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La idea y fundación de Skipping Stone es de la antigua usuaria y administradora Aqua. Diseño de gráficos y redacción de normas, guías, etc, corre por parte del Staff. El skin, el tablón de anuncios, los perfiles y el tablón de afiliados han sido diseñados y cedidos al foro por Oswald. Las imágenes no nos pertenecen, han sido recolectadas en Deviantart en especial de faestock, So-ghislaine (dados) y webvilla (medallas), moon0727 (png Sherlock Holmes), andie-mikaelson (png Raven Reyes), Tube danimage (png Lagertha) y el tumblr fandomtransparents (png Sansa Stark). Damos también un agradecimiento en especial a los foros de recursos Glintz y Serendepity cuyos tutoriales han ayudado a crear las tablillas.
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Beauty is terror.
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Beauty is terror.
Viktor Schneider 42 años | Michael Fassbender | Mozart | En el hombre hay un 2% de humano y el resto es, digamos, animal. Los tabúes impuestos por la sociedad alimentan su deseo, lo incitan a violar los preceptos. El mínimo indicio de veto es suficiente para desquiciar al hombre por completo, coaccionándolo a seguir su instinto, a ejecutar hasta las más grandes atrocidades con tal de rebelarse y sentirse él mismo. Así, el ser humano es la única especie regida por convencionalismos religiosos y culturales, los cuales, para fortuna de muchos, refrenan la catástrofe y los convierte en la especie racional por excelencia. Pero, ¿por cuánto tiempo? La moralidad es un invento más que se ha transformado con el paso de los años, y ése parece ser el dogma de la familia Schneider. Cuando la vida de Anna es robada por la estridencia de un balazo, víctima de un ser cuyo instinto rechaza también las normas colectivas, su hija enfrenta la desdicha de la soledad, encontrando refugio en quien alguna vez pudo haberse considerado su padre. Bien dicta el refrán que padre no es aquél que engendra, sino aquél que cría. La cuestión es... ¿Cuál es el color que los ojos de Helena perciben cada vez que lo mira? 1x1 | Drama & Romance | Realista | Helena Schneider 20 años | Kacey Rohl Aquiver |
Última edición por Mozart el Jue Jun 02, 2016 5:09 am, editado 3 veces
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I—Our love has gone cold
Our love has gone
Cold
Una respiración más entró en su agitado cuerpo. Observaba con evidente desgana el lugar donde debía vivir ahora. No tenía dinero como para poder mantenerse por si misma y con la estúpida idea de tener que asistir a la universidad no podía trabajar.
Miró la pantalla de su smartphone, examinando el fondo de pantalla que era ella y su madre, sonrientes, con un rayo de luz cruzando sus cabellos. La extrañaba más que a nada. Aún no podía creer que una bala le hubiera arrebatado a la única persona que la amaba de forma incondicional. Al menos, ya no lloraba, sus lagrimales parecían estar tan secos como el desierto, solo los suspiros ahogados dejaban cuenta de los verdaderos dolores de la muchacha.
Bloqueó el dispositivo, dejando a un lado el recuerdo incesante de Anna. Su mirada límpida como el mar empezó a desplazarse por la habitación, analizando la mesa de centro con evidente incomodidad, con las piernas cruzadas encima del sofá, sentada en posición india, como si el piso fuera una versión más grande de su padre.
Le temía un tanto a Viktor, no lo conocía más que esos recuerdos difusos en un rincón de su mente, los cuales transformaba hasta que eran las memorias de un padre preocupado. Las uñas desprovistas de algún color rascaron el lugar donde estaba sentada, de una forma obsesiva, perversa. Helena era una muchacha que parecía tener la noche eterna en sus cabellos, los cuales se movían de forma ligeramente graciosa porque ella estaba nerviosa y el movimiento de su pie lo dejaba en claro.
No sabía la hora ni donde estaba al que llamaba ''padre'', no le interesaba en lo más mínimo. Quizás por la luz cambiante en la ventana podía adivinar que estaba pronto a llegar, si es que supiera algo más que su nombre. Resopló frustrada porque le molestaba ignorar las cosas.
Sin embargo, el pensamiento de ver a su padre le traía una pequeña molestia en su estomago. Como los nervios que anticipaban a algo peor. La calma previa a la tormenta.
—Solo quiero algo que no tenga que alterar —susurró a la nada, a nadie, porque estaba sola.
Se sentía sola.
Miró la pantalla de su smartphone, examinando el fondo de pantalla que era ella y su madre, sonrientes, con un rayo de luz cruzando sus cabellos. La extrañaba más que a nada. Aún no podía creer que una bala le hubiera arrebatado a la única persona que la amaba de forma incondicional. Al menos, ya no lloraba, sus lagrimales parecían estar tan secos como el desierto, solo los suspiros ahogados dejaban cuenta de los verdaderos dolores de la muchacha.
Bloqueó el dispositivo, dejando a un lado el recuerdo incesante de Anna. Su mirada límpida como el mar empezó a desplazarse por la habitación, analizando la mesa de centro con evidente incomodidad, con las piernas cruzadas encima del sofá, sentada en posición india, como si el piso fuera una versión más grande de su padre.
Le temía un tanto a Viktor, no lo conocía más que esos recuerdos difusos en un rincón de su mente, los cuales transformaba hasta que eran las memorias de un padre preocupado. Las uñas desprovistas de algún color rascaron el lugar donde estaba sentada, de una forma obsesiva, perversa. Helena era una muchacha que parecía tener la noche eterna en sus cabellos, los cuales se movían de forma ligeramente graciosa porque ella estaba nerviosa y el movimiento de su pie lo dejaba en claro.
No sabía la hora ni donde estaba al que llamaba ''padre'', no le interesaba en lo más mínimo. Quizás por la luz cambiante en la ventana podía adivinar que estaba pronto a llegar, si es que supiera algo más que su nombre. Resopló frustrada porque le molestaba ignorar las cosas.
Sin embargo, el pensamiento de ver a su padre le traía una pequeña molestia en su estomago. Como los nervios que anticipaban a algo peor. La calma previa a la tormenta.
—Solo quiero algo que no tenga que alterar —susurró a la nada, a nadie, porque estaba sola.
Se sentía sola.
Con Viktor ❄ En casa ❄ Antes del atardecer
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Re: Beauty is terror.
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Las bocinas eléctricas de los automóviles pitaban con gran estrépito frente a los diáfanos cristales del aclamado KaDeWe en la avenida Kurfürstendamm de la capital alemana. El sol, inclemente y vigoroso, se alzaba con todo su esplendor y solemne fortaleza sobre la zona de tránsito, cuya fluidez se había entorpecido dando lugar a un sofocante embotellamiento en las faldas de los comercios; franquicias internacionales de moda y deportes que se desempeñaban como los más grandes almacenes del país.
Tras otra oleada de protestas eléctricas, al entorno abrasador se adhería una cacofonía de estrés que aumentaba su jaqueca. Viktor Schneider tamborileaba con inquietud sus dedos sobre la bandana que revestía el volante de su automóvil; un Audi A3 plateado modelo 2015 que había obtenido luego de haber ganado el, quizás, caso más importante en la historia de la firma de abogados donde laboraba desde hace más de siete años. Su propia firma de abogados, para ser exactos: Schneider & Asociados.
Además de estar sumido en una razonable desesperación por llegar a su hogar luego de un atareado día repleto de casos inciertos y clientes iletrados, los cuales buscaban una pronta vía de escape en favor de esconder las más grandes barbaridades humanas, Viktor necesitaba imperantemente de un baño relajante. Probablemente botella en mano y una dosis de Red House, Hendrix in the West. No obstante, aún podía degustar el sabor agridulce que sólo te otorga la sensación de tener algo pendiente pero no recordarlo. Por más que intentaba evocar la causa de su cosquilleo, no lo conseguía.
Para cuando aparcó en el estacionamiento de su edificio y sus pies cruzaron el umbral de su puerta, el cielo ya había perdido color y la temperatura había descendido de forma considerable. Sin cuidado alguno, dando pasos arrastrados sobre las oscuras baldosas de su apartamento, se movió distraídamente de un lado a otro. Las llaves de la entrada resonaron agudas cuando fueron aventadas sobre la mesa de cristal que se hallaba en medio del comedor. Sin reparar en su alrededor, Viktor reaccionaba por instinto, trasladándose hacia la cocina para sacar una cerveza del frigorífico y eventualmente entrar a la sala de descanso, donde encendió el televisor y reprodujo el álbum de Hendrix, 1969.
No obstante, tras girarse y empinarse la botella de alcohol, se topó con la figura esbelta de una chica taciturna con gesto melancólico. Frunció el ceño con el recelo digno de quien encuentra a un extraño en su hogar.
— ¿Quién diablos eres? —inquirió; voz rasposa, jaqueca martilleando sus sienes. Perplejidad evidente.
Tras otra oleada de protestas eléctricas, al entorno abrasador se adhería una cacofonía de estrés que aumentaba su jaqueca. Viktor Schneider tamborileaba con inquietud sus dedos sobre la bandana que revestía el volante de su automóvil; un Audi A3 plateado modelo 2015 que había obtenido luego de haber ganado el, quizás, caso más importante en la historia de la firma de abogados donde laboraba desde hace más de siete años. Su propia firma de abogados, para ser exactos: Schneider & Asociados.
Además de estar sumido en una razonable desesperación por llegar a su hogar luego de un atareado día repleto de casos inciertos y clientes iletrados, los cuales buscaban una pronta vía de escape en favor de esconder las más grandes barbaridades humanas, Viktor necesitaba imperantemente de un baño relajante. Probablemente botella en mano y una dosis de Red House, Hendrix in the West. No obstante, aún podía degustar el sabor agridulce que sólo te otorga la sensación de tener algo pendiente pero no recordarlo. Por más que intentaba evocar la causa de su cosquilleo, no lo conseguía.
Para cuando aparcó en el estacionamiento de su edificio y sus pies cruzaron el umbral de su puerta, el cielo ya había perdido color y la temperatura había descendido de forma considerable. Sin cuidado alguno, dando pasos arrastrados sobre las oscuras baldosas de su apartamento, se movió distraídamente de un lado a otro. Las llaves de la entrada resonaron agudas cuando fueron aventadas sobre la mesa de cristal que se hallaba en medio del comedor. Sin reparar en su alrededor, Viktor reaccionaba por instinto, trasladándose hacia la cocina para sacar una cerveza del frigorífico y eventualmente entrar a la sala de descanso, donde encendió el televisor y reprodujo el álbum de Hendrix, 1969.
No obstante, tras girarse y empinarse la botella de alcohol, se topó con la figura esbelta de una chica taciturna con gesto melancólico. Frunció el ceño con el recelo digno de quien encuentra a un extraño en su hogar.
— ¿Quién diablos eres? —inquirió; voz rasposa, jaqueca martilleando sus sienes. Perplejidad evidente.
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Re: Beauty is terror.
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Perdió la noción del tiempo, no vio el sol desplazarse por el cielo, perdida en los rayos que cruzaban los ventanales de la casa, cayó dormida cual sueño y cansancio que recorrían su delgado cuerpo.
Su cabeza reposaba en el posa brazos, por lo que quedaría adolorida más tarde mas no le importó cuando simplemente Morfeo la llevó a su reino por un momento, donde pudo olvidar todo lo que acosaba las paredes de su mente con pensamientos sospechosos además de deprimentes.
Un agudo clanck la despertó de un golpe. Buscó el causante de tal alborto: Viktor, le frunció el ceño, maldiciendo en su mente la complexión atlética de su progenitor; Se arregló el cabello un poco, viendo su reflejo con presteza. Prestó la máxima atención a todo lo que hacía el hombre, era la primera vez que lo veía moverse sin nada que lo molestara, le era pintoresco, le causaba una curiosidad que una hija no debería tener.
Oh, oh. Música, agudizó su sentido auditivo, tratando de captar que estaba escuchando, casi paso por alto a la persona que estaba a su lado y le resultó gracioso que así fuera. Una situación de lo más extraña, no obstante, su voz la sacó del trance.
Con aquella pregunta, una estela de dolor cruzó su cuerpo como una estrella fugaz en la más oscura noche—No sé porqué creí que me recordarías —el profundo sarcasmo se hacía notar en su voz de hielo—Soy tu hija. Helena, mucho gusto —rodó los ojos cual adolescente con una rabieta. Terminó de girar el cuerpo hacía él, enfrentando todo lo que representaba el hombre—Oh, espera, ¿mejor puedo decir que soy alguna de las putas con quienes duermes? —dramatizó, mirando la botella.
—Mamá murió. Por si te interesa saberlo —informó, con frío en el corazón—Tengo que vivir contigo, por desgracia —el odio fluía desde todo su esbelto ser.
Necesitaba un cigarrillo. Buscó por uno en sus bolsillos, hasta que encontró la cajetilla y encendió uno con premura, dando la primera calada del día.
Su cabeza reposaba en el posa brazos, por lo que quedaría adolorida más tarde mas no le importó cuando simplemente Morfeo la llevó a su reino por un momento, donde pudo olvidar todo lo que acosaba las paredes de su mente con pensamientos sospechosos además de deprimentes.
Un agudo clanck la despertó de un golpe. Buscó el causante de tal alborto: Viktor, le frunció el ceño, maldiciendo en su mente la complexión atlética de su progenitor; Se arregló el cabello un poco, viendo su reflejo con presteza. Prestó la máxima atención a todo lo que hacía el hombre, era la primera vez que lo veía moverse sin nada que lo molestara, le era pintoresco, le causaba una curiosidad que una hija no debería tener.
Oh, oh. Música, agudizó su sentido auditivo, tratando de captar que estaba escuchando, casi paso por alto a la persona que estaba a su lado y le resultó gracioso que así fuera. Una situación de lo más extraña, no obstante, su voz la sacó del trance.
Con aquella pregunta, una estela de dolor cruzó su cuerpo como una estrella fugaz en la más oscura noche—No sé porqué creí que me recordarías —el profundo sarcasmo se hacía notar en su voz de hielo—Soy tu hija. Helena, mucho gusto —rodó los ojos cual adolescente con una rabieta. Terminó de girar el cuerpo hacía él, enfrentando todo lo que representaba el hombre—Oh, espera, ¿mejor puedo decir que soy alguna de las putas con quienes duermes? —dramatizó, mirando la botella.
—Mamá murió. Por si te interesa saberlo —informó, con frío en el corazón—Tengo que vivir contigo, por desgracia —el odio fluía desde todo su esbelto ser.
Necesitaba un cigarrillo. Buscó por uno en sus bolsillos, hasta que encontró la cajetilla y encendió uno con premura, dando la primera calada del día.
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Re: Beauty is terror.
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Una ráfaga de impresiones lo atacó a destiempo. De pronto su aspecto mosqueado fue distorsionándose hasta adoptar una irrisoria señal de conmoción plasmada en cada curva de su rostro, dejándolo embebido. Era como si drenaran sus venas por completo, como si sus pulmones fuesen hinchados de oxígeno sin que estos tuviesen el suficiente espacio para soportar la carga. Si no fuese por su envidiable autocontrol, se hubiese ahogado con el trago de cerveza que no hace más de medio minuto tuvo la intención de deglutir...
Helena.
— Joder —bramó.
Por fin pudo atar los cabos y comprender el porqué de su previa inquietud. El recuerdo azotó sobre su sistema nervioso hasta el punto de querer desgarrarlo; aunque la sensación de satisfacción al llenar el vacío también lo acometió. Consciente de su efímero enfrascamiento, se obligó a prestar atención en los detalles que prosiguieron. Sin duda, el descaro y la antipatía de la menor no pasaron inadvertidos. Genuinamente sorprendido por la situación, mas no revelando ninguna careta repleta de candor, enarcó una de sus cejas, no dejando de escrutar las acciones ajenas.
— Alguna de mis putas —repitió, saboreando la frase con ironía— ¿Ésa es la mierda que ella te decía sobre mí? —ladeó el rostro de forma casi imperceptible. El humo del cigarrillo atravesó sus fosas nasales, combatiendo por la supremacía en la lista de estímulos que engrosaban su dolor de cabeza. Viktor, aún con la mirada penetrante, juzgando y estudiando con la impasibilidad propia de quien degusta una materia con concentración, dio un sorbo más a su cerveza sin apartar los ojos de su...— Sé que está muerta, hace unos días hablé con la amiga de tu madre. Olvidé... —pausó a sabiendas de que a punto se encontró de exclamar una verdad con riesgo a ser malinterpretada, o quizás era demasiado evidente— Olvidé que llegarías hoy.
Olvidé que llegarías en absoluto.
Un silencio sobrevino; y junto a él, Viktor no dejó de notar la manera en que sus recuerdos le habían jugado una mala pasada. ¿Qué diablos había esperado? ¿Encontrarse con la pequeña de mejillas regordetas y ojos descomunales que algún día fue? Los hijos, al parecer, crecen; pero, por supuesto, no es como si hubiese tenido oportunidad de detenerse a pensar en ello, ni ahora ni nunca antes. Su mirada la barrió de arriba a abajo, lo suficiente como para ser advertida. Había cierto deje de melancolía en aquella acción, así como un toque de prevención.
— Eres más alta de lo que pensé.
Apuntó con voz ronca, exteriorizando una especie de 'ha pasado tiempo', y un 'me he perdido de tanto', también.
Helena.
— Joder —bramó.
Por fin pudo atar los cabos y comprender el porqué de su previa inquietud. El recuerdo azotó sobre su sistema nervioso hasta el punto de querer desgarrarlo; aunque la sensación de satisfacción al llenar el vacío también lo acometió. Consciente de su efímero enfrascamiento, se obligó a prestar atención en los detalles que prosiguieron. Sin duda, el descaro y la antipatía de la menor no pasaron inadvertidos. Genuinamente sorprendido por la situación, mas no revelando ninguna careta repleta de candor, enarcó una de sus cejas, no dejando de escrutar las acciones ajenas.
— Alguna de mis putas —repitió, saboreando la frase con ironía— ¿Ésa es la mierda que ella te decía sobre mí? —ladeó el rostro de forma casi imperceptible. El humo del cigarrillo atravesó sus fosas nasales, combatiendo por la supremacía en la lista de estímulos que engrosaban su dolor de cabeza. Viktor, aún con la mirada penetrante, juzgando y estudiando con la impasibilidad propia de quien degusta una materia con concentración, dio un sorbo más a su cerveza sin apartar los ojos de su...— Sé que está muerta, hace unos días hablé con la amiga de tu madre. Olvidé... —pausó a sabiendas de que a punto se encontró de exclamar una verdad con riesgo a ser malinterpretada, o quizás era demasiado evidente— Olvidé que llegarías hoy.
Olvidé que llegarías en absoluto.
Un silencio sobrevino; y junto a él, Viktor no dejó de notar la manera en que sus recuerdos le habían jugado una mala pasada. ¿Qué diablos había esperado? ¿Encontrarse con la pequeña de mejillas regordetas y ojos descomunales que algún día fue? Los hijos, al parecer, crecen; pero, por supuesto, no es como si hubiese tenido oportunidad de detenerse a pensar en ello, ni ahora ni nunca antes. Su mirada la barrió de arriba a abajo, lo suficiente como para ser advertida. Había cierto deje de melancolía en aquella acción, así como un toque de prevención.
— Eres más alta de lo que pensé.
Apuntó con voz ronca, exteriorizando una especie de 'ha pasado tiempo', y un 'me he perdido de tanto', también.
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Re: Beauty is terror.
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No esperaba que la recordará. En realidad, si lo esperaba, en el fondo de su cabeza imaginaba una sonrisa en vez de un ''joder''. No se podía tener todo en la vida.
Dio una calada a su cigarrillo, enviando el humillo directo al rostro levemente curtido de Viktor. Como le guardaba resentimiento dentro de ella, pero, no era lo único que había y en ese momento, era demasiado para asimilar. Rodó sus ojos inmensamente azules al escuchar la resonancia de sus palabras en la voz de Viktor.
—Ella —repitió—Tiene nombre y no. Pero, una puede sacar conclusiones cuando él que se supone es tu padre, deja de venir las míseras horas en los fines de semana —el ácido no se podía detener en la lengua viperina de la pelinegra. No obstante, tanto odio era por celos, de que él prefiriera hacer cualquier otra cosa que estar con ella. Para Helena, era más simple imaginar un desfile de mujeres que alguna que otra acción banal.
Rió con amargura, siguiendo con el desfile del cigarro altanero en sus manos pálidas, pasando a su boca orgullosa—Eso noté, me es increíble tu memoria. Me impresiona que recuerdes tu nombre—solo necesitaba un abrazo, saber que alguien estaba de su lado, que no se había quedado sola en un mundo demasiado grande para entenderlo de golpe y porrazo.
Bajó la mirada, observando la colilla del cigarro. Una última calada brillaba levemente con un fulgor rojizo. Dio lo último, antes de subir sus ojos nuevamente y pillar a Viktor con sus orbes en ella. Antes de que pudiera hacer algo, ella apagó la colilla en la orilla de su zapato. Luego, las palabras de él, la tomaron por sorpresa. Sus luceros se empezaron a sentir húmedos y una solitaria lágrima rodó mejilla abajo.
—Tengo más años. Veinte años, para ser exactos —se encogió de hombros con la mirada ensombrecida. El odio se apagó, como un interruptor dentro de ella, al menos por el momento. — Te ves con más arrugas de las que recuerdo—se acercó a él de forma tímida. Después de todo, la tristeza le ganó al enojo. Con su mano derecha, tocó las que se formaban debajo del ojo, las delineó, pasando sus suaves yemas por el rostro levemente curtido de él. Solo quería a alguien que la quisiera.
—Extraño a mamá —otra lágrima se extendió por su rostro, mientras ella bajaba sus dedos hacía los labios de Viktor, acariciando con cuidado. Un movimiento que la calmaba desde que era niña.
Dio una calada a su cigarrillo, enviando el humillo directo al rostro levemente curtido de Viktor. Como le guardaba resentimiento dentro de ella, pero, no era lo único que había y en ese momento, era demasiado para asimilar. Rodó sus ojos inmensamente azules al escuchar la resonancia de sus palabras en la voz de Viktor.
—Ella —repitió—Tiene nombre y no. Pero, una puede sacar conclusiones cuando él que se supone es tu padre, deja de venir las míseras horas en los fines de semana —el ácido no se podía detener en la lengua viperina de la pelinegra. No obstante, tanto odio era por celos, de que él prefiriera hacer cualquier otra cosa que estar con ella. Para Helena, era más simple imaginar un desfile de mujeres que alguna que otra acción banal.
Rió con amargura, siguiendo con el desfile del cigarro altanero en sus manos pálidas, pasando a su boca orgullosa—Eso noté, me es increíble tu memoria. Me impresiona que recuerdes tu nombre—solo necesitaba un abrazo, saber que alguien estaba de su lado, que no se había quedado sola en un mundo demasiado grande para entenderlo de golpe y porrazo.
Bajó la mirada, observando la colilla del cigarro. Una última calada brillaba levemente con un fulgor rojizo. Dio lo último, antes de subir sus ojos nuevamente y pillar a Viktor con sus orbes en ella. Antes de que pudiera hacer algo, ella apagó la colilla en la orilla de su zapato. Luego, las palabras de él, la tomaron por sorpresa. Sus luceros se empezaron a sentir húmedos y una solitaria lágrima rodó mejilla abajo.
—Tengo más años. Veinte años, para ser exactos —se encogió de hombros con la mirada ensombrecida. El odio se apagó, como un interruptor dentro de ella, al menos por el momento. — Te ves con más arrugas de las que recuerdo—se acercó a él de forma tímida. Después de todo, la tristeza le ganó al enojo. Con su mano derecha, tocó las que se formaban debajo del ojo, las delineó, pasando sus suaves yemas por el rostro levemente curtido de él. Solo quería a alguien que la quisiera.
—Extraño a mamá —otra lágrima se extendió por su rostro, mientras ella bajaba sus dedos hacía los labios de Viktor, acariciando con cuidado. Un movimiento que la calmaba desde que era niña.
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Re: Beauty is terror.
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Cada una de las palabras despectivas que manaban de sus labios cereza se impactaban contra su conciencia como miles de agujas bañadas en veneno. El resentimiento en su mirada era equiparable con el que su voz no reparó en manifestar. Y, cuando la actitud rebelde de la fémina volvió a expresarse en el contacto del humo blanco contra su rostro curtido, Viktor se mantuvo con el gesto severo y el porte rígido, no sólo tullido por la impresión de contemplar en qué se había convertido la niña que hace unos ayeres le hubiera regalado sonrisas cándidas y suaves gestos, sino por no saber qué decir para excusar su falta de interés y el desliz verbalizado que había excarcelado segundos atrás.
— Supongo que ambos estamos llenos de sorpresas —musitó con voz ronca, siendo un par de lánguidos pestañeos los únicos movimientos que se permitió cuando la dejó acariciar las marcas de su rostro. En la permitida cercanía Viktor advirtió que, sin embargo, el brillo familiar de sus pupilas seguía ahí y, si ponías suficiente atención, serías capaz de discernir la alegría que hubo existido y que tras los golpes de la vida se había esfumado. En ningún momento dejó de verla, no incluso cuando la confesión lacrimosa de Helena lo hizo tomarla de la muñeca para que dejara de tocar sus labios. Ejerció cierta presión en su agarre, no la suficiente para lastimarla pero sí para hacerle saber que no era un simple fantasma naciente de sus recuerdos.
— Ella ya no está aquí —volvió a referirse a Anna con un pronombre personal, no siendo capaz de mencionarla a voluntad—. Tienes que aprender a lidiar con eso. No puedes hacer que regrese por más que lo desees.
Pese a que su voz fue débil, no perdió el tono grave atestado de solemnidad. Hubo una dureza en sus palabras poco digna de un padre, pero, a decir verdad, no tenía idea de cómo él mismo iba lidiar con esta situación. Los segundos parecieron eternos, contacto visual imperecedero. Sin decir más y sin soltar su muñeca, la atrajo por completo, quebrando cualquier tímida distancia que hubiese permanecido y, aunque dubitativo, la envolvió en sus brazos con fuerza, posando una mano sobre su bruna cabellera.
— Helena.
— Supongo que ambos estamos llenos de sorpresas —musitó con voz ronca, siendo un par de lánguidos pestañeos los únicos movimientos que se permitió cuando la dejó acariciar las marcas de su rostro. En la permitida cercanía Viktor advirtió que, sin embargo, el brillo familiar de sus pupilas seguía ahí y, si ponías suficiente atención, serías capaz de discernir la alegría que hubo existido y que tras los golpes de la vida se había esfumado. En ningún momento dejó de verla, no incluso cuando la confesión lacrimosa de Helena lo hizo tomarla de la muñeca para que dejara de tocar sus labios. Ejerció cierta presión en su agarre, no la suficiente para lastimarla pero sí para hacerle saber que no era un simple fantasma naciente de sus recuerdos.
— Ella ya no está aquí —volvió a referirse a Anna con un pronombre personal, no siendo capaz de mencionarla a voluntad—. Tienes que aprender a lidiar con eso. No puedes hacer que regrese por más que lo desees.
Pese a que su voz fue débil, no perdió el tono grave atestado de solemnidad. Hubo una dureza en sus palabras poco digna de un padre, pero, a decir verdad, no tenía idea de cómo él mismo iba lidiar con esta situación. Los segundos parecieron eternos, contacto visual imperecedero. Sin decir más y sin soltar su muñeca, la atrajo por completo, quebrando cualquier tímida distancia que hubiese permanecido y, aunque dubitativo, la envolvió en sus brazos con fuerza, posando una mano sobre su bruna cabellera.
— Helena.
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Re: Beauty is terror.
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Se encogió de hombros de forma limpia, olímpica respecto a las primeras palabras de Viktor, simplemente siguió con su labor de acariciar su rostro cansado, versado. Necesitaba calmarse y no demostrar sus verdaderos sentimientos, que después de todo eran la puerta de inicio para que permitieras que te hicieran daño. Era por esa razón que trataba de ser gruñona con el que se llamaba su padre.
Sintió la presión en su muñeca, por lo que gruño bajo la voz más tranquila que tuvo. Le miró tocarla, sintiendo las lágrimas bajar por su rostro para depositarse de forma tranquila en el borde del sofá y en parte de la ropa de él.
Le observó, incrédula por lo que le decía—Pero a ti no te hará tanta falta como a mi —rezongó, no queriendo aceptar la verdad que colgaba sobre ella como una amenaza de muerte. Su madre se había ido, el vacío que estaba ahí se generaba cada vez más fuerte, dejando en la chica una herida que no podía sanar, que se creaba y que cada recuerdo de su madre era directo alcohol a la herida.
Se vio atrapada en entre sus brazos antes de poder protestar por ello, escuchó su nombre susurrado con cuidado. Las tres consonantes y las tres vocales, emergiendo de una fonética tan suave que ella solo se rindió. Necesitaba lo que él le estaba dando.
Su cuerpo se sacudía con los sollozos ahogados que escapaban por tropel de sus labios entreabiertos. La cereza de su boca se sacudía con pequeños espasmos mientras ella dejaba salir toda la tristeza acumulada manchando la ropa de él. Se abrazó a su cuerpo, apoyando su mísero peso en él, cuidando de no mostrar demasiado apego.
—Papá — se le desgarró la voz decir eso, porque habían pasado sus buenos par de años antes de que su boca creara tal palabra. Se separó para observarlo, con los ojos enrojecidos por las lágrimas que surcaron su rostro anteriormente, con cuidado, se acomodó encima de él, para abrazarse de forma tranquila y preguntar, con evidente voz de inocencia:
—¿Tú me quieres? —.
Sintió la presión en su muñeca, por lo que gruño bajo la voz más tranquila que tuvo. Le miró tocarla, sintiendo las lágrimas bajar por su rostro para depositarse de forma tranquila en el borde del sofá y en parte de la ropa de él.
Le observó, incrédula por lo que le decía—Pero a ti no te hará tanta falta como a mi —rezongó, no queriendo aceptar la verdad que colgaba sobre ella como una amenaza de muerte. Su madre se había ido, el vacío que estaba ahí se generaba cada vez más fuerte, dejando en la chica una herida que no podía sanar, que se creaba y que cada recuerdo de su madre era directo alcohol a la herida.
Se vio atrapada en entre sus brazos antes de poder protestar por ello, escuchó su nombre susurrado con cuidado. Las tres consonantes y las tres vocales, emergiendo de una fonética tan suave que ella solo se rindió. Necesitaba lo que él le estaba dando.
Su cuerpo se sacudía con los sollozos ahogados que escapaban por tropel de sus labios entreabiertos. La cereza de su boca se sacudía con pequeños espasmos mientras ella dejaba salir toda la tristeza acumulada manchando la ropa de él. Se abrazó a su cuerpo, apoyando su mísero peso en él, cuidando de no mostrar demasiado apego.
—Papá — se le desgarró la voz decir eso, porque habían pasado sus buenos par de años antes de que su boca creara tal palabra. Se separó para observarlo, con los ojos enrojecidos por las lágrimas que surcaron su rostro anteriormente, con cuidado, se acomodó encima de él, para abrazarse de forma tranquila y preguntar, con evidente voz de inocencia:
—¿Tú me quieres? —.
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Re: Beauty is terror.
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Papá.
El tiempo pareció fragmentarse en diminutos pedazos cortopunzantes que lo transportaron años atrás. La palabra compuesta por cuatro letras, tan pequeña pero con uno de los más grandes significados, le supo, esta vez, insípida. La mujer que lo tildaba de esa forma, pese al brillo en sus pupilas, no se asemejaba del todo a la imagen diminuta de una niña desprovista de la malicia propia del paso del tiempo. La pregunta, aunada al desfasamiento que el sustantivo provocó, lo hicieron volver a la realidad, sintiendo como si de agua helada se tratara el peso que ambas implicaban. Viktor tensó su mandíbula y tras unos concisos segundos en los que buscó encontrarse en el rostro de su hija, al no lograrlo la separó por completo, brusco quizás, demasiado determinado por deshacerse de la sensación que lo embriagaba.
Comenzó a reír amargamente, divertido con la situación, pero también con el toque irónico de las cosas. ¿Cómo jurar amor a alguien que, aun teniendo tu sangre, jamás ha sido parte de tu vida? Jamás has sido parte de la suya. Ni siquiera la había reconocido; cómo esperaba que le dijera: sí, con todo mi corazón. No obstante, alejándose del sofá y de ella, evaporándose la sonrisa sólo para volver a empinarse la botella de cerveza, tragó grueso y se limpió con el dorso de la mano. El arrebato hilarante no se disolvía.
— Eres encantadora —fue la única respuesta que ofreció mientras se movió hacia el aparato donde la música seguía reproduciéndose como un trasfondo satírico—. ¿Dónde están tus maletas? Me temo que no he arreglado una recámara para ti. La segunda es, bueno, un desastre —colocó otra lista de reproducción. The Scorpions con su here I am, rock you like a hurricane, fueron los siguientes protagonistas del encuentro. Y, no volviendo a girarse hacia ella, sino dirigiéndose hacia la cocina, añadió—: Tomaré el sillón mientras solucionamos eso.
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