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I. El lamento de la madre.

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I. El lamento de la madre.

Mensaje por CaptainZ el Vie 30 Oct - 16:08



I. El lamento de la madre.


En Tebas. . .
Níobe, hija de Tántalo y esposa del rey de tan ilustre reino alardeaba nuevamente ante su corte. Engalanada en prendas níveas cubiertas de un manto dorado, señalaba uno a uno a la gran prole que había gestado con los años. Siete eran los varones, atléticos y hermosos, y del mismo numero poseía como hijas, delicadas y puras. Cada uno de ellos parecía deslumbrar al anterior, siendo el orgullo de los reyes de Tebas.

- ¿¡Los habéis visto, mis señores?! Catorce vástagos he traído al mundo, catorce retoños que llevaran nuestra casta sangre a través de las generaciones y gobernaran toda Grecia. -

Aludía como de costumbre, secundada en ocasiones por su rey y esposo. Anfión, sin embargo, se hallaba ausente en aquel fatídico día dónde sus burlas y soberbias alcanzarían su límite. Sólo los catorce y la corte se encontraban con la reina, que aún con el tiempo y los años, continuaba siendo bella más no tan joven como antaño.

– Yo debería ser la venerada, pues más hijos he proporcionado que la Diosa Leto. ¡He aquí mi decreto! Ni una ofrenda más a tan seca diosa, que sólo dos vástagos proporcionó a Zeus. A mi serán otorgado los honores y ceremonias, pues madre como yo no hay otra ni en el cielo o en la tierra. -

Ninguno de los asistentes le llevaría la contraria a las palabras, de hecho se asintió en demasía y se llevaron a cabo las directrices, pero estas marcaron entonces el destino de la familia.

En Delos. . .
Desde que hubo dado a luz a los mellizos, Leto residía en aquella pequeña isla la mayor parte del tiempo. Otros eran repartidos, más sus pies la guiaron a tan sagrado lugar en aquellos días. Era esbelta y hermosa, de cabellos dorados cual rayo de sol y orbes azules como el cielo iluminado por el astro rey. Era semejante, en gran medida, a su hijo Apolo con quien compartía el poder de la profecía otorgado por los titanes Ceo y Febe, sus padres.  La diosa y titanide paseaba por lo prados que antaño la cubrieron cuando sucumbida de las malas nuevas. Detuvo sus andares y su rostro adquirió un semblante tan pálido como el mismo mármol que decoraba sus estancias. Luego, de ella se apoderó la vergüenza y la furia, siendo visibles en el timbre de su voz y en el cierre de sus muñecas.

Se expresó entonces, aunque sola, desahogando su frustración con el Dios de los dioses, Zeus que se alzaba en el Monte Olimpo cuya dirección guió su mirada. Aún cuando la isla se hallaba alejada, el hogar de los dioses era visible en un día soleado como aquel.

- ¿Habéis escuchado semejantes palabras, Zeus? Hija de vuestro hijo, sangre de vuestra sangre, y aún así osa alzar la voz en mi contra y de dos de tus otros vástagos alzados en la divinación por sangre, carne y derecho. Perdonad mis ofensas, más no permaneceré indemne mientras los mortales se mofan de mis antiguos pesares y de mis hijos. -

No era vengativa, ese era un rol que solo le pertenecía a Hera, pero si era protectora. Una ninfa, que servía desde eones a la titanide, se aproximó a la dama de cabellos dorados. Así ella se lo pidió al aclamar su nombre, dictaminando que ya había pedido su venía al padre de sus hijos. Leto no cedería, había sido ofendida y también Apolo y Artemisa; ella haría lo que fuese por ellos, lo había demostrado con siete días de sufrimiento en su nacimiento. Desgarrada, finas capas de lágrimas bañaron sus mejillas y se perdieron por el dobladillo de su túnica.

– ¡Traed a mi a Artemisa y Apolo, aprisa! -  

Hoy era Leto quién lamentaba, más haría valer su herencia y mañana sería Níobe quién compartiría su sufrimiento...

Leto ◊ con Artemisa & Apolo ◊ Red y Nyadeh




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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por Red el Dom 1 Nov - 18:07



I. El lamento de la madre.
La música del bosque era su particular banda sonora. Los cantos de los pájaros, el murmullo del río, el viento meciendo las hojas de los árboles… Agazapada tras unos arbustos, inmóvil por horas enteras, esperaba la aparición de su presa. Las pezuñas presionando contra la tierra aun húmeda de las últimas lluvias la alertaron, en un instante cargó flecha y tensó el arco, el jabalí no tardó en aparecer en el claro que largo rato llevaba vigilando. El portentoso animal se inclinó para beber agua, la cazadora ajustó en objetivo para asestar un golpe limpio y mortal, tomó una honda inspiración y, de pronto, sobre la punta de la mortal flecha se posó una mariposa de vivos colores. Fue como si el jabalí pudiera sentirlo, alzó la cabeza, miró en su dirección y huyó en estampida.

Artemisa, la gran cazadora, dejó a su presa huir, concentrando toda su atención en el pequeño insecto que sin temor parecía contemplarla se puso en pie y poco a poco destensó el arco. En cuanto notó movimiento la mariposa echó a volar a su manera elegante y suave hasta posarse sobre su mano extendida, la diosa sonrió. Así fue como la encontró una de sus ninfas que sin comprender el buen humor de su señora ante la falta de presa.- Mi señora Artemisa… –murmulló sabiendo que tampoco traía buenas noticias.- …su madre reclama verla. –la diosa no la miró pese a asentir, siguió mirando a la mariposa que echó a volar de nuevo, esta vez lejos de ella.

Desandando el camino hecho horas atrás volvió junto a sus ninfa y a sus perros que corrieron a saludarla.-Las ninfas cuidaran de vosotros hoy, yo debo partir. –murmuró con cariño a Dyna, jefa de la manada.- Alimentadlos y cuidadlos bien. –ordenó y las ninfas se apresuraron en asentir. No tardó en montar en su carro y los seis ciervos de cornamenta plateada emprendieron la marcha hacia Delos por caminos que ningún humano podría si quiera soñar.

Una vez en la verde isla que la vio nacer, descendió de su carro dejándolo al cargo de una de las ninfas de su madre y la joven diosa corrió al encuentro de esta. Poco era e tiempo desde la última vez que la había visto, sin embargo el tiempo para alguien eterno era algo relativo no sucedía de igual manera que para los mortales. Un solo día lejos de su madre o su hermano bien podía representar una eternidad par aun humano.- ¡Madre! –la llamó alegremente en cuanto contempló su figura de espaldas. Mas poco iba a durar su sonrisa en cuanto su progenitora la mirase y viese la tristeza y la rabia en sus ojos.

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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por Nyadeh el Miér 4 Nov - 16:43



I. El lamento de la madre.
Susurros de porvenires insólitos de cuyo estrellar como oleadas sobre abismos escarpados se hacían eco los mortales, que por ventura alzaban sus plegarias al firmamento en ruego de percibir las promesas que los oráculos conservaban para ellos, atesoradas en la inquietante sabiduría nutrida de augurios que los templos erigidos por mano del hombre colmaba.

No todas las divinidades poseían la aptitud de sondear en los confines cóncavos del universos y atisbar más allá de las edades, sí Apolo. Le había sido heredado, a la par que la cabellera de haz de luz del día en oposición a su hermana, quien lucía esa melena de noche encapotada. Él y su madre regían el privilegio que la luminiscencia otorgaba, favoreciéndolos asimismo con exquisitos rostros de facciones deleitosas por las cuales la humanidad consentía ser embelesada.

Delfos simulaba su hogar, entonces. Estaciones de invernal céfiro e incandescente brisa las que había consagrado allí, toda una era que tras las retinas de una deidad no era más que una fruslería consabida; ni tan siquiera una lasca de la eternidad que en ellos radicaba. Morada a la que solo renunció a causa del mandato de su madre.

Tan hermosa como temible la recordaba, ocupante de la isla emergente que podría ser acunada por una sola ráfaga de Eolo si el padre de todos los dioses no la hubiera encallado por ella, la isla que contemplo a los hijos de Leto aflorar al mundo tras siete albores de pesar. Delos era más suyo que de ella, nominado por el propio Apolo.

Cuan distante a su rememoración fue la efigie que ante él se elevaba, aunque ni un adarme menos de su esplendor, este se veía deslustrado por las lágrimas acerbas y la cólera en el centelleo de su mirada.  — Madre. —La armonía de su voz altiva se hizo notoria en ese instante, en que el mundo pareció temblar bajo su opresora presencia y la de Artemisa, quien había aparecido antes que él—. ¿Qué ocurre?

¿Quién ha sido? ¿Quién ha osado lastimaros?

El furor emergía de su interior. Los dioses no eran benignos, como los mortales anhelaban fantasear, los dioses eran crueles. Y su madre podía no ser la culminación de una diosa pero ellos, ellos sí lo eran.
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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por CaptainZ el Sáb 7 Nov - 13:40



I. El lamento de la madre.



La espera de la madre no fue eterna, más bien efímera. La paciencia de ésta era en demasía, por lo que aguardó en la misma posición y estancia, expectante al reencuentro familiar que largo tiempo se había hecho de rogar. Leto no solía abandonar aquella isla que una vez fue su hermana, tal vez por añoración o penitencia, agradecimiento o soledad. Artemisa prefería los vastos bosques, cuando no el propio Olimpo. Del mismo modo su Apolo, pero él contravenía en más de una morada secundando la propia estación del año en la que estuviera, era quien más solía viajar en comparación a la titánide hija de Febe y Ceo, habiendo heredado de éste último la clarividencia y el don profético.

La primera en aparecer fue Artemisa, a quién recibió extendiendo sus propios brazos a modo de cuna. Aún habiendo crecido, responsable de ello se sentía al privarse de su infancia, a ojos de la diosa continuaban siendo sus más preciados tesoros, aquellos bebés por los que hubiera preferido dar la vida antes que exponerlos a la cólera de la envidia de una reina celestial celosa. Aquella era historia del pasado, uno tan remoto como su propia creación, más lo recordaba como si hubiera ocurrido ayer mismo. Acobijó a la mayor de los infantes con recato, envolviendo su cuerpo esbelto y hermoso entre sus propios brazos. Estos se elevaron con cuidado, peinando los cabellos ébanos de su retoña con sus dedos, cual cepillo al que suprimía las hierbas y hojas que se hubieran desperdigado allí durante sus horas de caza.

Aquel remanso de paz, alivio brevemente a Leto.

– Mi querida Artemisa  . . . -

Murmuró en saludo a la joven muchacha, algo relativo pero que no era un engaño, eternamente así lo sería. Separó sus cuerpos, sin brusquedades, cuando deslumbró la figura del recién llegado Apolo. Su iluminada presencia era el inicio del día, pero también la caída de un imperio. Su mano se extendió en dirección a su hijo, invitándole de ese modo a aproximarse y recibir las mismas atenciones que la mayor. Nunca hubo madre más devota que la propia Leto, procurando siempre tratar y cuidar de sus hijos en el mismo calibre, proporcionar el mismo afecto. Nunca inculcaba a uno algo que no pudiese realizar (o compensar) al otro de igual modo. Esos detalles, insignificantes para muchos, la separaban en demasía a otras diosas, criaturas o mortales que siempre velaban por el más poderoso, primogénito o hermosa de todos sus vástagos.

– Mi querido Apolo . . . -

A pesar de los tratamientos y recibimientos para con ambos, no formó ninguna sonrisa en sus labios. Algo tan poco común, solo invitaba a pensar que hubo ocurrido incidente que atormentaba a la titánide. Si alguno de ellos lo pensó, habrían dado en la diana.

– Mis queridos hijos . . . Veros, y darme cuenta de que os encontráis bien, es la mayor dicha que he obtenido en los últimos tiempos. -

Comenzó a decir la diosa de cabellos bañados por la luz, alternando la mirada en ambos de forma arbitraría. La brisa que se expandía en los campos les proporcionaría, de manera grácil y generosa, de unos remansos de paz y desasosiego, un alivio en medio de las mareas que pronto se alzarían con violencia. La melena de Leto apenas se movió a pesar de todo, al igual que ella, aparentemente tan anclada a la tierra como la propia isla que vio nacer a los mellizos.

– Pues últimamente hay quienes pronuncian nuestros nombres con alevosía y reclaman ser superiores a nosotros. Aún portadores de la estirpe de Zeus, ellos no son más que hijos de su hijo, mientras que vosotros sois sus vástagos, legítimos y reverenciados. Vuestro padre se lava, sin embargo, las manos en esté asunto pero no así yo, que exijo justicia para vosotros y para mi. -

No, Leto nunca se consideró al mismo escalafón que la diosa Hera. Nunca acometía venganza ni odiaba a otros, pero si había algo por lo que siempre sería recordada, era por su amor hacía Artemisa y Apolo, procurando para ellos todo lo beneficios y protecciones que pudiera proporcionar. Si la tan orgullosa reina no hubiera profanado los nombres de sus retoños, probablemente Leto hubiera silenciado sus labios y guardado sus propios juicios, pero el día que Níobe oso compararlos con sus príncipes y princesas. . . Cometió un grave error.

Ello apenó el corazón de la diosa-titánide, que poco más pudo contener las lágrimas que surcaron sus orbes celestes y bañaron las mejillas como un río de cause natural.

– En Tebas la reina Níobe mancilla nuestros templos y nombres, engrandeciendo su propia prole, alardeando de que son más y mejores que vosotros, de que ella es más y mejor que yo. . . Una mortal con una mota de sangre divina no debería de proporcionarse semejantes honores, más lo hace en libertad y público. No he de tolerarlo más. -

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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por Red el Miér 11 Nov - 17:58



I. El lamento de la madre.
Ni la súbita aparición de su hermano logró frenar el fruncimiento de ceño de la diosa. Acunada entre los brazos de su madre, Artemisa contempló la sonrisa ausente, sus lágrimas y sus ojos furibundos, ni si quiera cuando la soltó para dar el mismo recibimiento a su hermano apartó los ojos de ellos. Las preguntas se precipitaron a su boca, pero ninguna fue pronunciada ante la rapidez de las de su hermano. Sin embargo, como si de una Erinia se tratase, la sangre inmortal ya le hervía de furia y sed de venganza ante los responsables de las lágrimas de su madre

Escuchó en silencio, con el corazón latiendo a prisa en los oídos, las palabras de su madre. A cada nueva sílaba más se enceguecía de ira su razón ante los mortales deslenguados que habían osado mancillar sus nombres. ¿Cómo se atrevían a compararse con aquellos que moraban en el monte Olimpo y la que les dio la vida? ¿Cómo podía su padre permitírselo? Zeus podía ser muy injusto, gustaba demasiado de los humanos y parecía beneficiarlos incluso por encima de sus divinos hijos. El viento calmo que soplaba en la Isla y agitaba con algo casi parecido a la dulzura sus ropas y cabellos no era ni de lejos un reflejo del torbellino que se agitaba dentro de Artemisa. Había hecho pagar a otros por afrentas mucho menores. Níobe, mortal estúpida, había marcado su final con su presumida vanagloriarían de retoños.

- Nosotros mismos les haremos justicia. –sentención con voz solemne. No esperó afirmación por parte de su gemelo, era algo que debía hacerse, nadie podía creerse con capacidad para desdeñarlos, nadie podía creerse más que un dios por mucha sangre divina que corriera por sus venas. La reina Níobe nunca dejaría de ser humana, ni ella ni sus hijos podrían alcanzar jamás su estela y alguien debía de hacérselo comprender.- Como si de la misma mano de Némesis se tratase vengaremos tus lágrimas y tu dolor. Los causantes de esta afrenta conocerán el poder de Leto y sus hijos y nunca más se atreverán a ponerlo en duda.

Su arco y su carcaj colgaban de su espalda, los dedos le picaban por empuñarlos pero, antes de hacerlo, debían hallar un justa venganza.- Si tan orgullosa está de su extensa prole y solo ello la hace creerse superior a ti, madre, deberíamos arrebatarle aquello que tanto orgullo le propicia. Veremos cuánto se vanagloria una vez que ni uno solo de sus vástagos quede en pie. –hablar de la muerte es fácil para un dios, pues es algo a lo que nunca tendrá que enfrentarse en su infinita vida. Los mortales no son más que otro instrumento bajo su poder y a aquellos que no acatan las normas hay que sacrificarlos o, mejor, hacerles desear haberlo hecho.

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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por Nyadeh el Jue 14 Ene - 18:15



I. El lamento de la madre.
Las rótulas aguzadas rozaron el solar que pudiera ser admirado como dádiva celestial, las palmas se le desvanecieron en el atavío lustroso que agraciaba a Leto con una albura cuasi divina de su tez de tersa alfarería, en una actitud que nunca hubiese pertenecido a nadie más que la madre, o la hermana que junto a ella se hallaba. Pues la honra no emanaba sino de la admiración que tan solo aquella estirpe pudiera originar, ínfulas disciplentes que no eran así alegóricas puesto que, ¿Quién era superior a una deidad? No una. Dos. Afloradas del mismo vientre, consagradas por la misma luz. Y a la fémina que les concedió la vida, una vida inmortal.

Y ni así, ni tan siquiera los afectuosos halagos de la madre consternada que sin distinción los había contemplado partir lapso tras lapso, lograron atemperar el firmamento ahíto de desagravio y aflicción.

Acre celebración familiar a la cual, sin vislumbre de recelo, jamás acudirá el progenitor de toda divinidad y de ellos, en particular, semejante icor el que por sus arterias se vierte incesante.

Padre...Padre se comporta como un necio. En ocasiones. Padre se encuentra habituado al todo, y de ahí se alza la nada—. Padre nunca os brindará la justicia por la que clamáis, madre. —Ellos lo harán y es Artemisa quien confiere voz a los vocablos que emergieron de su razón mas no se difuminaron bajo la opresión de la lengua sagaz, por entre los labios tentadores.

Su hermana era ágil con los dedos cuando la curvatura de su arco se tensaba al atisbar a su presa, viva y rauda cual exhalación del astro rey. Igual de veloz que él, pese a ser quien se sentía más unido a las artes inmateriales y las facultades inciertas de los dos.

Si ansiáis derramamiento de sangre —su insinuación no era más que el propio anhelo revelado, expiación por esas certezas que no eran tal, pues no conservaba el infinito cosmos a ningún mortal que pudiera ni mereciera ser enaltecido por encima de un dios, ni tampoco de la sangre de titanes—, eso os daremos.

Cada resuello que se desplomase al polvo y fango de su terreno, sería el último. Cada víscera que la arcilla tiñese, extirpada a causa de las aristas de sus saetas de los cuerpos de varón que con él habían sido equiparados. Con Apolo, la luz, el sol. Las doncellas, a cambio, eran dominio de Artemisa.

Tan solo consentid, madre.
Apolo ◊ con Leto & Artemisa ◊ Captain_Z y Red



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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por CaptainZ el Dom 17 Ene - 16:53



I. El lamento de la madre.


Una vez anunciado el reclamo, no hubo vuelta atrás. Leto no podría lavarse las manos o agachar la cabeza por segunda vez, el silencio se había roto y todos los lazos de unión empleados para acometer su divina justicia. La Diosa permitió que sus hijos se tomasen unos bien merecidos instantes para sopesar lo comunicado, siendo ello necesario antes de que decidiesen nada. Impulsos podían ser los jóvenes, sobretodo aquellos que poco o nada tenían que perder. Como hijos de Zeus, su inmortalidad era un don preciado, pero también una maldición conjurada. No apreciaban la vida como los mortales, ella misma tampoco en exceso, pero si más que sus retoños; Había dado al mundo dos de estas, en forma y carne de Artemisa y Apolo, y había visto descender de su cúspide dorada el reinado de los Titánes para dar paso a generaciones más alentadoras y renovadoras. A pesar de todo, siempre intento colmar a los gemelos del buen juicio, que se veía nublado en cada intento de Hera por provocar sus muertes.

O en la propia divinidad que se les atribuyó por derecho celestial.

No importaba cual fuese la decisión tomada, la moneda ya había sido lanzada y su precipitada caída sería inminente. Leto aprovechó aquellos remansos para sopesar e indagar en su mente, mientras que sus manos privaban al inmaculado rostro de los surcos que las lágrimas habían provocado. El manto de agua fue poco a poco retirado, dejando a su paso una pequeña vertiente sonrosada sobre las mejillas en sustitución. Los orbes azules, semejantes a los de su segundo vástago, se hallaban ligeramente enrojecidos como demostración del daño acontecido momentos atrás por aquella vertiente de dolor que afloró de la comisura de sus ojos. Tan pronto las manos retornaron a su posición anterior, descansando contra sus propias sinuosas caderas ocultas bajo las telas, ellos rompieron el abrupto silencio que entre los tres se hubo promulgado. La Titánide, en consecuencia a las palabras que captaron sus oídos, no supo si sentir orgullo por ellos, culpabilidad ante la desgarradora impresión de ser como Hera o tristeza por el daño acontecido hacía su prole.

¿Qué clase de madre era Leto? Sobreprotectora, se repitió. Y debía de velar por ellos costará lo que costará, vidas mortales incluidas.

– No seré yo quién os ordene manchar vuestras manos, pero tampoco seré quién os detenga. Es vuestra justicia, la divina y verdadera justicia de los Dioses, ante la falta de un juez más imparcial. Necia fui al creer que él escucharía mis ruegos, más fallo una vez, lo ha vuelto a hacer –

Alzó la cabeza una vez más, localizando la mirada de sus hijos. Tan semejantes y diferentes al mismo tiempo, pero el amor que profesaba por ellos era lo más puro que podía otorgar al mundo. Lo había dado todo, y continuaría haciéndolo, por su Artemisa y Apolo. Si Zeus osaba ponerles una mano encima, dispensar castigo o sentencia por lo que fuera a ocurrir en Tebas, Leto haría eco de su poder. No era poseedora de rayos o la más brillante, pero suya era la profecía y los dones naturales de la noche y el día, su control y dominio eran suyos. También lo eran las lágrimas y ruegos con los que, podía ofrecer una oportunidad, podrían hacer conmover una vez más al Dios de los Dioses.

– Qué no mancillen vuestros nombres y templos, pues hijos de Dioses y Titánes sois, vuestro es la sucesión del tiempo en el mundo y de los Doce sois miembros. Qué los humanos no os arrebaten lo que es vuestro por derecho, no son más que polvo en vuestro camino. . .  Haced aquello que os imponga el corazón, por vosotros, más no por mi. . .  Mi venía tendréis toméis la decisión que toméis, y también toda la protección que os pueda otorgar. -



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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por Red el Mar 26 Ene - 17:07



I. El lamento de la madre.
Ella no necesitaba consentimiento alguno. Cuando la salvaje Artemisa tomaba una decisión la cumplía, cuando se proponía dar un castigo, lo ejercía hasta el final. Toda acción tenía consecuencias, Níobe había mancillado el nombre de su familia, había causado las lágrimas en su madre y la ponzoña de la ira en su corazón y el de su hermano, dejarla sin su justo castigo  habría significado darle la razón. Habría significado arrodillarse ante un mortal.

- Hijos e hijas caerán por igual bajo nuestras flechas, madre. –uno a uno y frente a los ojos de Níobe que tendría que contemplar como aquello que más amaba se desvanecía a causa de su necedad. Níobe y nadie más sería la causante de todas aquellas almas enviadas al Hades.- Los cuerpos de los retoños de la orgullosa reina descansarán sin vida a sus pies antes de que caiga la noche y nadie osará volver a demostrar una soberbia tal. –como si del dictamen del dios de dioses se tratase Artemisa ejerció de juez, jurado y verdugo. Ni si quiera se concedió el momento de esperar, siempre la más impulsiva de los dos hermanos ya estaba preparada para ensartar sus flechas en carne mortal.

- Cuando regresemos la afrenta habrá sido cobrada. –sentenció como toque final, sus manos ansiosas ya habían aferrado su plateado arco, lista para entrar en batalla, para tensar la cuerda una y otra vez mientras disparaba sus saetas que cortando el viento alcanzarían a cada uno de sus enemigos.

Níobe pasaría a la historia, cierto, pero no por aquello que ella deseaba y por lo que se vanagloriaba. Su historia sería muerte y pesadumbre, un río de lágrimas infinito por lo tenido y perdido. Ni si quiera su padre podía oponerse, pese a no querer participar, probablemente encantado con otros asuntos de índole más placentera, Zeus entendería que aquello era necesario. El silencio de su padre la decepcionó terriblemente, pero Artemisa no perdió por ello la esperanza, Zeus siempre había sido comprensivo y complaciente con su joven hija. Aquella vez no tenía por qué ser distinta.

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Off:
Sé que dijimos de tratarlo todo en este tema, cuando se enteraban de lo que dijo Níobe, el castigo de Aopolo y Artemisa y luego una charla después, pero entre que estoy poco inspirada, debo mil temas y ahora no estoy 100% segura lo he dejado ahí como que están a punto de ir a hacerlo pero que se la puede detener (?)



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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por Nyadeh el Jue 18 Feb - 15:09



I. El lamento de la madre.
Fructífera la prole que sucumbiría a causa del único yerro que no les era inherente, el desaire de la vanidosa fémina que osó ser equiparada a una hija de titanes y resarcirles debía por ello. ¡Cuantas ínfulas contenía la humanidad! Tantas como cántaros de loza serían necesarios para saciar la sed de toda ella, sed de estimarse trascendentes, inclusive por encima de un dios.

Aquello que más amaba la dama de Tebas, aquello le sería despojado.

No erigirán altares devotos de meros mortales. —El juramento declamado como tal, en favor de la madre a quien debía más de lo que pudiera compensar, la vida y en favor de su propia estampa. Luz que alumbraba toda Grecia, verdad a la que acudían los fieles en busca de sentencias. A él le pertenecía el derecho de juzgar los pecados de ese pueblo que había degenerado estación tras estación—. Es dominio de dioses.

Cuando el ocaso devenga, vos seguiréis disfrutando de vuestros dos hijos. Mientras Níobe no podrá más que llorarlos.

El arco de esmalte argentado que su hermana portaba con ella sin distinción, despedía un centelleo letal, pareciendo cobrar vida bajo el tiento de sus diestros dedos y la vehemencia de la que se había adueñado su anhelo de represalia.

Apolo aprisionó esos dedos entre los propios, un amago que en otra ocasión hubiera servido para contenerla mas entonces, tan solo manifestaba su favor en esa disputa. Que agonizaría con la ruina, la de aquellos cuya sangre no debía seguir palpitando a la par que la suya. Alguien encontraría su fin y no serían los dioses.

Deberás concederme algunas de tus flechas, Artemisa.

Una sonrisa extraviada, tan reveladora del dios de las artes para aquellos que podían preciarse de comprenderlo. Y una mirada más que susurraba enmudecida una constatación, destinada a Leto. Lo último que sus retinas contemplarían antes de incitar a su hermana a perseguir las huellas del delirio por la venganza.  
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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por CaptainZ el Jue 25 Feb - 13:25



I. El lamento de la madre.


Todo fue entonces dicho, más palabras no serían necesarias: Sus hijos estaban decididos a realizar la divina justicia, o venganza dependiendo de quién realizará los escritos. Leto los contempló con sumo orgullo, más que cualquier otra madre hacía su prole. No era soberbia lo que reflejaba, sino un brillo de esperanza. La que, desde que se percato de su estado, siempre tenía para con sus retoños. Mucho padeció y perdió por ellos, nadie pudo ayudarla o se enfrentaría a la ira de los celos de Hera y su propia hermana fue convertida en su salvamento, pero todo valió la pena. Cada día y noche que transcurría, llegaba a la misma conclusión, dónde se decía que una y mil veces volvería a repetir las acciones del pasado, solo si el resultado era nuevamente Artemisa y Apolo. Su dicha, su satisfacción; sus hijos.

— Sea pues hijos míos, que los Dioses estén con vosotros.  —

Les dijo como un ruego hacía los mismos, aquellos que sobre las nubes debían de saber que se acontecía entre aquel trío celestial. Sobretodo, fue para ellos dos; Era bastante clara su petición, como ellos juraron anteriormente, los requería de retorno, sanos y a salvo. No era fácil hacer daño a un Dios, de hecho muy poco probable, pero Leto se preocupaba en exceso por ellos, y habían criaturas fatídicas que podrían realizar algún mal para con sus pequeños. Los ruegos y peticiones de la Titánide entonces fueron otros, pues de buen grado sacrificaría sus propios templos y eternidad, solo por ver como ellos se alzaban y la extensa dicha continuaba para Artemisa y Apolo.

Confió, como siempre, en el par de hermanos, pues desde el mismo momento de su alumbramiento supo que serían grandes y gloriosos. Ellos estarían bien, se dijo, siempre lo habían estado.

No otorgó nuevas caricias en sus mejillas, pero si no dudó en cobijarlos entre sus brazos. La acción futura no sería fácil, tampoco sería lo más dificultoso que hubieran ejecutado, pero eran sangre de su padre, el estremecimiento de lo que Zeus pudiera realizar la atormentaba más que cualquier otro destino. Los acunó, como nunca tuvo oportunidad, en su regazo y besó sus mejillas. Cuando regaló los mismos gestos a ambos, se vio en la obligación de separarse de sus cuerpos, dónde las distancias volvieron a atribuirles la bendición de que sus iris reflejaran la estampa de Artemisa y Apolo.
Emanaban una luz propia que ni ella misma poseía.

 — Os estaré esperando, id. Tened cuidado.  —

Zeus, despierta de tu sueño, escucha mi ruego . . .




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OFF:


No te preocupes Red;  Ahora, tras mi respuesta, tanto Artemisa como Apolo se encargan de los hij@s de Níobe. Si necesitáis otra ronda más, decidlo en spoiler-off y entonces yo no postearé, sino que seguiréis vosotros.

Luego tendría que ocurrir: Níobe convertida en piedra por Zeus, nueve días a la intemperie esos cuerpos (al final Zeus se pone de parte de Leto) y tras esos días los Dioses (intuyo que nosotros tres incluidos) los entierran. Anfión, padre de la extensa prole asesinada, busca venganza y va al Oráculo de Delfos a matar a los sacerdotes (¿Metemos a Leto ahí también?) pero Apolo (¿Metemos a Artemisa también?) llega y lo asesina antes de que Anfión cumpla con su propósito que es enviado al Tártaro como castigo por esta acción.

Y ahí podemos concluir el primer capítulo




Spoiler:


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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por Red el Lun 7 Mar - 15:43



I. El lamento de la madre.
El calor de la mano de su hermano, el sentir de los dedos entrelazados le insufló fuerza. Sus labios se curvaron suavemente en una sonrisa, una de esas sonrisas secretas que solo él y su madre conocían. Asintió en silencio una única vez, alargó la mano libre hacia su aljaba y cuando le tendió las flechas el suave y verde pasto de Delos bajo sus pies había desaparecido, bajo ellos se vislumbraba entre nubes la bulliciosa Tebas y en ella, disfrutando de grandes manjares y dulces elogios Níobe.

La unión de sus manos se disolvió, pero incluso entonces Artemisa creyó poder sentir el calor de su hermano en la palma de la mano.- Yo me ocuparé de las muchachas. –resolvió Artemisa arco en ristre, cuerda tensada y flecha lista.- Tuyos serán los varones. –el viento sopló y agitó sus cabellos morenos, las hojas de los árboles se balancearon a su son y la primera flecha voló. Cayó primera la mayor de entre las hermanas, la flecha ensartó justo en su corazón, su cuerpo no había acabado de tocar el suelo que el segundo proyectil fue lanzado. Uno a uno los cuerpos se fueron sucediendo, gritos y el olor a sangre llenaron el aire, el llanto de la compungida madre que intentó rogar clemencia por sus hijos aun sin acabar de comprender del todo qué sucedía, rostros desencajados por el terror y miradas sin vida hacia el cielo... nada detuvo la masacre.

De todas las muchachas solo quedaban dos en pie, Laódice y Melibea. Laódice la miró y Artemisa la miró a su vez apuntándola con la penúltima de sus flechas creando destellos con los rayos del sol. Una más y su misión habría acabado, una más y la afrenta habría sido cobrada, se dijo, pero entonces los aterrados ojos de cervatillo mirando directo al monstruo le recordaron a otra misión: la de proteger a las doncellas.

La mató de todas formas y no sintió nada, ni pena, ni alegría, ni decepción, solo profunda nada.

Melibea gritó y corrió, Artemisa no la persiguió, sus ojos quedaron fijos en Laódice y la mancha carmesí formándose bajo ella. Por un momento todo quedó en silencio, a tientas buscó la última flecha en su aljaba, la última hija debía caer, pero cuando buscó a Melibea entre el patio sembrado de cadáveres solo encontró un cuerpo pálido y frío, tan quieto que creyó imposible que siguiera con vida. La última flecha quedó aferrada pues en su mano, jamás sería usada. Los llantos de Níobe eran todo lo que se escuchaba ya

Artemisa no pudo apartar los ojos de la desdichada madre, pero aun así buscó la mano de su hermano otra vez, entrelazó sus dedos, apretó con fuerza, era hora de volver a casa y contar a su madre su victoria. La sangre caliente empapaba su cuerpo y su rostro, pero no le molestaba. A Artemisa nunca le había molestado la sangre, ¿y a Apolo? Lo dudaba, al fin y al cabo era la sangre lo que los unía en primer lugar.

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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por Nyadeh el Vie 11 Mar - 20:53



I. El lamento de la madre.
Parecían vinculados inclusive sin el presidio de los dedos del otro eslabonados como cadenas. En las miradas engarzadas, en los ademanes acompasados. Apolo y Artemisa. El día y la noche. El resplandor del astro y la oscuridad de la faz no revelada de la luna. Se los conocía ligados, pese a no hallarse siempre junto al otro. Vástagos de dioses y titanes. En el Olimpo consagrados. Jóvenes, temerarios, inclementes.

A Artemisa correspondían las doncellas, pues inmaculadas se manifestaban, como ella y de la sangre virgen se nutrirían sus flechas bruñidas en plata. Los varones, fornidos y esbeltos, pertenecían a Apolo, que lo era más de lo que un mortal pudiera alardear. En el puño se esculpió su arco, extrañado el tacto del mismo puesto que él no acostumbraba a cazar con la misma asiduidad que su hermana y las saetas que sus dedos gráciles sustentaban se tornaron del áureo lustre que el mismo dios encarnaba.

Una exhalación bajo la estrella del día, los cabellos de semejante matiz dorado al de su madre aprehendiendo las moléculas de luz que en la nada se enarbolaban, arrojando luminiscencia sobre el orbe terrenal al cual ellos no pertenecían. Más allá de la banalidad de sus moradores, en el hogar de las deidades. La brisa ya desprendía la fragancia del sudor y la sangre, cuando la primera de sus flechas, inminente, alcanzó el torso del primogénito cuya fútil pretensión aparentaba amparar a toda la tierna prole.

Él hubiera hecho lo mismo por Artemisa.

El último estímulo de su arco tensado silbó en sus oídos, cercenando el aire la arista acerada que encontró su centro en el corazón aún palpitante, aún caliente de la criatura que gimoteaba entre las faldas de su madre.

No volveréis a regodearos en vuestra ventura a costa de un dios.

No fue más que un susurro estéril, privado de toda conmoción, gélido como las entrañas de la dama que lamentaba la pérdida de sus retoños. Quizá Níobe no alcanzó a escucharlo. Tampoco era cometido de Apolo ser el emisario.

Los dedos de su hermana, gelatinosos, lo buscaron de nuevo en la médula de la masacre propiciada por ambos y él los asió con firmeza, preso de una rutina improbable de eludir. La forzó a desviar la mirada de la quejumbrosa mujer y contemplarlo a él, bajo las oscuras pestañas. Le desprendió una mecha de su cabellera que comenzaba a adherirse a su rostro, de sangre reseca, con un asentimiento.

No cerró los ojos, con Artemisa aferrada a su lado. Pues deseaba que Leto se vanagloriase de los frutos de su vientre, que habían desagraviado aquel escarnio sin que ella se viese apremiada a suplicarlo y deseaba presenciarlo en el semblante de la mujer. No cerró los ojos, al retornar al primer hogar que había conocido.

Está hecho. Ya nada puede ser rectificado.

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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por CaptainZ el Miér 16 Mar - 13:25



I. El lamento de la madre.


Sus hijos desaparecieron entonces, determinados a cumplir la misión que ellos mismos se habían encomendado. Leto cargaría con cualquier culpa en caso de que Zeus osase castigarles de alguna manera, pues toda madre sacrificaría lo que fuese por el bienestar de sus retoños. Ella no era menos, lo había demostrado con creces a lo largo de los eones ya transcurridos. Cuando por fin quedó a solas, a la intemperie de Delos cuyos vientos eran generosos con la titánide, sintió unos pasos aproximándose detrás de si. No hizo movimiento alguno para desvelar la identidad de su acompañante inesperado, tampoco fue algo realmente necesario, la luz que emanaba ya era una presencia más que confirmada de cualquier sospecha que hubiera podido ser infundada. En todo su esplendor y magnificencia, como el tiempo en el que yacieron juntos y engendraron a los dos vástagos que hoy vengaban la burla a su progenitora y a si mismos.

— Zeus, dios de dioses. —

Murmuró con la misma suavidad con la que los vientos habían agitado el dobladillo de su túnica nívea o mecieron el césped bajo sus pies. Ahora sin embargo todo se había detenido, desde los vientos hasta los sonidos de animales, incluso al arrollo no emitía sonido alguno que pudiese ser escuchado por los oídos de la diosa. El tiempo transcurrió entonces, evocados en una conversación que no pasaría a ser leyenda o empleo para mitos, pero cuyas consecuencias si formarían parte de las historias que algún día relatarían otros sobre la prole que hubieron engendrado tanto tiempo atrás. Para cuando Apolo y Artemisa hicieron acto de presencia, Zeus había abandonado Delos y los sonidos y el tiempo habían vuelto a su cause natural. Verlos engalonados de la sangre de sus enemigos no era una satisfacción que pudiera complacer a la diosa Leto, pero la otra opción era más dolorosa aún, ver a sus enemigos engalonados con la sangre de ellos. Algo que la titánide temía constantemente considerando el espíritu y competitividad que ambos habían heredado de su progenitor, dios de los dioses.

No necesitó que su hijo anunciara el retorno o el cumplimiento del deber, la venganza de los dioses o la justicia divina que ellos impartieron bajo su auspicio, pues Zeus se había encargado de hacerle saber cuando uno y otro caían bajo los pies de Tebas cuyas tierras serían pasto de piedras con formas humanas de sus habitantes. Y cuyas lágrimas de Níobe la transformarían, en breves momentos, en una roca cuyas aguas brotaban por las grietas que poseía. Los observó en silencio sabedora de lo que ocurría y ocurriría en Tebas en poco tiempo, el don de la profecía no había sido heredado a Apolo en vano. Luego, tras unos breves minutos que parecieron toda una eternidad, guió sus pasos hacía el pequeño arrollo que había cercano a la posición de los tres dioses, madre e hijos en relación. Llenó de agua un pequeño cubo que había al pie de las rocas que decoraban el cause de las aguas y las aproximó a la posición dónde los dioses gemelares descansaban. Hizo desprender de su propia capa, confeccionada en finos y hermosos detalles, pero que ahora sería empapada con el agua recogida y aproximada al rostro de sus vástagos.

— Ahora es momento de que retiré la sangre que corre por vuestros cuerpos y prendas, pues indigna es de vosotros. No habrá castigo o sanción para mis hijos, pues finalmente vuestro padre a claudicado a nuestro favor. Descansad ahora hijos míos, merecido es el descanso que tenéis, pero no todo ha acabo. . . Más aún queda mucho que resolver; Roca y lágrimas serán uno, los dioses descenderán desde el mismo Olimpo y contemplaran vuestro juicio y un sentimiento de venganza ha visto la luz hoy. . . —





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Re: I. El lamento de la madre.

Mensaje por  Hoy a las 23:26

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