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Mensaje por Phoenix el Miér 30 Dic - 3:22

— RED STRING OF FATE —



En una época cargada por la mitología, los misterios, la vida trivial, romántica e interesada nos encontramos con la historia de dos jóvenes de la cual su vida parece la más clara expresión de obstáculos, entrecruzados y terribles ajetreos para dar por conclusión al trágico desenlace de un amor desafortunado.

Zhakarías fue un chico que nació en el regazo de una familia poderosa, noble, con abundante riqueza en un pueblo del cual sus apellidos eran renombrados teniendo por delante su futuro prácticamente asegurado.
Amelie por su parte era una muchacha proveniente de una familia incierta, sus padres, piratas, optaron por ofrecerle una mejor vida con la respectiva familia de su madre antes de partir en un barco, buscando aventuras y dejarle a la muchacha en una deriva, siendo considerada huérfana en su pronta infancia pero adoptada por sus abuelos quienes hicieron de ella una gran mujer y una dulce señorita.

En la infancia ambos se conocieron siendo apenas unos inocentes niños, en un momento en el que la vida de Zhak se encontraba en riesgo y ella entre la inocencia no dudó en ayudarle luego de que éste cayera al mar y posteriormente se ahogara. No fue hasta el punto de su salvación que los padres del chico llegaron en un momento incorrecto, malinterpretando la situación y tomándole por lo pronto una riña interna a quien era apenas una pequeña niña, influenciando así en los restantes años a por el muchacho para no juntarse con ella, influyendo la idea de que ella no era alguien de bien, así como también lo hicieron sus respectivos abuelos a con ella, metiéndole en la cabeza la idea de que ese niño tenía todos los beneficios que ella jamás tendría, creciendo en ese entonces entre ellos un evidente inútil odio que persistió en la escuela pero que al momento de su adolescencia se rompió, dando paso a una amistad oculta que nació luego de una nueva salvación, ésta vez protagonizada por ella, siendo él su salvador.
En las noches oscuras, en la adolescencia de una muchacha agraciada, la envidia y la perversión de los pueblerinos acotaron en la idea de abusar de una muchacha en uno de los tantos callejones oscuros que reinaban el lugar luego de que ésta fuera en camino a un encuentro con su abuelo que salía del bosque a esas horas luego de reunir madera suficiente para climatizar su hogar, el destino le detuvo en ese instante, en medio de una vándala de delincuentes que pese a un ligero maltrato logró ser detenido por él, Zhak, quien dando un paseo nocturno se percató de la situación y no aguardó ni un segundo por ir en su rescate, socorriéndole, abrigándole y cuidándole, convirtiéndose así en un trato para la eternidad.

Durante muchos años se convirtieron en grandes amigos, los mejores, a escondidas de sus padres y de todo aquel que deseara hacer de sus vidas algo imposible. En éste tiempo se conocieron profundamente, la confianza se acrecentó, los secretos eran el lazo fundamental que les unía, pues pese a todo lo que en el destino les pretendía separar ellos aún así seguían el uno para el otro, dando su lealtad y vida por aquel a quien consideraban el más importante ser de sus vidas, pero todo de pronto se vio truncado y perturbado.

Luego de un tiempo, llegó al pueblo la familia de nobles que acompañaban a la del muchacho, Zhak tenía un primo, que luego de ver a Amelie en compañía de su amigo, no dudó en acercarse atraído por la evidente belleza de la pelirroja a la cual, luego de constantes cortejos y amables tratos, solicitó su mano, recibiendo en un principio el terror rechazo de los padres de Zhak, pero la aprobación de su personal familia y de la de ella prontamente, quienes ascendieron con ello de estatus social y ella también a su paso, la muchacha que de una simple pueblerina pasó a ser parte importante de un clero que conformaba a aquel pueblo y del cual prontamente Zhak se sintió celoso, quien también casi en compañía de su primo resultó ser comprometido con otra noble del pueblo de una familia también a su vez adinerada y con quien aquel matrimonio había estado establecido desde su infancia.

Ambos, tanto Zhak como Amelie tenían sus respectivas parejas, sus respectivos destinos, todo parecía irse dividido y en una simetría de la cual ambos parecían estar de acuerdo, hasta tal punto en el que sus respectivos novios partieron en un viaje a un pueblo continuo para establecer lazos y ahí, en ese entonces, los mejores amigos volvieron a mantener contacto. Fueron apenas dos semanas, dos semanas bastaron para volver de ésa amistad un amor innegable, los sentimientos florecieron, la claridad fue absoluta, había una emoción entre medio que no podían negar, días y noches juntos, olvidándose de todo lo demás, de todo lo que les rodeaba excepto de ellos mismos.
Una noche, antes del regreso de sus prometidos, consuman su amor, en un acto carnal cargado por la pasión y el sentimiento para luego, a la mañana siguiente darse cuenta, con sufrimiento en sus emociones, que deben de separarse el uno del otro.
Todo ahí, luego de las respectivas bodas se vuelve confuso y terrible, pese a la insistencia de dejar todo aquello atrás, no sucede realmente, el pasado parece atormentarles, incluso el cercano en el cual llega al presente solo para dilucidar que entre medio de ellos va creciendo una razón, un lazo, un hilo que los vuelve a unir, pese a todo lo sucedido.
Zhakarías D'Clemence
22 años | Sam Claflin | Nymphadora
Amelie Boisseieu
22 años | Holland Roden | Phoenix
Plot | Leyendas/Tiempos antiguos | Nymphadora & Phoenix
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Re: — Red string of fate »

Mensaje por Nymphadora el Vie 8 Ene - 3:50

Ch 1: Let’s call it time off.
La vida de Zhakarías no había sido lo que muchos dirían tediosa, o aburrida, hasta que su invierno numero dieciocho hizo presencia y  su padre comenzó a insistir con sus deseos de que el primogénito tomase su lugar a la cabeza de la familia D’Clemence tanto en los negocios como en las actividades sociales. No había en la vida del muchacho nada más lejano en el tiempo a sus deseos de joven adulto, cuyos sueños se encontraban colmados de aventuras y exploraciones en búsqueda de tierras desconocidas. Sin embargo, un buen hijo mantenía a sus padres orgullosos y sus negocios bien controlados.

Abandonando de forma parcial sus actividades de disfrute, Zhakarías tomó el mando de las finanzas del hogar y alejó del conocimiento público su vida privada, tanto amorosa como amistosa, asistiendo a los eventos organizados por las diferentes familias importantes de la ciudad y manteniendo discretas maneras.

Poco tiempo había transcurrido desde entonces cuando su madre, cuya opinión acerca de la vida amorosa de su hijo se encontraba más cercana al infierno que al cielo, comenzó a persuadirlo con la intención de que este contrajera matrimonio a la brevedad. Por supuesto que, galante como Zhak era de forma natural, los deseos de la Señora D’Clemence no rindieron sus frutos sino hasta los veintiún años del muchacho, cuando el muchacho comenzó a cortejar de forma oficial a una señorita de alcurnia, hija de un conde, con la que lo habían prometido apenas con unas horas de vida y cuyo primer encuentro había tenido lugar en la gala anual de otoño en Paris a la que su primo lo había convencido de escoltarlo apenas horas antes del evento.

El amor no era algo que realmente tuviera importancia en las clases nobles de la época y, con el tiempo, Zhakarías tuvo que resignarlo con tal de mantener el mentón alzado de su madre y el pecho inflado de orgullo de su padre, así como los estatus que su apellido requería mantener.  

La relación se fortaleció rápidamente y al cabo de un año la fecha de la gran ceremonia estaba fijada por las familias, así como los anillos de compromiso entregados en una gran cena de gala a la cual asistieron ambas familias en honor de la unión que se sellaría próximamente con una boda digna de reyes.  A la par de esta se llevaría a cabo la boda de su primo y su mejor amiga de la infancia, con quien se sentía en deuda absoluta desde pequeño, resultando en una especie de doble boda idea del muchacho. Los sentimientos de Zhakarías respecto al evento no eran exactamente de ansiedad, sino más bien de tedio y desgano, mas aquellos eran guardados en un cofre al fondo de su ser al tiempo que montaba una máscara de serenidad y paciencia para con su prometida.

Zhakarías dio una ojeada disimulada a su reloj de bolsillo, notando con pesadez el paso de una hora más de tediosa organización para la boda, y se obligó a contener un suspiro colmado de aburrimiento desviando su atención de la conversación entre su prometida y la madre de su primo respecto a las flores que pueden y no pueden ser colocadas en la misma zona del salón donde se llevaría a cabo la cena post iglesia. Nada podía interesar menos al muchacho, quien llevaba unas cuatro horas siendo arrastrado por el lugar de mano de su prometida y viéndose obligado a sonreír de forma cortes y asentir a todas las opiniones que le eran pedidas. ¿Cuál era la diferencia entre poner jazmines o  magnolias como centro de mesa? No tenía idea y, definitivamente, escapaba de sus intereses averiguarlo. Sin poder evitar aprovechar la pequeña oportunidad que el cielo estaba presentándole ante la llegada del capataz de la finca, besó suavemente los nudillos de la mano de su prometida antes de levantarse de forma cortes.

—Mis disculpas señoritas, tengo ciertos asuntos que supervisar. Con su permiso, bellas damas.

Sin más que una inclinación respetuosa para ambas y una sonrisa coqueta a su prometida, Zhakarías huyó de forma casi disimulada de aquella situación, aproximándose de forma apresurada a los hombres que se encontraban esperándolo cerca del establo. Con una sonrisa de oreja a oreja, estrechó la mano del capataz dejando salir una amena carcajada.

Frankie, buen amigo! No tienes idea de lo que acabas de salvarme, estoy en deuda contigo. ¿Cómo se han comportado durante el viaje?Preguntó con una sonrisa divertida, quitándose la chaqueta azul que llevaba puesta sobre la camisa holgada similar a la de un típico pirata, respecto a los potros y yeguas que estaba entregando el susodicho. Complacido con la respuesta, se despidió del hombre y tomó el cepillo para caballos y una pequeña bolsa de tela que se encontraba junto a ella para dirigirse a uno de los últimos cubículos. Sonriendo, provocó un sonido con la lengua cuya finalidad era llamar la atención de una hembra mustang color negro con un rombo blanquecino entre los ojos. Al oír un bufido en respuesta y sentir el húmedo hocico de la yegua en su mejilla, carcajeó suavemente al tiempo que acariciaba su morro y peinaba su pelaje.

—Yo también te extrañe, bonita. ¿Qué tal si damos una recorrida a este viejo lugar y me ayudas a escapar de esas señoritas? Tal y como en los viejos tiempos, o casi. —A medida que hablaba con total libertad a la yegua, le entregó un cubo de azúcar y se acercó a la repisa que contenía las riendas y las sillas de montar, tomando la última. Abrió la puerta del cubículo, dejando al animal salir y hacerle espacio para poner la silla. Notó como el bicho relinchaba en lo que claramente era un reclamo mientras él la preparaba. Rodó los ojos, sabiendo que la hembra estaba reclamando la ausencia de su compañera de cabalgatas clandestinas.

—No, Zeus tendrá que quedarse. No veo por aquí a Amelie,¿o si Ruby?—
Exclamó con obviedad, palmeándole el lomo y casi riendo ante el recuerdo de Zeus intentando patear a Yvonne cuando intentó acariciarlo. Zeus solo los toleraba a Amelie y a él, por lo que Zhak lo había designado como perteneciente a la muchacha. Claro que sus padres no estaban informados de aquello, siendo que la mayoría de sus expediciones eran ignoradas por los mismos o de lo contrario los comentarios no serían exactamente halagadores. De igual forma, al saber que su primo e Yvonne se irían de viaje en unas horas, el muchacho pidió que traigan al potro junto a Ruby con la esperanza de que su vieja amiga se dignara a hacer acto de presencia. Igualmente, sus esperanzas eran pocas desde que la fémina se había comprometido con su primo y lo había apartado de su vida casi en su totalidad.

Casa de campo D’Clemence | Amelie | 14:30 PM
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Re: — Red string of fate »

Mensaje por Phoenix el Lun 11 Ene - 22:00

Ch 1: Let’s call it time off.

— Oh... — un suave hálito se escapó de sus labios para cuando la ligera sorpresa invadió su ánimo y socavó en aquel entonces toda la calma que había pretendido acarrear consigo a lo largo de aquellos días que sabía serían de algún modo una tortura de la cual no lo había dejado notar para realizar en un raciocinio torpe y consternado por el optimismo. — ... no debieron de haberlo dicho con esa intención — susurró sin embargo, dejando pasar a través de su garganta aquellas palabras retenidas por un entusiasmo que se vio obstruido al oír las menciones de sus abuelos o padres a como prefería llamarles que insistían en que no volverían a aparecer en la gran casona de los D'Clemence ante el desatendido que habían tenido todos para con ellos y la intención desconocida y desdeñosa con la que le habían tratado el día anterior y del cual ella no había tenido la más mínima idea hasta ése entonces, el día después a todo lo acontecido cuando Amelie Boisseieu había decidido ir a visitar a quienes consideraba las personas más importantes de su vida para constatar con aquella noticia de que no todo iba tan bien a como ella lo creía y la verdad era que... jamás lo irían.

Cortejar la situación no era algo que pretendía por lo que en cuanto, horas después de la mañana haber asistido a su antiguo hogar no constató posibilidad alguna de asistir a un encuentro determinado que se le había llamado la atención por ir para arreglar los últimos detalles de la boda que se llevaría a cabo ya en poco tiempo, tiempo que corría a la velocidad de la luz y dejaba en trance la idea de que quizá la presura del acontecimiento estaba en paralela simetría con la premura de un sentimiento forzado en una relación que quería catalogar como perfecta y esperaba, próspera.

El problema central en ese entonces, la disyuntiva que no le permitía acercarse al lugar de conflicto con las personas que precisamente llamaban a la adversidad de sus emociones se remontaba a mucho tiempo antes de inclusive llegar a conocerles del modo en el que lo hacía para ése entonces, en donde una cercanía que jamás había previsto le permitiría percatar a quienes tenía de concepción como personas superiores que recaían en lo vano de la posibilidad de plenitud, plenitud que jamás llegó a tocar sus manos cuando se unió a la dinastía de una familia que en ese momento, con sus ánimos y las cartas sobre la mesa tiradas creía como desgraciada, o al menos, gran parte de ella lo era.

Mientras sus pasos, tranquilos deambulaban en una instalación bien conformada, sus ojos no se desviaban de su propósito, la puerta trasera de salida de un hogar que no le pertenecía.

La temprana llegada al hogar D'Clemence luego de la visita a sus padres había logrado llamar la atención de los sirvientes que rápidamente habían recurrido a atenderle con consultas de su estado y necesidad, trabajo que consternaba en parte a una muchacha que lejos de todos los lujos de lo que era la mera atención se había previsto a lo largo de su vida y la evidente insistencia por desviar su camino de donde se llevaban a cabo los preparativos de la boda llamaba la urgencia de los demás.

Suspiró, profanamente al oír la tosudez de quienes le rodeaban al verle en aquel despreocupado y apático estado. — Solo iré a dar un paseo. — corroboró por última vez con el empecinamiento marcado en su voz y la determinación de sus pasos le llevó a alejarse de una situación que le aterraba, como el proyectado y exacto futuro.

Fue en ello que sus pensamientos se dirigían para cuando escuchó en una distancia no muy lejana de su paradero la voz y el llamado circunspecto de su nombre que le obligó de un brinco a desviar su mirada al rededor de aquel campo, cercano al establo para buscar el ente de aquella voz que le parecía tan conocida y a la vez tan ausente. ¿Y si había sido solo una coincidencia?. No, no lo era, nadie más se llamaba Amelie dentro de aquel latifundio en el que aceleró su caminar para encontrarse prontamente y de choque con una figura masculina de la que resbaló su equilibrio, obligándose, con un pequeño grito entre medio a sostenerse, aferrando con garras y brío la camiseta ajena, resistiéndose a caer e impactar su cabeza contra el lodo, no era que no estuviese acostumbrada a ello, pero preferentemente no lo quería cuando cargaba consigo aquel lujoso vestido del cual tanto le habían insistido en cuidar y la lluvia de la noche anterior había traído consigo consecuencias a lo largo del prado, ¡además! ¿qué tan peor le mirarían si llegaba embarrada a la casa de finas alfombras y suelo lozano?. Terrible y podía asegurar que la asesina correspondencia de su mirada no vendría precisamente de su suegra, sino de quien había considerado su enemiga desde la más tierna infancia. Literalmente, le acribillaría y podía prever que se preocuparía más por el estado del costoso traje que por el estado de la campesina. La respuesta era clara, prefería mantenerse de pie, inclusive sin con ello acarreaba la posibilidad de herir al otro, del cual notó su cercanía y reconoció su presencia para cuando por fin pudo encontrar el rango perfecto de estabilización rodeando su cuello con energía, aferrando toda su contextura y anatomía al ajeno, sintiéndose una lapa con el chico del cual siempre se había afianzado y empuñado a lo largo de los años pero del cual la ausencia durante los últimos meses había sido notoria.

Notó en aquel entonces, como en ese fortuito encuentro el destino parecía volver unirles, provocando en su respiración una anomalía manifiesta ante el ritmo irregular de su pulso, el acelerado constante de su corazón y el estremecimiento turbado que recorrió toda su fisiología al verse nuevamente, rescatada por el otro, otro del cual sus ojos se prendaron para no dejar ir en ningún desvío el brillo particular de aquellos ocelos que meses atrás habían sido su todo y del cual, en ese entonces se llegaba a percatar, lo seguían siendo.

La rápida llegada de los peones a su al rededor para constatar su estado luego del notorio grito no le sorprendió, sin embargo, llegó a incomodarle por la evidente pertinencia de un momento que un abrazo manifiesto en aquel enlace se percató en el aire.
Fueron largos segundos los que Amelie necesitó para desprenderse del cuerpo ajeno, pero fueron más segundos aún los que precisó para desviar su esmero en la inclinación clara de su mirada de los ocelos ajenos que enigmatizaban el instante, detenían el tiempo y le traía recuerdos de aquel pasado agradable que le hacía volver a sentirse infante, cuando les pillaban desprevenidos en una cercanía que no les era permitida, como el calco exacto de ese entonces en el que la muchacha de cabellos rubios aperlados en un tono rojizo necesitó de toda su fuerza de voluntad para mirar algo que no fuese su rostro y corroborar su bonanza.

— Estoy bien... gracias. — soltó de golpe cuando por fin sus ojos atinaron a pestañear y el parpadeo suave de sus orbes se guiaron ante la presencia ajena de los peones que asintieron con un aspecto confundido para volverse a marchar, desapareciendo por la vuelta del establo en el que precisamente ella había tropezado, tropiezo que estaba muy lejos de ser coincidencia en dos jóvenes que de alguna manera u otra, siempre estaban destinados a unirse, cualquiera fuera la circunstancia, cualquier fuera la disposición, con una realidad en común, con una mirada tozuda que no se desviaba del otro y de un sentimiento que era imposible de negar, una vez más, sucediese lo que sucediese.
Casa de campo D’Clemence | Zhakarías | 14:30 PM
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Re: — Red string of fate »

Mensaje por Nymphadora el Lun 18 Ene - 4:31

Ch 1: Let’s call it time off.
Amelie, Amelie. La vida si que daba vueltas y vueltas, tanto como el mundo era un pañuelo. La conexión que Zhakarias y la señorita compartían siempre lo había intrigado al punto de la irresponsabilidad. Desde el día en que la pequeña niña de cabello color carmín le había salvado la vida, el mismo día en que su madre le intentó separar con horror por primera vez de la fémina, Zhakarías se sintió completamente embriagado por la forma en que su presencia le atraía. Claro que por aquella tierna edad no existía forma alguna de pasión, deseo o aquel sentimiento llamado amor como algo más que el inocente cariño que se mostraba por tus padres. En lo absoluto, pero si existía un fuerte anhelo y una unión innegable entre los infantes que los llevaba a encontrarse siempre en las situaciones menos pensadas e infinitamente absurdas muchas veces. Poco tiempo pasó antes de que los chicos comenzaran a encontrarse en el pueblo cuando el pequeño rubio escapaba con su abuela a divertirse por las calles de tierra que tan poco se le permitía pisar. Encuentros fortuitos siempre fueron característicos del vínculo que compartían, a pesar de los múltiples baches que la relación encontró a lo largo del tiempo. El primo del muchacho era el más reciente, su compromiso el segundo. Desde aquel día, en que ambos conocieron su futuro, pocas palabras fueron cruzadas entre ellos más allá de saludos corteses ligados a la educación que se veían obligados a demostrar por circunstancias puntuales. Los celos eran tangibles fácilmente para quien los conociera realmente, para quien conociera la forma tan personal en la que solían tratarse aquel último tiempo, pero nada podía  hacerse al respecto y aquello había forzado al muchacho a enterrar todo dentro de su pecho, prohibiéndole exhibirlo a partir del día en que el anuncio del compromiso fue realizado.

En sus pensamientos se encontraba Zhakarías perdido cuando sintió un cuerpo tibio impactar contra el propio y un grito agudo ensordecer sus heridos tímpanos, atinando solo a rodear la cadera ajena con los brazos  para evitar que la muchacha cayera al suelo al tiempo que soltaba la rienda del corcel. Como si se tratara de magnetos, sus ojos rápidamente se unieron a los de la fémina, perdiéndose en la profundidad, embriagado por el color esmeralda destellante. ¿Cómo no reconocerla, si por las noches robaba sus horas de sueño? Los ojos de Amelie siempre habían sido transparentes para él. Podía ver los sentimientos de la muchacha en ellos, su calidez y ese brillo que jamás abandonaba sus miradas cuando estaban en compañía del otro. Zhakarías sintió su propio corazón acelerarse por la cercanía de la posición, por la forma en que el aroma natural de la muchacha lo embriagaba en una combinación de sus tres más grandes adicciones. Vainilla, chocolate y aventura. Ella siempre había tenido aquel aroma y él siempre se había sentido embriagado por este, aun desde pequeños cuando aquello fue lo primero que captó cuando el agua salió de sus pulmones gracias a la niña que ahora era toda una mujer. Una mujer pegada completamente a su cuerpo. Una mujer comprometida nada más, ni nada menos, que con su primo. Los celos eran visibles en la mirada del rubio, mas tan solo por un breve instante.

Con suavidad, Zhakarías desprendió a la muchacha de su cuello al percatarse de la próxima llegada de los peones.  Desgraciadamente para el, ser vistos en aquella posición no le traería más que dolores de cabeza por las inseguridades de su prometida. No, definitivamente no se sentía con deseos de pasar por un momento como aquel. Con suavidad, deshizo el agarre de la muchacha y el abrazo en si, permitiéndose dejar una mano en su espalda baja. Solo por precaución... Digamos.  Sonrió de forma ladina al capataz, dándole indicaciones tacitas que bien el conocía. No molestar, no abrir la boca. Era la misma sonrisa que le daba cada vez que quería estar solo o, incluso de pequeño, Frank lo encontraba escapándose de la abrumadora presencia de su familia camuflada en ropajes que no eran “dignos” de su estatus. Al retirarse estos, un bufido en su nuca le provocó una ligera sonrisa, permitiéndole dirigir la mirada nuevamente a la muchacha.

Buenas tardes, Amelie, te ves.... alzó una ceja, observando como estaba vestida por primera vez. Un suspiro amagó a escapar de sus labios, pero logró evitarlo con una sonrisa ladeada. —diferente, aunque preciosa como siempre.

Sin dudarlo un segundo, el muchacho se acercó a ella para depositar los labios en su mejilla, besándola suavemente por lo que parecieron horas aun cuando no habían sido más de unos segundos. No podía evitar comportarse tan personal con ella ahora que se encontraban solos por primera vez en meses, siempre había sido tan cercano a ella que sentía completamente ajeno el tratarla como una desconocida, como alguien con quien no compartía más que lazos sociales. Ella era más, siempre lo había sido.  Una mirada cómplice se instaló en sus ojos al sentir como Ruby empujaba  la mano que el muchacho tenía en la cadera ajena y una sonrisa apareció en sus labios.

—¿Buscando un respiro? —Preguntó sincero, retrocediendo lentamente mientras le daba tiempo a la yegua a saludar a la muchacha como siempre lo hacía. Desbloqueando una puertecilla, emitió un silbido que  atrajo a Zeus fuera de su cubículo. Un corcel de color chocolate puro se abrió paso lentamente hacia la fémina, el gusto claramente expresado en su mirada. —¿No habrás olvidado a Zeus, verdad, Amelie?

La diversión y la nostalgia fueron visibles en sus ojos más que nunca cuando los recuerdos de sus cabalgatas juntos llenaron la mente del muchacho. El destino los volvía a unir, una vez más, y justo cuando Zhakarías más necesitaba un respiro de su vida aristocrática y llena de reglas. Ofreciéndole ayuda para subir, con las manos formando un escalón, invitó a la muchacha a acompañarle.


Casa de campo D’Clemence | Amelie | 14:30 PM
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Re: — Red string of fate »

Mensaje por Phoenix el Lun 25 Ene - 9:27

Ch 1: Let’s call it time off.

Su voz, sus palabras, su habitual cumplido ya rememorado en un recuerdo del pasado siempre atinaba a despertar en sus más íntimos sentidos una pertinencia de perdición absoluta, una sensación de cobijo y constante sonrojo que ésta vez se apoderó del tono natural de sus mejillas, ocultando en éste una sonrisa traviesa mientras se encogía de hombros.

¿Por qué con él todo salía tan natural?, la interrogante era constante. Debíamos de tener en consideración para ése entonces que tras la casual instancia que ahí estaban viviendo, había detrás, aguardando impaciente para ser contado y relatado tras el fino trazo de su puño en aquel constante diario de vida, un pasado mucho más ameno que el aristocrático presente. Había en ellos un recuerdo de recreo, una solaz juerga que les formó, constituyó y les llevó hasta ése entonces.

Su actual residencia no era mucho mejor que la anterior en cuanto a calidez hogareña, no existía ahí algún grado similar al amor con el que se constituyó para cuando habitó en su crianza junto a sus abuelos, su presente estaba mucho más magullado de lo que le habría gustado pero debía de admitir que si en ése entonces se encontraba apreciando el rostro agraciado de quien era hasta ése entonces su más grande amigo, todo se ponía en perspectiva y nada podía lucir tan mal cuando su sonrisa apreciaba y el tono venturoso de su voz hacía acto de presencia para estremecer su completa anatomía en una reacción común, casi cotidiana de lo añejo cuando se veían a escondidas día a día, corriendo entre los bosques conexos a sus hogares, apaciguando o aguardando por la calma de la lluvia dentro de los establos y montando a caballo como si de una nueva aventura se tratase... si, todo tiempo pasado fue mejor.

— ¿Un respiro?... — masculló soltando en aquel instante un suspiro prolongado, encogiéndose casi por acto reflejo de hombros — ... más bien una ventolera que alivie los males. — admitió, dejándose llevar por el impulso de querer rodar sus ojos y persistir en la intención de quitarle importancia al asunto, ¿cómo le iba a decir, precisamente a él, que la estadía en su hogar se estaba volviendo una pesadilla?, es más, ¿cómo le podía decir que no veía un futuro próspero pese a que se esmeraba en pensar que en algún momento si se sentiría plena con todo ello?... no podía, simplemente no podía hacerlo y no por el sencillo hecho de que se trataba de él, primo de su prometido, primogénito particular de la familia que tanto discordaba, porque pese a que era su mejor amigo y probablemente la persona más importante de su vida, debía de guardar las apariencias y ser consecuente con un accionar que le traería consecuencias y eso, luego de todo lo que ya estaba sucediendo no era una buena idea, ¿no es así?.

Una ola de calma se atiborró en su cuerpo al ver su propuesta indirecta con aquel gesto, él siempre le sostendría y de eso no cabía duda alguna, sin embargo no se resistió en la posibilidad de saludar, antes de todo, con un suave beso en el lomo de Ruby a quien ya hacía mucho tiempo no se había acercado para vislumbrar, sin embargo fue la entusiasta llegada a su lado de Zeus lo que coló en su rostro una amplia sonrisa, recibiendo entre las yemas de sus dedos el lomo aterciopelado de su caballo que ella consideraba acaramelado, achocolatado, dulce como la esencia transformada de su saludo en el que su hocico se arrullaba contra su cuello, trayendo consigo, casi de manera automática, la máxima reflexión de paz consecuente a la presencia del cobrizo en su costado. De pronto, sin saber muy bien que fue lo que provocó su sensación ni mucho menos que fue el detonante de su emotividad, se sintió conmovida, triste y apesadumbrada.

No rechazó su oferta. Sin titubear ni un mísero segundo escaló con su tacón el pedestal improvisado por el muchacho para ascender sin dificultad alguna hasta el corcel del cual se sostuvo con firmeza, sintiendo prontamente como éste se refugiaba en la misma calidez de la muchacha para forjar su estabilidad, relinchando de pronto con un afán agraciado a sus oídos que nuevamente le hizo sonreír, ésta vez sin embargo, con nostalgia.

Aguardó a que el muchacho colara su posición sobre la petisa, llevando una de sus manos hasta la firme correa que cargaba consigo Zeus, sosteniéndola y acariciando en el proceso a su propio potro - no era suyo en realidad, jamás lo había sido pero lo sentía como tal sin distinción alguna teniendo en comparación que tenía que ser ella precisamente a quien debían de recurrir cuando la cólera le entraba - y no fue hasta que corroboró que el otro parecía estar bien ensillado sobre Ruby que una sonrisa traviesa se asomaba entre la comisura de los labios propios de la pelirroja para tirar de la correa en un jalón concreto de obediencia que Zeus distinguió sin falla alguna para retroceder, tomando una posición acertada de carrera a un lado de la misma caballeriza que minutos antes había protagonizado aquel reencuentro melancólico, aproximación que no coartó ni por un segundo su ánimo aventurero y bohemio.

— ¿Cuánto quieres apostar a que no llegas antes que mi al fuerte Toulouse? — fanfarroneó, estimulando con una sonrisa traviesa una carrera inminente a una construcción ya antigua, casi destruida por completo hasta sus ruinas que yacía atiborrada entre medio del bosque que yacía a su costado y ocupaba a su vez gran parte de la costa a la que se sumaba aquel pequeño pueblito, caracterizado por constantes guerras hacían un par de décadas atrás que habían llevado a esa construcción hasta sus escombros, sin embargo, eso jamás había llegado a limitar por completo la ansiedad constante de descubrir, indagar y curiosear por el mundo en su compañía, aquel lugar había sido constante en su adolescencia, rincón de encuentros y reuniones en donde ahí, recién ahí podían llegar a ser realmente ellos sin la apariencia y ni la actualidad - a su vez podía suponer el futuro - podría llegar a otorgar aquella oportunidad, por lo que, ¿por qué no volver ligeramente al pasado?, remover las cenizas de sus encuentros furtivos, rememorar esa lealtad que Amelie sabía, seguía intacta pero durmiente.

No aguardó respuesta, chasqueó sutilmente su lengua contra su paladar antes de acelerar con un suave tirón el paso calmado de su corcel, el cual como si de un grito en potencia le hubiesen dado, agarró un vuelo monumental con el cual no distinguió parsimonia ni distancia en ella alguna. Zeus sabía perfectamente a donde dirigirse, a Amelie solo le quedaba la función de jalar al instante de las vueltas y frenadas.
Recordó las innumerables veces que éste camino había sido adoptado por ellos, las constantes carreras que tomaban el uno con el otro, los viajes recurrentes, cargados de risas, cabalgatas plasmadas en la diversión que en ese momento presionaban el contacto con su corazón e hinchaban de una emoción particularmente compungida, deplorable... Amelie se veía rodeada por la sensación taciturna del entristecimiento. Todo había sido su culpa y lo sabía, la lejanía parecía inevitable pero a la vez lucía trágica a sus emociones las cuales solo fueron bien recibidas para cuando Zeus se detuvo, un par de minutos después luego de llegar al fuerte, estacionándose casi por acto reflejo en aquel entonces, soslayado paisaje.

Boisseieu se bajó de un salto, sintiendo como uno de sus pies impactaba en un tropiezo obtuso contra el suelo, pero ignoró el ardor momentáneo. Enserio detestaba usar tacones y toda la parafernalia de sus vestidos lujosos, a parte de quitarle el constante derecho de aire con un corset, aprisionaba por completo su figura y por último, su calzado terminaba por arriesgar su estabilidad. Le habría gustado poder liberarse de todo eso, poder seguir usando aquellos largos y campesinales vestidos que le daban esa libertad efímera cuando corría los prados junto a Zhakarías pero no, su nueva vida exigía parámetros, límites que obstaculizaban su ánimo y le dejaban perpleja. ¿Lo irónico?, su ancla a tierra no era ni su familia, ni tampoco así su mismísimo prometido, sino que aquel chico del cual en cuanto divisó pisando suelo, lejos del impacto de Ruby, se tiró a sus brazos, estrechándose en ellos, aferrando su anatomía, notando su aroma, percibiendo su completa esencia, sintiéndose de pronto plena, pero no por eso, menos conmocionada. Su vida estaba ahí, entre sus brazos pero no podía permitirse a si misma el lujo de satisfacer su necesidad y admitir, inclusive para si misma que era él y no su prometido quien estimulaba su existencia y le hacía completamente dichosa.
Casa de campo D’Clemence | Zhakarías | 14:30 PM
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Mensaje por Nymphadora el Dom 28 Feb - 23:25

Ch 1: Let’s call it time off.
La sonrisa ajena capturó la atención del muchacho, atrapando todos y cada uno de sus sentidos para enfocarlos en la percepción de aquella sonrisa tan deslumbrante y genuina de la cual Amelie era dueña que germinó una gemela en el rostro de Zhakarias.  ¿Cómo pudo haber pasado tanto tiempo sin ver aquella sonrisa? El alcance de los celos y el orgullo de Zhakarias no conocía fronteras, aun cuando era incapaz de confesar tales sentimientos frente a otro ser viviente que no fuera su potra y compañera de vida. Desde el día en que el compromiso de la fémina y su primo se había establecido, cierta repulsión visceral hacia el mismo se había instalado dentro de Zhak tal como si hubiera sido apuñalado por la espalda mientras el muchacho presumía que la dulce doncella le había cortejado y como la familia de ambos se habían mostrado sumamente complacidos.

Asco, repulsión y deseos de vomitar era todo lo que su familia le provocó a partir de aquel día. Había pasado meses, años enteros intentando lograr una ligera aceptación por parte de los mismos en cuanto a Amelie y el único resultado aparentemente fue más rechazo.  También era necesario aceptar, si debía ser sincero para consigo mismo, que su familia no estaba tratándola de la mejor forma esperable en la actualidad tampoco, pensó el muchacho de cabello cobrizo saliendo del embrujo impuesto por la sonrisa de la fémina mientras escalaba la silla de Ruby con rapidez y agilidad proporcionadas por una vida de repetir el mismo procedimiento múltiples veces al día. Una fuerte carcajada se abrió paso al oír la respuesta de su antigua amiga, asintiendo en concordancia con su opinión.

Afianzó con ambas manos las tiras de cuero que guiaban el andar de la yegua, permitiéndole dar una vuelta alrededor del corcel en un gesto de familiar reconocimiento mientras terminaba de acomodarse sobre la silla de montar. Observó el reencuentro del corcel y su dueña con una pequeña sonrisa contenida disfrazada de petulancia y soberbia al oír el reto. La luz pareció llenar su rostro cuando vio al corcel acelerar y la fémina salir despedida por la puerta del establecimiento, avanzando a toda potencia sin lugar a dudas. Poco más fue necesario para que la yegua negra de mustang emprendiera carrera detrás de su pareja, provocándo a su dueño una fuerte carcajada cargada de nostalgia y adrenalina.

—¡Eso ha sido trampa!— Zhakarias gritó con un tinte de diversión en su voz lo cual atrajo las miradas de las féminas que había abandonado previamente en el porche de la casa incluyendo a su prometida, más no tardo en olvidarle al sentir el aire golpear su rostro por la velocidad alcanzada por la yegua.

Las memorias inundaron su cabeza al instante en que sus ojos fueron testigos, después de tanto tiempo, de aquella construcción desmoronada por el tiempo y la guerra, testigo de la mayor parte de las escapadas y encuentros furtivos del par de jóvenes durante su adolescencia. Una suerte de emociones reapareció en el pecho del joven cuando, segundos después de golpear la tierra con los pies y liberar a Ruby de su dominio, un cuerpo ajeno impactó contra el propio, aferrándose a él con los brazos. El aire quedó atrapado en sus pulmones por un momento cuando los propios brazos rodearon el pequeño y frágil cuerpo de su compañera de aventuras, de su antigua mejor amiga, y sintió como la vida golpeaba su alma cual bofetada que arroja tu cuerpo al suelo por mano de una persona cercana a ti que quiere que reacciones, que caigas en cuenta de todo lo sucedido.

Zhakarias no pudo evitar, por más de haberlo intentado, inhalar su aroma y cerrar los ojos mientras acariciaba de forma lenta la espalda de la muchacha. Era imposible explicar lo mucho que había extrañado aquel sentimiento de plenitud, de felicidad, calidez y confort que le llenaba únicamente cuando Amelie lo abrazaba sin miramientos, sin restricciones sociales ni miradas que los juzgaran por ser quienes eran en la situación que se encontraban. ¿Cómo era posible que fuera ella la única persona que lograba aquello en él? ¿Por qué había sido tan complicado ser el mismo con cualquier otra persona? ¿Cómo explicarle a su prometida que no lo completaba, que no quería casarse con ella, o simplemente que prefería pasar el tiempo oyendo los reclamos de su madre antes de oírla hablar de la última fiesta a la que él no había accedido a acompañarla?

Un suspiro suave y lejano escapó de sus labios luego de que estos depositaran un suave beso en la frente de la fémina. Tanto que decir, pero tan pocas palabras permitidas. La forma en que, junto a ella, podía sentirse libre de ataduras, aparentemente seguía intacta a pesar de todo. Y no era lo único intacto, le fue sorprendente notar, por la forma en que su corazón se había acelerado y sus músculos relajados al inhalar su aroma.

—¿Te encuentras mejor?... Se en carne propia lo difíciles que pueden ser las mujeres D’clemence...— Preguntó con suavidad, alejándola ligeramente con las manos en sus antebrazos y dirigiendo la mirada a los ojos ajenos. Por un momento, sus labios capturaron su atención cual canto de una sirena en pleno altamar, hipnotizándolo y robando cada pensamiento que había cruzado su cabeza segundos atrás. Se sintió obligado a sacudir la cabeza mentalmente y obsequiarle una pequeña sonrisa ladina, tintada de cierto narcisismo que ocultaba sus reales intenciones, al tiempo que dejaba ir sus brazos y volteaba la mirada hacia la antigua construcción abandonada.

—Hace meses que no pongo un pie en este lugar, se siente como si hubieran pasado años desde la ultima vez que TU hiciste trampa para ganarme, como siempre. —Una sonrisa divertida adornó sus labios mientras le dirigía una pequeña mirada traviesa y se oía a la pareja de equinos relinchar. Tomó un par de trozos de manzana azucarados y los acercó a las bestias a modo de premio por el gran tiempo que habían hecho. Tan solo unos instantes después se acercó por detrás de la fémina, pegando el pecho contra su espalda y rodeando su cadera con los brazos como tantas veces antes había hecho previo su compromiso con su primo. Como si del aleteo de una mariposa se tratase, los labios de Zhakarias se movieron cerca de su oído permitiendo un suave susurro confidencial con la muchacha. —¿Cómo estás, realmente, Amelie?


Fuerte Toulouse | Amelie | 14:30 PM
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Mensaje por Phoenix el Dom 6 Mar - 6:37

Ch 1: Let’s call it time off.

Sabía que había sido trampa, oh, claro que lo sabía, ¿cómo esperaba él que ella no cometiera aquel desatino precisamente con él?, sobre todo cuando de Zhakarías en concreto se tratara, la muchacha buscaba la manera de fastidiar con una risa suave la calma de sus conversaciones o actos, como si supiera que éste, pese a que la muchacha interrumpiera su andar con el satírico toque de una risa, él le perdonaría, porque era él y porque se trataba de ella.

Tanto Amelie como su familia sabían que las cosas en algún momento determinado se solucionarían, o al menos eso suponían, pues cuando los sucesos habían pasado en aquella prematura infancia creando disyuntivas y dudas respecto a las reales intenciones que había tenido ella para con él, se habían formado a su vez los reales conflictos, no por el simple hecho de que la familia más importante del pueblo le detestara con una particular riña en donde las cosas habían sido mal entendidas sino que también por el prematuro silencio que se creó respecto a la verdad, tanto de ella como de sus abuelos, así como también de los testigos que habían presenciado la situación y a su vez guardaron silencio en el momento que la pequeña más lo necesitaba, ese instante en donde los D'Clemence abusaban de un disconforme mal trato y refregaban una culpa de la cual, ella, en su dulce infancia e inocencia, no pudo defender.

A medida que iban creciendo, tanto Amelie con Zhakarías fueron expuesto a un evidente odio, uno que claro estaba, jamás sintieron. ¿Cómo dos niños, desprendidos de la total miseria del corazón humano pretenderían siquiera odiarse cuando no tenían razón para ello?. No sonaba lógico, ni jamás lo haría, pero sus familias los alejaron el uno del otro cuando el destino de por sí parecía siempre volver a unirlos en una situación u otra y es que cuando las guerras civiles habían atacado Francia en la estabilidad estructural de las clases sociales así como también en las distinciones de poder que aniquilaban los duqueses y condesas, la única forma factible que encontró el absolutismo de abolir la desesperanza y tortura que presenciaban las tierras insaciables de sangre, era mediante el estudio, la lógica, la razón que aún no llegaba a la mente aferradas de fe en la población mundial, - al menos la que conocían solo hasta ése entonces - y fue precisamente en la práctica infantil del conocimiento fallido, cabe decir, que la vida les volvía aferrar uno a otro, como si de algún modo poco creíble y tangible, necesitaran del otro para saber que el mundo estaba bien inclusive si no lo estaba, porque, pese a que sus brazos eran jalados con insistencia para marchar lejos del lado del otro y sus miradas aún se aferraban a ese enlace desconocido de curiosidad, siempre encontrarían esperanza en el otro, siempre. Más aún lo hacían en aquel instante que sentían la calidez del abrazo ajeno, como éste a su vez abrasaba con un encandilado en particular el tacto febril de la extrañeza y sus palabras, una vez más, le reconfortaban, no solo porque Zhakarías D'Clemence seguía preocupándose por ella, sino que porque su cuerpo se aferraba a la noción de que solo a su lado podía reconfortarse como aún no lo hacía con su prometido.

Guardó desmesurado silencio, uno que por su parte constató la incomodidad que de pronto volvía a generar la mención de una familia con la que creía las cosas se solucionarían en el paso de los días, las semanas, los meses, cuando lo cierto era que tenía la desgarradora sensación que ni siquiera los años serían capaces de socavar con la actitud inteligible de ira que contenían en su mayoría, acertadamente a como él mencionaba, las mujeres de la distinguida familia y es que en gran parte la muchacha con los caballeros se llevaba particularmente bien sin llegar a concluir lo grotesco del mal sentido. Eran relaciones tan corteses las que se habían formado ahí dentro que para cuando recibió la noticia de su familia sobre el mal trato dado, Amelie solo podía caer en el profundo pozo que ni siquiera los escritores más dramáticos de la época podrían representar con una oda acertada de penuria.

Sin embargo, no importaba en lo absoluto cuanta desventura e infortunio pudiera oprimir su corazón, las palabras de su amigo siempre contendrían la mezquidad de la ruina y esa sonrisa divertida que adornó sus labios no hizo más que incentivar una propia — Eso te pasa por ser tan correcto, Zhakarías. Hay veces en las que es necesario ensuciarse las manos y cometer pecados o en éste caso... trampas. — Bousouris elevó la contextura natural de su cuerpo en un encogimiento de hombros que se acentuó aún más al entrecerrar su mirada tenuemente, al mismo tiempo que ladeaba su posición y observaba con detenimiento en andar pausado de quien se sentía en confianza y adoraba que él se sintiera así, porque así ella también podía saber que no importaba cuanto tiempo pasara, que no importaba si hablaban apenas con las miradas entre las cenas de su mansión y no dirigían ni siquiera un murmullo cuando estaban un poco más cerca, cuando enserio se proponían a hablar, a conversar, a mirarse, a adorarse tan solo con la percepción de sus cuerpos, lo hacían con naturalidad, como si ni cicatería de las décadas fuesen capaces de romper tal engarce que una y otra vez le llevaban al otro.

No fue hasta que las manos audaces del muchacho rodearon con determinación el delgado cuerpo de la muchacha que aún revoloteaba entre su cavilaciones en el desprendimiento lógico de su cuerpo hasta llevarle a la distracción que pegó un suave brinco que le consternó por un par de debidos segundos en los que musitó una suave risa y a su vez, la cercanía propicia de sus palabras en la debilidad palpable de su oído le hizo estremecer de tal modo que solo un cuerpo estrechado al de ella de tal modo como él lo hacía en ese momento podía llegar a captarlo con la intención correcta de su fisionomía que una vez más se agitaba con vehemencia ante la simple presencia del chico que años atrás no habría sido capaz de despertar estas emociones tan singulares en ella, o eso quería creer.

¿Cómo es que D'Clemence pretendía que la muchacha de cabellos fresa, ésa que en ese momento volvía a guardar un sepulcral silencio, se concentrara siquiera en la lógica de sus menciones cuando le sentía de tal modo?. Y es que había sido esa precisamente la principal razón por la cual Amelie se había alejado de él a lo largo de los meses, porque desde hacía un tiempo hasta ése entonces, mucho antes de lo que siquiera había llegado a conocer a su prometido, el chico estaba comenzando a despertar sensaciones extraordinarias e insólitas en el bochorno secular de sus mejillas que se encendían al compartir miradas, porque desde hacía un tiempo hasta ése entonces entre ellos no había solo una pausada amistad, sino que también una violenta fogosidad en la ventura de sus ocelos que cosquilleaba irregularmente la yema audaz de sus dedos ansiados de sostener el rostro ajeno, de acariciar sus brazos, su cuerpo, mecerlo en un abrazo no solo afectivo sino increíblemente intisgado. 'Joder, Zhakarías', repetía su seso una y otra vez mientras captaba que su respiración ya no era propiciamente calmada sino que elevadamente circunscrita a lo enardecido y el corset que traía bajo la capa del vestido no ayudaba mucho en sus vestigios de calma pues la curva de sus pechos parecía elevarse en un ritmo irregular que solo podía apaciguar con el sonido de sus palabras, esas que no tardaron en salir, aceleradas, promiscuas e inclusive, atiborradas en una percepción de lo que sucedía en su interior, en aquella maquinada cabeza que él tiraba al suelo hasta desmenuzar con su simple cercanía.

— B-bien. — soltó en un suspiro ahogado cuando en los segundos siguientes intentaba calmar su tono al entrecerrar sus ojos, sin embargo, pese a que parte de su cuerpo se encontraba increíblemente tensado, sus manos no se resistieron a viajar hasta las ajenas, rodeando el mismo amarre que el muchacho tenía en su cadera para permanecer ahí y su rostro descansó un tanto sobre la mediación entre su pecho y su hombro en lo que se disponía a mirarle de reojo — Los D'Clemence tienen un don en particular para sacarme de mis casillas pero estamos trabajando para ello. — no se sorprendería de si misma si algún día él mismo le encuentra agarrada de las mechas con su prometida en una de esas discusiones en las que su propia mesura es puesta a prueba, pero para ése entonces ni siquiera ésa idea le hizo sonreír más que la noción que al menos por esas semanas tanto su prometido como el de ella se irían de viaje por temas de negocios familiares en tierras lejanas en una embarcación que esperaba llegara bien en su rumbo.

Aquello, sin embargo, no sabía si hacerle sentir bien o mal, ¿qué haría sin la protección que le brindaba su prometido con el abuso de las mujeres en aquella mansión?, es más... ¿qué harían ella y Zhakarías ahora que no estarían sus barreras de contención para limitar aquellas miradas y abrazos desprevenidos?. Solo entonces podían aferrarse a la duda, una dulce duda.
Fuerte Toulouse | Zhakarías | 14:45 PM
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