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II. I have eyes
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II. I have eyes
I have eyes...
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Tras su estancia en Las Vegas y lo sucedido entre ella y Joseph, habían pasado ya varias semanas. Y aunque ella se sintió un tanto ilusa por creer que Joseph cumpliría su palabra; que seguirían con su aventura. Desde Las Vegas no se habían acostado más que una vez, y los demás encuentros furtivos habían sido besos apasionados y a escondidas en el trabajo, un par de caricias aprovechando la soledad de ciertas salas del edificio donde trabajaban y nada más. Pero Kora, aunque le hubiera gustado tenerle más tiempo, sabía que no iba a poder ser. Que Joseph no dejaría a su mujer, ni ella pretendía romper una familia tampoco. Sin embargo, dejando sus ganas de él a un lado, llevaba toda la semana fijándose en él en el trabajo y había notado que no estaba como antes. Le parecía más triste.
También se había dado cuenta que, o bien la rehuía al no irse del edificio antes que ella o se estaba quedando hasta más tarde de lo normal, demasiados días seguidos. Kora no dejaba de darle vueltas a que, quizás fuera su culpa, pensando que lo mejor era no acercarse a él. Y lo había cumplido los últimos tres días, pero al seguir notando que seguía quedándose, volvió a darle vueltas a la cabeza. ¿Tal vez le incomodaba su presencia por recordarle día a día que le había sido infiel a su mujer? Llegó al punto de no concentrarse en el trabajo como antes por estar más pendiente de Joseph que de todo lo demás. Terminó tomando una decisión; si seguía así, tendría que hablar con él.
Esa noche, al tener trabajo pendiente, Kora se quedó a terminarlo. Perdió la noción del tiempo y mientras terminaba un artículo de sociedad y lo guardó, vió la hora que era en el ordenador. Se frotó los ojos, cansados después de tantas horas mirando la pantalla y al alzar la mirada sólo vió a Joseph dirigiéndose hacia la sala de fotocopias. Se levantó y lo siguió. No había nadie más que ella viera. Se metió en la sala de fotocopias y cerró la puerta tras ella, apoyándose en ella para ver si al verla allí la rehuía. —Tenemos que hablar—, dijo antes de acercarse a él. —Estás... Triste. ¿Te ha pasado algo?—, preguntó con la esperanza de que Joseph le diera largas.
También se había dado cuenta que, o bien la rehuía al no irse del edificio antes que ella o se estaba quedando hasta más tarde de lo normal, demasiados días seguidos. Kora no dejaba de darle vueltas a que, quizás fuera su culpa, pensando que lo mejor era no acercarse a él. Y lo había cumplido los últimos tres días, pero al seguir notando que seguía quedándose, volvió a darle vueltas a la cabeza. ¿Tal vez le incomodaba su presencia por recordarle día a día que le había sido infiel a su mujer? Llegó al punto de no concentrarse en el trabajo como antes por estar más pendiente de Joseph que de todo lo demás. Terminó tomando una decisión; si seguía así, tendría que hablar con él.
Esa noche, al tener trabajo pendiente, Kora se quedó a terminarlo. Perdió la noción del tiempo y mientras terminaba un artículo de sociedad y lo guardó, vió la hora que era en el ordenador. Se frotó los ojos, cansados después de tantas horas mirando la pantalla y al alzar la mirada sólo vió a Joseph dirigiéndose hacia la sala de fotocopias. Se levantó y lo siguió. No había nadie más que ella viera. Se metió en la sala de fotocopias y cerró la puerta tras ella, apoyándose en ella para ver si al verla allí la rehuía. —Tenemos que hablar—, dijo antes de acercarse a él. —Estás... Triste. ¿Te ha pasado algo?—, preguntó con la esperanza de que Joseph le diera largas.
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K. C. con Joseph
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Re: II. I have eyes
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Hacía algunas semanas que habían vuelto del viaje de trabajo a las Vegas; su mujer y su hija habían acudido al aeropuerto a recogerlo, y habían ido a cenar a algún restaurante cerca de casa. Pero desde entonces, todo fue a peor. No porque su mujer se hubiera enterado de aquella infidelidad, sino porque las cosas ya iban bastante mal entre los dos sin ese pequeño detalle. Joseph trabajaba mucho y al llegar a casa sólo le esperaban discusiones, lágrimas y culpas. Por eso, el periodista comenzó a quedarse hasta tarde en la redacción, para llegar tarde a casa y que ella estuviera ya dormida. Era consciente de que eso no mejoraba la situación, pero estaba realmente quemado de preocupaciones y discusiones.
Ya había previsto que se sentiría mal por haber engañado a su mujer, pero aún así, había vuelto a estar con Kora, y habían aprovechado algún momento para besarse y estar un rato juntos. Pero según el tiempo pasaba, ,Joseph se volcaba más en sí mismo, se cerraba y dejaba de ver lo que había a su alrededor. Así, pasaba las noches en su mesa, adelantando trabajo, rogando por que le llegara más, gastando paquetes y paquetes de cigarrillos tirados por la ventana. Aquella noche, ya eran las once de la noche, no quedaba nadie en la oficina salvo, quizás, el guardia de seguridad en el portal de entrada. O eso creía él, que parecía más un fantasma que otra cosa. Se levantó para hacer unas fotocopias y se apoyó en la máquina mientras ésta se movía. Se frotó los ojos, cansado, y se echó el cabello medianamente largo hacia atrás.
Estaba cansado, apenas dormía y no paraba de trabajar, y cuando llegaba a casa, cualquier cosa era motivo de discusión, aunque intentara evitarlo. Cuando escuchó la puerta cerrarse, se giró, ligeramente sorprendido al ver a Kora allí. Ella le decía que tenían algo de que hablar. ¿Qué sería? Apenas era consciente de que no había hablado con ella demasiado en los últimos días. — ¿Así me veo?— ¿Triste? ¿Era así cómo lo veían los demás? Quizás fuera así. Joseph suspiró profundamente y se sentó en un pequeño banco que había al lado de la fotocopiadora. — Discusiones, por todo, por cualquier cosa. Culpas y más culpas.— Dijo, quizás más para sí mismo, sin explicar demasiado, aunque se presuponía con quien las tenía. Su mirada se perdió, cansada, en algún lugar de la habitación.
— Trabajo para no volver demasiado temprano a casa.— Susurró. Confesarle lo que le pasaba no le importaba. Kora y él habían compartido más cosas que con cualquiera de los demás compañeros, y si se había acercado a preguntarle de esa manera.. ¿estaría preocupada por él?
Ya había previsto que se sentiría mal por haber engañado a su mujer, pero aún así, había vuelto a estar con Kora, y habían aprovechado algún momento para besarse y estar un rato juntos. Pero según el tiempo pasaba, ,Joseph se volcaba más en sí mismo, se cerraba y dejaba de ver lo que había a su alrededor. Así, pasaba las noches en su mesa, adelantando trabajo, rogando por que le llegara más, gastando paquetes y paquetes de cigarrillos tirados por la ventana. Aquella noche, ya eran las once de la noche, no quedaba nadie en la oficina salvo, quizás, el guardia de seguridad en el portal de entrada. O eso creía él, que parecía más un fantasma que otra cosa. Se levantó para hacer unas fotocopias y se apoyó en la máquina mientras ésta se movía. Se frotó los ojos, cansado, y se echó el cabello medianamente largo hacia atrás.
Estaba cansado, apenas dormía y no paraba de trabajar, y cuando llegaba a casa, cualquier cosa era motivo de discusión, aunque intentara evitarlo. Cuando escuchó la puerta cerrarse, se giró, ligeramente sorprendido al ver a Kora allí. Ella le decía que tenían algo de que hablar. ¿Qué sería? Apenas era consciente de que no había hablado con ella demasiado en los últimos días. — ¿Así me veo?— ¿Triste? ¿Era así cómo lo veían los demás? Quizás fuera así. Joseph suspiró profundamente y se sentó en un pequeño banco que había al lado de la fotocopiadora. — Discusiones, por todo, por cualquier cosa. Culpas y más culpas.— Dijo, quizás más para sí mismo, sin explicar demasiado, aunque se presuponía con quien las tenía. Su mirada se perdió, cansada, en algún lugar de la habitación.
— Trabajo para no volver demasiado temprano a casa.— Susurró. Confesarle lo que le pasaba no le importaba. Kora y él habían compartido más cosas que con cualquiera de los demás compañeros, y si se había acercado a preguntarle de esa manera.. ¿estaría preocupada por él?
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Re: II. I have eyes
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La castaña ya no rendía de la misma manera por tener la preocupación en mente de no saber que le pasaba a Joseph. Pero sabía que algo le pasaba. Lo que más miedo le daba es que estuviera así por su culpa, ya que no quería ser la causante de su confusión y al darle tantas vueltas a la cabeza, tenía muchas y variadas teorías. Entre otras estaba la de que ya no quería seguir con su aventura y no sabía como decírselo, o que se sintiera tan culpable que no sabía que hacer ni con K.C. ni con su mujer. Incluso llegó a pensar que tal vez le incomodara tanto su presencia que tendría que llegar a pedir el traslado a otro periódico para que él no estuviera mal. Una locura, si, sobre todo contando que le encantaba su trabajo allí, pero sabiendo que su sola presencia pudiera afectar a la vida de Joseph, consideraba más justo el quitarse de en medio ella, que no tenía una familia ni a nadie que le esperase en casa, a él.
Negar que ella deseaba tanto estar más tiempo junto a él, sería una mentira. Así como negar que no podía sacárselo de la cabeza. Y aunque al principio tuvo encuentros sexuales con otras personas, ya que seguía siendo libre, ninguno le satisfacía al mismo nivel que Joseph y había dejado de acostarse con otros. Hasta ese punto había llegado, y aún siendo normalmente muy activa sexualmente, y el cambio del periodista, se conformaba con llegar a casa y masturbarse, imaginando que era él quien lo hacía. Era la única forma de no echarlo de menos, sobre todo si se ponía a recordar la noche que pasaron juntos en Las Vegas. Pero con todo, seguía necesitando saber que le pasaba y si tenía la culpa, intentar ponerle solución. Aunque la solución fuera tener que apartarse para que pudiera ser feliz con su mujer.
Lo siguió y se metió dentro de la sala de las fotocopias, cerró la puerta y vió su cara de sorpresa. ¿Sería que quería huir de ella y no tenía escapatoria? Asintió levemente ante su pregunta. Al menos, ella lo veía triste, infeliz. Lo siguió con la mirada, esperando alguna reacción y al verlo sentarse, se acercó un par de pasos, más cerca de la fotocopiadora y de él, sin llegar a invadir su espacio personal por si acaso. Lo que menos quería era agobiarlo. Sin embargo al confesarle que estaba así por las discusiones y culpas que tenía con su mujer, no pudo evitar acercarse y acariciar la parte de atrás de su cabeza con sus manos, en un gesto de comprensión. Hizo una mueca de disgusto, pensando y barajando bien las palabras que podía usar. No era la más indicada para darle consejos, ella nunca había estado casada y además, era su amante.
Se suponía que lo único que se esperaba de ella era sexo para que él se olvidara de todo, pero no le pareció un buen momento, ni ella lo pretendía. De hecho al ver su mirada perdida y escuchar aquella confesión susurrada, se puso de cuclillas para tenerlo cara a cara. —Entiendo. Aunque no sea la mejor manera de arreglarlo, pero te comprendo—, le dijo apoyando su frente contra la de él. Suspiró y sin darle más vueltas, le propuso algo. —¿Que te parece si hoy te quedas en mi casa y hablamos? Como amigos, nada de sexo, te lo prometo—, dijo con un toque de humor y sonriéndole de medio lado con su mano derecha levantada como si jurase lo que había dicho. Sólo para hacerle sonreír. Se levantó y le ofreció su mano, dejándole a él la decisión de ir y que la alemana lo ayudara con una larga charla o no ir, y seguir estancado en las broncas con su mujer.
Negar que ella deseaba tanto estar más tiempo junto a él, sería una mentira. Así como negar que no podía sacárselo de la cabeza. Y aunque al principio tuvo encuentros sexuales con otras personas, ya que seguía siendo libre, ninguno le satisfacía al mismo nivel que Joseph y había dejado de acostarse con otros. Hasta ese punto había llegado, y aún siendo normalmente muy activa sexualmente, y el cambio del periodista, se conformaba con llegar a casa y masturbarse, imaginando que era él quien lo hacía. Era la única forma de no echarlo de menos, sobre todo si se ponía a recordar la noche que pasaron juntos en Las Vegas. Pero con todo, seguía necesitando saber que le pasaba y si tenía la culpa, intentar ponerle solución. Aunque la solución fuera tener que apartarse para que pudiera ser feliz con su mujer.
Lo siguió y se metió dentro de la sala de las fotocopias, cerró la puerta y vió su cara de sorpresa. ¿Sería que quería huir de ella y no tenía escapatoria? Asintió levemente ante su pregunta. Al menos, ella lo veía triste, infeliz. Lo siguió con la mirada, esperando alguna reacción y al verlo sentarse, se acercó un par de pasos, más cerca de la fotocopiadora y de él, sin llegar a invadir su espacio personal por si acaso. Lo que menos quería era agobiarlo. Sin embargo al confesarle que estaba así por las discusiones y culpas que tenía con su mujer, no pudo evitar acercarse y acariciar la parte de atrás de su cabeza con sus manos, en un gesto de comprensión. Hizo una mueca de disgusto, pensando y barajando bien las palabras que podía usar. No era la más indicada para darle consejos, ella nunca había estado casada y además, era su amante.
Se suponía que lo único que se esperaba de ella era sexo para que él se olvidara de todo, pero no le pareció un buen momento, ni ella lo pretendía. De hecho al ver su mirada perdida y escuchar aquella confesión susurrada, se puso de cuclillas para tenerlo cara a cara. —Entiendo. Aunque no sea la mejor manera de arreglarlo, pero te comprendo—, le dijo apoyando su frente contra la de él. Suspiró y sin darle más vueltas, le propuso algo. —¿Que te parece si hoy te quedas en mi casa y hablamos? Como amigos, nada de sexo, te lo prometo—, dijo con un toque de humor y sonriéndole de medio lado con su mano derecha levantada como si jurase lo que había dicho. Sólo para hacerle sonreír. Se levantó y le ofreció su mano, dejándole a él la decisión de ir y que la alemana lo ayudara con una larga charla o no ir, y seguir estancado en las broncas con su mujer.
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Re: II. I have eyes
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Aparte del cansancio, Joseph tenía tantísimas cosas en la cabeza, que su cuerpo ya no podía más consigo mismo. Su mirada perdida rememoraba los problemas, las discusiones, las lágrimas de ella. ¿Estaba todo roto ya? ¿sería su culpa? Desde luego no achacaba la decadencia de su relación a la infidelidad con la mujer que tenía delante, puesto que ya venía desde años atrás. Pero no sabía qué había salido mal. Sólo volvió a la realidad cuando vio a Kora delante de él, acuclillada delante de él. Joseph centró su mirada en ella y cerró sus ojos cuando sintió su frente contra la suya, suspirando levemente. Su proposición lo sorprendió, y abrió levemente sus ojos para mirarla.
¿Irse con ella sería la mejor opción? ¿Qué excusa le daría por no haber llegado a casa, aunque fuera tarde? Sus decisiones no eran las más acertadas, desde luego. Aún así, su mente le dijo que no era del todo malo. Necesitaba alguien con quien hablar y Kora era.. la única con la que podía hablar de todo. Puesto que nadie más que ellos sabían de lo que había pasado en las Vegas. Quizás no era lo mejor hablar de problemas matrimoniales con una amante, pero ella misma era la que se había ofrecido. Su broma, como si jurara ante un tribunal, le hizo sonreír levemente, separándose de ella y frotándose de nuevo el rostro, como si eso pudiera despertarlo más. La vio alzarse y tenderle una mano; el periodista la miró y después de unos segundos, cogió su mano, suave y femenina, y se levantó, apretando ligeramente aquella unión. Joseph dejó caer su cabeza sobre el hombro de la alemana, a pesar de que fuera más baja.
— Gracias, Kora.— Susurró. Quería agradecerle, a pesar de que aún no había hecho demasiado, pero tan sólo el ofrecerse para él, tenía que agradecerlo. Joseph la abrazó ligeramente, con su rostro escondido en su cuello, como si necesitara aquel contacto, aquel cariño. Sentirla cerca lo confundía, tanto su mente como su cuerpo, así que no tardó demasiado en separarse, saliendo de la sala de fotocopias y dirigiéndose hacia su mesa, donde recogió todos los papeles y los ordenó, recogiendo sus cosas y buscando a Kora después.— Te sigo entonces, señorita.— Comentó, ofreciéndole una ligera sonrisa, marcándole con una mano el camino hacia la salida, para que pasara primero, totalmente caballeresco.
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Re: II. I have eyes
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Kora no podía verlo mal, incluso si tenía que consolarlo y ayudarle tratándose de su mujer, prefería verlo feliz a él que aprovecharse de su calidad de amante y arrastrarlo al lado oscuro. Después de todo, antes de que cayeran en la tentación, hablaban y conectaban bien. ¿Por qué iba a traicionarle cuando ella veía claramente que no estaba bien? Lo veía destrozado y no quería echar más leña al fuego, por lo que le tocaba dejar a un lado a la amante para darle a una amiga con quien desahogarse. A Kora se le daba bien escuchar, sin embargo, lo que no se le notaba era hasta que punto se guardaba sus sentimientos, ni si quiera le gustaba hablar de ella misma, mucho menos admitir que sentía por alguien y que ese alguien estaba casado.
Se arrodilló ante él, dándole apoyo y le ofreció ir a su casa. Comprendió al instante dos cosas. La primera, que debía hacer aquel juramento, aunque pareciera mentira, pero por muy gracioso que fuera, lo había dicho en serio, para que Joseph no se sintiera como si traicionara más a su mujer y comprendiera que esa noche, la alemana era más amiga que amante. Y la segunda, que era la primera vez que invitaba a un hombre a su apartamento. Ni siquiera a sus amantes los llevaba allí, casi considerando su casa como un lugar donde no podría ni quería meter a cualquiera. Pero él le importaba, no era uno más. Se levantó y le tendió su mano para que aceptara su ayuda, tanto como para tomarse un descanso de todo aquella noche como para levantarse de allí. Por un momento, Kora dudó de si aceptaría, pero cuando lo hizo, le sonrió ampliamente.
—Oh, cielo. No tienes por qué darlas. Todo el mundo tiene malas rachas... incluso los multimillonarios—, susurró mientras lo abrazaba y bromeó para que se animara un poco. Lo abrazó con cariño, más del que ella se imaginó que podía o quería darle, pero por suerte o desgracia, él se separó. Por unos segundos, lo vió alejarse y tras sacudir la cabeza, obligándose a no mirarle más de la cuenta, apagó la fotocopiadora y cogió sus cosas. Se estaba abrochando la chaqueta cuando Joseph se acercó, ya listo. Metió su portátil en el maletín y asintió, liderando el camino hasta la calle. Abrió el coche y mientras dejaba el portátil detrás, lo vió meterse en el coche con tanta naturalidad que a la alemana le pasó por la mente que podría acostumbrarse a ello.
Apenas quince minutos después, aparcó delante del edificio donde vivía. —Ya hemos llegado—, comentó y se contuvo unas ganas enormes de besarlo, saliendo sin más del coche y cogiendo su portátil. Cerró el coche y lo guió hasta la entrada del edificio. Subieron hasta el cuarto en ascensor y sacó las llaves de su casa, abriendo. Encendió las luces y lo dejó pasar. —Los invitados primero—, dijo guiñándole un ojo. —No te asustes si está muy desordenado—, le advirtió mientras cerraba la puerta y dejaba el portátil en el comedor. —¿Quieres beber algo? ¿Tienes hambre?—, preguntó volviendo a su lado.
Se arrodilló ante él, dándole apoyo y le ofreció ir a su casa. Comprendió al instante dos cosas. La primera, que debía hacer aquel juramento, aunque pareciera mentira, pero por muy gracioso que fuera, lo había dicho en serio, para que Joseph no se sintiera como si traicionara más a su mujer y comprendiera que esa noche, la alemana era más amiga que amante. Y la segunda, que era la primera vez que invitaba a un hombre a su apartamento. Ni siquiera a sus amantes los llevaba allí, casi considerando su casa como un lugar donde no podría ni quería meter a cualquiera. Pero él le importaba, no era uno más. Se levantó y le tendió su mano para que aceptara su ayuda, tanto como para tomarse un descanso de todo aquella noche como para levantarse de allí. Por un momento, Kora dudó de si aceptaría, pero cuando lo hizo, le sonrió ampliamente.
—Oh, cielo. No tienes por qué darlas. Todo el mundo tiene malas rachas... incluso los multimillonarios—, susurró mientras lo abrazaba y bromeó para que se animara un poco. Lo abrazó con cariño, más del que ella se imaginó que podía o quería darle, pero por suerte o desgracia, él se separó. Por unos segundos, lo vió alejarse y tras sacudir la cabeza, obligándose a no mirarle más de la cuenta, apagó la fotocopiadora y cogió sus cosas. Se estaba abrochando la chaqueta cuando Joseph se acercó, ya listo. Metió su portátil en el maletín y asintió, liderando el camino hasta la calle. Abrió el coche y mientras dejaba el portátil detrás, lo vió meterse en el coche con tanta naturalidad que a la alemana le pasó por la mente que podría acostumbrarse a ello.
Apenas quince minutos después, aparcó delante del edificio donde vivía. —Ya hemos llegado—, comentó y se contuvo unas ganas enormes de besarlo, saliendo sin más del coche y cogiendo su portátil. Cerró el coche y lo guió hasta la entrada del edificio. Subieron hasta el cuarto en ascensor y sacó las llaves de su casa, abriendo. Encendió las luces y lo dejó pasar. —Los invitados primero—, dijo guiñándole un ojo. —No te asustes si está muy desordenado—, le advirtió mientras cerraba la puerta y dejaba el portátil en el comedor. —¿Quieres beber algo? ¿Tienes hambre?—, preguntó volviendo a su lado.
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Re: II. I have eyes
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Su abrazo había sido muy cálido, más de lo que había esperado, pero eso no le desagradó. Joseph pasó por alto su broma, aunque agradeció que intentara animarlo. Que le ofreciera dormir en su casa le daba muchas ideas e imágenes a su cabeza de ambos juntos, como antes habían estado. Sin embargo, no creía que eso fuera lo mejor en esos momentos. Eran sólo amigos esa noche, ¿no? Creía en ella cuando le decía, sin necesidad de palabras, que iban a hablar de los problemas como cualquier persona normal. Que no eran amantes, al menos en esa noche. Ambos salieron de la sala de fotocopias y comenzaron a recoger todo lo que tenían sobre sus mesas. Joseph lo guardó todo en la maleta que llevaba a un hombro; lo único que dejaba atrás eran cenizas y colillas.
Joseph no habló demasiado en el viaje. La siguió por las calles y se metió en el asiento del coopiloto sin preguntar, bajó la ventanilla cuando Kora arrancó y encendió un cigarrillo, dejando que el aire se llevara el humo y revolviera su cabello, aireando su cuerpo y su rostro. Esperaba que a ella no le molestara, pero todavía no estaba demasiado ubicado, estaba fuera de lugar y algo desorientado. El tiempo se le pasó demasiado rápido, y para cuando quiso darse cuenta ya estaban aparcando y viendo el edificio donde vivía la alemana. Joseph se frotó el rostro y salió del coche, colocándose bien el cabello, distraido, esperando que el ascensor subiera hacia el piso de la chica. Al entrar, dejándole ir primero, no vio nada demasiado desordenado. Quizás algunos platos que no dio tiempo de limpiar, o algo de ropa dejada por medio, pero nada más.— Más desordenado que yo no debe de estar.— Mencionó él, mirándose por un momento. La camisa que llevaba estaba algo arrugada, mal metida por sus pantalones, su cabello revuelto, sus ojos caídos y su aroma a tabaco. Todo en él decía que no estaba bien y que no estaba siendo él mismo en esos últimos días.
— Ehm.. alcohol, si tienes.— Joseph dejó con cuidado su bolsa sobre una silla del salón, y se sentó en uno de sus sofás.— Lo siento, estoy algo cansado.— Se disculpó, por tomar tantas confianzas y sentarse en su sofá sin más, pero nada más sentarse, sintió el cuerpo un poco más relajado y respiró profundamente.—Cualquier cosa de picar estará bien, no quiero molestarte de más, Kora.— Le comentó, mirando el techo. Se sentía mal porque tuviera que encargarse de él, a pesar de que había sido ella quien se había ofrecido, a dejarlo estar en su casa a escucharle, aunque él pensara que una amante, no era la mejor persona para escuchar ese tipo de problemas.
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Joseph con Kora
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Re: II. I have eyes
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La castaña podría desearlo más que a nada en el mundo, pero ni se le pasaba por la cabeza el distraerlo con sexo para hacerle olvidar sus problemas. Porque para ella no sólo era su amante, la conexión que sentía desde el principio en su mayoría era sexual, pero también mental. No quería que sufriera, y si para eso tendría que hacer de su pañuelo para apoyarle y escucharle, lo haría, a pesar de que implicase acercarlo más a su mujer y alejarlo de ella. Ni siquiera se lo pensó al prometerle que no habría sexo esa noche, prometiéndole escucharle. ¿Que no sería fácil? Lo sabía, pero también que merecía la pena si podía hacer que Joseph se tranquilizase, e incluso, aclararle las ideas.
Aunque el viaje fue silencioso, no se sintió incómoda en ningún momento. No le dijo nada cuando se puso a fumar en el coche, cosa que no le gustaba demasiado, pero que comprendía que no lo hacía por puro vicio, si no porque estaba agobiado y por eso y por ser él, se lo permitió. Puede que Joseph no se percatase, o que no la conociera demasiado bien, pero Kora pasaba muchas cosas sólo a él porque le encantaba, algo que ella creía ser demasiado obvio. No tardaron mucho en llegar, y por suerte, pudo aparcar frente a su edificio.
Subieron hasta el piso de la periodista y cuando le dejó pasar a él, se dió cuenta que se fijaba en su casa y sonrió, esperando el veredicto mientras dejaba sus cosas. —No estés tan seguro, es peor los fines de semana—, bromeó para que Joseph se sintiera como en su casa. —Además, tu estás guapo aunque lleves cualquier trapo—, aseguró y añadió. No era para animarlo, aquello era su humilde opinión. Kora lo vería atractivo de todas las formas. Era consciente que no estaba bien, y darle la razón a sus negativos comentarios, sería lo peor que podría hacer en esos momentos.
Tras ofrecerle algo de beber, asintió, confirmando que tenía alcohol. Pero al igual que sabía que emborracharse ayudaba, también que no era la solución, así que no dijo nada sobre el whisky que tenía y simplemente fué a la nevera y cogió dos cervezas. —No te disculpes, estás en tu casa—, se acercó para darle la cerveza fría y le quitó los zapatos, para que estuviera más cómodo. Dejó su cerveza en la mesa del comedor y volvió a la cocina para coger algo de picar. No es que tuviera muy llena la nevera, pero tenía algo de lasaña que había echo esa mañana. —Espero que te guste la lasaña—, comentó mientras la metía en el horno a calentar unos minutos. —Ahora vengo, voy a ponerme algo más cómodo. No tardaré—, aseguró antes de irse a su habitación.
No tardó más de dos minutos en aparecer con unos mini shorts de seda que se ponía para dormir y una camiseta extra grande y descalza. Estaba en su casa, no había razón para que estuviera incómoda. Sacó la lasaña y la puso en un plato con dos tenedores y se fué al comedor a sentarse con él. —Come. No es bueno beber con el estómago vacío—, además de estar ahí para apoyarlo, no iba a dejar de cuidarlo ni le dejaría beber sin haber comido algo. Cogió su cerveza y dió un trago, refrescando su garganta. —Bueno, cuéntame Joseph. ¿Cuál crees que es el problema de que estéis tan mal?—, preguntó. Quería saber la raíz del problema para poder ayudarle. Si sabía que ella al ser amante también afectaba, pero antes de serlo, ya veía que no estaba bien con su mujer.
Aunque el viaje fue silencioso, no se sintió incómoda en ningún momento. No le dijo nada cuando se puso a fumar en el coche, cosa que no le gustaba demasiado, pero que comprendía que no lo hacía por puro vicio, si no porque estaba agobiado y por eso y por ser él, se lo permitió. Puede que Joseph no se percatase, o que no la conociera demasiado bien, pero Kora pasaba muchas cosas sólo a él porque le encantaba, algo que ella creía ser demasiado obvio. No tardaron mucho en llegar, y por suerte, pudo aparcar frente a su edificio.
Subieron hasta el piso de la periodista y cuando le dejó pasar a él, se dió cuenta que se fijaba en su casa y sonrió, esperando el veredicto mientras dejaba sus cosas. —No estés tan seguro, es peor los fines de semana—, bromeó para que Joseph se sintiera como en su casa. —Además, tu estás guapo aunque lleves cualquier trapo—, aseguró y añadió. No era para animarlo, aquello era su humilde opinión. Kora lo vería atractivo de todas las formas. Era consciente que no estaba bien, y darle la razón a sus negativos comentarios, sería lo peor que podría hacer en esos momentos.
Tras ofrecerle algo de beber, asintió, confirmando que tenía alcohol. Pero al igual que sabía que emborracharse ayudaba, también que no era la solución, así que no dijo nada sobre el whisky que tenía y simplemente fué a la nevera y cogió dos cervezas. —No te disculpes, estás en tu casa—, se acercó para darle la cerveza fría y le quitó los zapatos, para que estuviera más cómodo. Dejó su cerveza en la mesa del comedor y volvió a la cocina para coger algo de picar. No es que tuviera muy llena la nevera, pero tenía algo de lasaña que había echo esa mañana. —Espero que te guste la lasaña—, comentó mientras la metía en el horno a calentar unos minutos. —Ahora vengo, voy a ponerme algo más cómodo. No tardaré—, aseguró antes de irse a su habitación.
No tardó más de dos minutos en aparecer con unos mini shorts de seda que se ponía para dormir y una camiseta extra grande y descalza. Estaba en su casa, no había razón para que estuviera incómoda. Sacó la lasaña y la puso en un plato con dos tenedores y se fué al comedor a sentarse con él. —Come. No es bueno beber con el estómago vacío—, además de estar ahí para apoyarlo, no iba a dejar de cuidarlo ni le dejaría beber sin haber comido algo. Cogió su cerveza y dió un trago, refrescando su garganta. —Bueno, cuéntame Joseph. ¿Cuál crees que es el problema de que estéis tan mal?—, preguntó. Quería saber la raíz del problema para poder ayudarle. Si sabía que ella al ser amante también afectaba, pero antes de serlo, ya veía que no estaba bien con su mujer.
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Joseph suspiró profundamente, dejando que su cabeza reposara entre los mullidos cojines del respaldar. ¿Cuanto tiempo hacía que no dormía bien? No lo sabía realmente, pero en aquellos momentos aquel sofá era el cielo para él. Kora intentaba animarlo, aunque no creía que dijera esas cosas sólo para subir su ánimo, sino porque realmente lo pensaba. Eso le gustaba de ella, su sinceridad y su espontaneidad. No había necesidad de mentiras o de esconder cosas con ella. Eso le quitaba un gran peso de encima. Aunque, cuando Joseph le pidió algo de alcohol no se refería a algo tan normal, no despreció la cerveza que la morena le ofrecía. Al principio, quiso retirar sus pies para evitar que ella le retirase los zapatos. Pero en su lugar se quedó mirándola fijamente. Ese detalle siempre le había parecido algo cariñoso e íntimo. ¿Sería sólo cosa suya? ¿sería el único que le daba esa importancia? El periodista abrió la lata y bebió un largo trago; no sabía del todo mal, a pesar de que nunca había probado esa marca.
— Me gusta, no te preocupes.— Mencionó, ante su comentario sobre la lasaña. Asintió cuando le dijo que iba a cambiarse, observándola marcharse por el pasillo, suspirando después y volviendo a beber un pequeño trago. ¿Que carajo hacia allí? Ella le había ofrecido su ayuda y su hogar, y aunque no sabía si era lo mejor, él había aceptado, porque era la única vía de escape que tenía. No podía hablar con sus amigos de aquello, porque también eran amigos de Layla, y temía que el tema de la infidelidad saliera y por algún lado, se supiera. Cuantas menos personas lo supieran, menos posibilidades había. Y sólo Joseph y Kora lo sabían, o al menos eso creía.
Joseph esperó pacientemente por su compañera, sin preocuparse por el tiempo que pudiese tardar, mirando al techo y perdiéndose en sus propios pensamientos. Cuando apareció por el pasillo, pasando después por la cocina para coger la lasaña, él la vio, así vestida y medio sonrió, tomando el tenedor que Jora le ofrecía. Le gustaba lo natural que era, en general le gustaban más la mujer así que las que se maquillaban como una puerta y no eran ellas mismas. A Kora no le hacía falta vestirse de gala para irradiar seducción. Joseph cogió un poco de lasaña, probándola y el estallido de sabor, después de tanto tabaco y alcohol, le sentó muy bien.— ¿La has hecho tu? Está buenísima.— Le halagó él, mostrándole una pequeña sonrisa, aunque la pregunta sobre qué le había pasado a su matrimonio no se la esperaba tan pronto.
— Supongo que.. nos casamos demasiado pronto.— Comentó, bebiendo de nuevo de su cerveza, combinándolo con aquella comida.— Layla y yo llevamos juntos desde finales del instituto, quizás sea demasiado tiempo con una persona.— Mencionó aunque no estaba del todo seguro de aquello. Joseph siempre había querido pasar toda su vida junto a aquella chica, nunca se había planteada dejarla o ir con otra mujer.— No sé en que momento se torció todo.— No iba a decir que era por aquella infidelidad, porque ya todo estaba mal cuando comenzara aquel filtreo con su amiga. Se echó el cabello hacia atrás y suspiró, desviando ligeramente su mirada. Intentaba pensar que había pasado, pero no lograba encontrar un punto concreto.
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Joseph con Kora
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Re: II. I have eyes
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Kora sonrió al ver su cara cuando le dió la cerveza. Apostaba que esperaría un whisky o algo más fuerte que una cerveza. Pero la periodista no iba a dejar que se sumergiera en el alcohol, no cuando ella podía escucharlo y ayudarlo sin necesidad de regalarle una resaca mañanera. No creía que nadie del entorno de ambos supiera que habían estado acostándose, al menos no por parte de la mujer, quien se reservaba aquellos momentos para ella. Lo que era una novedad, puesto que Kora solía comentar sus líos, aunque sin dar muchos detalles, a sus mejores amigas, excepto lo que había pasado con Joseph y no por avergonzarse, más bien todo lo contrario.
Le quitó los zapatos para que se sintiera como en su casa, quizás en otras circunstancias se daría cuenta de como sus sentimientos salían a flote con gestos tan aparentemente pequeños, pero en ese momento, lo único que quería era cuidarlo y que cuando saliera por la puerta, se sintiera mejor que cuando entró.
Asintió ante la mención de Joseph, tenían la suficiente confianza como para que él no se cortara en decir que prefería beber o comer otra cosa, por eso no se preocupó. Creía en él. Lo dejó sólo por un momento, pero no tardó demasiado, no quería ni podía dejarlo a solas con sus pensamientos, porque sabía que una vez empezara a pensar en todo, estaría un poco más hundido. Cuando salía de su cuarto, recordó momentos peliculeros y casi rezó porque Joseph no hubiera salido corriendo de su piso, arrepentido. Suspiró con disimulo al verlo allí aún. Pensó que, de haberse ido, no se atrevería a sacarle el tema en el trabajo o en cualquier otro sitio.
Cogió la lasaña y se sentó a su lado, dándose cuenta que parecía estar medio sonriendo, lo que a ella le hizo sonreír. —¿Que pasa?—, preguntó como si se hubiera perdido algo en esos escasos dos minutos. Le dió el tenedor y ella picoteó también algo de lasaña, aunque mucha hambre no tenía. —Ajá. En realidad en una de las pocas comidas que se me da bien y me gusta hacer—, comentó.
Kora quiso ir al grano, cuanto antes sacara el tema, lo ayudaría antes. Además, estar a la espera pensando que tendría que escucharlo hablar sobre su mujer, se le hacía muy complicado, pero se había propuesto ayudarlo y eso implicaba dejar de lado su reticencia a saber detalles sobre su mujer. Dió un trago de cerveza mientras lo escuchaba, cuando se dió cuenta de algo que había dicho, pero no lo interrumpió hasta que terminó. —¿En algún momento os habéis puesto hablar sobre eso? Se supone que estar demasiado tiempo con una persona no tendría que ser malo, más bien todo lo contrario, ¿no?—, comentó y lo miró, al fin y al cabo él tenía más experiencia en matrimonio que ella.
Saltó del sofá cuando se le pasó una idea por la mente, aunque le había costado hacerlo, ya que ella saldría perdiendo. Sin embargo, no olvidaba que le había prometido ser su amiga. —¡Lo tengo! Si no podéis hablar, ¡conquistala de nuevo! Si lo has hecho una vez, podrás volver a hacerlo—, le animó a que lo intentara. Aunque mirando por ella misma, que se arreglara con su mujer haría que se alejase de ella, pero mirando por él, sería capaz de darle más consejos para que volviera a estar bien con su esposa.
Le quitó los zapatos para que se sintiera como en su casa, quizás en otras circunstancias se daría cuenta de como sus sentimientos salían a flote con gestos tan aparentemente pequeños, pero en ese momento, lo único que quería era cuidarlo y que cuando saliera por la puerta, se sintiera mejor que cuando entró.
Asintió ante la mención de Joseph, tenían la suficiente confianza como para que él no se cortara en decir que prefería beber o comer otra cosa, por eso no se preocupó. Creía en él. Lo dejó sólo por un momento, pero no tardó demasiado, no quería ni podía dejarlo a solas con sus pensamientos, porque sabía que una vez empezara a pensar en todo, estaría un poco más hundido. Cuando salía de su cuarto, recordó momentos peliculeros y casi rezó porque Joseph no hubiera salido corriendo de su piso, arrepentido. Suspiró con disimulo al verlo allí aún. Pensó que, de haberse ido, no se atrevería a sacarle el tema en el trabajo o en cualquier otro sitio.
Cogió la lasaña y se sentó a su lado, dándose cuenta que parecía estar medio sonriendo, lo que a ella le hizo sonreír. —¿Que pasa?—, preguntó como si se hubiera perdido algo en esos escasos dos minutos. Le dió el tenedor y ella picoteó también algo de lasaña, aunque mucha hambre no tenía. —Ajá. En realidad en una de las pocas comidas que se me da bien y me gusta hacer—, comentó.
Kora quiso ir al grano, cuanto antes sacara el tema, lo ayudaría antes. Además, estar a la espera pensando que tendría que escucharlo hablar sobre su mujer, se le hacía muy complicado, pero se había propuesto ayudarlo y eso implicaba dejar de lado su reticencia a saber detalles sobre su mujer. Dió un trago de cerveza mientras lo escuchaba, cuando se dió cuenta de algo que había dicho, pero no lo interrumpió hasta que terminó. —¿En algún momento os habéis puesto hablar sobre eso? Se supone que estar demasiado tiempo con una persona no tendría que ser malo, más bien todo lo contrario, ¿no?—, comentó y lo miró, al fin y al cabo él tenía más experiencia en matrimonio que ella.
Saltó del sofá cuando se le pasó una idea por la mente, aunque le había costado hacerlo, ya que ella saldría perdiendo. Sin embargo, no olvidaba que le había prometido ser su amiga. —¡Lo tengo! Si no podéis hablar, ¡conquistala de nuevo! Si lo has hecho una vez, podrás volver a hacerlo—, le animó a que lo intentara. Aunque mirando por ella misma, que se arreglara con su mujer haría que se alejase de ella, pero mirando por él, sería capaz de darle más consejos para que volviera a estar bien con su esposa.
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Re: II. I have eyes
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Para Kora no pasó desapercibida esa sonrisa y él simplemente negó un poco con su cabeza y se encogió de hombros cuando le preguntó qué le pasaba. No le daba demasiada importancia, sólo le había salido una sonrisa al verla así de natural. Le gustaba de todos modos. — ¿Entonces que comes?— Comentó él, soltando una leve risa al aire, pensando que todo lo comería precocinado o pedido a domicilio. No era de los que pensaba que todas las mujeres tenían que saber cocinar, pensaba que todas las personas tendrían que saber desenvolverse un poco más para poder alimentarse bien.— Podría enseñarte algún día.— Le propuso espontáneamente, después de todo él era un manitas en la cocina. No de esa cocina moderna, pero al menos si para tener todos los nutrientes.
Cuando Kora le preguntó aquello Joseph pensó que hubiera sido lo más correcto y lo primero que tendría que haber hecho. — Lo he intentado, pero por mucho que le pregunto que le ocurre o me preocupo por su estado, me da largas.— El hombre dejó el tenedor sobre el plato y bebió un largo trago de cerveza, echándose después el cabello hacia atrás y quedándose mirando el suelo, pensativo y preocupado, como si fuera lo más interesante del mundo.— Siempre había pensado que teníamos la misma idea de estar siempre juntos, pero parece que los sueños cambian con el paso del tiempo.— Se atrevió a decir, no queriendo asumir aún que Layla ya no quería estar con él. Después de unos momentos, el rápido movimiento de la chica en el sofá lo alarmó y alzó su mirada hacia ella. La idea que tenía no era mala, lo ayudaba a no rendirse del todo ni dejar de intentarlo, pero aún así, no las tenía todas consigo.
— Ella.. está así prácticamente desde que la pequeña nació. ¿Crees que algo así podría curar tanto tiempo? — Preguntó, mirándola por un momento. Su hija tenía apenas los cuatro años. ¿Podría hablarse de una depresión post parto? ¿O es que le deprimía que su vida ya no fuera la misma por tener una hija? De todos modos, Layla adoraba a su hija. Chasqueó su lengua, indeciso y se levantó del sofá, sacó el paquete de tabaco y el mechero de su chaqueta y se acercó a una ventana, abriéndola para fumar allí.
— Creo que lo intentaré de todos modos. Gracias por el consejo, Kora.— Dijo Joseph, mirando levemente hacia dentro del salón, hacia donde se encontraba ella. La figura del hombre, solitaria y devastada en aquella ventana, fumando para calmar una ansiedad que no sanaba, era realmente triste, o al menos así se veía él. Joseph siempre había sido un hombre muy observador y detallista, que pensaba en los demás. Por eso no tenía muy claro el quedarse con Kora, por eso le había resultado algo incómodo hablar con ella de su matrimonio. Eran amantes, aunque también compañeros de trabajo y amigos. ¿Eso le haría daño a ella? Realmente no sabía cómo determinarlo, porque aunque ella se sintiera atraída hacia él, ¿había un sentimiento más fuerte?
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Re: II. I have eyes
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Kora sonrió ante la pregunta de Joseph, que no le había extrañado porque tenía su lógica que alguien acostumbrado a una mujer con sus hijos y que, seguramente, supiera cocinar millones de cosas más que ella, a él le pudiera parecer un poco raro que su compañera de trabajo no fuera una chef en su casa. —Pues lasaña—, bromeó como si eso fuera lo único que comía y cocinaba. Rió y negó. —No, en realidad la pasta en general, si, desde luego la comida italiana si que sé hacerla. De vez en cuando hago asados de carne, pero muy pocas veces. Aunque no te recomiendo que los pruebes, la mitad de las veces me han salido algo carbonizados—, comentó sin sentirse incómoda. No era buena cocinando, lo sabía y no le importaba admitirlo. No se podía ser bueno en todo.
Alzó una ceja, observándolo tras aquella propuesta de él. No sabía que él se considerase buen cocinero. —Eso suena bien, siempre y cuando no te pongas en plan chef cuando mi pésima habilidad para la cocina te empiece a irritar—, respondió y le guiñó un ojo de manera cómplice. Le había parecido una muy buena idea, pero aunque no veía a Joseph como uno de esos implacables chefs que salían por la televisión, prefería asegurarse para que no fuera demasiado duro con ella si le parecía chino alguna de sus posibles explicaciones.
Se centró en él y sus problemas con su mujer, dejando apartada la parte de ella que lo deseaba con fervor, sólo dejando a su amiga Kora. Realmente, aunque muy muy en el fondo le dolería porque Joseph le gustaba y ayudarlo implicaba perderlo como amante, esperaba que al menos pudieran seguir con su amistad si él se arreglaba con la mujer. Sin embargo, ella no quería ni podía ser la causante de un divorcio, y menos llevar a nadie a eso. Porque se ponía en la piel de la mujer y comprendía lo que podría estar sufriendo, y más con un marido como él, quien debería de ser casi perfecto. Si bien no le gustaba tener que aconsejarle, tampoco verlo mal y no podía hacer otra cosa que intentar animarlo y darle ideas para recuperar su matrimonio.
—No soy una experta, pero todas las parejas tienen crisis y más cuando llevan tanto tiempo. Tienes que pensar que, a lo mejor preguntando a ella tan directo no es la solución, pero quizás que te esfuerces por enamorarla de nuevo, si. Las chicas siempre vamos a preferir los actos a las palabras—, reconoció. Ella sabía que las palabras se las llevaba el viento, y que lo que perduraba eran los hechos. Y lo que más demostraba, también. Se quedó pensativa, y al poco saltó con una idea que le pareció bastante efectiva y que reafirmaba su comentario anterior. —Joseph lo que tienes que tener claro es que Roma no se hizo en una hora, tienes que tener paciencia y mucha insistencia. Supongo que te rechazara mil veces antes de darse cuenta de lo que intentas hacer. Y cuando lo haga, creéme, te compensará—.
Cuando le agradeció el consejo, Kora se percató que ya no parecía tan seguro de quedarse y aunque si por ella fuera dormirían juntos, tenía que pensar en él y el hecho de que quería arreglar las cosas con su mujer. Se acercó a él y se quedó a su lado unos segundos mientras miraba por la ventana, pensativa. Tras unos segundos, miró su reloj y al ver que no era demasiado tarde, alzó la cabeza. —Si te das prisa, una manzana más abajo hay un puesto de flores ambulante que cierra en quince minutos. Compra un ramo de rosas rojas y vete a casa a recuperar a tus chicas, Joseph—, le sugirió, refiriéndose a su mujer y su hija. Kora sonrió, así se aseguraba que él no se sintiera mal por ella, y le dió un 'empujón' metaforico, acompañándolo a la puerta para que se animara a intentarlo. Que se quedase allí, teniendo en cuenta que quería recuperar a su mujer, no le parecía muy buena idea.
Alzó una ceja, observándolo tras aquella propuesta de él. No sabía que él se considerase buen cocinero. —Eso suena bien, siempre y cuando no te pongas en plan chef cuando mi pésima habilidad para la cocina te empiece a irritar—, respondió y le guiñó un ojo de manera cómplice. Le había parecido una muy buena idea, pero aunque no veía a Joseph como uno de esos implacables chefs que salían por la televisión, prefería asegurarse para que no fuera demasiado duro con ella si le parecía chino alguna de sus posibles explicaciones.
Se centró en él y sus problemas con su mujer, dejando apartada la parte de ella que lo deseaba con fervor, sólo dejando a su amiga Kora. Realmente, aunque muy muy en el fondo le dolería porque Joseph le gustaba y ayudarlo implicaba perderlo como amante, esperaba que al menos pudieran seguir con su amistad si él se arreglaba con la mujer. Sin embargo, ella no quería ni podía ser la causante de un divorcio, y menos llevar a nadie a eso. Porque se ponía en la piel de la mujer y comprendía lo que podría estar sufriendo, y más con un marido como él, quien debería de ser casi perfecto. Si bien no le gustaba tener que aconsejarle, tampoco verlo mal y no podía hacer otra cosa que intentar animarlo y darle ideas para recuperar su matrimonio.
—No soy una experta, pero todas las parejas tienen crisis y más cuando llevan tanto tiempo. Tienes que pensar que, a lo mejor preguntando a ella tan directo no es la solución, pero quizás que te esfuerces por enamorarla de nuevo, si. Las chicas siempre vamos a preferir los actos a las palabras—, reconoció. Ella sabía que las palabras se las llevaba el viento, y que lo que perduraba eran los hechos. Y lo que más demostraba, también. Se quedó pensativa, y al poco saltó con una idea que le pareció bastante efectiva y que reafirmaba su comentario anterior. —Joseph lo que tienes que tener claro es que Roma no se hizo en una hora, tienes que tener paciencia y mucha insistencia. Supongo que te rechazara mil veces antes de darse cuenta de lo que intentas hacer. Y cuando lo haga, creéme, te compensará—.
Cuando le agradeció el consejo, Kora se percató que ya no parecía tan seguro de quedarse y aunque si por ella fuera dormirían juntos, tenía que pensar en él y el hecho de que quería arreglar las cosas con su mujer. Se acercó a él y se quedó a su lado unos segundos mientras miraba por la ventana, pensativa. Tras unos segundos, miró su reloj y al ver que no era demasiado tarde, alzó la cabeza. —Si te das prisa, una manzana más abajo hay un puesto de flores ambulante que cierra en quince minutos. Compra un ramo de rosas rojas y vete a casa a recuperar a tus chicas, Joseph—, le sugirió, refiriéndose a su mujer y su hija. Kora sonrió, así se aseguraba que él no se sintiera mal por ella, y le dió un 'empujón' metaforico, acompañándolo a la puerta para que se animara a intentarlo. Que se quedase allí, teniendo en cuenta que quería recuperar a su mujer, no le parecía muy buena idea.
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