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Mensaje por Dornish sun el Mar 13 Oct - 3:59



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Ares
Olimpo | Afrodita


Rabia, eso era lo que sentía. Muchos en el Olimpo tenían motivos para mostrarse recelosos de Hefesto, de cómo había engañado a sus padres para entrar en el Olimpo y formar parte de ellos, pero Ares era el único que realmente tenía motivos para odiarle con todo su ser. Y cuando el odio le llenaba, no había fuerza mortal que pudiera aplacarle. Se hubiera bañado en sangre la noche de la boda de Hefesto y Afrodita, y hubiera condenado a los mortales a un ciclo de violencia sin final de no haber sido por la intervención de Atenea. Y sin embargo, cada vez que le veía, o que su mente recorría aquellos escenarios, su sangre volvía a hervir.

Sólo la propia Afrodita había sido capaz de calmarle en el pasado, y ahora aquello también le había sido arrebatado, al menos a ojos de los demás. Porque Afrodita nunca había sido la más leal, ni Ares alguien que se dejase dominar por las normas. Y aquella mañana, cuando había acudido a la forja de Hefesto para tomar su nueva égida, había sido suficiente para que su calma estuviese al borde del estallido. Las miradas de su hermano, sus medias sonrisas, e incluso alguna mención del nombre de Afrodita, hecha de forma que parecía el acto más casual, provocaron en el dios de la guerra un deseo irrefrenable de destruir.

Aún con su equipamiento militar, dirigió sus pasos directamente a los aposentos donde solía descansar Afrodita. Su rostro estaba decidido, y su ceño fruncido. Notaba los músculos de su mandíbula tensos, y sus dientes chirriaban. Si algún mortal hubiera posado su mirada en él en aquel instante, una sensación de miedo le hubiera embargado por completo.

Entró, sin delicadeza, sin mirar si aparte de Afrodita había alguien más, sin importarle las consecuencias. –Tu esposo quiere probar lo afilado de su lengua contra lo afilado de mi espada.– su voz salió de lo más profundo, cargada de rabia, y su puño se apretó sobre la empuñadura de su espada.




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Mensaje por Perséfone el Miér 14 Oct - 7:10



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Afrodita
Olimpo | Ares


Tras tener una conversación con su hijo Eros, Afrodita decidió permanecer en su templo durante unas horas, lejos de todas las miradas y palabras de los demás dioses. Por suerte para ella y para la anatomía de su marido, Hefesto, al igual que el resto de dioses salvo excepciones contadas, tenían prohibida la entrada a ese templo. La política divina nunca había sido algo que le importara demasiado puesto que ella era más antigua que todos ellos. Lo que más gracia le hacía era que Zeus se considerara a sí mismo su padre junto con una diosa menor llamada Dione. El rey de los dioses jamás habría podido engendrar a una criatura tan perfecta como lo era ella pero no le gustaban las discusiones así que no entraba en polémica con aquel tema. Y el dios se cuidaba de hablar de aquel tema cuando ella estaba presente.

Sólo había una cosa que la molestaba desde que el acto se había dado. Ella nunca accedió a convertirse en la esposa de Hefesto, es más, no quería en absoluto. Era un dios borde, malhumorado y enormemente machista que consideraba que ella sólo servía para engendrar hijos. ¿Por qué accedió entonces? Porque no le dices que no al rey de los dioses si quieres tener una vida tranquila y sin problemas. Desde el primer momento en que estuvieron casados, Afrodita lo echó de su vida y le prohibió acercarse a su templo, cosa que al dios no le gustó. Siempre le regalaba joyas, objetos que él creaba exclusivamente para ella -como su cesto- pero Afrodita tenía claro que sólo lo hacía para permitirle el acceso a su cuello. El hombre sólo acaricia al caballo para poder montarlo. Además, el corazón de la diosa había sido robado casi desde el primer momento por otra persona.

Al ser la diosa del amor, Afrodita tenía numerosos amantes -tanto mortales como inmortales- pero sólo había un hombre que conseguía hacer temblar todo su mundo. Ares era todo lo contrario a ella: rudo, violento, malhablado... pero ella había quedado embelesada desde el momento en que lo vio. Y sus encuentros no tardaron mucho en darse, porque nadie se puede resistir a Afrodita, pero siempre hubo algo más, no eran sólo encuentros carnales. Ella le amaba y el sentimiento era recíproco, así lo demostraban los hijos que habían tenido. La relación entre ambos era un secreto a voces, pero ninguno se atrevió a decirlo por temor a la ira de Ares.

Aún así, la cosa terminó explotando de forma irremediable. Hefesto fue alertado de las aventuras amorosas de su esposa con el dios de la guerra por mano del dios Helios y, como venganza, los atrapó en una red cuando se encontraban en el lecho y dejó que todos los dioses los vieran para humillarlos. Afrodita no sintió ninguna humillación puesto que no sentía ningún respeto hacia el que era su marido -y después de eso mucho menos- pero Ares entró en cólera. Después del incidente continuaron viéndose, y todos lo sabían, pero tras la brutal paliza que recibió Helios por parte de Ares sirvió como advertencia. El marido de la diosa se volvió más precavido pero nadie puede controlar a Afrodita, y mucho menos él.

El fuerte ruido que hizo la puerta de su templo al abrirse provocó que las ninfas que se encontraban con ella se desvanecieran, aterradas, casi al momento de ver la imponente figura de Ares. Afrodita ni se inmutó, demasiado acostumbrada al carácter de su amor, pero una lenta sonrisa se formó en sus labios al escuchar sus palabras. Se incorporó sobre el diván donde estaba tumbada, con la tela de su túnica semi transparente cayendo a un lado para mostrar su delicada pierna.-Te envidia.- respondió con voz suave, con un tono que incitaba a acercarse y tocarla. Era el poder natural de Afrodita, todo en ella te invitaba a desearla. Hizo un hueco en el diván para que el dios se sentara y, cuando lo hizo, una de sus delicadas manos se dedico a jugar con los mechones rubios de su cabellera.-Sabe que tú puedes tener algo que él jamás conseguirá.- antes se congelaría el Tártaro que dejar que Hefesto le pusiera una mano encima.



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Re: Like a rolling stone

Mensaje por Dornish sun el Vie 4 Mar - 14:42



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Ares
Olimpo | Afrodita


Los gritos de espanto de las ninfas casi ayudaron a relajarle. Era esa la forma de oración que prefería: los gritos, el caos y la sangre. El miedo que infundía en los demás le llenaba de energía, pero en aquel momento de poco servían cuando su rabia seguía desatada. No fue hasta que la voz suave y dulce de Afrodita llegó a sus oídos, que la furia de Ares se calmó ligeramente. Lo suficiente como para acercarse hasta ella y sentarse a su lado sin golpear nada en el camino. Dejó la égida a los pies del diván, aunque su espada seguía en su cinto. Armado era como se sentía más cómodo, salvo en aquellos momentos íntimos con Afrodita. En esos encuentros no necesitaba nada vistiéndole. Por supuesto, el encuentro que había desencadenado una humillación pública, a ojos de todos los dioses del Olimpo, le había vuelto algo más cauteloso, inicialmente. Pero era imposible guardar cautela cuando se encontraba junto a Afrodita. La diosa conseguía que olvidase todas sus demás preocupaciones, que desease únicamente enterrarse en su cuello y recorrerla por completo. Por ella había sido capaz de tolerar la humillación, de dejar de lado, por un instante, el odio, y centrarse en ella. Pues cuando estaban juntos, el mundo exterior dejaba de existir.

Dejó que sus dedos recorriesen su cabellera y se giró de medio lado hacia ella, apoyando una mano en uno de sus muslos. La piel de la diosa era suave, frente a la aspereza de sus propias manos. Alzó la mirada a sus ojos, y en ese momento su propia expresión se suavizó. La promesa de que Hefesto no la tenía era sin duda un motivo de alegría, aunque no era algo que desconociese. El asco que Afrodita sentía por su marido era sabido por todos, y aquello no hacía sino más intolerable aquel matrimonio. –Y él también tiene algo fuera de mi alcance.– murmuró entre dientes, antes de llevar la mano que había apoyado en su muslo hacia el cuello esbelto y fino de la diosa. Porque su amor, al fin y al cabo, era prohibido, aunque un secreto a voces, y prueba de ello había sido aquella humillación a la que les habían sometido Helios y Hefesto.

Y pensar siquiera que tiene oportunidad de babear contigo, o usarte como una pieza a su favor...– por un momento notó que su mano izquierda temblaba, habiendo sido apretada en un puño, con los nudillos blancos. Hubiera atravesado el pecho de su hermano con una espada, si aquello no hubiera sido una rebelión contra su padre. Y nadie podía decir que no a Zeus, al fin y al cabo.



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Re: Like a rolling stone

Mensaje por Perséfone el Sáb 9 Abr - 15:46



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Afrodita
Olimpo | Ares
Tanto mortales como inmortales sabían del poder y del peligro que ostentaba Ares y, aunque todos se cuidaban de desatar su furia y se mostraban siempre precavidos, Afrodita nunca había tenido una preocupación real de que él pudiera herirla. No se trataba sólo de que creyera que, debido a su poder de atracción divina, nadie fuera capaz de herirla sino de que ella era la única que conocía al dios detrás de la bestia. Con ella, Ares seguía siendo igual de fiero pero se podía palpar una gran diferencia sólo porque se trataba de ella. Tampoco era algo comprobado a ciencia cierta, pues nadie tenía permitido estar presente en los ratos que Ares y Afrodita pasaban juntos -salvo, quizás, sus hijos-, pero la diosa lo sabía.

Cuando sus ninfas desaparecieron y él tomó asiento a su lado, todo el ser de Afrodita encontró, por así decirlo, el equilibrio que le faltaba cuando él no estaba. Notó su piel erizarse de forma involuntaria al sentir la mano sobre su muslo, importándole poco la aspereza de las mismas pues estas eran las únicas capaces de hacer que todo su cuerpo temblara como si de una virgen se tratara. Y notar como, tras que él la mirara, suavizaba su expresión ocasionó que Afrodita sonriera y se relajara. Aquel era el dios del que se había enamorado, el que sólo ella podía ver. Los dedos de la diosa continuaron jugando con el pelo rubio de Ares, rozando la piel de su cuello de vez en cuando. — Nada de lo que debas sentir envidia, akribos. — inquirió con una sonrisa. — Tú tienes todo cuánto él desea, él sólo tiene de mí el adjetivo esposa. A ojos de cualquiera lo soy más tuya que de él. — replicó de forma tranquila. Por mucho que todos opinaran que Afrodita era la esposa de Hefesto, todos sabían que él único que tenía privilegios de esposo con ella era Ares.

Le observó con sus ojos cristalinos, ladeando la cabeza al sentir los dedos de Ares rozando su cuello, y deslizando los propios para rozar su barba con las uñas. A Afrodita le encantaba el aspecto rudo y poderoso de Ares y no tenía ninguna intención de cambiarlo. Consideraba que cuando quieres cambiar algo que amas es que, en el fondo, no le amabas tanto como creías. Una suave risa salió de los labios de la diosa al escucharle y meneó la cabeza, tomando el puño cerrado de Ares para depositar un suave beso sobre él. — Oh, mi amor, no sería ni el primero ni el último en babear ante mi presencia; pero eso no implica que puedan tenerme como desean. Ese derecho es solamente tuyo. — no era egocentrismo, era un hecho tan natural como el respirar. — Creo que hay un dicho mortal que enuncia: dime de lo que presumes, y te diré de lo que careces. — añadió, encogiendo suavemente sus hombros. — Por mucho que presuma de tenerme de esposa, todos saben que es un cornudo al que no amo y al que desprecio con todo mi ser.

Apartó las manos de Ares para poder deslizarse hasta quedar sentada sobre su regazo, presionándose sin ningún pudor contra su cuerpo. Los dedos juguetones de Afrodita reptaron por su el torso del dios mientras en sus labios se formaba la clase de sonrisa que sólo reservaba para él. Traviesa pero cargada de sentimiento. — ¿Por qué no nos vamos una temporada? — propuso, rozando la fuerte mandíbula de Ares con su nariz. Respirando su aroma al ocultar la cabeza en su cuello. — Chipre está preciosa en esta época del año, y nadie nos molestaría... — no sería la primera vez que los dioses se tomaban un tiempo para pasear por el mundo mortal.


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Re: Like a rolling stone

Mensaje por  Hoy a las 18:31

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