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II. Estrellas de sangre
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II. Estrellas de sangre

II. Estrellas de sangre
Pero entonces conoce a Orión.
Orion que la idolatra, que siempre le ha rendido culto y la ha tenido en sus oraciones. Orion con su sonrisa de dientes blancos en contraste con su piel morena, Orión con sus ojos brillantes y su corazón valiente, Orion su compañero de caza. Las risas burbujean desde lo hondo de su garganta, el viento hace bailar a sus cabellos y la hierba acaricia sus pies descalzos cuando corren juntos por los bosques en pos de la última presa. Ella siempre gana, siempre y a veces se enfada porque cree que la deja ganar, pero entonces Orión sonríe y ella nota calor en las mejillas y se enfada todavía más. Después pasa muchos días evitándolo, pero al final Orión la llama y ella se sorprende de lo rápido que acude. Vuelven a correr juntos por los bosques, vuelven a reír y Artemisa olvida que su corazón salvaje no debería serenarse cuando está con él.
Hace noches que la luna está perdiendo brillo, Artemisa está olvidando sus funciones pero aun así, orgullosa, hace oídos sordos a las advertencias que le lanzan y corre una noche más al encuentro del cazador. Pero Orión no aparece por ninguna parte y ella se sienta en el pasto a esperarlo, ella que jamás ha esperado por nadie. Su arco y su aljaba descansan a su lado, está sola, como le gusta, pero a la vez una pequeña parte de ella anhela dejar de estarlo. Tal vez ha surgido algo, Orión tiene también sus propios deberes, puede que lo hayan retenido durante más tiempo del esperado.
Es entonces cuando siente su presencia, no Orión, si no su hermano Apolo todo, luz y resplandor dorado. Artemisa sonríe al verlo, hace mucho que no se ven, demasiado tiempo para lo a menudo que solían verse, aunque en ese momento no cae en el porqué.- ¡Hermano! –saluda mientras se pone en pie, acortando rápidamente la distancia que la separa de él. Otea en la distancia esperando que quizás su madre aparezca también, pero no aparece nadie. Están solos. Como le gusta.
Artemisa ◊ con Apolo (Nyadeh) ◊ En los Bosques
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Re: II. Estrellas de sangre

II. Estrellas de sangre
Desapacible la campiña de verdosa pradera, al posar sus pies sobre ella y pasear, ajeno a la maraña de heno que lo sepulta hasta las rodillas, a la belleza del horizonte meciéndose junto al oleaje y al esplendor de la propia Artemisa, rostro cincelado en vasijas de cerámica y admirado por los hombres, singular de una diosa. Vibra el mundo bajo sus pasos y las huellas dejadas en el pasto rociado, tal vez nunca se desvanezcan. Tiembla asimismo su halo rutilante, que acostumbra a centellear áureo y ahora no comporta más que matiz ocre. Órbita sensible a la cólera de sus puños cerrados y el pulso de los párpados recelosos.
Ella lo saluda mas él no lo hace, no como hubiera meritado en cualquier otro ocaso, en cualquier otro lugar. —La luna parece débil. —Inculpa, tal como solo sabe hacer, afilado y penetrante cual acero, igual de letal que un escorpión. De ambrosía enmascarado.
Y es error tuyo.
La noche y lo que ésta en su ánima atesore, le alarma menos de lo que simula. Apolo siempre ha pertenecido al dispar semblante de una moneda, una de oro y plata, insólitamente acuñada. Es luz, por cada costado de su silueta, luz que no proyecta sombra alguna en la lejanía. Y la oscuridad que en ocasiones tanto le disgusta, a él no corresponde. Le obsesiona ella, la divinidad que ha cesado de obrar como tal, a causa de un insignificante ser que el pórtico del Olimpo tenía cerrado.
—¿No crees que esta necedad se ha prolongado demasiado?
Porque no es más que eso, insensatez de una joven que anhela libertad sin comprender que se le concedieron cometidos al aflorar al mundo, descendiente del dios de los dioses y no los ha cumplido. No ha ocurrido hasta entonces, ni tan siquiera él ha sido el causante de su atrevimiento.
Encapricharse de un mortal, su propia hermana. No importaba que ese hecho no fuera desconocido en el hogar de las deidades. A Apolo no le importaba, solo le importaba ella.
Apolo ◊ con Artemisa (Red) ◊ En los Bosques
Re: II. Estrellas de sangre

II. Estrellas de sangre
No responderá a su pregunta, se niega.- Lo que yo haga o deje de hacer es solo cosa mía. –tajante, abrupta y testaruda. No necesita que su hermano le recuerde que lo que está haciendo no está bien, que es una tontería sin futuro, ella ya lo sabe pero aun así esperaba que él la comprendiese. Las historias de Apolo con los humanos son muchas y por demás conocidas, Apolo ha querido a humanos, a su particular manera, a la manera en que un dios puede querer algo que no está ni nunca estará a su altura. Pero Apolo lo ha hecho, ha querido, ha sentido y experimentado cosas que a ella le están prohibidas por decisión propia pero que, de repente, tiene ganas de conocer aunque sea espiando de puntillas a través de una rendija. Apolo debería entender, ella siempre se ha esforzado por entenderlo a él incluso cuando no estaba de acuerdo con sus acciones.
Él debería entender, pero no lo hace y eso la enfurece.
- ¿Es a esto a lo que has venido? ¿A regañarme como si no fuera más que una cría? –se cruza de brazos, su arco sigue aferrado entre los dedos de su mano, se inclina con el movimiento, centellea en plata.- De ser así te lo advierto, hermano, puedes marchar por dónde has venido.-nunca antes, jamás, Artemisa le ha pedido a su hermano que se marche, nunca lo ha echado de su lado. Pero aquella noche no lo quiere allí, no quiere sentir su mirada decepcionada ni ver su rostro contraído por el enfado. – Se perfectamente bien lo que hago.
Mentira, mentira, mentira susurra la voz traicionera de su consciencia. No sabe que está haciendo ni que pasa con ella. Ya no sabe qué quiere o a quién.
Artemisa ◊ con Apolo (Nyadeh) ◊ En los Bosques
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