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La Sexta Era

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La Sexta Era

Mensaje por Ladie el Vie 21 Abr - 12:19

La Sexta Era
1x1 ৹ Memorias de Idhún ৹ Lady & Arson
Más de 3013 años han pasado desde que se iniciara la Quinta Era. Una Era que comenzó con la desaparición del último unicornio y el último dragón sobre la faz de Idhún. Ambos, cogidos de la mano, atravesaron el portal que los llevaría a un mundo al que sólo pertenecían a medias, llevándose consigo la verdad, dejando tras de sí la leyenda. Idhún nunca volvió a ser lo mismo, pero no era la primera vez que debía recuperarse de un revés del destino. Hicieron falta cientos de años, pero cada pieza del mundo encontró su lugar, un nuevo equilibrio se estableció. Los reinos humanos jugaron a las guerras, con sus treguas, sus luchas y sus fronteras. Los feéricos dedicaron cuerpo y alma a restaurar aquello que su propia diosa había destruido, pero sobre todo a devolver la gloria perdida a Alis Lithban. Los magos se contaban con los dedos de las manos, sólo quedaba un cuerno para conceder los dones de la magia, que pasó de las manos de un Archimago a otro a través de los siglos. Los celestes siguieron su tranquila existencia, los Yan olvidaron el beso abrasador del Dios al que veneraban. Siguieron arriba, escondidos en sus montañas, todos aquellos gigantes. Bajo la espuma los Varu reconstruyeron ciudades. Los vínculos que los tres elegidos de la profecía unieron jamás volvieron a separarse. Idhún se unió, más que nunca, para prosperar tras los años bajo el oscuro imperio de Ashran.

Pero nunca fue la misma.
Los dragones y los unicornios pasaron de ser recuerdo, a ser historia. Algunos a día de hoy ponen en duda su existencia, ya casi nada queda de lo que un día era. 3013 años. Es el tiempo en el que tardan los tres soles y las tres lunas en encontrarse sobre el cielo Idhunita. 3013 años para tres soles y tres lunas no son nada, un parpadeo para los dioses. Pero allí estaban otra vez, los seis reunidos por la magistral fuerza de la Nueva Conjunción Astral.

Idhún pedía equilibrio, reclamaba lo que sus dioses le habían entregado tiempo ha. Los dragones y los unicornios eran suyos. La magia libre era suya. Eso era Idhún, indómita grandeza, magia salvaje, sabiduría anciana de aquellas criaturas que los dioses más habían amado. Así habían creado ellos su mundo, y ahora tenían que responder a sus exigencias. Bajo aquella Conjunción Astral, símbolo de buena suerte y beneplácito de los dioses,  aparecieron. Dos huevos abandonados en el árido Awinor, dos retoños cuadrúpedos en Alis Lithban. Hembra y Macho. Los primeros de su especie. La Sexta Era acababa de comenzar, y nadie lo sabía aún. Los dragones y los unicornios… habían vuelto.


Cronología:

Gaia
24 ৹ Ladie
Wina, madre de todos, creadora de vida, contempla desde su plano la pequeña criatura que han escogido los demás. Parece que lo ha orquestado el destino, pero está muy lejos de ser cierto. Lo han orquestado seis mentes prodigiosas, la infinita sabiduría de las seis deidades. Sus cinco hermanos, ignorantes todos ellos desde su perspectiva, habían elegido a la pequeña Gaia para ser el instrumento de sus deseos. “Que gran error” Opinaba la diosa de todo lo vivo y verde. De todas sus criaturas conocía particularmente bien a Gaia. Había sido novicia desde los seis años de edad, y a los diez empezó a seguir los ritos de su doctrina. Solía escuchar su voz a menudo, era una criaturilla que le suscitaba curiosidad. Siempre sabía dónde tenía los pies, pero nunca la cabeza.  Viajaba lejos, volaba alto, sólo era medio feérica y su sangre poseía un fuego que desagradaba a la Diosa. Quería pertenecer a un lugar, pero el fondo ardiente de su corazón anhelaba el viento. Siempre había estado dividida, y siempre lo estaría. Tampoco podía culparla, su pasión por intentar aferrarse a donde estaba despertaba la compasión de Wina. No era culpa de Gaia estar hecha de dos mitades.
Nació del seno rígido de Eretreia. Había nacido en un pequeño pueblo en las alturas de Alis Lithban, un bosque verde, vibrante, hermoso y… vacío. Incluso los ojos de los mortales eran capaces de ver que poco tenía que ver su bosque con lo que había sido antaño. Le faltaba la chispa de la magia, huellas de unicornio en el cénit del día, susurros de fuerza arcana agitando las hojas. Pero era hermoso, y estaba vivo, sus hijos del bosque lo cuidaban, y eso calmaba la melancolía de Wina. Eretreia creía en su diosa con una pasión inusitada, creía en respetar todo lo vivo y tuvo muy claro desde niña cuál era su camino. Vistió el hábito muy pronto, y se convirtió en una novicia del templo. Con los años y la edad su carácter se volvió rígido, se aferraba a sus doctrinas porque encontraba en ellas seguridad y calma. Uno nunca actuaba mal si lo hacía bajo los designios de sus dioses, era su lema. Ganó méritos propios para ser enviada al Templo de Las Tres Lunas, en Gantad, cuando sus túnicas es convirtieron en suave verde y se alzó como servidora de Wina. La diosa siempre estuvo complacida con su lealtad y su devoción.
Aunque, y lo sabía, iban demasiado lejos. Eretreia rechazaba cualquier otro tipo de vida, la posibilidad de servir lejos en su nombre, o de formar su propia familia predicando con la ley de que la vida prevalece. Intentó influir en su dulce y fiel sacerdotisa moviendo los hilos del destino, avivando en su corazón el deseo de sentir que era el amor. Viajaba en una pequeña comitiva por las lindes de las montañas, al norte de Kash-Ban, cerca del paso, cuando lo conoció. Una tribu Linyati buscando el favor fresco de los bosques colindantes a las montañas, recursos, y agua. Acogieron a las sacerdotisas con amabilidad, y Eretreia probó el gusto del amor en una boca que sabía a desierto. Abrió su corazón y su cuerpo, y cuando pasó la noche lo dejó atrás. Su vida, pensaba la elfa, estaba con Wina, en su templo. En sus bosques y su gente, ni siquiera el amor podía desviarla de su camino. No esperaba que la vida, implacable, hubiera anidado en su matriz.
No lo hizo queriendo, en realidad. Como diosa de la vida, era caprichosa. La intención de Wina no era darle un vientre hinchado, pero allí estaba nueve meses después, alumbrando en Gantad a una mestiza.  Gaia… ah, si hubiera conocido se destino se habría quedado ahí dentro.  Para Eretreia toda vida era sagrada, incluso aquella que no es bienvenida, y alumbró a una niña de piel morena cruzada por marcas pardas, con los ojos dorados como el sol cenital y el fuego en las entrañas. No era en absoluto adecuada para aquella misión.
Pasó su infancia en Gantad, su sexo femenino era interpretado como símbolo de suerte por su madre. A su hija se le permitiría habitar en el Templo y crecer bajo las enseñanzas religiosas de los seis. Sólo había un destino para ella, el mismo que había ocupado su madre; servir a su diosa Wina. Era más niña que mujer cuando ya vestía las túnicas verdes de su doctrina. Sólo su edad le impedía pasar las pruebas de rigor y jurar los votos de sacerdotisa. Fue la única novicia escogida para ir con la Madre de la Iglesia de las Tres Lunas para presidir a una boda real en los reinos humanos.  
A los catorce años contempló por primera vez lo grande que era en realidad el mundo. Estaba, sencillamente, maravillada. Los olores fragantes que salían de las tabernas, la abrumadora presencia de hombres por todas partes y de todas las formas, el ruido, la gente, ¡los magos! Era increíble que un Idhún así pudiera existir. Contra los deseos de su madre, tras la celebración, se escapó del palacio para explorar la ciudad. Pobre niña… nunca debió haberlo hecho, superada por su curiosidad, ese deseo ardiente de recorrer todo lo que existía más allá del universo del templo de Gantad.
De noche, en una esquina, en medio de las celebraciones dignas de una boda real destinada a unir dos reinos en una paz duradera, los soldados tienden a proteger menos, y beber más. El alcohol es algo impío, saca lo más oscuro de los corazones, enardece deseos corruptos. ¿Qué hace un hombre borracho y de escasa moral al ver una dulce muchacha con cuerpo de mujer e los ojos pintados de inocencia? Violar a una sacerdotisa es uno de los peores pecados, y Wina bien que lo castigó por ello, pero tampoco podía interceder en el destino por una simple mortal, una entre tantas. La arrastró a un callejón, y las orquesta de miles de voces celebrando la boda ahogaron sus gritos de dolor en aquel callejón sucio.
Que dolor cuando la realidad irrumpe en la vida de un alma inocente. El dolor trascendió su cuerpo, se arraigó en su alma. No hubo tortura más grande que volver medio arrastrándose al palacio, tapándose el cuerpo desnudo y magullado con jirones de seda deshilachada, manchada de suciedad y sangre. Arrastrando una ira que se cocía a fuego lento con cada paso, hacia sí misma, hacia su madre, hacia su diosa, en definitiva, hacia el mundo. Lloraron Eretreia y la Madre de la Iglesia de las Tres Lunas, y su compasión frustró todavía más a Gaia. ¿De qué le servía la compasión si no le habían enseñado cómo funcionaba el mundo?  ¿Para qué arroparse con la pena de quienes la habían dejado desarmada?
Volvió a Gantad, pero en  los Reinos Humanos se quedó toda su inocencia. El tacto vaporoso de la seda empezó a darle nauseas. No había consuelo en sus oraciones, tardó semanas en sanar, pero la cicatriz que quedó fue gruesa. Cuando se recuperó se percató de que había achacado la falta de sangre de la luna a su malestar físico, pero había algo más. Algo inesperado; estaba embarazada. Había perdido su fe, su seguridad y su integridad, estaba cultivando una semilla envenenada. No podía ver su reflejo sin sentir asco así que le pidió a la Madre de las Tres Lunas que le quitaran aquel fruto de su vientre. No podía traer al mundo a aquella criatura. Con pena, la suma sacerdotisa aceptó.
Cuando Eretreia se enteró de lo que había hecho su hija, asesinar una vida sagrada, enfureció. Eretreia y Gaia discutieron, divididas y rotas cada una en su postura. Veían pecado donde la otra encontraba esperanza. Gaia tomó sus escasas pertenencias y dejó para siempre el Templo de Gantad.
Tenía quince años, y mucho miedo, pero se entregó al mundo. Aprendió a reparar su alma con los celestes, purgaron su sufrimiento y su rabia. Con el alma en equilibrio, partió a Alis Lithban, la tierra de su madre. Las hadas le enseñaron magia feerica, el uso del arco y la espada, y partió a las tierras humanas convertida en mercenaria, donde tendría más oportunidades de sobrevivir, sola. Pero, por dentro, siempre se preguntó dónde estaba la otra mitad de sus orígenes, su padre; Kash-Tar.

Kai
26 ৹ Arson
Kai nació de la unión de un viajero humano de Dingra con una Yan de Kash-tar. Piel oscura y pelo azul celeste. Pero desafortunadamente Kai no recuerda a su padre, ya que él falleció a los pocos meses de nacer él porque cayó enfermo de repente.Se crió en Kash-tar con su madre y su abuela. De pequeño, cuando preguntaba por qué no tenía padre siempre le decían que se había ido de viaje a los soles. Pese a eso, su infancia fue feliz viviendo con los Yan. No obstante, siempre había tenido ganas de explorar el resto de Idhún, parecía que las había heredado de su padre. También era soñador, le encantaba escuchar historias sobre dragones. Se decía que antes habitaban en Idhún y él de pequeño creía en ello, pero los sueños, sueños son. Al principio se dedicó a explorar Kash-Tar, ganándose la vida como guía. Pero el desierto se le hacía pequeño. Así que decidió abandonar a su madre y a su abuela para embarcarse en un largo viaje, con la promesa de que volvería en unos años.Ha visitado Celestia y ha conocido las costumbres de los celestes, antes de partir hacia Nandelt. Estuvo bastante tiempo en Dingra, que era de dónde procedía su padre. Visitó las poblaciones más importantes como Aren, Nurgon o Namre. Convivió un tiempo con los humanos, le habría gustado conocer la familia de su padre pero su madre nunca los había llegado a conocer. Quizás se cruzó alguna vez con ellos.Después viajó por Alis Lithban donde aprendió que se decía que antes era un lugar mágico, habitado por unicornios. A Kai le parecía algo increíble, tanto que dudaba de la veracidad de esas leyendas. Siguió su camino, pasando por Raden y bordeando Awinor, considerado el cementerio de los dragones. Era un lugar triste y su idea era volver a casa durante un tiempo antes de partir de nuevo y seguir conociendo Idhún, pero poco sabía que sus planes de futuro cambiarían radicalmente.



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Re: La Sexta Era

Mensaje por Arson el Dom 30 Abr - 17:55

THIS IS A NEW AGE
CHAPTER 01 | ATARDECER | ENTRE KASH-TAR Y AWINOR

El viaje por Awinor había sido bastante decepcionante. Las leyendas contaban que había sido tierra de dragones, pero en la actualidad era sólo un cementerio. No había vida. Pocos días había dedicado a bordear la zona, pues era peligroso hacerlo solo y había visto lo necesario con sus propios ojos. Esas cosas le reafirmaban la creencia de que aquellas criaturas eran una mera leyenda.

Pronto tendría que ir buscando un lugar idóneo para pasar la noche, pues su cuerpo ya le pedía descanso. Aún tenía provisiones para pasar unos cuantos días sin problemas y ya se encontraba al sur de Kash-Tar así que todo iba bien. Andaba sin descanso, en busca de un lugar recogido. A lo lejos le pareció distinguir una fogata y decidió acercarse prudentemente. Hacía unos días que no tenía contacto con nadie y no le vendría nada mal relacionarse con alguien. Si se trataba de un grupo que no le conveniera, tenía sus maneras de defenderse.

A medida que se acercaba, vio que sólo se trataba de un individuo y a medida que se acercaba se dio cuenta de que era una joven. Decidió acercarse más para saludar.
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Re: La Sexta Era

Mensaje por Ladie el Vie 5 Mayo - 16:35

FDR: He convertido tu idea de la hoguera en que es el brillo del huevo por varias razones. La primera es que no sé que tipo de materiales habría en medio del desierto para hacer una fogata lo suficientemente grande para que se viera a distancia, y la segunda es que Gaia sigue siendo medio hada y las hadas detestan el fuego, e intentaría evitarlo. Y, de todas formas, no estaría en condiciones de encender uno aunque lo necesitara para sobrevivir.


AThis is a New Age
and we all have to face it
   No había nada allí para mí. Si no imperara la ley de la sed y el cansancio la reina sería la decepción; no había nada. Cuando emprendí aquel viaje mi intención estaba muy lejos de encontrar el desierto, o Awinor. De hecho, había llegado increíblemente lejos para lo que cabía esperar. Una mestiza feérica en aquellas tierras; mucho había tardado en alcanzarme la muerte seca y desoladora del sol. El beso de Aldun era árido,  abrasador, y me había entregado a sus brazos como una necia. Casi todo lo que había hecho en mi vida había sido impulsivo y necio, me había llevado exactamente a este punto desértico de mi existencia. Emprendí aquel viaje por motivos complicados.

   No sabía que estaba buscando, tal vez a mí misma. Había un tiempo en el que sabía quién era, o por lo menos cual era mi lugar en el mundo. Un templo, una madre, una tarea que cumplir, el camino establecido. Era cómodo, seguro, pero no era mi vida. Lo había comprobado en mis propias carnes cuando todo perdió sentido. En los Reinos humanos había oro y trabajo, pero nada más. Anhelaba… algo que le diera sentido. Sólo conocía la mitad de mi herencia, pensaba que tal vez, en el sur… los secretos del desierto podrían enseñarme algo.

   A medida que el día desfallecía el calor asfixiante perecía también. La arena era capaz de retenerlo algunos minutos, pero terminaba por deshacerse en la claridad de la luna. Bajo mi vientre seguía palpitando, sin embargo, esa fuerza viva. No había un calor igual en aquel mundo, al menos no uno que yo conociera. Su textura pulida y brillante de color cobre poseía una belleza increíble, mis ojos no habían visto igual nunca. Un huevo, un huevo enorme. El fósil de un huevo de Dragón, petrificado más de tres mil doscientos años en las arenas de Awinor donde los había encontrado. Emitía una luz cegadora, mi carne apenas era suficiente para sofocarla. Brillaba debajo de mis entrañas con la misma fuerza de una hoguera. Amenazaba con quemarme la piel, pero apenas tenía fuerzas para moverme, así que me quedé allí, desfalleciendo como el sol, y la vida. La que estaba debajo de mi era la única vida que existía allí, en Awinor, y sería el único testigo de mi final.


Desierto de Awinor con Kai



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Re: La Sexta Era

Mensaje por Arson el Mar 23 Mayo - 12:42

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CHAPTER 01 | ATARDECER | ENTRE KASH-TAR Y AWINOR

Apresuró el paso cuando más de cerca vio lo que ocurría, tenía que ayudar a esa mujer. Más tarde, ya se preocuparía por aquella extraña luz.

Ey, ¿estás bien? — quería comprobar si estaba consciente para ver si podía darle algo de agua.

Parecía que a la chica le había dado un golpe de calor. Sabía cómo actuar en esos casos, pues se había criado en Kash-Tar y cuando había hecho de guía de viajeros, alguna vez había ocurrido algo parecido pese a las recomendaciones que siempre daba.

Le quitó el pañuelo que llevaba para protegerse del sol y lo empapó con agua, para que bajara su temperatura corporal. Aquella luz venía de su bajo vientre, no sabía que era. Parecía que escondía algo grande, de forma ovalada y que irradiaba calor. Hizo un ademán de quitar la prenda que cubría aquello para separar esa fuente de luz y calor de la muchacha, era algo necesario si quería que se le pasara ese calor. Además, Kai sentía mucha intriga. Nunca había visto nada parecido y había logrado recorrer medio Idhún.
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Re: La Sexta Era

Mensaje por Ladie el Vie 26 Mayo - 13:20

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     Era como tener dos caras. Una, la interior, ardía con la fuerza de aquel óvalo duro que palpitaba bajo mi vientre, enrojeciéndome la piel. La otra, la exterior conformada por mi espalda y mis extremidades empezaba a helarse con la noche. Frío y calor, el extremo del contraste al que se sometía mi cuerpo, débil de por sí. Moriría allí, mis dioses me habían dado la espalda como yo se la había dado a ellos. Perdí mi camino una vez, pero nunca había perdido la fe… entonces, ¿por qué?

     Mi mente divagaba en su cenit cuando sentí la humedad. Más que sentirla me poseyó, primero reaccionó mi piel. Como una planta, en cuanto la tela empapada rozó su superficie empezó a embeberla. Lamenté aquellas gotitas perdidas que resbalaron por mi sien, perdiéndose en la arena seca. Cayeron, perladas, y el desierto se las tragó. Entre abrí los ojos, sacándo mi árida lengua hacia el pañuelo. Mordí la tela, sorbí con ansia hasta que el agua se derramase gota a gota por mi garganta. El efecto era inmediato, todo mi cuerpo se arropaba en esas gotas y recuperaba cierta energía. Como las hojas de final de otoño, me resistía a dejarme morir, y esas gotas eran lo único que necesitaba para un último impulso.

     Alcé el brazo, en mi cabeza podría haber alcanzado cualquiera de las lunas que brillaba en el firmamento, cada una inmersa en su propio ciclo, pero en realidad apenas pude levantar un palmo. Suficiente para agarrar con todas mis fuerzas la muñeca morena que atentaba contra mi calor, lo único que me mantenía viva en la helada noche de Kash-Tar.

     - El huevo es mío.

     Gruñí, alzándo la cabeza en un esfuerzo sobrehumano para lanzarle una mirada fiera.
Desierto de Awinor con Kai



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Re: La Sexta Era

Mensaje por Arson el Dom 18 Jun - 21:17

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CHAPTER 01 | ATARDECER | ENTRE KASH-TAR Y AWINOR

Levantó las manos en señal de paz, Kai solamente pretendía ayudarla. Cuando estuviera mejor podría hacerle las preguntas que quisiera, si es que ella se dignaba a responderlas, claro.

Vale, vale. No lo toco — la tranquilizó —. Voy a darte un poco de agua — le acercó la cantimplora a los labios y la decantó para que le llegara algo de agua. Pero no se la dio toda de golpe, pues tampoco era bueno.

Rebuscó en su mochila en busca de unos dátiles. Aún le quedaban un montón, Kai sabía como prepararse para sobrevivir grandes temporadas en el desierto.

Cuando estés mejor te daré unos dátiles, si quieres — volvió a acercarle la cantimplora, para que bebiera un poco más. Lo primero era hidratarse.

No sabía por qué motivo aquella chica había acabado ahí ni porque llevaba aquel huevo, pero sí podía afirmar que había cometido una temeridad enorme al emprender ese viaje sola sin aparentemente el conocimiento necesario del desierto para sobrevivir.
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Re: La Sexta Era

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