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Veritatem dies aperit

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Veritatem dies aperit

Mensaje por Python Labubie el Dom 10 Dic - 19:11

Veritatem dies aperit
Cuando Lucifer cayó del cielo no estaba solo. Tampoco fue el demonio más importante ni el único gobernador del infierno como las creencias humanas fundamentaban. Lo que sí es cierto es que fue el primero en rebelarse contra Dios, pero a lo largo de los siglos varios de sus hermanos igualmente poderosos le siguieron. Los más destacados Asmodeus, el demonio de la lujuria y el último en caer Abaddon, el ángel de la destrucción.

Siendo ambos de la primera jerarquía divina, los hermanos dividieron el infierno y gobernaron en diferentes secciones. El resentimiento contra Dios se mantuvo vivo, pero no fue hasta que Abaddon contactó con Asmodeus que ambos contemplaron la posibilidad de probar algo tabú, con el fin de reivindicar su gran poder demoledor: estaban convencidos de ser capaces de crear.

Es así como inspirados en la creación de los primeros Hombres, ambos hermanos tomaron elementos del Inframundo y parte de su esencia oscura para generar los primeros grandes demonios. Criaturas monstruosas destinadas a ser padres de una raza sublime. Depredadores asignados para conquistar la humanidad: Lilith, hija de Asmodeus y Azazel, hijo de Abaddon.

Ambos, diseñados el uno para el otro partiendo de elementos contrarios, estaban destinados por consiguiente, a unirse en una ceremonia que los vinculara de una manera semejante al matrimonio. No obstante, sus cuerpos necesitaban una prolongada maduración antes de llegar a punto de nieve y así, el estado óptimo para poder enlazarse y cumplir la voluntad de sus padres. Actualmente, en el año 1830 ha llegado ese momento, pero ninguno de los dos son conscientes de lo que se avecina...
Azazel


Edad: +1000. PB: Kevin Creekman Played by Python Labubie
Lilith


Edad: +1000 PB: Threnody In Velvet  Played by Incaendium
PLOT — 1X1 — SOBRENATURAL




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01. Family Secrets

Mensaje por Incaendium el Jue 14 Dic - 4:31

01. Family Secrets
Lilith fue la primera hija de Asmodeus como demonio. Concebida en base a su esencia y elementos infernales terriblemente poderosos, siempre había sido la favorita de su padre y gozaba de privilegios que el resto de sus hermanas no. Era la encargada de mantener el orden, ya sea entre ellas como en el infierno cada vez que su progenitor se ausentaba, podía vivir en el enorme castillo que coronaba el punto más alto de la zona que reinaban y, como si fuera poco, era la única que podía presumir de que todos y cada uno de sus caprichos se habían vuelto realidad. Desconocía realmente el porqué de aquella preferencia tan evidente y a pesar de que le trajo varios problemas con sus hermanas —especialmente una de ellas—, nunca se atrevió a cuestionar las intenciones de su padre; si Lilith respetaba algo era a Asmodeus, y así como él la consentía, ella lo obedecía al pie de la letra.

Había algo en ella que la diferenciaba del resto, algo que hacía que las demás la respetasen tanto como a él. No se trataba de su carácter severo e inflexible o de su expresión permanentemente estoica, sino de un aura extraña que dimanaba; una superior y cargada de poder que contrastaba abismalmente con la que evocaban sus hermanas tan risueñas y libidinosas, tan fieles a su pura naturaleza de súcubos. También carecía de la intensidad sexual de las demás, y si bien era capaz de seducir a cualquier mortal a base de una simple mirada, los placeres de la carne no era algo que llamasen su atención hasta ese momento, donde parecía haber madurado.

Con todo, aquel día estaba a punto de consagrarse algo de lo cual no tenía ni idea. Su padre estaba comportándose más extraño de lo normal, empecinado en realzar aún más la belleza con la que había sido dotada. Y la verdad era, que había sido modelada con una gracia angelical capaz de derretir al más frío de los glaciares, pero que no perdía ese encanto misterioso y oscuramente demoníaco. Todo de Lilith evocaba a la curiosidad, pero nadie se atrevía a preguntar, ni siquiera ella misma.

Ahora, se encontraba de pie en sus aposentos frente a un grandísimo espejo que iba desde el techo hasta el suelo. Su padre la rondaba como un depredador, mirándola de arriba abajo como si estuviera sacando sus propias especulaciones o evaluando los límites de su belleza; su carácter perfeccionista estaba más acentuado que de costumbre, y podía notarlo. De pronto, se detuvo detrás de ella para observarla a través de la imagen que se formaba en el espejo, y nuevamente volvió a analizarla con sus grandes y críticos ojos azules.

Tienes que estar más preciosa que nunca, Lilith. —Murmuró tan cerca de su oído que casi podía sentir su cálido aliento acariciar la palidez de su piel. Pronto, una de las manos de su padre se alzó para tomarla del rostro con aquellos finos y largos dedos provistos de unas uñas negras y puntiagudas como garras. Ella, por su parte, tan solo observaba su reflejo en silencio, escuchándole. —Hoy es el día que tienes prohibido decepcionarme. —Continuó, soltándola lentamente para tomarle un largo mechón de cabello y acercarlo a su rostro, inhalando el aroma dulce que emanaba. Y enseguida se apartó, posicionándose a su lado aun escudriñándola descaradamente, pero finalmente con una chispa complacida en sus ojos. —Termina de arreglarte y ven rápido a la sala, los invitados están por llegar y no querrás hacerlos esperar.

Dicho esto, la presencia de su padre se esfumó como si nada, dejándola a solas consigo misma y un mal presentimiento dictaminando que lo que estaba a punto de acontecer no era nada bueno. De todas formas, aquello no fue impedimento para continuar obedeciendo como de costumbre, por lo que tras un profundo suspiro sus finas manos portadoras de anillos y brazaletes de todo tipo se alzaron para acicalarse por última vez la densa y larga cabellera azabache que rozaba su cintura. Portaba todo tipo de joyas; desde una diadema cargada de piedras preciosas, entre ellas diamantes, hasta finas y pequeñas cadenas de oro que se incrustaban en un medio recogido a la altura occipital de su cabeza; aros de plata y platino bordeaban sus puntiagudas orejas, de las cuales también colgaban dos largos pendientes con zafiros que se rozaban con sus hombros desnudos. Para ellos, objetos que los mundanos consideraban terriblemente valiosas y algo por lo que matar, eran insignificantes. Los cosas materiales en el infierno no se valoraban de la misma manera en lo absoluto, por lo que era normal que su padre agasajase tanto a ella como a sus hermanas con éste tipo de detalles bastante seguido.

Una vez estuvo lista, decidió tomar el camino más largo y desprovisto de magia para retrasar más su llegada al punto en cuestión. Por lo tanto, bajó unas largas escaleras en forma de caracol vistiendo una túnica negra de seda con detalles floreados en rojo y dorado muy similar a un kimono japonés, pero más atrevido, porque dejaba ver sus hombros y parte de sus muslos. Frente en la sala, se encontraba una larga mesa que iba casi de punta a punta de la habitación y estaba atestada de manjares de todo tipo; eran comidas exóticas, platos que no se veían en el mundo de los humanos porque estaban hechos a base de materia prima extraída del mismo infierno. Sin embargo, uno de los extremos —el que solía encabezar su padre— estaba atestado de postres y exquisiteces variadas, entre las cuales destacaban algunos mundanos, lo cual no le sorprendió en lo absoluto dado el mucho tiempo que pasaba entre mortales últimamente, más específicamente con aquel endemoniado pelirrojo que le había invocado.

Al bajar el último peldaño pudo apreciar a Abaddon, el hermano de su padre, y no dudó en inclinarse ligeramente para ofrecerle una reverencia educada como saludo. A pesar de que no tenía demasiada relación con él incluso cuando ambos hermanos se llevaban bien, era una figura igual de poderosa que su progenitor, y demonios como ella le debían respetar de la misma manera más allá de que sus reinos no tuvieran nada que ver. Fue entonces, que cuando avanzó un par de pasos se topó con una nueva figura en la cercanía, una que no se esperaba pero que apenas divisó ocasionó que en su mente comenzaran a gestarse mil ideas diferentes, y cada una de ellas peor que la anterior. Sus orbes ambarinos se dirigieron por un instante a su padre, quien los observaba con una curiosidad recelosa y tan interesada como maliciosa, y enseguida ejecutó una nueva reverencia, esta vez para su primo.

Azazel. —Pronunció en un hilo de voz ligeramente ronca, procediendo a acercarse a una de las sillas para tomar asiento—.

Era la primera vez en muchísimos años que veía al pelinegro adoptar una forma más humana con la cual poder pasar desapercibido de aquella naturaleza bestial que poseía, y eso le causaba un extraño escalofrío. Ahora estaba segura que lo que sea que estuviera pasando por la mente de su padre tenía que ver con ambos. Lilith arrugó ligeramente el entrecejo, frunciendo sus cejas negras y perfiladas delicadamente.

Oh… Qué lindo verlos así, juntos finalmente. —Exclamó Asmodeus, llevándose una manzana roja a la boca para darle un grato y sonoro mordisco. Su mirada azulada paseaba de uno en otro y poco a poco iba acentuando una sonrisa maliciosa que pronto compartió con su hermano al mirarlo. —Ha llegado la hora, hermano. El momento que hemos estado esperando por tantos años…

Lilith aguardó calmada en su lugar, paseando la mirada desinteresadamente por la comida, pero ocasionalmente dirigiéndola a su primo a lo lejos, buscando algún resquicio de incertidumbre que pudiese compartir con él.

Abaddon y yo tenemos algo que decirles, niños. Pero primero, disfrutemos del banquete por favor.


Última edición por Incaendium el Dom 27 Mayo - 16:10, editado 1 vez



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Re: Veritatem dies aperit

Mensaje por Python Labubie el Dom 27 Mayo - 2:10

01. FAMILY SECRETS
El día anterior la sangre discurrió como sendos ríos que desbordaron La Tierra. Los gemidos del viento se asemejaban a aquellos otros que, como heraldos de muerte, proferían los espíritus en las casas embrujadas, y su sonoro embate neutralizaba el fragor de la tormenta. Los relámpagos danzaron sobre las calles de Europa, los árboles se partieron al recibir fulminantes conjuros. El granizo aporreó los muros de las edificaciones, rompiendo los más gruesos ventanales; los daños materiales fueron catastróficos, pero no existía comparación frente a las pérdidas humanas.

Al amanecer amainó la tormenta, y el mundo se quedó envuelto en un profundo silencio. El cielo ceniciento ocultaba la luz del sol. Ningún pájaro saludó con sus trinos, ninguna hoja crujió con la brisa matutina porque, sencillamente la brisa no soplaba. Reinaba en el espacio una mortífera quietud. El humo se alzaba sobre los troncos socarrados, encaramándose a las alturas, desdibujando el entorno en una su pavorosa atmósfera fantasmal.

La ira desaforada de Abbadon había mitigado, y con ello su primogénito, el príncipe Azazel, volvía a casa.

Eran tiempos difíciles en el mundo humano, por lo que su padre estaba especialmente solicitado, y conllevaba su presencia. Ahora, avanzaba calmosamente a través del inmenso pasillo serpentino. Hacía apenas unos minutos que había vuelto de una encarnizada masacre, y las reminiscencias de la violencia impregnaba su pelaje oscuro con la sangre. Tras él, cinco demonios de rango medio lo seguían a paso ligero; no había nada que sospechar de una reunión semejante, porque aquello era bastante habitual.

Las puertas se abrieron lentamente, chirriando en sus goznes, y la negrura susurrante de la habitación le reveló la presencia de su progenitor.

Abbadon, el angel del abismo contemplaba a través de un ventanuco. Sus amplios ropajes oscuros caían en pliegues regulares sobre un cuerpo que medía unos tres metros, y que permanecía eternamente sujeto a una metamorfosis. Una de las mayores reminiscencias de su naturaleza era, sin duda, su cabello, de una blancura inmaculada; caía en una espesa melena elegante hacia atrás, despejando unas facciones tan bellas como revestidas de una finísima película confeccionada por maldad; perfectamente imperfecto, tal y como el resto de los siete. Demonios que seguían sujetos al molde de un ángel, y por ello, el poder que regulaban resultaba aterrador.

Hijo mío.... —Su voz flotó en el espacio, colmándola con su agradable timbre de terciopelo negro—Veo que has vuelto tras tanta acción.  

Así es. —La respuesta ratificada que había brotado de aquellas temibles fauces había sido como el fragor de una batalla encabezaba por gigantes.—Tal y como ordenasteis.

Abbadon asintió lentamente. Su mirada, aún cautiva del desolado paisaje invernal fue cobrando luminiscencia.

Hoy tomarás forma humana, tengo una tarea más para ti. —Apercibió, enigmático—.

La voz del mandatario contenía una nota tan imbuida en seda fina, que el recelo demudó del rostro del príncipe bestia. Azazel lo contempló de hito en hito. Transformarse en humano era algo que había hecho de manera semi completa, y le resultaba tan incómodo como complejo.

Mis respetos, padre. Pero... ¿Es algo estrictamente necesario? ¿Qué tipo de misión requiere semejante transformación? —Aventuró a preguntar—.

Pronto lo entenderás.  —Clarificó Abaddon, suavizando su expresión. La inhumana belleza de su rostro poco tenía de tranquilizadora, pues la oscuridad jalonaba, incluso, su mirada plomiza.—No te preocupes, es más sencillo de lo que imaginas. Quizás te resulte extraño al principio, pero te será muy útil a partir de ahora... ven, acércate a mí.

Azazel se aproximó a su padre y se detuvo en un punto exacto del salón. El mayor, con tétrica lentitud se aproximó, escrutando su expresión. Situó entonces una mano sobre el hombro de su hijo, y sonrió.

Relájate, sabes cómo funciona... sólo dolerá por un momento.

De repente, un calor helado se vertió sobre la estructura ósea que soportaba su grotesca mole. Sintió cómo cada hueso se partió al unísono, y un abominable dolor lo clavó de rodillas al suelo. Su cuerpo era desgarrado constantemente desde dentro. Poco a poco, su piel reverberaba y sus poros se abrían, absorbiendo la densidad de su vello que se extendía a través de sus brazos, su cuello, y su torso. Los ojos se ennegrecían, el mentón sufría un temblor violento, y con cada palpito se modelaba, puliendo una forma angulosa, humana. Sus colmillos de treinta pulgadas cedían, formando una hilera de dientes blancos, uniformes, y su voz, un horrísono gruñido de timbre monstruoso, se transformó en un áspero rumor. En él, ese dualismo en la tesitura ubicada entre el barítono de un hombre, y el bajo de una bestia, el rango más grave de voz jamás oída.

Cuando todo terminó, el cuerpo de un hombre joven se precipitó al suelo de bruces. De sus poderosos miembros despedía una bruma oscura y vaporosa, dejando a la vista una complexión que había sido tallada por manos crueles y perfeccionistas; bloques de músculo compacto revestían sus extremidades, entrelazándose entre sí, y enormes tatuajes quiméricos dibujaban su piel desde los hombros, descendiendo a través de los glúteos para terminar muriendo en sus piernas, dotándolas de un arte gestado en las entrañas del averno. Una frondosa melena hasta los hombros, de un tono apagado contrastaba con el color de su piel; como humano, no dejaba de ser una entidad de evidente porte.

Azazel se apoyó sobre sus codos, incorporando parte de su torso. Un reniego gutural arañó su garganta. Entre la espesura de su cabello dos espejos de sangre relumbrante contemplaron desde una nueva perspectiva su entorno. Su padre lo rodeaba, caminando en torno a él calculadoramente. Su evaluación era implacable, e iba de la cabeza hasta los pies. Cuando finalmente se situó frente a él, se agazapó para tenderle la mano.—ven, levántate. —Lo alentó, presto a ayudarlo para seguir con su duro escrutinio.

El demonio fue incorporándose, valiéndose de su denuedo, y con ello la desnudez de su cuerpo estuvo presente para los ojos analíticos de Abaddon. Éste, con una mano en su hombro, lo calibró incisivamente, y posterior a ello evaluó la expresión de su rostro. Parecía satisfecho.

Ahora te vestirás más elegante que nunca, porque ambos iremos de visita.

De aquellos profundos e impactantes alvéolos carmesíes, el interés centelleó en sus cuencas como llamas anaranjadas. Era evidente que su padre ocultaba algo grande y él, fiel y leal primogénito, obedecería sus órdenes.


Tres horas más tarde...


Caminaban a lo largo de un inmenso pasillo inundado en una luz pálida y sobrenatural. Azazel ya no lucía como antes. Ataviado con una levita negra de exquisito brocado plateado, su pelo caía ordenadamente en torno a un rostro de flagrante apostura; mentón cuadrado, labios flexibles y nariz recta y encajada. Una barba bien recortada oscurecía su rostro, y la aterciopelada capa que se sujetaba sobre sus poderosos hombros, fijas mediante dos grotescas garras, oscilaba por cada paso que daba directo al punto donde su tío Asmodeus aguardaba.

Lo que no esperó fue atisbarlo en compañía de su prima Lilith. Una sucesión de potentes hormigueos reverberaron bajo su dermis. La había visto en varias ocasiones a lo largo de su prolongada existencia, y era consciente de su despampanante belleza, mas en aquella ocasión algo la hacía lucir de tal manera, que era digna de grandiosas ovaciones. Aun con todo, fue capaz de desembarazarse momentáneamente del aguijonazo que le atravesó el vientre y centrarse en el encuentro de sus mayores.

Hermano. —Saludó el mayor, intercambiando una aviesa sonrisa colmada de augurios oscuros. La mirada de Abaddon rebosante de un goce tan extraño, tan secreto, que Azazel no pudo más que ser azuzado por una curiosidad desbordante.—Me alegro de verte. —Anunció, ladeando su embozada cabeza hacia su sobrina.—Lilith. Te ves preciosa. —La halagó, y de inmediato sus ojos recayeron sobre el semblante de su primogénito, con deliberada curiosidad—.

Tío Asmodeus. —Agregó Azazel someramente, inclinando la cabeza en una solemne reverencia—, Lilith —Saludó a su prima, con voz gutural y encerrada en un timbre doble, donde uno más humano y otro más cavernoso sintonizaban—.

Primero disfrutemos del banquete, supongo que tendréis hambre. —Aseveró Abaddon, de acuerdo con la ofrenda de su hermano. Y tras una última mirada rápida a la pareja, se encaminó al interior de la gran cámara.

Sobre la mesa un delicioso ágape estaba dispuesto para la familia de demonios. Azazel, que tomó asiento junto a su padre, se mantuvo sumido en prolongadas elucubraciones. Tomó una porción de carne que llevó a sus labios, masticando sin saborearlo. Sus penetrantes ojos de escualo espiaban a su tío con discreción y posteriormente, a la dama oscura; por alguna razón, cuanto más la miraba, más se sentía inmerso en un baño de potentes picaduras de avispas. Algo en ella lo llamaba, aunque no sabía determinar el qué, y tampoco era el momento de prestar atención a esta peripecia.

Abaddon terminó con el tenso silencio.

Bueno, creo que ha llegado el momento. Os preguntaréis a qué se debe tanto enigma. —Ronroneó, desplazando su pálida mirada espectral hacia su propio hijo y, posteriormente, la fémina—, hace ya mucho que os hemos explicado lo especial de vuestra procedencia; ambos habéis sido creados en el infierno, fuisteis nuestros primeros hijos, los grandes demonios. —Ejecutó una pausa, dando un sorbo a la copa de vino. Tras relamerse los labios, prosiguió, sin despegar aquella atenta mirada por encima de la copa.—, pero... ¿Por qué fuisteis creados vosotros dos? ¿Con qué propósito?

Echó un vistazo a su hermano, bajando la copa. Era casi costumbre que hablasen por turnos, como si estuvieran perfectamente sincronizados. Aun así, las pausas establecidas tenían el objetivo de permitir que la información fuera procesada y asumida por ambas partes, y desde luego, su hijo ya estaba haciéndose una idea de lo que estaba por llegar. Su fastuosa mirada carmín no vagaba por el delicioso banquete, sino a través de los semblantes de los dos grandes demonios hasta derramarse sobre la mirada de la mujer. Con ella, el intercambio de miradas le había comunicado una ingente cantidad de información in mute.

Abaddon, por su parte,prosiguió.

Los elementos con los que fuísteis creados son aquellos que se atraen. Aquellos que se necesitan. —Entornó la mirada, sibilino—tal y como la tierra necesita del agua, o las plantas a su vez necesitan de la tierra. Vuestra composición es así de profunda y aunada... creo que entendéis a lo que me refiero ¿Verdad?

Surcos de incredulidad atravesaron la frente de Azazel. Sus ojos despedían chispas de fuego tras enfrentarse a una posibilidad que se había estado gestando durante siglos. No era capaz de rebatir absolutamente nada frente a dos reyes de inconmensurable sapiencia, mas lo que estaba por acontecer le había pillado demasiado por sorpresa.



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Re: Veritatem dies aperit

Mensaje por Incaendium el Dom 3 Jun - 21:22

01. Family Secrets
Fueron numerosas las ocasiones en las que su camino se había interceptado con el de su primo, pero ninguna vez como aquella. En todos sus años de extensa longevidad no tuvo el placer de verle vestir una piel que se asemejara a un humano nunca, y eso acrecentó su curiosidad respecto a los planes de su padre y su tío. Lilith percibía a Azazel como una criatura distante, de proporciones grotescas y pocas palabras; él era capaz de ahuyentar a todas y cada una de sus hermanas, excepto a ella. Por alguna razón que desconocía hasta ese momento, algo del varón le hacía sentir cómoda, segura y poco a poco la iba atrayendo a él de forma misteriosa, pero que atribuía al hecho de haber sido también la primogénita; algo así como una especie de respeto fraternal.

Pero con el tiempo, aquellas sensaciones la encandilaban cada vez más.

Su rostro reflejaba una seriedad fría y controlada, como si se tratase de una coraza impenetrable que la resguardaba del mundo exterior, pues en ese instante, donde los cuatro demonios allí reunidos se encontraban alrededor de la mesa, una fuerte inseguridad azuzó cada una de las fibras de su cuerpo, pero no se manifestó ni siquiera en un ligero movimiento de sus pupilas. Ya sabía exactamente la manera en que su padre le había dado vida, la había forjado, pero nunca se atrevía a cuestionar el por qué; por qué era tan diferente al resto de sus hermanas. Aun así, y sin importar las pretensiones del demonio, ella lo obedecería hasta el final.

Ahora, su padre presumía una enorme sonrisa de oreja a oreja que no exhibía ni pizca de sorna. Era la primera vez que parecía verdaderamente feliz, realizado. Por su parte, Lilith sondeó con sus orbes inhumanos la escena, como si intentase analizarla y saber qué era exactamente lo que estaba pasando aunque, en el fondo, estaba perfectamente al tanto de sus intenciones. Su primo encarnando un hombre apuesto y vestido en punta, ella digna de un retrato pintado por las manos de un envidiable artista. No había cabos sueltos, solo faltaba confirmación por parte de los padres de ambos.

Tras llevar un pedazo de carne a su boca que masticó con desgano, Abaddon rompió el silencio incómodo que tenía lugar en la sala; ella, tragó pesado y se dispuso a escuchar, privandose de más comida. Era capaz de sentir la mirada de su padre clavada en su figura y vagando de un primogénito a otro. Curioso, regodeándose en silencio, intentando percibir aunque sea la más mínima señal de atracción, de lo que fuera. Él era capaz de detectar el aroma de los efluvios provenientes de la pasión, pero lo único que se encontraba cada vez que inhalaba cerca de su hija, era tensión en su estado más puro. Cuando su tío terminó aquella pequeña introducción, dándoles un momento para asimilar la gran noticia, sus orbes azulados se posaron sobre Azazel, buscando percibir el mismo tipo de incomodidad que ella misma experimentaba. Pero lo único que encontró, fue una extraña sensación recorrerle desde la cabeza hasta el final de su columna, una electrizante que evocaba lo que Abaddon acababa de decir.

Que sentido tan poético le estás dando, hermano. —Interrumpió Asmodeus, observándole con una manzana roja en la mano. —Ambos han sido creados para estar juntos. —Prosiguió, mirando de uno en uno y dedicándole al final una encantadora sonrisa propia de él a su hermano. —La atracción que sienten el uno por el otro proviene de lo rudimentario, de los elementos a partir de los que han sido creados. —Hizo una pequeña pausa, mirando a su hija en ese corto silencio. —No importa qué tanto luchen contra esa sensación, nunca van a ser capaces de sentirse de la misma manera por otra criatura. Y nada los hará sentirse más llenos que el contacto con el otro.

Aquellas fueron sus palabras, y los ojos de Lilith hicieron el amague de achinarse ante semejante confesión. En definitiva estaba atada a él para siempre, y su felicidad solo estaba de la mano del demonio. Era una historia de amor enfermiza y propia de la especie. Enseguida, y para sacarla de su ensimismamiento, Asmodeus posó una de sus finas manos sobre la suya, observándola con fijeza y profundo cariño.

Azazel es todo lo que tú careces, y viceversa. —Continuó, lanzándole a su vez una mirada al varón. —Y ambos, tienen un gran poder que va más allá del que les ha sido conferido por nosotros. Nacieron para reinar, y tienen todas las armas para impartir su dominio en el infierno. A diferencia de todos los demás hijos de nuestros hermanos, ustedes fueron bendecidos con el don de la creación. Juntos, son capaces de dar vida.

Aquel terrorífico discurso le había dejado el cuerpo entumecido. De repente, toda su vida se orientaba a un único fin inamovible, uno del que no se podría desprender jamás. Todo su destino había sido forjado a fuego. Su historia ya estaba escrita. Por supuesto, si bien por razones obvias no le causaba ningún tipo de desagrado, la impresión, sorpresa y tiempo para asimilar todo lo que acababa de escuchar no había quien pudiera quitárselo. Las palabras no salían de su boca, pero con sus ojos fue capaz de comunicarle a él más de lo que probablemente deseaba. Su padre, en tanto, cedió en su ligera caricia, acomodándose en la silla.

Hemos preparado con Abaddon una ceremonia para bendecir el vasto infierno con su unión. —Y aquellas fueron sus últimas palabras, porque se llevó la copa a los labios, bebiendo un finísimo vino que paladeó con alegría—.

Por un instante, se sintió reconfortada, porque supuso aún quedaba suficiente tiempo. Pero conociendo la impaciencia de su padre con ciertos asuntos, se tuvo que atrever a preguntar:

Padre, tío… —Comenzó, su voz ahumada sonó casi en un carraspeo elegante y suave. —Con mi debido respeto, ¿cuándo se llevará a cabo dicha ceremonia?

Su padre recibió aquella pregunta con una sonrisa discreta que elevó sus comisuras.

En una semana, hija mía.




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Re: Veritatem dies aperit

Mensaje por Python Labubie el Jue 14 Jun - 0:51

01. FAMILY SECRETS
Cuando su tío procedió con su explicación, Azazel se sintió como un saco atestado de plomo. Hacía poco menos de una semana y media que su padre, aprovechando su presencia en la tierra, le había encomendado la misión de traer algo que, hasta la fecha, nunca había cuestionado: una rosa. Pero no una rosa cualquiera. Existía un lugar en la tierra donde las flores nacidas bajo el color de la sangre erguían oscuras con la canícula del estío, hasta alcanzar el negro más sofisticado. Se trataba de un pueblo en Turquía llamado Halfeti, sumergido bajo las aguas del río Éufrates. Los motivos para que su progenitor deseara aquella rosa seguían siendo ignotos, pero ahora cobraba cierto sentido en su cabeza, y las hipótesis afloraban una tras otra.

Rutilantes cual seda de Damasco, eran catalogadas por los humanos como símbolo de oscuridad y muerte. La belleza fría y asesina deseada por místicos, esotéricos y alquimistas; eran el epítome del refinamiento. Grande fue su sorpresa cuando supo que, la primera vez que su padre piso la tierra como un ángel malherido, fue en Halfeti. Él era, a causa de su sangre, quien había sido responsable de la erosión del místico entorno, dotando de negrura a la belleza. Suyas eran entonces las enigmáticas rosas oscuras, y la más hermosa de todas estaba destinada a ser un obsequio de su parte para Lilith, símbolo de su espíritu femenino. Cuanto más la miraba, más consciente era de su carácter críptico, de su vertiginoso atractivo y de la textura de su voz, como si cada palabra estuviera cubierta por un denso velo de seda.

Y se iban a casar en una semana.

Aquello era algo que debió suponer aquellos días donde su abstraído padre le había revelado una ingente cantidad de información. Maquinaba continuamente, por supuesto, pero los preparativos eran evidentes; como si volviera a nacer en él una ilusión, algo que sólo en un pasado remoto había presenciado; el abismo era la residencia de miles de sueños rotos.

Con todo, observó con ambos ojos entelados la manera en la cual su tío rozaba cariñosamente la mano de su hija, ilustrando con mayor grado de detalle lo que se llevaría a cabo. Su terminante comentario, no obstante, puso en tensión los gruesos músculos que recubrían su cuerpo; apretó los dientes, tensa su mandíbula y, entonces, procedió a preguntar sin mayor demora. Aquel enlace era extremadamente profundo, se podría decir que incluso novelero, pero les aquejaba sólo a ambos, y albergaba un trasfondo aterrador.

Pero si nos creasteis para estar juntos, supongo que hay una razón de peso para tomaros semejante molestia. —Aventuró astutamente, paseando sus penetrantes ojos carmines de su tío Asmodeus a su padre, suspicaz—.

Abaddon pareció complacido a juzgar por su enigmática sonrisa, y alzó ambas cejas antes de responder.

Así es. Por supuesto que desde entonces había un propósito. —Dilucidó, reclinándose ligeramente sobre su asiento. Sus ojos despedían un brillo de oscura diversión bien justificada; muchos años habían transcurrido planificando algo tan minucioso, y nada ni nadie podría detenerlos ahora.—Como bien hemos explicado, fuisteis creados inspirados en los primeros hombres. Ambos, por tanto, estáis destinados a traer al mundo más vida. Nosotros somos ángeles caídos. Si bien nuestro poder es ilimitado, el infierno... este lugar es nuestra cárcel por aquellos pecados que cometimos en tiempos remotos. —Alegó, tomando la copa de vino. La rasa serenidad con la que hablaba resultaba inquietante; los acechó a ambos desde su posición, repiqueteando con los dedos sobre la policromada silla, más semejante a un trono, y tras relamerse los labios prosiguió, repentinamente más serio.—no somos capaces de acceder a la tierra, ni siquiera vosotros, nuestros hijos e hijas, podéis caminar libremente en ella. Nuestra libertad, por tanto, se ve reducida; vosotros tenéis encomendado el deber de traer una nueva estirpe de demonios que sea capaz de vivir en la tierra.

Azazel frunció ligeramente el entrecejo.

¿Es eso posible? —Inquirió, escéptico—, si vosotros no podéis ¿Cómo serían capaces nuestros vástagos de acceder a ella?

Hay una forma. —determinó Abaddon, asintiendo lentamente—Es compleja, y no puede proceder directamente de nosotros los caídos. Sólo dos demonios como vosotros, creados a partir de los elementos más poderosos del inframundo, sois capaces de generar este tipo de criaturas a partir de una unión con ritos y preparativos de por medio. No todo se limita a la procreación.

Azazel intercambió con la fémina una mirada indescifrable de reojo. La dualidad que lo embargaba era difícil de paliar; por una parte, la noticia resultaba precipitada mientras por otra, la idea de desposarla le resultaba sumamente atractiva y una gratificante locura. Sabía ya, con exactitud, que se debía a los hilos movidos de sus padres para hacerlos irresistibles el uno al otro.

Y una vez esos vástagos nuestros hayan nacido, si pueden acceder a la tierra...

Eventualmente podrán apoderarse de ella y abrirnos camino —Clarificó, esbozando una lenta sonrisa impregnada de oscuridad—, vuestros hijos e hijas estarán equipados para hacerse con ella, pero eso es un tema que, una vez que nazcan, trataremos los cuatro en privado. —Se detuvo unos momentos, sólo para beber del vino, y cuando lo bajó miró tanto a su sobrina como a su hijo, alzando una ceja—Sobra decir que de esto ni una palabra a nadie. Queda entre los cuatro ¿Entendido?

Azazel cabeceó, desplazando su foco de atención hacia el trozo de carne que ahora tomaba. Su expresión rezumaba una extraña apatía, pues rumiaba en todo aquello que derivó de la conversación. La revelación había socavado su placidez, transformando su cabeza en un mar de preguntas; su padre no se perdía en quimeras, y sabía que todo aquello iba muy en serio.

Abaddon, que se había tomado unos segundos para intercambiar una complaciente mirada con su hermano, reanudó la conversación.

Bueno ¿Alguna pregunta?—Agregó, analizando el rostro de la pareja.—Sabed que hemos hecho esto pensando en vosotros. Hemos procurado que vuestra atracción sea poderosa, genuina. Sobre todo para facilitar esta tarea, necesitáis sentir con gran pasión el uno por el otro. De otro modo, no sólo sería tedioso para vosotros, sino que además, el proyecto no se llevaría a cabo exitosamente.




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Re: Veritatem dies aperit

Mensaje por Incaendium el Lun 18 Jun - 5:02

01. Family Secrets
La respuesta de su padre se había clavado como un poderoso puñal justo a la altura de sus vísceras. Aceptaba cualquier orden que dictaminaran sus labios, pero aquella en especial resultaba de lo más alocada. No era la idea de un matrimonio anticipado con un hombre al cual vagamente conocía, porque ella no necesitaba de amor para unirse en un rito tan sagrado como aquel. Los demonios tenían una visión diferente, más inhumana. El matrimonio era para generar alianzas, vástagos y en éste caso, un sendero prometedor y peligrosamente ambicioso que culminaba en el dominio. Lo que verdaderamente le perturbaba, era no haber reparado en sus intenciones ni por un momento, aunque sí le resultó extraño por un buen período de tiempo sus ánimos por hacerla lucir perfecta; impoluta y bella, como él la había creado.

No dijo nada ante su comentario, por cual la cena prosiguió por unos segundos antes de que Azazel resquebrajase el silencio con su voz de trueno. Sus pupilas se dirigieron hacia él y automáticamente se perdió en sus orbes de un rojo rutilante y sanguinario que clamaba por ella y la obligaba a obedecer. Le costaba creer que aquella poderosa atracción tuviera otra base diferente a la que de por sí sus respectivos padres le habían adjudicado, pero ahora que la experimentaba en su propia carne, se sentía aterradoramente natural, innata. Verdaderamente sentía que no podía vivir alejada de su presencia cuanto más lo meditaba.

El demonio formuló cada una de las interrogantes que se habían apoderado de su mente, por lo tanto todas sus dudas se vieron evacuadas a la brevedad. Un fuerte zumbido recorrió su piel de solo pensarlo. Se les había encomendado la tarea de crear, a ellos. Algo tan sagrado y prohibido, tan limitado para los demonios, incluso los más poderosos y caídos del mismísimo Paraíso. La idea de ser la madre de esos vástagos que caminaran por primera vez por la tierra impartiendo su autoridad no le desagradaba en lo más mínimo. Miles de puertas se habían abierto ante sus ojos y todas ellas con un resultado distinto; quién sabe qué tipo de criaturas eran capaces de engendrar juntos para sembrar el caos en ese territorio que tanto detestaba.

Una de sus comisuras se elevó tan solo ligeramente a modo de sonrisa ante semejante privilegio y entornó sus densas pestañas, sondeando en los atractivos ojos ajenos en busca de las respuestas que buscaba. Cabeceó en asentimiento al acuerdo de clandestinidad, el cual le pareció completamente razonable, y finalmente apartó la vista, desviandola inquisitiva hacia su padre y acto seguido hacia su tío.

Estos vástagos nuestros… —Comenzó, arrastrando el hilo de voz con suavidad y terrorífica lentitud; era profundo, oscuro y su padre bien se había encargado de que evocara el dulzor de la miel, de tal forma que se pudiera paladear cada palabra con exquisitez. —¿Bajo qué condiciones los debemos engendrar? ¿Y luego de cuánto tiempo debemos enviarlos a la Tierra? —Cuestionó, las preguntas brotaban de sus labios como poderosas interrogantes. Nadie podía asegurarle nada. Enseguida, su propio padre se apresuró a contestar, esbozando una sonrisa ladina satisfecha. Se regodeaba de ver a su hija interesada en el asunto y no atemorizada ante la representación de ella como madre de criaturas nunca antes vistas.

Los rituales los hablaremos más tarde cuando ambos afiancen un poco la relación entre ustedes. Pero de ser posible, sería ideal que se llevase a cabo en la misma noche de bodas. —Concluyó, su sonrisa se ensanchó de lado a lado sin llegar a enseñar una blanca hilera de dientes que escondía detrás. Removía despreocupadamente una copa de vino en su mano, uno que ni siquiera provenía de la cosecha de viñedos humanos. —En cuanto al tiempo, no lo sabemos. Pero ustedes serán los padres, en cuanto sean incapaces de suplir las necesidades de sus vástagos, será el momento ideal para que ellos  satisfagan sus propias carencias.

Aquella respuesta la había dejado insatisfecha, pero tan solo se limitó a asentir, porque al parecer ni siquiera sus propios padres tenían idea del porvenir de esas criaturas. Sin embargo, el hecho del ritual, la ceremonia y el resto de los pormenores le había generado una ligera ansiedad. Deseaba que la desposara, porque en el fondo sentía que ambos serían capaces de grandes cosas. Y a su vez, quería probar de su carne de todas las formas posibles; luego de aquellas palabras de su tío, debía constatar la pasión desmesurada que le haría sentir. Por un lado resultaba muy pintoresco, pero otro sumamente aterrador y retorcido.

Disfrutemos de la comida sin más entonces.

Pronunció su padre, y como por arte de magia, los cuatro se sumieron en un profundo silencio peligroso para la mente de los prometidos.




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