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Mára mesta
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Mára mesta
Mára mesta
CS multicharacter ৹ El Hobbit + ESDLA
"Mára mesta." Buen viaje.
Todos conocemos las grandes historias, las grandes leyendas de la Tierra Media. Afortunados fueron los que aún se les recordaba por sus grandes hazañas; a pesar de que muchos otros se desvanecieron junto al resto de almas, desconocidos ante las futuras generaciones pero no menos importantes. Guerras, conflictos, el bien, el mal... esos relatos son para la historia.
Estos relatos serán más humanos. Cercanos a lo que aquellos personajes vivieron en sus propias pieles; a cómo se relacionaron con sus entornos, tan diferentes pero iguales entre sí, con un único destino común. Vivir.
Vivir para contar las grandes historias.
THORIN OAKENSHIELD Llevado por: Volko |
BILBO BAGGINS Llevado por: Midori |
KILI Llevado por: Volko |
FILI Llevado por: Midori |
TAURIEL Llevado por: Midori |
BARDO Llevado por: Volko Capítulo I. — url Capítulo II. — url Capítulo III. — url |
BOROMIR Llevado por: Midori Capítulo I. — url Capítulo II. — url Capítulo III. — url |
FARAMIR Llevado por: Volko Capítulo I. — url Capítulo II. — url Capítulo III. — url |
ÉOWYN Llevado por: Midori |
GRIMA WORMTONGUE Llevado por: Volko |
HISTÓRICO DE TEMAS
Última edición por Volko el Mar 29 Dic - 15:11, editado 7 veces
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Capitulo I / Fili

Capítulo 1
Fili
La noche tintó el cielo al igual que su corazón. Lo supo en cuanto miró a los ojos de su rey, opacados ante el esplendor traicionero de las grandes ostentosidades de Erebor. Su mano jugueteó con la joya que el mismo Thorin lanzó desde aquella posición. "Un día esto será tuyo"
Todavía no asimilaba aquellas palabras.
No quería que nada de aquél tesoro fuera de él; después de haberlo deseado, orgulloso desde sus entrañas; Fili se arrepintió desde el primer instante en el que su tío ( su tío...) cambió su actitud respecto a sus compañeros, a su familia, a sus amigos. Observó Valle, la humareda en mitad de la oscuridad producto de los humanos cuando escuchó unos pasos tras de él; al girarse, ahí estaba su inesperable. Kili.
Le tiró la joya que anteriormente le regaló Thorin.
— Primera noche en Erebor, hermanito. ¿Demasiado nervioso para poder dormir? — Intentó sonreír pero no fue capaz. Volvió su vista a Valle. — … ¿Qué pensaría Dís? — Filí ya nunca le decía "madre". — Desde pequeño imaginé... imaginé tantas formas en las que reaccionaría. Imaginé cómo sería este momento, llegar a Erebor. Siempre tuve claro que seríamos Thorin, tú y yo, los tres juntos los primeros en pisar estas tierras. — Soltó una pequeña risa. — Qué tonto fui, ¿verdad? Nada de todas aquellas fantasías pudo acercarse a la realidad.
¿Estaba decepcionado?
No lo sabía. No lo estaba de su viaje; eso sin lugar a dudas.
Al menos estaba con Kili; cómo tenía que ser.
— Te prometí algo mejor. No sé cómo dejé... como dejé que llegaras hasta aquí en el estado en el que llegaste.
Todavía no asimilaba aquellas palabras.
No quería que nada de aquél tesoro fuera de él; después de haberlo deseado, orgulloso desde sus entrañas; Fili se arrepintió desde el primer instante en el que su tío ( su tío...) cambió su actitud respecto a sus compañeros, a su familia, a sus amigos. Observó Valle, la humareda en mitad de la oscuridad producto de los humanos cuando escuchó unos pasos tras de él; al girarse, ahí estaba su inesperable. Kili.
Le tiró la joya que anteriormente le regaló Thorin.
— Primera noche en Erebor, hermanito. ¿Demasiado nervioso para poder dormir? — Intentó sonreír pero no fue capaz. Volvió su vista a Valle. — … ¿Qué pensaría Dís? — Filí ya nunca le decía "madre". — Desde pequeño imaginé... imaginé tantas formas en las que reaccionaría. Imaginé cómo sería este momento, llegar a Erebor. Siempre tuve claro que seríamos Thorin, tú y yo, los tres juntos los primeros en pisar estas tierras. — Soltó una pequeña risa. — Qué tonto fui, ¿verdad? Nada de todas aquellas fantasías pudo acercarse a la realidad.
¿Estaba decepcionado?
No lo sabía. No lo estaba de su viaje; eso sin lugar a dudas.
Al menos estaba con Kili; cómo tenía que ser.
— Te prometí algo mejor. No sé cómo dejé... como dejé que llegaras hasta aquí en el estado en el que llegaste.
Erebor× Noche
con Kili
con Kili
Última edición por Midori el Miér 18 Nov - 21:27, editado 1 vez
Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
Kili no había crecido desapegado a los sueños de su hermano, confundiéndolos desde temprana edad con los propios pues su imaginación se alimentaba de las mismas historias que Fili conocía. Pero en las últimas noches, cuanto más cerca de su meta se encontraban, más dividido se sentía. Con todo lo sucedido dando más motivo al asunto, no avergonzaba de partir sus sueños de la grandeza recuperada de Erebor con retales de un romance invisible con aquella elfa, Tauriel.
Un sobresalto lo despertó de golpe y se llevó la mano hacia el interior de aquella bota de piel que vestía sus pies. La ausencia de su totem, su talismán, su runa, confirmó que no era sueño sino recuerdo aquello que lo asediaba. No lo había imaginado, y aquello le despertó una sonrisa poco acertada dado el momento. Buscó por inercia a su hermano, y en su ausencia salió a su búsqueda llamado por la intuición hasta encontrarlo.
Nunca se separaba de él, ni en vísperas de muerte.
Agarró la joya al vuelo, ágil.
—La ocasión merece el soñar despierto, ¿no crees? —apuntó, recortando la distancia hasta situarse a su lado, buscando aquello que Fili parecía perseguir con la mirada. Dejó escapar un suspiro agradecido, contento. Era sencillo ser feliz cuando se estaba enamorado—. Estamos en Erebor —murmuró para sí, como queriendo entenderlo de una buena vez. Entendió la preocupación de su hermano mayor y levantó el mentón con cierto orgullo, sabiéndose el culpable de que Fili no hubiera sido el segundo en pisar el que sería su reino—. No importa cómo.
Espió a Fili por el rabillo del ojo, reconociendo en él las famosas facciones de su padre, de su tío, de su abuelo. "Tiene el porte de un rey" pensó. Él siempre había sido diferente, de algún modo. Y no le importó, pues no envidiaba la suerte de su hermano, sólo esperaba poder estar ahí siempre. Con él.
—Sabíamos que no sería un camino fácil.
Se pasó la joya de una mano a la otra, con aspecto ausente.
—¿Es como te imaginabas? —preguntó, de repente—. Erebor.
Un sobresalto lo despertó de golpe y se llevó la mano hacia el interior de aquella bota de piel que vestía sus pies. La ausencia de su totem, su talismán, su runa, confirmó que no era sueño sino recuerdo aquello que lo asediaba. No lo había imaginado, y aquello le despertó una sonrisa poco acertada dado el momento. Buscó por inercia a su hermano, y en su ausencia salió a su búsqueda llamado por la intuición hasta encontrarlo.
Nunca se separaba de él, ni en vísperas de muerte.
Agarró la joya al vuelo, ágil.
—La ocasión merece el soñar despierto, ¿no crees? —apuntó, recortando la distancia hasta situarse a su lado, buscando aquello que Fili parecía perseguir con la mirada. Dejó escapar un suspiro agradecido, contento. Era sencillo ser feliz cuando se estaba enamorado—. Estamos en Erebor —murmuró para sí, como queriendo entenderlo de una buena vez. Entendió la preocupación de su hermano mayor y levantó el mentón con cierto orgullo, sabiéndose el culpable de que Fili no hubiera sido el segundo en pisar el que sería su reino—. No importa cómo.
Espió a Fili por el rabillo del ojo, reconociendo en él las famosas facciones de su padre, de su tío, de su abuelo. "Tiene el porte de un rey" pensó. Él siempre había sido diferente, de algún modo. Y no le importó, pues no envidiaba la suerte de su hermano, sólo esperaba poder estar ahí siempre. Con él.
—Sabíamos que no sería un camino fácil.
Se pasó la joya de una mano a la otra, con aspecto ausente.
—¿Es como te imaginabas? —preguntó, de repente—. Erebor.
Erebor× Noche
con Fili
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Fili
Fue capaz de sonreír un poco, nostálgico.
— Es mucho más de lo que imaginaba.
"Y algún día será mío"
Agudizó la mirada hacia el cielo; hasta que volvió a reencontrarse con el rostro de su hermano. Aquella cara que le acompañó desde que tenía uso de la razón; que la vio crecer, hasta la poca barba que portaba con tenacidad. La sonrisa de idiota que decoraba cada milímetro de sus arrugas. Fili dejó caer su mano sobre la consistente piedra de la montaña, golpeteándola hinchando el pecho; la horda de emociones que últimamente estaba viviendo eran demasiado fuertes para un cuerpo tan pequeño. — Todas las historias de Thorin... los detalles. Puedo encontrarme con los fantasmas de nuestros antepasados. — Suspiró. — Erebor es como me lo imaginaba. Pero... somos nosotros quienes provocamos que esté viva. Nuestra gente, nuestra familia. Nuestra sangre. Abarca demasiado para una compañía de trece enanos y un hobbit. Quiero ver los grandes salones encendidos bajo el esplendor de la riqueza de nuestra cultura, envueltos por el más brillante oro, y las sonrisas imborrables de la victoria...
"Pero tengo miedo de que quizá no sea de esa forma"
— ¿Has pensado en lo que va a pasar ahora? — ¿Alguna vez te paras a pensar en el futuro? — Hemos recorrido un largo viaje desde casa. Hemos cambiado mucho, los dos. Thorin no es el mismo. — Fili arrugó las cejas. — Festejalo tú por mi; cómo siempre.
Le regaló una sonrisa.
— ¿En qué mundo vives últimamente, Kili? Te has vuelto completamente loco.
— Es mucho más de lo que imaginaba.
"Y algún día será mío"
Agudizó la mirada hacia el cielo; hasta que volvió a reencontrarse con el rostro de su hermano. Aquella cara que le acompañó desde que tenía uso de la razón; que la vio crecer, hasta la poca barba que portaba con tenacidad. La sonrisa de idiota que decoraba cada milímetro de sus arrugas. Fili dejó caer su mano sobre la consistente piedra de la montaña, golpeteándola hinchando el pecho; la horda de emociones que últimamente estaba viviendo eran demasiado fuertes para un cuerpo tan pequeño. — Todas las historias de Thorin... los detalles. Puedo encontrarme con los fantasmas de nuestros antepasados. — Suspiró. — Erebor es como me lo imaginaba. Pero... somos nosotros quienes provocamos que esté viva. Nuestra gente, nuestra familia. Nuestra sangre. Abarca demasiado para una compañía de trece enanos y un hobbit. Quiero ver los grandes salones encendidos bajo el esplendor de la riqueza de nuestra cultura, envueltos por el más brillante oro, y las sonrisas imborrables de la victoria...
"Pero tengo miedo de que quizá no sea de esa forma"
— ¿Has pensado en lo que va a pasar ahora? — ¿Alguna vez te paras a pensar en el futuro? — Hemos recorrido un largo viaje desde casa. Hemos cambiado mucho, los dos. Thorin no es el mismo. — Fili arrugó las cejas. — Festejalo tú por mi; cómo siempre.
Le regaló una sonrisa.
— ¿En qué mundo vives últimamente, Kili? Te has vuelto completamente loco.
Erebor× Noche
con Kili
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
—Es más grande de lo que pensaba.
Sus dedos jugaban con la gema, tratándola con la delicadeza que aparentemente los enanos sólo podían y sabían dedicar a aquellas piedras preciosas. Se abandonó al recuerdo de las leyendas que le habían repetido hasta la saciedad, y no supo reconocer a su tío en ellas. Como Fili, Kili se había dado cuenta de que Thorin no miraba el oro y las piedras con amor, sino con un deseo violento que se le hacía nuevo y desconocido. Kili era buen explorador, pero aquello no significaba que siempre le gustara lo inexplorado, como tampoco los hallazgos.
Ambos parecían haber llegado a la misma conclusión: Erebor se había enfriado. Lucía inmensa pero vacía. Vacía de festines, del sonido de las fraguas, de risas. Quiso remediarlo sonriendo. Primero fue una sonrisa por compromiso, pero enseguida se recordó a sí mismo en una punzada al pecho que tenía muchos motivos para sonreír. Y rió, rió a destiempo, rió a deshora.
—Pasas demasiado tiempo con Balin, hermano mío —picó a Fili, viéndolo tan mártir. Era cierto que el viaje los había cambiado, algunos para mejor y otros para peor. Soltó un suave golpe de codo—. Ya suenas como un anciano. —Imitó la voz de su hermano, la cual conocía muy bien—. "Festejalo tú por mí".
Volviendo el rostro a una seriedad exigida por la pregunta, evitó mirar a su hermano, haciéndose el desentendido pese a que sabía demasiado bien a qué se refería. "¿Hm?" Alzó el rostro en dirección a las estrellas del cielo. Kili no era de los que alzaba el mentón del suelo, el fuego siempre había iluminado más que las estrellas. Pero, ahora, les veía un algo. La imagen de Tauriel suavizó sus facciones, y se sintió mal de esconder algo a Fili.
Nunca habían tenido secretos.
—¿Te has dado cuenta, verdad? —preguntó, avergonzado.
Sus dedos jugaban con la gema, tratándola con la delicadeza que aparentemente los enanos sólo podían y sabían dedicar a aquellas piedras preciosas. Se abandonó al recuerdo de las leyendas que le habían repetido hasta la saciedad, y no supo reconocer a su tío en ellas. Como Fili, Kili se había dado cuenta de que Thorin no miraba el oro y las piedras con amor, sino con un deseo violento que se le hacía nuevo y desconocido. Kili era buen explorador, pero aquello no significaba que siempre le gustara lo inexplorado, como tampoco los hallazgos.
Ambos parecían haber llegado a la misma conclusión: Erebor se había enfriado. Lucía inmensa pero vacía. Vacía de festines, del sonido de las fraguas, de risas. Quiso remediarlo sonriendo. Primero fue una sonrisa por compromiso, pero enseguida se recordó a sí mismo en una punzada al pecho que tenía muchos motivos para sonreír. Y rió, rió a destiempo, rió a deshora.
—Pasas demasiado tiempo con Balin, hermano mío —picó a Fili, viéndolo tan mártir. Era cierto que el viaje los había cambiado, algunos para mejor y otros para peor. Soltó un suave golpe de codo—. Ya suenas como un anciano. —Imitó la voz de su hermano, la cual conocía muy bien—. "Festejalo tú por mí".
Volviendo el rostro a una seriedad exigida por la pregunta, evitó mirar a su hermano, haciéndose el desentendido pese a que sabía demasiado bien a qué se refería. "¿Hm?" Alzó el rostro en dirección a las estrellas del cielo. Kili no era de los que alzaba el mentón del suelo, el fuego siempre había iluminado más que las estrellas. Pero, ahora, les veía un algo. La imagen de Tauriel suavizó sus facciones, y se sintió mal de esconder algo a Fili.
Nunca habían tenido secretos.
—¿Te has dado cuenta, verdad? —preguntó, avergonzado.
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Fili
Tal vez su hermano si que tenía razón; pasaba demasiado tiempo con Balin. Fili pasaba demasiado tiempo preocupándose por los demás sin prestarse la más mínima atención. Al ser el hermano mayor, el heredero cercano de toda una extensa estirpe supo desde joven dar prioridad a las responsabilidades familiares. Balin era sin lugar a dudas uno de los mejores consejeros y más experimentados enanos de entre los suyos; aunque no podía pretender tener la madurez mental de alguien como tal. La broma de su hermano le robó una sonrisa que en seguida se opacó ante las cuestiones tratadas allí, bajo los nubarrones de la Montaña Solitaria.
Le regaló a Kili un puñetazo directo contra su hombro a modo de respuesta.
—… ¿Tú te piensas que soy idiota, que no te conozco? — Fili comenzó a reír. — ¡¡Lo supe desde que salimos del bosque negro!! — No podía evitar sentir una mezcla de pena y de ternura por su hermano. Bastante increíble fue el hecho de que la elfa hubiera salvado su vida; que los hubiera rastreado únicamente por aquél enano imprudente. — Lo único que me ha tomado desprevenido es que... ella hubiera respondido ante ti. ... — Fili lo escuchó susurrar moribundo, contempló la ilusión tras sus ojos y el secreto que luchaba, torpe por esconder del resto de la compañía. — Pero es un sueño Kili. — Algún día, tú morirás; y ella seguirá viva. — Tienes que dejarlo como un sueño y nada más.
Miró a su semejante, y supo leer lo que sus ojos dictaban. Colocó una mano sobre su hombro, llamándole la atención para que le devolviera el contacto visual. — ¿Has pensado en qué dirá Thorin si lo sabe? Sabes cómo es con los elfos. Sabes como somos todos con los elfos... la sangre de Durin corre por tus venas
"Tal vez, por ellos, no tendríamos que haber hecho todos estos sacrificios"
Le regaló a Kili un puñetazo directo contra su hombro a modo de respuesta.
—… ¿Tú te piensas que soy idiota, que no te conozco? — Fili comenzó a reír. — ¡¡Lo supe desde que salimos del bosque negro!! — No podía evitar sentir una mezcla de pena y de ternura por su hermano. Bastante increíble fue el hecho de que la elfa hubiera salvado su vida; que los hubiera rastreado únicamente por aquél enano imprudente. — Lo único que me ha tomado desprevenido es que... ella hubiera respondido ante ti. ... — Fili lo escuchó susurrar moribundo, contempló la ilusión tras sus ojos y el secreto que luchaba, torpe por esconder del resto de la compañía. — Pero es un sueño Kili. — Algún día, tú morirás; y ella seguirá viva. — Tienes que dejarlo como un sueño y nada más.
Miró a su semejante, y supo leer lo que sus ojos dictaban. Colocó una mano sobre su hombro, llamándole la atención para que le devolviera el contacto visual. — ¿Has pensado en qué dirá Thorin si lo sabe? Sabes cómo es con los elfos. Sabes como somos todos con los elfos... la sangre de Durin corre por tus venas
"Tal vez, por ellos, no tendríamos que haber hecho todos estos sacrificios"
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
El suave escozor se enterró bajo las ropas de abrigo en la zona golpeada, pero aquella pequeña brecha en la seriedad de la conversación quedó en eso: una brecha. Kili seguía con la mirada alzada en dirección a las estrellas, dejando que aquellas luces colgadas del cielo con invisibles alfileres se reflejaran en sus vidriosos ojos. Mira arriba, Fili, calló, hoy no lucen tan frías.
Claro que lo sabía. Se conocían demasiado el uno al otro. Kili bajó la mirada del cielo con una sonrisa joven, permitiéndose recuperar el aspecto ingenuo que lo había perseguido de más joven, cuando todavía no había la sombra de un bigote.
—¿Te sorprende que alguna mujer pueda fijarse en mí? —preguntó tratando de suavizar la severidad del asunto—. ¿O lo dices porque no es como nosotros? —Era más sencillo creerla diferente que no elfa, pese a que en sus sueños había abrazado la idea de una relación con una mujer varios pies más alta que él, elegante, de piel cremosa y poco vello facial.
Una suave mueca lo hizo apoyar la gema rojiza sobre el muro de piedra, que los cubría a ambos hasta el pecho.
—Crecimos soñando con Erebor —murmuró con orgullo masculino, mirando los pequeños destellos borgoña que la luz de la luna arrancaba a la joya—. Y mira dónde estamos —volteó la vista hacia él para acabar señalando con el mentón la puerta por la que habían salido. Sonrió con suavidad, demostrando en ese gesto que comprendía lo incoherente e inapropiado de sus sentimientos. Pero por un instante no se avergonzó, como sucedía cuando la tenía delante. Tauriel le brindaba una valentía adulta—. Hay sueños por los que merece la pena luchar.
La imagen de su tío le borró la sonrisa, y gran parte del valor que había reunido para defender sus argumentos contra los de Fili, la compañía y la razón—. Thorin tiene otras preocupaciones, ahora. —La mueca se acentuó. Había visto a su tío hacer acusaciones poco razonadas. La imagen de Tauriel regresó a su mente—. Me salvó la vida, Fili. Eso debe de significar algo, ¿no?
Claro que lo sabía. Se conocían demasiado el uno al otro. Kili bajó la mirada del cielo con una sonrisa joven, permitiéndose recuperar el aspecto ingenuo que lo había perseguido de más joven, cuando todavía no había la sombra de un bigote.
—¿Te sorprende que alguna mujer pueda fijarse en mí? —preguntó tratando de suavizar la severidad del asunto—. ¿O lo dices porque no es como nosotros? —Era más sencillo creerla diferente que no elfa, pese a que en sus sueños había abrazado la idea de una relación con una mujer varios pies más alta que él, elegante, de piel cremosa y poco vello facial.
Una suave mueca lo hizo apoyar la gema rojiza sobre el muro de piedra, que los cubría a ambos hasta el pecho.
—Crecimos soñando con Erebor —murmuró con orgullo masculino, mirando los pequeños destellos borgoña que la luz de la luna arrancaba a la joya—. Y mira dónde estamos —volteó la vista hacia él para acabar señalando con el mentón la puerta por la que habían salido. Sonrió con suavidad, demostrando en ese gesto que comprendía lo incoherente e inapropiado de sus sentimientos. Pero por un instante no se avergonzó, como sucedía cuando la tenía delante. Tauriel le brindaba una valentía adulta—. Hay sueños por los que merece la pena luchar.
La imagen de su tío le borró la sonrisa, y gran parte del valor que había reunido para defender sus argumentos contra los de Fili, la compañía y la razón—. Thorin tiene otras preocupaciones, ahora. —La mueca se acentuó. Había visto a su tío hacer acusaciones poco razonadas. La imagen de Tauriel regresó a su mente—. Me salvó la vida, Fili. Eso debe de significar algo, ¿no?
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Fili
Conocía bien las dificultades de Kili respecto a las mujeres. Uno de los principales detalles era no tener una frondosa barba a temprana edad; si bien era una cualidad que entre otras razas no se tenía tan en cuenta, para un enano era vital. A parte, de entre los dos; Fili siempre llamó la atención por su situación respecto al trono y su fresco carácter fiel seguidor del arte del cortejo. No nos engañemos; nunca lo escondió ni quiso hacerlo por más que no fuera una actitud demasiado ejemplar dadas las circunstancias. Pero que aquél romance surgiera inesperadamente en mitad de aquél viaje sin lugar a dudas lo tomó desprevenido; y nada más y nada menos que una elfa era la protagonista de dicha unión. Una elfa (¡por las barbas de Durin!) correspondía los sentimientos de un enano. Era una locura.
Fili se encogió de hombros y negó con la cabeza. "Hay sueños por los que vale la pena luchar" no lo dudaba. Pero no quería que su hermano se separara de su lado; no ahora que estaban en Erebor. Por más amor que le tuviera a aquella elfa; ella no podía estar rodeada de mil enanos. Ni él podía estar rodeado de mil elfos. — No, Thorin ahora mismo tiene asuntos más importantes que atender y sinceramente... creo que es mejor que no lo sepa hasta que sea algo extremadamente necesario...
Pero la última pregunta le robó una sonrisa. — Claro que significó algo, idiota, ¿cómo no iba a hacerlo...? — Era imposible no reírse. — ¿Qué le hiciste, Kili? ¿Le diste algún tipo de veneno? ¿Le has vendido tu alma a Gandalf? — Ahí si, Fili volvió a reír más fuerte. — Da igual, sea como sea, le has robado el corazón a nada más ni nada menos que una elfa; y no cualquiera he de añadir. No sé si estar orgulloso de ti o tirarte desde aquí para que pagues por tu deshonra. — Comentó, con tono burlón.
Alzó la mirada hacia el cielo, como anteriormente hizo su hermano. Una estrella fugaz coronó la noche sorprendiendo a los dos.
— Hay sueños por los que vale la pena luchar.
Antes de volver a mirarlo Fili pensó en la promesa que le hizo a Dís antes de partir de casa. Le prometió que si por él fuera; protegería con su vida a Kili. "Es el más joven, siempre os ha seguido como loco a ti y a Thorin; cómo le pase algo, Fili...
Resonó en su fuero interno, encarnando el tono de su madre. Y quiso habérselo dicho, ahí, los dos juntos; en Erebor.
— Prométeme que pase lo que pase; no vas a abandonar la montaña.
Fili se encogió de hombros y negó con la cabeza. "Hay sueños por los que vale la pena luchar" no lo dudaba. Pero no quería que su hermano se separara de su lado; no ahora que estaban en Erebor. Por más amor que le tuviera a aquella elfa; ella no podía estar rodeada de mil enanos. Ni él podía estar rodeado de mil elfos. — No, Thorin ahora mismo tiene asuntos más importantes que atender y sinceramente... creo que es mejor que no lo sepa hasta que sea algo extremadamente necesario...
Pero la última pregunta le robó una sonrisa. — Claro que significó algo, idiota, ¿cómo no iba a hacerlo...? — Era imposible no reírse. — ¿Qué le hiciste, Kili? ¿Le diste algún tipo de veneno? ¿Le has vendido tu alma a Gandalf? — Ahí si, Fili volvió a reír más fuerte. — Da igual, sea como sea, le has robado el corazón a nada más ni nada menos que una elfa; y no cualquiera he de añadir. No sé si estar orgulloso de ti o tirarte desde aquí para que pagues por tu deshonra. — Comentó, con tono burlón.
Alzó la mirada hacia el cielo, como anteriormente hizo su hermano. Una estrella fugaz coronó la noche sorprendiendo a los dos.
— Hay sueños por los que vale la pena luchar.
"Tú eres el mio, hermano"
Antes de volver a mirarlo Fili pensó en la promesa que le hizo a Dís antes de partir de casa. Le prometió que si por él fuera; protegería con su vida a Kili. "Es el más joven, siempre os ha seguido como loco a ti y a Thorin; cómo le pase algo, Fili...
Nunca os lo perdonaré"
Resonó en su fuero interno, encarnando el tono de su madre. Y quiso habérselo dicho, ahí, los dos juntos; en Erebor.
— Prométeme que pase lo que pase; no vas a abandonar la montaña.
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
Sí, ciertamente sonaba a locura, cuando lo analizaba con frialdad. Pero pocas cosas de las que últimamente estaban sucediendo no lo parecían. Enfrentarse a más orcos de los que había podido ver en su vida siendo sólo trece guerreros y un ladrón, visitar a los elfos y escapar de sus prisiones en barriles de vino vacíos, abrir una puerta secreta a la luz de la luna...
—Hasta que sea algo extremadamente necesario —repitió.
Demasiado joven, siendo aquella la primera vez en que tomaba conciencia de su corta edad, no sabía encontrar el norte. Desconocía qué era lo correcto, si la sangre o el corazón que la hacía bombear de forma desbocada como un animal salvaje. La sonrisa crecía y decrecía como una marea confundida, sin atreverse a mantenerla por mucho rato.
Pero para esos momentos, como para todos los demás, bastaba con voltear el rostro a su derecha para hallar consejo. Y así lo hizo, mirando a su hermano con fijeza descarada mientras este bromeaba sobre su inesperada conquista. Fili no lo sabía, pero sacudía el polvo de las alas de ese enano, con aquellas palabras.
—No sé cómo ocurrió, simplemente lo hizo. —Y con un vistazo supo que era ella. Con la inteligencia mermada por la imagen de Tauriel dibujada entre las estrellas, Kili se sorprendió suspirando con una inquietud infantil. Y con gusto hubiera permanecido en las alturas un buen rato más de no ser porque Fili lo bajó con una simple frase que no supo comprender.
¿Marcharse de la montaña, de la sala del trono en el que juraría lealtad a su tío y hermano? No barajaba aquella opción.
Colocó la mano en el hombro ajeno, con firmeza.
—No pienso abandonar este lugar —con todo lo que ha implicado conseguirlo. —Además, Dwain está convencido de que pronto tendremos visitantes. —Miró en dirección a la falda de la montaña con seriedad, pues Kili no había estado jamás en ninguna guerra propiamente dicha. Sólo en redecillas, disputas y combates varios. Silencioso de golpe, siguió con la mirada perdida dejando que las batallas narradas por los más viejos cobraran vida en su imaginación. Estaba impaciente.
Impaciente y aterrado.
—Hasta que sea algo extremadamente necesario —repitió.
Demasiado joven, siendo aquella la primera vez en que tomaba conciencia de su corta edad, no sabía encontrar el norte. Desconocía qué era lo correcto, si la sangre o el corazón que la hacía bombear de forma desbocada como un animal salvaje. La sonrisa crecía y decrecía como una marea confundida, sin atreverse a mantenerla por mucho rato.
Pero para esos momentos, como para todos los demás, bastaba con voltear el rostro a su derecha para hallar consejo. Y así lo hizo, mirando a su hermano con fijeza descarada mientras este bromeaba sobre su inesperada conquista. Fili no lo sabía, pero sacudía el polvo de las alas de ese enano, con aquellas palabras.
—No sé cómo ocurrió, simplemente lo hizo. —Y con un vistazo supo que era ella. Con la inteligencia mermada por la imagen de Tauriel dibujada entre las estrellas, Kili se sorprendió suspirando con una inquietud infantil. Y con gusto hubiera permanecido en las alturas un buen rato más de no ser porque Fili lo bajó con una simple frase que no supo comprender.
¿Marcharse de la montaña, de la sala del trono en el que juraría lealtad a su tío y hermano? No barajaba aquella opción.
Colocó la mano en el hombro ajeno, con firmeza.
—No pienso abandonar este lugar —con todo lo que ha implicado conseguirlo. —Además, Dwain está convencido de que pronto tendremos visitantes. —Miró en dirección a la falda de la montaña con seriedad, pues Kili no había estado jamás en ninguna guerra propiamente dicha. Sólo en redecillas, disputas y combates varios. Silencioso de golpe, siguió con la mirada perdida dejando que las batallas narradas por los más viejos cobraran vida en su imaginación. Estaba impaciente.
Impaciente y aterrado.
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Fili
Fili recogió el oxígeno aliviado ante la postura férrea del más pequeño. Lo soltó a la par que anidó el recuerdo de aquella mano sobre su hombro afirmándole la unión que los mantuvo juntos durante todos aquellos años. Admiró a su hermano en silencio puesto que pocas veces el futuro rey se permitía agasajarlo gratuitamente en una costumbre marcada por el orgullo. Su hermano perdió la visión ante el idílico, pastoril paisaje iluminado por la brisa sinuosa de la supervivencia de los hombres de Esgaroth. Murmullos podían atisbarse desde Erebor; murmullos cargados de pena, dolor, de guerra. De la desolación de un dragón. Y ahí estaban ellos, vivos. Vivos y juntos.
Que así pudiera mantenerse por siempre. Que pudiera mantener y cumplir su promesa; proteger a Kili, conseguir que volviera a casa. Darle un hogar.
— Tendremos visitantes y solo Durin sabe que nos deparará su llegada... — Aún no se separó de Kili; es más, Fili decidió alzar su brazo también para colocar la mano en el hombro de su compañero. Tiró de él, hasta pegarlo a su costado como si de un trofeo de caza se tratase. Presumió de ese enano en la soledad de la montaña. — Todo irá bien mientras estemos juntos Kili; como hemos hecho siempre.
Habían demasiados interrogantes sobre el futuro. Demasiados huecos negros desconocidos que solucionar, confundiéndole sobre las decisiones correctas a llevar al cabo. Pero todo aquello simplemente se desvanecía al observar a su Rey, a Kili; al resto de la compañía. A su familia.
No se arrepentía de nada.
Que así pudiera mantenerse por siempre. Que pudiera mantener y cumplir su promesa; proteger a Kili, conseguir que volviera a casa. Darle un hogar.
— Tendremos visitantes y solo Durin sabe que nos deparará su llegada... — Aún no se separó de Kili; es más, Fili decidió alzar su brazo también para colocar la mano en el hombro de su compañero. Tiró de él, hasta pegarlo a su costado como si de un trofeo de caza se tratase. Presumió de ese enano en la soledad de la montaña. — Todo irá bien mientras estemos juntos Kili; como hemos hecho siempre.
Habían demasiados interrogantes sobre el futuro. Demasiados huecos negros desconocidos que solucionar, confundiéndole sobre las decisiones correctas a llevar al cabo. Pero todo aquello simplemente se desvanecía al observar a su Rey, a Kili; al resto de la compañía. A su familia.
No se arrepentía de nada.
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con Kili
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
Kili siguió con la vista atorada en aquel campo desnudo de guerreros, sabiendo demasiado bien que duraría poco en ese estado de quietud. La cercanía de su hermano alivió su carga y lo llevó a ladear el rostro para observar el perfil de Fili.
No dijo nada, se limitó a escuchar, siempre tomando nota de cuanto hacía su hermano mayor. Como decía su madre, Kili desde bien pequeño había admirado a su hermano y a su tío como si lo fueran todo. De hecho lo eran. Apretó el agarre en su hombro y asintió con la cabeza, portando una sonrisa traviesa en los labios. La sonrisa que significaba que había esperanza.
—Todo irá bien mientras estemos juntos —secundó el menor de los hermanos, entrecerrando aquellos ojos oscuros en una mueca de jovial paz interior—. Porque vamos a estarlo. —Alzó la mirada a las estrellas y repitió la promesa para otra persona.
—Siempre.
No dijo nada, se limitó a escuchar, siempre tomando nota de cuanto hacía su hermano mayor. Como decía su madre, Kili desde bien pequeño había admirado a su hermano y a su tío como si lo fueran todo. De hecho lo eran. Apretó el agarre en su hombro y asintió con la cabeza, portando una sonrisa traviesa en los labios. La sonrisa que significaba que había esperanza.
—Todo irá bien mientras estemos juntos —secundó el menor de los hermanos, entrecerrando aquellos ojos oscuros en una mueca de jovial paz interior—. Porque vamos a estarlo. —Alzó la mirada a las estrellas y repitió la promesa para otra persona.
—Siempre.
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Capítulo I / Tauriel

Capítulo 1
Tauriel
Los ciudadanos etéreos, perfectos del bosque negro celebraban la festividad en honor a las estrellas entre vino, risas sutiles y elegantes andares incorpóreos ante la vista de algún mortal. Las mujeres vestían aquellas prendas hechas por los más agraciados tejedores, manos favorecidas la de los elfos, talentosos ante cualquier tipo de delicada manualidad a tratar; sabían capturar la esencia de la belleza, deslumbrando el lado femenino en su punto más atrayente. Sin embargo, Tauriel nunca se sintió cómoda entre los telares oníricos, a falta de protección; a falta del peso de la batalla. Su mente, a diferencia de su vista y su rígido estar, divagó más allá del follaje encantado; hacia las celdas profundas del palacio, concentrado en un único, pequeño ser. Ilusa; creyó que aquella confidencial e íntima información era única de sí misma. Los rumores se propagaban muy fácilmente, especialmente entre los elfos silvanos.
Montando la guardia entre los límites de sus dominios y de la festividad, atentos a que ningún ser oscuro irrumpiera en dicha honra a la belleza celestial, Tauriel supo que podía cambiar el relevo con otro de sus compañeros; decidiendo no ser partícipe activa esta vez de Mereth-en-Gilith. Quería ensalzar sus costumbres compartiéndolas con alguien ajeno a ellas. Quizá porque descubría un montón de nuevas emociones, una información y un punto de vista tan diferente al propio que...
¿Cómo resistirse a ello? ¿Cómo resistirse al conocimiento?
Trotó en gracia hasta sus aposentos; disimulando el destino y las verdaderas intenciones entre sus iguales. Tomó de él una joya resguardada con mucho amor; una que le brindó su fallecido maestro en batalla, el elfo que le enseñó todo lo que sabía ahora. Escondida entre sus ropajes, de nuevo Tauriel intercambió su puesto con los guardas: como si no tuviera seis cientos años, ilusionada, nerviosa, caminó hacia la celda de aquél enano del que desconocía su nombre desbordándose en la juventud incoherente de sus actos
Era la maldita Capitana de Guardia, ¿qué estaba haciendo?
Tocó suavemente la celda, en unos golpes sinuosos. ¿Estaría dormido...?
¿No querría, quizá, su compañía nuevamente?
Carraspeó. Luchando por no sonreír. Por mantener aquél porte impoluto de los elfos.
Pero la joya palpitaba tras la cota de malla llevándola a tener que girarse sobre sus talones para espiar por uno de los barrotes. — … ¿Estabais descansando? — Comentó, entre curiosa, preocupada, y avergonzada; ¿y si aquél enano le perdía el respeto? — Lo siento. Puedo irme.
Montando la guardia entre los límites de sus dominios y de la festividad, atentos a que ningún ser oscuro irrumpiera en dicha honra a la belleza celestial, Tauriel supo que podía cambiar el relevo con otro de sus compañeros; decidiendo no ser partícipe activa esta vez de Mereth-en-Gilith. Quería ensalzar sus costumbres compartiéndolas con alguien ajeno a ellas. Quizá porque descubría un montón de nuevas emociones, una información y un punto de vista tan diferente al propio que...
¿Cómo resistirse a ello? ¿Cómo resistirse al conocimiento?
Trotó en gracia hasta sus aposentos; disimulando el destino y las verdaderas intenciones entre sus iguales. Tomó de él una joya resguardada con mucho amor; una que le brindó su fallecido maestro en batalla, el elfo que le enseñó todo lo que sabía ahora. Escondida entre sus ropajes, de nuevo Tauriel intercambió su puesto con los guardas: como si no tuviera seis cientos años, ilusionada, nerviosa, caminó hacia la celda de aquél enano del que desconocía su nombre desbordándose en la juventud incoherente de sus actos
Era la maldita Capitana de Guardia, ¿qué estaba haciendo?
Tocó suavemente la celda, en unos golpes sinuosos. ¿Estaría dormido...?
¿No querría, quizá, su compañía nuevamente?
Carraspeó. Luchando por no sonreír. Por mantener aquél porte impoluto de los elfos.
Pero la joya palpitaba tras la cota de malla llevándola a tener que girarse sobre sus talones para espiar por uno de los barrotes. — … ¿Estabais descansando? — Comentó, entre curiosa, preocupada, y avergonzada; ¿y si aquél enano le perdía el respeto? — Lo siento. Puedo irme.
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con... un enano preso
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Última edición por Midori el Miér 18 Nov - 0:38, editado 1 vez
Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
Acomodado en la única banqueta de madera de su cárcel -bien tallada incluso para ser la banqueta de una celda-, Kili no podía conciliar el sueño. Donde el silencio del resto prometía que se habían agotado las ganas de juerga y apagado los ánimos de pelea, la quietud del segundo enano más joven de la compañía era distinta. Reflexiva, que no resignada. Era el tipo de silencio que custodiaba un secreto demasiado grande para un enano.
Inapropiado, desacertado y temerario. No eran pocos los defectos que sus acompañantes y familiares le habían encontrado con el paso de los años, pero nunca, ninguno de ellos, fueron pronunciados como un ataque. Su raza, los enanos, no eran dados a las virtudes, siendo la mayor y más preciada de las mismas el arte de batalla. También el de picar piedra. Kili no necesitaba de halagos para sobrevivir, ningún enano lo hacía. Los cumplidos tenían menos peso que un buen regalo con piedras preciosas incrustados, y donde las palabras sobraban los actos cumplían. Si hubiera prestado más atención...
Esa noche, a Kili le hubiera gustado ser un poco menos enano.
Sin duda hubiera dado una de sus botas de cuero reforzado con tal de conocer más palabras. Palabras que pudieran explicar o definir a la elfa con la que había cruzado su camino.
Suspiró llevándose una mano al pelo y, hosco, se arañó el cuero cabelludo hasta capturar un pequeño insecto que pretendía anidar entre sus enredadas hebras oscuras. "¿De dónde sales tú?" Bajó de ese banco/cama y buscó a su alrededor hasta encontrar un pequeño agujero en la esquina más oscura de la celda, donde la luz de las galerías no alcanzaba y uno podía volverse invisible. Empujó al insecto hacia la escapatoria y no lo envidió. Faltando a la compañía, no sentía apuro de huir.
Oyó los suaves toques de la piel contra el metal forjado de la puerta de la celda, pero no pensó que sería la suya. Hasta que aquella voz sonó y Kili se volteó, aún refugiado en la oscuridad, con expresión entre sorprendida y asustada. No esperaba un segundo asalto. No tan pronto. Dudó, pero al vislumbrar la posibilidad de desperdiciar aquella oportunidad, se levantó de las cuclillas con tanta prisa como sus cortas piernas le permitieron. Avanzó con prisa hasta los barrotes y se detuvo justo antes de llegar. ¿Lo pensaría desesperado?
—No te marches —pidió a media voz, levantando las manos para agarrar aquellos barrotes fríos y asomar lo que cabía de rostro entre ellos. Los bordes afilados de aquellas columnas quisieron afeitarle la poca barba que tenía, pero no pareció importar a Kili.
La miró sin reparos. La miró sin prejuicios. La miró, y la vio.
—Empezaré a pensar que los elfos sois tan aburridos como dicen. —No escapó de aquellos ojos claros, repentinamente valiente. Seguramente de tener posibilidad real con ella, con Tauriel, no sería tan osado. Pero era un enano muy enano, y tal vez, como decía su madre, temerario.
—¿Soy más divertido que la fiesta de ahí arriba? —preguntó con coquetería aprendida de Fili.
Inapropiado, desacertado y temerario. No eran pocos los defectos que sus acompañantes y familiares le habían encontrado con el paso de los años, pero nunca, ninguno de ellos, fueron pronunciados como un ataque. Su raza, los enanos, no eran dados a las virtudes, siendo la mayor y más preciada de las mismas el arte de batalla. También el de picar piedra. Kili no necesitaba de halagos para sobrevivir, ningún enano lo hacía. Los cumplidos tenían menos peso que un buen regalo con piedras preciosas incrustados, y donde las palabras sobraban los actos cumplían. Si hubiera prestado más atención...
Esa noche, a Kili le hubiera gustado ser un poco menos enano.
Sin duda hubiera dado una de sus botas de cuero reforzado con tal de conocer más palabras. Palabras que pudieran explicar o definir a la elfa con la que había cruzado su camino.
Suspiró llevándose una mano al pelo y, hosco, se arañó el cuero cabelludo hasta capturar un pequeño insecto que pretendía anidar entre sus enredadas hebras oscuras. "¿De dónde sales tú?" Bajó de ese banco/cama y buscó a su alrededor hasta encontrar un pequeño agujero en la esquina más oscura de la celda, donde la luz de las galerías no alcanzaba y uno podía volverse invisible. Empujó al insecto hacia la escapatoria y no lo envidió. Faltando a la compañía, no sentía apuro de huir.
Oyó los suaves toques de la piel contra el metal forjado de la puerta de la celda, pero no pensó que sería la suya. Hasta que aquella voz sonó y Kili se volteó, aún refugiado en la oscuridad, con expresión entre sorprendida y asustada. No esperaba un segundo asalto. No tan pronto. Dudó, pero al vislumbrar la posibilidad de desperdiciar aquella oportunidad, se levantó de las cuclillas con tanta prisa como sus cortas piernas le permitieron. Avanzó con prisa hasta los barrotes y se detuvo justo antes de llegar. ¿Lo pensaría desesperado?
—No te marches —pidió a media voz, levantando las manos para agarrar aquellos barrotes fríos y asomar lo que cabía de rostro entre ellos. Los bordes afilados de aquellas columnas quisieron afeitarle la poca barba que tenía, pero no pareció importar a Kili.
La miró sin reparos. La miró sin prejuicios. La miró, y la vio.
—Empezaré a pensar que los elfos sois tan aburridos como dicen. —No escapó de aquellos ojos claros, repentinamente valiente. Seguramente de tener posibilidad real con ella, con Tauriel, no sería tan osado. Pero era un enano muy enano, y tal vez, como decía su madre, temerario.
—¿Soy más divertido que la fiesta de ahí arriba? —preguntó con coquetería aprendida de Fili.
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con la elfa Tauriel
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Tauriel
A punto estuvo de marchar, reconcomiéndose en sus adentros por la inepta actitud que denotaba. Más, Tauriel volvió a reencontrarse con aquellas dos orbes gigantescas que la miraban desde unos centímetros más bajos, impidiendo que sus pies dieran marcha atrás; la anclaron inesperadamente, volcando emociones nunca antes vividas por un ser infinito, arraigado en la longevidad de la existencia. El calor que irradiaba aquél enano llamaba inexplicablemente su atención, de una manera no negativa; Tauriel nunca fue un elfo como los demás. No iba a marcharse. A pesar de dicha cascada cargada de sentimiento, agolpado en su extenso cuerpo, el rostro de arquera no se inmutó a ninguna de las palabras de Kili; las absorbió, ciertamente asombrada con aquella forma de comportarse tan diferente a la de su cultura.
Pero la máscara no duraría, no aquella noche. No con aquél enano.
— Quizá si, quizá no; todo depende de ti. — Tauriel sonrió. Una sonrisa sincera, con un toque jocoso ante el atrevimiento evidenciado. — Simplemente la diversión la concebimos de una manera diferente a como la conciben los enanos. — Confirmó, colocando sus manos sobre sus faldas mientras se mantenía erguida, frente a la celda. — Tal vez podrías contarme alguna anécdota de cómo sueles divertirte; pero te sorprendería descubrir que los elfos tenemos sentido del humor también aunque no lo parezca. —Alzó las cejas, y entonces, fue inclinándose hacia la celda. — En una de nuestras últimas festividades; no me comporté muy bien. Mal influenciamos a un pobre compañero que no supo manejar propiamente el vino, acabó llorando, confesándose ante el árbol más antiguo del bosque; acariciaba los tallos como si de la más suave seda se tratara, y solo pudimos separarlo entre un grupo de tres elfos conmigo incluida. Aún a día de hoy le recordamos constantemente aquél momento; se niega a volver a saborear el vino. — Comenzó a reír. — Tendrías que haber estado allí para verlo; ¿qué imagen puedes llevarte de algo así? Relatado no es tan divertido, no puedo explicarte las caras que ponía.
Un dedo se posó sobre la punta de la nariz de aquél enano, dando un toque, separándose en unos segundos al igual que la cercanía anteriormente brindada sobre la celda.
— Quizá no seamos tan diferentes...
¿Qué pensaría Legolas si escuchara determinantes palabras dedicadas a nada más ni nada menos que un enano?
Desvaneció aquella interrogativa rápidamente, suplantándola por una nueva. ¿Cuál sería el nombre de su nuevo amigo...? Tauriel volvió a perderse en aquella mirada incentivada por la incertidumbre. Apremiada por la curiosidad; ¿estaba bien estar volcándose tanto con aquél prisionero? ¿Cuántas aventuras habría vivido hasta llegar al bosque negro? ¿Cuántas lunas de fuego habría presenciado, cuáles serían sus motivos para emprender viaje tan largo, tan lejos de su familia...?
Ella nunca se atrevió a traspasar las fronteras impuestas por su Rey.
Aguardó expectante.
Tauriel tenía tiempo, y era paciente.
Pero la máscara no duraría, no aquella noche. No con aquél enano.
— Quizá si, quizá no; todo depende de ti. — Tauriel sonrió. Una sonrisa sincera, con un toque jocoso ante el atrevimiento evidenciado. — Simplemente la diversión la concebimos de una manera diferente a como la conciben los enanos. — Confirmó, colocando sus manos sobre sus faldas mientras se mantenía erguida, frente a la celda. — Tal vez podrías contarme alguna anécdota de cómo sueles divertirte; pero te sorprendería descubrir que los elfos tenemos sentido del humor también aunque no lo parezca. —Alzó las cejas, y entonces, fue inclinándose hacia la celda. — En una de nuestras últimas festividades; no me comporté muy bien. Mal influenciamos a un pobre compañero que no supo manejar propiamente el vino, acabó llorando, confesándose ante el árbol más antiguo del bosque; acariciaba los tallos como si de la más suave seda se tratara, y solo pudimos separarlo entre un grupo de tres elfos conmigo incluida. Aún a día de hoy le recordamos constantemente aquél momento; se niega a volver a saborear el vino. — Comenzó a reír. — Tendrías que haber estado allí para verlo; ¿qué imagen puedes llevarte de algo así? Relatado no es tan divertido, no puedo explicarte las caras que ponía.
Un dedo se posó sobre la punta de la nariz de aquél enano, dando un toque, separándose en unos segundos al igual que la cercanía anteriormente brindada sobre la celda.
— Quizá no seamos tan diferentes...
¿Qué pensaría Legolas si escuchara determinantes palabras dedicadas a nada más ni nada menos que un enano?
¿Qué pensaría Thranduil?
Desvaneció aquella interrogativa rápidamente, suplantándola por una nueva. ¿Cuál sería el nombre de su nuevo amigo...? Tauriel volvió a perderse en aquella mirada incentivada por la incertidumbre. Apremiada por la curiosidad; ¿estaba bien estar volcándose tanto con aquél prisionero? ¿Cuántas aventuras habría vivido hasta llegar al bosque negro? ¿Cuántas lunas de fuego habría presenciado, cuáles serían sus motivos para emprender viaje tan largo, tan lejos de su familia...?
Ella nunca se atrevió a traspasar las fronteras impuestas por su Rey.
Aguardó expectante.
Tauriel tenía tiempo, y era paciente.
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
Cuanto más la miraba más convencido quedaba de dos cosas: era hermosa, pese a la evidente carencia de vello y aquella altura antinatural en su opinión, y era imposible que nada sucediera entre ambos. Pero en la certeza de la inviabilidad de su capricho había la belleza del mismo. Bastante arriesgaba a diario como para poner sobre la mesa su corazón, ¿cierto?
Kili se repetía aquello, pero otra parte de él, una mucho menos explorada, pedía a gritos crecer los centímetros que le faltaban para llegar acariciar su afilada mejilla sin que pareciera que intentaba coger un cuenco de un estante demasiado alto.
—Diversión —repitió el enano con cierta mofa en la voz.
Mofa no hacia su acompañante, sino hacia la idea de elfos pasándoselo remotamente bien. Contagiado de la sonrisa de la elfa, Kili apoyó con mayor presteza la mejilla contra uno de los barrotes, sin dejar de mirarla. Nunca había visto a un elfo sonreír. Estaba demasiado acostumbrado a aquellas expresiones blindadas y, a su juicio, prepotentes, de los elfos bien armados. Aquellos inmortales no sonreían ni cuando se mofaban de los modales, las costumbres o los ideales de belleza de los enanos.
Pero Tauriel sonreía. Y no sólo eso, sino que lo bendijo con una risa. Corta, frágil, harmónica. Femenina. Cualidades que no había encontrado antes de modo conjunto en una sola carcajada. Nada que ver con los berridos exagerados, a menudo intercalados con toses y bocas llenas, de los habitantes de las montañas. Quedó prendado de ese sonido y disimuló todo salvo el brillo de su mirada. Ese lo delataba.
Escuchó la anécdota con presteza, y se permitió componer una mueca que prometía no haber sido impresionado. No buscó hacerlo de un modo rudo, pero no eran de oro sus modales.
—¿Sabes por qué sé que no sabéis divertiros? —Preguntó Kili torciendo el gesto con una sonrisa valiente y traviesa; sonrisa que hubiera lucido mucho menos si vistiera gran bigote y barba. Pero para su suerte no lo hacía, aquella noche. Separó una mano del barrote y señaló con uno de sus cortos y anchos dedos en dirección al rostro de la elfa—. Ni una arruga.
Trató de mantenerse serio, pese a la sonrisa, al ver la expresión de Tauriel ante sus palabras. Soltó el otro barrote y se encogió de hombros, dándole la espalda para empezar a caminar por la celda. No duró mucho rato sin mirarla, así que acabó volteándose cruzado de brazos, en posición misteriosa.
—¿Por qué te crees que los enanos tenemos este aspecto? Porque gritamos, luchamos, nos ensuciamos, comemos -oh, si lo hacemos-, reímos... —Un suspiro nostálgico delató que echaba de menos a su gente. Había perdido la cuenta de cuánto llevaban en aquella misión. No quiso prolongar más la pausa y encontró de nuevo los ojos de Tauriel—. ¿Crees que estoy mintiendo? Si alguna vez ves a un enano con el rostro perfecto, uh, le harás un favor dándole muerte. Será sin duda la deshonra de su familia. —Exageró el enano, para retractarse tras un instante de seriedad suspendida en el aire. Rompió a reír, cómplice—. Está bien, eso último me lo he inventado. Pero es cierto que los enanos sabemos vivir grandes vidas, para lo pequeños que somos. —Apuntó—. Y eso deja huella en nuestra piel. Como por ejemplo Blorin, el Arrugado. ¿Has oído hablar de él? Era un enano de Aglarond. Se dice que Blorin veneraba más el ocio que a Aulë, y que de dedicar su plena vida a la diversión, se fue arrugando hasta acabar pareciendo una uva pocha. —De nuevo, pausa. Sin saber cómo había vuelto a agarrar los barrotes, buscando la cercanía con Tauriel al final del relato.
Sonrió.
—No, lo siento. Eso también me lo he inventado —se confesó culpable. Bajó la mirada, avergonzado de sus arrebatos infantiles y sus bromas. Seguro que a una elfa no le parecían acertados. Volvió a levantar el mentón buscando aquella sonrisa hecha de estrellas alineadas—. No nos creo tan diferentes, Tauriel. Ambos sabemos sonreír.
Kili se repetía aquello, pero otra parte de él, una mucho menos explorada, pedía a gritos crecer los centímetros que le faltaban para llegar acariciar su afilada mejilla sin que pareciera que intentaba coger un cuenco de un estante demasiado alto.
—Diversión —repitió el enano con cierta mofa en la voz.
Mofa no hacia su acompañante, sino hacia la idea de elfos pasándoselo remotamente bien. Contagiado de la sonrisa de la elfa, Kili apoyó con mayor presteza la mejilla contra uno de los barrotes, sin dejar de mirarla. Nunca había visto a un elfo sonreír. Estaba demasiado acostumbrado a aquellas expresiones blindadas y, a su juicio, prepotentes, de los elfos bien armados. Aquellos inmortales no sonreían ni cuando se mofaban de los modales, las costumbres o los ideales de belleza de los enanos.
Pero Tauriel sonreía. Y no sólo eso, sino que lo bendijo con una risa. Corta, frágil, harmónica. Femenina. Cualidades que no había encontrado antes de modo conjunto en una sola carcajada. Nada que ver con los berridos exagerados, a menudo intercalados con toses y bocas llenas, de los habitantes de las montañas. Quedó prendado de ese sonido y disimuló todo salvo el brillo de su mirada. Ese lo delataba.
Escuchó la anécdota con presteza, y se permitió componer una mueca que prometía no haber sido impresionado. No buscó hacerlo de un modo rudo, pero no eran de oro sus modales.
—¿Sabes por qué sé que no sabéis divertiros? —Preguntó Kili torciendo el gesto con una sonrisa valiente y traviesa; sonrisa que hubiera lucido mucho menos si vistiera gran bigote y barba. Pero para su suerte no lo hacía, aquella noche. Separó una mano del barrote y señaló con uno de sus cortos y anchos dedos en dirección al rostro de la elfa—. Ni una arruga.
Trató de mantenerse serio, pese a la sonrisa, al ver la expresión de Tauriel ante sus palabras. Soltó el otro barrote y se encogió de hombros, dándole la espalda para empezar a caminar por la celda. No duró mucho rato sin mirarla, así que acabó volteándose cruzado de brazos, en posición misteriosa.
—¿Por qué te crees que los enanos tenemos este aspecto? Porque gritamos, luchamos, nos ensuciamos, comemos -oh, si lo hacemos-, reímos... —Un suspiro nostálgico delató que echaba de menos a su gente. Había perdido la cuenta de cuánto llevaban en aquella misión. No quiso prolongar más la pausa y encontró de nuevo los ojos de Tauriel—. ¿Crees que estoy mintiendo? Si alguna vez ves a un enano con el rostro perfecto, uh, le harás un favor dándole muerte. Será sin duda la deshonra de su familia. —Exageró el enano, para retractarse tras un instante de seriedad suspendida en el aire. Rompió a reír, cómplice—. Está bien, eso último me lo he inventado. Pero es cierto que los enanos sabemos vivir grandes vidas, para lo pequeños que somos. —Apuntó—. Y eso deja huella en nuestra piel. Como por ejemplo Blorin, el Arrugado. ¿Has oído hablar de él? Era un enano de Aglarond. Se dice que Blorin veneraba más el ocio que a Aulë, y que de dedicar su plena vida a la diversión, se fue arrugando hasta acabar pareciendo una uva pocha. —De nuevo, pausa. Sin saber cómo había vuelto a agarrar los barrotes, buscando la cercanía con Tauriel al final del relato.
Sonrió.
—No, lo siento. Eso también me lo he inventado —se confesó culpable. Bajó la mirada, avergonzado de sus arrebatos infantiles y sus bromas. Seguro que a una elfa no le parecían acertados. Volvió a levantar el mentón buscando aquella sonrisa hecha de estrellas alineadas—. No nos creo tan diferentes, Tauriel. Ambos sabemos sonreír.
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Tauriel
Si solamente el resto de su gente tuviera la oportunidad de conocer cómo eran aquellas criaturas; seguramente el resentimiento aglomerado por el pasar de los siglos se desvanecería rápido como el torrente de un río. Los prejuicios eran ciertamente dañinos, siendo los protagonistas a la hora de crear disputas y sembrar el odio, producto de una cosecha emponzoñada, contagiaba la bondad, pudriendo su núcleo hasta arraigarse tanto que simplemente en aquellos términos era muy complicado cortar su germen. Pero no todos tenían aquél fatídico destino; Tauriel, aunque al comienzo podría mostrarse reacia, acabó ganando ante la curiosidad. Una curiosidad que la estaba llevando a admirar al enano de una manera que un elfo jamás admiraría; encontraba una lejana belleza en él. En la manera de contar historias, en aquella barba que cubría parte de su rostro, en la vivacidad de un ser mortal.
Alzó las cejas; atendiendo las respuestas de su interlocutor. Siempre la tomaba desprevenida.
Se puso nerviosa cuando sonrió. Al menos, aún guardaba sus distancias de los barrotes, observándolo con aquella expresión que buscaba profundizar en las mareas del alma de aquél enano. Sus ojos, abiertos, luchaban por mirar más allá de lo que atesoraría tras toda esa angosta y desgastada ropa; buscaba descubrir los secretos más ocultos. Buscaba comprender su forma de ser.
“Ni una arruga”
Tauriel, sin darse cuenta; llevó una mano hacia su rostro. Ruborizada. A pesar de ello, se mantuvo recta en una postura no pretendiendo demostrar su sensibilidad. —… ¿De verdad…? — Susurró, acercándose producto de la inercia hacia el recluso. Este mismo rompió a reír, provocando que sonriera, un tanto desconcertada. Un segundo relato usurpó la escena, y la capitana acabó agachándose de cuclillas delante de la celda, prestando atención. —… Es una historia increíble.
“Eso también me lo he inventado”
Llevó una mano hacia su boca; agachando la vista, apartándola de los ojos del enano. Comenzó a reír. — No lo du… — La elfa cortó sus palabras; ¿la llamó por su nombre? — Cómo…— Se le escapó, quebrando las expresiones en su rostro. Alzó la mirada hasta la contraria. Claro que lo sabría; seguramente lo intuyó de algún guarda al referirse a ella. Quién eres tú. — ¿C-cómo te llamas...? — Preguntó, agitada por un calor interno.
El pedazo fonético se repitió dentro de su memoria; anidando las tonalidades áridas, alimentando las llamas.
Alzó las cejas; atendiendo las respuestas de su interlocutor. Siempre la tomaba desprevenida.
Se puso nerviosa cuando sonrió. Al menos, aún guardaba sus distancias de los barrotes, observándolo con aquella expresión que buscaba profundizar en las mareas del alma de aquél enano. Sus ojos, abiertos, luchaban por mirar más allá de lo que atesoraría tras toda esa angosta y desgastada ropa; buscaba descubrir los secretos más ocultos. Buscaba comprender su forma de ser.
“Ni una arruga”
Tauriel, sin darse cuenta; llevó una mano hacia su rostro. Ruborizada. A pesar de ello, se mantuvo recta en una postura no pretendiendo demostrar su sensibilidad. —… ¿De verdad…? — Susurró, acercándose producto de la inercia hacia el recluso. Este mismo rompió a reír, provocando que sonriera, un tanto desconcertada. Un segundo relato usurpó la escena, y la capitana acabó agachándose de cuclillas delante de la celda, prestando atención. —… Es una historia increíble.
“Eso también me lo he inventado”
Llevó una mano hacia su boca; agachando la vista, apartándola de los ojos del enano. Comenzó a reír. — No lo du… — La elfa cortó sus palabras; ¿la llamó por su nombre? — Cómo…— Se le escapó, quebrando las expresiones en su rostro. Alzó la mirada hasta la contraria. Claro que lo sabría; seguramente lo intuyó de algún guarda al referirse a ella. Quién eres tú. — ¿C-cómo te llamas...? — Preguntó, agitada por un calor interno.
El pedazo fonético se repitió dentro de su memoria; anidando las tonalidades áridas, alimentando las llamas.
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
Y rieron, cómplices, lijando cualquier diferencia entre ambos.
Pero no lo hicieron con libertad, pues no sólo una puerta los volvía presos de sus propios mundos. También existía la cercanía de las otras celdas, y la posibilidad de que guardias repararan en la pequeña fiesta que parecía estarse llevando a cabo en las mazmorras del Bosque Negro.
El desconcierto encogió tiernamente las pupilas de la elfa cuando el enano acertó su nombre y Kili supo que para poder apreciar ese sutil cambio sus rostros debían de estar cerca. Ridículamente cerca. Parpadeó con rapidez, sintiendo los pómulos atraparse y hacer fuerza contra los barrotes y por inercia hizo retroceder la cabeza. Miró a la elfa acuclillada. La distancia recortada no aliviaba la sensación de que era un tesoro inalcanzable. Y eso que, alargando la mano, habría podido tocarla, de haber querido. De haber querido no: osado.
—No me tengas miedo, no soy un mago ni un adivino —murmulló dejando que la sombra de los barrotes se proyectaran sobre su achatada figura—. El elfo estirado te llamó por tu nombre antes. —Caminó siempre con el perfil volteado hacia ella, con lentitud, sin saber si era presa o depredador; ¿Quién estaba expuesto de los dos? Sonrió para sí, enigmático, sabiendo que tenía en sus manos la opción de aventajarse. Aquella vez no quería ir delante.
Había caminos que merecía la pena explorar codo a codo.
—Está bien, te diré mi nombre. Así estaremos en igualdad de condiciones —introdujo el enano, volviendo a acercarse a los límites de su encierro para apoyar la frente en aquella puerta forjada, mirando en dirección al rostro pulido de Tauriel—. Kili. —Se ahorró toda la cola de patrónimos. No es que se avergonzara de su linaje, al contrario, pero le pareció irrelevante, como si al decirlo exagerara sus diferencias. Los prefería cercanos.
—Es corto, como todo en los enanos. —Le mostró la mano con los cortos dedos extendidos y se encogió, dejándola colgando ligeramente fuera de los barrotes—. Pero es práctico. Ahorramos energía acortando nuestros nombres para poder dedicar la saliva a maldecir a nuestros enemigos. —Sonrió enseñando aquella hilera de dientes bien puestos.
La música y los cantos sonaban lejanos, pero realmente no lo estaban. Simplemente era una melodía suave, delicada. Como todo en los elfos. Kili alzó la mirada hacia el halo de luz que asomaba a donde su vista alcanzaba. No entendía la lengua de los elfos pero su juventud lo hacía desvergonzado, y preguntó.
—¿Qué significa lo que cantáis?
Pero no lo hicieron con libertad, pues no sólo una puerta los volvía presos de sus propios mundos. También existía la cercanía de las otras celdas, y la posibilidad de que guardias repararan en la pequeña fiesta que parecía estarse llevando a cabo en las mazmorras del Bosque Negro.
El desconcierto encogió tiernamente las pupilas de la elfa cuando el enano acertó su nombre y Kili supo que para poder apreciar ese sutil cambio sus rostros debían de estar cerca. Ridículamente cerca. Parpadeó con rapidez, sintiendo los pómulos atraparse y hacer fuerza contra los barrotes y por inercia hizo retroceder la cabeza. Miró a la elfa acuclillada. La distancia recortada no aliviaba la sensación de que era un tesoro inalcanzable. Y eso que, alargando la mano, habría podido tocarla, de haber querido. De haber querido no: osado.
—No me tengas miedo, no soy un mago ni un adivino —murmulló dejando que la sombra de los barrotes se proyectaran sobre su achatada figura—. El elfo estirado te llamó por tu nombre antes. —Caminó siempre con el perfil volteado hacia ella, con lentitud, sin saber si era presa o depredador; ¿Quién estaba expuesto de los dos? Sonrió para sí, enigmático, sabiendo que tenía en sus manos la opción de aventajarse. Aquella vez no quería ir delante.
Había caminos que merecía la pena explorar codo a codo.
—Está bien, te diré mi nombre. Así estaremos en igualdad de condiciones —introdujo el enano, volviendo a acercarse a los límites de su encierro para apoyar la frente en aquella puerta forjada, mirando en dirección al rostro pulido de Tauriel—. Kili. —Se ahorró toda la cola de patrónimos. No es que se avergonzara de su linaje, al contrario, pero le pareció irrelevante, como si al decirlo exagerara sus diferencias. Los prefería cercanos.
—Es corto, como todo en los enanos. —Le mostró la mano con los cortos dedos extendidos y se encogió, dejándola colgando ligeramente fuera de los barrotes—. Pero es práctico. Ahorramos energía acortando nuestros nombres para poder dedicar la saliva a maldecir a nuestros enemigos. —Sonrió enseñando aquella hilera de dientes bien puestos.
La música y los cantos sonaban lejanos, pero realmente no lo estaban. Simplemente era una melodía suave, delicada. Como todo en los elfos. Kili alzó la mirada hacia el halo de luz que asomaba a donde su vista alcanzaba. No entendía la lengua de los elfos pero su juventud lo hacía desvergonzado, y preguntó.
—¿Qué significa lo que cantáis?
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con la elfa Tauriel
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Tauriel
El término usado para definir a Legolas le robó una sonrisa a Tauriel. Un instante se preguntó cómo luciría el mundo desde el punto de vista de aquél enano... llamado Kili. Kili. Manteniéndose sin esfuerzo aparente sobre sus rodillas, con una mano apoyada contra el frío metal, profundizó el interés sin tener control alguno sobre ello. Una libertad brotaba de cada poro del recluso, a pesar de estar entre aquellas rejas. La elfa creyó por un segundo que quizá era ella en realidad la que vivía tras una celda. Kili no lo hacía.
Su vista fue guiada hacia sus dedos, definidos por las marcas de la aventura, las marcas de un guerrero. Cortos, como bien acababa de confirmar su portador; Tauriel quiso estirar la suya propia, compararla con la de él. Sabía que se verían mucho más finas y lánguidas; más pálidas, más tersas. Ocultó dichoso instinto, salpicada por la vergüenza interna.
—… Es una historia. Tan antigua como este bosque. — Los ojos de Kili se movieron con lentitud hacia los suyos, alejándose de la poca luz proveniente del exterior. — Honran el pasado. — Sus dedos acariciaron los del más pequeño impidiendo que volvieran a aferrarse de uno de los barrotes. Tauriel notó un escalofrío que le llegó hasta el hombro; aguantó la respiración. — Es solamente una; y al mismo tiempo son mil. — Con la mano libre; sacó la piedra acristalada que rescató minutos antes de haber bajado a las mazmorras. — Cantamos porque es la única forma de acercarnos a aquella memoria; de condecorarla. — La colocó contra la mano de Kili; y después... sus ojos bajaron hasta la joya.
—… Honramos a los que ya no están con nosotros.
Se entristeció.
— Eärendil, así es como se llama esta pequeña porción estelar. — Separó su manos de las de Kili, dándole su confianza. Lanzándose hacia la incertidumbre una vez más. Transparente, impoluta; bendecida por la magia ancestral de los de su raza, tintada de la magia proveniente del cielo nocturno, uno podría quedarse hipnotizado ante los destellos que cobraban forma de aquél objeto tan delicado, un universo habitaba dentro de él. Un recuerdo, una memoria. Pura y preciosa. — No puedo sacarte de tu celda para que veas cómo es la fiesta; pero puedo traerte una parte de ella hasta aquí.
¿Cuándo acabó tan cercana a los barrotes? ¿Cómo acabó, también, apoyada contra ellos?
Tauriel no pestañeaba, apenas respiraba; y sus ojos, desorbitados, parecían engullirse los de Kili.
Y su corazón latía desbocado contra su pecho.
Su vista fue guiada hacia sus dedos, definidos por las marcas de la aventura, las marcas de un guerrero. Cortos, como bien acababa de confirmar su portador; Tauriel quiso estirar la suya propia, compararla con la de él. Sabía que se verían mucho más finas y lánguidas; más pálidas, más tersas. Ocultó dichoso instinto, salpicada por la vergüenza interna.
—… Es una historia. Tan antigua como este bosque. — Los ojos de Kili se movieron con lentitud hacia los suyos, alejándose de la poca luz proveniente del exterior. — Honran el pasado. — Sus dedos acariciaron los del más pequeño impidiendo que volvieran a aferrarse de uno de los barrotes. Tauriel notó un escalofrío que le llegó hasta el hombro; aguantó la respiración. — Es solamente una; y al mismo tiempo son mil. — Con la mano libre; sacó la piedra acristalada que rescató minutos antes de haber bajado a las mazmorras. — Cantamos porque es la única forma de acercarnos a aquella memoria; de condecorarla. — La colocó contra la mano de Kili; y después... sus ojos bajaron hasta la joya.
—… Honramos a los que ya no están con nosotros.
Se entristeció.
— Eärendil, así es como se llama esta pequeña porción estelar. — Separó su manos de las de Kili, dándole su confianza. Lanzándose hacia la incertidumbre una vez más. Transparente, impoluta; bendecida por la magia ancestral de los de su raza, tintada de la magia proveniente del cielo nocturno, uno podría quedarse hipnotizado ante los destellos que cobraban forma de aquél objeto tan delicado, un universo habitaba dentro de él. Un recuerdo, una memoria. Pura y preciosa. — No puedo sacarte de tu celda para que veas cómo es la fiesta; pero puedo traerte una parte de ella hasta aquí.
¿Cuándo acabó tan cercana a los barrotes? ¿Cómo acabó, también, apoyada contra ellos?
Tauriel no pestañeaba, apenas respiraba; y sus ojos, desorbitados, parecían engullirse los de Kili.
Y su corazón latía desbocado contra su pecho.
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con... Kili
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
En su fuero interno, Kili se sorprendió deseando que la elfa desplegara sus largos dedos y apoyara palma contra palma. No para medirse, sino para tenerla más cerca. Pero con un rápido vistazo a su propia mano desechó la idea viendo el guante mugriento que vestía toda su mano salvo sus dedos. Volvió la vista hacia Tauriel. No se arriesgaría a mancillar tal belleza, tal pulcritud, uniendo sus manos. A nadie le gustaba visualizarse como el culpable de los cráteres de la luna.
Escuchó con devota atención la explicación de la elfa, curioso y acostumbrado a valorar de más a aquellas personas que se tomaban el tiempo de explicarle cosas, contarle historias, abrirle el mundo. Con los ojos brillantes, cautivado, Kili cosió su mirada a los párpados de Tauriel, y la sintió más cerca que nunca a medida que ella hablaba y hablaba, relatándole una historia no muy distinta a las propias. Todos los seres de aquella tierra parecían estar anclados al pasado, y sólo unos pocos tenían el valor o descaro de mirar hacia delante. Aquellos, también, a los que les habían arrebatado todo.
Los cánticos le llenaban los oídos, manteniéndolo con aspecto de animal alerta con aquellas dos grandes orejas asomando a lado y lado de su cabeza. Aquella música era hipnótica, y la cadencia de la voz de Tauriel de algún modo lo hacía sentirse más ligero. Tan ensimismado se encontraba, mirando aquellos labios bailar formando con el aliento invisible pequeñas figuras que sólo el enano podía ver como protagonistas del relato, que se le escapó una exhalación mal contenida al sentir sus manos tocarse. Aquello era lo que debió sentir su antepasado, Thráin I, cuando estampó el pico en la roca y dio con la Piedra del Arca.
El frío tacto de la joya lo hizo bajar la vista y pasaron a segundo plano sus manos superpuestas. Sujetó con ambas manos la piedra, temeroso de que se le cayera, y la acercó a su propio rostro. Los destellos de luz dibujaron galaxias en las pieles de ambos rostros, usando sus dermis como un mapa virgen de constelaciones aún por descubrir. Con una sonrisa de sincera admiración, y algo más, viajó de nuevo con sus ojos hasta ella.
Repentinamente, la cercanía muda entre ellos lucía... apetecible.
—Es curioso. Hay algunas piedras para volver y otras para nunca marcharse —murmuró Kili, en tono cálido, sin perder la sonrisa. Llamar a aquella joya piedra no era una falta sino un halago, pues para un enano una piedra, cualquiera, era un tesoro.
Escuchó con devota atención la explicación de la elfa, curioso y acostumbrado a valorar de más a aquellas personas que se tomaban el tiempo de explicarle cosas, contarle historias, abrirle el mundo. Con los ojos brillantes, cautivado, Kili cosió su mirada a los párpados de Tauriel, y la sintió más cerca que nunca a medida que ella hablaba y hablaba, relatándole una historia no muy distinta a las propias. Todos los seres de aquella tierra parecían estar anclados al pasado, y sólo unos pocos tenían el valor o descaro de mirar hacia delante. Aquellos, también, a los que les habían arrebatado todo.
Los cánticos le llenaban los oídos, manteniéndolo con aspecto de animal alerta con aquellas dos grandes orejas asomando a lado y lado de su cabeza. Aquella música era hipnótica, y la cadencia de la voz de Tauriel de algún modo lo hacía sentirse más ligero. Tan ensimismado se encontraba, mirando aquellos labios bailar formando con el aliento invisible pequeñas figuras que sólo el enano podía ver como protagonistas del relato, que se le escapó una exhalación mal contenida al sentir sus manos tocarse. Aquello era lo que debió sentir su antepasado, Thráin I, cuando estampó el pico en la roca y dio con la Piedra del Arca.
El frío tacto de la joya lo hizo bajar la vista y pasaron a segundo plano sus manos superpuestas. Sujetó con ambas manos la piedra, temeroso de que se le cayera, y la acercó a su propio rostro. Los destellos de luz dibujaron galaxias en las pieles de ambos rostros, usando sus dermis como un mapa virgen de constelaciones aún por descubrir. Con una sonrisa de sincera admiración, y algo más, viajó de nuevo con sus ojos hasta ella.
Repentinamente, la cercanía muda entre ellos lucía... apetecible.
—Es curioso. Hay algunas piedras para volver y otras para nunca marcharse —murmuró Kili, en tono cálido, sin perder la sonrisa. Llamar a aquella joya piedra no era una falta sino un halago, pues para un enano una piedra, cualquiera, era un tesoro.
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con la elfa Tauriel
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Tauriel
Un tornado se insertó en cada esquina del alma de la elfa, barriendo con poderío la poca desconfianza que quizá algún día tuvo por algún enano. Demolió las murallas de la indiferencia, solo quedaron vastas ruinas de lo que alguna vez anidó la animadversión. El polvo de la prepotencia no tenía cabida alguna en su carácter ; era incapaz de menospreciar a alguien como Kili, puesto que Tauriel lo concebía como a un igual. Solo una conversación abierta, humilde, era capaz de crear aquél milagro en mitad de tanto caos, de tanta oscuridad; de tanta avaricia, de tanto conflicto. Aquella noche no era una noche para la aprensión, era una noche para compartir y respetar.
Pocos escucharían el por qué de los actos de la Capitana de Guardia partiendo desde el punto en el que había tomado la decisión de brindarle a un enano información tan íntima; por eso Tauriel no estaba atenta al exterior. No necesitaba que nadie más aparte de ellos fueran conscientes. Su corazón se encogió, casi como el tamaño de un átomo, acunado en la membrana creada por el murmullo de Kili. Seducida por su mirar, la elfa se comportó confusa sobre sus propias acciones; perdida en un laberinto sin salida, sola y desamparada. Tomó las manos de Kili, meciéndolas para que atrapara en su totalidad la piedra, eclipsando los destellos sobre esta misma, solo unas meras chispas de aquella luz se vio reflejada entre los yermos metales que los separaban al uno del otro y sus propias pieles.
— Es difícil saber distinguirlas una de otras... — Dijo, ensimismada, en un tono tan suave como el del contrario. — Yo no pude cumplir mi promesa. — Confesó.
"Por eso quiero que cumplas la tuya"
—Los nombres de estas piedras pertenecen a antiguos compañeros... de esta manera, sus almas siempre nos acompañan allí en donde estemos. Nos cuidan, todas las noches, desde las estrellas guían nuestros caminos. Cuando necesitamos respuestas a difíciles preguntas, un buen consejo puede hallarse si miras más allá del cristal. Se alimentan de felicidad... — Tauriel, en aquellos puntos; ya había acabado completamente pegada a las rejas. Lo máximo que podía permitirse: lo máximo que estaba establecido, permitido. — Tienen vida propia.
Tembló.
—Pero Eärendil, desde hace medio siglo que no brilla de la misma manera.
Apartó sus manos; y se alejó de las celdas, quebrando con la extraña magia creada entre los dos.
Respiró agitada; alzando la mirada hacia la sinuosa melodía de su gente. Antes, Tauriel también cantaba junto a ellos. Acabó extendiendo las manos, admirando las pocas arrugas que tenía en ellas y pensó en Kili. Temió volver a girarse para mirarlo; temió volver a sentir lo que había sentido hasta hacía unos segundos. La inmortalidad de su ser se achicó como la ropa recién secada al sol en apenas un momento.
Pocos escucharían el por qué de los actos de la Capitana de Guardia partiendo desde el punto en el que había tomado la decisión de brindarle a un enano información tan íntima; por eso Tauriel no estaba atenta al exterior. No necesitaba que nadie más aparte de ellos fueran conscientes. Su corazón se encogió, casi como el tamaño de un átomo, acunado en la membrana creada por el murmullo de Kili. Seducida por su mirar, la elfa se comportó confusa sobre sus propias acciones; perdida en un laberinto sin salida, sola y desamparada. Tomó las manos de Kili, meciéndolas para que atrapara en su totalidad la piedra, eclipsando los destellos sobre esta misma, solo unas meras chispas de aquella luz se vio reflejada entre los yermos metales que los separaban al uno del otro y sus propias pieles.
— Es difícil saber distinguirlas una de otras... — Dijo, ensimismada, en un tono tan suave como el del contrario. — Yo no pude cumplir mi promesa. — Confesó.
"Por eso quiero que cumplas la tuya"
—Los nombres de estas piedras pertenecen a antiguos compañeros... de esta manera, sus almas siempre nos acompañan allí en donde estemos. Nos cuidan, todas las noches, desde las estrellas guían nuestros caminos. Cuando necesitamos respuestas a difíciles preguntas, un buen consejo puede hallarse si miras más allá del cristal. Se alimentan de felicidad... — Tauriel, en aquellos puntos; ya había acabado completamente pegada a las rejas. Lo máximo que podía permitirse: lo máximo que estaba establecido, permitido. — Tienen vida propia.
Tembló.
—Pero Eärendil, desde hace medio siglo que no brilla de la misma manera.
Apartó sus manos; y se alejó de las celdas, quebrando con la extraña magia creada entre los dos.
Respiró agitada; alzando la mirada hacia la sinuosa melodía de su gente. Antes, Tauriel también cantaba junto a ellos. Acabó extendiendo las manos, admirando las pocas arrugas que tenía en ellas y pensó en Kili. Temió volver a girarse para mirarlo; temió volver a sentir lo que había sentido hasta hacía unos segundos. La inmortalidad de su ser se achicó como la ropa recién secada al sol en apenas un momento.
¿Qué significaba aquello? ¿Qué definición era la adecuada?
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
Siempre había sido un enano de sonrisa fácil, y jamás había necesitado de grandes jarras para avivar el espíritu. Era alguien usualmente jovial, acostumbrado a festejar usos y costumbres sin distinción. Pero, la intimidad de la celda, donde su cautividad debería hacerlo desgraciado y minar su buen humor, Kili se sentía radiante. A más la miraba, a tan corta distancia, más seguro estaba de la belleza de aquella elfa guerrera.
Con un suave temblor en los irises, recordó sonriente el modo en que aquella saeta rojiza lo había enfrentado con la única intención de defenderlo. No había nada como una mujer fuerte para encender las llamas de un corazón de guerrero. Pero ahora, en ese instante, Tauriel no lucía guerrera.
¿Quién fue Eärendil? quiso preguntar el enano. ¿Qué promesa incumplida te entristece? Intentó encontrar sus ojos, pero no lo logró. Tampoco hizo amago de preguntar; Kili sabía que existía algo más hermético que un secreto: una confidencia de mujer.
"Tauriel..."
El intento de susurro murió antes de nacer. Tan pronto sus dedos eclipsaron la mágica luz de la joya como la que irradiaba aquella sonrisa élfica. Borrando la sonrisa de golpe, con la confusión escrita en el rostro, Kili espió lo que había sido abandonado en su posesión. Preocupado, la siguió con la mirada, acercándose todavía más a los firmes barrotes como si su cuerpo le pidiera seguirla. Frustrado, apretó el pecho contra los límites de su encierro. Piensa en algo, Kili, retenla.
—Los enanos también cantamos, ¿sabías? —se apuró a decir, a la desesperada. Temeroso de verla partir, se movió cerca de los barrotes como un animal enjaulado. No uno fiero, sino uno asustado—. Principalmente canciones de beber —y de ridiculizar elfos—. Pero conozco una que solía cantarme mi madre cuando el miedo no me dejaba dormir—confesó Kili. Omitió la parte en la que el objeto de sus terrores nocturnos había sido la muerte de tantísimos de los suyos a garras y fauces de Smaug el Terrible.
Apretaba con fuerza la joya entre sus dedos mientras buscaba la atención de Tauriel, cuando separó los labios en un último intento, entonando a media voz la canción que había escuchado a Dís en incontables ocasiones.
Con un suave temblor en los irises, recordó sonriente el modo en que aquella saeta rojiza lo había enfrentado con la única intención de defenderlo. No había nada como una mujer fuerte para encender las llamas de un corazón de guerrero. Pero ahora, en ese instante, Tauriel no lucía guerrera.
¿Quién fue Eärendil? quiso preguntar el enano. ¿Qué promesa incumplida te entristece? Intentó encontrar sus ojos, pero no lo logró. Tampoco hizo amago de preguntar; Kili sabía que existía algo más hermético que un secreto: una confidencia de mujer.
"Tauriel..."
El intento de susurro murió antes de nacer. Tan pronto sus dedos eclipsaron la mágica luz de la joya como la que irradiaba aquella sonrisa élfica. Borrando la sonrisa de golpe, con la confusión escrita en el rostro, Kili espió lo que había sido abandonado en su posesión. Preocupado, la siguió con la mirada, acercándose todavía más a los firmes barrotes como si su cuerpo le pidiera seguirla. Frustrado, apretó el pecho contra los límites de su encierro. Piensa en algo, Kili, retenla.
—Los enanos también cantamos, ¿sabías? —se apuró a decir, a la desesperada. Temeroso de verla partir, se movió cerca de los barrotes como un animal enjaulado. No uno fiero, sino uno asustado—. Principalmente canciones de beber —y de ridiculizar elfos—. Pero conozco una que solía cantarme mi madre cuando el miedo no me dejaba dormir—confesó Kili. Omitió la parte en la que el objeto de sus terrores nocturnos había sido la muerte de tantísimos de los suyos a garras y fauces de Smaug el Terrible.
Apretaba con fuerza la joya entre sus dedos mientras buscaba la atención de Tauriel, cuando separó los labios en un último intento, entonando a media voz la canción que había escuchado a Dís en incontables ocasiones.
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con la elfa Tauriel
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Tauriel
Sorprender a Tauriel parecía una costumbre, bastante privilegiada, que estaba aprendiendo Kili conforme dejaban de ser extraños para pasar a una intimidad oculta de todos aquellos ojos curiosos del Bosque Negro. No esperó que el enano entonara una canción; que la enredase entre las cuerdas de la predilección, tirando con más vigor, tanto como para maquetar una ilusión en la que, a cada tirón de aquella cuerda; cada barrote desapareciera de la escena. La cercanía compartida se introdujo en su corazón sin haberse dado cuenta ni haber tratado de impedirlo; y ahora Tauriel, encarándolo nuevamente, enternecida, caminó hipnótica, como en un sueño, hacia él. Kili no soltaba aquellos lazos.
Su rostro no expresó emoción alguna conforme la cruda entonación de aquella canción iba brotando como los primeros rayos de sol tras una tormenta. Toda su atención estaba volcada sobre el enano recluso; tanto como para no darse cuenta que pronto, su turno en la guardia cambiaría. Eso no importaba ahora.
Alzó una mano, ahogada en sus pupilas, y llegó a traspasar los robustos barrotes. Tocó la áspera barba con la punta del índice, la que pronto inició un escalofrío el cual no supo identificar. Nunca antes lo había hecho; tocar una barba. Cayó en la cuenta de que no era desagradable; todo lo contrario. Se dio cuenta que necesitó extender los dedos, acariciando el límite que imponía el vello facial sobre su rostro con la piel desnuda.Su pulgar palpó sin vergüenza.
Tauriel tuvo miedo como nunca antes lo rememoró; ¿cómo fue capaz de cruzar las barreras de su cultura, de hacer política en un acto tan inocente como aquél? Arriesgaba demasiado; y sin embargo, no se arrepentía un ápice.
—Hantalë*
Sururró, cuando la canción hubo acabado.
Apartó un mechón de pelo de su rostro con su mano libre.
—... Kili. — Pronunció; por primera vez desde que comenzó su relación con aquél enano, Pero no tuvo tiempo de acabar lo que quería decirle; Tauriel bajó su mano, se enderezó rápidamente y su rostro se giró, con cierto dramatismo, a las escaleras de su derecha. Varios guardas estaban cambiando sus puestos.
Su rostro no expresó emoción alguna conforme la cruda entonación de aquella canción iba brotando como los primeros rayos de sol tras una tormenta. Toda su atención estaba volcada sobre el enano recluso; tanto como para no darse cuenta que pronto, su turno en la guardia cambiaría. Eso no importaba ahora.
Alzó una mano, ahogada en sus pupilas, y llegó a traspasar los robustos barrotes. Tocó la áspera barba con la punta del índice, la que pronto inició un escalofrío el cual no supo identificar. Nunca antes lo había hecho; tocar una barba. Cayó en la cuenta de que no era desagradable; todo lo contrario. Se dio cuenta que necesitó extender los dedos, acariciando el límite que imponía el vello facial sobre su rostro con la piel desnuda.Su pulgar palpó sin vergüenza.
Tauriel tuvo miedo como nunca antes lo rememoró; ¿cómo fue capaz de cruzar las barreras de su cultura, de hacer política en un acto tan inocente como aquél? Arriesgaba demasiado; y sin embargo, no se arrepentía un ápice.
—Hantalë*
Sururró, cuando la canción hubo acabado.
Apartó un mechón de pelo de su rostro con su mano libre.
—... Kili. — Pronunció; por primera vez desde que comenzó su relación con aquél enano, Pero no tuvo tiempo de acabar lo que quería decirle; Tauriel bajó su mano, se enderezó rápidamente y su rostro se giró, con cierto dramatismo, a las escaleras de su derecha. Varios guardas estaban cambiando sus puestos.
- Spoiler:
- *Gracias
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Kili
La canción se apagó paulatinamente, a medida que los dedos de Tauriel le dibujaban el trazo de una esperanza en la mejilla. Agradeció sin una sonrisa pero con un brillo húmedo en la mirada el que ella le retirara un mechón del rostro. Pudo contemplarla en todo su esplendor, y ante esa imagen no pudo sino considerarse ciego. Ciego y estúpido. ¿Quién sino un ciego y un estúpido podría haber considerado cualquier piedra preciosa por encima de ese rostro? Recortadas las distancias, la belleza de Tauriel parecía de otro mundo.
Tembló la voz ante el roce.
Incluso en un tacto inexplorado, movido por una curiosidad infantil como era la que podía llevarla a tocarlo, Tauriel era elegante. Y, su tacto, suave. La caricia llegó no más fuerte de lo que llegaría un golpe de aire. Como una suave brisa luchando a contrapelo en su corta barba. Los ojos de Kili no se descosían de los irises de la elfa mientras sus labios se movían con cadencia pausada. Se sintió ralentizar por completo, bajando el ritmo de pulsaciones durante los instantes en los que ella lo bendijo con una caricia de la que ningún enano sería merecedor.
Entreabrió los labios para decir algo, pero tan pronto como la había tenido a su alcance la vio alejarse como por poco pierde su runa horas antes. Temió que volviera a ser su culpa, pero la presencia inmediata de guardias elfos hizo que Kili endureciera el rostro. Con el pecho henchido, sus prendas apretaban su corazón y le impedían respirar. Resopló como un animal encerrado, sintiendo la cautividad que había olvidado.
La joya en su mano centelleó casi con vida propia, débil.
—Ven con nosotros —pidió a la desesperada entre dientes, incauto, apretándose contra los barrotes. Erebor es grande. Kili no se mostró dubitativo ante la idea de su fuga. Era joven y creía en las promesas del destino y los presagios, como creía en la magia que lo aceleraba en presencia de Tauriel—. Sé que tú también lo has sentido —susurró en dirección a la elfa que pretendía su inexistencia, cuadrada ante la cercanía de hermanos de orejas puntiagudas. Kili apretó con fuerza la piedra preciosa.
Tauriel podía fingir no entender, pero lo había visto en su mirar.
Le perdonó la respuesta y apurado por las pisadas, concluyó solo un pacto en el que la elfa podía o no pronunciarse. No le importaba. Entre un hacha, una espada y un arco, Kili había escogido el corazón.
—Volveremos a vernos, y cuando lo hagamos, Eärendil brillará como cien lunas de fuego —prometió Kili, pasional. Sin querer esconderlo, y sin saber francamente que lo hacía, proclamó las intenciones de fuga de los suyos. Aulë nos proteja. A los dos.
Tembló la voz ante el roce.
Incluso en un tacto inexplorado, movido por una curiosidad infantil como era la que podía llevarla a tocarlo, Tauriel era elegante. Y, su tacto, suave. La caricia llegó no más fuerte de lo que llegaría un golpe de aire. Como una suave brisa luchando a contrapelo en su corta barba. Los ojos de Kili no se descosían de los irises de la elfa mientras sus labios se movían con cadencia pausada. Se sintió ralentizar por completo, bajando el ritmo de pulsaciones durante los instantes en los que ella lo bendijo con una caricia de la que ningún enano sería merecedor.
Entreabrió los labios para decir algo, pero tan pronto como la había tenido a su alcance la vio alejarse como por poco pierde su runa horas antes. Temió que volviera a ser su culpa, pero la presencia inmediata de guardias elfos hizo que Kili endureciera el rostro. Con el pecho henchido, sus prendas apretaban su corazón y le impedían respirar. Resopló como un animal encerrado, sintiendo la cautividad que había olvidado.
La joya en su mano centelleó casi con vida propia, débil.
—Ven con nosotros —pidió a la desesperada entre dientes, incauto, apretándose contra los barrotes. Erebor es grande. Kili no se mostró dubitativo ante la idea de su fuga. Era joven y creía en las promesas del destino y los presagios, como creía en la magia que lo aceleraba en presencia de Tauriel—. Sé que tú también lo has sentido —susurró en dirección a la elfa que pretendía su inexistencia, cuadrada ante la cercanía de hermanos de orejas puntiagudas. Kili apretó con fuerza la piedra preciosa.
Tauriel podía fingir no entender, pero lo había visto en su mirar.
Le perdonó la respuesta y apurado por las pisadas, concluyó solo un pacto en el que la elfa podía o no pronunciarse. No le importaba. Entre un hacha, una espada y un arco, Kili había escogido el corazón.
—Volveremos a vernos, y cuando lo hagamos, Eärendil brillará como cien lunas de fuego —prometió Kili, pasional. Sin querer esconderlo, y sin saber francamente que lo hacía, proclamó las intenciones de fuga de los suyos. Aulë nos proteja. A los dos.
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con la elfa Tauriel
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Tauriel
"Ven con nosotros"
Tauriel cerró los ojos. Notó un pinchazo en mitad de su pecho.
"Sé que tú también lo has sentido"
¿El qué...? ¿Qué fue lo que sintió?
Se giró; con los ojos bien abiertos, porque tal vez de esa forma pudiera hallar la respuesta en Kili. Pero solo encontró miedo. Miedo a lo desconocido; miedo a ella misma, a su propio corazón. No estaba lo suficientemente preparada para algo así, no tan rápido. Sus compañeros se acercaban; en un grácil movimiento, recogió la piedra prestada, sincronizada a las últimas palabras del enano. No contestó, a pesar del desbarajuste interno producto de alguien tan pequeño. Tan pequeño pero con un carácter de hierro; alguien tan seguro de sí mismo, alguien que no temía expresar abiertamente sus emociones. No como los elfos.
Y como tal, Tauriel no pudo ceder.
Encerró la experiencia bajo llave.
El cambio de guardia llegó; y con él, el lado más humano de la elfa se desvaneció bajo sus entrañas, bien escondidas donde nadie pudiera descubrir la vulnerabilidad que portaba como un mártir bajo la fachada de la rigidez. No volvió a mirar a Kili en ningún momento. Desapareció, como si aquello no hubiera sido más que un espejismo, un delirio traicionero, una rareza sin marca que demostrara su credibilidad ante los jueces del Bosque Negro. No habían pruebas algunas; y sin pruebas, dicho encuentro jamás se dio lugar en ningún universo posible; no entre dos razas como las suyas.
Qué estúpida al estar intentando creer en algo así.
La fiesta terminaría pronto; y Tauriel, mirando a las estrellas, sosteniendo a Eärendil entre sus manos; imaginó a Kili. Su voz, su sonrisa, el brillo de su mirada, y sus palabras.
Una lágrima manchó la pulcritd de la joya.
Y con ella; su fulgor se debilitó, un poquito más.
Tauriel cerró los ojos. Notó un pinchazo en mitad de su pecho.
"Sé que tú también lo has sentido"
¿El qué...? ¿Qué fue lo que sintió?
¿Qué sentía por él?
Se giró; con los ojos bien abiertos, porque tal vez de esa forma pudiera hallar la respuesta en Kili. Pero solo encontró miedo. Miedo a lo desconocido; miedo a ella misma, a su propio corazón. No estaba lo suficientemente preparada para algo así, no tan rápido. Sus compañeros se acercaban; en un grácil movimiento, recogió la piedra prestada, sincronizada a las últimas palabras del enano. No contestó, a pesar del desbarajuste interno producto de alguien tan pequeño. Tan pequeño pero con un carácter de hierro; alguien tan seguro de sí mismo, alguien que no temía expresar abiertamente sus emociones. No como los elfos.
Y como tal, Tauriel no pudo ceder.
Encerró la experiencia bajo llave.
El cambio de guardia llegó; y con él, el lado más humano de la elfa se desvaneció bajo sus entrañas, bien escondidas donde nadie pudiera descubrir la vulnerabilidad que portaba como un mártir bajo la fachada de la rigidez. No volvió a mirar a Kili en ningún momento. Desapareció, como si aquello no hubiera sido más que un espejismo, un delirio traicionero, una rareza sin marca que demostrara su credibilidad ante los jueces del Bosque Negro. No habían pruebas algunas; y sin pruebas, dicho encuentro jamás se dio lugar en ningún universo posible; no entre dos razas como las suyas.
Qué estúpida al estar intentando creer en algo así.
La fiesta terminaría pronto; y Tauriel, mirando a las estrellas, sosteniendo a Eärendil entre sus manos; imaginó a Kili. Su voz, su sonrisa, el brillo de su mirada, y sus palabras.
"Volveremos a vernos, y cuando lo hagamos, Eärendil brillará como cien lunas de fuego"
Una lágrima manchó la pulcritd de la joya.
Y con ella; su fulgor se debilitó, un poquito más.
Mazmorras del bosque negro× Noche
con... Kili
con... Kili
Re: Mára mesta

Capítulo 1
Bilbo
La Piedra del Arca brillaba, altiva, sobre su mano. Bilbo ya había pasado por todo lo innombrable; mil historias y aventuras que relatar, cada una de ellas jamás imaginadas por un hobbit que juró a mil dioses que nunca abandonaría su cómodo hogar como el buen hobbit que era. Pero ahora ahí se encontraba, tomando decisiones demasiado grandes para lo pequeño que se consideró. Guardó la ansiada joya tras su chaqueta de cuero, mirando desorbitado hacia los sonidos huecos que traspasaban las piedras de Erebor. Casi como estar escondiendo un cadáver. Casi.
Él no era un ladrón; o al menos no quería ser oficialmente uno. Se sentía como el peor de lo villanos a cada instante en el que los ojos de Thorin encontraban los propios; y por eso Bilbo se escaqueaba como buenamente podía. Tragó saliva, y suspiró. Suspiró tres veces más mejor dicho; mirando en dirección al cielo, finalizando aquellos exagerados resoplidos a la par que se puso de pie como si le hubieran puesto un resorte bajo los calzones. Lo correcto era devolverle la Piedra al nuevo Rey Bajo La Montaña. Y eso iba a hacer.
Thorin era su amigo.
Su mejor amigo.
Deducir dónde hallar al susodicho no suponía un complicado resquebrajero de cabeza. Cubierto hasta la médula por las riquezas de los enanos, Bilbo descendió vaporoso hasta los confines del oro visualizando abruptamente la espalda de Thorin. Más sigiloso que el polvo, se acercó; levantando una mano y apuntando el índice hacia el norte como si aquellas acciones redujeran el peso de las dificultades a enfrentar. Los labios formaron un "Th-..." sin fonética alguna que acompasaran los movimientos de aquellos músculos.
Aún con el dedo en alto, la boca curvándose hacia el "-orin", una posición de corredor de carreras en el límite de comenzar con su trayecto; se quedó helado. Paralizado tras Escudo de Roble.
Señoras y señoras; Bilbo Baggins dio media vuelta cuando estuvo lo suficientemente cerca del enano abandonado coraje alguno puesto que temía a Thorin Escudo de Roble más que a cualquier goblin, troll, u orco allí donde los hubiera. Y eso era decir mucho miedo, eh.
Igual hasta le temía un poquito más de lo que llegó a temer a Smaug.
Mala suerte con la huida de todas formas; no pensó en acabar dándose de bruces contra una de las columnas; su dedo meñique fue el primero en sufrir aquella enredadera de torpeza.
— Ay, ¡Ay, ay, ay, ay, ay! —Se quejó el hobbit; llevando una mano a su peluda extremidad; ¿cómo era posible que piedra tan dura hubiese podido con pies de similar aguante?
Supo que ya no tendría escapatoria.
— Mu... ¡M-muy buenas tardes!... Digo noches. Si. Noches. Noches mejor. — Enderezó su figura; cogiéndose las manos tras la espalda, intentando (un poco ridículo) disimular la molestia que brotaba desde sus deditos. — ¿Cómo van las cuentas? — Preguntó rápidamente, comiéndose sus anteriores palabras, impidiendo que Thorin contestara el "buenas noches". Alzó las cejas; moviendo sus pupilas de los bienes frente a Thorin, hasta la cara del enano una vez más..
Thorin. Tesoros. Thorin. Tesoros. Thorin. Tesoros.
Mejor tesoros todo el tiempo; lo intimidaba demasiado aquél tipo.
Parecía conocedor de cada uno de sus secretos.
Él no era un ladrón; o al menos no quería ser oficialmente uno. Se sentía como el peor de lo villanos a cada instante en el que los ojos de Thorin encontraban los propios; y por eso Bilbo se escaqueaba como buenamente podía. Tragó saliva, y suspiró. Suspiró tres veces más mejor dicho; mirando en dirección al cielo, finalizando aquellos exagerados resoplidos a la par que se puso de pie como si le hubieran puesto un resorte bajo los calzones. Lo correcto era devolverle la Piedra al nuevo Rey Bajo La Montaña. Y eso iba a hacer.
Thorin era su amigo.
Su mejor amigo.
Deducir dónde hallar al susodicho no suponía un complicado resquebrajero de cabeza. Cubierto hasta la médula por las riquezas de los enanos, Bilbo descendió vaporoso hasta los confines del oro visualizando abruptamente la espalda de Thorin. Más sigiloso que el polvo, se acercó; levantando una mano y apuntando el índice hacia el norte como si aquellas acciones redujeran el peso de las dificultades a enfrentar. Los labios formaron un "Th-..." sin fonética alguna que acompasaran los movimientos de aquellos músculos.
Aún con el dedo en alto, la boca curvándose hacia el "-orin", una posición de corredor de carreras en el límite de comenzar con su trayecto; se quedó helado. Paralizado tras Escudo de Roble.
Señoras y señoras; Bilbo Baggins dio media vuelta cuando estuvo lo suficientemente cerca del enano abandonado coraje alguno puesto que temía a Thorin Escudo de Roble más que a cualquier goblin, troll, u orco allí donde los hubiera. Y eso era decir mucho miedo, eh.
Igual hasta le temía un poquito más de lo que llegó a temer a Smaug.
Mala suerte con la huida de todas formas; no pensó en acabar dándose de bruces contra una de las columnas; su dedo meñique fue el primero en sufrir aquella enredadera de torpeza.
— Ay, ¡Ay, ay, ay, ay, ay! —Se quejó el hobbit; llevando una mano a su peluda extremidad; ¿cómo era posible que piedra tan dura hubiese podido con pies de similar aguante?
Supo que ya no tendría escapatoria.
— Mu... ¡M-muy buenas tardes!... Digo noches. Si. Noches. Noches mejor. — Enderezó su figura; cogiéndose las manos tras la espalda, intentando (un poco ridículo) disimular la molestia que brotaba desde sus deditos. — ¿Cómo van las cuentas? — Preguntó rápidamente, comiéndose sus anteriores palabras, impidiendo que Thorin contestara el "buenas noches". Alzó las cejas; moviendo sus pupilas de los bienes frente a Thorin, hasta la cara del enano una vez más..
Thorin. Tesoros. Thorin. Tesoros. Thorin. Tesoros.
Mejor tesoros todo el tiempo; lo intimidaba demasiado aquél tipo.
Parecía conocedor de cada uno de sus secretos.
Erebor × Adolorido
con... Thorin Escudo de Roble hijo de Thráin, hijo de Thror
con... Thorin Escudo de Roble hijo de Thráin, hijo de Thror
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