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IV. Ashes At Dawn

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IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Elric el Vie 10 Nov - 8:07

Riders on the Storm
AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Los restos de hierba volaron con el viento, liberando su carga de flores algodonosas a la distancia. La mano enguantada, conforme con el cementerio de flores y pastos a su lado, se apoyó en la tierra para ayudar a levantar al resto del cuerpo de su tranquilo reposo en medio del campo. No era aquella su forma preferida de ir, engalanado con cadenas y sellos del consejo luciendo entre sus ropas, más propias de un baile que para un frente de batalla, quizás, donde él se sentía menos cómodo que arriesgando su vida, espada en mano contra los enemigos de su rey y viéndolos a los ojos antes de desatar un golpe mortal. El caballero se sacudió las elegantes ropas, si bien se había despojado del abrigo y el jubón que tanto sabían aprisionarlo como no lo lograba ninguna armadura que hubiese llevado en su vida. Las últimas lunas habían demostrado la locura en lo que se tornaría todo desde ahí en adelante, pues una vez resueltas las guerras, el gobierno de cada territorio pasaba a ser materia de su responsabilidad, de alguien que no se había para preparado más que para servir con honestidad y con toda la abnegación posible a la causa a la que se le había encomendado. Para él, era curioso tener que ser quien lidiase entre una situación y otra, especialmente con los nobles que incesantemente insistían en que tenían tal o cual derecho ancestral y que se creían dignos de poder exigir justicia por sus rencores al rey, ahora que creían no tener a sus viejos reyes, quienes les habían negado tales en el pasado y con justas razones. En la escueta carta que había enviado, sus palabras habían tenido que ser tanto breves como contundentes, pero la urgencia del momento lo había hecho moverse a tiempo —Debéis venir a Septo de Piedra en el menor plazo, alteza... ha llegado la hora de que demostréis vuestra valía en el campo—. El mensaje había partido de inmediato en cuanto se había encontrado con el ejército real y había sido enviado por cuervo de inmediato, con temor a que fuese interceptado por cualquiera de los maestres en los castillos intermedios de su ruta hasta Bastión de Tormentas.

Él había partido con la mayoría de los soldados todavía útiles del castillo, sirviéndose de estos y quienes había podido reclutar, especialmente para rellenar espacios entre sus propias filas, tan mermadas después de la sucesión de batallas en que habían tenido que luchar desde el desembarco en el Aguasnegras y que ahora tenían que maniobrar para no encontrarse con la fuerza más formidable que todo Poniente hubiese visto alguna vez. Sabía que la reina no podría aportar a la batalla mucho más que los pocos guardias del castillo que habían quedado en nombre del rey y propia su presencia. Pero a pesar de ello le escribió, porque sabía que estaba próximo el día en que se definiría el destino de la guerra de conquista, a pesar de que continuasen sin atacar a una fuerza cinco veces superior en tamaño, pero tampoco retirándose más que lo necesario para ser ellos quienes guiasen a la enorme masa de hombres en su persecución, tan lenta como grande era, buscando el terreno y el momento propicios, para ser ellos quienes dictasen los términos de la batalla que se iba atrasando cada vez más, pero ante la cual tenían el tiempo a favor, al no estar obligados a alimentar a medio centenar de miles de hombres, lejos de sus granjas y sus puertos y que necesitaban ante todo una victoria rápida para no acabar consumidos por su propio tamaño.

Dejando atrás su temporal descanso, se apresuró a su tienda, revelándole la posición del sol de que no podía faltar demasiado para su llegada. Abandonó la comodidad de sus ropas y se preparó para lucir como se suponía que debía hacerlo cualquier consejero de su importancia ante esas visitas. En el costado extremo del complejo de grandes tiendas que se había levantado con tanta velocidad, se alzaba el pabellón real, con los estandartes Targaryen junto a sus astas en las afueras y convertido en el interior en una segunda sala del trono al completo, lo suficiente como para dejar muy presente la posición de quien ahí supuestamente moraba, a pesar de que Orys sabía que el rey no gustaba de la decoración excesivamente cargada en que el oro se convertía en el protagonista de todo, más propio de quien necesita desviar la atención de sus defectos hacia otro lado.que de demostrar una verdadera riqueza, no en vano su corona era un anillo acero valyrio puro con unos pocos rubíes incrustados en comparación a las coronas que llevaban los demás reyes, cada cual más preocupado de lucir más imponente y visiblemente rico que el otro, para demostrar su importancia.

Calmó su respiración cuando vio aparecer el primer estandarte negro y dorado en el horizonte, llegando por el camino que conducía desde Bastión, pasando por el Fuerte de Aegon, hasta la frontera de la Tierra de los Ríos y el Dominio. Con su broche de Mano, forjado en bronce, puesto en la solapa del jubón, fue el primero en acercarse hasta la comitiva que se detenía. El tiempo que había pasado, por poco que fuese, le produjo una sensación extraña al ver a la chica con que casi se había ahogado y ante la que había perdido una carrera a caballo, convertida en la majestad de quien era en el fondo, quien siempre había sido y que él por una razón u otra había pasado por alto —Princesa, espero que vuestro viaje haya sido tranquilo. El rey os espera en el gran pabellón— Anunció, haciendo una reverencia ante la que todos los demás, nobles y caballeros de todos los reinos que ahora servían al Targaryen, imitaron al verla pasar. Había dispuesto que en el momento que ella entrase en el pabellón, se anunciaría que "Su Alteza, Argella Durrandon, hija de Argilac y regente de las Tormentas" estaba ahí para ver al rey de Poniente en persona. Solamente podía anunciarse un rey, solo podía haber un rey y en cuanto ambos se hubiesen saludado protocolarmente y se ofreciera el pan y el agua, además de la bendición del septón, todos los presentes deberían abandonar la estancia de inmediato para dejar a ambos, monarcas en título, poder conversar.
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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Willow el Vie 10 Nov - 14:29

Ashes at Dawn
AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Por momentos, llego a pensar que todo había sido un mal sueño. Se despertaba en su lecho después de haber dormido toda la noche sin pesadillas, sin pensar que al despertar tendría su hogar plagado de enemigos. Sencillamente, como antaño tan solo debía levantarse, llamar a la doncella para que le calentase un baño y le preparase la ropa de aquel día. Alistarse para llegar al comedor, donde desayunaba sola hasta que el maestre hacía presencia con las novedades del día. Y ahí, era cuando despertaba del ensueño puesto que, de haber sido solo eso, un mal sueño, su padre aún seguiría con vida y el maestre se encararía con él y no con ella. De haber sido un mal sueño, la llamarían majestad y no señora. Pero en eso residía todo aquello en esos momentos, en resistir y tratar de obrar como lo hubiese hecho siendo ella la reina para que todo funcionase como era debido. Lo hacía, diligentemente, ordenadamente y metódicamente. Presumía de ser justa e inteligente, pero de no permitir que nadie tratase de sublevarse a ella. Ya no confiaba en las buenas intenciones del mundo, no después de que sus vasallos la hubieron entregado. Desde el momento en que se supo que de nuevo regía sobre Bastión, al menos momentáneamente, ninguno de ellos osó a posar sus pies en la fortaleza y hacían bien. Porque Argella había prometido resarcirse y ella nunca incumplía una promesa, especialmente si era a sí misma.

Su tranquilidad era relativa, puesto que no llegaba ningún cuervo con el anuncio de la caída del rey, aún sabía que su lugar era precario. De darse tal evento, recuperaría por completo lo que era suyo y tomaría la justicia que estimase oportuna. Pero no era así, cada mañana preguntaba por las novedades. Algunas no había avance alguno, en otras ocasiones eran buenas noticias: el ejercito Targaryen parecía debilitarse. Finalmente, varias lunas después de la muerte de su padre y la partida de su asesino, el maestre le entregó un pequeño rollo que había traído un cuervo aquel mismo día. Lo desenrolló con firmeza para leer su contenido en silencio. ¿Para que querrían que ella fuese al campo de batalla? Entendía, si se estaban diezmando, que le solicitasen tropas, pero no que la mandasen llamar personalmente. —Debéis preparar a los hombres, partimos de inmediato. Quedarán en la fortaleza los indispensables para su defensa, los demás tienen que mentalizarse para la guerra.— Anunció Argella pese a todo. —Es orden de Lord Baratheon.— Añadió al maestre, lanzando la misiva al fuego. No pensaba soportar más dudas o sublevaciones. Ella decidía cuantos hombres enviaba, pero no lo hacía por voluntad propia. De poder elegir, hubiese preferido dejar que su pudrieran en el lodazal que seguramente estaban, pero el “rey” aun estaba vivo y ella aún tenía que interpretar su papel.

Ella misma se preparó, en un solo baúl metió algunas escasas pertenencias y se hizo vestir con un traje de viaje negro y dorado, por momentos, pensó en acudir vestida con sus mejores galas, pero no podía olvidar dos cosas, la primera que iría a un campamento lleno de soldados donde habría sangre, barro y cualquier tipo de suciedad donde desentonaría su atuendo y la segunda, que no deseaba parecer la princesa desvalida que no era. También eligió viajar en carruaje, por mucho que siendo una experta amazona podría haberlo hecho a lomos de Terrón. Esto también fue una medida estudiada, la de pese a todo, mostrarse como la mujer que si que era. El viaje, le pareció más largo de lo deseado pese a que no tuvieron contratiempo alguno y las paradas no fueron más que protocolarias, pero para cuando anunciaron el avistamiento del campamento, Argella ya estaba impaciente por descubrir, que era lo que sucedía y el motivo real por el cual había sido llamada.

La primera persona a la cual se encontró, fue precisamente la que le había mandado venir. Sus ojos centelleantes, se clavaron en los del Baratheon al cual saludó con un ademán de su cabeza. No hubo una sonrisa o un gesto amigable en ella, igual que tampoco lo había habido durante su estancia en Bastión. —Lord Baratheon.— le saludó. “Veo que seguís vivo” pensó. —Curiosas galas portáis, el rango de Mano os exime de la batalla?— preguntó la tormenteña. Él por su parte, parecía no querer perder el tiempo conduciéndola a la majestuosa carpa donde le aguardaban. Si el campamento era un baratijo de tiendas mal situadas e improvisadas, no podía decir lo mismo del pabellón real, tan grande que se preguntó si dentro también albergaría a su dragón. Y el interior, no tenía nada que envidiar a cualquier salón real de una fortaleza, a diferencia de que este era cálido por los braseros y la lona y el de su propio hogar siempre desprendía esa sensación fría por causa de la piedra.

Y ahí estaba él, sentado en su sitial como el rey que se suponía que era. Majestuoso, imponente, incluso atractivo se atrevía a juzgar la Durrandon. Pero ella, sabía no se quedaba atrás, su porte era digno de una reina y su mirada no fue la de alguien temeroso por tener frente a sí a alguien superior en rango, porque aunque a la ley estaba que así era, ella no lo tenía de tal modo. —Alteza.— Alteza, que no Majestad. Podrían haberla corregido, pero bastante era que le reconociese como tal cuando nunca antes había habido una corona en su estirpe. Desde la puerta, se fue acercando a él a medida que la anunciaban, su mirada le barría examinándole, casi desafiante hasta que llegó a escasos metros de donde él estaba sentado. —Se me ha convocado y aquí he venido, junto a los hombres que he podido traer conmigo.— Dijo, antes de inclinarse frente a él. Lo hizo de forma protocolar, una inclinación real que estaba lejana a quedar de rodillas, pero que al menos, mostraba su “respeto”.
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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Elric el Vie 10 Nov - 21:44

Riders on the Storm
AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
El viaje de la princesa al campamento del rey era uno lleno incertidumbre, todos habían sabido de la gran batalla que se había librado y del conocido coraje de Argilac, pero el hecho más destacable había sido la oposición de su hija, todavía una muchacha, a rendir su castillo allí donde los lores con muchas décadas más habían doblado la rodilla para jurar lealtad al Targaryen. El hecho de que alguien eligiera voluntariamente arder junto con su hogar en lugar de entregárselo al conquistador, podía haber significado un serio problema para la reputación del autoproclamado rey y sus aspiraciones, pues mientras solo tuviera enemigos, se vería tremendamente superado y en cada reino su victoria no sería total hasta que el primero de los hombres se rindiera y jurase lealtad, porque en ese momento todos los demás que resistían se tendrían que cuestionar la utilidad de arriesgarse a perder todo, cuando podían imitar su actuar y simplemente cambiar a un señor por otro, hasta que finalmente todos aceptaran su dominio en cada reino. En los dominios del Aguasnegras y las Tierras de los Ríos los lores se habían alzado contra sus reyes para apoyar al jinete de dragón, pero si ninguno se hubiera atrevido a cuestionar su juramente a los Hoare, incluso de haber ardido todos, habrían obedecido a los isleños que todavía quedaran en el continente, en lugar de perseguirlos como ratas hasta el mar.

El arribo de la de sangre real había sido preparado con anticipación, pues en tiempos de guerra contaban con la ventaja del tiempo y de la velocidad que les daba el ser una fuerza mucho más pequeña que la de sus enemigos, ante lo que contaban con días de ventaja y la posibilidad de vigilar desde a seguridad de los cielos cualquier movimiento de los reyes de la Roca y el Dominio y a diferencia de la Última Tormenta, el sol brillaba en el cielo y ninguna tormenta llegaría hasta allí para ocultar un ataque por sorpresa contra sus lineas. Guardó para si mismo la impresión que le dio la princesa al descender desde su carruaje, viéndose tan distinta a como la conocía, al menos del paseo, su impresionante vestido y el protocolo que la acompañaba era un recordatorio de la dignidad que nunca había perdido, incluso viéndose cubierta solo por una capa de pie —Hoy tenemos otros asuntos que tratar, princesa, llevar una armadura a una negociación parecería poco civilizado o un gesto de mala fe—. Le respondió alegremente, sin obviar en su mente el querer preguntarle si había traído los pantalones también en su equipaje. A medida que la escoltaba hasta la gran tienda que haría las veces de residencia y salón real, el calor del sol a sus espaldas desapareció por un instante, produciéndole la misma sensación de frío que cada vez que las grandes sombras se dibujaban sobre el campo, para luego moverse a gran velocidad, haciendo que caballos y hombres se removiesen por igual bajo su figura. No se detuvo, pero elevó los ojos un segundo para ver cómo se reflejaba la luz en las escamas plateadas, a medida que Meraxes cambiaba de dirección, provocando un baile de reflejos en el firmamento.

Por lo menos ya sabía que Rhaenys se ausentaría de la reunión, como solía hacer cada vez que esos asuntos le resultaban demasiado aburridos y donde solía excusarse para salir del salón con la venia del rey. Además, un jinete tenía que sobrevolar las tierras circundantes, por otro lado, eso significaba que Visenya estaría en el trono junto a Aegon y eso era algo que jamás debía pasarse por alto por la forma en que tenía ella de influir en las decisiones del rey según la ocasión. La entrada al pabellón se realizó de forma solemne, sonando un juego de trompetas para anunciar la entrada de la Durrandon, igual que si se tratara de una reina en todo menos en nombre, pues no se podía reconocer a más rey que al que sería el único hombre que llevaría una corona en todo Poniente desde entonces en adelante. Se fueron acercando cada vez más hasta que ella estuvo frente al rey, quien sostenía la mano de su hermana-esposa y observaba a su contraparte, finalmente Orys, tras realizar una reverencia que era tanto para el rey como para la que lo había sido, se alejó hacia un costado del trono, dando pasos hacia atrás y se mantuvo en su posición desde entonces como un soldado de guardia, en completo silencio y con la expresión del rostro pétrea, solo moviendo los ojos entre cada uno de los monarcas —Alteza, nos honra con su presencia, la única hija de Argilac Durrandon, nos entristeció la noticia de su muerte—. Le respondió el rey con un asentimiento desde su sitial y así lo hizo Visenya a su vez, un gesto que tenía más de sincera admiración que de otra cosa. Ambas reinas llevaban el negro en sus vestiduras, una con el oro y la otra el escarlata, las diferencia radicaba en que una llevaba una liviana tiara sobre la cabeza, y el caballero pudo notar algo en la mirada de la valyria, sin aventurarse a conjeturar de qué sea trataría.

Entonces Aegon hizo un ademán con la mano y el septón que estaba junto a Orys comenzó a entonar un cántico ritual por todo lo alto, lleno de alabanzas y peticiones de protección al Padre, de protección a la Madre, sabiduría a la Vieja y así a cada uno de los dioses hasta conjurar contra la presencia del Desconocido en ese lugar. Se acercó hasta la princesa el Baratheon con parsimonia, llevando en sus manos una bandeja plateada con dos pequeños y ricamente ornamentados cuencos, uno con agua y el otro con miga de pan en su interior —Ahora excelencias, podéis retiraros—. Dijo, ordenando en el acto que los demás nobles y sirvientes que se habían congregado dentro de la tienda debían salir, como tras un tanto de conmoción hicieron rápidamente, abandonando los lugares privilegiados que habían pretendido apartar para observar la reunión, algo que no les duró más que en lo que se realizaron los saludos protocolares —Todos—. Recalcó después en voz baja —aquella era una reunión de reyes—, soltando la mano de su esposa, quien tras un segundo de duda se puso de pie, así como mirando al Baratheon para que también se diese por aludido, éste último no podía siquiera imaginar en el esfuerzo que estaría haciendo la reina en esos momentos por no decir nada y salir a su vez, de la mano de él, hacia una parte posterior de la gran tienda en que estaban reunidos. El septón elevó el volumen de sus bendiciones, a fin de ocultar lo que ahí podría ser dicho, y el rey se acercó hasta Argella —Sé que no habéis venido para traer refuerzos para la batalla, ¿Estáis preparada para jurar convertiros en mi más leal vasalla?— Le preguntó sin demasiados rodeos, ya estaban ahí y eso indicaba que al menos tenía la voluntad de hacerlo, pero los términos del mismo, los detalles, eran donde solían habitar los demonios que promovían la discordia entre los hombres.

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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Willow el Sáb 11 Nov - 0:20

Ashes at Dawn
AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Estaba preparada para lo que tuviera que suceder. En aquel periodo de tiempo había pasado por diferentes estados de ánimos. Desde que se desató la guerra y el primer árbol del Bosque Real había ardido, las situaciones se habían precipitado sobre ella de forma vertiginosa, no dándole tiempo para pensar más allá de las decisiones que tenía que tomar en cada momento. Y finalmente había decidido, que si para mantener Bastión de Tormentas debía inclinarse, lo haría. Tal vez estaba faltando a la memoria de su padre, a sus propios principios que la habían llevado a querer arder junto a los muros de la fortaleza, pero los Durrandon, su sangre y su linaje, debían continuar en ese lugar, ellos lo habían erigido y nadie más podía gobernarlo. U oraría a los antiguos para que la magia del bosque de dioses y el árbol corazón maldijeran a sus nuevos inquilinos. Y de igual manera que estaba dispuesta a bregar contra el rey en la negociación, estaba dispuesta a cualquier cosa en caso de no recuperar lo que era suyo. Ser la primera en arrodillarse y dar ejemplo, o aprovechar aquella cercanía para terminar una guerra de la forma más violenta.

Entrar en la carpa del brazo de Orys, era como un preludio de lo que había sido y de lo que debía ser. De los presentes, solo él la había tratado. Los demás, rey y reina eran desconocidos, aunque suponía, que por indicaciones tanto de su mano como de la otra Targaryen, ya tendrían indicios sobre la persona con la cual iban a tratar. La mujer que se sentaba en el trono, con la mano unida al rey, era tan similar a Aegon que incuestionablemente debía ser su hermana. Particularmente no comprendía aquella tradición de compartir sangre. Le parecía incluso repugnante, contranatura: besar a un hermano y yacer con él para continuar con el linaje impuro. Ella no tenía hermanos, ni varones ni mujeres, pero no se podía imaginar tal cercanía con ellos. El Baratheon había prometido hablar en su favor cuando llegase el momento, ese mismo que suponía estaban a punto de vivir, así que confiaba en su palabra, pese a que no llegase a ver como se comportó en Bastión durante su ausencia, el que hubiese acudido presta, debía ser indicativo suficiente y así lo esperaba.

No esperaba la solemnidad con la que le recibieron y aquello la descolocó en parte. Pues parecía que estaban aceptando el linaje de ella mientras le arrebataban la corona que ya no tendría más sobre la cabeza y el trono sobre el cual jamás podría volver a sentarse. Pero debía alejar tales pensamientos de su cabeza y mantenerse firme, contener la tormenta que en ella residía y hacerla estallar en el momento preciso, que no era aquel. Se sentía observada por cuantos estaban presentes, la mirada amatista de la “reina” no se despegaba de ella y le inquietaba, pues no se asemejaba a la de su hermana, tampoco a la del monarca. ¿Qué le pasaba a la platinada? Cuando el maestre y Orys comenzaron el ritual de la hospitalidad, asegurando así la vida de Argella mientras se mantuviese junto a ellos, la princesa no pudo menos que tomar el pan y comerlo para beber su vino después sellando de aquel modo la ceremonia.

Cuando finalmente Aegon habló, sus dientes se apretaron y sus ojos descendieron hasta su pecho, donde relucía la insignia del dragón. No quería que viese su gesto, su mirada de odio. ¿Cómo se atrevía a hablar en esos términos de su padre? Como si él hubiese muerto por una dolencia y no por la espada de su perro fiel. —A todos nos entristeció su muerte. Pero él murió como deseó hacerlo, lo cual es más de lo que pueden decir la mayoría de los  hombres.— Replicó con atrevimiento. No pensaba inculparle, ni rechazar sus motivos. Pocos hombres tenían la valentía de mantenerse fieles a sus principios y su padre, había sido uno de ellos hasta el final. Se mantendría en su lugar, estaría dispuesta a arrodillarse, pero no a olvidarse de quien era, ni de dónde venía. En su opinión, se necesitaban el uno al otro, o no estaría ahí en ese momento, si no que hubiera cedido sus tierras a alguien de su confianza y preparado una pira con su cuerpo como lo hizo con los Hoare. Ningún otro rey respetaría al que conquistó por la fuerza a los demás. El miedo, el fuego y sangre del blasón de los Targaryen era una garantía a corto plazo, alguien como ella, suponía la diferencia y creía, ambos lo sabían.

Ya levantada nuevamente, esperaba por saber cuál era el motivo por el que se le había convocado. Pero le llevó a la sorpresa de nuevo que Aegon hiciese salir a los demás, incluyendo a su esposa y a su consejero. Instintivamente, sus ojos azules buscaron al Baratheon, esperando que hubiese cumplido su parte antes de la audiencia. Se sintió durante un instante, mientras el consejero-soldado se dirigía con la reina fuera de la carpa desprotegida, como si la presencia de ambos hubiese tenido alguna diferencia. Pero tal pensamiento y sensación se desvaneció cuando el Targaryen abandonó su trono para acercarse a ella como si de una igual se tratase y sus ojos se cruzaran hasta mantenerse fijos en los del otro. Así que aquel era, el hombre por quien daría la vida quien había sido su carcelero durante días, de quien tan bien hablaba y de quien decía, uniría todos los reinos. —He venido porque se me ha llamado.— contravino ella. Podía haberle jurado lealtad en el mismo Bastión en vez de en una carpa previa a la batalla, no terminaba de entender, los motivos por los cuales él deseaba que fuese ahí. La princesa no se movió de su sitio pese a la imponente presencia del otro, ella era joven, inexperta tal vez en tales vicisitudes. Pero no era débil y no se mostraría como tal. —¿Si estoy preparada?— Preguntó a su vez. —Lo estoy.— Asintió. —Siempre que tal vasallaje implique que continuaré en posesión de mis tierras, mi Bastión y mi mundo tal y como lo conocía antes. Aunque la corona se posicione en un trono diferente.— Añadió. Tales eran sus condiciones.
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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Elric el Sáb 11 Nov - 1:48

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AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Durante milenios los distintos reinos se habían enfrentado, generación tras generación de los mismos estandartes y apellidos había chocado contra los contrarios en guerras que con el paso del tiempo se habían vuelto cada vez más sofisticadas, más cruentas y que al final del juego de tronos había dejado en su camino no pocos linajes extintos y coronas fundidas para siempre, formándose finalmente incluso la idea de los Siete Reinos en la cabeza de todas las personas, el número de los dioses y los que se habían convertido en potencias, cada una en intermitente guerra con sus vecinos, alternando alianzas y enemigos constantemente. Allí, en las tierras de los Ríos, toda la familia real había desaparecido hacía un siglo y desde entonces los Reyes Tormenta y los Hombres del Hierro se habían enfrentado por su control, resultando vencedores estos últimos tras todos esos años, formando el mayor reino de todo Poniente, uno que se había extinto en cuestión de una exhalación y que ahora se rompía en pedazos, estando cada uno de aquellos a los que habían transgredido con sus conquistas, recuperando lo que les pertenecía por derecho ancestral. Nadie podría gobernar el continente completo por la fuerza, ni siquiera los dragones bastarían por si solos, esa era una lección que había aprendido el valyrio tras años de observar desde la distancia el curso de los acontecimientos en tierra firme —Lo quise como aliado y lo respeté como enemigo, estoy seguro de que su nombre y sus gestas no serán olvidadas—. Dijo Aegon, a su salud brindaría más tarde, a pesar de que la afrenta sufrida había sido saldada por el filo de la espada en lugar de por la diplomacia.

Afuera del pabellón se había formado un tumulto de nobles engalanados, las ropas que habían llevado como reserva para la campaña, siempre listos para alternar entre el jubón y el peto de acero forjado. Las voces se elevaban hablando de la guerra y de las victorias conseguidas, pero era en las voces bajas donde se ocultaban los secretos, los susurros acerca de las intenciones del rey, de cuál sería el porvenir de la Durrandon y qué sucedería cuando, pasada aquella especie de divertimento en medio de una obra, comenzara la batalla definitiva contra los reyes del Dominio y de la Roca, y cuáles eran las perspectivas reales de poder vencer a tan vasto ejército como no se había visto jamás alzarse en ese lado del mundo conocido. Mientras tanto, en el interior de la tienda, en las estancias que daban a la suerte de salón, la reina y la Mano se habían apartado del resto de la multitud, pero a su vez seguían separados y sin poder enterarse de qué era lo que se hablaba junto al trono —No debió haber sido Rhaenys la que fue contigo, de habérsela comido cuanto tuvo la oportunidad ya tendríamos el reino y no habría que aguantar las ínfulas de grandeza de esa niña—. Espetó la reina, visiblemente inconforme con la suerte de suavidad con que Aegon trataba a quienes no solo se rendían, sino que lo hacían una vez estaban metidos en una celda. No olvidaba tampoco que cerca había estado ella de convertirse en la siguiente esposa de Aegon, ofreciendo un reino completo como dote para los hijos que tuvieran —El rey lo ha querido así, o todo Poniente acabará como Harrenhal, destruido y las ruinas en manos de un caballero mercenario como forma de pago—. Sabía Orys que aquella oferta había sido considerada en su ocasión, pero nadie podía consentir instalar otra línea de sucesores esperando a por el trono contra sus futuros hijos, en especial si estos tenían un reino para respaldarlos en sus aspiraciones.

El rey se había acercado hasta la otrora reina, alguien que en otro escenario se habría convertido en la gobernante por derecho de su castillo y de todo el reino de su padre, que por lo tanto tenía toda reclamación válida sobre éste y que era quien podía dar legitimidad a la línea sucesoria a una de las fortalezas más grandes de todo Poniente. Alzó levemente el mentón cuando escuchó sus palabra corrigiéndolo, quizás aclarando una situación que él no entendía de la misma manera—Por supuesto. Lord Orys mencionó vuestro interés en llegar a un acuerdo, así que podríamos decir que solo estamos concretando una reunión ya pactada—. Le respondió con tono diplomático, solemne y tan altivo como siempre se mostraba, incluso cuando tenía gestos como aquel, de ponerse al nivel de quien había ostentado su misma dignidad y la había visto perdida delante de sus ojos, allí donde otros habían alardeado de su poder y de sus dragones para poner en claro quién sería el único rey, no sería un rey impuesto puralmente por la violencia y que debería ser mantenido eternamente solo amparado en la misma —Sois una digna hija de vuestro padre, princesa, está en vuestros ojos. No miento cuando digo que pudimos hacer grandes cosas juntos, pero él era un hombre época, que solo entendía todas las cosas en la medida de la guerra y las conquistas—. Los ojos índigo del Targaryen se dirigieron a los de mar en tormenta de la princesa mientras le hablaba —Vos podéis lograr tanto en paz como vuestro padre en guerra—. Le dijo, con sus palabras siempre cubiertas por el incesante conjuro del septón, que movía en péndulo el incienso para ocultar el olor de los braceros ardiendo en el interior.

Escuchó sus condiciones atentamente, eran las mismas que le había relatado el Baratheon que exigiría sin echar pie atrás, si bien podía respetar que no se conformara con menos de lo que le pertenecía por derecho, le había relatado que no era su vida lo que deseaba proteger, pero sí el legado ancestral de su familia y el ver a la misma despojada de su historia, de lo que había sido siempre, podía ser peor que arrancarle la piel, la comprendía en parte —El mundo está cambiando y para cuando acabe la guerra, habrá cambiado, no tengo el poder para garantizar que sea todo como antes. Pero vuestra casa controlara toda tierra desde el Bosque Real hacia el sur y todos quienes ahí vivan serán vasallos y siervos de ésta, que estará solo por debajo de la corona— Le dijo, juntando los párpados durante un instante antes de volver a la realidad tras estar cada vez más cerca de cumplir su sueño, llegaba su turno —Seréis mi vasalla, pero espero que también mi aliada—Tomó suavemente una mano de la Durrandon y la puso entre ambos, cubriéndola a su vez con su otra mano, para envolverla a su vez —Como es natural y oyendo vuestra opinión, deberéis contraer nupcias con alguien que elegiré entre lo mejor de mi corte. Como compensación, no hará falta una dote de vuestra parte y el Tesoro de Volantis será vuestra propiedad personal hasta legárselo a los hijos que tengáis—. Acabó de decirle, manteniendo la misma postura que había adoptado antes para hablarle.

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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Willow el Sáb 11 Nov - 3:06

Ashes at Dawn
AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Tenía que hacer acopio a todas las clases de diplomacia impartidas por el maestre. Conociendo su temperamento, había incidido a lo largo de su vida que debía poner cuidado con sus audiencias, porque a lo largo de su vida y supuesto reinado, no solo tendría que atender a vasallos y aliados, sino que también a enemigos y estas reuniones, eran mucho más importantes que las primeras, especialmente si se lograba dar la vuelta a las condiciones iniciales. Por eso mismo, pese a sonarle cínicas, no respondió más que con un asentimiento a la mención posterior de su padre. Admiración y respeto, pero deseó que se arrodillase frente a él, arrebatándole su corona y su reino del mismo modo que hacía ahora con ella. Gran aliado, pero a Argella no se le olvidaba que había rechazado desposarse con ella para tomar a cambio a sus dos medio hermanas, ofreciendo al bastardo como una opción válida. Un insulto se mirase por donde se mirase. Se le daban bien las palabras, pero a ella no le cegarían, por mucho que por conveniencia las aceptase como válidas, estaba muy distante en creer en nada de lo que el valyrio le pidiera. Su objetivo estaba claro y tras él, tenía sus propias ideas de que hacer al respecto. Pero paso, por paso.

Asintió ante sus palabras, al menos tenía constancia de que Orys había cumplido parte de su trato y hablado con él. Claro estaba que sin tenerlo presente, difícilmente podía saber qué más le había dicho o a que conclusiones habían llegado. —Es cierto. Solo me sorprende el lugar para ello, traje mis hombres conmigo para engrosar vuestras filas, pero estimé que las negociaciones con vos serían en un lugar más seguro, como en Bastión de Tormentas habiendo terminado ya la contienda.— admitió. No dejaba de ser extraño y continuaba pensando, que aquello tenía que tener un objetivo oculto. Tal vez, ser la pieza clave para no tener que seguir peleando. Si en ese momento se declaraba partidaria y aliada del Targaryen y mantenía su heredad, tal vez los aliados reyes enemigos pensasen sus maniobras posteriores. —Pero en cualquier caso, aquí estamos.— finalizó deferentemente. Con gesto serio por la importancia de dicho momento. Y nuevamente, aquella mención a su padre. Si pensaba que con ello la ablandaba era que no la conocía, ni le había conocido realmente a él. Se mordió la lengua, hubo de hacerlo para no responder de forma airada al supuesto tacto de Aegon. La tormenta se desataba en sus ojos del mismo modo en que se desató aquel día que hizo  naufragar su barco, pero tal vez siendo ella una mujer, podía pensar que se debía a la emoción ante la mención del difunto. —Pocos son los reyes que comparten vuestra visión.— no se pudo contener más. —A la vista está que lucháis contra todos ellos.— No podía consentir que insultase la memoria de su padre cuando lo único que había hecho era defender sus derechos en contra de la invasión. Aegon pretendía quedarse con todo y ofrecer a Argillac un bastardo ¿Qué clase de alianza era aquella? ¿Qué podían haber conseguido mucho juntos? No, el valyrio solamente pensaba en si mismo y ambos lo sabían, aunque por desgracia, ella no lo podía decir en voz alta. No sin haber recuperado su fortaleza. —Pero espero que sepáis hacérsela entender. Por el bien no solo de nosotros, si no de la propia tierra que habitamos. Las guerras son crueles con los más débiles y dejan demasiadas secuelas.— Cuan calmada sonaba pese a la furia que sentía en su interior.

Pasadas las loas que no servían más que para endulzar el camino más duro, el de la negociación, agradeció Argella que no se anduviesen con rodeos. Tal vez el estar en un campo de batalla donde apremiaba el tiempo lo hacía todo más fácil pero las cartas se expusieron con mucha rapidez, no dejando ella ninguna de sus peticiones guardadas, esperando que todo le hubiese quedado claro. Cuando él comenzó a hablar, extendiéndose de un modo casi literario que le asemejó más a un bardo que a un rey, la Durrandón dejó de respirar a la espera de una sentencia a sus peticiones y deseando que se dejase de tanta floritura para que le dijese de una buena vez si aceptaba o no su oferta. Soltó el aire lentamente cuando comprendió que finalmente lo mismo que a su padre le fue ofrecido junto al resto de los vasallos que entregaron sus armas, era lo que ella recibiría. Asintió con la cabeza conforme, dispuesta pues a arrodillarse o a decir cualquier palabra vacía que el necesitase escuchar para que pusiese su sello en un papel. Pero no terminando todo ahí, se cumplió el pronóstico que más le había preocupado. El contacto de las manos de Aegon que acunaban la propia como si quisieran ampararla y la mirada amatista clavada en sus pozos de zafiro no le tranquilizaron. El tono de su voz era demasiado sibilino como para ser bueno y ella comprendió que, si le devolvía sus tierras era sencillamente porque tenía en mente a alguien que fuese capaz de regentarlas pese a ella. Con suavidad, retiró sus dedos de entre la cálida mano del valyrio y dio un paso atrás con gesto meditabundo. La verdad era que ya había pensado en aquello. Largo y tendido desde que Orys mencionase la famosa dote y ella comprendiese cual era el papel que deseaban de ella. Y sólo había llegado a una conclusión. Debía hacerlo. Debía ceder y lo haría. Se desposaría y eludiría a su esposo tanto como pudiera, compartiendo con él lo suficiente como para tener un heredero y no más y después, el Desconocido vendría a llamar a su puerta. Era joven y tenía toda una vida por delante. —Sois muy generoso.— dijo por fin. Si Orys le había dicho que se trataba de una incauta deslenguada, orgullosa y poco cabal, se estaría llevando una sorpresa. —Mi padre me educó para gobernar por lo que no necesito ningún hombre a mi lado para tal tarea. No obstante, comprendo que os interese mi seguridad y después de todo, tendré que contraer nupcias en algún momento. Sea así pues y que tal evento selle la alianza entre nuestras casas.— decidió Argella con voz solemne. —¿Tenéis a alguien en mente o simplemente son contratos que se cumplirán en algún momento?— preguntó. Quería saber, cuanto tiempo de libertad le quedaba.
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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Elric el Sáb 11 Nov - 8:25

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AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Solamente en la cabeza de un ingenuo cabría haber esperado lealtad total y sincera, independiente de las personas con una fe casi ciega como lo era el caballero de Rocadragón, pues en los demás casos era sabido que permanecerían tranquilos hasta que viesen una oportunidad de la que sacar provecho o una división en la que tomar partido por el bando que resultase con mayor seguridad como el triunfador. Pero ni siquiera el último señor valyrio tenía el poder para estar en más de un solo sitio a la vez y los reinos que había decidido conquistar eran increíblemente extensos y convulsos, algo que solo se iría acentuando en aquellas regiones donde la casa gobernante desapareciese como le había sucedido a la estirpe del Hoare, sumiendo a la toda la región en una guerra interna entre los hombres del hierro sobrevivientes y los lores del Tridente que luchaban por recuperar su independencia y el control de los castillos de los reyes de las Montañas y los Ríos, todo extintos hacía décadas para entonces. Creer en la buena voluntad de la princesa no era necesario, tenía algo muchísimo más valioso y útil, que era el hecho de que ella lo necesitaba para recuperar sus posesiones y mantener en regla a los vasallos que la habían desafiado tan abiertamente, deshonrándose en el proceso, así como él necesitaba que mantuviese a su otrora reino en orden, simplemente como si ella hubiese sucedido a su padre de forma natural —Y aquí estamos. De todas formas, el ejército de los dos reinos se encuentra todavía a varios días de marcha de aquí, por lo que no estaréis en riesgo cuando llegue la hora de la batalla—. Respondió a su conclusión, una que le libraba de dar una explicación que no tenía, pero que de admitirlo lo habría puesto en evidencia ante su contraparte con la que tendría que negociar. ¿Qué había pretendido lograr Orys con esto? No lo sabía, pero al menos lo alegró por un instante el poder pensar en que su hermano se había hecho ya a sus funciones como Mano y que de una forma u otra había concertado aquel encuentro en que ambos aceptaban presentarse esperando al otro, las razones de por qué lo había hecho, tendría oportunidad de discutirlas con él en otro momento, confiando en que tuviese la explicación perfecta para ello.

No se preguntó si sería aquel un reproche, quizás buscando decir que si todos los demás afirmaban que estaba equivocado, era posible que efectivamente lo estuviese, pero a él no iba a detenerlo una mera convención. Era natural que las personas se resistieran al cambio, ya fuese éste para bien o para mal, siempre habría alguien o como en este caso, la mayoría, que no sabría entender ni estaría dispuesta a creer  en lo que era hecho incluso por un bien superior hasta verlo realizado, e incluso ahí todavía no llegar a entenderlo. Sí, nadie iba a ceder su corona de buenas a primeras, pero eso no iba a detenerlo, no cuando ya habían llegado tan lejos y derrotado a tantos enemigos igual de feroces en el trayecto —Pero ya no lucho en solitario contra ellos, cada vez más lores se han avenido a nuestra causa, como confío en que lo hayáis hecho vos, así en obra como en conciencia—. Le dijo, asintiendo ante su comentario acerca de la guerra, mas tampoco era un insensato como para llegar a pensar que los que se habían unido a él no lo habían hecho más que por conveniencia en el momento y el miedo de sentir el vuelo rasante de los dragones sobre sus hogares —Confío en que bastará con asentar los ejemplos una vez, de lo que se consigue oponiéndose a lo inevitable, y los beneficios de aceptarlo más temprano que tarde— Bastaba con hojear las últimas tres hojas de cualquier libro de historia escrito hasta el momento para descubrir que aquella tierra jamás había estado completamente en paz bajo el gobierno de los siete reyes, con el pueblo constantemente sirviendo como soldados en sus ejércitos, aportando provisiones de sus cosechas para los días de campaña y siendo las víctimas principales de cualquier resultado en las confrontaciones, ya fuesen favorables o adversas para cualquier premio

No iba a negar que ese trato era en parte generoso, seguramente ningún otro rey se habría atrevido a dar tales oportunidades a quien estaba del todo derrotada, pero él no era ni estaba cerca de ser como los demás monarcas que se habían conocido hasta entonces ni era su intención emular a ninguno de e ellos, hacer del enemigo un amigo era una victoria tan difícil de conseguir como pocas. De todas formas que le dijese eso lo reconfortó, más que por vanidad, por saber que ella incluso siendo reina entendía lo complicado de la situación y lo importante que era saber tranzar para llegar a acuerdos por los que brindar al final del día.Como no podía haber sido de otra forma, según le había relatado el Baratheon, cuando él le había interrogado acerca de la princesa de Tormentas, ella se notaba preparada para ocupar el puesto de reina y allí donde mirase solo se encontraba la disposición de todo lo que le había sido enseñado desde que era literalmente la heredera más codiciada de aquel continente y el viejo. Con el momento de la verdad delante suyo, el que ella se retirase, liberándose de la cuna de sus manos, le hizo creer que tal cercanía la había intimidado o que la propuesta de buscarle un matrimonio la había hecho retroceder en su presencia, al menos hasta que le devolvió el alivio con sus palabras  —Y es por eso que pretendo que tengáis a vuestro lado a un hombre que posea también una gran cantidad de cualidades y talentos de utilidad para engrandecer vuestra casa—. Afirmó, con gran compromiso y sentir en sus palabras, pues aunque ella declarase no necesitar a un hombre a su lado, las circunstancias habían demostrado que una mujer, por fuerte que fuese, jamás podría gobernar entre los ándalos sin miedo a ser derrocada sin vacilación a la primera oportunidad —Mucho me temo que con quien pretendo que os desposéis, estará ocupado durante las siguientes lunas guiando a mis ejércitos y gobernando en mi nombre—. Le dijo, como excusándose por la espera que ella tendría que soportar hasta entonces dada las necesidades de seguir adelante con la conquista y de disponer del único hombre en que podía confiar su vida y un reino—Ese hombre es Lord Orys Baratheon, mi escudo, mi leal amigo, mi mano derecha...—. Le dijo, sonando como una frase inconclusa, pues  —Y mi hermano—, fue omitido al final de la pronunciación, a pesar de que en su mente solo pudiese pensar en él de esa manera.

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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Willow el Dom 12 Nov - 1:33

Ashes at Dawn
AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
No temía por su seguridad en ese lugar, ni esperaba que el enemigo fuese a caer sobre ellos en ese momento. Por lo que el intento de tranquilizarla por parte de Aegon cayó en saco roto, pues no era esa la explicación que quería. No indagó más, sabiendo que si él quisiese haberle dado un motivo se lo hubiese dado en vez de darle un vago rodeo  a su pregunta. No valía la pena redundar en aquello pues no era nada que a ninguno de los dos les importase realmente. Ella sacaba sus propias conclusiones: Ese era un buen momento para balancear la batalla y demostrar que incluso los reyes se plegaban a él. Si había motivos ocultos serían de él y ante la falta de una respuesta clara, con tal idea se quedaría.

Esperaba que tuviese claro los motivos por los cuales la mayoría se unían a él. Suponía que los más cercanos compartían su causa. Sus hermanas y el bastardo, sus vasallos que se imaginarían tener más tierras tras aquello, más hombres y oro. Pero los demás, lo hacían por sí mismos, por temor a acabar con Harren y porque ya habían perdido demasiados hombres como para perderse a sí mismos. Exactamente como sucedía con la Durrandon. —Espero que dicha causa solo de los frutos deseados.— Pensó en la gran ciudad de la cual le había hablado Orys y pensó en la panadera de la aldea.  Así como en la fe ciega que tenía él en su monarca. Una que por supuesto aún no eclipsaba a la tormenteña, quien tendría que convencerse con motivos reales, cuando ya fuese capaz de ver más allá de sus propias tierras. De momento, estaba a su lado en hecho, pero no en conciencia como él mismo decía. —A veces solo hace falta tiempo para asumir los cambios.— Añadió, a ella misma le había costado. Primero deseó morir, después escapar, finalmente sucumbió a él y a sí misma. —Y si, supongo que primero deben ver las consecuencias por sus propios ojos. Ya fueron testigos de la negativas en Harrenhall, falta la otra parte.— De la cual sabía, sería la protagonista.

Se sintió en parte aliviada al no tener que pelear con él respecto a sus derechos. Ya lo había hecho suficiente con su lacayo y supuso que lo que Orys le decía se extrapolaría después a Aegon. Pero se equivocaba y se alegraba de hacerlo. Porque sabía que una frase mal dicha y el orgullo de ambos podía desatarse cuando ella llevaba ya bastante tiempo tragándose el propio y ofreciendo buenas palabras cuando sus pensamientos hilaban costuras bien diferentes. Rozando se encontraba el propio tocando el tema referente al matrimonio. Si algo había dicho que era cierto, era que en algún momento ella tendría que contraer nupcias. Pero hubiese deseado poder elegir por sí misma. Como le había dicho al Baratheon, no deseaba ser la pieza del juego de ellos, ni el botín con el cual pagar a alguien que hubiese hecho bien sus funciones. Pero, si aquel era el precio a pagar no tendría más remedio que asumirlo, teniendo bien presente, que fuese quien fuese, terminaría lamentándose de unir su vida con la Durrandón.

Puestas las preguntas al aire, solo esperaba que fuesen aclaradas por él. Suponía que ya tenía a alguien en mente o no hubiese mencionado el matrimonio, por lo que cuando comenzó a enumerar virtudes, se confirmaron sus temores escuchando la traducción de sus palabras y no lo que quería decir: “Se trata de alguien que me ha seguido cual perrito y me ha caído en gracia, además, sé que me será fiel y que por lo tanto, los tormenteños no volverán a sublevarse tras mi conquista de todos estos reinos que… bla,bla,bla” Pero ella asintió esperando a que al menos dijese un nombre. —No será un problema majestad.— Respondió cuando añadió la distancia del tiempo en el trato. ¿Tener que esperar a que la guerra terminase para casarse? No, no era un sacrificio y tal vez con algo de suerte, el candidato caía bajo una espada enemiga y ella quedaría liberada del acuerdo. Tal vez incluso el propio Aegon moría en los siguientes días y podría olvidarse de todo aquel mal sueño.

Cuando finalmente dijo el nombre, el rostro de Argella empalideció. No podía ser cierto ¿Había escuchado mal? Después, fue adquiriendo color hasta que sus mejillas se sonrojaron de pura rabia. ¿Orys su esposo? ¡La estaba insultando del mismo modo que insulto a su padre ofreciéndole a cambio de él! Un bastardo, un Lord Nada. Sin tierras, sin hombres, sin tesoro. Sin nada. Seguro que aquello había sido idea de él, desde el mismo momento en que la entregaron. Seguro que urdió aquel plan para que su medio hermano la entregase para quedarse con sus tierras, pues las  había visto de cerca y las codiciaba. Y lo peor era que, no podía negarse. Si lo hacía insultaría al rey, destruiría sus posibilidades y se quedaría sin nada. —Entiendo.— dijo finalmente cuando pudo controlar su voz. —Supongo que él está enterado de vuestra voluntad también.— Ni siquiera lo preguntó, lo daba por hecho, incluso pensaba que había sido idea del otro. —Si es el hombre que pensáis es el más indicado… no obstante, me gustaría tener unas palabras con él, como es debido.— solicitó Argella. Ahí estaba su respuesta, que no afirmaba pero no renegaba. No podía hacerlo. Lo que pensaba realmente, sería el propio Baratheon quien lo escuchara.

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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Elric el Dom 12 Nov - 8:24

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AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
El Targaryen no ansiaba la visita de la guerra, pero cuando ésta aparecía la saludaba como a una vieja amiga, una que había conocido hacía años cuando, después de un siglo, se había vuelto a probar el poder destructivo de los dragones en un campo de batalla. La noticia de la alianza de los dos reyes no lo había atemorizado, incluso a pesar de la descomunal fuerza que habían reunido, más lo había sorprendido el enterarse de que ambos reyes habían dejado de lado sus diferencias para hacer causa común en su contra, algo que de momento ninguno de los otros reyes había logrado, o siquiera intentado, hacer a tiempo, ambos, Hoare y Durrandon, demasiado belicosos y enemistados con todos sus vecinos como para esperar una respuesta a su llamada de auxilio. No ignoraba que era natural unirse con quien menos se esperaba para hacer frente a una amenaza mutua, una que precisamente les arrebataría el control que llevaban ejerciendo desde siempre para engrandecer sus dominios a costa de quienes debían librar y financiar tales guerras cada vez —No ignoro cómo son las cosas, sería más fácil conquistar las Ciudades Libres que mantener a todos estos reinos en paz los unos con los otros—. Siglos de rencillas y odios mutuos no iban a esfumarse ni en generaciones, eso era algo que tenía claro, pero que no iba a desanimar sus ambiciones, no cuando podía al menos contener sus enfrentamientos de forma abierta —Y es por eso que la Reina Tormenta ha venido hasta aquí hoy—. Le respondió, dejando escapar un resto de dulzura en su mirada, una que veía el premio de todo aquello cada vez más cerca, casi al alcance de su mano para cogerlo de una vez y para siempre.

Cuando Orys le había hablado acerca de la princesa y había descrito los acontecimientos acaecidos en Bastión, se había formado una imagen de una mujer mayor a pesar de conocer sus años, pero al momento de observarla entrar en la tienda flanqueada por el caballero y siendo anunciada como se debía hacer a una reina, no pudo sino pensar que a pesar de lucir como cualquier otra doncella de la corte, al mismo tiempo todo, desde su manera de caminar hasta la que tenía de referirse a él con sumo respeto, pero sin bajar un solo centímetro la mirada, le hacía verla más parecida al relato que su Mano había hecho de ella. Cuando le dijo el nombre del esposo que había elegido para ella, se reservó todo lo que lo había llevado a considerar tal unión como una opción válida, pues no pretendía controlar Poniente solo con dragones e incluso por sobre su Mano, debía tener ojos y oídos donde él no podía estar y de esos distintos informes, había llegado a cuestionarse si el siempre recto Orys Baratheon había caído de alguna forma en los encantos de la otrora y brevemente, reina. La notó sonrojarse ante la revelación —Lord Orys ha aceptado casarse cuando acabe la guerra, por lo que enterarse de que será con vos supondrá una alegre noticia. Después de todo, según he sabido, durante su estancia en vuestro reino se os vio compartir más que la mayoría de las parejas antes de desposarse—. Afirmó, tan complacido como podía caber en si de conseguir una alianza con una de las casas más importantes para afianzar su reinado y asegurar un futuro al que había sido su apoyo más cercano desde que tenía memoria —No tengo duda de que lo es—. Le extrañó cuando se interrumpió al final, estando tan cerca de cruzar el río y aceptar, mas dejando solo su predisposición a hacerlo y pidiendo hablar con quien se convertiría en su prometido tras dar la respuesta.

Movió una mano ligeramente en el aire —Es suficiente—. Dijo al septón, que inmediatamente calló sus cánticos repetitivos, también llamó a uno de los sirvientes que se habían ubicado a más de veinte pasos de ambos, inmóviles como estatuas sosteniendo los estandartes gemelos del dragón tricéfalo —Haced venir a la reina y al Lord Mano—. Ordenó, con la misma naturalidad siempre, como si mandar los actos de los demás hubiese sido algo tan común y necesario como el respirar, partiendo el criado a toda prisa andando hasta las estancias posteriores de aquella enorme tienda que se convertía en una verdadera corte cuando era necesario. Se mantuvo en solemne silencio hasta que ambos que habían sido requeridos, aparecieron desde detrás del trono de la misma forma en que se habían marchado, dejando ahora el Baratheon partir a la reina para ubicarse cada uno en sus lugares, dirigiendo la reina una mirada furtiva a la tormenteña ahora que la tenía solo a pasos de distancia, como retratándola con la mirada de pies a cabeza —Hemos llegado a términos favorables con su alteza, Lord Orys, ella tendrá a bien hacéroslos saber para arreglar los detalles—. Dijo de inmediato en cuanto la valyria estuvo a su lado, pues no era propio de un rey el regatear como un mercader. Lo que sí sabía, era que conseguiría finalmente, de una forma u otra, ganar todos los términos que alguna vez había dictado a Argilac para establecer una alianza entre sus casas, tierras en el Mar Angosto y la mano de su hija para su hermano en secreto. Después de oír sus palabras, el Baratheon asintió conforme y marcial como siempre, sin saber cuál era el acuerdo final que habían alcanzado para que ambos estuviesen conformes con el mismo. Por su parte, la reina, presintiendo lo que ello significaba, pues el rey le había mencionado la idea antes de enviar la carta el Rey Tormenta y también hacía unos días, tuvo que ocultar una sonrisa en su rostro, pues a pesar de su indignación inicial por la entrega de castillos a conquistados sumisos y de los sentimientos que albergaba para la Durrandon desde que su mano había sido ofrecida a Aegon, sabía que estando con el Baratheon no tendrían que volver a preocuparse por ella ni sus deseos de independencia de la corona.

Ahora, os dejamos en las manos de los Siete y sellaremos lo demás a nuestro regreso—. Afirmó, tomando la mano de su esposa para ponerse rumbo a la salida de la tienda, de ánimos como estaba para montar a Balerion y volver a revisar con sus propios ojos el avance de los Tyrell y los Lannister rumbo a su posición una vez más. El único que todavía no era parte consciente del acuerdo, miró a la princesa durante unos instantes a la espera de que los reyes se alejaran, sin comprender por qué le lanzaba aquella mirada y entendiendo que esa expresión de triunfo en el rostro de Visenya rara vez era señal de algo propiamente bueno —Alteza, si me acompañáis—. Le pidió, ofreciendo tomar su mano para guiarla hasta un espacio contiguo al gran salón, donde no serían molestados mientras redactaba los términos definitivos del acuerdo. Solo entonces, una vez ahí y antes de comenzar ir a buscar pergamino y pluma, la curiosidad lo superó —¿Ha ocurrido algo que deba saber?—. Preguntó extrañado por la forma en que ambos reyes se comportaban de formas diametralmente opuestas, conociendo a uno más que el otro, tanto que sabía que su forma de hablarle no se condecía con la mirada de azul de la tormenteña, en esos momentos una tempestad alzándose contra los cielos.
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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Willow el Lun 13 Nov - 1:10

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AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Se había esperado muchas cosas de aquella reunión, pero principalmente presentar batalla por lo que consideraba suyo. Ya lo había perdido todo, por lo que solo cabía una posibilidad. Recuperarlo. Si no, no tendría más motivos para  continuar en aquellas tierras y sabía, no tendría recursos suficientes como para comenzar en otro lugar. No confiaba para nada en Aegon, como tampoco confió en el Baratheon, con la diferencia de que el segundo era un soldado y el primero alguien con demasiadas pretensiones. Nada menos que apropiarse con la corona de siete reyes para engarzar en su corona una gema de cada uno. Estaba dispuesta a ser la fiera que fue con Orys, con la diferencia de que con el Targaryen tenía que ser más sibilina. Pero sus intenciones se esfumaron cuando no hubo de pelear pues el valyrio aceptó rápidamente en regresarle las tierras y las arcas de su padre. De nuevo tendría lo que le pertenecía salvo el último título. Más, dijese lo que dijera él, Argella siempre sería la reina de las Tierras de las Tormentas salvo porque ya no la llamarían más así.

El problema de no tener que luchar y de obtener una respuesta afirmativa desde el principio, era que no le daba la oportunidad de regatear, de rebatir las condiciones. Máxime cuando estas tenían cierta lógica. Si ella no se casaba, no tendría un heredero para la casa de su padre, cosa que necesitaba y si bien le hubiese gustado elegir por si misma, no era un precio tan alto después de todo, por mucho que le hubiese gritado a la cara de Lord Mano que no pasaría por aquello. Hubo de ceder, pensando que su padre estaría revolviéndose en aquella tumba que jamás tuvo, en medio del campo de batalla entre tantos cuerpos pudriéndose junto al suyo. Pues al final, su hija había cedido en todas las condiciones que él había negado.

Enrojeció ante la apreciación de Aegon respecto a la cercanía que podía unirle a su “sirviente”. Aquel maldito capitán hubo se sembrar rumores, pues no había otra forma de que los cuchicheos del pueblo llegasen hasta tan lejos, regando los oídos del hombre que tenía frente a sí. —Solo le hice de guía para que conociese algo más las tierras.— Se excusó, negándose a que sacase conclusiones erróneas y pensara que tal vez entre ellos había nacido algo antes de aquella reunión. No lo había hecho, no al menos para ella que no olvidaba que bajo el filo de su espada era que sucumbió la vida de su padre. En ese momento, solo quería hablar con él, poder decirle todo aquello que no le decía a su rey. Desatar aquella tormenta que se escondía bajo su rostro pero que tal vez podía llegar a apreciarse en su mirada, por lo que en parte, se sintió aliviada de que el Targaryen diese su venia antes de que el estallido se diese frente a él y no a quien le correspondía recibirla.

Cuando finalmente tanto Orys como la reina regresaron a la carpa, la mirada de Argella fulminó al caballero, deseando que un rayo se filtrase por la lona para caerle sobre la cabeza y fulminarlo en el acto. Y tal vez aquello fuese una suerte para él, teniendo en cuenta que era ella misma la que estaba a punto de desatar muchas más tormentas en aquel lugar. —Majestades…— se inclinó sutilmente despidiéndose de ellos cuando el Baratheon le ofreció el brazo. Apoyó la mano sobre el apenas rozando su ropa, sabiendo que si se apoyaba realmente sus dedos se clavarían en la carne de él dejándole marcas si podía. Se mantuvo en silencio, siendo arrastrada por sus propios demonios mientras se movían entre las carpas. Con la mirada al frente ignorándole por completo, con los labios fruncidos y los ojos iracundos.

Tampoco le miró cuando llegaron a una estancia como podía ser cualquier otra, pero donde se encontraban a solas. Le dio la espalda, alejándose de él cuanto pudo sin acercarse a ninguna de las paredes, hasta que escuchó su voz y no pudo contenerse más. —¿Qué si ha ocurrido algo?— preguntó de golpe, girándose en medio de un remolino de telas, su cabello ondeó tras su cabeza golpeándole en la espalda. —¡TU!— le señaló con el dedo. —¡Tu lo has planeado todo!— Comenzó a avanzar hacia él. —¡Tu! Me has tomado por idiota!— con cada tu, le señalaba, hasta llegar a donde se encontraba él y alzando la cabeza, comenzó a golpearle con el dedo en el pecho con cada gesto del mismo. —Tú, has urdido todo es te plan. Tu, me hiciste creer que podría recuperar mis tierras, cuando lo único que querías era quedarte con ellas.— Ni siquiera cogió aire entre palabra y palabra, espetándolo todo de golpe. —Y puede que te haya salido bien la jugada. Serás Lord Bratheon Señor de las Tierras de las Tormentas. Pero te prometo, que terminará por ser una carga bien pesada.— Le amenazó, pues desde luego, no pensaba hacerle la vida para nada fácil.
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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Elric el Lun 13 Nov - 6:38

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AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
La dinámica de los matrimonios entre la nobleza y todavía más entre la realeza, eran complicados y se regían por una gran cantidad de leyes que no necesitaban estar escritas para aplicarse finalmente con más rigurosidad que las que se ponían en tinta sobre el papel, quizás la noción de que eran leyes naturales y que transgredirlas, como en el caso de las leyes de la hospitalidad, podía suponer un castigo moral a los ojos de todos hasta atraer la furia de los dioses. En Rocadragón en cambio, tales leyes no aplicaban, no entraban en los juegos los señores del continente para concertar bodas y solo conocían de mantener la sangre pura entre los jinetes de dragón. Había sido Aerion, el último Targaryen que se conformaría con ser el señor del Mar Angosto, el único en todas las generaciones que se había visto obligado ante la ausencia de hermanas, a desposar a una Velaryon a fin de mantener la sangre de la vieja Valyria intacta, si bien era sabido entre los habitantes de la isla que tal pureza tan estrictamente mantenida dentro de la familia, también había llegado más allá de ésta y que existía uno más de sus descendientes que vivía entre las murallas del castillo aunque fuese alzado con un apellido distinto —Y aquello ha demostrado ser una decisión acertada, pues él ya conoce vuestras tierras de antemano y también os ha descrito a vos en muy buenos términos—. Le respondió, conforme ya con los resultados de aquella negociación que tan rápidamente podía haberse cargado de una tensión innecesaria dado el carácter desafiante de la tormenteña, pero a cuyo favor había jugado el llegar hasta allí, lo que indicaba que conocía los términos y que los había aceptado o de otra forma no se hubiese molestado en salir del castillo.

La charla entre monarcas había quedado oculta bajo el manto protector de los cantos a cada uno de los siete dioses, pidiendo por su favor y bendiciones para los simples mortales que dentro de esa tienda se reunían a acordar la paz. Simples mortales que a su vez estaban en un escalón por encima del resto desde el momento en que habían nacido, pues incluso la esposa del Targaryen y su consejero de mayor confianza habían sido invitados a abandonar la estancia mientras ambos hablaban, despertando los recelos y los rumores entre todos los que se habían reunido afuera del pabellón, alternando entre la disciplina de un campamento militar y de la pequeña corte que ahí se había improvisado para recibir a la hija del fenecido Durrandon. Al regresar a su sitio a un costado de ambos reyes, el Baratheon no conocía todavía las implicaciones personales del acuerdo logrado, pues en su inocencia no esperaba lo que el rey podía tenerle reservado, no después de que había sido el rechazo a su ofrecimiento y la respuesta furiosa de Rey Tormenta lo que había desencadenado el conflicto originalmente. Entonces el cielo estalló y como un trueno, la princesa se dio la vuelta para arrojarse contra él, increpándolo —¿De qué estáis hablando, alteza?— Preguntó, poniéndose a la defensiva a pesar de la sorpresa y de lo repentino del arranque en su contra, que ni siquiera había estado presente la negociación, a pesar de que había supuesto que ambos se limitarían a aceptar los términos que él había acordado con ambos por separado anteriormente —Si no me decís qué es lo que ocurre no os puedo ayudar— Intentó decir, solo hablando más fuerte y sin gritar, por encima de la voz de la tormenteña que lo acusaba de haberla embaucado de alguna manera.Lo que le habría dicho Aegon finalmente, lo desconocía, pero ya no estaba tan seguro de querer averiguarlo.

Quizás antes de eso podía haberse preciado de haber llegado a conocerla, cuando lo había tratado de asesino y a su rey de ladrón, jactándose de su título y poniendo en evidencia la falta de uno propio, precisamente cuando ella había estado más cerca de llegar a conocer al Orys Baratheon que otros solo veían antes de suspirar su último aliento —¿Lord Baratheon?— Preguntó, manteniéndose en su posición mientras ella continuaba picándole el pecho con el índice, uno que a juzgar por su mirada, bien podía haber sido una larga aguja que poder clavarle en ese momento. Bufó una última vez y alzó sus manos para llevarlas ambas, grandes como eran, a envolver cada una un hombro de la tormenteña, sin atreverse más que a sujetar en su lugar sin apretarlas —Decidme ahora, ¿Qué es lo que habéis acordado con el rey?— Le preguntó, con su voz tomando un cariz mucho más serio, haciendo pausas entre las palabras con su voz firme, para que ella pudiese oírlo claramente incluso entre las maldiciones que le lanzaba, aparentemente hasta que se le fuera poniendo el rostro más rojo cada vez. Pensó por un instante que el rey le quitaría el reino y le dejaría el castillo quizás, para elevar a alguno de sus antiguos vasallos, pero eso no concordaba con lo dicho —Recuperaréis vuestras tierras y vasallos, seréis señora, juraréis lealtad y deberéis casaros con quien decida el rey...—. Comenzó a rememorar los términos acordados previamente y —Lord Baratheon de Bastión de Tormentas—, resonó en su mente —¿Estáis diciendo que... vos?— No le salieron las palabras, pero su ceño se frunció tanto como era posible, llegando a desviar su mirada del rostro de la furibunda princesa. Si solo lo hubiese atacado porque Aegon endureciera los términos o quisiese exigir más territorios de los acordados, lo habría entendido, pero ante lo dicho solo podía quedar atónito —Solo sé, princesa, que no tengo idea de nada de esto—. Aseveró, devolviendo su mirada hasta ella, que bien podía no creer en absoluto lo que le decía y seguir intentando perforarle un pulmón con la uña como hacía. Solo entonces lo entendió, Aegon haría cumplir los términos de Argilac, como había dicho cuando hablaron de su negociación con la heredera, haría cumplir todos ellos.
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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Willow el Lun 13 Nov - 13:31

Ashes at Dawn
AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Si algo podía enfadar aún más a la princesa era que encima él se pretendiese inocente, despistado o desencajado ante aquella situación. No había podido decir todo lo que pensaba en presencia del Rey, pero a su Mano nadie le salvaría, mucho menos él que era el culpable por completo de la situación en la cual vivía. Solo verlo delante de ella le hacía querer golpearlo, pero se consolaba con el repique de su dedo acusador contra su pecho y el veneno de sus palabras. Inconscientemente, había ido acercándose  a él y llegó a ponerse de puntillas para no tener que alzar tanto el rostro para mirarle y quedar sus ojos más parejos a la distancia que sus estaturas naturales les obligaba a tener. —¡No os hagáis el inocente!— Espetó furiosa. —Lo sabéis perfectamente…— ¿Acaso quería escuchárselo decir? ¿También necesitaba aquella satisfacción para terminar colmando sus cupos de hombría frente a ella? Lo entendía perfectamente, claro que lo entendía. Desde el momento en que puso su capa sobre los hombros desnudos de ella había fingido. Tratando de acercarse a ella siendo su salvador, aquel que no la trató como muchos otros hombres lo habrían hecho en su lugar, quien no la lastimó ni la reprendió más allá de lo justo, el mismo que no le castigó por intentar escapar de su fortaleza y cuidado. ¡Estaba urdiendo un plan todo el tiempo! Maquinando como una serpiente sibilina. Ahora entendía por qué había ido a buscarle el día de la tempestad. Claro que Aegon podía legarle las tierras directamente, pero teniendo a la princesa como esposa, se aseguraría de que los tormenteños no llegasen a extrañar la era de los Durrandon queriendo derrocarlo por su ineptitud de soldado. —¿Ayudarme? Vos solo os ayudáis a vos mismo—. Vaya que si lo hacía. Menudo golpe maestro había dado.

Se sacudió cuando él posó las manos sobre los hombros, no queriendo sentir su contacto más de lo necesario. Si las leyes le obligaban a algo más sería en ese momento, ni antes ni después. —No me toquéis.— dio un paso atrás evidenciando aún más su malestar. ¿Quería calmarla acaso tratándola como un cachorrillo desvalido? Ella no estaba desvalida y solo había tenido un momento de debilidad en su vida: Cuando la habían entregado a él. Haría bien en tenerlo presente. —No os hagáis el idiota o no me hagáis pasar por una a mí, vos lo sabéis perfectamente. Estoy más que segura de que metisteis esta idea en la cabeza del rey antes de la reunión. Que le hablasteis de lo fértiles que son mis tierras, de lo organizado de nuestros mercados y por supuesto, de la juventud de su princesa con la cual podréis tener un heredero que finalmente tendrá tierras y no solo el nombre de caballero en su haber ¿Verdad?— Continuó furiosa. No le importaba lastimarle porque ella se encontraba herida de igual modo. —El orgullo os dolió mucho cuando mi padre se negó al enlace en primera instancia ¿No es cierto? Y decidisteis primero quitároslo de en medio y después obligarme a mí a cumplir dicho acuerdo. Debo felicitaros, habéis sido más listo que yo. Tendréis lo que deseabais. Un título fidedigno y tierras sobre las cuales gobernar. Ya no seréis más el bastardo real.— Por mucho que se hubiesen enfrentado antes que en ese momento, nunca había tocado el asunto de su legitimidad o de la de su padre antes que ahora. Sabía perfectamente que no eran más que rumores y que nadie los había corroborado. Pero igualmente sabía, que si algo debía herir el orgullo de un hombre sería precisamente lo que más manchaba su reputación.

Una sonrisa cínica se extendió por sus labios cuando dijo no tener idea de lo que hablaba. Por supuesto, Argella no le creía. —Claro, vos solo sois un inocente peón. ¡Y yo soy el Septón Supremo!— Añadió. —El único consuelo que me queda, es que hasta la finalización de la guerra podré ser libre en mi Bastión alejada de vos y que con un poco de suerte, tal vez una batalla os lleve ante el Desconocido y me libere de mi promesa. Y con mala, vuestras obligaciones de perrito de la corte os mantengan ocupado junto al rey y no cerca de mi.—Finalizó. No le había importado compartir algo de tiempo con él cuando estuvieron en Bastión, para hacerse valer, respetar y mostrarle que tenerla a ella de señora serían todo ventajas. Pero ya, no quería ni siquiera respirar en la misma estancia que él.

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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Elric el Lun 13 Nov - 23:25

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AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Desde haberla conocido después que los nobles rindieran Bastión de Tormentas a sus fuerzas, había intentado desde un primer momento tratarla con el mayor de los respetos reservados a alguien de su dignidad, tal actitud había significado el acogerla en el momento en que se había encontrado del todo derrotada, al menos hasta que incluso cubierta solo mínimamente por la piel de su capa, había cargado en su contra y la de su rey por primera vez, acusándolos de ser prácticamente una banda de mercenarios sin respeto por las leyes ni los derechos de ninguno de los señores existentes. Incluso durante el exabrupto ocurrido antes de su intento de huida, el caballero había luchado con todas sus fuerzas no contra ella, pero sí contra si mismo para mantenerse tan cuerdo en sus respuestas cuando era posible, de la forma en que se esperaba que lo hiciera, en que sabía que el rey esperaba que tratase a una reina o princesa, incluso si ésta se comportaba más con los modales de un estibador que otra cosa —Alteza, es costumbre decirle los cargos al acusado antes de comenzar a juzgarlo—. Le dijo, manteniéndose en su pose a la defensiva, dejándole hacer con su ímpetu usual, cargando contra él con la misma furia con que su padre había barrido a su ejército a las afueras del castillo —Aunque al parecer vos ya habéis decidido que soy culpable, la sentencia y ahora os falta solo ejercer de verdugo—. La acusó de regreso, si él era culpable de algo no lo sabía, pero lo que sea que fuese, ella ya había decidido que lo haría pagar por los resultados de la negociación con el rey.

Sabido era que los reyes no solían portarse como el común de los individuos, que incluso los vasallos más importantes y que podían rivalizar con su poder, no se comportaban igual a ellos y en ese momento, con los reproches de la Durrandon golpeando en su pecho, se fue haciendo consciente de que ni siquiera él conocía tan bien a Aegon como lo creía, o que al menos tenía que darse cuenta de que no podía esperar que incluso siendo su Mano, podría conocer siempre cuáles eran los planes más secretos del valyrio —Princesa...—. Intentó replicar cuando ella se alejó, apartando su tacto con una voluntariedad que la pareció acompañada de la repulsión más grande por su persona. Solo a medida que fue entendiendo del todo qué era lo que había resultado de aquella conversación y el porqué del rey de hacer salir a todos los demás de la estancia, incluso a su propia reina, para ser junto con la de la tormenteña, la única voz en el lugar —¡Porque hablé en favor de vos! Y he hecho más de lo que debería por asegurarme de que no perdáis vuestro hogar, incluso después de todas vuestras imprudencias—. Protestó, volviendo a subir el volumen de su voz para asegurarse de que lo oyese bien claro, él había contado lo que había visto, tal como lo había visto y sin segundas intenciones. Entonces oyó las palabras que ella debía estarse guardando, las mismas que todos los que le guardaban rencor usaban a sus espaldas y la misma que nadie que se hubiese atrevido a decirle a la cara se había ido sin ver su propia sangre correr —¿Cómo os atrevéis a hablarme de esa forma? Seré lo que vos queráis rumorear, como hacen las viejas en los pueblos, pero ningún caballero ha probado nada a la luz de los Siete, pues ellos han decidido en cada ocasión que el que tengo la verdad soy yo y no tenéis campeón capaz de demostrar lo contrario ante sus divinos ojos—. Le respondió a la princesa, quien olvidaba un hecho básico: Él no era solo el hermano del rey, ni solo un comandante, era un guerrero temible que podía haberla lanzado desde el acantilado de su preciado Bastión a vista de todo el mundo, sin que ello hubiese significado más que una llamada de atención del rey y mucho menos una muesca en su afecto por él, así que ahí estaba, podía gritarle que era bastardo tanto como que ella era la legítima reina de las Tormentas, nada iba a cambiar.

Si los dioses eran favorables para él, cada uno de los demás reinos se resistiría uno por uno en asedios interminables y no tendría que volver a Bastión de Tormentas hasta que ella ya no fuese casadera y ahí se acabaría todo aquello, pero era consciente de que las tornas solían cambiar y bien podía tener que estar marchando en dos lunas rumbo al altar con ella engrilletada al lado —¿Sabéis algo, alteza? Podéis insultarme, maldecirme y golpearme por el resto de la eternidad—. Le dijo con indiferencia, después de todo él no sentía amor por ella más un inexplicable interés por su bienestar, salvo en ocasiones como aquella, cuando le era pagada de una forma completamente inversa. Parecía ser que la princesa, tan acostumbrada a ser quien estaba ahí por ser utilizada supuestamente por el malvado rey y su pérfido consejero mitad dragón mitad monstruo marino, era quien en realidad estaba arriesgando más que ninguno de los demás —Si el rey ha puesto la condición de que os caséis conmigo es por algo, podéis creer o no en que no tuve que ver, es cuestión vuestra, pero si esto algo me demuestra es que sois vos la principal interesada en la unión—. Le gustase o no, ahí era él quien tenía el terreno elevado. Se adelantó el paso que ella había retrocedido antes y puso ambas manos por sobre sus antebrazos, sin apretarla, pero tampoco permitiendo que se zafara fácilmente —Así que bien, asumo que la razón de vuestro enojo es porque ya tenéis la respuesta y no os gusta tener que darla—. En sus irises, a pesar de ser oscuros como la noche usualmente, apareció un particular tono producto de la luz que entraba hasta esa parte de la tienda, donde estaban solo ellos mientras aguardaba afuera un mundo expectante —Me diréis, antes que al rey, si pretendéis casaros conmigo, porque es una respuesta sin la cual no saldremos de aquí y sin la que no podréis recuperar nada... ¿Y bien?— Su mentón se alzó levemente, alejando el haz de luz de sus ojos, rompiendo el hechizo.
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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Willow el Mar 14 Nov - 1:42

Ashes at Dawn
AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Se estaba ahogando. Sobrepasada por primera vez en todas las sensaciones reprimidas desde hacía varias lunas. El miedo, la rabia, el dolor, la vergüenza, la desesperación. Se desataba en ese momento pues tanto estaba enfadada con él como consigo misma. Permitirse confiar en un aliado y que este te traicione era un duro golpe que ya había sufrido, pero ella depositó sus esperanzas en él, su enemigo. Cometiendo el error más significativo que un rey, reina en su caso no se podía permitir. Dejar que el enemigo tomase la voz de mando. Había confiado en él y le había usado. Pero la culpa era de la propia Argella por creer en su supuesto honor, en la gentileza demostrada. En cada momento que compartieron que aunque tenso, siempre había denotado respeto por su parte, aun cuando ella se lo faltó reiteradamente. Y después se encontraba con eso. Viéndose arrastrada hacia un lecho de espinas y traiciones, envuelta en el mismo manto que él le había otorgado la noche que encadenada cayó a sus pies. Pieles del enemigo que le recubrirían por siempre.

Intentaba calmarla como no, no querría escuchar las verdades que tenía que decirle. La había infravalorado después de todo. Habiéndola traicionado hasta sus propios hombres solo le quedaba su fuerza de voluntad y ambos sabían que aquello no era un poder real, pero desde luego, era uno que ella no dejaría pasar en aquella ocasión, donde derrotada y todo, vendida y todo, traicionada y todo, no habría nada que la callase, no hasta que dijese todo lo que tenía que decir. Bufó cuando la llamó por su título. “Princesa”, uno que parecía recordarle cada vez que se refería a ella sabiendo ambos que ya nunca más sería semejantes cosa. —¡Por supuesto que hablasteis a favor mio!— espetó. —Os venía tremendamente bien. Si hasta vuestro rey me dijo que se nos había visto compartiendo por mis tierras. Seguro que vos mismo esparcisteis ese rumor. Todo un reino, tierras fértiles y una princesa. Todo un buen negocio.— le salía redondo y ella, sin nadie más que hablase a su favor que aquel que tenía frente a sí. Su loado protector que se convertiría en su esposo por obra y gracia de ser demasiado inocente como para haber comprendido su juego. —Si lo llego a saber os hubiera empujado de aquel barco en naufragio. Nadie podría haberme echado la culpa de una tormenta.— Sólo de la que se estaba desatando dentro de esa carpa.

No se arrepintió de llamarle bastardo. Lo era y ambos lo sabían. Lo supo su padre, lo sabía su rey y todos los que le conocían o habían escuchado hablar de él. Un bastardo no reconocido por su padre, si no que nombrado con el nombre de otro, pero hijo natural de todas formas. Suerte había tenido que sus hermanos lo hubiesen recogido de la miseria que se merecía. —Me atrevo porque puedo.— Respondió, como hubiera hecho cualquier reina. Como hubiese hecho frente a cualquier vasallo que osase desafiarla en público nuevamente teniendo ella la corte a su favor. —No os confundáis. Que seáis buen guerrero no cambia lo que sois.— Su tono de voz descendió despreciativo, recalcando cada palabra y cada emoción que bullía en su interior. —Lo que seréis siempre por mucho título que tengáis.— Y ella no tenía intención de tener los hijos de un bastardo. Si antes había urdido un plan para deshacerse de un esposo, ahora tendría que elucubrar otro para mantenerse alejada del que le habían presentado.

Ambos eran capaces de echar esa tienda abajo ante su enojo. Desatado e incontrolable tal vez. Cuando se acercó nuevamente trató de escapar de él pero no pudo, quedando cercada por sus fuertes brazos. Se sacudió de nuevo, luchando contra el contacto pero sin poder desprenderse, si no provocando más cercanía entre ambos hasta que en la furia alzó los ojos y lo vio. En los de él, un destello demasiado fugaz pero lo suficientemente lúcido para verlo. Podría haber jurado que fue el brillo de las llamas encendidas para darles luz pero sabía que no había sido así. Como el relámpago que precede al retumbe de la tormenta ahí había estado aquel atisbo amatista que hablaba tanto de su sangre valyria como de la veracidad de donde procedía. Aquello, fue suficiente para que dejase de bregar un momento y tomase aire, aún furibunda, con las hebras de su cabello deshilvanadas del peinado enmarcando su rostro rojo de furia, de ceño fruncido, labios apretados y ojos agresivos. —No confundáis el interés con la obligación.— Le dijo finalmente recobrando en parte la compostura pero no el ánimo. —Si me caso con vos, es porque no me permitiría perder el legado de mi casa. Algo que vos nunca comprenderéis porque no tenéis una. Ni blasón, ni lema. Ni tierras. Nada. Lo único que habéis conseguido es gracias a mí y a lo que habréis obrado con este enlace.— Añadió despótica. —Sí, me casaré con vos y os odiaré toda mi vida. Ahora, soltadme.— Pidió, con voz seria, regia. La voz de una reina.
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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Elric el Mar 14 Nov - 7:38

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AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
Cuando el plan original de rendir Bastión inmediatamente después de haber vencido a su ejército en batalla se esfumó con los aires de mártir de su nueva y joven reina, para pasar a planear un asedio con que rendir la fortaleza por las armas y finalmente que fuese una rendición absoluta de mano de los mismos nobles entregando a su señora, había sentido tanto piedad por ella como indignación por la forma en que la habían tratado siendo una dama y la hija de quien era. Ahora, mientras tenía que oír sus acusaciones sin fin ni principio, se llegaba a cuestionar si las cosas podían haber resultado diferentes solo de tomarla y llevarla hasta Aegon de inmediato y de ahí, solo llegaba a la conclusión de que quizás él tuviese todo planeado desde antes, que simplemente los hubiese casado, pero que se habría ahorrado ser señalado con el dedo como pago por todas las veces en que se había preocupado por ella —Le pagué al capitán para que cerrase la boca también, supongo que siempre hay alguien que mejora la oferta—. Concluyó, no era como que se le pudiese culpar a él en exclusivo cuando los habían visto en más de una ocasión tanto durante su fuga como durante su exhibición de mando en sus tierras

El ceño fruncido y la mandíbula tensa, si ella había llegado a sacarlo de quicio había sido con aquella acusación sobre la que no tenía ninguna prueba más que los rumores y por supuesto, el que ella elegía creer en eso que lo hiciera parecer menos a sus ojos —Os atrevéis porque sabéis que soy mejor que todos los hombres que os rodearon en la corte toda vuestra vida y que no me tomaré en serio lo que no son más que arranques—. Le replicó, esperando que recordase que su posición era una que se sostenía como un castillo en las nubes, una sensación de seguridad que le habían proveído él mismo y el rey desde que había caído en desgracia y cuyas afrentas dejaba pasar como una actitud de protesta —¿Y qué necesitaba ser el señor de vuestro reino más que eso? ¿Qué fue lo que faltó a vuestro lado cuando los nobles se voltearon en vuestra contra? Es lo que se os ha ofrecido y es lo que tendréis—. A él no lo iban a engañar, había conocido a Argilac apenas de vista durante la guerra en Essos, sabía por palabras del rey que ese hombre solo se despertaba por las mañanas para librar la guerra y se dormía para poder soñar con ella y sus años de gloria en la juventud. No se necesitaba en las Tormentas ni un administrador, ni un diplomático y al menos él tenía un poco de ambas cosas que sumar a su mando miliar —Y sin mí, no cambiaréis el hecho de no tener más que títulos en un papel—. Respondió a su vez, con un tono que no demostraba desprecio a diferencia del suyo, pero que sí buscaba recordarle que le gustase o no, lo necesitaba y que si ese matrimonio había sido concertado había sido por más razones que para apropiarse de un castillo no conquistado o de una corona ya fundida.

Que luchase para librarse de un agarre como el suyo solo demostraba el nivel de engaño a si misma al que se sometía. Sí, quizás a su padre de cogerle las muñecas le habría dado un cabezazo, pero ella no era Argilac y no podía pretender gobernar como él, además del mal final que había tenido haciéndolo, porque simplemente no lo era ni lo sería, tenía que buscar las maneras de lidiar con esas cosas sin seguir un instinto que de haber estado en la naturaleza, sin leyes que la protegieran, le habría costado la vida seguramente a la primera vez que alzara la voz contra alguien más grande que ella —Os casáis sin una espada al cuello, voluntariamente, por conveniencia sí, pero al final es porque así lo elegís. Así que espero que lo tengáis en cuenta en el futuro— Le dijo, aclarando las cosas para que en el futuro se ahorrase cualquier discurso de víctima o de mártir, ella estaba ahí aceptando casarse con alguien que le repugnaba, por puro oportunismo y por no perder su poder. No cedió cuando le dio la orden de liberarla —No—. Le respondió, tan simple y tan seco que sus labios dibujaron la palabra durante un segundo —Decid que soy un bastardo y estaréis metiendo un bastardo en vuestro linaje, con un simple soldado que le quita nobleza, un mentiroso que os hizo parecer ingenua. Golpearme, humillarme y odiarme es un daño que os hacéis a vos misma y vuestro legado, porque así como vuestra importancia me engrandece, no deberíais empequeñecerme más de lo que ya estoy o eso solo os disminuirá a vos cada vez—. Entendía que básicamente todas esas recriminaciones eran una manera de decir: Acepto, pero no te lo cobraré barato. Una capitulación firmada a malas ganas, pero que lo era finalmente, pero a pesar de eso prefería el Baratheon dejarle aquellas cuestiones claras desde un principio, que no tuviese derecho a réplica posterior una vez hubiese aceptado el tratado. Solo entonces aflojó su agarre.

Todavía ahí, su ánimo se había calmado y ya no reaccionaría sin importar lo que ella pudiese decir, pues todo eran manotazos de ahogado que no la iban a llevar a nada más que al destino que había elegido ella misma —Obviáis que sí tendré una casa con un legado que proteger, así como también a mi esposa—. Le dijo, acercándose hasta la salida, sujetando la tela con una mano para abrir paso, pero manteniéndose todavía en su posición —El resto de vuestra vida es un plazo muy largo, pero la decidiréis demasiado pronto—. Le dijo, abriendo la lona para abrirle paso cuando estuviera lista para regresar al salón y hacer lo que tenía que hacer de una vez, sellando el destino de ambos para siempre.

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Re: IV. Ashes At Dawn

Mensaje por Willow el Mar 14 Nov - 14:50

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AÑO 2 ANTES DE LA CONQUISTA — AL DE MEDIODÍA— CERCA DEL CAMINO DORADO — SOLEADO
No la sacaría de su pensamiento, ni de su empecinamiento. No volvería a creer en él y desde entonces siempre le miraría con recelo. Buscando segundas intenciones a cuanto hacía. Siendo un soldado le había engañado, casi siempre los hombres que se movían mejor con la espada y la cota de malla que con los floridos trajes de la corte solían ir de frente, no había sido el caso del Baratheon, pero no le volvería a pillar desprevenida. Y tendría mucho tiempo, toda su vida para estar alerta a cada movimiento que hiciera para tratar de adelantarse a él. —Claro y debo creeros…— No lo hacía. Decir que había incentivado al hombre para esparcir rumores era exagerar, pero insinuar que le había pagado para que callara la boca, lo interpretaba como una mentira directa. Un más.

Bufó cuando se comparó con los hombres de su corte negando con la cabeza. —No lo sois. Ellos me desnudaron y me entregaron encadenada. Me traicionaron sí, pero al menos lo hicieron de frente y mirándome a los ojos. Vos me habéis tomado por tonta y esperasteis que creyese que erais un hombre justo cuando no sois más que alguien taimado. Como el peor de los cortesanos, siempre dispuesto a clavar un puñal en la espalda mientras ofrecéis una sonrisa. Os felicito. Habéis jugado bien.— No le importaba repetirse, porque no cambiaría de opinión. Por lo demás, tampoco él hacía mucho por negar las acusaciones, por lo que las interpretó como ciertas. Aunque si lo hubiese hecho, tampoco lo creería. Su padre, había sido un guerrero pero en la respuesta que le dio él se dio cuenta de que había mal interpretado sus argumentos. Por lo que parecía dar a entender, cualquier persona con una espada y valentía era merecedor de ocupar un puesto en el sitial de una de las siete casas, pero estaba muy equivocado. Hacía falta más, mucho más. —Alguien justo, alguien honorable, alguien con dotes de mando y conocimiento de lo que hace en cada momento. No un mandado con espada en mano a las ordenes de un rey que vive a mucha distancia.— aseguró Argella. —No me faltaron soldados cuando me traicionaron, estaban ahí. A la sombra de los hombres con poder de igual modo que vos estaréis siempre bañado por una. Grande y larga de la que no os podréis desprender.— Y tenía que aprender, que si, podía ser un leal vasallo de su rey, como esperaba que los propios la hubiesen obedecido durante el asedio. Pero para regentar una región como la suya, no bastaba con sentarse a esperar órdenes. Había que actuar y a veces, en contra de los dictados de una corona que ni siquiera sabía cómo se movían los hombres y mujeres de las tormentas. Ni siquiera le respondió a su último alegato pues eran las excusas de un pobre. Él la necesitaba para encumbrarse y a ella le obligaban a aceptarlo para no perder aquello que le pertenecía por derecho de nacimiento.

Pelear físicamente contra él era un absurdo pero no por eso querría estar quieta cuando él la estaba sujetando de aquella manera, olvidando las distancias, el decoro y cualquier norma moral que le impidiera tocarla. —No todas las espadas son de acero.— Contravino Argella. —¿Acaso tengo otra opción? ¿Casarme con vos o morir? Tal vez debería elegir la segunda opción, pero haceros la vida imposible se me antoja mucho más productivo.— Añadió ofuscada. No, nadie la apuntaría para acudir al altar frente al septón. Podía renunciar a cuanto era suyo y tal vez incluso Aegon la dejase marchar, cosa que no creía. Antes la encerraría en cualquier lugar o la mataría con sus propias manos. Pero en caso de que lo hiciera. Sin dinero, sin nada más que un nombre no podría dar más de dos pasos al frente. Porque sabía, que ni siquiera le permitirían regresar a Bastión a retomar lo que le cupiese en los bolsillos. Así que no, esa posición que él mentaba no era tan certera como aseguraba. —Ah, pero ¿Qué lo diga o no cambia la situación?— preguntó con cinismo. —No soy yo quien mete a un bastardo en lo casa. En mi linaje, si es que se llega a dar pues no tengo interés alguno en daros un heredero. Es el propio Aegon quien quiere encumbrar al hijo que su padre no legó ni siquiera un pedazo de tierra.— Añadió de forma cruel. —Vuestra grandeza no va en detraimiento de la mía. Somos personas diferentes y aunque en público jamás se mencionará nada sobre vuestra ascendencia, ambos siempre sabremos la verdad.— puntualizó para terminar con su alegato.

Liberada finalmente de su agarre, dio varios pasos atrás, pasándose las manos ahí donde él la había sujetado con la firmeza suficiente como para continuar sintiendo la presión ejercida. —Tened cuidado con lo que esperáis del futuro Lord Mano. Hay decisiones que se pagan caras.— Le dijo, al pasar por su lado saliendo de aquella estancia a tal y como él había dicho, decidir el resto de su vida y jurarla ante un rey en el que no confiaba.
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