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› Casus belli ‹

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› Casus belli ‹

Mensaje por Natsukashii el Miér Feb 14, 2018 7:54 pm

Casus belli
| Plot | | 1 x 1 | | Realista | Acción | | + 18 |
Candorosas resultan las ánimas que, con conminatoria convicción, consideran que los hemiciclos se tratan de áreas dominadas por loables funciones, amenas, incluso. Crédulas por creer que la función inicia cuando el telón se encumbra y los circenses se deslizan sobre el terreno con el arte del mar lamiendo la áurea arena.

Permitidme arañar vuestras ilusiones y que, a través de vuestras dañadas vistas, irónicamente, observéis la cruenta realidad: la auténtica exhibición se lleva a cabo tras los focos, con cada vocablo seleccionado y acción realizada. Cuando las máscaras vuelven a amoldarse a los correspondientes rostros, cuando haces uso de carácteres que distan del propio para sobrevivir. Se trata de tener la astucia del felino, aún siendo el roedor.

¿Creéis que los muros sobre los que se erige el circo es sinónimo de una idílica área? Dios se aterrorizó ante las atrocidades allí cometidas, tras el nombrado telón, y Satanás coincidió en que, si era establecida una comparación entre el dueño de éste y él, su ser no era más que un baladí aprendiz.

Todo se encuentra aventuradamente hilado: la no intervención de los maderos, la suma de nuevos rostros sin la amenaza de ser hallados. ¿Y qué factor permite esto? Sencillo: la colaboración de la mafia rusa. Finn, más comúnmente conocido como La araña en el oficio, estableció un acuerdo con el dueño: darle su protección a cambio de una deleitable cifra de rehenes, los cuales vendería o quedaría si consideraba que eran merecedores de ello.

Kinga, incuestionablemente, pertenecía a los últimos mencionados. Mechones perfumados de un tono calaíta y un par de orbes que centelleaban, en contraposición, por la carencia de la más irrisoria existencia. El de ascendencia rusa anhelaba crear en estos el brillo del dolor y arrebatamiento de esperanza; de modo que no dudó en batallar por ella.

El proceso de obtención de la húngara fue distinto al de sus antecesores. Vodka, tabaco y pocker se encontraron presentes en el momento de decidir quién la alcanzaría.

Finn se alzó con una batalla vencida y, como si se tratara de un mero botín, el añadido de una muchacha reducida a un vacío cascarón, fruto de las torturas experimentadas en el circo que, creías, era el centro de la diversión.

Ahora, el escenario ha cambiado; mas no el modus operandi. Así pues, damas y caballeros, presten atención a las siluetas ocultas tras el metafórico telón, cubierto por una traslúcida teselación que permite la recreación de las correspondientes sombras. Observen el trazo de los pasos, el movimiento de las manos; la sonrisa pintada con el carmesí de los desafortunados… el show ha comenzado.
Finn Oleg Kozlov
James D Arcy
37 años
Elentári
Kinga
Disa Braun
23 años
Natsukashii



Roanoke


Última edición por Natsukashii el Dom Mar 11, 2018 9:55 pm, editado 5 veces


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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Elentári el Lun Feb 19, 2018 6:52 am

Casus Belli
I. Sociopath
Enero 2, 4:00 am
Con Kinga
En Salón de música, Mansión Kozolov

Repiqueteaba las teclas del piano , sus lánguidos dedos se deslizaban con habilidad y las notas desfallecían en el aire. Una a una cortaban el silencio y danzaban en el ambiente hasta conformar una melodía melancólica…amarga como la bilis refluyente en sus labios o como el vodka que apuraba cada tanto. Tenía sus ojos cerrados, la mandíbula tensa y la mente perdida en algún recóndito espacio entre las fantasías y los recuerdos.
Casi no habían muebles en la habitación, ni luces, la poca luminiscencia se debía a los faroles de la calle; los cristales de las ventanas se habían congelado por la constante nieve que no había dejado de caer durante días. A esas horas no quedaba gente en la ciudad, nadie decente al menos; y, como lobeznos hambrientos, sus siervos se escabullían en los callejones y acechaban a los corderos rezagados.
Mientras tocaba aquella melodía, recreaba el sonido seco de los disparos, el olor a quemado y los gritos…como una cinta de película, se repetía esa escena en su cabeza una y otra vez, aunque los rostros cambiaban.  Su memoria fallaba a veces, a veces los rostros del pasado de difuminaban y se mezclaban con las facciones de actores de cine; por momentos no sabía distinguir si sus memorias eran suyas o eran invenciones de su mente. A lo mejor no eran más que las historias de terror que leía cuando niño…o quizás nunca había dejado de leer.
Hacía años había dejado de dormir por la noche. La oscuridad, la falta de almas en las calles, siempre había encontrado demasiado atractivo ese limitado puñado de horas donde los monstruos abandonan sus escondites; los pecados y las miserias se exponen sin pudor y los demonios…los demonios toman el control. Hacía años había decidido que era un espectáculo demasiado interesante como para ignorarlo. Además –si cabe acotación –las pesadillas no le dejarían dormir. Las pastillas y el alcohol le ayudaban a mantener se despierto, hasta que su cuerpo caía rendido y se desplomaba en el suelo; sus hombres lo trasladaban hasta su habitación y días después volvía a aparecer famélico y con mal humor. Esa noche era su segundo día sin dormir.
Su espalda, desprovista de prenda alguna, estaba levemente encorvada hacia delante; podía verse con claridad cada cicatriz, cada laceración, cada una correspondiente a una historia más perversa y dolorosa…más misteriosa. No quedaba nadie vivo que supiese mucho de La araña y ,a su vez, cualquier ser miserable o maleante temblaba al escuchar su nombre. Su fama le precedía, esa sonrisa de corte burlesco helaba el alma de cualquiera que supiese de sufrimiento y arrebataba el aliento de cualquier brabucón. Era peligroso, desde luego, como cualquier líder de mafia y, sin embargo, había algo en él que lo destacaba. Quizás era su falta de miedo, su sonrisa macabra o, probablemente, sus juegos y fetiches.
De vez en cuando, tras días de estar desmayado en su propio vómito, podía vérsele con esa sonrisa espeluznante pintada en los labios, los ojos ennegrecidos y las voces de su mente clamando inquietas; entonces era hora de un juguete nuevo. A veces, eran pobres gatos callejeros que no le duraban más que unas horas, otras veces, prostitutas adictas que apenas podían resistir sus juegos; pero, sin duda no bastaban, nunca eran lo que codiciaba ni lo suficientemente interesantes para causar placer. Y el hambre aumentaba…insaciable necesitaba otra presa.
Y esa noche, mientras la nieve azotaba la ciudad, mientras la música del piano rezumbaba en aquel salón de paredes blancas y suelo de madera; en esa gran mansión, la araña esperaba tranquila la llegada de su tan ansiado botín: Kinga No se parecía en nada a aquella chiquilla de orbes índigos y cabellera castaña. No, ya no había nadie como esa chica. Y, aún así, la circense no desaparecía de su cabeza.
Había visto su presentación unas cinco veces, a la distancia; como un niño en un parque de diversiones, sus ojos nunca lograban apartarse de la joven y, como un constante susurro en su cabeza, deseaba que fallase en el truco…que cayese como un ave herida. Y mientras todos aplaudían la astucia de la circense, una parte de él se sentía decepcionado por no haberle visto morir ni detectar una pizca de miedo en sus orbes, en esas cuencas hundidas que resaltaban en su malnutrido cuerpo. Desde ese momento la deseó para él y, como algo típico en su persona, no descansó hasta que la obtuvo. Se relamía los labios ansiando el momento en que sus hombres regresasen del circo con su nueva rehén.
Antes que las puertas se abriera, sus dedos se detuvieron en seco y abrió los ojos para comprobar que siguiese en el salón. Dos matones de mala pinta arribaron y, aún sin luz alguna en la habitación, pudo distinguir el rostro de la mujer. Finn había roto el trato con el dueño del circo no espero a la segunda quincena del año para reclamar su premio y, por el contrario, ordenó que un grupo de sus hombres asaltase el circo a la madrugada y tomase a la mujer por la fuerza con la autorización de matar a cualquiera que quisiera interponerse; solo había pedido algo: ni una sola herida en Kinga.
Su pálido rostro, descompuesto por la falta de descanso y el exceso de alcohol, se ilumino en cuanto se dispuso a encender un cigarro y acercó el mechero a sus labios. Dio una calada profunda y se puso en pie para encender las luces del salón; caminó en silencio  hasta ubicarse frente a la mujer de cabellos verdosos. Encumbró las comisuras de sus labios con mofa y hubo de inclinarse un poco para que ambas miradas se conectasen.
—Eres más bonita de cerca —dijo, mientras le acomodaba el cabello revuelto para despejar su rostro.
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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Natsukashii el Mar Feb 20, 2018 12:06 am

Casus belli
I. Sociopath
2 de Enero, 4:00 a.m.
Con Finn
En Salón de música de la mansión Kozlov


En determinadas alboradas se ataviaba con el rol vinculado a los volátiles, extendiendo los descarnados brazos en un metafórico acto que los cubría con finos cálamos y le confería la ineludible estabilización. Caminaba, con loable donosura, sobre la bramante que modificaba su envoltura, ofreciéndose como la delicada rama a la que se afianzaran sus uñas e hiciera factible la realización de una nueva función.

Era, en delimitadas circunstancias, un alado arrobado del anochecer que se aventuraba a danzar con los luceros adheridos al fúnebre telón, afianzando los ficticios hombros de éste con el solitario límite de no resultar liberada de la —si bien irrisoria— claridad que la mantenía levantada. Y la luz, en su concreto caso, se traducía como la mismísima función y, por ende, el honor de encontrarse conminatorios metros sobre el terreno. Ubicada en el aire,  sus fobias y más amenazadores demonios se mantenían retirados, inválidos como las más venenosas víboras que, no obstante, resultaban vencidas si el humano en cuestión alcanzaba un árbol. Todos los elementos que la abrazaban terminaban reduciéndose a metáforas; mientras que ella era un relato de enrevesado entendimiento que escasos se lanzarían a descifrar y que tampoco permitiría.

No sólo se encontraba su acentuada abominación a confesar sus fobias o desvelamiento de las aflicciones que con encumbrado recelo ocultaba, sino también el anhelo de simular el carácter que, consideraba, habría sido auténtico de no ser por las implícitas mortificaciones que constituía el acceso al hemiciclo. Si desnudaba su destrozada alma, sabía, el estrecho hilo que la mantenía alzada sería súbitamente cortado: no era más que una baladí marioneta que se alimentaba de auto falacias, y conocemos de buena tinta la consecuencia de destruir nuestro método de conservación. La muerte.

La armonía se encontró deshilachada como el más timorato revestimiento frente al súbito acceso de una hilera de varones que en anteriores ocasiones había observado. Extraían a individuos del circo con la finalidad de venderlos a redes de lenocinio o realizar tratos en el más oscuro de los mercados, manifestándose so un intervalo indeterminado y seleccionando, del mismo modo, a una cifra inexacta en cada ocasión. Antaño, hubo huido en dirección contraria a estos, intentando mantener a salvo la inocencia aún conservada mas, actualmente, enfrentarlos resultaba un acto tan cotidiano como el de mantenerse desvelada a fin de eludir los delirios relacionados con su mismísima existencia. ¿Cuántas veces había resultado lastimada con tal de que sus compañeros no se encontraran abrazados por tan cruentas tesituras? Innumerables, empero su bienestar era un tema que, distante de causarle ansiedad, rozaba lo impertérrito. Lo que está roto no puede volver a romperse.

No obstante, la redada que consideró que se encontraba encaminada hacia los demás miembros del hemiciclo terminó teniendo como solitaria meta el retenerla a ella. ¿Por qué únicamente a su ser?, se cuestionó interiormente. Si bien el que sus compañeros no tuvieran que experimentar una situación de tal calibre —aunque la vida en el circo resultaba bastante similar— la llenaba de calma, era la primera ocasión en la que solamente uno de ellos era extraído del hemiciclo y, por tanto, cuestiones inundaban su nervioso intelecto. ¿Por qué ella? ¿Por qué dicha noche? ¿Por qué, a diferencia de otras ocasiones, no habían llevado a cabo el maltrato de índole física? Acostumbraban a tratarlos como a baladíes animales que no merecían la más mínima consideración, ¿qué marcaba la diferencia?

Arribaron tres cuartos de hora más tarde y, siendo custodiada por los varones anteriormente mencionados, accedió al interior de la morada que, encontró, presentaba proporciones de índole descomunales en comparación con el área en la que había habitado desde que mantenía uso de razón.

Las luces de la habitación de corte recreativo fueron conectadas en el concreto instante en el que su silueta accedió a la mencionada y, con ello, en su área de visión se adentró un hombre de facciones exhaustas y orbes acariciados por el tono carmín del mismo alcohol cuya esencia le acariciaba insistentemente las fosas nasales. ¿Quién era y por qué motivo se había interesado en ella? Era absolutamente consciente de que el dueño del circo se codeaba con individuos de dudosa reputación; mas la identidad de estos nunca había estado a su alcance… hasta ahora.

—Eres más bonita de cerca —señaló; mientras encumbraba los labios con burlón ademán y se inclinaba con intención de permanecer a su altura. Deslizó, a continuación, los hercúleos dedos entre los mechones perfumados por un tono calaíta, descubriendo sus facciones con una delicadeza que no hacía, sino, sumirla en un estado de anonadamiento. Su salida del hemiciclo, el trato de los varones, el del varón que la hubo reclamado… súbitamente, era tratada como un elemento caracterizado por una encumbrada inconsistencia, y no alcanzaba a formular por sí misma un motivo lo suficientemente válido para ello.

—¿Cuál es tu definición de belleza? —cuestionó, acentuadamente curiosa—. ¿Por qué me has seleccionado a mí? ¿Por qué han venido a buscarme hoy y no en otro momento? ¿En qué momento me conociste? —continuó, lanzando una cuestión tras otra, sin detenerse para tomar una sola bocanada de aire—. ¡Oh! Son muchas cuestiones, pero no te molesta contestarme, ¿verdad? —añadió finalmente con suma velocidad, sintiéndose, debía admitir, ostensiblemente nerviosa ante el posible avecinamiento de las respuestas que hubo anhelado desde el desencadenamiento de dicha tesitura.
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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Elentári el Dom Feb 25, 2018 9:41 am

Casus Belli
I. Sociopath
Enero 2, 4:00 am
Con Kinga
En Salón de música, Mansión Kozolov
Se sintió molesto al no reconocer reacción alguna en aquel par de orbes desvelados, odiaba esa mirada indiferente ante su postura intimidante, ante su psiquis turbada. No podía recordar si esa mirada le traía memorias de su segundo perro, Ares. Tras largas jornadas de torturas y violentos ataques, el pobre animal había dejado de manifestar algún tipo de dolor o miedo; con el tiempo solo se acercaba a él y esperaba con miseria la diversión de su amo. O quizás a quien le recordaba a su madre.
Aún así eso lo llenaba de fastidio, al igual que esa desdichada mascota esa chica siquiera parecía importarle su destino. <> murmuró su inconsciente, en tanto erguía la espalda sin apartar los ojos de los contrarios. Una súbita jaqueca le golpeó con crudeza y, mientras apretujaba el puente su nariz con los dedos, las presurosas preguntas de la chica comenzaron a brotar de aquellos empalidecidos labios; una a una las palabras se amontonaban en el aire hilando interrogantes que, a decir verdad, eran interesantes.
Contó los segundos que tardó en terminar, incluso podría decirse que admiró su habilidad de hablar sin coger una pizca de aire; aunque Finn consideró que era una mala forma de desperdiciar su capacidad de habla, pues no todos de los que pisaban esa casa tenían tal privilegio. Con el dedo índice acarició la zona entre sus ojos y sonrió al notarlo, allí, como una tenue lumbre entre los escombros, pudo ver una emoción genuina: nervios.
Chasqueó la lengua para contrarrestar ese pitido molesto que rezumbaba en su oído izquierdo y bufó dispuesto a contestar cada una de las irrelevantes cuestiones. Aunque, a esas alturas, ¿existía alguna pregunta valedera?.
— ¿Por qué es importante mi definición de belleza? — vociferó imitando el tono curioso de la fémina—, ¿y por qué asumes que te he seleccionado únicamente a ti? ¿Por qué rechazar todas las posibilidades de que tras cada una de las habitaciones haya otra chica huérfana cuyo cuerpo no vale más que mi botella vodka? — cuestionó, dando varios pasos hacia atrás, camuflando sus tétricas palabras con un falso tono infantil—.Temo, querida… —hizo un pausa para rebuscar en su alcoholizado intelecto alguna pista de su nombre, labor a la que renunció al cabo de unos pocos segundos—… кукла— (marioneta),  apuró—que las dos primeras interrogantes no puedo responderlas. En cuanto al por qué hoy y no en otro momento…solo es porque se me antojó tener alguien con quién cenar —hizo un  gesto con los hombros con tal de quitar importancia a aquel secuestro o tráfico de mujeres y tambaleó hasta que ,por fin, pudo sentarse en el banco del piano—. No estoy seguro de cuando te conocí — la comisura derecha de sus labios se alzó ligeramente mientras sostenía el vaso con sus dedos pulgar y corazón; bebió de un solo trago el resto de alcohol—, nunca te dejan venir a las noches de póker, aunque ahora que te veo de cerca comprendo por qué…ya sabes, los objetos valiosos deben cuidarse —por un momento, por un mísero instante, el tono burlón de sus palabras amenguaron y su rostro inquieto se ensombreció. Él, más que nadie, sabía cuan doloroso era que te arrebaten un objeto de tal valor.
Sonrió con amargura, no había notado que había cerrado los ojos y, al abrirlos, juraría haber visto a la castaña en lugar de la circense; y , sin más, una hilarante y lúgubre carcajada escapó de sus labios. Raspaba su garganta, parecía herir su esófago, aturdía sus oídos, pero no podía dejar de reír. Claro que no era ella…que absurdo, que bochornoso. Era perfecto.
—Oh, claro —dijo entre risas—. ¿Qué tal el viaje? ¿Alguno de estos animales te hizo daño? —adoptó un tono cortés, las palabras eran como  un ronroneo o arrullo embriagante—. Que modales los míos, кукла , por favor hazme compañía— agregó, dejando unas palmaditas en el otro extremo del asiento; claro que ese “por favor” no era más que una orden.
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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Natsukashii el Lun Feb 26, 2018 12:50 am

Casus belli
I. Sociopath
2 de Enero, 4:00 a.m.
Con Finn
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El hercúleo dedo índice contrario resbaló sobre el ceño, incitando súbitamente a los labios a encumbrarse so el velo de lo cómico. ¿Cuál resultaba ser la razón del mencionado ademán?, se cuestionó interiormente; mientras observaba con loable interés la descubierta hilera de dientes tras la que se ocultaba un sentimiento absolutamente desconocido para su ser: diversión. ¿Resultaba tan sumamente sencillo sentirlo o, por el contrario, era un caso aislado que abrazaba al aludido?

—¿Por qué es tan importante mi definición de belleza? —cuestionó, simulando con loable facilidad el tono anteriormente usado por la circense. ¿Por qué no iba a serlo?, contraatacó interiormente mediante otra cuestión. Para un ser que había flirteado desde que mantenía uso de razón con la violencia de ambas índoles, el que le concedieran un trato mínimamente benévolo se traducía como un duradero estado de anonadamiento que necesitaba ser resuelto. Pero el auténtico motivo de mi duda no podrá ser conocido, murmuró para sí misma, sabiendo que, de manifestarlo, sus debilidades serían instantánea e insolentemente desnudadas—. ¿Y por qué asumes que te he seleccionado únicamente a ti? ¿Por qué rechazar todas las posibilidades de que tras cada una de las habitaciones haya otra chica huérfana cuyo cuerpo no vale más que mi botella de vodka? —cuestionó, estableciendo una sucesión de movimientos en dirección contraria; mientras un pueril timbre dominaba sus vocablos. Se le retorcieron las entrañas, dentelladas le deshacían las venas y las transformaban en baladíes trazos de los que un día fueron vasos carmines. No era, teniendo en cuenta su inhabilidad al abrazar sentimientos tales como el temor ante situaciones actuales, pavor por sí misma, sino por la extinta suerte que ahorcaría a las aludidas de ser esto cierto. Poco y nada le interesaba su bienestar; mas la visión cambiaba de tratarse de otros. He visto y vivido el que te arrebaten al alma y te reduzcan a un mero títere… No deseo que esta situación vuelva a producirse ante mí, señaló, sabiendo que tales visiones la acompañarían hasta el fin de sus días, torturándola, acabando con su existencia física —pues consideraba que la anímica se encontraba extinta— lenta pero inexorablemente—. Temo, querida… —realizó una momentánea detención para rememorar su nombre— кукла —apuntó— que las dos primeras interrogantes no puedo responderlas. En cuanto al por qué hoy y no en otro momento… sólo es porque se me antojó tener alguien con quien cenar —encumbró momentáneamente los hombros, restándole seriedad al asunto en sí mismo. La circense, no obstante, no hallaba la más mínima rareza en su contestación: así actuaban los seres como él, haciendo uso de terceros, almas reducidas a baladíes cascarones, para actos tan irrisorios como cruentos. En su caso, no obstante, se cuestionó por qué prefería su asistencia antes que la de, por ejemplo, los varones que la habían llevado hasta allí—. No estoy seguro de cuándo te conocí —reconoció, alzando la comisura derecha del labio; mientras con los dedos índice y corazón sostenía el vaso y tomaba, de un solitario sorbo, el resto de alcohol reunido en el fondo de dicho elemento—. Nunca te dejan venir a las noches de póker; aunque ahora que te veo de cerca entiendo por qué… ya sabes, los objetos valiosos deben cuidarse —explicó. La de cabellos calaítas reconoció, si bien por un irrisorio instante, la solemnidad alzándose sobre la comicidad hasta el momento dominante, el derrumbe de una máscara hilada únicamente con sentimientos oscurecidos para el acceso al vislumbre de sensaciones que, sabía de buena tinta, resultaban preferibles mantener en secreto. ¿Qué has recordado?, quiso cuestionar, pues sólo las memorias eran capaces de hacer tambalear a un individuo de tal manera. Por otro lado, el anonadamiento no cesaba en acariciarle el alma. ¿Cómo podía ser considerada de tal forma? Valiosa, merecedora, mínimamente, de un precio. Ella, que creía no presentar el más irrisorio valor. Ella, un cascarón vacío, encontrándose denominada como sólo ocurriría con obras de arte. ¿Qué comparto yo con éstas? Sólo lo abstracto en determinadas, pero jamás el elevado coste, apuntó. Has de estar loco para verme así… y, aun así, necesito saber por qué, dentro de tu mente carente de cordura, me observas de tal forma. El hombre rió súbitamente, con elevado tono. Rió, como si su existencia se encontrara asociada a tal acto y, nuevamente, se cuestionó el porqué de ello, además de anhelando tener esa habilidad. No sé reír, reconoció interiormente. No sé qué sensación experimentas cuando vas a reír, y si es sencillo; aunque en él parece ser así. ¿Cómo lo hace?—. Oh, claro —añadió, riendo—. ¿Qué tal el viaje? ¿Alguno de estos animales te hizo daño? —cuestionó mediante un tono ostensiblemente similar a un ronroneo—. Qué modales los míos, кукла: por favor, hazme compañía —solicitó y, luciendo su idiosincrásica obediencia, tomó asiento a su lado. Las dimensiones del asiento resultaban considerablemente reducidas, de modo que sus correspondientes brazos se rozaban sobre el revestimiento y el hedor asociado al alcohol le acariciaba insistentemente las fosas nasales. ¿Sería el efecto del mismo el desencadenante de tal risa?

—¿Y por qué no debería ser relevante tu visión sobre ésta? —contestó mediante otra cuestión, ladeando sutilmente el semblante en dirección contraria. Dio nacimiento a una sonrisa de simulada diversión antes de retomar el turno de vocablo—. ¿No es, cuanto menos, interesante conocer las ideas que otros sostienen sobre un mismo tema? Lo que tú detestas, a mí podría atraerme, y viceversa. Curioso, ¿verdad? Y soy muy —extendió durante varios instantes la segunda vocal del último término— curiosa también; así que cuestiono sobre muchos motivos. Pero te habrás dado cuenta de ello, ¿verdad? ¡Por supuesto! Lo extraño habría sido no haberlo advertido, ¿verdad? Verdad, verdad, verdad… ¡Lo habré dicho unas tres veces! —rió suavemente—. Añade: puedo ser bastante redundante —señaló, estableciendo un delicado roce sobre el  ceño contrario, reforzando sus vocablos basados en que atesorara dicha información en su intelecto—. Asumo que, al menos esta noche, me has seleccionado únicamente a mí. De lo contrario, no nos encontraríamos únicamente con ellos —señaló con la barbilla a los dos varones restantes—. Además, señor risueño —le tomó la mano con encumbrada confianza, acariciándole el reverso con el cuero que mantenía oculta la de ella—, he de informarle que, si le observara maltratando a otro ser y cumpliendo con su “no vale más que mi botella de vodka”, le cortaré las manos. Y son muy, muy bonitas para hacerlo, ¿no cree? —cuestionó—. No son celos, es mera y llana moral —aclaró—. Oh, ¿qué significa… кукла? —cambió súbitamente de tema, declamando el mencionado término, había de reconocer, de forma bastante mediocre al no tener el más mínimo conocimiento del idioma—. ¿Y por qué crees que seré una buena acompañante durante la cena? ¿Ellos no lo son, o es que…? —no terminó de hilar la cuestión, sino que, como si su existencia se encontrara asociada a ello, echó a correr en dirección a los mismos—. ¿Podéis abrir la boca? —solicitó y; aunque comprensiblemente extrañados ante dicha cuestión, cedieron. Sonrió instantáneamente—. ¡Vaya, qué alivio, pensaba que se os había comido la lengua el gato! —exclamó, uniendo ambas manos en señal de satisfacción. Rotó, de tal manera, sobre los talones, observando al de ascendencia rusa—. ¿A que es fantástico que no sea así?  —cuestionó, sonriendo—. Has mencionado que mi acceso a las noches de póker se encuentra vetado —rememoró, tomando asiento nuevamente al lado del varón—. ¿Es únicamente conmigo o también con mis compañeros? ¿Sólo tenéis acceso los compradores o realizáis excepciones? He visto que vienen a buscarnos siempre con un intervalo de diferencia con respecto a la anterior redada… ¿Cómo establecéis el periodo de “obtención”? Es más, ¿alguno de ellos ha caído en tus manos? —demandó, con un nivel de circunspección que derribaba la balanza de sentimientos —indiferencia, curiosidad y simulada diversión— mostrada anteriormente. En casos como el mencionado, toda máscara quedaba extinta, mostrando a una muchacha dominada por una furia auténticamente sentida. Cuánto daría por liberarlos de un destino de tal calibre, de las más que asentadas crueldades que experimentarían, del camino hacia la destrucción de la psiquis y posterior transformación en un vacío cascarón. Sentía, en definitiva, poco; mas, cuando lo hacía, era en dimensiones considerablemente encumbradas—. En cuanto a ellos —señaló nuevamente al par de varones—, me han tratado sorprendentemente bien; de hecho. ¿Acostumbras a que tus hombres muestren tal delicadeza, más aún en una redada? —cuestionó, sabiendo de buena tinta que, con terceros, esto no se había presenciado siquiera mínimamente—. ¡Por cierto! —exclamó, súbitamente—. ¿Cómo te llamas? ¿O cómo prefieres que te llamen? ¿Tu nombre o apodo tiene un significado especial?  —finalizó. ¿Me permitirás conocer tu nombre, o lo mantendrás oculto como él?


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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Elentári el Mar Feb 27, 2018 6:17 am

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En Salón de música, Mansión Kozolov
Había aprendido, desde pequeño, a observar las constantes máscaras con las cuales los humanos sueles revestir sus sentimientos, sus miedos, sus debilidades; sentía atracción por las mentiras como los carroñeros rastrean un animal muerto. Todos, cada uno de nosotros, hemos jurado no decir mentiras y eso, lamento decir, no es más que un engaño.
Finn era distinto, codeaba con la mentira, con cientos de máscaras y personalidades que  disputaban en su cabeza; cada una de esas voces, cada uno de esos seres eran reales. A veces, más genuinos que todo lo demás. Los escuchaba, allí dentro, muchas veces discutían entre ellos, peleaban por tener el control y, en algún momento, ellos vencieron. Sus memorias del pasado iban y venían, a veces le asaltaban como puntadas perenes, otras como fugaces imágenes de un tiempo difuso. La mayor parte del tiempo no sabía distinguirlas de una simple pesadilla.
Al verla sonreír, al ver las ligeras arrugas marcadas bordeando sus ojos y la tenue curva que dibujaron sus labios; le golpeó la terrible sensación de haberlo vivido antes. No, efectivamente, no era ella. Había buscado en todo el país y alrededores, había enviado espías y puso una recompensa, pero nunca volvió a toparse con una persona como aquella cuyo nombre ya no se permitía repetir. Sus sonrisas no se asemejaban en nada y era justamente eso lo que provocó una desagradable añoranza en su alma…porque no había nada que llenase ese vacío que carcomía algo dentro de él. Se  sintió miserable y masoquista, pues no pudo dejar de ver ese rostro extraño. [<>  susurró su psiquis, apretando la mandíbula para no soltar palara alguna y se limitó a mostrar los dientes en una suerte de sonrisa que nada tenía de alegre o simpática; parecían los dientes de un lobo brillando en la vasta oscuridad. Amenazante, silenciosa…letal.
La dejó hablar, la dejó amenazarle con cortarle las manos y dejó que fastidiase a sus hombres; solo negó con la cabeza para evitar que alguno de ellos le golpease. Si quiera le siguió con la mirada, fijó los ojos en las teclas del piano y tocó dos de ellas. “Tic Tac”, imitaba la monotonía de un reloj, y sopesaba una sonrisa sin sentido en sus labios. Era, cuanto menos, interesante que alguien se atreviese a moverse con tanta soltura frente a él; solo restaba un poco de tiempo para que lamentase no haber corrido lejos, o suplicar que la matasen. Ese momento, ese en donde la mosca se acerca a la telaraña sin saberlo, era uno de los momento más preciados para el ruso y, por tanto, repiqueteando los dedos en el piano, se concedió tiempo para disfrutarlo.
En cuanto la circense se hubo ubicado a su lado, cuando sus brazos volvieron a rozarse y las preguntas cesaron, el ruso la observó de reojo. No era la primera vez que encontraba a esa clase de personas que juraban que el bienestar de terceros era más importante que el propio, usualmente no eran más que falsos altruistas que al cabo de unas cuantas torturas cantaban los nombres de sus amigos, entregaban a sus hermanos y vendían a sus mujeres. Al final, no eran mejores que nadie.
—También soy curioso —procedió a responder, retomando su vista al piano—, esa es la razón por la que estás aquí—explicó, aunque no podría decir si fue una respuesta sincera—. Querida, hay decenas de habitaciones cerradas con llave en esta casa, sigo preguntándome por qué descartas la posibilidad de que haya más mujeres en ellas. ¿Será que tienes el ego alto o es solo una bochornosa y estúpida ingenuidad? —preguntó con tono de burla y chistó la lengua continuación—. Seré curioso pero ¿cómo piensas cortar mis manos? ¿Alguna vez haz desmembrado a un ser vivo? —le observó, sonriente, y alargó su mano para acariciar su hombro—. ¿Moral? ¿Tu moral te incita a cortar mis bonitas manos”? —se inclinó, de modo que sus labios rozaron el lóbulo de la oreja femenina y bajó el tono de su voz—. Te reto a hacerlo, кукла. Te reto a cortar mis manos para vengar a cada mujer y hombre que violé, torturé y utilicé como alimento para mis perros —su voz era áspera, tenebrosa, ya sin nada de cortesía, ya sin nada de falsa diversión.
Se alejó y sonrió con diversión, sus ojos se entrecerraron y las comisuras de sus labios conformaron una sonrisa de tinte pueril. Así, sin más, la abofeteó con una fuerza tal que arrojó a la chica al suelo.
—.¿Ves lo bonitas que son mis manos?—cuestionó con tono infantil—. Me temo, querida, que yo sí soy celoso; haznos un favor a todos y no vuelvas a acercarte a un hombre sin mi previo consentimiento, ¿entendido? —bajó la vista a su mano y notó que estaba salpicada de sangre—. Visito el circo cuando mi juguete se rompe o deja de ser divertido, así que si no quieres que busque uno a uno de tus compañeros te recomiendo ser buena niña y complacer a tu nuevo amo —dijo, mientras rebuscaba entre sus bolsillos hasta que dio con un pañuelo de tela—.Creo que tu antiguo dueño tenía miedo de que te viese y sintiese interés en ti —agregó, mientras se agachaba hasta la altura de la chica y exponía su pómulo herido y sangrante, con suavidad deslizó el pañuelo sobre aquel corte—. Mientras más tiempo te ocultó, más interés sentí por ti. Irónico, ¿verdad? —sonrió con diversión, sin dejar de mirarla a los ojos. Se veía distinta…rota…vacía.
—.¿Por qué dejar que un bruto arranque las alas de una ave exótica, cuando puedo ponerle en una jaula y verle desplumarse a sí misma…ansiando volver a las alturas?—deslizó los dedos sobre su mejilla y terminó por ayudarla en ponerse en pie—. Soy Finn, pero puedes llamarme como prefiera, кукла. Oh, claro —se dio un ligero golpecito en la cabeza— ...significa marioneta o muñeca. Bonito apodo, ¿verdad?—
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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Natsukashii el Jue Mar 01, 2018 10:25 pm

Casus belli
1. I. Sociopath
2 de Enero, 4:00 a.m.
Con Finn
En Salón de música de la mansión Kozlov


—También soy curioso —reconoció; mientras derramaba los diáfanos luceros sobre el loable instrumento que invitaba, mediante su incitador timbre, a que sus teclas resultaran insolente así como estimulantemente acariciadas. ¿Cuán encumbrados resultarían los conocimientos del anteriormente mencionado sobre dicho elemento? De sublime y delicado exterior, la circense no consideraba reunir las mínimas condiciones para que sus dedos mantuvieran el honor de experimentar el tacto de éste contra el cuero que los recubría, temiendo mancillarlo en el acto. El arte no merece ser deshonrado con el roce de un ser sin valor, admitió interiormente, únicamente atreviéndose a observarlo a una correcta distancia—, ésa es la razón por la que estás aquí —añadió. ¿Y de qué índole resultaba la curiosidad que la circense ocasionaba en el de rusa ascendencia? ¿Las ansias por descubrir cuántas torturas podría abrazar, quizá? Si bien la delicadeza mostrada por los dos varones restantes con anterioridad e, incluso, la del mismísimo ruso la habían sumido en un momentáneo estado de anonadamiento, no cesaba en comprender que los buenos tratos resultaban efímeros, un método, probablemente, de diversión, buscando que consideres que no serás dañado para, de tal manera, atacarte en el instante menos cavilado. La primera mirada de desencanto, muy probablemente, es la que más disfrutáis—. Querida, hay decenas de habitaciones cerradas con llave en esta casa, sigo preguntándome por qué descartas la posibilidad de que haya más mujeres en ellas. ¿Será que tienes el ego alto o es solo una bochornosa y estúpida ingenuidad? —cuestionó, burlón para, a continuación, establecer un chirrido. Exceso de autoestima, obviamente, no resultaba la vía correcta mas, ¿lo era creer que era el único ser que se encontraba retenida en tal mansión? Quizá, sus ansias por no volver a observar a otros seres secuestrados, o bien el creer que sólo el circo realizaba esto, habían danzado en su contra. Kinga, súbitamente, descubrió un nuevo dato: el hemiciclo no era más que una representación del tráfico de individuos presentes hasta en los rincones menos cavilados, un área más en la que se llevaban actos de cuestionable moralidad. Creía conocer el mundo y, muy probablemente, sólo conozco un tercio de éste—. Seré curioso pero, ¿cómo piensas cortar mis manos? ¿Alguna vez has desmembrado a un ser vivo? —interrogó; mientras una extensa sonrisa recorría sus labios acariciados por la esencia del alcohol y una titánica mano aterrizaba en su hombro. Yo no, pero él sí y, por ende, sé cómo hacerlo, recitó para sí misma—. ¿Moral? ¿Tu moral te incita a cortar mis bonitas manos? —sondeó; mientras se inclinaba ante la fémina, de tal modo que los endurecidos labios acariciaron el dúctil lóbulo contrario en un momentánea acto que, de idéntica forma, desató un breve escalofrío que le abrazó la columna vertebral. La moral queda extinta ante individuos como tú, aportó en su mente—. Te reto a hacerlo, кукла. Te reto a cortar mis manos para vengar a cada mujer y hombre que violé, torturé y utilicé como alimento para mis perros —concedió, abrazando un tono, cuanto menos, tétrico. De tal forma, las máscaras comenzaron a acariciar el terreno, mostrando la auténtica naturaleza del varón que se encumbraba ante sus vacíos orbes, un individuo tan retorcido como sádico, que se alimentaba de las almas contrarias y bebía de los alaridos de dolor que provocaba por sí mismo.

Estableció una sucesión de movimientos en dirección contraria, concediéndole un encumbramiento de las comisuras de los labios que incitó a las entrañas de la circense a enredarse entre sí y a sus labios a establecer un solitario empero conminatorio berrido. En ocasiones de tal índole, abandonaba el prácticamente el rol auto concedido de fémina neutral para abalanzarse sobre el contrario con la más diáfana intención de arrancarle el cuello a base de incesantes tarascadas. Actuaba, así, como el ojo por ojo que muchos otros no pudieron llevar a cabo.

La circense no alcanzó a adelantarse en demasía. En cuanto abandonó el asiento, experimentó el súbito así como fortificado contacto de los hercúleos dedos contrarios contra la dermis de su demacrado semblante, hundiéndolos con tal encono en la carne que, instantáneamente, abandonó la estabilización que mostraba en cada show ofrecido. El inconfundible sabor metálico asociado al carmesí estalló velozmente en su cavidad bucal, tiñendo los, hasta el momento, inmaculados dientes con acentuadas motas de dicha coloración. Acentuadas punciones amenazaban con deshilacharle el maltratado malar y, no obstante, reconocía no sentirse dolida. Dicen que el primer impacto es el más doloroso de todos; mas sabía de buena tinta que esto únicamente resultaba auténtico cuando tu alma se encontraba abrazada todavía por la inocencia y cuestiones tales como “¿por qué a mí?” inundaban tu intelecto. No obstante, cuando recibes el primero ya habiendo sido anteriormente dañado, inmediatamente la sensación es idéntica a la sentida en caso de que fuese el número cien: vacío, indiferencia. Lo que está roto no puede volver a romperse, lo que dolió no puede volver a doler.

—¿Ves lo bonitas que son mis manos? —cuestionó con pueril timbre. Tan bonitas como amenazadoras, añadió—. Me temo, querida, que yo sí soy celoso: haznos un favor a todos y no vuelvas a acercarte a un hombre sin mi previo consentimiento, ¿entendido? —señaló. La circense lo observó a través de los mechones que, desordenados, se derramaban sobre sus orbes: acatar órdenes que únicamente la abrazaban a ella no le resultaba embrollado; de hecho, acostumbraba a auto trasladarse a una secundaria posición y obedecer sin el más baladí inconveniente, fruto de no irrisorios años siendo educada en tal creencia—. Visito el circo cuando mi juguete se rompe o deja de ser divertido; así que si no quieres que busque uno a uno a tus compañeros, te recomiendo ser buena niña y complacer a tu amo —advirtió. ¿Eres consciente de que anímicamente estoy rota? Dudo de ello. Seres como tú buscan ser quienes quebranten la inocencia de otros y, muy probablemente, creas que yo aún conservo un mínimo de ésta, siendo ello el motivo por el que me has seleccionado. Eso es, cuanto menos, favorecedor: no sólo mi máscara se encuentra a salvo, sino que, si tus palabras son auténticas, puedo evitar el sufrimiento de ellos a manos tuyas. Ser un cascarón vacío tarde o temprano debía concederme una ventaja…—. Creo que tu antiguo dueño tenía miedo de que te viese y sintiese interés por ti —señaló; mientras se acuclillaba ante su ser con la intención de deslizar un delicado lienzo sobre el molar maltratado instantes anteriores. Sintió los titánicos dedos fundiéndose con la tela y abrasándole la dermis en el acto, incinerándole el intelecto a base de cuestiones y el alma de traslúcido asombro. ¿Por qué? ¿Por qué tal delicadeza súbita y nuevamente? So su veteranía en tal ámbito, el afectado debía ser el mismo que lamiese sus heridas en soledad, retirase el abundante carmesí con los hocicos mientras debía contener el lloro que, con el transcurso de los días, semanas, meses o años, terminaría difuminándose. Entonces, ¿por qué? ¿Cuál era la causa por la que el ruso deshilachaba tal teoría? ¿De qué sirve reparar a un juguete, cuando tienes a cientos aún sin estrenar?, se cuestionó. Dices que soy valiosa pero, ¿realmente ésa es la auténtica causa? ¿En qué te basas para afirmar esto? Has de estar verdaderamente loco, señor risueño, o ser un mentiroso compulsivo que pretende hacerme creer que, pese al maltrato que sólo ha iniciado, soy un elemento de valor, reflexionó—. Mientras más tiempo te ocultó, más interés sentí por ti. Irónico, ¿verdad? —consideró; mientras encumbraba las comisuras de los endurecidos labios a modo de una sonrisa de cómicos tintes. No, no resultaba irónico sino que, por el contrario, cumplía con la teoría de que, cuanto más difícil resultase el acceso a un determinado elemento y/o individuo, más fortalecida resultaría la atracción hacia éste—. ¿Por qué dejar que un bruto arranque las alas de un ave exótica, cuando puedo ponerla en una jaula y verla desplumarse a sí misma… ansiando volver a las alturas? —expuso, recorriendo el mencionado molar con los dedos, de manera que súbitas tarascadas se infiltraron en la malherida carne a modo de incesantes recordatorio. Nuevamente, la aflicción de física índole no dio nacimiento al más baladí sentimiento, siendo que, por el contrario, sus orbes se centraron en los diáfanos contrarios y en cómo estos revelaban, definitivamente, que su actual dueño se encontraba firmemente convencido de que su alma aún tenía una mínima fracción de inocencia. Me descolocas y, a su vez, me concedes la oportunidad de convertirme en tu más valioso descubrimiento. ¿Eres consciente de que, lo que inició como una partida de uno solo, ha pasado a ser de dos? Tú deseas destruir mi mente, y yo te permitiré que realices en mí cuantas torturas desees si, con ello, puedo evitar el sufrimiento en otros—. Soy Finn, pero puedes llamarme como prefieras, кукла —se presentó tras haber permitido que se levantara—. Oh, claro —llevó a cabo un breve roce contra su ceño—, significa marioneta o muñeca. Bonito apodo, ¿verdad?

—¡Un muy, muy bonito apodo! —coincidió, enlazando los dedos de ambas manos entre sí a modo de simulado entusiasmo—. Jefe nunca nos concedía sobrenombres, era muy —extendió durante varios instantes la segunda vocal— aburrido, ¿verdad? ¡Claro! Pero tú no, tú no lo eres. ¿Debería continuar llamándote señor risueño o señor innovador? ¿Quizá ambos? ¡Sí, ambos! —exclamó, sin conceder un mero instante al contrario para efectuar una contestación—. ¿A que son bonitos también? Pero no tan bonitos como tus manos —realizó un mohín con los labios—. ¡Oh, eso! —exclamó súbitamente entonces—. Jefe sabe cómo cortar manos, lo he visto. Lo he visto muchas veces, ¿sabes? Muchas muchas —afirmó—. Señor risueño innovador ha sido malo, bastante malo y ha torturado a criaturas inocentes… lo correcto sería que te hicieran lo mismo que a ellos, de ahí que realizara tal comentario —explicó—. ¡Y tú me has retado a hacerlo! ¿Te confieso un secreto? —descendió el timbre de voz con la intención de que los varones restantes no escucharan sus vocablos y, tras lo anteriormente mencionado, enredó los dedos en torno al cuello de la camisa contraria, aproximándolo hacia sí mientras ella se impulsaba sobre sus extremidades inferiores con tal de que permanecieran a la misma altura. Acercó los labios hasta el lóbulo del oído del hombre, acariciándolo del mismo modo que éste hubo hecho con ella anteriormente—. Accedo a llevar a cabo ese reto. Los juegos siempre son divertidos, ¿verdad? Verdad —concedió, estableciendo, tras ello, una sucesión de movimientos en dirección contraria con tal de colocar una barrera de prudente distancia entre ambos—. ¿Te confieso otra cosa? ¡Vaya, hoy estamos de confesiones! —rió con comicidad—. Soy bastante obediente; así que si mi actual dueño me ordena que no me aproxime a otros sin su consentimiento, obedeceré sin rechistar. Qué bien, ¿verdad? ¡Me tendrás única y exclusivamente para ti! Y, si mi instinto de circense no me falla, estoy convencida de que esa bofetada te ha sabido a nada, ¿verdad? Verdad. Porque, ¿qué es una bofetada en comparación con todos los actos que has cometido? Nada —aseguró; mientras tomaba las manos contrarias entre las de ella y las observaba con detenimiento—. Te reto a que lleves a cabo conmigo cada idea que recorra tu mente. ¡Juguemos! ¡Creemos nuestro propio circo! —exclamó. Nuestro propio circo de los horrores, añadió interiormente—. Oh, por cierto, ¿puedes enseñarme el resto de la mansión? ¡Me encantaría conocer las demás salas! —exclamó, cambiando súbitamente de tema. Si mi mente no me traiciona, el pedirte expresamente que me tortures te sorprenderá y, acto seguido, hará que sientas un mayor interés por mí. Éste será el primer paso para convertirme en tu más preciada posesión y, por ende, que sólo vuelques tu sadismo en mí.


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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Elentári el Dom Mar 11, 2018 1:57 am

Casus Belli
I. Sociopath
Enero 2, 4:00 am
Con FKinga
En Salón de música, Mansión Kozolov

Lo que aconteció a continuación le sorprendió. Finn no era un hombre que se sorprendía fácilmente, mucho menos las personas. Tenía una obsesión extraña con las personas, las detestaba casi tanto como la atracción inmensurable que sentía por ellas; pasaba horas, simplemente, observando. Los ojos enrojecidos de los alcohólicos, los dedos agrietados de los ancianos, las sonrisas involuntarias de los recién nacidos; era sumamente atractivo y detestable, a partes iguales.
Con los años cada minúsculo detalle de la humanidad reflejaba cuan vulnerable era el ser humano, descubría las sombras de su alma y notaba la inconsistencia del carácter humano y la falsedad de las apariencias de bondad o inteligencia. El humano, sin más, era un saco de piel suave y sensible, órganos y litros de sangre; repugnantemente endeble con una peligrosa y absurda sobrestimación de su “loable” especie. Con el transcurso de los años había perdido la empatía.
Cuando niño se escabullía y observaba las visitas de su padre a sus “amigos”; había crecido durante la guerra fría, su padre practicaba innovadores métodos de tortura para conseguir secretos de estado. Finn encontraba en esas visitas una recreación inmejorable y adictiva, solo observaba por la ventana, el hombre de cabeza, desnudo, con la cabeza en una cubeta de agua; cantaba una canción de cuna, hasta que los últimos espasmos musculares morían. Así, de a poco, no había diferencia entre el bien y el mal — ¿Acaso existen tales extremos? —y las víctimas y victimarios eran solo roles que, tarde o temprano, rotaban. Su padre murió en manos de la policía, casi de una forma tan cruel como la que asesinó a cientos de personas.
En todos sus años de observar y deleitarse con la humanidad, Kinga era, sin lugar a dudas, una sorprendente excepción. Incluso, por un momento, el tono pueril de su voz le resultó familiar. ¿Jefe? masculló en su intelecto, sintió curiosidad y celos por tal denominación; y si la mujer no hubiese estado parloteando con asombrosa velocidad hubiese inquirido al respecto.
Era extraño ver al ruso tan sereno y en silencio; su mirada, siempre atenta, permanecía en la fémina. No era real, se decía a sí mismo, no había miedo en sus ojos pero podía jurar no notar tampoco felicidad; hablaba rápido, como si no pensara, como si las palabras que escupía salían involuntariamente. Tal vez lo que hacía era hablar para no pensar…era un hábito familiar.
Quizás hubiese pensado que la mujer estaba loca o era una masoquista nata, pero hubo un término…un solo término entre tantas oraciones  que estalló en las paredes de su cabeza: “criaturas inocentes”. Ningún desgraciado podía reconocer la inocencia en otros y hubiese jurado que tal apelativo no era más que una invención humana si no fuese por aquella mujer que hacía tiempo había encontrado. La inocencia, sin más, era una aguja en un pajal y no todos eran tan afortunados como para tomarse con alguien que ganase tal término. Quieres cortar mis manos no por diversión sino porque quieres vengar a esas “criaturas inocentes”
Una sonrisa le surcó los labios cuando la niña le atrajo para apegar los labios a su oído; le amenazó con una simpática credulidad. ¿Cómo pretendía cortarle las manos a un hombre que le doblaba en peso muscular y que manejaba a una decena de hombres igualmente perversos?  Se planteó dos posibles respuestas: una, era demasiado estúpida y  en verdad no se había planteado la idea de cortarle las manos y escapar. O, dos, no pensaba escapar.  Ambas eran jodidamente interesantes.
Se alejó, otra prueba de que no estaba loca —no tanto, al menos— y se autodenominó obediente. ¿Qué clase de sádico disfrutaba de alguien que no ofrecía resistencia? ¿No perdía la diversión si el animal entra solo a la trampa y se degüella? Sin gritos, sin súplicas por piedad, sin el miedo orbitando en sus ojos. Cualquier sádico hubiese terminado con aquella miserable existencia que no complacería a nadie, pero nuestro sociópata no era como nadie más y, como una tormenta, sus sentidos tronaron y la curiosidad arrasó con todo lo demás. ¿Cómo se rompe lo que ya está roto? ¿Cómo se hiere lo que ya está muerto? La circense no era ella, no lo era pero ¿podría serlo? Si no tenía miedos, ¿podía implantarlos en ella? Si no le daba miedo morir, ¿era posible crearle  miedo a vivir? Sus voces estallaron en risas y hubo de morder la lengua para no ordenarles calma.
—¿Quieres cortarlas? —sonrió, bajando la vista para observar sus manos diminutas en comparación a las suyas, las cuales comenzaban a sudar frío por la falta de azúcar—. La primera vez que observé como cortaban un miembro fue la falange de un niño, tenía casi mi misma edad, unos siete años…estadounidense — comentó, tomando el dedo índice de la mano derecha de la fémina, y lo acercó a sus labios. Lo miró con detenimiento, como si ese dedo fuese el primero que veía en su vida y lo acarició con la yema de su dedo pulgar, en tanto su otra mano sujetaba con firmeza su muñeca. Podía sentir su pulso, bajo el impávido  ajuste de sus dedos.
—. Era hijo de un militar o un canciller, no lo recuerdo. El pobre se había orinado en sus pantalones mientras mi padre lo maniataba; lloraba, pedía a gritos por su madre —dijo, sin apartar la vista de su dedo—. ¿Sabes cómo lo encontró mi padre? Era mi amigo — Sonrió, casi como un reflejo involuntario, por un instinto que respondía cada vez que hablaba de su pasado—. Estuvo en el sótano por una semana, con los mismos pantalones, con frío y hambre; su llanto no cesó en ningún momento y mi madre ya no podía dormir…entonces, le dijo a mi padre que lo callase —detuvo las caricias y besó el dedo—. Lo seguí esa noche y observé. Aún recuerdo el sonido de su dedo romperse por la pinza —entonces, tomó con fuerza el dedo  y… crack. Fracturó su dedo.
Rió a carcajadas.
—. ¡Así! ¡Fue exactamente así! —no soltaba su muñeca y la atrajo en un abrazo, impidiendo que pudiese siquiera observar el daño de su dedo—. ¿Duele, кукла? —cuestionó, alzando su barbilla para que sus ojos se encontrasen—. ¿Qué te parece si cenamos y luego lo arreglo? —cuestionó con un falso tono infantil y, inclinando levemente la cabeza, apretujó el dedo para causarle dolor  y la soltó con desinterés.
Le dio la espalda y comenzó a caminar alejándose de la sala. En la puerta, habló, sin siquiera concederle la mirada—. Si nunca cortaste manos pero no hiciste nada para salvarlas de tu… “jefe”—sonrió ampliamente y bajó el tono de su voz —, te hace igual de culpable, ¿no es así? —no esperó respuesta y avanzó por el gran corredor, camino al salón donde comerían ambos.
Me pregunto si será capaz de soportarlo masculló internamente, caminando a paso tranquilo.
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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Natsukashii el Dom Mar 11, 2018 9:52 pm

Casus belli
II. The empty doll
2 de Enero, 4:00 a.m.
Con Finn
En Salón de música de la mansión Kozlov

—¿Quieres cortarlas? —cuestionó; mientras descendía los traslúcidos luceros hacia las manos en todo momento embaladas por el receloso cuero. So el mencionado recubrimiento, se hallaba un mórbido tono albo que resaltaba el azulino de las venas y la silueta de las mismas, además de las marcas de batallas físicamente finalizadas; mas nunca anímicamente. Su mente era una constante trinchera en la que memorias ancladas al hemiciclo se desataban sin el menor remordimiento y se extendían hasta la dermis a modo de advertencia: somos lo que damos sentido a tu existencia, en la representación más escalofriante del vocablo.

No le cabía la más baladí duda de ello. Encerrarlas so láminas de revestimiento se reducía a un mero método para que terceros no alcanzaran a acariciarlas con la mirada y su mismísima alma no sufriera en demasía ante el escudriñamiento de éstas; mas tarde o temprano terminaban manifestándose, fuese a través del desencadenamiento de recuerdos mediante x elemento o vocablo o, lo que encontraba considerablemente más amenazador, el estado de siempre involuntaria inconsciencia en el que los retorcidos sueños se adueñaban de su psique con la más cruenta de las intenciones. El uso de mitones, el extender lo máximo posible las horas desvelada… todo resultaba ser un lenitivo que, si bien disminuía los síntomas, no alcanzaría a sanarlos absolutamente. Su mente era sinónimo de una enfermedad crónica que no poseía cura, y la causa de la misma, el dueño del circo.

—La primera vez que observé cómo cortaban un miembro fue la falange de un niño, tenía casi mi misma edad, unos siete años… estadounidense —informó; mientras tomaba el dedo índice entre sus hercúleas manos y lo aproximaba hasta los labios, analizándolo con tal detenimiento que, por un mero instante, transmitió la sensación de ser el único que había observado durante su existencia. Lo acarició con su dedo mientras, con la mano contraria, afianzaba la otra muñeca, ocasionando que el pulso de ésta impactara contra sus yemas. Su alma, muerta, irónicamente latía con encumbrada velocidad: la rabia borbotaba en su alma y le recorría las venas, incinerándolas, abrasándolas. ¿Cómo mantenía la habilidad de hablar del arrebatamiento del miembro de una criatura inocente sin el menor atisbo de dolencia? Bien era conocedora de que individuos como éste no podían experimentar empatía; mas continuaba sorprendiéndole la impasividad mostrada por estos e, incluso, el deleite—. Era hijo de un militar o un canciller, no lo recuerdo. El pobre se había orinado en sus pantalones mientras mi padre lo maniataba, lloraba, pedía a gritos por su madre —relató. Un escalofrío le abrazó la columna vertebral. Ella también hubo llorado antaño, orinado involuntariamente en la vestimenta que cubría su diminuta silueta y que no tardaría en serle arrancada, con la única diferencia de que no chilló en busca de aquellos que le concedieron la existencia. ¿Qué resultaba peor?, se cuestionó. ¿Gritar en busca de individuos que no podrían venir a rescatarte, o saberte abandonada desde niña y, por ello, ni molestarte en exclamar un solo nombre? Quizá resultaba más doloroso el caso del menor, considerándose abandonado. Quizá el de ella, pues nunca contó con el amor de sus antecesores. ¿Quién sabe? Las contestaciones a esto partían desde una perspectiva subjetiva y, por ende, pretender obtener una respuesta absolutamente correcta resultaba utópico—. ¿Sabes cómo lo encontró mi padre? Era mi amigo —sonrió. La circense lo observó con sumo detenimiento: era, cuanto menos, conminatorio que un individuo de tan reducida edad llevase a cabo una traición de tales dimensiones. ¿Acaso el de rusa ascendencia hubo asumido que el mal era el bien o, por el contrario, el sadismo partía de una base genética? ¿Era esto posible?—. Estuvo en el sótano por una semana, con los mismos pantalones, con frío y hambre. Su llanto no cesó en ningún momento y mi madre ya no podía dormir… entonces, le dijo a mi padre que lo callase —cesó las caricias hasta el momento emitidas y plasmó un ósculo en el dedo de la circense, el cual aleteó instantáneamente como  una nerviosa alevilla—. Lo seguí esa noche y observé. Aún recuerdo el sonido de su dedo romperse por la pinza —relató. Dudo que alcanzase a callarlo pero, sin duda, la inocencia se la arrebató. Un maldito malnacido le arrebató la inocencia a un niño que sólo pedía volver con su madre…, declamó interiormente, furiosa.

Al encontrarse adentrada en su intelecto, el de rusa ascendencia tomó el dedo que instantes anteriores había acariciado y besado, sosteniéndolo entre sus titánicas manos para, con una encumbrada velocidad, rotarlo con absoluto descaro. Un aullido le acarició las cuerdas vocales; mientras que los oídos se encontraron momentáneamente obstruidos por la cruenta melodía concedida por el fraccionamiento de los huesos. Tal y como esperaba, se comentó a sí misma entonces. El dedo afectado se encontraba acentuadamente curvado, emitiendo oleadas de calor que se transformaban en dolor si hacía el menor ademán de moverlo… no obstante, la visión de éste le resultaba indiferente. Allá donde otros se retorcerían de horror, ella no presentaba la capacidad de lamentarse por dicho acontecimiento. El aullido, incluso las cristalinas hileras que habían cubierto momentáneamente sus orbes… todo había sido un acto instinto mas, fuera de estos, no sentía malestar. Veía el miembro destrozado y no podía llorar, maldecir o insultar al causante de esto. Estoy más rota que este maldito dedo, muchísimo más rota.

—¡Así! ¡Fue exactamente así! —exclamó; mientras se deshacía en audibles risotadas. La aproximó hacia su silueta, enredando los robustos brazos en la de la muchacha; de tal modo que no podía tomar una vía de huida—. ¿Duele, кукла? —cuestionó. No más que mi alma—. ¿Qué te parece si cenamos y luego lo arreglamos? —formuló; mas la circense interiormente estableció una contestación de índole negativa: ello implicaría descubrir la mano y, por ende, que observara las numerosas cicatrices que decoraban la misma. No sabía cómo haría, entonces, para curar el dedo, pero no le importaba en demasía: ¿Qué más daba, cuando su alma estaba rota? ¿No era aquello más doloroso todavía y, no obstante, llevaba años sobreviviendo así?

Finn avanzó hacia la entrada de la sala, deteniéndose momentáneamente para reanudar el turno de vocablo una última vez.

—Si nunca cortaste manos pero no hiciste nada para salvarlas de tu… “jefe” —descendió el tono de voz, concediéndole todavía la espalda—, te hace igual de culpable, ¿no es así? —cuestionó. ¿Qué te lleva a considerar que no hice nada?, formuló interiormente. ¿Cuántas veces había dado la cara por los individuos que, pecando de ser tan desdichados como su ser, resultaban maltratados por el dueño del circo? ¿Cuántos azotamientos había recibido a cambio de que ellos no lo sufrieran? ¿Cuántos abusos? ¿Cuántas violaciones? Hacía demasiado que perdió la cuenta; mas se deshacía en rabia y frustración cuando un individuo de tal calaña pretendía darle discursos de índole moralista. Deseaba callarle la boca y demostrarle cuán errado se hallaba, pero no podía, no podía desvelar tales situaciones, las mismas que había atesorado desde hacía años con tal de no sentirse más rota de lo que ya estaba. Por tanto, calló, como en otras tantas ocasiones, y se limitó a caminar tras el ruso en absoluto silencio, permitiendo que se aferrara, de tal manera, a una errónea teoría.



La cena hubo transcurrido sin que sucediesen acontecimientos de relevante índole. No alcanzó a obtener información relacionada con otros individuos, concretamente, con si era cierto que terceros permanecían encerrados tras cada dormitorio que formaba la mansión. Dicho comentario había estado centelleando en su intelecto desde entonces; mas el ruso no había hablado sobre ello y, cuando la circense hacía ademán de analizar más sobre esto, las contestaciones resultaban poco esclarecedoras. No se rendiría en su labor mas, por aquella noche, se iría con las manos vacías y un dedo roto.

Las conversaciones iniciadas le habían arrebatado el hambre y; aunque reconocía que los alimentos resultaban loablemente buenos, prácticamente no comió nada, dedicándose a mover el tenedor sobre los alimentos como si se tratara de la acción más divertida nunca observada. ¿Cuánto le permitiría el ruso conocer de él? ¿Alcanzaría a vislumbrar una debilidad en éste? Es más, ¿individuos como el aludido presentaban un talón de Aquiles? Cuestiones de tal índole surcaron su mente, incluso, cuando accedió a la habitación que su actual dueño había seleccionado para ella. Casi se echó a reír, desesperada: una habitación, una cama, un área de descanso. Ella no dormía o, al menos, intentaba no hacerlo, y tal visión se traducía como una absoluta tentación, más aún cuando llevaba días desvelada.

Hizo todo lo humanamente posible para que sus orbes no descendieran. Caminó de un extremo a otro, incluso simuló que el lecho era la cuerda sobre la que tantas veces se había hallada suspendida; mas había perdido todo rastro de fortaleza exterior. Le pesaban los párpados en demasía, le costaba mantenerlos ascendidos. Batallaba, luchaba por mantenerlos abiertos; mas terminó siendo derrotada y, con ellos, las memorias se encontraron libres y con el poder de nadar por cada recoveco de su intelecto, torturándola.

Súbitamente, había retornado al hemiciclo, al momento en el que era menor de edad y su silueta hubo sido mancillada por las mismas manos que trazaron sobre su dermis cicatrices de infinita duración. Podía escucharlo sin dificultad, no sólo sus aullidos de dolor y desesperanza, sino los gruñidos contra su oído y el indicativo de que había alcanzado el éxtasis en contra de lo que ella habría deseado. Fue la primera, la primera de tantas, el arrebatamiento de los resquicios de inocencia que aún conservaba y del control sobre su propio cuerpo, que pasó a ser un cascarón vacío, un mero exterior que atesoraba la mismísima nada.

Se desveló absolutamente atemorizada, lanzando incesantes chillidos; mientras los dedos realizaban la labor de estirar de los mechones en un acto de absoluto pavor. No sabía dónde se hallaba. ¿Era el hemiciclo? ¿Era la mansión del ruso? Solía, cuando esto ocurría, perder la habilidad de discernir entre realidad o ficción. ¿El ruso existía? ¿Lo había soñado, quizá?

Kinga, cálmate. Cálmate, cálmate, cálmate…, reiteró, cual mantra. No funcionó. Caminó a tientas por la habitación, sobresaltada y buscando la salida. Necesitaba aire. O quizá subirse sobre una cuerda y tentar a la estabilización. Sí, sonaba bien, sonaba muy bien. Echó a correr entonces; mas anticipándose a sus movimientos, el portón se abrió, permitiendo que la luminiscencia proveniente del corredor bañara el rostro del causante de esto: el de diáfanos orbes.

—¿Finn? —cuestionó, siendo la primera vez que lo llamaba por su nombre. Rápido: actúa —. ¡Oh, lamento haberte despertado! ¿O quizá no te he despertado? ¿Estabas despierto? ¿Tienes insomnio? —lanzó una demanda tras otra—. Estaba durmiendo cuando, de repente, ¡pam! ¡Me he lastimado muy, muy fuertemente el dedo! Menuda fuerza tienes. Mucha, muchísima, ¿sabes? —señaló—. Tanta, tanta fuerza que no sólo me has roto el dedo, sino que me lo has doblado. ¡Vaya, ni siquiera puedo moverlo! —exclamó—. Pero se me ocurre una solución. ¿Quieres verla? ¿Sí? ¡Genial! —apuntó, respondiéndose a todo ella misma. No permitiré que me veas sin los guantes… o, al menos, haré todo lo posible para que eso no suceda, comentó para sí misma; mientras tomaba el malherido dedo entre los contrarios y, sin mostrarse dubitativa en un mero instante, estableció una súbita rotación que, arrebatándole un desconsolado aullido, permitió que volviera a encontrarse recto—. A grandes males, grandes remedios, o eso dicen. ¿Qué te ha parecido? —cuestionó, con los orbes sutilmente cristalinos como acto instinto por el encumbrado dolor sentido. No obstante, y nuevamente, era su cuerpo el que reaccionaba, no su alma. No le había importado en lo más mínimo causarse dolor a sí misma y, muy probablemente, haber incrementado la luxación con tal de mantener ocultas sus cicatrices. No le había importado, y eso se debía a que no sentía el más mínimo cariño por sí misma. Finn no lo sabía y, claro está, resultaba más conveniente así; mas esto, bien lo sabía ella, no era más que una demostración de que estaba vacía… de que era una muñeca vacía.
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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Elentári el Sáb Mar 24, 2018 7:14 am

Casus Belli
II. The empty doll
Enero 2, 5:45 am
Con Kinga
En Habitación de Kinga, Mansión Kozolov

Es extraña se decía, mientras arrancaba uno a uno cada grano de uva; el cual explotaba con sus dientes y saboreaba con una exagerada pantomima. Siendo sinceros, hacía tiempo había perdido el interés en el sabor de los alimentos y su paladar parecía solo una mala mezcla de tabaco y alcohol. Sus papilas gustativas habían probado otros sabores mucho más siniestros y adictivos que miserables granos de uva.
Era de contextura pequeña y de baja estatura, uno sesenta y tantos. Por lo fácil que la había derribado podía asegurar que su peso no superaba los cincuenta kilogramos, probablemente porque había sido parte de un circo de mala muerte, cuyo dueño sabía gastar dinero en sus casinos clandestinos o comprando las sustancias que el ruso se encargaba de proveer; sería un milagro que estuviese bien alimentada. La piel cenicienta denotaba falta de suficiente exposición al sol, aun a una prudente distancia, podía distinguir el trazo azulado de sus venas que resaltaban en la zona de su cuello. El cabello, sin más, era lo suficiente singular como atraer su atención, tanto que estuvo gran parte de la cena preguntándose de qué color era en realidad.
Era como un felino, sus ojos viajaban de un rincón a otro con desconfianza, como si esperase un golpe en cualquier momento. ¿Por qué no? Le había roto el labio y el dedo en el transcurso de unos minutos; aunque no le temía. Sus ojos verdes no transmitían miedo, solo desdén y, joder, eso era más atractivo. La forma en la que había aceptado el dolor era casi desesperante. ¿Qué es lo que pasa cuando una fuerza irresistible choca contra un objeto inamovible?
La circense era un desafío frustrante, el dolor físico no parecía siquiera afectarle y la idea de ser esclavizada, vejada o violada…no era algo nuevo. Por un momento, unos pocos segundos, sintió pena por ella, si pensaba que ya lo conocía todo…se equivocaba.
Pareció sorprendida cuando la guió a la habitación acondicionada exclusivamente para ella, tenía baño privado y un closet lleno de ropa de su talla; Finn siempre concedía  un lugar propio a sus juguetes y buena alimentación. Así duran más Casi echó a reír cuando la notó incrédula y se marchó silbando con una momentánea sensación de satisfacción.
Le generaba cierto morbo saber que aquella mocosa había hecho un trato con el demonio: su vida con tal de que no hiriese a nadie más. Era casi inocente pensar que un hombre como él cumpliría con su palabra, más ingenuo creer que su vida bastaría para satisfacer ese hambre que lo atosigaba día y noche; hora a hora, calando las ya heridas paredes de su mente. Si era bueno, si era amable; cada funesta y tramposa palabra que trazaban sus labios perseguía una recompensa. Verlo sereno, aceptando que amenazara con cortarle las manos o incluso mirarle sin un ápice de miedo, aquello era inquietante y cada integrante de la casa tenía en claro que aquella circense corría riesgo, así como cualquiera que intentase intervenir en aquel peligroso juego que comenzaba a tramarse.
Al llegar a su habitación,  ubicada al final del corredor, se desmoronó en la cama; sus dedos rozaban la boquilla de la botella de vodka y sus ojos enrojecidos observaban implacables el marco de la puerta del vestidor. La chica tenía la misma edad que aquella cuyo recuerdo no podía deshacer, sin embargo, no tenían nada en común; el altruismo de ambas encarnaba en razones distintas: la primera por culpa, la segunda por bondad. La primera por conocimiento del sufrimiento en carne propia, la segunda  porque creía en la humanidad y en todas las cosas bellas que su persona se había encargado de desenmascarar. No se atrevía a pronunciar su nombre en voz alta, ni se movía cuando veía su imagen reflejarse en los muros vacios de su cuarto. Existía un delgado límite entre los recuerdos y las fantasías. ¿Por qué importaría a esas alturas?
Podía oír su voz regañarle por haber dejado a la chica con el dedo roto y sonrió. En la vida real le tenía pánico y nunca se hubiese atrevido a regañarle.
—Si no te hubieras ido, ella no estaría aquí —espetó, lanzando la botella hacia la dirección de aquella visión; los cristales estallaron contra el muro y una desagradable sensación de vacío lo golpeó con rudeza.
Se puso en pie para lavarse la cara, su cuerpo tambaleó y cayó redondo al suelo. Su vista se nubló y un manto helado lo envolvió. Notó sus pies descalzos caminando por los cristales rotos, dejaba pequeñas gotas de sangre a su paso hasta que se fijó frente a él; el frio aumentó, quiso levantar la cabeza pero sentía un peso que lo aferraba al suelo. Comenzó a reír. La risa le dolía, raspaba su garganta y se ahogaba con su propia saliva. ¿Ahora sus alucinaciones lo matarían?
Segundos después, se desmayó.
Abrió los ojos de golpe y la boca, codiciando aire para sus pulmones; apenas fue capaz de sentarse en la alfombra del suelo y, casi en un acto de desesperación, buscó encontrarla tendida en la cama. Buscó sus ojos siempre acusadores y enrojecidos por el llanto, porque le temía cuando los veía pero los extrañaba en su ausencia.
—. Debiste matarme —dijo con tono socarrón y, al mismo tiempo, abatido.
Tras una ducha helada y limpiar el vomito, optó por seguir la orden de aquella que ya no nombraba y se encaminó hacia el cuarto de la fémina de cabello turquesa. Menuda sorpresa se llevó cuando oyó sus gritos tras la puerta; sus dedos se aferraron a la manilla pero solo se mantuvo atento a lo que sus oídos podían detectar. La única razón que le llevó a abrir la puerta fue la codicia, el egoísmo de creer que alguien o algo la estaba hiriendo. Eso le correspondía a él.
La mujer estaba asustada pero, irónicamente, su presencia parecía haberle calmado; su piel estaba perlada con gotas de sudor y sus ojos denotaban  pavor. La cuestión, la única que importaba era a qué le tenía tanto miedo que por poco brincaba de felicidad al verle a él. Como parecía ser su costumbre se deshizo en oraciones de muchas palabras y poco sentido; se esforzaba por demostrarle que quería complacerlo como si Finn fuese uno de esos vulgares sádicos que se excitan cuando les dicen que tienen fuerza. Un bruto presume de su fuerza física, solo unos poco apreciamos la mental se dijo a sí mismo, mientras la miraba.
Estaba torpe, nerviosa, tenía miedo pero no podía descifrar el porqué. Se cruzó de brazos y esperó por aquella solución “genial”. En algún punto se sintió insultado porque ella pensase que rotar su propio dedo le trajese alguna satisfacción; casi espeta con indignación que tenía una idea muy precaria de quién era él y que no tenía idea alguna de cómo podía satisfacerle, pero prefirió negar con la cabeza con reprobación.
—¿En verdad te importa mi opinión o solo lo haces para interpretar ese tonto rol de muñeca masoquista? —preguntó con tono sereno, se acercó unos pasos a ella, esperando no tener que correr tras ella pues todavía no se recuperaba del desmayo.
—. Duele, ¿verdad? —cuestionó de forma condescendiente  y se acercó hasta que pocos centímetros distanciaban un cuerpo del otro. Llevó una mano hasta su mejilla y con el filo de su dedo pulgar detuvo el curso de una lágrima—. ¿Por qué me despertarías?— se hizo el desentendido—. He venido a sanar tu dedo, preciosa —explicó , dibujando enseguida una sonrisa de corte amistoso.
Acarició su rostro como si fuese una pequeña tras una pesadilla y tomó con suavidad su mano no herida para guiarla hasta el borde de la cama donde le indicó que se sentase. Se arrodilló en el suelo y la miró.  El hombre que la había lastimado, el que había admitido violar y asesinar personas, el que la había comprado como un mero objeto, no parecía ser aquel que solo le sonreía y hablaba con voz arrulladora.
—. Tampoco te has cambiado de ropa—murmuró, notando que tenía las mismas prendas con la que la habían traído—. Haces muchas preguntas pero nunca esperas mis respuestas,  ¿acaso intentas fingir que te importo? —preguntó, haciendo una falsa mueca de tristeza. Ya somos dos.
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Re: › Casus belli ‹

Mensaje por Natsukashii el Miér Abr 25, 2018 5:42 pm

Casus belli
II. The empty doll
2 de Enero, 4:00 a.m.
Con Finn
En Habitación de Kinga

—¿En verdad te importa mi opinión, o sólo lo haces para interpretar ese tonto rol de muñeca masoquista? —cuestionó el ruso tras haber abrazado un facial ademán que señalaba que esto último no le resultaba satisfactorio. El anteriormente mencionado, había podido observar con detenimiento, hacía uso de no una irrisoria cantidad de falacias en ningún instante adheridas a un intervalo temporal concreto, no obstante, parecía abominarlas en terceros. ¿Buscas un mínimo de claridad en medio de tu oscuridad?, se cuestionó interiormente. En su caso, no resultaba viable: era una mentirosa prácticamente nata; aunque las causas de las mismas muy probablemente distaban de las del rubio. Se trata de saber cuándo decir la verdad y cuándo mentir, y éstas últimas, disfrazarlas de veracidades. Por ende, abrazó la conclusión de que, en tal ocasión, diría la verdad: no era un ser que disfrutase con la auto destrucción; mas tampoco le importaba. No era masoquista, empero tampoco alababa su existencia. Usaría a su favor la verdad; aunque decorándola de tal manera que no se percibiesen los sutiles ademanes mendaces. ¿Realmente existe la verdad absoluta?—. Duele, ¿verdad? —cuestionó con melifluo tono tras haber avanzado en su dirección. La circense se limitó a establecer un asentimiento con el semblante; mientras el ruso continuaba aproximándose hacia su ser, envolviéndola así  un hedor que libraba la usual esencia del alcohol y el tabaco fusionados. Irrisorios centímetros se colocaban entre ambas siluetas. Podía sentir los cobaltos irises fundirse con los de ella y los poros de la dermis danzando ante sus orbes, rebelándose, descubriéndose. Uno, dos, tres…, comenzó a enumerar interiormente; mientras el contrario hacía entrar los hercúleos dedos en contacto con el malherido carrillo de la circense, trazando líneas de acentuada lumbre que parecían incinerar la piel so las atrevidas falanges del mismo. Las brasas secaron con idéntica velocidad una solitaria y cristalina hilera que comenzaba a enmarcar dicha área de su rostro, con una facilidad que la colmó de un, si bien momentáneo, asombro. Continuaba desconcertándola, y ello no era prudente: debía ser su ser quien causara tal sensación en el otro; mas sólo hacía unas horas que se habían conocido y, por tanto, no podía pretender conocer absolutamente a su rival todavía. ¿Qué obtienes con esto? ¿Diversión? ¿Pretendes embaucarme?—. ¿Por qué me despertarías? He venido a sanar tu dedo, preciosa —explicó, si bien consideraba que ésta distaba de ser la auténtica causa que lo había conducido hasta su actual habitación.

Finn acarició su desvaído semblante, como un antecesor realizaría con su descendiente. Irónico, considerablemente irónico, teniendo en cuenta el simbolismo de la existencia del mismo y las raíces de ésta. Parecían, por el contrario, estar recreándose en interpretaciones, sumidos en un mecanismo que tenía, entre otras causas, la intención de que el contrario no supiese de la existencia del aludido.

Con desusada delicadeza, afianzó la menuda mano de la circense, conduciéndola hacia la orilla del lecho, donde la invitó a tomar asiento. A continuación, se arrodilló sobre el terreno y le dedicó una mirada que no titubeó en devolver. Un individuo con desbordadas cifras de dinero en su autoría y, probablemente, más existencias aún a su nombre, violaciones y asesinatos, postrado ante sus orbes. Nunca había soñado con que esta tesitura se diese; mas ahora que se encontraba dándose, no podía, sino, sentirse considerablemente extrañada e incluso incómoda. Ése no era su rol, ése no era su puesto.

—Tampoco te has cambiado de ropa —observó mediante un murmuro. Había estado tan sumamente concentrada en no sumirse en un mundo de índole onírica que, incluso, había olvidado un acto tan sencillo como ése—. Haces muchas preguntas, pero nunca esperas mis respuestas. ¿Acaso intentas fingir que te importo? —cuestionó. , afirmó interiormente; mientras sus orbes brillaban mostrando lo contrario. Se removió una vez más sobre el lecho, incómoda, y terminó descendiendo hasta el terreno, posicionándose al lado del ruso. Le sonrió con cierta connivencia antes de tomar el turno de vocablo.

—¿Quieres saber un secreto? ¿Sí? ¡Perfecto! —exclamó, manteniendo el mencionado aspaviento adherido a su rostro—. Me resulta incómodo estar sentada de manera que la otra persona se encuentre a una altura menor a la mía, ¿sabes? No me gusta, pero nada de nada —batió momentáneamente la cabeza, sincerándose y, a su vez, explicando el motivo de tal acción—. ¡Hora de responder preguntas! —rió—. No soy masoquista; de hecho, nunca he pensado en definirme como tal, pero —extendió la primera vocal— presento una considerable resistencia al dolor; por lo que un dedo roto o el labio en las mismas condiciones son sólo una muestra de ello —comentó, achantándose de hombros momentáneamente. Su tono, así como sus acciones, delataban que no le concedía excesiva importancia a esto; mas su intención era la contraria: pretendía que el ruso se detuviese en esto, que experimentara interés por lo que ella no. Anteriormente, pudo verificar que no le resultaba satisfactorio los intentos de forzado agrado; de modo que consideró que, no ataviando tal declaración como una muestra de ello, resultaría más viable—. Me importa tu opinión, señor risueño —no imaginas hasta qué punto—. ¿Por qué no debería hacerlo? ¿Piensas que no es importante? —cuestionó—. Pensé que, teniendo en cuenta que es de madrugada, podría haberte despertado porque empecé a chillar, muy, muy fuerte. Mientras dormía, me moví, con la mala suerte de lastimarme nuevamente el dedo. Pero, en estos momentos, dudo haberlo hecho. Más bien, creo que te encontrabas despierto, ¿sabes? Sí, lo confirmo. ¡Oh, pero no soy vidente! —sonrió con comicidad; mientras se atrevía a colocar el dedo so el orbe contrario, trazando la silueta de la medialuna violácea que descansaba en dicha área. Seguramente yo también tenga ojeras… ¿serán tan notorias como las tuyas?—. Esto te delata. ¿Cuánto llevas sin dormir, Finn? ¿No te encuentras cansado?  —quiso saber, pecando de curiosa. ¿Qué te impide hacerlo?—. No me cambié de ropa porque me quedé inmediatamente dormida. Estaba exhausta, ¿sabes? ¡Y esta cama es tan blanda! —aclaró. Una mentira más—. ¡Oh, cierto! Siento mi malísima educación, prometo escuchar tus respuestas y no interrumpir, de verdad verdadera —señaló, realizando un ademán mediante el que dio a entender que sus labios se hallaban sellados. Sonrió cómicamente, observándolo con la intención de escuchar sus vocablos y, por supuesto, evitar el máximo tiempo posible el descubrimiento de las cicatrices que le surcaban las manos.
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