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The crow and the wolf

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The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Sáb 22 Oct - 20:24

Recuerdo del primer mensaje :

The crow and the wolf
Crackship 1x1 | Basado en: Cazadores de Sombras | Introducción
Año 2016. Nueva York, Estados Unidos.

El mundo está dividido en dos: por una parte, existe la verdad conocida por los humanos, en la que no tienen cabida la magia ni lo desconocido, sino que la única ley válida es la del razonamiento. Por otra, toda una variedad de seres sobrenaturales se mueve entre las sombras, de la que estos primeros no tienen conocimiento. Son los subterráneos: brujos, hadas, licántropos, vampiros. A ellos se suma una raza derivada de la propia humanidad. Surgió hace alrededor de mil años. Su sangre se mezcló con la del ángel Raziel para, así, convertirse en los guardianes del equilibrio entre los distintos seres que ocupan el planeta, además de encargarse de que los demonios no rompan su frágil realidad, sumergiéndolo en las sombras.

En esta sociedad, dividida entre lo común y lo desconocido, dos polos opuestos colisionarán, descubriendo que no por pertenecer a razas diferentes, deben mantener las distancias. Las circunstancias unirán sus caminos, logrando que, con facilidad, salga de sus labios la palabra "amigo".

participantes


Hector White
Sebastian Stan
32 años
Ladie
Nicholas West
Chris Evans
33 años
Roanoke


índice


Capítulo I: Back to the start.
Capítulo II: And so it hurts.
Capítulo III: You cannot escape from the moon.
Capítulo IV: Y entonces amanece

pj no jugables


Lista susceptible a cambios:

Max | 24 años | Novia de HectorJoanna | 35 años | Esposa de Nick


Veronica | 28 años | Follamiga de Nick
Roanoke


Última edición por Roanoke el Vie 9 Jun - 21:18, editado 16 veces
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Vie 3 Mar - 13:49



Instituto de NYNoviembre 2016Capítulo 2
Nicholas A. WestProfesor de LiteraturaLicántropo33 añosVer ficha

And so it hurts

Si lo hubiera sabido, nunca hubiera ido a buscarla aquella noche”, era lo que se repetía Nicholas cada vez que rememoraba esa historia. Sin embargo, no llegaba a hacerlo con rencor, pues de nada servía odiarla a causa de su licantropía. De aquella experiencia, sólo podía rescatar lástima y añoranza: de su inocencia, de su esposa… De todo lo que un día fue, y más aún de lo que podría haber sido. Sentía pena hacia sí mismo, y lo frágil que podían convertirle a veces sus demonios, concibiéndose como un ser que nunca será amado. Era difícil aceptar hasta qué punto podía ser inseguro. Si había una lección que aprender de esa experiencia, era sin duda que debía dejar de subestimarse, porque ella sí le había querido. Al menos hasta que las líneas entre lo sobrenatural y lo humano, terminaron de difuminarse, convirtiendo al profesor en un espejo de los temores ajenos.

Esas mismas palabras eran las que quería transmitir al nephilim; quería hacerle entender que ese era el precio al que aludía; que en su opinión, toda aquella situación no era lo que permitía vivir a los humanos, sino más bien la que les convertía en las víctimas más débiles dentro de aquel juego de titanes: porque eran los únicos que debían afrontar las consecuencias de la verdad, sin haber sabido nunca de su existencia. Pero nunca alcanzaría a pronunciarlas, porque enseguida les interrumpiría un nuevo llamamiento a la puerta. Era la enfermera: esta vez, traía la cena. Cuando Nick miró el reloj que había en la pared, se dio cuenta de que habían transcurrido horas enteras hablando juntos, entre fantasmas y silencios, que estiraron los segundos hasta convertirlos en una eternidad que, sin embargo, para ellos jamás había existido.

Un momento. – Pediría Nick antes de que abrieran: no quería que Hector se fuera, y sabía bien que aquella señal era una invitación a que abandonara la habitación. Era difícil explicarlo. Tal vez una especie de lazo invisible, que nacía solo entre dos hombres que han compartido la lucha por una causa común, pero para él, había sido más fácil abrirse a aquel; revelar sus más íntimas inquietudes, de lo que le había resultado hacerlo con nadie más en el último lustro. Después de todo, ahora conocía quién era; qué era lo que realmente llevaba motivando cada uno de sus actos desde hacía años. Y, probablemente, incluso le habría dado a conocer aquello mismo que le impulsó a actuar como un idiota delante de aquel demonio: el porqué de su falta de temor a perder la vida. Una vida que para él, tenía un nombre concreto y una fecha de partida. No podía correr el riesgo de perder a alguien así, en un mundo en el que la incomprensión y la soledad parecían formar parte de un presente inevitable.

¿Vendrás a verme de nuevo antes de que me marche? – Le preguntó, procurando que su tono de voz no revelara la desesperación que en realidad, oculta bajo una máscara, desvelaría ese deseo. Le avergonzaba admitir esa debilidad que había desarrollado hacia él de la nada, delante de alguien tan rudo como lo era Héctor, pero sentía que debía hacerlo. Fuera como fuera, tenía pensado marcharse de allí dentro de dos días, para poder acudir a su empleo y retomar su vida normal, y empezaba a costarle la idea de no volver a compartir con él un momento íntimo de charla; verle a partir de entonces de nuevo como tan solo el hombre que iba a recoger a una de sus alumnas después de clase: alguien distante, con el que nunca compartía ni tan siquiera una mirada. Con suerte, de aquí a entonces sus habilidades lupinas habrían reducido el incidente de su pierna a las consecuencias de un pequeño esguince, y no debería justificar ante nadie el hecho de llevar durante tan poco tiempo el apoyo de una muleta. El inconveniente, era a quienes dejaría atrás al hacerlo.

Lo siento, pero tengo bastante trabajo y no puedo esperar más. – Les comunicaría una voz femenina, que irrumpiría en la habitación. Con una bandeja entre sus manos, aparecería la joven haciendo equilibrio junto a la puerta, la cual abriría empujando con su hombro. Aunque le hubiera costado creerlo horas antes, se sorprendió a sí mismo al descubrirse pensando que deseaba que volviera a marcharse. – No pasa nada. Estoy seguro de que Héctor querrá también descansar. Le he tenido aburrido contándole historias. – Bromeó, dirigiéndole a él una mirada cómplice, que de algún modo le diera las gracias por haberle estado escuchando. Una simple frase que, se dijo, tendría que decirle directamente en voz alta la próxima vez en que se vieran. Después de todo, fue gracias a él que seguía vivo, el mismo hombre que acababa de convertir su noche de un martirio en una entretenida charla. – Entonces, ¿lo harás? – Preguntó por segunda vez en voz alta, antes de que se marchara. Ella no sabría de qué diantres estarían hablando, así que no le costó repetir la petición delante de terceros.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Miér 8 Mar - 11:29

Hector White
32 Años
Nephilim
The crow and the wolf
II. And So It Hurts
Nick West

Capítulos: IIIIIIIVV

Nunca estarían de acuerdo en aquel aspecto. Blanco o negro, día y noche, subterráneo y nephilim. Estaban ineludiblemente ligados al lado de la moneda al que pertenecían, y ninguno podría cambiarlo jamás. ¿Intentar comprenderse? Tal vez, ¿discutir? Probablemente, pero estaban más allá del entendimiento. Luchar contra las leyes establecidas del mundo era ilógico e idealista, aquello no era el simple régimen de un dictador, o los caprichos de un rey mimado. El mundo que compartían no era más que el orden natural de las cosas, para Héctor, alterarlo en cualquier sentido era ponerle fin a la existencia tal y como se la entendía.

Huesos contra la puerta, el sonido rítmico y totalmente innecesario que revelaba la educación de su emisor. Era una enfermera, esa era su reino, y no debería pedirle permiso a Héctor ni a nadie para caminar u obrar en él como le viniera en gana. Aún así, lo hacía, demasiado dulce para inmiscuirse en el silencio que compartían los dos hombres. Héctor miró a Nick, y por un segundo le pareció atribulado. Compartir conversaciones demasiado profundas con desconocidos te dejaba con esa sensación, de estar extrañamente limpio, como si el consuelo no fuera un derecho. ”¿Estás bien?” Quiso preguntar, pero algo en su garganta se lo impidió.

- ¿Verte de nuevo? Lo repitió como un loro tono, una suerte de autómata que tardaba unos segundos en procesar las frases para entenderlas. Parpadeó para alejar una sensación nebulosa, Nick parecía agitado, contenido, y se dió cuenta de que él mismo también lo estaba. No eran más que las sensaciones que arrastraba el abrirse a los demás, pero debajo de todas ellas, acurrucado en su sombra, para su sorpresa, se sentía… en calma. A gusto en su presencia.

Abrió la boca para responder pero sólo se escuchó la impaciencia de la enfermera, que había llegado al tope de us educación. Tuvo que contenerse para no echarle una mirada de reproche, recordándose que era su trabajo, y el de Héctor dirigir el Instituto como miembro del Consejo, no recriminar a sus subordinados por entrometerse en su vida personal. Porque aquello era personal, de alguna forma.

- Está bien, ya me marcho… Suspiró. Plantó ambos pies en el suelo y se levantó con un quejido estrangulado entre los dientes. Sus músculos se recuperaban rápido, embebiéndose un iratze detrás de otro, pero seguía siendo carne, huesos y sangre. Una ducha y unas cuantas runas no podían hacer el mismo trabajo que una buena noche de sueño. - Y lo lamentaré, porque no estaba aburrido. Le dedicó una breve sonrisa a Nick mientras caminaba hacia la puerta, quedándo de lado a él. Le miró una última vez, y en vez de pronunciar las palabras asintió bajando la barbilla al pecho, contemplando sus ojos azules. Lo haría, claro que lo haría.




Hecho para Ladie



The crow and the wolf:
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Miér 29 Mar - 23:02

Cap. 3; You can no scape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luena llena
Aunque Hétor no prestara atención suficiente, su teléfono no paraba de sonar. En alguna parte lejana de aquella ciudad infernal una novia quería arrancarse los pelos. Trabajo, trabajo… siempre trabajo, ¡el maldito trabajo! La última vez que había contactado con su novio le comunicó que desde aquella noche que había tenido que cancelar su cita tenía mucho ajetreo en su misterioso trabajo. No podían salir a por sus cervezas, no atendía sus llamadas, se pasaba el día encerrado donde diablos trabajase. En el Instituto de Nueva York. Era normal que pasase tantas horas entre aquellos pasillos, pero esos días no se había separado del despacho. El impulso de la responsabilidad, eso se decía a sí mismo, tenía sus pies pegados a los pasillos pintados con runas porque aquel licántropo era su responsabilidad. No tenía nada que ver aquellas visitas de soslayo cuando se terminaba la excusa del papeleo, o la ducha después del entrenamiento había sido demasiado rápida. Iba allí, peregrinaba, con una sonrisa en la boca y el culo hecho a aquella incómoda silla.. Era su responsabilidad… ¿qué podía hacerle? Si Max tenía que esperar, pues tenía que esperar. Así era la vida, su vida. Cuando empezaron aquella relación le había dejado los puntos claros; no podía estar para ella siempre que ella quisiera. Sus responsabilidades eran demasiado grandes. Por ser concisos, en aquel instante eran exactamente de un metro ochenta y tres centímetros de altura, por otros aproximadamente ochenta y tres kilos de masa muscular con los ojos azules.

Ojalá aquel fuera uno de esos minutos arrancados en secreto para verle, asegurarse de que estaba bien. Pero no. Había tenido que salir del instituto por una emergencia con unos feericos en la cuarenta y ocho, en ese bar donde servían bebidas que el consejo no aprobaba. Así terminaban todos, molestandoles por altercados que podrían solucionar ellos solitos con un par de cuchillos o sus engaños de hada. Él, que estaba a gusto junto a la ventana de la enfermería, dsifrutando del sol cenital del atardecer… y había entrado uno de sus subordinados, trajeado hasta las cejas con un equipo de combate y el hastío en la mirada. ”Te necesitamos, Héctor. El director quiere enviar a alguien de mando, ya sabes…”. Acompañado de una mirada de soslayo a Nick que significaba que los subterráneos necesitaban autoridad para comportarse. Héctor había resoplado, apartándose mechones del flequillo rebelde de encima de los ojos, antes de resignarse. Tendría que ir… aunque aquella noche fuera luna llena, y todos sus pensamientos estuvieran lejos, muy lejos, en las entrañas del Instituto, bañado de una luna cada vez más amenazadoramente redonda a medida que avanzaba la noche.

Se había ido dejándo una única frase tras de sí… “volveré”.


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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Vie 7 Abr - 20:58

Cap. 3; You cannot escape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luna llena
“El gran día” había llegado. Aquel en el que el humano se fundía con la bestia. En él, todo se volvía borroso; oscuro. Ver la vida desde su punto de vista animal, había sido siempre duro: algo que sólo había hecho de manera forzada, por necesidad. Tenía que aprender a dominarla, antes de que ella le dominara. Y había podido lograr esa meta. Las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, podía sentirse a salvo consigo mismo. Sí, podía hacerlo todos ellos, salvo una noche al mes. Una noche en la que tomaban vida todas sus pesadillas, y por mucho que hubiera luchado por impedirlo; que se esforzara por domesticarla, esta terminaba reclamando su espacio dentro del mundo, mes tras mes. Recordándole que, a fin de cuentas, seguiría siendo su esclavo eternamente.

La noche se acerca. – Comentó Nicholas, desviando su mirada hacia la enfermera que había conocido en su primer día, y llevaba, desde entonces, siendo su compañera de charlas durante las tardes de invierno. Encamado, como se hallaba, apenas había logrado avanzar unos cuantos metros con las muletas, lo cual hacía increíblemente interminables aquellas semanas internado, en las que los frescos de las paredes, y las vistas de la ventana, eran a todo lo que se reducía su entretenimiento. Por ello, esos intercambios de palabras, por breves que fueran, habían tomado una relevancia increíble para él. Nunca había deseado tanto ver a alguien atravesando la puerta, como lo hacía con Héctor, o con ella. Encontraba sus historias, realmente apasionantes. En su compañía, tan solo echaba en falta su portátil, para poder redactarlas todas ellas, y llevarse consigo esa pequeña parte de aquel episodio irreal de su vida, en el que la convivencia con nephilims se habría convertido en una costumbre.

Pero… Tú sabes transformarte a voluntad, ¿no? ¿No fue eso lo que hiciste en la facultad, con Héctor? – Preguntaría ella inocentemente, a modo de respuesta, mientras terminaba de ajustar la venda de su pierna, que acababa de cambiarle. La herida, al aire libre, se mostró prácticamente curada. La fractura estaba cicatrizando bien, y sus huesos y tejido muscular se recuperaron deprisa. El problema, por ahora, estaba siendo acostumbrarse a volver a andar. Era casi como si su propio cuerpo no quisiera obedecer a sus órdenes, sino atarle a esa camilla indefinidamente.

Sí, pero las noches de luna llena, no son como otra cualquiera. – Tragó saliva, notándola espesa y amarga, mientras bajaba despacio por su garganta. – Me traen… Recuerdos de la noche de mi conversión; sentimientos que no querría evocar. Es difícil controlarte cuando no eres capaz de concentrarte. – “Cuando revives el peor día de tu vida”, quiso añadir, aunque esto sólo se quedaría en un simple pensamiento, que no revelaría en voz alta, por no querer incomodarla. Tampoco, que le tuviera lástima.

¿Es por eso que pediste que te dejaran la llave a los sótanos? – Comentó, mientras le acercaba una silla de ruedas a la cama, a lo que Nicholas se limitaría a asentir con la cabeza, a la par que centraba la fuerza en sus brazos para impulsarse de un lado a otro, haciendo rechinar las ruedas viejas bajo su peso: debían haberla robado de algún hospital abandonado. – No deberías subestimarnos tanto. – Bromeó, con cierto aire triste. Le había dicho en los pasados días que estaba dispuesta a acompañarle, pero él se había negado. De nuevo, intentó ofrecerse al ser quien condujera la silla, a lo que él volvería a negarse, apartando sus manos de ella con cuidado. – En quien no creo, es en mí mismo. – Sería la respuesta de Nick, antes de desaparecer por los pasillos, en dirección al lugar en el que estaba dispuesto a encerrarse. Faltaban poco menos de veinte minutos. Tenía que darse prisa.


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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Dom 9 Abr - 15:38

Cap. 3; You can no scape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luena llena
– Para vuestra suerte o vuestra desgracia, mi tiempo es limitado, así que quiero saber de una puñetera vez que diablos ha pasado.

– No hablaré a menos que sea en presencia de un representante oficial de la corte Noseelie, nephilim.

Héctor tuvo que hacer un soberano esfuerzo para no arrancarse mechones de pelo con los puños. Hadas, ¡hadas! ¡Siempre las puñeteras hadas con sus protocolos! Eran un pueblo peligroso, eso sin duda, demasiado viejos e inteligentes como para ser subestimados a la ligera, cualquiera diría que alguien incapaz de mentir también sería incapaz de hacer trampas. Un vampiro nómada, según su palabra sólo estaba de paso por la ciudad, había ido a caer en la misma mesa de póquer que aquel sílfide. Tenía toda la piel azul, el pelo era de un verde acuoso, y los orbes de sus ojos bien podrían haber contenido océanos enteros por la forma en que brillaban. Alguien había hecho trampas jugando a las cartas, el sílfide, según el vampiro, lo cual bien podría ser verdad viendo el número de monedas feericas que descansaban sobre la mesa. Oro valioso gastado alegremente, o una forma de atraer a los más incautos. Era un tuco barato, y típico, hacer creer a otros jugadores que tenían suerte dejándoles ganar, y desplumarlos en el momento adecuado, cuando más confiado se sintiera. Así que allí estaba, luchando contra dos fuerzas eternas que no consentían en admitir la culpa, con hombres corriendo hacía Central Park y mensajeros buscando a los señores de los clanes para confirmar que el vampiro fuera extranjero, lo que lo convertiría directamente en su responsabilidad.

– Soy un hombre paciente, pero estoy cansándome de jugar a las guarderías. Podemos solucionar esto aquí, ahora, o puedo mandaros con derecho legal al Instituto. Tal vez os sintáis más dispuesto a hablar de responsabilidades después de una noche entre sus piedras. Si hubiera podido el sílfide se habría puesto blanco, en cambio su piel sólo adquirió un tinte más parecido al celeste. Por otro lado el vampiro estaba tan muerto que la estupefacción nada cambiaria su piel, así que miró al nephilim contrariado, inocente e indignado. Ninguno de los dos quería hacese cargo de los destrozos realizados en el local cuando alguna de las partes implicadas se había percatado de las trampas, con la consecuente ira, destrucción y exposición del velo a los mundanos transeúntes que paseaban por la calle. Tenía hermanos silenciosos trabajando con sus memorias, pero los nephilims no se harían cargo de aquella cuenta. – Muy bien… si así lo queréis…

- Tranquilo, cuervo… Había un tono meloso en aquella voz, se deslizaba por el aire como la miel por una tostada, cubriéndolo todo. Bajo el marco de la puerta esperaba un feerico nuevo, de piel nívea y ojos violetas. Contempló a su igual con severidad, y sacó un paquete de monedas. El Rey de la corte me envía en su nombre. Ruega que se acepte esta ofrenda como compensación por los daños, siempre que Blurrgen regrese con mi persona a la corte.

Héctor miró de reojo al dueño del local, un brujo con cuernos y los dientes afilados. Aunque notoriamente enfadado, asintió con la cabeza, y Héctor suspiró aliviado. Nadie tenía ganas de seguir teniéndo problemas aquella noche. Que la corte lidiara con sus balas perdidas, él tenía que volver. Se acercó a uno de sus subordinados y le dio instrucciones de cómo proceder con los sujetos implicados, el dueño del local y los mundanos afectados. No miró el reloj, su instinto empujó sus pies a arrimarse a la ventana para contemplar la luna, un precioso orbe alumbrando el cielo, a escasos minutos de volverse absolutamente llena y plena por derecho. “Mierda…” Pensó con rabia. Él no tendría que estar allí, tenía que volver al instituto.

Cruzó la calle y prácticamente asaltó su propio vehículo. El motor se quejó al arrancar, un sonido hosco y lastimero que acompañó la tensión de sus músculos cuando ambos, hombre y máquina, se vieron propulsados hacia delante por la carretera. Puso rumbo al instituto, preso de una tensión desconocida para él, que siempre lo tenía todo bajo control.


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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Lun 10 Abr - 11:51

Cap. 3; You cannot escape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luna llena
Apenas era la segunda vez que efectuaba ese recorrido a efectos prácticos. Aunque en su mente, no dejaba de sentirlo estrechamente familiar; como si hubiera traspasado aquellos mismos pasillos decenas de veces en las últimas semanas. Y es que, en el fondo, lo había hecho. En las horas de silencio, cuando todos los habitantes del instituto se dedicaban a sus propios quehaceres, Nicholas había practicado con frecuencia el arte que Héctor le había mostrado, acerca de explorar edificios sin tener siquiera que dar un solo paso. Gracias a esto, se conocía aquel lugar como la palma de la mano. Tan solo el tacto le resultaba ajeno, pues incluso había podido indagar en los diferentes olores que impregnaban las variadas salas, con un poco de esfuerzo y apoyo en su propia imaginación. Así, lo primero que le diría su instinto, sería que tocase la superficie fría de la puerta tras la cual iba a encerrarse. Dejó que las yemas de sus dedos se pasearan entre los diferentes pliegues, con un estremecimiento que le diría que la hora definitiva estaba cerca. ¿A esto había quedado reducido? ¿A un animal que debiera ser enjaulado?

Tienes que hacerlo, Nick. Es por tu bien. Lo necesitas” no dejaba de repetirse a sí mismo, mientras hacía acopio de voluntad para cerrar la puerta tras de sí, y echar la llave desde dentro. Después de todo, dentro de unos minutos no sería más que un animal. Y un lobo no puede abrir una puerta, no de ese modo. Hecho esto, dejó el juego de llaves escondido en un lugar en el que, pensaba, estaría a salvo de sí mismo, y procedió a desprenderse de su ropa. Era otra de tantas cosas a la que había tenido que aprender a acostumbrarse: a sentirse cómodo con su propia desnudez; aceptar que, lo quisiera o no, tendría que pasar más tiempo como Dios le trajo al mundo, que la media de personas, porque, simplemente, ya no era como ellas. Sin ánimos de destrozarla durante su transformación, se esforzó por quitársela lo más rápido posible, pese al reto que suponía librarse de sus pantalones, cuando una de sus piernas ni siquiera era capaz de moverse. Sin embargo, no terminaría de alcanzar esta proeza, pues un sonido perturbó el reinante silencio de los sótanos en medio de esta: el ruido de una puerta abriéndose. Podía sentirlo: ya no estaba solo.

¿Hay alguien ahí? – Fue lo primero que se le ocurrió decir, deseando tan solo recibir la respuesta del viento colándose por las rendijas de la puerta, y que todo hubiera sido fruto de una imaginación excitada por el influjo de la luna llena. No podía tener tan mala suerte; no podía torcerse todo ahora, ¿o sí? – ¿Hola? – Repitió, en un tono lo suficientemente alto, para que cualquiera que se hallara en ese área, pudiera escucharle. Nada. Ni una sola palabra le fue de vuelta, más allá de su propio eco. Sin embargo, pronto oyó pisadas: definitivamente, no estaba solo. Inmediatamente, pensaría aterrado en la hora que era. En el exterior, en lo alto del cielo, se estarían despejando las nubes para revelar la redonda figura de la luna llena. Fuera quien fuera, tenía que marcharse. No podía arriesgarse. – Por favor, vete. – Suplicó. Nicholas quería luchar; hacía todo lo posible por dominarse; por alzarse del asiento, buscar a quien fuera que estuviera escondido, y gritarle que tenía que marcharse. Pero sus brazos ya no le respondían, no había forma humana de que moviera la silla de ruedas: el proceso, había empezado. Su cuerpo entero empezó a convulsionarse y retorcerse a medida que los huesos y músculos mutaban hacia la forma física del lobo, que siempre dormía en su interior. Envuelto en gritos de dolor, cayó al suelo de costado, mientras los alaridos iban transformándose en gruñidos, y de su dentadura comenzaban a brotar largos colmillos, a la par que su piel, pálida, iba cubriéndose por un manto de denso pelaje blanco.

Nicholas…” oiría decir a una voz trémula femenina, antes de perder la conciencia, y dejar paso a la bestia. Pero, para su desgracia, ya no era a Nick al que se enfrentaba: sino a él, al licántropo. Y las mismas piernas que, con deseos de no poder hacer sufrir a sus seres queridos, afirmaban fallar siendo aún humano, convertidas ahora en fuertes patas, reaccionaron por fin, para dar comienzo a la caza.


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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Miér 12 Abr - 17:39

Cap. 3; You can no scape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luena llena
Nueva York parecía desconocida. Las mismas calles que había recorrido una vez en un suspiro se estiraban, dilatándose en el minutero, con cada gota de gasolina que el motor digería para empujarlo otro metro más. Albergaba, sin dudarlo, ese tipo de angustia que te susurra al oído que está pasando algo malo. Era, en realidad, una mezcla de sentimientos. El primero, primordial, la preocupación. Intentaba engañarse a sí mismo perjurándose que era por el instituto. Significaba mucho más que un edificio viejo y escondido. Era el corazón de los Cazadores de Sombras en Nueva York, allí no sólo trabajaban, vivían, crecían, aprendían e iban a morir  decenas de sus hermanos, hijos todos del ángel, día tras día. Y en el interior de sus serenas paredes, aguardando a La Luna, estaba Nicholas. Tenía que resguardarlo, era lo que Héctor creía. Un instituto, no sólo para los Cazadores, también para los subterráneos. Compartían un Consejo, una ley y un mundo, aquel lugar no podía ser una cárcel, tenía que ser también un refugio. Y, esa noche, precisamente esa noche, las dos piezas que habían hecho su última semana casi la mejor desde hacía demasiado tiempo parecían no encajar. Lo peor de todo era, sin duda, no saber cual de las dos era más peligrosa para la otra. Nicholas era un licántropo, en luna llena, criatura llena de dientes y rabia ciega sin control, encerrada en una habitación fría por debajo del nivel del subsuelo. Si desgarraba sus ataduras no sólo lo sufrirían las piedras; Cazadores podrían morir. Sin embargo, si precisamente conseguía escapar, se enfrentaría a la única raza que podía pararle los pies. Ningún mundano sufriría, pero sus hermanos podrían morir de igual forma. Héctor sentía que la única línea que mantenía esas dos opciones en el tiempo condicional era él, y no estaba donde tenía que estar. No estaba protegiendo a unos ni a otros.

Derrapó con las dos ruedas, entrando por el empedrado del Instituto con el corazón en la boca. Más que bajar prácticamente saltó de la moto, la olvidó como si tal cosa cuando otrora había sido una de sus posesiones más preciadas. Así yació, solitaria y abandonada, a las puertas de la catedral. La mente del Nephilim estaba muy lejos del amor que le había procesado a ese aparato inerte, se zambullían en los pasillos que conocía como la palma de su mano antes de que lo hicieran sus pies.

– ¿Donde está? Exclamó al cruzarse bajo la luz de una antorcha con un rostro amigo. Un muchacho moreno demasiado pálido para ser normal. Abrió la boca, con la intención de hablar, pero tenía las palabras atravesadas en la garganta. En el hueco negro hizo eco un grito. Timbre agudo, fino, de mujer. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Héctor, descendente, electricidad intentando encontrar una toma de tierra a través de sus pies. – ¡Por Johnatthan Cazador de Sombras!

Soltó entre dientes, una de las maldiciones más serias a las que un Nephilim puede incurrir. Uno no clama al primero de su sangre por cualquier nimiedad. Empujó al muchacho asustado y echó a correr pasillo abajo. Sus botas no hacían ruido, no dudaban en los cruces de los pasillos. Derecha, derecha, a la izquierda en las escaleras, soltando las gotas de sudor frío que su pelo no conseguía empapar. Pero se dio cuenta de que no tenía ni idea de lo que era sentir frío hasta que, unos minutos escalera abajo, encontró la puerta abierta.

Al otro lado el lobo era una sombra argentina. No encontró alivio en el hecho de que siguiera allí. Su enorme silueta brillaba, como si pudiera emitir una luz de luna que en realidad no lo alcanzaba allí abajo. Emitía gruñidos hoscos detrás de la puerta, arrastrando ligeramente uno de los cuartos traseros.

– ¡Nicholas! Exclamó, alzándo una mano por delante, como haría con un perro asustado. Pero ¿qué haces?” Todas sus células vibraban de inseguridad. ”No es un perro, es un licántropo, y está fuera de control!. El peso de las dagas de plata era una dolorosa realidad, dos en el hombro izquierdo, y otro par en el muslo derecho. Suficientes para tumbar y poner fin a la vida de aquella criatura, pero algo en el reflejo de sus inteligentes ojos azules no le hablaba de lobos, ni de luna. Allí, al borde de sus pupilas, estaba respirando el terror de un hombre que amaba los libros, y el silencio. La última instancia de una clase llena de alumnos aburridos, hastiarse de la monotonía de una rutina mundana. Allí, justo allí, estaba todo lo que Nick había perdido, y por eso Héctor cuando miraba al lobo no veía al animal. Veía al hombre, y todo lo que la criatura había devorado de él. – Nicholas…

Repetía su nombre como si así pudiera anclarlo a la cordura. Héctor no las tenía todas consigo, y menos cuando reconoció el gemido femenino. El mismo tono de antes, una voz familiar…

Héctor… Héctor por favor… Rogó, lastimera, la pobre muchacha que había atendido a Nick todos aquellos días. Ha-había… escuché a alguien… s-sólo quería asegurarme de que él estaría bien..

El chasqueo de una dentellada cerca de su muslo convirtió palabras en sollozos. Era una Nephilim, desarmada, sin runas  y acostumbrada a los amables muros de una enfermería. No estaba preparada para enfrentarse a un hombre lobo descontrolado, no era una mujer como las que se codeaban con Héctor, demasiado acostumbradas a tratar con el horror.

– No te muevas. Ordenó él, dándo un paso al interior de la sala. Sus cinco dedos precedían a la imagen de Nick, desnudos y desarmados. – Nick, mírame. Sé que estás ahí dentro, tienes que tomar el control.


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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Dom 16 Abr - 12:14

Cap. 3; You cannot escape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luna llena
Cuando el lobo tomó forma por completo, cualquier resquicio de lo que un día había sido el profesor, se evaporó por completo, diluyéndose hasta pasar desapercibido en aquel ambiente sobrecargado de tensión, y el eco de gritos que los innumerables pasillos abovedados hacían reverberar eternamente. Tan solo una diminuta parte de sí mismo, brillaba bajo la piel de aquella enorme bestia de pelaje blanco. Contemplando, desde la distancia; preso de una impotencia que le convertía en un simple espectador de sus propios movimientos, cómo el licántropo intentaba acorralar a la nephilim que había llegado a considerar amiga, y hacía no pocos intentos de dar fin a su vida.

Normalmente, los lobos cazan en manada. Un grupo se dedica a perseguir a la presa, mientras otros, quizás los más fuertes, aguardan su paso, cansada, para dar el mordisco final. En su caso, Nicholas se hallaba completamente solo. No tenía tiempo para convertirla en una presa fácil, ni aliados que le ayudasen a combatirla. Sus acciones se apoyaban en el simple hecho de que olía su miedo, y esto le producía desconfianza. Para un animal, este, en otro que puede llegar a ser una amenaza, es la excusa perfecta para atacar, pues en su cerebro, de funcionamiento simple, aquel sentimiento hace imposible la existencia de ambos en un mismo espacio, pues las acciones del otro individuo son impredecibles: es necesario escoger cuál de los dos seguirá adelante; quién será el dominante.

¡Nicholas!”, oyó decir. Una excusa para que se pusiera más alerta, y preparara sus patas traseras para un futuro salto, que no llegó a efectuarse. Para el lobo, que sólo entiende de sensaciones e impulsos, nada significaba esa palabra. Al contrario, viéndose aún más acorralado, el estado a la defensiva se habría convertido ahora no en una precaución, sino en una necesidad. Tan solo lo hacía para el hombre, que, atrapado, hizo un esfuerzo por poder comunicarse, provocando que sus ojos se cerraran mientras gruñía, al recibir una fuerte descarga en su cerebro. Quería obtener el control; hacer caso a su llamada. Pero, al mismo tiempo, dominar a la bestia en su día de apogeo había sido un imposible en tantas ocasiones, que su propia convicción de derrota aun antes de intentarlo siquiera, hacía inviable una victoria. Era como intentar escapar de la prisión de tu propio cerebro durante un sueño; una pesadilla terrible, en la que tú eras el monstruo al que todos temían. Podías ver lo que ocurría, pero no participar conscientemente en los sucesos, porque tu auténtico “yo” había soltado las riendas.

Control, debes tomar el control…” Pero se estaba ahogando dentro de sus propios pensamientos; dejándose arrastrar por el pánico. ¿Cómo podía despertar? Al mismo tiempo en que intentaba dar con una respuesta, a sus ojos azules estarían correspondiendo aquellos grises de su amiga, nublados por lágrimas de terror. Era horrible tener que enfrentarse a ellos; ver que alguien pudiera estremecerse de ese modo ante su presencia. Desesperado, se concentró en la voz de Héctor. Él siempre estaba seguro de sí mismo; siempre sabía qué hacer, o qué decir en todo momento. Deseó egoístamente ser a él a quien tuviera enfrente; poder verle por última vez, con esperanza de que haciéndolo le transmitiera parte de su fuerza. Ahora, quizás nunca pudiera volver a hacerlo…

Héctor. Pensó en su nombre, como si en él pudiera hallar una respuesta. ¿Qué era lo que le había hecho poder controlar la rabia del animal durante sus primeras conversiones? Para poder ser el licántropo, solía pensar en su esposa; en cómo había odiado perderla, y hubiera deseado protegerla de sí misma. Esa misma necesidad, le transformaba en ese ser fuerte y voluminoso, capaz de devorar al más valiente de los hombres. Empezó a parecer evidente, que para efectuar el proceso inverso en la peor de las noches, no sólo necesitaba desear volver a ser un hombre, o despojarse de sus recuerdos, sino reconciliarse consigo mismo, y aferrarse a algo que le produjera alivio; paz. Que hubiera conseguido brindarle felicidad, tras tantos años consumiéndose por los demonios de su pasado. Entonces, la imagen de unos labios curvándose en una sonrisa, aparecieron de la nada en su mente. La más hermosa que había visto jamás; una a la que no podía resistirse, pues nada más la veía, él mismo acababa sintiendo júbilo involuntariamente.

Poco a poco, las descargas se fueron haciendo más fuertes. Nicholas retrocedió con pasos tambaleantes, y empezó a emitir gemidos agudos por culpa del dolor mental que le producía estar luchando contra las dos partes que se encerraban en sí mismo. La enfermera, a la que había rasgado parte de la ropa, en un último intento desesperado por devorarle, permaneció en estado de shock, hasta por fin entrar en sí y salir corriendo, ahora que tenía oportunidad. Dejando atrás a un lobo que yacía cansado de costado contra la baldosa de piedra, y poco a poco, sometido a un dolor aún mayor al del comienzo, pues ahora combatía contracorriente para dominar sus instintos, se transformaba de nuevo en hombre.


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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Jue 20 Abr - 17:34

Cap. 3; You can no scape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luena llena

    C reía en el. Por eso estaba allí, con el corazón en un puño. Era una forma de hablar, por supuesto. Sus pulsaciones se habían acelerado inevitablemente, pero las mantenía bajo control con la respiración. Entraba, pum-pum, salía, pum-pum. Entraba otra vez, frío, seco, hinchándole los pulmones. Pum-pum. Lo abandonaba, arrastrando por la faringe el sabor amargo de no tener ni puñetera idea de lo que estaba haciendo. Eso era lo que hacía, creer en Nicholas, que seguía allí dentro. Creer que lo bueno del hombre tiene fuerza para erradicar la maldad de la bestia. Esa era su única y última esperanza, lo único que separaba al lobo del cuchillo.

     – Sé que puedes escucharme. Estás ahí. Hablar parecía una buena idea. Lo mantenía ocupado, al menos. Cuando estaba hablando tendía a pensar menos, aunque en aquel momento era difícil. Sentía la presión de la situación en el cráneo, aplastándole el cerebro, toda su capacidad de pensar se convertiría en pulpa si tenía que soportarlo durante dos, tres, cinco puñeteros minutos. Tenía que hacerlo, incluso cando la opción de que el lobo estallara y todo se fuera a la mierda resultase liberadora. Al fin y al cabo eso era lo que conocía, animales desatados, demonios viscerales y criaturas engañosas que pocas veces tenían buenas intenciones. Y, entre todas ellas, se levantaba Nick, tan distinto, cándido… y Héctor estaba seguro que merecía la pena arriesgarse. – Tienes poder sobre la bestia, Nicholas. Sólo tú puedes vencerle.

    El lobo parecía distorsionado. No físicamente, la bestia seguía tan rotunda como hacía un segundo, pero le temblaban las pestañas. Los gruñidos que emitían poco tenían que ver con la sed de sangre de una bestia, o el recelo que despertaría ante el Nephilim armado. Temblaba su gorgojeo, mermado hasta convertirse en un hilillo, era la canción de la lucha consigo mismo. Héctor se permitió sentir una pizca de esperanza. Abrió los brazos por instinto para detener el cuerpo en estampida, que poquita cintura cabía entre sus manos grandes. Curvas de mujer, temblorosas y aterrorizadas, dejó que se abrazara a la firmeza de sus músculos. La sostuvo con cuidado, distrayendo su atención de la criatura informe que era Nick en aquel momento.

    – ¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño? Ella negó con vehemencia. Se arrancaba las lágrimas de las pestañas a manotazos prácticamente. Estaba furiosa, no era para menos. No con Nick, claro, era mucho más difícil de entender. Habían tenido que ir a salvarla, sentía frío donde la ropa estaba desgarrada, había sido inútil en la misión. Se separó lentamente de Héctor, recobrando la compostura perdida. – Eh, tranquila. Necesito que te quedes aquí, ¿podrás hacerlo?

    Asintió, más segura de sí misma que antes. Héctor proyectaba un aura tranquilizadora que resultaba contagiosa, pero incluso con ella la dama se quedó tras la puerta un instante. Aquel pequeño habitáculo iba a pintar sus pesadillas durante algunos días, semanas, tal vez, cuando el terror le apresara en sus momentos de debilidad. Su compañero la abandonó allí, en el umbral. No había espacio para enfermera y enfermo en su cabeza, indudablemente todas sus neuronas se habían centrado en una sola imagen; Nicholas.

    Todo lo amenazador que había sido el lobo era lo indefenso que parecía Nick. Su carne lupina empezó a retorcerse sobre los huesos, como si fuera una suerte de gelatina grumosa. Perdió masa, y fuerza, se desinfló en movimientos espasmódicos. Donde antes había pelo sólo quedaba una sombra de pelusa blanca, algo tan liviano que se arrastraba si pasabas la mano por su piel sensible. Era hombre de nuevo, piel y huesos, sangre y carne. Aunque ya quisieran algunos Nephilim que Héctor conocía tener la carne de Nick. Había algo griego en la escena, tal vez el drama de ver a un hombre que parecía cincelado en mármol allí tirado, abandonado en las baldosas a su suerte. Caminó hacia el cuerpo desnudo del profesor, los primeros pasos dubitativos, los últimos cargados de brío. Alcanzarle parecía, de pronto, la prioridad. Hizo un ruido seco al caer sobre las rodillas, recortando la distancia que los separaba.

    – ¿Nick? Dijo, constatando por primera vez en toda la noche que incluso él sentía miedo, inseguridad. –  ¿Nicholas? Uno a uno se posaron sus dedos sobre el cuello de Nick. Latía un pulso irregular, pero fuerte. Héctor se desinfló en alivio, dejando caer un segundo la cabeza con una sonrisa floja. Apretó el tacto, convirtiéndolo en una caricia tranquilizadora. – Despierta, Nick.




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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Sáb 29 Abr - 17:59

Cap. 3; You cannot escape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luna llena
Sumido en un liviano sueño; como despertando de un interminable letargo, Nicholas podía oírle, con la misma claridad que aquel que acaba de ser sumergido en el agua. Poco a poco su voz iría cobrando mayor sentido, hasta haber vuelto por fin de lleno en sí mismo, y sentir el roce de su aliento erizándole la piel, al mismo tiempo en que un par de dedos intentaban despertarle. Hubiera deseado, sin embargo, no hacerlo; que todo aquel suceso anterior, no hubiera sido más que un mal sueño. Pero no fue así, y el hecho de que Héctor estuviera allí en una noche de caza, pidiéndole que se despertara, era la más pura prueba de ello. Una lágrima rodó por su mejilla al caer en la cuenta; al darse de lleno con la cruda realidad, después de haber pasado un par de minutos intentando aferrarse al poder de la duda. Con la mezcla de adrenalina, miedo y cansancio que  le dominaba, apenas podía respirar. Si abría los ojos, y volvía a ver aquel sótano de piedra… Si alcanzaba a distinguir los arañazos de zarpas en el suelo. O, peor aún, a oler la sangre de su amiga… No, sin duda no podría soportarlo. Sus recuerdos sobre lo ocurrido, eran vagos; distantes. Lo había estado viendo todo a través de un cristal borroso, que trataba de desenfocarse a la fuerza, y dejarle inútil. Pasivo. Convertido hasta el amanecer en un monstruo. Así que tampoco recordaba con certeza qué parte había sido real, y cuál había ocurrido sólo dentro de su cabeza, mientras luchaba por dominar la peor parte de sí mismo. Tan solo una sonrisa perduraba en su memoria: nítida, aunque del mismo modo, inalcanzable. Como un ángel que le brindaba paz dentro del caos. Esa sonrisa, era la de Héctor.

Tienes que irte. – Le suplicó en cuanto pudo recuperar también el control de su voz. Después de varias horas siendo el animal; atrapado el humano en su propio cerebro, le costaba volver a actuar con normalidad. Tenía los músculos entumecidos, y la cabeza embotada. Y en el fondo sabía que eso en parte significaba, tras años pudiendo regresar en sí con normalidad, que la lucha no había terminado. Era importante que Héctor también lo comprendiera. Puede que hubiera ganado la batalla por un breve espacio de tiempo, pero nada le aseguraba que lo consiguiera también durante el resto de la noche. Y no quería que corriera ningún peligro. – ¡Hazlo! – Gritó, apartando su mano de un empujón, antes de encogerse sobre sí mismo, y volverse un ovillo en el suelo. Estaba actuando como un desagradecido, lo sabía. Como un auténtico idiota. Pero no sabía de qué otro modo darse a entender. Ni tampoco, para qué negarlo, tenía fuerzas para extenderse en darle explicaciones. Le avergonzaban sus actos, del mismo modo en que lo hacía cómo consiguió detenerlos. Y no estaba preparado para enfrentarse aún a la realidad. No ahora. – No sé cuánto tiempo podré… – Sus palabras se vieron ahogadas por un nuevo gruñido, durante el cual se clavó las uñas en los brazos, mientras se sostenía a sí mismo. Tenía que concentrarse. Necesitaba hacerlo. Aunque era mucho más duro reconocerlo siendo de nuevo humano; con Héctor a tan solo unos centímetros de distancia, que contemplando el mundo a través del cristal opaco del licántropo.

Llévatela, por favor. – Esas serían sus últimas palabras. Una súplica, dicha con la voz quebrada. Se sentía tan exhausto. Tan… Decepcionado consigo mismo, que era difícil recuperar el ritmo. Tan solo el frío del suelo de piedra le brindaba cierto alivio, adormeciendo su desnudez, y, aun así, incluso este, dentro de su poder, calmante, no podía dejar de recordarle a base de flashback los detalles de lo ocurrido. Necesitaba que se fueran ya. Que alguien cerrara la condenada puerta, y le dejara allí encerrado, para siempre. No quería encontrarse con su mirada. No podía hacerlo. Le imaginaba decepcionado y horrorizado; viéndole como a una bestia, mientras Nick, víctima de una ilusión, utilizaba una parte de él para seguir siendo él mismo. Era doloroso lo mucho que la vida podía entregarte, y arrebatarte al mismo tiempo.




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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Lun 8 Mayo - 15:35

Cap. 3; You can no scape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luena llena

   Vibraba de tensión, a la espera de que una respiración sobreviniera aquel cuello, que los músculos e Nicholas le apretaran la palma despertando a la vida. La parca serenidad de su rostro tenía una belleza triste e inusitada, lo contemplaba como el que contempla una estatua de mármol, maravillas congeladas en el tiempo a través de la piedra. Pero Nick no tenía nada de frío, o duro, era puro calor (demasiado para un mundano normal, incluso), aterciopelada suavidad, las pestañas rubias le temblaban de vida, a punto de derretir esa fachada pétrea para asomarse a la consciencia y despertar, rompiendo aquella imagen de ensueño. Y es que las estatuas, por más vivas que parezcan, no pueden llorar. Bajó, despacio, por el puente ligeramente torcido de su nariz. Un pensamiento estúpido le cruzó la mente a Héctor; ¿cómo se habría roto la nariz?

   – Eh  Susurró en voz baja, confiriéndole a la voz un tono cálido, amable. –No tienes que hablar, tranquilo.

   Seguía hablando por instinto, usando su voz como un instrumento para calmar el espíritu del lobo y la sufrida alma del profesor. Ese sereno sufrimiento de la lágrima se le hundía en el pecho a medida que la salada gota se perdía en la oscuridad que proyectaba la mandíbula del rubio, con el rostro semi-enterrado en la penumbra de la habitación. Parpadeó, callando sorprendido ante sus primeras palabras.

   – Nick Consiguió controlarlo a tiempo, sonar firme cuando, por dentro, había temblado como una llamita a merced del viento. –No voy a …

   Paredes de piedra. No se había parado a pensarlo hasta aquel entonces, pero tenían una particular habilidad para que las palabras dolorosas hicieran eco. El rechazo contundente de Nick le caló en el pecho como calaba entre las grietas de las rocas, allí donde se amplificaban para reafirmar la dureza de sus palabras. Al otro lado de la habitación el miedo de la enfermera se había diluido. ¿Un empujón de adrenalina? Tal vez. Que se desvaneciera el lobo y dejara paso a su paciente también tenía la culpa. Ya no estaba sola, y allí no había un lobo sediento de sangre, estaba Héctor, y Nick; desnudo, desvalido y sufriendo. Habría querido entrar, irrumpir en su dolor para aliviarlo de todas las formas que le ángel le había enseñado, pero no podía. Había algo privado e íntimo en la forma que se desarrollaba el dolor de sendos hombres, algo tan profundo que le impedía dar ese paso que la llevaría al interior de la habituación para hacer su trabajo. Estaba congelada, esperando allí a que Héctor le indicara como continuar.

   Héctor, por su parte, tampoco podía moverse. Se le habían anclado las rodillas al suelo, entrelazada su pesada convicción de salvar a Nick y al instituto a la vez. Algunos lo llamarían valiente, otros, estúpido.

   – Vete. Dijo en alto, sin moverse un ápice.

   La muchacha reaccionó en silencio. Dudó, primero afianzando la posición de los pies en el suelo, pero un segundo después le temblaron los hombros. Todo su cuerpo tenía un ligero aturdimiento, el dolor de los golpes aunado a un hormigueo frenético de adrenalina que palpitaba por sus venas, dilatándole las pupilas. Quería dar un paso adelante, imitar el valor de Héctor, pero al intentarlo su pie se fue directo hacia atrás. Un paso, de espaldas, seguido de otro, y otro más. Sus pasos hacían un eco muy liviano, que terminó por convertirse en un trote cuando la muchacha echó a correr pasillo arriba, olvidándo el valor y la decencia. Héctor no la necesitaba, sólo necesitaba su valor y ese pellizco que tenía en el pecho, y le impedía abandonar a Nick.

   – Yo no pienso irme, Nicholas. Anunció, contundente. No estaba dispuesto a dejarle solo con sus lágrimas.– Estoy aquí.


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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Dom 14 Mayo - 20:42

Cap. 3; You cannot escape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luna llena
La negativa a su súplica, fue tan hiriente como haber sentido hundirse en su carne la daga que ocultaba su apretado atuendo de cuero. De hecho, lo hubiera preferido, porque entonces sabría que él permanecería a salvo, alejado de lo que Nick era; de aquello en lo que podía convertirse. – No, no, no, no. – Se repetía a sí mismo una y otra vez, en una interminable retahíla de susurros, mientras ejercía de espectador pasivo de los acontecimientos que se sucedían a su alrededor. Apenas podía escuchar su propia voz. Tan solo movía sus labios, cansado, aún hecho un ovillo, y suspiraba con la esperanza de que sus pulmones hicieran el resto; de que impidieran un posible desastre. Pero no pasaba nada. No se oía un solo ruido, más que el de la caricia de su aliento contra su propia piel, o el silbido de la respiración de ambos, fundiéndose con el aire pesado que les rodeaba, propio de aquellos lugares que apenas han conocido la libertad. Aquello era una prisión: un sótano húmedo y desolado; polvoriento. El hogar digno para un ser de su calaña, pensaba. Un ser de las sombras; un “subterráneo”. Merecía estar allí. Solo. Dejado a su suerte. En aquella estancia no había espacio para un ser tan luminoso como Héctor.  

Al cabo de un rato, la chica se fue por fin, haciendo caso al mandato de su superior. Podía escuchar sus pasos vacilantes, alejándose en la distancia… La misma que un día fue su amiga; que estaba dispuesta a ayudarle, aun en sus momentos más oscuros, ahora huía de él. ¿En qué se había convertido? ¿Qué era, realmente? Sin embargo, la presencia de Héctor perduraba, impertérrita, a apenas unos centímetros. Y no podía sentirse más impotente ante aquel contratiempo: el nephilim no pensaba marcharse, y él tampoco podía obligarle. Del mismo modo en que se veía incapaz de prometer, que no se arrepentiría de haber tomado esa decisión; de creer en él. O, más bien, no quería hacerlo. El profesor no quería que se fuera. En lo más profundo de su ser, egoístamente, quería que permaneciera allí, a su lado. Sentir su presencia le producía una paz hasta entonces desconocida. Ese era su motivo. Pero, ¿cuáles eran los suyos? ¿Acaso no había visto lo que había sucedido? ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no se marchaba también, ahora que aún podía?

El silencio fue su único acompañamiento durante los próximos minutos. Nick quería hablar; convencerle de que tenía que irse, pero por algún motivo, ya no era capaz de pronunciar una sola palabra. Aunque aliviado, ahora que la enfermera se había marchado, seguía sintiendo al lobo debatiéndose bajo su piel, y tenía miedo de perder la concentración si efectuaba cualquier tipo de movimiento. Sólo la fuerza que su compañero le aportaba, y la seguridad de ver transcurrir los minutos, sin que no pasara nada, le permitieron hacer el intento.

No quería hacerlo. – Se justificó. Había planeado mil frases distintas. Y, sin embargo, al conseguir decir una sola, lo primero que se le vino a la cabeza, fueron unas disculpas. Lo cual desvelaría, al fin y al cabo, que su mayor miedo no era otro, más que el de ser considerado un monstruo; una bestia sin sentimientos. Podía soportarlo de muchas personas, pero no de él. No de Héctor. – Le advertí que no bajara a  los sótanos. Me crees, ¿verdad? – A medida que hablaba, procuró deshacer aquella posición fetal en que se mantenía, para, en cambio, sentarse y hablar con él, con los brazos estirados hacia atrás, para poder conseguir una mayor firmeza apoyándose en la piedra. Sus ojos azules brillaron de un tono dorado al buscar comprensión en la mirada ajena, haciendo uso de sus facultades lupinas, para captar en detalle sus rasgos pese a la oscuridad de la estancia. Al hacerlo, su cuerpo entero, que temblaba por el esfuerzo, al tiempo en que sus pectorales no paraban de mecerse en un vaivén agitado, como si se hallara en medio de una frenética carrera, se estremeció al ver por primera vez al nephilim desde su llegada a los sótanos. Entretenido con todo lo que había sucedido, no se percató hasta entonces de esa chispa de terror que agrandaba sus pupilas, y con tanta facilidad conseguiría encogerle el corazón, forzándole a volver la mirada. ¿Podría ser, que ya le hubiera perdido?




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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Lun 22 Mayo - 16:01

Cap. 3; You can no scape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luena llena

   Solo quedó para llenar el aire la respiración de Nick. Héctor se quedó donde estaba, congelado, observándo la respiración del lobo, ahora hombre. Tenía todos los músculos de la espalda tensos, la piel maltratada por la transformación se le pegaba a ellos, exudando perlas saladas de sudor, toda la superficie tenía esa pátina brillante de cansancio y dolor. Subían y bajaban empujados por las costillas, que a su vez dejaban espacio a unos pulmones exhaustos. Quería encontrar la forma de consolarlo pero se le escapaba como el agua entre los dedos, Héctor no sabía que decir, así que se limitó a quedarse allí, respirando el aire caliente de la mazmorra donde todo olía a animal, piel caliente y magia oscura, velando su dolor. Crecía algo íntimo en ese aire enrarecido, compartían el vacío de no decir absolutamente nada y permanecer juntos en la adversidad del destino. Ninguno de los dos podría haber evitado aquello, al fin y al cabo, sólo podían sobrevivirlo lo mejor que pudieran. Estiró la mano, aunque por dentro vacilase el gesto era firme, sin un ápice de duda, posó la palma abierta entre los hombros de Nick. Se adaptó la piel a los nudos de su columna vertebral, huesos cambiantes y extraños que conocían dos formas, la del hombre y la de la bestia. Allí la dejó, resbaladiza de sudor, tierna y firme, un gesto que uniera físicamente lo que sentía. Que estaban juntos, allí, y enfrentaría lo que fuera por su seguridad.

   –Lo sé. -, Asintió brevemente, haciendo un gesto con la cabeza aunque Nick no pudiera verlo. Le acarició con suavidad y firmeza, como haces con un animal asustado, transmitiéndo al contacto que todo está bien, que no pasa nada. Sintió cosquillas en las yemas de los dedos cuando rozó la pelusilla rubia de su nuca, apelmazada de sudor. - –Te creo.

   Al ver que empezaba a moverse retiró la mano y le dejó espacio. Eran pasos muy cuidados, calculados para que Nick estuviera en calma, el lobo era más poderoso cuando reinaba el caos, si el profesor era inestable la bestia tomaba el control. En la calma, el espacio y la firmeza se encontraba la clave para mantenerlo allí, era pura teoría. Algo dentro de Héctor suspiró de alivio, por el ángel… ni siquiera las tenía todas consigo cuando había empezado aquella locura.

   –Quería ayudarte, estaba preocupada por ti. Como yo. No te confundas, ambos hemos venido por el mismo motivo, y si se ha ido es porque soy su superior y se lo he ordenado. Sabía que no estarías bien si ella estaba aquí, pero está bien. Es una nephilim, es fuerte. - Inclinó el rostro ligeramente, esbozando una sonrisa.– Tu también lo eres.

Apoyó la mano en el hombro ancho de Nick, lo apretó con suavidad. Tenía miedo, por supuesto, pero sólo los tontos acuden a la batalla desprendiéndose de él. Entre esas cuatro paredes se habría librado una batalla. No tenía espadas, ni cuchillos serafín, ni siquiera había necesitado de estelas para dibujar las benditas runas de los nephilims. Él no había sido el protagonista, pero había tomado parte en la contienda que dividía a Nick. Héctor era general, vanguardia y soldado, todo en uno, era el salvador de un alma obstinada de una muchacha que pensaba que podía ayudar a cualquier costa, era el condenado a filtrar el dolor de Nicholas. Pero no le importaba, lo hacía con mucho gusto, era su trabajo, y algo más. Tenía miedo y sonreía, porque sentía el sabor de una pequeña victoria, y estaba exactamente donde quería estar.





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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Jue 1 Jun - 20:05

Cap. 3; You cannot escape from the moon
Instituto de Nueva York | 23:47 | Luna llena
Tú también lo eres”. Nicholas, con el corazón encogido por esa anterior breve señal que, creyó, preso por su propia inseguridad, marcaba el comienzo del fin de su amistad; el fin de aquel idilio en el que licántropo y nephilim habían conseguido ser amigos, se aferró a aquellas nuevas palabras como a un clavo ardiendo, cargado de esperanza. Puede que Héctor no lo comprendiera, pero para el profesor, habían tenido un significado mucho más grande del que pudiera haber imaginado. Que aún después de lo que había visto, siguiera creyendo en él, era mucho más de lo que creía merecer. Después de todo, en los últimos cinco años había mantenido en silencio su maldición, tan solo libre ante los ojos de sus “hermanos”, precisamente por el miedo a ser juzgado; el miedo, a lo que pudiera suceder. Y ahora, veía que no sólo ellos podían entenderle. Podía existir algo más. Alguien más con el que compartir lo que era, en todos sus aspectos, sin miedo a ser considerado un monstruo.

Si bien había guardado el sabor de esa alegría para sí mismo durante su nacimiento, al sentir el contacto de los dedos del contrario presionando su piel desnuda, como muestra de apoyo, le podría la debilidad de agradecerle todo lo que había hecho por él, con algo más que palabras. Sus brazos se movieron solos cuando Nick se inclinó hacia adelante a abrazarle. Se apoyó pesadamente sobre su cuerpo, en un inintencionado empujón, víctima de la falta de control de sus fuerzas, cuando aún continuaba bajo la influencia de la luna llena. Sus grandes manos se aferraron a su cintura para frenar la caída, a la par que ocultaba su rostro en el hombro ajeno, e inspiraba pesadamente. Uno, dos. Uno, dos. Medía con cuentagotas sus propias respiraciones, contándolas como otra medida más por la que contenerse. Aunque pronto descubriría, que el aroma de Héctor era un calmante más fuerte que cualquier método barato de autocontrol de psicología. Su olor le hacía sentir a salvo; en casa. Él era todo lo que necesitaba.
 
Héctor, prométeme... – Pidió tras tragar saliva, frotando en un gesto perezoso su frente contra la chaqueta de cuero. A menudo jadeaba por el esfuerzo, y esto hacía mella en su garganta. Aunque, gracias a su proximidad, estos jadeos cada vez eran más espaciados en el tiempo. Como si el lobo no fuera capaz de salir reptando de entre las sombras, debilitado ante tanta luz. – Prométeme que me matarás si alguna vez… Si yo... – Inspiró hondo para coger fuerzas, presionando, sin darse cuenta, con mayor intensidad sus dedos en su contra. No recordaba haberle pedido nunca un favor tan importante a nadie y, sin embargo, algo le decía que él era la persona indicada. Aquel entre cuyas manos se sentiría orgulloso de morir, pues estaba seguro de que sólo le guiaría una causa noble. Sin darse cuenta, ya se lo había demostrado. – Dime que lo harás, por favor. Necesito saber que existe alguna alternativa; que aquellos a los que quiera, estarán a salvo.

La voz del profesor se fue tornando más y más lenta a medida que pronunciaba las últimas palabras, como si le costara mover los labios, y se le enredara la lengua, hasta que esta no fue más que un susurro. Y es que, en realidad, su cerebro estaba desconectado. Se hallaba tan cansado después del episodio vivido, que no se veía con la vitalidad para seguir adelante un solo minuto más. Sus párpados caerían cuando aún no había llegado el alba, cobijado por aquel al que tanto le debía, y sin cuya compañía probablemente hubiera vivido la peor noche de su vida.




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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Vie 9 Jun - 19:01



 
Capítulo 4
Y entonces amanece

     Cuando dormía los recuerdos flotaban a ese espacio de su subconsciente, mano inocente y culpable al mismo tiempo de traer a la superficie todo aquello que intentaba enterrar. Cada vez que cerraba los ojos descubría en el plano oscuro del interior de sus párpados un reflejo azul. Sin embargo no eran sus irises pálidos los que buscaban ese espejo negro, no. Allí su cerebro levantaba la imagen de un recuerdo, dolorosamente vívido. Uno no puede huir de sus promesas, y menos cuando juramenta un cazador de sombras.

     Había sostenido su mirada con la misma tensión con la que sostenía su cuerpo maltrecho, el dolor vibraba en ambos sitios. Podía sentirlo en toda la piel, su dolor, extendiéndose como una lenta ponzoña, la agonía de saber que el depredador estaría siempre atrapado bajo su piel, agazapado, esperando a salir para calmar la sed de carne y sangre que lo enloquecía. El instinto le habría empujado a decirlo aunque sólo fuera para poder robarle parte de aquella carga, aligerar sus hombros castigados con una cruel piedad.

     — Lo juro.  En sueños su voz sonaba distorsionada, lejana, como si naciera de una boca distinta a la que respiraba pausadamente el ritmo de su descanso. La vehemencia se tomó posesión de su cuerpo y su alma cuando siguió hablando, como un loco, cuando debería callar. Él podía matar un licántropo, para su desgracia Nick no habría sido el primero en caer bajo su acero templado por el ángel, ni sus cuchillas de plata. Su honor de guerrero habría dicho, orgulloso, que no significaría ningún esfuerzo empuñar un arma hasta sesgar los latidos de su corazón del interior de sus costillas, pero el alma de Héctor empezaba a dudar. Había salvado y protegido a ese hombre… ¿sólo para matarle? ¿Podría, acaso, matar a un inocente cuando empuñaba una hoja creada para castigar la oscuridad? Ciego, mudo y sordo a la cordura, habló. — Lo juro por el ángel.

     Bailando con el eco de su sopor, el juramento se repitió hasta lo infinito en la oscuridad que envolvía a Héctor. No hallaba calor bajo las sábanas aunque reflejaran el de su cuerpo, parecía plácido, con el cuerpo laxo, eran sus interiores los que se agitaban. Los ojos de Nick se revolvieron en la visión hiriente del sol saliendo por la mañana, como nunca podría haberlo visto salir en el interior húmedo de aquel sótano. Amanecía, y un nuevo día reclamaba a Héctor. Se revolvió, inquieto en la sensación de que sus sueños no habían sido amables aunque no pudiera recordarlos. El espejo de la pared le devolvió su imagen, desnudo de cintura para arriba, despeinado y con los labios hinchados por las horas de sueño. Necesitaba una jodida ducha, y por el color del cielo no podría ser muy larga. Ni el sol ni el día esperaban a que uno se sintiera bien, y mucho menos iba a esperarle el Instituto de Nueva York. Habían pasado varios días desde que la influencia de la luna arrasara los cimientos del Instituto. Durante aquel largo día siguiente en el que durmió, Nick se marchó del instituto a pesar de que no sólo él le había rogado que permaneciera entre aquellas paredes, donde estaría a salvo. Héctor no podía hacer más que pedírselo, pero entendía sus motivos para marcharse, así que no le sorprendió encontrarse su cama vacía y desnuda cuando volvió a la enfermería. Extrañaba su presencia, se había encontrado sin quererlo caminando hacía la enfermería, sorprendiéndose a sí mismo bajo el vano, contemplando la ventana que iluminaba su cama. Se engañaba acercándose a la muchacha, afligida, intentando ofrecerle algo de consuelo. Estaba rota la muchacha, arrepentida por su reacción y su miedo. Sólo cargaba la debilidad de ser tan mortal como los mundanos, algo que compartían todos los Nephilims. Eran medio hijos de un ángel pero la muerte les tocaba con la misma facilidad, sentir miedo era sensato, en la más apasionada de las valentías.

     — No pienses más en eso, estará bien. Intentaba consolarla, abracando sus hombros estrechos con un solo brazo. El padre de la susodicha miraría con buenos ojos gestos semejantes, su decepción sería mayúscula de saber que aquel gesto no era más que paternal. Enlazar a una hija con el próximo director del instituto aportaba una seguridad y prestigio únicos a una casta que ya tenía demasiados galardones colgados. Claro que si el director del instituto supiese que Héctor, de hecho, ya tenía una muchacha mundana con la que calentarse el corazón, y más de vez en cuando la cama, su sorpresa sería mayúscula. — Llevaba muchos años sólo, sabe cuidarse de sí mismo.

     —Pero le hice daño. Su voz fina vibraba en un tono contrito, sentía un dolor sincero por sus actos. Como toda criatura religiosa, la dama no quería más que redención. — No tuve oportunidad de volver a hablar con él…

     — Yo tampoco. Compartieron un silencio hermanado, pesado como las piedras que los sostenían. — Le pedí que se quedase, pero no consintió. No puedes culparle.

     — No lo hago. La culpa es mía.

     Tembló ligeramente bajo su brazo, se tapó la cara con una mano y rechazó el contacto confortante de Héctor. Tenía la piel caliente y olía a limpio, y no se sintió merecedora de su consuelo. Le dolió verla así, su sufrimiento acrecentaba la ausencia que llevaba acuciando desde que había perdido su sombra rubia en aquellas estancias. Santo Ángel, había logrado apreciar a ese licántropo… ¡maldito Nicholas!

     De vuelta a casa, las paredes parecían grandes. Como un picor incesante no dejaba de molestarle aquel tema inconcluso. No sabía donde vivía, no había preguntado dirección, ni algo tan mundano como su número de teléfono. Porque tendría  número de teléfono, ¿no?. Hablándo de aparatos infernales, su propio dispositivo móvil empezó a pitar. El nombre de Max brillaba en la pantalla, recortado en su pequeña pantalla con su foto de fondo. Era una de otras tantas, una foto que Max había sacado a la fuerza a pesar de que a Héctor no le gustaba demasiado sacarse fotos. Se miró a sí mismo, y no le tembló la mano al soltarlo sobre la mesa y dejarlo vibrar furiosamente hasta que se apagó de súbito. Max estaría enfadada, lo achacaría al trabajo para librarse de su enfado. Para, al fin y al cabo, librarse de ella. No podía manejar sus caprichos pueriles con ese estado de ánimo. Pero su nombre le instaló una idea en las entrañas. Junto a él había aparecido el marcador de un día; era miércoles. Miércoles lectivo. Al darse cuenta saltó de la silla con tanta fuerza que la tiró, pero no se paró a levantarla mientras echaba mano de su chaqueta de cuero y las llaves de la moto.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Vie 9 Jun - 21:16



 
Capítulo 4
Y entonces amanece

     ¿Cuánto habrían transcurrido ya? ¿Días? ¿Semanas? Ni siquiera podía jactarse de poseer la libertad para decirlo con seguridad. Pues lo cierto era que, desde su huida del Instituto, le abrazó la sensación de que el paso del tiempo se había convertido en un terrible peso que cargaba sobre los hombros. Cada segundo le torturaba como si se tratara de horas, y el sonido del despertador levantándole cada mañana, más que un alivio (porque, al fin y al cabo, era otro día más estando vivo) suponía otra vuelta más dentro de ese carrusel de tortura, llamado “soledad” y “monotonía”.

Su único alivio, eran las horas de clase. Precisamente, porque se veía inmerso en un diminuto mundo ficticio; una burbuja que le servía como vía de escape, en la que su única preocupación era lograr transmitir aquello que se sucedía en su mente, sobre lo que más le apasionaba. Entonces, podía olvidarse de catedrales y sótanos enmohecidos; del brillo de una sonrisa. Y volver a ser él mismo.

Cuando regresó a la facultad, se dio cuenta, no sin cierta decepción, de que su sustituto había avanzado notablemente en la impartición de su asignatura durante sus semanas de ausencia. Dejándole a él tan solo una última ínfima parte que narrar, relacionada con la literatura del siglo XVIII. A parte de eso, tan solo restarían unas pocas clases magistrales, que sus alumnos le habían pedido ocupar haciendo breves repasos de lo impartido por el pasado profesor. Pues, aunque su enseñanza había sido buena, siempre creaba confusión recibir un nuevo punto de vista de forma abrupta, cuando ya se ha acostumbrado a una determinada forma de explicar.

En resumen, podría afirmar que la fuente de su alivio tenía los días contados. Y entonces, ¿qué haría? ¿Cómo enfrentarse al verano? Necesitaba olvidar su rostro, su nombre; el calor de su cuerpo al refugiarse en él cuando más le necesitaba, o el suave aroma a cuero que dejó impregnado en su piel a la mañana siguiente, y a veces creía volver a sentir al despertar.

Concéntrate, no seas imbécil.” Se reprimió a sí mismo al darse cuenta de lo que hacía: volver a dejarse llevar por sus pensamientos, y aparecer ausente ante las personas que le rodeaban. Nicholas se hallaba en el pasillo, charlando junto con algunos compañeros junto a la puerta de sus respectivos despachos. Todo el departamento se había reunido de manera improvisada, y llevaban ya veinte minutos discutiendo un inconveniente que, a decir verdad, a él le traía sin cuidado.

Bueno, yo tengo que… Marcharme. Va a empezar mi clase. – Se excusó en voz baja justo antes de tratar comenzar a abrirse paso, tras echar un vistazo a su reloj de pulsera, y hallar en él la excusa idónea para librarse de aquel compromiso. Se había dirigido específicamente a Veronica, de pie a su lado, confiando en que más tarde le hiciera el favor de explicárselo a los demás, demasiado ocupados como para percibir la falta de uno de los presentes en medio del tumulto. Aunque, a decir verdad, a esas alturas, incluso la lealtad que ella siempre le había profesado, podría ponerse en entredicho. Descontenta con las escuetas explicaciones que dio a su desaparición, además de las largas a posibles encuentros, hacía días que se había empezado a rendir al deseo de hacerle sufrir simulando indiferencia. Una estrategia que, para qué negarlo, estaba haciendo cierto efecto.

Sintiendo como una patada en el estómago, el suspiro de resignación que provino de sus labios al oírle decir aquello, se dirigió directamente al aula en la que estaban ya esperándole. La 3.1. Antes de entrar, tomó una profunda bocanada de aire, para coger fuerzas con las que fingir un estado de ánimo que no era el suyo, y giró por fin el pomo de la puerta. La obra que estaban comentando entonces, era Robinson Crusoe. Otro clásico más, imprescindible de leer, y que hasta cierto punto, le hacía sentir penosamente identificado.

¿Por qué creéis que Robinson insistía tanto en echarse a la mar? ¿Cuál pensáis que era su motivo? ¿Deseo de aventura? ¿Necesidad de perseguir un sueño? ¿O se trataba de algo distinto? Vamos, no es un libro tan complejo. ¿Me estáis diciendo que comprendéis mejor un poema de Alfred Tennyson que a Daniel Defoe? – Bromeó con una sonrisa, echando un vistazo general a los asistentes, que estaban bastante más callados que de costumbre. Sus palabras serían interrumpidas, sin embargo, por la irrupción en el aula de una nueva persona, cuya ausencia, en realidad, había considerado una bendición más que un motivo por el que lamentarse. Cómo no, se trataba de Max. La pareja de Héctor. Quién le hubiera dicho a él, apenas unas semanas atrás, que alguna vez desearía tanto vivir en sus carnes la vida amorosa de uno de sus alumnos. –  Max, has llegado justo a tiempo para salvar a tus compañeros. ¿Podrías decirnos qué crees que motivaba a Robinson  a insistir en echarse a la mar; qué quería transmitirnos Daniel Defoe con este hecho? – Preguntó, mientras la joven tomaba asiento. Al fin y al cabo, era una de sus mejores alumnas, así que tampoco le había metido en ningún aprieto. De hecho, debía reconocer que gran parte del silencio pasado, se había debido a su ausencia. Sin embargo, la muchacha no respondió con la rapidez que le caracterizaba. Parecía distraída… Ausente. Miraba su teléfono móvil con cierta decepción, como si estuviera esperando algo. Después, frunció el ceño en un intento por inventar cualquier respuesta, con tal de librarse de aquel aprieto.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Mar 13 Jun - 17:40



 
Capítulo 4
Y entonces amanece

      La realidad era, efectivamente, que Héctor no tenía ni la más puñetera idea de cómo funcionaba una universidad mundana. Si, por supuesto que había escuchado a Max quejarse de sus profesores, la burocracia e incluso de sus compañeros de tanto en tanto, conocía los exámenes porque los cazadores de sombras tenían sus propias pruebas. Había visto la institución, por dentro y por fuera, pero desconocía por completo su mecánica. ¿Era natural que los estudiantes se juntaran todos sobre el césped a beber cerveza y pasarse cigarrillos de liar con olor peculiar? Nunca había olido algo semejante, como especias de cocina, pero ninguna que pudiera identificar con la nariz. Tal vez una runa de sentidos aumentados podría ayudar a su nariz, pero decidió que no tenía suficiente curiosidad para molestarse en dibujarse una runa sobre la piel.

      Dejó la moto aparcada fuera, junto a la ventana que intuía era la que correspondía al aula en la que Nick impartía clases. La recordaba de la última vez que había estado allí esperando a Max, sí, tenía que ser esa. Cruzó el patio pisando la hierba verde y fresca del suelo, ignorando las miradas que levantaba a su paso. Le miraban, tal vez demasiado. Aún no había muchos estudiantes rondando por la puerta pero los que ya estaban se giraban para contemplar la hechura de sus hombros. Algunas damas parpadeaban como si estuvieran contemplando alguna suerte de espejismo, en su facultad no se veían hombres con la complexión de Héctor. Y los que la poseían irían presumiendo de ella, no con los brazos enfundados en cuero, pero precisamente la normalidad del hombre era lo que le atribuía un misterioso atractivo a sus hombros anchos y su media melena castaña. Aleteaban las pestañas intentando alcanzar sus ojos azules, pero la realidad era que Héctor las pasaba de largo sin fijarse en ella, rompiendo cientos de corazones a su paso. Los hombres, por otro lado, rumiaban palabras amargas. Envidia, satírica, cualquier arma era válida con tal de defender el ego masculino que se volvía frágil cuando un igual les hacía parecer niños de colegio.

      Dentro no había mucha gente, Héctor juzgo que debían adorar el sol vespertino aquellos estudiantes para huir de la agradable sombra del interior. Sentía algo reconfortante entre las paredes, al fin y al cabo los interminables pasillos de una universidad se parecían a los de su querido instituto. Se sirvió de su increíble memoria para guiar los pasos por el interior. Los mundanos se habían aplicado con las reparaciones, las zonas destruidas por el demonio, el lobo y el fragor de la lucha habían sido restauradas con presteza. Aunque intentaran disimularlo se veía donde la pintura era fresca y las soldaduras permanecerían para siempre como cicatrices en el entramado de la arquitectura. Entró en la clase, que, para su sorpresa, estaba completamente vacía.

      Caminando con calma atravesó el silencio de la habitación hasta un pupitre al final de la sala, junto a la ventana. Cuando el mismo era un estudiante pequeño y soñador era su lugar favorito, con una válvula de escape al alcance de la mano. Sólo tenía que apoyar el rostro en el puño disimuladamente y mirar el exterior para estar lejos de las interminables mañanas en las salas de estudio del instituto, cuando dejaban de interesarle runas, demonios o técnicas de combate. Parpadeaba, y estaba lejos de allí, corriendo por las eternas y verdes colinas de Alacante bajo la atenta mirada de sus torres de cristal.

      Una vibración quebró el silencio, allí estaba Max otra vez, tozuda como sólo ella podía serlo. ¡Por el ángel! Apagó el dispositivo, en la pantalla muerta se quedó su reflejo, pero encontró una reflexión. Podrían verle, todo el mundo, cualquiera… y él sólo quería que lo viera Nick. Perseguido por el impulso de protegerse de ojos indiscretos sacó la estela, desnudándose un brazo arrinconando la tela sobre el pliegue del codo. Tenía la piel llena de cicatrices y marcas pálidas de antiguas runas, apretó los labios y aguantó el escozor de una nueva; ocultación. En el espacio su figura se diluyó y un glamour ocultó su rostro a los ojos indiscretos. Estaba guardando la estela cuando un timbre agudo le hizo sobresaltarse, un segundo después una miríada de jóvenes ocuparon la sala. Poco después entró Nick, y fue como si iluminase la sala. Todo se llenó de luz y silencio, una tranquilidad inaudita se instaló en cada esquina, guardando su reino sagrado. Conocía su pasión por los libros, pero verlo en pleno apogeo era algo muy distinto. Hablaba arrebolado por sus propios pensamientos, tenía don para la oratoria, tal vez por eso se había hecho profesor. Algunas muchachas le contemplaban acallando suspiros, una mayoría de alumnos parecían interesados, otros se limitaban a disimular bostezos, pero Héctor escuchaba atentamente, sin desviar la mirada del profesor. Se había olvidado de la ventana aunque lo acariciara el suave calor del sol. Sólo algo rompió aquella magia, la irrupción de Max en la sala. Trago saliva, recordándose a sí mismo que en aquella sólo una persona podía verle, y estaba demasiado ocupado para reparar en su presencia.

      — eh… pues… — Max no parecía muy segura de lo que tenía que decir, se sentaba despacio como si sacando sus cosas poquito a poquito fuera a ganar tiempo para que alguna gracia de Dios la iluminara. Se mordía los labios, un tic nervioso.— Es que, bueno… no he llegado a esa parte aún, profesor. He tenido unos… problemas personales esta semana.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Vie 16 Jun - 22:49



 
Capítulo 4
Y entonces amanece

     – Y, ¿no has podido leer siquiera las primeras 100 páginas? – Preguntó con cierta incredulidad. Una pregunta, a la cual le seguirían un par de risitas ahogadas de satisfacción. A más de uno le molestaba lo mucho que solía destacar Max en las clases. Fuera envidia o no, estaba claro que habían disfrutado aquella falta por su parte. Nick, que se cuidaba de utilizar ese tipo de lenguaje con sus alumnos, enseguida se arrepintió de haber provocado esa reacción. Al fin y al cabo, eran estudiantes de universidad, no de institutos. Podía ser cierto que no tuviera tiempo para comenzarse aquel libro. Más aún, estando los exámenes al caer. No tenía por qué hacerle pagar sus penas por algo de lo que no tenía culpa. Después de todo, él era su profesor. Su oficio consistía en enseñarle; ser su guía. No en ridiculizarla. No podía disfrutar con sus errores.

Como medida, procedería a cambiar pronto de tema, y continuar con la explicación mientras paseaba por el pasillo central. Así, atraía la atención de más de un soñador, que se creía cobijado por la distancia que le separaba de la pizarra. – Como sabéis los que habéis seguido la lectura, aquello que empujaba a Robinson no era otra cosa sino el destino. En realidad, no importaba su situación. Nada de lo que sucediera por el camino cambiaría su rumbo, porque estaba destinado a acabar en ese lugar: a naufragar en esa isla. ¿De dónde había nacido ese instinto de ser marinero? ¿De correr riesgo? Y aun cuando lo tenía todo Brasil, y había salvado de milagro la vida dos veces, ¿por qué volvió a subirse a un barco? La respuesta está…

Las palabras de Nick se verían interrumpidas durante sus últimos pasos por el pasillo hasta la última fila, donde se habían sentado, en su mayoría, alumnos que habían llegado tarde. Al no poder comprobar en sus rostros cuál era la impresión que causaban en ellos sus palabras, había mirado alrededor antes de girar sobre sí mismo. Y entonces, a varios metros de distancia, le vio: sentado junto a la ventana, con rayos de sol arrancando destellos castaños de su cabello oscuro. Su garganta se obstruyó, negándole la posibilidad de pronunciar palabra, y sintió un escalofrío recorriéndole de arriba abajo, como una espesa cortina que teñía su piel pálida aún de un blanco más marmóreo a medida que descendía. ¿Podía ser que se estuviera volviendo loco? ¿Tal impacto había causado en él, que tenía visiones despierto con su presencia?

¿Está bien, profesor West?” se oyó preguntar a uno de sus alumnos, al cabo de unos segundos de silencio, en los que había permanecido congelado, con la mirada perdida hacia lo que ellos verían como simples ventanas. Sus mejillas se tornarían de un suave color rosado al volver a la realidad, y caer en la cuenta de que había desatendido su clase. Sintiendo que le daba la espalda a un fantasma, se obligó a enfrentarse a ella, y fingir que no había ocurrido nada, mientras se pellizcaba disimuladamente una de las palmas. Al girarse, se encontró con que todos le estaban mirando, a la vez curiosos y confundidos. Probablemente aquel lapsus lo achacaran a un efecto secundario de las "misteriosas causas" de su baja. Ya podía imaginarse cómo explotarían los grupos de Whatsapp, comentando cómo el profesor de Historia de la Literatura Inglesa perdía aceite. – Sí, sí. Tranquilos. Sólo pensaba en abrir las ventanas. ¿No tenéis calor? – Preguntó retóricamente, a la par que se dirigía al escritorio para buscar su juego de llaves, para abrir alguna: hacía tiempo que el marco era cerrado con métodos de seguridad extra.

Como os iba diciendo... – Rebuscando entre sus cosas, encontró por fin las llaves y las apretó en su puño, sintiendo el metal fresco aliviar un poco el calor de su piel. ¿Qué le estaba pasando? No tenía sentido. ¿Por qué iba a estar Héctor en su clase? – …todo puede explicarse con la idea del destino. Robinson necesitaba ir a esa isla, para aprender a apreciar lo que tenía; madurar, y sobre todo, valorar la imagen Divina. – Dudoso de si estaría o no loco, se decidió por una medida desesperada, aún sin atreverse a mirar de nuevo en dirección al último ventanal, pues tenía miedo de lo que podía encontrar si lo hacía: tomó su portapapeles, donde solía anotar el planning de lo que impartiría en sus clases esa semana, y escribió en él rápidamente, en una de las esquinas, una única frase: “¿Estoy soñando?”. Era una pregunta estúpida en sí misma, pero no se le ocurría otra explicación, salvo la de estar perdiendo la cabeza. Y sólo restaba suplicar al Cielo, de que fuera la primera. – Si recordáis, no fue hasta enfermar, cuando Robinson prestó al fin atención a las Biblias que había recogido del barco. Y, leyéndolas, lograría aliviar el pesar que guardaba en su alma; sentirse esperanzado, y en paz consigo mismo. Para él, fue Dios el que le guió al Ron que terminó curándole. Y también él quien le salvó siempre, sin que lo hubiera valorado.

Entonces… ¿Dios es el destino?” dijo uno de los chavales desde la otra punta de la clase, realmente interesado en la conversación, aunque, hasta ese momento, no muy animado a participar. Nicholas, atareado con su labor de abrir las ventanas una a una con su llave; nervioso por lo que ocurriría al llegar a la última, respondería sin apartar su mirada de lo que hacía, aprovechando la interrupción para gastar tiempo, y no tener que enfrentarse aún a sus propios delirios. En cambio, se sentó en la penúltima fila, en una mesa próxima a aquella donde había estado su “visión”, y dejó el portapapeles posado a su lado, de un modo en el que, esperaba, pudiera ser leída desde el asiento de atrás la frase que había escrito en él, de haber alguien que debiera hacerlo. – No exactamente. Dios crea el destino, es algo diferente. Después de todo, teóricamente es omnisciente, así que, ¿por qué no podría mover los hilos, para conseguir lo que quiera? En este caso, que Robinson regresara a sus raíces; que recuperase la fe que un día trataron inculcarle.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Lun 19 Jun - 20:38



 
Capítulo 4
Y entonces amanece

     No debería sonreír, no debería hacerle la más mínima gracia que un profesor importunase así a Max. Joder, al fin y al cabo era su novia, y sin embargo el Nephilim no podía evitar sonreírse, divertido ante la actitud autoritaria y reflexiva de Nick. Era muy diferente al hombre que había encontrado postrado en una cama, o tal vez no tanto. En su postura veía el recuerdo de un orgullo oculto, la figura de hombre que sabía lo que estaba haciendo, el orgullo natural y legítimo con el que se vestiría un lobo. Y al mismo tiempo sabía enarbolar la indulgencia para redirigir la atención de todos aquellos muchachos lejos de la milimétrica humillación que tenía que servirle a Max de lección. No había sido duro, ni exigente, había puesto la cal y la arena, y el público tenía que juzgar en qué medida había proveído.

     Estiró las piernas por debajo del pupitre, cruzando los tobillos mientras echaba hacia delante el pecho, con los codos plantados en el tablero de la mesa. Iba siguiendo con la mirada la estela de Nicholas entre las mesas, embelesado por su discurso. Curioso, también, teniendo en cuenta que no tenía ni la más remota idea de cuál era el libro sobre el que discutían, pero sentía que con escuchar a Nick era suficiente para desvelar los entresijos escondidos en su tinta. Embelesado, como estaba, no vio venir la saeta de su mirada, sencillamente se encontró mirando aquel par de ojos azules, que podían verle donde para los demás no había nada. Confiado, sonrió, estirando los deditos en un saludo que cualquiera habría juzgado tímido, siguió el juego llevándose el índice, recto, a los labios. Un gesto de silencio universal. La realidad, o al menos la visible, lo reclamaba. Entre los murmullos confusos de los alumnos se deslizó la risa divertida de Héctor, brillante y clara, no podía evitarlo al ver su sorpresa y la atropellada elegancia con la que intentaba fingir que no había pasado nada.  

     Una maldad cruzó por su mente… podría levantarse. Sería deliciosamente divertido ponerse en pie y pasearse entre los alumnos ignorantes, ponerle la zancandilla al que se ponía de pie como si con él no fuera la cosa para escurrirse al baño, o darle una colleja al que había empezado a babear sobre los apuntes, mirándo por encima del hombro el escote de una compañera. Podría acercarse a Nick y soplarle en la nuca, pero lo creía capaz incluso de gritar. De todas formas el profesor se entretenía peleándose con los marcos rígidos de las ventanas, abriendo una a una en todo un camino que lo acercaba al Nephilim. Sonrió, inclinándose hacia delante para observar el papel que había dejado en la mesa. Tuve que taparse la boca para no soltar una carcajada, cuando consiguió extinguir ese acceso procedió a escribir. Con disimulo, tomó el lápiz de la mesa, utilizando la propia espalda de Nicholas para que nadie viera un bolígrafo escribir por su propia voluntad.

     
”Si esto fuera un sueño, ¿Qué haría yo?”
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Roanoke el Mar 20 Jun - 10:23



 
Capítulo 4
Y entonces amanece

    Un hormigueo recorrió su piel al escuchar cómo el lápiz se deslizaba suavemente del portapapeles, para alzarse y comenzar a escribir. Era un sonido suave, sordo… Imperceptible para un humano. Pero Nicholas, ya no era uno de ellos. Y la concentración que enfocó hacia aquella parte de la clase, le hizo captarlo como si estuviera siendo emitido directamente contra su oído. Aquellos trazos seguros, limpios, como todo lo que él hacía, eran otra prueba más de que no habían sido sólo imaginaciones suyas: en efecto, allí había alguien. Una duda, inocente, le surgió entonces: ¿qué aspecto tendría su letra? Siendo profesor de literatura, esos detalles eran el tipo de cosas que valoraba, entre sus pequeñas manías. Dada su forma de escribir, imaginaba trazos elegantes y estilizados. Poco propios de esta época. Le hubiera gustado poder cerrar los ojos para concentrarse en aquel relajante deslizar, aunque sólo fuera por un segundo, e intentar captar con su oído las formas que ocultaban su espalda, tal y como Héctor le había enseñado a hacer semanas atrás, estando aún en la camilla del hospital. Sería tan perverso como placentero poder grabar su silueta en su mente; tocarle sin que hicieran falta las manos. Mierda, no, ¿en qué estaba pensando?

Sus mejillas volverían a teñirse de rosado al leer la respuesta escrita en el papel al de repente serle devuelto, y que, enlazándose con su pasada hilera de pensamientos, le condujera a imaginar cosas que jamás se atrevería a pronunciar en voz alta. Para forzarse a parar y aclarar sus ideas, carraspeó voluntariamente, cubriéndose la boca con el puño cerrado para disimular, como si se hubiera atragantado con su propia saliva. – Como os iba diciendo, aquello fue el porqué de todo. Aunque ese es mi porqué. La magia del arte, es que puede ser interpretado de millares de maneras distintas, sin ninguna tener menos valor que otra. Que nadie intente convenceros de lo contrario. ¿Alguno de vosotros cree que podría ofrecernos una perspectiva alternativa? – Preguntó, dirigiendo una mirada general al alumnado, para incitarles a hablar. Cruzaba los dedos porque alguno lo hiciera, pues bien sabía él que necesitaba un poco de tiempo muerto en que poner las cosas en orden, y elaborar una contestación que no le dejara en evidencia. Entonces, sucedió. Uno de sus chicos se puso en pie, dándole la oportunidad de fingir que le escuchaba, en lo que dejaba volar su mente.

Muy bien. Entonces, todo esto es real. Porque sino, no hubiera empleado una frase condicional. Además, hubiera funcionado, ¿no? ¿No decían que uno despierta si se da cuenta de que está soñando? ¿Y no habría despertado, de mostrarme a mí mismo aquella nota?” Asintió un par de veces, con tal de disimular, dejando una mano posada sobre la mesa, para tantear el lápiz con la punta de los dedos. Quería escribir, pero aún no sabía qué pondría. Sólo tenía en claro cuándo hacerlo: al final del discurso, como si tomara anotaciones de lo que había dicho. Quizás, incluso, de aquel modo, más se animaran a participar, convencidos de que subiría su nota media, al ser algo que él tuviera en cuenta. “Pero entonces, ¿qué hace Héctor aquí? ¿Era eso lo que hizo siempre? ¿Esperaba a Max sentado entre las sombras, sin que yo, inmerso en mi asignatura, percibiera su presencia, y simplemente ahora que me conoce, se divierte a mi costa para matar el tiempo?” Disimuladamente trató mirar de reojo a su espalda, esperando captar su silueta por el rabillo del ojo, como si viéndole pudiera hallar una respuesta. Pero no tuvo tiempo de hacer del todo el intento, pues sería a la par que atentaba girarse, cuando su alumno volvería a tomar asiento.

Interesante, sin duda. – Comentó en voz alta, tomando el portapapeles en sus manos, además del lápiz, para llevar a cabo su plan. Sólo que aún no había tenido tiempo de decidir qué demonios pondría. En lo único que podía pensar, era en lo incómodo que se sentía teniéndole a su lado delante de sus alumnos. Porque con ellos, debía lucir autoritario e imponente. Como todo un ejemplo a seguir. Y nada tenía que ver esto, con la manera vulnerable y desnuda en que se veía ante su presencia. ¡Exacto! Eso era, ahí tenía la respuesta.

Me darías una excusa para terminar antes la clase, e iríamos juntos a la playa.

Escrito esto, volvió a dejar el portapapeles en su sitio, con el lápiz a su lado. Dudó en tachar la última parte de la oración al menos un par de veces, pero al final, viendo que podrían sospechar si se seguía demorando, se limitó a  levantarse de la mesa en que se había sentado, tras dejarlo todo de nuevo a la vista del nephilim, para volver a recorrer la clase hasta su escritorio. En parte, por darse el gusto de mirar atrás. En parte para dejarle libertad de actuación, y distraer en cambio a sus alumnos. ¿Se atrevería a hacer algo, o había sido sólo una pregunta al azar?

Muy bien, chicos. Si ninguno quiere añadir nada más, continuaré explicando el período de la Ilustración. Recordad que el examen es dentro de tres semanas, así que debemos terminar el temario cuanto antes.
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Re: The crow and the wolf

Mensaje por Ladie el Miér 28 Jun - 18:14



 
Capítulo 4
Y entonces amanece

     Quería reírse, desternillarse allí mismo al ver como Nicholas todavía estaba intentando determinar si su presencia en la sala eran alucinaciones y había perdido la cordura. A duras penas conservaba la compostura, ninguno de sus alumnos había visto alguna vez al profesor actuar de aquella forma. No era errático, ni mucho menos uno de esos profesores hippies que prefieren pasarse la clase en el centro de un corrillo de alumnos predicando alguna filosofía barata que le granjease revolcones con jovencitas y muchachos que le cargaran la mochila y le liasen los porrillos. Siempre se amparaba en la sombra firme de su mesa y sus argumentos, era un hombre joven pero con una sabiduría que los embelesaba, al menos a la mayoría. Cuando hablaba todos querían escuchar porque los enriquecía como pocos profesores podían hacer, Nicholas desde su escritorio podía ser el mismísimo Dios, pero Dios no se sofoca en primavera ni abre las ventanas, absorto en algún pensamiento que los alumnos estaban lejos de entender. La magia de su léxico se había roto por una realidad a la que todos eran ajenos, la fantasmal presencia de un hombre que miraba a Nicholas con los ojos brillantes de un niño que hace travesuras.

     La sencillez de Nicholas le divertía sobremanera. ¿Cómo podía sonrojarse así un hombre hecho y derecho? Era despreciable, una parte de sí mismo lo sabía. Estaba en la misma habitación en la que respiraba Max, la misma muchacha a la que había ignorado y a la que tendría que mentir para esquivar su ira, y no podía hacer más que divertirse con Nicholas. Sólo tenía ojos para el subterráneo, aquella criatura con la que compartía plano, era… inevitable. La sinfonía de fondo era la voz de un estudiante, uno que tenía argumentos sólidos pero no la entereza para defenderlos sin enredarse en las típicas coletillas de “eh…” o “yo creo que…”, pero su esfuerzo era más que notable. Era una lástima que su profesor estuviera demasiado ocupado intentando arreglárselas para contestarle sin parecer un loco como para escucharle. Héctor no podía mentir, ver a Nicholas así, atrapado pero dispuesto a seguirle el juego, era una victoria indudable. Donde estaba aquel hombre triste y taciturno que se había levantado con el alba era un misterio, Héctor White estaba pletórico de haberse reencontrado con Nicholas, de una forma egoísta, y no podía ocultarlo.

     Estiró la mano, preso de la tentación, empujando el lápiz hacia Nicholas. ”Vamos, escribe.” Pensaba con picardía, haciendo que el grafito frío le rozara la piel de las muñecas. Allá donde se posaba, sin hacer el más mínimo ruido, dejaba la sombra negra de su visita, una y otra vez, así se regocijaba Héctor en hacer que Nicholas pasara de lobo a dálmata. La espera lo estaba matando, así que se dedicó a pequeñas maldades, como pisotear el suelo intentando prever la cadencia del discurso del alumno. Cada vez que soltaba una coletilla Héctor golpeaba el suelo, y algunos alumnos de la última fila echaban un vistazo por encima de sus hombros, intentando encontrar la procedencia. Cuando fue Nicholas el que lo hizo dibujó un mohín de aburrimiento con los labios, repantigándose en la silla, las piernas estiradas hacia delante, cruzando los tobillos, y los bíceps tensos con las manos entrelazadas detrás de la nuca.

     Por fin Nicholas se dignó a escribir cuando Héctor empezaba a fingir que se estaba quedando dormido de puro aburrimiento. Con ansia mal disimulada se echó hacia delante, la silla no hizo ruido, ni sus botas, como si las muy malditas sólo emitieran sonido cuando su poseedor lo deseaba. Tanteó el papel con los dedos, lo leyó no una, dos, tres veces, intentando comprender porque la playa, porque ahora, y porque le apeteció tanto de pronto hundir los pies en arena, con el flequillo al viento.

     ”Así que quieres una excusa…” El pensamiento le frunció el ceño. Alzó la cabeza e hizo un barrido rápido de la habitación. Sus pupilas, envueltas en azul, oteaban la totalidad de la sala, y al mismo tiempo, se perdían en los detalles. Necesitaba una excusa, pero… ¿cómo iba a encontrarla allí dentro? Entonces ocurrió. Estaba allí, justo a la vista, cuadrada, roja y con una palanquita. Héctor sonrió, triunfal, y se puso en pie. Como un gato perezoso recorrió toda la sala; primero bajando entre los pupitres, para después caminar a sus anchas por la palestra hacia la puerta. Dirigió su mano al picaporte, y lo dejó allí un segundo, fingiendo estar pensativo, jugando con Nick. Sólo fueron unos segundos, soltó el pomo y sus deditos, traviesos, tocaron la palanca que activaba la alarma de incendios. Hizo un ligero click, como si ofreciera al artífice un segundo para pensar bien si era aquello lo que quería hacer. Se giró hacia Nick, con  una ceja arqueada, preguntándole en silencio si aquella era excusa era lo que quería. Hiciera lo que hiciera, dijese lo que dijese, Héctor iba a activarla.

© DETEKA



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