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— We are ghosts

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— We are ghosts

Mensaje por Aquiver el Mar 18 Oct - 9:11

— We are ghosts —
Plot • 1×1 • Épocas

La década de los '50 corre entre los distintos tipos de gente que llenan la ciudad con su evidente colorido y buenas maneras. Bernard y Marie corren una casa inmensa en la cual se recibe todo tipo de huespedes mientras puedan pagar lo que el matrimonio Aldridge pedía. Sin embargo, normalmente los regentes de la casa pasaban más tiempo discutiendo que pensando en el precio correcto para el servicio que ofrecían con una diligencia que muchas veces era contestada con un ademán del rostro masculino o un movimiento delicado de la mano femenina.

Las sonrisas corteses son un paso más de la familiaridad mal adquirida bajo la premisa del matrimonio por hartazgo. Mucho tiempo atrás, el amor que Bernard profesaba por Marie era algo que todos remarcaban de aquel perfil que se veía duro para con los demás. No obstante, a la mujer jamás le gustó  y claramente toda su historia juntos se construyó  bajo la premisa de: Tengo amor suficiente para ambos.

Claramente no es así, porque después de varios años, él perdió todo lo que hacía querer a la mujer, mientras que está jamás se acostumbro a querer a su esposo. Lo que hay entre ellos es familiaridad, una adquirida por el peso de tres hijos; Una mujer y dos hombres.

Sin embargo, las diferencias entre el matrimonio son demasiado grandes como para evadirlas y tarde o temprano llegaran problemas a la gran casa en la cual viven.



We are ghosts amongst these hills

Bernard Aldridge • Jeremy Irons • 60 • Lucrezia

Marie Aldridge • Charlize Theron • 50 • Aquiver









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I. Sunday morning.

Mensaje por Lichtgestalt el Miér 19 Oct - 18:17

Sunday morning.
I hate my life.

El chirrido de las viejas cañerías resonó por toda la casa e instantes después, los inquilinos comenzaron a quejarse. — ¡Ya lo sé! — Bramó el arrendador, profiriendo una serie de insultos en voz baja,  todos referidos al variopinto grupo de huéspedes cuyas quejas por el servicio iban en aumento, no así su disposición o puntualidad al momento de pagar el alquiler. Ese día en particular, la paciencia de Bernard Aldridge rayaba el límite, toda vez que desde el alba no había tenido tiempo para sí, ocupado como estaba en reparar, remendar o limpiar cualquier tipo de problema en las habitaciones. Siendo especialmente diestro para trabajos de esa índole, detestaba sobremanera tener que ocuparse, sabiendo que no podía contratar a alguien porque el dinero escaseaba y cada centavo era cuidadosamente ahorrado para costearse una mejor vida.   — ¡No se les ocurra abrir los grifos! — Pero ya era tarde. Como siempre, las advertencias habían sido ignoradas y la fuga de agua lo empapó de pies a cabeza.

Un suspiro de resignación y palabras altisonantes masculladas entre dientes fueron suficientes para apaciguar al hombre, bastante cómodo usando lenguaje soez para referirse al bajo, al alto, al calvo o a la mujer gorda que hospedaba en esa casa. Incluso para su esposa tenía un par de verdades, culpándola de todo y a su vez de nada ¿Acaso no era ella la de buen corazón? Él había accedido a convertir el hogar ancestral de los Aldridge en una casa de alquiler por complacerla, por amor…e igualmente era su culpa. — ¡Marie! ¡Deja el grifo de la cocina en paz! — Gracias a su padre, conocía al detalle cada rincón de la casa, por lo que no era extraño que supiera con exactitud si algún gracioso manipulaba algo en la residencia. Cuando logró identificar el problema — armas blancas de considerable grosor que algún idiota quiso tirar a través del desagüe — pasó al menos dos horas extrayendo cada objeto, rellenando con masilla los huecos y grietas de una tubería más vieja que todo su árbol familiar.

Con ese pendiente borrado de su lista, se apresuró a ordenar la herramienta para reunirse con su esposa en el comedor, donde seguramente también tendría que ver la cara de esos sinvergüenzas, aprovechados como el que más; abandonar el sótano y subir las escaleras que conectaban las habitaciones de servicio — convertidas en viviendas asequibles de tercera clase — con el resto de la casa era toda una proeza. Cada escalón representaba un nuevo obstáculo para su maltrecha pierna, arrancando de la garganta masculina lastimeros quejidos y blasfemias a raudal. Descansó un par de minutos en el hall que le supieron a gloria, de no ser porque como cada mañana, los inquilinos peleaban por ver quién conseguía el mejor sitio en la mesa o bien, una ración cuantiosa del primer guiso.

Antes de hacer acto de presencia ocupó el pequeño baño de visitas — convenientemente situado cerca de la entrada principal — para adecentarse. Bernard era un hombre de rituales y como tal, jamás acudía a comer sin estar presentable, como buen militar. Lavó cuidadosamente los restos de porquería que se adivinaban en la piel del rostro, especialmente sarro. La camisa y los pantalones no habían sufrido manchas y conservaban todavía la línea de planchado así que resolvió dejarlos como estaban.  Peinó su cabello, se afeitó a pesar de haberlo hecho el día anterior, rociando algunas gotas de aftershave al término. En teoría estaba tan limpio como podía estarlo y una vez estuvo conforme con el resultado, avanzó con paso firme al comedor, donde el escándalo cesó una vez que los huéspedes repararon en él.

— Buenos días. — No lo eran. Por la cara de pocos amigos que tenía, escasas fueron las contestaciones. — Como sabrán, esta mañana estuvimos lidiando con el problema de las tuberías. — Mientras caminaba hacia el sitio que solía ocupar día con día, dedicó miradas a todos los presentes, intentando intimidar y a su vez, averiguar la responsabilidad de alguno. — Algún imbécil pensó que el drenaje era buen sitio para arrojar armas. — Se sentó. Frente a él había una humeante taza de café y un juego de cubiertos dispuesto a ambos lados, tal como debía ser. De la comida no había rastro pero suponía que Marie no iba a tardar. — Las reparaciones costaron bastante más de lo previsto y por lo tanto, me veo en la necesidad de aumentar  el alquiler este mes. — Sentenció sin más a la par que daba un sorbo a su bebida.
Con Marie, residencia, 9:00 a.m.


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Re: — We are ghosts

Mensaje por Aquiver el Lun 7 Nov - 0:51

Sunday morning.
Hello, my darling

Se había acomodado a soportar los gruñidos de su esposo que no cesaban  ni en sus mejores días, si es que llegaba a tenerlos.  Cada día era una discusión diferente por las faltas que la antigua casa mostraba. Era ya una vieja señora, una fachada a la que cada día se le desprendían las partes de pintura que se dejaban correr como las goteras del grifo de la cocina.

La mujer rubia estaba más que acostumbrada al desorden y en cierto punto, lo respetaba. Por lo que cuando escuchó los chirridos de los huéspedes, seguido de los de su amado esposo, ella simplemente se dedicó a seguir con la preparación del desayuno para los huéspedes que tenían en casa. Como la esposa del ex-militar apenas le escuchaba, abrió el grifo de la cocina con presteza y en respuesta le llegó el grito de su esposo que sin ningún cariño le mandaba a cerrar el grifo. Una sonrisa se posó en sus labios, seguida de una risa risueña como una adolescente más —Lo siento cariño  — murmuró sin ninguna sensación de arrepentimiento por su curiosa forma de actuar.

Terminó de cocinar y con su indudable gracia tocó la campana que significaba que estaba lista, la mesa ya estaba puesta y Marie se fue a la cocina nuevamente a apagar todo para servir.  A la mujer Aldridge le gustaba escuchar el sonido que generaban las personas que se quedaban en la gran casa, a ella no le gustaba mucho el silencio,  por lo que le encantaba escuchar los ruidos y cuando estos cesaron, solo significaba una cosa. Marie alcanzó a escuchar todas las palabras de su esposo y solo sonrió como la adorable mujer que podía llegar a ser, sobretodo no con su esposo.

—Oh, querido  — dijo mientras se adentraba con la comida y servía a su esposo, era al único que servía totalmente, a los demás les dejaba que ellos mismos se atendieran, ella no era lo que se dijera una esposa modelo en atender a los demás, se sirvió para ella misma y corrió una mano rápida hacía la de su esposo —Pero si has ocupado tus propias herramientas ¿o me equivoco?  — cuestionó la esposa con el tono profundamente tranquilo y respetuoso —No veo necesario subir el alquiler, a mi parecer ya está bastante alto  — a diferencia de su esposo ella no se preocupaba demasiado por el dinero, prefería estar más tranquila en esa casa que se estaba cayendo.

—Lo que si  — y desvió su rostro hacía los huéspedes que observan el intercambio en silencio —Lo de las armas no puede volver a pasar. U lo digo en serio, porque estoy casi segura de quién puede haber sido y que sepa que no dudare en sacarlo de aquí  — su rostro y su tono de voz no dejaban espacio a dudas —A comer  — dijo, tranquila mientras que una sonrisa tensa se posaba en su rostro al mirar a su esposo.

Con Bernard , residencia, 9:00 a.m.





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Re: — We are ghosts

Mensaje por Lichtgestalt el Vie 25 Nov - 8:49

Sunday morning.
I hate my life.

Contrario al férreo carácter que demostraba ante los demás, Bernard se mostraba complaciente cuando se trataba de su esposa. Maldecía internamente por permitir que viejos sentimientos afloraran. —Mías o no, las herramientas cuestan. — La mano de obra también, sin mencionar el resto de materiales. — Supongo que tienes razón respecto al alquiler. — Bastaba un simple roce de la mano femenina para apaciguar a la fiera en que Bernard podía convertirse cuando algo escapaba de su control. — Si un incidente de tal magnitud se repite, no me tentaré el corazón para echarlos de mi casa. — Aunque tratara de engañarse bajo advertencias dirigidas a los huéspedes, financieramente necesitaba tanto dinero como pudiera recaudar alquilando habitaciones. — Antes de hablar sobre subir precios, debería revisar mi armario. Una puerta se cae a pedazos y huele mal. — Quien hablaba no era otra que la señora Hale, una dama que solía pregonar tener un pasado de abolengo pero mes con mes añadía nuevos e increíbles argumentos al repertorio de excusas para no pagar el alquiler.

Asintió. Luchar contra las quejas se antojaba difícil, imposible. Sin importar cuán descabellados fueran los pedidos, Marie siempre apoyaba a quien fuera, excepto a él. — El martes a primera hora me ocuparé de ello. — Fiel a su costumbre en fines de semana, destinaba las primeras horas a solucionar problemas de índole doméstica; el resto del tiempo solía pasarlo recostado en un viejo sofá para hojear ese libro que no conseguía terminar o escuchando la radio mientras se quejaba de cualquier cosa. — Demos gracias a Dios. — A raíz de los horrores vividos en la guerra, Bernard actuaba con mayor cautela en temas que por sí mismo no podía explicar: rezaba todas las noches, asistía al servicio dominical e incluso acudía a servir comida en un refugio de veteranos cuando su agenda lo permitía. —Y a Marie, por supuesto. — Mientras elevaban plegarias y agradecimientos, Bernard se permitió desear que su esposa lo viera no como un simple proveedor o compañero forzado sino más bien como alguien que tenía ciertas virtudes.

La convivencia en torno a la mesa transcurrió en completo silencio — ocasionalmente interrumpido por algunos comentarios sobre las noticias del día o actividades diversas. — Tengo entendido que el alcalde iniciará un nuevo proyecto de casas para las viudas de guerra. Dicen que solicitarán tantos voluntarios como sea posible, creo que todos podrían ir y ayudar un poco, así ocupan sus fuerzas en algo de provecho. — No todos eran precisamente inútiles pero sí vagos, así que intentaba alentarlos a servir desinteresadamente a otras personas.

Con Marie, residencia, 9:00 a.m.


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Re: — We are ghosts

Mensaje por Aquiver el Mar 3 Ene - 3:56

Sunday morning.
Hello, my darling

Una sonrisa cariñosa se posó en su rostro femenino al escuchar como su Bernard niega lo recién dicho sobre la subida de alquiler. Marie desvió su vista hacía la variopinta cantidad que poseían como huéspedes y les guiñó con ojo con presteza, antes de volver a mirar al patriarca, con la sonrisa desvaída en sus labios de porcelana.

La rubia mujer negó con diversión al escuchar a la señora Hale reclamar por alguna cosa. Era algo a lo que ella se había acostumbrado, siempre había algo que arreglar y siempre había una excusa para no pagar, sin embargo, las historias que la anciana le contaban a Marie, eran increíbles y era por eso que la matriarca del matrimonio permitía que se quedara hasta fin de mes, incluso cuando se demoraba en pagarles el alquiler.

Marie Aldridge conservaba a sus huespedes porque todos tenían algo que la divertía, o que le hacía feliz. Era una pésima manera de aceptar gente, pero a la mujer le encantaba poder escuchar gente, cuando llegaba alguien nuevo pidiendo alquiler, Marie tenía que comprobar que no fuera otro aburrido.

—Eres un encanto, cariño— acarició la mano masculina y asintió cuando el mencionó dar las gracias, bajó su cabeza, murmurando y una satisfacción le corrió por el cuerpo cuando escuchó a su esposo, esté podía ser dulce cuando quería, por lo que Marie muchas veces se permitía darle más de un beso obligado en la noche o una sonrisa más natural que las de siempre.

Marie comen taba un par de cosas por allá y por acá, pero nada de vital importancia para la vida diaria, no obstante, cuando su querido Bernard comentó lo del proyecto, la mujer rubia con alguna que otra cana, le miró, con la diversión bailando en sus ojos claros. —Cariño—suspiró hacía él, quitando su mano femenina de la masculina—¿Crees que sea prudente pedirle eso a nuestros huéspedes?  — los señaló en general con la mano antes de volver la mirada hacía su esposo—Además, cielo, tu estás aquejado por dolores, no quiero ni imaginar como quedarías después de aquellos embistes  —frunció su ceño delicadamente—De verdad no creo que sea una buena idea  —suspiró con suavidad— Ya sabes que lo hago de preocupada que estoy por tu salud y bienestar —volvió a darle pequeñas caricias en el dorso de su mano.

—Mejor te quedas aquí conmigo—aunque en el fondo no le molestaría que Bernard saliera de la casa.

Con Bernard , residencia, 9:00 a.m.





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Re: — We are ghosts

Mensaje por Lichtgestalt el Dom 8 Ene - 5:31

Sunday morning.
I hate my life.

Pese a los años de cortés indiferencia, Bernand mantenía ciertas esperanzas respecto al matrimonio con Marie. A veces se sorprendía al hallar grato el roce de su mano o las caricias suaves que solía brindarle cuando hacía algo agradable para ella. En el fondo, se sentía como un animal, conformándose con migajas de cariño porque sabía que no podía tenerlo todo. — Alguien debe hacer algo por este país, mujer. Por eso los jóvenes se toman las cosas a la ligera, carecen de patriotismo y los adultos parecen olvidarlo también. — Dicho esto observó a sus huéspedes, cada uno más despreocupado que el otro, absortos en el desayuno que como cada mañana, Marie servía puntual. — Deben reportarle algo de trabajo al país. Tú al menos conservaste a tu esposo pero otras mujeres no tuvieron esa suerte. Y si no tuviera yo esta casa ¿Qué tendríamos? Vivimos bien gracias a los esfuerzos que hice mientras podía pero quién sabe lo que sería de nosotros si la suerte fuera otra. — No era capaz de enfadarse con ella por mucho que discrepara en el concepto que tenían sobre la vida.

— Y si ustedes no abandonarán sus asientos para hacer algo, yo lo haré. Vergüenza debería darles que un veterano en pleno retiro decida abandonar la comodidad del hogar para ayudar a otros. — Intercambió miradas con Marie, aferrando su mano a la suya en uno de los pocos gestos cariñosos que podía darle a esas horas del día cuando su ánimo iba de mal en peor. Porque sí, a veces Bernard podía ser un maldito pero también era esposo, padre y abuelo. —Aun así, procuraré no estar fuera mucho tiempo. Ya no soy el joven mozo del que te enamoraste y no quiero hacer el ridículo frente a los jóvenes voluntarios. — Mentir se le daba bien a pesar de lo mal que le sentaba engañarse pretendiendo tener sentimientos mutuos. — No se olviden de levantar la mesa y de lavar los platos. Mi esposa será su amiga pero no es mucama, ni siquiera mía. — Se puso en pie y depositó un beso en la frente de Marie para agradecer el desayuno. No había comido mucho pero lo atribuía al mal humor que provocaba en él tener tantos extraños rondando por su casa.

En definitiva los odiaba pero nada podía hacer para echarlos de ahí. Necesitaba el dinero y también, buscaba ganarse la aprobación ajena, especialmente de Marie. — ¿Vienen los niños hoy? — Aunque sus tres hijos eran adultos hechos y derechos con vida propia, Bernard jamás dejaría de considerarlos bebés. Su única hija estaba casada ya pero seguía siendo la princesa del hogar, a quien él consentía de una u otra manera. También era abuelo y aunque cariñoso, en nada podía compararse la idolatría que manifestaba por su hija, fiel reflejo de su madre. — Estaré en el jardín tengo que limpiar las malas hierbas hoy o después no tendré ocasión de hacerlo ¿Me llevas una jarra de té más tarde? — Y sin esperar respuesta — a veces se permitía abusar conscientemente de la infinita paciencia de su mujer — despidió a los inquilinos mientras él marchaba a cumplir con la siguiente tarea del día.
Con Marie, residencia, 9:00 a.m.


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Re: — We are ghosts

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