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Midnight train.

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Midnight train.

Mensaje por Winter Wiccan el Mar 31 Oct - 20:08

Un billete a última hora, las perlas de sudor cayendo en las maletas. Subió sin pensarlo a aquella plataforma en medio de la neblina, con la mente ofuscada, pero con el pensamiento certero de que debía abandonar ese lugar. Un asiento normal, que daba al pequeño pasillo de moqueta verde, fue donde pudo descansar por primera vez en todo el día. No había parado de huir de aquella extraña sensación, de aquel complot que quizá solo vivía en su mente... Quizá.

El sonido de la sirena hizo que se movieran. Se mantuvo alerta durante la primera hora, viendo como su acompañante se sentaba y empezaba a ojear un libro de pinta antigua que cubría su bufanda. En los asientos que estaban tras el pasillo, una joven pareja, que dormía abrazados, olvidando el paso del tiempo que parecía insignificante para ellos. Frente a él, un hombre con una sudadera negra y una bufanda polar que le cubría hasta los ojos, perlas azules que parecían el hielo del Ártico. En aquel vagón, con sus cuatro acompañantes, gobernaba el silencio tácito de la cortesía. Él intentó mantenerse despierto durante demasiado tiempo, hasta que el sueño le venció.

Un frenazo brusco. Miró por la ventana y solo se veía el vaho de su aliento contra la más oscura de las noches. Tardó un poco en recomponerse hasta que vio que ya no estaban solos, sino que junto al hombre de la sudadera, descansaba una chica joven, con un vestido rojo y negro, que perdía sus pupilas en aquella inmensidad. El silencio, tenso, podía cortarse con un hilo de coser.

Volvió a dormirse.

Al despertar, parecía una oscuridad diferente y algunas de las luces del vagón se habían fundido. Un foco encima de cada uno. Con cierta curiosidad, ojeó el libro que leía su acompañante... En blanco. Su corazón dio un brinco, al ver que este no reaccionaba. Se levantó para ver a la pareja, observando sus rostros angelicales y sus labios azules y sus pechos inmóviles. Terror. Se dirigió hacia una de las puertas, ahora bañada por la escasez de luz, para comprobar que no se abría.

Oyó el primer movimiento de la noche. Un crepitar, un crujido contra el suelo del tren. El hombre de la sudadera se acercaba. Buscó un martillo de emergencia,  una palanca, algo que le sacara de ahí.

El segundo. La pareja, con los ojos perdidos el uno en el otro, se acercaba junto al otro hombre. Ahora de pie, podía ver manchas en su ropa, grandes océanos rojos a la altura del abdomen. Tercero. Su compañero, se quitó el libro de las manos y la bufanda escondía un gran tajo. Cuarto. La chica del vestido rojo, amable, sonreía mientras todos se acercaban a él, sin dejarle escapatoria. Fue entonces cuando el hombre de la sudadera descubrió su rostro.

Un grito de terror inundó aquel vagón. Carne quemada cubriendo cada ápice de esa cara, salvo por esos ojos fríos como el acero. Una horda de espectros acercándose a él, como si quisieran la vida que les fue arrebatada. Uno a uno, fueron agarrándole de los brazos y de las piernas, por mucho que sus pulmones gritaran una ayuda que sabía que no vendría. Al final, le llevaron de nuevo a su silla. La bufanda agarrando sus manos, parte del vestido de la chica en sus pies, la bufanda del hombre de la cara quemada en su boca para que no gritara.

"Bienvenido." Dijo el novio, mientras se acercaba a él con una bombilla. "¿No nos recuerdas?" Preguntó, rompiendo esta contra uno de los asientos. "Trece de septiembre del noventa y dos." Cortó la carne de su mejilla con el vidrio roto, dejando caer un reguero de sangre y le tendió la bombilla a la chica del vestido. "Diez de octubre del noventa y dos." Un corte a nivel de los brazos y el arma al lector. "Veintitrés de octubre del noventa y dos." El corte ya fue más profundo, a nivel de la ingle, como si quisiera que sufriera como él lo hizo. Finalmente, le tendió el vidrio al hombre de la sudadera.

Ninguno de los dos dijo nada, solo cruzaron las miradas y el estupor atravesó la conciencia del torturado. Las lágrimas caían por sus ojos azules, fríos, mientras observaba los del rostro quemado. El sudor frío de su cuerpo empezó a quemarle como aceite hirviendo, sus cabellos parecían arder mientras una sonrisa sardónica abandonaba el rostro desfigurado del que tenía frente a él. "Nunca abandonaste aquel edificio, asesino. Te han pillado, pero no te van a juzgar los vivos, sino ellos."

Una risa abandonó el rostro quemado, que se iba acercando al del asesino hasta que, como antes, fueron solo uno. Las cuatro víctimas reían ante los llantos de sufrimiento que había apaciguado el humo. En una cuarta planta, uno de los asesinos más buscados de la ciudad, ardía sin piedad ante las llamas que él mismo había provocado para eliminar pruebas. En su mano derecha, cortada por uno de los cristales de las bombillas, un billete de tren que había sido reducido a cenizas. Los ojos azules del criminal se derritieron con una imagen grabada en las pupilas: un ferrocarril abandonando la estación, pintando con luces amarillas una noche pintada de rojo.
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