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Road to nowhere.
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Road to nowhere.
Road to Nowhere
Smoke gets in your eyes
Esos dos hombres eran la viva prueba: Más vale mal conocido que bien por conocer. Sus superiores directos estimaron oportuno que volviesen a formar equipo al ver las repercusiones que tuvo la separación del dúo dinámico. No solo el ratio de éxito sufrió algún que otro vaivén, sino que los nuevos compañeros de cada cual no acabaron bien parados; repentinas renuncias, alguna que otra crisis nerviosa por quien tuvo que aguantar a B y, en resumen, una serie de catastróficas desdichas que harían bien en no ser narradas.
Men in Black, aquel grupo que se dedica a proteger a la humanidad de los alienígenas y a estos de grupos de paletos intransigentes, está en jaque. No se conoce la fuente concreta del ataque, las únicas posibilidades que se barajan es que hay traidores entre las filas de agentes. Aunque claro, quizá no sea tan importante como la traición que A cometió al pedir que lo reasignasen tiempo atrás, condenando a quien a día de hoy sigue siendo su pareja a soportar a novatos insufribles.
Men in Black, aquel grupo que se dedica a proteger a la humanidad de los alienígenas y a estos de grupos de paletos intransigentes, está en jaque. No se conoce la fuente concreta del ataque, las únicas posibilidades que se barajan es que hay traidores entre las filas de agentes. Aunque claro, quizá no sea tan importante como la traición que A cometió al pedir que lo reasignasen tiempo atrás, condenando a quien a día de hoy sigue siendo su pareja a soportar a novatos insufribles.
Arno "A" Dreschner Jason Isaacs • Volko | ![]() |
![]() | Barrett "B" Dimmock James Spader • The Doctor |
Men in Black • Películas • 1x1
phoenix ⚓
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Re: Road to nowhere.
they trained us
so we could be invisible
"Si son tan amables de mirar hacia este punto de luz..."
Una mancha más en una escena cuyo caos se resolvía minuto a minuto. Estático junto a su compañero, hacía frente sin mucho entusiasmo a un pelotón de personas con miradas vacías, perdidas. Sus memorias acababan de ser trastornadas por el neuralizador de B. Años atrás habría peleado por el honor de ser el que impusiera una de esas falsas realidades, pero el paso del tiempo había aborrecido las intenciones y empobrecido la imaginación de A. Por el contrario, B hacía justicia a su extravagancia con una creatividad casi prodigiosa.
Tenía algo mejor en mente, algo por lo que realmente merecía la pena pelear contra ese hombre de reluciente casi-calva y trepidante inventiva. Algo por lo que había cedido el honor a B para hacer uso del juguete de luz roja. A dirigió la mirada al Cadillac negro aparcado en la acera y empujó con el dedo índice el puente de las gafas de sol negras una vez su compañero hubo realizado su cometido y la patrulla pertinente hubiera conducido el detenido a las oficinas. Un dolduniano que pretendía reproducirse sin licencia mediante las esporas de su trompa luminosa no era excusa para la batallita privada del dúo dinámico. Sin mediar palabra, tomó posición.
—No te equivoques, compañero. —Alzó la mano para que le fueran lanzadas las llaves—. Esta vez yo conduzco.
Aquella no era una oferta, tampoco algo que pudiera ser rebatido. No era un debate, sino una orden. Capitanear la pareja tenía sus ventajas; pero a menudo unas que el otro trajeado se pasaba por donde quería con el as en la manga de conocer demasiado. En todos los sentidos. De él, de conducir, de todo. Sabelotodo empedernido, solía llamarlo para sus adentros A, prácticamente cada vez que B se salía con la suya. Y él, como un imbécil, se lo permitía sin que nadie les ocupara alguna atención. Desnudos de características relevantes, uniformados con trajes negros corrientes,... nadie los recordaría nunca.
Hombres de negro. Diseñados para ser invisibles.
—Y te invito a tomar un café —trató de hacer presión, A.
Una mancha más en una escena cuyo caos se resolvía minuto a minuto. Estático junto a su compañero, hacía frente sin mucho entusiasmo a un pelotón de personas con miradas vacías, perdidas. Sus memorias acababan de ser trastornadas por el neuralizador de B. Años atrás habría peleado por el honor de ser el que impusiera una de esas falsas realidades, pero el paso del tiempo había aborrecido las intenciones y empobrecido la imaginación de A. Por el contrario, B hacía justicia a su extravagancia con una creatividad casi prodigiosa.
Tenía algo mejor en mente, algo por lo que realmente merecía la pena pelear contra ese hombre de reluciente casi-calva y trepidante inventiva. Algo por lo que había cedido el honor a B para hacer uso del juguete de luz roja. A dirigió la mirada al Cadillac negro aparcado en la acera y empujó con el dedo índice el puente de las gafas de sol negras una vez su compañero hubo realizado su cometido y la patrulla pertinente hubiera conducido el detenido a las oficinas. Un dolduniano que pretendía reproducirse sin licencia mediante las esporas de su trompa luminosa no era excusa para la batallita privada del dúo dinámico. Sin mediar palabra, tomó posición.
—No te equivoques, compañero. —Alzó la mano para que le fueran lanzadas las llaves—. Esta vez yo conduzco.
Aquella no era una oferta, tampoco algo que pudiera ser rebatido. No era un debate, sino una orden. Capitanear la pareja tenía sus ventajas; pero a menudo unas que el otro trajeado se pasaba por donde quería con el as en la manga de conocer demasiado. En todos los sentidos. De él, de conducir, de todo. Sabelotodo empedernido, solía llamarlo para sus adentros A, prácticamente cada vez que B se salía con la suya. Y él, como un imbécil, se lo permitía sin que nadie les ocupara alguna atención. Desnudos de características relevantes, uniformados con trajes negros corrientes,... nadie los recordaría nunca.
Hombres de negro. Diseñados para ser invisibles.
—Y te invito a tomar un café —trató de hacer presión, A.
Con b • tras neutralizar un dolduniano
phoenix ⚓
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Re: Road to nowhere.
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Deslumbró al desorientado gentío con una pequeña historia sobre los hechos allí acontecidos y, ni corto ni perezoso, se tomó la libertad de comparar aquello con el desastre derivado de la famosa adaptación para radio de La guerra de los mundos. Increíbles efectos los de la histeria generalizada. Bien pudo limitarse a achacar los resultados de una misión a una desafortunada fuga de gas -como hacía casi todo el mundo-, pero no se habría perdonado jamás el caer en semejante tópico por pura desidia. De haber hecho eso se habría parecido remotamente al agente U, quien no era más que un inútil redomado que lo sacaba de sus casillas con tan solo respirar el mismo aire que él.
—Ingeniosa forma de darme a conocer la fecha de hoy. Así que estamos a día uno de abril, bueno saberlo. —Lejos quedaba "April Fools' Day", lo que no privó al agente de justificar el comportamiento del contrario achacándolo a infantiles intentos de gastarle una broma.—. Creí que a estas alturas te habrías dado por vencido.
Extrajo las llaves y las alzó, mostrándoselas en busca de enervarlo aunque solo fuese un ápice. El que ostentasen un puesto ligado a una gran responsabilidad no debía negarles el divertirse, ¿Verdad? Qué aburrido sería todo de darse ese hipotético caso en el cual las bromas y demás placeres quedasen relegados a una posición secundaria.
A pocos segundos estuvo de activar el pequeño botón del mando a distancia anexo a las llaves, sentarse en el asiento reservado al conductor y regalarle la más sardónica de las sonrisas. A punto, claro; el café desempeñó un papel decisivo a la hora de la decisión final. Chasqueó la lengua y le lanzó las llaves, arrepintiéndose de inmediato por ceder. —Más te vale que sea doble.
—Ingeniosa forma de darme a conocer la fecha de hoy. Así que estamos a día uno de abril, bueno saberlo. —Lejos quedaba "April Fools' Day", lo que no privó al agente de justificar el comportamiento del contrario achacándolo a infantiles intentos de gastarle una broma.—. Creí que a estas alturas te habrías dado por vencido.
Extrajo las llaves y las alzó, mostrándoselas en busca de enervarlo aunque solo fuese un ápice. El que ostentasen un puesto ligado a una gran responsabilidad no debía negarles el divertirse, ¿Verdad? Qué aburrido sería todo de darse ese hipotético caso en el cual las bromas y demás placeres quedasen relegados a una posición secundaria.
A pocos segundos estuvo de activar el pequeño botón del mando a distancia anexo a las llaves, sentarse en el asiento reservado al conductor y regalarle la más sardónica de las sonrisas. A punto, claro; el café desempeñó un papel decisivo a la hora de la decisión final. Chasqueó la lengua y le lanzó las llaves, arrepintiéndose de inmediato por ceder. —Más te vale que sea doble.
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Re: Road to nowhere.
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Sabía de sobras el apego que B le tenía a ese Cadillac de matrícula americana y chapa negra como sus atuendos. Y mentiría si dijera que eso era lo que lo llevaba a insistir con más ímpetu para que B cediera de a poco y acabaran repartiendo la carga de conducir de una forma más equitativa. No, francamente al agente A no le apasionaba el automovilismo, pero sí lo hacía el devolverle a B parte de las jugarretas que este le dedicaba a diario.
Y es que B no era compañero fácil, decían. Y con razón.
Cuando no gastaba bromas desdeñosas a alguien que tenía cruzado, gustaba de matar el tiempo usando su típica palabrería larga y rara que adormecía la mente de A, dejándole la sensación de ser estúpido en la boca del estómago. Pero más sabe el diablo por viejo que por diablo, y siendo el más alto ya algo entrado en edades sabía vestir expresión apática. Serena, a veces. Distraída, la mayor parte del tiempo. Cualquiera menos una que delatara que tardaba en seguirle el juego verbal.
—Vaya, vaya —murmuró cogiendo al vuelo las llaves en un alarde de agilidad física mezclada con total pasión por el baseball—. ¿Sin quejas ni mal humor, B? —bromeó A, dibujando una media sonrisa por debajo de la nariz mientras desbloqueaba el seguro del coche y retrasaba su ingreso en él por pura fanfarronería. Finalmente, encajando un par de miradas de odio, ambos se acomodaron dentro. Y en la intimidad, mientras ajustaba los parámetros del coche a su tamaño, siguió—. Llego a saber antes que ese nuevo colchón de látex iba a tener ese efecto en ti y lo habría comprado años atrás.
A sus edades, un colchón nuevo sí hacía la diferencia. No existía nada peor que despertar con dolor de espalda.
—No te enfades, no eres el único que sabe hacer bromas —masculló arrancando el vehículo y desestacionando para darse a la carretera. Se detuvo en un semáforo y lo miró, subiéndose las gafas de sol a la cabeza—. ¿Quieres rellenar el informe antes de que se te olvide la milonga que les has contado esta vez? —A sabía que B tenía buena memoria, pero también le gustaba evidenciar su desacorde a saltarse la expresa recomendación de 'No sobrecargar las historias de suplantación de sucesos'.
Y es que B no era compañero fácil, decían. Y con razón.
Cuando no gastaba bromas desdeñosas a alguien que tenía cruzado, gustaba de matar el tiempo usando su típica palabrería larga y rara que adormecía la mente de A, dejándole la sensación de ser estúpido en la boca del estómago. Pero más sabe el diablo por viejo que por diablo, y siendo el más alto ya algo entrado en edades sabía vestir expresión apática. Serena, a veces. Distraída, la mayor parte del tiempo. Cualquiera menos una que delatara que tardaba en seguirle el juego verbal.
—Vaya, vaya —murmuró cogiendo al vuelo las llaves en un alarde de agilidad física mezclada con total pasión por el baseball—. ¿Sin quejas ni mal humor, B? —bromeó A, dibujando una media sonrisa por debajo de la nariz mientras desbloqueaba el seguro del coche y retrasaba su ingreso en él por pura fanfarronería. Finalmente, encajando un par de miradas de odio, ambos se acomodaron dentro. Y en la intimidad, mientras ajustaba los parámetros del coche a su tamaño, siguió—. Llego a saber antes que ese nuevo colchón de látex iba a tener ese efecto en ti y lo habría comprado años atrás.
A sus edades, un colchón nuevo sí hacía la diferencia. No existía nada peor que despertar con dolor de espalda.
—No te enfades, no eres el único que sabe hacer bromas —masculló arrancando el vehículo y desestacionando para darse a la carretera. Se detuvo en un semáforo y lo miró, subiéndose las gafas de sol a la cabeza—. ¿Quieres rellenar el informe antes de que se te olvide la milonga que les has contado esta vez? —A sabía que B tenía buena memoria, pero también le gustaba evidenciar su desacorde a saltarse la expresa recomendación de 'No sobrecargar las historias de suplantación de sucesos'.
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Re: Road to nowhere.
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B era un tipo de gustos sencillos entre los que cabía mencionar la buena literatura, todo lo que tuviese que ver con el género sci-fi y su coche. Tanto quería al automóvil que lo cuidaba como si se tratase de un hijo, dedicando sus ratos libres a revisarlo y asegurarse de la integridad de todas sus piezas. Si encontraba un simple rayón en una de las puertas, el alma se le caía a los pies y no respondía; más le valía al culpable buscar refugio que lo protegiese de él.
B usualmente sonreía al saber los efectos que la mueca tenía en otras personas: Irritaba. Y no porque fuese feliz, sino porque dolía en el orgullo ver al capullo al que insultabas con tanto ímpetu reírse en tu cara y tomarse las cosas con inquietante calma. Pero claro, todo lo que involucrase a su amado coche adquiría tintes sangrientos con dolorosos matices. No convenía enfadar a B por el mismo motivo que uno no se lanzaría de cabeza al tanque de los cocodrilos si no contempla el suicidio.
—No subestimes lo mucho que amo el café. —Se calló su opinión respecto a la deliberada parsimonia mostrada por A, todo el mundo podía jugar a eso. Mas no en ese precioso instante, no; devolvería la jugada una vez pasado algún tiempo. You play, you pay.
Así que el colchón, ¿Eh? Una suave risa emergió de su garganta. Si bien su compañero no hablaba demasiado, cuando lo hacía valía la pena tomarse unos segundos para escucharlo. —Creo notar los efectos. Sí. Hasta pareces gracioso, le recomendaré el colchón a nuestra jefa. —O no le caía muy mal después de todo.
—Te cedo el honor de hacerlo a ti, ardo en deseos de leerlo y aprender muchísimo más sobre fugas de gas. Te sorprenderías de todas las que hay últimamente, A. —Ahí iba de nuevo, cargando contra todo mientras contemplaba el sobrio aspecto de la ciudad a través del excesivamente limpio cristal.
B usualmente sonreía al saber los efectos que la mueca tenía en otras personas: Irritaba. Y no porque fuese feliz, sino porque dolía en el orgullo ver al capullo al que insultabas con tanto ímpetu reírse en tu cara y tomarse las cosas con inquietante calma. Pero claro, todo lo que involucrase a su amado coche adquiría tintes sangrientos con dolorosos matices. No convenía enfadar a B por el mismo motivo que uno no se lanzaría de cabeza al tanque de los cocodrilos si no contempla el suicidio.
—No subestimes lo mucho que amo el café. —Se calló su opinión respecto a la deliberada parsimonia mostrada por A, todo el mundo podía jugar a eso. Mas no en ese precioso instante, no; devolvería la jugada una vez pasado algún tiempo. You play, you pay.
Así que el colchón, ¿Eh? Una suave risa emergió de su garganta. Si bien su compañero no hablaba demasiado, cuando lo hacía valía la pena tomarse unos segundos para escucharlo. —Creo notar los efectos. Sí. Hasta pareces gracioso, le recomendaré el colchón a nuestra jefa. —O no le caía muy mal después de todo.
—Te cedo el honor de hacerlo a ti, ardo en deseos de leerlo y aprender muchísimo más sobre fugas de gas. Te sorprenderías de todas las que hay últimamente, A. —Ahí iba de nuevo, cargando contra todo mientras contemplaba el sobrio aspecto de la ciudad a través del excesivamente limpio cristal.
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Re: Road to nowhere.
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A se dispuso a soltar otra broma, alegando que sí, que efectivamente B se trataba de un gran contenedor de amor. Uno que últimamente parecía rebosante del mismo. Pero, sabedor de que era otro de los temas tabúes entre ambos, calló para volver la vista al frente y pisar el acelerador cuando el semáforo dio luz verde.
—¿Acabas de insinuar que le caigo mal a la agente O o es cosa mía? —preguntó estirando el cuello para avistar el siguiente cruce. A fin de cuentas era un buen conductor, aunque B le encontrara pegas incluso al leve retardo con el que levantaba el pie del embrague. A veces le daban ganas de mandarlo a dormir con las pastillas de freno. Lo miró de reojo, volviendo a colocarse las gafas de sol sobre el puente de la nariz. Cuando las vestía se sentía cinco años más joven. A fin de cuentas, nada mejor para esconder las arrugas tempranas—. No creo oportuno recordarte a quién ascendió. —Pero lo acabo de hacer.
Chasqueó la lengua y, en otro semáforo (había muchos y con su mala suerte parecía cogerlos todos en rojo) aprovechó para llevar la mano al botón de encendido de la radio del coche. De ese modo quiso poner fin a la problemática y/o mofa sobre los recuerdos suplantados. El sonido de la música bramante lo distrajo.
Miró la radio de reojo, y de ahí saltó a B. Antes incluso de enfocarlo sabía que su cara iba a ser un poema. Por su lado, A, disimuló la sonrisa volviendo a mirar al frente sin hacer ningún comentario y apoyó el codo en la ventanilla cerrada. Sus ojos siguieron de forma distraída a dos viandantes jóvenes que cruzaron delante de ellos como si fuera un desfile privado. Ahorrándose los comentarios, volvió a arrancar suavemente el coche con una carcajada atorada en la garganta. A no reía a menudo, pero cuando lo hacía era a costa de otros. Y B ese día era blanco fácil.
—Cambia esa cara. ¿Prefieres el Marko's o La Colombe? —Amansó preguntando mientras golpeteaba el volante con el pulgar al ritmo de la música. ¿Qué? Le gustaba. Ambos garitos estaban regentados por gente que trabajaba para los MIB, por lo que su presencia no sería un problema ni levantaría comentarios. Aguantó unos segundos el pie en el freno, pese a ganarse un bocinazo. Hasta no tener la respuesta no elegiría si desviarse o no. A no era paciente, y odiaba dar rodeos innecesarios como si su tiempo valiera más que el de cualquier otro.
—¿Acabas de insinuar que le caigo mal a la agente O o es cosa mía? —preguntó estirando el cuello para avistar el siguiente cruce. A fin de cuentas era un buen conductor, aunque B le encontrara pegas incluso al leve retardo con el que levantaba el pie del embrague. A veces le daban ganas de mandarlo a dormir con las pastillas de freno. Lo miró de reojo, volviendo a colocarse las gafas de sol sobre el puente de la nariz. Cuando las vestía se sentía cinco años más joven. A fin de cuentas, nada mejor para esconder las arrugas tempranas—. No creo oportuno recordarte a quién ascendió. —Pero lo acabo de hacer.
Chasqueó la lengua y, en otro semáforo (había muchos y con su mala suerte parecía cogerlos todos en rojo) aprovechó para llevar la mano al botón de encendido de la radio del coche. De ese modo quiso poner fin a la problemática y/o mofa sobre los recuerdos suplantados. El sonido de la música bramante lo distrajo.
Miró la radio de reojo, y de ahí saltó a B. Antes incluso de enfocarlo sabía que su cara iba a ser un poema. Por su lado, A, disimuló la sonrisa volviendo a mirar al frente sin hacer ningún comentario y apoyó el codo en la ventanilla cerrada. Sus ojos siguieron de forma distraída a dos viandantes jóvenes que cruzaron delante de ellos como si fuera un desfile privado. Ahorrándose los comentarios, volvió a arrancar suavemente el coche con una carcajada atorada en la garganta. A no reía a menudo, pero cuando lo hacía era a costa de otros. Y B ese día era blanco fácil.
—Cambia esa cara. ¿Prefieres el Marko's o La Colombe? —Amansó preguntando mientras golpeteaba el volante con el pulgar al ritmo de la música. ¿Qué? Le gustaba. Ambos garitos estaban regentados por gente que trabajaba para los MIB, por lo que su presencia no sería un problema ni levantaría comentarios. Aguantó unos segundos el pie en el freno, pese a ganarse un bocinazo. Hasta no tener la respuesta no elegiría si desviarse o no. A no era paciente, y odiaba dar rodeos innecesarios como si su tiempo valiera más que el de cualquier otro.
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Re: Road to nowhere.
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Vigilaba los movimientos de A como si temiese que este se liase con el funcionamiento de la palanca de cambios y pasase directamente de cuarta marcha a primera. Bien sabía que A apreciaba su vida y esperaba que, por tanto, midiese cuidadosamente hasta la fuerza con la que apretase el botón del encendedor si estimaba oportuno usarlo. A la hora de la verdad -cosa que no admitiría ni con una pistola amartillada presionando contra su pecho- elegiría a Arno por encima de semejante obra de arte.
—Eso solo tuvo gracia las primeras cien veces. Espero que no lo grites en la cama. Es más, incluso prefiero que me llames "U". —De nuevo el tema del ascenso; a Barrett le daba soberanamente igual que hubiesen ascendido al moreno, ¡Bien por él! Para Dimmock un ascenso no significaba una mierda, y veía en las jerarquías el perfecto pretexto para arremeter contra los de abajo sin razón alguna. De ahí que no se llevase bien con figuras de autoridad o, al menos, con las que se creían los reyes del mundo.
Y tu padre, Dimmock. Ese capullo fue policía. ¿No te lo recordaba cada día? "¿A quién vas a llamar? ¿A la policía? Cierra la boca, gilipollas". Ese malnacido siempre sonreía ante sus propias palabras y mostraba sus amarillentos dientes patrocinados por sus cigarrillos favoritos.
Los extenuantes pensamientos de Barrett se vieron interrumpidos por una música que enseguida calificó como atronadora. Entreabrió la boca sin saber -por primera vez en mucho tiempo- qué diablos decir aparte de "has ultrajado mi radio". Se sobrepuso a la enrevesada situación como mejor pudo. —¿Desde cuándo Ella Fitzgerald tiene un tono de voz más molesto que tus ronquidos?
Se obligó a no comentar nada más sobre la abominable música y a poner buena cara; el café compensaría el daño que sus oídos fuesen a recibir durante lo que durase el trayecto. —La Colombe. —Eligió sin pensárselo dos veces dado que el bocinazo le crispó los nervios. Estaba muy tenso, perjudicado por el recuerdo de su padre que bien habría hecho en no salir a la superficie.
—Eso solo tuvo gracia las primeras cien veces. Espero que no lo grites en la cama. Es más, incluso prefiero que me llames "U". —De nuevo el tema del ascenso; a Barrett le daba soberanamente igual que hubiesen ascendido al moreno, ¡Bien por él! Para Dimmock un ascenso no significaba una mierda, y veía en las jerarquías el perfecto pretexto para arremeter contra los de abajo sin razón alguna. De ahí que no se llevase bien con figuras de autoridad o, al menos, con las que se creían los reyes del mundo.
Y tu padre, Dimmock. Ese capullo fue policía. ¿No te lo recordaba cada día? "¿A quién vas a llamar? ¿A la policía? Cierra la boca, gilipollas". Ese malnacido siempre sonreía ante sus propias palabras y mostraba sus amarillentos dientes patrocinados por sus cigarrillos favoritos.
Los extenuantes pensamientos de Barrett se vieron interrumpidos por una música que enseguida calificó como atronadora. Entreabrió la boca sin saber -por primera vez en mucho tiempo- qué diablos decir aparte de "has ultrajado mi radio". Se sobrepuso a la enrevesada situación como mejor pudo. —¿Desde cuándo Ella Fitzgerald tiene un tono de voz más molesto que tus ronquidos?
Se obligó a no comentar nada más sobre la abominable música y a poner buena cara; el café compensaría el daño que sus oídos fuesen a recibir durante lo que durase el trayecto. —La Colombe. —Eligió sin pensárselo dos veces dado que el bocinazo le crispó los nervios. Estaba muy tenso, perjudicado por el recuerdo de su padre que bien habría hecho en no salir a la superficie.
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Re: Road to nowhere.
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No me sorprendería llamarte U algún día. Desde luego guardáis un gran parecido, sobretodo en la melena. Calló A, sabiendo que era un error iniciar una batalla contra su compañero. Es lo que pasaba con B, uno siempre perdía.
—La Colombe será —respondió el moreno, asintiendo una única vez. Un segundo bocinazo caldeó el ambiente y A perdió los nervios un instante—. ¡Que ya te he oído, joder! —Fulminó al del coche de atrás con un vistazo por el retrovisor y acabó por dar velocidad de nuevo el Cadillac en una curva algo cerrada—. Y tú ten cuidado, están asfaltando la segunda avenida y habrá baches. No vayas a morderte la lengua, que podrías envenenarte —se quejó una vez más del carácter ácido de B.
El silencio momentáneo ocupó el coche mientras la música sonaba con fuerza. No era un silencio incómodo, era respetuoso. Con el paso del tiempo (de otra forma no hubieran sobrevivido tanto tiempo juntos) habían aprendido a darse sus momentos. Era en esos breves lapsos en los que uno podía darse cuenta de lo que estaban haciendo, pues por lo menos al moreno le resultaba imposible pensar cuando B se daba cuerda.
Aprovechó para mirarlo de soslayo, y supo que algo no iba bien. Torció a la izquierda, poniendo el intermitente. El pulgar del agente A iba a y venía, dando golpes al volante que hubieran acabado por destrozar los nervios de alguien con hiperacusia. La Colombe no estaba lejos, así que previsor como era ya comenzó a buscar aparcamiento para acabar dejándolo lo bastante lejos como para poder pasear unos minutos pero no lo suficiente como para arrancarle quejas a su compañero.
—Has hecho un buen trabajo hoy —dijo una vez apagó el motor—. Con los testigos, digo —aclaró. No lo miró, nunca se le había dado bien encarar a B cuando trataba de hablar desde el corazón. Incómodo en su propia sensibilidad, consciente de lo patético que podía parecer ese intento de animarlo, se estiró cuan largo era para apoyar el codo en la rodilla ajena para poder abrir la guantera y retirar de ella una carpeta con una pluma—. Yo me ocuparé de rellenar el papeleo. ¿Vamos? —preguntó ya dispuesto a abandonar el Cadillac en aquella acera.
—La Colombe será —respondió el moreno, asintiendo una única vez. Un segundo bocinazo caldeó el ambiente y A perdió los nervios un instante—. ¡Que ya te he oído, joder! —Fulminó al del coche de atrás con un vistazo por el retrovisor y acabó por dar velocidad de nuevo el Cadillac en una curva algo cerrada—. Y tú ten cuidado, están asfaltando la segunda avenida y habrá baches. No vayas a morderte la lengua, que podrías envenenarte —se quejó una vez más del carácter ácido de B.
El silencio momentáneo ocupó el coche mientras la música sonaba con fuerza. No era un silencio incómodo, era respetuoso. Con el paso del tiempo (de otra forma no hubieran sobrevivido tanto tiempo juntos) habían aprendido a darse sus momentos. Era en esos breves lapsos en los que uno podía darse cuenta de lo que estaban haciendo, pues por lo menos al moreno le resultaba imposible pensar cuando B se daba cuerda.
Aprovechó para mirarlo de soslayo, y supo que algo no iba bien. Torció a la izquierda, poniendo el intermitente. El pulgar del agente A iba a y venía, dando golpes al volante que hubieran acabado por destrozar los nervios de alguien con hiperacusia. La Colombe no estaba lejos, así que previsor como era ya comenzó a buscar aparcamiento para acabar dejándolo lo bastante lejos como para poder pasear unos minutos pero no lo suficiente como para arrancarle quejas a su compañero.
—Has hecho un buen trabajo hoy —dijo una vez apagó el motor—. Con los testigos, digo —aclaró. No lo miró, nunca se le había dado bien encarar a B cuando trataba de hablar desde el corazón. Incómodo en su propia sensibilidad, consciente de lo patético que podía parecer ese intento de animarlo, se estiró cuan largo era para apoyar el codo en la rodilla ajena para poder abrir la guantera y retirar de ella una carpeta con una pluma—. Yo me ocuparé de rellenar el papeleo. ¿Vamos? —preguntó ya dispuesto a abandonar el Cadillac en aquella acera.
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Re: Road to nowhere.
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Las ganas de regañar a A por su forma de conducir desaparecieron de un plumazo. También las de discutir, lo que lo llevó a guardar un imperturbable silencio durante el recorrido restante. Su propia cabeza le jugaba malas pasadas, ¿Cómo se suponía que debía lidiar con un problema de proporciones épicas cuando no podía ordenar sus propios pensamientos?
Se sentía en la obligación de ser fuerte por los dos y aun así se fallaba de maneras que escapaban a su comprensión. No, los fallaba a los dos por culpa de sus flaquezas a la hora de afrontar el pasado.
—Ya no se lleva eso de la escritura a mano, A. Me pregunto si una máquina de escribir será demasiado moderna para ti, pero debemos arreglar eso. —Conocía de sobra el problema de A para con la tecnología y cualquier aparato electrónico que en sus manos cayese. ¡Y vaya que lo sabía! B, quien cuidaba sus pertenencias con todo el respeto que merecían, había tenido que decir adiós a dos portátiles gracias a que Arno intentó usarlos. Siniestro total, por supuesto.
Abandonó el vehículo sin contestar; algo dentro de él se lo impedía. No esperó a Dreschner, sino que emprendió la marcha hacia la concurrida cafetería sin mediar palabra. No estaba enfadado con él, sino con sí mismo. Una buena taza de café -o chocolate puesto que la idea se antojaba más cálida- lo arreglaría todo. Así debía ser.
Si eso no funciona... Hold your horses, boy! En algún momento lograrás recomponerte.
Giró sobre sus talones y mostró la más encantadora sonrisa que el sobrecogimiento en su pecho le permitió. —Empiezo a pensar que el problema no es la tecnología, sino que eres lento con malicia. ¿De qué te sirve correr todas las mañanas si no lo pones en práctica a la hora de la verdad?
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Re: Road to nowhere.
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Sus dedos se cernieron con fuerza en torno al dossier con la pluma adosada, pero su expresión no varió en cuanto B hizo alarde de la peor de las empatías. Sí, era cierto que cada día más agentes hacían uso de las tecnologías para los reportes. Pero el moreno no. Su infierno tenía forma de pantalla, y de códigos insufribles.
Pese a compartir muchas cosas, y ser el agente A el que poseía el aspecto más frío e imponente, no era el peor dotes sociales tenía. Con tal de no ablandarse, quería creer, no se guardaban ninguna compasión entre ellos. Pero una y otra vez Arno tropezaba con la misma piedra y se quedaba admirando la única frase amable que podía decir suspendida en el aire sin que nadie la recibiera.
—Te vas a ganar una leche, y no será para el café.
Esto ya es más propio de ti.
Tal vez fuera lo mejor, pensó. Tal vez B le hiciera un favor amputando sádicamente sus intentos de humanidad. A fin de cuentas ésta no encajaba con la reputación que tan cuidadosamente se había labrado. Agente A-sshole.
Se recompuso del resbalón mientras el otro abandonaba el Cadillac negro y se dio unos segundos para salir, no escatimando en detalles ni apurándose en alcanzarlo. Tenía la certeza de que B no llegaría lejos sin él. Cerrando el vehículo, se acercó al reflejo del cristal para ajustarse propiamente la corbata. A era pulcro, un tanto obsesivo, cuadriculado y exigente con su aspecto. Tensó el nudo hasta que la corbata dejó de bailarle en el ancho cuello.
Verlo quejarse por todo lo hizo sonreír en su fuero interior. Había algo entrañable en aquella mordacidad siempre a la ofensiva. A ojos de cualquiera, A seguía tan serio como el militar que había sido entrenado para ser. Se limitó a alcanzarlo a su ritmo pausado, peliculero, y entró en la cafetería abarrotada aquella media mañana.
—Chuck, lo de siempre —pidió alzando una mano para llamar la atención del encargado, quien asintió enseguida—. Salvo que su alteza haya cambiado sus preferencias —murmuró para sí una vez tomado asiento, cruzado piernas y dispuesto el papeleo sobre la mesa. ¿Podría haberlo hecho después? Sí, pero tenía un fuerte sentido del deber, gran pasión por la responsabilidad y ciega servidumbre por los horarios. Sin mediar palabra, comenzó a rellenar los datos, chequeando con el reloj de muñeca -analógico- para cerciorarse de la hora.
Pese a compartir muchas cosas, y ser el agente A el que poseía el aspecto más frío e imponente, no era el peor dotes sociales tenía. Con tal de no ablandarse, quería creer, no se guardaban ninguna compasión entre ellos. Pero una y otra vez Arno tropezaba con la misma piedra y se quedaba admirando la única frase amable que podía decir suspendida en el aire sin que nadie la recibiera.
—Te vas a ganar una leche, y no será para el café.
Esto ya es más propio de ti.
Tal vez fuera lo mejor, pensó. Tal vez B le hiciera un favor amputando sádicamente sus intentos de humanidad. A fin de cuentas ésta no encajaba con la reputación que tan cuidadosamente se había labrado. Agente A-sshole.
Se recompuso del resbalón mientras el otro abandonaba el Cadillac negro y se dio unos segundos para salir, no escatimando en detalles ni apurándose en alcanzarlo. Tenía la certeza de que B no llegaría lejos sin él. Cerrando el vehículo, se acercó al reflejo del cristal para ajustarse propiamente la corbata. A era pulcro, un tanto obsesivo, cuadriculado y exigente con su aspecto. Tensó el nudo hasta que la corbata dejó de bailarle en el ancho cuello.
Verlo quejarse por todo lo hizo sonreír en su fuero interior. Había algo entrañable en aquella mordacidad siempre a la ofensiva. A ojos de cualquiera, A seguía tan serio como el militar que había sido entrenado para ser. Se limitó a alcanzarlo a su ritmo pausado, peliculero, y entró en la cafetería abarrotada aquella media mañana.
—Chuck, lo de siempre —pidió alzando una mano para llamar la atención del encargado, quien asintió enseguida—. Salvo que su alteza haya cambiado sus preferencias —murmuró para sí una vez tomado asiento, cruzado piernas y dispuesto el papeleo sobre la mesa. ¿Podría haberlo hecho después? Sí, pero tenía un fuerte sentido del deber, gran pasión por la responsabilidad y ciega servidumbre por los horarios. Sin mediar palabra, comenzó a rellenar los datos, chequeando con el reloj de muñeca -analógico- para cerciorarse de la hora.
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Re: Road to nowhere.
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No tomó asiento de inmediato, sino que dedicó un vistazo rápido a todos y cada uno de los clientes que disfrutaban de un delicioso y grasiento desayuno en aquel establecimiento de apariencia acogedora. Mucha gente conocida solía dejarse caer por esos lares, y ese día no fue la excepción. ¿El llamado sueño americano? Una única cosa despertó su antipatía, lo que lo alentó a comportarse cual Grinch en navidad. Parecía ser la vida dándole un respiro. Y lo aprovecharía, vaya que sí.
No hacía falta ser muy inteligente para saber qué -o quién- molestó a B, con una descripción no excesivamente minuciosa uno sabía de qué iba el asunto. Empecemos. Pelo largo, nariz chata, andares prepotentes y disposición natural a lamer las suelas de sus superiores en busca del puesto de trabajo que creía merecer. Oh, también portaba el mismo traje que él, la diferencia radicaba en que B no alardeaba y su némesis sí. Ojalá se atragantase con el gofre y lo dejase en paz.
Con un magnífico plan en mente que lo hacía sentirse como un infante el día de su cumpleaños, miró a Chuck. Le debía un favor por salvarlo tres años antes de unos krujaha algo... Revoltosos. Se cobraría el favor extraoficial ese día con lo que estaba a punto de decirle.
—Por mi parte quiero una buena taza de chocolate caliente y tortitas. —Se sentó frente a A y le hizo una seña al camarero cuando este estimó oportuno irse para que volviese sobre sus pasos. Ya empezaba el show.
Con suerte el cabezón de A me cubrirá y no se percatará de mi existencia. O lo hará cuando me largue tras la puerta después de degustar las mejores tortitas de la ciudad. Sin riesgo no hay diversión.
—Por favor, el carismático señor de la mesa dos invita a todos los aquí presentes. No escatimes en gastos. Tampoco te olvides de cantarle algo, es su cumpleaños. —El bueno de Chuck se dispuso a seguir con sus quehaceres y cumplir la amable petición de Barret. Estimando el agente oportuno hacer tiempo mientras las piezas tuviesen que empezar a encajar, tomó de su bolsillo una pluma y, ni corto ni perezoso, se incorporó y tachó varias palabras del informe que A rellenaba.— Recomiendo que hable con propiedad, jefe.
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Re: Road to nowhere.
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En mal día se atrevió a confiar en la madurez ajena. Sin despegar la vista del formulario impreso, absoluta y ciegamente concentrado en la ardua tarea de recordar la milonga que B había soltado, negó con la cabeza un par de veces. No eran pocas las veces que Arno desaprobaba los procederes de su pasional compañero, pero ya había aprendido a rendirse. Era imposible luchar contra un huracán o detener un terremoto. Si B tenía el día y las ganas de explotar, A sería el primero en apostar a que todo acabaría cubierto de magma.
—... —Iba a expresar su descontento sobre los niveles de colesterol ajeno al escuchar la palabra tortitas, pero no fue eso lo que lo dejó boquiabierto. Sus ojos azules pasaron de su acompañante a Chuck, que sabiamente no buscó su aprobación para obedecer. El camarero sabía que si miraba a A, se vería forzado a abortar la jugarreta. ¿Qué tendría Dimmock para persuadir a cualquiera? A Dreschner le hacían falta los puños para conseguirlo.
—¿Quién está en la mes...? —comenzó a preguntar, inquisitivo. Se le enredó la lengua, y el cerebro; y acabó por componer una de esas muecas que no lo hacían parecer especialmente listo—. ¿C-cómo es que te sabes los números de las mesas? —Aquello lo intrigaba casi más que lo otro. Buscó rápidamente, pero tratando de no hacerlo evidente por no parecer tonto, cualquier pegatina numerada por el borde de la superficie. Nada. Frustrado por la cantidad de cosas que fuera de su alcance que estaban pasado a la vez a su alrededor, trató de apartar la pluma de B mientras buscaba el objetivo entre el gentío—. Estate quieto, mierda —rogó, seco.
Finalmente encontró la única persona de quien podía tratarse. Era de saber popular que B y U se llevaban a matar y morir, pero B lo consideraba riñas de chiquillos. Él mismo tenía sus encontronazos con la agente S, pero por motivos muy diferentes.
—¿U? ¿En serio? —Negó de nuevo con la cabeza y soltó un gruñido cuando acabó con la punta de la pluma ajena se hundió en su carne por accidente, o no. Retirando la mano de golpe y llevándosela a los labios para succionar la zona dolida, asesinó con la mirada a su acompañante, lleno de reproches—. Vas a conseguir que O vuelva a llamarme a su despacho, y esta vez no voy a cubrirte.
Chuck depositó el café solo, el chocolate y las tortitas en su mesa, sin interferir en el papeleo. Segundos después, el cántico aborrecible de cumpleaños hizo que A se llevara la mano al rostro con la más absoluta resignación.
—Cuando era joven daba palizas a los matones como tú.
—... —Iba a expresar su descontento sobre los niveles de colesterol ajeno al escuchar la palabra tortitas, pero no fue eso lo que lo dejó boquiabierto. Sus ojos azules pasaron de su acompañante a Chuck, que sabiamente no buscó su aprobación para obedecer. El camarero sabía que si miraba a A, se vería forzado a abortar la jugarreta. ¿Qué tendría Dimmock para persuadir a cualquiera? A Dreschner le hacían falta los puños para conseguirlo.
—¿Quién está en la mes...? —comenzó a preguntar, inquisitivo. Se le enredó la lengua, y el cerebro; y acabó por componer una de esas muecas que no lo hacían parecer especialmente listo—. ¿C-cómo es que te sabes los números de las mesas? —Aquello lo intrigaba casi más que lo otro. Buscó rápidamente, pero tratando de no hacerlo evidente por no parecer tonto, cualquier pegatina numerada por el borde de la superficie. Nada. Frustrado por la cantidad de cosas que fuera de su alcance que estaban pasado a la vez a su alrededor, trató de apartar la pluma de B mientras buscaba el objetivo entre el gentío—. Estate quieto, mierda —rogó, seco.
Finalmente encontró la única persona de quien podía tratarse. Era de saber popular que B y U se llevaban a matar y morir, pero B lo consideraba riñas de chiquillos. Él mismo tenía sus encontronazos con la agente S, pero por motivos muy diferentes.
—¿U? ¿En serio? —Negó de nuevo con la cabeza y soltó un gruñido cuando acabó con la punta de la pluma ajena se hundió en su carne por accidente, o no. Retirando la mano de golpe y llevándosela a los labios para succionar la zona dolida, asesinó con la mirada a su acompañante, lleno de reproches—. Vas a conseguir que O vuelva a llamarme a su despacho, y esta vez no voy a cubrirte.
Chuck depositó el café solo, el chocolate y las tortitas en su mesa, sin interferir en el papeleo. Segundos después, el cántico aborrecible de cumpleaños hizo que A se llevara la mano al rostro con la más absoluta resignación.
—Cuando era joven daba palizas a los matones como tú.
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Re: Road to nowhere.
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—Si supieses lo que yo, tendría que matarte. —Su naturalidad al decirlo y la expresión con la que eligió deleitar a Dreschner daban verdadero pavor. Cualquiera que no conociese a Barrett -y muchos de los que lo hacían-, vería oportuno el encerrarlo en el más oscuro de los hospitales destinados a este fin, pero solo era su mecanismo de defensa usual haciendo de las suyas hasta en los aspectos más mínimos. Daba miedo.
Contra viento y marea, seguía buscando fallos en el informe de su compañero. No es que esperase de A unas delicadas descripciones similares a las de Kafka en su época de peritaje para empresas de seguros, mas algo relativo a su escritura le chirriaba. Típico de B, se tomaba la libertad de corregir a otros por perfeccionismo propio y la oportunidad de dar la nota.
—Tus arrugas indican envejecimiento prematuro, pero no creí que hubiese afectado a tu personalidad. Solo te falta... —El mecanismo de defensa del agente tenía un nombre técnico: Lanzarse a la yugular sin venir a cuento. El ambiente de la cafetería contribuía negativamente en ese mecanismo, animándolo a seguir a lo suyo sin pedir perdón.
El clavarle la pluma resultó ser un un incidente aislado, no teniendo nada que ver con su falsa amenaza; si no acabó con él en su día por sus dichosos ronquidos e incorruptible reputación, no lo haría por su curiosidad. Solo se la debía por mencionar a U. —Ups.
Llegó la comida, la música -¡Y qué música!- y el show, pudiendo ser considerados los dos últimos puntos como uno solo. Para el pequeño Ringo lo eran, así que festejó su buena suerte dando un imponente trago al chocolate caliente. A sus oídos seguían llegando los rumores de un desafinado "te deseamos todos" que saboreó con más ganas que las tortitas.
—Justo de eso hablaba antes, "en mis tiempos". Y ese tartamudeo solo reafirma mi postura. Me temo que estamos ante un punto de no retorno. —Su recomendación silenciosa llamaba a su máxima, tres sencillas palabras que recordaba asiduamente a pareja: Sit, drink, smile.
Eso necesitarían hacer si planeaban salir sin formar un altercado de mayor magnitud.
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Re: Road to nowhere.
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Los ojos azules de A se fijaron en un punto céntrico entre las finas cejas de su acompañante, dejando una invisible marca de laser rojo en esa piel desgastada de contraerse en sonrisas inoportunas. Era su particular manera de reiterarse en su intolerancia hacia la tontería ajena, pero como si B fuese inmune a la reputación del moreno, este se limitaba a comer sus tortitas con felicidad infantil pero exquisita. E incluso sonreía, divertido por el espectáculo que Arno espiaba entre los dedos, aún mano en rostro.
—Por lo menos yo no sigo pensando que tengo poco más de veinte años —reprochó en seguida, como un ladrido, a modo de contestona inmadura—. Y actuando como si tal —siguió. Dio un sorbo—. Eso es peor —puntualizó a media voz, tratando de reparar su resbalón. Odiaba caer en sus provocaciones, pero sabía que era demasiado visceral para controlarse. Bufó, ahogando su amargura en un café todavía más amargo. A nunca lo endulzaba.
La acusación sobre su envejecimiento llevó al agente A a retirarse la mano del rostro con incomodidad y a negar fijando la vista en otro punto. Cuando más lejos mejor. Le carcomía la afirmación. ¿De verdad se estaba volviendo un viejo cascarrabias? No era como alguna vez hubiera sido el alma de la fiesta. Al contrario: las comuniones, bodas y bautizos corrían a cargo de su jovial compañero.
—No se te ocurra hacer un solo comentario —advirtió, dejando el café sobre la mesa para poder dar un par de palmadas. Primero protocolarias, luego sinceras. ¿Qué puñeta? Aún tenía edad para divertirse un poco. De vez en cuando. Muy puntualmente. Vale, no. No la tenía. Dejó de aplaudir cuando el resto todavía coreaba a un desconcertado U—. No aplaudía tu gesto, sino al homenajeado. —Le dedicó una mirada de reproche, otra de tantas, y volvió a sus formulario tratando de no perder la compostura ni el hilo pese a las incontables tachaduras que habían aparecido durante su despiste.
—En cuanto termines, pago y nos vamos. —No lo miró más. Sin darse cuenta, asomando a un lado de la mesa, su pie se movía al son de un ya mudo Cumpleaños feliz.
—Por lo menos yo no sigo pensando que tengo poco más de veinte años —reprochó en seguida, como un ladrido, a modo de contestona inmadura—. Y actuando como si tal —siguió. Dio un sorbo—. Eso es peor —puntualizó a media voz, tratando de reparar su resbalón. Odiaba caer en sus provocaciones, pero sabía que era demasiado visceral para controlarse. Bufó, ahogando su amargura en un café todavía más amargo. A nunca lo endulzaba.
La acusación sobre su envejecimiento llevó al agente A a retirarse la mano del rostro con incomodidad y a negar fijando la vista en otro punto. Cuando más lejos mejor. Le carcomía la afirmación. ¿De verdad se estaba volviendo un viejo cascarrabias? No era como alguna vez hubiera sido el alma de la fiesta. Al contrario: las comuniones, bodas y bautizos corrían a cargo de su jovial compañero.
—No se te ocurra hacer un solo comentario —advirtió, dejando el café sobre la mesa para poder dar un par de palmadas. Primero protocolarias, luego sinceras. ¿Qué puñeta? Aún tenía edad para divertirse un poco. De vez en cuando. Muy puntualmente. Vale, no. No la tenía. Dejó de aplaudir cuando el resto todavía coreaba a un desconcertado U—. No aplaudía tu gesto, sino al homenajeado. —Le dedicó una mirada de reproche, otra de tantas, y volvió a sus formulario tratando de no perder la compostura ni el hilo pese a las incontables tachaduras que habían aparecido durante su despiste.
—En cuanto termines, pago y nos vamos. —No lo miró más. Sin darse cuenta, asomando a un lado de la mesa, su pie se movía al son de un ya mudo Cumpleaños feliz.
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Re: Road to nowhere.
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Obediente por primera vez en mucho tiempo, se dedicó exclusivamente a devorar su desayuno mientras contemplaba el mejor entretenimiento del que uno podía disfrutar en vivo. ¿El coste? Haber tenido que cruzar la línea disimuladamente para ayudar a un preocupado ciudadano. Sin lugar a dudas, las dos acciones no se hallaban en el mismo nivel de esfuerzo, pero poco importaba a B con tal de humillar a su enemigo número uno.
Remojó concienzudamente un trozo de tortita en sirope de chocolate y alzó una ceja al observar, incrédulo, que Arno aplaudía al imbécil de U. Quizá se tratase de una pequeña venganza por su forma de proceder, mas no le dio importancia y jugueteó con la comida de su plato, el cual se convirtió en un amasijo de comida de no muy grato aspecto.
—¿Te ha costado mucho divertirte? —Se levantó de su asiento y se dirigió con parsimonia hacia él, pendiente de su lenguaje corporal por si acaso la cosa se torcía y debía iniciar una retirada rápida. Doce años juntos, muchos golpes intercambiados por cuestiones de trabajo y la volatilidad de su compañero; muchos aspectos a tener en cuenta si deseaba salir con vida de esa cafetería—. Dicen que la risa es la mejor medicina, y me parece que la necesitarás en cantidades si estoy en lo cierto. No tienes que avergonzarte por ser un viejo, necesitamos a esas personas que amenacen a los niños con pincharles el balón si vuelven a embarcarlo. Es la gracia de la vida.
Y no se quedó ahí, no estropearlo todo no iría con el modo de actuar de Barrett Byers Dimmock, no. —Das miedo y tienes aspecto de arrancar una mano a quien se acerque a ofrecerte pastillas, pero sigues siendo mi gruñón de mierda. —Aprovechándose del confuso momento, buscó abrazar a Drescher para molestarlo a fondo; si no le gustaba el contacto físico, tendría contacto físico. Por aguafiestas.
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Re: Road to nowhere.
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Tenía expresión sufrida, y su caligrafía perdía sobriedad a medida que se abría paso sobre el formulario. El sonido de cubiertos arañando platos, griterío de fondo, tetera pitando desde el interior de la cocina de portones del lejano oeste y una canción que siempre se encallaba en el jukebox dificultaban la tarea de A. Jamás había sido alguien de mente muy despierta, y pese a que costaba horrores moverlo de su moralidad o ética, era demasiado sencillo estresarlo, irritarlo o desconcentrarlo.
—Ni un comentario —lo cortó rápido y de raíz, alzando un dedo índice sin mirarlo siquiera. La educación militar dejaba mucho que desear, sacada de un contexto bélico o de conflicto. ¿Que si le había costado divertirse? Frunció el ceño y detuvo el movimiento involuntario de su pie y se descruzó de piernas. A no se divertía estando de servicio. Acabó por desistir y plantó la pluma en el bolsillo interior de su americana negra. Lo vio alzarse por el rabillo del ojo y enarcó una ceja. B era impredecible.
—¿Es que estoy hablando en alemán? —inquirió regio el moreno. Se removió incómodo en su asiento al ver a Barrett en pie. Incluso volteó la cabeza para cerciorarse si había algo detrás suyo digno del interés de Dimmock.
El bullicio latente a su alrededor volvió a jugarle una mala pasada cuando lo desconcentró lo suficiente para dudar de su propia bondad. ¿Por qué no era capaz de confiar en el potencial para hacer algo maduro, cuerdo o simplemente normal? Inspiró y expiró actuando con el corazón en lugar de la lógica, concediéndole por error el beneficio de la duda. Pero entonces llegó a sus oídos aquello que no podía ser dicho en público, sumado al inicio de un abrazo. Sus piernas se desdoblaron de golpe y se alzó en su metro ochenta, deshaciéndose del roce. Tenía las orejas rojas y la mandíbula tan encajada que se jugaba la dentadura. Su numerito ganó público. U.
No tan avergonzado por el intento de B de ponerlo contra las cuerdas como por todos aquellos ojos puestos en él, incluidos los de U, el agente A se llevó la mano a la cartera y sacó un puñado de dólares arrugados. Escondió los ojos tras las gafas de sol. Sabiendo que no era bueno dando excusas que parecieran creíbles, se limitó a abrirse paso por la cafetería no sin antes dar un tirón al antebrazo de B. Al pasar por delante de U le lanzó sobre la mesa el manojo de billetes arrugados.
—He oído que es tu cumpleaños. Date el lujo de unas tortitas, invito yo. —Y sin mediar palabra, se encaminó a la salida tratando de olvidar el ridículo sentido. La velocidad de sus pisadas indicaban que no quería charlar en el paseo de vuelta al coche.
Atropellado, A abrió la puerta del Cadillac y lanzó con mala leche el dossier con el formulario a los asientos traseros. Entró cual huracán en el vehículo, haciendo que este se balanceara con la agresividad de su aparición. Cerró de golpe la puerta y aguardó a que su compañero de equipo lo imitara mientras mantenía la vista al frente.
—¿Por qué no puedes actuar como un adulto por una maldita vez en tu vida? ¿Eh? ¿Por qué? —preguntó Arno retóricamente, perdiendo los papeles en la intimidad del coche. Y digo retóricamente no porque no esperara respuesta, sino porque no lo consideró merecedor de la oportunidad de defenderse. La tensión era palpable, y A siguió, aferrándose al volante con fuerza— Todo esto es una gran broma, un circo. A ver hasta dónde la gente se doblega por ti antes de romperse. —Encajó las llaves en la ranura y trató de arrancarlo—. Me da vergüenza el poco respeto que tienes por esta institución —Y por mí.
El Cadillac no quiso arrancar, pese a que eso supusiera jugarse la integridad a manos de un A descontrolado.
—Ni un comentario —lo cortó rápido y de raíz, alzando un dedo índice sin mirarlo siquiera. La educación militar dejaba mucho que desear, sacada de un contexto bélico o de conflicto. ¿Que si le había costado divertirse? Frunció el ceño y detuvo el movimiento involuntario de su pie y se descruzó de piernas. A no se divertía estando de servicio. Acabó por desistir y plantó la pluma en el bolsillo interior de su americana negra. Lo vio alzarse por el rabillo del ojo y enarcó una ceja. B era impredecible.
—¿Es que estoy hablando en alemán? —inquirió regio el moreno. Se removió incómodo en su asiento al ver a Barrett en pie. Incluso volteó la cabeza para cerciorarse si había algo detrás suyo digno del interés de Dimmock.
El bullicio latente a su alrededor volvió a jugarle una mala pasada cuando lo desconcentró lo suficiente para dudar de su propia bondad. ¿Por qué no era capaz de confiar en el potencial para hacer algo maduro, cuerdo o simplemente normal? Inspiró y expiró actuando con el corazón en lugar de la lógica, concediéndole por error el beneficio de la duda. Pero entonces llegó a sus oídos aquello que no podía ser dicho en público, sumado al inicio de un abrazo. Sus piernas se desdoblaron de golpe y se alzó en su metro ochenta, deshaciéndose del roce. Tenía las orejas rojas y la mandíbula tan encajada que se jugaba la dentadura. Su numerito ganó público. U.
No tan avergonzado por el intento de B de ponerlo contra las cuerdas como por todos aquellos ojos puestos en él, incluidos los de U, el agente A se llevó la mano a la cartera y sacó un puñado de dólares arrugados. Escondió los ojos tras las gafas de sol. Sabiendo que no era bueno dando excusas que parecieran creíbles, se limitó a abrirse paso por la cafetería no sin antes dar un tirón al antebrazo de B. Al pasar por delante de U le lanzó sobre la mesa el manojo de billetes arrugados.
—He oído que es tu cumpleaños. Date el lujo de unas tortitas, invito yo. —Y sin mediar palabra, se encaminó a la salida tratando de olvidar el ridículo sentido. La velocidad de sus pisadas indicaban que no quería charlar en el paseo de vuelta al coche.
Atropellado, A abrió la puerta del Cadillac y lanzó con mala leche el dossier con el formulario a los asientos traseros. Entró cual huracán en el vehículo, haciendo que este se balanceara con la agresividad de su aparición. Cerró de golpe la puerta y aguardó a que su compañero de equipo lo imitara mientras mantenía la vista al frente.
—¿Por qué no puedes actuar como un adulto por una maldita vez en tu vida? ¿Eh? ¿Por qué? —preguntó Arno retóricamente, perdiendo los papeles en la intimidad del coche. Y digo retóricamente no porque no esperara respuesta, sino porque no lo consideró merecedor de la oportunidad de defenderse. La tensión era palpable, y A siguió, aferrándose al volante con fuerza— Todo esto es una gran broma, un circo. A ver hasta dónde la gente se doblega por ti antes de romperse. —Encajó las llaves en la ranura y trató de arrancarlo—. Me da vergüenza el poco respeto que tienes por esta institución —Y por mí.
El Cadillac no quiso arrancar, pese a que eso supusiera jugarse la integridad a manos de un A descontrolado.
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Re: Road to nowhere.
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En ocasiones -más de las que admitiría en voz alta- cruzaba el límite entre el humor y la decencia. Y no solía darse cuenta de ello hasta que terminaba recibiendo un buen derechazo digno del mismísimo Sugar Ray Robinson. Normalmente no le molestaba, pasaba página con facilidad y se dedicaba a sus asuntos, pero esa vez no sería posible. Había hecho daño a la única persona que le importaba. Su defensa contra el vendaval consistía en lidiar con todo como si de una mala broma se tratase, mas ese método no era más que una navaja de doble filo. Ese día acabó cortándose.
Por mucho que Hollywood quisiese vender la idea de que la cámara lenta es la mejor forma de enfocar los problemas, en la práctica no podía estar más equivocado. Las cosas pasan a menudo con tanta velocidad que es imposible anteponerse a ellas. Para Barrett no fue diferente; se vio en medio de un mar de catastróficas desdichas que lo sacudieron sin dejar tiempo al descanso o la reacción. No se lo esperó.
Se mantuvo firme al alzarse Arno, lo que no impidió que tragase saliva con un aparente nerviosismo. Si tan solo el día acompañase, sin tan solo no tuviese la cabeza repleta de ideas bastantes negativas, si tan solo... Si tan solo no fuese un capullo. Mira por donde, eso sí ayudaría.
Contempló en absoluto cómo se desenvolvía la escena, totalmente fuera de su control por el "factor A". Ignoró el tirón por no arrojar más leña al fuego y esperó.
—En este día tan especial para ti, U, te deseo un feliz cumpleaños y que te atragantes con las tortitas. —Le lanzó un beso a su enemigo jurado, le dio la espalda y se marchó con paso firme del establecimiento. A la mierda la normalidad, que se instaurase el desconcierto.
¿Cuándo has hecho tú algo bien, gilipollas?
Cerró los ojos deseando tener una buena copa de tequila en la mano -pese a que bebería hasta una botella de detergente si oliese remotamente a algún licor- con la que acallar la voz. No la tendría.
Las ganas de mandar tres años de sobriedad junto a la poca dignidad que quedaba a U se acrecentaron en cuanto tomó asiento en el Cadillac y tuvo que aguantar los minutos más tensos de su vida. —Ha sido solo una muestra de afecto. —Tomó aire al suponer que necesitaría armarse de la calma que empezaba a escasear.— Somos compañeros, A. Llevamos doce años juntos y los que nos quedan. ¿Tan extraño crees que sería un abrazo? Quiero que me mires. ¿Tan horrible es que dos compañeros que llevan más de una década juntos se tengan un mínimo de afecto? —Habló de "compañeros" puesto que sabía la reticencia del alemán a que "algo más" existiese extraoficialmente.
Por mucho que Hollywood quisiese vender la idea de que la cámara lenta es la mejor forma de enfocar los problemas, en la práctica no podía estar más equivocado. Las cosas pasan a menudo con tanta velocidad que es imposible anteponerse a ellas. Para Barrett no fue diferente; se vio en medio de un mar de catastróficas desdichas que lo sacudieron sin dejar tiempo al descanso o la reacción. No se lo esperó.
Se mantuvo firme al alzarse Arno, lo que no impidió que tragase saliva con un aparente nerviosismo. Si tan solo el día acompañase, sin tan solo no tuviese la cabeza repleta de ideas bastantes negativas, si tan solo... Si tan solo no fuese un capullo. Mira por donde, eso sí ayudaría.
Contempló en absoluto cómo se desenvolvía la escena, totalmente fuera de su control por el "factor A". Ignoró el tirón por no arrojar más leña al fuego y esperó.
—En este día tan especial para ti, U, te deseo un feliz cumpleaños y que te atragantes con las tortitas. —Le lanzó un beso a su enemigo jurado, le dio la espalda y se marchó con paso firme del establecimiento. A la mierda la normalidad, que se instaurase el desconcierto.
¿Cuándo has hecho tú algo bien, gilipollas?
Cerró los ojos deseando tener una buena copa de tequila en la mano -pese a que bebería hasta una botella de detergente si oliese remotamente a algún licor- con la que acallar la voz. No la tendría.
Las ganas de mandar tres años de sobriedad junto a la poca dignidad que quedaba a U se acrecentaron en cuanto tomó asiento en el Cadillac y tuvo que aguantar los minutos más tensos de su vida. —Ha sido solo una muestra de afecto. —Tomó aire al suponer que necesitaría armarse de la calma que empezaba a escasear.— Somos compañeros, A. Llevamos doce años juntos y los que nos quedan. ¿Tan extraño crees que sería un abrazo? Quiero que me mires. ¿Tan horrible es que dos compañeros que llevan más de una década juntos se tengan un mínimo de afecto? —Habló de "compañeros" puesto que sabía la reticencia del alemán a que "algo más" existiese extraoficialmente.
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Re: Road to nowhere.
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Los papeles habían escapado aleatoriamente de la pinza del dossier y yacían desperdigados por los asientos traseros, manchando la impecabilidad de ese Cadillac como lunares mal dispuestos en una espalda pálida y recta. Mientras, A daba golpes de muñeca absurdos tratando de encender el motor. Como metáfora propia, acabaría por ahogarlo. Se rindió negando con la cabeza y siguió mirando al frente con la rabia exagerando la edad de su rostro. Se le daba particularmente mal perder el control de las cosas. No había tamaño fracaso como el de sentir escurrirse las riendas entre los callosos dedos.
Su sangre era enteramente alemana, y alimentando todo cliché y prejuicio, el agente Arno Deschner era el ser más comedido, milimetrado, calculado y encajado al fondo del armario sobre la faz de la tierra. Adiestrado para responder a estímulos ensayados y disciplinado para dar y recibir órdenes. No disfrutaba del caos. Ni un ápice. Se perdía dentro de él, y se tomaba su tiempo para reponerse. Segundos. Minutos. Horas. El hecho de que B hablara le impedía regalarse esos instantes y el volante acabó quejándose en un gruñido por el agarre que el trajeado conductor le estaba dando. No lo soltó pese a sentir lo encharcado de sus palmas contra el cuero.
—Nuestro trabajo no es ser afectuosos el uno con el otro —respondió sin mirarlo. Tenía sus muchas razones para no hacerlo. Había una nota de rabia en su voz. Una enfermedad explicada en forma de vergüenza por sus propios sentimientos. Ahorcó un poco más el volante, sintiendo las costuras arañarse y gemir en un intento desesperado por permanecer prietas—. ¿Acaso has visto alguna vez dos agentes...? —Se interrumpió a sí mismo, recordando de inmediato el afecto del agente M hacia el agente H, sobretodo en sus últimos meses. Soltó el volante con una mano para pelearse por aflojar la corbata. Se ahogaba en su propia ansiedad y sentía que surfeaba de la espalda de un cocodrilo a otro todavía más furioso. Se le antojaba tan lejana la orilla...
—Cuando nos paguen por abrazarnos, lo haremos lo mejor que se pueda. —El índice tiró de la soga, pero pese a liberar a medias tintas su nuez se seguía asfixiando. Deseó poder bajar las ventanillas, pero valoraba su intimidad a niveles ridículos y toda precaución parecía poca para protegerse de opiniones sobre su relación con el que ocupaba el asiento de copiloto—. Hasta entonces, lo seguiremos haciendo a puerta cerrada —sentenció.
Su sangre era enteramente alemana, y alimentando todo cliché y prejuicio, el agente Arno Deschner era el ser más comedido, milimetrado, calculado y encajado al fondo del armario sobre la faz de la tierra. Adiestrado para responder a estímulos ensayados y disciplinado para dar y recibir órdenes. No disfrutaba del caos. Ni un ápice. Se perdía dentro de él, y se tomaba su tiempo para reponerse. Segundos. Minutos. Horas. El hecho de que B hablara le impedía regalarse esos instantes y el volante acabó quejándose en un gruñido por el agarre que el trajeado conductor le estaba dando. No lo soltó pese a sentir lo encharcado de sus palmas contra el cuero.
—Nuestro trabajo no es ser afectuosos el uno con el otro —respondió sin mirarlo. Tenía sus muchas razones para no hacerlo. Había una nota de rabia en su voz. Una enfermedad explicada en forma de vergüenza por sus propios sentimientos. Ahorcó un poco más el volante, sintiendo las costuras arañarse y gemir en un intento desesperado por permanecer prietas—. ¿Acaso has visto alguna vez dos agentes...? —Se interrumpió a sí mismo, recordando de inmediato el afecto del agente M hacia el agente H, sobretodo en sus últimos meses. Soltó el volante con una mano para pelearse por aflojar la corbata. Se ahogaba en su propia ansiedad y sentía que surfeaba de la espalda de un cocodrilo a otro todavía más furioso. Se le antojaba tan lejana la orilla...
—Cuando nos paguen por abrazarnos, lo haremos lo mejor que se pueda. —El índice tiró de la soga, pero pese a liberar a medias tintas su nuez se seguía asfixiando. Deseó poder bajar las ventanillas, pero valoraba su intimidad a niveles ridículos y toda precaución parecía poca para protegerse de opiniones sobre su relación con el que ocupaba el asiento de copiloto—. Hasta entonces, lo seguiremos haciendo a puerta cerrada —sentenció.
Con b • tras neutralizar un dolduniano
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