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III. El ocaso de los dioses

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III. El ocaso de los dioses

Mensaje por Nyadeh el Dom 12 Feb - 21:34



III. El ocaso de los dioses
La eternidad no significaba nada si la fe se desvanecía.

La eternidad se extinguía sin veneración.

Delfos ya no era el hogar, el hogar de devoción que había sido y donde su visión prevalecía, el más apreciado de los dones que pudiera conceder a los mortales.

¿Perecían acaso los dioses por el vacío de una creencia que los sustentase? ¿Era aquel un pilar fundamental, más sólido que la inmortalidad? ¿Dónde se refugiaban cuando el respeto profesado quedaba olvidado en un pasado distante?

Parecía que habían acontecido eras desde que Artemisa le obsequió con el poder de una de sus sonrisas de plata. Cuánto más demoraría en comprender que lo que Apolo hacía, lo hacía por ella. Cuánto más, hasta que quizá advirtiera que solo lo tenía a él.

El dios rehusaba creer en ello, el rechazo de los mortales una ofensa que no había esperado tan lacerante, mas la certeza se encontraba ahí, jamás regresarían a la gloria que les había sido arrebatada. El Olimpo sería su único asilo, entonces, donde todavía los vestigios de su culto morasen.

Ignorados, relegados al paso del tiempo.

Su hermana adoraba Delos y tal vez la isla que conoció el honor de presenciar su alumbramiento pudiera ser asimismo la tierra que contemplara ese violáceo e implacable crepúsculo que los sepultase a todos. Por ello Apolo la buscaba allí, cediendo al temor en lugar de la vanidad a la que acostumbraba.

No vas a poder esquivarme siempre.  
Apolo ◊ con Artemisa (Red) ◊ En Delos






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Re: III. El ocaso de los dioses

Mensaje por Red el Jue 23 Feb - 12:48



III. El ocaso de los dioses
Delos siempre ha sido su hogar, incluso cuando vaga errante por los interminables bosques del mundo una parte de la diosa siempre se encuentra en aquella isla que la vio nacer, el refugio de su adorada madre, el suyo propio y el de su hermano.

Pensar en Apolo le encoge el corazón, por eso mismo ha estado evitando hacerlo durante años, siglos enteros. Se había convencido de que no lo necesitaba, su arco, sus fieras y sus ninfas era todo lo que necesitaba además, claro está, de su madre. Pero ahora todo a cambiado, el mundo entero es diferente y por primera vez su existencia se ve amenazada. Así que ahora, con el fin tan cerca, no puede evitar pensar en el pasado y echarlo de menos. ¿Cuándo fue la última vez que habló con él? ¿Cuándo la última vez que contempló su cabello bañado por los dorados rayos del sol? Se odia por echarlo de menos, se castiga por querer verlo, por las noches mira al cielo en busca de Orión, intentando recordar toda la ira que sentía, el motivo por el que cortó lazos con él. Pero el tiempo ha ido curando las heridas y ahora cuando mira al cielo solo siente nostalgia.

No le sorprende escuchar la voz, aunque siente un inconfundible regocijo por el que se odia al reconocerla después de tanto tiempo.

- Tal vez ya no siento interés en intentarlo. -no voltea a verlo, pese a la necesidad que siente de girarse y abrazarlo permanece en su lugar, obstinada mira al cielo, orgullosa no deja que el miedo la rompa.- Tal vez haya decidido que ya has tenido suficiente castigo.- voltea al fin hacia él poco a poco, mas encuentra rápido su mirada.- Ahora que todos parecemos condenados a la extinción todo parece mucho más insignificante. -a veces ni si quiera recuerda realmente porqué está tan enfadada con él, Orión ya no le parece tan importante, no más que su propio hermano.

- ¿Tienes miedo, hermano? -dime que sí, parece rogarle con los ojos, necesita sentir que no es la única con esa sensación de incertidumbre carcomiéndole el corazón. Que no es la única egoísta o que, si lo es, tiene motivos para ello.
Artemisa ◊ con Apolo (Nyadeh) ◊ En Delos


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Re: III. El ocaso de los dioses

Mensaje por Nyadeh el Vie 3 Mar - 0:55



III. El ocaso de los dioses
El firmamento se hallaba vacío, una cavidad desierta allí donde ellos habían prevalecido porque el hombre ya no contemplaba el manto celeste y los encontraba en cada estrella, observaba mas no era a las divinidades griegas lo que percibía su mirada. Se preguntaba qué vería su hermana cuando hundía sus ojos en el cielo, si tan solo distinguía sepulturas o comprendía algo más. Algo que Apolo no osaba reconocer, pues cada día que a su propio astro miraba, los rayos imperceptibles lo quemaban.

¿Y qué había de su castigo? El de la diosa de la luna, relegada a algo más que la negrura de la noche, a la tenebrosidad del olvido. ¿Le atormentaría a ella también su destino? A ella, que jamás había tenido el don de contemplarlo, a ella, que le fue negada esa ofrenda, esa envidiada condena.

¿Suficiente? ¿Desde cuando tu castigo es clemente, hermana?

Quizá aquel fuera su yerro, el de todos, ser benévolos cuando debieron ser vengativos, ser sanguinarios cuando debieron saber absolver. Quizá el castigo de Grecia nunca fue suficiente, o quizá siempre demasiado.

Empero, le complacía el perdón de Artemisa, aunque no lo hubiera demandado, ni suplicado. Su estima jamás fue insignificante, el desaire que recibió a cambio de la misma, siempre lastimó. Tan solo hubo creído intrascendente y trivial la piedad de los mortales y de nuevo, quizá aquel fuera su yerro, el considerarlo insignificante cuando era todo lo que ellos tenían para otorgar.

Un dios no tiene miedo.

Y en ello asimismo se engañaba, mentía a la otra mitad de su existencia, a la que debía más que sinceridad. Extendió su mano, dedos acariciando el refugio de la piel de su hermana, ahondando hasta descubrirse enlazados con los de ella, porque si bien del temor aún no era por entero prisionero, el declive de un anochecer sin Artemisa a su lado resultaba torturador, lacerante en cada lugar de su cuerpo.

Un dios nunca tiene miedo.

Mas le fallaron las piernas, dejándose abatir junto a ella por un azar incierto, eclipsado a su mirada.  
Apolo ◊ con Artemisa (Red) ◊ En Delos






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Re: III. El ocaso de los dioses

Mensaje por Red el Sáb 18 Mar - 13:18



III. El ocaso de los dioses
Un dios nunca tiene miedo, dijo Apolo pero, ¿eran si quiera dioses todavía? Los humanos ya no les rezaban, no dejaban ofrendas frente a sus estatuas en sus templos, no les imploraban clemencia ni temían su ira. ¿Eran dioses si ya no creían en ellos? ¿Morirían cuando el último de sus creyentes cayese frente a la nueva fe? La diosa Artemisa nunca había tenido miedo, pero ya no se sentía tan divina ni tan poderosa.

- Ya no somos dioses, hermano. No tenemos fieles ni creyentes, no nos hacen ofrendas ni nos suplican. -alzó la mirada al cielo desde donde Orión y otros héroes los contemplaban ahora. ¿Se alegrarían estos de su final? - Ya no sé qué somos ni lo que nos espera. ¿Tú visión no puede ayudarnos en este momento? -el futuro que su hermano podía contemplar era incierto y atemorizante, pero quizás era mejor que el hecho de no saber nada.

- Creo que los envidio. -confesó de pronto con una tranquilidad absoluta. Poco a poco inclinó la cabeza y la apoyó sobre el hombro de su hermano volviendo a compartir así un momento de intimidad después de tantos y tantos siglos. Se sintió natural inmediatamente, el tiempo había pasado, pero por fin recuperó a la mitad que le faltaba, como un tullido que recupera la pierna perdida.- Me refiero a los humanos, ¿sabes? Ellos nacen sabiendo que su vida va a tener un final, ese es su propósito vivir todo lo posible antes de morir. No deben de aguantar una enterna incertidumbre como la nuestra. No sé cómo es el miedo, pero esta pesadumbre que me carcome por dentro no puede ser otra cosas si no miedo. -suspiró, cansada y agotada.- ¿Ya no soy una diosa?

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Re: III. El ocaso de los dioses

Mensaje por Nyadeh el Miér 19 Abr - 23:13



III. El ocaso de los dioses
Podrían crear un hermoso eclipse.

Un hermoso y terrorífico eclipse que desgarrara el manto de los cielos y consintiese al universo desmoronarse en fragmentos sobre el fin de la humanidad, de los ingratos mortales. Los hijos de Zeus, la luna y el sol, juntos desde el comienzo de los tiempos.

¿Alcanzarían a contemplar la ruina, la desaparición de su hogar? El Olimpo no refulgía igual en aquellos días. Apolo observaba su cabello a través del resplandor del sol y también sentía que este se había apagado, tan solo briznas marchitas que en otra época hubieran cegado al más imprudente de los humanos. La mirada de Artemisa no era ya la de una luna llena reflejada en sus irises, un secreto inconquistable.

¿Y qué es un dios… en qué se convierte un dios cuando nadie cree ya en él? —Desearía no escuchar, no conocer la verdad de su incertidumbre, de las tinieblas en las que se anegaban de modo inexorable—. ¿Qué hay de oportuno en la eternidad si es a oscuras?

No había nada, nada en la lejanía del tiempo que el joven pudiera descubrir, nada que pudiera predecir salvo negrura de la noche más cerrada. Hubiera anhelado, sin embargo, augurar un destino afortunado, menos adverso para su hermana, para todos. Sus dedos se extravían en los cabellos ensortijados de Artemisa, acariciadores hasta encontrar las raíces, impulsados por el capricho de ser absuelto a sus ojos. Había mentido, temía al fin si este no llegaba acompañado, temía ser condenado a la soledad sin ella. —Se introduce en tu pecho, como un puñal… el miedo, según los humanos. Y nunca te abandona. ¿Es eso lo que te inquieta?

Cólera, piel furibunda que no destellaba como hubiera hecho antaño cuando Apolo, el dios de la luz, juraba vengarse. Había amado a los mortales, de esa forma en la que tan solo una deidad puede amar a un servidor de su fe, ¿acaso lo habían olvidado? ¿acaso habían enterrado a quien en otra época habían confiado su porvenir? —Si la naturaleza te reconoce, siempre serás su diosa. —Trató de templar el pesar de su hermana, aún vacilante. Mas, ¿qué sería de él? Qué sería de él si no era rememorado en la tierra.  
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Re: III. El ocaso de los dioses

Mensaje por Red el Miér 7 Jun - 11:41



III. El ocaso de los dioses
El enfado, la ira, el orgullo... todo se desvanece de pronto hasta que Artemisa no habría sido capaz de recordar por qué llevaba tanto tiempo manteniendo lejos a su hermano. Es allí dónde debe estar, ese es su lugar, junto a él contemplando la bóveda celeste que dominan. Tal vez esa sea su última oportunidad y de serlo, de ser ese su último momento antes del final Artemisa estaría satisfecha pues no puede creer que hubiera uno mejor.

- Lo único que sé es que me siento mejor ahora. -no sabe cómo responder a la pregunta de Apolo, así que no lo hace. Tampoco le dirá que le perdona. No se trata de orgullo, si no de la imposibilidad de ponerle palabras, es un sí y un no, sus sentimientos son una vorágine imposible de desenmarañar. Hasta escasos instantes atrás estaba segura de lo que sentía, del famoso miedo filtrándose hasta en sus huesos, pero ahora que Apolo está a su lado, ahora que siente su piel contra la suya y el tacto de sus dedos todo es distinto.

- ¿Y qué pasará entonces contigo? ¿Qué sucederá con madre?-esa es su mayor incertidumbre pues mientras que ella puede correr y refugiarse en sus bosques Apolo no tiene un refugio. Su hermano es distinto, desde el inicio ella ha intentado protegerlo, ayudó a su madre a darlo a luz, lo protegió de su ira por la muerte del cazador alejándose de él, pero no puede protegerlo de esto, de la extinción, de la muerte... Ha vivido todo ese tiempo sin él porque sabía que, tarde o temprano, el distanciamiento tendría un final, pero nunca pensó que se daría de tal manera.- He servido a nuestro padre durante mucho tiempo, he estado de su lado incluso cuando sus acciones no me parecían correctas, le he servido porque era el dios de dioses. Pero ni si quiera él es capaz de salvarnos de esto. -deberían correr lejos de él, lejos del Olimpo y el resto de dioses, su pequeña familia podría refugiarse en sus bosques y pasar allí el tiempo que les quedase lejos de los desagradecidos humanos y lejos de la familia que nunca han sentido como suya.

Artemisa ◊ con Apolo (Nyadeh) ◊ En Delos


off:
Siento el enormísimo retraso al responder, pero entre que tengo menos tiempo para escribir y que artemisa me cuesta, pero adoro hacerla y quiero que quede bien y lkashdlaksjdaslkjh ni me di cuenta de que había pasado tanto tiempo >-< ¡Lo siento!


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Re: III. El ocaso de los dioses

Mensaje por Nyadeh el Dom 23 Jul - 23:13



III. El ocaso de los dioses
¿Ahora que has decidido dejar que me acerque a ti?

El castigo de los dioses no tenía fin porque los dioses no perdonaban, los dioses no eximían a nadie de sus pecados y sin embargo, Artemisa parecía haber olvidado que había condenado a su hermano a la eternidad sin ella. Apolo no había buscado su perdón; ni creía necesitarlo, ni lamentaba haberle mostrado esa lección, que no importaba con quién se divirtiese, ella era una deidad y los mortales insignificantes a su lado, una deidad cuyo cometido no podía ser abandonado. Mas Apolo sí la necesitaba a ella, a su lado, no recordaba un tiempo en el que no lo hubiera hecho.

Se preguntó si la inmortalidad no sería, después de todo, finita.

Si el creer que su religión persistiera al tiempo, perduraría hasta el último anochecer, no los habría hecho invidentes al porvenir inclusive a aquellos que poseían el don para vislumbrarlo.

Quizá fueran reemplazados entonces por ese dios que se hacía eco entre la humanidad con mayor fervor que la fe que les era profesada en aquellos días.

No... —coincidió con ella—. Ni siquiera padre es capaz de salvarnos de esto.

Y si su progenitor, el de todos los hombres y los dioses, caía entonces no podían esperar mejor fortuna para ellos.

Apolo también sentía esa unión con la naturaleza que había crecido desde su nacimiento, mas él no era como su hermana, él había escogido templos erigidos en su nombre y ofrendas de esa patria a cambio de su visión. Él no sería dichoso si no podía ser adorado. —Yo no puedo vivir en este lugar.

Apolo era la luz, Apolo era el sol. Demasiado tiempo entre humanos lo había acostumbrado a su devoción y en cierto modo, detestaba reconocer que la necesitaba; tal vez más que ella, siempre libre, soberana de sí misma.
 
Apolo ◊ con Artemisa (Red) ◊ En Delos


Off:
No te preocupes, corazón, yo también me eternizo a veces. Y sabes que me encanta tanto Artemisa como la trama <3.






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Re: III. El ocaso de los dioses

Mensaje por Red el Jue 24 Ago - 23:29



III. El ocaso de los dioses
EArtemisa puede perdonar, pero nunca olvidar. Es parte de ser dios, es parte de su don y de su maldición. Nunca olvidará lo que Apolo le ha hecho, pero es egoísta y ahora lo necesita. Ahora se concentra en recordar los días felices junto a su hermano y, algún día, cuando recuerde a Orión de nuevo tal vez entonces imponga un nuevo castigo. Su carácter es cambiante y vengativo como cualquier otra diosa más.

- Y, entonces, ¿dónde vivirás? -durante todo aquel tiempo separados siempre supo dónde encontrarlo. Desde que tomó consciencia en el mundo supo dónde encontrar a su hermano mellizo, pero ahora todo era incertidumbre.

- Ojalá pudiera decirte que he vuelto a ti porque te he perdonado. -murmura, acurrucándose contra él mientras observa la bóveda celeste poblada de brillantes estrellas. Orión siempre sería un pequeño muro entre ambos, podían saltarlo, sí, pero siempre estaría allí.

- Lo he hecho por miedo pero, sobre todo, porque siento que mi final tiene que ser contigo, igual que fue mi principio. -era así como se cumplían los ciclos.- Porque esto es el final, ¿verdad? Si ni si quiera padre puede salvarnos de esto. -todos los dioses descendían de la misma línea, pero ese nuevo dios que tanto encandilaba a sus humanos había aparecido de la nada pese a que según contaban siempre había estado allí. Tal vez ellos también fueran creados por ese nuevo dios de los humanos y tal vez ese era su castigo por no haber realizado bien una misión que no sabían que tenían.

¿No fueron ellos también así de crueles con los humanos en su día?

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Re: III. El ocaso de los dioses

Mensaje por Nyadeh el Vie 13 Oct - 15:19



III. El ocaso de los dioses
Artemisa siempre regresaría a su lado, era todo lo que Apolo necesitaba saber. La absolución tan solo resultaba esencial para los mortales, tan temerosos de su destino, tan incapaces de afrontar la muerte; su compasión, si alguna vez fue inherente en ella, no podía equipararse a la sedosidad de sus cabellos dispersados sobre su hombro, a la piel plateada que escondía bajo la aspereza indómita y que él, osado y seguro de sí mismo, buscaba con los dedos. La eternidad, o la carencia de ella podría ser suficiente si su hermana no lo abandonaba, podría, mas el dios era egoísta y no era tan solo su amor el que ansiaba.

¿Habían nacido del firmamento, del vientre de una hija de titanes? ¿O habían sido concebidos por antojo de la humanidad, por su sed de vencer a la infinidad y su necesidad de interpretar lo incomprensible?

¿Eran acaso imperecederos si nadie hablaba de ellos? Debían serlo, pues era esa su condición, mas a Apolo le inquietaba un futuro desconocido a sus ojos, pues era un futuro sombrío y la deidad del sol no podía sobrevivir en la oscuridad, en una era en la que hubiese sido olvidado.

No puede ser el final. No dejaré que sea nuestro final. —Determinante, ahora que de nuevo cuidaba de su hermana, además de sí mismo. Los mellizos no estaban destinados a perdurar algunos siglos y después desvanecerse en el abandono.
 
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Off:
Por mí podemos dejarlo aquí y darlo por cerrado.






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