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I. Two worlds collide

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I. Two worlds collide

Mensaje por Vergil el Lun 13 Mar - 12:48

Two Worlds Collide
Un fuerte zumbido tronaba dentro de la cabeza de Lykham. En aquel estado semiinconsciente sólo era capaz de distinguir de entre toda la humareda negra que se alzaba imponente una brillante gema esmeralda que conocía a la perfección, pues había velado por ella desde hacía muchísimos años, cuando la reina de Luperia dictaminó que él era el indicado para custodiar aquella poderosa piedra con el poder de destruir galaxias enteras si terminaba en manos equivocadas. Aquel pensamiento le llevó a luchar contra su aturdimiento, logrando tenderse en pie tras varios intentos infructuosos.

Tenía un corte en la mejilla que sangraba, varios cardenales repartidos por todo su cuerpo y una herida más profunda en uno de sus costados. Se apresuró a coger la gema que yacía en la mano de un soldado —y compañero— muerto, y se desplazó por la nave con los dientes apretados por el dolor y el esfuerzo. Las llamas eran cada vez más intensas y golpeaban con una fuerza descomunal, amenazando con destruir la nave en su totalidad.

Tuvo que concederse unos segundos para asimilar lo que vieron sus dos orbes verdes: los inconfundibles ropajes de su reina —y amante— vestidos por un cuerpo completamente calcinado. Justo a su lado habían tres cuerpos más en las mismas condiciones, y supo en aquel preciso instante que el único superviviente del ataque era él.

Se dirigió rápidamente al compartimento de armas y tecnología de su planeta y guardó aquello que podría serle útil para enfrentarse a un mundo hostil. Se colgó la mochila al hombro y disparó con su artefacto una de las paredes de la nave, haciendo que ésta volara por los aires. Salió por el enorme agujero y observó a su alrededor con desconcierto.

Se hallaba en un territorio de vegetación profusa, con grandes árboles y caminos pedregosos. Avanzó unos cuantos pasos apretando la herida de su costado con la mano teñida de sangre. No llegaría muy lejos en su estado—. ¿Dónde estoy? ¿en qué planeta me encuentro? —preguntó en su idioma natal al dispositivo de pulsera que llevaba en una de sus manos. No obtuvo respuestas; el artilugio no funcionaba.

Terminó desplomado de rodillas en la orilla de un riachuelo con la respiración irregular, luchando contra todas sus fuerzas para no cerrar los ojos y dejarse llevar por el agotamiento, pero sus fuerzas flaquearon y su cuerpo cayó hacia delante. Cuando su mejilla impactó contra las piedrecitas del riachuelo volvió a su estado de inconsciencia.

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Re: I. Two worlds collide

Mensaje por Mrs. Bones el Sáb 18 Mar - 18:23

Two Worlds Collide
Decir que Pólatsk había sucumbido al caos era una forma bella de decir que podían contar a los heridos por decenas, que la mitad de la población se había resignado a una muerte temprana y que la otra mitad, en un alarde de valentía y desesperación, se había unido a las agotadas y mermadas tropas del reino creyendo que así podrían salvarse de lo inevitable. Pero Ylva, recluida en sus habitaciones con las mujeres de la Corte, sabía que si había de llegarles una solución, no sería desde dentro de los muros de la ciudad. El Rey había perdido toda esperanza tras la captura de su primogénito y ni siquiera las habilidades de estratega y el tesón de su consejero más cercano servían para mantener la moral de los soldados. Ni la de nadie, para ser francos. En cuanto a ella, se negaba a rendirse todavía. No mientras hubiese una posibilidad, por mínima que fuese, de devolver la paz a Pólatsk, de rescatar a su esposo y de terminar con los ataques de aquel condenado Gunnar para siempre. No era, por definición, una mujer optimista, pero se negaba a creer que su vida debía terminar allí, en cualquiera de los finales que cabría esperar para un sitio de aquellas características.

La futura reina era consciente de que el desabastecimiento sería el primero de los muchos problemas a los que tendrían que hacer frente, si vivían lo suficiente para ello. Y a eso lo seguirían una sarta de infecciones y locura generalizada, destrucción,  y más muertes de las que estaba dispuesta a llorar. Y, sin embargo, cada vez que intentaba ofrecer soluciones al Consejo al respecto de la situación, su opinión era desestimada y achacada al dolor que debía producirle la captura del príncipe. Y, para ser sincera, comenzaba a estar harta de todo aquello. Quizá fuese la última de aquellas discusiones con su suegro la que la había llevado a tomar esa decisión pero, hundida hasta medio muslo en algo que quería pensar que era fango, no le quedaba más remedio que seguir adelante y salir de allí.

Oculta bajo una capucha y vestida como un muchacho, Ylva se las había ingeniado para colarse en uno de los viejos túneles que recorrían el el subsuelo de Pólatsk y que conducían a algún punto del bosque cercano a la ciudad; contaba la leyenda que, en tiempos, se habían empleado para salir de la fortaleza de forma inadvertida, pero no se había parado a comprobar si aquello tenía algo de cierto. En realidad, lo único que esperaba era salir a un paraje donde hubiese algún río donde poder quitarse de encima toda aquella porquería. Y, por primera vez en muchas semanas, sus plegarias fueron escuchadas.

No sabía si los hombres de Gunnar se habrían aventurado por el bosque o si, por contra, continuarían reunidos en el campamento que rodeaba Pólatsk pero, por si acaso, la joven decidió ser sigilosa. Ocultó su petate y las armas que había traído con ella bajo unos matorrales, y se dispuso a sumergirse en las aguas heladas del arroyo junto al que había aparecido. Pero aquello le duró poco, porque un movimiento en la otra orilla hizo que se sobresaltase y que se sumergiese por unos segundos, en un intento por pasar desapercibida. Sin embargo, cuando volvió a mirar, allí no había nada. Ni nadie. Salvo…

Su corazón latía furiosamente contra sus costillas cuando Ylva decidió acercarse al origen de aquello que la había puesto en guardia de nuevo. Sus dedos se deslizaron hacia el puñal que ocultaba en una de sus botas, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, vio que no iba a ser necesario. De momento. Temblando de frío, la joven se acercó al montón de ropas chamuscadas que yacía junto a las aguas; aquellos tejidos no le resultaban familiares, y la forma en que se ceñían al cuerpo del hombre era tan extraña que no dudó ni por un momento en que se encontraba junto a un forastero. Y, aunque eso no tenía porqué ser necesariamente bueno, la tranquilizó saber que no era uno de sus enemigos. Pero esa tranquilidad se esfumó cuando vio que, a pesar de que el hombre tenía una mano ceñida con fuerza en torno a su costado, la sangre manaba profusamente y teñía de rojo su piel y sus ropas.

En aquella sociedad no estaba bien visto que las damas de alta cuna hablasen mal, pero Ylva siempre había encontrado cierto consuelo en los juramentos. Siseando algo que habría hecho que el más rudo de los marineros palideciese de vergüenza, la mujer intentó darle la vuelta al caído y taponar aquella herida como mejor pudiese en aquella situación. Pero una sorpresa más en aquella noche tan extraña hizo que una exclamación brotase de sus labios y que su labor se interrumpiese.

—¿Quién diablos sois vos? —clamó, contemplando aquella extraña configuración facial, sintiendo como una garra helada se instalaba en su interior. Maldijo el momento en el que decidió ocultar sus armas en la otra margen del río—. ¿Acaso el infierno ha decidido castigar a esta tierra con sus demonios?

Con un extraño| Bosque cercano a Pólatsk
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