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Lion in the North
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Lion in the North
Lion in the North
Desde la Boda Roja, el Norte es un foco de conflicto que la corona no puede seguir permitiendo. Hace falta alguien fuerte y de confianza capaz de gobernar el Norte de la forma que mejor convenga a los intereses reales. Pero los norteños se dividen entre idiotas leales a los casi extintos Stark y ratas traicioneras en las que Tywin Lannister se niega a confiar. La solución lleva tiempo en garras Lannister: Sansa Stark, la hija mayor de Eddard, quien, en ausencia de sus hermanos, es la actual heredera natural de Invernalia. Un alma en pena sin fuerzas para seguir enfrentándose a los leones que la mantienen en su cárcel dorada. Un peón que pueden manejar a su antojo y que ya es hora de poner en movimiento.
El patriarca Lannister no tarda en trazar su nuevo plan maestro: casar a la joven Stark con un Lannister de su plena confianza y de ese modo asegurarse el control del Norte de forma legítima y relativamente sencilla.
A la joven Stark la noticia le sienta como una bofetada. Emparentar con la familia que le ha traído la desgracia es una pesadilla que no esperaba tener que afrontar, aunque el tiempo que ha pasado siendo el juguete de Joffrey y Cersei le ha dejado tantas marcas emocionales y físicas que ni siquiera pestañea al recibir la noticia. Para ella no es más que un suplicio más que soportará como mejor pueda, porque si algo se le da bien es aguantar estoicamente lo que sea que le hagan.
Quien sí alza la voz, para sopresa de todos, es Jaime Lannister. Cansado de soportar la sensación de que la cercanía a su familia le convierte en peor persona de lo que realmente es, decide hablar en favor de muchacha Stark, a la que juró llevar de vuelta a casa. Cumpliendo uno de los mayores deseos de su padre, quien siempre deseó que su primogénito se desposara y tuviera herederos, Jaime se ofrece a ser él quien contraiga matrimonio con Sansa y tome las riendas del Norte, esperando con ello apartarla por fin de su infierno y redimirse ante los dioses y ante ella por su participación en su desgracia.
Con las protestas de Cersei y el beneplácito de Tywin, los preparativos de la boda se inician a toda prisa, pues el matrimonio debe celebrarse cuanto antes y sin eclipsar los preparativos de la próxima boda de Joffrey y Margaery.
Jaime Lannister Nikolaj Coster-Waldau | 33 | BatmanWithClaws |
Sansa Stark Sophie Turner | 16 | Lyra |
Crackship | CDHYF/JDT | Romance
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Re: Lion in the North
01. The North remembers

El control del Norte... Su padre le acababa de vender por ganar un poco de más poder para los Lannister. Sabía perfectamente que ninguna de las casas le iba a aceptar como Rey del Norte, sobre todo, después de la muerte de Robb Stark por mano de los Frey, quienes estaban aliados con ellos mismos. En la Tierra de los Ríos seguía habiendo bastantes tensiones debido a aquella acción. No había podido despedirse de Cersei; tampoco es que su hermana tuviera tiempo para él, sobre todo porque estaba enfadada desde que había decidido casarse con Sansa. Además, era un inútil desde que tenía una mano menos. Al menos, ya consiguió su mano dorada, aunque todavía no era capaz de controlarla. Y pensar que una vez fue uno de los mejores guerreros de los Siete Reinos.
Sentado en el carruaje, miraba por la ventana; su padre les había ordenado marcharse inmediatamente después de la noche de boda. No habían consumado; Jaime le había prometido a Catelyn que llevaría a su hija sana y salva. La comitiva había partido hacía unos días; seguramente, la boda ya se habría celebrado. Cerrando las cortinas con una de sus manos, se giró hacia su esposa, Sansa Stark, ahora Lannister.
Estaba bastante seguro de que ella no había querido casarse con él en ningún momento. Puede que con Joffrey sí, al menos, antes de que le conociera de verdad—. Cuando tu madre me dejó escapar, le prometí que le devolvería a sus hijas sin ningún tipo de daño. Siento no haber cumplido la promesa. —Fue lo primero que dijo el de los rizos rubios, manteniendo su distancia con la chica—. Lo primero que haré cuando lleguemos a Invernalia será organizar una partida de búsqueda para tu hermana Arya... con hombres del norte. —Imaginaba que no se negarían a ello. Jaime no sabía nada de los hermanos de la fémina, por lo que no comentó nada.
Cruzando las Tierras de los Ríos, iban ya camino al Norte. Las noticias no llegaban en aquel carruaje, pero le estarían esperando una vez llegaran a Invernalia; allí descubriría que su sobrino había muerto. Al menos, las sospechas no podrían recaer en Sansa; habían partido antes de tiempo, incluso aunque los Tyrell, y especialmente Lady Olenna, no lo hubieran querido así.
Sentado en el carruaje, miraba por la ventana; su padre les había ordenado marcharse inmediatamente después de la noche de boda. No habían consumado; Jaime le había prometido a Catelyn que llevaría a su hija sana y salva. La comitiva había partido hacía unos días; seguramente, la boda ya se habría celebrado. Cerrando las cortinas con una de sus manos, se giró hacia su esposa, Sansa Stark, ahora Lannister.
Estaba bastante seguro de que ella no había querido casarse con él en ningún momento. Puede que con Joffrey sí, al menos, antes de que le conociera de verdad—. Cuando tu madre me dejó escapar, le prometí que le devolvería a sus hijas sin ningún tipo de daño. Siento no haber cumplido la promesa. —Fue lo primero que dijo el de los rizos rubios, manteniendo su distancia con la chica—. Lo primero que haré cuando lleguemos a Invernalia será organizar una partida de búsqueda para tu hermana Arya... con hombres del norte. —Imaginaba que no se negarían a ello. Jaime no sabía nada de los hermanos de la fémina, por lo que no comentó nada.
Cruzando las Tierras de los Ríos, iban ya camino al Norte. Las noticias no llegaban en aquel carruaje, pero le estarían esperando una vez llegaran a Invernalia; allí descubriría que su sobrino había muerto. Al menos, las sospechas no podrían recaer en Sansa; habían partido antes de tiempo, incluso aunque los Tyrell, y especialmente Lady Olenna, no lo hubieran querido así.
Jaime Lannister | con Sansa Stark | Hacia el Norte
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Hear me roar
And if you die, I will literally go out of my freaking mind
Re: Lion in the North
I. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Rumbo a Invervalia |
Sansa Stark (ahora Sansa Lannister, aunque internamente rechazaba ese nombre) hacía tiempo que había aprendido a dejarse llevar por los acontecimientos.
Una vez más, había sido empleada como un peón por los Lannister. Esta vez le tocaba ser la llave que les abriera la puerta del Norte. La única razón por la que no se tiraba del carruaje en marcha era la idea de regresar a su hogar.
O a lo que quedara de él.
Le daba miedo pensar en lo que hubiera podido ocurrir en Invernalia en su ausencia. Las noticias que le habían llegado no eran buenas. Tampoco abundantes, ya que desde el momento en que puso los pies en Desembarco del Rey, los Lannister habían controlado la información que le llegaba. Pero no necesitaba conocer todos los detalles para imaginar que, en ausencia de sus señores legítimos y con guerras y traiciones de por medio, el lugar sería mucho menos acogedor de lo que le recordaba.
Había sido tan estúpida... Años atrás (no tantos como pudiera parecer, aunque ella sentía que había sido toda una vida) había recorrido ese camino en sentido contrario, y lo había hecho deseosa de alejarse de lo que entonces era una fortaleza helada. En aquel entonces no valoraba la seguridad y el calor hogareño en el que se había criado.
Observó a Jaime Lannister desde el otro lado del carruaje, con ojos esquivos. Parecía un animalito asustado, buscando refugio en un rincón.
Ahora era su esposa. Se le hacía rara la idea. Cuando le comunicaron la noticia, sintió naúseas. Hubo un tiempo en el que había fantaseado con caballeros dorados y príncipes de cuento. Pero había descubierto que bajo el oro no había nada de valor, que los príncipes de cuento no existen en la vida real. Había pagado su ingenuidad con lágrimas y sangre.
Jaime la había tratado bien. Se esforzó por no alargar la ceremonia más de lo necesario y, cuando estuvieron solos, sólo le puso la mano encima para ayudarla a acomodarse. Ella se había dejado hacer, como una muñeca sin alma (así se sentía). No lo deseaba en absoluto, pero había esperado que él le quitara el vestido y consumara el matrimonio.
Pero no lo hizo. La ayudó a desvestirse, sí, y luego la acomodó en la cama. Pero en lugar de desnudarse y ponerse sobre ella, la había arropado en silencio y se había echado a su lado. La joven no se había atrevido casi ni a respirar, y había pasado la noche en vela, esperando a que ocurriera algo. Pero el alba llegó y nada había pasado.
No sabía por qué Jaime actuaba así. Todos los Lannister que había conocido se habían entretenido manipulándola, usándola y abusando de ella. Tenía marcas de ello. Pequeñas cicatrices, producto de los golpes con los que Joffrey la habia obsequiado, que sólo podian apreciarse de cerca, pero que a ella le pesaban tanto como a Jaime le pesaba la mano dorada. Aunque lo peor eran las heridas de su alma. Sansa, que antes era una niña dulce y alegre, acostumbrada a ser querida y apreciada, siempre deseosa de destacar y recibir halagos, ahora era una sombra. Una sombra hermosa, porque su florecimiento había traido consigo unas formas delicadas y proporcionadas. Unas formas que ella preferia ocultar, cuando antes hubiese deseado destacar. Su belleza sería capaz de iluminar una habitación si la luz de Sansa no se hubiese apagado. Donde antes había una mirada brillante e inocente ahora había unos ojos tristes, sin alma.
Quizá el león no jugaba con ella porque ya no quedaba nada con lo que jugar. Quizá esa muñeca que era ahora rota no le interesaba lo suficiente como para disfrutar haciéndola sufrir, como habían hecho casi todos sus parientes. La joven estaba tan deprimida y desencantada con la vida que era incapaz de darse cuenta de que su esposo se preocupaba por ella lo suficiente como para no querer verla sufrir innecesariamente.
- Vuestro padre mandó buscar a mi hermana - respondió tras unos segundos de silencio, con la mirada baja, como si temiera que fuese a hacerle algo si le miraba - Hasta donde sé, se removió cielo y tierra. Si él, que siempre consigue lo que desea, no pudo encontrarla, dudo que un puñado de norteños pueda.
No había reproche, enfado o desafío en su voz. Sus palabras estaban teñidas de resignación y pena, como si estuviese segura de que jamás volvería a ver a su hermana.
Pensar en Arya la llevó a pensar en su familia. No le quedaba nadie. Evitaba pensar en ello porque cada vez que lo hacía se le formaba un nudo en el estómago y sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero ahora iba camino de Invernalia, del lugar donde debería estar su familia... pero no estaría. Ella era la última Stark y pertenecía a un Lannister, aquel que estaba sentado en el carruaje y que evitaba mirarla.
Apretó los puños sobre su regazo, haciendo esfuerzos por no romper a llorar.
Una vez más, había sido empleada como un peón por los Lannister. Esta vez le tocaba ser la llave que les abriera la puerta del Norte. La única razón por la que no se tiraba del carruaje en marcha era la idea de regresar a su hogar.
O a lo que quedara de él.
Le daba miedo pensar en lo que hubiera podido ocurrir en Invernalia en su ausencia. Las noticias que le habían llegado no eran buenas. Tampoco abundantes, ya que desde el momento en que puso los pies en Desembarco del Rey, los Lannister habían controlado la información que le llegaba. Pero no necesitaba conocer todos los detalles para imaginar que, en ausencia de sus señores legítimos y con guerras y traiciones de por medio, el lugar sería mucho menos acogedor de lo que le recordaba.
Había sido tan estúpida... Años atrás (no tantos como pudiera parecer, aunque ella sentía que había sido toda una vida) había recorrido ese camino en sentido contrario, y lo había hecho deseosa de alejarse de lo que entonces era una fortaleza helada. En aquel entonces no valoraba la seguridad y el calor hogareño en el que se había criado.
Observó a Jaime Lannister desde el otro lado del carruaje, con ojos esquivos. Parecía un animalito asustado, buscando refugio en un rincón.
Ahora era su esposa. Se le hacía rara la idea. Cuando le comunicaron la noticia, sintió naúseas. Hubo un tiempo en el que había fantaseado con caballeros dorados y príncipes de cuento. Pero había descubierto que bajo el oro no había nada de valor, que los príncipes de cuento no existen en la vida real. Había pagado su ingenuidad con lágrimas y sangre.
Jaime la había tratado bien. Se esforzó por no alargar la ceremonia más de lo necesario y, cuando estuvieron solos, sólo le puso la mano encima para ayudarla a acomodarse. Ella se había dejado hacer, como una muñeca sin alma (así se sentía). No lo deseaba en absoluto, pero había esperado que él le quitara el vestido y consumara el matrimonio.
Pero no lo hizo. La ayudó a desvestirse, sí, y luego la acomodó en la cama. Pero en lugar de desnudarse y ponerse sobre ella, la había arropado en silencio y se había echado a su lado. La joven no se había atrevido casi ni a respirar, y había pasado la noche en vela, esperando a que ocurriera algo. Pero el alba llegó y nada había pasado.
No sabía por qué Jaime actuaba así. Todos los Lannister que había conocido se habían entretenido manipulándola, usándola y abusando de ella. Tenía marcas de ello. Pequeñas cicatrices, producto de los golpes con los que Joffrey la habia obsequiado, que sólo podian apreciarse de cerca, pero que a ella le pesaban tanto como a Jaime le pesaba la mano dorada. Aunque lo peor eran las heridas de su alma. Sansa, que antes era una niña dulce y alegre, acostumbrada a ser querida y apreciada, siempre deseosa de destacar y recibir halagos, ahora era una sombra. Una sombra hermosa, porque su florecimiento había traido consigo unas formas delicadas y proporcionadas. Unas formas que ella preferia ocultar, cuando antes hubiese deseado destacar. Su belleza sería capaz de iluminar una habitación si la luz de Sansa no se hubiese apagado. Donde antes había una mirada brillante e inocente ahora había unos ojos tristes, sin alma.
Quizá el león no jugaba con ella porque ya no quedaba nada con lo que jugar. Quizá esa muñeca que era ahora rota no le interesaba lo suficiente como para disfrutar haciéndola sufrir, como habían hecho casi todos sus parientes. La joven estaba tan deprimida y desencantada con la vida que era incapaz de darse cuenta de que su esposo se preocupaba por ella lo suficiente como para no querer verla sufrir innecesariamente.
- Vuestro padre mandó buscar a mi hermana - respondió tras unos segundos de silencio, con la mirada baja, como si temiera que fuese a hacerle algo si le miraba - Hasta donde sé, se removió cielo y tierra. Si él, que siempre consigue lo que desea, no pudo encontrarla, dudo que un puñado de norteños pueda.
No había reproche, enfado o desafío en su voz. Sus palabras estaban teñidas de resignación y pena, como si estuviese segura de que jamás volvería a ver a su hermana.
Pensar en Arya la llevó a pensar en su familia. No le quedaba nadie. Evitaba pensar en ello porque cada vez que lo hacía se le formaba un nudo en el estómago y sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero ahora iba camino de Invernalia, del lugar donde debería estar su familia... pero no estaría. Ella era la última Stark y pertenecía a un Lannister, aquel que estaba sentado en el carruaje y que evitaba mirarla.
Apretó los puños sobre su regazo, haciendo esfuerzos por no romper a llorar.
The North Remembers
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Re: Lion in the North
01. The North remembers

Jaime había comenzando a pensar en las casas del Norte, en las revueltas que podría causar la vuelta de Sansa a su hogar y con un Lannister como marido: Roose Bolton había esperado que su madre, Tywin, le nombrara Guardián del Norte. El Lannister estaba bastante seguro de que el hombre tendría sus apoyos; se los habría ganado mediante el dinero. Ahora, Jaime no podría luchar como antes para defender lo que era suyo. Al menos, en aquellas largas conversaciones que había sostenido con su hermano Tyrion —a quien Varys acabaría por liberar, aunque Jaime no sabía nada del tema, ya que no se había quedado—, se había convertido en un gran estratega. No era tan bueno como el enano, pero sí que era decente. Y en los corazones norteños, aún quedaba cariño por los Stark, por la chica que lo acompañaba en el carruaje. También deberían tener cuidado por los hombres del hierro. Las noticias de la traición de Theon Greyjoy ya habían llegado a Desembarco del Rey, al igual que la venganza de los Bolton sobre él. Quizás se encontraban en Fuerte Terror una vez les llegó el cuervo con la noticia de quién sería el nuevo Guardián del Norte: él mismo.
El león dejó sus ensoñaciones cuando la dulce voz de la pelirroja, que parecía más una Tully que una Stark, sonó en el interior del carruaje. Aún no había empezado a confiar en él. Ni se imaginaba qué era por lo que le había hecho pasar su sobrino, o incluso su hermana. Cersei siempre había tenido que una reina más joven acabara por desbancarle de su puesto. Lo irónico era que no había sido Sansa Stark esa chica, sino Margaery Tyrell, la que había sido esposa de Renly Baratheon, el hermano del cerdo de Robert, hasta su muerte. Había maltratado a la chica cuando no debía haberlo hecho y lo sentía, lo sentía mucho.
El viaje con Brienne no le había cambiado, sino que le había hecho percatarse de las injusticias que se cometían a su alrededor. Y aunque no lo pareciera, Jaime era un defensor del reino; había tenido que asesinar al “Rey loco” y no porque quisiera que los Lannister ganaran el poder, sino porque estaba haciendo daño a la gente. Quemaba a inocentes. Era algo que no había podido permitir. Pero nadie lo había entendido nunca, ni siquiera Cersei, y por eso era el “Matarreyes”. Algo que consideraba injusto, pero nunca había podido quejarse de ello. Llevaba el título como Tyrion llevaba el sobrenombre de “enano”— Un Lannister siempre paga sus deudas. —Murmuró antes de nada, clavando sus ojos glaucos en los de la fémina durante unos segundos. Sabía lo mal que lo estaba pasando—. Quizás se haya dirigido al Norte, al muro. O a Nido de Águilas. Allí reside vuestra tía, ¿verdad? —Eran opciones plausibles, al fin y al cabo. Sabía que la pequeña Arya no era idiota. O esa era la impresión que le había dado.
El tono de Jaime había tratado de ser convincente porque había notado dudas en la voz de Sansa, dudas que también había notado en su boda en los juramentos a los Siete Dioses. Con Brienne, había aprendido a ser perceptivo. Por eso mismo, se percató del gesto de rabia e impotencia de la Stark. No iba a ser la señora de su propio territorio... o ese era el plan de su padre, al menos.
Los caballos iban rápidos, como el viento. Tenían que llegar al Norte antes que comenzaran las nevadas. Se deslizó un poco sobre el terciopelo de los asientos cuando la lluvia comenzó a golpear la ventana del carruaje—. Debería mandar un cuervo a Invernalia antes de que el tiempo empeore. Ordenaré que preparen dos habitaciones separadas. —Lo había dicho con todo distraído, pero con toda la intención del mundo. No iba a imponer su presencia a la pelirroja, al menos, hasta que la relación mejorara.
Se levantó, aguantando el equilibrio, mientras iba a por una pequeña caja que habría frente a ellos. La asió con su mano derecha y... estuvo a punto de caerla. Avergonzado, se dejó caer en su asiento, intentando buscar algo de papel. Incluso sus mejillas se habían sonrojado un poco. Perfecto, Jaime, perfecto. era lo que pensaba para sí mismo—. ¿Podríais redactar la carta antes de que tengamos que acampar? —Todo el séquito lo haría, protegiéndoles—. Si prefieres no dormir en una tienda, podéis dormir aquí. Nadie osará a entrar mientras mi tienda esté frente a vuestra puerta. —Pensaba protegerla, incluso aunque no se lo hubiera pedido.
Imaginaba que la Stark no confiaría en un Lannister, pero Jaime debía mostrar que había cambiado. Le tendió la caja, posándola entre ellos para que no tuviera que tocarle para cogerla. Se remangó un poco para colocarse bien la mano en de oro en el muñón. Era un tullido, tanto como Willas Tyrell. Quizás, debía seguir el ejemplo del hombre y dedicar su vida al estudio. O quizás debiera tirarse por la misma torre por la que tiró al hermano de Sansa, Bran, una vez llegó a Invernalia por primera vez.
El león dejó sus ensoñaciones cuando la dulce voz de la pelirroja, que parecía más una Tully que una Stark, sonó en el interior del carruaje. Aún no había empezado a confiar en él. Ni se imaginaba qué era por lo que le había hecho pasar su sobrino, o incluso su hermana. Cersei siempre había tenido que una reina más joven acabara por desbancarle de su puesto. Lo irónico era que no había sido Sansa Stark esa chica, sino Margaery Tyrell, la que había sido esposa de Renly Baratheon, el hermano del cerdo de Robert, hasta su muerte. Había maltratado a la chica cuando no debía haberlo hecho y lo sentía, lo sentía mucho.
El viaje con Brienne no le había cambiado, sino que le había hecho percatarse de las injusticias que se cometían a su alrededor. Y aunque no lo pareciera, Jaime era un defensor del reino; había tenido que asesinar al “Rey loco” y no porque quisiera que los Lannister ganaran el poder, sino porque estaba haciendo daño a la gente. Quemaba a inocentes. Era algo que no había podido permitir. Pero nadie lo había entendido nunca, ni siquiera Cersei, y por eso era el “Matarreyes”. Algo que consideraba injusto, pero nunca había podido quejarse de ello. Llevaba el título como Tyrion llevaba el sobrenombre de “enano”— Un Lannister siempre paga sus deudas. —Murmuró antes de nada, clavando sus ojos glaucos en los de la fémina durante unos segundos. Sabía lo mal que lo estaba pasando—. Quizás se haya dirigido al Norte, al muro. O a Nido de Águilas. Allí reside vuestra tía, ¿verdad? —Eran opciones plausibles, al fin y al cabo. Sabía que la pequeña Arya no era idiota. O esa era la impresión que le había dado.
El tono de Jaime había tratado de ser convincente porque había notado dudas en la voz de Sansa, dudas que también había notado en su boda en los juramentos a los Siete Dioses. Con Brienne, había aprendido a ser perceptivo. Por eso mismo, se percató del gesto de rabia e impotencia de la Stark. No iba a ser la señora de su propio territorio... o ese era el plan de su padre, al menos.
Los caballos iban rápidos, como el viento. Tenían que llegar al Norte antes que comenzaran las nevadas. Se deslizó un poco sobre el terciopelo de los asientos cuando la lluvia comenzó a golpear la ventana del carruaje—. Debería mandar un cuervo a Invernalia antes de que el tiempo empeore. Ordenaré que preparen dos habitaciones separadas. —Lo había dicho con todo distraído, pero con toda la intención del mundo. No iba a imponer su presencia a la pelirroja, al menos, hasta que la relación mejorara.
Se levantó, aguantando el equilibrio, mientras iba a por una pequeña caja que habría frente a ellos. La asió con su mano derecha y... estuvo a punto de caerla. Avergonzado, se dejó caer en su asiento, intentando buscar algo de papel. Incluso sus mejillas se habían sonrojado un poco. Perfecto, Jaime, perfecto. era lo que pensaba para sí mismo—. ¿Podríais redactar la carta antes de que tengamos que acampar? —Todo el séquito lo haría, protegiéndoles—. Si prefieres no dormir en una tienda, podéis dormir aquí. Nadie osará a entrar mientras mi tienda esté frente a vuestra puerta. —Pensaba protegerla, incluso aunque no se lo hubiera pedido.
Imaginaba que la Stark no confiaría en un Lannister, pero Jaime debía mostrar que había cambiado. Le tendió la caja, posándola entre ellos para que no tuviera que tocarle para cogerla. Se remangó un poco para colocarse bien la mano en de oro en el muñón. Era un tullido, tanto como Willas Tyrell. Quizás, debía seguir el ejemplo del hombre y dedicar su vida al estudio. O quizás debiera tirarse por la misma torre por la que tiró al hermano de Sansa, Bran, una vez llegó a Invernalia por primera vez.
Jaime Lannister | con Sansa Stark | Hacia el Norte
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Re: Lion in the North
I. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Rumbo a Invervalia |
Un Lannister siempre paga sus deudas.
No confiaba en él y preferiría estar en cualquier otro lugar antes que encerrada en un carruaje como un Lannister... pero en eso tenía que darle la razón. Había prometido llevarla de vuelta a casa y, en cierto modo, eso era lo que estaba haciendo.
- Apenas teníamos contacto con mi tia - Lysa Arryn era para ella una extraña. Ni siquiera había movido un dedo para ayudarla. Ni siquiera le había escrito. Dudaba que Arya se hubiese dirigido al Valle, y si lo había hecho, seguramente habría encontrado las puertas bien cerradas - Pero Arya sentía mucho cariño por el bas... por Jon Nieve - nunca había considerado a Jon como uno de sus hermanos. Pero ahora era el único que le quedaba
Seguia esquivando su mirada, nerviosa y atemorizada. No entendía por qué Jaime mostraba interés en ella, por qué parecía buscar la forma de ser amable, por qué empleaba un tono de voz que estaba lejos de ser exigente o autoritario o cruel. La trataba de una forma tan diferente a como estaba acostumbrada que no podía evitar temer que en algún momento cambiaría, como había cambiado Joffrey, quien al principio también era atento y galante. Con los Lannister, cuanto más amables parecían, más dolía el golpe.
Se tensó al oír hablar de habitaciones. No esperaba que Jaime fuese tan caballeroso como para limitarse a respetarla. De hecho, ni siquiera pensaba en ello. Si no la tomaba era porque no le interesaba o porque esperaba el momento de hacerlo para que fuese más humillante o doloroso o... no lo sabía. Sansa no sabía nada sobre sexo, aparte de que tras yacer con un hombre una podía acabar con un bebé, y su experiencia en el tema se limitaba a un intento de violación el dia en que el pueblo se levantó contra Joffrey y unos cuantos intentos del rey de cruzar una linea que, afortunadamente, no había cruzado. Yacer con un hombre, en general, le daba miedo. Que ese hombre fuese un Lannister le provocaba terror.
- No... no sé si en Invernalia habrá habitaciones apropiadas - murmuró. No sabía siquiera si seguia habiendo habitaciones o si estarían destruidas, pero sabía que sus padres compartían lecho y dudaba que dos habitaciones apropiadas para el señor y la señora del lugar. Claro que quizá lo que su esposo quería decir era que ella tendría que conformarse con una habitación cualquiera. Esperaba que al menos le permitiese quedarse con la habitación que había ocupado antes de marchar a Desembarco - Mis padres compartían sus aposentos y... creo que en el Norte la costumbre es que los esposos duerman juntos - su voz se fue apagando conforme hablaba.
Al acomodarse para escribir, apoyando el pergamino sobre la caja, quedó frente a su esposo. No levantó la cabeza, de modo que cuanto vio de él fueron sus manos. Le vio recolocarse la mano dorada, y, por increíble que pudiera parecer, sintió una punzada de compasión. Jaime Lannister había sido el caballero perfecto, pero ahora... ahora estaba roto. Como ella.
Se sonrojó al darse cuenta de que se había quedado mirando algo que quizá a él le avergonzara. De estar ante Joffrey, ya estaría siendo golpeada. Se apresuró a redactar la carta, para evitar darle más razones para estar molesto. Trató de darle un aire formal y ocultar su estado de ánimo. Dio la vuelta al pergamino para que él pudiera leerlo y darle el visto bueno. O abofetearla por no escribir lo que deseaba.
- Me... me da igual dónde dormir. Haré lo que vos deseéis que haga - respondió sumisamente. ¿Qué alternativa tenía? Ahora era su esposo, lo que equivalía más o menos a ser su dueño. Podría forzarla en ese carruaje y tendría todo el derecho a hacerlo - Dormiré aquí, si mi presencia a vuestro lado os resulta molesta
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Re: Lion in the North
01. The North remembers

Entonces el Muro iba a ser la mejor opción para buscar a Arya Stark. Quizás aquello fuera lo mejor, aunque sin duda, Jon Nieve podría enfurecerse si es que se enteraba de que había sido Jaime el que se había casado con Sansa. Otro norteño enfurecido, lo que le faltaba. Esperaba que la joven estuviera escondida en aquel lugar, aunque lo veía difícil. Quizás en Villa Topo, pues estaba bastante cerca como para que Jon escapara a comprobar si estaba a salvo o no. Sería un plan inteligente, y a Tyrion le había gustado el bastardo. Sabía que su hermano odiaba a la gente estúpida, por lo que él no debía serlo.
Y Sansa tampoco. Cersei no temía a niñas; temía a gente inteligente, gente que tuviera potencial para jugar al Juego de Tronos en el que su hermana se creía una estrella. Sin embargo, no lo era; para eso tenían a Varys, un jugador experto, en el Consejo. Era lo mejor que podrían hacer. Su padre también era otro jugador bastante bueno: había casado a su hija con el Rey. Ahora, toda su estirpe iba a gobernar los Siete Reinos por generaciones, o eso imaginaba el iluso Jaime. Al menos, el Norte ya era de ellos, ¿no? Y eso era lo más difícil. Sin embargo, notaba a Sansa asustada. Quizás estaba decidiendo cuál sería su próxima jugada o... quizás había perdido toda su esperanza.
Ese fue el motivo por el que comenzó a hablar—. En el Sur también es una costumbre que yazcan los esposos, mas sé que vos no deseáis dormir conmigo. Intentaba ahorraros ese mal trago. —El roto Lannister, entonces, dejó escapar una sonrisa irónica. Unos años antes, en los Siete Reinos, cualquier fémina hubiera estado encantada con tener al Matarreyes en su lecho. Muchas codiciaban aquel regalo... que había resultado ser un regalo envenenado. Ahora era un tullido—. ¿Conocéis a Brienne de Tarth? Es una fémina que... rompió todas las reglas. Fue mi compañera de viaje. —Comenzó, perdiéndose en los recuerdos tras unos segundos—. Siempre la han llamado monstruo, incluso le han dicho que parece un hombre. Muchos le tienen miedo. Ella estaba enamorada de su Rey, Renly Baratheon. Él murió, como ya sabes. Pero ella sigue tratando de vengar su muerte. A veces, pienso que ejerce mejor la caballería de lo que yo lo hice nunca. —Jaime tensó los labios entonces, girando la cabeza para volver a clavar su mirada en la de la pelirroja—. Mi hermana Cersei ha logrado controlar a Robert Baratheon durante bastante tiempo. Es inteligente, audaz, y en muchas ocasiones, cruel. Pueden decir muchas cosas sobre ella, pero ha roto las normas, con su propio estilo. —Dos ejemplo significativos, sin lugar a dudas—. Sé que no queréis ser la hija de..., la hermana de..., o la esposa de..., Sansa Stark. La sangre que corre por vuestras venas es la sangre de los primeros hombres... No os dejéis llevar por el miedo.
Recostado en su asiento, miró al techo entonces. El sonido de la lluvia era algo que siempre había odiado, pero de repente, le estaba relajando. Quizás era porque debía acostumbrarse a ella, al igual que a la nieve—. Quiero dormir con vos. Pero no tenéis que ser la esposa perfecta. Alguien que desafíe las normas siempre ha sido de mi agrado. Bajo mi arrogancia, yo mismo lo hice... cuando maté al Rey Aerys. Juré protegerlo. Asesinó a inocentes. Nadie debe hacer algo así, aunque resulte irónico que lo diga yo. Perdí la cabeza con las ansias de fama y de poder. Al final, acabé con una cura de humildad. —Alzó su brazo dorado. ¿Por qué se estaba confesando de aquella forma con ella? Era su esposa, pero bien sabía que no se amaban—. ¿Sabéis que en Dorne las mujeres pueden heredar? Siempre lo consideré como algo antinatural. Pero vos misma seréis la dueña de Invernalia, la Guardiana del Norte. —Bajo título, iba a serlo Jaime, por supuesto, pero le estaba ofreciendo compartir su poder con ella—. Pero tenéis que aprender a jugar a la política. —Comprobó la carta, asintiendo con la cabeza—. Tenéis una caligrafía hermosa. —Susurró antes de enrollar la carta. Después, golpeó la puerta con la diestra, con la mano de oro, y el carruaje paró. Abrió la puerta y sacó medio cuerpo, susurrando sus órdenes. Al entrar, su rostro y la parte superior de su camisa estaban empapados—. Vamos a seguir un poco más. Acamparemos al llegar a una zona segura, lady Sansa. —Susurró mientras se volvían a poner en marcha.
Y Sansa tampoco. Cersei no temía a niñas; temía a gente inteligente, gente que tuviera potencial para jugar al Juego de Tronos en el que su hermana se creía una estrella. Sin embargo, no lo era; para eso tenían a Varys, un jugador experto, en el Consejo. Era lo mejor que podrían hacer. Su padre también era otro jugador bastante bueno: había casado a su hija con el Rey. Ahora, toda su estirpe iba a gobernar los Siete Reinos por generaciones, o eso imaginaba el iluso Jaime. Al menos, el Norte ya era de ellos, ¿no? Y eso era lo más difícil. Sin embargo, notaba a Sansa asustada. Quizás estaba decidiendo cuál sería su próxima jugada o... quizás había perdido toda su esperanza.
Ese fue el motivo por el que comenzó a hablar—. En el Sur también es una costumbre que yazcan los esposos, mas sé que vos no deseáis dormir conmigo. Intentaba ahorraros ese mal trago. —El roto Lannister, entonces, dejó escapar una sonrisa irónica. Unos años antes, en los Siete Reinos, cualquier fémina hubiera estado encantada con tener al Matarreyes en su lecho. Muchas codiciaban aquel regalo... que había resultado ser un regalo envenenado. Ahora era un tullido—. ¿Conocéis a Brienne de Tarth? Es una fémina que... rompió todas las reglas. Fue mi compañera de viaje. —Comenzó, perdiéndose en los recuerdos tras unos segundos—. Siempre la han llamado monstruo, incluso le han dicho que parece un hombre. Muchos le tienen miedo. Ella estaba enamorada de su Rey, Renly Baratheon. Él murió, como ya sabes. Pero ella sigue tratando de vengar su muerte. A veces, pienso que ejerce mejor la caballería de lo que yo lo hice nunca. —Jaime tensó los labios entonces, girando la cabeza para volver a clavar su mirada en la de la pelirroja—. Mi hermana Cersei ha logrado controlar a Robert Baratheon durante bastante tiempo. Es inteligente, audaz, y en muchas ocasiones, cruel. Pueden decir muchas cosas sobre ella, pero ha roto las normas, con su propio estilo. —Dos ejemplo significativos, sin lugar a dudas—. Sé que no queréis ser la hija de..., la hermana de..., o la esposa de..., Sansa Stark. La sangre que corre por vuestras venas es la sangre de los primeros hombres... No os dejéis llevar por el miedo.
Recostado en su asiento, miró al techo entonces. El sonido de la lluvia era algo que siempre había odiado, pero de repente, le estaba relajando. Quizás era porque debía acostumbrarse a ella, al igual que a la nieve—. Quiero dormir con vos. Pero no tenéis que ser la esposa perfecta. Alguien que desafíe las normas siempre ha sido de mi agrado. Bajo mi arrogancia, yo mismo lo hice... cuando maté al Rey Aerys. Juré protegerlo. Asesinó a inocentes. Nadie debe hacer algo así, aunque resulte irónico que lo diga yo. Perdí la cabeza con las ansias de fama y de poder. Al final, acabé con una cura de humildad. —Alzó su brazo dorado. ¿Por qué se estaba confesando de aquella forma con ella? Era su esposa, pero bien sabía que no se amaban—. ¿Sabéis que en Dorne las mujeres pueden heredar? Siempre lo consideré como algo antinatural. Pero vos misma seréis la dueña de Invernalia, la Guardiana del Norte. —Bajo título, iba a serlo Jaime, por supuesto, pero le estaba ofreciendo compartir su poder con ella—. Pero tenéis que aprender a jugar a la política. —Comprobó la carta, asintiendo con la cabeza—. Tenéis una caligrafía hermosa. —Susurró antes de enrollar la carta. Después, golpeó la puerta con la diestra, con la mano de oro, y el carruaje paró. Abrió la puerta y sacó medio cuerpo, susurrando sus órdenes. Al entrar, su rostro y la parte superior de su camisa estaban empapados—. Vamos a seguir un poco más. Acamparemos al llegar a una zona segura, lady Sansa. —Susurró mientras se volvían a poner en marcha.
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Re: Lion in the North
I. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Rumbo a Invervalia |
Escuchó sus palabras con más atención de la que pudiera parecer. Cuando más hablaba él, más confusa se sentía ella. Parecía un hombre sincerándose, pero ¿qué razones tenía él para sincerarse con ella? Le sostuvo la mirada, atemorizada, hasta que él la apartó. Sansa había aprendido a leer a los demás a fuerza de aprender a sobrevivir en la Corte. Sabía cuándo Joffrey había ideado una nueva forma de martirizarla y aguardaba divertido a ponerla en práctica, sabía cuando la reina le hablaba con fingida dulzura para poder reirse luego de ella... Los ojos de Jaime eran sinceros. Pero se negaba a creer que lo fuera.
- Hicisteis lo que teníais que hacer - lo creía sinceramente. Había oido mucho sobre esa época, su padre siempre dijo que hicieron lo que debieron hacer. Siempre le habían dicho que el Matarreyes había cometido un acto horrendo, pero ella había estado en Desembarco. Habia conocido a un rey loco. Y había deseado su muerte, por su bien y por el de todos. Había aprendido que no todos los reyes merecen ser admirados - Quizá no fuese un acto noble. Pero era un acto necesario. También mi padre - se le empañaron los ojos al pensar en él - se alzó contra su rey. Eso es traición. Pero estaba junto al vencedor, de modo que nadie lo tuvo en cuenta.
Sentía que sus defensas iban minándose poco a poco, para su propia desesperación. No podía confiar en él, no podía bajar la guardia. Era un Lannister, los Lannister disfrutaban haciéndole daño. Pero... añoraba sentirse querida, necesitaba sentirse a salvo. Si Jaime fuese cualquier otro, ya se hubiese derrumbado. Su corazón estaba desesperado por algo de calor.
La actitud de Jaime era cálida. Pero no podía permitirse caer en la trampa. Era una trampa imaginaria, pero para ella era bien real. Si cedía, si se refugiaba en él y él se aprovechaba de ella... no podría resistir volver a ser engañada de esa manera. Podía soportar golpes, humillaciones, desprecios... pero no que volvieran a quebrar su confianza.
Le observó entregar la carta. Le escuchó dar unas órdenes que no llegó a entender y constató que la lluvia era tan copiosa como parecía por el ruido que hacía al caer sobre el carruaje al verle medio empapado.
Algo se quebró dentro de ella.
- Si deseáis dormir conmigo, ¿por qué no lo hacéis? - había algo de desesperación en su voz. Él se había sincerado y ella iba a hacerlo porque no podía aguantar más tiempo - ¿A qué esperáis? Sois mi esposo, tenéis derecho a... - a arrancarle la ropa, a obligarla a abrir las piernas, a hacer lo que quisiera con ella. Una lágrima rodó por su mejilla - No voy a ser dueña de nada. Sólo soy la llave que os abrirá las puertas de Invernalia. Hacedme lo que queráis, pero dejad de fingir - para cuando acabó la frase ya estaba llorando - Puedo soportar cualquier cosa. Podéis pegarme, humillarme, forzarme. Nadie sabrá nada. Fingiré ante todos, diré que sois un esposo ejemplar, pariré a vuestros hijos, haré cuanto esté en mi mano para que el Norte esté tranquilo, pero no seáis amable. Nada bueno viene de un león amable. No quiero que seais amable, no quiero confiar en vos, no podría soportarlo cuando os volváis contra mi
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Re: Lion in the North
01. The North remembers

Nunca hubiera imaginado que alguien de la familia Stark estuviera de acuerdo con él en el asunto de Aerys. Era verdad que cuando Eddard entró en la sala, estaba sentado en el Trono de Hierro. Otro gesto de egocentrismo de Jaime. Se sentía ganador. Pero porque había ayudado el pueblo, lo que al parecer, solo Sansa había logrado entender. Era verdad que su padre, Tywin, había ordenado que los Targaryen fuera erradicados para evitar futuras rebeliones, pero también sabía que no se había referido a la matanza de unos niños inocentes y de Elia Martell de forma tan cruel. De hecho, Tywin sabía que Jaime apreciaba a Elia. Si Rhaegar y ella no se hubieran casado, Jaime hubiera sido el esposo de la dorniense... Era lo que Joanna, su madre, hubiera querido. Sin embargo, el destino quiso que no se diera aquella circunstancia.
Empapado, Jaime intentó coger algo con lo que secarse, un trozo de tela del interior de una de las bolsas que había dentro del carruaje. Se la había llevado primero a sus cabellos rubios como el oro, secándolos lentamente, antes de pasar al resto de cuerpo. Entonces fue cuando se quedó medio petrificado porque Sansa comenzó a hablar. Era como si la norteña se hubiera roto delante de sus ojos, o mejor dicho, había dejado ver lo rota que estaba, lo rota que le había dejado su sobrino Joffrey. Sabía de la brutalidad del hijo de Cersei, pero no sabía hasta que límites la había usado con la pelirroja.
La dejó hablar, desahogarse, durante unos segundos, antes de volver a contestarle—. Quiero dormir con vos solo cuando queráis que yo lo haga. Puede que fuera un animal arrogante en el pasado, un león. Pero ahora, ahora no soy más que un juguete roto... la sombra del hombre que fui una vez. Sé que es difícil de creer, pero no estoy fingiendo. —Dejó que las palabras volaran en el aire unos segundos, para que las asimilara bien. Estaba bastante dañada, por lo que iba a tener que ir con bastante cuidado—. No quiero pegaros, humillaros o forzaros a hacer nada que no queráis. Lo que sí quiero es daros el poder que merecéis, el poder que os pertenece. Cersei te tenía miedo, ¿sabes? Por eso la crueldad detrás de su sonrisa; pensaba que ibais a desbancarla. —Confesó Jaime, cansaco de juegos. Estaba cansado de ser un Lannister, estaba cansado de ser solo un peón en el juego de su padre y sus hermanos. Ahora, él también quería ser un jugador—. Ya no soy un león. Ya no soy... nada. —Su tono amargado era algo que seguro que la fémina no se esperaba.
Jaime hundió su rostro entre sus manos. Quizás estaba sincerándose demasiado. ¿Y si Sansa, como Brienne, acababa desapareciendo de su vida? ¿Y si Sansa, como Cersei, solo decidía usarlo? ¿Y si volvía a ser otro peón en el juego? Frustrado, cerró los ojos. ¿Por qué debía ser todo tan difícil? A veces, envidiaba a las gentes de las clases más bajas. Ellos no controlaban su destino ni tenían la oportunidad de hacerlo, por lo que siempre aceptaban lo que estaba por venir—. Si pensáis que puedo atacaros, siempre podéis cortarme el cuello una noche. Algún norteño asumirá la culpa. Si es rápido, podría llegar al Muro antes de que las tropas Lannister lleguen a Invernalia. —¿Ese era el final que le esperaba? ¿Ese era el final que buscaba? Quizás. Siempre había pensado que moriría en combate, como merecía un guerrero, pero ¿y si era tan indigno como decía Ned? Puede que no compartiera su punto de vista, pero Jaime respetaba a todos los grandes guerreros de los Siete Reinos.
Empapado, Jaime intentó coger algo con lo que secarse, un trozo de tela del interior de una de las bolsas que había dentro del carruaje. Se la había llevado primero a sus cabellos rubios como el oro, secándolos lentamente, antes de pasar al resto de cuerpo. Entonces fue cuando se quedó medio petrificado porque Sansa comenzó a hablar. Era como si la norteña se hubiera roto delante de sus ojos, o mejor dicho, había dejado ver lo rota que estaba, lo rota que le había dejado su sobrino Joffrey. Sabía de la brutalidad del hijo de Cersei, pero no sabía hasta que límites la había usado con la pelirroja.
La dejó hablar, desahogarse, durante unos segundos, antes de volver a contestarle—. Quiero dormir con vos solo cuando queráis que yo lo haga. Puede que fuera un animal arrogante en el pasado, un león. Pero ahora, ahora no soy más que un juguete roto... la sombra del hombre que fui una vez. Sé que es difícil de creer, pero no estoy fingiendo. —Dejó que las palabras volaran en el aire unos segundos, para que las asimilara bien. Estaba bastante dañada, por lo que iba a tener que ir con bastante cuidado—. No quiero pegaros, humillaros o forzaros a hacer nada que no queráis. Lo que sí quiero es daros el poder que merecéis, el poder que os pertenece. Cersei te tenía miedo, ¿sabes? Por eso la crueldad detrás de su sonrisa; pensaba que ibais a desbancarla. —Confesó Jaime, cansaco de juegos. Estaba cansado de ser un Lannister, estaba cansado de ser solo un peón en el juego de su padre y sus hermanos. Ahora, él también quería ser un jugador—. Ya no soy un león. Ya no soy... nada. —Su tono amargado era algo que seguro que la fémina no se esperaba.
Jaime hundió su rostro entre sus manos. Quizás estaba sincerándose demasiado. ¿Y si Sansa, como Brienne, acababa desapareciendo de su vida? ¿Y si Sansa, como Cersei, solo decidía usarlo? ¿Y si volvía a ser otro peón en el juego? Frustrado, cerró los ojos. ¿Por qué debía ser todo tan difícil? A veces, envidiaba a las gentes de las clases más bajas. Ellos no controlaban su destino ni tenían la oportunidad de hacerlo, por lo que siempre aceptaban lo que estaba por venir—. Si pensáis que puedo atacaros, siempre podéis cortarme el cuello una noche. Algún norteño asumirá la culpa. Si es rápido, podría llegar al Muro antes de que las tropas Lannister lleguen a Invernalia. —¿Ese era el final que le esperaba? ¿Ese era el final que buscaba? Quizás. Siempre había pensado que moriría en combate, como merecía un guerrero, pero ¿y si era tan indigno como decía Ned? Puede que no compartiera su punto de vista, pero Jaime respetaba a todos los grandes guerreros de los Siete Reinos.
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Re: Lion in the North
I. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Rumbo a Invervalia |
Le miró incrédula, entre lágrimas. Intentó dominar sus sollozos y lo consiguió lo suficiente como para no estar llorando a gritos, hasta quedarse sin respiración, pero las lágrimas no dejaban de rodar por sus mejillas. Al estar en tal estado, le veia desdibujado, como si estuviese borroso. Pero aún así distinguía bien a un hombre roto.
Le costaba creer que un Lannister estuviese tan destrozado como para sugerirle que le cortase el cuello. ¿De verdad pensaba que sería capaz de algo así? Ni siquiera había podido alzar la voz contra Cersei o Joffrey, mucho menos empuñar un arma. Y tampoco deseaba hacerlo. Quizá desease la extinción de los Lannister, pero Sansa era incapaz de tomar parte en una muerte.
- ¿Cómo iba yo a...? - ni podía matarle, ni podría haber desbancado a Cersei. No era más que una niña estúpida que se había dejado manipular. Tan cegada había estado que no se había dado cuenta hasta que era demasiado tarde. Y ahora la joven no se daba cuenta de su potencial. Tenía talento, intuición y resistencia como para haber sobrevivido a Cersei y Joffrey, algo que muchos otros no habían conseguido. En el proceso había acabado profundamente dañada... pero estaba viva y mantenía sus derechos, que no era poco. Y en el Norte le quedaban más apoyos de los que creía. Hasta ella no habían llegado noticias sobre la situación actual de esas tierras, pero la mayoría de los antiguos vasallos de su padre estaban de su parte. Algunos por lealtad norteña, otros porque al saberla casada con un Lannister se dieron cuenta de que apoyar a otro sería un suicidio. Además, su triste historia le había granjeado la simpatía de las clases bajas, que antes apreciaban a su padre como un señor justo y ahora celebraban el regreso de la que consideraban su señora - No digáis que no sois nada - le reprendió, aún entre sollozos y lágrimas - Sois el Señor de Invernalia, el Guardián del Norte. No os permito decir que no sois nada, no mientras estéis en posesión del mayor de los reinos de Poniente.
El Norte era cuanto le quedaba. No le gustaba oir que eso no era nada. Para ella lo era todo. Era seguridad, era tranquilidad, era su hogar. Allí había nacido y se había criado, y nunca debió haber partido. Ahora volvía como esposa de Jaime Lannister, pero en su corazón seguía siendo Sansa Stark e Invernalia era su hogar.
No entendía por qué de repente se sentía tan... ¿ofendida? Hacía tanto que no sentía nada que no sabía exactamente qué sentia, pero algo se había agitado dentro de ella. Jaime Lannister parecía tener la capacidad de remover cosas que ella pensaba muertas. No sabía si era bueno o malo. Ojalá no lo hiciera, porque vivir como una muñeca rota era más sencillo. Dolía, sí, pero era más sencillo.
Parpadeó y se intento enjugar las lágrimas con la manga, pero no pudo. Seguía llorando sin parar. Hacía mucho que no lo hacía. Al principio de su calvario, lo hacía cada segundo que pasaba a solas, y a veces delante de Joffrey, cuando éste no se detenía hasta quebrarla. Pero con el tiempo aprendió a guardar las lágrimas, o quizá se quedó sin ellas, y dejó de llorar... hasta ese dia, en el que parecía que no podía parar.
- ¿Por qué? - preguntó, tras unos segundos en silencio - ¿Por qué no queréis hacerme daño?
Por más que él lo repitiera, lo lograba entenderlo.
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Re: Lion in the North
01. The North remembers

Al final, las lágrimas habían comenzado a caer por el rostro de Sansa; Jaime hubiera llorado, pero no podía. De hecho, no era capaz de hacerlo desde que de niño le habían enseñado que para un guerrero, estaba prohibido el llorar. Ni siquiera lloró cuando le cortaron la mano de aquella forma tan atroz. Lo que se estaba preguntando el rubio era por qué lloraba la pelirroja. Era su esposa, era verdad, pero ¿no debía odiarle? ¿No debía querer matarle después de todo lo que le había hecho su familia? No solo habían matado a su padre y le habían separado de sus hermanos, sino que además, también la habían maltratado tanto física como psicológicamente hasta haberla roto por dentro. ¿No era por eso por lo que había huido la pequeña Arya después de la ejecución de Ned, cuando su hermana ordenó matar al maestro de la chica? Además, gracias a su sobrino, habían matado a su loba. Creía recordar su nombre: Lady.
Sintió impulsos de besarla cuando habló: estaba intentando animarle. Era bastante irónica la situación: solo la más rota de los Stark era quien servía de bálsamo al más roto de los Lannister. Sabía que Cersei siempre le había considerado el eslabón débil de la familia, e imaginaba que sus hermanos también consideraban a Sansa de la misma manera. Entre ambos, debían probarles que aquello era mentira, que eran capaces de sobrevivir incluso en un ambiente hostil. La Stark ya lo había hecho; ahora le tocaba al Lannister. Tomó algo de aire por la nariz, intentando serenarse un poco. Alzó su mano, la que no era de oro, y tras acercarse un poco a la chica, empezó a secar sus lágrimas con uno de sus dedos. Esperaba que no se apartara ante el inocente contacto del león. Sin contar a Brienne, ¿desde cuándo no se sentía conectado con una chica que no fuera Cersei? Seguramente, habría que remontarse a la visita de los Martell a Roca Casterly; Elia Martell le había causado una muy buena impresión—. Guardián del Norte... —Saboreó las palabras, el título. La miró a los ojos durante unos segundos. La chica tenía razón: iba a ser el dueño de unos territorios bastante extensos—. Vos me enseñaréis a guardarlos. —Incluso aunque pareciera una aseveración, en su tono de voz había un componente de petición; no podía realizar aquella empresa sin ayuda.
Bajó la mano de su rostro cuando terminó de hablar, pero la chica seguía llorando. Vio como la propia Sansa trataba de secar sus lágrimas, pero no podía. ¿Cuál era la razón? Quizás... ¿sentiría compasión por él? O quizás porque no tenía respuestas a las preguntas que salían de sus labios. Calló en un primer momento. Quería dejárselo claro—. Siempre he sido una persona demasiado arrogante, pero no quiero haceros daño porque... no soy como vos pensáis. No soy como nadie piensa. Jamás dañaría a nadie si no fuera absolutamente necesario... y por eso, solo he dañado en batalla. Ya no estamos en guerra. Sois mi esposa. —Quizás no era excesivamente elocuente, pero estaba intentando que le entendiera.
De repente, el carruaje paró. Abrió una de las ventanas; había escampado un poco y entre las nubes, el sol había comenzado a esconderse. Era la hora en la que los bandidos saldrían. Sin embargo, les rodeaba una espesura. Ya habían comenzado a levantar el campamento; aún tenían bastantes minutos para seguir la conversación, para ellos dos—. No voy a pediros amor en nuestro matrimonio, pero sí un mutuo respeto. Aunque no lo creáis, respeté a vuestro padre, lady Sansa. Y jamás, jamás, haría daño a una de sus hijas. —Aseguró el Lannister.
Sintió impulsos de besarla cuando habló: estaba intentando animarle. Era bastante irónica la situación: solo la más rota de los Stark era quien servía de bálsamo al más roto de los Lannister. Sabía que Cersei siempre le había considerado el eslabón débil de la familia, e imaginaba que sus hermanos también consideraban a Sansa de la misma manera. Entre ambos, debían probarles que aquello era mentira, que eran capaces de sobrevivir incluso en un ambiente hostil. La Stark ya lo había hecho; ahora le tocaba al Lannister. Tomó algo de aire por la nariz, intentando serenarse un poco. Alzó su mano, la que no era de oro, y tras acercarse un poco a la chica, empezó a secar sus lágrimas con uno de sus dedos. Esperaba que no se apartara ante el inocente contacto del león. Sin contar a Brienne, ¿desde cuándo no se sentía conectado con una chica que no fuera Cersei? Seguramente, habría que remontarse a la visita de los Martell a Roca Casterly; Elia Martell le había causado una muy buena impresión—. Guardián del Norte... —Saboreó las palabras, el título. La miró a los ojos durante unos segundos. La chica tenía razón: iba a ser el dueño de unos territorios bastante extensos—. Vos me enseñaréis a guardarlos. —Incluso aunque pareciera una aseveración, en su tono de voz había un componente de petición; no podía realizar aquella empresa sin ayuda.
Bajó la mano de su rostro cuando terminó de hablar, pero la chica seguía llorando. Vio como la propia Sansa trataba de secar sus lágrimas, pero no podía. ¿Cuál era la razón? Quizás... ¿sentiría compasión por él? O quizás porque no tenía respuestas a las preguntas que salían de sus labios. Calló en un primer momento. Quería dejárselo claro—. Siempre he sido una persona demasiado arrogante, pero no quiero haceros daño porque... no soy como vos pensáis. No soy como nadie piensa. Jamás dañaría a nadie si no fuera absolutamente necesario... y por eso, solo he dañado en batalla. Ya no estamos en guerra. Sois mi esposa. —Quizás no era excesivamente elocuente, pero estaba intentando que le entendiera.
De repente, el carruaje paró. Abrió una de las ventanas; había escampado un poco y entre las nubes, el sol había comenzado a esconderse. Era la hora en la que los bandidos saldrían. Sin embargo, les rodeaba una espesura. Ya habían comenzado a levantar el campamento; aún tenían bastantes minutos para seguir la conversación, para ellos dos—. No voy a pediros amor en nuestro matrimonio, pero sí un mutuo respeto. Aunque no lo creáis, respeté a vuestro padre, lady Sansa. Y jamás, jamás, haría daño a una de sus hijas. —Aseguró el Lannister.
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Re: Lion in the North
I. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Rumbo a Invervalia |
Su reacción ante el contacto físico fue un tanto extraña. Un impulso de apartarse rápidamente corregido para quedarse quieta y dejarse hacer, todo en apenas una fracción de segundo, tan rápido que quizá él no lo notara. Era una reacción instintiva, desarrollada a base de haberse acostumbrado a recibir golpes de todo tipo.
El gesto no consiguió detener su llanto, pero le resultó reconfortante. Una sensación que no había tenido en mucho tiempo y que la hizo querer llorar más fuerte. ¿Cuánto hacía que nadie tenía un gesto así con ella?
Asintió a su petición, frotando la mejilla suavemente contra su mano de forma inconsciente. Le ayudaría, no sabía cómo, pero lo haría. Habia perdido a su familia, pero le quedaba su hogar. Ahora que estaba lejos de Desembarco y que la barrera que había puesto entre ella y el mundo empezaba a quebrarse, tenía algo parecido a la ilusión. No quería dejarse arrastrar, por miedo a que volvieran a destrozarla, pero parte de ella quería aferrarse a eso.
Respiró hondo varias veces, intentando detener de una vez por todas su llanto. El carruaje, al detenerse, hizo que se tambaleara. De repente se sentía agotada, más por el llanto que por el viaje. Aprovechó los últimos minutos para buscar la forma de serenarse.
- No os daré razones para dañarme - murmuró, consiguiendo por fin frenar sus lágrimas. Él habló de respeto, y ella cada vez creía más en sus palabras, aunque siguiera intentando resistirse a ello - Decís que sois un hombre de honor. Le hicisteis una promesa a mi madre y ella os creyó. Mi madre sabía juzgar a la gente. Si ella confiaba en vos... - dejó la frase en el aire, no queriendo decir en voz alta que confiaba en él. No era capaz de hacerlo todavía - Dadme vuestra palabra de que cuando toméis posesión del Norte, haréis lo que sea mejor para sus tierras y sus gentes - se humedeció los labios. Notaba la boca seca y empezaba a dolerle la cabeza - El Norte es cuanto me queda.
Fuera se oía a los hombres montando el campamento. Seguramente, la tienda que debieran ocupar ellos ya estaría montada. Se preguntó si finalmente Jaime querría compartirla con ella o no. No es que tuviera ganas de compartir lecho o tienda con un Lannister... pero estaba en un campamento lleno de hombres y casi le daba más miedo quedarse sola.
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Re: Lion in the North
01. The North remembers

Al interrumpirse la travesía, parecía que tanto una parte como la otra se habían calmado. Jaime no sabía cómo se sentía Sansa, pero él estaba mucho mejor que antes de salir de Desembarco. Después de haber vuelto de sus aventuras con Brienne, allí solo había encontrado desprecio, incluso de la persona que más amaba en el mundo: su hermana Cersei. Ella estaba entretenida con Lancel, aunque él no lo supo hasta que Tyrion lo afirmó rotundamente. Sabía que su hermano no le heriría cuando había sido el único que se había comportado bien con él desde siempre. Eso decía algo del Matarreyes, aunque pocos lo veían. Todos preferían quedarse con aquellos gestos de arrogancias, que en parte, habían sido implantados por su padre. Al menos, ahora que salía del nido, podía comportarse como era en realidad. Brienne se sentiría orgullosa.
El león clavó su mirada en la huargo durante unos segundos, adoptando un gesto solemne. En realidad, los Lannister tenían una deuda con el Norte... y por eso mismo, Jaime era el que debía pagarla—. Prometo ser un Guardián del Norte tal y como lo fue Eddard Stark. Prometo ser justo con sus gentes. Prometo hacer lo mejor para mis nuevas tierras. Prometo convertirme en un norteño. —Aquello último era para asegurarle a Sansa que estaba comprometido por la causa. Tomó algo de aire por la nariz; casi se había olvidado de respirar mientras tomaba el palabra—. Prometo cumplir mi palabra. El Norte volverá a florecer, Sansa. —Ahora, Tywin aportaría parte del dinero de los Tyrell a las nuevas tierras. Era todo cuando buscaba.
Llamaron a la puerta y el Lannister abrió; la tienda ya estaba lista—. Seguidme, si así lo deseáis. —Le dejaba aquella decisión a ella mientras salía del carruaje. Ordenó a uno de los sirvientes que se acercara para ayudar a bajar a su esposa; su tienda estaba construida en el centro del campamento, rodeada de las tiendas de los guardias que quedarían en vigilia toda la noche. No iban a permitir que nadie les atacara. Al entrar en esta, se percató de que era más escueta de lo que había imaginado. Algunas damas esperaban a Lady Sansa; eran sureñas. Seguramente, las mandarían de vuelta nada más llegar a Invernalia. Jaime se volteó en dirección a la entrada. Estaba ¿nervioso? En realidad, le apetecía que Sansa entrara por su propio parecer.
El león clavó su mirada en la huargo durante unos segundos, adoptando un gesto solemne. En realidad, los Lannister tenían una deuda con el Norte... y por eso mismo, Jaime era el que debía pagarla—. Prometo ser un Guardián del Norte tal y como lo fue Eddard Stark. Prometo ser justo con sus gentes. Prometo hacer lo mejor para mis nuevas tierras. Prometo convertirme en un norteño. —Aquello último era para asegurarle a Sansa que estaba comprometido por la causa. Tomó algo de aire por la nariz; casi se había olvidado de respirar mientras tomaba el palabra—. Prometo cumplir mi palabra. El Norte volverá a florecer, Sansa. —Ahora, Tywin aportaría parte del dinero de los Tyrell a las nuevas tierras. Era todo cuando buscaba.
Llamaron a la puerta y el Lannister abrió; la tienda ya estaba lista—. Seguidme, si así lo deseáis. —Le dejaba aquella decisión a ella mientras salía del carruaje. Ordenó a uno de los sirvientes que se acercara para ayudar a bajar a su esposa; su tienda estaba construida en el centro del campamento, rodeada de las tiendas de los guardias que quedarían en vigilia toda la noche. No iban a permitir que nadie les atacara. Al entrar en esta, se percató de que era más escueta de lo que había imaginado. Algunas damas esperaban a Lady Sansa; eran sureñas. Seguramente, las mandarían de vuelta nada más llegar a Invernalia. Jaime se volteó en dirección a la entrada. Estaba ¿nervioso? En realidad, le apetecía que Sansa entrara por su propio parecer.
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Re: Lion in the North
I. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Rumbo a Invervalia |
Las promesas de Jaime eran tan hermosas que le costaba creer que fuesen reales. Y sin embargo había algo en él que le decía que era sincero.
Apretó los labios mientras las palabras de su esposo calaban de ella, para contener... no sabía si más lágrimas o una sonrisa. El caso es que le vio salir, mientras que ella siguió pensando en lo que acababa de prometerle y en si debía creerle o no. Estaba cansada de sufrir y de estar triste, pero también estaba cansada de recibir golpes. Todavía no se sentía con fuerzas como para animarse y pensar que todo iría bien. Quizá cuando llegase a Invernalia pudiera reunirlas.
En cualquier caso, bajó del carruaje. Ante los hombres intentó simular fortaleza. Se dirigió hacia la tienda principal con paso firme, pero temblando por dentro. No había pensado qué hacer o qué decir cuando entrase. Tampoco sabía por qué había decidido seguirle. Pero el caso era que lo había hecho y no podía darse la vuelta.
Se tensó al ver a las damas. Probablemente escogidas por Cersei para ser sus espías. No las quería cerca, pensó, mientras ellas se le acercaban con sonrisas que se le antojaron fingidas y empezaron a ayudarla a ponerse cómoda. La sentaron en una pequeña silla de viaje y empezaron a revolotear a su alrededor, sacando ropa para que se cambiara quién sabía de donde y deshaciendo el recogido de sus cabellos.
Entonces se dio cuenta de algo. Cersei no estaba. No tenía que soportar la presencia de esas damas si no lo deseaba. La reina ya no tenía control sobre su vida. En todo caso, ahora era su mellizo quien lo tenía.
- Dejadnos - se sorprendió a sí misma dando la orden. No estaba acostumbrada a hacerlo. Pero sentaba bien - Fuera - repitió, ante el desconcierto de las damas - No necesito vuestra ayuda, no con mi esposo aqui.
Si alguna de ellas era una espia de Cersei, esperaba que le llegara el mensaje. Aunque en realidad no tenía esa intención. Sencillamente no quería un puñado de desconocidas fingiendo sonrisas a su alrededor, para luego contar chismes sobre ella y sobre su matrimonio. Nadie lo había dicho en voz alta, pero Sansa sabía que los Lannister eran conscientes de que el matrimonio no estaba consumado. Quizá Cersei, o puede que incluso Tywin, pretendieran averiguar si se consumaba por el camino. Se quedarían con las ganas.
Además... no le gustaba que nadie la viese sin ropa. Hacía tiempo que no permitía que nadie la viese desnuda. Lo máximo que había consentido era que la viesen con la camisola que usaba como ropa interior. Ahora no le quedaba más remedio que cambiarse entera, debido al viaje. No quería comentarios sobre su higiene. Pero tampoco quería que viesen las cicatrices de su espalda.
Las damas empezaron a retirarse, desconcertadas, dirigiendo miradas a Jaime por si éste las mandaba quedarse. Sansa, con la melena cayendo sobre su espalda, las miró hasta que todas estuvieron fuera. Sólo entonces liberó algo de la tensión acumulada, con un leve suspiro. Miró alrededor. La tienda tenía todas las comodidades esperables (un lecho con almohadas y mantas, algunas sillas y mesas, arcones con algunas de sus posesiones, mantas, un par de jarras que imaginó que serían vino y agua, copas, algo de comida...), pero era más bien espartana. No había apenas decoración, ni nada que no fuese útil. En parte mejor, pensó. Invernalia nunca había sido tan lujosa como la Fortaleza, y su estado seguramente dejaría mucho que desear. Mejor sería ir acostumbrándose a cosas menos suntuosas.
Tras saborear su pequeño momento de poder, cayó en que estaba de nuevo a solas con el hombre que ahora era su esposo. Ya no le daba tanto miedo esa situación, pero seguía sin atreverse a hacer o decir nada, como si temiera despertar alguna clase de fiera.
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Re: Lion in the North
01. The North remembers

Jaime no esperaba que en cuanto Sansa entrara en la tienda, echaría a las damas sureñas que había allí dentro para ayudarla. El león parpadeó durante unos segundos, preguntándose qué había pasado por la cabeza de la pelirroja. Eran damas de la Corte, debía conocerlas... y por supuesto, ahí radicaba el problema: Cersei. O la propia lady Olenna. ¿No quería ella que se casara Sansa con Willas? Quizás alguna de las dos habían mandado espías; ambas tenían motivos. Pero su inteligente esposa había decidido no dejarlas saber nada. Sería interesante que creyeran que de verdad habían consumado; entonces, a lo mejor les dejarían un poco en paz. Una vez llegaran a Invernalia, se acabarían los espías. Nadie se arriesgaría a mandar a muerte segura a alguien, que seguramente les delatara.
El Lannister imaginaba que el desnudarse podía poner nerviosa a la chica Stark. Él había estado desnudo frente a Cersei y frente a Brienne. No sentía nada de vergüenza, pero imaginaba que no era el mismo caso el de la pelirroja. Era mucho más joven, mucho más inocente de lo que Jaime había sido a lo largo de su vida. Quizás era porque se había criado en el Norte, alejada de toda intriga del Juego de Tronos. El Norte estaba unido. El Norte recordaba, ¿no? Y seguramente, la gestión de los Bolton harían que a ellos nunca les olvidaran.
Sabía perfectamente que las damas le estaban mirando para que les ordenara quedarse, pero el hombre las miró con ambas cejas alzadas. La señora había dado una orden y quisieran o no, iban a tener que acatarlas. Sansa ahora volvía a tener poder; no era como en la Corte, cuando era la última en la jerarquía. Por suerte, ahora tenía de nuevo el poder. Podía que hacer lo que quería dentro de unos límites, al igual que Jaime, por supuesto. Por desgracia, los límites de Sansa eran más restringidos por el simple hecho de ser mujer.
El Lannister se acercó a la mesa sobre la cual había algunas jarras y se sirvió algo de vino. Se llevó la copa a los labios y le dio un trago antes de girarse a mirar a la pelirroja—. ¿Queréis un poco? ¿O preferís que vayamos a dormir? —En realidad, Jaime estaba intentando retrasar un poco el momento; no sabía si la fémina se iba a desnudar para dormir con él o no. En Desembarco, acostumbraba a dormir desnudo, costumbre que pretendía volver a seguir una vez llegara a Invernalia, aunque hiciera frío. Menos mal que las paredes de la fortaleza estaban hechas para aguantar bastante bien el calor, para que no se sintiera frío en su interior. Lo había comprobado perfectamente en su anterior estancia, hacía tantos meses.
Lo que sí comenzó a hacer fue quitarse la camisa. Siempre le había molestado tener tanta ropa encima. También había dejado la espada a un lado. No se quitó la mano; no lo hacía ni siquiera para dormir. Le parecía vergonzoso mostrar que era un tullido. Cuando llegara a Invernalia, también tenía que seguir con los entrenamientos para convertirse en un buen guerrero. No era ambidiestro, pero con esfuerzo y dedicación iba a aprender a defenderse tan bien como antes. No quería que los viejos caballeros se sintieran decepcionados al verle. No iba a dejar que nadie volviera a decepcionarse de él de nuevo.
Terminó la copa en un par de tragos para volver a posarla sobre la mesa. Ahora, la camisa la había dejado encima de una de las sillas. Había vuelto a recuperar algo de forma que había perdido después de perder su mano. Sus músculos volvían a estar tan marcados como antes y por eso, las cicatrices destacaban. Innumerables duelos habían marcado su cuerpo y se sentía orgulloso de cada una de esas marcas—. ¿Alguna vez os habló vuestro padre de Arthur Dayne? Fue el mejor caballero de la Corte del Rey loco. Murió en un duelo con él y con Howland Reed. —Siempre admiró a Eddard después de aquello—. Los Stark siempre han luchado valerosamente. Siempre supuse que era por las costumbres norteñas... ¿Podríais hablarme de ellas?
El Lannister imaginaba que el desnudarse podía poner nerviosa a la chica Stark. Él había estado desnudo frente a Cersei y frente a Brienne. No sentía nada de vergüenza, pero imaginaba que no era el mismo caso el de la pelirroja. Era mucho más joven, mucho más inocente de lo que Jaime había sido a lo largo de su vida. Quizás era porque se había criado en el Norte, alejada de toda intriga del Juego de Tronos. El Norte estaba unido. El Norte recordaba, ¿no? Y seguramente, la gestión de los Bolton harían que a ellos nunca les olvidaran.
Sabía perfectamente que las damas le estaban mirando para que les ordenara quedarse, pero el hombre las miró con ambas cejas alzadas. La señora había dado una orden y quisieran o no, iban a tener que acatarlas. Sansa ahora volvía a tener poder; no era como en la Corte, cuando era la última en la jerarquía. Por suerte, ahora tenía de nuevo el poder. Podía que hacer lo que quería dentro de unos límites, al igual que Jaime, por supuesto. Por desgracia, los límites de Sansa eran más restringidos por el simple hecho de ser mujer.
El Lannister se acercó a la mesa sobre la cual había algunas jarras y se sirvió algo de vino. Se llevó la copa a los labios y le dio un trago antes de girarse a mirar a la pelirroja—. ¿Queréis un poco? ¿O preferís que vayamos a dormir? —En realidad, Jaime estaba intentando retrasar un poco el momento; no sabía si la fémina se iba a desnudar para dormir con él o no. En Desembarco, acostumbraba a dormir desnudo, costumbre que pretendía volver a seguir una vez llegara a Invernalia, aunque hiciera frío. Menos mal que las paredes de la fortaleza estaban hechas para aguantar bastante bien el calor, para que no se sintiera frío en su interior. Lo había comprobado perfectamente en su anterior estancia, hacía tantos meses.
Lo que sí comenzó a hacer fue quitarse la camisa. Siempre le había molestado tener tanta ropa encima. También había dejado la espada a un lado. No se quitó la mano; no lo hacía ni siquiera para dormir. Le parecía vergonzoso mostrar que era un tullido. Cuando llegara a Invernalia, también tenía que seguir con los entrenamientos para convertirse en un buen guerrero. No era ambidiestro, pero con esfuerzo y dedicación iba a aprender a defenderse tan bien como antes. No quería que los viejos caballeros se sintieran decepcionados al verle. No iba a dejar que nadie volviera a decepcionarse de él de nuevo.
Terminó la copa en un par de tragos para volver a posarla sobre la mesa. Ahora, la camisa la había dejado encima de una de las sillas. Había vuelto a recuperar algo de forma que había perdido después de perder su mano. Sus músculos volvían a estar tan marcados como antes y por eso, las cicatrices destacaban. Innumerables duelos habían marcado su cuerpo y se sentía orgulloso de cada una de esas marcas—. ¿Alguna vez os habló vuestro padre de Arthur Dayne? Fue el mejor caballero de la Corte del Rey loco. Murió en un duelo con él y con Howland Reed. —Siempre admiró a Eddard después de aquello—. Los Stark siempre han luchado valerosamente. Siempre supuse que era por las costumbres norteñas... ¿Podríais hablarme de ellas?
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Re: Lion in the North
I. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Rumbo a Invervalia |
Se le hizo un nudo en el estómago cuando él le preguntó si iban a dormir. Juntos. Quizá se había precipitado y, con sus actos, le había dado una impresión errónea. Todavía tenían que... y ella se había encargado de hacer que los dejasen solos, insinuando que iban a...
Se puso el pie, azorada y sin mirarle, y se acercó para servirse algo que beber. Intentó pensar en una forma de aclarar las cosas, pero no la encontró. O mejor dicho, no se le ocurría ninguna que no acabase con él ofendido. No podía permitirse molestarle. Hasta ahora había sido muy caballeroso, pero Sansa seguía actuando con cautela. Estaba demasiado acostumbrada a desconfiar.
No se dio cuenta de que se servía vino hasta que se llevó la copa a los labios. No estaba acostumbrada a beber, pero le dio vergüenza hacerlo notar, de forma que se limitó a dar pequeños sorbos.
Entonces su esposo se quitó la camisa y ella se atragantó. Le observó acomodarse un poco, con el pecho descubierto. Jaime Lannister seguía siendo tremendamente atractivo, a pesar de todo por lo que habia pasado. Su joven esposa, que tanto recelo sentía, que rehuía el contacto físico como un ratoncito asustado y vivia temerosa de que llegara el momento en que él decidiese consumar el matrimonio, se quedó mirándole como embobada, con las mejillas levemente sonrosadas, y pensando que incluso las cicatrices le sentaban bien.
Tan impresionada estaba que tardó en darse cuenta de que le estaba hablando.
- Sir.. Sir Arthur... - balbuceó, incapaz de pensar con claridad. Quizá por el cansancio y el dolor de cabeza, quizá por los nervios, quizá por el vino, quizá por estar frente a un hombre medio desnudo - Es posible... ahora no recuerdo... - por supuesto que había oído esa historia, pero en ese instante el nombre ni siquiera le resultaba familiar. Por suerte, él le hizo una petición a la que pudo aferrarse para recuperar algo de control.
- Las costumbres norteñas - por fin consiguió apartar la mirada de él, dirigiendola a cualquier otro lugar, con aire avergonzado - son... bueno... el Norte es muy distinto al Sur - dejó la copa sobre la mesa - Allí todo es más... sencillo - empezó a rascarse el brazo inconscientemente, incómoda. Le picaba la ropa - Puede que incluso más honesto, por así decirlo. En el Sur... al menos en el Sur que conozco... todo es como una representación. Trajes bonitos, lujos, sonrisas... En el Norte que yo recuerdo no era así - hablar de su hogar le estaba resultando más fácil de lo esperado, a pesar de estar incómoda y nerviosa. Sin que ella se diese cuenta, algo de luz volvió a su rostro - Allí lo importante no es lo bonito, sino lo práctico. A la gente se la valora por sus actos y no por sus palabras. No voy a decir que carezcamos de intrigas y traiciones... pero la mayoría de sus gentes respeta a su señor, si es que este se hace respetar. Mi padre decía que era importante conocer a los vasallos, sus historias, sus familias, sus nombres... Hacer que todos supieran que su lealtad era agradecida. Pero sin repartir promesas o lisonjas, ni por supuesto prometer lo que no se piensa cumplir. También decía que la ley debía cumplirse, y que debía ser igual para todos los que debieran someterse a ella. No se dejaba comprar ni influenciar. Trataba a todos con firmeza y respeto, y no era cruel. Y creo que sus hombres le respetaban por ello - tomó aire. Dolía tanto recordar a su padre... - La caza es importante. Un norteño debe llevar carne y pieles a su hogar, porque así su familia tendrá qué comer y con qué vestirse. Así que deberíais organizar partidas de caza a menudo. Aunque tampoco debéis volver con medio bosque. Sólo cazar lo que vaya a necesitarse. Y... ahora no lo sé, pero antes todavía se rezaba mucho a los Dioses Antiguos. Aunque mi padre hizo construir un septo para mi madre cuando se casaron.... No hay muchas fiestas, porque suele hacer frio y la gente vive apartada. Quiero decir... Invernalia no es una ciudad como Desembarco del Rey, y los vasallos de mi padre solían permanecer en sus respectivos hogares.
Dejó de hablar al darse cuenta de que llevaba un buen rato haciéndolo sin parar. Le gustaba hablar de su hogar, pero también la ponía triste. Notaba los ojos empañados por los recuerdos agridulces. Habia tantas cosas que en su momento no valoró y que ahora echaba de menos...
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Re: Lion in the North
01. The North remembers

Jaime ni siquiera había pensado en la impresión que había podido darle a Sansa una vez se había quitado la camiseta. Era algo incómodo hablar de sus hábitos; quizás lo haría una vez llegara a Invernalia. Por el momento, iba a intentar respetarla lo máximo posible hasta que hablaran de verdad sobre lo que pensaban hacer con su matrimonio. Parecía evidente que la chica no iba a organizar un atentado contra su vida, o eso, o era una buenísima actriz, algo que dudaba. En el fondo, Jaime comprendía en cierta medida a Sansa. Ambos caracteres tenían bastante similitudes.
Mentiría si no dijera que le complació que la Stark se atragantara una vez mostró su pecho desnudo; aún tenía algo de efecto en las féminas. Aquello aumentaban su muy tocado ego; ya no era como antaño, cuando pensaba que era el mejor de los Siete Reinos. La arrogancia había dejado paso a algo de sabiduría proveniente de los sufrimientos que había pasado por su viaje con Brienne. ¿Podría hablarle a la pelirroja algún día sobre ella? Puede que sí. No sabía hasta qué grado de confianza tendrían en un futuro. Imaginaba que su relación no se basaría en la confianza, sino en el respeto. Aunque a Jaime le encantaría en el fondo que se fundara en ambas premisas.
El titubeo de la fémina le pareció sorprendente; quizás estaba cansada. O quizás no estaba acostumbrada a beber demasiado. Por eso, no hizo más comentario sobre la batalla; además, tampoco quería tocar un tema tan delicado como lo era la muerte de Lady Lyanna Stark, la tía de Sansa, hermana de Ned y Brandon. Se preguntaba si alguna vez le habría hablado de ella. Las circunstancias de su muerte siempre se había mitificado, ya que era bastante difícil sacar qué había pasado en claro. No era como lo que aconteció en la toma de Desembarco del Rey y el posterior asesinato de Elia Martell. Quizás, si hubiera sido un poco más maduro en la época, lo hubiera evitado en contra de las órdenes de su padre. Imaginaba que no habría salido muy bien, pero se sentiría mejor consigo mismo.
El Norte era tan distinto al Sur que Jaime no pudo evitar escuchar las palabras de la fémina embelesado. Era algo a lo que él jamás había estado acostumbrado: la simpleza del Norte era la simpleza de los Primeros Hombres, de los Hijos del Bosque de las historias de las viejas... Y quizás, eso es lo que hacía falta para luchar contra la corrupción de Poniente... en parte, gracias a su familia. Desde que Tywin empezó a alzarse como un noble del que nadie se podía reír, los Lannister habían empezado a comprar a la gente con dinero. Era algo vergonzoso, lo veía ahora, pues Sansa le había explicado la manera de los norteños de ver el mundo.
Jaime se pasó las manos por los brazos, tensando un poco sus músculos en el proceso; notaba a la fémina algo incómoda—. Aprenderé todo sobre los vasallos de los Stark. Intentaré ser un Guardián justo, tal y como lo era vuestro padre. Quizás en la religión sea el único punto en que el que difiera, pero no impondré ninguna fe. Usaré el septo que vuestro padre construyó para mis oraciones. Espero que el bosque de cipreses no haya sido devastado para que vos también podáis rezar. —El Lannister se acababa de percatar de que tenía bastantes ganas de llegar a Invernalia. Lo estaba deseando.
Tomó algo de aire hasta bajar sus manos a sus propios pantalones, los cuales acabó dejando caer—. Será mejor que vayamos a dormir. Nos esperan unos días largos, Sansa. —Dejó clara sus intenciones con aquel enunciado, a pesar de su desnudez. Simplemente, se sentía más cómodo así. Durante su noche de bodas, ambos habían dormido desnudos y no hubo ningún problema; imaginaba que tampoco aquella noche—. Sé que será difícil volver después de todo lo que ha pasado, pero espero que no me sintáis como un intruso en vuestra Invernalia. —Invernalia siempre sería de los Stark a partir de aquel día. Algún día, ambos debían dejar un heredero. Aunque el apellido cambiara, en el fondo, la familia continuaría en la forma de ver el mundo. Eso significaba ser norteño, ¿no?
Jaime acabó acercándose a la cama, abriéndola para meterse dentro, aunque siguió levemente incorporado para poder mirar a la fémina durante unos segundos—. Sé que ya os lo he dicho, pero no os haré daño. Nunca. —Y lo estaba prometiendo con la voracidad de un león. AL fin y al cabo, un Lannister siempre pagaba sus deudas.
Mentiría si no dijera que le complació que la Stark se atragantara una vez mostró su pecho desnudo; aún tenía algo de efecto en las féminas. Aquello aumentaban su muy tocado ego; ya no era como antaño, cuando pensaba que era el mejor de los Siete Reinos. La arrogancia había dejado paso a algo de sabiduría proveniente de los sufrimientos que había pasado por su viaje con Brienne. ¿Podría hablarle a la pelirroja algún día sobre ella? Puede que sí. No sabía hasta qué grado de confianza tendrían en un futuro. Imaginaba que su relación no se basaría en la confianza, sino en el respeto. Aunque a Jaime le encantaría en el fondo que se fundara en ambas premisas.
El titubeo de la fémina le pareció sorprendente; quizás estaba cansada. O quizás no estaba acostumbrada a beber demasiado. Por eso, no hizo más comentario sobre la batalla; además, tampoco quería tocar un tema tan delicado como lo era la muerte de Lady Lyanna Stark, la tía de Sansa, hermana de Ned y Brandon. Se preguntaba si alguna vez le habría hablado de ella. Las circunstancias de su muerte siempre se había mitificado, ya que era bastante difícil sacar qué había pasado en claro. No era como lo que aconteció en la toma de Desembarco del Rey y el posterior asesinato de Elia Martell. Quizás, si hubiera sido un poco más maduro en la época, lo hubiera evitado en contra de las órdenes de su padre. Imaginaba que no habría salido muy bien, pero se sentiría mejor consigo mismo.
El Norte era tan distinto al Sur que Jaime no pudo evitar escuchar las palabras de la fémina embelesado. Era algo a lo que él jamás había estado acostumbrado: la simpleza del Norte era la simpleza de los Primeros Hombres, de los Hijos del Bosque de las historias de las viejas... Y quizás, eso es lo que hacía falta para luchar contra la corrupción de Poniente... en parte, gracias a su familia. Desde que Tywin empezó a alzarse como un noble del que nadie se podía reír, los Lannister habían empezado a comprar a la gente con dinero. Era algo vergonzoso, lo veía ahora, pues Sansa le había explicado la manera de los norteños de ver el mundo.
Jaime se pasó las manos por los brazos, tensando un poco sus músculos en el proceso; notaba a la fémina algo incómoda—. Aprenderé todo sobre los vasallos de los Stark. Intentaré ser un Guardián justo, tal y como lo era vuestro padre. Quizás en la religión sea el único punto en que el que difiera, pero no impondré ninguna fe. Usaré el septo que vuestro padre construyó para mis oraciones. Espero que el bosque de cipreses no haya sido devastado para que vos también podáis rezar. —El Lannister se acababa de percatar de que tenía bastantes ganas de llegar a Invernalia. Lo estaba deseando.
Tomó algo de aire hasta bajar sus manos a sus propios pantalones, los cuales acabó dejando caer—. Será mejor que vayamos a dormir. Nos esperan unos días largos, Sansa. —Dejó clara sus intenciones con aquel enunciado, a pesar de su desnudez. Simplemente, se sentía más cómodo así. Durante su noche de bodas, ambos habían dormido desnudos y no hubo ningún problema; imaginaba que tampoco aquella noche—. Sé que será difícil volver después de todo lo que ha pasado, pero espero que no me sintáis como un intruso en vuestra Invernalia. —Invernalia siempre sería de los Stark a partir de aquel día. Algún día, ambos debían dejar un heredero. Aunque el apellido cambiara, en el fondo, la familia continuaría en la forma de ver el mundo. Eso significaba ser norteño, ¿no?
Jaime acabó acercándose a la cama, abriéndola para meterse dentro, aunque siguió levemente incorporado para poder mirar a la fémina durante unos segundos—. Sé que ya os lo he dicho, pero no os haré daño. Nunca. —Y lo estaba prometiendo con la voracidad de un león. AL fin y al cabo, un Lannister siempre pagaba sus deudas.
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Re: Lion in the North
I. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Rumbo a Invervalia |
Alzó la vista al volver a oir su voz. De nuevo se le quedó mirando, sin poder evitarlo. ¿Cómo no iba a hacerlo? Era atractivo, eso no podía negarse, y ella siempre había fantaseado con un esposo atractivo. Parte de la facilidad de Joffrey para embaucarla al principio se debió precisamente a que le parecía guapo, parte de la ilusión, rápidamente destrozada, que le hacían los planes de Olenna Tyrell de casarla con uno de sus nietos se debía a que los Tyrell eran atractivos. Sansa se había llevado demasiados golpes como para desear entregarse a un hombre con la facilidad de otras mujeres, por muy atractivo que éste fuera. Temía que le hiciesen daño, que la golpearan o sentirse usada. Pero era una niña que había florecido y... los ojos se le iban.
Ahogó un jadeo al verle desnudo. Intentó evitar mirarle, pero... le costó. Era la primera vez que estaba ante un hombre desnudo, exceptuando a sus hermanos, siendo niños, y la noche de bodas, en la que había estado tan encerrada en sí misma y tan temerosa incluso de respirar que apenas se había fijado en nada.
Casi se echó a temblar al verle en la cama. Él decía "dormir", pero estaba desnudo y dijo que no le haría daño. Temía que llegara el momento. No iba a poder posponerlo eternamente. Quizá ahora él tuviese las mejores intenciones, pero seguramente llegaría un dia en el que se cansaría de aguardar. Y en el improbable caso de que eso ocurriera, seguía quedando la cuestión de la descendencia. Su principal labor era darle hijos, para eso estaban las mujeres. Niños que serían Lannister, pero que llevarían sangre Stark y nacerían y crecerían en el Norte. Quizá la idea no fuese del todo mala.
Respiró hondo, intentando poner en orden su confusa mente y mantener la compostura, al menos todo lo posible. Seguía notando pinchazos de dolor en la cabeza y necesitaba quitarse la ropa de viaje, que a esas alturas le picaba como si fuese de esparto.
Empezó a desnudarse lentamente, con movimientos torpes y vacilantes. Ni siquiera sabía si hacerlo frente a él o si darle la espalda. Ambas cosas la avergonzaban, la primera por mostrar su cuerpo, la segunda por mostrar sus marcas. Al final cayó en que daba igual, dado que ya la había visto desnuda (aunque desconocía si le había prestado atención entonces o no) y volvería a verla en el futuro, cuando decidiese consumar su matrimonio, aunque sólo fuera para dejarla embarazada.
Se metió en la cama con él, desnuda, aguardando por si decidía hacerle algo. No es que ella lo deseara, pero se dejaría, como debía hacer. Porque era lo que hacía una buena esposa y porque no tendría más alternativa.
El silencio empezaba a resultarle pesado, de modo que tras acomodarse bajo las mantas decidió hablar. Quizá así pudiera retrasar un poco lo que fuera que fuese a ocurrir.
- Ahora Invernalia es tan vuestra como mia - murmuró - No sé qué hombres de mi padre quedan, ni si nos serán o no hostiles. Desconozco la situación actual... no dejaban que me llegasen muchas noticias en Desembarco. Pero haré cuanto esté en mi mano por ayudaros a conocerlos a todos. Mi madre me enseñó a organizar los banquetes que tanto les gustan y atender las visitas, de modo que, si no han cambiado mucho, creo que sabré contentarlos - guardó silencio unos segundos, pensando de qué hablar a continuación - Hace mucho que no creo en los dioses - confesó - No como lo hacía antes. Si los dioses existen, no se preocupan por mi - se mordió el labio - En Invernalia rezaba a los Siete, como mi madre, aunque también acudia al Bosque de Dioses cuando mi padre lo deseaba. Cuando llegué a Desembarco, al principio acudía también a los Siete... pero cuando... cuando... - cuanto empezó su tormento - Después de lo de mi padre... empecé a ir al Bosque de Dioses. No a rezar, sino... a buscar algo de tranquilidad. Nadie me molestaba allí. A veces rezaba pero... los dioses de mi padre no estaban en Desembarco.
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Re: Lion in the North
01. The North remembers

Había notado las miradas de Sansa en un primer momento. Siempre había estado orgulloso de su cuerpo, por lo que ni se le pasaba por la cabeza que la fémina pudiera llegar a sentirse decepcionada con él, a menos que las cicatrices que coronaban cada centímetro de su piel le parecieran monstruosas, por supuesto. Imaginaba que no, o al menos, ninguna mueca de desprecio o disgusto se había formado en su rostro, como sí había pasado en el de Cersei las últimas veces que se habían visto desnudos. Definitivamente, su hermana había preferido el cuerpo del joven Lancel, engañado para que tuvieran sexo. O al menos, eso es lo que Tyrion le había asegurado, quizás para no hacerle sufrir más de la cuenta. Su hermano le quería, y Jaime le quería también.
El hombre había intentando no mirar a Sansa cuando se había comenzado a desnudar. Quizás debía haber dejado que las damas le ayudaran en un primer momento; parecía que estaba realmente nerviosa. Jaime era el que la había desnudado en la noche de bodas, por lo que ya había visto las cicatrices que le había dejado su sobrino. Era un monstruo, incluso aunque fuera un familiar suyo. Era algo que Sansa había podido experimentar, que Tyrion había podido ver y que Cersei había decidido ignorar. Si él hubiera estado en Desembarco, ¿Joffrey hubiera estado tan descontrolado? Intentó no dejar escapar ningún suspiro, aunque la verdad era que se sentía bastante culpable.
Incluso aunque hubiera intentado no mirar, los ojos se le habían ido en un par de ocasiones: Sansa era bastante hermosa. De hecho, si no se estuviera controlando en aquellos momentos, la hubiera hecho suya... en todos los sentidos. No solo le atraía su cuerpo, aunque nunca lo reconocería en voz alta. Al menos, no lo haría hasta que aquellos sentimientos fueran recíprocos, si es que lo eran algún día, algo que Jaime dudaba. Al fin y al cabo, ella debía odiar a los Lannister. A Jaime le interesaba conocer algo más de Sansa, pero ¿le interesaría algún día a la pelirroja conocer algo más del rubio?
Se acomodó encima de la cama cuando la fémina se introdujo en la cama, sobre la almohada. El silencio se había hecho entre ellos hasta que la fémina lo rompió. Por su parte, Jaime giró su rostro para mirarla mientras hablaba. Él también había dudado de los dioses en ciertos momentos de su vida—. Creo que los Dioses, si existen, no se preocupan por nadie. Los dioses no hubieran dejado que un loco tomara control de los Siete Reinos, aterrorizando a pobres inocentes por... delirios, por miedo a perder el poder, como finalmente hizo precisamente por los asesinatos injustos. ¿Sabes qué? Que le jodan a los Dioses. Mientras pueda, voy a elegir mi propio destino. —Susurró entre dientes. Aquella era una de las razones por las que había decidido casarse con Sansa. No paró de mirarla ni un solo segundo; la chica parecía bastante tensa—. Buenas noches, Sansa. —Susurró antes de cerrar los ojos. En realidad, sí que tenía algo de sueño; aquel día, había sido demasiado cansado. Quizás porque había confesado a Sansa cosas que no hubiera imaginado cuando se casó con ella en Desembarco.
Pronto, ya había caído en los brazos de Morfeo, pensando en su nueva esposa. Se coló en sus sueños, al igual que los paisajes que recordaba en el Norte. En el fondo, estaba preocupado porque por primera vez en su vida, temía no merecer aquello que se le había dado.
El hombre había intentando no mirar a Sansa cuando se había comenzado a desnudar. Quizás debía haber dejado que las damas le ayudaran en un primer momento; parecía que estaba realmente nerviosa. Jaime era el que la había desnudado en la noche de bodas, por lo que ya había visto las cicatrices que le había dejado su sobrino. Era un monstruo, incluso aunque fuera un familiar suyo. Era algo que Sansa había podido experimentar, que Tyrion había podido ver y que Cersei había decidido ignorar. Si él hubiera estado en Desembarco, ¿Joffrey hubiera estado tan descontrolado? Intentó no dejar escapar ningún suspiro, aunque la verdad era que se sentía bastante culpable.
Incluso aunque hubiera intentado no mirar, los ojos se le habían ido en un par de ocasiones: Sansa era bastante hermosa. De hecho, si no se estuviera controlando en aquellos momentos, la hubiera hecho suya... en todos los sentidos. No solo le atraía su cuerpo, aunque nunca lo reconocería en voz alta. Al menos, no lo haría hasta que aquellos sentimientos fueran recíprocos, si es que lo eran algún día, algo que Jaime dudaba. Al fin y al cabo, ella debía odiar a los Lannister. A Jaime le interesaba conocer algo más de Sansa, pero ¿le interesaría algún día a la pelirroja conocer algo más del rubio?
Se acomodó encima de la cama cuando la fémina se introdujo en la cama, sobre la almohada. El silencio se había hecho entre ellos hasta que la fémina lo rompió. Por su parte, Jaime giró su rostro para mirarla mientras hablaba. Él también había dudado de los dioses en ciertos momentos de su vida—. Creo que los Dioses, si existen, no se preocupan por nadie. Los dioses no hubieran dejado que un loco tomara control de los Siete Reinos, aterrorizando a pobres inocentes por... delirios, por miedo a perder el poder, como finalmente hizo precisamente por los asesinatos injustos. ¿Sabes qué? Que le jodan a los Dioses. Mientras pueda, voy a elegir mi propio destino. —Susurró entre dientes. Aquella era una de las razones por las que había decidido casarse con Sansa. No paró de mirarla ni un solo segundo; la chica parecía bastante tensa—. Buenas noches, Sansa. —Susurró antes de cerrar los ojos. En realidad, sí que tenía algo de sueño; aquel día, había sido demasiado cansado. Quizás porque había confesado a Sansa cosas que no hubiera imaginado cuando se casó con ella en Desembarco.
Pronto, ya había caído en los brazos de Morfeo, pensando en su nueva esposa. Se coló en sus sueños, al igual que los paisajes que recordaba en el Norte. En el fondo, estaba preocupado porque por primera vez en su vida, temía no merecer aquello que se le había dado.
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Re: Lion in the North
I. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Invervalia |
Le sorprendió que él no hiciese ni el más mínimo intento de rozarla siquiera. Era extraño pasar de nuevo una noche a su lado sin que nada ocurriese entre ellos. Pero lo agradeció. Recordó que él había dicho que no le haría nada que ella no quisiera, y por el momento mantenía su palabra.
Se quedó pensando en sus palabras. Además de poder ser consideradas una blasfemia (aunque ella compartía su opinión, si bien con menos vehemencia), había calificado al rey como loco. Se preguntó si se refería a Aerys o a Joffrey. Le costaba imaginar a Jaime hablando en tales términos de su sobrino... o su hijo, si se hacía caso a ciertos comentarios que Sansa se habia negado incluso a pensar, pues temía que Joffrey o Cersei, del alguna manera, se enterasen y se lo hiciesen pagar.
No supo cuanto tiempo se quedó perdida en sus pensamientos, pero su esposo se había quedado dormido. Lo miró durante un rato. Recordaba bien la primera vez que lo había visto. Le había parecido el hombre más atractivo del mundo, tan alto, guapo y dorado como un dios. Ahora su rostro estaba surcado por marcas propias del tiempo y una vida dura. Pero seguía siendo un rostro hermoso. Dormido incluso parecía amable.
Al final acabó sucumbiendo ella también al cansancio, cayendo en un sueño profundo del que no despertó hasta que fueron a buscarles a la mañana siguiente. Un par de damas se aventuraron en el interior de la tienda (lo que confirmó las sospechas de la joven de que se trataban de espias), con la excusa de ayudarla a vestirse para estar lista para partir lo antes posibles. Le gustó ver sus rostros al encontrarles desnudos. Ella seguía siendo doncella, pero a ojos de todos parecía lo contrario, y esperaba que esas noticias llegasen a Desembarco pronto.
Las mandó a buscar agua fresca para ella y para su esposo (empezaba a disfrutar las miradas de envidia al referirse a Jaime Lannister como su esposo) y se apresuró a cubrirse con la camisa interior antes de que regresaran.
Cuando volvieron, se aseó y se dejó vestir y peinar, esforzándose por mantener una postura firme, de señora. Cuando tanto ella como Jaime estuvieron listos, salieron juntos para montar en el carruaje.
El resto del viaje transcurrió de forma similar, con la pareja compartiendo tanto el medio de transporte como el lecho, aunque manteniendo cierta distancia entre ellos. Distancia marcada sobretodo por la joven Stark, que aún se resistía a dejar que su esposo se acercase a ella. Sin embargo, poco a poco iba acostumbrándose a su presencia y cada dia estaba un poquito menos tensa. Seguía rehuyendo en lo posible el contacto físico y mantenía parte del temor que le inspiraban los Lannister en general, pero empezaba también a mostrarse algo más abierta. Sobretodo cuando se trataba de hablar del Norte.
En cierto momento se envió una pequeña avanzadilla para avisar de la pronta llegada del matrimonio y su séquito, que regresó con algunas noticias. Sansa las recibió con avidez, y durante el último tramo de viaje estuvo hablando de los señores norteños a los que recordaba y que, según la información que había llegado hasta ella, aguardaban su llegada para jurarle fidelidad.
La joven Stark se sentía cada día más libre del peso que había amenazado con asfixiarla desde que su padre fue ajusticiado (o mejor dicho, asesinado) en Desembarco. Estaba deseosa de llegar a su hogar, de ver a su gente... aunque temía lo que fuese a encontrar. Parte de ella temía que los norteños la culpasen de algo.
Por fin anunciaron que ya se veían los muros de Invernalia. La noticia exaltó tanto a la muchacha que, sin darse cuenta, se aferró al brazo de Jaime, mientras se asomaba por la ventana para intentar ver, deseando y temiendo a la vez que llegara el momento de descender y enfrentarse a sus gentes.
En Invernalia aguardaban los que habían sido los principales vasallos de su padre. Karstark, Umber, Flint, Manderly... Algunos eran los hombres que Sansa recordaba, otros sus herederos o representantes. Todos ellos ansiosos de volver a ver un Stark en aquel lugar, cada uno con sus propias agendas... y la mayoria dispuestos a mostrarse abiertamente hostiles al nuevo señor en caso de detectar cualquier tensión en el matrimonio. Los había que realmente se preocupaban por la joven Sansa, la única Stark con vida (al menos, que se supiera), otros sencillamente querían aprovechar cualquier oportunidad para lucirse ante la joven y así obtener su favor.
Invernalia había sido muy castigada por los problemas del Norte, tras la muerte de Robb y la traición del joven Greyjoy, pero desde que llegaron las noticias del regreso de la hija de Eddard, los señores y, sobretodo, los sirvientes que quedaban en el lugar se habían afanado por adecentar el lugar en lo posible. Quedaba mucho por hacer, pero las habitaciones principales estaban reconstruidas y tan adecentadas como era posible, si bien con mobiliario tosco y sin apenas adornos. Se había reunido todo el vino posible y los hombres habían pasado el dia anterior de caza. Los señores no tenían especial simpatía por su señor, y por su señora sentían cariño dispar, pero estaban dispuestos a mostrar al león que en el Norte sabían recibir a sus señores. Aunque fuese con menos boato que en la capital.
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Re: Lion in the North
02. Home

Invernalia era el hogar de Sansa, Invernalia sería un lugar hostil para un Lannister. Los recuerdos aún inundaban su mente desde su última visita. Estaba avergonzado de “las cosas que se hacían por amor”. Por poco, había asesinado a un Stark de forma despiadada, y todo por la influencia que tenía su hermana en él. Pero Jaime ya se había librado de ella, al menos, más o menos. Sabía que tendrían que encontrarse de nuevo y aunque no lo supiera, imaginaba que tendría que terminar asesinándola. Era el valonqar de la profecía de su hermana, y no Tyrion. Él también era menor que Cersei, ya que había nacido unos minutos después.
Estaba preocupado, preocupado por las noticias que le habrían llegado a Invernalia. Por supuesto, ni siquiera había pensado en la muerte de Joffrey, sino en todo lo contrario: imaginaba que Margaery no habría podido aguantar lo despiadado que era su sobrino y por lo tanto, algo habría pasado, sobre todo, con Lady Olenna en la capital. Ella defendía su familia tal y como lo hacía también su padre: a sangre y fuego, como si fueran verdaderos reyes Targaryen.
Esto solo se le había olvidado cuando ya llegaron a los muros de Invernalia, porque Sansa, en un ataque de júbilo, se agarraba de su brazo. El rubio no hizo ningún movimiento que pudiera llegar a sobresaltar a la muchacha. Siempre había pensado que era hermosa, pero poco a poco, mientras se iban acercando, había descubierto que había mucho más detrás de la fachada de hermosura de su esposa: era inteligente, valiente, leal a sus principios. Era una perfecta candidata para jugar al juego de tronos sin perder. Aquello era algo que Jaime jamás había podido hacer, pero su hermana sí, aunque no jugaba tan bien como Varys, Meñique, lady Olenna o el propio Tywin. Era simplemente una jugadora decente.
De hecho, su tía Genna le había dicho en un par de ocasiones que el verdadero hijo de Tywin era Tyrion, precisamente, porque era el mejor jugador de la familia, incluso superando a su padre. Evidentemente, Jaime nunca sería tan buen jugador como Tyrion, pero necesitaba dejar las armas a un lado y comenzar formando alianzas para que no dejaran de apoyar a una verdadera Stark.
Tras bajar con ella del carruaje, los criados comenzaron a adentrar las cosas en Invernalia. Jaime llevaba el escudo Lannister en el pecho de su armadura y lo mostraba sin vergüenza, aunque siempre mirando con respeto a todas las casas norteñas, a todos sus vasallos: Karstark, Umber, Flint, Manderly, Mormont... De hecho, la chica Mormont, llamada Lyanna en honor a la hermana de Ned, era la que le fulminaba con la mirada con más ahínco, sin disimulo. Por eso, Jaime pensó que se debía dirigir a ella con mayor respeto; le parecía una fémina que aunque pequeña, era de armas tomar.
Invernalia estaba destrozada, pero aún así, algunas partes seguían bien construidas; los Bolton los esperaban dentro. Aquello sería un momento tenso, sin duda. Conforme fueron entrando, los vasallos detrás, Jaime ordenaba que dispusieran la sala de banquetes para que todos pudieran sentarse. Quizás, un banquete después de la charla cambiaría sus ánimos.
Pronto estuvieron dentro de la sala, sentados en los asientos más altos; Jaime mandaría un cuervo al Muro más tarde. El bastardo, Jon Snow, debía quedarse tranquilo; le dejaría venir a Invernalia para que viera a su hermana, para que comprobara que no estaba mal, ya no. Carraspeó el Lannister, inclinándose un poco hacia los norteños; esperaba que el haber colgado el estandarte no solo de los Lannister, sino también de los Stark, fuera hubiera calmado un poco los ánimos, aunque lo dudaba un poco: Ramsay, el bastardo de Bolton, le estaba matando con la mirada—. Bienvenidos a Invernalia, hogar de los Guardianes del Norte. —Comenzó el Lannister, apoyando su mano de oro en la mesa; vio algunas sonrisas, mas no les dio importancia. Entonces, cedió la palabra a su esposa; ella sabría lo que decir para apaciguar los ánimos.
Estaba preocupado, preocupado por las noticias que le habrían llegado a Invernalia. Por supuesto, ni siquiera había pensado en la muerte de Joffrey, sino en todo lo contrario: imaginaba que Margaery no habría podido aguantar lo despiadado que era su sobrino y por lo tanto, algo habría pasado, sobre todo, con Lady Olenna en la capital. Ella defendía su familia tal y como lo hacía también su padre: a sangre y fuego, como si fueran verdaderos reyes Targaryen.
Esto solo se le había olvidado cuando ya llegaron a los muros de Invernalia, porque Sansa, en un ataque de júbilo, se agarraba de su brazo. El rubio no hizo ningún movimiento que pudiera llegar a sobresaltar a la muchacha. Siempre había pensado que era hermosa, pero poco a poco, mientras se iban acercando, había descubierto que había mucho más detrás de la fachada de hermosura de su esposa: era inteligente, valiente, leal a sus principios. Era una perfecta candidata para jugar al juego de tronos sin perder. Aquello era algo que Jaime jamás había podido hacer, pero su hermana sí, aunque no jugaba tan bien como Varys, Meñique, lady Olenna o el propio Tywin. Era simplemente una jugadora decente.
De hecho, su tía Genna le había dicho en un par de ocasiones que el verdadero hijo de Tywin era Tyrion, precisamente, porque era el mejor jugador de la familia, incluso superando a su padre. Evidentemente, Jaime nunca sería tan buen jugador como Tyrion, pero necesitaba dejar las armas a un lado y comenzar formando alianzas para que no dejaran de apoyar a una verdadera Stark.
Tras bajar con ella del carruaje, los criados comenzaron a adentrar las cosas en Invernalia. Jaime llevaba el escudo Lannister en el pecho de su armadura y lo mostraba sin vergüenza, aunque siempre mirando con respeto a todas las casas norteñas, a todos sus vasallos: Karstark, Umber, Flint, Manderly, Mormont... De hecho, la chica Mormont, llamada Lyanna en honor a la hermana de Ned, era la que le fulminaba con la mirada con más ahínco, sin disimulo. Por eso, Jaime pensó que se debía dirigir a ella con mayor respeto; le parecía una fémina que aunque pequeña, era de armas tomar.
Invernalia estaba destrozada, pero aún así, algunas partes seguían bien construidas; los Bolton los esperaban dentro. Aquello sería un momento tenso, sin duda. Conforme fueron entrando, los vasallos detrás, Jaime ordenaba que dispusieran la sala de banquetes para que todos pudieran sentarse. Quizás, un banquete después de la charla cambiaría sus ánimos.
Pronto estuvieron dentro de la sala, sentados en los asientos más altos; Jaime mandaría un cuervo al Muro más tarde. El bastardo, Jon Snow, debía quedarse tranquilo; le dejaría venir a Invernalia para que viera a su hermana, para que comprobara que no estaba mal, ya no. Carraspeó el Lannister, inclinándose un poco hacia los norteños; esperaba que el haber colgado el estandarte no solo de los Lannister, sino también de los Stark, fuera hubiera calmado un poco los ánimos, aunque lo dudaba un poco: Ramsay, el bastardo de Bolton, le estaba matando con la mirada—. Bienvenidos a Invernalia, hogar de los Guardianes del Norte. —Comenzó el Lannister, apoyando su mano de oro en la mesa; vio algunas sonrisas, mas no les dio importancia. Entonces, cedió la palabra a su esposa; ella sabría lo que decir para apaciguar los ánimos.
Jaime Lannister | con Sansa Stark | Invernalia
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Hear me roar
And if you die, I will literally go out of my freaking mind
Re: Lion in the North
II. | Sansa Stark Con Jaime Lannister - Invervalia |
Se le empañaron los ojos al bajar del carruaje. Estaba de vuelta. De verdad estaba de vuelta. Apenas podía creerlo. Tenía ganas de llorar de tristeza y felicidad, pero no podía permitírselo. Sentía alivio y felicidad por regresar, aunque le dolía ver Invernalia en ese estado y pensar en toda la gente que debería estar ahí y no estaba. Pero si los norteños la veían llorar, no entenderían a qué se debía. Pensarian que era culpa de Jaime (parecían dispuestos a culparle de cualquier cosa) y habría problemas. No sería justo para su esposo, él la había tratado muy bien y la había llevado a casa. Tenía que intentar que se sintiese bien recibido.
Por ello se presentó ante los norteños, ante su gente, tomada del brazo de Jaime. Les saludó con una sonrisa tímida y fue recibida con sonrisas tensas. Le enterneció ver preocupación genuina en algunas miradas. En otras había algo cercano al odio. No sabía si hacia su esposo o hacia ella... o quizá hacia ambos. Supuso que dependía de las expectativas que cada uno hubiese desarrollado al traicionar a su hermano.
Parte de ella quería deshacerse de todos aquellos que sabía que habían conspirado contra Robb. Podría llegar a perdonar a los que, tras la Boda Roja, habían hincado la rodilla a favor de los Bolton, los señores provisionales del Norte. Podía entender que, una vez derrotados, no volvieran a alzarse. ¿Acaso no había agachado ella las orejas y se había dejado manejar y maltratar por los Lannister para sobrevivir?
Pero no podía soportar la idea de compartir su mesa con los que habían traicionado abiertamente a su hermano. Aquellos que habían conspirado y empuñado las armas. Ellos no buscaban sobrevivir, buscaban ocupar su lugar. De poco les había valido, dado que ahora la señora de Invernalia era ella. No habían podido con los Stark. Sin embargo, no podía ponerse a dar gritos y exigir sus cabeza. Se sentía Stark, ahora más que nunca, pero oficialmente era una Lannister y los traidores eran aliados de su esposo. O mejor dicho, de su padre. Ninguno de los presentes, ni siquiera los traidores, parecían felices de tener a Jaime allí.
Jaime ordenó que el estandarte Stark fuese colocado junto al de los Lannister, lo que sorprendió a todos los presentes, empezando por su esposa. Se dijo que tenía que encontrar la forma de darle las gracias. Su esposo no tardó en tomar posesión de sus funciones, ordenando que todo el mundo entrase y se acomodase en la sala de banquetes. Se le hizo extraño ocupar el lugar de su madre en la mesa destacada.
Jaime empezó a hablar, pero rápidamente le cedió la palabra. De nuevo, el gesto la sorprendió, al igual que a los norteños. Sin duda todos esperaban que el Lannister se comportara como un tirano. Sansa no le veía así, el tiempo que habían pasado juntos le había demostrado que era diferente. Pero seguía sorprendiéndole que tuviese gestos con ella. Demasiado tiempo acostumbrada a que nadie los tuviera.
- Es un placer ver a tanta gente conocida en esta sala. Tantos... - no podía emplear la palabra "amigos", pero tampoco iba a llamarles traidores - ... rostros conocidos. Rostros que he extrañado mucho - los sirvientes empezaron a servir bebida y comida - Me alegro de que tanta gente haya venido a recibirnos - hizo una pausa, mirándoles uno a uno, especialmente a aquellos que sabía que eran destacadamente leales. Dedicó una sonrisa a la joven Mormont, que se había ganado su simpatía al mostrar más valor y lealtad que muchos hombres - He hablado a mi esposo de estas tierras y de sus gentes. Le dije que el Norte que recordaba, el que era mi hogar, era una tierra fria de gente noble y leal. Hemos podido constatar que la tierra sigue siendo fria. En vuestra mano queda demostrar si sus gentes son nobles y leales - Miró a Jaime, sentado junto a ella - Gracias, esposo, por traerme de vuelta a casa.
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