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Bloody lords[+18]

Mensaje por Hatshepsut el Jue 19 Mayo - 23:09

Bloody lords
Histórico ৩ +18 ৩ 1x1
Las leyendas del norte de Europa hablan de crímenes, crímenes tan colmados de sangre, gritos y obscenidades que muchos prefieren fingir que no creen en su existencia para poder dormir por las noches. Sin embargo, en el subconsciente de cada una de las personas que tienen el infortunio de escuchar las habladurías entorno a los condes sangrientos no pueden deshacerse del germen de la duda: ¿y si existieron de verdad? ¿y si cometieron todos aquellos actos de los que se habla? ¿y si derramaron sangre en honor a su propia salud, sin importarles que perteneciera a almas tan cándidas y puras que incluso los ángeles habrían llorado su pérdida?

Nadie sabría decir con total certeza si Cezar Razvan y Dragos Dalca existieron alguna vez o, si por el contrario, no fueron más que la invención de alguna mente sádica y oscura que pretendía sembrar pesadillas. En cualquier caso, todos aquellos que se han acercado -movidos por una malsana curiosidad o con la intención de hacerse los valientes- a las tierras donde se cuenta que se encontraron los condes sangrientos aseguran que aún pueden escucharse los gritos de sus víctimas haciendo eco entre los negros árboles centenarios.


৩   ৩   ৩   ৩


Cezar Razvan  ৩ 34 años ৩ Colin O'Donoghue ৩ Tardis_in_blue
Nacionalidad: Húngaro
Ocupación: Conde
Altura: 1'78
Peso: 76 kg

•Descripción Personal:
Orgulloso, prepotente, presumido. Le gustan los lujos y excederse en todo lo que puede y le gusta mostrar a la gente todo lo que tiene, lo que posee y que él tiene el control siempre sobre todo. No le gusta que las cosas se escapen de su mando. Y cuando eso ocurre, por el motivo que sea, tiende a enfurecerse y a pagarlo con la gente que tiene cerca. Disfruta causando dolor a los demás e infligiendo castigos que humillan a sus siervos.
Acostumbra a no callarse absolutamente nada de lo que cruza por su cabeza, ya sea algo bueno o algo malo. Nunca se ha topado con nadie capaz de alzarle la voz o que se atreva a desafiarle y eso no ha hecho más que aumentar su caracter y su egocentrismo.
Desde  hace unos años hasta ahora se ha centrado, sobre todo, en expandir sus tierras, buscando aliarse con gente del mismo país o incluso países vecinos, con la idea de expandir el territorio.

Dragos  Dalca ৩ 35 años ৩ Ian Somerhalder ৩ Hatshepsut
Nacionalidad: Romaní
Ocupación: Conde
Altura: 1,76
Peso: 71 kg


• Descripción personal:
El apellido de Dragos puede traducirse como “rayo”, y lo cierto es que cualquiera que haya tenido la suerte -o la desgracia, quizá-, de encontrarse con él, se percatará de lo bien que lo define; el conde es tan rápido, brillante, hermoso y letal como una luz de la tormenta. Son muchos los que temen al señor de las tierras del norte, y es que su carácter serio, brusco y severo podría amedrantar hasta al hombre más valiente. Sin embargo, su persona parece poseer un halo de atracción que hechiza a muchos de los que posan la mirada en él, pero para cuando los pobres inconscientes se dan cuenta de que han caído en la trampa de los excelentes modales y el pulcro aspecto de Dragos, ya es demasiado tarde.
Si bien estuvo hecho a la riqueza desde que era tan solo un niño, Dragos, que quedó huérfano y al cuidado de su severo tío siendo muy joven, conoce muy bien el trabajo duro. Sabe que es preciso sacrificar ciertas cosas para lograr sus objetivos, y que nada en la vida se entrega de forma gratuíta. Por suerte, sus arcones están colmados de oro, y en cuanto a los sacrificios... bien, quizá se haya vuelto un adicto a ellos.





Última edición por Hatshepsut el Mar 24 Mayo - 22:12, editado 1 vez



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Re: Bloody lords[+18]

Mensaje por Tardis_In_Blue el Lun 23 Mayo - 17:25

Chapter 01

Era un lugar plagado de historias, de leyendas oscuras, sangrientas y gritos que parecían impregnarse en cada una de las paredes de aquel enorme castillo. Los muros rezumaban historias que nunca serían contadas, que nunca escaparían de aquel lugar y que ningún oído jamás oiría. Pero sin embargo, había ocurrido. Y todas tenían la misma firma, la de Cezar Razvan, dueño y señor del castillo de las tierras del sur de Hungría.

Como todas las personas, Razvan tenía una historia. Un comienzo, una infancia, una adolescencia... todo aquello vivido hizo de él la persona que a día de hoy, buscaba apropiarse de todo. Los últimos años, Cezar se había dedicado a la adquisición de terrenos y reliquias de otros condes que habían caído en la desgracia y cuyo renombre ya carecía de poder e importancia. Su castillo era casi como un mausoleo donde se exhibían todo tipo de reliquias. Su nombre se oía más allá de donde alcanzaba la vista y sus tierras cada día se extendían más. Sin embargo, su colección más excéntrica era la de sus siervos. Se había apropiado de muchos que servían a anteriores condes o duques. Siervos de ambos sexos e incluso de otro color de piel que eran escasos y famosos por igual.

Sus terrenos se expandían, pero había un territorio que se resistía a caer bajo sus redes. Y aquello le molestaba, ya que cuantas más negativas recibía por parte del conde Dalca, más ansioso se mostraba por querer acceder a sus tierras.
Habían pasado largos meses entre carta y carta y Cezar empezaba a crisparse, así que con la intención de convencer a aquel conde, o sobornarlo con una gran cantidad de dinero (algo que ocurría muchas veces con el resto de personas) había acabado por invitarlo a pasar una temporada en su castillo. Quizá pasar unos días en su compañía le haría ver porqué se negaba siempre. Y si las cosas se torcían, siempre podía acabar tirándolo a uno de sus calabozos subterráneos y convertirlo en un trofeo más para su colección.

Así pues, la fecha acordada había llegado. Cezar estaba al pie de las escaleras, en el patio exterior, la entrada de su castillo. El camino de tierra que llevaba hasta la puerta se perdía a lo lejos entre un mar de bosques oscuros, pero empezaba a verse a lo lejos un carruaje tirado por caballos.
A ambos lados del señor se hallaban sus más especiales siervos, ataviados con sus correspondientes ropas y la mirada clavada en el suelo. Junto a él se hallaba Zsa, una muchacha de no más de 16 años de tez oscura y unos rizos negros apretujados en un moño a lo alto de su cabeza. Era, sin duda, una de sus sirvientas preferidas y a quien más favorecía. Allí donde iba Cezar, Zsa le acompañaba, como una sombra, sin rechistar. Llevaba ya varios años allí y aprendió muy temprano que era mejor no desobedecerle. Aunque a veces, Cezar sospechaba que ella hacía mal sus tareas tan solo para que él la castigase, algo que sin duda satisfacía a los dos.
Los minutos pasaron lentos mientras él se impacientaba pero, finalmente, el carromato se detuvo frente a ellos y los nervios de Cezar parecieron dispararse, lejos de calmarse.




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Re: Bloody lords[+18]

Mensaje por Hatshepsut el Lun 23 Mayo - 21:57

Chapter 01

La carroza avanzaba a buena marcha por los caminos de tierra, arrastrada por cuatro maravillosos purasangre de color negro y atrayendo la mirada de todo aquél que se cruzaba con ella. Al fin y al cabo, no todos los días podía verse un coche como aquél, fabricado con la madera oscura de los bosques de Rumanía y ornamentado con delicadas tallas cuya iconografía remitía a la folclore del territorio: murciélagos, dragones y lobos se mezclaban en una sobrecargada y lujosa marea de ferocidad y potencia. Sin embargo, lo que más atraía la atención de los habitantes de aquellas tierras era la bandera que ondeaba sobre el techo, y que mostraba un escudo heráldico estriado con truenos y el cuerpo de sinuosas serpientes. Aquél era el emblema de la antigua y respetada casa Dalca, que era gestionada por un hombre no menos conocido: Dragos Dalca. Él no había sido el primogénito de la familia, pero después de que su hermano mayor -o medio hermano, en realidad, pues nunca habían compartido útero materno- muriera en extrañas circunstancias, el peso del liderazgo había caído sobre él. Y no es que se le diera mal soportar las cargas de tan alta posición: desde que le entregaron las riendas del legado Dalca, había multiplicado la fama, la riqueza y el poder de la familia. No siempre había empleado los métodos más éticos para alcanzar tal fin, pero eso era lo de menos. Al fin y al cabo era amo y señor de sus propias tierras, así que estaba en pleno derecho al saltarse sus propias leyes. De este modo, Dragos no era un hombre precisamente honorable, pero su gente, su pueblo y sus subordinados lo seguían ciegamente, ya fuera por respeto (al fin y al cabo incluso las cosechas eran más rentables y productivas gracias a sus sistemas agrícolas) o por miedo. Y es que, aunque muchos lo negaran, el señor de los Dalca inspiraba cierto terror en algunas ocasiones. Eran muchos los rumores que giraban en torno a su figura, además, aunque nadie era tan valiente como para corroborarlos o desmentirlos. Así, nadie sabía con seguridad si era verdad que los gritos hacían eco en su fortaleza durante las noches más oscuras, si era cierto que ordenaba a sus sirvientes que le llenaran la copa de sangre fresca durante las comidas o si había algo de realidad en las palabras que afirmaban que llevaba a cabo todo tipo de extraños rituales con otros nobles. En cualquier caso, nadie se atrevería a acusarlo jamás, pues lo que todo el mundo sí tenía por cierto eran los castigos que Dragos imponía a sus enemigos.

En aquél momento, Lord Dalca viajaba hacia el sur de Hungría, dispuesto a encontrarse con un individuo con el que se había estado carteando los últimos meses. El joven no solía abandonar sus tierras (ni su fortaleza, en realidad) de forma asidua, pero estaba seguro de que aquella ocasión merecía el esfuerzo: ¿había algo mejor que ser acogido como un rey, algo más divertido que poder aprovecharse de las leyes de hospitalidad que los nobles debían seguir a rajatabla? Además, los viajes como aquél siempre le servían para abrir su mente hacia otros horizontes, para avivar su ya terrible imaginación.

El paisaje húngaro, verde y oscuro al mismo tiempo, pasaba junto a las ventanillas de la carroza, dibujándose como una estela emborronada. Dragos sabía que no faltaba mucho para llegar a su destino, pues así se lo había informado uno de los soldados que viajaban con él. Aquél era un viaje de negocios aparentemente inofensivo, pero el transilvano no era estúpido: el poder era peligroso, y el ostentaba un gran poder. Así, seleccionó a los dos mejores hombres de su escolta y los hizo viajar con él: los soldados montaban sobre sendos corceles, encabezando y cerrando la marcha. A parte de ellos dos, Dragos había escogido otras cuarto personas para formar su comitiva: el cochero, un hombre de total confianza que llevaba años demostrando su ciega lealtad hacia la familia Dalca y tres sirvientes meticulosamente escogidos. Aunque cualquiera hubiera dicho que se trataba de tres muchachas, solo dos de ellas pertenecían al género femenino: unas preciosas jóvenes de largos cabellos castaños, clara mirada y pálidas pieles. El último era un muchacho de cabello rubio  y facciones finas y extranjeras: un efebo, según lo denominaban en su Florencia natal. Dragos lo utilizaba como servicio de cámara aún cuando el joven tenía muchos problemas para comprender una lengua que no fuera la italiana.

Finalmente, la comitiva alcanzó las puertas del palacio de Cezar Razvan, quien sería su anfitrión durante los próximos días. Pese a que Dragos estaba acostumbrado a los lujos y la ostentación, tuvo que reconocer para si mismo que el hogar de aquél conde era toda una joya arquitectónica. Durante un momento temió que aquél gusto proviniera de un hombre obeso y pedante, pero le bastó una mirada a la figura que permanecía quieta frente a las puertas de la construcción para deshacerse de aquél pensamiento: Cezar era tan joven como él, y su aspecto dejaba poco que desear. Lo cierto es que Dragos había pasado gran parte del viaje imaginando cómo sería el señor de aquellas tierras, y ahora que se le ofrecía la oportunidad de saciar su curiosidad, se sintió realmente ansioso; en cuanto la carroza se detuvo y uno de los sirvientes le abrió la portezuela, Lord Dalca se apeó del coche y se alisó el chaleco adamascado con las manos. Sus soldados desmontaron y bajaron la cabeza, mostrando respeto hacia el que era el señor de aquellos territorios. Los tres sirvientes ni siquiera se apearon, sabiendo que eran irrelevantes y que solo tendrían derecho a bajar de la carroza cuando los nobles hubieran abandonado la escena.

Cezar Razvan –saludó Dragos tras dar un par de pasos y colocarse frente a su anfitrión. Lo miró a los ojos un par de segundos, retrasando la cordial inclinación de cabeza que exigía la etiqueta, pero finalmente bajó la barbilla ofreciendo sus respetos–. Me alegra conoceros en persona, por fin –dijo, esbozando una pequeña sonrisa sin despegar su mirada de los ojos ajenos. Sentía el deseo de pasear la mirada por cada centímetro del conde, pero no lo haría hasta que el otro no se encontrara distraído. Al fin y al cabo, Dragos era demasiado orgulloso como para mostrar abiertamente su interés por otras personas. Por ese mismo motivo tampoco desvió la mirada hacia la figura femenina y de evidente belleza exótica que acompañaba a Cezar–. Debo decir que vuestro hogar es tan bello como los parajes que ofrece esta tierra –aduló, presumiendo de sus propios y perfectos modales–.  Estoy seguro de que haréis que me sienta como en casa –y allí estaba, su ego rebelándose en forma de palabras aparentemente amables. Su única intención, en realidad, era subrayar el hecho de que Cezar se veía en la obligación de hacerle sentir bien, de colmar cada una de sus necesidades. Estaba, por decirlo de un modo menos pomposo, a su servicio. Oh, sí, sería muy divertido.





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Re: Bloody lords[+18]

Mensaje por Tardis_In_Blue el Lun 23 Mayo - 23:53

Chapter 01

Los caballos se detuvieron y finalmente el carromato se paró, con la puerta casi milimetricamente colocada frente a Cezar. Un escolta se encontraba frente aquella majestuosa obra de arte y otro cerraba el paso. Los ojos de Cezar se detuvieron en cada detalle de aquel lacado carruaje que mostraba tantos intrincados detalles. Una pieza increíble y sin duda, digna de encontrarse en las cocheras de su castillo. Sin embargo apropiarse indebidamente de ella no sería algo que gustase a su invitado, pero al menos sabía que iba a poseerla durante unos cuantos días, y esa idea le gustaba.
Sus ojos seguían admirando aquellos preciosos lobos y murciélagos cuando la puerta se abrió y el conde Dragos puso los pies en territorio Húngaro con un gesto grácil a la par que elegante. De repente, aquellos fríos ojos azules se iluminaron fugazmente por el brillo de la curiosidad. Dentro de todas las posibilidades que había creado en su cabeza sobre como podía ser Dragos, aquella no había sido una posibilidad. Alguien tan joven y que parecía derrochar carisma, elegancia y poder a cada paso que daba. No era el típico noble con el que estaba acostumbrado a tratar, y aquello sin duda le gustaba en demasía. Extraño, joven y con un aura casi intimidante. Zsa apreció encogerse sobre si misma en cuanto aquella figura se acercó, mas Cezar lo único que hizo fue alzar su barbilla mientras él se inclinaba. Parecía hincharse de puro orgullo, sin embargo procedió a realizar también, por mera cortesía, una inclinación hacia su huésped.

-Lord Dalca.. - su cabeza se inclinó unos segundos para luego volver a estirarse cuan largo era. Podía mirarle a la altura de sus ojos, Dragos era tan alto como él, o casi, quizá un par de centímetros más bajo, no lo sabía con exactitud. -Coincido con vos. Me alegra poder poner un rostro a su persona, tras tantos meses.. - la comisura de sus labios se torció en una ligera sonrisa ante sus siguientes palabras. Estaba claro que Dragos no sabía donde había ido a meterse. Él esperaba un buen trato, algo que todo Lord merecía, y por supuesto, eso era lo que Cezar iba a darle.. sin embargo, no pensaba dejar de lado tampoco sus costumbres, ni juegos. Algo que realizaba día a día, en sus banquetes y cenas, algo que para él era tan sencillo y vital como respirar... Esperaba que Dragos no lo entendiera. Nada de lo que iba a ver en aquel castillo, o de lo que sucedía, era bien visto en la sociedad, ni ética ni moralmente. Sin embargo, aquel castillo era suyo, era su reino y ahí su ley mandaba más que nada. Y no tenía porqué cambiar sus costumbres por un invitado. Por supuesto iba a tratarle con total respeto, pero esperaba que sus prácticas le asustaran lo suficiente como para que accediera a confirmar los tratos que llevaban tanto tiempo estancados en una negativa.

-Sin duda, podéis contar con ello, Lord.. Agradezco vuestros elogios, aunque tengo que decir que usted no se queda corto.. Viaja en una autentica maravilla digna del mejor monarca.. - señaló el carruaje unos segundos para finalmente, ladearse. -Por favor, venid conmigo... Tengo mucho que mostraros y os quedáis muy pocos días, para mi gusto... espero que con un poco de insistencia por mi parte, accedáis a quedaros una temporada más larga de lo estipulada.. - se giró y comenzó a subir la escalinata de piedra que conducía a la labrada puerta principal.
Dentro, en la recepción del castillo se hallaban varios criados más, a la espera de recibirlos y dispuestos a llevar el equipaje del invitado. -Por favor, siéntase libre de explorar cada habitación como si estuviera en su casa... nada me gustaría más de que se sintiera cómodo..-alegó caminando por la estancia, decorada allá donde uno mirase con cuatros y esculturas de diferentes imperios. La idea de que explorase cuanto quisiera le gustaba, pues no pensaba perder de vista a su invitado y quería contemplar cada una de sus reacciones cuando descubriera todo lo que aquellos muros escondían. -¿Ha tenido un viaje agradable? Tengo entendido de que son muchas horas y seguramente estará ansiosos por descansar...




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Re: Bloody lords[+18]

Mensaje por Hatshepsut el Mar 24 Mayo - 13:08

Chapter 01

Durante los meses en lo que estuvo intercambiando misivas con Cezar Razvan -y aún cuando estas solo trataban temas diplomáticos-, Dragos había podido hacerse una idea general de su carácter: saltaba a la vista que era una persona que sabía muy bien cómo hablar, que medía sus palabras para conseguir aquello que quería, sonando autoritario pero no demasiado exigente. Era una figura acostumbrada al poder y al mandato, exactamente como Lord Dalca, pero que emanaba una sutilidad que se transformaba en un aura casi misteriosa. Muchas veces, al leer sus letras, Dragos había tenido la sospecha de que Cezar estaba ocultando algo, tal era su secreto magnetismo. El señor de Transilvania podía imaginar que aquella clase de personalidad, tan enigmática y atrayente, funcionaba como una trampa para cualquiera: la gente debía caer rendida ante el encanto de Lord Razvan del mismo modo en el que las polillas se rendían a la luz de una vela, y también ante su belleza, algo de lo que Dragos no había podido ser testigo hasta el momento. Pese a todo, el transilvano no era un cualquiera, no era uno más de aquél montón de los nobles venidos a nada que poblaban el territorio del norte europeo y que estaban desesperados por mostrar su opulencia. Él procedía de un antiguo linaje: compartía sangre con los héroes que habían conquistado aquellas tierras de nieve y frío hacía incontables generaciones. Cezar Razvan tendía que trabajar muy duro si quería sellar una alianza territorial, demostrarle que se merecía su favor y que tenía algo que ofrecer.

Cuando los dos señores comenzaron a subir la escalinata, dejando atrás la carroza tallada, los subordinados de Dalca comenzaron a moverse siguiendo las indicaciones: los dos soldados debían dejar los caballos y seguir a su señor en todo momento, si bien manteniéndose a una distancia considerable para no escuchar las conversaciones que pudiera mantener con el anfitrión de la casa. Sus monturas, así como el resto de los caballos, quedaban al cuidado del cochero, que se encargaría de llevarlos hasta el establo del palacio y de hablar con los mozos de Cezar para que custodiaran apropiadamente la carroza. Como las maletas habían sido cargadas por los trabajadores de lord Razvan, los tres sirvientes que aún permanecían en el coche se habían librado de la tarea que suponía cargar los pesados bultos hasta la habitación que le habían asignado, pero aún así tendrían que encargarse de organizar su ropa. Y Dragos esperaba que tuvieran especial cuidado con las prendas, pues si hallaba en ellas una sola arruga se encargaría de castigar a los culpables.

Veo que compartimos el gusto por la belleza –declaró Dragos una vez hubo entrado en el impresionante vestíbulo del palacio. Le bastó una mirada a las paredes cubiertas de lienzos y a los suelos enfundados en lujosas alfombras para saber que había una gran riqueza invertida en la decoración del lugar. A Cezar, pues, no le importaba gastar e invertir en la ostentación y el ornamento: satisfacía sus caprichos estéticos con piezas exclusivas, antiguas y extranjeras. Lord Dalca debía admitir -aunque fuera para si mismo y a regañadientes- que el lujo que destilaba cada palmo de la estancia no tenía nada que envidiarle a su propia fortaleza de Transilvania–. Tenéis una maravillosa y nutrida colección aquí –el huésped hizo un gesto con las manos, abarcando todo lo que había en el recibidor... incluidos los sirvientes de Razvan. Ellos también parecían formar parte de aquella colección plagada de belleza, pues todos los criados eran, a su propia manera, indudablemente hermosos. Costaba pensar que aquellos individuos de armoniosas facciones habíans ido escogidos al azar. No; sin duda, Cezar los había seleccionado expresamente. No debía tolear la fealdad, ni siquiera en su plantilla de subodrinados. La situación se volvía interesante por momentos–.Oh, agradezco vuestro interés –Dragos cesó en su contemplación artística y se volvió hacia Cezar cuando este le preguntó respecto al viaje–, pero lo cierto es que he tenido la oportunidad de descansar en el coche. Y no debe subestimar a los transilvanos, tenemos más energía de la que podría pensarse –el lord sonrió con socarronería, bromeando, y luego negó con la cabeza–. Aunque lo cierto es que me gustaría conocer mi habitación y adecentarme un poco –sonrió de nuevo, alisándose el chaleco una vez más. Sentía la necesidad de lavarse para deshacerse del polvo del camino y de ponerse algo que le hiciera justicia a la situación–. Me encantará explorar vuestro magnífico palacio después, tengo entendido que la biblioteca que habéis construido aquí es famosa por sus volúmenes antiguos. ¿Gustáis de coleccionarlos? –Dragos alzó una ceja, inquisitivo y curioso al mismo tiempo, pero en aquella ocasión no contuvo su interés y le dedicó una mirada fugaz a la muchacha que acompañaba a Cezar. Su piel oscura era, sin lugar a dudas, lo más exótico que había visto en muchos meses; hacía tiempo que no había tenido la oportunidad de contemplar a un extranjero de tierras tan lejanas, y que además gozara de tan deslumbrante apariencia. La muchacha era una joya que, a juzgar por el lugar que ocupaba junto al señor de las tierras, tenía un gran valor para este. La mente de Dragos comenzó a especular sin discreción alguna: ¿sería una pupila o la utilizaría de concubina para saciar aquellas evidentes ansias de belleza?




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Re: Bloody lords[+18]

Mensaje por Tardis_In_Blue el Mar 24 Mayo - 21:10

Chapter 01

-Creo que no hay nada mejor que cultivar la belleza y tratar de explorarla en todo su esplendor...-comentó mientras caminaba despacio por aquellas marroquíes moquetas que ahogaban sus pasos, haciendo que tan solo se oyera el murmullo de sus voces. Por un momento, Cezar caminó por delante pero al cabo de unos segundos se percató de que de esa manera se mostraba muy superior a su invitado, y esa no era la idea que más le gustaba. Además de que si iba delante no podía contemplar las expresiones de su rostro al contemplar el castillo, y por nada del mundo quería perderse esas expresiones que aumentaban su ego. -Aunque sea de esta manera.. - se acercó a una de las esculturas que estaba expuesta, una magnifica representación del cuerpo masculino detallado hasta el milímetro en una pose que representaba a partes iguales el dolor y el placer de la contorsión. Sus músculos marcados no parecían esculpidos en piedra, sino que realmente parecía que al segundo siguiente fueran a tensarse y destensarse como carne auténtica y piel estirándose. Siempre que contemplaba aquella deliciosa escultura se quedaba prendado de ella y no podía evitar alargar la mano para pasar los dedos por aquellos detallados músculos de las piernas. -A veces me parece mentira que el ser humano sea capaz de crear algo tan bello... - susurró en una voz tan suave que parecía que hablase casi para sí mismo.

-Espero que todo lo que encuentre aquí le sorprenda tanto como esto.. hay muchas cosas que no todos comprenden.. - se volteó sobre sus talones para volver a mirar a su invitado y avanzó despacio hasta quedarse a un par de escasos metros, contemplando en silencio el rostro del joven Conde. No era lo que esperaba, sin duda. A decir verdad había sido una grata sorpresa encontrarse con alguien que se acercaba (si es que no le igualaba) en edad y que era capaz de comprender y entender la belleza de las cosas con tan solo una mirada. Muchos miraban, veían, pero no sabían comprender. Sin embargo, por como miraba Dragor a Zsa, que permanecía siempre a un metro y medio de distancia de Cezar, cabía comprender que él sabía apreciar la autentica belleza de algo tan solo con una sola mirada. Interesante. Lo que realmente aumentaba aquel juego que el conde comenzaba a maquinar en su cabeza. -Estoy seguro de que tenéis más energía y aguante del que os veo. No creáis que os subestimo.. No he tenido el placer de poder conocer a ningún transilvano antes que vos... - Cezar arrastraba las palabras lentamente, con un deje de diversión enfatizando cada una de sus palabras. No le gustaba hablar con rapidez y prefería usar las palabras adecuadas a la hora de entablar conversación con alguien de aquella posición social. Nunca sabía a quien podías ofender con una mala palabra, así que el húngaro sopesaba mucho cada palabra que salía de sus labios. -Y estoy seguro de que sois una caja de sorpresas...- le dedicó una sonrisa algo socarrona, casi provocadora. Un reto en toda regla. Desde luego, iba a disfrutar mucho descubriendo cómo vivía, pensaba y sentía aquel hombre de facciones dignas de la realeza.

-Podéis disponer de la habitación que más os guste... No he predispuesto ninguna por temor a que no os gustase la habitación que escogía.. así que os invito a buscar la que más os complazca.. -
señaló la escalinata recubierta de una alfombra tan roja y densa como la sangre que ascendía para luego bifurcarse en dos escaleras que se separaban y cambiaban de dirección. El auténtico juego de aquello eran todos los secretos que las habitaciones escondían en su interior. Ninguna era igual a la anterior, todas poseían una decoración diferente, un ambiente y unos criados que no se hallaban en el resto. Pero lo divertido de aquello empezaba cuando caía la noche, aunque por desgracia para ello aún faltaban varias horas. - Colecciono todo aquello que enamora mis ojos y mi corazón, Lord Dalca... Todo aquello que por ahora puedo tener está aquí... Y los libros son un tesoro que no mucha gente es capaz de apreciar... Aunque por desgracia todavía me quedan muchos volúmenes por encontrar... pero hay tiempo para eso.. - giró el rostro de medio lado para contemplarle conforme subían por la escalera. Aquello sin duda era un espectáculo a su ego, lo sabía y poco le importaba. Siempre había sido así en realidad y pocos y nadie se habían atrevido a juzgarle.

El piso al que llegaron era un intrincado laberinto de anchos pasillos, también ricamente decorados con moquetas y tapices que tapaban los fríos muros. Se percató de que sus ojos se desviaban más de lo normal hacia Zsa lo cual no le sorprendió. Era una joven esplendida, con un cuerpo fino uy de aspecto frágil que había cautivado a Cezar años atrás cuando visitó sus tierras. Aquel cuerpo pedía casi a gritos unas manos que lo arañasen y que lo apretujasen, del mismo modo que aquel cuello alargado y teñido de aquel tentador negro suplicaba unos dedos que se cerrasen en torno a su garganta hasta expirar el último suspiro. Incontables eran las veces que aquella joven se había sometido a su señor y sin embargo su mirada no se había enturbiado y seguía observándole con admiración. Sin embargo, en aquel momento, quería contemplar si cautivaba a Lord Dalca del mismo modo que le había cautivado a él. -Zsa... asegúrate de que nuestro huésped encuentra unas estancias de su agrado.. - pasó por delante del conde antes de volver a dirigirse hacia las escaleras. -Si me disculpa, tengo que acabar de resolver unos asuntos.. Espero poder verle en la biblioteca cuando haya terminado.. - le dedicó de nuevo una sonrisa algo burlesca y esta vez le examinó de arriba a abajo, contemplando aquellas opulentas vestimentas. Cezar se preguntó qué clase de cuerpo escondería debajo de aquel bordado chaleco, si se asemejaría a aquellos músculos de piedra o si la piel sería tan suave como el mármol.




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Re: Bloody lords[+18]

Mensaje por Hatshepsut el Miér 25 Mayo - 0:37

Chapter 01

Dragos subió junto a su anfitrión por aquellas escaleras cubiertas de rojo, un rojo que creaba la ilusión de que cada peldaño era un pequeño salto de sangre que se derramaba hacia abajo. La mullida superficie amortiguaba el sonido de sus pasos, por lo que el único sonido que interrumpía el silencio era la profunda voz de Cezar, que parecía hacer vibrar el aire a su alrededor. El transilvano lo contempló mientras ascendía, fijándose sin poder evitarlo en la elegancia que destilaba con cada movimiento. Aún después de haberle visto la cara, Dragos continuaba teniendo la impresión de que el otro le ocultaba algo. Eso no quería decir que le estuviera escondiendo algo concreto, sino que su aura de misterio se intensificaba al tenerle tan ceca, a poco más de un metro. La presencia del húngaro tenía algo intimidante, pero lord Dalca necesitaba mucho más que aquello para amedrantarse y dar un paso atrás. En realidad, lo que le ocurría era todo lo contrario: las personas misteriosas atraían su atención del mismo modo en el que lo hacía una obra de arte, pues si bien aborrecía lo mundano y lo corriente, admiraba aquellas cosas que la naturaleza había hecho distintas y especiales. Tenía la impresión de que Cezar era una de aquellas cosas excepcionales; solo pudo esperar que aquella sospecha fuera cierta y que el húngaro no le causara una decepción, sobre todo después de que le hubiera prometido sorpresas. Dragos detestaba que lo decepcionaran.

Oh, pero la magia de las colecciones es precisamente esa –apuntó Dragos después de que su anfitrión mencionara los volúmenes que aún no tenía en posesión–. Cuando una colección está completa, cuando no puede dar nada más de si, deja de ser interesante. El reto ha terminado, es una cosa más –él mismo había iniciado varias colecciones desde que estas comenzaran a ponerse de moda en varios reinos de toda Europa, lo cual había favorecido el comercio de muchas piezas valiosas ya fuera a nivel artístico, cultural o histórico. La última obra que añadió a su colección había descendido por el Nilo, había navegado el mar Mediterráneo y había cruzado todo el norte del continente antes de llegar a sus manos: un relieve procedente del templo de Karnak, nada menos. Tuvo que ofrecer una gran suma por la pieza, pero en cuanto tuvo la oportunidad de poner las manos sobre aquella roca, cubierta de arena del desierto y modelada para exhibir a las antiguas deidades egipcias, supo que había valido la pena.

La distribución del palacio resultaba tan enigmática como su dueño: Dragos dejó que su vista se desplegara hasta el final del largo y amplio corredor al que lo condujo Cezar, sorprendido por la cantidad de puertas que desembocaban en él. Sin duda alguna, la construcción era incluso más grande de lo que parecía desde fuera, y eso no era decir poco. Además, cada rincón exhibía la misma belleza y el mismo gusto que se mostraba en el recibidor. Lord Razvan le había dado la oportunidad de escoger la habitación que más le gustara -algo realmente insólito pero bastante divertido, tenía que admitir-, y ardía en deseos de explorar las posibilidades que le ofrecía aquél pasillo lleno de puertas. Durante un momento llegó a preguntarse si las dependencias de Cezar estaban también en aquella zona, pero finalmente lo consideró poco probable dada su enigmática actitud. Después de ser testigo de su ideal estético, Dragos no tenía ninguna duda de que la habitación del húngaro estaría repleta de tesoros, lujos  y maravillas de todo tipo; aquél pensamiento azuzó su curiosidad, pero su orgullo y su decoro le impidieron pronunciar una sola pregunta al respeto.

Quedáis disculpado –Dragos curvó los labios en una cordial sonrisa cuando su anfitrión se disculpó alegando tener unos asuntos de los que ocuparse. Por supuesto, el transilvano no pasó por alto el gesto burlón de Cezar, pero lejos de resultarle ofensivo lo encontró interesante. Acababa de poner los pies en el palacio y su propietario ya parecía empeñado en subrayar la autoridad que poseía en aquellas tierras, si bien lo hacía con una sutilidad que llegaba a antojársele encantadora–. Especialmente si me dejáis con tan grata compañía –añadió finalmente, y se despidió del conde con una nueva inclinación de cabeza.  

Cuando se quedó solo con la muchacha que Cezar había llamado Zsa, Dragos dejó escapar un suspiro y volvió a contemplarla: su piel de ébano era realmente llamativa, sobre todo al estar bañada por la luz que se arrojaba desde las ventanas del corredor. Cada uno de los rasgos que definían su rostro parecían haber sido moldeados por la experta mano de un artista. Era indudablemente hermosa, de apariencia delicada pero salvaje al mismo tiempo. Resultaba natural que el húngaro buscara su compañía teniendo en cuenta el placer estético que ofrecía. Cezar lo envidiaba en cierto grado, pues él nunca había tenido una piel tan oscura a su alcance y continuaba planteándose algunas dudas respecto a ella: ¿Amorataba con la misma facilidad que una piel blanca? ¿Enrojecía al ser arañada? ¿Contrastaba igualmente con el rojo de la sangre?

Lo cierto es que me siento algo indiscreto teniendo que buscar una habitación entre todas estas puertas –dijo Dragos, aunque no miró a Zsa mientras hablaba; por muy bella que fuera, continuaba siendo una sirvienta–. Tu señor es un hombre bastante peculiar... aunque supongo que tú ya lo sabrás muy bien –añadió sin molestarse en ocultar el doble sentido en sus palabras.

Sin decir nada más o esperar una respuesta por parte de Zsa, que al parecer sabía perfectamente cómo debía comportarse ante alguien de un rango muy superior, Dragos comenzó a caminar por el pasillo. Extendió una de sus manos y acarició con ella la pintura estampada y los tapices que cubrían la pared, así como la madera de algunas puertas que pasó de largo. Finalmente, se detuvo frente a una de ellas y la abrió sin titubeos. Al otro lado encontró una habitación que bien podría ser digna de un príncipe, decorada con mármoles y sedas azules. Era ciertamente elegante, pero el transilvano tenía claro que no iba a quedarse con la primera opción y que prefería jugar un poco más a aquél juego de las puertas, por lo que volvió a cerrar para seguir buscando una habitación que consiguiera impresionarlo de verdad.

Pasado un rato, Dragos había explorado más de ocho habitaciones, todas ellas decoradas en un estilo distinto, rico y minuciosamente detallado. Sin embargo, fue la novena puerta la que guardaba la estancia que se convertiría en su habitación, al menos durante una semana. Lo supo en cuanto pudo echar un vistazo al interior, que desveló un sobrio pero magnífico entorno medieval. El centro estaba ocupado por un enorme lecho con dosel, y las paredes rebelaban el entrincado dibujo de una enredadera que parecía crecer en los suelos de madera antes de elevarse hasta el techo abovedado, del que colgaban un par de robustas lámparas de acero forjado. Había candelabros en casi todos los rincones, algo que Dragos apreció dado su gusto por la tenue luz que producían las velas. El mobiliario, compuesto por diversas piezas talladas en madera noble, también mezclaban el lujo y la sobriedad en una armonía perfecta. Los suelos estaban cubiertos por pieles, y las ventanas protegían la privacidad del posible huésped con gruesas cortinas de terciopelo rojo. Además, Dragos pudo distinguir sendas espadas de brillante acero colgadas en la pared que quedaba justo encima de una impresionante chimenea de piedra que supuso ideal para las frías noches del invierno.

Me quedaré con esta, sin lugar a dudas –comunicó, decidido. Luego dio los primeros pasos por la habitación para aproximarse a uno de los ventanales y disfrutar de la vista que se extendía más allá del cristal. Tras unos segundos de contemplación, se volvió hacia Zsa y le dedicó una sonrisa–. Tendrás que comunicárselo a mis sirvientes, que supongo que estarán en las cocinas o en las caballerizas, instalando a los caballos.

La bella muchacha asintió en un gesto obediente, algo que complació infinitamente a Dragos.

Por supuesto, mi señor –respondió servilmente. Su voz era casi tan exótica como su aspecto, pues contenía el deje de un acento que evocaba tierras lejanas e indómitas que el transilvano deseó conocer.

Dragos volvió a observarla con interés y curiosidad, y ella permaneció quieta, en silencio, sin devolverle la mirada (algo que habría estado muy mal).

Debes proceder de muy lejos –aventuró el transilvano al mismo tiempo que se alejaba de la ventana para aproximarse a ella con una serie de pasos lentos pero decididos–. Apuesto a que añoras tu hogar... pero no pareces infeliz, lo cual me lleva a deducir que te tratan bien en esta casa –Dragos sonrió una vez más, aunque su gesto fue bastante ladino en esta ocasión. Terminó de recorrer la distancia que lo separaba de la muchacha y se detuvo justo a su lado. Se percató de que le sacaba casi una cabeza, por lo que tuvo que inclinarse para alcanzar su oreja y susurrarle–: ¿Se encarga Cezar en persona de que te sientas bien, Zsa? –sus palabras estaban cargadas de insinuación, pero aún así las pronunció como si estuviera hablando de cualquier cosa irrelevante. Ensanchó su sonrisa, arrojando algo de aliento sobre el cuello de la sirvienta, y disfrutó de la satisfacción que supuso que a ella se le erizara la piel de los hombros. Prolongó aquella cercanía durante un instante más, pero luego se apartó y se alejó sin más–. Necesito mi equipaje ahora –pidió, adoptando un aire de indiferencia que nada tenía que ver con el modo en el que se había comportado hacía solo unos segundos. Ni siquiera volvió a mirar a la muchacha cuando esta abandonó la habitación para cumplir sus deseos... como todo el mundo hacía.




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