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Mensaje por CaptainHolmes el Vie 23 Sep - 3:10

What have we become

El Reino de Branem ha estado durante siglos bajo el poder de la línea de sangre de los Warmon. Su trono, testigo de las decenas de descendientes que han pasado por él, aguarda con ansias la llegada del nuevo monarca, a pesar de que pueden transcurrir años hasta que eso ocurra. Alexander, el único hijo del rey, siempre se ha mostrado apto para el cargo, desde el primer momento; en cada reunión, en cada acuerdo, en cada entrenamiento, en sus maneras, en cada acción proveniente de su persona. Sin embargo, la desconfianza que siente hacia los caballos hace las cosas más complicadas de lo que en realidad eran. Su hermano gemelo murió a corta edad al caer de un corcel, ¿cómo no contar con aquella espina de temor? No obstante, pronto establece amistad con el nuevo mozo de cuadra, un joven llamado William al que, lejos de tratarlo como a un sirviente cualquiera, considera su único amigo. El caballerizo y domador a la larga le ha arrebatado de forma desinteresada el miedo a Alexander, exponiendo su confianza. Dicha confianza, momentos juntos y diversas escapadas han promovido el estallido de algunos sentimientos más profundos que pueden ser un peligro tanto para ellos, como para la sucesión de la corona.
Una época difícil donde el amor, la traición y la muerte están a tan solo un paso de distancia.
Alexander H. Warmon
Príncipe | 29 | Max Irons | Miss Hook
William Sawridge
Caballerizo | 30 | Sam Heughan | CaptainHolmes
PLOT • Medieval • 1x1


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Re: What have we become.

Mensaje por Miss Hook el Vie 23 Sep - 19:15

The pain of the lies
Con Will | En el establo | por la tarde
Sabía que aquel imprudente comportamiento que estaba teniendo tendría sus futuras consecuencias, pues poco podría seguir manteniendo aquel secreto. Sin embargo, lo que el joven príncipe desconocía era que el desenlace de aquel cuento se hallaba mucho más cerca de lo que deseaba.

Sus impacientes piernas se movían ágilmente por los pasillos del palacio, ansiosas por eliminar la distancia que le separaba de su destino. Por suerte, el hecho de que el mismo rey le hubiera asignado a aquel muchacho para que fuera su instructor, evitaba cualquier clase de sospecha o duda acerca de sus constantes visitas al establo. Pues, lo que su padre ignoraba, era la verdadera razón de esas numerosas horas invertidas junto a los caballos.

De haberle asegurado alguien meses antes que acabaría completamente enamorado de aquel muchacho, probablemente se hubiera reído, catalogando aquel comentario como ofensivo, absurdo e irracional.

La época en la que le había tocado nacer no era muy liberal en dicho aspecto, había visto a más de un hombre colgado de una soga acusado por estar infectado por el diablo o, más bien, por encontrarse bajo sospecha de haber estado con alguien de su mismo sexo. Sin embargo, el temor que tenía a ser descubierto, aquel temor que le suplicaba que terminara de una vez con aquella relación que acabaría llevándole al desastre, se desvanecía en cuanto estaba junto a William.

Nunca hubiera imaginado que acabaría amando a aquel joven muchacho con olor a estiércol y cuyo gran amor era un caballo, que acabaría soñando cada noche con poder dormir acunado bajo el calor de sus brazos, que acabaría enamorado de aquellos profundos ojos azules o que el mejor sabor que conocería, sería el de sus labios.

Dios estaba bajo testigo de lo mucho que lo amaba.

A medida que bajaba los múltiples peldaños que le llevarían hasta la planta baja del castillo, sus dedos se dedicaron a unir los botones de la blanca camisa que cubría su torso. El ansia por llegar era tal, que había salido prácticamente desnudo de la habitación.

Correr no era algo que estuviera bien visto en un futuro rey, quien acostumbraba a caminar con gentileza y la barbilla bien alta. Pero, olvidar las lecciones de palacio aprendidas durante los últimos 29 años era algo que, hacía comenzado a hacer con frecuencia.  

En cuanto sus pies abandonaron la puerta principal y sus ojos divisaron el pequeño cobertizo de madera en el que se hallaban los caballos, su corazón incrementó el ritmo de su bombeo, haciéndole temer al joven Alexander que fuera oído por alguien ajeno a él.

Se obligó a sí mismo a parecer menos impaciente de lo que realmente estaba, a aminorar su marcha y a procurar que su sonrisa no fuera tan radiante y amplia como, probablemente, lo estaba siendo.

Poco tardó el príncipe en darse por vencido ante los múltiples e inútiles intentos por llevar a cabo la tarea que él mismo se había encomendado.

Cuando lo único que le separaba del caballerizo eran un par de metros, Alex se permitió a si mismo detener el movimiento de sus piernas, contemplando desde aquella distancia, al contrario. Sus manos se hallaban envueltas entre un grueso cordel, tirando de éste con el fin de amaestrar al nuevo jamelgo que uno de los campesinos había regalado al reino.

Le resultaba increíble la belleza que irradiaba el muchacho aun cuando su rostro se hallaba cubierto de barro. La rápida imagen de sus dedos enredándose y acariciando el pelo del chico mientras su mirada se perdía por la de él, fue lo que le llevó a reanudar su paso.

Una vez llegó y en completo silencio con el objetivo de seguir deleitándose con los movimientos y la figura del contrario, se subió al primer tablón de madera que constituía la valla que cercaba el recinto, descansando sus antebrazos en el último de ellos.

Sus labios se entreabrieron, con el propósito de decir algo para llamar la atención del muchacho, sin embargo, fue un suspiro lo que se escapó de ellos.

Poco tardaron las comisuras de sus labios en alzarse, formando una amplia y jovial sonrisa al ver al varón discutir y echarle la bronca al corcel por desobedecer su orden de detenerse. Fue entonces cuando decidió hablar y hacer acto de presencia, sin deshacer la bonita y embelesada sonrisa que sobre su boca permanecía dibujada, alzando a la vez, una de sus cejas.

¿Te había dicho alguna vez lo guapo que estás cuando te enfadas?




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Re: What have we become.

Mensaje por CaptainHolmes el Sáb 24 Sep - 0:06

The pain of the lies
Con Alex | En el establo | por la tarde
Nunca había pensado que él, huérfano y pobre desde temprana edad, iba a terminar ejerciendo en el hogar de la realeza. Jamás se le habría cruzado por la mente ni siquiera la mínima parte de semejante pensamiento. El viento que había dirigido el curso de su vida cambió de dirección y provocó un giro de los acontecimientos. Desde que tuvo uso de razón se ganó la vida como mercader cuando, en realidad, su verdadera vocación se encontraba sola y únicamente en el sector equino. Y ahora ahí estaba, cuidando y domando a los caballos de la sociedad más alta de Branem con un sueldo que, a pesar de no ser demasiado, era más de lo que nunca había gozado.

Para sorpresa suya no solo halló una labor que le llenara al cien por cien, sino que a ello se le unió el haber encontrado en el heredero del reino una persona a la que contarle sus secretos e inquietudes, una persona en la que confiar, alguien que fuera la razón por la que luchar. Conocía bastante los riesgos que implicaba  el tener un affaire sentimental con el príncipe, pues no es que estuviera bien visto que dos personas del mismo género tuvieran algo más que una amistad. Por no mencionar la diferencia de status; otro inconveniente más. No obstante, poco le importaba el asunto cuando estaba junto al heredero de la corona.

Diversos tonos cálidos tintaban el cielo al caer la tarde como aviso de que la jornada estaba llegando a su fin. En esas William se encontraba ocupado amaestrando a un indómito corcel, cuya rebeldía se le reflejaba en sus ojos y en cada movimiento que efectuaba. Él no era de los que perdía la paciencia con facilidad, es más, contaba con un alto nivel de ella que, a veces, hasta se sorprendía de tenerla. No obstante, no era capaz de evitar que el tedio se filtrara por los poros de su piel luego de haber estado con el mismo caballo un gran período de tiempo. Se trataba de la primera vez que le ocurría, y lo peor de él comenzaba a salir a flote. El animal había logrado revolcar al caballerizo por el suelo en varias ocasiones. Las manchas de barro y polvo en su ropa y gotas de los mismos en su rostro eran la prueba fehaciente de la dificultad de la tarea. Fue en el instante que consideraba viable la idea de darse por rendido que la voz de Alexander llegó a sus oídos, promoviendo la aparición de una sonrisa que se abrió paso a través de la suciedad de su semblante.

—¿Me habéis estado espiando, su alteza? —Preguntó haciendo uso de un tono recto que despedía cierto ápice de humor en la pronunciación de las dos últimas palabras. El pelirrojo volvió el rostro en dirección a la persona que le acompañaba en ese instante, manifestando la curva impuesta en sus labios. De lo que no era consciente se trataba del tono rojizo que sus mejillas habían adquirido. —No estoy enfadado. Solo que el día se me antoja muy largo cuando no vienes a visitarme más frecuentemente. —Dijo en voz baja debido a la posible presencia de gente por los alrededores. No quería levantar sospechas. Acto seguido devolvió al caballo a su lugar correspondiente, y se acercó a Alexander con paso calmado. Ahora se posicionaba frente a él con una valla de madera que les separaba. —Así que guapo, eh. —Repitió lo que el príncipe puso en manifiesto, ladeando la sonrisa que no había abandonado la línea de su boca.  




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Re: What have we become.

Mensaje por Miss Hook el Sáb 24 Sep - 2:17

The pain of the lies
Con Will | En el establo | por la tarde
La sonrisa del heredero se ensanchó aún más tras contemplar como el joven se acercaba hasta donde él se hallaba, acompañando las palabras que exponía con un claramente perceptible toque de humor. Antes de contestarle, el varón se aseguró, girando la cabeza hacia todos aquellos ángulos desde los que eran visibles ante ojos ajenos, que ambos se encontraban solos.

En cuanto finalizó dicha acción, liberó una de sus manos, separándola de la tabla de madera para acercarla hasta el contrario que permanecía frente a él. Sus dedos formaron un puño alrededor de su camiseta, sirviéndose de aquel agarre para aproximarle hacia él y, finalmente, presionar su boca contra la del muchacho. Había echado de menos sus labios, y poco tardó en hacérselo saber.

Y guapo es decir bien poco... Últimamente el castillo me parece demasiado inmenso. Te quiero allí conmigo. —Musitó, separándose lo suficiente como para poder hablar, pues no dudó en eliminar una vez más la distancia que separaba ambos labios, esta última vez de una forma mucho más lenta, deleitándose con la sensación y el cosquilleo que aquel movimiento generaba en todo su organismo.

Odiaba mucho más de lo que era capaz de expresar con palabras todos aquellos inconvenientes y razones que le impedían gritar a los cuatro vientos lo que sentía por el caballerizo, que le impedían caminar de su mano o reinar a su lado.  

Antes de alejarse completamente de él, muy a su pesar, le propició un suave toque a su nariz, ayudándose para ello de la propia.

¿Qué ha estado haciendo durante mi larga ausencia, señor Sawridge? —Cuestionó, aferrando sus manos a la parte superior de la cerca para, de un ágil movimiento, pasar hasta el otro lado. El moreno sacudió sus manos tras pasarlas por sus pantalones eliminando de éstos cualquier resquicio de tierra o polvo.

Y, tras eso, comenzó a caminar hacia el interior de la cuadra, donde se hallaban los caballos descansando. Sin embargo, lejos de lo apropiado y habitual en el muchacho, sus andares eran despreocupados y joviales. Giró su cuerpo hacia el pelirrojo, caminando de espaldas, con la mirada clavada en los claros ojos ajenos aun cuando estos se hallaban demasiado lejos de los suyos como para distinguir el color.

¿Te apetece que montemos? Podríamos cabalgar juntos e incluso echar una carrera. —Al contrario que los meses anteriores a conocerle, Alexander se encontraba muy animado. Sus ojos habían vuelto a adquirir aquel intenso brillo que tras la muerte de su madre se había apagado. Volvía a tener ilusión, su corazón volvía a ser humano, latiendo con fiereza cuando se hallaba cerca del chico y aminorando y normalizando su ritmo cuando se encontraba completamente relajado a su lado.

Además, había avanzado mucho en lo que a la equitación se refería, durante los últimos días había aprendido a galopar y estaba impaciente por demostrarle a Will que cada día lo hacía mejor, que sus clases resultaban ser mucho más fructíferas de lo especulado. Pues tiempo atrás ni si quiera había sido capaz de acercarse a la cuadra y sin embargo ahora, se pasaba prácticamente todo el día metido en ella.

A medida que se aproximaba hacia el único lugar del recinto que se hallaba bajo un techo, sus pasos eran mucho más lentos, a la espera de que el pelirrojo le siguiera o respondiera a las múltiples preguntas que había formulado. Alzó ambas cejas, entrelazando a su vez, las manos tras su espalda.

Estaba anocheciendo y, en el fondo, agradecía aquella inminente oscuridad que indirectamente le proporcionaría más intimidad con el varón.




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Re: What have we become.

Mensaje por CaptainHolmes el Sáb 24 Sep - 16:55

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Con Alex | En el establo | por la tarde
En el momento que el contrario le instó a resquebrajar toda la distancia entre ambos, los labios de Will se encontraron con el exquisito sabor que los opuestos le regalaban cada vez que tenía la oportunidad de probarlos. No es que fuera la primera vez que los dos varones compartiran gestos como aquel pero, como si lo fuese, Will siempre se mostraba embelesado y gustoso de corresponder.

Luego de aquello, el pelirrojo se quedó sin habla y se limitó a hacerse un lado en pos de dejarle hueco a Alexander, aquel que más tarde pasó al otro lado cercado. Él le mirada al igual que si el príncipe se tratase de una delicada obra de arte digna de admirar a cada segundo del día. Tal fue el ensimismamiento que incluso se demoró más de la cuenta en conceder una respuesta a su pregunta inicial. Para cuando lo hizo, ya había comenzado a enfilar el trayecto que el sucesor decidió emprender con el propósito de llegar a la zona techada.

—Hacerle frente al barro y a algunos potros rebeldes. Nada raro últimamente, majestad.
—Y de nuevo, el último vocablo referente a su acompañante salió disparado de su garganta haciendo gala de un hilo de comicidad, el cuál quedó escrupulosamente disimulado por un fino velo de seriedad fingida. No podía despegar la mirada de la persona que le acompañaba, dedicándole así el brillo divertido que sus ojos emitían.

Una vez resguardado junto con Alexander en la penumbra de la zona cubierta, se decantó por apartar la rectitud que adquiría cuando se hallaba en un lugar fácil de contemplar ante el ojo humano. Unos simples y discontinuos relinchos resonaban por la estancia de vez en cuando, y el silencio que después dominaba el establo dejaba clara la carencia de personas en el lugar, a excepción de ellos dos.

—¿Montar ahora? Está anocheciendo, será mejor que lo dejemos para mañana. Mira el lado bueno, tendrás una excusa para verme desde temprano. —Aconsejó, y su semblante quedó modificado en el instante que una sonrisa ladeada surgió en el susodicho. Seguidamente, se aproximó al príncipe por la retaguardia y rodeó su cintura con los brazos previamente a apoyar la barbilla sobre uno de sus hombros. —Además, se me ocurren mejores cosas para pasar el rato. —Un tono que rozaba lo ininteligible acarició el ambiente, así como la oreja de Alexander debido a la cercanía. Se había asegurado de que lo hubiera oído a la perfección pese al decaimiento que su voz presentó. Sirviéndose de su posición, comenzó a acariciarle el cuello y la mandíbula con sus labios disponiéndose, acto seguido, a elaborar un reguero de suaves besos por mencionadas zonas. Al igual que si Alexander fuera una escultura de cristal, Will ponía toda delicadeza y ternura que estaba en su mano a la hora de tratar con él en circunstancias como tales.




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Re: What have we become.

Mensaje por Miss Hook el Sáb 24 Sep - 19:14

The pain of the lies
Con Will | En el establo | por la noche
Una vez ambos se hallaron bajo el silencio que el desierto crepúsculo les proporcionaba, meramente interrumpido por el sonido emitido por alguno de los jamelgos que se preparaban para pasar aquellas cálidas horas que quedaban hasta que volviera a amanecer, el heredero desvió su mirada hacia la parte externa de aquella techada zona. A penas quedaban unos resquicios de la claridad solar, haciéndose paso entre las nubes la llena y centelleante Luna.

No le dio tiempo a responder al comentario realizado por el pelirrojo, pues en cuestión de segundos no fueron palabras lo que salió despedido de sus entreabiertos labios, sino un suave suspiro de satisfacción. Alexander rodeó el cuello del varón con sus brazos, acariciando lentamente con ayuda de la yema de sus dedos, su nuca. Poco a poco fue ascendiendo, sin cesar dicho movimiento, hasta finalizar en su cabello. Hundió los dedos en él como tantas veces antes había hecho, con mimo, ternura.

Hubiera venido temprano a verte aun careciendo de una excusa. —Musitó de una manera casi inaudible, pues temía que el alzar la voz pudiera acabar con el íntimo momento que ambos habían creado.

El vello de su nuca despertó, como consecuencia del roce de los labios ajenos sobre su desnuda piel. Se veía incapaz de describir con palabras la sensación que invadía su tórax, dificultándole la respiración, nublando su juicio, acelerando el ritmo de su corazón.

¿Ah sí? ¿Cómo cuáles? —Cuestionó, sorprendido ante el ronco tono de voz que había sido emitido por su garganta.
Intentar pensar con claridad resultaba ser una tarea mucho más complicada de lo que hubiera deseado. Pero, aun así, se obligó a sí mismo a hacerlo. No solo había bajado al establo para estar junto al chico o verle. Lo había hecho con el propósito de decirle aquello que durante tantas noches atrás se había dedicado a preparar.

Pues, además de ser su primer amor, Will era el amor de su vida. Y solo encontraba una manera de hacérselo saber.

Sus dientes aún torturaban su labio inferior cuando lentamente separó al hombre de su cuello. Sus manos abandonaron el lugar en el que habían permanecido enredadas, deslizándose muy delicadamente hasta llegar a sus mejillas. Sin tan si quiera ser consciente del inminente temblor que amenazaba por extenderse por sus extremidades, Alex se dedicó a recorrer el rostro del chico con ayuda de sus dedos. Acarició sus párpados, sus pómulos, su frente, su nariz, delineó su mandíbula, mientras sus claros ojos acompañaban el camino de los extremos de sus manos. La admiración con la que contemplaba al caballerizo, como si fuera lo más bello creado sobre la tierra, era indescriptible, aunque en aquella mirada se hallaban muchos más sentimientos escondidos de los que se veía capaz de mencionar.

El futuro rey cogió lentamente aire, dejando que permaneciera un breve espacio de tiempo en el interior de sus pulmones antes de permitirle escabullirse de entre sus labios. Conocía su rostro a la perfección, cada detalle, cada pequeño y recóndito espacio de él, pero, aun así, nunca se encontraba lo suficientemente satisfecho como para dejar de mirarle.

Una vez dio por finalizada la acción de sus extremidades, acabando tras acariciar sus exquisitos labios, sus ojos decidieron perderse por los ajenos, mientras su cabeza repetía una última vez lo que poco después expondría.

Inspira. Expira. Inspira. Expira.

William Sawridge… Pocas veces apareces con el cabello peinado o con el rostro limpio. Y, sinceramente, tu olor es confundible con el de los corceles. —Una nerviosa sonrisa asomó por las comisuras de sus labios tras mencionar dichas palabras. Intentar calmar a su organismo resultaba realmente complicado, fue por ello que antes de reanudar el discurso, exhaló el aire muy lentamente.— Yo… He vivido toda mi vida… Entre ropas nuevas, cabellos arreglados y olores impecables. Sin embargo, no dudaría ni un segundo en dejar todo eso por ti. Quizás sea una insensatez lo que estoy a punto de hacer, quizás sea una locura. Pero no me importa.

El joven heredero se vio obligado a pasar la lengua por sus labios, humedeciéndolos, intentando detener el ligero movimiento que habían adquirido sus dedos. Tragó saliva con dificultad, intentando disuadir el nudo que en su garganta se había instalado, antes de continuar.

Expira. Inspira. Expira. Inspira.

En cuanto sea rey derogaré muchas de las leyes que mi padre y su padre antes que él ha impuesto. Porque… Te quiero, William Sawridge. Porque quiero que seas mi esposo. Porque quiero reinar a tu lado. —Agitó la cabeza hacia los lados, haciendo una ligera mueca con los labios antes de preguntar, aún más nervioso de lo que había estado minutos antes.— Con las prisas… El anillo me lo he dejado en palacio. Pero… ¿Me harías el honor de ser mi esposo?





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Re: What have we become.

Mensaje por CaptainHolmes el Sáb 24 Sep - 22:15

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Con Alex | En el establo | por la noche
Ya que estaba demasiado ocupado colmándole de besos y disfrutando del fino tacto que su piel le proporcionaba, no consideró del todo necesario otorgarle una contestación, al menos no en ese instante. Al fin y al cabo, lo que se le ocurrió hace unos minutos ya lo estaba haciendo. Una respuesta vocal era prescindible.

Luego de que su boca dejara de establecer contacto con el cuello de su amado debido al cambio de posición de éste, enfocó sus orbes a corta distancia mientras afianzaba sus extremidades a la altura de su cintura en una nueva ocasión. No era posesividad, o quizás un poco sí, mas no podía despegar sus manos de él cuando ambos se encontraban solos, lejos del resto de personas de palacio. Como si con solo rozar su piel le llenara de energía y otras miles de sensaciones, todas de índole plácida. Por un momento deseó predecir el futuro en pos de conocer aquello que tan nervioso le tenía; discernía a la perfección el leve temblor que sus miembros revelaban, al igual que la repentina deshidratación delatada mediante sus labios. No sabía si era bueno o malo, pero de lo que sí era consciente era de la intensa actividad que su corazón experimentó de modo repentino.

Ante el manifiesto inicial, el que hizo referencia a su habitual aspecto y aroma, el pelirrojo no hizo otra cosa que enarcar una ceja con cierto deje divertido para terminar sonriendo a la vez que el príncipe. Le contagiaba cada gesto risueño proveniente de su persona y supo desde el primer instante que eludirlos no era una opción factible. La cosa es que tenía razón; no contaba con una apariencia precisamente pulcra, y tal vez sus cabellos siempre andaban revueltos, pero le gustaba saber que a pesar de aquello era querido. Las palabras que salieron de aquella boca que tantas veces había surcado se grabarían a fuego en su interior para siempre. Para toda la eternidad. Nadie, jamás, hubiera dado siquiera una moneda por él, o eso creyó hasta que tuvo la suerte de conocer a Alexander.

De un momento a otro, el brillo de su mirada se volvió un tanto exigente, pidiendo conocer de una vez qué era lo que tanto le costaba sacar a la luz. Inconscientemente, los dedos de William se hundieron más en la cintura ajena, producto de los nervios y de la impaciencia que la situación le provocaba. Y entonces, el tiempo pareció pararse, perderse en el limbo. Sus labios se entreabrieron para dejar escapar una bocanada del aire que había estado acumulando en sus pulmones, producto de la impresión. Las palabras se habían asociado para taponar su garganta y no dejar salir de ésta ni el más nimio sonido. Sin embargo, sí que podía ejectuar otras acciones. El pelirrojo después de guardar silencio durante unos segundos, asaltó la boca de Alexander con algo más de ímpetu del que solía emplear, diciendo con aquella acción lo que con palabras no era capaz de hacer. Su frente quedó junto a la opuesta, y mantuvo los ojos cerrados aun luego de haberse distanciado de su boca. Por fin sacó a la fuerza lo que estaba luchando por decir desde hacía minutos.

—El honor sería mío... —Pronunció en voz baja, temiendo elevarla y que, por ende, se quebrara. Ahora mismo era un cúmulo de sentimientos difícil de detallar con palabras. —No sé si se te permitirá hacer eso, no sé siquiera si me merezco estar a tu lado el resto de mis días pero de lo que sí tengo fortuna de ser conocedor es de cuanto te quiero y de todo lo que daría por estar junto a ti a cada segundo del día. —Sonrió bobalicón, terminando por morderse el labio inferior con el propósito de reprimir aquella curva de sus labios y continuar. —Me casaría contigo en esta vida y en todas las demás.  




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Re: What have we become.

Mensaje por Miss Hook el Sáb 24 Sep - 23:54

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Con Will | En el establo | por la noche
Probablemente fueron segundos lo que tardó el varón en proporcionarle una respuesta, pero el ansia y la impaciencia por conocerla, por observar su reacción, provocó que ese breve espacio de tiempo se asemejara más a eternidades, para el príncipe.

Los ojos de Alexander se abrieron de par en par, ante el inesperado movimiento del contrario. Aunque poco fue lo que tardó en, con las manos aún sobre sus mejillas, mover sus labios sobre los de él, dejando que sus párpados cedieran. Pese a que ya había obtenido el veredicto que tanto temor le había causado, su cuerpo aún no había conseguido hacerse a aquella aserción.

Sus dedos aún temblaban y, cuando el pelirrojo dio por finalizada la acción que el mismo había iniciado y sus párpados ascendieron una vez más para contemplar a su amante, pudo sentir como una fina capa de agua se adhería a su mirada. Las lágrimas amenazaban con descender y empapar sus mejillas, y sabía con certeza que, por mucha energía que empleara en evitar aquella acción, todos sus intentos resultarían fallidos.

Las comisuras de sus labios se alzaron, permitiendo que una radiante y feliz sonrisa surcara el prendado rostro del príncipe.

Le resulta imposible de creer que hubiera aceptado, que, de un momento a otro, su relación hubiera dado ese giro de trescientos sesenta grados, pues aquel joven y bello muchacho que ahora únicamente compartía con él su amor incondicional, dentro de poco también compartiría su apellido.

Preso de la conmoción que la situación acontecida frente a él le había proporcionado, volvió a eliminar la distancia que le separaba de la boca contraria, repitiendo dicho movimiento una y otra vez, dejando sobre esos cálidos y familiares labios que tanto amaba, numerosos y repetidos besos.

No quiero vivir, ni reinar un planeta entero, si no te tengo a ti a mi lado para hacerlo. No sé cómo lo ha logrado, señor Sawridge, pero se ha adueñado de lo único que creía que nunca me sería arrebatado. —Musitó, fijando su clara y enrojecida mirada, consecuencia de las pequeñas gotas de agua que aún estaban siendo desprendidas, en Will.— Y, tras comprobar que no te ha resultado suficientemente evidente, me dispongo a reiterarme y decirte que… Te mereces mucho más de lo que yo me veo capacitado para entregarte.

Dispuesto a sellar aquel íntimo momento que les había sido proporcionado, pues incluso los caballos habían decidido calmar sus relinchos, permitiendo que fuera el sonido de la respiración o el de sus palabras el único que interrumpiera aquel silencio, unió una vez más su boca a la de él, procurando que en aquella acción quedara impreso todo eso que le era imposible expresar de otro modo.

Sin embargo, lo que el príncipe desconocía en aquel momento era que uno de los guardias de palacio, bajo la orden del mismo rey, había ido en su busca. Y, si de algo se arrepentiría el resto de sus días, eso sería la reacción que el temor que súbitamente había comenzado a surgir en su pecho, le llevó a tener.

Cuando el sonido de los pasos del guardia resultó audible para ambos hombres, era demasiado tarde como para separarse, pues sus ojos se habían abierto desorbitados, contemplando la inaudita escena que frente a ellos transcurría.

Mi alteza… —Dijo el recién llegado, con la voz entrecortada a causa de la confusión. Si sus orbes no le engañaban, acababa de observar al futuro rey unido en un apasionado beso con el chico del establo.

Atemorizado, decidió tomar la decisión más cobarde y nociva, no solo para el pelirrojo que se hallaba frente a él, de espaldas al robusto guardia, sino para él mismo.

Se separó de su amado, aunque no lentamente, ni pidiendo clemencia o silencio con la mirada. Sino que lo hizo de manera brusca, impactando sus manos contra el pecho del caballerizo, separándolo de él casi al mismo tiempo que gritaba con una cólera que desconocía poseer.

¿¡Quién se cree que es para besar al futuro rey de Branem!? ¡Debería de ser llevado a la horca inmediatamente!

Y, con la misma rapidez con la que aquellas palabras salieron desprendidas de sus espasmódicos labios, se dio cuenta del error que había cometido. Acababa de sentenciar al hombre al que amaba. Lo llevarían a la horca. Lo matarían frente a sus ojos. Y todo por su culpa, por ser incapaz de asumir las consecuencias de sus actos.

El dolor que le oprimía el pecho le impedía respirar, de un momento a otro se desplomaría en el suelo, no lo dudaba. Ni si quiera podía mirar a William a los ojos, su error y la humillación era tal, que contemplar la mirada cargada de decepción que probablemente poseería el contrario, únicamente acrecentaría el insoportable dolor que había decidido extenderse por su organismo.

Lo siento, William… Lo siento.






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Re: What have we become.

Mensaje por CaptainHolmes el Mar 27 Sep - 3:22

The pain of the lies
Con Alex | En las mazmorras | por la noche
¿Podría ser cierto todo lo que estaba viviendo en ese entonces, o solo era producto de su propia imaginación? No recordaba la última vez que sintió un gran torrente de felicidad invadir hasta el rincón más recóndito de su alma. Sus palabras... Sus dichosas palabras eran capaz de hacer flaquear al hombre más fuerte del planeta, y aquel don se aplicaba con una potencia inmensurable en Will. Sucumbir a sus encantos se había convertido en una rutina de la que estaba convencido querer aferrarse durante toda su existencia.

Cada uno de sus sentidos se centraban sola y únicamente en Alexander, aquel que de nuevo consideró imprescindible resquebrajar los centímetros de más impuestos entre sus figuras en pos de unir ambos pares de labios en una nueva e impetuosa acción digna de perder el aliento. Sus manos en ese momento se ubicaron en las mejillas del muchacho en tanto cedía complacido al sabor de sus labios, el cuál era equiparable a la mismísima ambrosía.

Pero como un buen amigo solía repetir: todo lo bueno llegaba a su fin. Lo que no se figuró es que alcanzaría a acabarse de semejante modo. Su ceño fruncido hasta el extremo fue la respuesta a la reacción que el príncipe mostró de forma repentina, la que le hizo preguntarse que qué había hecho mal. ¿O es que se trataba de una broma de mal gusto? Fuese lo que fuese, una sensación de incertidumbre se alojó en su interior, impidiéndole pensar con claridad.

—¿A qué a venido eso? —Para cuando aquella pregunta se escapó de sus labios, un par de soldados le sorprendieron por la retaguardia en cuanto se dispusieron a apresarle. El pelirrojo trató de zafarse con brusquedad de los agarres que sus brazos sufrían, acto que le llevó a ganarse un puñetazo a la altura del estómago, aquel que tenía como finalidad arrebatarle energía al forcejeo. Gracias a ello, los cuerpos de la guardia tuvieron algo más de facilidad a la hora de arrastrar a Will fuera del lugar. En ese intervalo de tiempo, el caballerizo no vio necesario dedicarle palabra alguna a Alex; el brillo de su mirada había resultado ser más elocuente que cualquier vocablo que hubiera rasgado su garganta. Lo que le dolía no era la posible condena que le aplicarían. El dolor descendía de la traición, venía de promesas que quedaron reducidas a cenizas, procedía de haber confiado en alguien aun cuando el recelo siempre había formado parte de él. El dolor se originó a causa de su propia ingenuidad.

Nunca más.

La sentencia fue rápida y precisa: Ciento cincuenta latigazos y, al siguiente día, la deshonrosa muerte por ahorcamiento. En contraste con la velocidad del veredicto, el camino hacia las mazmorras se hizo interminable a pesar de desear que justamente así fuese. La humedad, el olor y la presencia de ratas evidenciaban que se trataba nada más y nada menos de la zona más olvidada y putrefacta de la fortaleza. Apenas unos presos quedaban vivos, todos ellos entre cadáveres de antiguos prisioneros. Probablemente fueron ladrones o algo por el estilo.

Una celda situada en zona subterránea fue la aislada estancia que albergaría desde ese instante a Will. Desde allí las voces no resonarían por palacio, pero solo bastaría con rondar por los alrededores de las mazmorras para oír los desgarradores gritos proveniente de la dependencia en cuestión.

«Uno, dos, tres, cuatro...» El que obligaran al caballerizo a contar los propios latigazos infligidos era parte de la burla característica de los soldados y el castigador allí presentes. Por un lado enumerarlos le distraía y le hacía acallar sus gritos, pero por otro se percataba de cuanto camino quedaba por recorrer hasta el número establecido. Los grilletes de sus muñecas y de sus tobillos enganchados en una columna de madera de la estancia, empezaban a ocasionarles daño también en sus extremidades debido a las constantes sacudidas que su cuerpo experimentaba. Ya que no les bastó con ciento cincuenta azotes, decidieron por voluntad propia fustigarle hasta que rozara la inconsciencia, como si no la estuviera rozando desde los primeros cincuenta. Sobrepasaron los doscientos veinte y por ese entonces el entumecimiento dominaba en demasía cada milímetro de su anatomía. Al final consiguieron arrancarle diversos gritos de puro tormento, los que fueron disminuyendo cuando el desfallecimiento absoluto acechaba por el futuro del pelirrojo.      




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Re: What have we become.

Mensaje por Miss Hook el Lun 3 Oct - 15:38

The pain of the lies
Con Will | En las mazmorras | por la noche
Sus pies no reaccionaban, permanecían inmóviles contra el suelo, mientras su cabeza se dedicaba a rememorar una y otra vez lo que minutos atrás había sucedido. El cómo había traicionado al hombre al que amaba tras haberle pedido que fuera su esposo, su nuevo rey; el cómo había permitido que se lo llevaran, tras haber confesado el dolor de su ausencia; el cómo le había condenado a muerte, tras haber expuesto lo mucho que le quería.

Soy un monstruo.

Poco tardaron las lágrimas, manifestación de la agonía que su pecho retenía, en humedecer sus mejillas. Todas y cada una de sus extremidades habían comenzado a temblar de manera irrefrenable. Su garganta se hallaba obstruida, incapacitada para emitir el más suave y mínimo sonido.

Hasta que estalló. Sus dedos se contrajeron hacia la palma de su mano, dando lugar a dos apretados puños. La presión que estaba ejerciendo en aquel agarre era tal que poco habían tardado sus nudillos en teñirse de blanco, así como la sangre, procedente de esos lugares donde las uñas habían sido clavadas, en danzar por sus muñecas.

Entonces gritó. Gritó hasta que sus pulmones gritaron con él, pidiéndole con urgencia clemencia, un pequeño respiro. Gritó hasta que un intenso ardor se extendió por su garganta, signo de que debía parar si deseaba conservar la voz.

Pero, ningún dolor, por punzante, agudo o incesante que fuera, se asemejaba al que en su pecho seguía instalado.

Una de sus manos se aferró a su camisa, arrugándola a la altura del corazón, como si aquel estúpido movimiento pudiera hacer que el dolor cesase o simplemente disminuyese.

Tardó largos minutos en percibir un dato que hasta entonces había estado pasando por alto. Una vez más, su egoísmo le había nublado, de tal manera, que había olvidado que se habían llevado a Will. A su Will.

Había visto más de una vez, obligado por su padre, las atrocidades que les hacían a todas aquellas personas que herían el reino. Y, pese a que su cabeza se negara a asimilar ese hecho, probablemente el varón estaría pasando por alguna de ellas e incluso se atrevía a deducir, que la peor.

Will…

Fue entonces cuando sus piernas decidieron recobrar la vida perdida tras la marcha del caballerizo, adquiriendo una velocidad poco habitual y completamente desconocida, hacia el interior del palacio.

Ignoró al completo las miradas de sorpresa, desconcierto y preocupación que abarcaban los rostros de todas aquellas personas que conformaban el castillo y lo observaban al pasar junto a ellos. Ignoró las múltiples llamadas que le estaban siendo realizadas e ignoró que sus manos aún seguían ensangrentadas y sus ojos bañados en lágrimas.

Sus piernas siguieron moviéndose con agilidad hasta llegar al aseo, donde se hizo con el botiquín que tantas veces atrás había utilizado y, sin perder un solo segundo, desvió sus pasos hacia las mazmorras.

El grito de dolor procedente del malherido cuerpo de su amado penetró en sus oídos en el instante en el que la puerta de madera que separaba el oscuro y mugriento calabozo del bello y elegante palacio se abrió junto a él, retumbando en su cabeza, impidiéndole una vez más, movilizarse.

Dejó caer los párpados, obligándose a sí mismo a restaurar la compostura, a recuperar el dominio de su cuerpo, a normalizar su respiración y reanudar la marcha.

Tan solo fue cuestión de un par de segundos lo que tardó en reaccionar, descendiendo con rapidez las escaleras que le separaban del cuerpo del contrario.

Tuvo que ahogar el grito de horror que amenazaba con escaparse de entre sus labios tras contemplar la ensangrentada espalda del pelirrojo, las abiertas heridas que se instauraban en su lisa y perfecta piel, tras observar como su cuerpo había comenzado a tambalearse como consecuencia de esos golpes que le habían obligado a contar. Por desgracia, su corazonada no había sido incierta.

235.

Y todo, había sido ocasionado por su insensatez. Dejó el botiquín descansando en un oscuro lugar al final de la escalera, previamente a desplazar su figura hacia donde los guardias se hallaban. Su rostro, preso de la ira, adquirió un matiz rojo y sus manos, volvieron a transformarse en dos puños.

¡YA BASTA! —Bramó, con toda la ira que no solo sentía hacia aquellos hombres, sino que también sentía hacia sí mismo.— ¡LARGAOS!

Se acercó apresurado hacia ellos, incrédulos ante la reacción de su futuro rey, aunque no la cuestionaron. Siguiendo sus órdenes se apartaron del varón, abandonando aquella tenue habitación, dejando al caballerizo solo junto al heredero.

No dudó en acercarse al chico, nuevamente con la mirada nublada a causa de las lágrimas que la empañaba. Sus dedos se movieron con agilidad por las cadenas que retenían sus tobillos y envolvían sus muñecas, liberándolas. Sus brazos envolvieron la cintura ajena, evitando que el muchacho se desplomara sobre el suelo.

Lentamente, Alex descendió con el cuerpo del hombre aún entre sus brazos, hasta que ambos descansaron sobre el pavimento. Fue entonces cuando sus manos acunaron el rostro ajeno, contemplando como los golpes asestados habían llevado al contrario a caer en la inconsciencia. Su corazón bombeaba sangre con fuerza, retumbando en su cavidad auditiva.

Vamos, Will… Por favor, tienes que despertarte. Abre los ojos, mi amor. Soy un gilipollas, joder. Lo siento, lo siento… —Descansó sobre la sudorosa frente ajena la propia, cerrando los ojos, suplicando y rezando interiormente para que el varón reaccionara.— Todo esto es culpa mía. Tienes que abrir los ojos. Tienes que hacerlo, por favor… Te quiero, joder. Te quiero. No me dejes, William. —Su voz salía a trompicones a causa de las lágrimas. Debía levantarse e ir en busca del botiquín, pero se veía incapaz de hacerlo, no mientras el pelirrojo permaneciera inmóvil. No estaba siendo justo y lo sabía, pero era tal la necesidad de escucharle, de contemplar su sonrisa una vez más, que se permitió a si mismo ser estúpido y egoísta una vez más.






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Re: What have we become.

Mensaje por CaptainHolmes el Vie 7 Oct - 16:03

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Con Alex | En las mazmorras | por la noche
Los párpados del pelirrojo descendieron, sellándose para darle vía libre a la inconsciencia. Por un momento no sintió nada, ni siquiera las brechas de su espalda por las que la sangre brotaba tiñéndole la piel en su plenitud. A decir verdad así lo prefería, al igual que deseaba una muerte rápida puesto que mucho dudaba poder librarse de ella.

Cuando las sombras poseyeron su mundo, los primeros minutos no fue ni sería siquiera capaz de apreciar el ruido más estrepitoso y cercano, mas conforme el tiempo se sumergía en el pasado la percepción auditiva de Will recuperaba su función. También lo hacían el resto de sentidos, lo que desencadenaba múltiples oleadas de dolor y de confusos sentimientos. Sentimientos nacidos de la voz y del tacto de Alex.

Le dolía no tener la capacidad de controlar la sensación de aversión que crecía dentro de él. Pero más sufría conociendo el origen de semejante resentimiento: Alexander. Jamás esperaba que de ser víctima de una traición, fuera de una producto del futuro monarca. Tal ingenuidad promovía la aparición de cierto odio hacia sí mismo hasta el punto de permitirse detestarse por encima del príncipe. Nunca tuvo que aproximarse más de la cuenta a él sabiendo las sanciones que implicaba el ser descubierto. El término estúpido se le quedaba corto.

—¿Q-qué demonios haces aquí? —Preguntó haciendo acopio de los medios posibles para que su voz saliera lo suficientemente inteligible, aunque tintada con algunos matices roncos. Entonces sus claras pupilas quedaron expuestas en el instante que consideró posible abrir los ojos. Por un lado le alivió el grado de arrepentimiento que sus palabras transmitieron, pero su orgullo quería al heredero de la corona fuera de allí, lejos de él. —No te preocupes por mi, ya has dejado claro que tu seguridad está por encima de todo. Y lo peor es que lo sabía. Lo sabía y aún así me arrojé a quererte. —Con un tono semi ronco, tales vocablos salieron de su boca vestidos con un cariz de total desengaño. —Quiero estar solo... —Pretendiendo imponer algunos metros de distancia entre ambos, el caballerizo proyectó su deseo de moverse hacia un lado arrastrándose, todo lo que sus miembros entumecidos le permitían.          




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Re: What have we become.

Mensaje por Miss Hook el Dom 9 Oct - 15:11

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Con Will | En las mazmorras | por la noche
Sus claros ojos permanecieron clavados en los cerrados párpados del pelirrojo, a la espera de que estos ascendieran y el varón despertara de aquel desfallecimiento al que el dolor le había llevado.

Todo el aire que durante, lo que para el heredero fueron eternidades, se dedicó a retener en el interior de su hinchado pecho, salió despedido de entre sus labios en el instante en el que las pestañas de Will se movieron, acto seguido de que su mirada quedara expuesta ante el contrario. Era inexplicable el alivio que su cuerpo sentía en aquel momento, producto de comprobar que la vida del caballerizo no se había escapado de entre sus dedos.

Sabía más que de sobra que lo más sensato sería dejar al hombre en aquel calabozo y huir antes de cualquier otro pudiera pillarles, sin embargo, de poco le importó aquel dato al que dotó de irrelevancia, ignorándolo.

Le costaba un esfuerzo mucho mayor de lo esperado, prestar atención a las palabras que el contrario no dudó en soltar, manifestando su deseo de permanecer solo y apartado de Alex, manifestando de una manera indirecta el dolor de la traición, así como la decepción sentida por el cruel comportamiento del muchacho. Su cabeza volvía a ser un completo torbellino de emociones, dominada por el sosiego sentido tras descartar sus previas corazonadas.

Sus manos, que continuaban sobre las mejillas ajenas, acercaron levemente su rostro hacia el propio, dando paso a su boca, que poco tardó en presionarse contra la de William. No estaba bien, tras lo que había hecho debía de alejarse de él, debía permitirle aquel espacio que el varón requería. Pero no podía, no podía irse, no todavía. Podía sentir el salado sabor de las lágrimas que no habían cesado su descenso invadir su cavidad bucal, humedecer los labios ajenos. Aquella necesidad de volver a sentir lo que su irracionalidad había decidido arrebatarle era tal, que incluso cuando sus pulmones le pedían a gritos el aire que comenzaba a faltarle, se vio incapaz de finalizar dicho movimiento.

Una vez lo hizo, una vez hizo acopio de esas fuerzas que el dolor aún no se había llevado y logró separarse de su rostro, dejó la cabeza del pelirrojo sobre el pavimento.

No he venido en busca de un perdón que soy consciente de no merecer. —Expuso el príncipe, apretando con fuerza los labios, en un vago intento por permanecer firme aun cuando su rostro reflejaba lo contrario.— Pero no pienso permitir que mi imprudencia siga causándote un daño que debería recaer sobre mí. —Añadió, abandonando la posición que había tomado junto a él para acercarse con rapidez hacia donde anteriormente había ocultado el botiquín.

Esta vez, cuando se acercó hacia la malherida figura de su amante, lo hizo por su espalda. Sus rodillas reposaron sobre el suelo, a tan solo unos centímetros de él. Cualquier distancia, por pequeña que realmente fuera, resultaba insoportable para Alexander, pero se obligó a sí mismo a trasladar sus sentimientos a un segundo plano, priorizando la recuperación del pelirrojo.

Obviando que sus manos aún seguían ensangrentadas ahí donde tiempo atrás había decidido hundir sus uñas teñidas con el mismo color, se hizo con un blanco paño que en el interior de la caja de manera encontró, humedeciéndolo con el mismo producto que había visto a sus cuidadoras usar contra sus heridas.

Te va a escocer un poco… —Advirtió, acercando una de sus manos, por debajo del brazo del contrario hacia él, dejándola a alguna altura visible.— Aprieta mi mano si te duele.

Recordaba como él había hecho lo mismo durante su niñez, apretar la mano de aquellas mujeres con el mero propósito de disminuir el dolor que surcaban sus heridas. Y, esperó, que el caballerizo aceptara, que cogiera y apretara su mano, que aliviara su dolor por medio del futuro monarca, pues, pese a que aquella acción no lograría hacerle olvidar el cómo lo había perdido, el pensar que durante el último tiempo que ambos compartieran había conseguido evadir parte del superficial sufrimiento ajeno, llenaba su pecho de un pequeño y cálido matiz.

Fue entonces cuando llevó el trozo de tela hacia sus hombros, comenzando por aquel lugar, pasándolo de una manera lenta, delicada y cautelosa, eliminando la sangre bajo la que se escondían las verdaderas heridas.




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