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Sons of Vengeance
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Sons of Vengeance
Sons of Vengeance
CS: Game of Throne ৹ 1x1
“ ¿Qué es lo que más anhela vuestro corazón?
Venganza … Justicia … Fuego & Sangre. ”
Venganza … Justicia … Fuego & Sangre. ”
Con aquellas palabras, la princesa dorniense salió de su hogar en compañía de un pequeño pero peculiar séquito. Su misión y la elaboración de los planes quedó en pocos confiables y ella emprendió rumbo a lo desconocido. La muerte era una posibilidad, al igual que la victoria; fuese al fuese el resultado de tan tamaña tarea, el sabor de las naranjas sanguíneas la perseguiría para siempre . . .
“ ¿Por qué debería de ir corriendo a mi tía como si fuera un mendigo? Mi causa es mayor que la suya. Qué venga ella a mi … A Poniente. ”
Descendientes de reyes, su vida y destino quedarían sujetas a aquellas reflexiones. Junto a la Compañía Dorada, el camino hacía Poniente no es más que cuestión de tiempo. Los barcos atracan y poco bañará aquellas tierras con la sangre y el fuego que hondea su estandarte. El rey y el dragón, unidos en una misma pieza de cyvasse. El siguiente movimiento, ya esta en marcha. . .
. . .
Movidos por diferentes motivos, pero unidos por el mismo objetivo, dos jóvenes se verán por primera vez. De dicho encuentro, el destino de los Siete Reinos puede estar sujeto, la gloria y la locura, como dos caras de una misma moneda, es pues lanzada. . . Porque aquellas tierras en cuyo emblema la corona se sienta en el Trono de Hierro, será la primera de muchas en hincar rodilla ante los Hijos de la Venganza.
Arianne Nymeros Martell 24 DN ৹ Aiysha Hart ৹ Nyadeh Hija primogénita y heredera del príncipe Doran Nymeros Martell y Mellario de Norvos. Tiene dos hermanos menores; Quentyl, que sin saberlo ha sido asesinado en Meereen y Trystane, comprometido con la princesa Myrcella Baratheon. Durante años creyó que su padre planeaba designar sus derechos en favor a Quentyl, lo que provocó su frustración y rabia para con ambos príncipes. Nada más lejos de la verdad, el plan incluía que ella se convertiría en la reina de Poniente mediante su matrimonio con Viserys. De esto último tuvo conocimiento recientemente, tras el desastroso resultado que obtuvo su plan de coronar a Myrcella en Sotoinfierno. Ahora que sabe todo el plan de su padre, emprende rumbo hacía Tierras de Tormenta, dónde espera encontrarse con el rey Aegon. Dependiendo de su encuentro, pues su madurez ha alcanzado su punto más sublime, Dorne irá o no a la guerra y obtendrá su preciada venganza y justicia. |
Aegon Targaryen 18 DN ৹ Jamie Campbell Bower ৹ Captain_Z Segundo hijo, único varón, de los príncipes Rhaegar Targaryen y Elia Nymeros Martell. Su hermana mayor, Rhaenys Targaryen, fue asesinada durante el Saqueo a Desembarco del Rey de dónde él si sobrevivió. Este último detalle es poco conocido, siendo posible por Varys “la Araña” que lo sacó de la capital tiempo previo. Fue ocultado por el mejor amigo de su padre, Jon Connigton, en Essos a la espera del momento culminante para su retorno. Durante ese tiempo, fue ilustrado como monarca perfecto e ideal, obteniendo además el apoyo de la Compañía Dorada. Si bien también esperaba poseer a su tía sus dragones, ello cambió mediante la conversación con Tyrion Lannister. Tras perder en la partida de cyvasse, se percató de que su destino estaba en Poniente y no en busca de su tía exiliada. Arribó en las costas de la Bahía de los Naufragios y, tal y como hubiera hecho su antepasado trescientos años atrás, la Conquista dio comienzo. En Bastión de Tormentas aguarda a la llegada de la comitiva dorniense, siendo la visita el principio del fin … ¿De los Baratheon en el poder o del suyo propio? |
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Re: Sons of Vengeance
Blood orange skin Arianne Martell con el supuesto dragón en Bastión de Tormentas |
La borrasca le había despojado del velo ataviado con menudas suturas de pedrería corinta en una traicionera ráfaga que no había apercibido hasta el sentir de sus dedos destemplados enmarañando su voluminosa cabellera de hebras nocturnas. Lágrimas no vertidas, hacinadas en el filo de los ojos persuasivos, razón de la bruma salina que se le adhería a las prolongadas pestañas. Humedad que se derramaba sobre la piel entumecida y fango que se diluía en su cariz tostado.
Había sido aconsejada, no sin cortesía, sobre el temporal inclemente que había enlodado cada vereda resguardada de aquel dominio y como fustigaba asimismo en el sinfín del océano. Mas la princesa, carente de serenidad, había frecuentado la cubierta de la embarcación con esa traza de pertinacia que conservaba desde su niñez.
Las travesías en Dorne eran arduas y sofocantes bajo el astro llameante, no tal contrariedad si advertías su situación y conocías el medio de reprimir la tenue brisa crepitante o evitar que la arenisca irritase tus ojos. Lo extrañaba, con el irrazonable dejo de añoranza de quien solo había sido amamantado de sus raíces y no estimaba nada más allá. Lanza del Sol y sus costas. Los olivos y los brotes del azahar. Y a sus primas, no a la chiquilla indisciplinada que había dejado en la Bahía de los Naufragios bajo el amparo de Daemon, a las que apreciaba desde que había aprendido a caminar.
La visión de Daemon postrado frente a ella, una fracción audaz y otra suplicante, retrató una sonrisa en sus labios carnosos. No más que la ilusión confiada de saberlo reticente al encuentro de la princesa con el joven insurgente que clamaba ser de su misma sangre y demandaba aquello que creía pertenecerle; avivado por los celos, no cabía duda. El bastardo de Bondadivina tan solo era un infortunado que se había prendado de ella, lo esencial para solicitar su mano y obtener una frígida negativa como medalla de canje.
No se lamentó, empero por su trayecto a Bastión de Tormentas como en otro tiempo hubiera hecho. Su progenitor había consignado su fe en ella y debía probar que era su meritoria sucesora.
Pactaría con Aegon Targaryen, solo tras una recepción con él. Con el hijo de Elia Martell, de quien apenas podía aludir recuerdos mas sabía que había sido respetada en su familia, que su padre la quería. Con su pieza predilecta del sitrang. El dragón despojado, el dragón sin dragones. Resultaba una burla cruel.
Si el grifo había pretendido engañar a Dorne, Doran Martell no lo olvidaría.
Arianne tampoco.
Había sido aconsejada, no sin cortesía, sobre el temporal inclemente que había enlodado cada vereda resguardada de aquel dominio y como fustigaba asimismo en el sinfín del océano. Mas la princesa, carente de serenidad, había frecuentado la cubierta de la embarcación con esa traza de pertinacia que conservaba desde su niñez.
Las travesías en Dorne eran arduas y sofocantes bajo el astro llameante, no tal contrariedad si advertías su situación y conocías el medio de reprimir la tenue brisa crepitante o evitar que la arenisca irritase tus ojos. Lo extrañaba, con el irrazonable dejo de añoranza de quien solo había sido amamantado de sus raíces y no estimaba nada más allá. Lanza del Sol y sus costas. Los olivos y los brotes del azahar. Y a sus primas, no a la chiquilla indisciplinada que había dejado en la Bahía de los Naufragios bajo el amparo de Daemon, a las que apreciaba desde que había aprendido a caminar.
La visión de Daemon postrado frente a ella, una fracción audaz y otra suplicante, retrató una sonrisa en sus labios carnosos. No más que la ilusión confiada de saberlo reticente al encuentro de la princesa con el joven insurgente que clamaba ser de su misma sangre y demandaba aquello que creía pertenecerle; avivado por los celos, no cabía duda. El bastardo de Bondadivina tan solo era un infortunado que se había prendado de ella, lo esencial para solicitar su mano y obtener una frígida negativa como medalla de canje.
No se lamentó, empero por su trayecto a Bastión de Tormentas como en otro tiempo hubiera hecho. Su progenitor había consignado su fe en ella y debía probar que era su meritoria sucesora.
Pactaría con Aegon Targaryen, solo tras una recepción con él. Con el hijo de Elia Martell, de quien apenas podía aludir recuerdos mas sabía que había sido respetada en su familia, que su padre la quería. Con su pieza predilecta del sitrang. El dragón despojado, el dragón sin dragones. Resultaba una burla cruel.
Si el grifo había pretendido engañar a Dorne, Doran Martell no lo olvidaría.
Arianne tampoco.
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Re: Sons of Vengeance
Blood orange skin Aegon VI Targaryen con la princesa Arianne N. Martell en Bastión de Tormentas |
Las peripecias transcurridas durante el trayecto no fueron, ni mucho menos, tan acentuadas como las pasadas al llegar al continente. Ni siquiera los Peldaños de Piedra, aquellos rocosos islotes en medio del Mar Angosto, presentaron una dificultad digna de ser mencionada. Piratas ataviaban el lugar, más su confrontación con Myr y Lys parecieron ser un buen ardid que sirvió de salvoconducto para ellos. La llegada a las Tierras de Tormenta, carente de guarnición efectiva para repeler el destino del dragón, un reclamo para los muchos que acompañaban al joven dragón: El trícefalo carmesí sobre fondo ónice hondeaba sobre sus cabezas, el estandarte que largos años no veía las costas conquistadas, vino acompañado de un grito belicoso procedente de la compañía. Los días, y sus consecutivas noches, tuvieron no solo que padecer las dificultades que su campaña confortaba, sino la climatología que daba nombre al lugar. La Bahía de los Naufragios se había tragado, durante siglos, tantos barcos y cobrado tantas vidas que ningún maestre podía llevar la cuenta. Sin embargo, Aegon había decidido comenzar su conquista por aquellas inhóspitas y verdosas tierras aun cuando otros quisieron evitarlas; “Un Baratheon robo mi hogar, yo tomaré el suyo en primer lugar” . Esas habían sido sus palabras, aunque cada mercenario las alteró según fue narrado y, a lo largo de los años, muchos maestres y bardos la alterarían aún más. Eso era de esperar, solo si obtenía éxito.
Primero fueron los pueblos y castillos más cercanos a las costas, uno a uno fueron cayendo y fueron sometidos a los designios del dragón. Trató adecuadamente a quienes rendían sus espadas, ejércitos, fortalezas y lealtades para con él, otros fueron pasados por la espada durante la pelea. Muchos, prisioneros en sus propios hogares, bajo el nombre de pupilos o invitados. Como su antepasado, recogió cada espada de guerrero vencido, algo tenía en mente para ellas aún sin poseer dragón con el que fundirlas – y sin necesidad real para ello, pues ya había un trono. -. Poco a poco se fueron adentrando en Tierras de Tormenta, perdiendo sus propios estandartes y venados coronados, el hogar de tres reyes Baratheon en menos de dos años fue alicaído por un dragón de tres cabezas y llamas en su boca. Ningún gran ejercito se había enfrentado a las huestes de Aegon, que peleaba junto a ellos como rey y guerrero que pretendía ser, probablemente porque sus hombres estaban en Bastión de Tormenta, el último reducto que quedaba por ser tomado, o con Stannis Baratheon en el Muro. Más no olvidaba que muchas eran las guerras que habían salpicado a susodicha Casa, la Bahía del Aguasnegras era un velo negro sobre el que el Desconocido se cernió sobre ellos. Los tambores resonaron en la distancia, los caballos relincharon y los estandartes hondearon al son de los vientos que golpeaban las armaduras de los hombres. Cerrado por mar y tierra, Bastión de Tormentas se encontró ante un escenario repetitivo, pero más complicado; El dragón no plantaría sus raíces como lo hubo hecho la rosa dorada, a la espera de una rendición por la falta de alimentos. Parlamentó en primer lugar y, ante la negativa de estos, cuando el astro rey apareció en el horizonte, tuvo lugar el ataque. Muchas fueron las vidas perdidas, por ambas partes, pero culminaría con la totalidad de Tierras de Tormenta bajo el yugo del dragón Targaryen.
La proximidad del invierno y las fraguas de la guerra, obligaron a la compañía a reagruparse en dichas tierras. Llenaron las bodegas de alimentos, abastecieron de armas sus localidades. Todo estaba previsto, preparados para cualquier daño procedente del norte, este u oeste. Del sur, las tierras de Dorne, era del único lugar dónde no esperaba ataque alguno. Y tampoco esperaba, no tan pronto al menos, la llegada de una princesa en particular. Aegon no se encontraba presente en aquel momento, ocupado en una misión de reconocimiento que él mismo deseaba efectuar, por lo que al producirse el aviso, fue el viejo Grifo quien se aventuró a su encuentro. La ayuda de Dorne sería vital, más la sangre de Aegon prometía garantizarla, era algo que debía de ganarse. . . Y esta vez el fuego y la sangre no podía ayudarle.
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Re: Sons of Vengeance
Blood orange skin Arianne Martell con el supuesto dragón en Bastión de Tormentas |
Los dedos entumecidos de uñas maltratadas a causa del pasaje al que se había visto sometida por rastrear y sin duda hallar a la esperanza tiznada de recelo de Dorne, tiritaban en el vehemente abrazo que buscaba brindar a su torso la calidez enrarecida a la cual se encontraba habituado y de la que había sido ferozmente privado.
Fuera. Lejos, o cerca. El fragor de la ventisca y el bramido del raso océano, así como la centella que clareaba el firmamento honraban la denominación que hacía notable a aquellas escabrosas tierras, tierras ahora pertenecientes al resurgir de los dragones, si había un ápice de autenticidad en relatos de burdos mercenarios. La princesa no se había relacionado con un refugio de ellos nunca antes, amparada tras la cerca de su ciudad, con mayor curiosidad idealista que genuino afán por descubrir. Había advertido, con deleite, cómo sus miradas opacas se habían demorado en las sinuosas elipses que en su figura de piel tostada se modelaban pese a la amonestación de siquiera rozarla por ser quien era; algo de lo que poder reír durante incontables anocheceres junto a Tyene, cuando ambas volvieran a reunir sus sendas.
La vieja Arianne hubiera reclamado una recepción más acogedora, la cortesía requerida de la heredera de Lanza del Sol. La Arianne que había quedado atrás, igual que el arrojo de su caballero blanco horadado por el acero, que la candidez de la niña que no había sino creído en ella. O no, o quizá perseverase en ser la chiquilla que emprendía un juego que no comprendía, que no podía ganar. Que había acarreado una gasa de satén sobre los párpados durante demasiado tiempo y había escogido encomendarse a quien la traicionaría. Que los había dirigido a todos a una fatalidad palmaria.
A la que su padre volviese a examinar con pupilas de desilusión. La hija indigna de confianza.
—Espero que vuestro viaje haya resultado confortable, princesa.
La voz resonante en los muros ajenos, la desveló del estado de anhelo en el que se hallaba inmersa hasta la garganta de esas aguas intangibles de recuerdos que, de alguna manera, la endurecían aún más que el destemplado clima. No era necesario demandar por su identidad.
—Vos sois el Grifo. —Más joven que su padre, sin duda. Y no debía ser mayor que ella, cuando se desencadenó la tan parafraseada rebelión. Incluso así, había custodiado y tutelado al primogénito del entonces Príncipe de Rocadragón y su esposa, su propia tía—. Habéis organizado todo... esto. —No pretendía ser una interrogación, lo sabía. La misiva que había penetrado en Dorne vestía su firma, la apelación a encontrarse y la aspiración de pactar; con toda probabilidad, también la toma de Bastión de Tormentas.
Era una presencia vital allí y reparó en ello entonces, solo entonces. Para ver al dragón, debía pasar antes por él. —¿Dónde se oculta vuestro príncipe? —Arianne advirtió también que no poseía la serenidad de su padre y jamás lo haría, que la mirada se le extraviaba en busca del joven aludido, aguardando por él.
Fuera. Lejos, o cerca. El fragor de la ventisca y el bramido del raso océano, así como la centella que clareaba el firmamento honraban la denominación que hacía notable a aquellas escabrosas tierras, tierras ahora pertenecientes al resurgir de los dragones, si había un ápice de autenticidad en relatos de burdos mercenarios. La princesa no se había relacionado con un refugio de ellos nunca antes, amparada tras la cerca de su ciudad, con mayor curiosidad idealista que genuino afán por descubrir. Había advertido, con deleite, cómo sus miradas opacas se habían demorado en las sinuosas elipses que en su figura de piel tostada se modelaban pese a la amonestación de siquiera rozarla por ser quien era; algo de lo que poder reír durante incontables anocheceres junto a Tyene, cuando ambas volvieran a reunir sus sendas.
La vieja Arianne hubiera reclamado una recepción más acogedora, la cortesía requerida de la heredera de Lanza del Sol. La Arianne que había quedado atrás, igual que el arrojo de su caballero blanco horadado por el acero, que la candidez de la niña que no había sino creído en ella. O no, o quizá perseverase en ser la chiquilla que emprendía un juego que no comprendía, que no podía ganar. Que había acarreado una gasa de satén sobre los párpados durante demasiado tiempo y había escogido encomendarse a quien la traicionaría. Que los había dirigido a todos a una fatalidad palmaria.
A la que su padre volviese a examinar con pupilas de desilusión. La hija indigna de confianza.
—Espero que vuestro viaje haya resultado confortable, princesa.
La voz resonante en los muros ajenos, la desveló del estado de anhelo en el que se hallaba inmersa hasta la garganta de esas aguas intangibles de recuerdos que, de alguna manera, la endurecían aún más que el destemplado clima. No era necesario demandar por su identidad.
—Vos sois el Grifo. —Más joven que su padre, sin duda. Y no debía ser mayor que ella, cuando se desencadenó la tan parafraseada rebelión. Incluso así, había custodiado y tutelado al primogénito del entonces Príncipe de Rocadragón y su esposa, su propia tía—. Habéis organizado todo... esto. —No pretendía ser una interrogación, lo sabía. La misiva que había penetrado en Dorne vestía su firma, la apelación a encontrarse y la aspiración de pactar; con toda probabilidad, también la toma de Bastión de Tormentas.
Era una presencia vital allí y reparó en ello entonces, solo entonces. Para ver al dragón, debía pasar antes por él. —¿Dónde se oculta vuestro príncipe? —Arianne advirtió también que no poseía la serenidad de su padre y jamás lo haría, que la mirada se le extraviaba en busca del joven aludido, aguardando por él.
Última edición por Nyadeh el Lun 29 Feb - 20:42, editado 1 vez
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Re: Sons of Vengeance
Blood orange skin Aegon VI Targaryen con la princesa Arianne N. Martell en Bastión de Tormentas |
Tras los muros de Bastión de Tormentas tuvo lugar la primera toma de contacto, pues en el amplió y redondo patio del lugar se encontraron los invitados. Las puertas no se cerraron sin embargo, permaneciendo las rejas sin subir detrás de los recién llegados.
El Viejo Grifo fue quién hizo las veces de anfitrión, recibiendo a los dornienses que aún no parecían habituarse a las diferencias de climatología que bañaban las tierras cernidas por las innumerables tormentas de otoño. Ahora que caía el invierno sobre las cabezas de todo ser vivo, las condiciones empeoraban y el frío se avecinaba en forma de un tempestad helado de durabilidad incierta. Cosechas recogidas y almacenas llenas, cómo decía el dicho, había trigo para relativos seis-siete años, la fortuna era que la guerra poco o nada había salpicado el sureste de Poniente salvo cuando Aegon llegó. Para aquel entonces, todo estaba ya prácticamente resguardado y las victorias y rendiciones fueron prontas. No hubo grandes perdidas terrenales o humanas, salvo en Bastión de Tormentas, ahora ocupada.
El estandarte del dragón, acompañado con las carabelas de oro de la Compañía Dorada, hondeaba sobre la única torre de la antigua sede de poder Baratheon, hoy Targaryen.
— El rey Aegon. . . —
Comenzó a decir el hombre, acomodando ambos brazos sobre su cadera y cinturón. Mientras proseguía con la conversación, respondiendo a la princesa Martell, los pajes se acercaban a los dornienses a pos de servirles y ayudarlos. No los habían recibido con pompa y grandes festejos, tal vez porque realmente no habían esperado que llegasen, o en realidad porque estaban en exceso trabajo en la ocupación de las tierras. Sus miradas ahora se clavaban como aves rapaces sobre los ejércitos del Dominio y Desembarco del Rey, más buenas nuevas les proporcionarían alivios tempranos.
Esos cuervos, no habían llegado aún al maestre. Sería cuestión de tiempo.
— . . . Debe de estar en camino, a acudido a una aldea cercana. Entrad pues a Bastión de Tormentas, serviros de nuestra mesa y tomad nuestra hospitalidad. Antes de tratar con él, debéis de resguardaros y descansar. El trayecto largo debe de haber sido. —
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Re: Sons of Vengeance
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Anhelaba más que nada conocerlo al fin, al retoño de dragón que de los despojos de una dinastía derrotada había florecido cual mesías del nuevo invierno que fustigaba cada recodo de los Siete Reinos y ni tan siquiera Dorne lograría ampararse de sus zarpas, al pretendiente a adueñarse del Trono de Hierro bajo los estandartes de la región más sureña de Poniente, a su propio primo. Tal como había codiciado antes de ello ser la depositaria de la fe de su progenitor y antes de ello, que éste mismo declamase sus derechos a viva voz por ser su sucesora, la mayor y tal como había conocido asimismo la voluntad de la que una princesa no gozaba y por lo que tanto envidiaba a las bastardas de Oberyn Martell.
Fantaseó sobre su apariencia, de cabellos entrecanos y claros ojos violáceos, la antítesis de la tez de dorada tonalidad y los oscuros mechones ensortijados propios de su linaje. Sobre su compostura, si sería sobrio como su hermano o por sus arterias manaría ciertamente sangre Targaryen.
Solo entonces recordó a Quentyn, preso de una encomienda semejante a la propia, a incontables millas de ahí procurando llegar al corazón de la chiquilla de los dragones. Quentyn, quien carecía de aliciente así como aptitud de seducción. Deseó genuinamente sentirse complacida si hubiera consumado su deber, mas no podía traicionarse a sí misma, con acritud meditó que si Daenerys era una mujer como las que Dorne criaba, no se doblegaría ni ante el príncipe de Lanza del Sol. Y se le antojó gratificante.
—Los reyes tienen corona.
Sus pupilas difusas cesaron de tantear la estancia entonces, renunciado a la batida por reposar por primera vez la mirada sobre quien tal vez fuera su esposo, si la alianza resultaba apropiada para su reino. Se enclavaron en la figura del Grifo, solícito y paciente como un leal escudero aunque Arianne comprendía, se trataba de algo más. Del hombre que promovería el retorno de la estirpe derrocada.
Los reyes tenían corona y Aegon aún no podía vanagloriarse de ella. No había sido reconocido más que por mercenarios y proscritos.
—Sois muy atento, mi señor. Pero no es solo vuestra hospitalidad lo que deseo, lo sabéis.
«Venganza. Justicia. Fuego y sangre».
Mas una tenue voz en su memoria susurraba discrepante. Lanza del Sol. El asiento de mi padre en el Palacio Antiguo.
Le pertenecía, era su legítima poseedora y si aquel acuerdo se sellaba como Doran Martell pretendía, podía obtenerlo probando que era más que una voluble y frívola criatura.
—Y vos no habéis acudido a Dorne para agasajar a su princesa. —No era una niña, no lo era. Ahora sabía qué se encontraba en juego y sabía cómo jugar a ello.
Fantaseó sobre su apariencia, de cabellos entrecanos y claros ojos violáceos, la antítesis de la tez de dorada tonalidad y los oscuros mechones ensortijados propios de su linaje. Sobre su compostura, si sería sobrio como su hermano o por sus arterias manaría ciertamente sangre Targaryen.
Solo entonces recordó a Quentyn, preso de una encomienda semejante a la propia, a incontables millas de ahí procurando llegar al corazón de la chiquilla de los dragones. Quentyn, quien carecía de aliciente así como aptitud de seducción. Deseó genuinamente sentirse complacida si hubiera consumado su deber, mas no podía traicionarse a sí misma, con acritud meditó que si Daenerys era una mujer como las que Dorne criaba, no se doblegaría ni ante el príncipe de Lanza del Sol. Y se le antojó gratificante.
—Los reyes tienen corona.
Sus pupilas difusas cesaron de tantear la estancia entonces, renunciado a la batida por reposar por primera vez la mirada sobre quien tal vez fuera su esposo, si la alianza resultaba apropiada para su reino. Se enclavaron en la figura del Grifo, solícito y paciente como un leal escudero aunque Arianne comprendía, se trataba de algo más. Del hombre que promovería el retorno de la estirpe derrocada.
Los reyes tenían corona y Aegon aún no podía vanagloriarse de ella. No había sido reconocido más que por mercenarios y proscritos.
—Sois muy atento, mi señor. Pero no es solo vuestra hospitalidad lo que deseo, lo sabéis.
«Venganza. Justicia. Fuego y sangre».
Mas una tenue voz en su memoria susurraba discrepante. Lanza del Sol. El asiento de mi padre en el Palacio Antiguo.
Le pertenecía, era su legítima poseedora y si aquel acuerdo se sellaba como Doran Martell pretendía, podía obtenerlo probando que era más que una voluble y frívola criatura.
—Y vos no habéis acudido a Dorne para agasajar a su princesa. —No era una niña, no lo era. Ahora sabía qué se encontraba en juego y sabía cómo jugar a ello.
Última edición por Nyadeh el Sáb 30 Abr - 19:04, editado 1 vez
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Re: Sons of Vengeance
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— Y los reyes que las llevaron sin estar sentados en el Trono de Hierro murieron, princesa Arianne. —
Le recordó el hombre, connotando con especial cuidado una evidencia clara; Aegon no tomaría corona hasta que fuera su reclamo completado y legitimado. Hasta que se sentará en el mismo trono que su abuelo una vez llevó. El viejo grifo giró medio cuerpo entonces, tratando una vez más de que la dama dorniense entrase en la razón propia de la edad que caracterizaba, más bien de la suya propia, pues intuía que la mujer era aún joven y su vitalidad excesiva. Él ya no contaba con esa dicha, en poco tiempo caería en los abismos del Desconocido. Inconscientemente su mano contraría cubrió la manga de la contraria, dónde ahí yacía el primer avistamiento de una marca que ponto ocuparía todo su cuerpo.
— Es posible que así fuera, princesa. Más el viaje ha sido largo y el cansancio no ayudará. Unos momentos de reposo os vendrá bien, así como a vuestros acompañantes. Sois nuestros invitados, mi señora. —
Añadió finalmente, pues más palabras no tuvo tiempo de añadir. Su ofrecimiento quedó mermado e ignorado por un buen mucho mayor que los recién llegados a Bastión de Tormentas. Los cuernos desde la torre resonaron, desde las murallas algunos hombres señalaban al camino.
— ¡El rey Aegon se acerca! —
Anunciaban. El viejo Griff sólo sentenció aquellas exclamaciones con la orden de que las puertas se le fueran abiertas de inmediato. Algunos de los presentes, montaron en sus caballos y fueron raudos a no solo cumplir lo solicitado, sino para ir en busca del hombre mencionado. El anciano caballero, que en tiempos mejores sirvió al padre y abuelo del susodicho, debió entonces de entornar la mirada a la dorniense presente. Una mueca semejante a una sonrisa blandió su rostro pero no alegó nada nuevo. En escasos minutos, el patio volvió a llenarse de vida con incontables garañones que relincharon y hombres que descendieron de sus monturas. Carretas con arboles talados, nuevos bienes y unos pocos heridos, los siguieron. Comentarios se escucharon en los alrededores, dónde se podía adivinar como todo noble de Tierras de Tormenta hubo sido sometido, de momento. No había rastro de ejércitos procedentes de Desembarco o el Dominio.
Antes de que las puertas se cerraran, el grueso fue cerrado por una figura enfundada en una armadura de acero negro. Sobre el yelmo, un elaborado accesorio de un dragón tricefalo se alzaba. La bestia que cabalgaba era un caballo salvaje, de tonalidad tan negra como las alas de un cuervo. El animal trotó hasta llegar a la altura de Griff y la princesa dorniense, retirando el yelmo de la cabeza tan pronto el garañón detuvo su avance y con el astro rey ocultándose a sus espaldas. Cabellos oro y plata centellearon ante el sol y orbes violáceos se clavaron en las dos figuras localizadas bajo él.
— Princesa Arianne . . . Sed bienvenida a Bastión de Tormentas. —
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Re: Sons of Vengeance
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¿Quién no moría en el Trono de Hierro?
Inclusive su tío, quien no hubiera gozado de la conveniencia de ocupar un puesto en él, había fenecido en la capital. Donde unos a otros se despojaban de la piel y las vísceras como insaciables alimañas. La víbora que había dejado las dunas de arena, también había yacido desmembrada.
Su tío le había enseñado más de lo que pudiera retribuir y sí, el sentimiento de venganza se hallaba asimismo presente en ella, ahora atemperado por la promesa de su padre. Había sido una chiquilla indócil, necedad en cada uno de los actos que la habían guiado al fracaso, se había comportado como una criatura que no pudiera alcanzar a comprender siquiera una porción de aquel tortuoso juego en el cual su padre combatía desde el amparo de su silla, hasta que este la había alumbrado. Pero comenzaba a conocer, a creer que confiaba en ella más de lo que había revelado en todo aquel tiempo de pesadumbre por su ingratitud. La venganza sería suya, mas por ella debían aguardar.
Era más que una invitada, podía ser una aliada, podía mover sus propias piezas en ese excepcional tablero y lo sabía. Aquello colmó a Arianne de complacencia.
—Tenéis razón. Estoy cansada y también mis compañeros. —Transigir no resultaba áspero, con esa chispa de poder recién avivada en la piel—. Mi padre querrá saber de mí. —Quentyn aún no había presentado su victoria, no había destinado misiva alguna y anhelaba ser la primera, la primera que llevase a cabo las ambiciones de Dorne.
Mas para entonces, el dragón extraviado cuando apenas había emergido de su cascarón y de nuevo encontrado en el propicio tiempo de un reino que se quebraba en menudos fragmentos, se manifestó en la estancia declarando suyo Bastión de Tormentas. Morada de pretendientes, hogar de tempestad.
Irises rociados del mismo violáceo que la pedrería del atavío de la princesa y cabellos atestados de luz, exhalando claridad en la fortaleza. Rasgos afilados, semblante atrayente. En cierto modo arrebatador y Arianne experimentó el impacto de su mirada en las raíces de su vientre.
—Mi señor. —Deseaba ser cortés, lo más cortés una doncella pudiera ambicionar, pues en las femeniles palmas de piel tostada se hallaba el porvenir de Lanza del Sol. El oportuno rey —príncipe— necesitaba Dorne, mas Dorne lo necesitaría a él. Por afines propósito, por la misma finalidad. Si verdaderamente se trataba de quien aseguraba ser—. Es un honor conoceros, al fin.
¿Es vuestro, Bastión?
No se aventuró a cuestionarlo. Si tal conquista resultaba verídica, pronto lo sabría y aquello los favorecería a ambos.
Inclusive su tío, quien no hubiera gozado de la conveniencia de ocupar un puesto en él, había fenecido en la capital. Donde unos a otros se despojaban de la piel y las vísceras como insaciables alimañas. La víbora que había dejado las dunas de arena, también había yacido desmembrada.
Su tío le había enseñado más de lo que pudiera retribuir y sí, el sentimiento de venganza se hallaba asimismo presente en ella, ahora atemperado por la promesa de su padre. Había sido una chiquilla indócil, necedad en cada uno de los actos que la habían guiado al fracaso, se había comportado como una criatura que no pudiera alcanzar a comprender siquiera una porción de aquel tortuoso juego en el cual su padre combatía desde el amparo de su silla, hasta que este la había alumbrado. Pero comenzaba a conocer, a creer que confiaba en ella más de lo que había revelado en todo aquel tiempo de pesadumbre por su ingratitud. La venganza sería suya, mas por ella debían aguardar.
Era más que una invitada, podía ser una aliada, podía mover sus propias piezas en ese excepcional tablero y lo sabía. Aquello colmó a Arianne de complacencia.
—Tenéis razón. Estoy cansada y también mis compañeros. —Transigir no resultaba áspero, con esa chispa de poder recién avivada en la piel—. Mi padre querrá saber de mí. —Quentyn aún no había presentado su victoria, no había destinado misiva alguna y anhelaba ser la primera, la primera que llevase a cabo las ambiciones de Dorne.
Mas para entonces, el dragón extraviado cuando apenas había emergido de su cascarón y de nuevo encontrado en el propicio tiempo de un reino que se quebraba en menudos fragmentos, se manifestó en la estancia declarando suyo Bastión de Tormentas. Morada de pretendientes, hogar de tempestad.
Irises rociados del mismo violáceo que la pedrería del atavío de la princesa y cabellos atestados de luz, exhalando claridad en la fortaleza. Rasgos afilados, semblante atrayente. En cierto modo arrebatador y Arianne experimentó el impacto de su mirada en las raíces de su vientre.
—Mi señor. —Deseaba ser cortés, lo más cortés una doncella pudiera ambicionar, pues en las femeniles palmas de piel tostada se hallaba el porvenir de Lanza del Sol. El oportuno rey —príncipe— necesitaba Dorne, mas Dorne lo necesitaría a él. Por afines propósito, por la misma finalidad. Si verdaderamente se trataba de quien aseguraba ser—. Es un honor conoceros, al fin.
¿Es vuestro, Bastión?
No se aventuró a cuestionarlo. Si tal conquista resultaba verídica, pronto lo sabría y aquello los favorecería a ambos.
Lives ruined. Bloodshed. Epic.
Re: Sons of Vengeance
Blood orange skin Aegon VI Targaryen con la princesa Arianne N. Martell en Bastión de Tormentas |
No había sido del todo complicado reconocer a aquella mujer, aún sin haberla visto nunca. Había oído hablar de ella y esperaba la visita de algún dorniense. Algunos por boca a boca habían alardeado de la belleza de la primogénita de Doran Martell, así pues las vestiduras que portaban eran un indició evidente de su procedencia. Qué los dornienses se hubieran movilizado, era un indicador importante, pero no lo daría por sentado hasta establecer conversaciones pertinentes. Era hijo de la princesa Elia Martell, reclamaba la ayuda que por herencia de sangre le pertenecía, pero intuía en bien que debería de demostrar su parecer. La conquista de Tierras del Tormenta solo era un paso en adelante, pero una victoria segura. Una con una gran carga simbólica; Tomaría lo que del Usurpador había sido, como este cogió de lo que a su familia le pertenecía. Dorne respiraría tranquilo al saber que ahora las Marcas estarían defendidas por alguien de su sangre.
Descendió de la montura sin decir pocas palabras demás, acentuando una tenue inclinación de cabeza a modo de respuesta. Las riendas fueron otorgadas a un pequeño infante, un mozo de cuadras, que se situó frente a él. Mientras se alejaba, la mirada del príncipe Aegon fue nuevamente expuesta sobre Griff y la princesa Arianne. Aunque hubiera querido hablar a solas con su mentor, aquel que tanto le cuido en el pasado y que continuaba haciéndolo ahora, tendría que elaborar conversaciones con su prima y enviada dorniense. — Bienvenido, alteza. — Saludaría el hombre, ejerciendo una reverencia en favor del muchacho recién llegado. Se removió gradualmente de su posición, señalando hacía el enorme torreón que coronaba Bastión de Tormentas. Allí se encontraban prácticamente todos los inmuebles del lugar, por lo que sería el camino más natural a seguir. — Estaba a punto de llevar a la princesa a sus aposentos, para que descansará adecuadamente. — Complementó a sus indicaciones anteriores, a lo que Aegon retomaría la palabra.
— Es lo más recomendable, exhausta debéis encontraros. — Se dirigió, a pesar de sus palabras, hacía la princesa dorniense. Hubiera deseado llamarla “prima”, pero no creyó que lo aceptará del mismo modo que para él significaba. Encontrarse con alguien de su familia era un honor, un festejo que siempre soñó. Para ella no sería más que un perdido, probablemente ni creyera en su persona. Colocó el brazo, dando a la dama en cuestión un apoyo para la guía necesaria para encaminarse rumbo al torreón. — Y tras ello . . . — Continuó — . . . Podríamos ambos conversar, tal vez durante la cena si tenéis el honor de ser mi ilustre invitada, así como aquellos que os acompañan. —
- Cosas lindas:




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