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Every rose has its thorns.

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Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Dom 3 Jul - 20:57

Recuerdo del primer mensaje :



1x1
Plot
Épocas pasadas/Drama
Every rose has its thorns.
Entre intrigas y golpes por debajo de la mesa, transcurre la vida en la corte inglesa. Amigos y enemigos beben del mismo cáliz a la par que dedican falsas sonrisas a aquellos que desean ver muertos. En medio de las hipócritas adulaciones, la joven pareja encargada de regir los destinos de toda una nación, sortea las dificultades que la vida les presenta en los dos aspectos que tratan de compaginar: matrimonio y deber.


Atrás quedaron las épocas en que los esposos solían disfrutar de la mutua compañía, ahora atrapados en un trato indiferente donde la distancia parece ya insalvable; ninguno de los dos es capaz de rectificar los errores que mantienen su unión en vilo y la aparición de nuevas mujeres para satisfacer al rey no ha hecho sino empeorar las cosas. La tensión existente alcanzará su punto máximo cuando alguien del pasado regrese para atormentar a la joven reina, poniendo todo su mundo de cabeza.

¿Se habrá equivocado ella al priorizar la estabilidad sobre el amor?
Constance White
Reina consorte · 18 años · Rebecca Fergusson
Lyra


Constance, proveniente de una familia noble aunque poco importante jamás imaginó cuál sería su destino. Siendo poco más que una niña, John Stafford se fijó en ella y empezó a cortejarla, haciendo que ella se enamorara perdidamente de él. Su sueño de un matrimonio feliz se vio truncado cuando su amado tuvo que partir y ella se convirtió en el objeto de interés del hermano de éste, William. Constance, aún con el corazón roto por la marcha de su amado, pero aún suspirando por él, le hubiese rechazado... de no ser porque William es el rey, y al rey no se le rechaza. Como esposa y reina, Constance se esfuerza por cumplir lo que se espera de ella, aunque su corazón roto le da un aire melancólico que ha hecho que su esposo pronto busque compañías más divertidas.
William IV.
Rey de Inglaterra y Señor de Irlanda · 33 años · Henry Cavill
Lucrezia


William James Henry Stafford, mejor conocido como William IV, soberano de Inglaterra e Irlanda, Duque de York, Duque de Normandía, Duque de Cornualles y Defensor de la fe, nació como el primogénito de la familia real, con un hermano nacido pocos minutos después que él, a quien llamaron John, Duque deRichmond y Somerset. Tuvo además una hermana llamada Elizabeth, cinco años menor. Fue criado con todas las comodidades a las que podía aspirar, instruido en toda disciplina que debía dominar a fin de convertirse algún día en el gobernante ideal.

Conforme los años transcurrieron, se distinguió como un fiero guerrero, valiente como el que más e impulsivo por igual. Fueron muchas las escaramuzas en que arriesgó la vida con tal de hacerse con la victoria, acarreándole la fama de "siempre ganador" de la que tanto alarde hacía. Acostumbrado a no perder en el campo de batalla, tampoco admitía derrotas en el lecho, llevándose a la cama a cuanta mujer deseaba. Gustaba de su vida de soltero pero sabía bien que su mayor deber era casarse para dar herederos al reino, eligiendo como esposa a Constance White, una noble venida a menos de un reino enemigo, con el que se pactó la paz mediante la vía matrimonial.

Elegir a Constance no fue casualidad: era sabido por él que su hermano John y la dama habían sostenido un amorío de pocos meses, razón de más para que William se obsesionara con ella. Al principio, parecían llevarse bien pero el constante anhelo de la reina por el amor perdido terminó por alejar al rey, que se refugió entre las piernas de cuanta dama conseguía.


Última edición por Lucrezia el Vie 21 Oct - 8:17, editado 1 vez
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Vie 4 Nov - 21:48



Constance con William
Dia
Aposentos
III. Walking on broken glass

Contance digirió todas y cada una de sus palabras lentamente, repitiendoselas una y otra vez. Eran palabras que había deseado oir durante años, prácticamente desde el inicio de su matrimonio. Cada vez que él se acostaba con otra, cada vez que le hacía un reproche, cada vez que la hería... ¿no podía haberle dicho eso en lugar de hacerla sufrir? Durante un segundo quiso no creerle, quiso impedir que esas palabras le llegasen al corazón. Pero no pudo. Esas palabras eran lo que más había deseado oír durante años y ahora no podía fingir que su esposo no las había pronunciado. Sin embargo, entre digerir lo que había escuchado y pensar qué decir a continuación tardó tanto en reaccionar que era fácil que William pensase que no iba a hacerlo.

- Jon no debe reinar - respondió al fin - Eso sería el fin de Inglaterra, lo sabéis tan bien como yo - sin embargo, la imagen de William y ella en una casita en el campo, rodeados de niños era tan hermosa... - He sido feliz - continuó - Cada vez que me besabais, cada vez que me tomabais entre vuestros brazos, cada vez que olvidabais hacerme algún reproche... me habéis hecho feliz cada vez que me habéis hecho sentir amada. Pero luego siempre volvían los reproches, os marchabais con otra... y yo me sentía desgraciada porque nunca he sido suficiente. Para vos nunca he sido suficiente - se humedeció los labios, que estaban resecos por tantos dias sin hablar y casi sin comer ni beber - Siempre volvéis a mi... pero yo no quiero que volváis. Quiero que no os marchéis. Y no sé cómo hacerlo, como tampoco sé por qué volvéis, aunque cada vez que lo hacéis doy gracias.

Se paró unos segundos, porque sentía que iba a estallar en llanto y no quería hacerlo. A él no le gustaba verla llorar y ella estaba intentando mostrar que podía complacerle, que no era un fracaso total. Aunque costara. Aunque doliera.

- Vuestras palabras que quitaron las ganas de vivir. Me hicisteis más daño que en todos los años juntos, que todas las veces que me quedaba llorando porque os sabía en brazos de otra. Y... ahora... - volvió a tomarse el tiempo necesario para conseguir serenarse - Me habéis hecho daño de mil formas, pero siempre habéis sido honesto. ¿Debo creer al hombre que me dijo que me apartaría de su lado o al hombre que dice que me necesita? Debo saberlo, debéis serme totalmente sincero en eso. Mentidme en todo lo demás a partir de ahora si lo deseáis, pero sedme sincero en esto. Decidme cuál de las dos cosas es cierta. Sólo os pido eso - le empujó suavemente para hacer que se acostara, incorporándose en el proceso y mirándole a los ojos - Eso, y que si queréis desterrar los fantasmas del pasado tendréis que ayudarme. No habéis querido entenderme o creerme en todos estos años, pero lo único que me hacía olvidar a John erais vos. Vos sois el único que puede alejarme de la tristeza y la melancolía... pero os habéis pasado años arrojándome a ellas. No sé si no lo entendéis o no queréis verlo, pero vos sois el único que puede darme la vida o quitármela sin necesitar nada más que palabras y actos. Sé que estoy poniendo mucha responsabilidad en vuestras manos, pero es así. Así que decidme, esposo... ¿sois el hombre que me odiaba tanto que me casi me mata al romperme el corazón o sois el hombre capaz de reunir los trozos y recomponerlo sólo con palabras?

No había nada parecido a una acusación o un reproche en su voz. Sólo una auténtica necesidad de obtener una respuesta. De saber qué debía creer, porque quería y a la vez no quería creer que al menos una parte de él la amaba y necesitaba. De saber si debía dejar que su corazón volviese a latir o si debía dejar que se parase. 
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Sáb 5 Nov - 8:52



William con Constance
Día
Aposentos reales
Walking in a broken glass.
— John tiene de rey lo que yo tengo de santo. — Concordaba con ella en la nula capacidad de John para regir un país pero no podía evitar pensar que cediendo la corona, muchos problemas se terminarían. — Él lo considera su legítimo derecho, cree que está destinado a ello cuando no tiene idea alguna de las responsabilidades que conlleva ser un monarca. — Él tenía suerte o al menos así deseaba creer, tenía a su mujer para ayudarle a lidiar con las intrigas palaciegas, llevando casi todo el peso sobre sus hombros. — ¿Habéis pensado qué sería yo sin vos? Lo mismo que habría sido de mi padre sin su esposa, nada. — A pesar de los problemas existentes, reconocía que la labor de Constance como reina consorte era loable, siempre preocupada por otras personas antes que por sí misma. — Si soy buen rey, es gracias a vos. Lo creáis o no, me hacéis mejor persona cada día a pesar de que soy un mal marido. — En el tiempo que llevaban casados, su comportamiento había pasado de ser escandaloso a irreprochable.

Se mantuvo sereno ante cada frase que veladamente hacía hincapié en esa conducta vergonzosa, impropia de un hombre que ostentaba el título de rey; Constance lo amaba pero dicho sentimiento no lograba cegarla ante los defectos que como esposo y persona, William poseía. Era vengativo, cruel e incluso pecaba de soberbio además de infiel pero la poca valía que tenía era gracias a ella, a que día con día se esforzaba tratando de hacer la vida conyugal algo más tolerable para ambos. — No sabéis lo que fue para mí darme cuenta que añorabais a alguien más con esas miradas que lo decían todo sin necesidad de palabras. — Recordar aquello alimentaba en él la rabia, los celos y todos esos sentimientos negativos que intentaba evitar día con día. — Cualquier hombre se pondría como loco ante una cosa así pero lo mío no era solo por descubrir que amabais a John, fue porque no he amado a nadie como os amo y a decir verdad, la idea de perderos me aterra más de lo que me gustaría reconocer. — Un suspiro largo secundó aquella admisión, dejando que el hombre emergiera en vez del monarca.

— He intentado olvidaros con tantas mujeres que he perdido la cuenta y ninguna sirvió para llenar el vacío causado por vuestra indiferencia, por esa melancolía perpetua. — La lista de amantes era larga, muchas de ellas conocidas por ser parte del séquito real en diferentes etapas o bien, hijas de nobles caídos en desgracia que buscaban recuperar el favor del rey. — Odio reconocerlo pero fallé, ninguna es como vos. — Ignorando sus recientes heridas y el dolor que persistía en cada centímetro del cuerpo, comenzó a llenarla de besos alrededor del rostro; le besó la frente, los párpados y se desplazó hasta la nariz con suma lentitud. — Y aunque no puedo conquistaros mediante palabras o canciones hermosas, dejaré que sean mis acciones las que os demuestren el cariño que profeso por vos. — Un par de besos en la punta de la nariz lo llevaron inevitablemente a bajar hasta sus labios, apropiándose sin más de ellos en un beso ansioso, urgente y cargado de necesidad.

Se separó al notar cómo faltaba el aire pues su entrecortado aliento denotaba que había demorado más de la cuenta besándola. — Si pudiera, os haría otro hijo para demostraros cuánto os amo.— El estar convaleciente no era impedimento pero debido a la delicadeza de una mujer embarazada, ambos tendrían que pasar un largo período en abstinencia. — Pero ya que no puedo someteros a ello ¿Os bastaría con reposar a mi lado de ahora en más? Siempre y cuando cumpláis las indicaciones del médico, por supuesto. — Sentenció, si bien la petición sonaba más como una orden.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Sáb 5 Nov - 21:02



Constance con William
Dia
Aposentos
III. Walking on broken glass

De nuevo su esposo pronunciaba palabras que ella llevaba demasiado tiempo necesitando oir. Ella quería resistirse, necesitaba protegerse... pero por una vez su corazón, tan blando y tierno, jugó enteramente en favor de William.

- No dejaremos que John reine - afirmó con tanta firmeza como suavidad - La corona es vuestra y luego será de nuestro hijo - algo de rubor apareció en sus mejillas cuando William reconoció su labor como reina. Ella se consideraba una mera consorte, un adorno que como obligación extra se encargaba de todas las pequeñas cosas y de favorecer la imagen de la corona con obras de caridad, intentando siempre que sus decisiones fuesen del agrado de su esposo. El auténtico poder lo ejercía él. En todos esos años, Constance no se había dado cuenta de que había suavizado en mucho la forma de gobernar de su esposo, haciendo que se encaminase de forma que primaban sus virtudes sobre sus defectos - Intento desempeñar el papel que me habéis otorgado lo mejor posible. Intento tomar decisiones que sean buenas para todos y que sepa que vos aprobaríais, si hubieseis de refrendarlas.

A medida que William confesaba sus celos, el corazón de Constance se estremecía al darse cuenta de que él había sentido el mismo dolor que ella. Y no se había dado cuenta. Todo el tiempo había pensado que se enfadaba por no ser el centro de su mundo, como un niño egoísta. Pero no. Había sentido su misma desesperación.

- Creo que sí me hago idea - le miró con ternura y pena, arrepentida por todo el daño que le había causado - Lo que describís... lo que ahora veo en vuestras palabras y vuestros ojos... es lo que yo sentía cada vez que os sabía en brazos de otra - iba a añadir que ambos habían sido igual de idiotas, igual de crueles, igual de torpes. Pero no pudo porque William, empeñado en ignorar sus intentos de hacerle reposar, empezó a repartir unos besos que se le antojaron tan dulces que terminaron por disipar sus intentos de fortalecer su corazón. Una sonrisa extremadamente dulce, la misma que había aparecido en sus labios la primera vez que experimentó placer en manos de su esposo, apareció en sus labios, devolviendo la luz a su rostro. Quiso decirle que no necesitaba palabras o canciones, le bastaba con que la envolviera en sus brazos. Pero no tuvo tiempo porque William reclamó sus labios, y ella se los entregó sin reserva alguna, tan ansiosa y necesitada como él. Si él quisiera entender que eran esos besos los que conseguían arrancarle toda la pena y la melancolía que pudiera sentir... 

Se separó a regañadientes cuando ambos necesitaron recobrar el aliento. Y cuando él pronunció su siguiente exigencia, casi volviendo a ser el William que podía comportarse como un niño, tuvo ganas tanto de reír como de pegarle. 

- Eso, esposo mio, era lo que deseaba que dijeseis cuando abristeis los ojos después del accidente - podría haber sido el peor de los reproches, dado que aquellas primeras palabras habían sido lo que había desembocado en tanto dolor. Y sin embargo, no había tal reproche en su voz, sino ternura y felicidad - Estar a vuestro lado todo el tiempo, que nos refugiemos el uno en el otro, es lo que siempre he deseado y añorado. De modo que seré una buena esposa, obedeceré al médico en todo. Me alimentaré, descansaré y haré cuanto se me ordene... siempre que pueda hacerlo a vuestro lado. Y con la condición indispensable de que seáis igual de bueno que yo y sigáis también las indicaciones médicas, para que os repongáis cuanto antes. Tenéis que descansar y dejar que os hagan las curas. Yo misma os las haré, si me lo permitís. Pero tenéis que recuperaros. El reino, vuestro y yo os necesitamos
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Lun 7 Nov - 8:43



William con Constance
Día
Aposentos reales
Walking in a broken glass.
— Ahora que tocáis el tema, debo recordaros que tenéis la obligación de conseguir un matrimonio conveniente para él con alguna casa que nos garantice alianzas pacíficas. — Si el bebé que esperaba Constance resultaba ser varón, John sería el segundo en la línea sucesoria e iría descendiendo puestos conforme la reina continuara trayendo potenciales herederos al mundo. — Sabéis que no tenemos buenas relaciones con Francia pero mi tío os estima en gran medida y tal vez consigáis que acepte dialogar una posible tregua mediante la vía del casamiento. — Creía recordar que el monarca francés tenía un heredero que suscitaba todo tipo de rumores por sus inclinaciones sexuales y una hija llamada Cateline, mujer piadosa como la que más, célebre por su exquisito porte y belleza, capaz de inspirar tanto canciones como bajas pasiones.

Dejaba en manos de Constance esa tarea tan delicada porque él no deseaba dar motivo alguno para tensar más las relaciones entre ambos reinos. — Lo que sea que hagáis, procurad que sea pronto. — No solo era importante salvar su matrimonio, también debían construir relaciones convenientes con los distintos reinos extranjeros, especialmente si con algunos tenían antecedentes familiares. — En cuanto tengáis una respuesta, hablaré con él. — Aquello no iba a gustar a John, que veía en su hermana política a la mujer con quien deseaba pasar el resto de su vida, no a una casamentera. — Si acaso tenéis una niña, no puedo nombrarla heredera pero sí que procuraré para ella lo mejor, desde la educación al matrimonio con un hombre digno no solo por su poderío económico, también como persona. — Tal vez debido al tema de la paternidad solía pensar más a futuro que antaño, aunque no se detenía siquiera a considerar esa posibilidad.

Bufó. Atender las indicaciones del médico no es que se le diera bien pero estaba dispuesto a ceder en ello por no ver a su mujer yendo de un lado a otro mientras estuviera embarazada. —  Es un trato justo. Espero que no os aburráis de mí tan pronto. — Volvió a sentarse en la cama, maldiciendo por lo bajo ante las dolencias que experimentaba, intentando no hacerlo notar. Aun así, estiró la mano para alcanzar la campanilla que descansaba cerca de su cama, llamando al servicio. Instantes después, una multitud de doncellas y mozos hacían acto de presencia ante los reyes. — Traed comida, tanta como podáis proveer. Si es posible, un lechón bien asado o cordero si es que no hay más. — Carne. Su mal hábito no desaparecería nunca pero iba a ignorar la prohibición si es que existía tal. — Cumplid cada capricho de vuestra reina sin importar cuál sea, hacedlo con celeridad y procurad no ser motivo de disgusto para ella  u os lo haré pagar. — Enunció. Una orden suya se cumplía sin rechistar pero un mandato de Constance era otra cosa.

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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Miér 9 Nov - 19:26



Constance con William
Dia
Aposentos
III. Walking on broken glass

Suspiró cuando William le recordó la necesidad de casar a John.

- Tengo una lista de candidatas, aunque todavía no he tenido ocasión de estudiarlas. Si lo deseáis, escribiré lo antes posible al rey de Francia, aunque creo que deberíamos revisar también el resto de opciones. Sería bueno tantear distintas posibilidades antes de ofrecer un compromiso en firme - se dio cuenta de que en todo el tiempo que había pasado desde el torneo no había preguntado por John - ¿Sabéis cómo está vuestro hermano? Tampoco deberíamos apresurarnos en ofrecer su mano si está convaleciente.

Le miró durante unos instantes, acariciando su mejilla y deseando volver a besarle.

- Aguardad hasta que la criatura venga al mundo para pensar en qué hacer con su futuro. Quizá sea niño, quizá niña. Nada podemos hacer para favorecer lo uno o lo otro, de modo que no nos preocupemos antes de tiempo.

Le ayudó a incorporarse, recolocando las almohadas para que estuviese cómodo, en vista de que no iba a conseguir que permaneciese acostado. Cabezota... aún se abriría una herida o algo peor. 

- Jamás me he cansado de estar a vuestro lado, y jamás me cansaré - afirmó, con absoluta seguridad - Es más probable que seais vos el que desee deshacerse de mi - se volvió al ver entrar al servicio, con la delicadeza de no censurar las órdenes de William, a pesar de desaprobarlas. ¿Cómo podía querer comer tanto en el estado en que estaba? Acabaría empachándose y enfermando, y era lo último que necesitaba. Aunque que tuviese hambre era buena señal - Traed también algo caliente. Sopa o consomé. Y pan blanco. Y pato - esto último salió de sus labios antes incluso de que ella lo pensara. De repente sentía necesidad de comer pato - Quiero pato asado. 

El servicio se apresuró a seguir las órdenes, mientras Constance se preguntaba por qué de repente sentía ese deseo de comer pato. Le gustaba el pato asado, más que el pollo de hecho. Pero, al contrario que William, que era capaz de comerse una vaca, ella era de poco comer. Solía preferir caldos, verduras y carnes ligeras, no asados. Y desde luego, no solía pedir nada en especial para ella. Cualquier cosa que William desease sobre la mesa le parecía bien, y cuando comía sóla, pedía lo que fuese que hubiese en la cocina, sin pedir que preparasen algo ex profeso para ella. Pero ese dia sentía un irrefrenable deseo de comer pato. Y también se sentía algo incómoda, ahora que lo pensaba. Le molestaba el pecho, a pesar de llevar un vestido cómodo.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Sáb 12 Nov - 5:34



William con Constance
Día
Aposentos reales
Walking in a broken glass.
Como buen hermano — gemelo además — se preocupaba por el estado de salud del príncipe, exigiendo que le informasen si existía alguna novedad y si no, entonces cada hora. — Vivirá para contarlo. Perdió el ojo a causa de una astilla, tiene rotos varios huesos pero en general se encuentra estable. — Respondió sin un ápice de sentimentalismo evidente. Claro que le interesaba lo que sucediera con él pero no quería dejarlo entrever por precaución, temeroso de originar una ola de pánico entre los cortesanos. — Su vanidad seguramente se verá afectada pero de ahí en fuera creo que sabrá acostumbrarse, no tiene opción. — Una de las cosas que más odiaba era el hecho de buscar un compromiso pero confiaba en Constance y en su capacidad de persuadir a las distintas casas reales para pactar una posible boda, si bien él prefería sanar viejas heridas con Francia.

Sonrió. Generalmente las cocinas del reino solo atendían su apetito voraz porque la reina consumía poco, casi cualquier cosa; lo que sí sorprendió a propios y extraños fue el explícito deseo de comer pato asado, una petición un tanto rara tomando en cuenta que solía elegir manjares ligeros. — Que así sea. Traed frutas también y una jarra de vino, otra de agua fresca. — Dispuso las cosas de tal modo que tuvieran un festín aunque fuera sobre la cama, ordenando que pusieran un par de mesas cerca de ellos a fin de hacer más cómoda la convivencia para ambos. — También postres, preparad todo un banquete para que podáis consentir a la reina como se merece, que bastantes sustos ha pasado ya. — Ordenó que todos se retirasen, dejándolo a solas con su esposa. —Creí que comer pato no era de vuestro agrado. — Encogió los hombros a pesar de experimentar dolor en tal acto. La notaba rara pero atribuía tal comportamiento al embarazo, a los síntomas que el galeno había descrito como probables en un estado así; William se mostraba preocupado y atento sin inmiscuirse demasiado en los asuntos mujeriles, a una distancia prudente.

— El galeno ha dicho que debéis comer bien, que a fin de cuentas estáis comiendo por dos y el bebé necesita que la madre se alimente lo mejor posible. No quiero que os quedéis con antojo de nada, si no lo tenemos entonces se manda traer aunque tengáis que esperar un poco. — Se mostraba dispuesto a complacer cada capricho suyo siempre y cuando no rayara en la exageración, pues estaba bien mimarla de vez en cuando pero no siempre. — ¿Os ha dicho el médico si puedo bañarme? Puede que no os disguste mi olor pero comienza a sentarme mal. — Enunció, un tanto frustrado por la poca movilidad que los vendajes permitían.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Mar 15 Nov - 17:37



Constance con William
Dia
Aposentos
III. Walking on broken glass

No pudo evitar estremecerse al imaginar el aspecto que John debería tener en esos momentos. Y una parte de ella se sintió mal por no haber pensado apenas en él en todo ese tiempo. William tendría razón, su vanidad se vería afectada, y seguramente su humor también. Aunque a pesar todo, Constance seguía imaginandolo atractivo. Un parche en el ojo no le quitaría tanta belleza como podría quitarle a otro y le añadiría un punto de exotismo. Y de todas formas, eran los padres de las candidatas los que aceptarían o rechazarían el compromiso, y a ellos poco les importaba cuántos ojos tenia.

Las órdenes de William le arrancaron una pequeña sonrisa. Demasiados sustos, sí. Le gustaba esa forma tan particular que tenía de consentirla.

- Me gusta el pato asado, pero es una carne muy grasa y pesada. No me gusta sentirme demasiado llena, por eso suelo comer cosas más ligeras. Pero ahora tengo hambre y antojo. Supongo que el bebé quiere pato - rió - No os preocupéis, al bebé no le faltará de nada - se aflojó las ropas cuanto pudo sin perder el decoro - Y vos deberíais poner cuidado con lo que coméis ahora - le regañó con cariño - Una indigestión es lo último que necesitáis - observó su gesto de dolor algo preocupada - Supongo que podréis bañaros cuando vuestras heridas estén cerradas, siempre que tengáis cuidado. Pero si os sentís incómodo, después de comer pediré que cambien las sábanas y os lavaré yo misma. Puedo usar uno de mis jabones de esencias, si gustáis.

El servicio se apresuró a preparar la comida, y en pocos minutos empezaron a llegar platos. Tan pronto como apareció la primera bandeja de viandas por la puerta, el estómago de Constance empezó a rugir y la joven reina casi se relamió, reacciones extrañas en ella. Por lo visto, el bebé empezaba a tomar el control de su cuerpo... y había salido al padre.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Miér 23 Nov - 21:28



William con Constance
Día
Aposentos reales
Walking in a broken glass.
La explicación de Constance acabó por aumentar la curiosidad que William sentía respecto al embarazo ¿Debería comenzar un criadero de patos para satisfacer el antojo de la reina? Posiblemente.   — Sé que me habéis dicho que no coma tanta carne pero no puedo evitarlo, en ese sentido soy más bien como un salvaje. — Comía en grandes cantidades pero mantenía un peso ideal gracias al extenuante régimen bajo el cual se ejercitaba como buen deportista que era. — Bastante hacéis ya con cuidarme durante la convalecencia y no quiero afectar vuestro pudor al delegaros el deber de asearme. — A veces aludía al falso decoro para no agobiarla con tareas innecesarias, especialmente tratándose del baño.  La desnudez entre esposos no era un tema raro pero no se trataba abiertamente, si bien ambos sí que se habían visto sin ropa y conocían a la perfección el cuerpo del otro.

— Tenéis que descansar, me habéis prometido eso si yo dejaba que os echarais a mi lado y eso he hecho. — Advirtió. Tenían en juego muchas cosas, de ella dependía especialmente que el embarazo llegara a buen término y después de  los continuos intentos por concebir, perder al bebé era un lujo que no podían darse. — Buena falta os hace descansar ¿No creéis? Seguramente vuestro hijo también desea permanecer en cama un poco más. — Él era poco cariñoso, bastante parco al momento de demostrar afecto pero eso no impidió que diera un par de palmadas al vientre de su esposa — si es que realmente estaba tocando donde era — para que su hijo o hija notaran cuán comprometido estaba con la situación, dispuesto incluso a permanecer en cama si Constance lo hacía también.

A manera de entretenimiento, conversó con su esposa sobre anécdotas de guerra, narrando con lujo de detalles cada escaramuza militar hasta el último instante, guardando silencio una vez que los sirvientes hicieron acto de presencia para servir el banquete.   — Ya era hora… — Se esforzaba por cuidar los modales pero en aquel instante, sus necesidades primigenias podían más que él. Mientras las doncellas servían una porción de pato en el plato de la reina, William se ocupaba de cortar sendas  partes del lechón, preocupándose más bien poco o nada por sus excesos cuando se trataba de comer. — ¿Habéis hablado con el doctor sobre si podréis o no…? — Calló. No necesitaba pronunciar más palabras para explicar a qué se refería; suponía que la respuesta sería negativa pero quería corroborarlo antes de intentar cualquier otra cosa. — Lady  Howard me envió una carta hace días, me temo que olvidé comentároslo. — Hizo un esfuerzo sobrehumano para estirarse lo suficiente en pos de alcanzar un delgado papel blanco, ligeramente arrugado. — Enviudó hace poco y suplica que en virtud de la amistad que os une, intervenga a su favor para que la aceptéis como vuestra dama en la corte. — Dejó la misiva en manos de Constance para que pudiera leer el contenido. Lady Clementine Howard era una mujer entrada en años como para ser considerada acompañante pero su discreción y sabiduría eran apreciados en todo el reino, sobre todo porque actuaba siempre conforme a firmes principios morales y religiosos, leal como ninguna otra.  
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Dom 27 Nov - 23:24



Constance con William
Dia
Aposentos
III. Walking on broken glass

Sí, William era como un salvaje comiendo. Y en algunas otras. Pero no iba a quejarse. No se sentía con derecho a ello.

- Me preocupa que os siente mal la comida, ahora que estáis convaleciente. Pero es bueno que tengáis apetito, de modo que comed lo que gustéis. Si el galeno no se opone, no seré yo quién lo haga - Suspiró cuando William le recordó su acuerdo, con cierto reproche, al menos a su juicio - No es una molestia para mi asistiros, esposo. Me gusta hacerlo. Pero tenéis razón, os prometí descansar y eso haré - se le escapó una sonrisa cargada de ternura cuando William le tocó el vientre. Le gustaba que lo hiciese - Tendréis que asearos rápido, porque ni yo ni el bebé os queremos lejos - le advirtió, acariciando el lugar que él había palmeado - Y tú y yo tendremos que pensar algo para que tu padre quiera quedarse con nosotros cuando pueda levantarse - le habló a su vientre, con tono maternal.

Fue agradable tener a William para sí, escuchar sus historias y sentirse cerca de él. Tanto que olvidó que tenían una comida pendiente... hasta que se abrió la puerta y el olor a pato asado le llegó, a pesar de la distancia, haciendo que su estómago rugiese de forma audible. Apenas había comido en los dias pasados, y ahora parecía que el hambre le había vuelto de golpe. Tanto que aguardó a que la sirvieran con la expresión de un cachorro ante un filete.

- Consultaré con él si os quedáis más tranquilo, pero por lo que tengo entendido una embarazada puede hacerlo todo, siempre que lo haga con cuidado y no se fatigue en exceso - intuía a qué se refería William, y aunque no tenía ni idea de si entraba entre ese "todo" que decían las mujeres que habían sido madres, le gustaría. Lo cierto era que se moría por dejarse envolver por sus brazos y que la envolviera esa placentera calidez que sólo sentía cuando estaban piel con piel - De todas formas, quisiera buscar una comadrona cuanto antes. Nuestro galeno es un gran erudito en medicina, pero me gustaría contar también con la experiencia de una mujer para esto. Al fin y al cabo... traer bebés al mundo siempre ha sido tarea de mujeres - había pensado bastante en ello, y lo cierto era que se sentiría más tranquila con alguien que hubiese asistido mil partos y que hubiese pasado por ello en su propia piel - Lady Howard... - por supuesto que recordaba a Lady Howard. Había sido la encargada de ayudarla a acomodarse a la corte. La había aleccionado y aconsejado bien, con el cariño de una madre y la sabiduría de quien ha sido la principal confidente de una reina (pues fue dama de la madre de William), y la había ayudado a escoger a las primeras damas de su nueva corte. Y después había partido con discreción, sin exigir ni pedir nada, sin oponerse a que la nueva reina y su nueva corte ocupasen el lugar que les correspondía. Leyó la carta con rapidez, intentando no mancharla con la comida - Claro que la aceptaré. Pero no en mi corte - resolvió - No será una de mis damas. Será la guardesa de nuestro hijo, si quiere aceptar el cargo. No voy a imponérselo, si no desea esa responsabilidad la aceptará como una dama más, pero... no se me ocurre nadie mejor para hacerse cargo de nuestro bebé en nuestro nombre, para ayudarnos y guiarnos en su cuidado y educación - aquel era un puesto importante, pues estaría por debajo de los reyes en lo que a los cuidados del futuro príncipe o la futura princesa se refería, lo que significaba poder a la hora de encauzar su educación. Era uno de los cargos de mayor confianza, al menos para Constance, y no se le ocurría nadie más adecuada para ello. Lady Howard cuidaría del bebé como si fuese de su sangre y no tendrían que preocuparse por posibles intrigas.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Mar 29 Nov - 8:12



William con Constance
Día
Aposentos reales
Walking in a broken glass.
— Haced lo que consideréis conveniente. Aunque quisiera daros mi opinión, coincido con vos en que parir es cosa de mujeres y mis consejos no serían más que palabras vacías. — Quería ayudar cuanto pudiera para hacer del embarazo algo tolerable para ella pero él desconocía cuán complejo podía ser un proceso así. Sabía de sobra cómo engendrar niños pero sus conocimientos sobre partos se reducían a imaginar mujeres con barrigas enormes que poco tiempo después abandonaban la habitación con un bebé en brazos. — Lo único que os pido es que si planteáis la opción de una comadrona para asistir al galeno, lo hagáis con toda sutileza. Recordad que es un médico fiel a la corona y que os sirve con gusto. — Había comido casi la mitad del lechón pero su hambre todavía no acababa. Comía tan rápido como lo digería, por eso es que se permitía participar en grandes banquetes y comilonas a pesar de los disgustos de su esposa.

Retomó el tema de Lady Howard con cierta nostalgia. Vagamente recordaba a la mujer cuidando de él cuando era niño y también de John; la reina madre siempre había manifestado inmenso cariño por ella, por lo que no sorprendió que al ser coronada Constance, Lady Howard fuese designada como responsable de la corte mientras la reina consorte se habituaba a su nueva vida. —Lo creáis o no, sentí mucho el fallecimiento de su esposo. Él fue mi maestro de batalla y era un hombre cabal, honorable como ningún otro. Su muerte fue una gran pérdida no solo para su esposa, también para Inglaterra. — Todavía lamentaba no haber acudido al funeral del hombre que prácticamente había asumido un rol de padre con ambos hermanos pero la noticia del deceso llegó para él cuando estaba liderando un ataque contra una facción de opositores cuyos fondos provenían de una casa menor buscando hacerse con el poder.

Una de las cosas que más amaba de ella era precisamente su bondad, esa habilidad para apreciar lo bueno que otras personas tenían para ofrecer sin menoscabar el valor personal. — Seguramente aceptará. Tengo entendido que ella cuidó de mi madre durante todo el embarazo y fue la única en estar presente durante el alumbramiento, sus consejos os servirán para que paséis esta etapa sin muchas molestias. — Algunos de los cortesanos de mayor edad seguían aplaudiendo la valentía y el aplomo de Lady Howard, refiriéndose a ella como “una amiga sincera” de la anterior reina, quizás la única persona en quien llegó a confiar realmente. — De cualquier modo, no tendréis que preocuparos por la seguridad. He hablado con Charles para proteger de cualquier ataque todas las habitaciones conforme las designéis para el bebé. Será él quien supervise el bienestar de nuestro hijo y si algo sucede, responderá ante mí con la vida. — William era un guerrero por naturaleza y tomaba decisiones que parecían crueles a pesar de ser prácticas. El primer hijo de la pareja era esperado no solo por ellos, también por los miembros de la corte y el pueblo llano, por lo cual toda precaución era poca si se trataba de salvaguardar a un miembro de la familia real.

Bebió un poco más y continuó comiendo hasta dejar solo huesos en el plato, rehusándose a probar alguna otra cosa pues estaba satisfecho. — Seguramente apreciará que seáis vos quien le escriba. Se ha dirigido a mí pero si ve que la recordáis con cariño, no dudará en acudir a vuestro lado. — Él podía escribir la carta pero prefería delegar el asunto en manos de Constance pues era más comprensiva y solía tener mayor facilidad para mostrar empatía.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Dom 4 Dic - 21:48



Constance con William
Dia
Aposentos
III. Walking on broken glass

Decidió evitar comentar que el galeno era más leal a William que a ella. Al fin y al cabo, prácticamente la había declarado única responsable de la tardanza en engendrar, cuando ambos sabían que era dificil que ella pudiera parir un niño si su esposo no se lo metía antes. Pero Constance no era de las que se abandonaban a los rencores, y además tenía que reconocer que, si bien el galeno era parcial y favorecía a su esposo, era un hombre muy competente y juicioso. Había cuidado de ella y, lo más importante, de William. Constance sabía que sus nervios eran problemáticos y el galeno los había tratado incluso antes de que nadie los señalara. Pero, sobretodo, tenia esposo por lo bien que atendió a William tras el torneo. De modo que asintió a la petición de su esposo. Sería cautelosa al sacar el tema de la comadrona, e incluso le pediría que fuese él quien buscase a una de su confianza. 

Miró a William con cariño al oirle hablar de los Howard.

- No tuve ocasión de conocer a su esposo tan bien como a lady Howard, pero sé que para vos fue casi un padre. Y ella, casi una madre. Sin duda, perderle a él fue un duro golpe para todos, y es una verdadera lástima que nuestro hijo, si resulta ser varón, no pueda tenerle de referente - dejó una suave caricia en su mejilla - Aunque lord Howard prácticamente os crió. Gran parte de lo que sois lo aprendisteis de él. Si os doy un varón, podrá conocer a lord Howard a través de lo que dejó en vos. Y para mí la presencia de lady Howard será un alivio. La recuerdo como una mujer tan firme como cariñosa, la clase de persona a la que una puede aferrarse - igual que lady Blythe, aquella dama a la que debía tanto y con la que ahora sentía que había sido un tanto injusta - Yo escribiré la carta a lady Howard, pero creo que ambos deberíamos firmarla. Creo que eso le gustará. 

Que no tendría que preocuparse por la seguridad del bebé, pensó, llevándose la mano al vientre de forma inconsciente. William podría poner a todo su ejército ante los aposentos infantiles y guardar la cuna él mismo espada en mano, y Constance seguiría preocupándose. Porque eso hacen las madres, preocuparse por sus bebés. Por el momento ella podía mantenerle a salvo de todo, pero una vez abandonase su cuerpo... ¿Cómo estar segura de que estaba en buenas manos en todo momento? No podía darse el lujo de mantenerle a su lado siempre. Sus hijos, especialmente los varones, serían más de Inglaterra que de ella, por mucho que eso le partiese el corazón. Pero se sabía afortunada, a pesar de sus preocupaciones. No se sentía capaz de confiar en niñeras y doncellas, no creía que fuese a hacerlo nunca. Pero con lady Howard y los Blythe junto a ella y su bebé, sabía que William y ella podrían dormir tranquilos. 

- Somos afortunados por tener tanta gente leal. Los Blythe serán tan buena influencia en nuestros hijos como pueda serlo lady Howard. Si os soy sincera... de no teneros a vos como esposo y a ellos como amigos y miembros destacados de la corte no sé si sería capaz de afrontar el embarazo con calma. 

Entonces un pensamiento la asaltó y reavivó sus preocupaciones. Tenían gente muy cercana y leal, pero también un enemigo en potencia bajo el tejado. Al fin y al cabo, John se vería desplazado en la linea sucesoria por todos los hijos que ella trajese al mundo... y la relación entre William y él no era estrecha, precisamente. No quería pensar en John como un hombre vengativo capaz de vengarse de su hermano, o de ella, por haberse enamorado de él, a través de unos niños inocentes. Pero esas cosas pasaban. No sería el primer candidato al trono que decidía pasar por los que estaban encima en la línea. Ni siquiera era necesaria una mala relación entre John y William, sólo por aspiraciones políticas podría formarse un partido en torno suyo que, con su plena complacencia o manejándole como a un muñeco, pretendiera hacerse con el poder. Y como madre y reina, esa era la peor pesadilla de Constance. Pero procuró que William no se diese cuenta.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Miér 7 Dic - 8:20



William con Constance
Día
Aposentos reales
You're not alone.

Meses después…

Contándose ya el séptimo mes a raíz de que la reina anunciase su embarazo, los preparativos para recibir al primer hijo de la pareja no habían hecho sino aumentar; día con día el galeno supervisaba el estado de salud tanto físico como mental de Constance, añadiendo nuevas instrucciones a su lista de cuidados para garantizar que al momento del alumbramiento no tuviera mayores problemas. — Debéis continuar caminando para que al momento de parir, vuestra condición física ayude a que resistáis los dolores. — Al igual que el médico, la comadrona también hacía hincapié sobre la importancia de mantenerse activa pero sin esforzarse demasiado, prohibiéndole todo tipo de emociones fuertes o disgustos que pudieran afectar su estado de gravidez, perjudicando a la criatura.

A pedido de William, todo el cuerpo médico designado para atender a Constance tenía ante sí la misión de salvaguardar la integridad de la reina antes, durante y después del parto, así como la del primogénito; cualquier omisión a los cuidados o desatención sería castigada con severidad bajo pena de muerte para quien osara molestar a la reina.  Bajo órdenes directas del monarca se había establecido un estricto régimen de limpieza y saneamiento de las áreas comunes, no solo en el palacio sino en todo el reino, especialmente en zonas consideradas como foco de infecciones. Charles Harrow — esposo de Lady Blythe y mejor amigo del rey — supervisaba incansablemente cada brigada de limpieza, sin escatimar en gastos al momento de enviar hombres para cubrir la demanda que representaba limpiar todo el territorio. Sorpresivamente, los súbditos habían acogido el mandato sin protestar, cambiando sus hábitos de higiene para mostrar simpatía a la reina encinta, a quien todos adoraban debido a lo bondadosa que era con quienes resultaban menos afortunados.

Pero el nuevo estado de Constance no solo había traído júbilo y dicha al reino; William se hallaba cada vez más comprometido con el embarazo, satisfaciendo cualquier capricho que ella pudiera tener aunque para ello despertara a media corte en mitad de la noche o destinara grandes sumas para traer de otros reinos exóticos manjares. Ocasionalmente compartía el  lecho con ella aunque tal convivencia se había ido disipando conforme su estado avanzaba pues a decir del galeno “El voluminoso vientre de la reina puede ser un problema para su descanso y el del bebé”. Desde entonces las visitas de William se habían reducido significativamente, acudiendo junto a Constance un par de minutos por las noches, donde con suerte podía sentir a su hijo patear el vientre en que se hallaba.  Si las predicciones resultaban ser ciertas, su esposa estaba gestando a un vigoroso varón, hecho que el galeno no se cansaba de alardear y cuya mayor certeza eran las marcas violáceas en Constance, cada día con nuevos cardenales.

Del bebé se decía que heredaría el carácter de su padre, demostrándolo aún sin nacer; tantos eran los rumores que incluso llegaron a oídos de John, transformado de pronto en el tío modelo, acompañando a la reina en sus paseos por el campo e incluso sugiriendo algunos nombres para el heredero. Quizás era esa la única cosa que podía criticársele al padre, su falta de consideración pero con un reino que gobernar, el tiempo era escaseaba para permitirse paseos u otras atenciones que no fueran las de preguntar por la salud de la madre y el bebé o bien, acudir junto a ellos si tenía oportunidad. — A Dios gracias que la reina soporta la preñez sin quejarse. No tenéis idea de cómo son algunas mujeres… mi esposa solía herirme el brazo cuando el bebé pateaba. — Charles acompañaba a William a través de los extensos jardines luego de tan agotadora jornada; habían estado atendiendo asuntos relacionados con la construcción de un nuevo hospital y supervisando también el trabajo de remodelación para la casa que destinaría a su primogénito apenas llegara al mundo.

— Dicen que todo va bien y si así es, pronto Inglaterra tendrá un príncipe. — Secundó, mirándole. El género de su hijo le daba igual pero un varón siempre era más apreciado debido a temas de linaje, especialmente sucesorios.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Vie 9 Dic - 13:35



Constance con William
Dia
Aposentos
IV. You're not alone

Constance empezaba a perder la cuenta de las semanas que pasaban. Su vientre fue redondeándose, y no fue lo único. También sus pechos y su rostro tenían un aspecto más redondeado, producto de la preñez.

No había dia que no recordase lo que sintió la primera vez que el bebé se hizo notar. Fue un dia atareado, y William la obligó a sentarse a descansar junto al fuego durante un rato. Ella intentaba convencerle de que descansase también, de que se quedase un rato a solas con ella. Entonces notó algo y se llevó la mano al vientre. William no tardó ni medio segundo en arrodillarse, preguntando si estaba bien y si tenía que llamar a alguien para que la atendiese. Ella le cogió la mano y la llevó al lugar donde había sentido un golpe, incapaz de pronunciar palabra. El bebé volvió a patear y Constance empezó a llorar en silencio, de pura emoción. William no, porque él no era de los que lloraba, pero al comprender que aquello era algo bueno se pasó quién sabe cuanto tiempo acariciando y hablando al vientre de su esposa.

Desde ese momento, el rey buscaba al menos unos minutos al dia para dirigirse a su futuro heredero y acariciar el vientre en el que se gestaba, esperando sentir sus patadas. La criatura era bastante activa, y desde esas primeras patadas Constance no dejó de sentir sus movimientos, hasta el punto de que a veces se agotaba sólo por eso y tenía que ponerse a cantar o pedirle a William que conversara con su hijo, porque a veces su voz lo calmaba. Sin embargo, no se quejaba, todo lo contrario. Sentia mucha ternura al notar aquella vida dentro de ella, y tanto el galeno como la comadrona afirmaban que era bueno que el bebé fuese activo, pues significaba que estaba sano y fuerte.

Sin embargo, a medida que los dias pasaban y el embarazo avanzaba, la pareja real fue distanciándose sutilmente de nuevo. A medida que el bebé se desarrollaba, William empezó a dispensar a Constance de sus obligaciones para que atendiese su embarazo, que era prioritario sobre todo lo demás. Para cuando alcanzó su séptimo mes de gestación, la jornada de Constance se basaba en la alternancia entre pasear por los jardines o los pasillos del castillo y descansar de dichos paseos. Recibía cuidados constantes y en ocasiones se sentía un poco agobiada.

William se esforzaba por satisfacer todos sus caprichos... salvo uno. No pasaba con ella tanto tiempo como deseaba y ya no compartían el lecho. Sin embargo, Constance se esforzaba por no tenérselo en cuenta, pues sabía que se debía a que ahora él era el único que se hacía cargo del reino y que no frecuentaba su lecho por miedo a molestar o dañar a ella misma o al bebé. A pesar de ello, parte de ella temía que estuviese ocupando el lecho de otra. Cosa que podía entender, pero que le dolía en lo más profundo de las entrañas, pues era inevitable que lo hiciese.

La mayor sorpresa se la llevó por parte de John. Esperaba encontrarle resentido con William y con ella, por las consecuencias del torneo, por estar planeando su compromiso y por el embarazo, que irremediablemente lo desplazaba en la linea sucesoria y era la muestra de que el matrimonio de los reyes, aunque con altibajos, funcionaba. Sin embargo, fue todo lo contrario. Tras una recuperación mucho más larga que la de William, John se convirtió poco a poco en el compañero de Constance en sus paseos de embarazada. La sujetaba del brazo gentilmente, caminando despacio para que no se fatigase en exceso, siempre con una sonrisa y algo de lo que charlar. La ponía al dia de chismes, le contaba anécdotas de su infancia o cuentos para que después pudiera contárselos a su bebé, la mantenía informada de las novedades, le hablaba de reyes y grandes hombres del pasado en busca de inspiración para nombrar al heredero... Tan atento y amable era que la ingenua reina pensó que todas las tensiones y toda la mala sangre habían quedado en el pasado e incluso bromeaba con que John se había convertido en la mejor de sus damas.

John no era el único que acompañaba a Constance. Ésta sospechaba que William había dado órdenes para que, además de vigilar su preñez, la mantuviesen entretenida. Lady Blythe, su fiel dama y amiga, y la buena lady Clementine Howard, que había accedido gustosa a regresar a la corte y responsabilizarse de ayudar con el cuidado de la reina y el bebé, pasaban con ella todo el tiempo posible, recordándole que debía comer y descansar, frotando sus tobillos hinchados y dando consejos sobre cómo cuidar de los recién nacidos, ayudándola a prepararse para la maternidad. Las tres se juntaban tras los paseos de Constance, siempre con té caliente y algo de comida. Constance se acomodaba con los pies en un barreño o en alto, para dejarlos descansar, y lady Clementine tejía o bordaba algo para el bebe mientras lady Blythe leía o comentaban los chismes del dia.

En general, eran dias tranquilos. De no ser reina, Constance se hubiese sentido feliz, rodeada de personas que la prodigaban atenciones cariñosas. Pero era reina. Una parte de ella no podía dejar de pensar en que esa especie de retiro al que se veía sometida afectaba al reino y al rey de una forma que ella no deseaban, pues sabía que se necesitaba una reina... y temía que alguien acabase sustituyéndola en el corazón del rey, aprovechando que no podía hacer mucho más que pasear y descansar.

Aquel dia, debido a un comentario de John (que Constance consideraba inocente, pero que había sido dejado caer con toda la intención), la reina estaba intranquila y ansiosa por ver a su esposo. Sabía que estaba ocupado y no quiso molestarle por un temor que quizá fuese absurdo, pero deseaba más que nada que William apareciese con ánimo de pasar algo de tiempo a solas con ella. Quizá cenar juntos y pasar un rato charlando, convenciéndole de que le contase su dia. William cada vez compartía menos cosas con ella. Sus damas insistían en que se debía a que no quería preocuparla, y que si la visitaba poco era para dejarla descansar, pues su esposo pasaba el dia atareado y terminaba tarde sus jornadas. Pero lo cierto era que, poco a poco, era precisamente esa cautela de William lo que más la preocupaba.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Miér 14 Dic - 8:10



William con Constance
Día
Aposentos reales
You're not alone.

Un suspiro de alivio escapó de sus labios al dar por finalizada la jornada. Entre manuscritos y audiencias se había llevado todo el día y apenas había tenido tiempo de tocar una frugal cena que dejó casi completa. Hizo llamar a los criados para que preparasen el baño, demorando unos veinte o treinta minutos aseándose para eliminar ese olor nauseabundo que parecía haberle impregnado la piel. — Vuestra esposa ha preguntado por vos, majestad. — James Boyle era un muchacho tan parlanchín como entusiasta y por ello William lo había designado como el intermediario entre Constance y él. — Si no se ha dormido todavía entonces decidle que enseguida iré. — Terminaba de vestirse para dormir cómodamente pero resolvió abrigarse un poco pues no deseaba enfermarse ahora que el reino dependía enteramente de él. Boyle marchó a transmitir el mensaje, dejando que William llamara nuevamente a la servidumbre para retirar los implementos de aseo personal.

Poco después se encaminó rumbo a los aposentos pertenecientes a Constance, declinando cualquier ofrecimiento para ser escoltado e incluso despidiendo a los guardias esa noche; siendo tan escasos los momentos que compartía con ella prefería hacerlo a solas, evitando toda interrupción. Por órdenes del médico habían dejado de compartir el lecho y aunque William no era ajeno a sus pulsiones masculinas, rehusaba buscarse una amante por considerar que era humillante para el futuro heredero y para su esposa. Someter a Constance al estrés que suponía lidiar con otras mujeres en nada ayudaría al embarazo pero sí podía derivar en complicaciones durante el parto, cosas que serían enteramente responsabilidad de William. Él poco conocía de nacimientos o achaques mujeriles pero respetaba como el que más las advertencias del galeno, Lady Blythe e incluso Lady Howard respecto a mantener a la reina tranquila.

— Recibí vuestro recado. — No perdía tiempo en saludos ni en frases cargadas de protocolo porque cuanto antes diese por finalizada la conversación, antes podría ella descansar. — Sabéis que Lady Howard no quiere que trasnochéis, que al bebé no le hace bien. — La comadrona y el galeno habían pronosticado el nacimiento de un varón y aunque no se fiaba de ellos, eso se decía. — ¿Cuándo obedeceréis las indicaciones que os dan? — Avanzó hacia ella y depositó un casto beso sobre la frente. No pretendía hacerla sentir mal pero tampoco era partidario de que desafiase las normas impuestas solo por tenerlo un poco más consigo. — Debéis cuidaros, por favor. Os necesito tanto como Inglaterra necesita un heredero… no podéis daros el lujo de exponer así vuestra salud por simple capricho. — Hacía lo que podía y trataba de dedicar para ella el mayor tiempo posible pero no podía desatender los asuntos del reino. Tomó una de sus manos y optó por sentarse frente a ella, en el suelo; desde esa posición podía admirar su voluminoso vientre y en general las redondeces que llegaban con el embarazo. — ¿Cómo os habéis sentido? — Tenía informantes que se lo decían todo pero no podía estar pendiente tanto como quisiera.

Prodigó algunas caricias al vientre de Constance y le sonrió, intentando animarla. Algo en ella había cambiado y aunque no supo precisar el qué, notaba cierta incomodidad. — ¿Pasa algo? — Pero fue solo cuestión de instantes, luego volvió a notarla alegre y dispuesta a continuar la conversación. — Los artesanos terminaron de construir la cuna ¿No os lo habían dicho? Esta vez se han superado así mismos con todo el trabajo puesto en el mueble. — Dio un beso al vientre de su esposa y le sonrió, animándola. No podía quedarse más tiempo porque ambos debían descansar. — Pediré al galeno que os revise mañana a primera hora, no me gusta el aspecto que tenéis. — Se irguió para ponerse en pie y así retirarse, no sin antes darle un suave beso en los labios.

Sin mayores ceremonias abandonó aquella alcoba, consciente de que retirarse así generaba sospechas pero lo prefería antes que poner en riesgo la salud de su esposa o el bebé. A su habitación llegó bastante cansado — ser monarca tenía sus desventajas — y casi no sintió cuando cayó sobre la cama, rindiéndose en brazos de Morfeo. Ignoraba que mientras dormía, el ajetreo en los aposentos de la reina no hacía sino comenzar.

[…]

— Majestad, tenéis que calmaros… — Lady Blythe intentaba serenar a Constance, sin éxito. Cerca de la medianoche había sentido agudos dolores en el vientre bajo y eso bastó para poner sobre aviso a todo el personal. — Os faltan dos meses, no es tiempo todavía. — Repetía sin cesar pero era en vano. Poco después llegó el galeno y tras un primer examen acabó dictaminando que todos habían errado en las cuentas: la reina estaba en labores de parto. — ¿Pero qué esperáis? — Urgió el médico mientras disponía las cosas de tal modo que Constance pudiera parir en condiciones dignas. — Avisadle al rey. Su hijo está próximo a nacer. — Dicha tarea recayó en Lady Blythe mientras Clementine Howard velaba por el bienestar de la parturienta.
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gor

Mensaje por Harley el Jue 15 Dic - 22:47



Constance con William
Dia
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IV. You're not alone
Un día más. Uno eterno y engorroso, como todos últimamente. Constance se sentía cada día más redonda y más pesada, y sólo su carácter tibio y gentil evitaban que se comportara como un monstruo, como solían hacer las mujeres en su situación. Mantenía la rutina de paseos porque así lo ordenaban su médico y su comadrona, pero lo cierto era que moverse le resultaba un esfuerzo agotador, con esa barriga tan voluminosa. Incluso empezaba a tener algo de miedo, pues todos afirmaban que un vientre tan grande significaba un bebé grande y fuerte, y ella temía no poder resistir al traerlo al mundo. Lady Howard la tranquilizaba, asegurándole que todo era normal y que antes de lo que imaginaba tendría un precioso bebé en sus brazos.

La paciencia y el humor de Constance se sustentaban en los escasos ratos que podía pasar junto a su esposo, y en ese capricho se volvió inflexible. Daba igual la hora, se negaba a acostarse sin ver a William, sin sentir su mano sobre esa barriga tan grande, sin poder pasar aunque fuese sólo unos minutos con él. Su esposo se mostraba algo esquivo, tratando de que las visitas fuesen cortas y de mandarla a la cama cuanto antes, pero ella se negaba a ceder y no verle. Quizá William tuviese otra mujer que le calentase el lecho, ahora que ella era una vaca (cada dia estaba más convencida de ello), pero seguía siendo su esposa y llevaba a su heredero en el vientre. Tenía derecho a exigir unos minutos de su tiempo.

Tanto ella como el bebé se tranquilizaban sobremanera cada vez que WIlliam arañaba unos minutos para ellos. La reina intentaba mostrarse dócil en todo lo demás, a pesar de las molestias por su estado, de modo que sus damas pronto se esforzaron por dejar claro al rey que las visitas eran necesarias y hacían bien a la reina. Todos procuraban tenerla cuidada y contenta, pues conocían su tendencia a la melancolía y en su estado eso era peligroso. Constance se daba cuenta de cuánto la mimaban debido a su preñez, y aunque se daba el lujo de conseguir pequeños caprichos, no abusaba en demasia de esa condición. Era demasiado buena para ello. Lo único que exigía sí o sí eran las visitas de su esposo.

Y se salía con la suya. Aunque William entrase sin saludar, la regañase y práctimente la metiese en la cama y la arropase antes de irse. No le importaba. Su rostro se iluminaba al verle y en cuanto él ponía la mano en su vientre se sentía llena de una paz inmensa.

- No me regañéis, estoy siendo una embarazada modélica - protestó, aunque con una sonrisa maternal en el rostro - Escucho bien todos los consejos de Lady Howard y hago caso de todas las órdenes del galeno y la comadrona, incluido pasarme el dia paseando de acá para allá, a pesar de que esta barriga casi no me deja moverme ya - suspiró, pasando una mano por su vientre - Ver a mi esposo es mi único capricho, y sé que estáis muy ocupado y cansado, pero no podéis negarme estos minutos.

Hubiese preferido un beso menos casto y más atenciones a sí misma que a su vientre, pero cada vez que William posaba la mirada en el lugar donde su futuro hijo crecía aparecía un brillo en su mirada que la enternecía tanto que el corazón le dolía. Había preocupación genuina, pero también ilusión y Constance se sentía feliz por poder brindarle aquello.

- Estoy bien. Estamos bien. Bueno, creo que el bebé está mejor que yo. Me siento gorda y torpe, pero pronto terminará esto - se acarició el vientre con cariño - Pronto podremos ver la carita del bebé, y pensar eso hace que se me pasen todos los males - prefirió no hablarle de los temores respecto al parto y respecto a la salud de la criatura y la suya propia. Bastante le disgustaría con sus quejas de embarazada - Pero aparte de sentirme como una vaca cansada, estoy bien - conforme lo decía, sintió un pinchazo. A punto estuvo de poner mala cara, pero consiguió evitarlo. William no merecía una preocupación más, bastantes tenía ya - Estoy bien - repitió - Pequeñas molestias de embarazada, nada de qué preocuparse. Me han examinado hoy y todo está bien, pero si lo deseais me pueden examinar mañana de nuevo - había consultado a la comadrona sobre aquellos pinchazos, y la mujer le había dicho que no debía preocuparse, porque sólo era su cuerpo ensayando la venida de la criatura. Era normal sentirlos unas semanas antes del parto - ¿La habéis visto? - sonrió cuando le habló de la cuna. Le gustaba saberle pendiente de esas nimiedades a las que otros hombres no dedicaban apenas un par de segundos - Me alegra que esté terminada, pronto habrá que darle uso - sentía más pinchazos, y, no queriendo alarmar a su esposo, aceptó mansamente que William se marchase, vertiendo todo el cariño posible en ese beso que le dio antes de dejarla. Lo cierto era que se sentía cansada y cada vez notaba más pinchazos y le dolían más, y eso le ocurría cuando necesitaba descansar.

Se acostó tarde, y no llegó a dormirse. Los pinchazos fueron en aumento, cada vez más dolorosos, hasta el punto de hacerla gritar. Lady Blythe acudió rauda a su lado (sus damas montaban guardia, atentas a cualquier voz de la reina reclamando ayuda) y trató de calmarla. Sin embargo, para espanto de la joven reina, algo en ella se rompió y empapó sus sábanas. Supo lo que ocurria incluso antes del examen del galeno. Daba igual si faltaban aún varias semanas o si habían errado las cuentas. Su hijo deseaba llegar al mundo. Algo que la aterró más de lo que esperaba.

A su alrededor todo se movió rápido. La comadrona llegó enseguida, y para entonces el médico ya había ayudado a la casi madre a colocarse para traer al mundo a la criatura. Lady Howard sustituyó a Lady Blythe, quien quedó encargada de dar aviso al rey. Aunque pronto los gritos de Constance hubiesen bastado para ello.

La reina no quería gritar. De hecho, al principio hizo cuanto pudo por contenerse. Pero el dolor era demasiado atroz y estaba demasiado asustada. Estaba segura de que iba a morir, de que ese bebé iba a partirla en dos, y en lo único en que podía pensar era en ver a William una última vez. Lady Howard la animó a que gritase cuando deseara, pues de esa forma sería más fácil parir. Y Constance obedeció, porque en ese momento no estaba para discutir órdenes. Bastante tenía con el terror y el dolor que sentía.

Fueron unas horas larguísimas, tanto que Constance pensó que nunca sería capaz de expulsar a esa criatura que trataba de abrirse paso y suplicó que se la sacaran. Como fuera, pero que se la sacaran. Y el dolor se volvió más atroz y aterrador, tanto que pensó que estaba muerta y en el infierno. y el castigo a sus pecados era tener que empujar algo demasiado grande para que saliera por un lugar demasiado pequeño. Y entonces... cesó. Se sentía agotada y tan dolorida como si la hubiesen partido por la mitad... pero estaba viva. Y podía oir el berrido de un bebé que tomaba aire por primera vez.

Lady Clemetentine Howard fue la primera, tras la comadrona, en coger al bebé. Con manos expertas la aseó, quitándole rápidamente la sangre y el resto de fluidos que lo cubrían con ayuda de la otra mujer y apresurándose a envolverlo en una manta de recién nacido, para que no cogiese frio. Fue ella quien colocó a la criatura sobre el pecho de su madre.

- Es una niña, majestad. Una niña preciosa - antes de que Constance pudiera disgustarse por haber parido una hembra, la buena mujer se apresuró a añadir - Habéis hecho un gran trabajo. Iré a buscar al rey, seguro que está preocupado. Descansad, mi reina, que os lo habéis ganado.

Constance se quedó a solas con su niña- Bueno, en realidad el galeno y la comadrona seguían junto a ella, pendientes de la expulsión de la placenta y adecentando en lo posible sus partes bajas, asegurándose de que estuviesen lo mejor que podían estar tras las circunstancias y recogiendo los paños y el instrumental empleado. Pero Constance no era consciente de su presencia. Su mundo se había reducido a aquella criaturita arrugada que había salido de ella. Era tan bonita... Una parte de ella alcanzó a pensar que debería disgustarse porque no era un varón, pero la niña era demasiado maravillosa para ello. Tan pequeña, tan hermosa... tan suya. Porque era suya. Suya y de William, que de repente estaba a su lado, mirando aquella cosita que tenía sobre el pecho, ya calmada tras aquellos primeros llantos.

- Siento que no sea un varón - murmuró, con voz agotada - Pero miradla... es tan bonita...

Había una sonrisa cansada en su rostro de la que no podía librarse. Aquello era un milagro. Ella y William habían hecho otro ser humano, uno pequeñito y hermoso. Estaba feliz, y por el rostro de su esposo, él también lo estaba.

Y entonces volvió a sentir ese dolor desgarrador. Chilló más incluso que antes, incapaz de entender por qué volvía a pasar por aquello, si su niña ya estaba en el mundo. No podía, estaba demasiado cansada para soportar aquello otra vez.

A su alrededor, todos se paralizaron durante unos segundos. Lady Howard fue la primera en reaccionar.

- Viene otro

Esas palabras hicieron que los demás se movieran, aunque Constance estaba demasiado ocupada gritando aterrada para comprender bien lo que ocurria.

- Mi reina, procurad calmaros y resistir - la comadrona volvía a estar entre sus piernas, así como el galeno, quien intentaba hacerle comprender lo que ocurría - Aún no habéis terminado vuestra labor. Viene otra criatura.

- ¡¿Otra?! - Constance rompió a llorar entre gritos - ¡No, no puedo volver a hacerlo, no lo resistiré!

El primer parto había sido duro. Enfrentar otro le parecía imposible. Y no era la única. El galeno y la comadrona intercambiaron una mirada. Ambos temían que, efectivamente, la reina no fuese capaz de resistir un parto doble.

- Claro que podéis - Clementine Howard ya había asistido a un parto como aquel. Aquel en el que WIlliam y John vinieron al mundo. También entonces la madre había creido que no lo superaría. También entonces todos se asustaron. Salvo lady Clementine. Ella sabía bien que no tenía tiempo para asustarse. Había una mujer pariendo que necesitaba que la ayudasen, porque tenía demasiado miedo - Ya habéis traído al mundo un bebé precioso, sois capaz de traer dos. Pensad en lo que habéis sentido al ver su carita, imaginad lo que será sentirlo por partida doble. Vamos, Constance, mi niña, empujad. Todo terminará antes de lo esperado y entonces tendréis dos preciosas criaturas.

Quizá fue gracias a las palabras cariñosas de lady Howard, quizá fue que William estaba en un rincón de la habitación, con su hija en brazos, en un lugar desde el que Constance podía verles, quizá ambas cosas, pero el caso es que, en contra de lo que ella misma esperaba, la reina fue capaz de traer al mundo una segunda criatura. Nuevamente fue lavada rápidamente y envuelta en mantas, para luego ser colocada sobre el pecho de su madre. Una madre exhausta que apenas pudo observar el rostro de aquel bebé inesperado unos segundos.

Se sentía mucho más que agotada. Mucho más que exhausta. No le quedaban fuerzas para nada. Ni siquiera para buscar a William. Ni siquiera para escuchar a lady Clementine anunciar que aquella segunda criatura era un varón.

- William... - murmuró, sacando fuerzas que ni ella sabía de donde provenían - C-cuidales por mi...

Y tras esto, perdió el conocimiento. El galeno se apresuró a comprobar su pulso y su respiración. Seguía viva, sí, pero muy débil. Sin embargo, la comadrona, tras unos minutos angustiosos, pudo anunciar que, a pesar del estado de la reina, el parto había ido todo lo bien posible, y su cuerpo se recuperaría sin problemas. Al menos, en teoría.

En la práctica, Constance estaba sumida en un sueño profundo, muy profundo, producto de haber gastado todas sus fuerzas trayendo a esos dos bebés al mundo. Tan profundo que apenas se notaba su respiración y uno podía pensar que estaba muerta.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Sáb 17 Dic - 8:29



William con Constance
Día
Aposentos reales
You're not alone.

Se puso en pie de inmediato al escuchar los gritos que asolaban buena parte del castillo, reconociendo enseguida a Constance  como la culpable de todo aquel escándalo. Temiendo lo peor apenas atinó a colocarse una bata, intentando guarecerse burdamente del frío, apurando el paso con dirección a las habitaciones de su esposa, completamente sorprendido — y un poco aterrado — por esos clamores lastimeros, más propios de un ánima en pena que de una reina. Fue a mitad del pasillo que encontró a Charles y su esposa pero ninguno podía articular palabra. —Vuestra esposa… ella… — Difícilmente logró entender lo que la mujer trataba de decir así que no esperó más y se apresuró a continuar el camino, posicionándose afuera de los aposentos reales junto con una veintena de guardias, algunos cortesanos e incluso John. — ¿Por qué grita tanto? Que mujer tan escandalosa… — Bufó. Ignoraba las implicaciones de un parto pero no veía razón alguna para hacer de dominio público que estaba por traer un niño al mundo.

—Con todo respeto, Majestad… vos no habéis parido nunca. Quizá gritar sea la manera que tiene vuestra esposa de calmar el dolor. — Lady Blythe no pretendía ofender al monarca pero sí había conseguido dejarlo callado. El atrevimiento de la fémina no pasó desapercibido ante su esposo, quien la reprendió con una severa mirada. — Supongo que tenéis razón. No tengo problemas con ir a la guerra u observar la amputación de un miembro pero en cosas así, solo vosotros entendéis. — Ella tenía razón. Había dado seis hijos sanos a Charles y contaba con experiencia de sobra, así que no iba a ser él quien discutiese cómo debía llevar Constance el parto. —Pronto tendréis a vuestro heredero en brazos ¿No os da gusto? El médico dijo que será un niño sano y fuerte. — Ante las palabras de Charles, William no pudo menos que asentir; los gritos de su esposa estaban sacándolo de quicio pero se controlaba porque nada podía hacer para ayudar.

No supo cuánto tiempo aguardó junto a la puerta o el momento preciso en que alguien acudió a su lado, proclamando a los cuatro vientos que la reina había traído al mundo a una niña, el primer nacimiento femenino en la familia real desde hacía treinta o cuarenta años. — ¿Niña? — Un largo suspiro vino después de sus palabras pero no esperó respuesta, no necesitaba una confirmación. — No es el varón que deseabais, majestad… — Lord Brandon se acercó hasta él, colocando una mano sobre el hombro de William, quien parecía no inmutarse siquiera. — Pero la reina es joven, os dará más hijos. Podéis comprometer a la princesa con alguna casa real para cimentar alianzas que os servirán a futuro. — Brandon casi saboreaba la victoria. Si lograba comprometer a la niña con algún primogénito que resultara conveniente, podía subir escaños en la corte y así estar más próximo a la familia real. Lamentablemente para él, William no pensaba así.

— ¿Quién os ha dicho tal cosa? Aún no tiene nombre pero ya queréis intercambiarla como vil ganado. — Apartó la mano del contrario sin medir lo brusco de su gesto, no merecía consideración alguna. — Debéis agradecer que celebramos una ocasión especial y por eso no os hago colgar por tal ofensa. Es más, puedo aseguraros que gustosamente asumiría las labores de verdugo tratándose de vos o de cualquiera que ose siquiera mencionar planes de casar a mi princesa con nadie pero soy un rey benévolo. — No dijo más, internándose en aquel recinto donde había tenido lugar el alumbramiento.

Su primera reacción fue de extrañeza, confusión. Había más gente ahí pero él únicamente veía a Constance y al delicado bulto que sostenía en los brazos. Avanzó con cautela, temeroso de ocasionar algún ruido que perturbara la paz de tan delicada criatura. — Nunca os exigí un varón, mujer. — Hablaba a su esposa pero su mirada seguía fija en la bebé, en ese milagro viviente que era solo de los dos. — De hecho, más de una vez os hablé de mi predilección por las niñas. — Aquello arrancó algunas exclamaciones de sorpresa y pasmo pues ningún monarca manifestaba tal cosa en el nacimiento de un primogénito. Los varones siempre despertaban la preferencia porque conforme crecieran irían heredando propiedades, linaje y apellido. Las niñas eran amadas pero se les consideraba más una carga que una bendición.

— Sostenedla, majestad. Es vuestra hija también y necesita conoceros también. Algún día será una princesa digna del título que ostenta, no va a decepcionaros, os lo puedo asegurar. — Solícita como siempre, Lady Clementine se apresuró a retirar a la niña cuando acabó de comer. Era tan diestra en el cuidado de niños que sabía cómo hacer para evitar que enfermase de cólicos o cómo prevenir una afección respiratoria. — No sé, podría lastimarla. — Él era tan tosco en sus maneras que temía tocar a la bebé por miedo a herirla de cualquier manera. Aun así acabó venciendo su reticencia inicial para sostener a la niña, acunándola en brazos tal cómo indicaba Lady Howard. — Ahora sí somos una familia. — Muchas cosas cambiarían a partir de entonces pero no le importaba. Se hallaba completamente embelesado, inmerso en esa burbuja de felicidad donde su hija era la causa, donde no había nada más que las dos mujeres responsables de tal dicha.

Nuevos gritos se dejaron escuchar y William — que seguía sosteniendo a la niña y rehusaba soltarla — intercambió algunas miradas con los ahí presentes, como si no comprendiera muy bien lo que acababan de decir ¿Otro hijo? Sabía que los partos múltiples eran posibles porque en la corte todavía se comentaba lo difícil que había sido para la reina traer dos varones al mundo y cómo no si bien logró sobrevivir, las secuelas minaron sus fuerzas a tal punto que pasó casi un año en cama luego de eso. — Os aseguro que la reina estará bien… — El médico intentaba calmar tan caótica situación pero el rey no iba a aceptar sus palabras como ciertas. — Me asegurasteis que faltaban poco más de dos meses para el alumbramiento y miradla… pregonasteis que pariría un varón pero ha sido una mujer ¿De verdad queréis seguir errando? Aseguraos que ambos salgan bien librados u os haré cortar la lengua para que limpiéis la suciedad del parto con ella. — No bromeaba. El médico era brillante pero había cometido errores graves, exponiendo la vida de Constance y del bebé que llevaba en el vientre.

— Ya habéis oído a Lady Howard, mujer. No tenéis más opción que parir. Sé que no queréis hacerlo pero es vuestro deber. — Aludía a su sentido de la obligación para animarla porque la conocía bien y sabía que no era una mujer conocida por dejar las cosas a medias. Su primer pensamiento fue abandonar la habitación junto a la niña pero la comadrona acabó por instarle a no hacerlo, argumentando que el frío haría enfermar a la recién nacida.   — Como digáis. — Bufó, optando por buscar una silla en la que descansar junto a su hija. Podía enfrentarse a mil ejércitos sin rechistar pero no estaba listo para discutir con tres histéricas mujeres sobre qué cosas podía hacer o no al presenciar un parto. No estaba tan loco ni quería morir tan joven así que prefirió mantenerse en completo silencio, de vez en cuando moviendo los brazos para mecer a la niña, a quien no se cansaba de mirar.  

No se atrevió a mirar la cruenta escena a sus espaldas, centrado completamente en esas diminutas manos que con esfuerzo trataban de abarcar las suyas aunque solo conseguían rozarle un dedo. Instantes después alcanzó a escuchar el  fuerte llanto de un bebé y a Lady Howard anunciar la buena nueva: un varón había nacido. — ¿Es verdad lo que estáis diciendo? ¿Es un niño? — No supo de dónde reunió fuerzas pero acabó poniéndose en pie para corroborar por su cuenta que efectivamente, el segundo bebé era un niño tan sano y vigoroso como su hermana. — Un niño… — Murmuró para sí, maniobrando para acercarse a tomarlo en brazos también, luciendo con orgullo a los dos hijos que tenía gracias a Constance.

La vio sumirse en un profundo letargo del que no pudo despertarla por la intervención de Clementine, quien rogó al rey un poco de consideración para con la reina, instándole a permitir que durmiera todo lo posible. Además le explicó que luego de tan angustioso parto,  la pobre Constance se merecía reponer fuerzas porque así su cuerpo sanaría en menos tiempo del estimado. —Id a comunicar la noticia. Ordenad que se reparta dinero entre el pueblo llano y que los artesanos trabajen toda la noche para elaborar los muebles destinados al príncipe. Decidles que pagaré diez veces más a cada uno si terminan antes del amanecer. — Él se dedicó a permanecer junto a Constance, negándose a dejar  a sus bebés al cuidado de alguien más mientras la madre descansaba.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Mar 27 Dic - 23:15



Constance con William
Dia
Aposentos
IV. You're not alone
El letargo de la reina fue tan largo que, conforme pasaban las horas, todos a su alrededor empezaron a inquietarse. Sin embargo, nadie tenía valor para decirle al rey que quizá su esposa nunca despertara. Seguía viva, sí, pero quizá no fuese capaz de despertar.

Lo cierto era que estaba muy muy muy débil. Había agotado todas sus fuerzas trayendo al mundo a aquellos dos bebés. Su recuperación iba a ser lenta, muy lenta, mucho más que la de otras mujeres. En realidad, no durmió todo el tipo, pero estaba demasiado cansada incluso para abrir los ojos, de modo que apenas eran perceptibles los momentos de consciencia de la reina. Tampoco ella estaba del todo segura de si lo que sentía a su alrededor era real o producto de un sueño. A veces, cuando recuperaba algo de consciencia, aunque permaneciese con los ojos cerrados y demasiado débil para moverse o hablar, podía oír el llanto de sus hijos y la voz de su esposo. Supo que William estaba con ella y que no permitía que apartasen a sus bebés de su lado. Aunque quizá fuese sólo un sueño, era tan bonito que quiso creer que era real.

Seis dias pasaron sin que la reina diese muestras de abandonar su estado. El galeno y sus damas se encargaban de asearla, cambiarle las sábanas, comprobar su estado físico y deslizar algo de caldo cálido y potente por sus labios, procurando mantenerla alimentada. El propio galeno reconoció que no tenía ni idea de si aquello servía para algo, pero debían intentarlo, pues la reina parecía encontrarse a medio camino entre la vida y la muerte y su responsabilidad era que se decidiese por el primero.

El sol del sexto día empezaba a ponerse cuando, por fin, Constance logró reunir fuerzas suficientes para abrir los ojos.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Jue 29 Dic - 5:46



William con Constance
Día
Aposentos reales
You're not alone.

— Vosotros no debéis despertar a vuestra madre todavía. Llorad menos o más bajo y dejadla dormir, que bastante ha hecho para traedles al mundo.

Desde su posición, William observó a sus hijos recién nacidos, intentando hablarles con seriedad a pesar de que no comprendían sus palabras. Se contaban ya seis días desde que la reina había dado a luz en medio del caos que significaba parir dos bebés en el mismo día, sin siquiera saber que esperaba un alumbramiento por partida doble. A partir de entonces — y para sorpresa de todos en la corte — William había asumido un rol activo en la crianza y cuidado de los niños, delegando las funciones de rigor en manos de Lady Howard y Lady Blythe cuando sus ocupaciones como rey lo requerían pero encargándose de arroparlos o hablarles durante horas hasta hacerlos dormir por las noches. Mientras Constance convalecía, los cortesanos se esforzaban para ayudar en cuanto podían, tratando de que la paternidad no superase al rey o bien, para que aprendiera a lidiar con su posible viudez.

Los cotilleos palaciegos se habían reducido al máximo, especialmente porque casi cualquier conversación versaba sobre Elizabeth Rose Magdalen y Henry Alexander William, príncipes de Inglaterra; la elección de tres nombres para cada uno no dejaba a nadie indiferente y no eran pocos los que preguntaban sobre cómo habían llegado los padres a elegir tales opciones entre las tantas que se presentaron. John — el príncipe y anteriormente segundo en línea de sucesión — era el artífice tras esas elecciones pero casi nadie lo sabía; en sus paseos con la reina había tenido ocasión de sugerir e incluso redactar una lista de combinaciones que posteriormente Constance había revisado junto a William, optando así por los más adecuados y que evocasen un linaje real, siendo en su mayoría pertenecientes a ancestros procedentes de prósperos períodos monárquicos.

— Seréis buenos con vuestra madre, recordad lo que os he dicho… yo no fui especialmente bien portado con la mía pero vosotros tendréis que serlo. — El ocaso estaba presentándose y para los niños, eso significaba hora de recurrir a la nodriza para alimentarse, además de un cambio de pañal. —Y no hagáis escándalo, la despertaréis. — Advirtió, especialmente a Rose. La niña era la primogénita y como tal, se le daba bien llorar a los gritos para tener pendiente a cualquiera que anduviera por ahí si su padre no podía, aunque era especialmente ruidosa cuando escuchaba a William hablar. Henry se comportaba de forma más tranquila, sin molestar tanto pero igualmente mostraba carácter cuando no quedaba satisfecho al ser alimentado o al llegar el momento del baño.

De modo que ahí estaban: tres de cuatro personas tratando de hacer que la última se sintiese bien teniéndoles cerca aunque no sabían si viviría para verlos interactuar como familia. El pronóstico del galeno era incierto pero cada posible remedio había sido ejecutado con celeridad, por lo cual todo quedaba a la suerte o por intervención divina.

Bajo ese pensamiento se ocupó de acunar entre sus brazos a los niños, meciéndolos de vez en cuando mientras se sentaba junto a Constance y dormitaba a ratos ya que no había podido descansar bien en varios días.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Sáb 21 Ene - 9:15



Constance con William
Dia
Aposentos
IV. You're not alone
Lo primero que vio Constance al abrir los ojos fue a su esposo sosteniendo a sus niños. Una imagen tan hermosa que le costaba creer que fuese real. Estaba acomodado junto a su lecho, con aspecto cansado y las dos criaturas envueltas en mantas. ¿Cuanto tiempo llevaría ahí? Parecía que realmente se había mantenido a su lado todo el tiempo que ella había estado recuperándose.

Intentó incorporarse para acercarse a William y a los niños, pero pronto constató que, aunque despierta, seguía escasa de fuerzas. Gimoteó, sintiéndose impotente. Quería ir con ellos, quería abrazarles y llenarles de besos, a los tres, pero apenas podía moverse.

- William... - le llamó, casi como una súplica, para ver si la oía y acudía a su lado. El lecho era grande, cabrían los cuatro. Y en ese momento le daban igual cuarentenas, descansos y recomendaciones médicas. Sólo quería estar junto a su familia.

Le costó un par de intentos y unos segundos muy largos, pero por fin William pudo oirla. Por fin pudo sostener a sus hijos en brazos, lo que la hizo llorar de felicidad.

- Soy tan... pequeños - fue lo primero que dijo sobre ellos - Parecen tan frágiles... Son preciosos. Hemos hecho dos príncipes preciosos y perfectos.

Podría pasarse horas mirando sus caritas adormiladas y dejando que se aferraran a sus dedos con esas manitas diminutas. Pero sólo se los dejaron unos segundos. Los pequeños tenían que comer, y seguramente necesitaran un cambio de pañal. Casi se echó a llorar cuando se los quitaron. Los pequeños pronto empezaron a gimotear, pues deseaban ser alimentados, lo que hizo que Constance sintiese un nudo en el estómago y molestias en el pecho.

- Quiero hacerlo yo - pidió, intentando sin éxito retener a los pequeños en sus brazos - Son mis hijos, debo hacerlo yo. Por favor, dejadmelos.

Las niñeras miraron al rey, vacilantes. Aunque no era lo habitual, Constance no sería la primera reina que amamantaba a los príncipes. Pero esos dos eran una pareja de tragones y ella estaba delicada. Sin embargo, quizá precisamente por eso deberian permitir que los amamantara, ya que si se alteraba demasiado (y su rostro presagiaba que quitarle a esos niños de los brazos la alteraría). William estaba en contra, pero finalmente Lady Howard, que supervisaba todo lo referente a los pequeños,  convenció a los presentes de que dejaran que Constance intentase amamantar a los príncipes. Estaba débil, sí, pero el llanto hambriento de los niños había hecho que su camisón se manchase, signo inequívoco de que sus pechos estaban preparados para alimentarlos.

De modo que Constance fue ayudada a incorporarse entre almohadones y descubrirse los pechos, y los pequeños fueron acomodados contra ellos, de modo que ambos pudiesen mamar al mismo tiempo. La joven reina no pudo evitar llorar de felicidad, a pesar de sentir algunas molestias, al experimentar aquello.

Definitivamente, los niños habían sacado el apetito de su padre. Estuvieron mamando un  largo rato, hasta vaciar los pechos maternos, dejando agotada a su madre. Lady Howard ordenó que los pequeños fuesen retirados para bañarlos y cambiarles los pañales, prometiendo que los traerian de vuelta lo antes posible.

- Necesitáis descanso, alteza, y ellos algunas atenciones. Pronto los tendréis de vuelta. Mientras, vuestro esposo os hará compañía.

La dama le lanzó una mirada de advertencia a William antes de retirarse para supervisar el baño principesco. Conocía al rey, y sabía que cuando se preocupaba podía ser muy duro en sus palabras y en sus formas, especialmente tras estar a punto de perder a su esposa. Pero Constance no necesitaba regaños, sino cariño. Había hecho algo muy dificil, merecía ser recompensada.

Cuando estuvieron a solas, Constance pareció hundirse en los almohadones, esperando que William la regañase por su empeño de atender ella misma a los bebés, por estar tan débil, por haber estado a saber cuánto tiempo casi muerta... Aunque lo que deseaba era sentir sus brazos alrededor y ser acunada por su calor, esperaba ser regañada, como si fuese una niña caprichosa. De todas formas, le daba igual. Tenía dos bebés perfectos y maravillosos, había sido capaz de alimentarlos, y su esposo, por mucho que la regañase y la tuviese por una mujer débil y propensa a caprichos de niña, había permanecido a su lado todo el tiempo. No podía evitar estar radiante de felicidad.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Dom 29 Ene - 6:17



William con Constance
Día
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You're not alone.

A raíz de la convalecencia de Constance, William había tenido que asumir plenamente sus deberes como padre, siempre asistido por Lady Howard o Lady Blythe que tenían a bien instruirle en la manera de criar correctamente a dos recién nacidos cuya madre permanecía en cama, debatiéndose entre la vida y la muerte. Además de sus ocupaciones como dueño y señor de una potencia como aquella, ser padre estaba dejándole con pocas fuerzas para continuar pero aun así intentaba mantenerse a la altura de las circunstancias. Sin Constance ¿A quién tenían los bebés? Debía ser para ellos lo que no era su madre en ese instante, sin importar cuán cansado estuviese. Elizabeth y Henry dependían de él así que trataba de ser el mejor padre que podía, incluso cuando su experiencia era tan poca que se limitaba a seguir las instrucciones de quien poseía mayor conocimiento respecto a temas de crianza.

La voz de Constance le llegó lejana, distante. Un susurro tardío que se perdió entre cuatro paredes hasta ser finalmente escuchado. Giró el rostro en dirección al lecho en donde provenía aquel murmullo y asintió, acercándose poco después. Siendo una enorme cama perfectamente cabían los cuatro así que William optó por dejar a los niños cerca de su madre, permitiendo que los contemplase por primera vez, dejándola vanagloriarse del excelente trabajo realizado al dar a luz a dos hermosos bebés, uno destinado a reinar y otro para hacer compañía a la joven madre. ―Inglaterra y yo estamos en deuda con vos por el maravilloso regalo que habéis obsequiado a quienes no lo merecemos. Habéis dado un príncipe para preservar el linaje, orgullo de toda una nación. Tenéis una hija también, tan digna de su noble estirpe como cualquiera y aunque lo dudéis, tiene carácter. ― Porque sí, Rose en teoría parecía una niña tranquila y delicada pero lloraba fuerte, tanto que el galeno solía decir que había heredado esa condición por su sangre real y ello indicaba su capacidad para regir.

Besó su frente a modo de reconocimiento por su labor, dejándola sostener a los niños aunque fuera unos instantes; a esas horas seguramente necesitarían un cambio de pañal y alimentarse, así que las nodrizas tendrían que hacerse cargo. Arriesgándose a provocar un colapso emocional en la reciente madre, William tenía que decidir algo y pronto, pues parecía que Constance estaba a punto de alterarse si osaban retirar a los niños. Al final fue Lady Howard quien eligió sabiamente, aludiendo a su experiencia previa. Si ella quería alimentar a los bebés y estaba en condiciones aceptables para ello, él no tendría más remedio que ceder, especialmente porque era su deber. ― Sois demasiado terca a veces ¿Os lo he dicho? Hacéis del servicio lo que queréis y de mí también, como vil títere. ― Vio a sus hijos mamar del pecho materno ávidamente, imagen que le sorprendió y enterneció a partes iguales. Notaba su cansancio pero ello no impedía que de su pecho surgiera la leche que alimentaba a los niños y que previamente había manchado su camisón, mostrando el milagro natural de la lactancia. ― Pero si es vuestro gusto que se alimenten de vos, así será. No seré yo quien os lo impida. ― Poco después vio a las nodrizas llevarse a los niños, siendo acompañadas por Lady Howard para supervisar la rutina de aseo que llevaban a diario, según lo estipulado por la mujer de mayor sabiduría.

― Creí que os perdería. Todo el reino os lloró durante días casi tanto como celebraron a los niños. Y dado vuestro estado de inconsciencia he tenido que encargarme de ellos, especialmente de hacer proclamaciones y firmar decretos para agregarlos a la línea sucesoria. Henry es el heredero pero se reconoce la primogenitura de Rose, así como también sus títulos de nacimiento. ― Quizás ella no querría tocar esos temas pero para él era importante hablar de ello, especialmente con John rondando por ahí.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Miér 15 Feb - 22:37



Constance con William
Dia
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IV. You're not alone
Le sorprendió gratamente que William no la regañase. Su actitud la hizo pensar que por fin había logrado hacer algo bien, por fin se sentía orgulloso de ella. Y eso la hacía más feliz de lo que esperaba, tanto que se le empañaron los ojos. Y cuando él le contó que se había encargado personalmente de los bebés y de que había asegurado su posición, no pudo reprimir las lágrimas. El momento le hizo sentir como una niña, pues mientras él la ponía al día y ella se veía sobrepasada por la emoción (las hormonas habían suprimido cualquier control sobre sus sentimientos que ella pudiese tener), una criada la ayudó a cambiar el camisón por uno limpio. Tras ello se recostó contra su esposo, aún sollozando y con una gran sonrisa en los labios.

- Sé que no os gustan las lágrimas - se disculpó - pero la alegría me desborda. Siento también haberos tenido en vilo... estaba tan cansada... - y lo seguía estando. Incluso el leve movimiento necesario para apoyarse contra William le había costado. Pero por sentir su olor y su calor merecía la pena. 

Pocos minutos después, las dos criaturas que había traído al mundo volvían a su lado. Las niñeras que los atendían entregaron uno a cada uno de los nuevos padres. Constance no daba a basto para observarles, intentando memorizar da detalle de sus pequeñas figuras. Acababan de bañarles y desprendían un suave aroma a jabón. Ambas criaturas fijaron sus ojos, aún incapaces de distinguir bien lo que había a su alrededor, en los rostros paterno y materno unos segundos, para luego bostezar al unísono y cerrarlos, ambos tranquilos y saciados. 

Constance apenas se atrevía a respirar, temiendo molestarles. Eran tan perfectos y se les veía tan a gusto...


- Espero ser una buena madre - murmuró, sin saber si hablaba con su esposo o con esos dos bultos que le derretían el corazón simplemente con respirar - William, no sabéis lo feliz que me hace haber podido daros lo que tanto deseabáis y cuánto lamento haber tardado tanto. Hubo un tiempo en que deseé daros un bebé para después retirarme del mundo habiendo cumplido mi deber, pero... ahora no comprendo como pude tener tal deseo - la confesión surgió de ella antes siquiera de que pensara sus palabras - Ahora siento que eso era otra vida, una que terminó en el instante en que sentí a estas criaturas moverse en mi interior... ¿Cómo puede amarse tanto a algo tan pequeño? - hablaba sin poder apartar la vista de sus hijos, casi sin darse cuenta de qué decía. Ahora ellos eran el centro de su universo - Son demasiado perfectos. Me cuesta creer que hayan salido de mi... creo que la pequeña tiene vuestra nariz. ¿Creéis que esa pelusilla tan clara que tienen acabará convirtíendose en rizos dorados?

Quería reír, quería llorar, quería abrazar y cubrir de besos a esas criaturas y quería hundirse en los brazos de William. Al fin y al cabo, él era quién le había dado el regalo que tenía en brazos. Él era el padre de sus hijos, de no ser por él sus preciosos y perfectos bebés no existirían. Amaba a ese hombre. Lo amaba de verdad. Ya antes de ser madre le quería, pero ahora... ahora estaba segura de que William era el hombre de su vida.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Mar 21 Feb - 8:22



William con Constance
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Permitiéndose abandonar la habitual indiferencia con que se conducía, William acabó por abrazar a Constance, estrechándola fuerte entre sus brazos. ― Una vez escuché a mi madre decir que cuando la felicidad desborda el alma, un poco tiende a convertirse en llanto. ― No tenía talento para la poesía pero si algo se le daba bien era recordar la sabiduría popular en forma de refranes que a veces aplicaba en su rutina diaria, especialmente cuando tocaba ofrecer un consejo a quien no entendería con frases rebuscadas. ― Estáis en vuestro legítimo derecho de llorar cuanto queráis si eso sirve como desahogo. Habéis traído al mundo a dos criaturas en un mismo parto y no puedo reprocharos nada. Eso sí, habéis dejado el listón muy alto para cualquier dama en el reino… ahora todas esperan tener hijos así. ― Esbozó una leve sonrisa, recordando la cantidad de solicitudes que habían llegado para el galeno, creyendo que poseía algún menjurje para favorecer embarazos así.

Separándose de ella, acogió a Henry en su regazo mientras la veía acunar a Rose. Contempló absorto durante algunos instantes esa imagen tan tierna que ofrecían y no pudo menos que sonreír. En definitiva no sería igual ni estaría feliz si Constance llegaba a faltarle algún día. ― Habéis cumplido bien vuestro papel ¿Cómo podría recompensaros por tan maravillosa acción? La tradición dicta que debo otorgaros algún beneficio para reconocer vuestro mérito pero luego de dos hijos ¿Acaso existe una propiedad u objeto capaz de igualar tal proeza? Me temo que las opciones son bastante limitadas en realidad. ― Porque no importaba cuánto intentara no pensar en ello, de algún modo u otro, con excepción de su esposa o los bebés, su máxima preocupación era aquella.

― Lady Howard dice que quizás sean rubios, justo como vos. Prefiero que sea así porque ¿Os imagináis si llegan a ser como el padre? Con otro igual a mí es suficiente. ― Y no quería pensar en Rose como una especie de tirana en miniatura o en Henry como un trovador sin oficio ni beneficio. No, él quería niños parecidos a su madre, igualmente nobles como lo era ella. ― No debéis preocuparos por el pasado. También os dije muchas cosas e hice otras tantas para dañaros pero quiero olvidarlo. Estar a punto de perderos durante el parto me ha hecho ver cuán frágil sois y qué hondo puede llegar a calar una frase mal dicha. Temía que no lo superases, a decir verdad… todo el reino rezaba por vos. ― Distraídamente enrolló un dedo en ese rubio cabello que lucía desarreglado y aun así le sentaba tan bien.

― Tenéis que descansar, reponer fuerzas para que podáis desempeñar en condiciones el papel de madre. Sé cuánto deseáis criarlos pero no seréis capaz si antes no os recuperáis. ― Puntualizó en un silencioso reproche. La conocía bien y sabía que era proclive a exigirse de más. ― Es una orden bajo decreto real, por lo tanto estáis obligada a cumplirla. ― A continuación intercambió los bebés, recibiendo a su adorada princesa para asegurarse que dormía plácidamente.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Sáb 25 Feb - 1:23



Constance con William
Dia
Aposentos
IV. You're not alone
Apretó los labios ante el regaño, a pesar de saber que tenía razón. Necesitaba fuerzas para poder atender a sus dos hijos como merecían. 

- Si es un decreto real, tendré que acatarlo - aceptó. Henry le rodeó un dedo con su manita y casi se derritió - Tienen que llevárselos a sus cunitas, ¿verdad? - suspiró. Era lo mejor, ellos dormirían a gusto y vigilados y ella podría descansar. Pero no quería separarse de ellos. Entonces reparó en que eran "ellos" - Porque tienen cunas, ¿no? Dios, no previmos que fuesen dos, no hay un dormitorio preparado para dos bebés - empezó a ponerse un poco ansiosa ante la idea de no tener dos cunas. ¿La cuna sería para Rose, por ser la primogénita, o para Henry, por ser el heredero? ¿Dónde iba a dormir el otro bebé? 

Las niñeras acudieron para llevar a los niños a la cama y ella protegió a su hijo abrazándolo contra su cuerpo, como si temiese que fuesen a dejarlo olvidado en el suelo. Finalmente, y con la intervención de su esposo, los niños fueron llevados a descansar, pues lo necesitaban tanto como su alterada madre. Sólo los fuertes y cálidos brazos de William impidieron que Constance siguiera a las criaturas, aunque fuese arrastrándose por el suelo porque no podía caminar. Eso y la promesa de que en unas horas los tendría de vuelta, para que pudiera intentar repetir la proeza de alimentarles.

Retomó la conversación cuando vio que no le quedaba más remedio que pasar unas horas sin sus hijos. Había escuchado todas y cada una de las palabras de su esposo, aunque hubiese estado demasiado embelesada con las criaturas para responder en su momento.

- William... ¿de verdad temisteis tanto perderme? - preguntó, acurrucada en sus brazos como un gatito - Yo... en más de una ocasión hubiese jurado que seríais más feliz sin mi... - ahora se avergonzaba de haber pensado así. Se arrepintió de haberlo dicho, pero estaba demasiado cansada y hormonada para controlarse - Yo siempre he querido ser la esposa y reina que esperabáis, pero os he fallado tantas veces... - se esforzó por reprimir un sollozo - No deseo más recompensa que poder tener a mis hijos conmigo. A mis hijos y a mi esposo - no deseaba nada más que eso. Poder ejercer de madre con sus pequeños, en lugar de entregarlos a desconocidos que los educasen, y tener a su marido todas las noches a su lado - Pero si la tradición manda que me obsequiéis algo... que sea algún sitio hermoso y tranquilo. Quizá cerca del mar... No hace falta que sea grande, ni lujoso. Sólo que sea un lugar donde nuestra familia pueda retirarse de tanto en tanto a descansar. 
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Lichtgestalt el Jue 2 Mar - 5:37



William con Constance
Día
Aposentos reales
You're not alone.

La súbita preocupación de Constance acerca de las cunas, conmovió y divirtió al reya partes iguales. Aun en su estado, seguía pensando en otras personas antes que en ella. ― Nadie se había preparado para ello, tocó improvisar sobre la marcha. ― Y el cómo resolvió aquel dilema era una historia digna de contar. ― Los artesanos fueron sacados de sus lechos y trabajaron tan rápido como fue posible para crear otra cuna, igual de regia como la primera. Lo mismo hicieron los sastres y prácticamente cualquier persona, tuviera o no un oficio.― Para fortuna de ambos monarcas el hecho de tener a Lady Howard dirigiendo el palacio con mano de hierro en ausencia de Constance impedía que William derrochase el dinero comprando cosas que podrían necesitar o no los niños. ― El pueblo os cubrió de flores y regalos también, muchos pasaron la noche en vela a las puertas del castillo para rogar por vuestra salud… sois una reina amada. ― El instinto sobreprotector de la reina afloró y él tuvo que intervenir para ayudar a las nodrizas, resueltas a llevarse a Henry para su siesta como era costumbre. Sin oponerse dejó también ir a Rose, consciente de cuán demandantes podían ser si no descansaban bien.

Tal vez no en su momento pero sí en ese entonces podía analizar con total franqueza que el comportamiento adoptado para con la reina no había sido el mejor y tampoco aceptable: una larga lista de amantes con deseos de poder aunado a rumores sobre hijos ilegítimos y constantes peleas con John eran la principal causa por la cual William tenía poca o nula consideración con su esposa. ― Necesité veros inmóvil y desvalida en ese lecho para comprender cuán vulnerable soy sin vos. Nada habría llenado el vacío, creo que lo sabéis. Sois lo que evita un régimen de terror en manos de un monarca tan desquiciado como su contraparte. ― Refiriéndose a John, que no era precisamente el más cuerdo sucesor. De los dos hermanos se decían muchas cosas y no eran pocos los que afirmaban que las peleas entre ellos se debían a una guerra interna, un conflicto cuyo origen había tenido lugar en el vientre materno pero seguía sin resolverse. ― Sé que os he fallado. No creáis que ignoro cuán infeliz os hago al no yacer con vos en el lecho pero creedme cuando os digo que nadie se os compara y sois la mujer a la que disfruto follar mañana, tarde y noche. ― No la única pero sí quien tenía mayor importancia para él. Un cambio en él no sucedería de la noche a la mañana pero reconocer sus sentimientos hacia ella representaba un avance significativo.

No pasó desapercibido el tono cansado con que hablaba y supo que debía concederle cierto tiempo de reposo para no agotar sus incipientes fuerzas. ― Centraré mis esfuerzos en cumplir tal deseo si así lo ordenáis, pero como ya os he dicho no existe lugar equiparable a vuestra proeza. Habéis dado esperanzas al reino, así que os daré el mejor sitio que pueda encontrar dentro del límite de lo posible. ― Besó las mejillas de su reina antes de ponerse en pie, arropándola con cuidado. ― Concentraos en recobrar las fuerzas para que pronto podáis retomar vuestros deberes como esposa, reina y madre. Haced caso a Lady Howard y apreciad a Lady Blythe, ambas han permanecido a vuestro lado fielmente. ― Él también debía descansar un poco. No lo demostraba abiertamente porque el protocolo exigía de él una imagen impecable pero toda una semana velando por su esposa e hijos estaba pasándole factura.
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Re: Every rose has its thorns.

Mensaje por Harley el Lun 27 Mar - 18:10



Constance con William
Dia
Aposentos
IV. You're not alone
Le tranquilizó sobremanera saber que disponían de todo por duplicado, y que sus preciosos bebés tenían cada uno la cuna que sin duda merecían. Aunque ella preferiría tenerlos a su lado. Rió con la historia de cómo se consiguieron los objetos extra y se conmovió al oir que su pueblo se había preocupado por ella. Aunque quizá William exagerase para hacerla sentir mejor.

- Si el pueblo ha compartido vuestra preocupación por mi, debería compartir también nuestra alegría. Deberíamos hacer algo por ellos... quizá donar dinero a orfanatos o construir alguno nuevo... - Constance era conocida por sus obras de caridad, aunque ella no les daba gran importancia. En ese momento, habiendo conocido por fin la felicidad de traer una nueva vida al mundo, no pudo evitar recordar a todos aquellos niños que, por diversas razones, no tenían padres.

Miró a su esposo con una mezcla de tristeza y cariño. William era un hombre fuerte, que apenas dejaba ver sus verdaderos sentimientos, siempre procurando dar la imagen de monarca regio. Debía haberlo pasado realmente mal para expresarse de esa manera. 

- No aspiro a ser la única mujer de vuestra vida, esposo - tenía bien asumido que eso no iba a ocurrir. William era como era, no iba a cambiar su afición por las faldas sólo porque ella hubiese parido dos criaturas. Es más, esperaba que se entregase a esa afición más que nunca, ahora que ella estaría un tiempo sin poder atenderle. Quizá más, pues aunque ella se recuperase, ya había cumplido su función, y si él no la deseaba, no tenía por qué seguir frecuentando el lecho. No sabía si creerle cuando decía que nadie se le comparaba. William era un hombre honesto, incluso en eso. Pero si era cierto... ¿por qué buscar a otras? Sin duda, por buena que fuese era insuficiente - Pero no negaré que extraño vuestra presencia cuando debo pasar las noches sola. 

Dejó que la arropase, como si fuese una niña, evitando suplicarle que se quedara. Necesitaba descansar tanto o más que ella.

- Seré una convaleciente ejemplar - prometió - Para poder regresar a mis funciones cuanto antes. Vos descansad bien, esposo. Inglaterra y nuestros hijos os necesitan más que a mi. 

Estaba segura de que tardaría horas en dormirse, pero en realidad cayó en brazos de Morfeo en unos segundos, y cuando fue despertada para la siguiente toma de los pequeños tuvo la sensación de que acababa de cerrar los ojos. 

El parto había sido mucho más duro de lo apreciable, dejando su cuerpo tan al límite que aún tardaría varias semanas en reponerse del todo. Incluso alimentándose bien y descansando todo lo posible, su recuperación física fue lenta. A veces le parecía que por fin había recuperado las fuerzas, pero durante varias semanas, cualquier esfuerzo que supusiese ir más allá de la distancia entre el lecho y el sillón colocado cerca del fuego acababa por sobrepasarla. 

A pesar de todo, Constance no cejaba en su intento de ser ella quien alimentase a sus bebés, y su cuerpo la recompensaba produciendo leche más que de sobra para saciar a sus retoños. Parecía increíble que alguien de aspecto tan delicado como Constance pudiese producir tal cantidad de leche al dia, hasta el punto de que esta a veces se desbordaba. Pero a ella no le importaba. Lo que le importaba era que sus bebés cada día estaban un poquito más grandes y sonrosados, que el galeno afirmaba que estaban sanos y que ella misma podía constatar que se les veía felices y satisfechos. Si tan sólo pudiese ser capaz de abandonar sus aposentos para acompañar a William en sus funciones de nuevo... 

Aunque éste la acompañaba a menudo (o, más bien, acompañaba a sus hijos), había momentos en los que Constance no tenía ni visitas ni a sus pequeños y entonces empezaba a pensar. Pensaba en William, en brazos de cualquier otra, y temía que su puesto estuviese en riesgo. Él no se le había acercado de una forma mínimamente íntima desde el parto. Constance sabía que, ahora que ella no estaba, sobre sus hombros descansaba todo el peso de la corona, y que no podía aliviar estrés con ella por la cuarentena que debía observarse. Pero aún así... Ella no se hubiese opuesto a alguna práctica menos convencional, si él se la hubiese pedido. O podrían, simplemente, descansar el uno en brazos de otro. Pero no, William ahora debía aliviar sus preocupaciones con otra, pues ella pasaba las noches sola.
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