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♠ He treats her like a woman.
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♠ He treats her like a woman.
He treats her like a woman instead of a receptacle for
semen and saliva
Decadencia allá donde mires. La doble moral de una sociedad que desea ser justa, casta y estricta mientras bajo la mesa sucumben ante el vicio y la perversión. Drogas y sexo, sangre y alcohol corriendo por las oscuras calles de Londres. El Este londinense cuna de los burdeles, las drogas, la prostitución, la homosexualidad e, incluso, las orgías. El desenfreno de todo aquello que la dura sociedad trataba de ocultar, la necesidad animal y primitiva que incitaba a todo ser humano a su estado más salvaje.
El reino del más fuerte y, entre las sombras, el miedo y la sangre manchando los adoquines. Una amenaza que trae de cabeza a la policía, que trae indiferente a la burguesía porque las víctimas son aquellas que nadie quiere admitir que existen. Menos que mujeres, solo unos peniques y el cielo de un puñado de hombres deshonestos. Están en peligro y a nadie les importa, probablemente ni a ellas mismas les importa porque si no es Jack The Ripper será otro. No es una vida sencilla, no es una vida agradable pero es la vida que les ha tocado sobrevivir a todos.
El reino del más fuerte y, entre las sombras, el miedo y la sangre manchando los adoquines. Una amenaza que trae de cabeza a la policía, que trae indiferente a la burguesía porque las víctimas son aquellas que nadie quiere admitir que existen. Menos que mujeres, solo unos peniques y el cielo de un puñado de hombres deshonestos. Están en peligro y a nadie les importa, probablemente ni a ellas mismas les importa porque si no es Jack The Ripper será otro. No es una vida sencilla, no es una vida agradable pero es la vida que les ha tocado sobrevivir a todos.
Fox W. Mulder Inspector • David Duchovny • Nyadeh | ![]() |
![]() | Dana K. Scully Prostituta • Gillian Anderson • Hellcat |
CRACKSHIP ❄ AU VICTORIANO ❄ +18
phoenix ⚓
Última edición por Hellcat el Dom Mayo 22, 2016 10:22 pm, editado 1 vez
Re: ♠ He treats her like a woman.
But monsters're always hungry, darling
and they're only a few steps behind you
La tapia elevada de ladrillo desconchado, plomizo de humareda y hollín en el descenso al edén depravado del infierno, se impregnó de la resonancia de sus pisadas haciendo eco de ellas en las tinieblas mortecinas, perversamente apacibles. Cobijo de las manos entre los pliegues de la capa holgada, mirada vigilante bajo las pestañas. Una instantánea memorizada en las retinas por cada arteria purulenta que atravesaba Whitechapel.
Hedor a sumidero, a cloacas estancadas que no desembocarían en el Támesis, bautizando los callejones tras St Botolph's Aldgate. La cúspide apenas visible entre jirones de condensada bruma que cegaba las pupilas y obstruía las fosas nasales, entorpeciendo la visibilidad a diez pies distancia. Por ello resultaba tan sencillo abrir gargantas con una hoja afilada. La neblina siempre como aliada.
Una risa socarrona y ni tan siquiera disfrazada en cada esquina y no sabía si fantaseaba, delirante pese a no haber regado su boca con más que una jarra de ginebra, o ellas le recordaban. Se ocupaba de los suburbios de aquel distrito, relegado a la inmundicia de la calle que nadie más deseaba, pero solían rehuirle a la luz del sol, eludir todo interrogatorio acerca del criminal que había mutilado el aliento de gran parte de la ciudad, por indiscreción de los diarios. No las culpaba. Podía arrestar a cualquiera de ellas; podría, si la noción hipócrita de lo que aquello significaba, no le ocasionara nauseas. Quizá hubieran reparado en él, cada madrugada del final de la semana, aguardando siempre reservado en el mismo lugar, frente a la iglesia.
Había acostumbrado a evitar a las mujeres que se apiñaban en burdeles y estrechos pasadizos levantándose las faldas por algunos peniques por el temor irracional a que una de ellas pudiera ser su hermana y no la reconociese tras todos esos años.
Antes de Scully.
Apareció con el preciso sonido del reloj distante, resuelto en las calles de Londres. Rubor en el comienzo del busto ceñido, dispersado sobre la piel nívea del arco del cuello delimitado por los bucles rojizos. Carmín suave difuminado en la comisura de los labios, borrón escarlata a la altura del pómulo izquierdo que se desvaneció bajo la caricia de su pulgar. Trató de no imaginar dónde había estado, con quién, por cuánto tiempo. Trató, en vano. Él le pagaba, nada impedía que otros lo hicieran. Desproporcionadamente agraciada para una prostituta del este metropolitano.
—Siempre puntual. —Sonrisa cordial escondiendo el nudo en la lengua. Tal vez no hubiera estado ebrio anteriormente, mas en ese instante se sentía intoxicado solo con su presencia.
Hedor a sumidero, a cloacas estancadas que no desembocarían en el Támesis, bautizando los callejones tras St Botolph's Aldgate. La cúspide apenas visible entre jirones de condensada bruma que cegaba las pupilas y obstruía las fosas nasales, entorpeciendo la visibilidad a diez pies distancia. Por ello resultaba tan sencillo abrir gargantas con una hoja afilada. La neblina siempre como aliada.
Una risa socarrona y ni tan siquiera disfrazada en cada esquina y no sabía si fantaseaba, delirante pese a no haber regado su boca con más que una jarra de ginebra, o ellas le recordaban. Se ocupaba de los suburbios de aquel distrito, relegado a la inmundicia de la calle que nadie más deseaba, pero solían rehuirle a la luz del sol, eludir todo interrogatorio acerca del criminal que había mutilado el aliento de gran parte de la ciudad, por indiscreción de los diarios. No las culpaba. Podía arrestar a cualquiera de ellas; podría, si la noción hipócrita de lo que aquello significaba, no le ocasionara nauseas. Quizá hubieran reparado en él, cada madrugada del final de la semana, aguardando siempre reservado en el mismo lugar, frente a la iglesia.
Había acostumbrado a evitar a las mujeres que se apiñaban en burdeles y estrechos pasadizos levantándose las faldas por algunos peniques por el temor irracional a que una de ellas pudiera ser su hermana y no la reconociese tras todos esos años.
Antes de Scully.
Apareció con el preciso sonido del reloj distante, resuelto en las calles de Londres. Rubor en el comienzo del busto ceñido, dispersado sobre la piel nívea del arco del cuello delimitado por los bucles rojizos. Carmín suave difuminado en la comisura de los labios, borrón escarlata a la altura del pómulo izquierdo que se desvaneció bajo la caricia de su pulgar. Trató de no imaginar dónde había estado, con quién, por cuánto tiempo. Trató, en vano. Él le pagaba, nada impedía que otros lo hicieran. Desproporcionadamente agraciada para una prostituta del este metropolitano.
—Siempre puntual. —Sonrisa cordial escondiendo el nudo en la lengua. Tal vez no hubiera estado ebrio anteriormente, mas en ese instante se sentía intoxicado solo con su presencia.
East End ❄ Medianoche
phoenix ⚓
Re: ♠ He treats her like a woman.
But monsters're always hungry, darling
and they're only a few steps behind you
Aunque sus rodillas se postraban contra el duro suelo ante un hombre, era el único que no le haría daño. El único al que confiaba su alma pecadora e imploraba que perdonase los pecados que se derramaban, heridas lacerantes, sobre su piel de mármol antaño intocable. No vendía su cuerpo por avaricia, solo trataba de mantener a su familia. Vivir en una graja de Irlanda era su sueño ahora, pero cuando su padre murió de servicio el dinero comenzó a faltar y, después, fue Bill. La desgracia azotó a los Scully hasta tambalear sus huesos y convertirlos en cenizas. Tres mujeres solitarias, dos niños y un hermano que se gastaba el poco dinero en alcohol y cartas. Mintió, Dana mintió y seguía mintiendo. Trabajo en una bonita casa, decían sus cartas con el poco dinero que podía reunir. Solo saber que sus sobrinos tenían algo que llevarse a la boca cada día untaba su piel de la fortaleza para volver a ponerse en pie cada día. Era fuerte, era decidida y haría lo que tuviese que hacer.
Y sus oraciones se alzaban cada Domingo esperando encontrar la tranquilidad de su alma, el alivio de su aflicción que se convirtió en nauseas al sentir el movimiento de sus bucles pelirrojos. Sotana negra, tanto como su alma, y lujuria en los ojos opacos. A Dana le habría gustado negarse, le habría encantado escupirle en la cara por atreverse a profanar de esa forma la casa de Dios pero sus manos estaban atadas y sus labios amordazados en el desgaste del carmín. Rápido, urgente. Las lágrimas derramadas de puertas para adentro, jamás se sentía tan asqueada como aquellos Domingos. Dedos sinuosos acariciando la cruz plateada que descansaba entre sus pechos turgentes –la única vez que la llevaba puesta-, otros tiraban de su cabello y podía con ello, él tiraba de la fina cadena. Un puñado de monedas al terminar y la misma frase de los labios del padre Kryceck: Puedes ir en paz hija mía, Dios perdona tus pecados.
Quería gritar y vaciar el contenido de su estómago. Pero no hizo ninguna de ellas. Recolocando su cabello así como su falda salió por las puertas de la iglesia y bajó los pocos escalones al amparo de la nocturnidad y la niebla. Volver a casa y encerrarse no era una opción, hacer la calle al amparo de la noche era su rutina. Liberó su cuello de la cadena y la guardó a buen recaudo, ajustó sus guantes de encaje y marcó su paso decidido hacia el hombre que ya sabía que la aguardaba. Una sonrisa de blancos dientes y picardía entre sus labios, un falso reflejo de lo que corría dolorosamente por sus venas—No está bien hacer esperar a un caballero—Respondió inclinando levemente la mejilla contra su mano. A veces desearía haberlo conocido en otras condiciones, haber disfrutado de aquellas leves caricias como algo real y no como el papel a representar. Cierto que él era diferente, pero ella no confiaba en él. Al fin y al cabo pagaba igual que todos, el desliz de una noche solitaria. Quería el fondo de su garganta y desnudarla con la mirada, uno más aunque sus ojos irrumpieran contra su corazón como astillas de un sueño perdido. Una vida perdida.
Enredó, fruto de la costumbre, su brazo con el del inspector incitando el contrato que ambos sabían que tenían—¿Vamos?—Indicó con la cabeza el camino habitual. Aquella noche su sonrisa brillaba más solo porque tenía mucho más que esconder.
Y sus oraciones se alzaban cada Domingo esperando encontrar la tranquilidad de su alma, el alivio de su aflicción que se convirtió en nauseas al sentir el movimiento de sus bucles pelirrojos. Sotana negra, tanto como su alma, y lujuria en los ojos opacos. A Dana le habría gustado negarse, le habría encantado escupirle en la cara por atreverse a profanar de esa forma la casa de Dios pero sus manos estaban atadas y sus labios amordazados en el desgaste del carmín. Rápido, urgente. Las lágrimas derramadas de puertas para adentro, jamás se sentía tan asqueada como aquellos Domingos. Dedos sinuosos acariciando la cruz plateada que descansaba entre sus pechos turgentes –la única vez que la llevaba puesta-, otros tiraban de su cabello y podía con ello, él tiraba de la fina cadena. Un puñado de monedas al terminar y la misma frase de los labios del padre Kryceck: Puedes ir en paz hija mía, Dios perdona tus pecados.
Quería gritar y vaciar el contenido de su estómago. Pero no hizo ninguna de ellas. Recolocando su cabello así como su falda salió por las puertas de la iglesia y bajó los pocos escalones al amparo de la nocturnidad y la niebla. Volver a casa y encerrarse no era una opción, hacer la calle al amparo de la noche era su rutina. Liberó su cuello de la cadena y la guardó a buen recaudo, ajustó sus guantes de encaje y marcó su paso decidido hacia el hombre que ya sabía que la aguardaba. Una sonrisa de blancos dientes y picardía entre sus labios, un falso reflejo de lo que corría dolorosamente por sus venas—No está bien hacer esperar a un caballero—Respondió inclinando levemente la mejilla contra su mano. A veces desearía haberlo conocido en otras condiciones, haber disfrutado de aquellas leves caricias como algo real y no como el papel a representar. Cierto que él era diferente, pero ella no confiaba en él. Al fin y al cabo pagaba igual que todos, el desliz de una noche solitaria. Quería el fondo de su garganta y desnudarla con la mirada, uno más aunque sus ojos irrumpieran contra su corazón como astillas de un sueño perdido. Una vida perdida.
Enredó, fruto de la costumbre, su brazo con el del inspector incitando el contrato que ambos sabían que tenían—¿Vamos?—Indicó con la cabeza el camino habitual. Aquella noche su sonrisa brillaba más solo porque tenía mucho más que esconder.
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phoenix ⚓
Re: ♠ He treats her like a woman.
But monsters're always hungry, darling
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Era irlandesa, una de los tantos que habían abordado en manada la capital del nuevo mundo con la promesa de evadir la penuria de una vida rural, cada día más obsoleta, tan solo para encontrar desdicha como réplica a sus plegarias en los brumosos pasajes londinenses. No lo decía, habituada a no conversar, a que nadie la obligase a ello, mas el deje en la lengua cuando esta acariciaba el cielo de la boca la denunciaba.
Y él no era un caballero. No era más que un inspector frecuentemente desestimado en Scotland Yard que se ocupaba de los despojos de una sociedad farisaica, las manos hasta las muñecas escarbando en la escoria marginal de suburbios en los que todos parecían extraviarse tras el crepúsculo. Trabajaba donde nadie más deseaba hacerlo y absorbía aliento de la cochambre de los adoquines bajo la lluvia y la neblina nauseabunda, porque jamás lo confesaba pero continuaba buscando a Samantha, aún con la noción en los aposentos traseros de su cerebro de saber que posiblemente estuviera muerta. No tan opuesto a la falsa moralidad como creía, pues él también se ahogaba en la piel de una fulana sin nombre, forzándola a ella a sofocarse en la de él.
Consentía que le guiase aunque conociera el trayecto, pueril necedad para mitigar su conciencia pretendiendo imaginar que era su elección. Ella no tenía alternativa, no cuando todo lo que anhelaba de él eran las monedas tintineantes en el fondo del bolsillo. Siempre era la misma casa de huéspedes, cuando no se destrozaba las rodillas en el empedrado granítico. Espaciosa, atestada, peldaños rechinantes y madera dilatada que desprendía efluvio a humedad. Tabiques de liviana seda, a través de los cuales el impúdico sonido de las demás estancias resultaba perceptible.
La impulsó contra la puerta atrancada, perplejidad tan solo dedicada a sí mismo, inquietud y algo similar al pánico desertores de sus entrañas en una prolongada exhalación que hizo vibrar su torso, una vez solos; como una presa que se quiebra por la opresión. Las manos en las caderas sinuosas y la frente reposando sobre el marco, fricción de astillas contra la piel, pues nunca le permitía rozarla con los labios. —No puedo seguir viniendo. —Lo aseguraba en todas las ocasiones y cada una de ellas, ambos sabían que mentía. Existían variados vicios en los entresijos de Londres, ella era el suyo.
Aquella noche, el matiz en la irritación de su garganta era diferente. Era un compromiso con nadie más que consigo mismo. A ella no le importaría, hallaría a alguien más que ansiara comprarla pero sentía que le debía franqueza al mundo y eso la incluía. A él le importaba, no se consideraba capaz de permanecer en una investigación cuando algo que le preocupaba podía ser implicado y por momentos, privación de sueño y sudor en las sienes producto del empeño, contemplaba los cadáveres y la veía a ella. —Pensé que... pensé que debía decírtelo.
Y él no era un caballero. No era más que un inspector frecuentemente desestimado en Scotland Yard que se ocupaba de los despojos de una sociedad farisaica, las manos hasta las muñecas escarbando en la escoria marginal de suburbios en los que todos parecían extraviarse tras el crepúsculo. Trabajaba donde nadie más deseaba hacerlo y absorbía aliento de la cochambre de los adoquines bajo la lluvia y la neblina nauseabunda, porque jamás lo confesaba pero continuaba buscando a Samantha, aún con la noción en los aposentos traseros de su cerebro de saber que posiblemente estuviera muerta. No tan opuesto a la falsa moralidad como creía, pues él también se ahogaba en la piel de una fulana sin nombre, forzándola a ella a sofocarse en la de él.
Consentía que le guiase aunque conociera el trayecto, pueril necedad para mitigar su conciencia pretendiendo imaginar que era su elección. Ella no tenía alternativa, no cuando todo lo que anhelaba de él eran las monedas tintineantes en el fondo del bolsillo. Siempre era la misma casa de huéspedes, cuando no se destrozaba las rodillas en el empedrado granítico. Espaciosa, atestada, peldaños rechinantes y madera dilatada que desprendía efluvio a humedad. Tabiques de liviana seda, a través de los cuales el impúdico sonido de las demás estancias resultaba perceptible.
La impulsó contra la puerta atrancada, perplejidad tan solo dedicada a sí mismo, inquietud y algo similar al pánico desertores de sus entrañas en una prolongada exhalación que hizo vibrar su torso, una vez solos; como una presa que se quiebra por la opresión. Las manos en las caderas sinuosas y la frente reposando sobre el marco, fricción de astillas contra la piel, pues nunca le permitía rozarla con los labios. —No puedo seguir viniendo. —Lo aseguraba en todas las ocasiones y cada una de ellas, ambos sabían que mentía. Existían variados vicios en los entresijos de Londres, ella era el suyo.
Aquella noche, el matiz en la irritación de su garganta era diferente. Era un compromiso con nadie más que consigo mismo. A ella no le importaría, hallaría a alguien más que ansiara comprarla pero sentía que le debía franqueza al mundo y eso la incluía. A él le importaba, no se consideraba capaz de permanecer en una investigación cuando algo que le preocupaba podía ser implicado y por momentos, privación de sueño y sudor en las sienes producto del empeño, contemplaba los cadáveres y la veía a ella. —Pensé que... pensé que debía decírtelo.
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phoenix ⚓
Última edición por Nyadeh el Jue Mayo 26, 2016 12:43 am, editado 1 vez
Re: ♠ He treats her like a woman.
But monsters're always hungry, darling
and they're only a few steps behind you
La punta de sus zapatos remendados saltando de adoquín en adoquín, sorteando con increíble precisión los charcos de agua estancada que adornaban las calles de Londres. Agua, porque nadie deseaba saber qué era exactamente. La demencia de la sociedad contra la piedra, putrefacta y oscura. La pureza marchita contra la roca, que bonita metáfora de la nublada Londres que se extendía hasta donde su vista alcanzaba. Las filas de edificios de ladrillos oscurecidos por el hollín y las pequeñas luces tras ventanas cerradas. Hacía frío, la humedad del Támesis pegándose a sus huesos y anidando contra su cuello. Resuelta, automática, se apegó al brazo del hombre que la acompañaba. Qué bonita pareja si el tiempo les hubiese brindado mejores oportunidades. Entonces ella habría sonreído, habría tirado de su brazo con mayor emoción y habría disfrutando subiéndose a sus zapatos solo para alcanzar sus labios. El idilio de un sueño demasiado utópico para la realidad que le había tocado vivir.
Ahora lo único que alcanzaba eran los peldaños quebradizos de aquella casa que daba cobijo a forajidos de sus matrimonios y prostitutas, el crujir de las camas y las falsas risas de la lujuria como sonido de fondo. Alcohol y sexo mezclados sin control, la degradación de los valores morales que la alta sociedad quería seguir pero, curiosamente, también caía entre las piernas de aquellas mujeres sin nombre o familia.
Atrapada contra la madera, tan menuda y tan entera, mirada cristalina perdida en la curva de su mentón y la respiración atrapada en la turgencia de sus pechos apresados bajo la tela. El relente del aire extraviado en la distancia que procuraba mantener con el inspector. Podían tener muchas cosas de ella por unas simples monedas, pero no su cariño o devoción. Aunque Mulder despertaba más de ello de lo que se permitiría admitir, había algo en sus ojos grises y tristes que la inspiraba a enterrar los dedos en su cabello y murmurar contra sus labios que todo estaba bien, que cuidaría de él. Scully no podía cuidar de él, tenía demasiados cargos sobre su conciencia como para permitirse tantos lujos, aunque le gustaría. Fantaseaba demasiado, creía rozar la vida de nuevo con la yema de los dedos cada vez que estaba con él y, entonces, la premisa de siempre golpeaba su estómago.
—Lo sé—Murmuró dejando caer sus dedos ágiles por su pecho. Aunque siempre volvía existía el miedo de su ausencia. Un miedo racional a que algún día se casaría como dictaba la sociedad y, probablemente, dejaría de visitarla. Celosa, envidiosa de lo que jamás podría tener. Su alegato solo la empujaba con mayor vehemencia a la locura, al egoísta y vergonzoso pensamiento que sacudía cada célula de su menudo cuerpo: Ella no te satisfará como yo.
No sería el primero aquella noche, y aunque se sentía horriblemente ultrajada no impidió que enredase los dedos en su cintura al empujarlo, despacio, en dirección a la cama. Terminaría con aquello aunque fuese la última vez. Los botones del pantalón saltaron bajo sus uñas, raudos y alegres de ser liberados—Eres demasiado considerado—Y esta vez había una extraña sinceridad en los pozos azules que tenía por ojos, casi la aflicción de un trato anormal para con ella. Era una puta, a menudo ni siquiera hablaba. No solían ver en sus labios una conversación precisamente, sino la indecencia de la perversión. Rodillas besando el suelo, al amparo de sus muslos, y las manos desatadas y expertas despertando con firmeza la pasión que sabía que el inspector sentía por ella. Exhalo sobre su entrepierna y apoyó la frente, solo unos segundos, contra su abdomen. Al menos él le agradaba.
Ahora lo único que alcanzaba eran los peldaños quebradizos de aquella casa que daba cobijo a forajidos de sus matrimonios y prostitutas, el crujir de las camas y las falsas risas de la lujuria como sonido de fondo. Alcohol y sexo mezclados sin control, la degradación de los valores morales que la alta sociedad quería seguir pero, curiosamente, también caía entre las piernas de aquellas mujeres sin nombre o familia.
Atrapada contra la madera, tan menuda y tan entera, mirada cristalina perdida en la curva de su mentón y la respiración atrapada en la turgencia de sus pechos apresados bajo la tela. El relente del aire extraviado en la distancia que procuraba mantener con el inspector. Podían tener muchas cosas de ella por unas simples monedas, pero no su cariño o devoción. Aunque Mulder despertaba más de ello de lo que se permitiría admitir, había algo en sus ojos grises y tristes que la inspiraba a enterrar los dedos en su cabello y murmurar contra sus labios que todo estaba bien, que cuidaría de él. Scully no podía cuidar de él, tenía demasiados cargos sobre su conciencia como para permitirse tantos lujos, aunque le gustaría. Fantaseaba demasiado, creía rozar la vida de nuevo con la yema de los dedos cada vez que estaba con él y, entonces, la premisa de siempre golpeaba su estómago.
—Lo sé—Murmuró dejando caer sus dedos ágiles por su pecho. Aunque siempre volvía existía el miedo de su ausencia. Un miedo racional a que algún día se casaría como dictaba la sociedad y, probablemente, dejaría de visitarla. Celosa, envidiosa de lo que jamás podría tener. Su alegato solo la empujaba con mayor vehemencia a la locura, al egoísta y vergonzoso pensamiento que sacudía cada célula de su menudo cuerpo: Ella no te satisfará como yo.
No sería el primero aquella noche, y aunque se sentía horriblemente ultrajada no impidió que enredase los dedos en su cintura al empujarlo, despacio, en dirección a la cama. Terminaría con aquello aunque fuese la última vez. Los botones del pantalón saltaron bajo sus uñas, raudos y alegres de ser liberados—Eres demasiado considerado—Y esta vez había una extraña sinceridad en los pozos azules que tenía por ojos, casi la aflicción de un trato anormal para con ella. Era una puta, a menudo ni siquiera hablaba. No solían ver en sus labios una conversación precisamente, sino la indecencia de la perversión. Rodillas besando el suelo, al amparo de sus muslos, y las manos desatadas y expertas despertando con firmeza la pasión que sabía que el inspector sentía por ella. Exhalo sobre su entrepierna y apoyó la frente, solo unos segundos, contra su abdomen. Al menos él le agradaba.
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Re: ♠ He treats her like a woman.
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Desprendía aroma a sudor, las gotas capturadas en el desfiladero hacia su vientre que se desorientaban en estepas de su piel que no podía vislumbrar a través del tejido usado, sobre la frente, enmarcando sus pómulos afilados hasta el rubor irritado de su cuello casi etéreo y no podría asegurar si le pertenecía a ella o a alguien más. Desprendía aroma a sexo, viciado y reciente, evocando cierta culpa en él por el anhelo de desnudarla así, la esencia de otro hombre todavía entre aquellos muslos que le hostigaban en sus ensueños. Los dedos prendidos en su nuca, aspereza entre los cabellos, donde también apreciaba la humedad y le resultaba espontáneo, el poder arrojarla contra su boca y olvidar inhalarla solo desde la distancia. Por deferencia a sus deseos, no lo hacía.
«No lo sabes. ¿Cómo ibas a saberlo?».
Un varón más en los confines de la depravación que prodigaba sus atenciones por aquel rostro de nubilidad impecable que cada día se degradaba un poco más. Preservaba más delicadeza que la mayoría de mujeres que se postraban por supervivencia, mas no perduraría, la calle era una compañera despiadada. Había creído pese a todo ser incorruptible. Comprendía ahora que todo individuo sufría una debilidad y ahí, en ese dormitorio deteriorado y enmohecido, hincada al hospedaje de sus piernas, estaba la suya. Siempre obstinada en no sostenerle la mirada, lo cual el inspector agradecía. —Considerado... —Ahorcada la risa sardónica en una soga de manos femeniles, del elemento más sedoso que existiera, enardeciendo la lascivia que nadie más lograba desvelar. Su cálido resuello le incendió la carne y su fortaleza vaciló peligrosamente, ávido de enterrarse entre sus labios y rogar alivio de su lengua, rozando el paladar.
—Scully. —Exhalación de su nombre que hubo abandonado toda modestia, reteniendo sus clavículas—. Scully, espera. —La forzó a erguirse y acomodarse junto a él, sobre la cama rechinante, apenas captando claridad los ojos eclipsados, vastos y colmados de voracidad—. Puedo darte lo que quieras por toda la noche, ¿de acuerdo? —El dinero conservado en cuero en el fondo de su bolsillo, no era un problema. Nunca lo había sido. Desatinada la necesidad de cuestionar su aprobación, ¿qué otra cosa esperaba?
Manos hábiles y sagaces desanudaron las lazadas de su corsé opresor, sedientos de la piel que contenía bajo el mismo y siempre demoraba al acariciar, poco apresurado para ser solo carne lo que pagaba de ella. Las palmas cubrieron su busto desvestido y él no sentía nada más que tacto, el de sus propios dedos. E incredulidad, al reparar en cómo era su pecho el que palpitaba con brusquedad y no el de ella. Jamás el de ella. —No tenéis miedo. —Ni Scully, ni todas las demás. Y no de él. No era el sanguinario allí—. ¿Por qué?
«No lo sabes. ¿Cómo ibas a saberlo?».
Un varón más en los confines de la depravación que prodigaba sus atenciones por aquel rostro de nubilidad impecable que cada día se degradaba un poco más. Preservaba más delicadeza que la mayoría de mujeres que se postraban por supervivencia, mas no perduraría, la calle era una compañera despiadada. Había creído pese a todo ser incorruptible. Comprendía ahora que todo individuo sufría una debilidad y ahí, en ese dormitorio deteriorado y enmohecido, hincada al hospedaje de sus piernas, estaba la suya. Siempre obstinada en no sostenerle la mirada, lo cual el inspector agradecía. —Considerado... —Ahorcada la risa sardónica en una soga de manos femeniles, del elemento más sedoso que existiera, enardeciendo la lascivia que nadie más lograba desvelar. Su cálido resuello le incendió la carne y su fortaleza vaciló peligrosamente, ávido de enterrarse entre sus labios y rogar alivio de su lengua, rozando el paladar.
—Scully. —Exhalación de su nombre que hubo abandonado toda modestia, reteniendo sus clavículas—. Scully, espera. —La forzó a erguirse y acomodarse junto a él, sobre la cama rechinante, apenas captando claridad los ojos eclipsados, vastos y colmados de voracidad—. Puedo darte lo que quieras por toda la noche, ¿de acuerdo? —El dinero conservado en cuero en el fondo de su bolsillo, no era un problema. Nunca lo había sido. Desatinada la necesidad de cuestionar su aprobación, ¿qué otra cosa esperaba?
Manos hábiles y sagaces desanudaron las lazadas de su corsé opresor, sedientos de la piel que contenía bajo el mismo y siempre demoraba al acariciar, poco apresurado para ser solo carne lo que pagaba de ella. Las palmas cubrieron su busto desvestido y él no sentía nada más que tacto, el de sus propios dedos. E incredulidad, al reparar en cómo era su pecho el que palpitaba con brusquedad y no el de ella. Jamás el de ella. —No tenéis miedo. —Ni Scully, ni todas las demás. Y no de él. No era el sanguinario allí—. ¿Por qué?
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Última edición por Nyadeh el Jue Mayo 26, 2016 12:45 am, editado 2 veces
Re: ♠ He treats her like a woman.
But monsters're always hungry, darling
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Vehemencia en la punta de su lengua obstinada por apagar los pensamientos de su fiel cliente, fervientes labios contagiando el deseo a lo largo de su sistema nervioso. El pulso acelerado bajo la yema de sus dedos en la femoral, sujeción de su cuerpo en el movimiento constante de su cabeza. Ojos ocultos tras sus párpados porque mirarlo a los ojos convertía aquel acto completamente carnal en algo íntimo, el contrato lícito entre los dos. Scully siempre evitaba acercarse de esa forma a la realidad que repetía noche tras noche. Solo había sombras difusas y sonidos confusos en sus recuerdos, ninguna miraba lasciva podía acosarla en la soledad de su propia cama porque ninguno había podido ver la tristeza de su alma en el momento más vulnerable de su cuerpo. Mulder no era la excepción.
Rápida e inolvidable no le sorprendió oír su nombre en los labios del inspector, pero sí que la detuviese. Reticente tuvo que mirarle, unos segundos antes de esquivarlo relamiéndose el labio inferior aún entre el ángulo de sus piernas. La necesidad de un final palpable en el ambiente, la confusión corriendo por la mandíbula de la cortesana y el miedo azotando su espalda. Más de lo habitual implicaba una real necesidad de despedirse de ella, de saciarse para no verla nunca más y, por alguna razón, no le agradó. Cualquier otro podría reemplazarle en sus labios, pero no en las caricias que se escapaban cómplices de su cabello. La forma suave en la que pronunciaba su nombre o el jadeo incesante de su garganta por cada toque de Scully. Le gustaba su voz, le gustaba él, y ahora sería de otra.
Tan solo pudo asentir, las palabras atrancadas en su paladar y las manos agarrotadas contra la tela raída de su falda. Desvestida, desnuda por primera vez ante sus ojos. Piel de mármol expuesta al hambriento inspector, ni una marca, ni una cicatriz. Si acaso un par de lunares jugando a esconderse en sus curvas infinitas. Acostumbrada al frío y a las miradas, así como a las caricias superficiales que jamás buscaban saciarla a ella.
Tembló, como nunca lo había hecho, bajo sus manos. Fuertes, grandes. Tan diferentes a la piel cálida y blanda que las recibieron, tan frágil entre sus dedos. Quería que la tocara, quería dejar una huella que ni el tiempo ni su esposa pudiesen borrar. Así, pasó una pierna sobre las del inspector sentándose en su regazo, sin apartar la vista esta vez. El roce de sus caderas burbujeando por su columna, por cada nervio afilado que despertaba de su letargo—Para tener miedo hay que tener algo que perder—Ella no lo tenía, ninguna lo tenía. No eran libres, no eran nada. Si acaso el terrible asesino que se escondía en las sombras y derramaba sus entrañas podía arrebatarles la vida, pero cualquier cliente pasado de vino también podía apretar en exceso las manos en torno a su cuello. Nunca estaría segura.
Se movió sobre él, despacio de forma circular. El arrebato de la profesión que llevaba bajo las uñas y habría preferido no ejercer. Charlas siempre implicaba un riesgo de implicarse, de asentarse en la realidad del movimiento de sus cuerpos, de la piel rozando la piel—¿Vas a hacerme daño?—Vulnerable, incapaz de retener las palabras en su lengua desbocada. Buscó la respuesta en el fondo de sus ojos grisáceos, aun cuando sabía que no debía se ahogó en su mirada.
Rápida e inolvidable no le sorprendió oír su nombre en los labios del inspector, pero sí que la detuviese. Reticente tuvo que mirarle, unos segundos antes de esquivarlo relamiéndose el labio inferior aún entre el ángulo de sus piernas. La necesidad de un final palpable en el ambiente, la confusión corriendo por la mandíbula de la cortesana y el miedo azotando su espalda. Más de lo habitual implicaba una real necesidad de despedirse de ella, de saciarse para no verla nunca más y, por alguna razón, no le agradó. Cualquier otro podría reemplazarle en sus labios, pero no en las caricias que se escapaban cómplices de su cabello. La forma suave en la que pronunciaba su nombre o el jadeo incesante de su garganta por cada toque de Scully. Le gustaba su voz, le gustaba él, y ahora sería de otra.
Tan solo pudo asentir, las palabras atrancadas en su paladar y las manos agarrotadas contra la tela raída de su falda. Desvestida, desnuda por primera vez ante sus ojos. Piel de mármol expuesta al hambriento inspector, ni una marca, ni una cicatriz. Si acaso un par de lunares jugando a esconderse en sus curvas infinitas. Acostumbrada al frío y a las miradas, así como a las caricias superficiales que jamás buscaban saciarla a ella.
Tembló, como nunca lo había hecho, bajo sus manos. Fuertes, grandes. Tan diferentes a la piel cálida y blanda que las recibieron, tan frágil entre sus dedos. Quería que la tocara, quería dejar una huella que ni el tiempo ni su esposa pudiesen borrar. Así, pasó una pierna sobre las del inspector sentándose en su regazo, sin apartar la vista esta vez. El roce de sus caderas burbujeando por su columna, por cada nervio afilado que despertaba de su letargo—Para tener miedo hay que tener algo que perder—Ella no lo tenía, ninguna lo tenía. No eran libres, no eran nada. Si acaso el terrible asesino que se escondía en las sombras y derramaba sus entrañas podía arrebatarles la vida, pero cualquier cliente pasado de vino también podía apretar en exceso las manos en torno a su cuello. Nunca estaría segura.
Se movió sobre él, despacio de forma circular. El arrebato de la profesión que llevaba bajo las uñas y habría preferido no ejercer. Charlas siempre implicaba un riesgo de implicarse, de asentarse en la realidad del movimiento de sus cuerpos, de la piel rozando la piel—¿Vas a hacerme daño?—Vulnerable, incapaz de retener las palabras en su lengua desbocada. Buscó la respuesta en el fondo de sus ojos grisáceos, aun cuando sabía que no debía se ahogó en su mirada.
East End ❄ Medianoche
phoenix ⚓
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