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VI. In light of the seven

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VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Lun 20 Nov - 1:27

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO

El tiempo se precipitó sobre ella desde que se cumpliese un año desde la muerte de su padre. Primero, la coronación, en aquel enorme despliegue de ostentación que hiciese el ahora, rey de los siete reinos y por extensión de ella misma. Cuando Aegon mencionó que el mundo necesitaba una fiesta demostrativa de que nada tenían que temer, no pensó que sería nuevamente ella quien sirviese de ejemplo, del mismo modo que había hecho cuando escenificó que no pasaba nada por entregar la corona. No fue hasta después, cuando el propio Orys anunció que el evento sería su propia boda junto con un torneo, que sintió el peso del péndulo cerniéndose sobre su cabeza.  Durante el tiempo que duró su compromiso, siempre esperó que algo sucediese para romperlo. Existían más mujeres casaderas con un reino sobre sus espaldas, en el propio valle de Arryn, podían pensárselo mejor. O el Desconocido podía venir a buscar al Baratheon durante cualquier batalla. Existían innumerables condiciones posibles para que tal día no llegase. Pero no fue así y al volver desde Antigua, hubo de ponerse a prepararlo todo.

El único consuelo que le quedaba, era que al menos la economía del pueblo reflotaría, si bien las arcas de su casa se mermarían en parte debido al despliegue necesario para albergar no solamente a sus vasallos, si no a los de los Targaryen y cualquier casa que quisiese hacerse notar en la nueva corte formada por el dragón y encabezada por su propio futuro esposo quien ostentaba el cargo de la Mano.  Se habilitaron las alas de la fortaleza que normalmente permanecían cerradas para hacer sostenible el lugar. Mandó preparar cada una de las habitaciones, tratando de diferencias en los torreones los territorios que hasta el momento estaban separados. Pues, aunque ahora se arrodillaban frente al mismo, dudaba Argella que hubiesen dejado atrás las rencillas que llevaban siendo su estilo de vida desde hacía ya demasiados años.

Cuando llegó el día, estaba todo preparado a excepción de ella misma, quien se había ocupado más con mantener la cabeza en los preparativos que en pensar que finalmente sería entregada a un hombre que detestaba. Una hora antes de la ceremonia, observaba desde la ventana de su habitación como el patio se encontraba a rebosar, las caballerizas guardaban más caballos de los que jamás hubiesen albergado, los carruajes se encontraban rodeando la fortaleza y los criados, con diferentes libreas cargaban baúles escaleras arriba, con galas y cotas de malla para el torneo que tendría lugar desde el día siguiente por la tarde, cuando las riadas de alcohol ya hubiesen bajado de las cabezas de los caballeros que se desenfrenarían aquella noche en la que ella tendría que sufrir un tormento no deseado.

—Alteza, tenemos que comenzar o llegaremos tarde.— Le instó una de las doncellas, quien al parecer aun no se acostumbraba a relegarle del rango. Una fulminante mirada azul se posó sobre ella antes de desviarse hasta el vestido colocado delicadamente sobre la cama. Perteneció a su madre y fue guardado durante años hasta ese día como herencia póstuma que legarle en lo que supondría ser un día de estado. Lo era, pero seguramente no como ella pensara. Junto a este, se encontraba la capa de su padre, la que le colocase sobre los hombros cuando la tomó y la misma que tendría ella misma cuando saliese de aquella habitación.

Se dejó hacer como una muñeca de trapo. Ya no tenía control alguno sobre su destino y tendría que representar un papel frente a los nobles congregados. No pensaba dar un espectáculo negativo ante ellos, ni tendrían que decir en el futuro que no supo estar a la altura. Lo estaría hasta llegar al momento crucial. Donde cumpliría cada promesa hecha en una carpa un año atrás. El vestido ciñó su cuerpo, la capa cubrió sus hombros dándole el sustento que necesitaba, como si su padre estuviese presente para acompañarle al recorrer un camino que realizaría completamente sola.

El camino hasta el septo fue silencioso y sereno. Serio inclusive. Al menos para ella, no había sonrisas forzadas en el rostro de la Durrandon pese a que muchos la felicitaban por tamaño enlace. Claro que si, mientras muchos se reían por ensuciar su estirpe con un bastardo. Lo mismo que sabía ella, lo sabían los demás. En aquella ocasión, también estaban los nobles que le entregaron por primera vez a quien sería su esposo, seguramente relamiéndose al pensar que Orys había hecho lo esperado aquella noche. Las campanas repiquetearon siete veces, por cada uno de los dioses que se ensalzaba en el templo, hombres y mujeres flanqueaban el camino y lo hicieron también dentro llenando cada espacio en los bancos y las gradas de honor. Sus ojos, se alzaron orgullosos pues no mostraría debilidad, buscando frente a sí al hombre con quien se suponía, tendría que bregar el resto de sus días.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Lun 20 Nov - 7:33

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO
Después de que los cientos y miles que permanecían en el septo y fuera de este, se arrodillaron al unísono, dio inicio el reinado de Aegon, el primero de su nombre, proclamando su autoridad por encima de los tres pueblos que componían los reinos sobre los que se extendía su reclamo, todavía insatisfecho, faltando aún el poner orden sobre las Islas del Hierro y someter los dornienses. Tal cúmulo de poder no había existido jamás, representado por los siete grandes rubíes que rodeaban la corona que había sido depositada sobre la cabeza del valyrio, quien solo dos años atrás era un señor como muchos otros y ante el que todos se rendían ahora, jurando lealtad a él en voz alta, tanto que todas las voces se habían elevado en un estruendo con solo repetirlo. Pero a pesar de que tan solemne ceremonia había tenido lugar y de que todavía quedaban territorios por someter, el ahora único reino necesitaba un respiro de las campañas y las batallas, pues poco era lo que se podía exigir de quien todavía se veía con una corona encima a pesar de no portarla, a los que sus vasallos todavía trataban con sus títulos reales en el secreto de la oscuridad y que de ser presionados, podían volver a cambiar su tan reciente lealtad.

Si el compromiso había llegado hasta Orys como el golpe de un rayo, se había asegurado de que la celebración de la boda estuviese en su conocimiento, como debían estarlo todos los asuntos que concerniesen al rey y al reino. En esta ocasión, el Baratheon solo tuvo que asentir a las palabras dichas por el Targaryen a su prometida, quien seguramente perdería con ello el consuelo de haber podido gobernar sus tierras de forma independiente por un año, un año durante el cual había conseguido todo lo que quería sin dar a cambio el pago correspondiente. Regresar a Bastión de Tormentas se le antojó extraño, porque aquellos serían los últimos momentos en que viese la fortaleza como el formidable hogar del linaje ancestral de los reyes tormenta, para pasar a convertirse en su hogar, en el que su linaje se perpetuaría como una de las grandes casas del reino. Desde un primer momento pudo notar que a pesar de estar en una guerra, toda la estancia lucía como cargada de una nueva vitalidad, tal como lo hacían las preparaciones para la boda y el torneo subsecuente, el gran evento que finalmente había atraído hasta allí a más invitados de los esperables para la unión, particularmente aquellos que venían desde fuera de las fronteras del antiguo reino.

Si había crecido para ser un justo y fuerte caballero y se había preparado para ser un hábil consejero o hasta un gobernante eficiente, ser un gran señor, en la práctica controlando los territorios dignos de un rey, escapaba incluso de las previsiones más ambiciosas del Baratheon y si algo lo preocupaba era el lidiar con lo más alto de la ahora nobleza, después de haber rendido sus coronas, teniendo cierto instinto para la diplomacia, pero al que escapaba el orgullo, tan abundante, entre los de sangre real y que incluso tendría que medir con los señores más importantes de su nuevo hogar. De pie en el septo, con el rey a su espalda y flanqueado por ambas estatuas de la Madre y el Padre, sentía que todas las miradas estaban posadas sobre él y que los inevitables comentarios que se podía imaginar, se alzaban a su espalda y murmuraban todo lo que lenguas viperinas podían decir tanto de él y sus orígenes, como de la princesa y su relación con él. Era particularmente esta última la que lo preocupaba mucho más, pues a pesar de haber admitido hacía mucho que aquel matrimonio por conveniencia sería eso, sabía que incluso después de haber asistido juntos a la coronación en Antigua y de no haber acabado riñendo para variar, la princesa era impredecible, era la tormenta y ese aspecto lo preocupaba especialmente sabiéndose expuesto como estaba frente a todos, dando la espalda a todos sus potenciales enemigos, de la misma forma como nunca se debía hacer durante una pelea.

El septón llevaba un rato interminable lanzando bendiciones, pidiendo para todos los presentes, por todo, la clase de ocasión que le devolvía al Septo Estrellado, sentado junto a la Durrandon durante toda la ceremonia, paseando como una pareja de jóvenes comprometidos e ilusionados con la perspectiva de pasar su vida junto con el otro. Al lado derecho del templo, se ubicaba la familia del novio, reducida a las reinas y por detrás de estas, los invitados de todo el resto del reino que habían asistido, un par de señores y caballeros conocidos del Mar Angosto; en el lado izquierdo, la mayoría de la concurrencia, compuesta por la nobleza en pleno de las Tormentas, incluyendo a los señores que hasta entonces habían estado vedados de comparecer en persona delante de la señora de Bastión, dado lo indigno de su traición a ésta. Sus ojos fijos al frente evocaban la imagen de un un guardia en formación, igual de rígido hasta que oyó el repicar de las campanas hasta que sonó la séptimo y solo entonces se permitió girar el cuello levemente y mirar por el rabillo del ojo a la figura que avanzaba, para su absoluta sorpresa, en solitario hasta el altar, regia y luciendo en apariencia mucho más alta de lo que era, encumbrada por el solo orgullo de su mirada y el porte con que llevaba la capa de su padre por los momentos finales. Regresó su vista al frente, aguardando a que se posicionara a su lado como dictaba la costumbre. Ocultando cualquier emoción, pensamiento y especialmente sus dudas al respecto, su rostro no decía demasiado cuando por fin pudo llevar su vista hasta ella, realizando un leve asentimiento con la cabeza —Alteza—, rezaron sus ojos, recordando entonces la verdadera diferencia de altura entre ambos y lo grande que la veía entonces. El rey se posicionó detrás de ellos, dándole la impresión de que en lugar de ser quien apoyaba la unión, estaba ahí para evitar que cualquiera de los dos decidiera escapar a último momento, tomó una de las manos de cada uno y las unió antes de regresar a su posición original. El septón comenzó a pronunciar sus oraciones y los dedos de Orys sintieron el suave tacto de la piel de la princesa, provocando que sus dedos se removieran más de lo que le habría gustado demostrar, en particular a ella, para quien él debía ser un baluarte de fuerza y seguridad para la vida que desde entonces tendrían por delan.
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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Lun 20 Nov - 13:44

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO

Trató de no mira a los lados mientras caminaba. No quería dirigir miradas fingidas que no cargasen otra cosa que la entereza que necesitaba en esos momentos, a cualquiera que la estuviese observando. Porque ahí habría amigos, pero también enemigos. Muchos de aquellos que durante años habían batallado en contra de su padre y que ahora se encontraban en paz con el reino, habían ido solamente a ver el espectáculo, saber cómo era Bastión en su interior y conocer a la heredera de Argillac. Tampoco quería mirar a los Targaryen, ni a Aegon ni a sus hermanas para descubrir un gesto triunfante en sus rostros que le hiciese cambiar de idea y dar media vuelta sobre sus pasos, rompiendo con toda promesa que le ligase a tal corona.

En su lugar, sus ojos azules resbalaron por la espalda de Orys, más concretamente por la capa que se colgaba de sus hombros y que larga y pesada descendía hasta el suelo tal y como hacía la propia, la cual se arrastraba ante cada paso dado por la princesa como una estela.  Él lo había mencionado en el viaje a Antigua, pero ella no le prestó demasiada atención o no le creyó, por lo que la sorpresa la invadió al descubrir los colores, el negro y el dorado ribeteando la tela en finos hilos de oro y el blasón del venado coronado tejido en aquella prenda simbólica que al sustituir la que ella traía, le daría la bienvenida a una nueva casa. La Baratheon. La misma que al parecer, adoptaba ahora el blasón de los Durrandón a falta de tener uno propio. Se habría burlado de él, de su poca clase o posición por no tener un escudo representativo, pero en ese momento fue tal en alivio absurdo que sintió que hubo de morderse los carrillos para no sonreír ni hacer ningún gesto con el rostro que mostrase otra emoción que no fuese la seriedad.

Al llegar frente al septón sintió como la boca se le secaba. Si le hubiesen preguntado algo en ese momento la respuesta se atascaría en su garganta si tener posibilidad de salir, pero no fue así el único saludo por parte del Baratheon fue una inclinación de cabeza que fue respondida con el mismo gesto antes de que ambos se enfrentasen al enviado por los dioses. Se sobresaltó cuando Aegon se acercó a ellos para unir sus manos, sintiendo los dedos de Orys ásperos en comparación con los suyos a la par que grandes y fuertes. Las manos de un guerrero, tal y como recordaba las de su padre. Pensar en él, en ese momento, tan solo le dio más ganas de escapar, salir corriendo del septo y perderse en el mar, pero la presencia del valyrio a la espalda, representaba la obligatoriedad de no poder hacerlo, como si estuviese ahí solo para asegurarse de que cumpliría su palabra.

Se arrodilló frente al altar, agachando la cabeza para fijar la mirada en el suelo cuando el septón comenzó a hablar. Los siete votos fueron formulados, las siete bendiciones invocadas e intercambiaron las siete promesas, sintiendo como falsas cada una de ellas, en una voz que no reconocía como propia cuando se alzó en el eco del lugar junto a la de él para formalizar aquella unión. Cuando el silencio se hizo entre ambos, a expensas de que alguien se opusiera, Argella contuvo la respiración, pero no hubo suerte y pronto, sintió las manos del valyrio sobre sus hombros desprendiendo los broches que sujetaban la capa de su padre sobre el vestido nupcial.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Mar 21 Nov - 5:34

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO
Ahí ante los ojos de los dioses, su juramento de caballero y su juramento de lealtad a su rey se hacían más presentes que nunca, cuando había jurado incluso dar la vida si era necesario para hacer la voluntad de aquel que lo había acogido casi como uno más de su familia y que le había elevado a su vez, no por deseo de gratificar a un leal amigo, sino que por la grandeza del reino que un día había jurado construir y que ante la incredulidad del mundo se había alzado en menos tiempo de lo que tardaba usualmente el sitio a una sola fortaleza. Que estuviesen ahí ese día, era el testimonio primero de que nada volvería a ser igual a como lo habían conocido los habitantes de Poniente, sin perjuicio ello de que el mismo Baratheon se encontrase a su vez acorralado por el curso de los acontecimientos, no porque de alguna forma tuviese miedo al compromiso o los otros aspectos típicos de toda vida que seguía su curso. La misma celeridad de los acontecimientos lo había tomado por sorpresa, con un reino en paz que tocaría comenzar a gobernar de inmediato y que tenía como primera misión el empezar a aunar los distintos reinos para implantar la idea de ser un reino único a pesar de las rencillas. Un reino que no se sostuviese exclusivamente en el lomo de los tres dragones que ahora moraban tan peligrosamente cerca de Bastión, como un recordatorio del poder destructivo que casi había llegado a borrar la fortaleza y el legado que él ahora adoptaba como propio.

Repitió cada uno de los rezos repetitivos y conocidos del septón, plegándose a la voluntad de sus dioses, que tuvieran a bien permitirle tener un matrimonio, que sabía no comenzaría de la mejor forma y tampoco lo permitirían las diferencias reinantes entre ambos, que por lo menos no se tornase en una loza demasiado pesada cargar, máxime cuando sabía que su lugar estaba primero junto al rey, velando por el gobierno de los siete reinos y después en aquellas tierras, que tan escasamente había conocido y que tan repentinamente habían llegado a estar bajo su control. Llegó a aguardar el silencio durante un instante, para permitirse escuchar si es que su compañera en tal travesía pronunciaba los mismos, reanudando al descubrir que así lo hacía efectivamente y que al menos tales juramentos estarían en su consciencia en el futuro, parte de un acuerdo que ella misma había aceptado. Cuando llegó el momento definitivo, el Baratheon se alzó por sobre la silueta de la Durrandon, opacándola al completo con la propia ahora que estaba arrodillada y que se le antojaba tan menuda como había llegado a conocerla, llevando solo el vestido ceñido a su cuerpo y despojada de la capa de su familia, en aquel extraño y quizás único intercambio de esa naturaleza que había llegado a darse en la historia conocida. Tomó firmemente la capa que simbolizaba no solo su unión, también el supuesto cambio de una casa por la otra, con el mantenimiento del legado de los reyes que se podían rastrear en orígenes hasta los primeros hombres.

Y así, apenas durante unos segundos, se vio despojada Argella de llevar el venado coronado, para volver a estar envuelta por sus colores nuevamente, ahora también los colores de su esposo, cuando el caballero llevó la tercera capa similar hasta los hombros de la princesa, restaurando en parte lo antiguo y marcando el inicio de un nuevo legado. Cuando ella se alzó, volvieron a estar uno junto al otro, llegando el momento de girarse y tomar sus manos con las propias, con cuidado, pero con firmeza —Con este beso te entrego en prenda mi amor y te acepto como mi señora y esposa—. Pronunció, buscando su mirada con la propia al decir las palabras, pretendiendo decirle que ese era el momento y que para bien y para mal, ahí estaban. Guiado por el tacto de sus manos, inclinó el rostro levemente y se acercó hacia ella mostrando decisión, pero sin cerrar los ojos hasta el último momento, cerciorándose de que todo estaba en su lugar antes de dejar que el eclipse se apoderase de sus acciones y adelantarse finalmente a tocar sus labios con los propios, sin llegar a atraparlos del todo, pero más que rozándolos. Al sentir el contacto de ambos, permaneció así, contando uno y dos segundos antes de separarse, manteniendo todavía sus menos unidas con las de ella.

Aquí, ante los ojos de los dioses y los hombres, proclamo solemnemente a Orys de la Casa Baratheon y a Argella de la Casa Durrandon, marido y mujer, una sola carne, un solo corazón, una sola alma, ahora y por siempre, y maldito sea quien se interponga entre ellos—. Elevó su voz el septón y los destinos de ambos quedaron sellados en ese instante.




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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Mar 21 Nov - 14:24

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AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO

En los años venideros, diría que no recordaba con exactitud aquel día, especialmente desde que entró en el septo hasta que salió de él, como si alguien se hubiese apoderado de su cuerpo para cumplir con una función de la cual no se podía escapar. Para decir cada voto, cada promesa, cada juramento. En el honor de los hombres estaba el cumplirlos y en el de las mujeres acatarlos. Pero casi ninguno lo llevaba a cabo y mucho menos con matrimonios como aquel obligado por las circunstancias por mucho que ambos aceptasen llevarlo a cabo cada uno con sus motivaciones. No se movió cuando sintió a Orys levantarse de su lado, aún con la vista al frente fijándose en los detalles esculpidos en la piedra del altar simbolizando los siete dioses. Nunca antes los había apreciado con tanta exactitud tal vez porque nunca había estado tan cerca de ellos. Y porque nunca había sentido la necesidad de abstraerse de la realidad como aquel día.

Se sintió desnuda ante la falta de la capa de su padre, más desnuda aún que cuando recorrió con los pies descalzos la calle que distanciaba la fortaleza con el campamento invasor ataviada solo con férreas cadenas. Pero el abrigo de otra nueva volvió a darle calor y sus manos, instintivamente aferraron los bordes de la tela para cubrir su hermoso y heredado vestido. Lo bueno de todo aquello, era que podría mandar quemar esa capa y volver a usar la antigua sin que nadie lo supiera, no tener que usar nunca el atuendo “Baratheon” y seguir llevando el Durrandon, el mismo que le pertenecía y quien ella seguiría siendo siempre, pues no respondería a Argella Baratheon nunca.

Las fuertes manos del soldado y Mano del Rey le ayudaron a levantarse del suelo de piedra sobre el cual estaba arrodillada, solo para girarse y enfrentar sus ojos negros más cercanos a lo que nunca habían estado. No sabría decir que era lo que él podría leer en los propios. ¿Odio?¿Vergüenza?¿Derrota?¿Desolación?¿Entereza?¿Orgullo? Sentía todo eso al mismo tiempo y a la vez un vacío que se iba apoderando de ella al ser consciente de que no era dueña de sus actos sin que pudiera hacer nada al respecto. —Con este beso te entrego en prenda mi amor y te acepto como señor y como esposo.— Respondió la propia Argella pese a ni sentir amor, ni aceptación por él. Contuvo la respiración cuando percibió como se acercaba a ella dispuesto a formalizar el acto en el sacrosanto beso que todo lo finalizaba. Todo su cuerpo se tensó, más cuando vio como él cerraba los ojos y posaba con cierta delicadeza los labios sobre los propios. Argella no capturó su mirada con el velo de los párpados, si no que mantuvo los ojos fijos en él durante el tiempo que duró el contacto. Se lo había esperado duro pero fue suave y no demasiado largo. Totalmente desprovisto de cualquier emoción. Casi todas las mujeres que conocía, ella incluida fantaseaban sobre cómo sería su primer beso, que caballero se lo daría y qué sentirían cuando sucediese. Seguramente, ninguna de ellas querría como respuesta la que daría la princesa tormenteña, pues no sintió nada.

Pronto, los invitados los rodearon para felicitarles por tan ventajoso matrimonio. Por suerte, ninguno se atrevió a llamarlo “feliz unión” aunque sí les desearon muchos hijos y una buena vida juntos. Ante lo cual la tormenteña solo asentía con la cabeza con un escueto. —Gracias.— como toda salva ante tal despliegue de cinismo. Los que la conocían de verdad, sabían lo que significaba todo aquello para ella y los que no, habían oído hablar lo suficiente de Argilac y de lo que había hecho con el mensajero cuando la propuesta de matrimonio con el cual ahora era su esposo llegó hasta su mesa. El propio Rey y sus hermanas se aproximaron a ellos, felicitando primero a Orys y más tarde a la propia Durrandón, como si su buena obra fuese lo mejor que podían haber hecho por ambos. Atrapando a una en sus propias tierras y obligando al otro a mantener una vida infeliz con una mujer que no pretendía ponerle las cosas fáciles.

Por suerte, los invitados fueron desfilando y pudieron abandonar el septo, dirigiéndose entonces al interior de la fortaleza donde esperaba el banquete. Con una copiosa comida para todos los invitados y sobre todo, una riada de vino del cual ella pensaba dar buena cuenta para pasar aquel trago y lo que aún estaba por venir.


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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Miér 22 Nov - 0:22

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Incluso después de haber visto al septón supremo depositando la corona de acero valyrio y rubíes sobre la cabeza de Aegon, e incluso después de haber visto a las casas más grandes y ancestrales caer en el campo de batalla o envueltos en las llamas de los dragones, la idea de unir a siete reinos para conformar uno solo, con una sola autoridad que velase por su paz. Todo ello se le antojaba más creíble que el hecho del ascenso que había protagonizado desde ser un caballero, quizás un hombre de confianza y el escudo juramentado de su rey, hasta estar ahí casándose con la hija de un rey, como fuese, alguien de sangre real y poniendo su apellido por encima de decenas de casas y lores, al mismo nivel de quienes habían gobernado reinos y a pesar de todo eso, el sentimiento que lo embargaba no era el de sorpresa o incluso del de gratitud, era el de incertidumbre y la natural desconfianza de llegar hasta ahí sin que supusiese una trampa finalmente para su propio destino.

No necesitó el oír las palabras finales de la tormenteña, sabía que haber llegado hasta ahí era la prueba de que había aceptado hacía mucho las imposiciones de aquella vida que ella había elegido, manteniendo en gran parte su estatus y sus posesiones a cambio de aceptar ser una pieza más a disposición del rey, como de todas formas se habían convertido pronto todos los presentes con o sin su voluntad, finalmente. Con sus manos unidas a las de ella y la bendición del septón ya dicha, se acercaron los reyes y de conocerlos de toda la vida, pudo leer en cada cual sus rostros y lo que le decían más allá de lo pronunciado: Aegon, satisfecho por el acuerdo y el siguiente paso en la consolidación del reino, tanto que incluso detrás de su figura de conveniencia en cada ocasión, pudo notar algo de sinceridad en las palabras dedicadas, unas que lo congratulaban; De Visenya, una expresión que rezaba sorpresa por la nueva posición del caballero, recelosa del poder que pudiese tener nadie en la corte salvo ella misma, en especial de quienes gozaban de la confianza del rey, especialmente conociendo su sangre; Rhaenys, quien había visto a la princesa enfrentarse a su dragón en persona, desafiante, parecía estar intrigada por los pormenores de la relación, siempre con el gusto por los cantares románticos, así como diversión por tener que tratar tan solemnes el uno con el otro. Cuando hicieron su salida del septo, dio comienzo la larga procesión de señores de otros reinos y de los nuevos vasallos de la Casa Baratheon, un nombre que incluso en su cabeza resultaba ajeno, pero a pesar de eso no le extrañó cuando uno a uno presentaron sus respetos y mejores deseos para la pareja, cada cual con sus matices tanto en el contenido de sus palabras como en la forma de decirlas.

Todo en su mente le gritaba a la Durrandon que se limitase a asentir y continuar como lo había hecho hasta entonces, la había conocido lo suficiente como para saber que debía tomar ciertas previsiones para lidiar con su carácter. También era consciente de que ella misma, seguramente por la labor para la que había sido preparada, solía actuar en toda clase de eventos como ese en la forma en que lo haría una reina. Era lo que se esperaba de ella después de todo y confiaba en que no lo comprometería, no cuando desde ese momento ya era definitivo, se jugaban el destino de su casa a cada paso que dieran y suficiente desventaja tenían con su propia legitimidad como para arriesgar más de lo debido ante los ojos de todo el reino. Al llegar al banquete hizo lo que acostumbraba en esas ocasiones, hablar con el rey cuando éste lo interpelara, con la salvedad de que su posición de honor como anfitrión del mismo, lo obligaba a estar expuesto también a todo lo demás, debiendo saludar a los demás lores que se acercaban más a rendir sus respetos al rey que a los mismos novios.

¿Cuándo se realizará el encamamiento?— Preguntó una voz femenina, asomándose levemente por delante de uno de los anchos hombros de su esposo. El Baratheon en el acto se volteó parcialmente hacia ella desde su asiento en el lugar de honor, como interponiéndose a su vez entre sus intenciones y la princesa —Primero se ha de dejar que el banquete tenga lugar, ha sido un largo viaje para muchos y deben comer y beber—. Respondió, de una forma correcta, pero también seca. El rey no pronunció palabra, pero tampoco hizo nada por cortar el momento, mirando a su consejero a su vez —Al final es lo que todo el mundo espera en este tipo de eventos—. Agregó una voz meliflua, que parecía estar demasiado atrapada entre su asiento y la mesa, jugando distraída con una uva antes de comérsela por fin, enseñando una sonrisa pícara. Con la mandíbula apretada, evitando responder, se puso de pie haciendo sonar su silla en el acto y extendió una mano hacia la mujer a su lado —¿Abrimos el baile, esposa?—. Le dijo, con la música dispuesta y esperando a la pareja para iniciar con la siguiente parte de la celebración. Con un poco de suerte se olvidarían del tema y el rey pediría a la menor de sus esposas acompañarlo, dejando a la otra postergada en su propio juego.
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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Miér 22 Nov - 11:47

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO

Las cocineras de Bastión se afanaron en la preparación de cada uno de los platos del menú. La idea residía en demostrar varias cosas, la primera que el haber mantenido la paz durante un año tras haberse rendido a Aegon mientras los demás reinos aún bullían con la guerra logró que no solamente la economía, si no la producción de sus tierras crecieran y por lo mismo, desplegaba cierto poder sobre las demás que solo tenían cultivos arrasados y arcas vacías. Otra de las cosas era que serían una casa fuerte. No solo por el apoyo de la corona, pues como todos sabían el hermano bastardo del rey sería el señor del lugar, aun a pesar de Argella, si no que por ellos mismos. Si juntos no mostraban debilidad, ninguno de los señores presentes tendrían la idea de aprovecharse de las contiendas internas para hacer caer a la casa de la Mano del Rey. La misma que la Durrandon sentía como propia y cuyo linaje siempre había luchado por hacer sentir orgullosos a sus descendientes, algo que mantenía en sus ideales la otrora princesa tormenteña.

Por eso mismo, sentada en el lugar de honor en aquella sala rebosante de gente donde no podía sentirse más sola y, aferrada a la copa de vino que se encargaba rellenasen cada vez que amenazaba con vaciarse, vio desfilar cada plato, tomando una porción cada vez y ofreciendo el siguiente primer corte a los invitados más distinguidos tal y como dictaba la tradición. Todos pudieron disfrutar de; las perdices a la miel, garzas asadas y empanadas de queso,  truchas empanadas de almendras trituradas y huesos de cisne escalfados en salsa de azafrán y melocotones. Por su parte, se obligó a comer hundiendo así el nudo que se había alojado en su estómago desde que comenzase el día. Apenas dirigió la mirada a su esposo ni que decir de intercambiar palabra alguna con él. No sabía si estaba igual de incómodo que ella o si por el contrario, comenzaba a disfrutar de su nueva posición como señor de la sala. Solo sabía que necesitaba pasar todo aquello de alguna manera y el vino fue su mejor amigo durante la jornada.

Pasado un tiempo, se la pudo ver más relajada. Cuando el vino comenzaba a hacer efecto y su espalda perdió la rigidez junto con la tensión que la acompañaba. Incluso se había animado a charlar con una mujer que se acercó a la mesa a felicitarlos y que no recordaba que fuese vasalla suya, ni haberla visto antes. —Estoy segura de que vuestro hijo hará un buen papel mañana en el torneo…— le decía, pues de tal asunto versaba la insípida conversación. —Nos sentimos agradecidos por su presencia en este evento. Ya sabéis que una nueva era ha nacido…— Añadió no sin  cierta ironía en  la voz, sin importarle que Aegon estuviese cerca o pudiese escucharla. Pero toda conversación se vio interrumpida cuando la princesa escuchó aquella otra voz femenina tocando un tema que ella había tratado de evitar desde que se anunciase su compromiso.  Su cabeza se giró en busca de la autora de tal comentario y pese a que el cuerpo de Orys se interpuso entre ambos, logró lanzarle una ardiente mirada que sin duda se quedaría gravada en ella para hacerle cerrar la boca.

No supo si es que el Baratheon supo leer el momento y por eso decidió llevarse a Argella de la mesa, pero de no verse obligada a salir a la pista de baile, estaba segura de que la respuesta dirigida a la noble hubiese sido loa para bardos en las canciones que se escribirían sobre aquella noche. En lugar de eso, asintió con un gesto brusco de la cabeza y tomó la mano ofrecida para alejarse de la mesa y dirigirse hacia el centro del salón frente a las miradas atentas de los invitados. Desde niña, le habían instruido sobre las diferentes modalidades de danzas, tanto las regionales como aquellas que se afamaban más en otros territorios por lo que cuando comenzó a sonar la música extendió los brazos para colocar las manos en los lugares indicados de forma automática: Tomando una de las manos de Orys y apoyando la otra sobre su hombro. —No va a haber encamamiento.— Le dijo tajante mirándole a los ojos mientras daban el primer paso hacia la danza nupcial. —Me niego a que ningún hombre o mujer de esta sala me vea sin vestiduras.— Añadió, antes de hacer un giro al que le siguió una reverencia. Bailaba con la gracia de un junco mecido por el viento, en contrapunto a su duro carácter y al estado general en el que se encontraba aquel día. —Y haréis bien en aseguraros de que así sea si no queréis veros con un problema diplomático en vuestro primer día como señor. Pues soy capaz de golpear a cualquiera que se atreva a ponerme las manos encima.— Advirtió a su ahora esposo, quien suponía si es que la había conocido mínimamente, esperaba que la tomase en serio. Porque en tales condiciones hablaba.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Miér 22 Nov - 22:02

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AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO
Incluso con el manto de oscuridad que rodeaba sus orígenes, el Baratheon no era ajeno a las celebraciones de la corte, habiendo asistido a suficientes bodas como para saber ajustarse a su rol durante ese día, que a pesar de lo mucho que se lo repitiesen los invitados, no estaba cerca de ser el día más glorioso de su vida, ocasión para la que prefería tener reservados otros momentos antes que el de su artificial elevación al rango de señor supremo sobre los hombres de un reino. Habría apostado a que en algún punto ya solo asentía con la cabeza de forma repetitiva hasta que llegase el siguiente vasallo o lord que se hospedaba en la fortaleza a saludarlos, lo que se le estaba haciendo demasiado cansado llegado el punto en que todos se empezaron a concentrar más en la comida ofrecida sobre los largos mesones que en la pareja que junto al rey, observaba el gran salón desde una posición privilegiada. Viendo a todos quienes habían asistido, en una visión tan imposible que de habérsela contado hacía un año posiblemente solo se habría reído de la misma forma en que lo habían hecho todos hasta que fue demasiado tarde como para reaccionar.

A quien también observaba, aunque fuese de reojo para no incomodarla con su interés, era a la princesa cuyo apetito en parte lo sorprendió, en parte porque jamás había llegado a verla comer, siendo la última oportunidad cuando ella había decidido marcharse hasta el otro lado del mundo cargada con las joyas de sus ancestros, en lugar de concurrir a cenar con él para discutir los asuntos que debían tratarse para asegurar la paz del reino, una que nunca esperó que fuese a involucrarlo a él también. Hablaba con una mujer que él no tenía idea de quién era, de la misma forma que desconocía a casi todos los presentes, salvo por los que había visto postrados frente a Aegon, por lo que supuso que sería alguna vasalla que ella sí conocía, como debía conocer a todos los nobles de su reino desde la cuna, sus familias y los nexos que los unían los unos a los otros en la usual maraña de alianzas imperante entre las casas. Quizás siendo hija de su padre podía excusar que respondiera a lo que normalmente suponía una situación en que la novia parecía una estatua, petrificada en su lugar, como una anfitriona con cierta confianza, entablando conversación con los invitados de la misma forma en que a él le costaba tanto lograr hacerlo y disfrutando del vino como solo podía hacerlo quien tenía tal nivel de confianza, pues después de todo, ese era su hogar desde siempre y para él, solo la más reciente conquista.

Alejados por fin del peligro y las provocaciones de la mayor de las valyrias, incluso la posibilidad de verse como el centro de atención en un baile de salón se le antojó menos incómoda que permanecer ahí sentados, donde ambos eran el blanco perfecto para los comentarios y sugerencias que la rubia sabía tan bien lanzar como si de dardos se tratase. Sujetó su mano y se ciñó a su cintura cuando los compases empezaron a marcar el ritmo para los danzantes —Siempre tan directa—. Replicó mientras comenzaban con los pasos aprendidos ya metódicamente en su caso, más por memoria que por gracia. Como fuese, el que esperase a estar ahí para decírselo le hizo cierta gracia, siguiendo el ritmo y despegando su mirada de sus ojos unos instantes, para que no pareciese que tenía la necesidad de mirarse los pies para poder bailar y luego
acompañar a la tormenteña en la siguiente vuelta a realizar —No hacen falta vuestras amenazas. Ya he decidido que no será así y se lo diré al rey en su momento, cuando puede hablarle directamente—. Le respondió, pues prefería mantener al resto de personas ajenas a sus razones para no cumplir con la costumbre —Ahora, sonría—. Le dijo, continuando con la danza en sus maneras más propias de una marcha que de un salón, pero que al menos le permitían moverse de un sitio a otro con los giros correspondientes, sin chocarse con nadie, correcto, pues la gracia le correspondía a ella exhibirla, como lo hacía ante los cientos de ojos que los observaban y que no iban a callar lo que se viese durante aquella noche.

Después de que la tonada hubo disminuido y todo el resto de invitados faltantes se arrojase a la pista junto con sus parejas, prefirió no tentar a la suerte —Deberíamos ir por una copa de vino—. Le dijo a su esposa, tanto una invitación como una orden para acercarse de regreso hasta la larga mesa de madera a llenar el cáliz desde el que había estado bebiendo durante el banquete. Con sus manos unidas desde hacía quizás demasiado tiempo, se encontraron de frente con el rey, acompañado en esa ocasión por la mayor de las jinetes de dragón y la mirada de ambos no hacía más que interrogar a la pareja —Altezas, he decidido que los nobles de estas tierras ya adelantaron todo cuanto podía hacer falta conocer, no pretendo volver a darles ese gusto—. Sus palabras tan diplomáticas, se medían en la forma en que se comunicaba con el rey cuando no tenía que mediar con otros ojos y oídos presentes —¿No protestarán los señores por el respeto a la tradición?— Preguntó la voz femenina que observaba a la princesa como si fuese una pequeña flor por cortar, estaba claro que no había sido ella a quien se le había negado Bastión en su momento. Quizás no fuese cosa de un día hacerse a la idea, pero desde entonces la suerte de ambos estaría unida y no iba el Baratheon a permitir ningún ultraje en contra de su familia, por recién habida que fuese —Aparentemente temen al rumor que yo he dicho que si se ha de respetar esa costumbre, por consiguiente podría cobrar la de la Primera Noche a las uniones de sus propias familiares en el futuro. Esperamos una noche sin sobresaltos—. Contestó, tan seguro de su respuesta que quizás saltaría a la vista que la había llegado a ensayar en algún momento del curso del día o de la noche anterior. El rey a su vez sonrió —Por un momento llegué a temer que la vida fuera del campo os resultara demasiado hostil—. Dijo sin más, moviéndose a un lado y obligando a Visenya a ir tras él a disfrutar de alguna pieza que sonaba demasiado recargada al Dominio por exagerado de los acordes. El Baratheon continuó hasta alcanzar su copa engastada de piedras de ónice, como sediento después de finalizar una carrera, sirviéndola él mismo con vino de la mesa y adelantarla hasta Argella, ofreciéndole beber de la misma.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Jue 23 Nov - 0:28

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AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO
Por un lado, quería que todo terminase de una vez. Apagar las velas de aquel día y asumir el despertar de una vida nueva. Con algo de suerte, él se marcharía después del torneo y no tendría que verle más en meses, los mismos que su rey le atrapase en Antigua o donde fuese que tuvieran que ir después. Todo volvería a ser como en aquel año pasado, donde regentó sus tierras sin corona pero ton total impunidad. Que le dijeran que era una mujer casada y debía someterse a la voluntad de su marido nunca sería un impedimento para que diese un solo paso hacia el lado a donde quisiera ir. Por otro lado, estaba aterrada porque no quería salir de aquella sala atestada de gente y encontrarse a solas con él, teniendo que afrontar la pelea final y el desagradable encontronazo que sin duda tendrían por lo que se suponía era una obligación que ambos tenían que cumplir: consumar el matrimonio.

Se abandonó pues al mecánico ritmo del baile, haciéndolo ella con bastante más gracia por práctica que él, quien parecía ejecutar a la perfección pero como un soldado al que le dicen hacia dónde dirigir la espada en cada momento. —No tengo por qué andar con rodeos. Es una pérdida de tiempo.— Respondió a Orys con total seguridad, ayudado su carácter por el vino ingerido. Asintió satisfecha ante su respuesta cuando sus rostros volvieron a enfrentarse en una nueva vuelta. Dudaba que lo hubiese pensado con anterioridad, con lo displicente que era, seguramente se dejaría llevar por la marea de las tradiciones locales, especialmente si eran azuzadas por el rey o las víboras de sus hermanas, pero supuso, que no quería ver ensombrecido ese día con una pelea iniciada por ella, quien por su parte, estaba dando lo mejor de sí. No por él, si no por el honor de la casa a la cual representaba, por mucho que la hubiese engullido el Baratheon.

Frunció el ceño cuando le pidió que sonriese, no por llevar la contraria, si no porque le molestó el comentario. Llevaba todo el día esforzándose por no replicar, por no armar un espectáculo en el que sin duda, sería el peor día de su vida, tratada como un peón, un premio asociado a unas tierras que se vendían a un bastardo, el mismo que ahora le pidiese que encima actuase para el público. En el siguiente giro, clavó intencionadamente el tacón en el empeine del pie derecho del Baratheon, sonriendo en el proceso. —Uy perdón, que torpe.— añadió pese a que era evidente que no lo sentía ni mínimamente.

Cuando la tonada  flotó hacia el final de la música y ambos se detuvieron asintió conforme por segunda vez. Vaya, dos conformidades en un solo baile, debía estar contento. Pero lo cierto era que no diría que no a algo más de vino aquella noche, tanto que llegase tambaleante al lecho y no tuviese que recordar nada el día siguiente. Si, tal era su pretensión. Ni siquiera reparó en que él no había soltado su mano, como si el contacto le resultase natural después de todo el día sintiéndolo. Los Targaryen, que no se habían despegado de la mesa presidencial aún residían en ella y fue el momento de cumplir lo dicho por parte de su esposo sorprendiéndose por los argumentos que dio, pero no tanto como para no fulminar con la mirada a la valyria que por maliciosa parecía tener más lengua bífida que su dragón. —Ellos traicionaron la tradición hace más de un año como para atreverse a protestar por nada.— rebatió incapaz de refrenar sus palabras durante más tiempo. Demasiado había callado ya durante todo el día.

Arqueó una ceja ante el siguiente comentario del Baratheon, ella no había escuchado tales rumores, pero si imaginaba que serían suficientes como para que ninguna voz volviese a alzarse en la sala por cualquier supuesta protesta. Asintió ante lo dicho, como si tuviese todo el sentido del mundo y esperando que acallase cualquier comentario más que pudiese querer hacer la rubia a la cual casi estuvo por increpar aún más sugiriendo que tal vez fuese ella misma quien deseaba ver a alguno de los dos desnudos. Pero se recordó quien era y que por desgracia, ella no hubiera permitido ninguna insubordinación y menos en público de haber tenido la corona. —La vida de campo apenas acaba de comenzar me temo.— replicó al rey, aunque no hubo acritud en sus palabras. Era un largo camino el que tenían que recorrer y las dificultades estarían presentes en cada uno de los días que hubiesen de convivir.

Tomó la copa ofrecida por su “esposo” cuando este se la ofreció, sentía la garganta seca por lo que casi la vació de dos tragos antes de volver a llenarla, sintiendo como sus mejillas se incendiaban en el proceso al sentir la bebida descendiendo por si garganta. —¿No os seducía la idea de acostaros con cuanta mujer desearais con la excusa de la pernada?— preguntó más con malicia que con curiosidad.
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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Jue 23 Nov - 6:58

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Después de haberla conocido en tan dramáticas circunstancias, no necesitó que nadie le hiciese advertencias acerca del matrimonio, sus implicaciones y todavía menos de las dificultades que tendría por delante, eso con una unión común y ordinaria en el día a día, sin considerar el factor de que se debía desposar con alguien que no solo tenía un rango y una dignidad supuestamente muy por encima de la propia, si no que también no se lo dejaría de recordar jamás, que tendría tal aprehensión para usar en su contra cada vez que se le recordase que su posición era de esposa, no de señora. Pero al final, no iba a ser una muchacha que fruncía el ceño demasiadas veces al día quien lo pusiese a temblar, como si de su menuda figura se proyectara en una sombra todavía mayor a la del terror de Balerion. Consciente de su carácter, no lo sorprendió con sus palabras, mas sí con el silencio que le había regalado prácticamente durante toda la jornada. Y no, no tenía que andar con rodeos con él al menos, que por reciente que fuese, era su esposo ante los ojos de los dioses y los hombres. Entonces sintió la presión clavándose sobre su pie, conteniendo la expresión de dolor y molestia para solo apretar los dientes después de liberarse —Os estará afectando el vino ya—. Le respondió, antes de sostenerla por las caderas, ligera como era, y hacerla dar una vuelta para intercambiar posiciones. No había pasado por alto la cantidad de copas que llevaba para entonces y que bien podían excusar su torpeza, si bien sabía que no había respondido a eso el pisotón.

El encuentro con los reyes podía haber sido incómodo, pero más allá de las formalidades y las maneras, ellos se conocían de tal forma que incluso guardando las formas en público, podían entender lo que se decían más allá de las meras palabras, siempre tan cargadas de respeto y protocolo —Estoy seguro de que nadie volverá a atreverse a cometer ninguna indiscreción—. Le dijo a la Durrandon, aumentando levemente la fuerza con que agarraba su mano, pues si bien tenía claro que no permitiría ningún atrevimiento de los hombres que en su momento había hecho esposar, quienes ahora le servirían, tampoco deseaba que el rey viese en ese, el nuevo comienzo, una labor demasiado dura que llevar a cabo y que incluía tener que convivir con ella y establecer la nueva estirpe que gobernase esas tierras. Solo esperaba que no fuese a comenzar a discutir ahí mismo con Visenya como lo había hecho alguna vez con él, pero sabía que aunque no hubiesen intercambiado más palabras que un saludo, cada cual tenía sus ojos fijos en la otra en ese momento, contrastando con el tono afable que se dirigían ambos hombres, mucho más en la gracia del Padre y su paz que las esposas que se sostenían de sus brazos —Issa perzys, yn ao sagon drakarys—. Replicó el rey con naturalidad, mirando al Orys con el mismo gesto que solía expresar poco más que la solemnidad absoluta, solo incrementada con la presencia de la corona sobre su cabeza —Issa jelmāzma—. Pareció excusarse el Baratheon al respecto del último comentario de Argella, que sonaba en parte a amenaza de no ser porque era un pronóstico bastante acertado de lo que quizás depararía el destino para la pareja.

De nuevo solos, rodeados por cientos de personas apenas, para entonces parecía ser que no había nadie más ahí y que nadie los observaba, estando todos demasiado ocupados comiendo y bailando, pero cierto era que siempre había quien vigilaba los pasos de los demás —¿Estáis acostumbrada a beber tanto, mi señora?—. Le preguntó cuando la vio empinar la gran copa con tal ansia que parecía necesitarían el resto de la botella para que estuviese saciada del todo. Aparentemente el vino no mejoraba su mujer, pero sí soltaba su lengua, como solía pasar, viéndose sorprendido por la pregunta que siguió y sin llegar a entender cuál era realmente la pregunta o la intensión que ocultaba —No,
princesa, no lo hacía
—. Le contestó, omitiendo el rango que ella ya no poseía, pero con el cual se había acostumbrado a tratarla y a pensarla durante demasiado tiempo. Su respuesta, más propia de un guardia, obedecía a que prefería no empezar a discutir las complicaciones de ejercer ese derecho y por qué solo en contadas ocasiones aparecía entre la nobleza —Además, no es con las esposas de otros con quien me debería seducir la idea de dormir—. Era por ende, con ella, idealmente antes de que siguiera bebiendo, por lo que fue entonces él quien vació la copa de un trago y la dejó sobre la mesa, observándola por unos instantes, esperando su reacción.

Hizo un ademán a un sirviente que había permanecido toda la velada en una misma posición, casi inmóvil y en el acto, éste corrió hasta donde estaban los músicos, cambiando entonces de melodía súbitamente, deteniendo el baile en el salón en el acto —Ahora o después, llega la hora—. Le indicó, mientras los invitados se empezaban a acercar a ellos con menos algarabía de la usual en esa clase de momentos, apareciendo rápidamente las doncella de Argella para acompañarla, guiando el camino con velas y delante de todos los demás, el Conquistador —Tolvie vali jorrāelis—. Pronunció en su ancestral lengua, pudiendo decir tales palabras sin miedo a que los presentes pudiesen oír y que los que lo hiciesen, no lograsen comprender del todo de qué hablaban —Kirimvose, ñuha āeksio lēkia— .Un asentimiento de parte del Baratheon acompañó sus palabras antes de tomar la mano de la novia y disponerse a ascender por el torreón, seguidos por la procesión de nobles y damas que se pelearían el lugar para estar más cerca de la pareja, al menos mientras se mantuviesen a espaldas del rey y sus reinas, un obstáculo infranqueable para cualquiera.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Jue 23 Nov - 13:42

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AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO
Aquel día que por la incomodidad que sentía se había hecho ya demasiado largo comenzó a correr sobre si mismo como si de una carrera se tratase. Desde que salieron a la pista de baile, siendo flanqueados después por varias parejas más, hasta que regresaron a la mesa presidencial, pasando por el pequeño desafío en la voz por parte de Visenya y ella misma, no parecía haber dudado más que un parpadeo. Comenzaba a pensar, que Orys además de taimado y sibilino como ya le había demostrado que era, trataba de no dejarla en mal lugar pese a todo. Pues en cada intervención que ella había tenido con la familia del novio, había él solapado cualquier tipo de mal comportamiento por su parte como si leyese sus estados de ánimo. Arqueó una ceja cuando escuchó a su esposo y al rey hablando en su lengua ancestral, aquel dialecto desconocido en el mundo civilizado que ella conocía y del cual no entendía una sola palabra. Seguramente la estaban insultando a juzgar por el semblante de ambos, pero a esas alturas a ella ya le daba igual.

Negó con la cabeza ante su pregunta mientras se acercaba de nuevo la copa a los labios. Habían sido ya muchas como aquella como para comenzar a sentir la cabeza embotada y la lengua pesada, pero no por ello dejó de apreciar el modo en el cual él seguía refiriéndose a ella, tal vez de las pocas personas que aún lo hacían y por una vez, no pensaba contravenirle al respecto. —No.— respondió. —Pero de algún modo tengo que hacer soportable todo esto.— Añadió. Hubiera dicho, que bastante bien lo estaba llevando él, pero teniendo en cuenta que era algo que había orquestado con detalle, suponía que estaba ansioso por la celebración y el recibimiento por añadidura de su nuevo título. Enarcó las cejas, tampoco es que pensase que su respuesta fuese a ser diferente y menos en aquel día, aunque enrojeció hasta la raíz del cabello ayudada por el vino con el siguiente comentario. —Bueno, tal vez con ellas tengáis más oportunidades.— Casi tartamudeó, para volver a esconderse tras la copa de vino y ocultar de ese modo lo mucho que le había turbado aquel comentario.

Tal vez por eso mismo, por haber hablado del tema o haberlo hecho con connotaciones negativas, pareció que el ahora señor tormenteño decidiera precipitar el momento de la verdad. Todo el color que acudiese a su rostro momentos antes, se desvaneció al tomar consciencia de lo que sucedía y al ver como los nobles se acercaban a ellos. Depositó la copa sobre la mesa a riesgo de que esta se derramara cuando sintió que su pulso comenzaba a temblar y hubo Orys de tirar de ella y del agarre que había ejercido sobre su mano para que comenzase a caminar, pues sus pies se habían anclado al suelo como los cimientos que sostenían las paredes de Bastión. No había sonrisa en sus labios, si no casi terror uno que se azuzó en deshacer en cuanto observó por el rabillo del ojo el gesto atrevido de Visenya. —¡POR FIN VAS A SABER LO QUE SIENTE UNA VERDADERA MUJER!— Vociferó la valyria quien fue jaleada por sus acompañantes. Al parecer, no estaba dispuesta a dejar atrás las tradiciones del todo y si bien las ropas quedarían en su sitio, pronto los demás se envalentonaron a gritar todo tipo de obscenidades sobre lo que pasaría una vez quedarían a solas.

Nuevamente, no entendió lo que se dijeron Mano y rey cuando la puerta quedó frente a ellos, pero su estado era tal, que tampoco le importó si hablaban del clima o de si la descuartizarían al día siguiente, algo que por otro lado tampoco había valorado. Sus pensamientos estaban puestos tan solo en el pomo que se giró por la propia mano del rey abriéndose para revelar la estancia donde ambos serían encerrados hasta el amanecer. Entró casi trastrabillando en su interior, no sabía si la habían empujado o la habían hecho entrar de otro modo, pero de pronto, la puerta estaba cerrada de nuevo, solo que a su espalda y se encontraba solas con el Baratheon. La habitación, que por suerte no era la propia había sido adornada para la ocasión, el fuego ardía incólume en la chimenea caldeándola casi hasta hacer sofocante la estancia y medio centenar de velas de diferentes tamaños la iluminaban. La cama, grande y con dosel los esperaba con una colcha de pieles extendida sobre su colchón de pluma. También habían dispuesto una mesa con dos copas y algunas frutas tal vez por si ambos tenían hambre después del acto. Argella, con la espalda totalmente tensa y los puños apretados apenas sí se atrevía a mirar a Orys por vez primera desde que se conocían. El silencio se hizo entre ellos durante un tiempo, como si cada uno esperase a que el otro lo rompiese. —No tengo ninguna intención de yacer con vos.— Dijo finalmente ella, con la voz tan firme como pudo.
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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Jue 23 Nov - 22:19

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AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO
Durante algún momento se atrevió a llegar a pensar que, dada la manera de comportarse antes y durante la ceremonia, la tormenteña había encontrado las razones para estar en paz con él ahora que inevitablemente serían el uno para el otro, en último caso por la pura conveniencia de tener en su esposo alguien que confiase en ella y le dejase hacer más libremente, como también ocuparse de cuanto hiciera falta en el gobierno de esas tierras. Pero se había equivocado, aquello respondía solo a las normas sociales al igual que la marcha hasta el interior del Septo Estrellado, una demostración pública que no tenía porqué tener una correlación con el mundo real. No era una paz, mas solo una tregua, una que presumiblemente duraría hasta que no hubiesen ojos posados sobre ellos en todo momento, indagando en sus maneras de tratar, pues entonces volvería a dar inicio la guerra tal y como la había llegado a conocer en el que pensaba, era su peor momento —Espero que no sea vuestra única manera de lidiar con "esto" o acabaréis como Lady Caron—. ¿A qué se refería con eso? No lo sabía, pero la imaginación le daba para muchas respuestas y la verdad era que ninguna llegaba a agradarle demasiado, como fuese, ya tendría que hacerse a la idea en algún momento y evadirse en el vino estaba lejos de ser una respuesta válida al final. Se detuvo a observar la reacción ante sus palabras, disfrutando cuando le contestó con tal de no dejarle tener la última palabra —Salud—. Le dijo sin más, dejándola seguir bebiendo copiosamente desde la copa hasta que al acabar sus labios se acabaron tornando de una tonalidad más intensa que de costumbre.

Supuso que si el camino hasta la alcoba se le hizo incómodo, primero como una marcha silenciosa en que evitaba pensar en lo que encontraría más allá y al final llegando a tener que contenerse de volver a poner en su lugar a alguno que se camuflaba entre la multitud para decir barbaridades, ella al mismo tiempo lo estaría pasando peor, encima con Visenya iniciando todo el alboroto y con el mismo, dando permiso implícito a los demás para imitarla cada vez más envalentonados. Su único consuelo era que si clamaba ella por algo, seguro era porque de cierta forma sentía la necesidad de lo mismo. Al final acabaron apresurando el paso, entre antes terminase esa locura sería mejor, siendo la conversación con el rey un paréntesis de todo ello antes de encontrarse ya de una vez dentro de la habitación, con la puerta cerrada del golpe y algunos gritos todavía audibles a través de ésta, ellos a su vez se miraban como un par de aves enjauladas, sin saber qué decir y sin tener en ese momento más que hacer que observar las comodidades reservadas para la noche nupcial, unas que no llegarían a cubrir ni por mucho las incomodidades que sabía el Baratheon que sobrevendrían inevitablemente. La verdad era que no podía pensar demasiado en ese momento, siendo el primer paso el que podía significar cómo se conducirían todos los demás de ahí en adelante. Después de escuchar sus palabras, su semblante no cambió, no estaba lejos de los escenarios que se había imaginado al final, por lo que simplemente se acercó hasta la puerta donde la princesa estaba enclavada y sin decirle nada, la apartó cuidadosamente con la mano para ponerse dándole la espalda al umbral y lanzar una coz que resonó en la madera y en toda la estancia, luego otra y otra más, suficiente para acallar el murmullo que se oía desde el otro lado.

Al fin en silencio, pudo pensar más fácilmente en cómo abordar aquella situación ante la que no había encontrado todavía una respuesta de cómo lidiar, pues si bien había una labor que debía ser cumplida, no deseaba que la misma lo desgraciara por el resto de sus vidas —Así como tampoco la de uniros a las hermanas silenciosas—. Pensó, guardándose el comentario, pues sabía que con lo que lidiaba no debía ser una oposición franca, no estaba encadenada necesariamente delante suyo como para nada —No entiendo entonces para qué os habéis tomado la molestia de la boda y de pasar por todo esto antes—. Le respondió, intrigado por su declaración.y el poco significado que tenía en el mundo real, más allá de la voluntad o de las intenciones, buenas y malas. Mantenía la distancia con ella, no era su deseo iniciar una persecución dentro del cuarto o tener que imponerse más de lo que ya lo hacía —De verdad, esa mujer tiene un gusto por incordiar a los demás—. Agregó, dejando la anterior frase para su reflexión propia, pues si una cosa tenía claro que no estaría mentalizada aún y menos todavía si había acabado atemorizada bajo una lluvia de vulgaridades por culpa del deseo de crear discordia de la Targaryen. Se apartó de la puerta y se acercó a una silla, sin tomar asiento —Espero que no os haya importado tomar el blasón... y el lema—. Le comentó, liberando uno de sus hombros del broche que sostenía la pesada capa, todavía más grande en su caso, que lucía en su extensión el blasón de los Durrandon que ahora pertenecía a ambos, agregando que también lo había hecho así con la ancestral frase, una que por fortuna del destino tan bien sabía representar ante quien se pusiera en  su camino, ahora, el de su familia.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Vie 24 Nov - 1:56

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AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL MEDIODÍA— Bastion de Tormentas — SOLEADO
Si ya desde el momento en que habían rechazado la propuesta de matrimonio de su padre, declarándole la guerra después había comenzado a odiar a los Targaryen, los modos de Visenya solo hicieron acrecentar ese sentimiento. Aún ganó cierto respeto a Aegon cuando le conoció, pese a que finalmente se hubiese salido con la suya había logrado aunar los reinos contra todo pronóstico, pero sus hermanas eran harina de otro costal. Rhaenys parecía más débil pero la mujer que conoció en la tienda junto al rey y que en ese momento se vanagloriaba con su vergüenza, era una enemiga a abatir y si bien se suponía era su reina, en algún momento le haría pagar aquella humillación.

Si algo era capaz de sacudir el nerviosismo y el miedo del cuerpo de Argella, aquello era la furia y el enfado, un estado casi natural en presencia de su ahora esposo. Era curioso pensar que durante el año pasado había conseguido ser casi feliz trabajando en las tierras de sus ancestros como lo eran suyas propias, durante muchos días logró olvidarse de lo que estaba por venir, de la guerra que sacudía Poniente, metida en su pequeña burbuja de lucha por la prosperidad, pero cuando la coronación había llegado junto con la fecha de su boda, de nuevo regresó aquella sensación que habitó en su interior desde que el primero de los dragones planease sobre las almenaras de Bastión de Tormentas.

Entonces, también había tenido miedo. No a morir, si no a fallar. A fallarse a sí misma, a su padre y a su pueblo. La cercanía de un hombre no podía impresionarle más que eso. Ese, fue uno de los motivos por los cuales había hablado, prefería enfrentarlo a echarse a temblar cuando él se acercase a ella con la intención de consumar aquel matrimonio. Se esperaba cualquier tipo de respuesta, desde una risa burlesca hasta una airada e iracunda reacción de hombre herido en su orgullo. En lugar de eso, se le acercó y ella tragó el aire que había contenido dispuesta a pelear con él si hacía falta, pero en lugar de eso, la apartó de la puerta dejándola estupefacta ante los golpes que dio en ella para hacer callar a las vociferantes voces que se escuchaban al otro lado.

—La boda como bien sabéis era un trámite obligado.— respondió envalentonada por el vino y su propio carácter. —Para poder mantener mis tierras. El contrato está firmado y ahora sois señor y ninguno de los dos necesita pasar por el trago de tener que acostarse con alguien a quien detesta. Si os hace sentir más tranquilo, podéis decir que todo estuvo en orden y yo que vos cumplisteis como todo un hombre. Mañana, ganaréis el torneo, coronaréis a la reina que deseéis y marchad tras la falda de vuestro rey a donde sea que emplace su corte. Lo demás son formalismos.— Decidió, como si él no tuviese ni voz ni voto en toda aquella historia y el tener que acostarse con ella fuese tan terrible como lo dibujaba la princesa.

Le sorprendió el espontáneo comentario de Orys, pareciendo abstraído del momento, pero más por lo dicho, como poniendo en entredicho a una de sus hermanas. —Pues tal vez sería mejor aconsejarla que saque de quicio en otro lado.— espetó. O antes o después terminarían mal. Ella, era una mujer fuerte a lomos de su dragón, pero Argella no se quedaba atrás, sabía pelear había aprendido hacía tiempo y tal vez le vendría bien bajarle los humos.

Habiéndose alejado de la puerta —y de él—, se acercó a la mesa y al fuego crepitante donde fijó los ojos, tan ardientes o más en aquel momento como las llamas que bailaban sinuosas ante ella. No vio cómo él se desprendía de la capa, la suya aún pesaba sobre sus hombros como el mismo manto que él cediese cuando se conocieron. —Es el mejor blasón que pudisteis escoger y siendo sincera. Os agradezco no haberlo hecho desaparecer. Bastante es ya haber extinguido mi apellido a favor del vuestro, algo quedará de Durran entre nosotros al menos.— Aunque si no pensaba consumar con él, no habría legado que continuase ni con apellido, ni con lema, ni con blasón alguno. Tenía calor cerca del fuego, sus mejillas que ardían por el vino y la situación, se acaloraban aún más con el fuego, sintió deseo de quitarse la capa pero temió que eso sonase a una invitación para él. —¿Podéis abrir una ventana? Hace demasiado calor aquí.— Cosa, que sería intencionada seguramente, ya que se suponía, que ambos debían permanecer desnudos en aquella habitación.
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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Vie 24 Nov - 7:09

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL ANOCHECER— Bastion de Tormentas — LUNA LLENA
Incluso después de un día particularmente largo, que había comenzado con el desayuno junto rey y quienes ostentaban un poder equivalente a ese rango hacía un año apenas, hasta el banquete y el singular ritual de encamamiento que había tenido lugar al final, no se sintió cansado al llegar a la alcoba, quizás porque se había pasado la principal parte de la fiesta comiendo y charlando, dejando al baile con su nueva esposa solo un rato antes de tener que partir escoltados por todos los presentes hasta el torreón en medio del escándalo montado. Se congratuló a si mismo después de sacudir la puerta con los golpes dados, suficiente como para que una situación de por si complicada empeorase teniendo que oír los gritos de ebrios con demasiada imaginación, confiaba en que se lo pasarían mejor en el salón, comiendo su comida y bebiendo su vino hasta altas horas de la noche, al tiempo que los señores de Bastión deberían estar acostumbrándose a la presencia del otro.

Lo que dictaba no solo las costumbres, la ley escrita y natural, fue rechazado de sopetón por las palabras de la Durrandon, quien en su seguridad parecía olvidar cada cierto tiempo cuáles eran las circunstancias, sus circunstancias, en pos de lo que se le aventuraba en el momento —Yo no os detesto, solo creo que habláis demasiado. De todas formas, espero que pretendáis darme una prenda para llevar mañana en el torneo—. Le respondió, pasando por algo toda su argucia respecto al gobierno de esas tierras y el trato que las había puesto en las manos de ambos. Sin consumar no había boda válida, por ende él no sería señor y ella tampoco señora, por lo que prefirió no discutirle en ese momento durante su intento por rehuir de la situación, más manotazos de ahogado que una verdadera declaración, pues si hubiese sido ese su deseo, tarde era entonces para ir a planteárselo a Aegon con la negociación ya concluida hace mucho —Ya que confiáis en mi triunfo, no sería un buen esposo si no pretendiera ganar la justa para vos, una formalidad, si lo preferís llamar así—. Agregó, pues también en público debían parecer lo que hasta ese momento todavía no eran y no existía lugar más público para lucir sus nuevas galas que en la liza, ante los ojos de todo el reino y de conseguir ganar, robarse las miradas de todos los presentes.

Antes había básicamente omitido todas las directrices acerca de lo que él tenía que hacer o lo que supuestamente haría, según ella. Orys era consciente que incluso la mayor de las valyrias, siendo una guerrera renombrada, teniendo una espada de acero ancestral y siendo jinete de un dragón tan temible como los demás, jamás se atrevía a hacer nada que pudiese deshonrar a Aegon, guardando normalmente en su presencia, el mayor de los respetos por los demás y actuando muy distinta a como lo hacía en cuanto se encontraba en solitario, astuta como era para buscar acrecentar su influencia a costa de los demás consejeros del rey y ganándose por lo mismo más de un lord que mostraba sus respetos ante Rhaenys antes que a ella, solo por hacer evidente la postergación —No es personal, suele ser así cuando alguien le parece que puede dar problemas, y vos a final de cuenta no dejáis de ser vista como un riesgo que asumir, todavía más después de la boda—. Le explicó. Ella era alguien con sangre real y derechos propios a un reino, no había sido ascendida como los Tyrell o los Tully, y que el rey hubiese decidido casarla con el Baratheon le hacía pensar que solo sumaría potenciales problemas a futuro.

Conservar el legado de los Durrandon intacto, sumado a la presencia ahora del lord Mano en su linaje, garantizaba al rey tener a su principal aliado más cerca que cualquiera de los demás vasallos, menos confiables y que no estaban unidos por años y una vida de lealtad mutua. Al mismo tiempo, el Baratheon había sido consciente de que a menos notorio fuese el cambio, mejor lo tendrían tanto los nobles como los mismos campesinos, quienes posiblemente ni siquiera notaran la diferencia al ver el venado coronado ondeando en los estandartes igual que lo había hecho desde siempre —El blasón y "Nuestra es la furia" Son palabras poderosas, estoy seguro de que nos describirán bien de aquí en adelante—. Le dijo, con varios posibles significados a sus palabras, por si tenía duda alguna de que el nuevo legado debía perpetuarse, cuando eran ambos lo último que quedaba de sus nombres y de sus historia. Tranquilo, confiado como estaba, asintió ante su petición y se acercó hasta la ventana, abriéndola un tanto, lo suficiente como para que con el clima cambiante de esas tierras no se viesen con un vendaval dentro del cuarto. Después de hacerlo, se mantuvo en esa posición, mucho más cerca de la chimenea y de ella misma —De todas formas, creo que permaneciendo cerca de la chimenea será poco vuestro alivio. Permitid—. Le dijo, acercándose a desabrochar la capa que seguramente le resultaba pesada. Al mismo tiempo, cada paso que diera alejándose de la chimenea, significaba acercarse al lecho cubierto de pieles que aguardaba por la pareja. Incluso él, desprovisto ya de la capa, se abrió el cuello del jubón para poder respirar sin tener que alzar el rostro como mirando al horizonte de forma permanente —Y no pretendáis fugaros por la ventana, por favor, está muy alto y de todas formas ya es tarde como para arrepentirse de vuestras negociaciones—. Agregó, recalcando que había sido ella quien había negociado finalmente el tratado, aceptando los términos y él mismo acatado la voluntad del monarca, como para ser increpado luego por ella —Tengo que preguntarme si en algún punto mi esposa será sincera con lo que le preocupa—. Dijo, asumiendo que tendrían tiempo en ello todavía, tomó uno de los leños con una de sus grandes manos y lo aventó dentro de la chimenea, liberando un estallido de pavesas que revolotearon delante de ésta como luciérnagas en la noche.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Vie 24 Nov - 14:26

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AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — Anochecer— Bastion de Tormentas — Luna llena
Le miró con fijeza cuando le dijo que no la detestaba. Con todo lo que se había esforzado para ello y aún no lo había logrado. ¿Qué pasaba por la cabeza del Baratheon? Aquello era algo que al parecer nunca terminaría por descifrar. En cuanto a ella, siempre era como un libro abierto con sus emociones, incapaz de ocultarlas aquella era la maldición de los Durrandon, demasiado apasionados como para guardar cualquier cosa que tuviesen a flor de piel. Necesitaban expulsarlo con tanta vehemencia como el respirar. —Bueno, que no me detestéis tampoco significa que estéis deseoso de cumplir con esta obligación.— Asumió, tratando de evitar el tema y mantenerse firme en su postura. No necesitaban pasar por aquello, especialmente ella quien no tenía experiencia alguna con los hombres ni deseaba que esta se iniciase de forma brusca y fría con alguien a quien quería más gritar que besar. —Tengo algún pañuelo en mis baúles, supongo que eso servirá.— Porque pese a todos, a ojos del mundo estaban casados y si tenía que seguir con aquella farsa para mantener sus tierras lo haría, no dejándole en mal lugar frente a nadie por mucho que quisiera hacerlo y él se lo mereciese. —¿Buen esposo?— preguntó. —¿Lo decís en serio?— Los ojos de Argella se clavaron en los de él, negros, serios, profundos. —Podéis aparentar cuanto queráis fuera de esta habitación, pero no hace falta que continuéis con la farsa una vez dentro.— Se encumbró la tormenteña quien definitivamente había dejado los temblores por los nervios atrás junto al fuego del hogar.

Hablar de Visenya relajaba un poco la tensión porque podía focalizarla en ella. Por mucho que habiéndose casado con su hermano bastardo ambas tuviesen que verse bastante a menudo, no quería decir que algún día llegarían a ser amigas, no con ese comiendo. Demasiado rencorosa era Argella como para tal cosa. Lanzó un pequeño siseo ante la opinión de su esposo. —Cualquiera diría que ante tanta insistencia con el encamamiento y su animadversión ahora más incluso por estar casada, querría ser ella la que estuviera en mi lugar ahora mismo. Tal vez ya os hubiese arrancado la ropa y estaría retozando con vos entre las pieles hasta el amanecer.— Opinó totalmente sarcástica. —En su lugar, os tenéis que conformar conmigo. Mucho menos ardiente que un dragón y menos dispuesta que alguien que se acuesta con su hermano.— A esas alturas todo le daba igual. El vino, la estancia, el calor, el nerviosismo, todo. Si, estaba segura de que él saldría en su defensa, pudiera ser que incluso discutiera y tal vez era lo que ella buscaba, poder dar rienda suelta a todo lo que se agolpaba en su interior.

Se atrevió a reír con el comentario sobre su blasón. —Me alegro de que lo tengáis tan claro y que hayáis entendido que no son palabras huecas.— Porque si, cada vez que lo tenía delante, se ponía furiosa. ¿Por qué? Si la mayoría de las veces él había sido correcto y amable, atento, cercano e incluso había velado por ella. Se trataba de una sensación visceral, tan visceral como la propia Argella que se negaba a sí misma el verlo de otro modo. El soplo de aire fresco que entró en la habitación le alivió un tanto, pero no demasiado, no tanto como para poder respirar con normalidad y pretender que ahí no estaba pasando nada. Lo sintió acercarse a ella de nuevo y se negó a moverse, no  representaría la función del cervatillo asustado ante el cazador. Cerró los ojos cuando notó como sus grandes manos manipulaban el broche de su capa, deslizándola de sus hombros para aliviarla del peso. Sin ella, se sintió más desnuda que cuando la habían vestido solamente las cadenas frente a él y pudo contemplar su piel bajo estas.

En un movimiento instintivo, alzó las manos para acogerse los brazos cruzando los antebrazos sobre el pecho, como si se protegiese del frío que evidentemente, no existía en la estancia. La tela de su vestido era suave, bien cuidada y la acarició distraídamente buscando cierta sensación de tranquilidad, como cuando se mima a una mascota dócil. —¿Quién dice que me preocupe algo?— respondió, cuestionando a su vez ante su pregunta mientras daba un paso hacia atrás alejándose de la chimenea a riesgo de que las volutas ígneas prendiesen en la falda del traje nupcial que aún vestía. Pero era evidente, que a medida que pasaban los minutos encerrada ahí con él su rostro iba enrojeciendo más, pues pese a tratar de parecer la mujer más segura de Poniente, estaba lejos de serlo en esos momentos. —Solo me estoy preguntando cual de los dos va a dormir en el suelo.— Miró hacia la cama, que en su retroceso se había acercado peligrosamente. Era grande para los dos, para incluso más personas si así lo deseaban, pero dormir a su lado, implicaba el peligro de que finalmente la consumación se hiciese presente y estaba claro que ninguno podía descansar de pie toda la noche. En algún momento, tendrían que abordarla y tal vez, cuanto antes tomasen esa decisión, sería mejor.
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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Vie 24 Nov - 22:43

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL ANOCHECER— Bastion de Tormentas — LUNA LLENA
Cuando había pensado acerca de esa noche, las ideas de lo que podía ocurrir habían llegado hasta su cabeza, tan variadas e indescifrables como las mismas intenciones de la Durrandon, con los consecuentes escenarios desde que opusiese una absoluta resistencia hasta que se dejase hacer de la misma forma que muchas, sin moverse más que lo necesario sobre el lecho, aceptando su destino sin dejar escapar de sus labios más que lo necesario llegado el momento. Tampoco era un romántico como para esperar que de un momento a otro se tornase de la princesa que había conocido tras la caída de Bastión, en una especia de flor de esas tierras, sumisa y sonriente ante las palabras de su marido, ansiosa por satisfacer las expectativas que el mundo hubiese puesto sobre ella —No detestaros viene significando que no os detesto—. Le respondió, para que así se ahorrase el sacar conclusiones más allá de lo que había realmente  —Entended que no es mi deseo martirizaros en público o en privado—. Le resultaba más entretenido la forma en la tormenteña pretendía buscar un acuerdo en que al otro lado de la mesa de negociación se encontraba ella misma y la que él contemplaba como un mero testigo, sin intervenir más que para sacarla de evidentes equivocaciones —No creo que haga falta que me hagáis desistir de intentar serlo—. Agregó, recordando la vez en que habían paseado juntos con el mercado de uno de los pueblos cercanos a la fortaleza, cuando por un instante habían llegado a estar en paz como un símbolo de tranquilidad para las gentes que habitaban esas tierras.

En el momento en que el Targaryen había considerado unir a Orys con la princesa de las Tormentas, de seguro no podía haber previsto que más temprano que tarde, la misma se acabaría enemistando con la mayor de las reinas, en especial luego de que él mismo había tratado a la Durrandon con todo el protocolo esperable para la realeza de que provenía y a la que renunciaría en pos de reconocerle como su señor —Princesa, no hace falta que... Argella... No sugiráis tales cosas, bo hoy—. Lo último en lo que quería ponerse a pensar durante esa noche era que encima de todo tenía encima el ojo de la reina buscándole después de contraer matrimonio, para cobrar la primera noche a título propio. De todas formas se le antojó una sugerencia por rabia, venganza por la vergüenza que la había hecho pasar antes —Creí que habíamos convenido, por vos misma, que aquí quien se está conformando con lo pactado sois vos y yo soy el que está recibiendo el sinnúmero de talentos, todos por encima de lo que le corresponde y que también os incluye. Queráis haceros a la idea o no ahora o después, ningún caballero ha llegado a casarse con una reina—. Le dijo, volviendo a poner lo esencial y lo evidente a vista de ambos, estaban ahí por lo que debía ser y que sería eventualmente a pesar de su reticencia a aceptarlo en ese momento.

Más lo impresionó su risa posterior, quizás era el efecto del vino o solo el de sus palabras al reconocer la supremacía de su casa y su linaje sobre el propio, junto con el carácter que precedía a los miembros del mismo, valientes y furiosos como el animal de su blasón cuando llega la hora de enfrentarse a sus enemigos —Habéis sido muy generosa en hacerme entender—. Replicó, no pudiendo evitar recordar la ocasión en que él mismo, cansado de sus reproches, había sacudido una pesada mesa de madera con el golpe de sus puños, revelando la parte de su personalidad que solía reservar para cuando su rostro estaba cubierto por la careta de la armadura y sus puños encerrando la empuñadura de su espada —Ya llegará el tiempo de que el resto del reino lo recuerde—. Añadió, pues ahora sus enemigos serían los propios y restaría demostrar al resto del mundo que Reyes Tormenta o no, la casa que gobernaba Bastión de Tormentas seguía siendo formidable y ante todo, temible.

Tan insensato como intentar descifrar el corazón de una mujer, era preguntárselo directamente tal y como hizo el Baratheon, recibiendo naturalmente una contestación que parecía negar que nada fuese mal cuando estaban en esos momentos conversando con la misma tranquilidad de quien intenta estirar una soga hasta el punto en que se corta, era evidente que no estaban haciendo lo que se suponía que era su misión para ese momento a los ojos de los hombres y de los dioses. Quizás el evitar el encamamiento tenía esa consecuencia negativa, que el mismo servía para que terceras manos rompieran el hielo y dejaran expuestos a ambos uno frente al otro, sin lugar a donde ir y ahorrando la situación en que se encontraban —Creo que eso es precisamente lo que os preocupa, que no estáis ya en una posición donde, tomadas las opciones, corresponda decidir nada, a ninguno—. Le dijo, serio, pero sin mostrar molestia alguna ante sus palabras, al tiempo que el leño comenzaba a crepitar a medida que se encendía en llamas sobre las brasas encendidas debajo de este —¿Pretendéis decidir ahora en qué lado de la cama dormirá cada quien? ¿Cómo se llamarán nuestros hijos, si tendrán nombres de tormenta o valyrios? ¿Durran o Jaehaerys?—. Le fue preguntando desde su posición, una que se mantenía opuesta a ella en el cuarto, con las llamas elevándose por detrás de él y salpicando su mirada de aquel brillo particular —No sé cuánto tiempo pretendéis comprar en el que tenga que discutir con vos, negociar, suplicaros incluso, porque os puedo asegurar que incluso jugando bien vuestras cartas no pasará de solo un par de horas en toda la noche—. Le dijo, tan tranquilo como sabía estarlo para enfrentarse a ella, sin darle una excusa para escapar de sus propios pensamientos racionales hacia los insultos o los deseos de sacarle cosas en cara para evitar darse cuenta de lo obvio —Antes, cuando he hablado con "ñuha āeksio" Aegon, me ha dicho que ve un fuego en vos y de momento temo que me cuesta verlo—. Afirmó, revelando parte de su conversación en valyrio y acercándose un par de pasos hasta ella para poder observar mejor aquel par de ojos en constante tormenta, esperaba ver ahí la respuesta que, pudiesen en última instancia, ocultar sus palabras.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Sáb 25 Nov - 2:28

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — Anochecer— Bastion de Tormentas — Luna llena
Estaba bien que al menos uno de los dos no tuviese intención de martirizar al otro. Ella no tenía problema con intentarlo tal y como le había prometido el día en que aceptó casarse con él. Por supuesto, aquello no era lo que vería nadie más, en público, se sentiría obligada de representar el mismo papel que ejerciera durante la boda, si bien no el de la amante esposa, sabiendo el mundo que era un matrimonio arreglado, si el de respetuosa compañera, no permitiendo que nadie más tratase de pasar por encima de cualquiera de los dos. Tenían que trabajar juntos en aquello les gustase o no, aunque al parecer él era mucho más colaborativo que ella misma. No creía que fuese a ser capaz de hacerle desistir de nada, él tenía sus propias formas de hacer las cosas del mismo modo que sucedía con ella. Podía intentarlo lo que quisiera, especialmente porque sabía, que no tendrían que convivir mucho tiempo juntos, debiendo el marchar antes que después junto con su amo y señor.

Escucharle mencionar su nombre por primera vez desde que se conocían fue como un latigazo extraño. Siempre había guardado las distancias y los formalismos entre ellos, llamándola por un rango que ya no poseía en todo momento. Ni siquiera estaba segura de si le gustaba o no como sonaba, pues hacía demasiado tiempo que no oía su propio nombre en voz alta, siempre los que la rodeaban acostumbrados a llamarla primero princesa, luego majestad y después milady, el último que la llamó Argella fue el mismo que así la nombró y quien murió hacia ya más de un año no demasiado lejos del lugar donde se encontraban ambos ahora. Chasqueó la lengua no obstante ante su intento de mantener la paz, su pretensión de discutir con él parecía no surtir efecto y de algún modo tenía que desfogar todo lo que sentía en su interior, pero él tan paciente como siempre, parecía tener otros caminos para recorrer logrando que ella, pusiese los ojos en blanco en claro gesto de hastío. —Por supuesto, gracias por recordármelo. Lo había olvidado.— Si él estaba tratando de ser sarcástico a ella le daba igual. —Ya veis el premio viene con las herraduras mal colocadas, pero eso ya lo sabíais desde el principio.— se refería por supuesto a que, desde el inicio ella había mostrado ese carácter para con él salvo en el pequeño lapso en que habían firmado aquella tregua que duró tan poco como rápida fue la traición en su confianza.

—No ha sido nada, cuando lo necesitéis os hago una demostración.— hizo un ademán con la mano restando importancia a su comentario como si este hubiese sido en serio, porque entre otras cosas, ella si hablaba en tal cariz. Pero su rostro se tornó serio cuando mencionó cómo demostrarían al mundo que eran fuertes, o al menos, eso interpretó de sus palabras. Sabiendo ella, que jamás serían verdaderamente fuertes mientras no uniesen sus caminos para trabajar en una meta común. Necesitaban un entendimiento y aquello era innegable, por mucho que ella no quisiera, fingir que todo iba bien de cara a la galería duraría un tiempo, pero cuando este pasase sería evidente que los señores no se llevaban bien o no se entendían y cualquiera buscaría el modo de hacerlos caer. Así funcionaba aquel juego. Había conocido a muchos matrimonios de conveniencia, por no decir, que casi todos los que viera alguna vez se formaron de tal modo. En la gran mayoría, no existía amor alguno porque los dioses no les dieron tal recompensa, pero si había un denominador común entre todas las casas que se mantenían en alza y era el respeto que se tenían. Uno, que ella por el momento, no era capaz de demostrar hacia el aunque en cierta forma muy en el fondo, lo sintiera por todo lo que había hecho por ella, aunque fuese en beneficio propio.

Mirar a la cama, le había causado cierta sensación extraña pues era en ella donde se suponía tenía que estar y no evadiéndola. Ella, era la última de las Durrandon e iba a dejar morir su legado por orgullo. Siempre le habían enseñado a dos cosas, a no doblegarse y a cumplir con su deber para con su familia y casa. En ese momento, ambas cuestiones entraban en conflicto y aquello le intranquilizaba por ello se había negado en un primer momento y tratado de esquivar el asunto después, aunque para su sorpresa, Orys no se había abalanzado sobre ella ni mostrado furioso por su negativa. El siempre desconcertándola. —¿Acaso estáis insinuando que no tengo las riendas de la situación en la mano ni capacidad de decidir?— Preguntó. Porque estaba muy capacitada para encajarle la rodilla en la entrepierna y terminar así cualquier discusión a cerca de consumar el matrimonio o no. Su retahíla de preguntas, le hizo dar un paso hacia atrás con cada una de ellas. —No compartiremos lecho, hay muchas habitaciones en Bastión.— respondió a la primera. —¿Hijos? ¿Quién dice que vaya a dároslos?— Trató de mofarse, aunque su voz sonó más trémula que otra cosa. —¡Davos!— Espetó en forma de sorna buscando el nombre más ridículo que se le ocurrió en ese momento, esperando que él entendiese que ni valyrio ni tormenteño, no tendrían hijo al cual nombrar de ninguna manera. Para cuando terminó de preguntar y ella responder, sus piernas llegaron a chocar contra la cama, perdiendo el equilibrio quedando sentada sobre el borde para levantarse como un muelle de forma instintiva con el rostro ardiendo por la declaración que el acababa de hacer, donde insinuaba que le llevase más o menos tiempo, aquello tan solo terminaría de un modo. El natural para la noche de bodas de cualquiera.

El comentario sobre Aegon, terminó de desatar a Argella furiosa con que hablasen de ella en tales términos. No le importó la proximidad de la cama, ni que él fuese acercádnosle lentamente a ella, como si no fuese capaz de verlo. —¿Fuego? ¡Fuego!— preguntó y enfatizó la tormenteña deshaciendo el nudo de sus brazos colocando las manos sobre sus caderas y alzando el rostro para mirar a aquellos peligrosos ojos negros que comenzaban a tornarse violáceos por la luz del fuego y las velas sobre ellos. —¿Y qué os hace pensar que quiero mostraros algo de calor?— Dio un paso hacia él, la tormenta se desataba en sus ojos azules clavados en los de él, tan violentos como el estallido de su voz —¿Qué os hace pensar que podéis hablar de mí en esos términos?— le alcanzó, o se alcanzaron no lo sabía, si era ella la que había avanzado o lo había hecho él, pero uno de sus puños apretados se estrello con su dorso contra el amplio pecho masculino de él. —¿Qué os hace pensar que soy fuego y no tormenta?— le gritó casi en el rostro. Porque no, ella nunca sería un dragón, ni tendría su llama, pero las tormentas podían ser tan o más peligrosas y capaz de abatir a una bestia alada de su envergadura con un rayo golpeando sus escamas del mismo modo en que el puño había golpeado su pecho.
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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Sáb 25 Nov - 9:48

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL ANOCHECER— Bastion de Tormentas — LUNA LLENA
Quien hubiese estado profiriendo gritos desde el otro lado de la puerta ya se había marchado hacía rato, tanto por espanto en la multitud por los golpes furiosos que había lanzado contra la pesada puerta de madera, como por el deseo de continuar con esa fiesta que no se detendría, en supuesta conmemoración de los novios, a pesar de que ninguno de los dos podía afirmar que eran sus seres cercanos los que disfrutaban del banquete y de todo lo que tenía que ofrecer Bastión y las tierras que lo rodeaban a sus visitantes. Los novios a su vez ya llevaban observándose el uno al otro fuera del lecho, atrapados como estaban ahí en todo sentido, durante más tiempo del que quizás podía haber llevado el poner buen fin a ese día, o al menos un final que superase la incertidumbre que reinaba en los corazones y mentes de cada uno, poco acostumbrados a depender de alguien más que si mismos para conseguir sus objetivos. Que se devaluase constantemente le causaba cierta molestia, pues esa clase de humildad mal entendida parecía obedecer al deseo de ser lo menos interesante o atractiva posible para él, poniéndose siempre en la posición de lo que iba a costarle al Baratheon hacerse cargo del trato que ella había firmado con el Targaryen —Advertido estaba como para ponerme a protestar ahora, así como vos al aceptar los términos del rey hace un año y los de los dioses esta misma tarde—. Dijese ahora lo que dijese, habían pronunciado un juramento poderoso y en torno al cual se había llegado a reunir el reino entero como para que tal mérito quedase opacado por su deseo de independencia.

Si se habían conocido de una forma peculiar, una visión en medio de la noche ante sus pies, solo había sido un vaticinio de que las cosas si bien podían salir de forma exitosa, no lo serían siguiendo el mismo camino que la gran mayoría se esforzaba en usar para encajar entre la corte. Un ir y venir de peleas constantes y la presencia permanente del conflicto que los había llevado a conocerse antes por la mención en una carta y bocas de espías, que al final había acabado desencadenando la conquista del continente prácticamente al completo para ese momento en que ambos se habían convertido en hijos de las circunstancias. Unas circunstancias que dictaban que a los ojos del mundo se mostrasen tan correctos como en privado podían reñir hasta límites que por pocos los habían llevado a ahogarse en una penosa travesía de ida y regreso al castillo.Se limitó a sonreír ante su invitación a lo que fuese que lo estuviese invitando, a pelear quizás, algo que desde ese mismo día daría por hecho que no conocería de excepciones por días u ocasiones especiales.

Como una señal de lo que estaría por venir, poco y nada pasó para que la tormenteña tuviese la oportunidad de hacer exhibición de la furia que rezaba su lema y que tan bien había interpretado el Baratheon ahora que eran las palabras de ambos, así como lo eran los colores y todo lo demás que obedecía solo a un nombre diferente. Se dio cuenta de que le había malentendido en parte, quizás pensando que le estaba dando la orden de que se dispusiera a cumplir sus funciones como buena y amante esposa, lo que se convirtió pronto en indignación que le llevó a contestar a sus preguntas con renovado ímpetu, unos que no le valieron a medida que solo iba disminuyendo sus salidas mientras que retrocedía —Y así será por orgullo y no por las llamas del dragón, que nuestro legado estará condenado a perderse para siempre—. Concluyó a sus apresuradas respuestas, unas que se sucedieron rápido y aparentemente sin poder pensarlas demasiado, exponiéndose cada vez más a la presión a la que la sometía solo con palabras y refiriéndose al legado de ambos, uno que él había adoptado como propio al final —¿Davos? ¿Pero por qué Davos?— Repitió en tono de pregunta, no era que él se hubiese puesto alguna vez a considerar los nombres para supuestos herederos, pero sus motivaciones en ese momento le resultaban ajenas, ¿Había ella considerado esos nombres alguna vez?. Cuando trastabilló para ir a sentarse a la cama repentinamente, a poco estuvo de decidir dar el siguiente paso aprovechando su descuido, pero se contuvo, esa noche debía conseguir otra cosa tan importante como lo era aquella a la que ella rehuía y él seguía sin sugerir por sus palabras.

Sin entender las sutilezas del idioma del viejo continente, uno que en un par de palabras podía decir lo que toda una frase del ponientí, adaptando las palabras a la comprensión y no al contrario, la princesa pareció indignada por la revelación de lo que pensaba el monarca acerca de su carácter, una impresión que ella parecía esforzarse en dar a todos en la primera impresión como para indignarse al serle señalada. Solo necesitó preguntar por el adjetivo para exponer los motivos que podía darle a cualquiera para opinar de forma parecida, volviendo entonces ella a la carga en su contra, pero que en lugar de hacerlo retroceder, solo consiguió acortar la distancia entre ambos cada vez —Princesa...—. Le dijo cuando sintió su puño contra su pecho, sin poder sacarse la manera de llamarla como tal de la cabeza, en especial cuando no tenía tiempo de pensar demasiado sus acciones, ahora que ella le devolvía el interrogatorio y parecía lista para lanzarse a los siete infiernos si podía arrastrarlo con ella. Envolvió el puño con la propia mano, evidenciando así la diferencia entre ambos, lo mantuvo fijo en la posición que ella había elegido para golpear y su expresión se tornó seria al verla —Jelmāzma—. Le dijo en la lengua antigua, ya casi extinta —Pienso lo mismo, Iksā jelmāzma. Vos sois la tormenta—. No sabía si ella había captado algunas palabras de su conversación, pero que hiciera esa sugerencia se le antojó cada vez más coincidencia, si no de entendimiento, sí de llegar pensar lo mismo al respecto de quien era la mujer a la que había desposado para el resto de sus días.

Entonces se acercó más a ella con la determinación de quien ha elegido cruzar el río o ahogarse en el intento, dando el último paso para que sus cuerpos chocaran el uno con el otro, separados solamente por el puño que se interponía entre ambos —¿Escucháis los tambores, alteza?— Le preguntó, sintiendo así los latidos de su corazón y el contrario, galopando cada uno al ritmo acelerado por la situación en que se encontraban, enfrentados por la mínima distancia —Anuncian la tempestad por venir—. Respondió él mismo, apartando las manos ya unidas hacia un lado y usando la otra para sujetarla por la cintura, de forma similar a como lo había hecho en el salón durante el baile, atrapándola entre estar sujeta a él o caer sobre el colchón de la cama. No sabía qué iba a suceder, pero tenía la certeza de cómo iban a acabar —Guerra es todo lo que quiero de vos—, Le pidió, acercándose a su boca con mayor ahínco que en el altar, buscando sus labios con un hambre furiosa, la justa retribución a todos los reproches que le había dado desde que la conociera, tan anhelante que poco a poco se fue inclinando sobre ella, liberándola solo para resbalar por el lado de su cuello con el tacto de sus dedos y besos regados como una explosión definitiva, una que la observaba en mitad de la noche con brillo violeta, deseosa de conocer su propia furia.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Sáb 25 Nov - 15:23

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — Anochecer— Bastion de Tormentas — Luna llena
Si algo de todo lo dicho aquella noche le removió por dentro fue el enunciar en voz alta un pensamiento propio: Que su legado, el de ambos si es que él podía considerar tener uno propio moriría con ellos por el orgullo de la princesa. ¿Por qué Argillac no había tenido más hijos? No se vería obligada a hacer nada más solo por la responsabilidad de perpetuar su estirpe. —Estaba dispuesta a extinguirlo hace un año con mi propia muerte— Respondió encogiéndose de hombros, pese a que sabía que no era una respuesta razonable y que ella misma no creía en ella. ¿Realmente tan terrible era? Él era su esposo después de todo y como tal lo había aceptado, como bien dijo él hacía un año y ese mismo día y tal aceptación contraía unas responsabilidades. Tal vez podía hacerlo una vez, aquella noche solo por sellar el contrato y con suerte no tener que volver a soportarlo más veces si es que quedaba encinta. Con un hijo entre los brazos él no podía volver a obligarla porque no tendría más excusas que dar, ni ella más motivos para desearlo. También con un hijo su posición se asentaba y si el bastardo de los Targaryen caía le sería más sencillo ejercer de señora mientras el infante crecía. Claro que tal pensamiento no fue tan lúcido en su cabeza, tan solo pequeños relámpagos de ideas para autoconvencerse de aquello. —Es un nombre tan ridículo como la idea de que os de un hijo.— Respondió con acritud la Durrandon. Fue el primer nombre que le vino a la cabeza que ni fuese valyrio ni tormenteño, como si no quisiera manchar su sangre con la de un bastardo.

Sabia que antes o después estallaría, por su propio carácter y por el vino que bebió que le jugaba la pasada de inestabilizarla aún más en aquel temperamento que pocas veces refrenaba. Que hubiesen hablado de ella como si no fuese más que un trozo de carne era un motivo igual de válido a cualquier otro para terminar enfrentándolo con toda su furia desatada, con el brillo iracundo en su mirada e incluso con la violencia de sus golpes sobre el pecho del Baratheon. Cuando él atrapó la mano con la propia sujetándola donde la había estrellado luchó sin demasiado fuerza para liberarla cosa que no consiguió, extendiendo finalmente los dedos sobre la tela de su camisa al deshacer el gesto del puño sobre la palma de la mano. El nerviosismo que le había sacudido desde que entrasen ahí se apodero más de ella al sentirlo tan cerca, al poder apreciar el brillo en aquellos ojos negros que por momentos se tornaban violáceos. Entreabrió los labios escuchándole hablar en aquella lengua tan extraña y que ella no comprendía, era como si lograse crear cierto embrujo sobre ella, embaucándola. —Y haríais bien en recordarlo.— Le dijo con un susurro furioso, negándose a si misma caer ante él.

El calor aumentó en la habitación pese a la ventana abierta, seguramente por el leño añadido, pensó Argella negándose a asumir que era porque él redujo el espacio y podía sentir al completo su cuerpo del mismo modo que él podía sentir el de ella. Si, podía sentir como el corazón de ambos retumbaba, el de él fuerte el de ella desbocado,  de igual modo que estaba segura de que él sentiría como ella temblaba sin tener nada de frío. —Las tempestades son peligrosas.— replicó en un hilo de voz. —Pueden arrastraros hasta ahogaros.— Los ojos de ella descendieron desde la mira de él por su rostro hasta los labios de Orys, sintiéndolos más cerca cada vez. La tela de su vestido, parecía liviana casi inexistente ante el tacto de los dedos de su esposo que descendieron hasta afianzarse en su cintura para apresarla. La segunda vez que los sentía ahí, la primera que le quemaban la piel pese a no tocarla.

Sentir su boca contra la propia fue una vorágine que parecía querer desembocar realmente en toda la furia que tenía. Atrapó el labio inferior del Baratheon y lo mordió con rabia. —La guerra puede lastimaros.— Especialmente cuando luchaba contra una fiera, pero pese a decir aquello se abandonó después al beso hambriento respondiendo a él. Su segundo beso, si obedecía más a lo que siempre había esperado de uno, no al gesto frío del septo, si no al calor de la intimidad de una habitación donde nadie pudiera ver como su cuerpo se había acercado más apegándose al de él e inclinándose hacia atrás ante la presión del masculino, no pudo tomar aire hasta que los labios de su marido abandonaron los propios, siendo más un jadeo en busca de una bocanada que llevar a los pulmones que un respirar suave y pausado. La cabeza de Argella cayó hacia atrás, su cabellera rozando el colchón donde habría caído de no sostenerse con el brazo libre en uno de sus hombros donde enterró los dedos. —Maldito seáis, como os detesto.— Le dijo, aunque no tenía claro que sus palabras fuesen entendibles tal era el caos en su cabeza. Alzó la mano del hombro para agarrar su cabello negro y enredar los dedos en él, tirando con fuerza de este para obligarlo a alzar el rostro y mirarle a los ojos. —Si vais a hacerlo, hacedlo de una vez.— Le dijo con tono acusador antes de ser ella misma quien atacase sus labios.
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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Dom 26 Nov - 0:35

In light of the seven
AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — AL ANOCHECER— Bastion de Tormentas — LUNA LLENA
Tomar decisiones se volvía un asunto todavía más complicado cuando las consecuencias de éstas parecían revertir tan pronto en su vida, si hacía dos años había decidido apoyar a su señor en la campaña que buscaba sacudir el mundo en sus cimientos, jamás había esperado que tal juramento de lealtad lo podría haber llevado hasta donde lo hizo, de un extremo del mundo al otro y de regreso. Y así, las promesas que se habían forjado mirando a la distancia en el tiempo, como esperando jamás alcanzar el horizonte, llegaron, así como llegó el momento de librar la segunda más importante de sus batallas, una sin armas, pero tan crucial como cualquier otra —Y aun así, henos aquí, los señores de Bastión de Tormentas—. Señaló, como anunciando la entrada de ambos al salón del trono, una pareja tan dispar como eran y que a pesar de ese hecho, fuera de esa intimidad cargada de confrontación entre ambos, se presentaban como unos enemigos formidables para quien buscara oponerse a ellos. No crear una estirpe hubiese supuesto un suicidio consumado a todo por lo que había visto a la tormenteña luchar con anterioridad, llegando a arrodillarse con tal de salvar su legado —Sugerir que me entreguéis el tesoro de Volantis es ridículo, tener un hijo será una cuestión de tiempo aunque otros temores os cieguen ahora—. Porque sí, él no había sido ajeno a los términos de su acuerdo con el rey, de que a pesar de la boda ella mantendría en su poder una riqueza tan formidable como para construir un castillo desde la nada.

Con distancias cada vez menores que los separaban, la fuerza del Baratheon solo se acrecentaba a medida que desvestía a la princesa de excusas y formas de desviar la atención de ambos, sabía que buscaría cualquier razón para aferrarse y culparlo de lo que fuese, así como lo había culpado a él del trato firmado en palabras con el señor de dragones, ella quería convertirlo en un monstruo para no tener que lidiar con su propio sentido común y lo que la naturaleza, las leyes y aparentemente todo dictaba. Que ella fuese todo lo que quisiera demostrar con su enojo y el permanente trato que le había dado, no era más que la evidencia de que finalmente lo que tenía que ser, sería y que si la costumbre y un tratado lo ponían delante suyo igual que lo habían hecho las cadenas, no era menos el calor que aportaba la tempestad y la furia del carácter de ambos para que amenazaran con soltar chispas al mínimo contacto de su piel con la del otro. No había pasado por alto su advertencia, la amenaza de hacer que el resto de su vida fuese igual de difícil de tener que tratar con ella —Advertido estoy desde hace mucho como para retroceder—. Replicó antes de lanzarse a por un beso, uno en el que se enfrentaba a tan conocido peligro, como lo era el mar de Naufragios, visible desde la ventana que resultaba insuficiente como para enfriar lo que se desataría.

Nada menos que lo que le había pedido recibió, sintiendo los dientes clavarse en sus labios con furia mientras la besaba y la seguía besando a pesar de la agresión, ofreciéndole él mismo su labio inferior para que desahogara su fervor, porque eso era lo que él había aceptado que tendría desde el principio y nada menos que todo el ímpetu que había conocido en ella y que ahora, por primera vez, se transformaba en algo a desear tener consigo siempre. Y ella siguió respondiendo a su súplica, aumentando el contacto cada vez a pesar de que vistos por ojos de observador podía parecer que ella se iba retirando al tiempo que él la perseguía y no le permitía escapar del abrazo con que la había atrapado, cuando lo único que hacía era evitar que se separaran aunque fuese por una distancia nimia. Hubo de contener su risa cuando oyó que lo maldecía, afanado como se encontraba acariciando y besando la suave piel de su cuello allí hasta donde el vestido lo hacía desaparecer —Siendo así, ya podéis empezar a odiarme—. Le musitó al oído, porque si solo lo detestaba, ansiaba llegar a conocer cómo sería cuando ese sentimiento solo se hiciera más intenso. Porque no importaba qué era lo que podía llegar a sentir por él, solo importaba en lo intenso que se tornaba una vez liberado. No podía pronosticar nada, no había hecho planes para ello, solo se dejó llevar por los límites que ella marcase y cuando jaló de su cabello para obligarlo a ver directamente hacia sus orbes azules, cristalinos, revelando la tormenta que había desatado, y le reveló que no habría ninguno, se quedó absorto durante el instante que tardó ella en caer sobre sus labios y mientras se besaban, estando ahora atrapado por su boca y su mano, él se afanaba en probar el sabor de sus labios, a disfrutar humedecerlos y hasta a aventurarse hacia el final a buscar la lengua de Argella con la suya, ignorando el peligro de las mordidas que ella profería sin tregua, buscando enlazarlas en un baile lento y suave.

Aquel beso fue, incluso mejor que los anteriores, pues ambos habían decidido desatar la anunciada tormenta, saboreando los
labios del contrario sin ternura, mas si con devoción hasta que fue el caballero quien se separó lo justo para poder ver la reacción de la princesa, teniendo que sacrificar su labio al retirarse, volviendo a la situación en que él se inclinaba sobre ella, amenazando con dejarla caer sobre el lecho en cualquier momento —Como si no estuviera estado deseando hacerlo desde el primer momento—. Respondió tardíamente a su orden, sonriendo al tiempo que revelando aquel anhelo que guiaba sus impulsos. Soltó su mano antes atrapada, descendiendo la que ahora tenía libre hasta uno de sus muslos para acariciarlo primero por encima de la tela del vestido y sujetarlo firmemente para, junto con el otro agarrado a su cintura, encumbrarla por encima suyo incluso, buscando que se abrazara a su torso para no caer. Y desde esa posición la observó con expresión seria, teniendo que inclinar el rostro para hacerlo, ascendió su mano en un recorrido inventado desde su cintura para retirar suavemente uno de los lados  que sostenían el vestido en su lugar, allí donde de inmediato eligió enterrar su rostro en el hueco entre su hombro y el nacimiento de sus pechos para regar un par de besos vagos. Besos que amenazaron con descender primero, rozando hasta la línea que dibujaba la tela como frontera ya derribada y volver a ascender por su cuello hasta su barbilla, buscando su boca nuevamente, desconcentrado por la noción de ligereza que le daba el sostenerla con tal facilidad y que solo ayudaba a acrecentar el lujurioso deseo de sentir el calor de su cuerpo.

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Lun 27 Nov - 2:33

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AÑO 1 ANTES DE LA CONQUISTA — Anochecer— Bastion de Tormentas — Luna llena
Admitiría, aunque no a él, que impresionaba. Si las circunstancias hubiesen sido diferentes, si hubiese tenido una casa en vez de un bastardo, si la guerra y la traición no llamase a la puerta de ambos y un montón de motivos añadidos a una lista interna que se le hacía interminable porque cada segundo era capaz de añadir uno nuevo, tal vez no hubiese sido una opción descartable desde el principio. Era inteligente, fuerte y buen guerrero, tres aptitudes que se pedía para cualquier rey tormenta que quisiera gobernar en esas tierras sin salir escaldado por la tempestad del carácter de sus habitantes, la gente le temería y respetaría por igual y ella estaría orgullosa de llamarle esposo por mucho que no hubiese nacido un sentimiento más allá del respeto entre ambos. Pero no era el caso. —Sí, aquí estamos pero no por mucho. Con suerte, pronto os marcharéis y no tendré que veros en mucho tiempo.— o tal vez nunca, no se le olvidaba que la guerra no terminaba aún y que el norte aún resistía, envidiando la fortaleza que poseía Torrhen Stark. —Podría entregaros el tesoro ahora mismo si esto os hiciera salir por esa puerta con cara de satisfecho olvidando todo lo demás.— No, no le sorprendía que lo supiera tal vez hasta había sido idea suya. Por otro lado, aquel oro era parte de su dote privada, no obstante si era la señora de Bastión, poseía también las arcas del reino aunque fuesen compartidas y no  necesitaba Volantis para sobrevivir.

Y pese a todo, el ganaría aquella partida de igual modo que había vencido en todas las anteriores de una forma u otra. ¿Por eso le detestaba tanto? Porque jamás pudo ella tener ni una sola oportunidad de conseguir una mísera victoria frente a él. Tenía muchos años para ello, para ganar una y otra vez, aunque en ese momento, en esa habitación y con él tan cerca, estaba completamente perdida. A el no parecía importarle perderse si es que no lo estaba ya, fuese por querer formalizar aquello o por puro instinto masculino no retrocedía pese a sus amenazas ni se vendía pese a sus intentos, si no que como en una batalla donde uno se cree con todas las cartas en la mano avanzaba paso a paso seguro de lo que decía. Argella le miró a los ojos ante su frase sentenciadora. Ambos estaban advertidos, ambos sabían cómo terminaría aquello, al menos esa noche y la guerra interna que estaría por venir más adelante en cada situación cotidiana ante la cual no estuviesen de acuerdo.

Pero, para lo que no estaba preparada ella era para el fuego interno que la consumió ante el primer envite de sus bocas furiosas, rabiosas y hambrientas. Consumidoras de todos los enfrentamientos verbales que tuvieron entre ambos y que se traslucía entonces en aquel acercamiento irracional y violento debido a la fuerza de sus labios enfrentados y los dientes de la princesa queriendo herirle del mismo modo en que su orgullo se vio devaluado una y otra vez desde que le conocía. No tenía escapatoria y lo sabía, tras ella, la cama en la que caería antes o después, frente a ella él: su cuerpo masculino, su aroma, su sabor y su contacto. Los brazos que la aferraban apretándola contra él, apretándose ella misma, el cosquilleo de la piel de su cuello cuando sus labios húmedos lo recorrieron, la respiración entrecortada en busca de un aire que parecía faltarle hasta ahogarla. ¿Qué le estaba haciendo? —Y lo hago. Os odio y os odiaré más por esto.— Le respondió de forma incoherente. Le odiaría por hacerle rendirse una y otra vez, por entregar lo único que él no podía más que arrebatarle por la fuerza y que sin embargo, estaba ella dando con la rabia de una tormenta, pero cediendo al fin y al cabo. Odiándole porque pese a todo, ella también le buscaba tal y como hizo cuando tirando de su cabello atacó esos labios sibilinos que tan caros le habían costado.


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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Lun 27 Nov - 8:27

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Podía entender que incluso en las circunstancias en que se encontraban, ella todavía se resistiese hasta el último minuto en buscar la manera de no capitular, de no tener que ceder en las cosas que ya eran en la práctica un hecho. Lo había visto hacía más de un año, cuando incluso después de estar encadenada, entregada al completo a su peor enemigo, le había bastado con tener una capa con que cubrir su desnudez para plantarse delante suyo e increparlo por la guerra contra su reino y la muerte de su padre, cuando él podía haberle arrebatado la capa que le había dado junto con el último tesoro que podía poseer. Con su guarnición rendida y sus lores prisioneros había vuelto a desafiarlo cada vez, siempre desde circunstancias que a vista de cualquiera la tenían indefensa ante él, peor a quien se había seguido oponiendo al menos hasta que surgió la posibilidad de recuperar sus tierras y su poder —Posiblemente tengáis razón, pero también puede que no, así que no os ilusionéis tanto—. Le advirtió, pues si bien él habría acudido de inmediato al llamado del rey, como sabía que pasaría, de momento confiaba en poder afianzar primero el control de sus tierras antes de tener que partir. El comentario del tesoro le causó gracia, pues no bastaría el oro de todas las ciudades libres para convencerlo de abandonar esa unión —Confío en que lo tendréis a buen recaudo—. Se limitó a responderle, sin rechazar el ofrecimiento, ya llegaría el día en que por necesidad, ella estaría dispuesto a sacrificar parte de su fortuna propia en favor de la casa que ahora era tanto suya como de su esposo.

Llegado el punto en que decidió que aquello no se detendría, donde ella podría hacer lo posible por refrenarlo, por ganar tiempo, pero las aguas siempre volvían a su cauce y su camino ya dictado había comenzado a avanzar a un ritmo lento, calmado, pero a su vez indetenible. Si en un momento había temido que ella opusiera la más feroz de las resistencias, aquel juego en que no consentía, pero tampoco lo detenía, fue empujándolo a la necesidad de tomar las riendas de la situación y ser el primero en afirmar que aquello iba a suceder y que así lo esperaba él. Que lo mordiera todo cuanto quisiera, era un trato favorable si tal castigo se acompañaba de poder seguir besando sus labios durante el resto de la noche, hasta sentirlos acalambrados y doloridos del encuentro. Solo el sentido común que había logrado conservar incluso en los peores momentos, era lo que evitaba que cayesen de una vez sobre el lecho, porque de cierta forma disfrutaba todavía aquel contacto y la sensación de que a cada instante solo incrementaba la intensidad con que buscaban beber el uno del otro. Notando la presión que ella mantenía sobre su nuca, invitándole, ordenándole que no se separara ni por un momento de aquella intención resoluta de seguir conociendo su cuerpo con cada beso depositado sobre su piel. Si aquella era expresión de su odio, le resultaba más que soportable con tal de cumplir su deber encomendado.



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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Mar 28 Nov - 0:59

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Elric el Mar 28 Nov - 6:14

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Re: VI. In light of the seven

Mensaje por Willow el Miér 29 Nov - 1:51

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