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The crow and the wolf

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The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Sáb 22 Oct - 20:24

The crow and the wolf
Crackship 1x1 | Basado en: Cazadores de Sombras | Introducción
Año 2016. Nueva York, Estados Unidos.

El mundo está dividido en dos: por una parte, existe la verdad conocida por los humanos, en la que no tienen cabida la magia ni lo desconocido, sino que la única ley válida es la del razonamiento. Por otra, toda una variedad de seres sobrenaturales se mueve entre las sombras, de la que estos primeros no tienen conocimiento. Son los subterráneos: brujos, hadas, licántropos, vampiros. A ellos se suma una raza derivada de la propia humanidad. Surgió hace alrededor de mil años. Su sangre se mezcló con la del ángel Raziel para, así, convertirse en los guardianes del equilibrio entre los distintos seres que ocupan el planeta, además de encargarse de que los demonios no rompan su frágil realidad, sumergiéndolo en las sombras.

En esta sociedad, dividida entre lo común y lo desconocido, dos polos opuestos colisionarán, descubriendo que no por pertenecer a razas diferentes, deben mantener las distancias. Las circunstancias unirán sus caminos, logrando que, con facilidad, salga de sus labios la palabra "amigo".

participantes


Hector White
Sebastian Stan
32 años
Ladie
Nicholas West
Chris Evans
33 años
Roanoke


índice


Capítulo I: Back to the start.
Capítulo II: And so it hurts.
Capítulo III: You cannot escape from the moon.
Capítulo IV: Y entonces amanece

pj no jugables


Lista susceptible a cambios:

Max | 24 años | Novia de HectorJoanna | 35 años | Esposa de Nick


Veronica | 28 años | Follamiga de Nick
Roanoke


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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Sáb 22 Oct - 22:22



FacultadNoviembre 2016Capítulo 1
Nicholas A. WestProfesor de LiteraturaLicántropo33 añosVer ficha

Back to the start


y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual
se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye
una y otra vez cuando avanzo.

Nicholas alzó la vista del libro que sostenía entre sus manos, clavando sus ojos azules directamente en sus alumnos, para cerciorarse de que, con él, estaban siguiendo la lectura. Era el último turno de tarde. El sol se había perdido en el horizonte hacía al menos un par de horas, quizá más. A ese horario apenas asistían la mitad de los matriculados y, aun así, buena parte de ellos perdía el hilo de la explicación pasada la primera hora. Resultaba difícil. Incluso, podría decirse, deprimente explicar su lección en ese turno un viernes noche. Sentía que gran parte de sus palabras se quedaban suspensas en el aire, sin nadie que llegara a apreciar la belleza de la poesía que les recitaba. Apenas los miembros del primer par de filas permanecían con los ojos bien abiertos, tomando apuntes incluso de cada suspiro que escapaba de sus labios. Por ellos era por los que no perdía la esperanza, y se obligaba a olvidarse del resto de presentes, para no sucumbir al impulso de abandonar; de darse la vuelta y dejarles a solas.

Muy bien. ¿Alguien puede decirme a qué se refería Ulises cuando afirmaba que… – Volvió a mirar directamente al libro, deseando rescatar ese fragmento con la mayor exactitud posible. En realidad se lo sabía de memoria, pues llevaba años impartiendo las mismas asignaturas. Sin embargo, la hora que era sumado a ser la tercera clase en un mismo día, podía jugarle una mala pasada a cualquiera. – el “horizonte huye una y otra vez cuando avanzo”?

Se hizo un breve silencio, hasta que por fin el brillo en los ojos de una de sus mejores alumnas, que movía su bolígrafo entre los dedos de un lado a otro en busca de concentración, le hizo saber que había dado con la respuesta. – Ulises intenta descifrar la unión entre su pasado y su futuro. Duda sobre su presente.

Nicholas la oyó con el ceño ligeramente fruncido, haciendo oídos sordos a los ruiditos de fondo de un grupo de alumnos que empezaban a recoger sus pertenencias un par de minutos antes de tiempo. – Muy bien, Max. Es eso mismo lo que Matthew Arnold intenta transmitirnos. Una y otra vez, a lo largo del poema nos encontramos con estos versos, que intentan recalcar la inquietud e insatisfacción de Ulises con respecto a… – El timbre resonó por toda la planta, anunciando el final de la clase. Nick boqueó, apretando los labios con cierto pesar, mientras cerraba el libro. Los mismos que hacía un rato se habían preparado (que a esas alturas, eran la mayoría) salieron a tropel del aula, con lo que no pudo siquiera acabar lo que tenía que decirles, otra vez. – Muy bien, eso ha sido todo por hoy. – Admitió a regañadientes, volviéndose hacia su escritorio, donde estaban repartidas las pertenencias que había utilizado desde que había entrado.

Los más atentos se despidieron de él con un simple “hasta el lunes, profesor West”, que él les devolvía con una sonrisa. Así, poco a poco el aula se fue vaciando, hasta que cada movimiento que realizaba hacía eco en aquel espacio vacío. ¿O no lo estaba? Cuando por fin cerró su maletín, y lo bajó de la mesa, se encontró con que al final, junto a la puerta, aún quedaba una pareja de rezagados, que estaban prolongando su “saludo” bastante más de la cuenta, y tampoco tenían aspecto de ir a detenerse pronto. En otras circunstancias, Nick se hubiera ido directo hacia su despacho sin decir nada. Sin embargo, estaba acordado que los profesores fueran quienes cerraran el aula en que daban clase a última hora de la noche, porque por aquel entonces el conserje ya se había marchado. No sabía qué era más incómodo: ser el aguafiestas, o la alternativa, que consistía en esperar sentado a que se cansaran de hacerse arrumacos.

Ejem. – Carraspeó con bastante exageración, a un par de pasos de distancia, tratando adoptar ese aire imponente y distante de algunos profesores, sin demasiado éxito. Cuando por fin se separaron, Nicholas vio que se trataba de Max y… ¿quién demonios era ese tipo? Sólo le hizo falta un vistazo para reconocer que no era humano. Se quedó mirándole un par de segundos a los ojos, hablando sin hablar. Ambos se habían reconocido, y lo sabían. Finalmente fue Nick quien retomó la palabra, en un intento de actuar con normalidad.– Tengo que cerrar el aula. – Les mostró las llaves como prueba de ello, lo que hizo que la muchacha, que de por sí estaba sonrojada, se sintiera aún más avergonzada al conocer que había interrumpido, sin querer, las labores de su profesor. Con una sonrisa forzada esperó a que se marcharan para hacer lo propio, notando cómo el nudo que se había formado en su estómago al reconocer a un hijo de Raziel en su misma aula, se desvanecía a medida que pasaban los minutos y el ruido de sus pasos se iba a perdiendo en el espacio. Nunca imaginó que… Bueno, que se toparía a uno en ese sitio. Todos desempeñaban oficios dentro de su propia jerarquía, y recibían educación en institutos desarrollados también por ellos mismos. Pero, claro, aún quedaba otra opción: que salieran con uno de sus alumnos, o incluso con algún otro profesor.

Mientras buscaba entre el pesado manojo de llaves la de su despacho, que se hallaba en la misma planta, iba meditando acerca del tema. Sabía que no había hecho nada malo. Aun así, en presencia de los nephilim siempre se sintió en tela de juicio; vigilaba sus pasos en exceso, temiendo que en cualquier momento dijeran que había roto alguna ley por la que debiera ser castigado. ¿Y si creía que el hecho de que un licántropo trabajara en una universidad, era un problema? ¿Que, de algún modo, ponía en peligro a los asistentes? Cerró la puerta tras de sí, apoyando la espalda en su plana superficie. Soltó el maletín en el suelo, y se frotó el rostro. Había sido un día largo, y aún le quedaban varias horas corrigiendo trabajos antes de irse a casa. "Es el cansancio" se dijo como excusa, deseando relajarse para poder ponerse manos a la obra, acabar, e irse a casa cuanto antes.
Roanoke




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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Dom 23 Oct - 20:42

Hector White
32 Años
Nephilim
The crow and the wolf
Back to the Start
Nick West

Capítulos: IIIIIIIVV

Cuando entró con la moto en el parking de la facultad de filología los otros vehículos ya salían en desbandada. Se escuchaba la algarabía típica de un viernes por la noche. Los jóvenes universitarios huían de aquella cárcel académica, preparándose mentalmente para ingerir cantidades incalculables de alcohol que después mearían alegremente para seguir con el ciclo que los mantuviera ebrios hasta que saliera el sol. ”¿Qué estoy haciendo?”. Se lo preguntaba muy a menudo últimamente. ¿Acaso no tenía suficiente riesgo en su vida? Parecía ser que no, que Héctor White necesitaba echarle un poco más de condumio al puchero que era su vida, y se había buscado una novietilla mundana. Por Raziel… si alguien le pillaba se le iba a caer el pelo. Por otro lado siempre era más fácil así. Jóvenes, mundanas, no pedían mucho y no pensaban en el compromiso inmediato. Podía estar a gusto un tiempo, que con Max los meses hubieran pasado deprisa le hacía sentirse inquieto pero… era cómodo. Era fácil. Y, sobre todo, si se iba a la mierda una runa bien dibujada conseguiría que ella no le viera nunca más.

Aparcó la moto con suavidad cerca del edificio, esquivando aquel desfile de coches nuevos y relucientes -ese tipo de coche de marca que identificaba al estudiante pijo por excelencia al que papi le daba todos los caprichos, incluida una carrera universitaria- y los viejos con la chapa rayada y desconchones -de los que tenían menos suerte en la vida-. Sacudió la cabeza al quitarse el casco, intentando quitarse esa sensación constreñida, cuando su teléfono empezó a sonar.

- Crow, estoy en tu casa, ¿dónde mierda estás? ¡Llevo media hora intentando encontrate!

- Hola a ti también, Desmond. He salido, porque tengo una vida, ¿sabes? Dejó el tono bravucón para erguirse en la moto, más serio. No quería tener que irse, sus horarios ya le provocaban suficientes problemas con Max como para dejarla tirada. Sería la tercera vez esta semana… mierda. - ¿Por? ¿Ha pasado algo?

Sí, pero ya nada. He conseguido encontrar antes a Gaeta, que estaba de guardia. Habían aparecido demonios Ifrit en Long Iland. Ya está controlado pero pensé que querrías saberlo… aunque sea tu noche libre.

- Joder, ni siquiera estoy lejos. Sí que quería saberlo, gracias, tío. Mantenme informado, eh… Los pantalones de combate se ajustaban a sus piernas, envolvía los músculos de elástica tela negra y gruesa con las protecciones. Un cuchillo serafín hacía que las botas le pesaran un poco más, como los otros dos que escondía en las sobaqueras, bajo la chaqueta. ¿Que si estaba preparado para emergencias? Joder que si lo estaba. - Llámame si necesitáis refuerzos. Pero después haces tú el papeleo.

¡Crow no me jod..!

- Hasta luego Desmond, que vaya bien la noche. Le colgó con una sonrisa, lanzándole un beso por el micrófono como si pudiera llegarle. La línea de la llamada se cortó, y el teléfono le devolvió una imagen luminosa con la hora en números digitales. - Mierda, ya voy tarde.

Apagó el motor y saltó del vehículo con una agilidad silenciosa. Se movía entre los estudiantes rezagados como una sombra, sin hacer ruido con las suelas gruesas de sus botas de combate. Llevaba tanto tiempo vistiendo eso que a veces pensaba que ponerse otra cosa era un acto inútil.

Cruzó con una pericia que sólo da la experiencia los intrincados pasillos de la facultad de filología, a medias el instinto, a medidas todas las veces que había recorrido aquel camino hasta encontrar que la sonrisa de Max le esperaba junto a la puerta. Tenía una de sus cejas castañas arqueadas, esa que precedía a una regañina cariñosa por los minutos de más que la había hecho esperar, así que sin darle tiempo hablar se inclinó hacia ella. Tenía que agacharse mucho por la diferencia de altura, pero cuando sus manos sostenían el culo prieto de Max sus inquietudes se deshacían en las posibilidades que daba la noche. Max, más que complacida, estiró los brazos alrededor de su cuello para corresponder el beso con una pasión inesperada. Hector gruñó contra su boca,sofocando una sonrisa.

Ups… Masculló Max, con esa mirada vidriosa de la chispeante lujuria de besarse en sitios prohibidos, esa mirada a avergonzada pero dichosa que sólo podían tener las muchachitas de veinte años sin problemas en la vida. Perdón, profesor. Ya nos íbamos. Entrelazo sus dedos con los de Héctor, tirándo de su brazo hacia el pasillo, pero por un instante sus pies se quedaron clavados en el suelo. Le estaba tomando la talla, y sus hombros se cuadraron automáticamente en una postura orgullosa. Tú sabes lo que soy, era lo que pensaba, ahora dime lo que eres tú. No habñia glamours que atravesar con la runa de la visión, así que descartó rápido que fuera un brujo, o un fae.. Los vampiros no podían dar clases a media tarde, así que el medallón dorado que le colgaba del cuello, disimulado dentro de la camisa, fue la pista definitiva. Praetor… un perrito del praetor dando clases en la universidad. Cosas más raras había visto. Vámonos.

- Sí, sí… buenas noches.

Se despidió del lobo con un gesto leve de la barbilla, dándole la espalda aunque por dentro el instinto le dictara que debería mirar por encima de su hombro para vigilarle. Bufó por lo bajo, ignorándo ese cosquilleo en el fondo del estómago, la sensación de peligro. Sólo era un lobo del praetor, estaba exagerando un poco.
Hecho para Ladie



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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Mar 25 Oct - 9:36



FacultadNoviembre 2016Capítulo 1
Nicholas A. WestProfesor de LiteraturaLicántropo33 añosVer ficha

Back to the start

Nicholas arrastró los pies hasta situarse detrás del gran escritorio, en el que se sentó sin ningún ánimo. Le dolían los lumbares y el trasero por pasarse el día entero en la facultad. Sus músculos se amoldaban al asiento con la dolorosa facilidad del hábito, hasta situarse en el mismo punto en el que empezaban sus días y acababan sus noches: detrás de esa misma mesa, dejándose la vista en el ordenador mientras pasaba páginas y páginas de trabajos y exámenes, que guardaba en carpetas físicas en un armario archivador junto a la ventana. La mayoría de los profesores a esas alturas les decían a los chicos que, al menos en el caso de los trabajos, se los subieran al campus en formato PDF en lugar de llevarlos a clase. En su caso, le molestaba tanto el brillo de la pantalla, que había tardado apenas un año en rendirse y decirles que lo hicieran a la antigua usanza. Incluso el resplandor del propio papel, blanco e impoluto, en ocasiones le mareaba, tras largo rato inmerso en él. El resto de sus compañeros no le creían, y estaban convencidos de que todo se resumía a que quisiera la reputación de ser demasiado estricto, y por eso les forzaba a redactar a mano algo que podrían copiar y pegar cliqueando dos botones. Pero, claro, ellos no eran licántropos. No sabían lo que era vivir con sentidos hiperdesarrollados.

Su reloj de pulsera estaba apoyado en uno de los extremos de la mesa, con la diminuta pantalla apuntando en su dirección. Le gustaba oír el repiqueteo de las manecillas: segundo a segundo; minuto tras minuto. Había aprendido a contabilizar el tiempo de manera inconsciente, de modo que era rara la vez en que alzaba la vista en su dirección y no era la hora en punto que ponía de límite para marcharse. El transcurso del tiempo, por extraño que pareciera, se le hacía más llevadero si lo controlaba en extremo, que si lo ignoraba. Como todo en su vida, en realidad, de ahí que la firma de que un lugar le perteneciera fuera el riguroso orden de los objetos que lo ocupaban. Sin embargo, aquella noche estaba al límite de sus fuerzas. Cometió el error de fijarse en la esfera en dos ocasiones antes de tiempo, con la ridícula esperanza de que, por arte de magia, hubiera pasado una hora más. El ambiente se le estaba antojando insoportablemente sofocante, lo que le forzó a quitarse la chaqueta de traje y colgarla en el respaldar. Se sentía casi como si pudiera notar el peso de la propia gravedad hundiéndole contra el asiento. La visión de los papeles moviéndose entre sus dedos terminó haciéndose borrosa. Las manecillas se movían despacio, más despacio… En una especie de eco que progresivamente se volvía más grave. Hasta que lo hizo. Se rindió. Sus párpados cayeron, y quedó atrapado en la cárcel de sus propios sueños.

Ahora Nicholas tenía quince años. Estaba yendo a su primera fiesta. Un grupo de chicos había empezado a jugar a la botella. La mayoría estaban borrachos, tirados por las esquinas. Otros seguían bebiendo, y un último grupo, el de “responsables”, bailaba con sorprendente lucidez. Nathan, el mejor amigo de Nick, le había arrastrado para que jugara con ellos, aun sabiendo que era víctima de una profunda vergüenza. El joven muchacho frotaba sus palmas sudorosas contra los muslos, con la mirada clavada en la botella oscilante, como el resto de presentes, sólo que él rezaba porque no le señalara. Odiaba ser el centro de atención. Pero lo hizo. La boca de la botella apuntó en su dirección. El corazón le dio un vuelco, y empezó a sentirse mareado. Inquieto, alzó tímidamente la mirada hacia quien fuera al que tuviera que besar, sin darse cuenta de que las paredes de la escena empezaban a derretirse como la cera. Cuando por fin sostuvo la mirada al frente, se hallaba en una especie de bosque. No había música, ni risas. No había gente tampoco. Sólo una loba de pelaje rojizo, mirándole fijamente. Su hocico se separó, y habló. – ¿Por qué no me buscaste?

Nick se despertó de un brinco, incorporándose en el asiento. Había caído de bruces sobre los exámenes. Como prueba de ello, había una marca redonda de saliva, que emborronaba la tinta de lo que había sido una F+. No era la primera vez que tenía esa pesadilla, así que ni siquiera hizo el amago de mirar a su alrededor para comprobar que estaba a salvo: ya sabía que no había sido real. Cuando quiso mirar el reloj, para saber qué hora era, se percató de que las luces estaban apagadas, porque su entorno había perdido los colores habituales, para adoptar una gama de azules y verdes, que le hacía saber que su visión lupina era lo único que le alejaba de la oscuridad. Eran las dos y media de la mañana. Hacía al menos una hora que tendría que haberse marchado, por no decir dos. ¿Habría venido alguien y, al verle dormido, le habría apagado la luz para que no le molestase? Sin darle mayor importancia, salió de su despacho en dirección a las máquinas expendedoras, al fondo del pasillo, queriendo estar lo suficientemente lúcido para coger el coche, y regresar a casa.  En él, las luces de emergencias tintineaban sobre las puertas: tampoco alumbraban los halógenos del exterior.

Jugueteó con un par de monedas entre sus dedos antes de meterlas por la ranura, y marcar la combinación de números y letras que le devolvería un vaso caliente de capuchino. Distraído, peinó su pelo revuelto hacia atrás, haciendo que sus marcados bíceps suplicaran un respiro, al hincharse contra la ceñida tela. Nick, y su costumbre de comprar camisetas una o dos tallas más pequeñas de la que le correspondía. El sonido de algo pegajoso y duro golpeando los conductos de ventilación le sacó de su ensimismamiento, provocando que un escalofrío le atravesara la columna. Frunció el ceño, intentando identificar en qué lugar exacto había ocurrido, y si se “dirigía” hacia algún punto en concreto. Podría haber jurado que, fuera lo que fuera, se… arrastraba. Con los puños cerrados y el corazón acelerado, barajeaba si debía hacer algo o no; si no sería más que producto de su estado adormilado, cuando un segundo sonido, esta vez mucho más claro, llegó a sus oídos: era el de dos botas chocando contra el suelo. En esa ocasión, no dudó. Se deslizó hacia la localización exacta, asomándose de forma cautelosa desde una de las esquinas, sin percatarse de que la máquina de café tampoco había estado funcionando. No era un cúmulo de casualidades: no había electricidad en todo el edificio.

No tenía miedo. Daba por supuesto que sería algún alumno queriendo hacer de las suyas. En el peor de los casos, un ladrón, pero… No. No se trataba de nada de eso. De hecho, la alternativa hizo que en el fondo deseara que lo hubiera sido. Era el nephilim. Tenso, resopló con más intensidad de la que pretendía. ¿Qué demonios se suponía que hacía, colándose en la facultad a esas horas? Intentó calmarse, y observar; aprender sus intenciones desde la oscuridad, antes de revelar su presencia, si es que no la había notado ya. Después de todo, él era un cazador de sombras.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Vie 28 Oct - 18:44

Hector White
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The crow and the wolf
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Nick West

Capítulos: IIIIIIIVV

 Sin alumnos ruidosos los pasillos parecían muy desnudos. Tenían una luz tenía que entraba por las puertas, lejanas, o las ventanas, escasas, con los últimos colores del día. Era una luz única que estiraba la silueta de sus sombras, cercanas, con su brazo ancho sobre los hombros de Max, y el bracito de ella haciendo esfuerzos por rodearle la cintura, con los deditos prendidos a su cinturón.

- Ten cuidado, no vayas a cortarte. Le tomó el pelo, inclinándose hacia ella para decirlo en voz baja, privada. Max rió ligeramente, dedicándole una mirada de "eres un completo idiota", que también significaba que estaba loquita por él. Caminaron así, amarrados el uno al otro hacia la salida que prometía diversión, tiempo libre, cervezas y sexo, pero antes de atravesar la jamba Héctor no pudo evitar girar un segundo, sólo un segundo, un tic de las manecillas del reloj, para mirar sobre su hombro. No había nada, absolutamente nada. Paredes cubiertas por corchos con folios de un centenar de colores, anuncios, publicidad, avisos de la administración, gente buscando compañeros de piso. Y la nada se extendía por los suelos pulidos, brillante otrora, pero deslustrados por un millar de suelas de plástico, seguía zumbando en su eco, rebotando en los pasillos hacia el interior del edificio. No había nada, pero tendría que haberse girado. Pedirle a Max que le disculpara y que tenía que trabajar, pero ya estaba allí, con su redonda cadera femenina rozándole cada vez que caminaban,  un centenar de Cazadores de Sombras patrullando la ciudad. Era su noche libre, maldita sea, era su puta noche libre, ¿no podía descansar? Parpadeó, sacudió la cabeza y con eso consiguió desembarazarse de esa sensación de tenso peligro. No, allí no había nada, y él tenía una cita de la que ocuparse.

No tenían planes fijos, ni siquiera planes interesantes, pero con los meses habían derivado en esa rutina pizpireta y cómoda de ir a recogerla a la facultad los viernes por la noche. Después iban en la moto por la zona de bares del campus universitario, un lugar ameno y lleno de risas. El motor tronaba por toda la carretera y decenas de pares de ojos abandonaban lo que estuvieran mirando para centrarse en la estela negra y brillante de Héctor, con Max de paquete agarrada firmemente a su cintura. Aparcaban en la acera de un bar pequeño con la mejor cerveza de toda Nueva York y el nephilim fingía ser uno más, quitándose años del carnet de identidad a base de sonrisa. Tampoco le importaban los mundanos más allá de Max, al final sólo eran eso, mundanos, una ingente masa de personas isn rostro ni nombre completo al que debían de proteger. Aunque los galmour se conjurasen en una dirección, la mayoría de las veces tenía un sentido bilateral. Estaban hechos para que los humanos no vieran a los cazadores de sombras y proteger su mundo oculto, pero también conseguían que los cazadores de sombras no vieran a los mundanos. Así que Héctor fingía que sus problemas banales le importaban sólo para reírse un rato creyendo que no tenía preocupaciones, ni un cuchillo escondido en las lumbares.

¿Era falso?  Absolutamente. ¿Hipócrita? Tal vez, pero era lo que quería, lo que Héctor necesitaba de la vida en ese momento. Le gustaba Max, la forma sencilla en la que ponía el mundo sobre una balanza y con su constante parloteo sobre cosas mundanas conseguía hacerle olvidar los horrores de sus noches, el peso de todas las responsabilidades que se acumulaban sobre sus hombros fornidos. Cuando estaba con Max no tenía que ser un miembro del Consejo, ni un Cazador de Sombras, podía limitarse a ser otro idiota guapo con una moto buena, que a veces era lo único que quería ser.  Se limitaba a dejarse llevar. Era el resultado de saber quién era, pero no a donde iba.

Así que tras las jarras de cerveza volvían a la moto y se daban una vuelta por la rivera del Hudson. Olía a humedad y polución, pero también conseguía filtrarse el fresco salitre del mar mientras bajaban avenida tras avenida en dirección a la casa de White, en mitad de Brooklyn. Allí se sentaban en el sofá, como si ninguno de los dos supiera que venía a continuación, pero entre besos y bromas terminaban sin ropa, revueltos en la cama. Estaba a punto de quedarse dormido cuando sintió el tirón en las sábanas. Abrió un ojo, el derecho, mirándo la espalda desnuda de Max de reojo. Los huesos de la columna vertebral destacaban con sombras suaves en su piel pálida.

- ¿Qué haces, a dónde vas?

- Es que no puedo quedarme hoy. John tiene mañana temprano un partido importante y quería ir a verlo pero El traqueteo de bártulos variados, sacudidos por una mano impaciente, interrumpía la voz en susurros de Max. No encuentro las estúpidas llaves.

- Pensaba que ibas a dormir aquí. Gruñó con voz perezosa, incorporándose lentamente. Ya había cogido la postura, de hecho el sueño le pesaba en los párpados que se afanaba en frotar, para ahuyentarlo. Max parecía cada vez más nerviosa, parloteaba pero no hablaba con él. Recordaba en voz alta lo que había hecho desde que habían entrado en la casa, en regresión. Donde había dejado el bolso al llegar, cómo lo había llevado en la moto, y en que sitio lo había tenido colgando mientras bebían cerveza en el bar. Apenas sin respirar llegó a la moto otra vez, directa hacía la puerta de la universidad por la que habían salido, desandando el largo pasillo con su luz crepuscular hasta...

¡La clase! Las saqué en la case para guardar el estuche y ¡las he olvidado en la balda bajo la mesa! Hay Dios... Se giró hacia Héctor, despeinada y desnuda, con los ojos brillantes de preocupada tensión. ¿crees que las habrá cogido alguien?

- ¿Quieres que vaya a comprobarlo?

¿Comprobarlo? ¿Qué piensas hacer, colarte en una facultad cerrada? Por toda respuesta, Héctor se limitó a sonreír, sacando las piernas de la cama. Empezó a vestirse, observado de cerca y con ojo crítico por Max, que tenía la boca entre abierta. ¿De verdad vas a colarte en mi facultad para buscar las llaves?

Su tono había cambiado, ya no era patidifuso o sarcástico, parecía maravillada.

- Si así te quedas más tranquila y me dejas dormir.. ¡auch! No me pegues, era una broma. Sí, voy a colarme en tu facultad y te traeré las llaves. No tardo ni veinte minutos. Échate a dormir, mañana te llevo temprano a casa.

¿En serio? Se puso la chaqueta con un gesto rápido y empezó a cerrar correas de cinturones y seguros de armas con una precisión meticulosa. Se inclinó hacia Max, completamente vestido para darle un beso. No corras con la moto, por favor.

- No te preocupes, no lo haré.

A decir verdad, se le daba bien mentir. Mientras bajaba los escalones de dos en dos se echó el pelo hacia atrás con ambas manos, la suela rígida de sus botas no hacía ruido a pesar de su peso. Se movía mejor de noche que de día, de hecho estaba acostumbrado a dormir en las horas de luz, como los vampiros, y los demonios, que se arrastraban fuera de sus cubículos cuando caía el sol, esa era su hora del día. Cuando arrancó la moto quemó los kilómetros como un lunático. La velocidad tenía algo que se la ponía dura, era un inofensivo subidón de adrenalina, gratuito, sin amenazas ni muerte de por medio, del que nunca se cansaba. Era, en parte, adicto a esa sensación que le hacía bullir las venas y le convertía en alguien mucho más valiente de lo que era en realidad. ¿Había dicho 20 minutos? Probablemente lo haría en un cuarto de hora, en vista de lo poco que tardó en volver al mastodóntico edificio de ladrillos que era la facultad de filología. La valla fue un obstáculo tan ridículo que no merece la pena ni mencionarlo. La puerta, sin embargo, fue otro cantar. Abrirla con una runa abría sido peligroso, porque suponía cerrarla del mismo modo y no debía dejar huellas de su presencia en el plano que veían los mundanos, y mucho menos cuando no estaba de servició. Terminó decantándose por una de las ventanas. Un conteo rápido de los metros recorridos, junto un plano mental del interior del edificio fue suficiente para dar con la ventana adecuada. Cualquier conserje despistado podía olvidarse de haber cerrado una ventana, pero una puerta despertaba demasiadas preguntas. Sacó la estela, parapetado detrás de un arbusto, y dibujó una runa de apertura. La ventana se abrió con un limpio ¡clinck! que consiguió arrancarle una sonrisa de triunfo.

Saltó, aupándose apoyado en los brazos para pasar los pies por encima del alfeizar y caer sobre el parqué con un sonido seco. La runa de visión atravesó la oscuridad de la habitación, revelando formas y siluetas que de otro modo le habrían estado negadas. Tardó un rato en encontrar las llaves, al fin y al cabo no tenía ni idea de dónde demonios se sentaba Max, así que fue palpando todas las baldas hasta dar con el metálico manojo.

- Mío. Afirmó, con una sonrisa, cuando dio con él. Lo levantó sostenido por dos dedos, lanzándolo hacia el techo para atraparlo en el aire, pero en ese lapso de tiempo un resoplido le hizo tensarse. Cuando las llaves aterrizaron en su puño todos sus músculos estaban duros, rígidos, se había puesto en guardia. Guardó las llaves en un bolsillo trasero, movimiento que aprovechó para desenfundar un cuchillo serafín. - Raphael.

La oscuridad se iluminó un instante con el nombre sagrado, un pequeño fogonazo de luz blanca sobre los pupitres, titilando para apagarse en el largo y afilado cuchillo translúcido que ahora portaba en la mano. Se acercó a la puerta, con las rodillas flexionadas y los hombros hacia delante, en posición defensiva, dispuesto a averiguar de qué demonios había surgido ese resoplido.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Dom 30 Oct - 13:57



FacultadNoviembre 2016Capítulo 1
Nicholas A. WestProfesor de LiteraturaLicántropo33 añosVer ficha

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Desde su localización, pudo ver con claridad cómo el nephilim desenfundaba aquel largo cuchillo y susurraba el nombre de un ángel para que se “encendiera”. Por la mente de Nicholas se entrecruzaron dos ideas al mismo tiempo. La primera, ridícula e infantil, era que aquel hombre parecía un jedi sosteniendo un sable de luz azul en versión reducida, en comparación con los de las películas. Esta hizo que una diminuta parte de sí mismo tuviera ganas de reír. ¿Cuántas veces, durante su infancia, no deseó formar parte de esas películas? Y ahora tenía a alguien cargando un arma similar entre sus manos, a pocos pasos de distancia. En el mundo real. Sólo que, claro, en sus sueños él también cargaba un sable y las luchas eran por una causa justa. La situación en la que se hallaban, por otro lado, era completamente distinta. Lo que le llevaba a su segundo pensamiento, que se resumía en dos palabras: ¡vaya cobarde! A la primera de cambio estaba sacando un arma. ¿Y si aparecía un guarda nocturno, que era con lo que más probabilidades tenía de encontrarse? ¿Qué explicación le daría para cargar ese arma? ¿Qué haría con ella? Y, ¿acaso no sabía luchar con las manos, que enseguida tenía que respaldarse en un objeto punzante?

Le observó por un par de segundos, consciente de que pronto tendría que hacer algo para detener esa situación absurda. Ni siquiera sabía qué le había llevado a intentar actuar como un espía frente a alguien que se dedicaba a ello como forma de vida. Demasiadas películas, fue lo que pensó. La impresión que le dio, le trajo incómodos recuerdos del pasado. En parte, fue culpa de aquel cuchillo. Su actitud segura de sí mismo (reflejada en hechos tan simples, como la postura que tenía adoptada), además de su molesto atractivo, le hizo rememorar a los matones que se metían con él antes de entrar en el instituto. Todos ellos gozaban de aquella confianza innata de la que a Nick le privaron desde el momento de su nacimiento, además de un halo de magnetismo que hacía que las masas les siguieran a ciegas allá donde fueran, sin importar las locuras que propusieran por el camino, o a quiénes intentasen pisotear. O, más bien, a quién: a él mismo. Esa sensación de que enfrentándole obtendría la misma clase de trato, le puso a la defensiva sin pretenderlo.

Bonito cuchillo. ¿Es eso lo que usáis los nephilim como linterna? – Fue lo primero que se le pasó por la cabeza. Un comentario ácido, relacionado con la falta de iluminación que había en todo el edificio, y de la que cada vez era más consciente. De nuevo, lo asoció con la hora que era, y el hecho de que en teoría el edificio tendría que estar vacío. Enseguida se dio cuenta de que su amargura le había llevado a decir una tontería. Él no quería un enfrentamiento; no quería darle razones, porque ya no a nivel técnico, sino legalmente, tenía todas las de perder. Con las manos alzadas en alto, salió de su escondite. Sus ojos azules lucían de un tono dorado bajo el resplandor del arma, similar al de los animales nocturnos al ser deslumbrados. – ¿Te importaría…? – Señaló el cuchillo con un gesto de la cabeza, en una forma de decir sin palabras que podía bajarlo. A esa distancia podía distinguir al detalle todos los aromas que le impregnaban. Iban desde el sudor por el esfuerzo físico, a la efervescencia de hormonas después del sexo. Además de uno muy… familiar, que le hizo sentirse bastante incómodo: el del perfume de su alumna. Era profesor de literatura. Si algo caracteriza tanto a los escritores (algo que era en sus tiempos libres), como a los lectores, es el hecho de no haber sufrido un deterioro en su imaginación tan profundo como el del resto de adultos. A consecuencia, su mente volaba con facilidad, en ocasiones imaginando cosas que escuchaba, leía o, incluso, olía, de forma inmediata e irremediable. La imagen que se originó en su mente al captar esas esencias, por tanto, sería la causa por la que en las próximas semanas no fuera a ser capaz de mirar a Max a la cara.

El mismo sonido de antes, estando junto a la máquina expendedora, interrumpió la escena. Nicholas enseguida bajó los brazos, frunciendo el ceño e intentando localizarlo. Si fuera algo más ligero lo que se movía, hubiera dicho que eran ratas, pero… Fuera lo que fuera, tenía unas dimensiones considerables. Similares a las de un hombre, y emitía unos sonidos al arrastrarse que recordaban a un bote de pegamento espeso siendo exprimido. Entonces, tan pronto como había reaparecido, se desvaneció. Se había detenido. Miró al nephilim, preguntándose si él también lo habría oído. La primera vez hubiera dicho que podía haber sido una mala pasada, producto de su cansancio pero, ¿dos veces seguidas? Al hacerlo, notó que él también se había puesto alerta. Su ritmo cardíaco no había aumentado ni una pizca, pero podía notar que ya no era en él en lo que pensaba. – ¿Tú también lo has oído? – Preguntó de forma retórica, puesto que de algún modo lo había dejado en evidencia. No tenía ningún sentido. Estaban en la facultad, y el establecimiento estaba completamente vacío… Salvo por ellos dos. ¿Le habrán seguido? Iré contigo. – Pronunció esas palabras sin ni siquiera saber lo que decía. Su boca actuó con más rapidez que su cerebro. Cuando se dio cuenta, se vio en la necesidad de justificarse añadiendo otras. No sólo ante él, sino ante sí mismo, en una forma de convencerse de que era lo correcto. – Llevo dando clase aquí cinco años. Si no ayudo a protegerlo, es que no me merezco el puesto.
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Mensaje por Ladie el Mar 1 Nov - 0:48

Hector White
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 Sin las runas, los agudos sentidos de Cazador habrían encontrado al licántropo mucho antes de que hablase, aunque a decir verdad tampoco era demasiado silencioso. Que lo hubiera visto en aquella misma clase, con la misma ropa pero más despierto hacía unas horas era un buen apoyo para su memoria a corto plazo, que solía descartar mundanos y subterráneos a una velocidad que, ciertamente, era insultante para los descartados. La actitud natural de Héctor fue erguirse. Estaban frente a frente, el licántropo-profesor no podría atacarle y pillarle desprevenido, así que el instinto le decía que se pusiera a su altura, porque, demonios, era alto. Y ancho.


- ¿Siempre eres tan ingenioso? Respondió a la defensiva, sin bajar el cuchillo. Al fin y al cabo, era la única luz útil que había en la habitación, y tampoco iluminaba tanto. Pero sí lo suficiente como para revelar los rasgos masculinos del rostro ajeno, el fondo claro de unos ojos tan azules como los de Héctor plantados entre la puerta y él. ¿Qué demonios hacía un profesor allí, a aquella hora, cuando ya no quedaban alumnos. - ¿Qué haces aquí a estas horas?


Preguntó a bocajarro, sin pensarselo dos veces. Tenía una postura marcial y un tono autoritario que no dejaba espacio a evasivas y era una amplia advertencia para las mentiras. Trabajaba de noche y con maleantes, no con profesores que hacían horas extras, cuando se ponía el traje la amabilidad se iba por la puerta. Miró el cuchillo serafín, siguiéndo la mirada del licántropo. Lo sopesó, le gustaba ser el que tenía un cuchillo sobre la mesa y el mango por la sartén, pero no quería problemas con el praetor o con el representante del consejo, así que terminó por darle la vuelta con un floreo de la mano, apoyándo el filo en la protección interior del antebrazo, y sacando del bolsillo la piedra de luz. Tenía un color más azulado y frío que el cuchillo, pero era mucho más potente. Al alzar la mano con la piedra en la palma la luz se extendió, deshaciéndo las sombras de la sala.


- Reitero, ¿que haces aquí? La universidad está cerrada.


Un sonido pesado y sofocante le hizo mirar al techo con el ceño fruncido. Aquella sensación insistente que le había acosado al salir de allí a última hora de la tarde con más se le abrazó a las lumbares, un escalofrío heraldo que escalaba por la columna vertebral, más palpable y real. Era el silencio, lo amplificaba todo, o la oscuridad que reinaba en todo el edificio. Era la hora de las bestias. El corazón palpitó con firmeza, a un ritmo constante que oxigenaba cada fibra de sus músculos tensos, y el nephilim respiró hondo para sentir el aire en el paladar y probar su sabor. Le llegaba el retazo de olores familiares, una pizca de lejano azufre… una mala señal.


- Sí, lo he oído. Confirmó, y sin pensarlo movió los dedos. El mango se deslizó entre sus nudillos con suavidad, dándole la vuelta a la hoja para que el filo quedase al aire, y la línea gruesa de la hoja apoyada en el antebrazo, como la tenía antes pero con la hoja hacia fuera, - ¿Qué? No, tu no vienes. Aprecio las intenciones, de verdad, pero quédate aquí, yo me encargo. Nadie va a juzgar si mereces o no estar aquí, y yo mucho menos.


”A mi me da igual” habría añadido, pero le pareció demasiado descortés. No tenía tiempo que perder con el licántropo, así que se hizo a un lado y salió por la puerta, inspeccionando los pasillos. Habría agradecido tener otro nephilim con él, alguien que le guardara las espaldas. La piedra de luz iluminaba varios metros, pero los pasillos se eternizaban en una sombra eterna, como un camino a la negrura. Empezó a darle vueltas a su mapa mental de la facultad, que era bastante pobre, de hecho, de esa clase a la salida y viceversa, y el pellizco que se le había instalado en el fondo del pecho no le dejaría irse hasta que se asegurara de que allí no había nada raro. Fuera el olor del azufre era más intenso, descendía perezosamente por las rejillas de ventilación. El sonido se repitió otra vez, alejándose por la derecha, y Héctor empezó a caminar en esa dirección, intentando encontrar la fuente.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Jue 3 Nov - 9:42



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¿Que qué hago yo aquí? – Fue su primera respuesta. Su pregunta fue prácticamente un insulto. ¿Cómo podía ser tan endemoniadamente descarado? Qué hacía él ahí. Esa era la verdadera cuestión. Lo peor de todo era que, aun después de guardar su cuchillo, demostró que seguía presentando el mismo interrogante, que en un principio podía haberse salvado como un pensamiento en alto. Ofendido, elaboró una respuesta. Aunque se moría de ganas por darle una mala contestación, revelando lo que pasaba por su mente, se mordió la lengua. – Me parece que ya sabes que trabajo aquí. Me has visto dando clase a tu novia. – Resopló, molesto por tener que recalcar algo que era obvio para ambos. El hecho de echarle en cara que hubiera cerrado le hizo sonrojarse. Un tono rosa palo que bien disimulaban las sombras. De ninguna manera admitiría que se había quedado dormido en su despacho, porque eso le dejaría en ridículo; como un hombre poco profesional. Iba a inventar una excusa, cuando ocurrió el incidente, que hizo esfumarse todo el valor que hubiera podido tener la conversación que mantuvieron hasta entonces.

Si se lo preguntaran, Nicholas afirmaría que a partir de ese instante en el que aquellos terroríficos sonidos atravesaron la barrera del silencio, el ambiente se había vuelto más húmedo y frío; otros expertos, sin embargo, dirían que en realidad era el miedo lo que le hizo variar su percepción del entorno. La vulnerabilidad le expuso a lo que antes ignoraba, haciendo que su tensión bajara y hasta la más mínima brisa helara sus huesos. Todos sus sentidos estaban alerta; los músculos rígidos. Tuvo vagos recuerdos de las noches de luna llena con el resto de praetor. En ocasiones iban juntos a territorios apartados para vivir en manada la experiencia, donde supieran que no había ningún humano al que pudieran hacer daño. En esas escasas veces, su lado más animal relucía, y era en esas escenas de caza en las que pensaba. Sólo que, claro, entonces iban en grupo. Podían llevar a cabo la estrategia de guía y emboscada tan usual en su raza. Ahora, sin embargo, sólo contaba con aquel nephilim, que parecía ir saltando de historia fantástica a historia fantástica: ¿o sólo él pensaba que esa piedra se asemejaba al cristal de luz que cargaban consigo los elfos en el Señor de los Anillos? Y tan poco quería colaborar con él.

¿Qué? – Contestó con el ceño fruncido, encontrando esa contestación muy típica de los de su clase: de los jóvenes guaperas que estaban acostumbrados a ser admirados hasta por las plantas. – No digas estupideces. ¿Qué opinión importa más que la mía propia? ¿A quién hay que dar mejor impresión que a uno mismo? – Fue su respuesta acerca del haber o no alguien que pudiera juzgarle. ¿Y qué más daba la compañía? No se perdonaría quedarse de brazos cruzados mientras el lugar en el que trabajaba; un sitio que consideraba prácticamente sagrado, estaba en peligro, puesto que su allanamiento significaba que no podía estar seguro ni siquiera en el lugar en el que pasaba más tiempo en todo el día. Más sus palabras serían en vano. El nephilim ni siquiera esperó a que terminara de hablar para marcharse, lo que no tuvo el efecto esperado de desanimarle. Por el contrario, le ofendió su falta de consideración y, con más rabia que valentía, siguió sus pasos por los anchos pasillos haciendo el menor ruido posible. Menos mal que hoy no me traje los mocasines marrones, pensó, recordando cómo su suela, al no estar desgastada, chirriaba contra el suelo pulido a cada paso que daba.

La próxima vez en que aquel ruido se hizo latente, las dudas que hasta entonces le habían acosado, se fueron disipando, entendiendo por fin de dónde provenía. No sólo por el trayecto que seguía esa cosa, sino haber sentido un escalofrío por el chirrido del metal contra aquel cuerpo gelatinoso, le dieron las pistas que necesitaba. Siempre estaba arriba, siempre moviéndose; metal, paredes… Un conducto. Tenía que estar en los conductos de ventilación. Emocionado, apretó el paso para tomarle de la muñeca y hacer que se detuviera. Había tenido una idea. Sí, puede que no contara con su manada, pero, ¿quién dictaba cuántos miembros habían de haber para que hubiera una? ¿O quiénes debían formarla? Aun a sabiendas de que podía recibir un corte por el descaro, posó una mano en su muñeca y tiró de él hacia atrás. Se apartó un paso lo más rápido que pudo, alzando los brazos en alto en son de paz, sin perder la conciencia de que, o decía algo inmediatamente, o volvería a perder su atención. Y quizás esta próxima vez le sería más difícil cogerle el ritmo.

¡Espera! – Le recriminó antes siquiera de que se moviera, intuyendo que intentaría apartarle de su camino sin ninguna oportunidad. – Espera, he tenido una idea, ¿de acuerdo? Sólo, joder. Confía en mí. – Le susurró, sintiendo reproche en su mirada. Ni siquiera hacían falta las palabras, esos ojos azules le penetraban como si pudieran ver a través de él. – Puedo… Puedo meterme en los conductos de ventilación, y atraerle hacia el aula magna. Si consigo convertirme estando dentro… Podré moverme deprisa y deslizarme sin problemas. La clave será conseguir ser más rápido que él, pero... – Se detuvo, presionando sus puños. ¿En qué demonios se estaba metiendo? Y, ¿acaso podía confiar en aquel guaperas? ¿En que le salvara el culo llegado el momento? – Pero creo que podré hacerlo. Sólo tendrías que ayudarme a subir, y esperar con el cuchillo en ristre. Yo le conduciré hasta ti. – Tragó saliva, ansioso por saber si estaba de acuerdo o no. Mientras hablaban, seguían pudiendo oír sonidos sospechosos. ¿A dónde se suponía que se dirigía? – Así es como trabajamos los licántropos. En equipo. No es nada que no haya hecho antes.Parcialmente, pensó, acusando aquella verdad a medias.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Sáb 5 Nov - 20:15

Hector White
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Apretó los labios sin dejar de mirar al licántropo. Pueril, era lo que le parecía la actitud del profesor, no tenía tiempo para esas tonterías cuando su instinto tenía una alarma disparada. No merecía la pena ni desperdiciar el tiempo en poner los ojos en blanco o enarcar una ceja.

- Hasta donde yo sé aquí no dais clases nocturnas.

Espetó, más por obligación que por deseo de aclarar cualquier intención. Subterráneos… sólo ellos se ofendían cuando uno intentaba hacer su trabajo, era la historia de siempre. Prefirió enfocarse en la palabra "novia", que le venía demasiado grande a su concepción de Max. Una etiqueta, un tecnicismo. No era nada. Aparte, Hector White era de los que necesitaban tener la última palabra, la última acción, la guinda del pastel. Pero una vez puesta no era de los que se comían la tarta, así que no dudó un instante en internarse en las entrañas del edificio, con la runa de equilibrio y la de valor palpitando negras sobre su piel.

- ¿A la parca, si la espichas?

Respondió con una potente carga sarcástica, pero sin sonrisas ni cejas alzadas con la que reírse. Hector era serio en su trabajo, y aquello se había convertido en el maldito trabajo. Masculló improperios entre dientes cuando escuchó los pasos detrás de él, oh, ¡por dios! Era como si lo persiguiera un oso torpe. Los pasos elegantes y marciales del Nephilim, aplacados por la runa de silencio, tenían la misma canción que el vuelo de una pluma en comparación con los pisotones del pesado licántropo. Miró hacia arriba, y deseó que existiera una runa para ver más allá del granito y la piedra, algo con lo que atravesar la mole que mantenía en pie el edificio y poder ver su objetivo retorciéndose dentro del entramado de las paredes.

- ¡Argh! Ladró al sentir el tirón de una de las muñecas, y el gemido se extendió por el pasillo con un eco mortal. Si hubiera llevado el pelo suelto en vez de un tirante moñito en la nuca todo el flequillo se le habría venido sobre los ojos cuando se dio la vuelta, bruscamente. Su mirada era afilada y penetrante, un dibujo azul de ira que clavó directamente en el licántropo. - ¿Confiar en ti? Escupió, estupefacto. No era que no pudiera confiar en un subterráneo, cooperaba con ellos desde hacía años, pero aquel particularmente no le daba buena espina. Se ofendía por preguntas obvias, no acataba sus directrices e insistía en arriesgar el pellejo por una reputación que nadie ponía en tela de juicio. Era temerario, y lo último que quieres cuando te ronda un demonio es tener un compañero temerario. - ¿¡Meterte en los tubos de ventilación con un demonio?! ¿¡Ser más rápido?! ¡Estás loco! ¿Crees que eres el fantástico licántropo justiciero? Tú te transformas con la luna llena, yo cazo demonios. Y no tiene nada que ver con lo que sea que hayas hecho antes.

Severo, así era su discurso, y rígido. No esperaba un "gracias" por su parte, ni mucho menos. Normalmente aquellos que no saben cómo se juegan la vida no te agradecen que los salves de sí mismos. Un estallido sonó a su espalda, y Hector se puso rígido. No necesitaba ver para entender el lenguaje del hormigón abriéndose en dos, se rasgaba con chasquidos de tierra seca, estructuras cediendo para dar a luz a oscuras criaturas. El olor a azufre inundó el pasillo en una pestilente oleada.

Así como los nephilim sienten los demonios, tienen un instinto grabado en el ADN para ello, las criaturas de otras dimensiones sabían cuando un hijo del ángel los perseguía. Estaban creados desde el principio de los tiempos para enfrentarse mutuamente, al contrario de lo que muchos creían, no estaban allí para morir, o para vivir, sino para pelear, porque eran la encarnación de una lucha eterna y ancestral. Y ahora el bando contrario le estaba soplando en la jodida nuca. Ahora no pudo evitarlo, miró a Nick y puso los ojos en blanco.

- Está detrás de mi, ¿verdad?

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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Vie 11 Nov - 10:25



FacultadNoviembre 2016Capítulo 1
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Nicholas entornó los ojos, dejando caer laxos sus brazos a cada lado de su cuerpo, golpeándose los muslos por lo violento del gesto. Ya tenía que empezar, pensó exasperado ante los primeros indicios de un nuevo discursito. Se sintió estúpido, pero no por haber ideado ese plan, sino por pretender que una persona como él fuera a querer escucharle. Y ya ni hablemos de ayudarle, lo que le convenció de que mejor hubiera sido llevarlo a cabo sin decirle nada y que más tarde le diera las gracias por servírselo en bandeja. Había tenido que vivirlo a la fuerza, para entender lo que muchos otros licántropos le habían dicho acerca de que los nephilim tenían su puesto de autoridad subido a la cabeza, y que lo suyo era “centrarse en la enemistad con los vampiros”, contra los que intentaban mantener la paz, porque con estos primeros no merecía la pena tratar más que para establecer acuerdos de paz, aunque esos eran otros duros de pelar. ¿Acaso no existen seres sobrenaturales agradables?, era una pregunta que siempre se hacía, añorando los libros de su infancia, que muchas veces, en los últimos cinco años, había deseado quemar en un cubo de basura metálico en el jardín trasero de su casa, por la sarta de mentiras que autores soñadores habían estado intentando meterle en la cabeza, envenenándole la mente con pajaritos volando, como solía decirse, cuando la realidad era mucho más amarga. Aunque claro, esa nadie quiere oírla.

Aguantó con los puños cerrados el primer grito, con los músculos tensos y el instinto de cerrarle la boca de un puñetazo haciendo que le latieran las venas del brazo. Quedaban apenas unos días para la luna llena, y si de por sí su conversión le había vuelto una persona mucho más irascible que antes, en ese estado prácticamente cualquier cosa podía hacerle saltar chispas. Por suerte, la experiencia ganada en el pasado lustro cumplió su función y supo cómo controlar su cuerpo, aunque no sus palabras. – ¡¿Pero acaso puedes dejar de ser tan capullo?! Ya sé lo que eres. Ya sé a lo que te dedicas. Y tú bien sabes también que no te voy a dejar solo, porque me he hartado de decírtelo. Así que, ¡¿por qué no dejas de actuar como si estuvieras sordo y empiezas a aceptar que NO voy a marcharme?! ¡Yo no seré un justiciero pero tú tampoco eres el llanero solita-! – Sus labios permanecieron separados, a punto de articular la próxima palabra, como si de repente se hubiera congelado. Todo su cuerpo se quedó inmóvil, salvo sus ojos, centelleando de un color dorado a causa de la oscuridad, que ahora miraban más allá de él. Estaban centrados en lo que tenía justo detrás: un ser de dimensiones increíbles había descendido desde el techo, aparentemente atraído por sus gritos, y se alzaba como una cobra, dispuesta a lanzarse hacia delante apenas su presa diera un solo paso en falso. De su enorme boca de dientes afilados caía una espesa hilera de saliva, que amenazaba con aterrizar directamente en el hombro del nephilim. De su entrada, apenas quedaba como testigo la rejilla del conducto de ventilación que había desplazado, y ahora se balanceaba a varios metros del suelo en un sonido semejante al de una risa estridente y malévola, como si se estuviera burlando de su error al distraerse discutiendo entre ellos, olvidando que nunca estuvieron solos.

Con una expresión mezcla entre asco, estupefacción y horror imposible de disimular, Nick se limitó a hacer un gesto afirmativo con la cabeza, casi imperceptible, para contestar a su pregunta, que sin embargo hizo que la criatura se fijara en él, como si la falta de movimiento del otro individuo le hiciera perder el interés. Él era la presa viva con la que podía jugar. O tal vez prefiriese que el plato fuerte fuera el último. Consciente de las consecuencias que iba a tener ese hecho, echó un pie hacia atrás para coger impulso. No iba a correr: por loco que pareciera, pensaba que lo mejor sería enfrentarle directamente. Además, si se ofrecía como presa conseguiría distraerle, y que el condenado nephilim tuviera más facilidades para “hacer su trabajo”. Después de todo, no creía que pudiera hacer nada estando de espaldas, con todas sus partes débiles a apenas un ligero movimiento del demonio.

En apenas una fracción de segundo, la bestia saltó varios metros en el aire buscando posarse sobre él, sin esperar que Nicholas, en lugar de quedarse parado o huir, se convirtiera y fuera también a su encuentro, (aunque iba a echar mucho de menos esos pantalones). Juntos rodaron por el suelo. El lobo intentaba estirar las fauces y morderle directamente en la yugular, posando sus poderosas patas sobre el cuerpo inquieto del demonio, mientras que este intentaba azotarle con su cola de púas y apartarle de encima, sujetándole al mismo tiempo con sus garras, de las que en parte le protegían su espeso y duro pelaje canino. Sus dientes llegaron a estar a pocos centímetros, apenas un par, pero finalmente recibiría un golpe en la zona certera, que le lanzó por los aires, chocando contra la pared con una fuerza que haría retumbar las paredes. Una de las púas impactó de tal forma que le había atravesado la piel, quebrando el hueso, lo que dejó esa pata inservible. Gimoteando por el dolor mientras caía, una vez en el suelo la adrenalina y la rabia intentaron contrarrestar aquella agonía, provocando que aun estando en clara desventaja, gruñera a su oponente, mostrando la misma dentadura que hacía apenas un pestañeo a punto había estado de cercenarle el cuello, amenazante. Sus orejas estaba echadas hacia atrás, y su cola se alzaba en un perfecto ángulo recto, en una posición de ataque que ya poco intimidaba.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Lun 14 Nov - 22:34

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La postura rígida de Nick no le impresionaba lo más mínimo. Era un hombre con un cargo en el consejo, a parte de sus labores naturales de Nephilim estaba acostumbrado a decir cosas que los demás no querían oír. Que apretara los puños todo lo que quisiera, suerte para Héctor parecía un hombre con temple suficiente para no soltarle un puñetazo en los morros, por muchas ganas que tuviera de dárselo. Sus gritos, por otro lado, sólo consiguieron engrosar el frío acero de los ojos de Héctor. Palabra a palabra ponía ladrillos en el muro que separaba su vida, de noche, oscura y peligrosa, con los caprichos oportunos del licántropo. Era exactamente lo que parecía; un hombre aburrido de su propia vida, dilapidando minutos detrás de un escritorio ante cientos de pares de ojos que no le prestaban la atención que deberían. Y allí estaba, puro hastío, agarrándose a aquella oportunidad como un clavo ardiendo, era probablemente la primera emoción fuerte que sentía en meses, ¡un demonio! Oh, sí, conocía bien a ese tipo de héroes de baratillo, y no estaba nada interesado en dejar de ser un capullo. Supiera o no que era por su bien.

La realidad, tarde o temprano, se revela. Y allí estaba por fin, clara, no, cristalina, reflejos sinuosos en retinas ajenas. Temor, tozudez, el delicioso horror de ver pesadillas palpables, audibles; un demonio. El primero que Nick veía en su vida, y así lo veía Héctor a través de sus ojos, mirándolos sin mirarle a él. El sonido de su voz, hastiada, se extinguió en el pasillo, dejándole sitio a algo más. Era una risa desgastada de ceniza y tiempo, la maldad hecha carne, una música arrítmica que ponía los pelos de punta. Sintió el escalofrío por toda la columna vertebral. "Eso debería ser suficiente para que este idiota… ¿¡qué?!". Fue un iluso creyendo que la visión del mismísimo diablo consiguiera mermar las ganas de Nick de cometer una locura. Donde estaba el hombre de pronto sólo quedaba la bestia, su transformación fue tan rápida que apenas pudo verla, incluso con la runa de la visión. De dientes a colmillos, brazos gruesos convertidos en patas peludas que arañaban el suelo pulido del centro universitario al precipitarse pasillo abajo, a su perdición.

- Por el ángel bendito…

Jadeo, dándose la vuelta sobre sus propios talones. La escena era exactamente lo que esperaba: caos. Las articulaciones huesudas del demonio crujían, en esa mancha oscura desprovista de luz eran como un pase de cebra derritiéndose; blanco y negro en uno sólo. Los chasquidos eran terribles, no podía identificar si eran mandíbulas batiéndose en el aire en un intento de atrapar a su contrincante, o el sonido de huesos quebrándose. Estuvo a punto de gritar que no mordiera, ¡maldito estúpido loco! ¿Qué coño creía que estaba haciendo? Si le mordía de las heridas de aquel demonio manaría un icor espeso y gris, chorreando con su siseo de ácido. Podía carcomer todo lo que tocaba, hormigón, acero, ya no hablemos de la grotesca forma en la que podía derretir los huesos y la carne. Sólo las hojas benditas de las Hermanas de Batalla podían hendir aquella carne infecta de maldad y salir indemnes.

Todo el pasillo se sacudió cando el corpulento lobo blanco se estampó contra la pared. Las tuberías y la estructura gimieron a la vez, entrañas que resentían el golpe con un quejido. La runa de equilibrio hizo todo por Héctor, que apenas se inmutó más allá del horror de ver que sus predicciones se hacían realidad; el licántropo iba a matarse. Echó a correr. Los metros eran centímetros bajo la suela de sus botas. Había una mueca curiosa en el rostro del demonio, que contemplaba al desafiante lobo herido; se reía. Era lo que quería, dolor, caos, no se alimentaba sólo de la carne, la rabia era el sustento de su espíritu.

- ¡Sal de aquí!

Gritó el Nephilim, enarbolando su cuchillo serafín. Cruzó el aire en una exhalación, impulsándose contra el suelo para saltar los metros que restaban y aterrizar sobre el demonio. Sus largas extremidades se alzaron para contenerle, pero ya se había escurrido entre ellas, saltándole en el pecho. Alzó el cuchillo y sin pensar descendió, todo potencia y músculos. Iluminada por el cuchillo serafín, la carne del demonio tenía una textura extraña, de algo que no era de aquel mundo. La punta afilada besó la carne y un siseo largo acompañó el quejido infernal de dolor. La angustia que atenazaba a la criatura iba más allá del dolor físico, la bendición del ángel estaba en ese cuchillo, en ese brazo. Héctor era el brazo ejecutor de la justicia divina, lo guiaba el mismísimo Raziel, y si ese demonio menor pudiera sentir miedo, estaría aterrado ante la frialdad de los ojos azules de su juez y verdugo.

El pulso hacía que ambos temblaran con la fuerza acumulada, diablo y ángel enfrentados en la lucha eterna. Héctor luchaba por bajar el cuchillo y hundírselo en el pecho, tres centímetros a la izquierda del hueso torácico, por donde podía escurrirlo hacia un órgano vital. El demonio, por el contrario, intentaba ascender, repeler, luchar. Mirando las cuencas negras de la criatura Héctor lo supo, no podría hacer aquello sólo.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Vie 18 Nov - 23:55



FacultadNoviembre 2016Capítulo 1
Nicholas A. WestProfesor de LiteraturaLicántropo33 añosVer ficha

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Dentro de aquel estado de salvajismo, en el que era más bestia que humano, aún pudo comprender el significado de las palabras del nephilim, que gritaba en medio del caos “lárgate”. Por toda respuesta, el enorme lobo blanco le lanzó un gruñido, negándose una vez más a obedecer a su constante retahíla. ¿Aun en medio del caos tenía tiempo para pensar en eso? Si no fuera por sus carencias, hubiera tenido la amargura suficiente para darle un dentellada sólo para tener el placer de oírle callarse de una maldita vez, pero apenas podía hacer nada: el lobo se había convertido en un cachorro indefenso, que bien podía terminar ahogado en su propia sangre, si aquella batalla se prolongaba demasiado, o tenía un final distinto al esperado. El líquido rojizo brotaba de su pierna con alarmante fluidez, tiñendo el pelaje brillante y pálido para convertirlo en un manto escarlata pegajoso y húmedo, que se le adhería a la piel. La fuerza le iba abandonando con cada gota, mientras sólo era capaz de ser un mero testigo de la escena. Se había vuelto inútil.

Dejando a un lado sus diferencias; sus distintas procedencias o formas de concebir el mundo, era impresionante ver a aquel hombre luchar. Sus brazos se movían con una rapidez y precisión que, creía, para un humano cualquiera hubiera sido difícil siquiera seguir sus movimientos a medida que los iba ejecutando. Casi podía oírse el silbido de la hoja cortando el aire en dirección a la carne blanda. La silueta de sus músculos se perfilaba contra la tela, dibujando la figura de un cuerpo digno de los dioses. Era una imagen bella y estremecedora al mismo tiempo, que en cierto modo, mientras amenazaba con perder la conciencia, le traía en forma de recuerdos, vagos retazos de su infancia, cuando, al contrario que el resto de muchachos de su clase, en lugar de pasar las horas muertas jugando a videojuegos, se sumergía en apasionantes historias mitológicas o cómics de superhéroes. El nephilim era sin duda la encarnación de alguno de aquellos hombres. Similar a Hércules enfrentándose al león de Nemea.

La diferencia, era que el héroe clásico se enfrentó a la bestia con sus propias manos, y aquel hombre llevaba un arma, que centelleaba bajo las parpadeantes luces de emergencia. Nicholas permaneció quieto un segundo, alerta, al percatarse de que había algo fuera de lugar. ¿Por qué el cuchillo no bajaba? Muy próximo a su objetivo, no lograba tampoco superar él solo la fuerza de aquel ser sobrenatural. La misma sensación de frustración que debía estar invadiéndole empezó a crecer en su pecho, envolviéndole hasta arrebatarle el aliento. No podía hacerlo, tenía que ayudarle.

El licántropo intentó ponerse en pie. Apoyó firmemente las patas delanteras en el suelo, impulsándose con ellas para ayudar a las traseras a hacer un esfuerzo. Sin embargo, en cuanto la pata herida comenzó a erguirse, un intenso dolor le azotó, haciendo que sufriera un fuerte mareo y perdiera el equilibrio. Vio las estrellas; todo se volvió blanco en una especie de cosquilleo que hizo vacilar a sus extremidades, volviendo una vez más a su frío charco de sangre. No podía andar. Una obviedad hasta entonces, que había querido ignorar por propio orgullo. Se había visto capaz de avanzar aun así, pero ahora lo tenía claro, pues la verdad acababa de darle una bofetada de realidad: no podía alcanzarles. La única forma de hacerlo era rápido, y no con muchos movimientos. ¿Pero qué conseguiría entonces? ¿Y si una vez allí, simplemente volvía a caer, o directamente perdía el conocimiento? Toda esa serie de pensamientos fueron pasando por su cabeza a una velocidad que ni siquiera había sabido posible hasta ese momento. Y todo para llegar a una conclusión. Un plan.

Nicholas esperó específicamente a que el demonio se moviera. Tenía que tener un pie en el suelo y el otro en el aire, a punto de tocar el suelo pero sin llegar a hacerlo. La lucha con el nephilim hacía aquella danza frecuente, así que no fue difícil identificar varias oportunidades, tan solo tenía que estar listo y… emplear toda la vitalidad que le quedaba. Un acto muy arriesgado, teniendo en cuenta que era lo único que le había mantenido lúcido. Una vez lo hiciera, no había vuelta atrás. No podría intentar ayudarle de ninguna otra forma. Uno, dos… Y lo hizo. Se abalanzó contra la pierna que seguía en el suelo haciendo uso de una energía descomunal; de toda la que quedaba aún acumulada en su cuerpo marchito. Derribó al demonio de un solo impacto, dejándole bocarriba con el guerrero encima. La simple caída de improviso le dio la ventaja necesaria para acabar con él, pues su hoja prácticamente cayó contra su piel por obra de la gravedad.

El profesor, sin embargo, no tuvo tanta suerte. No hubo un lado bueno para él en ese gesto: el hueso, hasta entonces sólo fracturado, terminó por atravesarle la piel, emergiendo un astillado borde por una de sus pantorrillas. El dolor era tal, que su cuerpo empezaba a adormilarle, viendo mejor la alternativa de desmayarse que seguir padeciéndolo. Su cerebro necesitaba desconectarse. Al mismo tiempo en que su entorno iba perdiendo el color; la claridad, su cuerpo retomaba la forma humana, como si habiéndose convertido en aquel patético despojo, no mereciese poseer aquel traje de piel y huesos tan glorioso, y el lobo empujara pesadamente al frágil humano a la superficie, de vuelta al mundo al que siempre había pertenecido. Lo que hacía horas había sido su ropa, quedó reducida a un puñado de harapos, que malamente cubrían sus vergüenzas. La tela se había rasgado por casi todas partes, desvelando nuevos moratones y cortes que pronto sanarían, aunque no podía decirse lo mismo de su pierna.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Miér 23 Nov - 17:32

Hector White
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Capítulos: IIIIIIIVV

Apenas escuchaba el sonido de ultratumba de ultratumba de los gruñidos, gorgojeos infernales que hacían un telón de fondo. Pendenciera, una gota de sudor temblaba en el centro de su frente, enganchada a la forma cóncava del ceño fruncido, fruto de la mueca de esfuerzo que corrompía las facciones del Nephilim. Bajo el traje de combate las runas se consumían una a una. Valor se fue dejando un picor incómodo en el costado izquierdo, equilibrio se tambaleaba en la línea de su clavícula. La de fuerza escocía, retorciéndose en la dermis como una serpiente herida, seseando para coger fuerza antes de saltar, agónica. Aquel enfrentamiento tenía las horas contadas, Héctor lo sabía.

Sin previo aviso el mundo cedió a la presión. No era sólo el demonio, la gravedad lo reclamaba. Sintió el tirón primero en las lumbares, y después en el resto del cuerpo. La masa de su peso impulsó el cuchillo sobre el desequilibrado cuerpo del demonio. Un instante después se instauraba en el aire el crujir de huesos y un chisporroteo de sangre e icor hirviendo al contacto de la hoja bendita. El cuchillo serafín se iluminó, violento, arrojando luz blanca a sendos lados del pasillo, más potente que los flexos que colgaban, balanceándose, rotos, desde sus enganches al techo. Los borbotones le salpicaron las manos a Héctor, los guantes sisearon a medida que el ácido carcomía la tela hasta tocar la piel. No emitió ni un ruido, apretó los dientes y usó toda la fuerza que poseía para hundir la hoja hasta la empuñadura entre aquellas costillas malditas. Dejaron de respirar ambos al mismo tiempo, expectantes a la muerte. El tiempo se dilataba en esa calma tensa, empapada de olor a sangre y azufre. Y, de pronto, la materialidad del demonio se desdibujó, un segundo sin forma, y al siguiente estallaba en una miríada de motas de polvo. Brillaron en la oscuridad, flotando en el aire, filtrándose hasta los pulmones, pero el nephilim, acostumbrado, no tosió. Apretó los labios y acusó la caída con las rodillas.

La tensión permaneció en el aire aunque la amenaza se desvanecía, pero Héctor todavía la metida en las venas. Su corazón bombeaba al ritmo constante de un tambor cargas de adrenalina y miedo, se le extendía por cada musculo al ser consciente de la envergadura de lo que acababa de hacer. Poco a poco la realidad empezó a imponerse, el polvo dimensional del demonio cubría el suelo como una alfombra al ir cayendo por su propio peso. Segundo a segundo, los sonidos volvían a tener un tono normal en sus oídos, en vez de estar eclipsados por los latidos de su corazón.

- Joder… El primer jadeo sabía rancio, polvo y herrumbre de los canales del edificio abiertos de par en par, desgarrados desde el interior. Plantó los pies en el suelo para ponerse de pie, marcial, guardando el cuchillo en el mismo movimiento. El lobo, ¿dónde estaba el lobo?. Buscaba pelaje blanco y ojos azules, cuasi albino, en la oscuridad del pasillo, pero lo que encontró era mucho peor. No le impresionaban las heridas, había visto cosas mucho peores, pero contempló impasible la herida en su pierna. Caprichoso y peregrino, el hueso que lo mantenía recto había decidido salir a ver mundo, destrozando músculo y tendones por su camino. Chorreaba sangre, a borbotones, y esta competía con el polvo que el demonio había dejado tras de sí sobre el suelo. De hecho, habían empezado a mezclarse. El compuesto corrupto de aquel polvillo no se disolvía en el líquido coagulante, flotaba sobre él, incompatibles, como el agua y el aceite. - Mierda, mierda.

Se agachó junto al licántropo, abrumadoramente desnudo. De su ropa no quedaba nada, de su consciencia, un despojo.

- Te dije que te fueras, ¡te lo dije! Gruñó a media voz, pero no era un reproche. Sonaba indudablemente a culpa. Él tendría que estar herido, él era nephilim. Sus predicciones es habían cumplido, pero no estaba orgulloso de haberlas hecho. Joder, ojalá se hubiera metido la lengua en el culo. - No cierres los ojos, ¡eh!  Gritó, agarrándole por la barbilla para obligarle a alzar el rostro, mirándole a los ojos. - No cierres los putos ojos, ¿me estás escuchando?

Licántropos. No eran precisamente su especialidad, pero intentaba estrujarse los sesos por cada gota de información disponible. Lo más sensato era intentar recolocar el hueso, la rotura no era limpia ni por asomo, pero cabía esperar que la regeneración preterhumana del profesor les hiciera un favor. Dudaba, joder que sí dudaba, pero tenía que intentarlo. Tomó con menos delicadeza de la que debería el miembro roto. El pie colgaba en jirones de carne, lo único que todavía lo mantenía unido al cuerpo.

- Escúchame bien, voy a poner esto en su sitio lo mejor que pueda, y después te voy a levantar y vamos a ir al instituto. ¿Puedes ir a la pata coja?
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Jue 24 Nov - 9:07



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La hoja del cuchillo resplandeciente se hundió en la carne ultraterrena como si se tratara de mantequilla, atravesando aquella superficie rugosa y firme para ocasionar la muerte a aquello que jamás tuvo vida. De no haber sido por el tacto suave del polvo posándose en una caricia sobre su piel, hubiera jurado que aquella visión había sido falsa; un mero producto de su imaginación, cada vez más volátil e inestable, a medida que iba perdiendo facultades. Por supuesto, le habían dicho miles de cosas en los últimos años. Había oído decenas de historias acerca de cómo estaba organizado el mundo sobrenatural, qué posición tenía cada raza en esa jerarquía ficticia, o cómo habían llegado hasta ella, pero eso… Cielos, nada tenían que ver las experiencias con las palabras. De la nada, una enorme bestia, que hacía unos segundos amenazaba con derruir el edificio entero a base de carreras y coletazos, se había esfumado sin apenas dejar rastro; sobreviviendo tan solo como un mal recuerdo dentro de sus mentes. ¿Era posible que estuviera alucinando? Confuso, frotó el pulgar contra sus dedos corazón e índice, manchándolos con el producto de lo que un día dio vida a la peor de sus pesadillas. “Increíble” fue todo lo que pudo razonar. Aunque qué podía decir él al respecto, que se había convertido en la encarnación de una de tantas leyendas.

La voz del nephilim le tomó de improvisto. Más aún, el hecho de que sonara amortiguada, como si le estuviera oyendo hallándose debajo del agua. Cuando le tuvo por fin en su campo de visión, esta fue la principal razón por la que sus ojos, de pupilas dilatadas a causa de la oscuridad que les rodeaba, se centraran en el movimiento de sus labios más que en ninguna otra parte de su cuerpo, intentando usar su lectura como refuerzo para comprender mejor lo que quería decirle. Vaya, qué sorpresa, pensó con ironía. Incluso estando a punto de perder el conocimiento, aquel hombre encontraba oportuno echarle en cara que debía haberse marchado. Indudablemente, en el estado en que se encontraba, poco tenía que replicar al respecto. En lugar de eso, se limitó a sonreír. Una sonrisa triste e irónica, propia de alguien que empieza a perder la cabeza. Y de qué servía ahora lamentarse. Tragó saliva con esfuerzo, mirándole esta vez a los ojos. – ¿Nunca te rindes? – Preguntó en apenas un susurro, notando un incómodo sabor pastoso en la boca. Aquella broma, sin embargo, no significó que fuera menos consciente de que tenía razón. Por muy tentadora que fuera la opción de dejarse llevar, sólo estando lúcido podría ayudar al nephilim a salir juntos de allí, o asegurarle que seguía estando estable.

Un gruñido gutural escaparía de su garganta nada más sus cálidas manos - en contraste con el frío ambiente, que ahora le envolvía más que nunca por fuerza de la ausencia de ropa o pelaje que le protegieran - tomaron contacto con su pierna rota, curvando la espalda mientras se retorcía de dolor. Todos los músculos y tendones de su cuerpo se marcaron por la fuerza que hacía para contrarrestar aquella tortura, exteriorizándola de algún modo. Su piel, pálida por la falta de sangre, era la más firme prueba de que tenían que hacer algo. Segundos atrás el color había abandonado sus labios, por costumbre rosados, y sólo el cerco de sus ojos, ahora de una tonalidad violácea, daba cierto color a su cara. Tenía que soportar sufrir cómo su idea cobraba vida. Tampoco creía en que sus habilidades hicieran que todo se solucionara mágicamente, pero por Dios juraría que iba a agradecer volver a saber que tenía algo más allá de la rodilla. Era como si le hubieran desconectado de esa altura hacia abajo. No podía mover el pie. De hecho, apenas sentía que tuviera uno. Maldito ser; maldita falsa valentía. Si no fuera porque había ayudado a salvar la vida de aquel hombre, se hubiera arrepentido de por vida de su inexplicable arrebato de osadía.

Nicholas se limitaría a asentir con la cabeza como toda respuesta, por mucho que por dentro estuviera aterrorizado. Por miedo a no ser capaz de mover los labios cuando hubieran acabado, cogió su manga en un puño para llamarle la atención, tirando de ella. – Hay… – Cogió aire, inspirando hondo, hasta que se le hincharon los pulmones. No podía creerse que de verdad diría lo que iba a decir en un momento como ese. – Hay una manta en mi despacho. En el armario. Sesenta y cuatro. Es el se-sesenta y cuatro. – Indicó. Con cada palabra iba perdiendo un poco más de fuerza. Sentía sus extremidades apenas como un montón de carne colgando. Todas ellas. ¿Iba a poder cumplir su promesa? Se vio a sí mismo rezando porque así fuera; porque su licantropía le salvase de aquel desastre en el que se había vuelto su vida. Al menos se consolaba con haber podido darle esa pista. Con la pierna envuelta perdería menos sangre. Quizás incluso su cuerpo fabricase la suficiente para devolverle un poco de vitalidad después de todo. Era su única esperanza.

De acuerdo. Hazlo. Ha… Hazlo. – Jadeó, hundiendo la nuca en el suelo, con la mirada perdida en el enorme agujero que había hecho la criatura en el techo. Cuanto más rápido y más inesperado, mejor, pensó, deseando que acabara cuanto antes. No hizo falta que diera una señal. En el segundo en que el nephilim tomó su pierna, una centellada de dolor le atravesó con fuerza, partiéndole en dos. Gritó a pleno pulmón, seguido de varios gruñidos. Se había clavado las uñas en la palma de la mano con tanta saña, que los pequeños surcos quedaron grabados en su piel, como recordatorio del calvario que había estado sufriendo. Y lo peor era que eso era sólo el principio.

Ve a por la manta. ¡Ve a por la manta, joder! – Gimió tras haber acabado. Su voz sonaba quebrada, triste. La frustración estaba pudiendo con él. Necesitaba irse. Ya. Ahora. No soportaba ni un solo segundo más tumbado como una estatua, empapándose en su propia sangre. Quería abandonar ese jodido infierno; darse un baño que borrara de su piel la sangre y aquel polvo infernal que manchaba buena parte de su torso y brazo izquierdos. No necesitaba nada que le recordara jamás que esa noche había sido real.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Miér 30 Nov - 20:29

Hector White
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Capítulos: IIIIIIIVV

Héctor estaba acostumbrado a ver heridas, los espasmos desesperados de la carne abierta intentando reconectar con los nervios huérfanos de los trozos que habían quedado hechos jirones. Perdía calor tan rápido como le abandonaba la sangre, en los charcos la suela de plástico hacía ruidos gomosos, succión y resoplidos que precedían a la huella perfecta de sus pues de cazador. Nick se estaba convirtiendo en un solo color; azul. Con la sangre huía todo el color de su piel, se derramaba el de sus labios, incluso la mata castaño ceniza, tan corta, parecía argentina con la luz de la luna. De pronto sólo quedaba el color de sus ojos para atestiguar que, alguna vez, en alguna vida que debía pertenecer a aquella escena cruenta, Nick había tenido color. Azul, eterno, como aquellos ojos vidriosos por la adrenalina descontrolada, el más potente y amable de los narcóticos, una caricia amable que hiciera liviana la súbita muerte. Era, al fin y al cabo, lo único que le esperaba si el nephilim no se daba prisa, a juzgar por cómo sangraba.

Estaba poniéndose en pie, preparado mentalmente para meter las manos en más porquería hasta que aquella situación del diablo se hubiera resuelto cuando sintió el tirón débil de su mano. Su instinto marcial decía a viva voz que lo sensato era dejarle desvariar y ocuparse de la pierna, de vital importancia, pero la culpa y el cargo de consciencia inclinaron la balanza hacía un inédito acceso de compasión. ¿Iba a negarle a un moribundo el que podría ser su último deseo? No, así que se inclinó hacia el licántropo, tan expectante como serio.

Su expectación se crispó en una mueca rígida de incredulidad.
- ¡Por el Ángel, no es momento de ser pudoroso!

Y ahí acabó la compasión de Héctor White. Se arrodilló junto a la pierna herida como un titán, imbuido por la determinación de terminar con aquello de una vez por todas. Ignoró los gemidos de dolor, los espasmos, cuando el cazador entraba en escena no había piedad para nadie, ni siquiera para los heridos. El cuerpo necesitaba ser destruido a veces para poder recomponerse de una forma natural, a Nick no lo habían roto de una forma natural, pero era arreglarse o morir. Le cabía la curva de su tobillo en la palma de la mano, no era tan distinto a intentar coger un martillo por la cabeza y enganchar el mango en un agujero, o eso le gustaba pensar a Héctor. De un tirón, recolocó el hueso en su sitio, alienado con un gruñido los huesos machacados. Había esquirlas de hueso por todas partes, la rotura era sucia y desgarraba la pierna desde dentro, crujió cuando, recuperada su forma natural, no había un tejido muscular con el que sostenerse. Le agarró la pierna con tanta fuerza como pudo, pero era inútil intentar inmovilizar él sólo a un hombre del tamaño y la complexión del profesor. Resbalándose con la sangre en los guantes, Héctor se las apañó para juntar los jirones de músculo y piel juntos, sacando un apresurado vendaje de uno de sus múltiples bolsillos. Un nephilim siempre tenía que estar listo. Tenía práctica vendando a contra-reloj, dedos ágiles, cerebro anclado en la ardua tarea de poner cosas en su sitio cuando ni siquiera podía verlo. Terminó con un apresurado vendaje demasiado apretado, para comprimir la herida, le hemorragia y la insensatez de Nick.

- ¡Joder con la puta manta! Gritó, exacerbado, saltando como un gato. Echó a correr pasillo abajo, maldiciendo en todos los idiomas, mundanos, mágicos y demoníacos que conocía, el maldito pudor de Nick. Aunque iba corriendo, su diestra dejaba huellas dactilares de sangre en la pantallita de su pequeño teléfono móvil. - ¡Necesito una puta patrulla en la facultad, y un brujo que haga un portal! ¡¡YA!!


~ ~ ~ ~ ~


Sin el uniforme parecía un hombre muy distinto. Cuando iba ataviado como un nephilim, aunque todo el mundo le conociera en aquellos pasillos, los pares de ojos se iban tropezando con su figura altiva, lo seguían por los pasillos con la admiración silenciosa que levantaba el respeto y la lealtad. Héctor había dedicado años, no, décadas de su vida a aquel lugar. A organizar a la gente que se movía por los pasillos como la sangre inundando las venas de un cuerpo, dándole vida. A coordinar los movimientos con los Subterráneos de Nueva York, que no eran pocos y siempre complejos de tratar. A darle el buen nombre que tenía aquel lugar, sobresaliente por su gran cantidad de subterráneos y demonios. Era un respetado miembro del consejo, y lo veían siempre vestido con sus galones negros de criatura nocturna, no con aquel sencillo conjunto de jeans claros y una camiseta de algodón gris. Con las mangas cortas no podía ocultar las marcas que se habían consumido recientemente sobre su piel, respiraban aún rojizas, tornándose plateadas sobre la piel. Era un lienzo viejo, el nephilim. No había un pedazo de aquel cuerpo quela vida hubiera dejado indemne, lo que se veía de sus brazos no era más que una muestra de cómo las cicatrices creaban un entramado en toda su envergadura.

El moño que se apretaba contra su nuca le chorreaba agua por la espalda, dejando un rastro errático de gotitas perdidas por el pasillo, directo hacia la enfermería. Habían llegado rápido, normal, había patrullas suficientes por la zona. Llegar hasta el instituto había sido igual de frenético que aquella maldita pelea, una tos pendenciera se había abrazado a sus pulmones e insistía en hacerle toser de vez en cuando. Había observado con un pellizco de impotencia como se llevaban al licántropo a la enfermería… ¿Quién se encargaría de él? ¿El Praetor, los hermanos silenciosos? No le dejaron seguirle, tampoco podía hacerlo, un miembro del consejo no se encarga de esas cosas. Así que se había quedado parado allí de pie, contemplando en silencio, contrito, los salpicones de sangre que se derramaban por el vendaje improvisado.

Esa era la imagen que le había perseguido mientras se deshacía, prenda a prenda, de cada parte de su equipo de cazador. Sangre olvidada en medio de los pasillos góticos del instituto, sangre subterránea, alérgica a la plata. El orgullo se debatía contra la culpabilidad, se lo había advertido, sí, pero tampoco había podido hacer nada para evitarlo. Evitar que los demonios derramaran sangre era su cometido, el sentido de su vida, y aquella noche había fallado, estrepitosamente. Tenía los zapatos llenos de inquietud con cada paso que daba hacia la enfermería… por el ángel, ¿estaría bien?. Las heridas de sus manos eran feas, puntos cardinales de un mapa extraño y retorcido sobre los tendones. Ni siquiera había ido a que se las trataran. Entró en la enfermería sin molestarse en llamar a la puerta, al fin y al cabo, el Instituto era su segunda casa.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Lun 5 Dic - 20:13



Instituto de NYNoviembre 2016Capítulo 2
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And so it hurts

Cuéntame la historia una vez más.

¿Otra vez? Creí que a la segunda te habrías hartado ya de oír cómo me quejaba. – Bromeó Nicholas con una sonrisa apagada, mientras la enfermera continuaba limpiándole las manchas más superficiales con un paño. Hacía horas desde la operación a su pierna, cuando recolocaron al fin el hueso, y unos veinte minutos desde que él se había despertado. Al hacerlo, se encontró de lleno con aquella risueña muchacha de cabellos dorados, que tan poco se parecía al primer nephilim con el que se había encontrado. Ella era… Dulce, tierna. No había ni rastro de aquella pedantería que tanto le había molestado.

No, por supuesto que no. – Se apresuró a corregirle, dando un pequeño bote en el asiento, que a él le hizo reír. – Me encanta oírla.

Pero, ¿por qué? Creí que todos los nephilims saldríais ahí fuera a luchar con esos... – Describió a los demonios con un par de gestos de sus manos, a propósito más ridículos de la cuenta, para hacer que esta vez fuera la enfermera quien riera.

Bueno, y muchos lo hacen… Pero mi padre siempre ha dicho que no soy lo suficientemente buena para salir ahí y luchar. – Escurrió el paño, dejando caer el montón de agua sucia en un cubo. Cuando volvió a mirarle, no quedaba rastro alguno de alegría en sus facciones. Se encogió de hombros, con una naturalidad que daba a intuir que llevaba diciendo lo mismo demasiado tiempo. – Supongo que tendrá razón. Él es el director del instituto, ¿sabes? A veces me pregunto si…

¿Qué? – Preguntó el profesor con interés, pero un carraspeo desde la puerta interrumpió su charla. La jovencita se levantó nerviosa, acomodando su falda torpemente.

Lo siento, tengo que irme. – Se excusó entre dientes.

Puedes quedarte, si quieres. – Dijo una segunda voz, esta vez masculina, desde la puerta. Por ella entró un hombre de complexión imponente aunque vista cansada. Los años pesaban sobre sus hombros más de lo que correspondería con su edad. No hacía falta saber demasiado para deducir que llevaba mucho tiempo ejerciendo.

No, yo… Prefiero… – La muchacha presionó sus labios, cargando el cubo bajo su brazo. Apenas se atrevió a dirigir una rápida mirada a Nick antes de desaparecer por la puerta, acompañado de un breve gesto con la mano que casi aparentaba estar avergonzada de realizar.

–  Veo que mi hija y tú os lleváis bien. – Nicholas entreabrió sus labios, a punto de disculparse, aunque aún no sabía  muy bien por qué. Simplemente, la forma en que fueron pronunciadas esas palabras le dio a entender que había hecho algo incorrecto. ¿Si no se basaba todo simplemente en que fuera demasiado protector? ¿Era eso lo que iba a decir la enfermera antes de irse? El nephilim respondió haciendo un gesto vago en el aire con su mano. Al contrario que su hija, no se sentó. Se limitó a acercarse más a la cama para hablarle, lo cual fue una señal de que tampoco planeaba quedarse mucho tiempo. – Esto es tuyo. – Sacó del interior de su chaqueta un colgante de oro con el símbolo del Praetor Lupus, que le extendió.

Gracias. – Murmuró el licántropo, sosteniéndolo entre sus manos. Su instinto inmediato había sido llevarse la mano al cuello nada más verlo. Estaba tan acostumbrado a tenerlo encima; a sentirlo contra su piel, que ya ni siquiera era consciente de cuándo lo llevaba, y del mismo modo tampoco lo fue de que ya no estaba.

Hemos llamado al Praetor para informarles de lo sucedido. Habiendo habido un nephilim durante el ataque, hemos considerado más apropiado que te quedaras con nosotros, como pago por la negligencia cometida. Ningún subterráneo debió haber salido herido de aquella batalla.

Pero no... No fue culpa suya. Fui yo quien quiso ayudarle. No creo que quedarme aquí sea lo mejor. La luna llena es este fin de semana y no…

Si lo que temes es hacernos daño durante el Cambio, muchacho, luchamos contra cosas más peligrosas que un lobezno herido todos los días. Tú mismo lo has visto.

Pero yo no… Usted no lo entiende. Nunca me he convertido estando rodeado de humanos, no sé si podría.

Y no estarás rodeado de humanos. Somos nephilim. – Contestó con hartazgo, apartándose ya en dirección a la puerta.

En la cabeza de Nick se empezaron a formar imágenes del día en que su esposa, sin intención de hacerlo, terminó por convertirle. Ella también llevaba muchos años con aquella maldición. Más que él, y aun así, ocurrió. Si lo hacía, si cometía ese error… No creía ser capaz de poder vivir con él. – ¡No puede retenerme aquí! – Se quejó, sacando fuerzas de no sabía dónde para incorporar buena parte de su cuerpo, y sentarse sobre la camilla. Enseguida recibió un tirón en la pierna que hizo que gruñera, agarrándose el muslo.

Le vendría bien un poco de descanso. – Fueron sus últimas palabras, burlonas, antes de dejarle a solas en la habitación. – Es todo suyo, Crow. – Nada más salir, el director se había topado de lleno con el otro nephilim, al que le dirigió un ligero asentimiento con la cabeza, a modo de señal de respeto. Aunque en el fondo no le agradaran las consecuencias de sus actos, seguía siendo un miembro del Consejo, y eso le hacía una de las pocas personas frente a las cuales se obligaba a morderse la lengua.

Será hijo de su... – Gruñó Nick, recostándose despacio de vuelta sobre el mullido cúmulo de almohadas que habían puesto tras su espalda. Antes siquiera de que esta tocara la blanda superficie, la puerta volvió a abrirse, sólo que esta vez, sería para recibir una cara conocida, aunque no la que le hubiera gustado ver. – Vaya, eres tú. – Suspiró, de mal humor. Sus ojos azules se desviaron hacia la ventana, agarrando la sábana que le cubría para estirarla hacia arriba y que le tapara los pectorales. Del exterior entraba una suave brisa que erizaba su vello, haciéndole sentir escalofríos. Aunque, por algún motivo, al entrar él parecieron más insoportables que antes, como si todos sus sentidos se hubieran vuelto más sensibles, y hasta la más insignificante corriente le molestase. – Lo siento, yo… No quería hablarte así, es sólo que… Tenía que haberte hecho caso. – Dejó caer sus párpados, haciendo una mueca. Decirlo en voz alta tuvo un sabor amargo y liberador al mismo tiempo. Cómo odiaba que fuera cierto. – Aunque no esperes que lo diga dos veces.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Miér 14 Dic - 12:51

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Capítulos: IIIIIIIVV

Unasombra larga y pesada, pura brea, se interpuso en el camino de Héctor. Se encontró a sí mismo en unos ojos tan azules como los propios, helados hasta las pupilas por los años en el cargo. El director Wayland. Los músculos responden antes que la mente en su presencia, porque aprenden más despacio pero nunca olvidan, y todo su cuerpo se puso tenso, marcial, en una postura rígida de respeto a su superior.

-Director. Lo saludó, con la formalidad paseando por los bordes de la lengua, pero no demasiado. Al fin y al cabo era un miembro del consejo, había estado muchos años a la sombra de ese hombre, pero ahora no. Dejar ver lo contrario a cualquiera sería un grave error, él acataba sus ordenes, pero conocía la línea de lo que hacía porque quería y lo que hacía por obligación. -  Gracias.

Se apartó del marco de la puerta para dejarlo pasar, el protocolo es el protocolo. ¿Qué hacía allí el director? De haber podido se habría agarrado al marco de la puerta para taladrar aquella nuca afeitada casi a ras con las incógnitas que no se atrevía a decir en voz alta. Pasó al interior de la enfermería donde el ambiente estaba enrarecido. En el aire todavía flotaba esa tensión que emanan las figuras de autoridad. El improperio entre dientes habría pasado de largo ante otro subterráneo, incluso ante un nephilim sin runas, pero Héctor todavía tenía una sombra de oído sobre el bíceps izquierdo. La carcajada que quiso salir (grave, seca y breve, con un sabor divertido) desfalleció ante el entusiasmo de Nick.

- Si quieres me voy. Cruzó los brazos sobre el pecho, los músculos de los hombros y la espalda tensos bajo el algodón. Lo observó, allí plantado, sin querer acercarse más. Todavía no sabía determinar si Nick era de esos licántropos que entraban mejor en la clase de perro rabioso que llevaba un colgante del lupus como el que carga con una correa de adiestramiento, o era un animalito domado y entrenado por los licántropos, alguien importante en sus filas que lucía la medalla con orgullo, y no como castigo. Héctor resopló por lo bajo. - Déjalo, no te disculpes. Fingiré que me creo que es porque te duele la pierna.

En el silencio de la habitación los pasos tranquilos de Héctor retumbaban contra las esquinas. Todo el suelo eran de baldosas, pulidas hasta el extremo, y encajadas en sus aristas habían colocado diferentes runas. Sólo era mera decoración, pero como toda la arquitectura Nephilim realzaba al ángel, las runas, su cultura de guerra y muerte. Allí, las runas de piedra hablaban de protección, de seguridad y curación, serenidad para el alma y equilibrio para el cuerpo. Nick no podía entenderlas, pero él sí, y se recordaba a sí mismo en aquella sala, tantas otras veces. Particularmente acudía a él su imagen, muchos años atrás, cuando no era más que un niño alto con las rodillas peladas y con las manos llenas de cortes por entrenar con los cuchillos. Mientras su madre, o algún adulto le curaba, se sentaba siempre en una silla y sus pies, distraídos, encontraban consuelo y dibujar una y otra vez aquellos trazos, hasta que podía repetirlos con exactitud en suelos desnudos.

Un borrón de cosas atravesó su mente cuando aquella confesión brotó de Nick. El pecho le pedía responder con un brote de orgullo, o prepotencia, hincharse su propio ego a costa de un “te lo dije”, sin embargo se quedó de pie junto a la camilla, buscando el punto exacto de la ventana por el que miraba.

- Está bien. No pasa nada. Sé que sólo querías ayudar. No había nada allí, más que la brisa rancia y tóxica de Nueva York. Héctor podía ser muchas cosas, incluso un poco capullo cuando se lo proponía, pero en el fondo nunca había servido para ser un cabronzado. - De todas formas no podría haberlo hecho sin ti, así que… gracias. Aunque no esperes que lo diga dos veces.

Le robó la frase, con una sonrisa ladeada.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Sáb 17 Dic - 19:30



Instituto de NYNoviembre 2016Capítulo 2
Nicholas A. WestProfesor de LiteraturaLicántropo33 añosVer ficha

And so it hurts

Sus labios se curvaron en una sonrisa inevitable al oír sus mismas palabras, esta vez pronunciadas por él. Era extraño. Sonaban de una forma mucho más cómica cuando las decía el nephilim. Quizá por su porte serio. Aquella forma de actuar siempre alerta, tan propia de un guerrero, hacía que la afirmación de Nicholas pareciera mucho menos imponente de lo que la había sentido: como una especie de escudo que le prevenía contra cualquier pérdida de orgullo. Casi sin darse cuenta, giró el rostro en su dirección para compartir una mirada. Aquel mismo orgullo, que había sentido un pinchazo de debilidad al confesar su derrota, había dejado de ocupar un espacio en su mente para sumirle en un estado de ánimo mucho más tranquilo, en lugar de a la defensiva. No se había burlado de él, ni le había echado en cara que hubiera realizado una locura en aquella situación tensa. Era mucho menos capullo de lo que pensaba, después de todo.

No me gusta este sitio. – Aquella confesión salió de él prácticamente sin necesidad de pensarla, tras haber dejado unos minutos muertos correr, en los que lo único que llenó el vacío que les separaba, fue el silencio. Lo llevaba pensando desde su despertar, y admitirlo era una forma de exteriorizar el hecho de sentirse ahora más cómodo en su presencia. Hizo una mueca, jugando con la sábana entre dos de sus dedos, mientras pensaba cómo continuar con aquello sin que se ofendiera por haber insultado su lugar de residencia. Después de todo, él era entonces su única conexión con el mundo exterior; al único que había conocido antes de acabar en aquel lugar. Intentar establecer una relación con él los días en que le tuvieran retenido, era prácticamente la única opción de entretenimiento que tenía. ¿Y si la joven no se atrevía a volver, después del incidente con su padre? – Es… El ruido. Bueno, más bien su carencia. Hay mucho silencio. – Presionó sus labios, buscando en los ojos ajenos algún tipo de comprensión. – No estoy acostumbrado a él. – Inspiró hondo, dejando que el aire saliera despacio. Al menos no le había mandado callar todavía. – En parte por eso me hice profesor, ¿sabes? Me gusta la vida que emanan las facultades: siempre llenas de alumnos yendo de un lado para otro; personas con grandes aspiraciones. La mayoría están llenos de sueños sobre lo que ocurrirá cuando salgan. Pero aquí no siento nada de eso. Sólo... vacío.

De nuevo, sus ojos volvieron a perderse en la nada. En el momento más álgido de su breve discurso; cuando más sintió la profundidad de lo que estaba describiendo, se había incorporado apenas unos centímetros sobre la cama, apretando el puño mientras hablaba. Pero pronto esa energía volvió a desvanecerse, haciendo que se tumbara y la visión a través de la ventana volviera a atraparle. Aquel edificio parecía no pertenecer a este mundo. Estaba en medio de la ciudad y, sin embargo, su arquitectura; su decoración… No eran nada que hubiera visto antes. No encajaba con el ambiente de constante presión y bullicio de Nueva York. Lo hubiera descrito como una especie de convento. Por eso aquel ventanal tenía un efecto hipnótico en él. Si no estuviera allí, diría que le habían conducido a una ciudad completamente distinta.

Mucho más desahogado tras haber hablado, se relamió los labios, resecos. Aún le dolían de haberlos apretado por culpa del dolor, que ya apenas era poco más que una mancha en su memoria. Sus habilidades lupinas sanaban rápido sus heridas, y ya apenas existían suaves marcas en su piel pálida, como testigos de que una vez hubiera ocurrido algo. Otro asunto era su pierna, sin embargo, puesta en alto y escayolada hasta nuevo aviso. Agradecido por la visita, sintió un vacío en su interior; una palabra que brilló por su ausencia en su monólogo: ¿cuál era su nombre? Tan pronto se le ocurrió preguntarlo a su enfermera, como se le había olvidado a medida que le narraba su anécdota, y ahora era demasiado tarde. Quizá fuera hora de cambiarle por fin el mote, aunque sólo fuera por hacer que recibiera un nombre más digno que "capullo" las veces en que su recuerdo brotaba en su cabeza. Es decir, el puñado de ocasiones en que maldecía por sufrir pinchazos en sus intentos de moverse, y toda su breve aventura le daba una nueva bofetada.

Me llamo Nicholas. – Sacó una mano de debajo de las sábanas, tendiéndosela en espera de poder estrecharla y así, al mismo tiempo, escuchar por fin cómo se llamaba. Sin embargo, casi inmediatamente se sintió un poco estúpido. Le habían dicho que los nephilim vivían prácticamente aislados del resto; que le sorprendería lo poco que conocían de culturas como la mundana. ¿Y si no sabía qué estaba haciendo? – Es para que… La estreches. No sé cómo os presentáis los nephilim. – Frunció el ceño, en parte torpe y confundido. Aun así no desistiría, sino que mantuvo un rato su mano en alto, en espera de recibir algún tipo de respuesta por su parte.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Miér 11 Ene - 16:06

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Se miraron, cada uno vestido con aquella sonrisa que intentaba esconderse por una comisura, guardada de la timidez propia de los hombres que no se abren a los demás porque, obviamente, son hombres, y se supone que no tienen sentimientos más allá del orgullo y la hombría. Pero allí estaban, acurrucados, amabilidad, la chispa de una complicidad cargada de compañerismo por un absoluto desconocido. Y tan pronto como había surgido desapareció, disuelta en un gesto torcido. Miró a su alrededor, a la enfermería. No, a Héctor tampoco le gustaba, pero por motivos distintos. Un cazador de sombras enfermo era una carga, algo inútil, estar allí encerrado durante días por cualquier tipo de herida resultaba frustrante, y mentalmente exhaustivo.

- A mí tampoco me gusta. Terminó por confesar, mirando de soslayo las escasas camillas ocupadas.  Sólo había dos formas de salir de aquella sala, por tu propio pie o con los pies por delante. - Pero yo de ti agradecería el silencio. Cuando hay ruido en esta sala, oh, chaval, significa que ocurren cosas muy malas ahí fuera. Al final este silencio es algo por lo que dar las gracias, créeme. Yo he estado aquí cuando hay ruido, no es bonito. Unos pasos más allá, a la derecha de la cama, descansaba una silla. Descansaba, en pasado, porque Héctor la agarró sin miramientos ni pedir permiso a nadie para plantarla junto a la cama que ocupaba el profesor. Ni siquiera se planteaba si sería bienvenido o no, se limitó a sentarse, con el culo cerca del borde y un talón reposando en la rodilla contraria, la postura de un rey aburrido de su propio palacio.

Respiró hondo, contemplando desde la silla sus dominios. No se limitaba a ver únicamente aquella sala, la enfermería. Sus ojos iban más allá, atravesaban la piedra y construían en su mente el plano de todo el edificio. Conocía cada pasillo y recoveco, casi podía asegurar el número de puertas que tenía cada pasillo, contarlas era el tipo de cosas que hacía un niño huérfano con demasiado tiempo libre. Manías pasadas que lo habían calmado cuando la muerte de sus padres, y la consecuente destrucción de su mundo, no lo dejaban dormir. Salía con los pies descalzos y los ojos llenos de lágrimas, y empezaba a contar. Porque siempre eran las mismas, no importaba cuantas veces lo contaras, siempre estarían las mismas puertas. Las mismas que habían cuando su padre y su madre vivían allí, las mismas que había ahora y que habría cuando a él se le acabase el tiempo, y eso, de alguna forma, le hacía sentirse seguro. El instituto no estaba vacío, en absoluto. Sólo que el profesor no era capaz de escuchar la misma melodía, estaba buscando una frecuencia que allí dentro, sencillamente, no existía. Aquel lugar vibraba con canciones de guerra, coros de hermanos que no tienen miedo a la muerte, y esos eran difíciles de comprender. Pero también se entonaba la sabiduría entre las páginas de los cientos de libros de la biblioteca, y cuidaba de cada palmo esa vibrante sensación de protección, el instituto era un oasis en el desierto. Allí estaban a salvo, y velaban por el resto del mundo. Tenían una canción de doble filo, de muerte y vida.

La visión de su mano, grande y de nudillos limpios, se interpuso en sus pensamientos. La miró, desconcertado por la limpieza de aquella piel, ni una cicatriz en la que enredarse. Pero, sobre todo, ni una sola marca.

-  Ah, joder, disculpa. Los nephilim también estrechamos las manos. Alargó la zurda para estrechar su palma. La negra runa de la visión estaba allí presente, ébano eterno en el dorso. - Héctor White, bienvenido al instituto de Nueva York. Sonrió con amabilidad, probablemente nadie habría tenido el detalle de hacerle sentir, al menos, bienvenido. Como miembro del consejo eso entraba en el paquete de sus responsabilidades, pero, con Nicholas, no le salió como algo falso y repetido hasta la saciedad. Fue sincero. -  ¿Sabes? Tengo una idea. No sé si ayudará, pero… podemos intentarlo.

Se levantó con la silenciosa elegancia de los Nephilims, todos sus músculos coordinando las musculosas y viriles formas de Héctor para poner la silla casi pegada a la mesita de noche, apuntando en la misma dirección que los pies de la cama. Se sentó de nuevo, con las piernas estiradas y los pies apoyados por los talones, de tal forma que ambos hombres quedaban paralelos. Parpadeó un segundo, deslumbrado por la luz. El sol era tibio a pesar de la época del año, era agradable, así que terminó por cerrar los ojos y respirar hondo, complacido.

- Cierra los ojos. Cierralos de verdad, no me jodas, que no voy a hacerte nada. Le miró de reojo, solo por si acaso, para comprobar que estaba obedeciendo. -  Ahora quiero que utilices los oídos, eres un licántropo, seguro que lo tienes más fácil que yo. Al menos hasta que se pusiera una runa de escuchar -  Estamos en el ala este del instituto, los ventanales de este lado dan a la calle, y los de ese, al jardín. Si abres la puerta sales a un pasillo, siete metros a la derecha tienes una escalera. Si subes, otro puñado de metros a la derecha está la sala de entrenamiento. Si, no está muy lejos de la enfermería, creo que puedes hacerte una idea del porqué. Intenta alcanzarlo, dime… ¿Qué oyes?
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Mar 24 Ene - 17:20



Instituto de NYNoviembre 2016Capítulo 2
Nicholas A. WestProfesor de LiteraturaLicántropo33 añosVer ficha

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La unión de sus manos fue firme, y sincera. Nada tendría que ver aquel saludo con el encuentro torpe y ruinoso dentro de las instalaciones de la facultad, en el que los improperios y la adrenalina habían abierto una brecha entre los dos desconocidos, que no terminaron de encajar cuál era su papel dentro de aquella batalla. Ahora, sin embargo, se saludaban desde una perspectiva muy distinta: se miraban como iguales; dos hombres adultos, que habían compartido una experiencia fuera de lo común, y la habían hecho suya.

Héctor. En los labios del licántropo se dibujó una tímida sonrisa al oír su nombre, como aquel que guarda un secreto. Puede que no hubiera acertado con la figura histórica, pero después de todo sí que compartía la personalidad de un héroe de la mitología griega. Heracles había sido sustituido por la víctima de Aquiles, el fiel comandante de las tropas de Troya. En cierto modo, guardaba también mayor paralelismo con este: sin duda era un guerrero excelente, y bien era cierto que combatía por algo que escapaba de sus manos; bajo las órdenes de alguien, y guiado por los dioses. O, en su caso, los ángeles. De repente, le urgieron las ganas de volver a verle pelear. Aunque sólo fuera para ejercer comparaciones.

Su mente de escritor y lector asiduo, tan propensa a dar rienda suelta a su imaginación, empezaría a querer obligarle a fantasear, al mismo tiempo en que le hacían la propuesta de dejarse llevar por sus sentidos. Fue esa distracción, lo que hizo que Nicholas tuviera que forzarse a ponerse en situación una vez Héctor ya había comenzado con el ejercicio, cerrando los ojos deprisa, con los párpados fuertemente apretados, mientras se esforzaba por hacer que su alma abandonara su cuerpo y, en cambio, esta vagara por los pasillos, atravesando paredes tras haber adoptado la forma incorpórea del sonido. Al principio le costó situarse pero, en cuanto lo hizo, le fue fácil ir siguiendo sus instrucciones. El lejano ruido de los coches  ronroneó al centrarse en los ventanales de la derecha, mientras que fueron el correr del agua y el murmullo de las hojas al ser azotadas por el viento, lo que le guardarían los del jardín. Un pasillo, una escalera… No había nada. Nada más que su propia respiración, que cada vez se volvía más lejana, como si su presente se convirtiera en una mota dentro de un infinito vacío. Los ruidos de la enfermería se volvieron casi imperceptibles, mientras que cuanto más se alejaba, más próximos sentía aquellos que gobernaban el trayecto de su oído.

Oigo… Suspiros. Metal, chocando entre sí; cortando el aire y clavándose en algo más blando. Es como un silbido; como el ruido que hace un cuchillo al ser afilado. – Tragó saliva, intentando concentrarse aún más. Quería saber si podía reconocer cuál era el arma de que se trataba. Ligera, firme… Ya la había oído antes. – Creo que… creo que es… Una daga. Una daga como la tuya. También oigo sus pasos. Son muy suaves, casi imperceptibles. Parece como si estuvieran danzando. – En la cabeza de Nick, empezaron a recrearse los movimientos. No conocía a los que los daban, así que no eran más que monigotes sin rostro los que les daban vida, de piel pálida, vestidos de cuero y cubiertos por la misma clase de símbolos que le había visto llevar al otro hombre. Quizá hubiera sido por el miedo a lo que pudiera descubrir, pero nunca antes había intentado explorar sus habilidades lupinas tan hasta el límite, y ahora que lo había hecho, se sentía… feliz. Más cercano a sí mismo, si es que eso era posible. Hubo veces en que se miraba al espejo, y veía en su reflejo a un desconocido. Sobre todo los primeros meses después del cambio. Era un hombre más fuerte, más ágil… Incluso podría jurar que sus rasgos se habían vuelto más toscos y afilados. Se había visto forzado a vivir como dos personas distintas compartiendo un mismo cuerpo; dos seres diferentes, y nunca se había planteado que hubiera una forma de fundirlos: de convertir la licantropía en una ventaja para su día a día, y aceptar que dentro del hombre siempre habría una parte de bestia, en lugar de huir de ella.

Gracias. – Susurró al volver a abrir los ojos. Se sentía exhausto. No sólo por el esfuerzo sensorial que había realizado, sino porque se había dejado llevar hasta un punto en el que tanto su respiración como su ritmo cardíaco se acompasó al de las personas que estaban entrenando, y había sentido que era él mismo el que lanzaba cuchillos y esquivaba golpes. Aun así, podía afirmar que todo había merecido la pena. Había descubierto algo de sí mismo que no sabía, y además debía apreciar el hecho de que el nephilim buscara una solución a sus problemas tras contárselos, como si se preocupara por él. – Ahora no me harán falta tus visitas, puedo entretenerme recorriendo el instituto sin siquiera moverme. – Bromeó de buena gana, con secretas ansias de comprobar si esa posibilidad sería cierta, o necesitaría siempre a alguien que le guiara a través de los pasillos.

Puedo… ¿Puedo hacerte una pregunta? – Preguntó al cabo de un rato, tras haber permanecido pensando unos segundos, en silencio. No sabía si se estaría excediendo; malinterpretando la amabilidad del guerrero, que seguramente sólo había sido mostrada por culpa de aquella obsesiva carga de los de su raza, que le haría sentir culpable de sus heridas pese a que aquello había sido cosa de ambos. De todos modos, había tenido esa curiosidad desde el primer momento en que le vio, y no podía desaprovechar la oportunidad de desahogarse. – ¿Por qué una humana? Me refiero a que… ¿No temes poder estar poniéndola en peligro siendo su pareja? – Su voz tomó un tono ausente con esa última pregunta. Notó un pinchazo en la cicatriz de la mordedura en su hombro que le convirtió en lo que era, acariciándola con expresión de molestia. Una molestia de origen psicológico. En el fondo, eran preguntas que le hubiera gustado hacer a su esposa. A Joanna. ¿Habría sabido ella que aquello ocurriría?
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Jue 26 Ene - 16:43

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Respiró hondo, sumido en el mapa mental que había ido construyendo palabra a palabra. No necesitaba plasmarlo para sí mismo, pero descubrió un placer sencillo en ponerlo en pie para otra persona. El llevaba toda una vida respirando aquellos pasillos, tenía la distribución tatuada en la piel, en forma de runas negras y besos del tiempo, reconocería cada esquina y el polvo viejo que las habitaba en cualquier lugar. Dicen que todos los institutos se parecen entre sí, pero Héctor podría distinguir el de Nueva York entre cientos. Incluso estando sordo como ahora. Podía ver la sala de entrenamiento en toda su extensión, el espacio vacío de suelo pulido. En las paredes desfilaban todo un arsenal de armas forjadas por las hermanas silenciosas; lanzas, espadas, dagas, arcos, cuchillos arrojadizos, látigos… podían colmar todos los gustos de un guerrero. Y él las conocía casi todas. Pero no pudo evitar sonreír cuando Nick alzó la voz, hablando lento y despacio, trayendo con su descripción un nuevo color a su imagen mental.

- Cuchillos serafines. Asintió, con los ojos entrecerrados. La luz conseguía filtrarse entre sus pestañas castañas para alcanzar sus pupilas, pero no le molestaba. Su mente corría más que sus sentidos, y aquella sala de entrenamiento fantasmagórica se llenó del sonido brillante y afilado de los cuchillos serafines, hojas silbando al dividir el aire. - A esta hora… Entre abrió los ojos, mirando de soslayo el reloj que presidía la habitación, marcando sus horas. - Deben ser los más jóvenes del instituto, menores de edad, aprendices… como prefieras llamarlo. Aprenden bajo la tutela de un maestro… son más ligeros, patitos torpes de pies rápidos en realidad. Flotan más que andan cuando están en esa sala.

Sonrió de lado, pensando en ellos. Él había sido así una vez, joven, impetuoso y huérfano, sin nada que perder. Él había sido el mejor, y siempre pisaba con fuerza.  Abrió los ojos, despacio. Al otro lado de las pestañas le esperaban las cicatrices. Algo de aquel muchacho se había perdido en esas marcas que empezaron a picarle. Rascó distraídamente las marcas largas que se extendían por sus antebrazos, intentando disolver esa desazón repentina en la sensación física. Inclinó la cabeza a un lado para mirar al profesor, que parecía exhausto pero, de alguna forma, aliviado. Verlo así le hizo sonreír, un gesto tranquilo y complacido.

- No tienes que dármelas. Esta es mi casa, y tú un invitado. Apoyó los pies planos en el suelo para incorporarse un poco y mirarlo con más dignidad que repantigado en la silla como si tuviera los músculos flojos. Mejor estaba sentado con la espalda recta. - Claro, pregúntame.

No pudo evitar arrepentirse de haberle dado luz verde en cuanto Nick arrancó a hablar. Tornó serio el gesto, la boca apretada en una línea pensativa y el ceño fruncido. Max… ¿por qué Max, una mundana normal? Intentaba hallar una respuesta en su propio silencio, pero se le escapaba de las manos. Era como intentar retener el agua.

- No me da miedo ponerla en peligro porque no lo está. Soy una persona importante en la ciudad para los Cazadores de Sombras, pero no soy el objetivo de nadie. Atarme sentimentalmente a una cazadora de sombras… es complicado, no quiero eso en mi vida ahora. No es por el hecho de que están siempre en peligro, aunque tiene su importancia, claro. Es… yo… Dolía hablar, porque de pronto se estaba abriendo a un completo desconocido. - Es más fácil. Estoy con una mundana porque es más fácil, y me da menos quebraderos de cabeza. Ella no espera que sea Hector White, Consejero y Cazador de Sombras. No conoce esa faceta de mi, sólo me concibe como un malote con un trabajo misterioso, y eso… es fácil. Debería darme vergüenza admitirlo, y Max me importa pero… es así.  

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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Lun 30 Ene - 23:49



Instituto de NYNoviembre 2016Capítulo 2
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Su respuesta le decepcionó. Sin duda aquel era el sentimiento que mejor definía aquel frío helado que se había instaurado ahora donde, hacía apenas unos segundos, había reinado el calor de la esperanza. Esperanza por dar por fin respuesta a inquietudes que habían estado acosándole desde años atrás. Sobre su pasado; sobre su futuro. ¿Estaba bien, siquiera, que ambos mundos se fusionaran? ¿Que los miembros de un lado del velo, incorporasen en su vida diaria a individuos del contrario? Eran preguntas que le habían acosado en numerosas ocasiones. No ya tan solo por lo ocurrido con su esposa, sino por lo que podría sucederle a él mismo.

No importaban las veces en que los miembros del Praetor le asegurasen que, una vez controlado su poder, los licántropos sólo eran peligrosos en los días más inmediatos antes de la luna llena y durante esta, Nicholas siempre terminaba repitiéndose que algo fallaba. No estaba bien siquiera moralmente vivir próximo a una persona, si no podías ser sincero con ella. Aspiraba a que las palabras de alguien con autoridad dentro de aquel nuevo mundo,  le reconfortaran en mayor medida al respecto; le convencieran. Pero no lo habían hecho.

“Más sencillo”. Después de cinco años, todo lo que había recibido a cambio de su pesar, era un “Así es más sencillo”. Le dolía incluso reproducir aquel fragmento en su cabeza, que, por algún motivo, su lado masoquista no dejaba de repetir en bucle. Puede que no hubiera sido Héctor el culpable de nada de lo que le había sucedido, pero aun así no dejaba de preguntarse si sería el secreto que guardaban todos los seres sobrenaturales. ¿Era para él la vida más sencilla cuando estaba con Verónica? Tal vez. Pero aquello era diferente. Verónica era una parte de su pasado a la que se aferraba. Para las personas como H, los humanos no tenían un valor sentimental. No, Nicholas sólo había sido para Florence una vía de escape; una manera por la que sentirse mejor consigo misma, y olvidar por unas horas al día al monstruo que vivía en su interior. Por eso le había abandonado tras su conversión: ya no podía utilizarle. Su salvación se había convertido en un espejo de su propio horror, y ahora tenía que huir también de él.

Supongo que tienes razón. – Fue lo único que sería capaz de responder al respecto, dejando que su mano resbalara despacio por su hombro hasta su pecho. Ya no tenía sentido acariciar su cicatriz. Estaba claro que no sería ese el día en el que terminaría de curarse. Cuando volvió a mirar al nephilim, pudo notar que algo había cambiado en él. Al igual que para Nick su propia tristeza tenía un olor característico, podía oler que Héctor se sentía incómodo; era como una especie de sexto sentido animal, que le ayudaba a comprender mejor cuáles eran los sentimientos de la gente. Casi podía paladear en su boca la inquietud que corría por sus venas; una inquietud que, en realidad, no alcanzaba a comprender. Al menos a su juicio, el hecho de no querer estar con alguien que esperara algo más de él por el hecho de ser un Consejero, tenía sentido. No era algo de lo que avergonzarse. Al igual, suponía, a una estrella de rock, o un actor, les agradará más mantener una relación con alguien que no parta de unas expectativas, sino que preferirán a quien pueda conocerles desde cero.

¿Sabes? – Comentó de repente, con una débil sonrisa en los labios y la mirada perdida. Hablando de humanos, y su falta de conexión con aquella faceta del mundo, recordó el día en que, para él, ambos cobraron sentido. Con suma facilidad, empezó a revivirlo mentalmente, y tuvo la extraña sensación de que necesitaba compartirlo con él: Héctor le había dado una parte de sí mismo confesándole aquello, ahora era su turno de abrirse. – Recuerdo cómo fue mi primer día como licántropo. Cuando eres humano… También crees en la existencia de dos mundos, sólo que son dos mundos mucho más diferentes: uno es tangible, mientras que otro, no lo es. Se basa en las ilusiones, en las esperanzas… Lo crea nuestro propio cerebro, y en innumerables ocasiones sólo se resume en imágenes o un puñado de letras. Me refiero a la fantasía, por supuesto. A la diferencia entre el mundo real, y aquel que nace de nuestros sueños. – Como si de repente le hubieran dado vida de nuevo, Nick empezó a mostrarse más activo con cada nueva frase, retomando aquella costumbre, tan poco empleada debido a su inicial debilidad, de expresarse casi tanto con las manos como lo hacía con las palabras mientras hablaba. – Yo siempre había sido un gran fanático de ese tipo de novelas. Adoraba las de Edgar Allan Poe, con sus fantasmas y vampiros por doquier, – Esa misma sonrisa se volvió un tanto irónica, claramente aludiendo al hecho de que terminara perteneciendo a la raza enemiga por excelencia de aquellos con los que había fantaseado. –  y había deseado miles de veces pertenecer a aquellos lugares, nacidos de libros e historias. (Evidentemente, careciendo de experiencia previa, una persona no es capaz de reconocer las consecuencias de lo que ansía…) Bueno, pues ni siquiera con este trasfondo quise reconocer lo que había sucedido hasta pasadas unas semanas. Y aun así, no fue hasta mi primera conversión cuando logré aceptar que esa sería mi nueva realidad, y no uno de mis tantos sueños, del que en algún momento me despertaría… – Relamió sus labios, resecos por tanto hablar tras horas de inconsciencia, en que sus músculos habían quedado agarrotados. – Lo que quiero decir, es que comprendo por qué te sientes seguro con ellos. Aun en las situaciones más evidentes, los humanos se aferran a cualquier cosa con tal de no reconocer que lo sobrenatural existe. Porque eso significaría que no son los seres más poderosos en la Tierra; que no tienen el control, y eso les aterroriza.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Jue 2 Feb - 23:29

Hector White
32 Años
Nephilim
The crow and the wolf
II. And So It Hurts
Nick West

Capítulos: IIIIIIIVV

Fue reptando entre los dos, un tipo de silencio que no tiene medida. Los envolvía a medida que cada hombre se sumía en sus propios pesares, cada uno a ambos lados de la misma moneda sin saber que lo único que los separaba era el milímetro de su canto; la diferencia de quien realizaba la acción y quien era parte de su resultado. Eternamente obligados a ser lo mismo de forma distintas.

Nick, con una sola pregunta, había conseguido lo que una miríada de demonios y un puñado de otros seres nunca había alcanzado con armas, veneno y odio siseante; Héctor se sentía cobarde. Era consciente de que se resignaba con su realidad, pero Max era lo mejor a lo que podía arriesgarse. Si estaba muerto mañana Max podría seguir su vida sin hacer demasiadas preguntas, al fin y al cabo aquella pátina de amor cuasi adolescente era cobertura suficiente para sus secretos. Ella no preguntaba y él no hablaba, porque a ambos les convenía. Sin quererlo habían convertido el silencio en un eje principal de su relación, y sin él se derrumbaría. Porque ella no quería saber, y él no quería contar. Al final era más fácil seguir bebiendo, follando y pensando, como mucho, hasta la semana que viene, que hundirse en berenjenales para los que ninguno estaba preparado. Porque una era demasiado joven para "atarse", o eso se decía ella, y Héctor porque ni siquiera sabía si estaría vivo la semana que viene.  
-Supongo que sí.

Repitió, aturdido por el sonido de una voz que no fuera la propia, inmiscuyéndose en sus pensamientos. Era incapaz de alzar el rostro, la barbilla casi le tocaba el pecho, sentía cosquillas allá donde la barbita de un par de días que coronaba su barbilla se apretaba contra la piel tierna de entre las clavículas. De forma inconsciente las uñas, muy cortas y pulcras, estaban otra vez sobre la piel de sus brazos, rascaban los bordes limados de cicatrices descoloridas, y los gruesos de las más nuevas, donde las runas daban un salto en su propio trazo. Líneas argentinas completaban el conjunto, se entrecruzaban en un patrón sin orden ni concierto, a capricho de sus artistas, sobre la totalidad de su piel. No esperaba seguir escuchándole, sumergido como estaba en su propia amargura, pero al hacerlo consiguió levantar el rostro ligeramente. Cualquier distracción era buena ante la perspectiva de seguir escuchándose a sí mismo, con esa vocecilla desagradable que contaba el paso del tiempo y marcaba en la cronología de su vida cada cosa que había hecho mal.

"Todas las leyendas tienen algo de cierto" Pensó, mirando con una extraña fascinación a Nick. Claro… ¿cómo no se había dado cuenta? Aquel hombre tenía es aire melancólico de aquellos que habían estado al otro lado, los que alguna vez eran pulcros, inmaculados, y ahora estaban tocados por la mancha negra del submundo. No necesitaba preguntarlo, sólo escuchando lo supo, Nick era un licántropo convertido. "Incluso su fantasía, donde creen que están a salvo, no es más que una herramienta del submundo para que se protejan y teman lo que no conocen.".

Nick se veía poseído por una vitalidad amarga que no parecía casar del todo con esa pasión triste que asomaba por sus ojos azules. Se le veían las aristas de algo muy roto flotando en lo oscuro de sus pupilas, una pieza rota y absolutamente irreparable. De su boca sonaba como la historia más triste jamás contada… era extraño. Profundamente extraño para alguien que nunca había estado al otro lado de la acera. Para Héctor los vampiros, los lincántropos, cada criatura del folclore estaba muy lejos de ser un resquicio de fantasía improbable y maravilloso… eran reales. Formaban parte del mundo real, como respirar, el ángel, o las runas sobre su piel. Eran lo que eran, y no había que darle más vueltas. Y, sin embargo, habiendo vivido de formas estrictamente distintas… lo había calado. Entendía de una forma avergonzantemente profunda como se sentía.

Es… profundamente cierto. Terminó por suspirar, pasándose la mano por el pelo para echarse el pelo hacia atrás. - A veces… me siento culpable porque no los veo, ¿sabes? No son más que… mundanos. Se supone que todo esto va de protegerlos, ¿no? Y sin embargo los miramos por encima del hombro los convertimos en algo pequeñito e insignificante… y a veces su inocencia es arrolladora... ¿verdad? Lo siento, tal vez no debería hablar de esto...
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Dom 5 Feb - 21:52



Instituto de NYNoviembre 2016Capítulo 2
Nicholas A. WestProfesor de LiteraturaLicántropo33 añosVer ficha

And so it hurts

No, es… está bien. – “Al menos demuestra que sientes algo” pensó para sus adentros, contemplando con aire distante las cavilaciones del nephilim. Quizá Nick fuera demasiado humano. Había conocido a otros licántropos que, con el tiempo, desarrollaron incluso aversión hacia las razas que consideraban “inferiores”. Dijeron adiós a sus antiguas vidas: sus conocidos, su trabajo, su familia… Aceptaron que ya no formaban parte de eso, y aprendieron a desligarse de ello. Pero ese no era su caso. Por mucho que lo intentara, necesitaba seguir unido a lo que un día fue. Le ocurría con todo, en realidad: por algo seguía su casa llena de fotos de él con su esposa, y su anillo de casado escondido en uno de los cajones de su dormitorio. El único paso hacia delante, había sido girar los marcos, y ni siquiera lo había hecho de forma voluntaria: obviamente, a Verónica le hacían sentir incómoda. Pero seguían allí. Todo seguía intacto. Por eso, quizá lo que para otros hubiera sido una conversación trivial, a él le estaba significando tanto. Llegó un punto en el que sintió que la habitación se había dividido en dos partes: en una, estaba él. En la otra, Héctor; separados por una pared invisible de experiencias y sueños rotos. ¿Cómo hacer que entendiera su punto de vista? ¿Que sintiera lo que él sentía, en lugar de sufrir aquella desconexión a la que aludía?

Héctor, ¿te importaría ser ahora el que cierra los ojos? – Le preguntó finalmente, sin saber ni siquiera él mismo cómo acabaría todo aquello. – Quiero contarte una historia. Prométeme que intentarás imaginarte lo que te estoy diciendo, ¿de acuerdo? Necesito que lo visualices en tu mente, como hiciste que yo me imaginara el Instituto. – Confiando en que le hiciera caso, le miró fijamente hasta que fue cumplido su deseo. Entonces, apoyó sus grandes palmas en la cama para arrastrarse hacia arriba y quedar parcialmente sentado sobre la cama, con su cuerpo apoyado en las almohadas que habían puesto tras su espalda. No quería estar tumbado. Hablar de aquello en esa postura le hacía sentir… Muerto. El propio peso de sus recuerdos le asfixiaba contra la superficie, con la misma presión con que la tierra cubre una tumba, y el aire abandonaba sus pulmones a medida que esta se hacía más y más fuerte. No. Había vivido eso demasiados días; demasiadas noches. No otra vez. No delante de él.

Imagina que tienes veintitrés años. Llevas cinco años viviendo solo, eres joven, y sientes que por fin estás llevando las riendas de tu vida. Piensas que todo por lo que has pasado, ha sido precisamente para llegar hasta donde estás, porque nunca te habías sentido tan vivo.  Estás siguiendo exactamente el rumbo que siempre habías soñado, tienes fantásticos amigos y, para colmo, está ella. La chica más atractiva que jamás has visto en tu vida. Ni siquiera entiendes cómo ha pasado, pero sabes que está interesada en ti. Cada vez que sonríe, sientes esas condenadas mariposas en el estómago, y por mucho que durante toda tu adolescencia te hubieras dicho que no caerías en el mismo error de tus padres; que no te “enamorarías”, porque sabes; porque has visto el lado oscuro del “amor”, – Nick tragó saliva, intentando espantar a los demonios que le traían las imágenes de su padre golpeando a su madre sobre el suelo de la cocina. – un solo minuto a su lado hace que pienses que merecería la pena; valdría la pena cualquier sufrimiento si fuera por ella. Al final, pasan los meses, y finalmente aceptas que la única alternativa que existe para ti, es intentarlo. Porque sabes que si no le dices lo que sientes, te arrepentirás eternamente. – Carraspeó, procurando que su voz no se quebrara. Tenía que narrarlo y no derrumbarse. No podía hacerlo. No merecía la pena volver a llorar por el pasado. – Cuando lo haces, ella dice que sí. Que también siente lo mismo por ti… Sin duda, aquel es el día más feliz de tu vida. ¿Dónde está aquel horror con el que asociabas al amor? Ya nada existe. No hay un pasado que valga, y cada día que pasas a su lado toda la carga que siempre llevaste sobre tus hombros se va diluyendo. Porque a su lado, eres libre; un hombre nuevo. El problema es… que la perfección no existe. – Agarró su mano derecha en la izquierda, apretándola para evitar que volviera a llevársela a la cicatriz. – Y pronto descubres, que hay algo que no termina de encajar. Después de dos años, os vais a vivir juntos, y te das cuenta de que ella desaparece. Una vez al mes, se esfuma durante un día entero. Cada vez con excusas distintas; distintas palabras que para ti, terminan significando lo mismo. Tus dudas vuelven de nuevo; tus miedos. Sólo que ahora no son sólo fantasmas del pasado, sino que están haciéndose realidad. Los vives día a día. Ahora, cuando la miras a los ojos, sólo te preguntas en qué estará pensando. Por qué lo hace. ¿Será que para ella, vuestro amor no es suficiente? ¿Que tú no eres suficiente? Los meses transcurren. Os casáis. Habías tenido la esperanza de que quizá era eso lo que faltaba: compromiso, volver a sentirse unidos como al principio… Pero por mucho que hagas todo lo posible, ella sigue desapareciendo. Esas veinticuatro horas de soledad se convierten en un tormento, que para ti ya no está espaciado en el tiempo, porque las semanas pasan tan deprisa, que parece que vives encerrado en ese mismo momento del mes. Y ella no está. Nunca está. – Con mucho esfuerzo, intentó regular el ritmo de su respiración, que había empezado a acelerarse. Podía revivir esos momentos como si hubieran sucedido ayer mismo. Lo peor, era que se acercaba la parte más dura. Lo sabía. Tendría que ser fuerte. No podía detenerse ahora. – Un día, tu madre muere. – Al decir esas palabras, toda la frustración que había estado transmitiendo, se convirtió en vacío. No había sentimiento capaz de expresar el peso que cargaban esas palabras. – Y ella, tu esposa, se va. Ha llegado de nuevo ese día, y… ella no está. Pero ese no es un mes cualquiera. La necesitabas más que nunca y no puedes permitir, no puedes entender… No es justo. – Sus párpados cayeron, intentando ahogar una lágrima que terminó cayendo en picado contra las sábanas. – Entonces decides que esa será la última vez que volverá a dejarte solo. Y vas a buscarla. Dispuesto a afrontar lo que sea que tengas que ver: otro hombre, otra vida que tú no conocías… Y en cambio, terminas en una especie de hospital. Despiertas al día siguiente, sin entender nada de lo que ha sucedido. La buscas, pero ella no está. De algún modo, sabes que esta vez, se ha ido para siempre. Y lo único que te queda de ella, es una marca de sus dientes en tu piel.

A su historia le siguió un silencio prolongado, durante el cual no fue capaz de contener las ganas de soltar sus manos y acariciar el relieve de su cicatriz. Con los años se había vuelto más difusa; más lisa. Sin embargo podía recordar con precisión su silueta abultada en su época más reciente. Siempre le atrajo la ridícula idea de que, al menos, le había dejado grabada una parte de ella; que podía tenerla cerca siempre que la tocara. – ¿Deben los humanos saber acerca de lo sobrenatural? No lo sé. Es agradable vivir en un mundo en el que el control está alcance de tu mano. Pero está claro que mantener viva la inocencia puede tener un alto precio.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Miér 22 Feb - 16:56

Hector White
32 Años
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Capítulos: IIIIIIIVV

Había buscado inconscientemente la forma alargada sobre su muslo, una estela argentina y fría que siempre llegaba pegada a la piel, al alcance. Manías de nephilim, en realidad, el ponerse a juguetear con una de ellas cuando tenían la mente ocupada. Lo había aprendido, o mejor dicho, heredado, de su propio padre. De naturaleza expresiva, gesticulaba mucho con las manos, y cuando tenía la mente demasiado ocupada le agobiaba sentir las manos vacías. Al principio solo jugaba a ser su reflejo, como un loro repitiendo palabras que no entiende, pero a base de repeticiones terminó por interiorizar el gesto, había hecho suya la forma de girar la muñeca cuando la estela alcanzaba el meñique y tocaba empezar otra vez el circulo. Dedos sensibles llenos de cicatrices, eso era Héctor, aunque nadie lo supiera.

Sendas cejas oscuras se combaron para formar arrugas en el espacio entre ellas, un ceño fruncido, ligeramente distraído.

- ¿Cerrar los ojos? Su escepticismo era mucho mas evidente que el de Nick. Hablar de confianza era ir un poco lejos, sobre el papel afirmaría que no confiaba en Nick, que era un licántropo, un subterráneo, y entre ellos existía una barrera insalvable. Sin embargo, sin papel, pluma o espada delante, Héctor sabia perfectamente lo que sentía. Gratitud, vergüenza, respeto... aquella noche se habían salvado mutuamente, confiaba en él, de alguna forma. Claro... lo intentaré

Intentó a acomodarse un poco, bajar la pierna que su cruzaba su regazo y permitir que la tensión fluyera por sus articulaciones hasta alcanzar un estado semejante a la calma tensa. Bajar la guardia no era una opción, pero no tenia nada que ver con el licántropo. Nephilim y estar en guardia siempre iban de la mano. Al respirar las costillas empujaban los músculos, su pecho se mecía hinchándose lentamente, creando sombras en los pliegues de la ropa cuando se tensaba.

La estela seguía dando vueltas entre sus dedos, como si la conexión que mantenía sus muñecas atadas a la voluntad de su cerebro estuviera rota. Una y otra vez, balanceo, redoble entre los dedos, pasaba de yema en yema para volver a empezar su ciclo, ocupándole las manos mientras dejaba volar su mente. A decir verdad tampoco necesitaba mucho para ponerse en esa piel, él también había sido más joven, más estúpido y más temerario. Pero no conocía el amor. Intentaba imaginarlo, de la misma forma vana que uno intenta sostener el agua de un río entre las manos. Amor... esa palabra le venia grande. Conocía sus síntomas, un amago de palpitaciones, el revoloteo de la piel y las cosquillas del sexo, pero no ese amor.  Nunca lo había tocado y casi se sentía agradecido.

Escucharle daba escalofríos. Tenía una profundidad en la voz, esa inflexión que empapa las cosas intimas, enterradas profundamente bajo capas y capas de silencio. Conocía bastante mejor el cuento que iba siguiendo, una historia natural entre los subterráneos. Era la maldición de todos aquellos que intentaban convivir con los mundanos, irremediablemente perseguidos por sus demonios, presos de sus secretos. Nick desplegaba también sin ser consciente de ello su inseguridad en sus propias palabras. Hector intuía que su pasado era mucho más complejo que aquella hipotética relación que de hipotética tenía poco, o nada. Sus sentidos le decían todo lo que necesitaba saber, y aún así palpitaba la curiosidad de abrir los ojos para cerciorarse de que esa respiración se había acelerado, y el corazón del lobo palpitaba con fuerza esa amarga sangre enamorada.

Madre y muerte. Dos palabras, suficiente para que sus dedos se congelasen sobre las rodillas. El sol que entraba de soslayo a través del cristal arrancaba destellos a la estela, no pudo evitarlo, abrió los ojos, pero ya no estaba viendo nada. Su sangre se había vuelto amarga también, emponzoñada de recuerdos. Recordaba el vuelo de su falda cuando le hacía bailar en el salón, agarrado a la misma cintura de avispa que lo había creado y cobijado antes de empujarle al mundo. Fue aplastandolos poco a poco, ese pesado silencio.

- Lo siento mucho.

Terminó por susurrar, aunque en el fondo no lo sentía tanto. La vida era cruel, compleja, y no esperaba por nadie. Podias intentar luchar por lo que querías incansablemente, y, ni con esas, podías controlar tu suerte. Héctor vivía en un mundo de historias tristes, sangre derramada. Todos sus compañeros habían perdido padres, amigos, hijos o amantes en la lucha que era la vida del nephilim, el dolor floreciente de Nick, tan vivo y transparente en sus ojos azules, era una prueba viva de que, a parte de inseguro, también era inocente. Observaba de reojo, no podía evitarlo. Estaba acostumbrado al dolor, pero no a personas como él, casi impolutas. Casi, si no fuera por aquella única cicatriz que abrazaba su hombro blanco. Era una estampa sorprendentemente bella la imagen de un hombre roto y con el alma desnuda.

- Es complicado Nick. Terminó por encogerse de hombros. Mareada, la estela volvió a su vaivén. - Su inocencia los ha convertido en lo que son, les permite vivir… tranquilos. Avanzar, evolucionar, cambiar…

Se volvió a encogerse de hombros. No podía decirle que el mundo de los mundanos no estaba hecho para existir en esa guerra perpetua que libraba el pueblo de los Nephilims. Eran demasiado débiles, Dios y los Ángeles lo habían decidido así. Ellos no eran nadie para cuestionar su palabra.

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