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Souverain des libertés.

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Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Sáb 12 Mar - 7:39

souverain des libertés
Crackship | 1x1 | mozart l'opèra rock

Clasicismo musical.  José II del Sacro Imperio Romano Germánico era un hombre que apreciaba la música, la degustaba como si de un exquisito manjar se tratase. Debido a esto, sus exigencias no solían escatimar en lo absoluto, proveyendo a la alta sociedad con lo mejor de su corte. Composiciones de calidad inigualable que debían entronizarlo y formar parte de los más grandes éxitos del territorio eran tan sólo una pizca de lo que su Imperio aspiraba a ofrecer. Cuando la idea (insensata desde el punto de vista de sus consejeros) de unificar los dotes de quien fuese su Maestro de Capilla con los del portentoso y joven compositor del momento, asaltó sus pensamientos, no hubo quien pudiera hacerle cambiar de opinión. El objetivo se basaba en crear la ópera más grande e impresionante del año; ¿quiénes, sino los mejores, podrían hacerlo? Después de todo estaban bajo su mando, y sólo hacía falta un simple chasquido de dedos para verlo concedido. Lo único que restaba era hacérselos saber, así que, tras ordenar los procedimientos necesarios para convocarlos, aguardó en su salón de música, careciendo de paciencia y entreteniéndose al acribillar el silencio, no sin faltarle el respeto a las partituras que descansaban frente a sus ojos sobre el piano que, inexperto, tocaba.

Antonio Salieri
32+ | Florent Mothe | L'Assasymphonie
Estudió desde su infancia violín y teclado, tomando lecciones de violín a partir de 1763 con Giuseppe Simoni. Cursó estudios junto al compositor austriaco Florian Gassmann y el alemán Cristoph Willibald Gluck. Trabajó como compositor de la corte de Viena. Autor principalmente de óperas, música religiosa y cantatas, obtuvo un gran éxito en vida. Entre sus discípulos cabe destacar a Franz Liszt y al austriaco Franz Schubert. Intrigó contra Mozart al que consideraba un rival muy peligroso. Salieri es el músico más famoso y reputado de Europa hasta que irrumpe en escena el joven Mozart, ante cuyo genio se rinden las multitudes. A Salieri le corroe el éxito de Mozart, y más aún porque sabe, en el fondo de su corazón, que su rival se lo merece.
Wolfgang Amadeus Mozart
26+ | Mikelangelo Loconte | Mozart
Compositor austríaco nacido en Salzburgo. Sus prodigiosas dotes musicales fueron pronto observadas por su padre, Leopold, que decidió educarlo y, simultáneamente, exhibirlo como fuente de ingresos. A la edad de seis años, Mozart ya era un intérprete avanzado de instrumentos de tecla y un eficaz violinista, al mismo tiempo que demostraba una extraordinaria capacidad para la improvisación y la lectura de partituras. Aún hoy en día se interpretan cinco pequeñas piezas para piano que compuso a aquella edad. Se ha considerado el compositor más destacado de la historia de la música occidental y su influencia fue profundísima, tanto en el mundo germánico como en el latino; su extensa producción incluye casi todos los géneros, desde el lied y las danzas alemanas hasta los conciertos para instrumento, las sinfonías y las óperas.
Cronología

Chapter 01. Pas de bonnes nouvelles.
Chapter 02. S'il faut mourir.

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Última edición por Mozart el Sáb 21 Mayo - 8:53, editado 7 veces


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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Sáb 12 Mar - 16:10

SOUVERAIN DES LIBERTÉS
Chapter I:Pas de bonnes nouvelles | Palacio Real

Para alguien como Salieri, el haber sido convocado por Su Majestad no era ninguna novedad, más bien lo contrario. Tampoco era extraño ignorar el motivo de la llamada, pero la nobleza en general ─y el Emperador en particular─ no tenía por qué excusar ninguna de sus acciones, a pesar de que a Salieri no le gustara aquello. No le gustaba la incertidumbre, el no saber qué esperar de la reunión o el qué iba a tener que decir o hacer.

Llegó al palacio con antelación, sabiendo que, sin duda, alguien le entretendría mientras llegaba a la sala donde había sido citado. Salieri no era muy aficionado a las charlas banales con las que se divertía la corte, pero tampoco podía ser tan maleducado como para ignorar a los que se acercaban a él, muchas veces para felicitarlo por su última pieza, algo que le dejaba con un sabor agridulce.

En cierto modo, agradecía los halagos, pero, por otra parte, sentía que no los merecía. Por supuesto, no era algo que fuera a reconocer en público, y siempre se obligaba a esbozar una sonrisa y articular un "gracias", metódico e impersonal. Afortunadamente, sus palabras solían sonar distantes, de modo que nadie tenía por qué saber que en su mente sus composiciones no eran suficientes, que sonaban... falsas, forzadas, artificiales. Después de escuchar algo compuesto por Mozart sentía que su trabajo no era bueno, y la frustración, la envidia y el odio (¿A Mozart? ¿A sí mismo?) le nublaban la mente.

Trató de apartar aquellos pensamientos sombríos de su mente. El Emperador le había llamado, y no tenía sentido pensar en Mozart. Por lo que Salieri sabía, en aquellos momentos no estaba trabajando en nada salvo, probablemente, en destrozar la reputación de cualquier mujer que se pusiera en su camino, de modo que la entrevista con Su Majestad no tendría nada que ver con el joven compositor austriaco, afortunadamente. Salieri consideraba que tenía suficiente con las continuas quejas de Rosemberg como para tener que soportar que el Emperador también creyera que él era la mejor opción para hablar de Mozart.

Salieri quería creer que el Emperador le encargaría una nueva composición, que el Emperador le daría algo en lo que trabajar, algo que no acabara quemándose en la chimenea de su estudio ya que no podía negarse a entregar un trabajo para el Emperador, algo que le librara de sus fantasmas... Algo para olvidar a Mozart, al menos mientras escribía.

Cuando llegó a la habitación, escuchó, el llanto del piano al otro lado de la puerta. Su Majestad podía ser un reconocido amante de la música y un magnífico mecenas, pero no era, en absoluto, un gran músico. Tomando aire, Salieri accionó el picaporte, entrando en la amplia sala donde le esperaba el Emperador. Cerró la puerta a sus espaldas, para después hacer una reverencia.

─ Majestad. ─ murmuró, antes de incorporarse y observar al hombre sentado delante del piano, esperando a que empezara a hablar y le hiciera saber el motivo de su llamada.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Dom 13 Mar - 7:23

SOUVERAIN DES LIBERTÉS
CHAPTER I:PAS DE BONNES NOUVELLES | PALACIO REAL

¡Wolfie! ¡Wolfie!

Una sacudida más.

¡Wolfie!

Ninguno de los desesperados intentos por hacerle volver en sí fueron suficientes para lograr el cometido hasta que el último de los recursos fue ejecutado. El cuerpo del joven compositor austriaco yacía plácidamente, en contraste con su entrecejo arrugado, sobre la alfombra de su decorosa habitación de billar. Y, si no fuese por la suave e irregular inhalación que a través de sus fosas nasales delataba vestigios de vida, cualquiera hubiese apuntado a que se trataba de un cadáver. Cuando el agua helada empapó a susodicho fiambre, todos y cada uno de sus sentidos se alertó despavorido, haciéndolo retorcerse cómicamente luego de un involuntario salto debido a la baja temperatura del líquido que ahora convertía sus prendas en un incómodo y pesado adherente.

¡Constanze!

El reclamo pronto a vociferarse se ahogó repentinamente al verse enterado de la razón detrás de tan inhumano despertar. ¡Una carta del Emperador! Ignorando por completo los charcos de agua que ante su paso iba creando en la alfombra, caminó de allá para acá, leyendo en voz alta la petición que justo esa mañana el Emperador había transmitido. Wolfgang, al terminar su lectura, sonrió de par en par, emocionado por la concepción que aquel simple escrito había creado en él.

Besó a su mujer y la miró a los ojos, asegurándole que esta vez, si tenían suerte, podrían, por fin, presentar una ópera encargada por el mismísimo José II. No obstante, y pese a ser un hombre madrugador, se percató de que la hora citada había sido sobrepasada por treinta minutos. Gradualmente la terrible resaca que no era consciente de poseer fue tomando lugar en sus sensaciones; disparada, quizás, por el estrés al que se vio sometido de un momento para otro. Sin molestarse siquiera en acicalarse emprendió un apresurado camino hacia el palacio real, esperando que su error no fuese tomado en cuenta.

Para el momento en que se presentó frente a los guardias reales su vestimenta había adquirido una textura difícilmente seca, mas lo suficientemente enjugada para dejar de gotear por doquier como si de un canino recién bañado se tratase. Su actitud, sin embargo, no distaba demasiado de uno, pues la sonrisa que su rostro bosquejaba era equiparable a la curva indiscutible de una luna menguante y a la emoción sincera de un cachorro al cual le han prestado la atención suficiente. No las miradas de desaprobación lo entristecieron, no los murmullos ni los gestos reprobatorios lo desalentaron.  

Decir que su entrada no podía ser considerada una ráfaga de emoción sería una falacia. En cuanto las puertas se abrieron, Mozart entró cual rayo, procediendo a una reverencia exagerada frente al hombre de peluca blanquecina que lo miraba con una ceja arqueada– Su Majestad –profirió, desentonando con el ambiente casi siniestro que envolvía la sala. Al levantarse y virar a su alrededor supo por qué. La presencia del Maestro Salieri jamás sería considerada una estela de alegría, así que se hacía fácil notarlo a pesar de que éste no intentara ser visto– Monsieur Salieri –inclinó su cabeza en un gesto de cortesía.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Dom 13 Mar - 19:20

SOUVERAIN DES LIBERTÉS
Chapter I:Pas de bonnes nouvelles | Palacio Real

Para desgracia para Salieri, Su Majestad no le comunicó para qué había sido llamado... a menos que le hubiera llamado para escuchar cómo trataba de tocar aquella melodía. Salieri era compositor y profesor de la corte, y, por tanto, una de sus tareas era corregir y enseñar al Emperador a tocar. De modo que pacientemente empezó a corregir todos sus errores, sabiendo que no serviría de mucho. Sin embargo, seguía pensando que no le había podido llamar para algo así. José II podía ser caprichoso, pero aquello no tenía ningún sentido. Debía de haber pasado más de media y Salieri empezaba a impacientarse, a lo cual no ayudaban las notas proferidas por el pobre instrumento. En cierto modo, el compositor agradecía que fuera un piano y no un violín, con lo que además tenía posibilidades de desafinar. Fuera como fuese, parecía que incluso el emperador se encontraba nervioso y dirigía miradas a la puerta de vez en cuando, como si por ella fuera a aparecer una musa que le ayudara a tocar sin equivocarse de nota y estropear la melodía.

Y, finalmente, la puerta se abrió. Sin embargo, no apareció ninguna musa, más bien lo contrario. Aquel torbellino de energía era reconocible en cualquier lugar y situación... Aunque Salieri no acertaba a entender qué hacía en aquel lugar ni en aquella situación. Tampoco acertaba a comprender cómo se atrevía a presentarse en el palacio con la ropa y el pelo mojado. ¿Hasta dónde llegaba la necesidad de llamar la atención y ser tremendamente irrespetuoso de aquel hombre? El italiano miró al Emperador, incrédulo, en busca de alguna respuesta que justificara la presencia de Mozart allí.

Y entonces, ante los ojos atónitos de Salieri, Su Majestad se levantó y, lejos de cuestionar el motivo de la visita de Mozart o el cómo se atrevía a presentarse en la corte como si minutos antes se hubiera metido en la bañera sin quitarse la ropa, el Emperador sonrió. De forma casi imperceptible, pero lo hizo. Por supuesto, Salieri no podía evitar tener un mal presentimiento que solo aumentó cuando el Emperador abrió la boca:

Herr Mozart, ya era hora de que nos honrara con su presencia. ─ tras aquel saludo, el Emperador los miró a ambos. ─ Herr Salieri, Herr Mozart... Les he hecho llamar porque quiero encargarles una ópera a ambos. ─ desde luego, ese "quiero" no admitía réplica. No era un deseo, era una orden.

Su Majestad est... ─ comenzó, aunque sabía que sus protestas no servirían para nada.

No admitiré un no por respuesta. ─declaró, cortando sus palabras. ─ Son los mejores compositores de Viena... Probablemente de Europa. Una ópera conjunta de ambos será, sin duda, una obra maestra.

Lo peor era que realmente parecía tan convencido de ello como emocionado con la idea. Salieri, por su parte, tuvo que apoyarse en el piano. No podía trabajar con Mozart. Era... imposible. Él y Mozart... ¿Cómo esperaba el Emperador que trabajara con aquel hombre que había llegado una hora tarde a la cita? ¿Con aquel hombre que no sabía lo suficiente de protocolo como para presentarse delante de Su Majestad bien vestido y seco? ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo...?

...¿Cómo iba a mancillar la música de Mozart con sus torpes composiciones? Salieri últimamente se veía incapaz de crear algo que sonara bien, odiaba todo lo que salía de su mente, todo lo que escribía su pluma... ¿Cómo iba a mezclar aquella... aquella blasfemia musical que salía de él con la música divina de Mozart?

Da Ponte se encargará del libreto. ─ añadió, para después hacer un movimiento con la mano para despedirles. ─ Pueden salir, confío en que se pondrán a trabajar en mi ópera lo antes posible.

Así será. Majestad ─ Salieri volvió a hacer una reverencia, para poder salir de allí lo antes posible. Debía mantener su fachada un poco más, no podía derrumbarse, no delante del Emperador y, desde luego, no delante de Mozart.

Sin embargo, no se encontraba bien. Nunca se encontraba bien cuando Mozart y su música se ponían en su camino, pero aquello era demasiado.

Salieri estaba convencido de que aquello acabaría con su cordura definitivamente. Solo esperaba que fuera lo antes posible, para acabar con aquel sentimiento oscuro que le atenazaba el corazón.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Lun 14 Mar - 6:51

SOUVERAIN DES LIBERTÉS
CHAPTER I:PAS DE BONNES NOUVELLES | PALACIO REAL

La noticia distó mucho de caerle como perlas, y nuevamente los estragos de la resaca se acentuaron en su organismo, no sabiendo cómo maquillarlos ni mucho menos sustituirlos. La sensación se asemejaba al descarapelar de la pintura vieja en una pared de madera, lenta y desgarradora. Fue una fortuna que el Emperador en persona no reparara en los gestos desencantados del joven genio de Salzburgo, aunque, estaba seguro, de haber sido así tampoco hubiese supuesto ninguna diferencia.

La seguridad de Jose II no tenía nada que envidiarle a la determinación de quien recurre a las medidas necesarias para conseguir alimento. Mozart, por su parte, seguía absorto en el pozo de sus pensamientos. Es decir, ¿por cuál otra clase de reacción debía decantarse? Obtuvo lo que durante todo su trayecto hasta el palacio real lo había tenido sediento, mas las condiciones resultaron una limitación más a la que debía enfrentarse.

Antonio Salieri era un compositor aclamado por multitudes, con un talento que, en su opinión, era estimable, mas totalmente desprovisto de chispa. Por si fuera poco –y no totalmente reacio a colaborar con otro músico debido a la disimilitud en sus obras– el hombre lo aborrecía hasta el extremo de haber atentado contra la ópera que debió haber sido la más espléndida de sus exposiciones, Las bodas de Fígaro. Cruzó entonces por su mente la idea de que detrás de toda aquella petición se encontraba el atentado de confabulación. Quizás Rosenberg buscaba urdir una intriga en su contra.

Majestad, si me permite el atrevimiento, creo que... –señaló cuando el compositor italiano hubo dado la vuelta para retirarse de la sala. Conocida de sobra era su irreverencia, la cual prefería llamar libertad de opinión, así que las palabras proferidas no tuvieron un sazón foráneo. No obstante, la única respuesta que obtuvo fue un concluyente rechazo; incluso el Emperador sorteó su mirada, enfocándose nuevamente en el piano.

Lo lamento, Herr Mozart. He perdido demasiado tiempo en espera de su llegada. Si desea consultar algún detalle, tendrá que hacerlo directamente con Herr Rosenberg. Ahora, retírese.

Sin otra opción viable realizó una reverencia más, precipitándose hacia el pasillo que aguardaba detrás de las enormes puertas de roble. Llevando una mano a su cabeza, revolvió ligeramente su cabellera. Decir que toparse con la figura sombría y estilizada de su ahora compañero de Sonata no representó un extraña contracción en su pecho era menospreciar a tan atípica sensación. Mozart relamió sus labios y caminó con gracia hacia el italiano, alzando el mentón en un signo de reconocimiento que debido a su naturaleza festiva llamó la atención de los guardias que se situaban en ambos extremos del corredor– Maestro –saludó– He de admitir, jamás creí que una idea como esta buceara por la cabeza de Herr Rosenberg algún día, ni mucho menos —acusó abiertamente sin sonar hostil– ¿Cómo era? Ah, sí... –entonces imitó la voz rasposa y gemebunda del susodicho— ¡Demasiadas notas! ¡Demasiadas notas! –Mozart intuía que esta era la manera que había encontrado para mantenerlo a raya.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Lun 14 Mar - 17:59

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Chapter I:Pas de bonnes nouvelles | Palacio Real

Salieri escuchó tras de sí la voz del otro compositor protestando, y la del Emperador poniendo punto final a sus palabras. No había escapatoria, el Emperador no admitiría como respuesta nada que no fuera la ópera en cuestión.

Salieri trató de mantenerse calmado y caminar como lo hacía normalmente, aunque sentía que a cada paso que daba, algo en su interior que llevaba años siendo frágil, se rompía más y más. Sin embargo, no podía derrumbarse allí, tenía que llegar a casa lo antes posible.

Desde luego, todo sería mucho más fácil si Mozart no hubiera corrido hasta ponerse a su lado y empezar a decir... estupideces. ¿Rosemberg? ¿Qué tenía que ver Rosemberg en aquello? Desde luego, aquel hombrecillo era un maestro de las conspiraciones contra Mozart, pero eran eso, contra Mozart, no contra Mozart y Salieri. Rosemberg quería que Mozart dejara la música, quería frustrar su carrera, no darle trabajo. Y, desde luego, no querría condenar a Salieri a aquello. Es más, el italiano estaba seguro de que Rosemberg se horrorizaría tanto como ellos dos al escuchar las noticias... Si es que no las conocía ya. Quizás por eso no se lo había encontrado en el palacio.

Rosemberg no tiene nada que ver con esto. ─ declaró, con su habitual tono impersonal, cortando la burla de Mozart. No entendía cómo podía tener ánimo para bromear en un momento así. Quizás porque realmente estaba deseando hacer aquello, trabajar junto a él y humillarlo corrigiendo todas sus ideas, riéndose de su música. ─ Y... Mozart... ─ añadió, mirándole con desaprobación. ─ Controla tu lengua. Estás riéndote de un miembro de la nobleza. En el Palacio Real.

Tampoco le sorprendía. Mozart tenía una facilidad asombrosa para resultar irreverente, pero Salieri no quería escucharlo más, quería estar solo, no aguantar sus bromas fuera de lugar. Sabía que Mozart encontraba estúpida aquella acusación. "Demasiadas notas". Sí, eran demasiadas notas, a los músicos les resultaba difícil tocar todas e incluso habían declarado que algunas de sus melodías eran "intocables". Salieri, por su parte, sabía que aquella música podía representarse, pero... no iba acorde a lo que dictaba el decoro. Habían dejado atrás los desfases del Barroco, afortunadamente. ¿Por qué Mozart insistía en llevar la contraria a todo?

Y, sin embargo... De su pluma nacían obras sublimes. Desde luego, no era algo que fuera a reconocer en voz alta, pero aquello no lo hacía menos cierto. Salieri aún recordaba aquella sensación desgarradora cuando había escuchado Traurigkeit ward mir zum Lose por primera vez. Aquella mezcla de emociones que era incapaz de entender pero que, desde entonces, habían empezado a acabar con él. Aquella aria había sido un golpe que había dejado infinitas grietas en su ser y que poco a poco, fracturaban más y más su alma, hasta que solo quedaran esquirlas de lo que una vez fue. Y, sin embargo, sentía que podría tirarse el resto de su existencia escuchando aquella melodía, disfrutando del dolor que le causaba, porque no era bueno, porque ante la mediocridad que le envolvía, solo le quedaba flagelarse.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Mar 15 Mar - 1:10

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CHAPTER I:PAS DE BONNES NOUVELLES | PALACIO REAL

Con un ritmo mucho más resuelto y siendo impulsado por la inquietud que progresivamente lo hundía en un cráter de confusión y sospecha, Wolfgang siguió, ni tardo ni perezoso, el marchar elegante del Maestro de Capilla, quien en ningún momento hizo amago de detenerse, implicando así el afán de una escapatoria libre y sin inconvenientes. La apatía formaba parte de la idiosincrasia del compositor de Les Danaïdes, así que resultaba complejo deducir su verdadero estado de ánimo la mayoría de las veces, o si en realidad era capaz de experimentar algún otro sentimiento además de la indolencia; pero esta vez la tensión en sus hombros delataba que las buenas nuevas no poseían ningún carácter positivo al igual que para el músico austriaco.

Fue inevitable reaccionar ante la displicencia con la que estaba siendo tratado. Sin embargo, Mozart se había acostumbrado a recibir semejante trato por parte de su congénere; a decir verdad, poco impacto tenía en su autoestima referida actitud. No, dicho desdén no fue la razón por la cual detuvo sus pasos de manera estrepitosa, mucho menos se debió a la mirada reprobatoria que atentó con enterrar su filo hasta lo más profundo de su estabilidad. El verdadero desencadenante de tan abrupto frenar fue la acusación que se izó en el aire.

¿Mofarme? —entornó su mirada, habiendo susurrado dicha frase, sopesándola y acariciándola con un enronquecimiento en el que cató su significado— ¡Yo, mofarme! —esta vez alzó la voz pretendiendo ser escuchado, pretendiendo evitar que Antonio Salieri avanzara un paso más hacia el extravío de su silueta en medio de las puertas más cercanas. Se sintió abusado por esa simple frase, ofendido, como cuando Hieronymus von Colloredo, ¡el gran Muftí!, le echó en cara su posición, humillándolo y tiranizándolo, decretando que su lugar estaba en la cocina, junto a los sirvientes.

Mozart podía ser un hombre optimista y adepto a las bromas, a la jocosidad, mas en ningún momento hizo mofa con sus palabras. No esta vez. ¡Todo lo contrario! Lo tomó como un insulto, pues no quería volver a escuchar que él era menos que la nobleza. Además, quien parecía ser la verdadera víctima de una agravio era él— Ustedes son quienes se mofan —dijo levantando ambos brazos para después dejarlos caer sobre sus costados, produciendo un sonido seco. Ladeó el rostro— Un miembro de la nobleza —repitió bufando con tintes irónicos—, con descaro me río de su presuntuoso título, pero no de las excesivas restricciones que seguís poniendo en cuanto a mis óperas —una imperceptible negación con la cabeza prosiguió a sus palabras. Resultaba bastante obvio lo que estaba sucediendo y, aunque no podía hacer nada para evitarlo, al menos escupiría en esos momentos lo que por su mente cruzaba cual estrellas fugaces— Está claro que necesitan al maestro de la corte supervisando mi trabajo en todo momento.

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Última edición por Mozart el Miér 16 Mar - 5:29, editado 2 veces


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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Mar 15 Mar - 12:17

SOUVERAIN DES LIBERTÉS
Chapter I:Pas de bonnes nouvelles | Palacio Real

La voz de Mozart se elevó por los pasillos, para desgracia de Salieri. Si al menos dijera algo cabal, algo que no fuera una sarta de disparates... Pero no, el austriaco estaba decidido a llamar la atención, como un niño pequeño que necesita que le hagan caso y monta un berrinche en un lugar público. ¿Por qué se extrañaba de que le acusara de burlarse de Rosemberg? Lo había hecho, imitando su voz, riéndose de sus acusaciones.

Salieri sabía que quería que detuviera sus pasos y se encarara a él, pero no sabía qué movía a Mozart a comportarse así. Era un genio, podía tener a toda Viena comiendo de la palma de su mano si se dignara a no montar un espectáculo cada vez que abría la boca, si supiera comportarse. ¿Cómo podía alguien que escribía aquellas maravillas, dignas de alguien sumamente experimentado, tener la mentalidad de un niño de tres años?

Desde luego, Mozart no se iba a quedar en las simples acusaciones, con fundamente, que había proferido Salieri anteriormente. No, quería llegar más lejos. Salieri se preguntó si estaría intentando que le metieran en la cárcel para no tener que trabajar con él, pero ni siquiera Mozart podía ser tan estúpido como para desear aquello... Claro, que estaba demostrando ser un completo idiota diciendo aquello en voz alta y en aquel lugar.

¿Acaso se estaba burlando de la aristocracia? Ya lo había hecho con Las bodas de Fígaro, alegando que era un canto a la libertad, no a los ecos revolucionarios que se extendían por el continente y que habían hecho que el Emperador prohibiera la obra de Beaumarchais. Salieri ignoraba cómo había logrado eludir la prohibición y la censura, pero, desde luego, aquello no estaba arreglando en absoluto la relación que Mozart pudiera tener con los miembros de la clase alta.

Salieri se giró para mirarlo, entornando los ojos. Mozart escapaba de su comprensión, por más que intentara entenderlo. Aquella actitud era... absurda, inútil. No iba a obtener nada llevándole la contraria al mundo, salvo ser aplastado por él.

Te lo dije una vez, pero imagino que se te ha olvidado. Conoce cual es tu lugar y no intentes ir más allá. ─  No había amenaza en su voz, al igual que no había sentimiento alguno. Era un consejo.

Un consejo que se veía obligado a dar. No quería que Mozart acabara en la cárcel. Un oscuro deseo que se agazapaba en su alma quería seguir escuchando la música que compusiera el austriaco, música que no podría componer entre rejas. Y Salieri se odiaba por ello, por ser dependiente de algo que acabaría con él. Adicto a aquel veneno, el italiano necesitaba que Mozart siguiera componiendo, a la par que ansiaba destruir aquellas obras que le envenenaban hasta el punto de enloquecerlo.

¿Restricciones? ─ repitió, dotando su habitual tono impersonal con una entonación interrogativa. Él no restringía nada. Era el decoro, las reglas, el buen gusto. Todo aquello que Mozart no respetaba. ─ Gluck escribió la Reforma para acabar con los desfases del Barroco, que reducían a los compositores a meras marionetas de las sopranos y los castratti. Puede que tu ego no te permita ver más allá... Puede que tu ego no te permita ver que si te ríes de tu público, es probable que tu público no te quiera.  ─ dicho aquello, volvió a dar media vuelta, esperando que aquello fuera suficiente.

¿Cómo podía pensar que él estaba al nivel de la nobleza? ¿Y cómo podía menospreciar así a aquellos gracias a los cuales había llegado a donde estaba? Sin la aristocracia, las artes no serían nada.

Puedes creerme cuando te digo que a mí tampoco me gusta esto, pero son los deseos del Emperador. No estoy aquí para hacer de niñera, Mozart. Espero que tú tampoco estés aquí para hacer de niño.  ─ añadió, en un tono de voz lo suficientemente alto como para que el otro le escuchara, sin girar la cabeza y emprendiendo la marcha de nuevo.

Entendía que Mozart sospechara de todo, de Rosemberg y de él mismo, y no podía culparle por ello, pero aquello no era ninguna conspiración. Eran los caprichos de un hombre que podía tener todo lo que quisiera con tan solo pedirlo, un hombre que si quería frustrar la carrera de alguien, no tenía más que chasquear los dedos. Aquella trama, tan elaborada en la mente de Mozart, era tan sencilla como la mente del Emperador.
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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Miér 16 Mar - 5:27

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CHAPTER I:PAS DE BONNES NOUVELLES | PALACIO REAL

Tu lugar... ¡Tu lugar! Como un ciervo más, como un simple criado del Emperador. Un sirviente de la alta sociedad, siempre sometido a prescripciones que en ningún momento solicitó. Recordó entonces la humillación que en el pasado le hizo querer abrir sus alas y despegar hacia la realización de sus sueños. Era consciente de sus crimines contra la realeza y, aunque Jose II no se comparaba en absoluto con el gran Muftí, no pudo evitar sentir la misma cuchilla que atravesaba su corazón y que hería su orgullo.

Wolfgang Amadeus Mozart... subyugado, escapando de lo que era imposible escaquearse, dando vueltas en círculos y tropezando de vez en cuando. Estaba rodeado por una humanidad compuesta por hombres que visten mejor que otros, portando miradas soberbias y pisoteando al resto como viles cucarachas. Un escafalón que no dejaría de existir en ningún rincón de la tierra. Ah, pensó, esta marca ya la había visto antes, tallada sobre otro tronco.

Una tras otra las sentencias de Salieri fueron cayendo sobre sus hombros, inspiradas con tal firmeza que ninguna ocasión hubo de réplica. Gluck, reformas, Barroco, castratti, bla, bla, bla. Mozart hubiese podido convertirlas en notas si no se encontrase tan abstraído en el debate interno que una vez más se veía confrontando tras un filamento de conjeturas que sólo originaban recelo.

Fue al escuchar sobre el afecto de su público cuando la última de las piedras azotó cual granizo sobre su cabeza, haciéndolo devolver la mirada y su completa atención hacia el hombre que le daba la espalda.

¿Su público? El que restaba después de que cancelasen una de sus más reveladoras obras. Wolfgang parpadeó, sintiendo cómo la confusión se evaporaba paulatinamente. Por su público, efectivamente, es que verdaderamente luchaba. Era la necesidad de hacerles llegar el mensaje de su música la que lo hacía adoptar esa posición insurgente. ¡El amor de su público era lo que más anhelaba! No riquezas ni títulos pomposos, esos podían reservarlos a quienes sedientos de poder se dejaban llevar por actos opresores.

Como siempre, buscando ser el verdugo de su propio destino y el rey de sus sueños, decidió que volvería a reírse de quien fuera necesario, y seguiría estando a gusto con sus crímenes si de complacer a su auditorio se trataba. Viró a su alrededor luciendo perdido, flotando en el espacio mientras estudiaba las opciones a ejecutar...— ¡Espera, Salieri! —gritó nuevamente, apresurándose para alcanzar su paso. En el trayecto chocó contra una doncella, a quien besó en la mejilla esbozando una sonrisa. Cuando por fin pudo aventajar, profirió— Si vamos a hacerlo aquí, preciso de mi piano. No puedo tocar en otro que no sea ese —señaló— O si lo prefieres podemos hacerlo en mi estudio.

Ofreció resuelto a que ésta sería una de sus más grandes composiciones. Cabe destacar que no era adepto a permitir la entrada a su estudio, ni siquiera a Constanze, pero estaba dispuesto a hacer una segunda excepción.
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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Miér 16 Mar - 10:00

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Chapter I:Pas de bonnes nouvelles | Palacio Real

Salieri continuó andando, más centrado en llegar a su casa que en lo que acontecía a su alrededor. Esperaba que sus últimas palabras, aquella sentencia, diera que pensar a Mozart sobre su comportamiento pueril. Debían trabajar juntos, no había vuelta atrás, pero si tenían que hacerlo, el trabajo estaba relacionado con la música, no con la educación, Mozart debía aprender a comportarse, estaba claro. Y él... Él debería volver a aprender a escribir música, si es que realmente había sabido hacerlo alguna vez.

Salieri escuchó la voz de Mozart llamándolo desde atrás, por lo que redujo ligeramente la velocidad de sus pasos, aunque no se detuvo. Quizás Mozart tenía algo importante que decir, pero lo dudaba, de modo que optó por lo intermedio entre ignorarlo y pararse para escuchar lo que quería. Como había esperado, simplemente era para llamar la atención, porque no dijo nada... O, más bien, tardó en volver a abrir la boca, lo cual hizo cuando llegó a su altura.

Y, desde luego, las palabras del austriaco no hicieron más que acentuar lo infantil y caprichoso que era. ¿De verdad necesitaba su propio piano? ¿Acaso los demás no eran dignos de su genialidad? Y, sin embargo... Salieri no podía negar, no a sí mismo, que sintiera curiosidad por conocer el estudio de Mozart, el lugar del que salían todas aquellas obras maestras. No podía evitar sentir curiosidad por conocer aquel pequeño santuario de la música. Desde luego, jamás aceptaría aquello en voz alta y jamás se lo diría a Mozart.

Muy bien. ─ aceptó, tratando de parecer totalmente impasible y, en cierto modo, exasperado ante las exigencias de Mozart lo cual, de alguna forma, lo estaba. ─ Lo haremos en tu estudio. Pero no toleraré distracciones ni interrupciones de nadie. ─agregó.

Salieri no podía evitar recordar el día en el que habían ido a comprobar cómo marchaban los ensayos del Rapto del Serrallo y todo el tiempo que habían perdido esperando a que Mozart acabara de coquetear con la que entonces debía ser su amante y que, posteriormente, se había convertido en su mujer.

¿Algo más? ─ inquirió, entrecerrando los ojos.

Salieri esperaba fervientemente que no. Esperaba que Mozart se diera por satisfecho al escuchar su respuesta afirmativa, así como esperaba que aquello de ceder a sus exigencias no sirviera de precedentes. En realidad... si había aceptado aquello había sido más una cuestión de uro egoísmo que de complacer a Mozart. Y, siendo sincero, preferiría que hubiera sido al revés, que sus decisiones no dependieran de sus deseos más patéticos, sino de una especie de magnanimidad que le hubiera situado moralmente por encima del austriaco. Pero, en aquellos momentos, su moral parecía más bien inexistente, así como su dignidad, permitiéndose ser manipulado por sus propios deseos.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Sáb 19 Mar - 3:25

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CHAPTER I:PAS DE BONNES NOUVELLES | PALACIO REAL

No se mostró sorprendido ante la firmeza expuesta que recibió a cambio. No obstante, lo que sí condenó su curiosidad fue la elección de palabras para expresar la orden. ¿Interrupciones? Carecía de explicación alguna. ¿En qué se basaba para enfatizar dicha cuestión? Por un momento intuyó que se trataba de una especificación respaldada por hechos concretos, pero al no obtener una respuesta en medio de sus cavilaciones, dio por sentado que se trataba de una simple condición general, producto de los menesteres de una persona dedicada a su trabajo y dispuesta a terminar lo antes posible con el.

Mozart también prefería acelerar el proceso, dado que jamás hubiese esperado una petición de semejante índole. Es decir, no se rehusaba a participar en colaboraciones con otros músicos; sin embargo, si estas debían de emerger sería bajo un acuerdo mutuo. Esto no parecía asemejarse a un convenio consentido, por más que ambos compositores tuvieran presente la calidad de su trabajo.

Quiso rebatir el hecho de que pese a todo era un profesional y no tendría por qué preocuparse, mas su señalamiento se perdió entre el murmuro divertido que prosiguió de una risa coqueta a sus espaldas. Su atención irremediablemente fue robada ante aquel diminuto sonido, por lo que se vio inmerso en un súbito cambio de escena. Escena en la que el protagonista de sus intereses no se trató del compositor italiano, sino de la fémina de cintura pronunciada y llamativos zafiros que tan sólo hace unos momentos hubo robado a primera vista su corazón.

No habrá interrupción que valga la pena escuchar cuando de componer nuestra ópera se trate, maestro. —aseguró con aquellos tintes arrogantes que dejaban entrever una seguridad merecedora de admirarse; siempre al hablar resuelto a demostrar las implicaciones de sus palabras, ni más ni menos. Pero, luego entonces, la misma vocecilla distante se alzó entre el inflexible silencio que se clavó repentino entre ellos, clamando su nombre.

Su rostro, de mostrarse impecable y determinado, pasó a ser uno completamente juguetón, vistiendo sonrisas que presagiaban buenas nuevas— No, no. No hay mucho más que pueda decir. Lo veré al alba. —exclamó, de pronto luciendo más presuroso que enfocado. Y, sin prestarle más importancia, se dio la vuelta para encaminarse en dirección hacia la chica que pegaba brinquillos al verlo acercarse ágilmente.

¡Mademoiselle, he anhelado por un beso suyo desde la distancia!

Teniéndola cerca coqueteó con ella, susurrando más halagos en su oído al abrazarla de la cintura para erradicar cualquier insensata distancia que pudiese separarlos. Todo a consciencia de una tercera presencia que, al ser recordada, hizo a Mozart detenerse para gritar desde su posición— ¡Ah! ¿Y Salieri? —se relamió los labios— ¡No olvides llevar aperitivos! —ordenó sin prudencia alguna, riendo estridentemente junto a la mujer que acaparaba todo el espacio entre sus brazos.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Sáb 19 Mar - 16:17

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Chapter I:Pas de bonnes nouvelles | Palacio Real

Salieri escuchó una risa a sus espaldas, una risa femenina que, sin duda, nada tenía que hacer allí. Pero allí estaba, rodeando a Mozart. No debería extrañarle, pero no podía evitar que le molestara. ¿Es que no era capaz de... de evitar cosas así? No era culpa de la chica, no toda, al menos. Salieri podía notar cómo la atención del austriaco se centraba en la joven, dando de lado su conversación. A pesar de que Salieri estaba deseando irse, aquella falta de respeto era superior a él. El hecho de que, de repente, hubiera dejado de existir porque en el mundo solo estaba aquella chica era, cuanto menos, molesto. Especialmente teniendo en cuenta que le acababa de asegurar que no habría interrupciones con aquel tono de superioridad tan exasperante. Si ni siquiera era capaz de controlarse en palacio... ¿Cómo sería en su casa?

Bien. ─ respondió, aún sabiendo que posiblemente Mozart no le prestaría ninguna atención.

Salieri observó la escena que se desarrollaba ante sus ojos durante unos segundos, con gesto reprobatorio. Aquello era lamentable, repugnante. Consciente de que el austriaco no lo necesitaba en absoluto (afortunadamente), Salieri apartó la mirada de aquella comedia grotesca, girando sobre sus talones para alcanzar la salida. Y, una vez más, la voz de Mozart lo interrumpió. No se giró, aunque sí que había detenido sus pasos cuando escuchó la última de las burlas de Mozart, coreada por las risas de la mujer.

El compositor podía sentir cómo la furia le invadía por dentro, quemando su ser. ¿Cómo podía tener tan poca vergüenza? ¿O, acaso, simplemente lo hacía para lograr que se enfadara, para volverle loco? Salieri tenía fama de ser un hombre cabal, un hombre que no se sobresaltaba por nada. siempre había sido de hielo. Probablemente Mozart quisiera humillarlo provocando que explotara, que dejara atrás sus buenas maneras, su educación. Quizás se había propuesto, como una especie de reto personal, destruir lo poco que le quedaba de sí mismo. Fuera como fuese, Salieri no lo iba a permitir y, aunque por dentro los sentimientos empezasen  a devorarlo, debía mantener la fachada de piedra. Al menos hasta que llegara a su hogar.

Ignorando las palabras de Mozart, Salieri continuó su camino hasta salir a la calle, donde agradeció el aire helado que le invadió los pulmones. Tomó varias bocanadas, sintiendo cómo el frío entraba en su cuerpo, calmando la ira que lo había poseído instantes atrás. Unas pequeñas nubes de vaho salieron de su boca, y se fueron deshaciendo en el aire hasta que no quedaba nada de ellas salvo el recuerdo. Por desgracia, a diferencia de aquellas nubes, todo aquello que atormentaba al italiano no se había desvanecido, más bien lo contrario. Seguían allí, y nunca se irían. Salieri sacudió la cabeza, tratando de apartar aquellos pensamientos, de olvidarse momentáneamente de la ópera, de Mozart, especialmente después de advertir una figura que se acercaba No tenía ganas de hablar con nadie, así que optó por evitarla. Con paso presto, se dirigió hacia la carretera, ordenado al conductor del carruaje que lo llevara a casa.

Una vez allí, entre aquellas paredes familiares, se apresuró en subir a su estudio, ordenando que no se le molestara en lo que quedaba de día. Cerró la puerta con llave, para asegurarse de que nadie le interrumpiría y se derrumbó contra la puerta,cayendo sobre el suelo, incapaz de dar un par de pasos para coger una silla. Su mirada se alzó durante unos segundos, mirando el piano que presidía la estancia, lo cual le hizo esbozar una sonrisa amarga. La música se reía de él, y él se encerraba en el santuario que le había construido. A su alrededor, todo era música. Había partituras por todas partes, partituras inconclusas que jamás serían terminadas porque no merecían la pena, partituras condenadas.

Como él.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Vie 25 Mar - 0:34

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CHAPTER II: S'il faut mourir | Residencia Mozart


El día transcurrió como agua en compañía de la joven de pómulos prominentes y labios asalmonados. Wolfgang se permitió disfrutar rindiéndose ante la distracción obsequiada. No obstante, pese a su carente fachada de suspicacia, dentro de sí aún persistía la incógnita de los eventos venideros y las razones detrás de estos. De alguna retorcida forma intuía que ésta podía tratarse de la oportunidad idónea para demostrar, a quien con desinterés le miraba, cuán capaz era de cautivar al público con su música. No quiso seguir atribuyendo conjuras, sino vivir el momento.

Tras el tiempo acontecido, la luz del todavía oculto astro rey comenzó a desvanecer aquel frío y profundo azul para reemplazarlo por un gris liviano que no tardó en mudar su coloración a una más cálida. Los primeros rayos se filtraron a través de los ventanales y, para ese entonces, el compositor austriaco ya había concluido su ritual de higiene, así como las tareas pendientes del día previo. Su bien sabida naturaleza matinal dejó nuevamente su estampa.

Si su memoria no fallaba, había citado a Salieri temprano, por lo consiguiente no tardaría en arribar a la residencia.

Una de las más estrafalarias peticiones del joven prodigio consistía en llevar su piano adondequiera que se encontrase si era necesario, pues incómodo se sentía con cualquier otro artefacto. Componer no requería del todo la presencia de un instrumento, al menos no para él, quien tenía la habilidad de reproducir las notas musicales en su mente y rememorarlas sin necesidad de grabarlas en algún elemento tangible. Sin embargo, la ausencia de sonido y prescindir completamente de una reproducción real no sería la mejor opción cuando de trabajar en conjunto se trataba.

El arreglo de emplazamiento le vino bastante bien.

Y así, sin más, deambulaba de un lado a otro en su estudio, habiendo adelantándose un poco con el afán de ofrecer ciertas ideas que podrían servir para la ópera. En cuanto se puso a ello, las posibilidades borbotaron una tras otra, excluyendo cualquier atentado de frivolidad y bloqueo. La espera no supondría una molestia si de estar inmerso en su ingenio debía. No siempre le fue fácil concebir partituras enteras dentro de un tiempo récord, mas actualmente su habilidad podía ser considerada fruto de los más grandes esfuerzos y la más fiera pasión.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Dom 27 Mar - 3:10

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CHAPTER II: S'IL FAUT MOURIR | RESIDENCIA MOZART

Había sido una de las peores noches de su vida. El insomnio, su fiel compañero, no le había abandonado y, las pocas veces que había logrado cerrar los ojos, se había visto atormentado por pesadillas: Mozart riéndose de él. Mozart rompiendo sus partituras, quemándolas,o lanzándolas por los aires. El Emperador despidiéndole, defraudado al no ver completado su encargo, u horrorizado al escucharlo. Viena entera abucheando la obra porque él, inepto inútil y mediocre, estropeaba la música de un genio como Mozart.

Se había despertado enredado en las sábanas, empapado de sudor. Se había echado agua fría en la cara y había abierto la ventana, como si el aire frío y el viento pudiera llevarse sus miedos, en vano. Una tras otra, las pesadillas habían destruido la poca confianza que tenía en que aquello saliera bien e, incluso, en sí mismo. La idea de trabajar con alguien como Mozart no era tan terrible comparada con la idea del resultado, resultado que sería nefasto sin duda alguna porque... era imposible. Mozart y él no tenían nada en común salvo el amor por la música, y, desde luego, la música no los quería por igual. Mozart la había seducido como había hecho con la sirvienta de palacio y como hacía a diario con las mujeres de Viena; arrebatándosela a Salieri, que jamás seria capaz de olvidarla. La música era una amante selectiva y caprichosa que lo despreciaba, pero él seguiría enviándole flores que se marchitaban, víctimas el olvido y el desprecio.

Afortunadamente, el insomnio había hecho que no se quedara dormido (cosa prácticamente imposible) y que tuviera tiempo para asearse, desayunar, comprar unos aperitivos y poder llegar con tiempo de sobra a casa del otro compositor. Por otra parte, como recuerdo, las pesadillas le habían dejado bajo los ojos unas ojeras más pronunciadas de lo normal que no mejoraban, en absoluto, su aspecto. En cuanto a los aperitivos... No los compraba porque Mozart se lo hubiera dicho, era simplemente educación. Una caja de los mejores bombones de Austria que, con suerte, acabarían en la basura. Salieri deseaba que los Mozart pensaran que les habría dado algo envenenado (algo que, teniendo en cuenta lo paranoico que parecía Mozart, no sería de extrañar) y desecharan el regalo. Prefería tirar dinero a la basura que al estómago de Mozart.

Cuando llegó a la puerta del edificio, tomó aire antes de llamar. No sabía qué iba a encontrarse tras aquel umbral y, aunque sentía curiosidad, también sentía ganas de dar media vuelta y sugerirle a Rosemberg que hiciera todo lo que se le ocurriera para convencer a Su Majestad de que aquello era una locura. Por desgracia, sabía que ni todos los complots del mundo harían cambiar de opinión a José II, así como que aquella idea era una estupidez, lo cual no hizo que no pudiera fantasear con el verse liberado de aquella losa infernal que tan solo le hundiría más en el Tártaro.

Finalmente, alzó la mano para llamar, tragando saliva y manteniendo su habitual pose erguida y su rostro inmutable, aunque por dentro fuera todo lo contrario. Fuera como fuese, en cuestión de segundos alguien abriría la puerta. Lo mejor que podía hacer en aquellos momentos era centrarse en que, por muy eterno que aquello se le hiciera, mientras antes empezaran aquello, antes acabarían.
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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Lun 18 Abr - 4:03

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CHAPTER II: S'il faut mourir | Residencia Mozart

Una tras otra las notas se fueron apilando serviciales dentro de las oquedades de su memoria, fascinándolo con el encanto del eco arrastrado que abre lugar a nuevas y alucinantes melodías; las cuales, ni en sus reflexiones más extravagantes, hubiese podido premeditar. Cada idea emerge como el brote de un pétalo jamás recuperable, cuya florescencia debe saber apreciarse antes de que su belleza se marchite; nace, también, con el aprovechamiento de un sólo tiro: su existencia es transitoria, por lo que no se debe perder ripio.

Y así sucesivamente notas que germinan hasta superar un número considerable que las asemeja a una hojarasca tras el estío. ¡Son tantas que el placer reside en ordenarlas en un perfecto desorden!

Wolfgang Amadeus Mozart termina por encontrarse absorto en sus propios propósitos, pero sobre todo en la música que, aunque inexistente, le rodea como si fuese espectador único en el recinto. Sus sentidos se bloquean por completo, excluyéndolo del mundo arrogante y lleno de prejuicios que, desgraciadamente, le rodea. Siquiera es capaz de advertir lo que ocurre detrás de la puerta lacada que le separa de la estancia, donde Constanze, su amada esposa, hace ostentación de sus modales y recibe —no tan gustosa— al compositor italiano.

Relame su dedo índice e intenta buscar la partitura que hace unos segundos hubiese desahuciado, porque, claro, la rapidez con la que funciona su mente no le permite trabajar en línea recta. Quizá resulta descortés haber tomado la iniciativa de trazar sobre papel el comienzo de lo que debiera ser una ópera en conjunto; mas, ¿podía culpársele? Difícilmente se cataloga como alguien adepto a perder el tiempo una vez que la determinación y el anhelo abruman cada rincón de su cuerpo.

A través de una tercera perspectiva, el cuadro que presencia tan excitada escena se inunda exclusivamente con el sonido de la pluma chocar contra el fondo del tintero, pero, contra todo pronóstico, una sensación surrealista de estridencia acompaña cada movimiento, como si hubiese sido concebida para seguir el ritmo.

Tal vez se trate también de la voz aguda de su mujer guiando al músico hacia la habitación en donde se encuentra. Tal vez se trate de los pasos que prosiguen a dichas indicaciones. No se toma la molestia de enterarse; tampoco cuando la puerta se abre y debe suspender, por sentido común, sus acciones. Mozart no hace amago de reprimir la energía que lo rige y así levantar la cabeza para percatarse de la figura esbelta que ahora lo acompaña, porque, siendo sinceros, no tiene idea.



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Última edición por Mozart el Sáb 23 Abr - 3:37, editado 1 vez


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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Lun 18 Abr - 23:48

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CHAPTER II: S'IL FAUT MOURIR | RESIDENCIA MOZART

Una mujer abrió la puerta. Salieri sabía que se trataba de la mujer de Mozart. Quizás era pronto para que llegara el servicio, o quizás no tenían dinero para criados. No era ningún secreto en Viena que los Mozart no nadaban precisamente en la abundancia, y que eran más dados a gastar lo que tenían (cuando tenían) en fiestas, lujos y derroches que en ahorrar. Salieri contuvo un suspiro, mientras hacía una reverencia respetuosa y le tendía el regalo que había comprado, acompañado de un saludo educado.

Por supuesto, Constanze (se acordaba de su nombre porque era el mismo que el de la protagonista del Rapto en el Serrallo) miró con desconfianza tanto a los dulces como a su portador. Salieri no podía culparla, era consciente de que no iba a ser bien recibido allí desde antes siquiera de saber que tendría que ir. Tampoco pretendía cambiar la percepción de su persona que tenía la mujer, era justo lo que se merecía, y no podía negar haber sido parte de aquellos complots. Y, aunque hubiera intentado convencer a la mujer de lo contrario, no le habría creído.

La voz de Constanze, seca y distante, nada que ver con el tono cariñoso que le había escuchado usar en compañía de Mozart, le guió por la casa hasta llegar al estudio, detrás de cuya puerta Salieri podía escuchar los acordes de una melodía que no conocía. La mujer abrió la puerta y Salieri volvió a hacer una leve reverencia respetuosa con la cabeza para despedirse. Constanze imitó su gesto, más por educación que porque realmente sintiera algún respeto hacia él. Después, desapareció, dejando a Salieri a solas con Mozart.

Sin embargo, pasados un par de segundos se dio cuenta de que no era así. Mozart estaba a solas, pero no con él, sino con la música. No se giró para saludar. De hecho, parecía no haberse enterado de su llegada. Salieri tragó saliva, incómodo. Se sentía una suerte de vouyeur, el tercero en discordia. No pintaba nada en aquella habitación. La música surgía de los dedos del compositor, danzando por toda la habitación, como llamas en una hoguera. Salieri retrocedió, apoyándose contra la puerta, como si así pudiera camuflarse con ésta y desaparecer, ya que salir de la habitación no era una opción. Constanze sin duda estaría fuera. Constanze... Constanze se había convertido, inconscientemente, en su carcelera. Y allí estaba él, preso en el Infierno, un infierno con aspecto de Cielo, el Tártaro disfrazado de Párnaso.

Llamar la atención del compositor, por otro lado, no era una opción. ¿Cómo podría interrumpir aquel milagro? Salieri jamás se lo perdonaría, de modo que jamás lo haría voluntariamente. Quería... necesitaba escuchar aquella melodía hasta el final. Y se odiaba por ello, porque sentía que, de algún modo, estaba interrumpiendo un momento íntimo, que no debería estar allí, que no le correspondía escuchar aquello, pese a que había quedado en acudir a aquella hora y, técnicamente, Mozart debería estar preparado para recibirle. Sin embargo, y por absurdo que pareciera, en aquellos momentos no podía culpar al austriaco, solo a sí mismo.

De modo que allí estaba, esperando que aquello acabara pero deseando que no lo hiciera. Sonrió con amargura, mientras la música le envolvía, riéndose de él mientras se regocijaba en el genio de Mozart.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Sáb 23 Abr - 3:27

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CHAPTER II: S'il faut mourir | Residencia Mozart

Capturar en un fotograma la presteza que se adueñaba de sus falanges hubiese sido la tarea más ardua que alguien se hubiese podido plantear. Mozart poseía una habilidad extraordinaria, si bien por muchos considerada innata, también labrada a lo largo de los años, cuya magia transformaba sus composiciones en obras de arte poco remedables, por no decir casi ficticias. La premura de ciertas notas lograba fusionar a las mismas hasta el punto de volverlas irreconocibles; realizadas con tanta puntualidad que hundían el entorno en un jolgorio digno de celebrarse.

Para lo que muchos resultaba una exageración, para otros tantos significaba un deleite auditivo. Lo cierto era que su trabajo no llevaba consigo ninguna clase de pretensión rimbombante, sino el gozo de lo desconocido.

Así, conforme el segundero avanzaba y las ideas fluían, se vio extraviado dentro de su propio universo, mas fue inevitable reparar en que sus exhalaciones no coincidían con las que, a sus espaldas, florecían in crescendo cada vez que el silencio surgía. Esa simple observación le hizo cortar de un solo tajo su interpretación, girándose en automático hacia el lugar de donde provenían aquellas respiraciones desiguales. Victima de la impresión, y tras haber registrado en un parpadeo de quién se trataba, se levantó dotado de vida en un gesto de cortesía.

Antonio —murmuró no tan 'educadamente' al haberse apoderado de sus labios una sonrisa de júbilo que emergió al verlo materializado a tan sólo unos cuantos pasos de distancia, como si todo este tiempo no hubiese sido más que una imagen inalcanzable, únicamente concebida en sueños. La energía que lo caracterizaba repentinamente se desprendió de su anatomía, pues se vio ligeramente enmudecido debido a la expresión agridulce que descansaba sobre la faz ajena. ¿Cuántas veces, si no la mayoría, había podido apreciar en su público muecas de excitación superflua? Justo ahora no era capaz de encontrar la definición perfecta para interpretar lo que sus ojos aprehendían.

Relamiéndose los labios entornó la mirada, emprendiendo paso hasta llegar a él. Había alrededor de Antonio Salieri una oscura bruma que, pese a su evidente amenaza, no lo amedrentó en absoluto— Bienvenido, amigo mío —colocó una mano en su hombro, oprimiéndolo suavemente, orillado por la necesidad de obtener cualquier otro visaje que respondiera a la reservada pregunta: ¿cuál era el sentimiento que lo afligía? ¿Qué nombre tenía la sensación detrás de esa amargura que vestía? Y, entonces, buscó su mano y la estrechó, no esperando que su compañero tuviera la intención de devolver el gesto— Te esperaba ansioso. ¿Tuviste inconvenientes para llegar hasta aquí?

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Última edición por Mozart el Mar 10 Mayo - 14:02, editado 2 veces


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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Sáb 23 Abr - 22:50

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CHAPTER II: S'IL FAUT MOURIR | RESIDENCIA MOZART

La música se detuvo. Pero no cuando tenía que acabar. La última nota se quedó vibrando en el aire, como si esperara al resto de sus compañeras, pero éstas nunca llegaron. Mozart se giró, mirándole. El culpable de que aquella melodía quedara incompleta era él. Una vez más, parecía que la música se reía de él, no le dejaba escucharla porque no era un público digno de ella. Solo cuando pudiera ser representada ante el público, aquel incapaz de entender aquella obra maestra, le permitiría disfrutarla. Era como una doncella que, tras permitir que Mozart la tocara, tras abrirse a él... Se convertía en una cortesana a la que cualquiera tenía acceso. Una cortesana que no necesitaba ser amada nunca más, pues no había nada como el primer amor.

Mozart ─saludó, usando su apellido con toda la intención.

¿Quién se creía que era para tratarlo con tantas confianzas? Probablemente tan solo se estuviera riendo de él, una vez más. Pero no iba a caer en su trampa y corregirle, no iba a pedirle que le llamara Salieri porque no se iba a rebajar a pedirle nada a aquel hombre. Tampoco hizo ningún comentario cuando lo llamó amigo, aunque no puso evitar tensarse cuando sintió la mano de Mozart sobre su hombro. Tantas confianzas... eran molestas, e incómodas. Sin duda, Mozart sería consciente de ello y solo lo hacía para molestarle. Precisamente por ello, Salieri se contuvo para no decir nada al respecto, pero, inconscientemente, su cuerpo reaccionaba ante aquel contacto indeseado.

Si le estrechó la mano, fue más por educación que por otra cosa, justo como antes le había pasado a él con la Señora Mozart. Pero, al igual que ella, Salieri no podía evitar desconfiar del hombre que tenía delante, asi como sentirse incómodo por su presencia. ¿Por qué actuaba de aquella forma? Parecía extrañamente genuino, y eso era lo que más le escamaba. ¿Hasta que punto iba a llevar aquella tortura? Salieri hubiera preferido mil veces ser tratado como segundos antes le había tratado Constanze que con aquella familiaridad que, ni se merecía, ni tenía lógica.

Mozart continuó hablando, asegurando que estaba ansioso por su llegada. Salieri se preguntó si aquello era mera cortesía, una burla, dado que hasta hacía escasos segundos había estado tan ansioso con su música como para preocuparse de su patética existencia o si lo decía en serio. Ansioso por humillarle, por reírse de él, por comprobar, una vez más, cuán lamentable era su música y sus ideas.

No ─ respondió, con sequedad. ¿Por qué iba a tener problemas? Sus problemas empezaban al atravesar el umbral de la puerta. Viena no era peligrosa para él, no tanto como aquel hombre que había destruido su mundo, reduciéndolo a ruinas que trataban, torpemente, reconstruirse y volver a su estado original. Por desgracia, las piezas no encajaban y cada vez que una lograba erguirse, se tambaleaba hasta que caía, rompiéndose en más y más trozos que empezaban a ser imposibles de unir de nuevo. ─ He traído unos aperitivos. ─ comentó, con un tono que podría parecer irónico si no fuera tan sutil. ─ Supongo que tu mujer los habrá guardado.

«O los habrá tirado a la basura» pensó, con una sorna que no dejaba de ser amarga. Aquello era lo más probable, y, realmente, Salieri esperaba que fuera así. Podría decirse que los había comprado para eso. Era una especie de... venganza. Si lo había mencionado en aquellos momentos, era precisamente por lo mismo. Porque aquella petición de Mozart le había parecido tan fuera de lugar como desagradable, y si había hecho lo que le había pedido era porque, en parte, consideraba que debía hacerlo por pura educación y, por otro lado, porque con aquello le recordaría al otro compositor que, mientras él había sido un maleducado, él sabía cómo comportarse. El que su mujer lo tirara a la basura sería la guinda del pastel.

Supongo que ya lo sabrás pero... no tenemos libreto ─ aquello era algo de lo que se había dado cuenta por la noche. No tenían sobre qué escribir. Había estado tan cegado por la autocompasión que ni siquiera se había dado cuenta de que habían quedado para... nada. ─Pero podemos pensar en la obertura ─ al fin y al cabo, había acudido porque se había comprometido, y no estaba allí para nada.

Las oberturas no necesitaban guión, por lo que podían empezar a trabajar en ella. Por supuesto, luego tendrían que modificarla para que encajara con el resto de la obra pero... Al menos podían hacer algo. Mientras antes se quitaran aquel trabajo, antes podría librarse de aquel sentimiento o, al menos, lograr que éste se atenuara. Salieri dudaba que fuera posible olvidarse de todos los problemas que le acechaban cuando el problema principal era Mozart. Y era imposible olvidar a Mozar.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Miér 27 Abr - 8:01

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CHAPTER II: S'il faut mourir | Residencia Mozart


No pasó inadvertida la solemnidad de la que Antonio Salieri hizo acopio. Había en su lenguaje corporal cierta obligación de reserva que, si bien podía comprender perfectamente debido a su aristocracia, no dejaba de parecerle en demasíe cómica e intrigante. Cada respuesta que el compositor austriaco recibía a cambio se impregnaba de una severidad casi hiriente; la cual, habióse percartado, aguzaba su filo cuando el autor de La Veneziana se dirigía a él, específicamente. Dicha peculiaridad lo hacía sentir especial, aunque no estaba seguro de si tenía tinturas positivas o todo lo contrario. Lo divertido radicaba en averiguarlo.

No era de extrañarse que, además de numerosos halagos, también se topase con actitudes desdeñosas; algunos miembros de la corte solían intercambiar miradas displicentes cada vez que se los topaba en los amplios y ataviados pasillos del Palacio Real. De alguna retorcida manera aquellas situaciones le dejaban un sabor dulce de boca: que me amen o me detesten, nada en el medio. No obstante, ni el rechazo expedido por la nobleza, ni la glorificación por parte de sus admiradores, suponían para Mozart, ni por asomo, la misma curiosidad que Antonio Salieri le provocaba con esas retenidas inhalaciones y aquellos nudos en la garganta que, sin importar cuán grande fuera la necesidad por ocultar su naturaleza estremecedora, resultaban evidentes ante los ojos del buen observador.

No iba a mentir, sea como fuere, la atención le gustaba demasiado, y estaba dispuesto a explotarla para satisfacer sus egoístas necesidades. ¿A quién podía hacer daño? A nadie. Si de saciarse con la melancolía de sus pupilas se trataba. Si el absorber la pasión generada por su sola presencia acrecentaba su honra. En caso de prestar la atención suficiente, pensó, sería capaz de palpar el dolor que desesperadamente atentaba con ocultarse tras aquella fachada de indiferencia.

Así fue como sus palabras quedaron en un plano suspendido, vagando en otra dimensión, lejanas y sin sentido. Mozart se hallaba demasiado entretenido intentando descifrar los porqués de las incógnitas previas. Su semblante no permutó ante la idea que se avecinó cual gacela. Tenía la misma sonrisa inquieta de un niño a punto de revelar el más grande de los planes, según su limitado criterio. Encantador y radiante, danzó airado hacia su piano, cual espectador silencioso descansaba ajeno al torbellino de anhelos que repentinamente habían nacido dentro de él; todos respecto al hombre que tenía enfrente.

Gracias, Antonio —acotó con una voz melodiosa, por poco más engatusadora— No te hubieses molestado —el cinismo que mostró fue completamente intencional, a sabiendas de que había sido él quien exigió un regalo innecesario. Aperitivos... Quizás en aquel entonces los deseaba. Ahora eran parte de un recuerdo desabrido. La mera imagen le ocasionaba una sensación insípida debajo de la lengua. Cuando se giró, fue imposible ocultar el mohin de rechazo— Tenemos de sobra. Además, Constanze no puede ingerir demasiada azúcar. Tal vez quieras llevarlos a casa contigo  —habló laxo, restándole importancia al asunto. Era descortés rechazar un presente de semejante carácter, mas le gustaba pasarse por alto las normas de la sociedad, así como probar la paciencia de su acompañante. Después de todo, se había decidido a desafiar su temple.

Ah, sí. Espero que no te moleste... —sacó a la luz el tema luego de rememorar su sugerencia. Una vez recargado sobre la caja de resonancia, uniformándose con un porte distendido, tomó las partituras del atril y les echó un vistazo antes de estirarlas hacia él— Me tomé la libertad de empezar con algunas anotaciones —encogió los hombros. Con un movimiento grácil de muñeca, se trataba de una clara invitación a que tocase el preludio.
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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Miér 27 Abr - 15:00

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CHAPTER II: S'IL FAUT MOURIR | RESIDENCIA MOZART

Y, una vez más, le llamaba por su nombre de pila. ¿Podía ser más irritante? Salieri lo dudaba seriamente. Sabía que tanto en Austria como en cualquier lugar civilizado lo lógico, lo educado, era referirse al otro por el apellido, a menos que éste te indicara lo contrario, por lo que no podía achacarlo a ninguna costumbre extranjera. En realidad, Salieri, tras tantos años en Viena, se consideraba bastante más austriaco que italiano. De hecho, aunque sus óperas estuvieran escritas en italiano, estaba claro que tenía más tintes de la ópera que se hacía en Austria que en su país natal.

De modo que no. No había ninguna excusa para que Mozart le llamara Antonio, salvo su necesidad de molestarle, de burlarse de él. Salieri había optado por ignorarlo antes, esperando que si no le daba importancia, el otro se olvidaría de aquella estupidez. Por desgracia, parecía que más que entender aquel silencio como desaprobación, Mozart lo había interpretado como un mudo permiso para continuar llamándole así. Y Salieri no pensaba permitir aquello.

─  Salieri ─  le corrigió, con sequedad. ─ No es molestia. ─  «No más que tú» pensó, para sus adentros.

Sí, Mozart era molesto. ¿Por quién le tomaba? Desde luego, no se iba a llevar de nuevo aquellos dulces a su casa. Resultaría tan ridículo como... como aquel momento. Por su parte, los Mozart podían hacer lo que les viniera en gana con su regalo. Si no se lo querían comer, podían tirarlo. Aún así... la hipocresía de Mozart era enervante, por no hablar de que, probablemente, no tuvieran de sobra.

A Salieri le hubiera gustado creer que el "No te hubieses molestado" no era más que falsa modestia protocolaria, y que el "Tenemos de sobra" era una forma de quitarle importancia al asunto, pero sabía que no era así. Sabía que Mozart lo estaba haciendo a propósito, para hacer que se enfadara. Lo que no sabía era por qué demonios insistía en sacar lo peor de él. ¿Se divertía con aquello? ¿Quería que fuera al emperador alegando que era imposible trabajar juntos y hacerle quedar mal frente a Su Majestad mientras él actuaba con toda aquella falsa inocencia que sin duda sabría sacar delante del emperador, arruinándole completamente la carrera y la vida? Quizás para Mozart no era suficiente con lo que había hecho ya, quizás necesitaba reducir a cenizas las ruinas que quedaban de lo que fue una vez.

Su siguiente intervención solo consiguió confirmar sus sospechas. ¿Tomarse la libertad? Aquello era... Era humillante. Salieri tomó las hojas que le tendía, más como un acto reflejo que otra cosa, aún estupefacto. Es decir, podía entender que por su parte añadiera algunos arreglos a las partituras, o que finalizara alguna melodía si no les daba tiempo a terminarla y querían pasar a alguna nueva composición pero aquello... ¿Componer desde cero el preludio por sí mismo? ¿Sin preguntarle a él que técnicamente iba a ser el otro autor? Era increíble que siquiera se le ocurriera hacer algo así. Era una falta de respeto que no sabía por qué le sorprendía. Estaba claro que Mozart despreciaba su música, pero Salieri hubiera esperado que el austriaco fuera algo más... sutil.

Ignoraba que me hubieran encargado supervisar tu trabajo una vez más ─ comentó con rigidez, como si le costara articular las palabras, sin moverse del sitio, mientras ojeaba las partituras. Pese a que intentaba disimularlo, la torpeza de sus movimientos delataban que no esperaba algo así y que seguía desconcertado.

Sí, era hermosa. Probablemente mejor de lo que podrían haber escrito con él participando en ella pero... Era de Mozart. ´l no existía, él no era importante. Mozart. Mozart. Mozart. Aquel nombre martilleaba su cabeza provocándole un dolor agudo en ésta. Y en el pecho. Era perfecta, pero... No, no pero. Porque él no había tenido nada que ver.

En aquellos momentos, hubiera preferido desaparecer del mundo a tener que estar mirando aquellas manchas de tinta que salpicaban los pentagramas, riéndose de él con crueldad. Hubiera preferido poder encerrarse en su estudio y no salir nunca más. Morir emparedado no parecía tan mala idea si lo comparabas con aquel momento humillante, con Mozart esperando que accediera a sus deseos porque... ¿quién era él, al fin y al cabo? Un compositor sobrevalorado, un músico frustrado, un hombre destruido.

Sin embargo, aún le quedaba algo de dignidad y de orgullo para negarse a aceptar aquello. Volvió a tenderle las partituras al otro compositor, tratando de mantenerse todo lo sereno que podía en una situación así.

Haz lo que quieras con esas partituras. Escribe una ópera, quémalas o tíralas a la basura. Su Majestad nos ha encargado una ópera a ambos, no a ti y a tu ego. ─ dijo, finalmente, con un tono de voz frío e impersonal que en absoluto retrataba cómo se sentía por dentro.

Por supuesto, esperaba que no destruyera aquellas partituras, pero no era algo que fuera a decir en voz alta y, además, no pensaba que ni siquiera Mozart fuera capaz de hacer algo tan estúpido. De una forma u otra, estaba decidido a no aceptar aquello. Podía ser mediocre, pero era el compositor de la corte. No podía ser menospreciado de una forma tan ruin.

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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Jue 28 Abr - 4:13

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CHAPTER II: S'il faut mourir | Residencia Mozart

La luz del sol entraba a raudales a través de la ventana, convirtiendo el tapiz purpúreo de largos flecos en un estanque de tonalidades amarillentas; sombras proyectadas en ángulos idénticos cohabitaban dentro de la ceñida estancia gracias a los enseres desperdigados por doquier. Si no tenías el suficiente cuidado, podrías tropezar de buenas a primeras con algún objeto desahuciado, cuyas raíces echó en el sitio más imprevisible. El cuadro se asemejaba a una sala de menesteres sin demasiado tiempo de vida: el desorden reinaba, mas no había las piezas suficientes para ahogarse entre ellas. La falta de mucama era la razón principal.

El tiempo discurría con notoria celeridad; pronto la temperatura aumentaría y, debido a la falta de espacio que los circundaba, se encontrarían propensos a padecer de sofocamiento —el poco o mucho que se pueda experimentar dentro de un país extremadamente gélido—. Sin embargo, Mozart no parecía prestar importancia a detalles tan mundanos como esos. Trabajar rodeado por la definición exacta de la palabra caótico era una costumbre que había adoptado hasta el punto de convertirla en una necesidad. A veces encontraba cierta perfección en la imperfección. Una idea maravillosa podría emerger del estímulo menos inesperado, disparándolo peligrosamente.

Estaba de por sí demasiado centrado en los resultados de su pequeño experimento, ése que por simple recreo veíase ejecutando. Así, pues, reprimió la risa traviesa que luchaba aguerrida por atravesar sus labios. ¡Antonio! Quiso contestar, rebelde. Fue inevitable, sin embargo, que un pequeño gemido divertido saliera de sus confines. No apeló a su ingenio, ninguna de sus típicas ocurrencias cruzó la habitación, mas su desliz fue pronunciado con tal descaro que no podía pasar por desapercibido.

Parecía un juego para él. A decir verdad, en parte lo era. Jamás se tomaría a broma una ópera, tampoco intentaba faltar al respeto a un compositor del nivel de Salieri —era capaz, no cabe duda, pero definitivamente no se trataba de su intención primaria—, lo único que buscaba era encontrar respuestas y satisfacerse con las posibilidades. Su repentina exposición de jovialidad hizo un contraste impactante con la severidad recibida. Eran agua y aceite, luz y oscuridad. Se encontró sopesando la idea de rendirse ante la diversión, hasta que los papeles fueron nuevamente tendidos hacia él.

Decir que no se sorprendió por su negación sería una mentira, ya que, en efecto, se había impresionado. ¿Cuál era el problema en partir del escaso avance que había realizado? Una vez más Antonio Salieri despertaba en él la misma curiosidad que había dado pie a todo este circo. Wolfgang se decantó por tomar las partituras luego de unos segundos de meditación y, sin más, las lanzó por encima de sus hombros. Algunas se estrellaron contra los muebles, otras más permanecieron descendiendo lentamente, bailando un vals con el viento. Se deshizo de ellas al igual que cualquier otro se desharía de una hoja atestada con trazos incoherentes, derivados de un instante de aburrimiento.

¡Perfetto, maestro! —no hubo ningún rastro de culpa ni de disculpa, tan sólo una energía avasalladora. No había nada como querer poner manos a la obra. Parecía como si sus pies quemaran, o, dicho de mejor manera, como si estuviera descalzo sobre las brasas. Wolfgang viró a su alrededor casi desesperado, no tardando en emprender paso de aquí para allá. Buscaba debajo de varios ornamentos renacentistas que pertenecieron a su padre, Leopold; detrás de los muebles desvencijados con la pintura resquebrajándose. No fue hasta que dio con una pila de trastos que encontró el taburete deseado. Sin dilación alguna lo arrastró hacia el piano, colocándolo a un lado del otro— Il Ricco d'un giorno —añadió mientras se encargaba de tomar asiento y señalar el contrario, invitándolo implícitamente a acompañarlo— La obertura fue extraordinaria. Tocó mi corazón —llevó una mano hacia su pecho, presionando el lugar indicado. Todas sus expresiones revelaban sinceridad— Con un poco de suerte podremos recurrir al mismo frenesí de tu obra —sugirió, esperando por él.
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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Jue 28 Abr - 19:10

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CHAPTER II: S'IL FAUT MOURIR | RESIDENCIA MOZART

Trató de mantenerse impasible al escuchar la risita de Mozart, pero empezaba a ser realmente difícil mantener la compostura. Normalmente podía evitar el crisparse ya que se recordaba que, al fin y al cabo, estaba por encima de Mozart, estaba supervisando su trabajo y tenía a Rosemberg de su parte. Sin embargo, en aquellos momentos, Mozart era su igual y estaba solo. Y, además, el austriaco parecía empeñado en sacarle de sus casillas. Afortunadamente, no dijo nada más. No volvió a mencionar su nombre de pila ni a hacer ningún comentario al respecto. Por el momento.

A decir verdad, parecía que Mozart se había amansado. Salieri contempló, sorprendido, cómo, después de un par de segundos de meditación, el austriaco lanzaba las partituras por los aires. No hizo ningún comentario sobre lo que él había dicho, no se mostró ofendido por sus palabras, ni trató de protestar. Simplemente hizo volar los manuscritos, como si realmente fueran desechables. Y no lo eran. Salieri sabía lo que eran las partituras desechables, su estudio estaba repleto de ellas. Pero... aquellas hojas contenían verdadero arte. Salieri ignoraba si Mozart había hecho aquello por puro orgullo o simplemente para llamar la atención, pero el italiano sentía que, en el fondo, él era el verdadero culpable de aquel delito.

Lo que no entendía era qué había llevado a Mozart a aceptarlo sin más. ¿Se había cansado de su broma? En parte lo agradecía pero sabía que no podía ser tan sencillo. Salieri rara vez se mostraba agradable con Mozart, e incluso había dicho cosas más hirientes, y Mozart no había abandonado su humor pueril. Y no solo con él, Rosemberg, entre otros personajes de la corte, mucho más importantes que el maestro de capilla, habían sido objeto de sus burlas. Fuera como fuese, el huracán humano que era Mozart pronto le sacó de sus pensamientos. Salieri entornó los ojos, siguiéndole con la mirada, hasta que vio lo que este buscaba. Por supuesto, no se le pasó por alto el uso del italiano que, sin duda, era irónico. Todo el mundo sabía que el austriaco prefería el alemán en sus óperas que el italiano, así como sabía que en varias ocasiones había criticado a "los italianos", grupo encabezado, sin duda, por Salieri. No había por qué dudar del hecho de que si Mozart usaba el italiano era para, una vez más, reírse de él. En cierto modo, se sintió aliviado. El hecho de que Mozart hubiera aceptado tan fácilmente su "no" le parecía más peligroso que aquellas burlas que, por mucho que le irritaran, era a lo que estaba acostumbrado.

Por supuesto, las burlas de Mozart no se iban a quedar en usar su idioma natal. Era demasiado sencillo para alguien como él. No, el compositor tenía que recordarle aquella ópera maldita. Había sido la primera ópera que había escrito con Da Ponte. Y la última. El fracaso de aquel drama giocosso había sido más que suficiente para que Salieri se autoprometiera no volver a trabajar con Da Ponte. El libretista tenía talento, no había duda, las óperas de Mozart eran la prueba de que un buen compositor y Da Ponte podían entenderse perfectamente. Salieri, por el contrario... En su día, ninguno haría entendido el fracaso de aquella obra, pero el italiano empezaba a comprender que el problema era él. Siempre era él. Por eso no trabajaba con Da Ponte. Al menos hasta el día anterior, hasta el día en el que le encargaron hacer una ópera con Da Ponte y con Mozart. El destino se reía de él cruelmente. Y Mozart también. ¿Cómo podía "llegar a su corazón" algo que no había llegado ni al del espectador más ignorante de la sala? Porque era mentira, claramente. Salieri podía notar la burla de Mozart en cada palabra.

Aún así, se sentó en el taburete. Al fin y al cabo, no le quedaba otro remedio. No hizo ningún comentario sobre los halagos del austriaco. Simplemente giró la cabeza para mirarle.

Bien. ¿En qué escala? — inquirió, ignorando completamente las anteriores palabras de Mozart. No iba a caer en su trampa.


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off:
No sé si sabías lo de la ópera pero es que me ha hecho mucha gracia que justo mencionaras esa (?) Si te interesa saber más aquí hay más info --> http://www.salieri-online.com/bio2.php XDDD


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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Sáb 30 Abr - 7:14

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CHAPTER II: S'il faut mourir | Residencia Mozart

El genio de Salzburgo se acomodó nuevamente, inquieto, habiendo supuesto que recurrir a una partitura a cuatro manos sería lo ideal como punto de partida. La extraordinaria memoria que poseía le otorgó la ventaja de conservar una imagen exacta de la composición que momentos atrás hubiera lanzado por los aires. Existía dentro de sí una extraña necesidad por servirse de dichas partituras, pero era consciente de que el Maestro de la Corte no accedería a hacer uso de, siquiera, un sólo acorde parecido en tiempo correcto. No es que de buenas a primeras haya abdicado a sus creencias, convirtiéndose así en un ciervo más sin razón de ser; no obstante, por ahora, pretendía terminar lo más pronto posible con el encargo del Emperador, y no sólo por el hecho de que tenía un par de sonatas independientes a realizar, sino porque, con un poco de fortuna, podría recibir alguna petición más de Joseph... Una ópera en solitario.

Ante la demanda solicitada aclaró su garganta, tronando los huesos de sus dedos mientras dejaba caer sus párpados lentamente, perdiéndose en la geometría del armario de madera contrachapada donde acumulaba su colección literaria— Fa mayor —acotó el compositor, posicionando sus falanges sobre los grados correspondientes en el teclado— Podría ser algo como... —exhibiendo un rostro soñador, mirando a ningún punto en específico, sencillamente suponiendo lo que haría a continuación, dejó que las ideas se apoderaran de él y fluyeran junto al movimiento improvisado de sus manos. Mozart digitó un par de arpegios que crearon una cadencia mística, pero concisa.

Cuando el silencio predominó nuevamente y el espectro del sonido se redujo a un eco descendiente, volvió a centrarse en su acompañante, sonriendo de par en par— Suena bien. ¿No lo crees, Salieri? —arrastró su apellido, burlesco. La frustración se encontraba distante, deambulando por tierras desconocidas. Mozart hizo gala de su irrefutable creatividad, dejando que con aquella sencilla melodía las teclas se rindieran ante él. Por consiguiente, en sus facciones se reflejó el entusiasmo que sólo una ocurrencia como la expuesta podía generarle. No obstante se encontraba deseoso de escuchar qué era lo que el italiano tenía para ofrecer. Después de una enfática inhalación, añadió:— Ha sido meramente una vaga idea —urgió con un ademán para que prosiguiera— Adelante, primo. Yo seré secondo —no únicamente por posición, lo que significaba que no pensaba forzar, sino seguir su forma (al menos por ahora).
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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por L'Assasymphonie el Lun 2 Mayo - 12:46

[quote="L'Assasymphonie"]
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Fa Mayor era una elección... original para una ópera, sin embargo, ¿qué no era original en Mozart? Además, ya había usado aquella escala en un aria de Fígaro, ¿no era así? Probablemente en la más revolucionaria de todas, aquella en la que el protagonista accedía a seguir los deseos de su señor pero, desde luego, tramando un plan que le beneficiara a él. Salieri no podía evitar preguntarse si Mozart había elegido aquella escala a propósito o era tan solo una paranoia. Sin embargo, Se vuol ballare parecía una cruel metáfora de ellos en aquellos momentos. Su señor (el emperador, en este caso) quería bailar (o su ópera) y ellos tenían que tocar la guitarra para él (o escribirle la música). Desde luego, Salieri no pensaba trastocar ninguna intriga, ya que sabía que no había ninguna salvo los desdeos del emperador. Sin embargo... Mozart sí que creía que aquello era un complot.

Trató de apartar aquellos pensamientos. Lo más probable era que Mozart hubiera escogido aquella escala simplemente porque era "innovadora", porque era más habitual tener sostenidos que bemoles, por cualquier cosa. Por muy ególatra que fuera el austriaco y mucha memoria musical que tuviera, Salieri dudaba que pudiera establecer relaciones tan directas entre sus propias obras. Él, por el contrario... Nunca lo reconocería en voz alta, pero sabía que su obsesión con la música de Mozart era más que enfermiza. Mientras que Mozart podía haber hecho algo sin ningún propósito o de forma insconsciente, el podía ver relaciones. El problema era saber si realmente eran elecciones inocentes o había mucho más debajo de aquello. Y aquello le frustraba, como le frustraba todo lo que tenía que ver con Mozart, porque era incapaz de entenderle, de saber qué pensaba.

Permaneció en silencio, escuchando los primeros acordes de la que se convertiría en la obertura y perdido en sus pensamientos. La música era buena, pero aquello no le sorprendía, la música de Mozart siempre lo era.

El silencio del piano le sacó de sus pensamientos, haciéndole volver al mundo real. Mozart habló, llamándole finalmente por su apellido, aunque no sin cierta burla. Aún así, lo prefería a aquel Antonio carente de educación, pero cargado de sorna.

─  Hmm. ─ murmuró, pensativo. Algo en él se resistía a dar su opinión sincera sobre lo que componía Mozart. Sin embargo, tampoco se veía capaz de mentir. Normalmente, prefería cambiar de tema de conversación, pero en aquella situación era difícil. ─ Bien...

Tocó primero el acorde de la escala, para retener su musicalidad antes de experimentar con el resto de notas, intentando que combinaran con las que había tocado Mozart antes, aunque no estaba muy seguro de si aquello habría salido como esperaba, al fin y al cabo, había estado demasiado perdido en sus pensamientos como para fijarse en los aspectos más técnicos de los compases que había improvisado el otro compositor. Simplemente, se había fijado en la belleza de la composición.

Sus dedos corrían por las teclas, o así era hasta que tocó una que sonaba estridente, fuera de lugar. Se detuvo, dispuesto a corregirlo, aunque, sin duda, Mozart lo habria escuchado. Por supuesto, era un error normal, a veces las notas no resultan tan chocantes hasta que las escuchas, pero Salieri no quería... no podía permitirse errores así, delante de Mozart, que sin duda no olvidaría aquello. Se apresuró a terminar su improvisación, que no habían sido más que unos compases. Sin embargo, habían sido más que suficientes para demostrarle a Mozart su mediocridad. Aún así, trató de mantenerse todo lo frío y distante que podía, aparentando darle la menor importancia a aquella cacofonía que empezaba a cavar su tumba. Y tan solo eran los primeros compases de la obertura, pensó, con amargura.


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Re: Souverain des libertés.

Mensaje por Mozart el Sáb 14 Mayo - 11:31

con Antonio Salieri en residencia mozart, xviii.
Inclinóse sutilmente,  avasallado por la ansiedad. Ni una sola célula de su cuerpo realizó el mínimo esfuerzo por ocultar cuán inquieto se hallaba en oposición del comportamiento desdeñoso y refrenado de su acompañante, quien, no más disconforme que él mismo, cada vez que lo miraba parecía clavar en su pecho la daga emponzoñada que daría fin, de una vez por todas, a la existencia revolucionaria del joven prodigio de Salzburgo. Wolfgang, sin embargo, se alimentaba de aquel repudio para avivar la llama de su motivación. Después de todo, se regocijaba entre la desaprobación de otros, buscando enardecerlos; Antonio Salieri jamás representó una excepción.

Cuando los acordes finalmente comenzaron a fluir entre los delgados falanges del músico más reputado, Mozart sintió un espinazo de inexplicable impresión. ¿O emoción? Si bien sus estilos no tenían parangón, la forma en que durante ese fugaz instante parecieron acoplarse le supo deliciosa. Debía admitir que Salieri poseía un verdadero encanto. Se permitió ser golpeado por una sensación de necesidad, aunque tuvo que recordarse a sí mismo que el verdadero objetivo era disponer de ventajas, excluyendo cualquier tipo de regocijo. Además de que el apremio imperaba. No obstante, al estar la música involucrada en la batalla, terminaba siendo complejo no dejarse llevar por la pasión que le profesaba.

No fue hasta que una nota disonante quebró su fantasía. Mozart no castigó la sonrisa de zorro, esa curva bribona que sólo podía teñirse con burla y, pese al anterior reconocimiento, lo mostraba embebido de cierta arrogancia y narcisismo. Exhaló, impulsándose a detenerlo— Hm, no —negó sacudiendo la cabeza. Tomó su pluma para empapar la punta con tinta—, ha sido un desacierto —hizo unas cuantas anotaciones sobre los pentagramas, marcando una nueva escala— La mayor. Esta vez yo seré primo en forma libre y tú tocarás secondo utilizando dos compases más como base —repuso, descansando la pluma dentro del tintero. Nuevamente se acomodó y se dispuso a comenzar la digitación.

La cosa es: más allá de las actitudes farisaicas de la aristocracia, lo que verdaderamente lo mantenía al pie de la suspicacia era la necesidad ajena por deshacerse de sus avances. A segunda instancia resultaba evidente que la estipulación generada sobre el trabajo en conjunto sólo se trataba de una forma más de control. Es por eso que la impaciencia anteriormente mostrada lo dominaba progresivamente, sabiendo de ante mano que debía jugar mejor sus cartas si deseaba que la balanza se inclinara a su favor. Es por eso, también, que de buenas a primeras dejaron de haber «peros». Ahora encontraba el momento ideal para influir de manera «natural» en el asunto. Si adjudicaba el error al Maestro, entonces nadie podía acusarle de indisposición.

Y, a final de cuentas, ¿qué era lo peor que podía pasar? Si Salieri se negaba a seguir su guía, el incumplimiento del encargo no quedaría en manos de Wolfgang. Era evitar cualquier maniobra inesperada, buscar tierra firme, estar parado en la superficie, pero también se trataba de un grito de rebeldía.
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