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Memento mori

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Memento mori

Mensaje por Python Labubie el Dom 10 Dic - 16:31

Memento mori

NON SUB HOMINE SED SUB DEU ET LEGE

La religión ha sido, durante la prolongada historia de la humanidad algo indefinible y sujeta a las distintas culturas que coexistían en el mundo. Aun cuando el cristianismo no se había expandido representaba, sin lugar a dudas, la religión genuina. No se sabe cuándo Lucifer fue expulsado del cielo exactamente, pero lo indudable es que sus hermanos no cayeron al mismo tiempo. Uno de ellos, Asmodeus, pertenecía a la misma jerarquía divina: los Querubines. Ángeles que habían visto los ojos de Dios y que permanecían intimamente ligados a él. Ellos, gobernadores de los cielos, no podían intervenir en el mundo humano de forma directa como sus hermanos los arcángeles, pero sus inmensos poderes dimanaban en forma de luz que muchas veces, tocaban a los humanos para inspirarles en tareas encomendadas; fue Asmodeus quien con su luz, tocó a Moisés para guiarlo a tierra sagrada. También fue él quien bendijo a José con las visiones que lo arrancaron de la esclavitud egipcia y lo encaminó a faraón; él, que había tocado la inspiración de tantas personas ilustres con su halo, pronto abandonaría sus dones magnificentes.

«Proles sine matre creata»

Roma
Año 650 a. C
La monarquía legislativa fue parte de la primera etapa de Roma. Dotaba de un poder semi divino tanto al rey como a los patricios, aquellos cuya clase social se asienta en la nobleza y descienden de las curias primitivas; los primeros padres de Roma. Fue en el año 650 cuando la aparición de un niño de tres años en el monte Palatino desconcertó a los habitantes. Dicho monte era el lugar de residencia de Rómulo, desde donde a su vez fundó Roma, y levantó fuertes prejuicios sobre el menor. Su aspecto llamó poderosamente la atención por su gran belleza, su cabello de un flamante pelirrojo y sus ojos, de un insólito dorado. Ojos de lobo.

De esta manera, en un principio se pensó en una divinidad extraviada y descendiente de Venus, pero posteriormente vincular el niño al mítico Rómulo, el hijo de Marte que había sido amamantado por una loba, fue algo inevitable. El infante fue adoptado por patricios, pues éstos aseguraban que pertenecía a su clase social y era el descendiente más directo de Rómulo, pero el tiempo hizo que estas creencias se vieran mucho más reforzadas. Evidenció poseer poderes inimaginables que jamás habían presenciado antes. Poderes rudimentarios que se manifestaban como ráfagas dependiendo de su estado de ánimo y que, con el tiempo, pudo controlar a voluntad; era capaz de generar fuego, invocar al viento y la lluvia. Amaestrar grandes bestias, dominar la levitación... evidentemente, lo asociaron a un semi dios, y con tan sólo diez años el niño fue elegido por el pueblo para gobernar sobre Roma: su nombre era Aius Romulus Augustus.

«Si vis pacem para bellum»
Año 630 a.C
Asmodeus ha desobedecido a Dios y ha bajado a La Tierra, impulsado por un deseo irrefrenable de experimentar en el mundo humano, ése que le fue prohibido por su jerarquía. Desde que su esencia etérea tocó la tierra se ha materializado de carne y hueso con el fin de poder desenvolverse como un humano más. Su toque, no obstante, ha dejado su huella en la tierra, curando a todos los enfermos terminales dentro de un radio considerable y haciendo fluctuar la vida y el rejuvenecimiento de lo decrépito.

Con todo, intrigado por la cultura romana y el enigmático gobernador de poderes inciertos, se adentra en el reino haciéndose pasar por un esclavo más con el fin de entrar en la Regia ¿Qué sucederá a partir de entonces?
Lucius (Asmodeus)
Heise Jinyao
Desconocida
Incaendium
Aius Romulus
Heise Jinyao
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Python Labubie
CS/PLOT | 1x1 | Temática Original




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Re: Memento mori

Mensaje por Incaendium el Jue 1 Mar - 3:56


Capítulo I: A New Beginning
Con Aius | Gran salón | 7:30 am
Deseaba sentir, experimentar, descubrir, huir.

Con la reciente expulsión de uno de sus hermanos, todo se había sumido en el caos. Aquel hecho que bien habría formado parte de un libro de historia antigua en el mundo de los mortales, aún era un acontecimiento novedoso debido a la percepción temporal tan diferente que tenían los ángeles gracias a su inmortalidad. Algunos susurraban, levantando sus propias conjeturas del porqué de semejante acto; otros, preferían mantenerse en silencio y dedicarse a la tarea que les había sido encomendada, y muchos otros, la mayoría de rangos más insignificantes, sencillamente ni siquiera habían dado con la noticia. Su hogar se estaba transformando en una guerra fría, y la paz de la que todos alardeaban se estaba desvaneciendo.

Asmodeus nunca se había sentido cómodo entre los suyos, menos ahora que se habían convertido en el centro de atención. Podía sentir cómo todos y cada uno del resto de los ángeles apostaban por cuál de los primeros hijos del Todopoderoso sería el próximo en caer, en ser desterrado de sus tierras. Ellos estaban en lo más alto de la jerarquía celestial, eran capaces de acceder a poderes que el resto no podía siquiera concebir y, además, eran los únicos que contaban con el placer de mantener una conversación con la celebridad que reinaba el mundo de los cielos. Pero todo aquello no era suficiente, y eran beneficios con los que Asmodeus contaba desde el origen de los tiempos. Había probado todo lo que el paraíso tenía para ofrecerle, y por desgracia, éste ángel era, probablemente, el más curioso de sus hermanos; algo considerado un arma de doble filo, porque también se aburría con una facilidad abrumadora.

Entre tantas hipótesis que viajaban de oído a oído, con el tiempo fue capaz de descartar algo que capturó su atención instantáneamente. Los arcángeles, soldados protectores a los que su Padre les encomendaba tareas generalmente en el mundo de los mortales, susurraban acerca de uno en específico, uno al que el resto idealizaba tan profundamente que llegaban a compararlo con su propio creador. ¿Cómo podía ser que el ego de un simple hombre fuera tan grande o su presencia tan imponente como para compararlo con Dios? Sin duda alguna, aquello fue el principio del fin para Asmodeus, porque la reacción en cadena que se generaría a continuación acabaría por darle un inesperado giro a su vida.

Comenzó a prestar atención y a manifestar su interés por éstas criaturas. Comprendía sus protocolos, sus reglas y medianamente el orden de poder bajo el que actuaban; todo le resultaba sumamente curioso, pero no más que lo que había oído sobre aquel mortal al cual ya podía referirse con un nombre: Aius. Nadie sabía absolutamente nada de su paradero; había aparecido de la noche a la mañana no solo para los habitantes de la ciudad en la que residía, sino para ellos mismos, los ángeles, también. Esa era la verdadera razón por la cual el pelirrojo se había transformado en una novedad incluso en el paraíso. Todo indicaba que sería una buena distracción de los últimos acontecimientos.

Así que finalmente, habiéndose nutrido lo suficiente con la información necesaria, decidió desobedecer a su padre como el buen niño rebelde que era y bajar para mezclarse en el mundo de los humanos.

Era la primera vez que probaba su rebeldía de forma tan abrupta. Si bien eran los ángeles más poderosos, eran los únicos que tenían prohibido descender debido a que la gran carga que conllevaba su presencia podría traer consecuencias catastróficas. Él claramente no tenía idea de éste pequeño detalle, por lo que una vez hizo contacto con el mundo terrenal, todo lo que se encontraba en un radio considerable comenzó a cambiar. Las flores resecas volvieron a brillar con todo su esplendor, los animales heridos o que habían fallecido recientemente volvieron a la vida e inclusive, aquellos humanos que sufrían por culpa de una enfermedad comenzaron a sanar con el paso de los minutos. Los ciudadanos también empezaron a manifestar un comportamiento extraño, lo cual fue más apreciable en aquellas personas que, consumidas por la maldad poco a poco adoptaban una postura más noble, más bondadosa y libre de pecado gracias al aura tan pacífica que se disipaba desde aquel punto en el que yacía el ángel inconsciente.

No pasó demasiado tiempo antes de que un montón de personas se aglomeraran a su alrededor, observándole con fijeza mientras murmuraban suposiciones que lo vinculaban, en cierta forma, al pelirrojo. El misterioso joven por su parte, yacía recostado al lado de una grandísima estructura de piedra; el sol le molestaba en los ojos y estaba experimentando algo que jamás había sentido gracias a su verdadera naturaleza: un mareo. Sentía el estómago revuelto, y alzar la vista para encontrarse con el astro le sofocaba. Sin embargo, al escuchar los murmullos frunció el ceño y alzó la cabeza, encarando a las personas que estaban allí; eran aproximadamente diez, todas con expresiones diferentes plasmadas en sus rostros, expresiones que no era capaz de comprender.

¿Quién eres, muchachito? —Se animó a preguntar un hombre entrado en años. Llevaba una toga del color de la tierra y tenía el cabello canoso repartido en forma de luna menguante que abrazaba su cabeza—.

Pudo oír más murmullos tras unos momentos de silencio donde se suponía que debía contestar. Les recordó mucho a los ángeles del paraíso, con puras conjeturas extrañas.

¿Cómo has llegado aquí? —Volvió a insistir el anciano con su tono mesurado, inclinándose ligeramente, como si al hablarle más cerca Asmodeus pudiera escucharle mejor. Enseguida, éste alzó el rostro para verle una vez se acostumbró a la luz y el mayor dio un paso hacia atrás; su mirada, del mismo color que su túnica no mostraba nada más que asombro—.

¿Nadie lo conoce? —Agregó una muchacha que se encontraba al fondo de la pequeña multitud—.

Está impoluto como para pertenecer a nuestra clase, pero tampoco pertenece a la nobleza, sino sabríamos quien es. —Contestó el anciano, escudriñándolo con su mirada afilada. Reparaba en cada ínfimo detalle—.

El ángel observó a su alrededor con la mirada un tanto alterada y alzó una mano para rozar la textura áspera de la columna en un intento de apoyarse para ponerse de pie, pero enseguida algo lo detuvo.

Un hombre de unos treinta años se abrió paso a zancadas y empujones a través de la muchedumbre hasta ponerse en frente al pelinegro y cogerlo del brazo con brusquedad. Tenía el cabello corto, una mueca de pocos amigos y una cicatriz que recorría la mitad de su cara que resaltaba todavía más lo anterior; olía mal y desde aquella cercanía podía divisar una gota de sudor deslizándose a través de su frente. El ángel por su parte, entreabrió ligeramente los labios como si fuera a decir algo, pero ni siquiera una palabra salió de su boca.

Si no hablas con nosotros, tendrás que hablar frente al emperador. —Espetó, dándole un tirón del brazo como si buscase espabilarlo de repente o darle más importancia a aquella amenaza sin sentido—.

Aius Romulus. —Respondió solamente él, en una voz que rozaba la suavidad de una seda. Sus sílabas surgían entrecortadas, como quien está aprendiendo a hablar un idioma por primera vez—.

El resto de los que estaban allí presentes quedaron petrificados en su lugar, asombrados. El anciano, quien parecía ser la voz de todos ellos, dio un paso hacia adelante en un vago intento de que el otro hombre se tranquilizase.

Tiberius, suéltalo. —Exclamó, alzando una de sus viejas y arrugadas manos para deshacer el agarre fuerte que sostenía al ángel. —Llevémoslo ante el Emperador sin más, él sabrá que hacer. —Aquellas últimas palabras del anciano fueron a misa, y poco a poco el tumulto de gente comenzó a despejarse entre susurros; el último fue el hombre más brusco, que tras escupir el piso y regalarle una mirada bastante desagradable se marchó igualmente.

Asmodeus había enmudecido completamente producto de la cantidad de sensaciones que se arremolinaban en su interior; estaba sintiendo como un mortal por primera vez y ahora tenía que vivir como tal hasta que su pequeña odisea terminase. Una fuerza extraña oprimía su pecho, le costaba comprender lo que los demás decían, tenía la vista un poco borrosa y la garganta reseca. Inhaló una cantidad considerable de aire y luego exhaló con la misma fuerza, como si se tratase de un bebé que acaba de nacer y tras su primera respiración ha desplegado el verdadero poder de sus pulmones.

Ven conmigo, muchacho. Te llevaré directamente con Aius, algo me dice que es ahí donde perteneces.

Tras aquello, ambos se abrieron paso a través de un sendero empedrado en el monte que llevaba directamente al palacio del supuesto emperador. En el camino llegó a escuchar todo tipo de relatos, cuentos de las grandes hazañas del pelirrojo y cómo este que había llegado a ser lo que hoy era. Le resultó curioso que incluso entre los de su especie, nadie supiera nada de su procedencia; había aparecido de la nada como él mismo y demostrado poseer un dominio de los elementos que estaba seguro su Padre no le había otorgado a ninguno de los humanos. Eran como dos polos opuestos; mientras el anciano demostraba ser una criatura ordinaria, simple más allá de su sabiduría, Aius se asemejaba más a una divinidad.

Con todo, el trayecto se había hecho bastante corto, el mareo disipado y ya era capaz de sentir todo con mayor fluidez, de manera más maravillosa. El palacio era una estructura imponente, hecha en piedra tallada con una delicadeza casi experta para lo rudimentario de la época. Su mirada viajaba, perdiéndose en cada ínfimo detalle que era capaz de abarcar de aquella pieza arquitectónica; la luz dela mañana se colaba entre los amplios pilares, e incluso era capaz de vislumbrar algún tímido resquicio de naturaleza asomándose por las esquinas en forma de enredaderas. Pero algo lo distrajo, y era que a medida que avanzaba cada vez más a lo largo de aquel interminable pasillo, podía oír voces.

Mi nombre es Cornelius, por cierto. Soy el consejero del joven Aius. —Comentó el anciano, disculpándose con un gesto por haber obviado un detalle tan importante como su presentación, aunque siguió caminando a paso apresurado al punto que por un instante el ángel temió que fuera a tropezarse con aquella torpeza. —Muy buenos augurios para Roma… Puedo sentirlo.

El ángel alzó las cejas con curiosidad y atravesó el umbral de una grandísima puerta que se abrió rechinando suavemente. Dio un par de pasos, adentrándose en un salón tan grande que le llevo unos segundos recorrerlo con la mirada: estaba bordeado con el mismo tipo de columnas que se alzaban imponentes en el resto del palacio, sosteniendo la maravillosa pieza arquitectónica que suponía la morada del emperador; pequeñas albercas se extendían a los costados, rellenas de agua cristalina que caía desde pequeñas fuentes y, en el fondo, una larga mesa de madera de limonero oscura se extendía, rodeada de lectus predispuestos especialmente para el pelirrojo y su esposa, así como el resto de los invitados y otros miembros menos importantes con los que fueran a reunirse.

No había reparado en su presencia hasta que escuchó nuevamente al mayor, y pronto bajó el mentón, deshipnotizándose de un punto fijo de la gran cúpula que se alzaba en el techo alto y dejaba pasar haces de luz que perfilaban las facciones en su piel marmórea. Enseguida, el anciano lo tomó del brazo y caminó apresuradamente hacia el fondo del salón.

¡Aius! ¡Aius! ¡Mi Señor! —Exclamó, dando zancadas tan grandes como su edad le permitía, llevando a rastras al caído—.

Los orbes de Asmodeus se abrieron de par en par al entrar en contacto con la imponente figura del gobernador. Era un hombre joven y alto, con músculos tonificados que se enlazaban a su estructura ósea de manera aterradoramente perfecta, confiriéndole un cuerpo que bien podría haber sido esculpido a mano por su propio Padre, buscando la perfección en una de sus insignificantes y nuevas creaciones. Tenía una melena pelirroja suave que acariciaba sus hombros anchos y unos orbes ambarinos dignos de un animal salvaje que, con tan solo observarlos, era capaz de percibir el carácter aguerrido que poseía. Sencillamente no parecía haber sido concebido bajo las mismas reglas que el resto de las personas con las que se había topado antes y aquello le abrumaba. ¿Acaso su padre sabía de antemano de su pequeña escapada del paraíso? ¿Había sido el pelirrojo obra suya para conducirle al pecado?

Por sus ojos asomó el temible desconcierto.

¡Los Dioses le han enviado este regalo en su día! Para festejar un año más de vida. —Comenzó a explicar, con la emoción reflejada en sus ojos vidriosos. —Este muchachito ha aparecido en el mismo lugar que usted hace muchos años. ¡Es una señal, no hay otra opción! —Hizo una pausa para ladear el rostro y dirigirse acto seguido al ángel a su lado. —Arrodíllese, joven, está usted ante el Emperador de Roma, le debe respeto. —Aseguró, moviendo las manos para darle énfasis a sus palabras. Éste obedeció sin rechistar, como si estuviera ya entrando en su papel, encariñándose con la esclavitud. Enseguida, el consejero se aclaró la garganta y prosiguió: —Está en perfecto estado mi Señor. No puede ser que se trate de un esclavo ordinario.

El anciano tomó al ángel de las manos, manos tersas y pálidas, de dedos largos que prescindían de las marcas y cicatrices de los trabajos forzados a los que normalmente aquella clase era sometida. Y acto seguido, alzó una mano huesuda para descubrir una hilera de dientes blancos y bien cuidados que contrastaban con los suyos, más amarillentos.  

¿Ve? ¡Ni un rasguño! ¡No lo deje pasar o los Dioses pueden enojarse, mi Señor! —Pronto, adoptó una postura cargada de complicidad, como si le fuera a contar un secreto. —Quizá puede utilizar su belleza para complacer a los invitados de ésta noche o a alguien importante. Estoy seguro de que si los atiende con esclavos en tan buenas condiciones… ¡Considerarán el trato un halago! Eso estaría muy bien para cualquier tipo de negociación que desee hacer.

No pasó demasiado tiempo ni tampoco esperó la respuesta de Aius para comenzar a desproveerle de las ropas que llevaba; tampoco demoró en tomarlo nuevamente del brazo para ponerlo de pie, como si se tratase de una marioneta. Y, por primera vez, la mirada azulada del ángel chocó como la marea contra los orbes ambarinos del emperador en un contacto curiosamente intenso. No había resquicio de vulnerabilidad en el brillo de sus ojos a pesar de encontrarse completamente desnudo frente a él, exponiendo sus músculos torneados y su cuerpo modelado con una delicadeza divina y carente de pudor. No poseía una estructura exagerada, porque su verdadero encanto yacía en su rostro y la espesa melena de color azabache que se extendía hasta la mitad de su espalda y desprendía un aroma afrutado, dulce e impropio de un simple esclavo. Tenía el mentón y la nariz finos, delicadamente perfilados, labios opulentos y rosados que contrastaban con la palidez de su tez, sobre la cual se repartían pequeños lunares, interrumpiéndola. Y sus ojos… Eran el vivo reflejo de su proveniencia sobrenatural, de un azul tan intenso y cristalino como el mar en sí mismo, capaz de transmitir cualquier tipo de emoción a través de ellos si tan solo supiera de qué se trataba cada una. Orbes sinceros, expresivos, detrás de los cuales no se podía ocultar ni la más piadosa de las mentiras. Asmodeus emanaba resquicios de su procedencia celestial, sin lugar a dudas.

El joven permaneció estático sin apartar su mirada de encima del pelirrojo. No lo observaba desafiante, sino que se notaba un ligero vacío en sus ojos que poco a poco fue llenándose con la chispa de la curiosidad; era la primera vez que estaba a merced de un humano, después de todo. Y saber su opinión llegó a resultarle, por más increíble que fuera, importante.

¿Y bien? ¿Qué le parece?



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Re: Memento mori

Mensaje por Python Labubie el Mar 5 Jun - 16:21

Memento Mori
A new beginning


El emperador romano había atisbado el cambio brusco de la estación.

Contempló, con mudo asombro, cómo los valles reverdecían, y un fulgor dorado centelleaba en el horizonte. Los frescos brotes se habían sobrepuesto sobre la revestida irisación de hojas encarnadas de sangre, y la vida bullía en el entorno como nunca antes lo había notado. El cambio no había sido ordinario, y presentía que algo estaba a punto de acontecer. Algo de suma importancia.

Ubicado al oeste del palacio Augustiano, el varón se hallaba en el interior de la exedra semicircular. Tomaba asiento en la silla fija que permanecía frente a una mesa rebosante de exquisiteces, y de vez en cuando capturaba una uva del generoso racimo que pendía sobre una copa de plata. La toga picta de seis metros, lujosamente bordada en oro, apenas cubría su musculoso torso que se apreciaba en porciones tras los suaves pliegues regulares; se deslizaban a través de las piernas, y sobre su frondosa guedeja pelirroja, una corona de laurel natural configuraba su mayestático porte de gobernador; apenas tenía veintitrés años y, sin embargo, ya estaba en cabeza de una nación, y era todo un símbolo de poder imperial.

Sus invitados, ciudadanos de origen patricio, celebraban el cumpleaños de su hija con el vino que las famosas viñas de Roma habían dado en honor a él. Los efluvios de la carne de venado, patatas y gruesas rebanadas de pan penetraban en las vías olfativas de los presentes, levantando el apetito. El bullicio surcaba el espacio, así como las suaves notas de una melodía que, una de sus esclavas, componía con la cítara. Su esposa, una mujer rubia y despampanante se sentaba a su lado, exhibiendo una bonita sonrisa de monalisa que, cada vez que cruzaba con la mirada de su marido, casi parecía desvanecerse ligeramente; él rara vez la miraba a los ojos salvo cuando era necesaria su atención, mas ni siquiera una conversación entre ambos le garantizaba, la mayoría de las veces, que la mirase de verdad, como mira un hombre a una mujer. O como mira un marido a su esposa.

La cumpleañera, una preciosa niña rubia de ojos azules, contando con apenas dos años, se sentaba sobre el regazo de su padre. Vestía una blanca túnica infantil femenina con tiras purpúreas y su cabello feérico era decorado con una diadema de camelias blancas, símbolo de su inocencia y su pureza. Jugaba con sus dedos y de vez en cuando, lo instaba a agachar la cabeza para susurrarle cosas al oído que le sonsacaban una cálida sonrisa.

Pero cuando su consejero interrumpió aquel acto, todos se giraron al unísono.

Aius alzó una ceja, mas su sorpresa fue rápidamente sustituida por la perplejidad. En cuanto sus ojos recayeron en los del joven, quedó inmediatamente maravillado de su belleza. Era su tez de una blancura tal, que ni los nobles lucían con tanta luminosidad. Tenía el cabello tan oscuro como la playa en una noche de remanso, y unos bonancibles ojos azules, demasiado intensos y cristalinos para pertenecer a un ser humano. Sus rasgos dionisíacos eran demasiado cándidos y sugerentes a la vez. Una combinación exótica, absolutamente espectacular.

¿De dónde ha salido este muchacho? —inquirió el varón. Intuía que era tan joven como él mismo, o quizás incluso más que él. De un solemne ademán, los invitados fueron abandonando la sala hacia la contigua, y sus murmullos se propagaron a través del ventilado espacio.

Con todo, al emperador no le dio tiempo a preguntar más; de repente, su consejero se posicionó a su lado, largando sugerencias que beneficiarían su postura como señor de Roma; entornó las pestañas, escuchando cada palabra con atención. En realidad, nada de lo que le decía era mala idea, y su mujer parecía apoyar la moción a juzgar por su comentario. Uno que iba acompañado de una mirada sibilina que se afanaba en escudriñar al nuevo recién llegado.

Sería un esclavo perfecto de cara al público. —Concedió, observando con detenimiento a su marido, pues era él quien tenía la última palabra—.

Pero Aius no respondía nada al respecto. Conforme Cornelius le comía la oreja, se limitaba a masajear el mentón y recorrer las delicadas facciones masculinas. Su cuerpo se reclinó ligeramente, y su pequeña hija, ignorando todo lo que acontecía, contempló al ángel con una curiosidad ingenua. Fue la única que le sonrió tímidamente, y efectuó un tierno saludo con la pequeña manita al desconocido.

A continuación, el consejero lo despojó de la escasa prenda que el joven llevaba, dejándolo completamente desnudo a su merced.

Aius entrecerró los ojos en dos finas rendijas. La musculatura de su cuerpo lo revestía con suavidad, configurando el encanto digo de una pieza griega. Ni un pico de grasa estropeaba aquel porte fino y elegante; hizo una seña con el índice, y tras darle la vuelta, analizó el sinuoso recorrido de su columna hasta morir en un trasero redondo, bien moldeado, y unas piernas que apenas contaban con vello notorio. Poseía la estructura más perfecta que había presenciado en la vida.

Cornelius… —Murmuró el pelirrojo, con la paciencia que hace gala quien habla a un niño pequeño—, si me dices que sus condiciones son excepcionales y ha aparecido en el monte Palatino ¿Qué te hace pensar que cualquiera podría disfrutar de sus servicios como un simple esclavo? ¿Acaso ofenderías a los dioses usando como una herramienta ordinaria a un regalo que me fue dado? —Inquirió suavemente, mas su tono era ribeteado de un rigor implacable.—nadie más que yo debería tocarlo en tal caso. —sentenció, repiqueteando con los dedos sobre el acolchado asiento.

A su esposa pareció no gustarle en absoluto. Desdeñosamente, sus ojos se afilaban conforme evaluaba al ángel de pies a cabeza. La envidia rezumaba de su labio superior, elevado unos milímetros sobre el inferior en una mueca discreta, secundada por una soberana incredulidad.

Pero, Aius...

Silencio. —Ordenó, con voz imperativa. Su seriedad mortal congestionó las mejillas de la rubia que, mordiéndose el labio inferior, decidió guardar silencio. Aius no obstante observaba al caído, con la mirada preñada de una perspicacia notoria—¿Cómo te llamas? ¿Tienes hambre? —preguntó, con un interés crudo, discreto, asomando en sus facciones. No acertaba a reprimir aquella curiosidad que lo corroía por dentro; él también había aparecido en el monte Palatino ¿Significaba que aquel jovencito albergaba respuestas de su propia procedencia? ¿Era uno de los suyos?—¿Puedes hablar nuestro idioma? —añadió, ralentizando su tono de voz. Aquel chico era absolutamente misterioso, y había levantado algo desconocido dentro de él. Desde aquella posición, casi podía oler las notas que componían su aura, un aroma que poseía la efervescencia de la primavera, mientras que el suyo era el vigor del estío. Todo en él se le antojaba rutilante. Ni una sola mancha se extendía por su epidermis. Ni un solo rasguño o cicatriz delatando su origen humilde. Ni rastro de callos en sus manos que denotaran el trabajo físico; nada.

Preparadle un baño y algo de comer. También una prenda para vestir. —encomendó a sus fieles esclavas, mas su tono apenas se alzó. En realidad, rara vez la alzaba; siempre hablaba quedamente, sin sobresaltos, no dejándose llevar por las pasiones, con una templanza digna de la realeza.—luego, traedlo a mi propia cámara para interrogarle a solas. —concluyó. Resultaba una tarea difícil desprenderse de aquellos hipnóticos ojos azules, pero fue capaz de desembarazarse de la extraña sensación que se extendía en su pecho y dirigirse hacia su consejero.—Buen trabajo, Cornelius. Serás recompensado.

Una agraciada esclava de piel morena se aproximó al ángel, y le sonrió amablemente antes de indicarle que la siguiera, cabizbaja. Por supuesto, la deslumbrante belleza del caído privaba del habla a las vulnerables jovencitas que, respetuosamente, lo llevaban hacia la amplia sala de baños, donde se relajaría y comería algo para recuperar fuerzas.

Aius ♦️ Palacio Augustiano ♦️ con Asmodeus





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