorados y que no harían el uno por el otro?

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Lun 23 Mayo - 0:34

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja

Sintió el cuerpo de Daenerys a su espalda, apoyado contra el suyo tal y como había sucedido momentos atrás, pero al contrario. A menudo había escuchado decir a no pocos caballeros, entre jarra y jarra de cerveza, que con una espada en el cinto y una hermosa mujer al lado no había hombre que se sintiese insatisfecho. Luego añadían con cierta bravuconería que por eso ellos nunca se sentían desgraciados. El bastardo podría estar de acuerdo con ellos, a pesar de su matrimonio no deseado o las dificultades que vislumbraba en el camino que le llevaba junto a su amada hermana, pues en esos instantes era feliz. Mas aunque Fuegooscuro descansase envainada en su cintura, el tierno calor de la doncella tras de sí era lo único que realmente le importaba.

Sonrió, con una mezcla de ternura y satisfacción mientras contemplaba su regalo. Parecía una bestia en sobre un nido de sombras, con las alas listas para alzar el vuelo y acabar con sus enemigos. Todos los grandes héroes de sangre valyria poseían un dragón y Daenerys le había regalado el suyo propio. Era un símbolo de algo más grande que el mismo, o al menos eso había pensado siempre al asomarse por la ventana e imaginar el vuelo lejano de un dragón negro. Por desgracia lo único que les quedaba eran símbolos, la espectacular visión de un dragón en pleno vuelo no volvería a repetirse en años, pues el último de los dragones murió dieciocho años antes de su nacimiento –Mi dulce princesa –susurró cubriendo sus manos con las suyas, entrelazando sus dedos sobre su pecho henchido de orgullo –. Te defiendes como si fueras una criminal cuando en ti no hayo más culpa que la de poseer una inocencia capaz de reblandecer un corazón de piedra –sentenció, quizás su juicio no fuese objetivo, con gran frecuencia sucede que somos tan incapaces de ver los defectos de nuestros seres queridos, como las virtudes de nuestros enemigos. Pero en ese caso estaba en lo cierto. El Alto Bastardo no habría reaccionado con tanta diplomacia si fuese el matrimonio de la joven el que estuviese a punto de celebrarse. Solo de pensarlo la sangre hervía en sus venas y sus manos se aferraban con fuerza a las de su amada, como si con aquel gesto pudiese retenerla junto a él. Mas tampoco el caballero podría haber hecho nada por impedir tal unión. Eran algo más que peones en el juego de ajedrez del poder, pero aun no eran jugadores. Tras ellos había muchas manos manejándolos, buscando un pedazo del poder que a ellos se les había concedido por su simple nacimiento, pero Daemon cegado por sus prejuicios solo veía unas y la mención que hizo Dany a su propietaria se lo recordó –. De modo que la reina y tú lo habéis decidido... –repitió masticando el título de Mariah Martell, cuyo nombre que siempre se le atascaba en la garganta. Su rostro había perdido todo signo de alegría al pensar en ella -. El trato que se le dará a mi esposa debería decidirlo mi hermano el rey, no su mujer, demasiados nombramientos ha concedido ya sin tener en cuenta la ofensa a los territorios fieles –Estaba claro que para Daemon los hijos de Nymeria no eran fieles en absoluto, demasiados quebraderos de cabeza les habían despertado a sus antepasados desde los tiempos de Aegon el Conquistador, sin embargo ahora parecía que tuviesen que estarles agradecidos por tener una reina dorniense, cuando las gentes del Dominio eran antiguos vasallos, y por supuesto fieles.

Cerró la tapa del cofre y respiró hondo, no quería mostrarse así delante suyo, pese a que la princesa conocía su opinión de Dorne, una opinión fraguada a base de influencias de su entorno cercano más que de experiencias propias, no quería discutir con ella por eso, ni influenciarla en contra de su cuñada –Perdóname, no es tiempo para eso –Pidió, tomando una de sus manos, elevándola hacia su boca para besar así el dorso de su mano –. Ha sido muy generosa con Rohanne, al igual que tú -dijo en tono conciliador, decidido a dejar a su animadversión hacia la reina a un lado, por ella. Algo que nadie más era capaz de lograr. Se giró hacia Daenerys y tomando su rostro entre sus manos depósito un beso en su frente –. Eres más buena de lo que merezco –dijo apartando el cabello plateado de su rostro, colocándolo con delicadeza detrás de sus hombros. La blancura de su piel hacía juego con la pureza de su alma, allá donde Daemon habría preferido el odio ella portaba cortesía. A veces sentía que no merecía tener a su lado a alguien tan puro, quizás fuese por la edad que les separaba, pero el Fuegoscuro se sentía con el deber de proteger sus bondades frente a la cruda realidad. Lástima que ese día hubiese tenido que ser él quien destrozase su castillo de ilusiones y rompiese por primera vez su corazón. No quería sembrar en ella el germen del odio, que arrasa con todo a su paso y no conoce de edades, géneros o títulos. Quería ser aquel que llamase a sus sueños y espantase sus pesadillas, tal y como siempre había sido desde que eran niños. Pero los niños crecen. Daemon podía espantar los monstruos que se agazapan en un rincón del armario, pero no a las víboras que visten de gala y se alimentan de desgracias ajenas, ni del deber de su apellido, ni siquiera de su propio rey que podía hacer y deshacer su destino como se le antojase.

–No necesito un yelmo para acordarme de ti –dijo manteniendo su mirada, de un color similar al suyo, tal y como ella había señalado. Pero en ella había matices que no encontraba en los suyos, esos ojos le seguían en sus sueños, aunque nunca hacían justicia a la realidad. Daemon creía del todo imposible que alguien fuese capaz de olvidarlos, desde luego él no podía –. No hay hombre, mujer o dios capaz de hacer que me olvide de ti –dijo, y sus palabras supieron a promesa. Nunca y siempre son dos palabras que los sabios intentan evitar, no así los jóvenes, que viven con más intensidad el presente creyendo que en el futuro será igual. Quizás para ellos fuese realmente así, pues llevaron sus promesas hasta el más trágico de los finales y por una vez su Siempre fue cierto.

Unos golpes apresurados en la puerta hizo que se rompiese la burbuja que hasta entonces les había protegido de la realidad, pidiendo que no fuese cierto su mirada se dirigió rauda hacia la puerta que daba acceso al dormitorio de la joven. Un par de golpes más y tuvo que admitir que el momento había llegado. Maldijo entre dientes y con gran dolor apartó las manos de su piel, se lanzó hacia su regalo y lo ocultó bajo la cama. Nada debía indicar que había estado allí o del escándalo todo el reino sería partícipe antes de que se celebrase la boda. Se puso en pié apresuradamente y cruzó a grandes zancadas la habitación, hasta el espejo que conducía a los pasadizos secretos. Accionó el mecanismo que abría la puerta, pero se giró en el umbral para ver a la princesa sin nadie por testigo por última vez antes del enlace. Su visión le partió el alma y a punto estuvo de volver a adentrarse en sus aposentos, ignorando los gestos escandalizados de las damas que fuesen testigos de la escena.

–¿Princesa Daenerys?

–No me iré sin un último beso.
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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Sáb 11 Jun - 16:16

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | Fortaleza Roja



Cierto era que había actuado como una criminal, al igual que también era cierto que por dentro los celos la carcomían. Daenerys llevaba años soñando con contraer esas nupcias con Daemon, ahora otra se lo arrebataba sin que pudiera presentar objeción. Ello era el causante de todos sus pesares, así como el de su actuar; estaba a la defensiva, aun bajo su máscara de cortesía y educación, no podía evitar desenvolverse como si le hubieran robado lo más preciado que poseía en el mundo. Lo único que causaba la manutención de su cordura y vida era la promesa que ambos habían realizado en aquella misma estancia; Ella sería su Rhaenys, Daemon sería su Aegon... Rohanne sería Visenya. Saberse que sería su segunda esposa, aquella a la que más amaba – y confiaba en que, una vez se aconteciera dichas nupcias, no acudiera más al lecho de Rohanne – le hacía mantenerse en pie un día más. Solo debería salvaguardar las esperanzas y ser paciente, con el tiempo todos sus sueños se cumplirian y seria feliz junto al Fuegoscuro.

Esos fueron sus pensamientos, mientras los labios permanecían silenciados. Contenida en un mar de emociones, dejándose arrastrar por los besos y caricias que su amado le procuraba, por las caricias proporcionadas. . . Por esa intensa mirada que la sumergía más aún. Hablar quiso, pero no encontró palabras que se adecuaran a las circunstancias, solo quería mantenerse así unos pocos minutos más, unos instantes que fueran eternos. Las manos de la joven doncella estuvieron cercanas de tomar el rostro del hombre, deslizando estas por encima del pectoral que oculto se hallaba bajo el jubón. Sin embargo, tan pronto los llamados se escucharon al otro extremo de la puerta, se apartó de él como si un pecado estuviera cometiendo. Nada más lejos de la verdad, lo hizo para evitar que la imagen de Daemon se viera marcada, o quizás por la suya propia. No sería idóneo que alguien los encontrará en semejante tesidura, no había excusa válida para la presencia del bastardo reconocido en los aposentos de una princesa en ropajes de cama.

— ¡Ya voy, un momento! — Exclamó la joven, atinando a decir finalmente, para calmar a las sosegadas que insistían en reclamar la apertura. Daenerys no supo como proceder, si acompañar a Daemon, obligarlo a partir o retenerlo unos meros segundos más. Desviaba las atenciones entre la puerta y la apertura del espejo, ya abierto para la marcha del Fuegoscuro. Ella, apresurada e inquieta, ante las últimas palabras de él, se sorprendió. Inicialmente así lo hizo, más al final cedió encantada al capricho; pues también era el suyo. Corrió a su encuentro, batiendo la melena oro y plata que caía libre y campestre por los hombros, y se apresuró a lanzarse sobre sus brazos. Allí, rodeada por los fortalecidos del caballero, le obsequió con el último beso que obtendría de sus labios como un hombre libre, pues en poco tiempo sería de Rohanne en cuerpo, pero nunca en alma, mente y corazón, eso le pertenecía a Daenerys Targaryen.

Las últimas palabras que ella le transmitió, antes de que abandonara las estancias, fueron; “ Te amo Daemon Fuegoscuro ”.

* * *

Vestido púrpura, a juego con los orbes violáceos de la princesa. Cabello semi recogido, rodeado de una redecilla complementada con amatistas que relucían también en su colgante, pero no tanto como su mirar. Todo aquel que la contempló, señaló que estaba exquicita y que era hermosa, ninguno se atrevió a indicar que era la más bella de las presentes para no desanimar a la reina o la futura novia. El desayuno e intercambio de regalos había tenido lugar horas atrás, donde los distintos obsequios fueron recibidos por parte de los futuros contrayentes, los más aclamados fueron sin duda el yelmo que más de una mirada sorpresiva se llevo. Aparentemente, Rohanne había tenido una idea semejante y Daenerys se la echó a perder al ser la primera en otorgarlo. Una casualidad que pasó a ser una anécdota, y que la tyroshi le hizo pagar ante las demostraciones cercanas que proporcionó a Daemon.

Desembarco del Rey relucía con los colores Targaryen, además de diferentes representantes de Essos (concretamente de Tyrosh, lugar nativo de Rohanne). Las gentes se agolparon en las calles para ver al caballero, el hombre más deseado por las doncellas que suspiros les arrebataba, incluso hombres soñaban con su semblante. Ya se encontraba en el Septo de Baelor toda la familia real, cuando los futuros marido y mujer llegaron al lugar. Ella lucía bella, con un vestido brocado de color marfil y un sinuoso escote delantero y trasero que permitió que muchos imaginaran los encantos de la susodicha, además de hacer sentir infinitamente menos a Daenerys que presumía algo más recatada en su comparación. Venia acompañada, colgando del brazo, de su progenitor, el caronte de Tyrosh. Daemon venía solo, pues su madre la princesa Daena, había fallecido ya algún tiempo atrás. El enlace se realizo bajó el sino de los Siete, un enlace con el que Daenerys siempre soñó, pero con un puesto muy diferente al que hoy ocupaba. Sentada en el primero de los bancos, tenia una buena vista de lo que ocurría, de cara mirada y palabra que pudieran dedicarse. . . De como debía contener sus lágrimas, su aflicción y corazón partido en dos, cuando el Septon Supremo   los instó a decir los votos. Votos que Dany recitó en silencio, únicamente moviendo muy sútilmente los labios, como si fuera ella quién contrajera matrimonio.

En el último instante, al llegar el beso final, desvió la mirada hacía sus sobrinos más jovenes, empleando a estos como su foco de atención para no contemplar como definitivamente Daemon era ahora de Rohanne, y como era ella de él. Los aplausos resonaron bajo la sombra de los Siete, y se podía escuchar al pueblo llano clamar por el joven caballero. Todos estaban gustosos de los acontecimientos ocurridos, todos menos Daenerys. Ella sufrio en silencio, en la soledad de su fracturado corazón, bajo el amparó de esa única lágrima que se escapó de sus orbes. A partir de ese preciso instante, la princesa de los Siete Reinos no sería más que la amante del bastardo hasta que su tan anhelado día llegase. . . o no.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Lun 13 Jun - 17:22

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja

La ceremonia se llevó a cabo bajo la luz de los siete, tras un desayuno e intercambio de regalos que fue más interesante de lo esperado. A nadie se le escapó las palabras amables que le dedicaba el joven dragón negro a su prometida, pero pocos vieron la mirada divertida que le dirigió a su hermana cuando la observó por encima del magnífico yelmo que le obsequió. Aprovechó aquel momento parta levantarse y darle un beso en la frente, agradeciéndola el gesto, y de paso recordarla que sus pensamientos la pertenecían, aunque no pudiese demostrarlo en los actos de aquel día. El único aparte de los dos involucrados que interpretó correctamente el gesto fue el rey, o al menos eso interpretó Daemon cuando al alzar la mirada sus ojos se toparon con los de su medio hermano. Cuyo rostro serio tan solo se relajó cuando el Alto Bastardo agradeció a su esposa el detalle que había tenido para su prometida, un agradecimiento pronunciado muy a su pesar, pero necesario para reforzar los lazos afectivos que le unían a Daeron.

La gente quería a Daemon Fuegooscuro, quizás por su carisma, por su belleza Targaryen o porque les recordaba a las antiguas leyendas de caballeros conquistadores que volaban a lomos de un dragón. El alto bastardo no volaría sobre ninguno, pero aún así su intención era dejar huella en la historia. Al final lo lograría, aunque no de la forma que él anhelaba. Aún le quedaban muchos pasos que dar antes de que eso sucediese, el primero de todos sería el que le llevase al altar. Entre nobles distinguidos de poniente avanzó, ignorando sus llamativos colores, sus joyas brillantes o sus exóticos ropajes en el caso de los Tyroshi. Ni siquiera volvió la cabeza hacia los primeros asientos, cuando apenas unos pasos le separaban de Rohanne pues sabía que allí se encontraban sus familiares. Se preguntó si la mirada de su amada sería triste, o había logrado encerrar sus sentimientos bajo la capa de la indiferencia y la cortesía. Lo único que sabía es que su mera visión le conmovería y pese a la seguridad que transpiraba por cada poro de su piel… dudaría. No podía permitirse dudar,  con la espalda recta y una sonrisa en el rostro llegó hasta el Arconte de Tyrosh, su hija y el sentón que casaría a la joven pareja. Los vítores del pueblo llano, que aguardaban en el exterior poniéndose de puntillas para poder ver a los nobles comenzó a extinguirse y las palabras del siervo de los dioses se elevaron. Daemon había pedido que dado el buen tiempo y la gran expectación que había levantado aquel enlace las puertas del septo quedasen abiertas. Gesto que no resultaba del todo altruista teniendo en cuenta lo mucho que gustaba de alimentar su ego.

Una por deber y otra por amor, Daeron. Pensó cuando la ceremonia finalizó. Se giró hacia su esposa, cuyo vestido de color marfil había dejado boquiabierto a más de uno, debido al pronunciado escote que insinuaba la prominencia de su busto, que junto al de su espalda había hecho las delicias de los ojos de los asistentes,  mas en esos instantes se encontraba cubierto por una capa escarlata con un dragón de tres cabezas en azabache bordado en la espalda y cuyo borde decoraban piedras de ónice, capa que Daemon había depositado sobre sus hombros. Haciendo un curioso contraste con el color virginal que portaba la novia. Una novia que debió haber sido otra.

Los asistentes se desvivieron en aplausos en cuanto los labios del dragón tocaron los de la dama. Él ofreció su brazo y ella lo tomó con una tímida sonrisa que solo podía catalogarse como encantadora. Todo era tal y como cualquier trovador hubiese cantado de tratarse de la boda entre el protagonista y su doncella enamorada. No era así, pero era fácil perderse en la ilusión y olvidarse de la realidad. Una realidad que él no podía ignorar, pues su al girarse con Rohanne tomada del brazo y descender por las escaleras del altar su mirada se dirigió por fin en su dirección. Ella estaba magnífica con aquella túnica que hacía juego con sus ojos y que marcaba con elegancia sus crecientes curvas. Su visión, al igual que sucedió aquella mañana, casi le roba el aliento. Por un instante sólo están ellos dos, por un instante la idea de tomarla de la mano y huir resulta tentadora, pero ya era tarde.

Sus ojos de tono violáceo se apartaron de Daenerys contemplando el exterior a través de la puerta abierta de par en par, esperando a que el matrimonio cruzase su umbral. Esta vez partieron en el mismo carruaje hacia la alta colina de Aegor sobre la que se asentaba la fortaleza roja.  La calesa blanca y dorada avanzó por las calles de Desembarco del Rey tirada por dos yeguas negras como la noche, la cual escoltaban algunos miembros de la guardia dorada, mientras que los de blanco acompañarían a los Targaryen y a los pequeños bastardos.

El banquete se celebró con todos los honores, en el salón del trono. Como si fuese un auténtico príncipe y no un bastardo. Era inusual, pero tampoco tan inesperado, dada la alta estima que el difunto rey le tenía, y que a diferencia de sus hermanos bastardos, su madre había sido reina. Por ello se dispusieron largas mesas a lo largo del salón dejando un espacio central para las actuaciones que se celebrarían antes y durante el banquete. La mesa principal, bajo el trono de hierro la ocuparon: El rey Daeron II, la reina Myriah, el príncipe Belor, Daenerys, Daemon, Rohanne y los padres de la joven. Mientras que en la más cercana se sentaron los otros tres hijos de Daeron (Aerys, Rhaegel y Maekar) junto a Brynden Rios y los pequeños Aegor y Shiera.

Se sirvieron un total de cuarenta y seis platos, incluyendo los míticos dedos de miel de Tyrosh. Estos eran presentados a la mesa principal primero, tal y como mandaba la tradición. La única pega es que al estar en un lugar céntrico Daenerys quedaba lejos del alcance de su conversación. Sin embargo la comida resulto distendida, si bien la relación con su cuñada siempre había sido un poco tirante, la mediación del rey Daeron tanto físicamente, situándose entre ambos, como por medio de sus palabras hizo que ambos compartiesen charlas amenas. Y por supuesto también estaba Rohanne, tenía que reconocer que era una mujer inteligente y hermosa de una forma exótica, quizás su belleza no fuese tan turbadora como la que Daenerys adquiría con los años. Pero sus grandes ojos almendrados, su cabello denso y castaño, junto a su cuerpo de mujer más que de niña hacían de ella una joven ciertamente atractiva. Por su puesto su mente acudía a la rubia con más frecuencia de lo aconsejable, poro quizás por sus comentarios acertados o por las varias copas de vino con las que acompañó la copiosa cena, se descubrió riendo junto a ella y compartiendo alguna complicidad o chismorreo en un tono más bajo. A veces le salía de forma natural y otras lo fingía, consciente del minucioso escrutinio del Arconte de Tyrosh, que después de aquel banquete debía estar encantado por el trato que su hija había recibido.

En cuanto los últimos platos comenzaron a retirarse la música que inundaba el salón del trono cambió. Durante aquel tiempo habían amenizado la comida numerosos trovadores, malabaristas y una colorida compañía de teatro Tyroshi, cuyo sentido del humor no terminó por cuajar entre los ponientis. Rohanne había tratado de explicarle los chistes, pero contra más hablaba menos gracia le encontraba, aun así fue cortés y sonrió mientras la escuchaba.

Daemon se puso en pie, sintiéndose pesado al haber ingerido tanta comida. La luz comenzaba a escasear en el interior y los sirvientes se dedicaban a encender velas a lo largo de la sala. El Fuegoscuro pidió su primer baile como casado a su flamante esposa, mientras los más atrevidos comenzaban a animarse a danzar frente a quienes preferían mantenerse en sus asientos. El primer baile sería para Rohanne, como no podía ser de otra forma. La tomó de la mano guiándola, después de que accediese, hasta el espacio reservado para tal fin. Y comenzaron a moverse al son de la música, captando la mirada de buena parte de sus asistentes.

El Alto Bastardo era un buen bailarín, quizás no el mejor de la sala, pero lo bastante como para destacar. Rohanne se dejaba llevar, como hoja por el viento, deslizándose por el suelo con un gracioso movimiento de su falda, probablemente no estaba familiarizada con aquella canción, pero se defendió con su intuición. Con cada roce Demon sentía que no podía esperar al segundo baile. Y finalmente la canción terminó.

—¿Me permitís? —La voz del Arconte a su espalda hizo que esbozase una sonrisa.

Tomó la mano de su mujer acercándose la a los labios con una reverencia, sin llegar a besar otra cosa que no fuese el aire.

—Por supuesto —Concedió dejando la mano de la dama caer y haciéndose a un lado dejando que su suegro tomase su lugar.

Entonces, como prometió buscó el rostro de su medio hermana entre los asistentes, sintiendo un molesto nudo en el estómago. Aquella pantomima de felicidad era solo una sombra en comparación con la luz que arrojaba su presencia y una burla cruel para la pena que a ambos afligía.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Dom 19 Jun - 16:18

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | Fortaleza Roja



Daenerys sentía padecer aquel renombrado día, fecha que en los anales de la historia de Poniente quedaría constatado. Ella nunca lo festejaría igual que otros, menos aún el imaginar en como transcurriría hasta la llegada de la noche. Despecho y dolor, tristeza y celos, un cumulo de sensaciones y sentimientos como ningún otro, tan destrozada como las olas al chocar contra la roca, como un rey sin su corona. A pesar de todo, era una dama hasta el final. Solo aquella lágrima silenciosa había sido vertida, contemplada por nadie salvo por el pequeño Maekar que temió ser un peso sobre el regazo de su tía. Ella le había sonreído y con las gracias del infante, que eran excasas por algún mótivo que no alcanzaba a comprender, había despejado su mente a tiempo de salir con su máscara de rectitud del Septo de Baelor.

Una vez ya en el banquete, la música sonó en el ambiente y nuevas conversaciones permitieron su distracción. A su lado se hallaba el propio Baelor, su sobrino y heredero a la corona, con quién mantuvo las más amenas charlas. La reina Myriah, sentada al otro lado del joven príncipe – tenía dos años más que ella, como Daemon –, intervino cada cuanto en cuanto. — Disfrutáis de los festejos, princesa? Tal vez en poco tiempo podamos celebrar otro, acorde a vuestroa distinción. — Daenerys había dudado en responder, más bien en el uso de palabras adecuadas. ¿Era una evidencia a aquello que tanto había deseado? Podía serlo, o quizás solo era un comentario como cualquier otro. No mostró alegría ni felicidad, debido a la distancia que la separaba, tampoco pudo encontrar la mirada de Daemon. Él parecía demasiado ocupado cuchicheando con su flamante esposa, de hecho fueron sus complices risas las que escuchó. — Quizás en el futuro, reina Myriah. De momento hoy celebremos por los novios. — Y en honor a estos se hizo un brindis.

Brindis al que no se sumo. Sólo elevó la copa pero, mientras otros bebian y ella fingía hacerlo, deslizó su contenido al otro extremo sin ocupar de su costado. Al suelo fue su vino, pisoteado poco después por la suela de su tacón. El turno de las danzas llegó, justo después de que los alimentos llegaran a la mesa y de servirse de estos. Antes de aceptar la petición de su sobrino, culminaría con la charla con la reina, donde ambas establecieron con los platos sobrantes serían dados a los menos favorecidos, orfanatos y demás ayudas. Tomó la mano del joven príncipe, siendo un contraste evidente entre ambos. Si bien la sangre valyria corría por sus venas, el apuesto muchacho albergaba rasgos puramente dornienses, inclusive su piel era más oscura que la nívea que ahora acariciaba al danzar en el centro de la pista, metros excasos de aquellos que acaparaban buena parte de las miradas.

Al cesar la misma, se despidió de él que a otra dama fue a sacar a bailar y entonces lo supo: Era el momento de enfrentarlo. Entre algunas personas que se hallaban en medio, sus orbes violáceos captaron la presencia de su anhelado hermano. Un hombre que le arrebato un suspiro al contemplarlo, pero que mil flechas atravesaba al mismo tiempo, causando un gran dolor. Sus puños se cerraron al recordar como se había comportado hoy, como ignorada fue y él río junto a la tyroshi, los cuchicheos y secretos que habían compartido, las miradas, el baile. . . Antes de que Daemon terminará por cerrar las ya pocas distancias entre ambos, Daenerys dio un paso hacía atrás. Con toda la elegancia y sutileza que pudo, negó suavemente con la cabeza, para que captará su intención. Tras ello, abandonó la pista central donde ya las parejas se movían y danzaban armoniosos como hermosos cisnes sobre un lago. La princesa de los Siete Reinos no sería uno de ellos, huyendo – aunque caminaba con aparente serenidad y calma – de aquel que tanta aflicción le causaba, alejándose de las multitudes que tanto la agobiaban, dispersándose por los jardines reales. . . Yendo directamente a los acantilados.

¿Vendría él?
No lo esperaba, flamante y ya una mujer era su señora esposa.
Ella no era más que una niña que jugaba a ser mujer.
Y que deseaba ser su mujer.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Lun 4 Jul - 17:50

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja



Daemon avanzaba hacia Daenerys con la seguridad con la que el amante acude a brazos de su amada, y aunque el acto carnal no había legitimado el uso de esa palabra, en el su fuero interno el dragón lo sentía como tal. De ahí su gesto de confusión y la brusquedad con la que detuvo sus pasos cuando ella dio un paso atrás y negó con la cabeza, dejando que sus cabellos claros danzasen con el movimiento. Lo que más desconcertó al recién casado fue la honda tristeza que vislumbró en sus ojos violáceos justo antes de que la princesa se volviese, dándole la espalda, y privándole así de la visión de su rostro. Giró la cabeza hacia atrás comprobando que nadie reparaba en él en esos momentos, ningún miembro importante de la familia de su esposa al menos, después la siguió.

Conocía el tono exacto de su cabello, el contorno de su figura y la forma del vestido que portaba, de modo que no le fue muy difícil seguirla, esquivando con elegancia a los invitados que le separaban de su destino. Una vez en los jardines, fuera del tumulto seguirla fue mucho más fácil, no solo por la facilidad de seguirla con la mirada algo que casi logra confundirlo en el salón, sino que lejos de miradas indiscretas pudo acelerar su paso, más no fue hasta que sintió la brisa marina que se elevaba de los acantilados en su rostro cuando lo hizo de forma evidente.

—Dany —La llamó con la familiaridad con la que siempre la había tratado, al menos en privado. Lo hizo alzando un tanto la voz para hacerse oír por encima del sonido del viento. Sus pasos eran zancadas, pero pronto se convirtió en una carrera por alcanzarla, temiendo que echase a correr al escuchar su voz, si huía de él… si no podía volver a hablar con ella ese día jamás se lo perdonaría— Detente, por favor.

Pidió, pero no esperó que respondiese a tal petición sino que alargo su brazo tomando su muñeca y tiró hacia él, obligándola no solo a detenerse sino también a girarse hacia él a unos metros del borde del precipicio. Su corazón latía agitado, no solo por la carrera sino por la alteración propia de tal situación. Le angustiaba el comportamiento incomprensible de su medio hermana y la idea de que alguien que no debía sospechar de sus sentimientos hacia la Targaryen lo hiciese antes de tiempo.

—¿Qué haces? —preguntó tomándola de los hombros al tiempo que bajaba su mirada buscando la suya y tal vez alguna respuesta— ¿No te das cuenta de que si el Arconte sospecha… ?

Calló de pronto, temiendo haber comenzado a decir algo inapropiado, al estar a solas junto a ella comprendió lo poco que realmente le importaba la ofensa a Tyrosh.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Lun 11 Jul - 13:29

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | Fortaleza Roja



Daenerys se alejaba tanto como podía, evitando el choque con otros invitados y rechazando con elegancia las pretensiones a otros bailes. Debido a sus facciones o a la reluciente tiara que coronaba su melena, incluso posiblemente por la indumentaria exhibida aquella jornada, llamaba excesivamente la atención. A medida que se distanciaba, menos voces se escuchaban y la música como un eco se acentuaba en las paredes que la rodeaban. Cuando miradas indiscretas se perdieron en la nada, el paso pudo ser más apretado. Sostuvo los pliegues de su vestido con una de las manos, notando de esa manera las prisas que aquel amago de soledad le otorgaban, guardias no veía y tampoco criados, menos aún invitados. No contempló a sus espaldas si Daemon la seguía, había declarado que no se produciría semejante movimiento; tenía obligaciones que atender para con su nueva esposa, una que no era ella. . . Algo que la mataba por dentro.

Notorio era con las lágrimas que pronto salpicaron sus mejillas, deslizándose por estas como la cascada cuyo nombre era Alyssa en el Valle de Arryn. Empañados se veían sus ojos amatistas, relucientes en todo momento, incapaces en ciertas circunstancias de permitirle el ritmo de su caminata. Ello la obligaba a detenerse en algunos puntos de su trayecto final, para poder así limpiar aquel vestigio de su dolor y continuar con el avance. No fue hasta que se hallaba lo suficientemente lejos, cuando las vistas eran contrarias al anterior, cuando finalmente escuchó el reclamo de la voz de Daemon. Su pulsación se aceleró, como lo estaba ya la respiración de la princesa entre carreras, más no la detuvo. El borde del acantilado que de cara daba a la Bahía del Aguasnegras se encontraba demasiado cerca, sería un final adecuado para una dama como ella, como lo había sido para le princesa Gael, hija de Alysanne la Bondadosa, que se lanzó a las aguas para morir debido a una deshonra y un hijo en el vientre.

Daenerys no tenía nada de eso, pero su corazón estaba roto y todas sus esperanzas y sueños fragmentados. Era débil a pesar de haber jurado ser fuerte. Apenas fueron escasos los pasos que la restaban de la barandilla de piedra amurallada que, de haberse subido, podría haber empleado como catapulta para su lanzamiento. Sin embargo, pegó un respingo cuando el brazo de Daemon la detuvo y su fuerza la hizo girar sobre su propio eje. La Targaryen lo contempló enmudecida durante un instante, pues más enamorada no podía estar de aquel hombre, precisamente eso la estaba destruyendo por dentro. Sus manos se sostuvieron contra el pecho engalonado del guerrero, mientras el llanto se volvió a iniciar. Los labios sonrosados temblaron ligeramente antes de ser capaces de artícular palabra alguna.

— Te amo. . . — Aquella era una verdad tan absoluta como auténtica, pero se veía en la necesidad de decirlo. Recordarle cuan grande era el sentimiento que Dany sentía por él. . . Como si fuera la última vez que dijera tales palabras, una despedida. — . . . Por eso lo hago, por eso me voy. . . — Deslizó la mirada hacía el acantilado, si bien con palabras no lo mencionó, solo con aquella intención y esa mirada dejaban claras cuales eran las ideas que cruzaban la mente de la doncella. — . . . S-Sueltame Daemon. . . Suéltame y ve con tu esposa, aquella que te hace reír y feliz, aquella que te dará hijos. . . Aquella cuya familia temes ofender de encontrarnos juntos en el acantilado que mi tumba ha de ser. Es por tu bien hermano mío . . . Y por él mio también. . . Pues egoísta y débil soy, no me veo capaz de soportar esto. . . Creí que si . . . pero. . . pero. . . no puedo. . . — Condujo nuevamente sus atenciones hacía las del bastardo y allí se derrumbó, entre sus brazos y contra su pecho, allí oculto el rostro y permitió que los sentimientos terminaran de quebrarla y destruirla, pues aquel era el sino de los dragones procedentes de Valyria. . .

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Jue 28 Jul - 19:20

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja


Su corazón latía desbocado en su pecho, quizás por la carrera o tal vez por el miedo, parecía luchar por liberarse de su prisión de carne y hueso. Daemon votaba por el miedo, pues eso fue lo que sintió cuando su mirada recorrió el rostro surcado de lágrimas de la princesa de cabellos plateados, aquel horror creció con sus palabras y con el desviar de sus ojos amatistas hacia el acantilado.

Trágico final sería para ella y pero más triste sería para él, pues tendría que vivir con su ausencia aunque solo fuera durante unos segundos. No había nada que pudiese impedir que el Fuegooscuro la siguiese hasta la muerte si tal desenlace se producía. Pero no sería así, no se lo permitiría. El mundo perdería su color, los pájaros su canto y las flores su aroma al saber que Daenerys abandonaba ese mundo, para él… no habría palabra, beso, caricia o puñalada capaz de hacerle sentir algo nunca más. Lo había jurado, estarían juntos de una forma u otra.

Tristeza en Daemon no había, tan solo miedo. El miedo recorrió su cuerpo y prendió la llama. Furia sintió y con ella agarró con más fuerza a la pequeña dama, clavando sus dedos en su tierna piel como si fuese realmente un dragón y no un caballero— ¡Nunca! —gritó, rugió, juró. Nunca la soltaría, nunca dejaría que cumpliese ese deseo pues no hablaba ella sino su locura. Sus brazos rodearon su cuerpo menudo abrazándola contra su pecho, sus dientes apretados con fuerza luchaban para impedir salir las lágrimas que nublaban su mirada, aquella que se perdía en el horizonte por encima de los cabellos de su medio hermana— Si me pides que te suelte me condenas a la muerte, no puedo vivir en un mundo en el que tú no estés… y menos sabiendo que he sido tu verdugo.

Era su culpa, una vez más. La dañaba con sus actos casi tanto como ella le dañaba con los suyos, quizás incluso más.  Era un círculo vicioso del que resultaba difícil de escapar, horas atrás pensó que lo lograrían, que encontrarían la manera de ser felices, ahora ya… no lo sabía. Tal vez fuese posible, pero no sería tan sencillo como hacer un juramento y sellarlo con un beso.

—Los otros se lleven a mi esposa —maldijo, casi escupiendo aquella última palabra. No quería a Rohanne como esposa, no la odiaba pero sería capaz de hacerlo si Daenerys se lo pidiese—, y les den por culo a su familia.

No eran palabras adecuadas y menos para que los escuchase una dama dulce e inocente como ella, pero tal como lo sitió lo dijo. En realidad toda aquella pantomima de boda no le importaba, creía que sí, lo hacía por su familia, por la memoria de su padre, incluso por Poniente. Todo ello carecía de importancia al darse cuenta de que nada importaba si lo comparaba con ella.

—Huyamos Dany —propuso llevado por el momento. Sus manos tomaron su rostro y la obligó a alzar la mirada hacia él para poder contemplar sus ojos mientras hablamos —Ven conmigo a Essos, el casamiento no ha sido consumado, nos esconderemos hasta que pueda desposarte y entonces volveremos si es lo que deseas. O no, no me importa.

El valor, o tal vez la locura, hablaban por su boca. Mientras tanto una de sus manos acariciaba sus mejillas secando las lágrimas que momentos antes humedecían su jubón. Incluso así era hermosa.

—Esta misma mañana he jurado, no me hagas perjurar, tenemos que estar juntos Daenerys.

Él lo creía, tal vez había llegado el momento de que ella también lo hiciese.

—Te amo.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Miér 3 Ago - 17:14

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | Fortaleza Roja



Los fornidos y cálidos brazos del guerrero pronto rodearon el cuerpo de la doncella, no solo aproximándola hacía él, sino imposibilitando los movimientos de ella. Así, la princesa Daenerys no tuvo escape para el cumplimiento de su fatal destino. Continuaba considerando que terminaría siendo lo más conveniente para todos, pero como de costumbre ni siquiera fue capaz de arremeter en busca de su libertad; Aquel abrazo no era una prisión para la descendiente de Valyria, era un regalo que gustosa era de acaparar para si. Apoyó la frente contra el pecho de Daemon, vertiendo contra el jubón de terciopelo cuantas lágrimas se vieron desprendidas. Aquella bonita escena, romántica para corazones sensibles, también era portadora de una carga emocional y sentimental digna de los grandes hitos y tragedias de los Siete Reinos.

En aquel momento, la que sus futuros herederos conocerían como tal. La historia más hermosa y al mismo tiempo la más triste jamás contada. — No ha sido tu culpa, hermano y amado mío. Es de esta absurda princesa, que incapaz es de compartir o ser paciente. Qué no es tan fuerte como debería por estirpe y lema. — Quiso así evitar que se sintiera padecer como ella, aunque las palabras de él pronto la abrumaron y atormentaron con fuerza. Aferró sus manos al jubón. — No Daemon, no lo hagas. Tú vive, tú tienes oportunidades y objetivos. Ahora hasta albergas una esposa, ella te dará hijos. . . Ella. . . Ella puede hacerte feliz, es hermosa. . . y más digna que yo. — Se sentía infinitamente menor que Lady Rohanne, pese a que Daenerys era portadora de le belleza de Valyria y la otra no, era la mayor la que tenía el cuerpo femenino que reclamaba las atenciones de los ojos masculinos y sus pasiones.

Un cuerpo que la princesa apenas comenzaba a terminar de desarrollar, quizás en dos o tres años podría ser como ella o incluso más con su belleza. Aquellos nublados pensamientos se vieron desaparecidos, aunque no más oscuros que la perdida del Dragón Negro, cuando este mismo buscó los orbes amatistas de Daenerys. La doncella debió entonces de elevar la cabeza, apartándola de su acomodado refugio y protección, para acabar deslizando la mirada hacía la de él. Hipnotizada se encontró de lleno, enternecida con las caricias de sus manos que retiraba las lágrimas y humedad del rostro. Las confortables sensaciones adquiridas se verían disminuidas con palabras contundentes. Palabras que alteraron a la princesa y la asustaron con tanta viveza como la sola idea de su mortalidad.

— No podemos. . . Ni puedes lanzarte por ese precipicio ni puedes huir conmigo. Puede que no sea consumado, pero el matrimonio ha sido efectuado. Si abandonas a Lady Rohanne. . . ¿Quién sabe las desgarradoras consecuencias de Poniente y Tyrosh? No debemos ocasionar una guerra amado mío. . . no estaría bien, y los Dioses nos repudiarían por siempre. — A pesar de la fluidez verbal, nunca fue tan duro para la dama rechazar una pretención de Daemon. Hubiera dado cualquier cosa que él quisiera de ella en aquel momento, incluso su propia virtud si las pasiones se hubieran despertado como en los aposentos. Pero huir no era convenido, no solucionaría los problemas que ambos debían afrontar. Dany se percató entonces que tampoco su muerte lo haría, solo su paciencia y tranquilidad, saber que aún perdiendo a Daemon, su corazón continuaba siendo suyo y albergaban tiempo el uno para con el otro. No llegaba a tales razonamientos, el maligno monstruo de los celos y la envidia la carcomían por dentro.

Sus manos liberaron los amarres del jubón, pero fueron deslizadas lentamente en camino ascendente. El tacto fue suave y acompasado, sin prisas, deleitándose con el roce otorgado. Finalmente alcanzarían los mismos rasgos que él acaparaba, las mejillas. Aquellas fueron tomadas por las manos de la princesa, acariciaras con el mismo ahínco y fervor dedicado. — Y yo he jurado amarte por siempre, no romperé mi voto para contigo. — Prometió para la calma del caballero, aunque no para la propia. Aquella tardaría en llegar, o puede que nunca lo hiciera en su totalidad. La otra era ahora, una vulgar amante como las rameras que se hacían hueco en los lechos de su padre. Aquel parecía ser su sino, de momento, ambos amantes guardaban la esperanza del segundo enlace. Uno que los uniría para la eternidad.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Lun 6 Feb - 0:30

I. El Enlace.
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja


Continuó sosteniendo su rostro, enjuagando las lágrimas cristalinas con el pulgar. Había tal dulzura en sus gestos que nadie pensaría que la mano que acariciaba con mimo el rostro de la princesa fuese la misma que se aferraba con fiereza a la empuñadura de Fuegooscuro durante los combates. Por suerte ningún testigo había allí para sorprenderse, pues la verdad que con celo ocultaban estaba al alcance de una mirada indiscreta. La del propio Daemon descendió siguiendo el rumbo de una de sus manos, que acariciando su rostro descendió por su cuello, apartándole el pelo dorado de los hombros, dejando que los mechones cayesen por su espalda.

El bastardo negó con la cabeza las palabras de la joven, mas no alzó la mirada temiendo encontrarse con la tristeza que inundaba sus ojos violáceos, al menos uno de los dos debía sobreponerse a la pena. Siempre se habían complementado de una forma u otra y siempre lo haría — Deliras —sentenció sin creerse que pudiese pensar aquello que expresaba —. No es nadie, no es ni una sombra de tuya —insistió con vehemencia, ¿Acaso no lo entendía? ¿Qué estuviese ahí con ella no significaba nada? —. Podrá ser mi esposa, podrá darme hijos, pero sé que no me hará tan feliz como lo sería al tenerte a mi lado —Quizás en el futuro Rohanne fuese alguien para él, por ahora solo era una mujer bonita, pero sabía que no podría nunca olvidarse de Daenerys.

Una sonrisa triste cruzó su rostro y mantuvo elevadas las comisuras de sus labios mientras alzaba lentamente la mirada encontrándose con la de su amada. Habría deseado que aceptase su petición y haber huido lejos, escogerse a ellos por encima del resto y ser todo lo felices que pudiesen en un lugar donde sus nombres no tuviesen importancia, donde fuesen libres de quererse como quisieran y no como se les impusiera. Pero allá donde él se dejaba llevar por el ardor del momento su hermana hablaba con la fría lógica de un gobernante, haciendo honor a su apellido pese a su juventud.

—Eres la princesa Daenerys Targaryen, no vuelvas a pensar que no eres digna, y menos después de esto —dijo contemplándola con orgullo, pese a que fuese precisamente el motivo de su orgullo la causa de su pesar. La muchacha había demostrado un sentido del deber del que el Fuegooscuro carecía –. Sería capaz de dejar que Poniente y Tyrosh ardieran hasta los cimientos, solo necesitaría una palabra tuya.

Había estado tan cerca de que sus palabras fueran ciertas… a solo un “sí” de distancia. Definitivamente Daemon no era tan altruista como había demostrado serlo la menor de los Targaryen.

—Nunca sabrán lo que hemos hecho por ellos, a lo que hemos renunciado.


Habían pagado la paz con el matrimonio concertado entre el Dragón Negro y Rohanne de Tyrosh, las lágrimas de la princesa Daenerys y la infelicidad de ambos. Aquel pago sabía a tan poco que Daemon no podía evitar sentirse estafado.
Cerró los ojos, centrándose en el tacto de la mano nívea de la dama contra su rostro. Lo echaría de menos. No podrían verse tan a menudo y tan a solas como habían logrado hasta entonces. Tampoco se verían en una buena temporada si continuaban con el plan de alejarse de la Fortaleza Roja para pasar su Luna de Miel, y eso hacía la despedida más amarga. Apoyó su frente contra la suya abriendo al fin los ojos.

—No dejaré que lo olvides —sentenció. No, no pensaba dejar que tantos juramentos cayesen en el olvido y que finalmente su amor no fuese más que la ilusión de dos adolescentes, pues no lo era —. Volveré por ti. Dentro de un año le pediré a Daeron tu mano, tendrá que aceptar, sé que quiere que seas feliz y ya ha insinuado que es posible... tendrá que aceptar.

Daemon había aceptado su primer matrimonio porque era lo que su padre habría querido, el rey lo sabía y había jugado sus cartas para convencerlo, al igual que conocía su debilidad por la princesa, aunque tal vez no sospechase que fuese recíproco, también esa baza había entrado en más de una conversación. Por desgracia su hermano nunca había sido claro con él en ese aspecto, al menos no tanto como al Fuegooscuro le habría gustado.

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Vie 10 Feb - 17:25

I. EL ENLACE.
Daenerys Targaryen | 184 AL (12 DdN) | Fortaleza Roja



Daenerys estaba en la cúspide de ceder, de abandonarlo todo y no mirar atrás. Eso podría haberlo efecto si se hubiera precipitado contra las frías aguas del Aguasnegras, pero Daemon se lo impidió antes de llevarlo a cabo. También podría haberlo hecho de partir con él con lo puesto, tomar un barco y perderse en el desconocido Essos, más ahí había sido ella la que se negó a hacerlo. Interiormente sonrió con una amargura cuasi dolorosa, una que atravesaba su corazón con tanta fuerza como el tacto del acero de una espada. Estaban hechos el uno para el otro, incluso en aquella tristeza compartida a la que la princesa le invitó a ser participe.

— Tal vez no estemos destinados a ser felices, no como las parejas de esos romances que cantan los bardos en sus historias. — Compartió con él su desventurado pensamiento, tan decaída en sus facciones como en palabras. El labio le continuaba temblando mientras hablaba, pero poco a poco al menos sus ojos habían dejado de hundirse en la profundidad de sus propias lágrimas. — Tal vez solo estemos destinados a esto, a lo que ves ahora; dos amantes despechados, obligados a encontrarse en la discreción y el secretismo. — Al menos hasta que Daeron aceptase, rogaba a los Siete porque así fuera.

Aunque bien sabía que habría impedimentos. Aegon VI no había tomado dos personas al mismo tiempo, ningún otro lo hizo: Maegor fue odiado por ello – y muchas otras cosas – incluso desterrado. Y solo Aegon el Conquistador tuvo la venía, después de todo era eso mismo, el conquistador y poseedor de dragones.  Ellos no eran nada en la historia, solo nombres a pie de página, su hermano Daeron no permitiría que la Fe se sublevara por algo semejante. Dany se fue percatando de ello mientras más tiempo pasaba al lado de Daemon, cayendo aún más en su desesperación.

— Es lo correcto . . . Sé que si insistieras un poco más me tentarías y terminaría aceptando, así que te pido que vuelvas a mencionarlo. No es posible para nosotros. . . Ya muchos otros hicieron cosas por capricho y conllevaron a la guerra, nosotros debemos dar ejemplo y pensar en nuestra casa. . . En nuestra familia. — La garganta se le secaba, pero no era eso lo que moría; era ella. Cuando él posó su frente sobre la de ella, ambas miradas violáceas finalmente se encontraron nuevamente. Eran unos ojos bastante similares a los propios – en un tono ligeramente más oscuro – pero se le antojaban los más hermosos del mundo.

La cercanía también aumentaba su temperatura corporal, como el nerviosismo que se acrecentaba en su interior. La respiración, chocando con la de él, era obviamente agitada. Hubiera demandado sus labios, tan fervientes y desenfrenados como los recordados en sus aposentos aquella mañana, o tan tiernos y dulces como los que le siguieron. Pero era una tentación a la que luchaba contener. . . y también ceder. — Ojala pase eso, Daemon. Realmente te necesito, te necesito más que al aire que respiro y que a los alimentos que consumo, no sé que haré sin ti todo este tiempo cuando eres mi mayor motivación para salir del lecho. . . solo para verte y compartir tiempo a tu lado. Y desde luego no sé como soportaré verte con Rohanne, si no me mata la espera me mataran los celos. — Confesó rosando parcialmente sus labios, pero no demando aquellos besos. No le correspondían, sabía que cedería a sus encantos y que eventualmente querría hacer ella del uso matrimonial antes que Rohanne.

La odiaba, aun cuando culpa no poseía. Retiró las manos que él sostenía sobre su rostro, colocando una sobre su cintura y la otra sostenida por su propia mano. Ella dejo la propia sobrante en el hombro. — Olvidemos todo eso ahora. . . Te debo un baile, dancemos juntos hasta que pase el tiempo, como dos dragones que finalmente se encuentran en lo más alto de los cielos y vuelan libres sin cadenas. — Murmuro con eventual dulzura, imaginando la hipotética escena mencionada. Se meció suavemente, iniciando un compás sin música de fondo. — Dancemos Daemon, mantengámonos juntos un poco más. . . —

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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por Tinker el Miér 17 Mayo - 18:35

II. Recuerdos y Reencuentros
Daemon Fuegoscuro | 184 (14 años) | La Fortaleza Roja


Recordaba aquel último baile. Recordaba haber rodeado su estrecha cintura y tomado su mano mientras giraban al son de una música imaginaria. Recordaba también su aroma, el tacto suave de su túnica de colores violáceos y los destellos plateados de su cabello, pero sobretodo recordaba el amargo sabor de la despedida. El recuerdo agridulce de ese último momento a solas había acompañado al Fuegooscuro a lo largo de aquel año y medio. Una vez incluso, se había atrevido a evocarlo mientras abrazaba a Rohanne, fingiendo que era la princesa Dragón la que dormía entre sus brazos y no la Tyroshi, mas la punzada de decepción que sintió al abrir los ojos y toparse con la realidad fue tal que no volvió a hacerlo.

La recordó sí, pero en soledad. Jamás comentó cuanto echaba de menos a Daenerys, ni pronunció su nombre. Tampoco pretendió ocultarlo, pues su mirada se perdía en el horizonte de vez en cuando imaginando un futuro junto a ella. Su mujer intuía que había dejado a alguien atrás, pero ¿Qué podía reprocharle? Había sido un esposo ejemplar, había sido fiel y la había tratado con respeto, incluso había dejado en su vientre su semilla y ahora era el padre de sus hijos. El bastardo tampoco ignoraba que su mujer era inteligente y amable, incluso sentía cariño hacia ella, pero el tenue calor de su sentimiento no era nada comparado con aquel amor, el de verdad, el que le consumía. La intensidad de sus emociones no varió con el nacimiento de los gemelos.

Así es, Rohanne dio a luz a dos vástagos Fuegoscuro, los primeros que nacerían bajo aquel apellido. Aegon y Aemon Fuegoscuro fueron una bendición para él, pero también supusieron un retraso para su vuelta a Desembarco. Tan solo iban a pasar cinco meses fuera, pero al final de este periodo su mujer empezó a encontrarse mal, pronto descubrirían que aquellas náuseas y debilidad no eran síntomas de una enfermedad sino de un embarazo, por lo que decidieron quedarse en Tyrosh hasta que el bebé naciese. Cuando el embarazo casi había finalizado desde Tyrosh salieron cuervos en dirección a Poniente, uno fue liberado antes y su destinataria no podía ser otra que Daenerys. Daemon creyó que merecía saberlo antes que nadie, por lo que escribió el mismo una escueta carta informándola, desde entonces no había intercambiado más misivas con su hermana. Quizás se sentía dolida, quizás aquel cuervo nunca llegó a su destino, o tal vez alguien la interceptó, sea como fuere no volvió a saber nada de ella hasta que volvió a la Fortaleza Roja.  Habría vuelto de inmediato para comprobar por si mismo si la joven le odiaba, o si había algo distinto tras su silencio, pero no  podían cruzar el mar con dos recién nacidos y aquel viaje tuvo que alargarse.

Más de año y medio había pasado desde su boda, desde el baile, cuando los Fuegoscuro volvieron a las tierras de la corona. Habían abandonado la Fortaleza dos y volvían cuatro. El bastardo retornó a su hogar acompañado de su esposa y de dos nodrizas que sostenían a sus gemelos. Fueron recibidos por la familia real, su familia y juntos compartieron el almuerzo.
Había imaginado muchas veces el reencuentro pero las cosas no sucedieron como él había imaginado. En cuando cruzaron las puertas sus ojos buscaron a Daenerys y se sorprendió al apreciar el cambio en ella. Había crecido, era de esperar, ya casi tenía catorce años y aquella belleza Valyria no se había extinguido más bien lo contrario. Rápidamente el protocolo le obligó a desviar la atención en dirección a su medio hermano, el Rey Daeron hacia el cual dirigió una reverencia antes de acercarse y estrechar su brazo. Posteriormente fue el turno de la Dorniense, por la cual no sentía mucha simpatía pero saludó con igual respeto, al fin y al cabo era su reina y la madre de sus sobrinos. Tras ellos venía el heredero al trono, y por último la joven princesa. La dedicó una reverencia menos pronunciada tal vez, pero tras esta se acercó un poco más y depositó un beso en su mejilla. Su piel era suave pero sus labios escocían al saber que pese a su cercanía no podía robarle un beso como sí hizo aquella vez en su habitación y que no podía decir todo aquello que habría deseado decirle. Lo habría hecho si estuviesen a solas, pero no era así y una vez más el protocolo obligaba.

—Familia, Rohanne y yo agradecemos vuestro recibimiento —pronunció apartándose de la doncella, centrando esta vez su atención en el Rey de Poniente. Así era más fácil hacer lo que venía a continuación.

Se volvió hacia su mujer y las nodrizas, haciendo un gesto a una de ellas para que se acercase y tomó entre sus brazos a su primogénito.

—Os presento oficialmente a mis hijos, Aegon y Aemon.

Aegon, había elegido aquel nombre por el fuerte simbolismo del mismo, fue el primer Rey Targaryen y ahora era el primero que nació con el apellido Fuegoscuro, aunque habría deseado que tuviese más sangre Targaryen…
Como Aegon y Rhaenys.

La promesa no había cambiado pero las expectativas de cumplirla parecían hoy peores que en el momento del juramento.

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FDR: Si quieres pasamos rápido esta parte hasta que se encuentren a solas, igual que en la boda.



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Re: The Princess and Black Dragon

Mensaje por CaptainZ el Dom 28 Mayo - 17:04

II. RECUERDOS & REENCUENTROS.
Daenerys Targaryen | 185 AL (13 DdN) | Fortaleza Roja



Cinco meses. Aquel era el tiempo que se había estipulado, aquel era el tiempo que su mente había afianzado como fortaleza a su espera. Sin embargo todo jugaba en su contra, dioses y destinos caprichosos, como el corazón y las promesas de un hombre. Cada día desde el tiempo pasado se asomaba por el fuerte en busca de alguna vela conocida, aquella cuyos colores connotasen el retorno del Fuegooscuro, su bienamado. Sin embargo no fue un barco lo que llegó a sus costas con este dentro, sino un mensaje lacrado con el sello. Entusiasta recordaba haberlo abierto, para descubrir la cruel verdad: Rohanne estaba encinta y tendrían que retrasar el retorno. Daenerys no recordaba el contenido del resto de la carta, tu dolor había borrado el recuerdo de las líneas de amor y disculpas, solo dejado la mácula de la tristeza.

Los meses habían continuado pasando y aunque la princesa sonreía, no era más que una máscara que ocultaba su verdadero padecimiento. Prefería fingir para que nadie se percatase de su pesar, como era menester. Con suerte la compañía de sus medios hermanos y sus sobrinos ayudaba, sus lecciones la entretenían y se divertía con sus doncellas hablando entre dulces, joyas y nuevos vestidos. En apariencia era como toda hermosa dama, pero por dentro era la viva imagen del dolor. El día marcado llegó, pues tarde o temprano debía afrontar aquel acontecimiento. El anuncio de que Fuegooscuro llegó a las costas, acompañado de su hermosa e hijos. Efectivamente no había errado en su escuchar, era más de uno el bebé nacido fruto de la unión.

Mientras se arreglaba para el encuentro, Daenerys hacía trizas corazón y elevó el rostro con la dignidad y orgullo que correspondía a su estatus y familia. Quería olvidar promesas y sentimentalismos, quería olvidarlo a él. Había creído haberlo conseguido en el transcurso de los meses, pero cuando lo vio en la sala del trono supo que nunca su mente lo borraría de la cabeza, y que ella jamás lo supliría del corazón. Por primera vez en un año, teniendo uno demás en las cuentas de sus días del nombre, volvía a escuchar latir su corazón y se inflamaba cual doncella observando a su amado. Hubiera corrido a su encuentro, abrazado y besado como en el pasado. . . Pero no le pertenecía. Reverenció a los presentes cuando estuvieron delante, un cosquilleo recorrió su cuerpo cuando su mano fue besada por la de Daemon.

Algo en ella se quebró al escuchar el nombre de su primer hijo. “Aegon”. ¿No iba a hacer acaso el nombre para el que tendrían ellos? ¿La había olvidado ya? ¿Y si en esos meses su corazón si había cambiado? Daenerys se esforzó en sonreír y dar la bienvenida, en colmarlos de buenos sentimientos y deseos como el resto de la familia. . . Aquella noche se haría un gran banquete en honor a los recién llegados y presentarían a los bebés a la corte de Desembarco. Se excuso en última estancia con obligaciones que atender y, mientras el rey escatimaba en preparativos y festejos, Daenerys abandonó el lugar para no ser vista hasta las horas venideras. ¿Iría Daemon a su encuentro o lo encontraría al amparo de la noche en algún lugar de la fortaleza? Cerró la puerta de un golpe y, en la soledad de su habitación, se tumbó en el lecho.

Las lágrimas vinieron solas.

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OFF: Te dejo la libre elección de poner que, o bien él va a su encuentro o bien se encuentran en algún momento del festejo nocturno, en algún rincón de la fortaleza y tal.




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