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Vacíos de una mente fragmentada.

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Vacíos de una mente fragmentada.

Mensaje por Caos el Jue 8 Oct - 3:34


En el rostro de Celfos habitaba desesperanza y dolor, su relieve se notaba con el tacto de la intuición. Ren posó su mano en su codicia, pero el joven no despertó. Ella quiso atender la brujería, pero no era lo suficientemente hábil. Él ya no tenía alma, ¿cómo la traería si no sabía dónde estaba? Esta es su historia, la vida de Ren para salvar a Celfos, su amado.

El viento soplaba tan fuerte como de costumbre en los llanos territorios de Ultrum. Una región tan basta que rodeaba todo el océano. Eran sólo ellos, nada más.

-¿Cómo es el mar de Ultrum?- Preguntó una vez Ren, entusiasmada.

-Es como el aire, pero te ahogas en ella- Explicó Celfos, mintiendo.

Ambos se acariciaban, ambos reían y disfrutaban de sus mentiras.  Sé que mentían, porque yo estaba allí, conocía sus pensamientos, sus virtudes y sus infortunios. Conocía lo que ocultaban, pero no podía hacer nada.

Ren ha llorado tanto, sus ojos ahora sólo son cuencas resecas,  vacías y ya no se logra ver su alma. La tristeza ahoga su memoria, pronto olvidará que su amado ha muerto.

-Ren, quisiera hundirme en tus sueños- Dijo hace años Celfos.

-Si me ahogas con tus deseos- Condicionó ella, llena de ilusiones insensatas.

Su voz es la misma de siempre, pero su suavidad ha cambiado, se despedazaba su garganta, ¿cuándo sabrá que él ya no está?

-La magia es peligrosa, querida Ren, deberías no acercarte siquiera-Le decía su profesor. Pero ella era testaruda y volvió a mentir.

-Sí, lo sé.

Han pasado tres días desde su muerte, el olor es muy perceptible, hasta yo lo siento.  Nadie más sabe que ha muerto, sólo ella y yo. Ren estaba sumergida en la cama, golpeando sus frágiles manos el borde del colchón, desesperada por la pérdida. No sé cómo pudo amar tanto a Celfos, él sabía que moriría, no debió arrastrarla a esto, no es digno de amar, pero yo nada pude hacer.

Ren quería traer de vuelta a Celfos. Juntó los materiales. Mató a su padre, le cortó la cabeza, le rebanó los órganos y los vertió en una bolsa. Llegó a su habitación, juntó las cinco gallinas, las sacrificó y dibujó el símbolo con la sangre fresca.  Su rostro había cambiado, estaba blanco, lleno de sangre. El de Celfos era sereno, con una sonrisa macabra, como un demonio. Ren fue a buscar un cuchillo, estaba nerviosa, lo quería de vuelta, pero no sabía cómo volvería.  Sacó el filo más grande del mueble, el más puntiagudo y salió corriendo en dirección a la figura demoníaca en el suelo. La luna se teñía de rojo, el cielo estaba en la oscuridad absoluta, no habían estrellas, yo nada podía hacer.  Ella se arrodilló en la fría madera del suelo, tomó el cuerpo de su amado y lo colocó en el centro del símbolo. En cada extremo puso un órgano de su padre y roció con sangre toda la habitación, era un espectáculo sangriento, horrible, pero no para mí.  Puso la cabeza de quien fuera su progenitor  al lado de la de su amado. Desde mi posición parecía un extraño siamés que había llegado a la adultez, y un hermano había cortado la cabeza del otro.

Encendió la radio, quería terminar esto de una vez. La melodía era estridente, una composición clásica, pero distorsionada, su sonido terriblemente macabro, acompañando y ambientando una función de sangre y muerte que pronto acabaría.  Ella transpiraba, su pelo castaño ya no era lo que antes fue, su tez blanca estaba cubierta de sangre, sus ojos, desorbitados, azules profundos, estaban mirando hacia la nada. Estaba vacía. Pero comenzó a balbucear, comenzó a emitir tonos ininteligibles. Hasta que lo oí claramente, murmuraba, frente al cuerpo de su amado y la sangre de su padre:


“Es el vacío, es el que llena la nada. Es el que aparece en la conciencia y muere en el pensamiento. Sabes pero no lo sabes. Está y no está. Es como abrazar la nada sin tener brazos. Es como besar el aire. Es como necesitar lo que no se puede satisfacer. Es como perderte en el horizonte del horizonte. Es lanzarse a la incertidumbre. Es volar sin alas. Es el no-deseo. Es no sentir. Es sentir nada. Es nadar en aire. Es y no es. Intentar golpear y chocar los puños. Es el enemigo invisible. Es abrazarse a sí mismo. Es el todo, es la nada. Eres tú, Celfos.”


Estalló en llanto, se arrodilló nuevamente, las lágrimas que brotaban de sus profundos ojos zafiros eran por su padre y su amado, lloraba por llorar, quería secarse en llanto. Yo la miraba desde el fondo de la habitación, esperando lo mejor, porque, a mi modo, soy voyerista y un observador muy exigente.  Ella me miró, sonrió, y yo le sonreí. Me acerqué por detrás, le tomé los hombros mientras la música sonaba estrepitosamente y las paredes vibraban con su melodía de muerte, me acerqué a su oído y le susurré:

-Ya está hecho, sólo debes terminarlo y recuerda, yo te amo.

Ella sonrío otra vez, tomó el cuchillo con todas sus fuerzas  y se lo enterró en el estómago, la sangre brotó y se desparramó por todo su vientre. Yo movía mi cabeza, sonriendo. Ella se volteó hacia mí, me miró con sus ojos ya casi celestes, ya no tenían el brillo de antes y su sonrisa desaparecía con cada segundo, poco a poco.  Aún tenía su mano en el cuchillo. El que destruyó su vida, el que mató a su amado en un arranque de paranoia y a su padre. Todo fue gracias a alguien, alguien tan insignificante, un ser que nunca existió, aquel que fue testigo de su sufrimiento y causante de su desgracia. Era yo, era yo el que la llevó a todo, era yo, la alucinación, un personaje que su esquizofrenia creó.



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Re: Vacíos de una mente fragmentada.

Mensaje por Caos el Dom 11 Oct - 20:32

Reflejo.



Es aburrido. Es aburrido converger en este lugar, pensar que todos mis años de la infancia hayan sido en vano para llegar a esta instancia y saltar una etapa entera de mi vida, no creo que mis actos lo ameriten, pero aun así, aquí estoy. Todos los días, frente a mí, lo observo, de alguna manera me recuerda a mí. Cada día que pasa, cada noche, está ahí, repitiendo los mismos movimientos, sin hablar, moviendo sus labios, balbuceando silencios vacíos, como si quisiera expresar todo pero no dice nada.

Antes pensaría que esto es una tortura, estar con él, mirándome como un objeto, creyéndose mejor que yo. Esa estúpida canción que suena, ese horrible sonido que me recuerda que es hora de ver la luz del sol. Aquella estrella gigantesca no se parece a mí, porque tiene mucho espacio, un universo entero para moverse, pero no lo hace, sólo está ahí, inmóvil, como si estuviese feliz viendo cómo los planetas giran en torno a él, es algo egocéntrico supongo. Yo estoy aquí, queriendo recorrer todo, pero pudiendo sólo ver las paredes que me cierran el paso, que me cierran la conciencia.

Aquí vamos de nuevo, de vuelta a la celda, de vuelta a su rostro, de nuevo a ver su mirada perdida en mi cara, como si contemplara mi miseria, como si tuviese pena de mi desgracia. No hablamos, no pretendo hacerlo,  aunque odio sus silencios, creo que odiaría más escuchar sus palabras, diciéndome lo que debiese hacer o lo que debiese haber hecho en aquella ocasión, en aquel fatal día.

No siento pena de mí, eso ya lo superé, sólo es un impulso nihilista de seguir con la rutina de esta prisión. He pensado en suicidarme, lo intenté una vez, pero mi cobardía se sobrepuso. Aquel hombre esbozó una leve sonrisa, riéndose de mí, noté cómo se tensaban los músculos de la comisura de sus labios y nació una ira inmensa dentro de mí, quise matar a ese monstruo, a esa horrible persona en la oscuridad que me seguía observando, como una sombra bajo el sol, el estúpido sol. Rompí en llanto y dormí.

Estoy harto de aquella persona, de aquel compañero de celda, quiero matarlo, necesito matarlo, estoy decidido.  Esa mañana era calurosa, más de lo normal, pero eso no detendría mi voluntad, tenía que hacerlo.  Apreté mi puño con todas mis fuerzas y me abalancé sobre mi compañero, lo destrocé,  lo golpeé hasta romperle todos los huesos, sin embargo, no opuso resistencia,  sólo se quebraba  y caía violentamente hacia el suelo, muerto.  Pensé que esta amargura desaparecería, que esta angustia moriría con aquella persona, pero no, aún está aquí, como si sólo hubiese cambiado de lugar y se introdujese dentro de mí, como si no hubiese muerto. Escuché pasos, llegaron los guardias y movieron sus cabezas en señal de desaprobación, se fueron y al volver trajeron un espejo nuevo, lo pusieron donde estaba y todo empezó otra vez.

La culpa, el remordimiento, aquel monstruo que me consume día a día por haber matado a esa mujer, por haber saciado mis impulsos sádicos sin mediar nada. El reflejo en el espejo, aquella persona que tanto odio, soy yo. Quiero matar a esa imagen, quiero liberarme de esta culpa y romper las cadenas de mi mente, pero no puedo, sigo repitiendo el mismo sentimiento, cada día, en esta prisión, viendo el reflejo en el espejo de mi culpa y mi sufrimiento, todos los días, viviendo con la persona que odio, conmigo mismo



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