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Love is not a madness

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Love is not a madness

Mensaje por Hatshepsut el Lun 30 Mayo - 23:39

Love is not a madness
Plot — Realista — +18

Londres, 1897.
El fin del que ha sido denominado como el siglo de las luces se aproxima. Durante los últimos cien años, Europa ha conocido multitud de cambios, ya sean políticos, territoriales, culturales o artísticos. Sin embargo, los hombres de ciencia, los antaño ilustrados y hoy racionalistas, destacan los avances tecnológicos y científicos que se han llevado a cabo; han sido muchas las personalidades y los genios que han dado con las claves para facilitar el trabajo de los hombres, así como para mejorar su calidad de vida. .Todo lo que merecía la pena inventar, ya se ha inventado, o eso dicen. Además, se han abierto multitud de universidades y academias: las ciencias del saber, la cultura, toma las calles, expandiéndose para llegar a un público más alto. Parece que todas las aulas son insuficientes para hablar de las interesantes teorías sobre las que estipulan los catedráticos mientras fuman tabaco importado en sus impecables despachos, mientras parlotean en clubes de lo más selectos o mientras beben buen alcohol en las casas de apuestas.
En cualquier caso, la psicología ha sido uno de los campos que más adeptos ha ganado: parece ser que la mente, eso que siempre fue desconocido para el ser humano, ha decidido mostrarse, por fin, ante los ojos de los más inteligentes. Ahora hay nuevos doctores dispuestos a curar esas nuevas dolencias que asolan la sociedad victoriana. Los psiquiátricos son lugares fríos, aislados, oscuros y algo crueles, pero a nadie le importa mientras las calles y los hogares puedan estar limpios y a salvo de trastornados, asesinos, pervertidos o histéricas.
¡Dios salve el gran reino de Inglaterra!

Personajes


Roger Bennet | Paciente | 32 años | James Mcavoy | Lost Chris
Información:
Roger fue el pequeño de cinco hermanos varones. Tuvo una infancia feliz y siempre fue el consentido de sus padres y hermanos mayores. Pero su vida quedó marcada durante su adolescencia cuando Roger empezó a descubrir su sexualidad. Observaba a sus hermanos festejar con bellas chicas y no comprendía qué interés tenían en ellas. Pero era normal, estaba en aquella edad en la que, para él, las chicas eran el “enemigo”. Lo que le sorprendió fue la reacción de su cuerpo, cuando una tarde, encontró a su hermano con una de esas chicas en el cobertizo del jardín de la mansión familiar. La pareja estaba practicando sexo a escondidas mientras él les observaba por la ventana sin ser visto. Se fijó en la chica, por la cara de su hermano, lo que estaban haciendo les resultaba muy placentero a ambos. Vio el cuerpo desnudo de ella pero no comprendió qué era tan divertido. Todo cambió cuando empezó a centrar su atención en el cuerpo de su hermano. De repente su corazón se aceleró y sintió como sus mejillas empezaban a arder. Empezó a sentir un cosquilleo en la entrepierna y se asustó. Huyó corriendo de allí.
Desde entonces empezó a espiar a sus otros hermanos tratando de comprender qué es lo que sentía al verles desnudos o practicar sexo con las doncellas. Ellas seguían sin despertar el menor interés en él pero no podía decir lo mismo de los hombres que trabajaban en el jardín o las cuadras.
Un buen día se decidió a preguntarle a su padre y lo que recibió fue una paliza y la visita de un cura. Lo bañaron en agua bendita y le hicieron prometer que jamás volvería a pensar en aquellas atrocidades.
Y así llegó a la vida adulta. No rompió jamás su promesa, nunca habló de ello. Pero poco antes de cumplir los 18 encontró el modo de satisfacer lo que su cuerpo le pedía. El dinero movía montañas y la muerte de sus padres le dejó una buena suma para gastar en lo que quisiera. Al ser el menor de los hermanos siguió viviendo en la mansión familiar donde daba rienda suelta a sus deseos. Sus hermanos sospechaban de él pero no se atrevían a hacer nada. Cuando sacaban el tema, Roger perdía la cabeza en uno de sus ataques de histeria.
Pero un buen día, no pudieron seguir escurriendo el bulto. Durante un encuentro familiar al que habían asistido todos ellos con sus esposas y sus hijos e hijas pequeños, Roger se excusó un momento. Al rato, al ver que no volvía y la comida se estaba enfriando se pusieron a buscarle y terminaron en las caballerizas. Los gemidos podían escucharse desde fuera. Todos pudieron ver con horror a Roger sodomizando a uno de los mozos de las cuadras.
A las pocas horas, Roger era internado en un psiquiátrico para ser tratado de su enfermedad.

Anthony Ives | Psiquiatra | 38 años | Michael Fassbender | Hatshepsut
Información:
Ya desde muy niño, Anthony prometió que se dedicaría a la medicina cuando se convirtiera en un hombre. Tomó la decisión a raíz de la tuberculosis que hizo enfermar a su madre Lucille; deseaba estudiar, entrar en la universidad y convertirse en un buen profesional para devolverle la salud y quitarle aquella horrible tos que no la dejaba dormir y que manchaba de rojo los pañuelos. Sin embargo jamás podría haber llegado a tiempo, pues la tuberculosis es un mal terrible, y su madre murió cuando él acababa de cumplir los diez años. Además, y pese a que siempre fue una mujer dulce y cariñosa con su único hijo, Lucille decidió mantenerse prácticamente confinada en su habitación durante sus últimas semanas de vida, temiendo contagiar a sus seres queridos. En consecuencia, los últimos recuerdos que Anthony pudo guardar de son escasos, tristes pero reconfortantes al mismo tiempo, pues Lucille solía cantarle desde el otro lado de la puerta que los separaba.
El padre de Anthony, así, se quedó solo para criar a su hijo, y no puede decirse que lo hiciera mal: a pesar de ser un humilde trabajador de fábrica, ahorró y contrajo deudas para asegurarse de que su pequeño pudiera entrar a la universidad y aprovechar las excelentes notas de su expediente.
Anthony se empleó a fondo: acudía a clase por las tardes, estudiaba por las noches y trabajaba todas las mañanas. Sus compañeros de clase nunca parecían tan cansados ni tan humildes como él, ya que los pupitres de la universidad solían estar ocupados por jóvenes de clase alta, pero eso jamás le importó: se concentró en su deseo de ser médico para ayudar a los demás. Pese a todo, sus ideas tomaron cierto cambio de rumbo cuando fue testigo de una brutal escena en pleno centro de Londres: un hombre, aparente víctima de trastornos psiquiátricos, se lanzó bajo las ruedas de un coche de caballos para morir aplastado por ellas. Anthony intentó detenerlo, pero fue en vano, y se vio obligado a ser testigo de la sangre derramada por el pavimento. Para colmo, y por si la escena no hubiera sido lo bastante horrible por si misma, tuvo que conocer la maldad ajena en boca de los viandantes que presenciaron el suicidio. "Solo era un pobre loco", decían algunos, "está mejor muerto." “Esa escoria no merece pisar las calles." "Habría hecho mejor tirándose al Támesis, así no habría ensuciado la acera."
Anthony decidió que él ayudaría a esa gente a la que otros despreciaban, que cuidaría de los pacientes más inestables y ejercería como guía para ellos hasta que pudieran recuperarse. Así, se especializó en psiquiatría y psicología (una rama de medicina que estaba en pleno auge experimental), y consiguió trabajo en un centro psiquiátrico anticuado y lejano a la ciudad, pero pequeño y bien equipado. Allí, el joven pero concienzudo Ives se esforzará en sanar a cuantas almas  conozca.



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Re: Love is not a madness

Mensaje por Lost Chris el Mar 31 Mayo - 7:17

LOVE IS NOT A MADNESS
El joven estaba sentado en un rincón de aquella lúgubre habitación. Aunque llamar a esa estancia habitación era ser demasiado generoso. Parecía más bien la celda de una prisión. Desde que había ingresado en aquel centro había pasado una semana pero a él se le antojaba una vida. Le habían despojado de su cara ropa para enfundarle en unos harapos que irritaban su delicada piel. Su cuerpo se mecía en un vaivén continuo desde la noche anterior. Aquella vez ni siquiera los somníferos que le daban habían conseguido apagar los gritos y chillidos de los demás enfermos. Trató de cubrirse la cabeza con la almohada, incluso se escondió debajo de la cama buscando refugio pero nada ayudó. Estaba aterrado. ¿Por qué gritaba de ese modo aquella gente? ¿Qué les ocurría? ¿Les estaban haciendo algo? ¿Sería él el siguiente? En su cabeza se imaginaba que vendrían a por él en mitad de la noche y sus gritos también se escucharían por todos lados. Terminó sentado en un rincón tarareando una canción, con las palmas de las manos sobre sus oídos y meciendo su cuerpo en una especie de trance para aislarse del exterior. Y así seguía a primera hora de la mañana.
Roger se sentía totalmente fuera de lugar en aquel sitio. Era un hombre educado, jovial y tremendamente adorable. Y estúpido. Estúpido por no haber esperado a que su familia se marchara para divertirse con su amante favorito. Thomas era un joven moreno de ojos claros, de veinte pocos años que trabajaba para él y que por una pequeña suma de dinero extra no tenía el más mínimo reparo en acompañarle en sus juegos sexuales. Ambos lo pasaban en grande y eso era algo nuevo para él. Era la primera vez que se encontraba con un hombre que experimentaba el mismo placer que él y no accedía a acostarse con él solo por el dinero. Incluso había permitido que el joven mozo le penetrara en varias ocasiones. La primera vez que eso sucedió hubiera jurado que había tocado el cielo. Por eso no pudo esperar aquel día. Necesitaba verle, tocarle, besarle, necesitaba sus atenciones. Pero lo único que consiguió fue arruinarse la vida.
Escuchó el ruido de la cerradura y cesó su movimiento. Se levantó de un salto, asustado. Venían a por él. Sus miedos nocturnos iban a hacerse realidad. Un par de celadores entraron portando una camisa de fuerza. Tras ellos venía el doctor. El hombre que se empeñaba en que hablara con él de sus pensamientos más privados. Relajó su semblante. No iban a llevarle a ninguna parte. Simplemente era la hora de la “sesión”, como le llamaban en aquel lugar. La camisa de fuerza era para garantizar la seguridad del doctor. Como si él fuera capaz de hacer daño a alguien. Si ni siquiera mataba a las moscas cuando se colaban en su casa.
El primer día aprendió, a base de golpes e insultos, a no resistirse a esa extraña camisa que apenas le permitía moverse; así que se dejó hacer sin oponer resistencia. Tras asegurar los cierres le obligaron a sentarse en la cama y le amenazaron por si se le ocurría levantarse de allí hasta que la sesión terminara. Roger asintió y les observó salir por la puerta y cerrar desde fuera.
Entonces miró al doctor. No se había formado todavía una opinión sobre él pero sí que era el único que no le insultaba simplemente por el hecho de existir. Parecía distinto a los enfermeros y demás médicos que había conocido hasta el momento. –¿Por qué no dejan de gritar? – le preguntó con preocupación en la mirada. – ¿Cuándo podré volver a casa? – ese era su único deseo. Si querían encerrarle en su casa no tenía objeción, cualquier cosa menos ese lugar de locos, nunca mejor dicho.
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Re: Love is not a madness

Mensaje por Hatshepsut el Miér 1 Jun - 0:37

LOVE IS NOT A MADNESS
Anthony encapuchó la pluma que había estado usando hasta el momento -un regalo de su padre, seguro que el pobre hombre tuvo que gastarse el sueldo de todo un mes en él- y contempló los escritos en los que había trabajado durante las últimas horas. La tinta, aún fresca, brillaba bajo la luz que se colaba por los ventanales de su despacho, por lo que tuvo que usar un papel secante antes de guardar todos sus apuntes y retirarse del escritorio. Estaba enfrascado en un trabajo arduo y largo, pero no le importaba pasar horas tomando notas, clasificándolas y pasándolas a limpio. Al fin y al cabo, el trabajo de un psiquiatra -uno de verdad, no como el de aquellos afamados médicos que se jactaban de todo pero no hacían más que presumir en los clubs de caballeros- no debía limitarse a las puntuales visitas a los pacientes, sino que debía continuar e ir más allá. Por ello, Anthony se pasaba gran parte de su tiempo libre estudiando, investigando y comparando todos los procesos y los síntomas de los internos del hospital, buscando el dar con los tratamientos adecuados. A diferencia de lo que muchos de los enfermos pudieran pensar, él no disfrutaba teniéndolos allí encerrados. De hecho, lamentaba profundamente que muchos de ellos tuvieran que ser sometidos mediante la fuerza para no provocarse lesiones o dañar a los demás. La única alternativa era la continua sedación, pero sospechaba que el abuso de los fármacos podía provocar lesiones irreparables a largo plazo. La mayoría de médicos lo habrían llamado loco por pensar que los sedantes no ayudaban tanto como parecía, y por eso tenía pensado elaborar una tesis al respecto, presentando pruebas que respaldaran su teoría.

En cualquier caso, Anthony se olvidaba de sus objetivos propios en cuanto cruzaba las puertas de su despacho y comenzaba a caminar por los corredores del hospital mental en el que trabajaba de doctor. Cuando caminaba entre las puertas que delimitaban las celdas de los pacientes, sus únicos pensamientos se volcaban en ellos; en ellos, en sus dolencias y en la manera de suavizarlas o eliminarlas definitivamente si era posible. Como el resto de doctores con los que compartía profesión, tenía asignado cierto número de pacientes cuyos expedientes memorizó el primer día en que pisó el psiquiátrico. Conocía sus rostros, sus nombres, su pasado y, evidentemente, su enfermedad. Para él, los enfermos jamás dejaban de ser personas, seres humanos que sentían pese al mal que los aquejaba. El día en que se convirtiera en uno de aquellos médicos fríos e insensibles, en los que veían a los enfermos mentales como criaturas con las que experimentar o con carcasas de carne vacía, estaría faltando a su propio código de honor.

Aquella mañana, Anthony debía comenzar su ronda con un paciente que había sido instalado en el hospital hacía tan solo una semana: Roger Bennet. No necesitaba repasar su informe para recordar su aspecto, y mucho menos su dolencia. El señor Bennet era un muchacho joven, de constitución sana y buena familia. Resultaba una pena que los caballeros como él, que tenían todo lo que podía pedirse en la vida, sufrieran de enfermedades mentales. Un día disponían de familia, riquezas y caprichos, y al siguiente se veían encerrados entre las frías y sucias paredes del psiquiátrico. Debía resultar desesperanzador... y por eso estaba allí. Conseguiría hacer que Roger mejorara, aún cuando sus primeras sesiones no habían sido demasiado prometedoras. El muchacho parecía reacio a contarle según que cosas, algo comprensible teniendo en cuenta que su vida debía haber estado marcada por el decoro y la educación. Sin embargo, entre aquellas paredes no importaba el decoro, solo la verdad. Eso era lo único que Anthony necesitaba para ayudar a los demás: lo verdadero de sus corazones, de sus personalidades, de sus pensamientos. Precisaba que los pacientes le mostraran su mente para llegar a sanarla. Si no, tenía poco que hacer.

Como siempre, Anthony aguardó frente a la puerta de su paciente mientras los celadores entraban y se encargaban de prepararlo para la sesión. No le gustaba ser testigo de como encamisaban o amenazaban a los enfermos, pero sabía que era una parte fundamental en aquél proceso. Tenía pacientes que habían intentado arrancarle la yugular de un mordisco o sacarle los ojos con las uñas, y resultaba muy difícil trabajar así. Su trabajo no era agradable, eso era algo que sabía antes de especializarse en psiquiatría, y estaba allí precisamente por eso. Él le plantaría cara a todo aquello a lo que la sociedad le daba la espalda.

Buenos días, señor Bennet –saludó con naturalidad en cuanto se quedó a solas con su paciente. Buscó con la mirada la pequeña y frágil silla de madera que descansaba en un rincón de la habitación y la sujetó por el respaldo para colocarla frente a la cama del enfermo, a una distancia prudencial pero no excesiva. Luego lo miró, escuchó sus preguntas y sonrió a pesar de lo tristes que le parecieron. Siempre se obligaba a sonreír ante sus pacientes, pues a algunos les transmitía seguridad y confianza–. Pronto –respondió, sonando optimista– estoy seguro de que hoy adelantaremos con la terapia.

Anthony pegó la espalda a la madera de la silla, pero mantuvo una postura relajada, nada rígida. Roger tenía razón: los pacientes de aquél ala no dejaban de gritar. Algunos sufrían de paranoias que los mantenían en constante estado de terror, otros sentían la desesperación del encierro, unos pocos la picazón de los tratamientos, y finalmente estaban los que ni siquiera mantenían la conciencia suficiente como para hacer otra cosa que no fuera berrear y deambular por la habitación. Pero el doctor o estaba dispuesto a contarle nada de aquello a su enfermo, por lo que ignoró aquella cuestión y comenzó con su sesión:

Hoy tengo unas cuantas preguntas para usted, señor Bennet –le explicó, y albergó la esperanza de marcharse de la habitación con todas las respuestas que necesitaba–. Insisto en que es muy importante que sea plenamente sincero conmigo, pues solo así podremos adelantar con la terapia y buscar un tratamiento para su dolencia –Anthony apretó los labios y miró a su paciente a los ojos–. No debe sentirse cohibido conmigo, soy su doctor y estoy aquí para escuchar, no para juzgar. No opinaré sobre sus actos o pensamientos, solo los usaré de vía para poder ayudarlo –esperando que Roger se soltara un poco más aquella ocasión, Anthony sacó su cuaderno de anotaciones y un pequeño portaminas del bolsillo de su bata. Luego volvió a sonreír con la intención de quitarle la tensión al momento–. Su familia lo trajo aquí a raíz de sus ataques de histeria y su práctica de la homosexualidad –planteó, usando el novedoso término que el escritor Karl-Maria Kertbeny había acuñado hacía poco más de dos décadas–. Eso lo dejamos claro en nuestros encuentros anteriores, pero lo que necesito saber ahora es... –el doctor hizo una pequeña pausa y despegó la mirada de sus anotaciones para buscar la del paciente. Mantuvo su expresión neutra, pues tal como había prometido no iba a juzgar a nadie– ¿Cuál fue su primera experiencia homosexual?

Anthony estuvo a punto de contener la respiración, expectante ante la reacción de Roger. ¿Respondería a su pregunta, la eludiría o se negaría a contestarla? El doctor consideraba imprescindible conocer aquél dato: necesitaba saber cuándo se había producido el primer contacto físico, el primer contacto carnal de carácter homosexual de su paciente. Aquél habría sido el desencadenante de una serie de encuentros con otros varones, según le habían contado los hermanos de Bennet, y poseía una relevancia destacarle en el camino de la cura.  

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Re: Love is not a madness

Mensaje por Lost Chris el Miér 1 Jun - 19:10

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Aquella pregunta sobre su marcha y la respuesta que recibió del doctor se habían convertido en una rutina. Curiosamente Roger le creyó desde el primer día y todavía no había desfallecido la ilusión que sentía al escuchar aquel ‘pronto’ de los labios del doctor. Él no era como la gente de las habitaciones contiguas. Él no gritaba ni golpeaba. Bueno, tal vez cuando la frustración y el miedo se apoderaban de él. Sus hermanos achacaban esos ataques a la histeria. Él no entendía de psicología, solo entendía que su mente iba a estallar si no dejaba salir toda esa energía de alguna forma. Pero tenía intención de aprender a controlarse si alguien estaba dispuesto a enseñarle como hacerlo.
Pero las preguntas en aquella ocasión volvían a girar entorno a la homosexualidad. Fijó sus ojos en la manos del doctor cuando sacó un pequeño cuaderno y un lapicero. Se sentía como un niño de escuela que sabe que ha hecho algo malo y está listo para aguantar el chaparrón. Dejó la mirada baja, concentrándose en las manos del hombre que tenía delante.
Durante la primera sesión, el doctor le mencionó aquel término, él le miró extrañado ya que jamás había escuchado semejante palabra. Por lo visto, las personas que sienten atracción por otras personas del mismo sexo, padecen de eso, de homosexualidad. No era un estúpido, sabía que lo que hacía no estaba bien visto y resultaba repugnante para el resto del mundo pero que de eso pasaran a llamarlo enfermedad e incluso ponerle nombre… A él le daban mucho asco los caracoles y no tachaba de enfermo a nadie que los comiera. ¿No era acaso lo mismo?
Pero lo que más le intrigaba y asustaba es que decían que allí iban a curarle de esa dolencia. ¿Y si él no quería ser curado? ¿Era posible que algo le hacía sentir más vivo que nunca fuera tan malo? Él no había hecho daño a nadie. Sus amantes lo fueron ya bien por necesidad o por gusto, pero nunca les obligó a nada.

Levantó la mirada para cruzarse con la del doctor cuando le preguntó por su primer encuentro con un hombre. Roger negó un poco.-Prometí que nunca hablaría de eso.- Era imposible pero casi podía sentir los golpes de su padre el día que entró en su despacho para contarle lo que había sentido viendo a sus hermanos y a otros hombres que trabajaban para ellos.- La primera y última vez que quise hablar de ello recibí tal paliza que quedé inconsciente en el suelo del despacho de mi padre. Luego un cura me despertó echándome agua bendita por encima porque decía que me había poseído un demonio. Tuve que rezar varias horas al día durante no recuerdo cuanto tiempo. Nunca he roto mi promesa. – Tampoco es que pudiera hablar de ello con nadie, pero de haber tenido la oportunidad, el miedo a las represalias quedaron grabados a fuego en su mente siendo tan solo un niño. – Pero supongo que si no le hablo de ello jamás me curaran y ese ‘pronto’ nunca llegará… – suspiró débilmente ya que la camisa de fuerza le impedía tomar mucho más aire y apartó la mirada hacia sus propias rodillas. Si no fuera porque sus brazos ya se cruzaban forzosamente sobre su pecho, él mismo hubiera adoptado esa postura. Una postura de barrera, de defensa. En las sesiones anteriores apenas había cruzado cuatro palabras con el doctor, pero aquel día se sentía distinto. Tal vez fuera por la falta de sueño, o por los somníferos que corrían por sus venas. O tal vez fuera porque necesitaba hablar con alguien al fin. Fuera como fuese, cerró los ojos por un momento para ayudar a traer aquel lejano recuerdo a su mente. Y ahí estaba. Volvió a abrir sus ojos claros que aunque volvían a mirar sus rodillas estaban muy lejos de allí. – Fue poco después de fallecer mis padres. Yo tenía 17 años. Antes ya había notado… cosas, cuando veía a mis hermanos con las doncellas, con 12 o 13 años, pero tenía 17 cuando pude tocar a un hombre por primera vez. No me gustó, me dio asco. Era un hombre viejo, un amigo de mi padre. Yo me había quedado en herencia la casa familiar y varios días tras el entierro vino a buscar no sé qué papeles. Algo sobre unos negocios que tenían en común. Nos quedamos a solas en el despacho de mi padre y, sin más, me preguntó si me gustaría tocarle. No entendí a qué se refería hasta que él mismo se acercó a mi, se desabrochó los pantalones, cogió mi mano y la colocó sobre su miembro. Puso su mano sobre la mía. “Yo te enseño”, me dijo. Y le masturbé. El hombre se corrió en mi mano entre gemidos de placer y yo solo tenía ganas de vomitar. Entonces se ofreció a hacer lo mismo por mi y me asusté. Salí corriendo y me encerré con llave en mi habitación. Lo que yo sentía cuando veía a otros hombres disfrutar con una mujer no se parecía en nada a lo que había sentido con ese hombre. – apretó los labios y fue capaz de subir la mirada hasta los ojos del doctor. Era un recuerdo duro. Se sintió sucio e indefenso. Tantos años después de aquello y el simple recuerdo hacía que sus ojos se humedecieran todavía.
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Re: Love is not a madness

Mensaje por Hatshepsut el Sáb 4 Jun - 0:09

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Cuando Roger aseguró haber prometido que nunca hablaría respecto a aquellos asuntos que resultaban cruciales para conocer su psique, Anthony torció los labios en una discreta mueca de decepción. Por eso, cuando el muchacho cambió de parecer, el doctor tuvo que esforzarse para contener una sonrisa y un suspiro de alivio. Aquello podía ser un pequeño e importante paso en el camino hacia la recuperación. Sabía por experiencia que, desde el primer momento en el que un paciente reticente se lanzaba a hablar de su intimidad por primera vez, luego siempre resultaba más fácil. Lo costoso era romper aquella primera pantalla que separaban al profesional y al enfermo, sobre todo si se trataba de un miembro que pertenecía a las clases sociales más altas. Los individuos de a pie, los trabajadores y el proletariado siempre mantenían las defensas más bajas, pues no tenían un honor tan firme que proteger, ni una reputación familiar de generaciones enteras que mantener a flote. Le daban menos importancia a todo aquello, y aunque pudiera parecer contraproducente, eso los hacía más felices. La sociedad aún tenía muchas lecciones que aprender sobre la frivolidad y las cosas que importaban de verdad.

Anthony se preocupó de asentir un par de veces mientras el paciente le relataba sus experiencias homosexuales, dándole a entender que lo estaba escuchando atentamente. Su rostro, sin embargo, no reflejó ningún tipo de sentimiento o reacción; tal y como le había asegurado a Roger, él no estaba allí para juzgar. Su subjetividad se quedaba en el pasillo cada vez que atravesaba la puerta del cuarto de un enfermo. En cualquier caso, encontró muy reprochable la actitud que el progenitor del paciente tuvo con él después de que le confesara sus extraños impulsos sexuales. La violencia no era nunca la solución, mucho menos ante problemas que afectaban la mente. El dolor, la represión, solo hacía las cicatrices más profundas y el trauma más intenso. Había muchas formas de ayudar, pero los golpes y las palizas no eran la adecuada. Había que dejar que el afectado expusiera sus problemas, que dejara salir a la luz sus pulsiones, pues solo entonces podían eliminarse. Mientras continuaran estando enterradas en lo más profundo de la inconsciencia, sería doloroso llegar hasta ellas.

La libreta del doctor se iba llenando de garabatos y esquemas que, a pesar de no tener ningún significado aparente, eran toda una fuente de información para él. Había aprendido a cifrar sus notas no solo por la confidencialidad que exigía su empleo, sino porque así evitaba el riesgo de que el paciente leyera lo que apuntaba sobre él y su caso. No debía ser muy agradable descubrir lo que un experto en psiquiatría opinaba de tu desequilibrio mental.

Lo cierto es que la primera experiencia de Roger no había sido como Anthony se imaginaba. Los hechos traumáticos solían darse antes de experimental el impulso anormal, no después. Si hubiera sido forzado a mantener relaciones sexuales antes de sentirse atraído por los varones, habría tenido sentido, pero ahora... quizá, aquella mala experiencia sirviera para reforzar su convicción, para empujarlo a buscar un encuentro que sí satisficiera sus expectativas. Resultaba evidente que el caso no iba a resultar tan sencillo como había esperado, pero eso no echó atrás al doctor.

Ya veo –Anthony asintió y alzó la vista del bloc, encontrándose entonces con la mirada de su paciente. El intenso tono cobalto de sus ojos se atenuaba bajo una capa de lágrimas que parecía estar conteniendo, así que se limitó a guardar silencio durante un par de minutos, cediéndole un margen para que se repusiera. Las personas guardaban recuerdos en su interior, y podían hacerles frente o ignorarlos durante mucho tiempo, a veces hasta olvidarlos por completo. Sin embargo, cuando aquellas memorias se expresaban en voz alta, se volvían realidad de nuevo. A Anthony le apenó que un muchacho tan joven y prometedor tuviera que cargar con aquél tipo de experiencias. ¿Lo peor? No era el primer paciente que le narraba experiencias abusivas. Y aquello lo enfurecía, aunque no podía expresarlo frente a Roger. Ni siquiera podía decirle que lo sentía, y mucho menos que, a su parecer, aquél hombre capaz de abusar de un muchacho de diecisiete años merecía estar entre rejas–.  Entiendo que fue una experiencia sumamente desagradable, señor Bennet... pero imagino que eso no impidió que volviera a buscar un encuentro homosexual más adelante –Anthony pasó un par de páginas en su bloc, buscando un espacio en blanco, y le dedicó a su paciente una pequeña sonrisa. Quería transmitirle su opinión: que era realmente valiente por atreverse a contar todo aquello y que lo estaba haciendo realmente bien–. Entonces... ¿cuándo disfrutó por primera vez con otro varón?

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Re: Love is not a madness

Mensaje por Lost Chris el Lun 6 Jun - 20:47

LOVE IS NOT A MADNESS
Sonrío con desgana y asintió cuando el doctor trató de empatizar con él diciendo que estaba seguro de que había sido una experiencia desagradable. Él lo puso en duda. Nunca nadie se había puesto en sus pies y no iba a creerse que aquel hombre que le miraba con una acentuada curiosidad le pudiera comprender en absoluto. Le veía anotar cosas en ese bloc mientras él hablaba. Él estaba abriendo su alma por primera vez en su vida y lo único que recibía a cambio era el sonido del lapicero contra una hoja de papel, una palmadita en la espalda y otra pregunta más.

Parpadeó pesadamente sin dejar de observar al doctor. Se preguntó quien sería aquel hombre. Seguramente estaría casado y tendría una preciosa pareja de hijos rubios de ojos azules como los suyos. Cada noche su casa olería a algún delicioso guiso que compartiría con su adorable familia. Daría un beso de buenas noches a los pequeños y leería en la cama un buen  libro antes de apagar la luz y echarse a dormir.

Al fin el doctor levantó la vista del bloc y le lanzó la siguiente pregunta. Esa era fácil de responder. – Todas las demás veces. – inclinó un poco la cabeza hacia la derecha y la apoyó en la pared. –Pero supongo que se refiere a la primera vez que disfruté tras ese incidente. – Roger echó la vista atrás en sus recuerdos y aquel día se presentó ante él como si fuera hoy mismo. – Ya había cumplido los diecinueve. Durante ese tiempo había tenido un par de novias, si quiere llamarlas así. Pero entonces ya estaba soltero. Solía acudir a muchas fiestas, ya sabe, por ser hijo de quien era. Una noche me invitaron a una fiesta benéfica, no conocía al anfitrión pero había oído que era un comerciante francés de muy buena reputación. Siempre me ha interesado el comercio así que pensé que sería una ocasión perfecta para conocer ese tipo de negocio. – Al joven no se le conocía ni oficio ni beneficio pero era cierto que había hecho muy buenos negocios en el pasado. Tenía ojo para eso, pero su cabeza no estaba centrada en lo que hubiera debido estar. – Me sorprendí cuando le conocí, no debía tener más de treinta años. Imaginaba que sería un hombre mayor, conocedor de la economía mundial, un hombre de mundo. Y lo era, pero era realmente joven. Y atractivo. Supongo que por aquel entonces no sabía disimular mis pensamientos y debió ver el modo en el que le miraba. No podía evitarlo. ¿Conoce esa sensación? ¿Ver a alguien y no poderle quitar la vista de encima aun y sabiendo que puede resultar de mala educación? – le preguntó al doctor. – Me sentí… Demasiado expuesto, tal vez. Si, esa sería la palabra. Y decidí ir a despedirme para marcharme. Pero él insistió en que nos tomáramos una última copa antes. Se podrá imaginar que no pude negarme. Hubiese hecho cualquier cosa por aquel hombre en aquel momento. – el joven sonrió un poco, totalmente ajeno al lugar en el que estaba recordando esos sentimientos. La gente creía que tan solo le movía el sexo enfermizo y asqueroso. Pero no, era más que eso. Él sentía cosas. Su corazón latía y las mariposas revoloteaban en su estómago cuando estaba con el hombre que deseaba. Y aquel comerciante fue alguien muy importante para él. Más de lo que él hubiera podido imaginar jamás cuando entró en aquella biblioteca repleta de libros para tomar aquella última copa.
Sin darse cuenta se había quedado en silencio dejando su relato a medias, con la mirada perdida en los ojos del doctor. Le miraba pero no le veía. Su mente le había transportado a aquella noche y a los fantásticos días que le siguieron.
PSIQUIÁTRICO. CON ANTHONY IVES
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