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13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
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13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever.
En verano no se notaba, puesto que sólo eran unos meses, pero si había algo que agobiase más que nada del Campamento Mestizo, era el eterno buen tiempo. Con casi 365 días de sol brillante al año, era muy difícil no perder la noción del tiempo. De hecho, en el caso de Daniel, no se percató de la alarmante ausencia de jerséis en su armario hasta que salió de misión por vez primera.
Es por ello que había adquirido la costumbre de, en cuanto necesitaba pensar, marcharse al campo de fresas por su cuenta, aprovechando que las condiciones atmosféricas allí se adaptaban a un microclima algo distinto. Poca gente pasaba por allí habitualmente, puesto que los hijos de Deméter, y algunos de los del señor D, se ponían hechos una furia si se partía el más insignificante de los tallos, pero Dan había tenido la suerte de que, en las escasas ocasiones en las que le habían pillado por allí, su presencia no había sido criticada. Quizá era por el respeto que le tenían por ser el campista de mayor experiencia en el campamento, pero seguramente se debería a que, detrás de sus desgarbados gestos, siempre se ocultaba una cautela estudiada, y estaba más que claro que si alguien tenía que dañar los arbustos, no sería Daniel Appleby.
Aquel día, afortunadamente para él, se había decidido que las fragarias necesitaban ser regadas, por lo que, durante toda la mañana, una fina pero insistente lluvia caía de las nubes que encapotaban el cielo a lo largo de los metros cuadrados que ocupaban el huerto. La lluvia siempre parecía esclarecerle la mente, y el olor a tierra mojada avivaba sus sentidos. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba allí, sentado entre los matorrales, sin importarle que sus pantalones cortos se ensuciasen por el suelo húmedo, con un chubasquero azul oscuro y la capucha puesta. Las gotas de lluvia que daban contra su cara goteaban de la punta de su nariz pecosa, haciéndole cosquillas, pero aquello no impedía que el hijo de Hermes mirase al cielo de una forma entre melancólica y maravillada, mientras intentaba ignorar el hecho de que su brújula, haciendo malabares sobre su huesuda rodilla, seguía dando vueltas vertiginosamente, sin proporcionar ninguna respuesta a las preguntas del chico.
Es por ello que había adquirido la costumbre de, en cuanto necesitaba pensar, marcharse al campo de fresas por su cuenta, aprovechando que las condiciones atmosféricas allí se adaptaban a un microclima algo distinto. Poca gente pasaba por allí habitualmente, puesto que los hijos de Deméter, y algunos de los del señor D, se ponían hechos una furia si se partía el más insignificante de los tallos, pero Dan había tenido la suerte de que, en las escasas ocasiones en las que le habían pillado por allí, su presencia no había sido criticada. Quizá era por el respeto que le tenían por ser el campista de mayor experiencia en el campamento, pero seguramente se debería a que, detrás de sus desgarbados gestos, siempre se ocultaba una cautela estudiada, y estaba más que claro que si alguien tenía que dañar los arbustos, no sería Daniel Appleby.
Aquel día, afortunadamente para él, se había decidido que las fragarias necesitaban ser regadas, por lo que, durante toda la mañana, una fina pero insistente lluvia caía de las nubes que encapotaban el cielo a lo largo de los metros cuadrados que ocupaban el huerto. La lluvia siempre parecía esclarecerle la mente, y el olor a tierra mojada avivaba sus sentidos. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba allí, sentado entre los matorrales, sin importarle que sus pantalones cortos se ensuciasen por el suelo húmedo, con un chubasquero azul oscuro y la capucha puesta. Las gotas de lluvia que daban contra su cara goteaban de la punta de su nariz pecosa, haciéndole cosquillas, pero aquello no impedía que el hijo de Hermes mirase al cielo de una forma entre melancólica y maravillada, mientras intentaba ignorar el hecho de que su brújula, haciendo malabares sobre su huesuda rodilla, seguía dando vueltas vertiginosamente, sin proporcionar ninguna respuesta a las preguntas del chico.
Campamento Mestizo, Campo de fresas.

- Regina Phalange:






Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever
«¡Llueve! ¡Está lloviendo! ¡Por fin!» Aquellas fueron las palabras que despertaron a la mitad de su cabaña. No es que le importase lo más mínimo a ningún hijo de Zeus que estuviese lloviendo o no, excepto porque eso solía querer decir que su padre estaba verdaderamente cabreado con el Campamento, probablemente por algo que había hecho ellos. Pero Jay era la única que lo había entendido, probablemente porque era la única que lo estaba viendo. ¡Estaba lloviendo! En el campo de fresas caía una fina lluvia que no había caído en todo el año, o si lo había hecho, había sido en ocasiones contadas. Claro, que es muy fácil que la lluvia te de igual cuando vives en Seattle, pero ella vivía todo el año en el Campamento Half-Blood y de vez en cuando algo de lluvia. Incluso cuando se volvía al mundo mortal necesitaba lluvia. Vale, era la californiana más extraña del planeta. Pero no le importaba.
Así que después de darse la ducha de rigor tras el entrenamiento matutino, fue directamente al campo de fresas. Sabía que Nina la mataría si sabía que no se había maquillado o que se había dejado el pelo suelto sin si quiera cepillarlo una gota. Afortunadamente tenía el pelo suficientemente liso como para que no fuese molesto bajo la capucha de su chaqueta. Porque se puso la chaqueta mágica que le habían regalado hacía ya unos cuantos años. Probablemente era su objeto más preciado, aunque seguía sin entender lo más mínimo por qué narices Zeus iba a encontrar útil una chaqueta de invisibilidad. Claro, que ella no tenía mayor problema en ese aspecto, ya que ni si quiera creía que hubiese sido realmente Zeus quien le había otorgado la chaqueta. Y como nunca la había fulminado un rayo por decirlo en voz alta, asumía que era la verdad. Porque claro que no iba a ser que Zeus le tuviese ni una pizca de simpatía a su hija mayor —mayor de las del campamento, claro—.
Llevaba la capucha puesta para poder ser completamente indetectable por los hijos de Deméter, que probablemente fuesen a reñirla en cuanto la viesen. Pese a todo, sabía que no era invisible al cien por cien ya que tras sus pasos iban quedando unas huellas de un número treinta y siete bastante características. Afortunadamente la mitad de los campistas llevaban converse y no eran muy mayores, así que sabía que sería difícil descubrir que había sido ella. Cuando ya se había internado lo suficiente entre las matas de fresas, se quitó la capucha para notar la fina lluvia en la cara, y comenzó a pasear con tranquilidad por los pequeños senderos. Adoraba el olor de la tierra mojada, precisamente porque era algo que no solía sentir, y el de las fresas era tan fuerte en ese sitio que casi podía saborearlas… Cosa que hubiese hecho si no fuese porque sabía que tendría fresas para desayunar si así lo decidía.
Giró en uno de los senderos y, de repente, se encontró con un chico. Tragó saliva sonoramente justo antes de dejar escapar un dramático — Ups—. Por un instante creyó que se trataría alguno de los agrícolas hijos de la viejecilla olímpica que jamás permitían que los demás se acercasen, sin embargo, se dio cuenta de que no era así un instante antes—. Pero si es Bárbol el Ent— bromeó mientras se acercaba a él con paso calmado—. ¿Qué ven tus ojos de... gigante?
Así que después de darse la ducha de rigor tras el entrenamiento matutino, fue directamente al campo de fresas. Sabía que Nina la mataría si sabía que no se había maquillado o que se había dejado el pelo suelto sin si quiera cepillarlo una gota. Afortunadamente tenía el pelo suficientemente liso como para que no fuese molesto bajo la capucha de su chaqueta. Porque se puso la chaqueta mágica que le habían regalado hacía ya unos cuantos años. Probablemente era su objeto más preciado, aunque seguía sin entender lo más mínimo por qué narices Zeus iba a encontrar útil una chaqueta de invisibilidad. Claro, que ella no tenía mayor problema en ese aspecto, ya que ni si quiera creía que hubiese sido realmente Zeus quien le había otorgado la chaqueta. Y como nunca la había fulminado un rayo por decirlo en voz alta, asumía que era la verdad. Porque claro que no iba a ser que Zeus le tuviese ni una pizca de simpatía a su hija mayor —mayor de las del campamento, claro—.
Llevaba la capucha puesta para poder ser completamente indetectable por los hijos de Deméter, que probablemente fuesen a reñirla en cuanto la viesen. Pese a todo, sabía que no era invisible al cien por cien ya que tras sus pasos iban quedando unas huellas de un número treinta y siete bastante características. Afortunadamente la mitad de los campistas llevaban converse y no eran muy mayores, así que sabía que sería difícil descubrir que había sido ella. Cuando ya se había internado lo suficiente entre las matas de fresas, se quitó la capucha para notar la fina lluvia en la cara, y comenzó a pasear con tranquilidad por los pequeños senderos. Adoraba el olor de la tierra mojada, precisamente porque era algo que no solía sentir, y el de las fresas era tan fuerte en ese sitio que casi podía saborearlas… Cosa que hubiese hecho si no fuese porque sabía que tendría fresas para desayunar si así lo decidía.
Giró en uno de los senderos y, de repente, se encontró con un chico. Tragó saliva sonoramente justo antes de dejar escapar un dramático — Ups—. Por un instante creyó que se trataría alguno de los agrícolas hijos de la viejecilla olímpica que jamás permitían que los demás se acercasen, sin embargo, se dio cuenta de que no era así un instante antes—. Pero si es Bárbol el Ent— bromeó mientras se acercaba a él con paso calmado—. ¿Qué ven tus ojos de... gigante?
Última edición por NarwhalRoutine el Vie Abr 15, 2016 5:40 pm, editado 1 vez

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Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever.
Las gotas caían cada vez con mayor intensidad sobre su cara, como si quisiesen borrar las pecas que salpicaban su rostro. No importaba. La lluvia conseguía que todo pareciese ahogado, más distante, como si estuviese metido en una bola de cristal y no pudiese escuchar nada procedente del resto del campamento. El campamento... Por eso se había alejado a pensar. Porque, sinceramente, no sabía qué hacer con su vida. Dentro de un año sería demasiado mayor como para estar allí como campista, ¿y entonces qué? No tenía ningún lugar al que ir. Incluso los otros (y numerosos) huérfanos solían tener algún sitio externo a aquello, familia lejana, o por lo menos, un pasado conocido. Él no tenía nada de eso. Pronto perdería el que siempre había sido su único hogar, y únicamente por el inevitable hecho que es crecer. Antes nunca había pensado en aquellas cosas. Siendo consciente de la baja esperanza de vida de los semidioses, siempre había asumido que, más tarde o más temprano, acabaría palmándola en alguna misión. Gajes del oficio. Sin embargo, la alarmante falta de monstruos había convertido la vida de los mestizos en un paseo en barca, modificando sus planes. ¿Ahora tendría que enfrentarse al mundo real, sabiendo tan poco de él? ¡Si ni tan sólo tenía un documento de identidad! ¡Ni un cumpleaños que no estuviese escogido al azar! ¡Ni una educación tradicional! Por tener, sólo tenía aquel pedazo de papel con el que se supuso que era su nombre, cuando, presumiblemente su padre (pese a que nunca quiso confirmárselo), le dejó bajo la protección de Quirón y el señor D. Y si pretendía obtener respuestas de su brújula (aquella brújula que, a no ser que buscase la salida de un laberinto, o la cola que más rápido se vaciaría para entrar al baño, siempre estaba dando vueltas vertiginosamente), iba más que listo.
Fue por estar sumido en aquellos pensamientos, combinado por el uso de la chaqueta aquella digna de Potter, que no se percató de la presencia de una segunda persona hasta que la joven rubia no estuvo a unos pocos pasos a distancia, saludándole. Se le escapó un respingo, sorprendido, lo cual provocó que su brújula con aspiraciones a tiovivo cayese desde el delicado equilibrio que mantenía en su rodilla, cara abajo hacia el barro. Por supuesto que la conocía, era la líder de la Cabaña 1, y era prácticamente imposible vivir en el campamento sin conocer, al menos de oídas, a todos los hijos de Zeus. Además, aquel año al menos (le sonaba por Rick que tanto ella como su amiga Nina habían pasado el anterior en el Júpiter) también había pasado el invierno en el Campamento Mestizo, al igual que él. Sin embargo, quitando la relación cordial que mantenían ambos como líderes de sus respectivos hermanos, y de aquel mote, Bárbol el Entpero qué demonios querría decir. Bárbol sonaba extrañamente similar a árbol. Y ¿qué era un "ent"? con el que se dirigía hacia él desde hacía unos años (justo desde que pegó el estirón, pero él no era consciente de aquello), poco más había entre Jay y Dan. ¿Por qué se había quedado aquel invierno allí? ¿No tendría familia tampoco? Nunca se había atrevido a preguntarle, le parecía irrespetuoso. O quizá, pese a que los monstruos no apareciesen para los demás semidioses, ser un hijo del dios del trueno seguía siendo potencialmente peligroso, y era más seguro estar allí, protegido. Ni idea—. Jane— dijo a modo de saludo, usando su nombre completo de pila. Le parecía bonito, y además de no comprender la necesidad de acortar un nombre monosílabo de por sí, no se consideraba con la relación suficiente como para llamarle Jay.
Tampoco sabía qué responder a aquel extraño saludo, por lo que encogió de hombros de forma audible por el sonido de impermeable contra impermeable de su chaqueta ante el más mínimo movimiento—. Desde aquí poco más que matorrales— sonrió, como disculpándose por no tener una respuesta más interesante. Y de alguna forma quería explicar qué hacía allí, sentado en el suelo con las zapatillas inundadas y los pantalones cortos sucios de barro, pero cambió aquello por una advertencia—. Aunque, como no te vuelvas a poner la capucha o te agaches— dio unos golpecitos al suelo a su lado, como si se tratase del lugar más cómodo del mundo—, alguien de la Cabaña 4 va a ver algo más y puede que se mosquee— no sabía si la presencia de la joven era tolerada por ellos, como la suya propia, pero nunca se es suficientemente cauteloso, y el lema de vida de Daniel siempre había parecido "más vale prevenir que curar". Oh, yeah, siempre viviendo al límite.
Fue por estar sumido en aquellos pensamientos, combinado por el uso de la chaqueta aquella digna de Potter, que no se percató de la presencia de una segunda persona hasta que la joven rubia no estuvo a unos pocos pasos a distancia, saludándole. Se le escapó un respingo, sorprendido, lo cual provocó que su brújula con aspiraciones a tiovivo cayese desde el delicado equilibrio que mantenía en su rodilla, cara abajo hacia el barro. Por supuesto que la conocía, era la líder de la Cabaña 1, y era prácticamente imposible vivir en el campamento sin conocer, al menos de oídas, a todos los hijos de Zeus. Además, aquel año al menos (le sonaba por Rick que tanto ella como su amiga Nina habían pasado el anterior en el Júpiter) también había pasado el invierno en el Campamento Mestizo, al igual que él. Sin embargo, quitando la relación cordial que mantenían ambos como líderes de sus respectivos hermanos, y de aquel mote, Bárbol el Ent
Tampoco sabía qué responder a aquel extraño saludo, por lo que encogió de hombros de forma audible por el sonido de impermeable contra impermeable de su chaqueta ante el más mínimo movimiento—. Desde aquí poco más que matorrales— sonrió, como disculpándose por no tener una respuesta más interesante. Y de alguna forma quería explicar qué hacía allí, sentado en el suelo con las zapatillas inundadas y los pantalones cortos sucios de barro, pero cambió aquello por una advertencia—. Aunque, como no te vuelvas a poner la capucha o te agaches— dio unos golpecitos al suelo a su lado, como si se tratase del lugar más cómodo del mundo—, alguien de la Cabaña 4 va a ver algo más y puede que se mosquee— no sabía si la presencia de la joven era tolerada por ellos, como la suya propia, pero nunca se es suficientemente cauteloso, y el lema de vida de Daniel siempre había parecido "más vale prevenir que curar". Oh, yeah, siempre viviendo al límite.
Campamento Mestizo, Campo de fresas.

- Regina Phalange:






Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever
El respingo del líder de Hermes sorprendió a la hija de Zeus. Sí, la sorprendió porque nunca se había imaginado que un mestizo descendiente de alguien como lo era el dios de los Ladrones — que no era precisamente parsimonioso— se pudiese sorprender por un saludo. Imaginó que había estado tan concentrado en sus cosas que ni si quiera se había imaginado que pudiese aparecer alguien a su lado. Aunque, por supuesto, también tenía que decir que su chaqueta de invisibilidad no era exactamente de invisibilidad, si no de imperceptibilidad, y no solo la hacía invisible, si no que la hacía también inodora e insonora. Casi casi como el agua en estado puro, o algo así. Vamos, que Jay era, en realidad, un ser de lo más complicado de ver cuando no quería ser visto, aunque no gracias a las habilidades heredadas de su padre, desde luego. Y siempre quedaba el asunto del “olor de semidiós”, pero eso era otro aspecto que no vamos a comentar ahora que no hay monstruos.
Observó como aquel objeto salía volando debido al susto y no pudo evitar soltar una risa, que no ocultó lo más mínimo, pues como ya es sabido, el concepto de empatía es tan poco conocido para ella como el de respirar bajo el agua. Sabe que hay quien puede hacerlo, pero no es su caso. Así que se rio de Dan, aunque para ella aquello no suponía ningún tipo de humillación. La escena había sido graciosa y evitar su risa hubiese sido mentir. Y Jay rara vez mentía, si no era por omisión. Pese a todo, solo fue una risita de nada, ya que le había parecido más intrigante el hecho de que encontrase tan interesante mirar al infinito en mitad de un campo de fresas. «En fin, para gustos, colores» se dijo mientras esperaba una respuesta a su saludo.
Una de las cosas que más le gustaban de Dan era que no se ofendía. Pese a no tener relación apenas con ella, Dan no se tomaba mal su mote. Llevaba años llamándole Bárbol y jamás le había puesto ni una pega, cosa que solo pasaba con la gente que la conocía antes de tener un mote, o con aquellos que sabían de antemano que no lo hacía para ofender, si no para divertir. Ella misma adoraba su mote, pese a que hubiese preferido que la llamasen Zapdos o Thor, mejor que pikachu. Pero ningún mote tenía gracia si no era ridículo… ¿no?
Cuando al fin recibió respuesta se sorprendió mucho más que al verle respingar. ¿Jane? ¿Había alguien que la llamase así además de los dioses y excluyendo al siempre amable señor D? Lo dudaba mucho. Ni si quiera su madre la llamaba siempre Jane, ya que, técnicamente, Jane era ella. Sí, ella tampoco entendía cómo su madre había decidido ponerle su mismo nombre inexistente a su hija, sobre todo teniendo en cuenta que Zeus le había dado un nombre y apellido cuando se hizo pasar por su médico. «Para que haya algo mío en este mundo cuando me vaya» había dicho su madre, pero Jay estaba casi segura de que en realidad era porque temía olvidarse de él como se había olvidado de todo lo demás. Por mucho que ella le recordase que había sido culpa de un accidente.
— Vaaaya— alargó la primera sílaba hasta hacerla triple—. Si vas a llamarme Jane, deberías acabar las frases con “majestad”— rodó los ojos mientras lo decía. La verdad es que le gustaba su nombre completo, pero hacía tiempo que se le había quedado en “Jay”, cosa que ella solía escribir como una J a secas, y desde entonces se refería a sí misma como tal—.
Pese al sarcasmo impregnado en su voz, decidió que tenía razón respecto a todo lo demás. Probablemente los de Deméter decidiesen echarla a latigazos — «creedme, que te arreen matorrales de fresas no es precisamente agradable»— si la veían por ahí, solo que no iba a poder ponerse la capucha, ya que, al llevarla, su voz no producía sonido alguno. Ventajas y desventajas, suponía. Así que tan solo tomó asiento sobre la tierra mojada al lado de aquel enorme chaval. — Bueno, y ¿qué haces aquí? A parte de disfrutar de la lluvia, evidentemente— preguntó mientras se sentaba. Ella era mucho más bajita que él, y a parte de la parte más baja de los matorrales, no podía mirar nada—.
Observó como aquel objeto salía volando debido al susto y no pudo evitar soltar una risa, que no ocultó lo más mínimo, pues como ya es sabido, el concepto de empatía es tan poco conocido para ella como el de respirar bajo el agua. Sabe que hay quien puede hacerlo, pero no es su caso. Así que se rio de Dan, aunque para ella aquello no suponía ningún tipo de humillación. La escena había sido graciosa y evitar su risa hubiese sido mentir. Y Jay rara vez mentía, si no era por omisión. Pese a todo, solo fue una risita de nada, ya que le había parecido más intrigante el hecho de que encontrase tan interesante mirar al infinito en mitad de un campo de fresas. «En fin, para gustos, colores» se dijo mientras esperaba una respuesta a su saludo.
Una de las cosas que más le gustaban de Dan era que no se ofendía. Pese a no tener relación apenas con ella, Dan no se tomaba mal su mote. Llevaba años llamándole Bárbol y jamás le había puesto ni una pega, cosa que solo pasaba con la gente que la conocía antes de tener un mote, o con aquellos que sabían de antemano que no lo hacía para ofender, si no para divertir. Ella misma adoraba su mote, pese a que hubiese preferido que la llamasen Zapdos o Thor, mejor que pikachu. Pero ningún mote tenía gracia si no era ridículo… ¿no?
Cuando al fin recibió respuesta se sorprendió mucho más que al verle respingar. ¿Jane? ¿Había alguien que la llamase así además de los dioses y excluyendo al siempre amable señor D? Lo dudaba mucho. Ni si quiera su madre la llamaba siempre Jane, ya que, técnicamente, Jane era ella. Sí, ella tampoco entendía cómo su madre había decidido ponerle su mismo nombre inexistente a su hija, sobre todo teniendo en cuenta que Zeus le había dado un nombre y apellido cuando se hizo pasar por su médico. «Para que haya algo mío en este mundo cuando me vaya» había dicho su madre, pero Jay estaba casi segura de que en realidad era porque temía olvidarse de él como se había olvidado de todo lo demás. Por mucho que ella le recordase que había sido culpa de un accidente.
— Vaaaya— alargó la primera sílaba hasta hacerla triple—. Si vas a llamarme Jane, deberías acabar las frases con “majestad”— rodó los ojos mientras lo decía. La verdad es que le gustaba su nombre completo, pero hacía tiempo que se le había quedado en “Jay”, cosa que ella solía escribir como una J a secas, y desde entonces se refería a sí misma como tal—.
Pese al sarcasmo impregnado en su voz, decidió que tenía razón respecto a todo lo demás. Probablemente los de Deméter decidiesen echarla a latigazos — «creedme, que te arreen matorrales de fresas no es precisamente agradable»— si la veían por ahí, solo que no iba a poder ponerse la capucha, ya que, al llevarla, su voz no producía sonido alguno. Ventajas y desventajas, suponía. Así que tan solo tomó asiento sobre la tierra mojada al lado de aquel enorme chaval. — Bueno, y ¿qué haces aquí? A parte de disfrutar de la lluvia, evidentemente— preguntó mientras se sentaba. Ella era mucho más bajita que él, y a parte de la parte más baja de los matorrales, no podía mirar nada—.

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Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever.
Como Jay bien había apuntado, el chico no mostró una pizca de ofensa al ver a la rubia reírse de él. No sabía ni por qué razón: si sus deplorables pintas debajo del aguacero, o por su sorpresa al verla allí, poco esperarle de un hijo de Hermes, pero comprendía que ambas eran razones más que de peso para hacerlo. Incluso él mismo esbozó una pequeña sonrisa, para que su carcajada tuviese buena compañía.
Una imperceptible señal de sorpresa se dibujó en el rostro de Daniel, justo en medio de las cejas, cuando detectó la de ella cuando le llamó por su nombre, incluso planteándose durante unas décimas de segundo con pánico si se había equivocado, incluso sabiendo que no. Supongo que nunca le había llamado por su nombre de pila, más bien con algún "ey", "disculpa", "perdona", o similares, o incluso con algún "Jane" tan rápidamente esbozado que ella nunca se había percatado; nada como aquel "Jane" tan solemne y rotundo que le había brindado—. Oh, disculpa— empezó, como siempre que hacía cuando metía la pata aunque fuese remotamente, pero quizá fue lo inusual del encuentro, o el ser conscientes de que habían pasado al menos un invierno compartiendo un campamento casi vacío y aún así se las habían apañado para no tener una conversación propiamente dicha, que decidió, en el acto más Daniel de la historia de los actos danielescos, disculparse por su disculpa—. Perdona, quería decir "oh, disculpe, majestad"— le brindó una sonrisa divertida, no inusual, por supuesto, pero sí que más única que su habitual sonrisa amable, aquella tan propia de él que era imposible visualizar a Dan sin ella en el rostro.
Siguiendo sus consejos, la chica se sentó, ocultándose de cualquiera que no se acercase hacia allí, algo poco probable dado el temporal, mientras él intentaba ocupar menos espacio, en su cochina manía de hacer que todo el mundo se sintiese cómodo menos él, abrazándose las rodillas con otro frus-frus de chubasquero. Nuevamente, se encogió de hombros—. Creo que con eso lo has dicho todo. Ver un cielo distinto al de los últimos sesenta días es de agradecer— no mintió, si no contamos "ocultar parte de la verdad" como mentir. Pero era reservado, y no creía que a Jay le importase demasiado aquello de ir al campo de fresas para ordenar sus pensamientos. A no ser que ella estuviese allí para exactamente lo mismo. Además, no quería que pareciese que le molestaba su presencia. Suponía que ella comprendería aquella necesidad de deshacerse aunque fuese un rato del casi eterno buen tiempo que hacía allí.
Campamento Mestizo, Campo de fresas.

- Regina Phalange:






Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever
Había un par de cosas sobre el trato social que Jay nunca había entendido. La primera era que la gente se ofendía con mucha facilidad —pero este tema con Daniel estaba totalmente solventado—, y la segunda que no dijesen exactamente lo que pensaban en cada momento. Esta última era una costumbre que ella había tenido que rechazar en muchas ocasiones para no acabar saliendo mal parada de una conversación, o pareciendo una “Zorra sin sentimientos”, que en realidad estaba muy lejos de ser lo que Jay era, al menos en su propia consideración sobre sí misma. «¿Brutalmente honesta? Quizás. ¿Sin sentimientos? Para nada» solía pensar cuando acababa pensando sobre el asunto —que era sorprendentemente común en ella, pese a toda su actitud de chica rebelde y todo eso. Sabía que ella también se equivocaba—.
Por ese segundo aspecto precisamente, Jay empezó a pensar que quizás Dan quería estar solo, y ella había estropeado su momento de soledad con su eterna manía de hacer compañía a todo el mundo. Pero no era culpa suya, a fin de cuentas, ella solo quería tener un rato bajo la lluvia… ¿y no era todo mejor en compañía? Al menos eso era lo que ella consideraba. Estar a solas estaba bien cuando te agobiabas por culpa de los hijos de Afrodita, por ejemplo… Claro, que podría ser que Bárbol se hubiese agobiado por sus dos mil hermanos, ¿no? Recordaba el tiempo que había pasado en aquella cabaña. Daniel ya llevaba allí once años, siendo uno de los campistas con más experiencia de todo el campamento, y eso que tenía precisamente la misma edad que cuentas… «¿Lo amamantarían las ninfas? ¿o una cabra, como a Zeus?» se dio cuenta de lo poco que sabía del chico que tenía a su lado. Quizás había dirigido su curiosidad hacia otras cosas menos interesantes que la sempiterna presencia de Daniel en aquel campamento.
Sonrió cuando Daniel le siguió la broma con lo de “majestad”. Era como cuando llegaba a tu colegio un chico europeo de intercambio y apenas sabía tu idioma, y le engañabas para que te llamase “amo” o “señor”, en vez de por tu nombre. Sí, ¿cómo no iban a expulsar a Jay de cada uno de los colegios a los que había ido? Si se lo había buscado… Pero en fin, el tema importante es precisamente que Jay estaba ahí, justo ante Daniel, y no sabía cómo proseguir la conversación. Tenía sentido que solo hubiese ido allí a sentir la lluvia. ¿Cuántas veces habría visto el mundo exterior? Si ella misma echaba de menos la lluvia, ¿cómo no la iba a echar de menos el líder de la cabaña de Hermes? Parecía algo estúpido, pero en realidad Daniel había vivido tan pocas experiencias vitales normales en los adolescentes que Jay sintió algo de pena, aunque también algo de envidia.
— Deberíamos pedir una misión— en aquel comentario, que le salió directo del alma, se juntaron las ganas de ayudar a Daniel con ese asunto de ver el mundo exterior, así como las de conocerle con algo más de intensidad… y el hecho de querer explorar la cuestión de los monstruos. Era cierto que no parecía muy probable que les fuesen a dar una misión, pero por intentarlo no pasaría nada—. E ir a Seattle, allí siempre llueve.
Por ese segundo aspecto precisamente, Jay empezó a pensar que quizás Dan quería estar solo, y ella había estropeado su momento de soledad con su eterna manía de hacer compañía a todo el mundo. Pero no era culpa suya, a fin de cuentas, ella solo quería tener un rato bajo la lluvia… ¿y no era todo mejor en compañía? Al menos eso era lo que ella consideraba. Estar a solas estaba bien cuando te agobiabas por culpa de los hijos de Afrodita, por ejemplo… Claro, que podría ser que Bárbol se hubiese agobiado por sus dos mil hermanos, ¿no? Recordaba el tiempo que había pasado en aquella cabaña. Daniel ya llevaba allí once años, siendo uno de los campistas con más experiencia de todo el campamento, y eso que tenía precisamente la misma edad que cuentas… «¿Lo amamantarían las ninfas? ¿o una cabra, como a Zeus?» se dio cuenta de lo poco que sabía del chico que tenía a su lado. Quizás había dirigido su curiosidad hacia otras cosas menos interesantes que la sempiterna presencia de Daniel en aquel campamento.
Sonrió cuando Daniel le siguió la broma con lo de “majestad”. Era como cuando llegaba a tu colegio un chico europeo de intercambio y apenas sabía tu idioma, y le engañabas para que te llamase “amo” o “señor”, en vez de por tu nombre. Sí, ¿cómo no iban a expulsar a Jay de cada uno de los colegios a los que había ido? Si se lo había buscado… Pero en fin, el tema importante es precisamente que Jay estaba ahí, justo ante Daniel, y no sabía cómo proseguir la conversación. Tenía sentido que solo hubiese ido allí a sentir la lluvia. ¿Cuántas veces habría visto el mundo exterior? Si ella misma echaba de menos la lluvia, ¿cómo no la iba a echar de menos el líder de la cabaña de Hermes? Parecía algo estúpido, pero en realidad Daniel había vivido tan pocas experiencias vitales normales en los adolescentes que Jay sintió algo de pena, aunque también algo de envidia.
— Deberíamos pedir una misión— en aquel comentario, que le salió directo del alma, se juntaron las ganas de ayudar a Daniel con ese asunto de ver el mundo exterior, así como las de conocerle con algo más de intensidad… y el hecho de querer explorar la cuestión de los monstruos. Era cierto que no parecía muy probable que les fuesen a dar una misión, pero por intentarlo no pasaría nada—. E ir a Seattle, allí siempre llueve.

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Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever.
Aquella sí que era la propuesta más inesperada que le podría haber hecho la rubia. Levantó dos empapadas cejas con sorpresa—. ¿Misión? ¿Tú y yo?— quizá impregnó aquella pregunta con un poco más de incredulidad de la que debería haber gastado. Pero no comprendía qué era lo que había visto Jay en él como para planteárselo. Ella... bueno, era una hija de Zeus, líder de su cabaña, con una chaqueta de invisibilidad y, por lo que había visto en contadas ocasiones, tenía parte del poder del rayo de su padre. ¿Pero él? Le podría llevar el equipaje sin apenas esfuerzo, eso sí, pero no pensaba que pudiese aportar mucho más que experiencia, y en realidad, especialmente tras la Calma, aquella experiencia era más bien aparente, no real.
Quizá es porque era muy probable que, si alguien tenía que salir de misión, sería alguien experimentado. Sólo las dieciocho cuentas de su colgante ya se consideraban una razón de peso suficiente como para que el Señor D o Quirón no pudiesen negarle su derecho a estar en cualquier búsqueda si lo pidiese
Él, consciente de aquello, había decidido asumir su rol y hacerlo lo mejor posible. Había gente hecha de otra pasta, como Jay frente a él, con padres poderosos, poderes de verdad, y vidas predestinadas a ser grandes. Como Percy Jackson. No con aquello quería decir que le avergonzaba ser hijo de quien era, para nada. Prefería alguien como Hermes, que mostraba más interés del habitual
Sonrió lacólicamente ante lo de Seattle. En efecto, nunca había estado en aquella ciudad, ni en el estado de Washington en general. Para él, la Costa Oeste era principalmente San Francisco, bastantes más kilómetros hacia abajo—. Siempre he querido ver el Gran Cañón— confesó, con voz queda, consciente de que aquello podía sonar como un tremendo cliché. Sin embargo, el simple hecho de ver una extensión de tierra tan grande y radicalmente distinta a la Colina Mestiza le atraía en sobremanera.
Campamento Mestizo, Campo de fresas.

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Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever
Bueno, Jay no creía que en el Gran cañón lloviese lo más mínimo, pero pensar que a Daniel lo único que le gustaba era la lluvia era tan estúpido como pensar que Jay había propuesto la misión de manera racional y no por puro impulso. No es que no le apeteciese. Jay adoraba irse de misión. Pero era cierto que irse con Daniel Appleby de misión era tan raro como estar con Daniel Appleby en mitad del campo de fresas esperando que pasase algo más interesante que la lluvia caer. A la hora de la verdad, ni si quiera sabía si estaba segura de arrepentirse de haberlo dicho, aunque tenía claro que si lo había dicho era porque le daba pena que el muchacho no hubiese visto el mundo como tantos
Por un instante, Jay creyó estar percatándose de cómo las fresas crecían milímetro a milímetro en el matorral, pero tan solo fue una impresión producto de la calma que se respiraba en aquel lugar. Se había quedado mirando los matorrales mientras pensaba cómo podrían ir a parar al Gran Cañón. Normalmente era un sitio que visitabas en uno de los viajes del curso pero, claro, Dan no había ido al instituto y por lo tanto no había visitado lugares como aquel. Se dio cuenta de que tampoco habría visto el Monte Rushmore, ni las cataratas del Niágara ni otros sitios tan importantes para la cultura de Estados Unidos… Y sintió algo de agobio. Resultaba imposible para alguien como ella pensar que aquellas cosas que ella veía como algo bastante común no las hubiese hecho una persona bastante común como era Dan.
«Excepto porque no es tan común —pensó— lleva toda la vida encerrado en un sitio donde la mayoría de nosotros no pasamos ni diez años». Sí, era cierto que Daniel era un caso especial, principalmente porque al ser hijo de Hermes tampoco había resultado tan importante, pero también formaba parte de la historia del Campamento Mestizo. Él había conocido a Percy Jackson y a Annabeth cuando solo eran unos críos de doce años, incluso antes… En realidad, era el testigo silencioso de la más grande de las historias de los mestizos desde la segunda guerra mundial… y probablemente desde hacía bastante más. Y, en realidad, Jay no sabía absolutamente nada de él a parte del hecho de que era muy alto.
Tragó saliva sonoramente y luego suspiró. — Estoy segura de que el Señor D. considerará eso una misisón de primerísima prioridad— bromeó, tratando de quitarle importancia a todo lo que acababa de deducir… aunque en realidad no pudo. Jay es una de esas personas que cada vez que se dan cuenta de algo, o tienen una idea, tienen que sacarla a relucir a toda costa—. Vale, espero que no te siente mal esto, pero… — empezó con pie lo más previsor que pudo, tanteando el terreno—. ¿Cómo narices llegaste aquí?
Lo había dicho. Había cambiado el tema directamente, sin darle una respuesta a por qué narices se le había ocurrido lo de la misión y solo después de hacer un comentario poco serio sobre cómo no iba a lograr ir a ver el Gran Cañón nunca. «Jay, eres una jodida genio. Digna hija de digna madre» pensó, ahora sí, con una decepción de tres pares de narices.
Por un instante, Jay creyó estar percatándose de cómo las fresas crecían milímetro a milímetro en el matorral, pero tan solo fue una impresión producto de la calma que se respiraba en aquel lugar. Se había quedado mirando los matorrales mientras pensaba cómo podrían ir a parar al Gran Cañón. Normalmente era un sitio que visitabas en uno de los viajes del curso pero, claro, Dan no había ido al instituto y por lo tanto no había visitado lugares como aquel. Se dio cuenta de que tampoco habría visto el Monte Rushmore, ni las cataratas del Niágara ni otros sitios tan importantes para la cultura de Estados Unidos… Y sintió algo de agobio. Resultaba imposible para alguien como ella pensar que aquellas cosas que ella veía como algo bastante común no las hubiese hecho una persona bastante común como era Dan.
«Excepto porque no es tan común —pensó— lleva toda la vida encerrado en un sitio donde la mayoría de nosotros no pasamos ni diez años». Sí, era cierto que Daniel era un caso especial, principalmente porque al ser hijo de Hermes tampoco había resultado tan importante, pero también formaba parte de la historia del Campamento Mestizo. Él había conocido a Percy Jackson y a Annabeth cuando solo eran unos críos de doce años, incluso antes… En realidad, era el testigo silencioso de la más grande de las historias de los mestizos desde la segunda guerra mundial… y probablemente desde hacía bastante más. Y, en realidad, Jay no sabía absolutamente nada de él a parte del hecho de que era muy alto.
Tragó saliva sonoramente y luego suspiró. — Estoy segura de que el Señor D. considerará eso una misisón de primerísima prioridad— bromeó, tratando de quitarle importancia a todo lo que acababa de deducir… aunque en realidad no pudo. Jay es una de esas personas que cada vez que se dan cuenta de algo, o tienen una idea, tienen que sacarla a relucir a toda costa—. Vale, espero que no te siente mal esto, pero… — empezó con pie lo más previsor que pudo, tanteando el terreno—. ¿Cómo narices llegaste aquí?
Lo había dicho. Había cambiado el tema directamente, sin darle una respuesta a por qué narices se le había ocurrido lo de la misión y solo después de hacer un comentario poco serio sobre cómo no iba a lograr ir a ver el Gran Cañón nunca. «Jay, eres una jodida genio. Digna hija de digna madre» pensó, ahora sí, con una decepción de tres pares de narices.

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Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever.
En efecto, Daniel parecía el más normal de los semidioses hasta que recordabas que nunca le habían enseñado la diferencia entre un adverbio de modo o de cantidad, o ni siquiera a multiplicar o dividir. Sabía hacerlo, por supuesto, pero con algún método de agrupación más rudimentario. De todos los mestizos, probablemente era el que más dificultad tenía para leer en inglés, pero luego leía la Illiada o la Odisea por decimoctava vez, como si fuese un libro de Harry Potter. Acarició a su primer perro a los doce ay, pobre, eso sí que da pena, pero luego se pasó toda su infancia extrañado de que alguien pudiese mirar con sorpresa a algo tan normal para él como lo eran los sátiros. En conclusión, que lo más parecido a una educación normal que había recibido el chico habían sido las clases que altruistamente gente como Malcom, de la cabaña de Atenea, o alguno de sus hermanos se habían ofrecido a darle cada verano, las clases de escritura y lectura que le dio Quirón a los 5 años cuando cayó en que estaban criando a un potencial analfabeto, y la cultura general que siempre se adquiría al vivir en una cabaña tan variopinta como lo era la 11. De hecho, el primer libro en inglés y parte de la cultura adolescente que leyó, fue Crepúsculo, con el cual una de sus hermanas estuvo extrañamente obsesionada vale, retiro lo del perro, ESTO da más pena.
Inclinó la cabeza, mirando a Jay con una media sonrisa ante aquello de misión de primera prioridad. Ambos sabían que, pese a que al señor D. le era bastante indiferente qué hiciesen sus campistas, tampoco organizaría nada para que uno de ellos hiciese turismo. Sin embargo, Daniel sabía que podría haber cogido e irse en algún momento durante los dos últimos inviernos, y nadie se lo hubiese echado en cara. Además, hubiese sido un viaje totalmente inofensivo: un bus, y listo. Así que la pregunta real no era por qué no había visto todavía el Gran Cañón, sino qué razón le impedía hacerlo, porque dependía enteramente de él.
Enrojeció ligeramente y miró con sorpresa a la chica cuando hizo su pregunta, sintiendo por sus algo acaloradas mejillas las gotas de lluvia más frías. No se sorprendió, ni ofendió, por supuesto, por la forma de preguntar, directa al grano. No habían tratado demasiado, es cierto, pero la hija del Dios del Rayo tenía fama de no andarse con chiquitas. Enrojeció no por la forma, sino por el contenido. Nunca pensaba que su existencia le pareciese digna de cuestión a alguien fuera de su círculo de amigos. Como era costumbre en él, se encogió de hombros, sin saber exactamente qué decir.
—No tengo ni la menor idea— otra de sus sonrisas de disculpa, como pidiendo perdón por no ser más interesante. Cuando Dan hablaba de sí mismo, miraba al cielo. Como si de ahí fuesen a caerle las respuestas a la incógnita que era su mera existencia—. Simplemente... Aparecí aquí. No recuerdo nada de mi...— siempre decía "madre" como bajando la voz, como si quisiese que nadie se enterase—. Mi padre me hizo aparecer aquí cuando era un bebé, aunque nadie lo supo hasta que me reconoció. Me vino bien, así nunca tuve que mudarme de cabaña— bromeaba mucho con aquello, y ni siquiera era tan gracioso, pero era parte de la historia. Para el Daniel de siete años el descubrir que nada cambiaría, fue todo un alivio—. Tenía mi nombre escrito en un papel en el bolsillo, y Quirón, el señor D.— todos sabían que él no tanto, pero, aunque pocos se lo tomasen en serio, Dan sabía que al fin y al cabo era un dios, y más valía guardarle algo de respeto— y las ninfas, se encargaron de mí. Ni siquiera sé cuándo es mi cumpleaños— otra sonrisita, implicando que aunque actualmente no le molestaba, durante su infancia fue un hecho que le entristeció bastante.
Se preguntó si, ya que él había contado su no demasiado alucinante biografía, podría devolver la duda—. He visto que pasas los inviernos en el campamento— todo lo que Jay tenía de directa, él lo sobrepasaba en cautela. Era su forma particular de empezar una frase que continuaba con un "¿por qué?" sin tener que terminarla.
Sus converse, rotas por ese punto justo antes de la puntera donde se rompen todas las converse, además de una desgastadísima suela en la zona de los talones, habían acabado inundadas, y parecía que ni el más habilidoso de los hijos de Poseidón podría secar sus empapados calcetines. Desvió la vista, centrándose en los surcos hechos en la tierra donde antes habían estado sus zapatillas, que se habían llenado hasta llenar todo el suelo frente a él de pequeños charcos. Justo al lado de uno de ellos, su brújula boca abajo, sucia de barro y golpeada por las gotas de lluvia, le llamó la atención, recordándole que más le valía guardársela en el bolsillo si quería no perderla, por poco útil que le pareciese en realidad. La recogió mientras la limpiaba como buenamente podía contra su muslo derecho. De todos modos, qué más daba, un poco más de barro en aquellos pantalones tan sucios después de estar en el suelo. E iba a guardarla, pero, más por costumbre que por verdadero interés, le lanzó una corta ojeada, que resultó en un par de ojos como platos que se esforzó por disimular rápidamente. Ignorando su costumbre de dar vueltas constantemente, la aguja de su brújula se había detenido, señalando a un punto concreto. Ocultó la lente con la palma de su mano, pasándosela disimuladamente de una a otra como si simplemente estuviese jugueteando con el objeto.
Inclinó la cabeza, mirando a Jay con una media sonrisa ante aquello de misión de primera prioridad. Ambos sabían que, pese a que al señor D. le era bastante indiferente qué hiciesen sus campistas, tampoco organizaría nada para que uno de ellos hiciese turismo. Sin embargo, Daniel sabía que podría haber cogido e irse en algún momento durante los dos últimos inviernos, y nadie se lo hubiese echado en cara. Además, hubiese sido un viaje totalmente inofensivo: un bus, y listo. Así que la pregunta real no era por qué no había visto todavía el Gran Cañón, sino qué razón le impedía hacerlo, porque dependía enteramente de él.
Enrojeció ligeramente y miró con sorpresa a la chica cuando hizo su pregunta, sintiendo por sus algo acaloradas mejillas las gotas de lluvia más frías. No se sorprendió, ni ofendió, por supuesto, por la forma de preguntar, directa al grano. No habían tratado demasiado, es cierto, pero la hija del Dios del Rayo tenía fama de no andarse con chiquitas. Enrojeció no por la forma, sino por el contenido. Nunca pensaba que su existencia le pareciese digna de cuestión a alguien fuera de su círculo de amigos. Como era costumbre en él, se encogió de hombros, sin saber exactamente qué decir.
—No tengo ni la menor idea— otra de sus sonrisas de disculpa, como pidiendo perdón por no ser más interesante. Cuando Dan hablaba de sí mismo, miraba al cielo. Como si de ahí fuesen a caerle las respuestas a la incógnita que era su mera existencia—. Simplemente... Aparecí aquí. No recuerdo nada de mi...— siempre decía "madre" como bajando la voz, como si quisiese que nadie se enterase—. Mi padre me hizo aparecer aquí cuando era un bebé, aunque nadie lo supo hasta que me reconoció. Me vino bien, así nunca tuve que mudarme de cabaña— bromeaba mucho con aquello, y ni siquiera era tan gracioso, pero era parte de la historia. Para el Daniel de siete años el descubrir que nada cambiaría, fue todo un alivio—. Tenía mi nombre escrito en un papel en el bolsillo, y Quirón, el señor D.— todos sabían que él no tanto, pero, aunque pocos se lo tomasen en serio, Dan sabía que al fin y al cabo era un dios, y más valía guardarle algo de respeto— y las ninfas, se encargaron de mí. Ni siquiera sé cuándo es mi cumpleaños— otra sonrisita, implicando que aunque actualmente no le molestaba, durante su infancia fue un hecho que le entristeció bastante.
Se preguntó si, ya que él había contado su no demasiado alucinante biografía, podría devolver la duda—. He visto que pasas los inviernos en el campamento— todo lo que Jay tenía de directa, él lo sobrepasaba en cautela. Era su forma particular de empezar una frase que continuaba con un "¿por qué?" sin tener que terminarla.
Sus converse, rotas por ese punto justo antes de la puntera donde se rompen todas las converse, además de una desgastadísima suela en la zona de los talones, habían acabado inundadas, y parecía que ni el más habilidoso de los hijos de Poseidón podría secar sus empapados calcetines. Desvió la vista, centrándose en los surcos hechos en la tierra donde antes habían estado sus zapatillas, que se habían llenado hasta llenar todo el suelo frente a él de pequeños charcos. Justo al lado de uno de ellos, su brújula boca abajo, sucia de barro y golpeada por las gotas de lluvia, le llamó la atención, recordándole que más le valía guardársela en el bolsillo si quería no perderla, por poco útil que le pareciese en realidad. La recogió mientras la limpiaba como buenamente podía contra su muslo derecho. De todos modos, qué más daba, un poco más de barro en aquellos pantalones tan sucios después de estar en el suelo. E iba a guardarla, pero, más por costumbre que por verdadero interés, le lanzó una corta ojeada, que resultó en un par de ojos como platos que se esforzó por disimular rápidamente. Ignorando su costumbre de dar vueltas constantemente, la aguja de su brújula se había detenido, señalando a un punto concreto. Ocultó la lente con la palma de su mano, pasándosela disimuladamente de una a otra como si simplemente estuviese jugueteando con el objeto.
Campamento Mestizo, Campo de fresas.

- Regina Phalange:






Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever
Jay escuchaba al veterano con la mirada distraída, no le miraba mientras hablaba, ni tampoco miraba a ningún puto con exactitud. Ni si quiera se fijaba en las matas verdes con las más que llamativas frutas rojas que creían todo a su alrededor. Tan solo miraba la vida pasar, por decirlo de alguna manera, mientras la voz del chico relataba poco a poco su historia… una historia que le resultó levemente familiar, pues era muy parecido a todo lo que había contado su madre a lo largo de su vida. «No tengo ni la más mínima idea» era la frase más repetida por Jane Doe I cada vez que le preguntaban por su pasado. Claro, cualquiera diría que en dieciocho años desde aquel accidente podría considerar que tenía una historia detrás de sí, aunque gran parte de ella no la recordase. «Por supuesto, tener una hija no es para tanto. Ni que fuese hija del Rey de los Dioses, ni nada» pensó con más amargura de la que se hubiese permitido normalmente.
Pero no se perdió en su propia historia, si no que trató de entender en qué situación estaba Daniel el Ent… cosa que sencillamente no entendía, por supuesto. Ella había tenido una infancia… especial, al menos frente a la de cualquier mortal corriente y moliente, pero ella no era una mortal corriente y moliente, era una diosecilla hija del más grande de los Dioses, y eso significaba que su vida no iba a ser precisamente normal. Los ataques de los monstruos habían sido constantes durante su más tierna infancia, los eventos raros habían sido casi el pan de cada día y la aparición de seres de todo tipo era, a fin de cuentas, el pasatiempo más común en la vida de Jay. Pero la vida de Dan había sido rara hasta para un semidiós… Y eso entristeció notablemente a la siempre alegre Jane Doe II.
Era extraño ponerse en la piel de alguien — de hecho, era algo que no hacía nunca—, y hacía que se sintiese rara. Solo imaginarse en una situación tan complicada hizo que sintiese cierto grado de angustia, pero no dijo nada, porque le parecía egoísta y falso decir que se hacía una idea. «No te haces una idea. No tienes ni el más mínimo indicio de lo que es pasar una vida así» se dijo mientras trataba de imaginarse lo que era haber estado encerrada en los límites del campamento. Y lo que es peor, lo que era haber sido criado por el Señor D. Un escalofrío le recorrió la espalda de arriba a abajo solo de pensarlo.
— Pues…— Jay nunca había tenido muchos reparos en hablar sobre sí misma, pero hablar sobre su madre era un asunto más complicado. Porque esa era la única forma que tenía de determinarlo. Su madre era complicada. Joder, todo lo que le había pasado a su madre era complicado—. Tu no sabrás cuándo es tu cumpleaños, pero mi madre no sabe ni cómo se llama— ese comentario iba de broma, pero no sonó precisamente a broma. Fue más bien un escupitajo de ácido y tristeza, algo así como una especie de resentimiento, pero no hacia su madre, ni hacia el hecho en sí—. Tuvo un accidente— decidió, como de costumbre, decirlo de golpe—. Perdió la memoria. No recuerda nada antes del accidente, de hecho, ni si quiera el accidente— se encogió de hombros, tratando de simular que era un hecho que le daba igual, pero se notaba a la legua que no era así. Mientras contaba la historia, miraba a Dan, pero no a los ojos, si no con la mirada perdida, a su regazo, sin ver nada—. Y… digamos que se obsesionó. No llevaba la cartera ni documentación, y ni si quiera estaba en su ciudad. Fue como si no existiese o hubiese salido de otro mundo. Nunca llegó a saber nada de su otra familia— un movimiento hizo que se centrara en él. Dan estaba jugueteando con algún tipo de objeto que no llegó a diferenciar—. Si es que existió, claro… En fin. Se enamoró del médico y empezó a salir con él, o algo así. Creo que me concibieron en la sala de descanso— otra broma apagada por la amargura—. Mi querido padre abandonó a mi madre, que nunca recuperó la memoria y desde entonces está obsesionada— se volvió a encoger de hombros, algo abatida—. Te harás a la idea de que mi padre no es precisamente neurocirujano…
Guardó silencio unos momentos. Se había perdido en aquel evento en concreto, pensando en qué hubiese pasado si su padre fuese Apolo o Asclepio, incluso. Por supuesto, descartó las posibilidades rápidamente, porque era absurdo plantearse cosas que no eran, aunque hubiesen podido ser. Alzó la vista justo a tiempo para ver a Dan impresionarse. Quizás había caído en la cuenta de lo que significó que su padre no fuese médico, o quizás en otra cosa. Jay suspiró y sonrió.
— En fin, mi madre es muy… inocente. Se cree cualquier cosa. Joder, se creyó antes que yo que mi padre era el señor de hiberdrola— rodó los ojos—. Pero también se cree que cualquiera es su antigua familia. Y es una mujer muy guapa, y todos se aprovechan… el caso es que ella se mueve por todo el país. No sé de dónde saca el dinero, una subvención olímpica o algo así— era, evidentemente, broma—, pero muchas veces ni me avisa de a dónde va— ignoró el asunto de haberse ido al campamento júpiter un año para tenerla un poco más controlada, al estar en su ciudad natal, y también el hecho de que estaba agotada de seguirla a todas partes—. Es más cómodo así para los dos.
Pero no se perdió en su propia historia, si no que trató de entender en qué situación estaba Daniel el Ent… cosa que sencillamente no entendía, por supuesto. Ella había tenido una infancia… especial, al menos frente a la de cualquier mortal corriente y moliente, pero ella no era una mortal corriente y moliente, era una diosecilla hija del más grande de los Dioses, y eso significaba que su vida no iba a ser precisamente normal. Los ataques de los monstruos habían sido constantes durante su más tierna infancia, los eventos raros habían sido casi el pan de cada día y la aparición de seres de todo tipo era, a fin de cuentas, el pasatiempo más común en la vida de Jay. Pero la vida de Dan había sido rara hasta para un semidiós… Y eso entristeció notablemente a la siempre alegre Jane Doe II.
Era extraño ponerse en la piel de alguien — de hecho, era algo que no hacía nunca—, y hacía que se sintiese rara. Solo imaginarse en una situación tan complicada hizo que sintiese cierto grado de angustia, pero no dijo nada, porque le parecía egoísta y falso decir que se hacía una idea. «No te haces una idea. No tienes ni el más mínimo indicio de lo que es pasar una vida así» se dijo mientras trataba de imaginarse lo que era haber estado encerrada en los límites del campamento. Y lo que es peor, lo que era haber sido criado por el Señor D. Un escalofrío le recorrió la espalda de arriba a abajo solo de pensarlo.
— Pues…— Jay nunca había tenido muchos reparos en hablar sobre sí misma, pero hablar sobre su madre era un asunto más complicado. Porque esa era la única forma que tenía de determinarlo. Su madre era complicada. Joder, todo lo que le había pasado a su madre era complicado—. Tu no sabrás cuándo es tu cumpleaños, pero mi madre no sabe ni cómo se llama— ese comentario iba de broma, pero no sonó precisamente a broma. Fue más bien un escupitajo de ácido y tristeza, algo así como una especie de resentimiento, pero no hacia su madre, ni hacia el hecho en sí—. Tuvo un accidente— decidió, como de costumbre, decirlo de golpe—. Perdió la memoria. No recuerda nada antes del accidente, de hecho, ni si quiera el accidente— se encogió de hombros, tratando de simular que era un hecho que le daba igual, pero se notaba a la legua que no era así. Mientras contaba la historia, miraba a Dan, pero no a los ojos, si no con la mirada perdida, a su regazo, sin ver nada—. Y… digamos que se obsesionó. No llevaba la cartera ni documentación, y ni si quiera estaba en su ciudad. Fue como si no existiese o hubiese salido de otro mundo. Nunca llegó a saber nada de su otra familia— un movimiento hizo que se centrara en él. Dan estaba jugueteando con algún tipo de objeto que no llegó a diferenciar—. Si es que existió, claro… En fin. Se enamoró del médico y empezó a salir con él, o algo así. Creo que me concibieron en la sala de descanso— otra broma apagada por la amargura—. Mi querido padre abandonó a mi madre, que nunca recuperó la memoria y desde entonces está obsesionada— se volvió a encoger de hombros, algo abatida—. Te harás a la idea de que mi padre no es precisamente neurocirujano…
Guardó silencio unos momentos. Se había perdido en aquel evento en concreto, pensando en qué hubiese pasado si su padre fuese Apolo o Asclepio, incluso. Por supuesto, descartó las posibilidades rápidamente, porque era absurdo plantearse cosas que no eran, aunque hubiesen podido ser. Alzó la vista justo a tiempo para ver a Dan impresionarse. Quizás había caído en la cuenta de lo que significó que su padre no fuese médico, o quizás en otra cosa. Jay suspiró y sonrió.
— En fin, mi madre es muy… inocente. Se cree cualquier cosa. Joder, se creyó antes que yo que mi padre era el señor de hiberdrola— rodó los ojos—. Pero también se cree que cualquiera es su antigua familia. Y es una mujer muy guapa, y todos se aprovechan… el caso es que ella se mueve por todo el país. No sé de dónde saca el dinero, una subvención olímpica o algo así— era, evidentemente, broma—, pero muchas veces ni me avisa de a dónde va— ignoró el asunto de haberse ido al campamento júpiter un año para tenerla un poco más controlada, al estar en su ciudad natal, y también el hecho de que estaba agotada de seguirla a todas partes—. Es más cómodo así para los dos.

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Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever.
Tras escuchar a Jay, lo último que se le podría haber pasado por la cabeza es que él estaba en una peor situación. Al contrario de lo que dijo Alfred Tennyson: “Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca", le parecía mucho peor tener que enfrentarse a la pérdida de un ser querido, ya que la eterna ausencia de una presencia materna se le antojaba más como la melancólica tristeza de quien la tiene idealizada que una necesidad real. Al fin y al cabo, sus hermanos siempre habían sido una tirita bastante eficiente para la herida de haberse criado sin una familia real, aunque al final las relaciones entre hijos de un mismo dios terminasen por parecerse más a la de unos primos bastante unidos, más que a hermanos de sangre.
Es por ello que, a cada palabra que la rubia comentaba, más triste se hacía su mirada, a conjunto con la lluvia que asolaba el campo. Sonrió tentativamente al par de bromitas que la joven hacía, consciente de que su intención era rebajar la tensión, pero, incluso después de tantos años en aquel campamento, habiendo escuchado tantas historias tristes de mestizos, porque eso es lo que hacían aquellos chiquillos antes de llegar al campamento, atraer a la mala suerte constantemente, seguía siendo incapaz de no tomarse cada una de ellas como un absoluto drama personal.
No sabía si lamentaba más que su madre no recordase a su hija, o que ambas hubiesen llegado a aquel acuerdo en el que cada una vivía su vida sin tener a la otra en cuenta, pero se arrepintió casi instantáneamente de sentir aquel pinchazo de indignación, pensando que si él hubiese tenido la oportunidad de conocer a su madre, jamás hubiese dejado que nada le separase de ella. Sabía que era injusto pensar en eso, que no había estado en la situación de Jay, ni en la de los campistas que renegaban de sus padres mortales, y que tener un padre no implica automáticamente que él lo vaya a dar todo por ti, pero, una vez más, hablaba aquella parte de él idealizando lo que nunca se le ofreció.
Sumido en pensamientos como aquellos, casi olvidó qué hacía jugueteando con la brújula. Aprovechando que la joven seguía contando su historia, la ojeó una vez más, dándole un par de golpecitos con el índice. En efecto, la aguja no se movió un milímetro. Cambió el objeto de mano, modificando el ángulo. Nuevamente, y por primera vez en años, excepto cuando lo pedía una indicación muy concreta, la flecha de su brújula permaneció estática. No sólo eso, sino señalando, sin ningún tipo de dudas, a Jay Doe.
Era probable que se le notase en la cara, puesto que se había quedado mudo de la sorpresa, pero podría habérsele atribuído a la historia que la hija de Zeus le contaba. Nuevamente, no supo qué decir—. Es... triste— esta vez sí que miró a la chica, con una nueva y distinta intensidad, intentando resolver aquel rompecabezas. Quizá la brújula se había detenido en el mismo instante en el que Jay propuso la misión, que eso era lo que debía hacer, pero podrían haber mil y una razones más. Nuevamente, el regalo de su padre le proporcionaba más preguntas que respuestas. Se sintió estúpido por no añadir nada más. La joven le había contado literalmente la situación más injusta de su vida y él sólo había sabido responder con un "es triste". Miró su chaqueta blanca, de la que no se despegaba en ningún momento—. ¿No te estás mojando?— a lo mejor, además de mágica, era impermeable, pero las saharianas nunca habían sido la mejor prenda para lloviznas como aquella.
Es por ello que, a cada palabra que la rubia comentaba, más triste se hacía su mirada, a conjunto con la lluvia que asolaba el campo. Sonrió tentativamente al par de bromitas que la joven hacía, consciente de que su intención era rebajar la tensión, pero, incluso después de tantos años en aquel campamento, habiendo escuchado tantas historias tristes de mestizos, porque eso es lo que hacían aquellos chiquillos antes de llegar al campamento, atraer a la mala suerte constantemente, seguía siendo incapaz de no tomarse cada una de ellas como un absoluto drama personal.
No sabía si lamentaba más que su madre no recordase a su hija, o que ambas hubiesen llegado a aquel acuerdo en el que cada una vivía su vida sin tener a la otra en cuenta, pero se arrepintió casi instantáneamente de sentir aquel pinchazo de indignación, pensando que si él hubiese tenido la oportunidad de conocer a su madre, jamás hubiese dejado que nada le separase de ella. Sabía que era injusto pensar en eso, que no había estado en la situación de Jay, ni en la de los campistas que renegaban de sus padres mortales, y que tener un padre no implica automáticamente que él lo vaya a dar todo por ti, pero, una vez más, hablaba aquella parte de él idealizando lo que nunca se le ofreció.
Sumido en pensamientos como aquellos, casi olvidó qué hacía jugueteando con la brújula. Aprovechando que la joven seguía contando su historia, la ojeó una vez más, dándole un par de golpecitos con el índice. En efecto, la aguja no se movió un milímetro. Cambió el objeto de mano, modificando el ángulo. Nuevamente, y por primera vez en años, excepto cuando lo pedía una indicación muy concreta, la flecha de su brújula permaneció estática. No sólo eso, sino señalando, sin ningún tipo de dudas, a Jay Doe.
Era probable que se le notase en la cara, puesto que se había quedado mudo de la sorpresa, pero podría habérsele atribuído a la historia que la hija de Zeus le contaba. Nuevamente, no supo qué decir—. Es... triste— esta vez sí que miró a la chica, con una nueva y distinta intensidad, intentando resolver aquel rompecabezas. Quizá la brújula se había detenido en el mismo instante en el que Jay propuso la misión, que eso era lo que debía hacer, pero podrían haber mil y una razones más. Nuevamente, el regalo de su padre le proporcionaba más preguntas que respuestas. Se sintió estúpido por no añadir nada más. La joven le había contado literalmente la situación más injusta de su vida y él sólo había sabido responder con un "es triste". Miró su chaqueta blanca, de la que no se despegaba en ningún momento—. ¿No te estás mojando?— a lo mejor, además de mágica, era impermeable, pero las saharianas nunca habían sido la mejor prenda para lloviznas como aquella.
Campamento Mestizo, Campo de fresas.

- Regina Phalange:






Re: 13. Strawberry fields forever | Jay & Daniel
Strawberry fields forever
«Triste» pensó Jay con cierto tono de amargura. Ella jamás lo hubiese definido como triste, ella habría dicho algo más parecido a “estúpido e innecesario” o “egoísta” o “lo que se dice una relación madre e hija perfectamente normal si partimos de la base de que tu padre es una deidad violadora” o lo que fuese. El resentimiento que sentía Jay hacia sus dos progenitores era algo más parecido a la envidia hacia los campistas con mejores relaciones con sus padres que a un odio real, pero lo que realmente envidiaba era, sin lugar a dudas, la situación de Daniel. Por supuesto, no se imaginaba sin conocer a su madre, pero el hecho de haber pasado toda su vida, al completo, en el campamento mestizo, el único lugar donde ella había sido feliz, le resultaba ciertamente envidiable. Y, bueno, con toda su historia tan rediviva como estaba en ese momento… también envidiaba un poco el no tener que aguantar los dramas de su madre.
Pero no dijo nada ante aquel comentario. Se encogió de hombros quitándole importancia a si su vida era triste o sencillamente no merecía la pena ser contada, porque muchas veces eso es lo que ella creía. «Quizás haya sido culpa mía —pensó con cierto desasosiego—. Quizás para que yo pudiese nacer, mi madre debía pagar un precio antes». No era la primera vez que le asaltaban aquellos pensamientos, a fin de cuentas, Jay nunca se había considerado digna de ser la hija del Rey de los Dioses. Más bien se sentía como un error más del casquivano dios, acostumbrado a fecundar a la mitad de las humanas que pasaban cerca de Manhattan. Excepto porque su madre estaba en San Francisco… aquel era otro asunto que le llamaba la atención, ya que los dioses solían ir a la costa oeste en su forma romana, no griega, pero nadie podía controlar al dios de la Tormenta, ¿no?
Trató de no darle más vueltas al hecho de ser o no ser digna de ser hija del Rey y se centró en el aspecto de Dan, concentrado y triste al mismo tiempo, mirando la brújula. Brújula que por primera vez reconocía por completo. No se había dado cuenta hasta ese momento de que el mágico objeto de Daniel la apuntaba a ella. Miró al cielo, como buscando un indicativo de que se encontraban al norte y por eso la apuntaba a ella, y después bajó la mirada, justo para ver cómo el chico giraba el aparato de navegación y conseguía que la flecha girase también hasta encontrarse en la misma dirección. «Wow —se dijo, tan asombrada como podía estarlo alguien—. ¿Manipularé los campos magnéticos de la tierra? Igual soy Magneta o algo» aquello la animó ligeramente. Era increíble lo triste que se había puesto con la tontería de su vida. Soltó un suspiro…
Suspiro que se vio directamente seguido de una carcajada. ¿Qué si se estaba mojando? Claro que se estaba mojando. Estaba lloviendo. Miró al hijo de Hermes con tanta expresividad que hasta un gato lo hubiese entendido. Su cara decía “¿Me lo dices o me lo cuentas?”. Las cejas levantadas, los ojos muy abiertos, la boca torcida en media sonrisa, el ceño ligeramente fruncido… Se volvió a reír y se encogió de hombros, para después cambiar de tema directamente. — Parece que alguien se ha enamorado— soltó en un tono de broma que ya parecía su único tono. Le dio dos toques con la uña a la brújula que sostenía el chico, mostrando que se refería directamente al aparato, y no a él—. ¿Es normal que haga eso?
Pero no dijo nada ante aquel comentario. Se encogió de hombros quitándole importancia a si su vida era triste o sencillamente no merecía la pena ser contada, porque muchas veces eso es lo que ella creía. «Quizás haya sido culpa mía —pensó con cierto desasosiego—. Quizás para que yo pudiese nacer, mi madre debía pagar un precio antes». No era la primera vez que le asaltaban aquellos pensamientos, a fin de cuentas, Jay nunca se había considerado digna de ser la hija del Rey de los Dioses. Más bien se sentía como un error más del casquivano dios, acostumbrado a fecundar a la mitad de las humanas que pasaban cerca de Manhattan. Excepto porque su madre estaba en San Francisco… aquel era otro asunto que le llamaba la atención, ya que los dioses solían ir a la costa oeste en su forma romana, no griega, pero nadie podía controlar al dios de la Tormenta, ¿no?
Trató de no darle más vueltas al hecho de ser o no ser digna de ser hija del Rey y se centró en el aspecto de Dan, concentrado y triste al mismo tiempo, mirando la brújula. Brújula que por primera vez reconocía por completo. No se había dado cuenta hasta ese momento de que el mágico objeto de Daniel la apuntaba a ella. Miró al cielo, como buscando un indicativo de que se encontraban al norte y por eso la apuntaba a ella, y después bajó la mirada, justo para ver cómo el chico giraba el aparato de navegación y conseguía que la flecha girase también hasta encontrarse en la misma dirección. «Wow —se dijo, tan asombrada como podía estarlo alguien—. ¿Manipularé los campos magnéticos de la tierra? Igual soy Magneta o algo» aquello la animó ligeramente. Era increíble lo triste que se había puesto con la tontería de su vida. Soltó un suspiro…
Suspiro que se vio directamente seguido de una carcajada. ¿Qué si se estaba mojando? Claro que se estaba mojando. Estaba lloviendo. Miró al hijo de Hermes con tanta expresividad que hasta un gato lo hubiese entendido. Su cara decía “¿Me lo dices o me lo cuentas?”. Las cejas levantadas, los ojos muy abiertos, la boca torcida en media sonrisa, el ceño ligeramente fruncido… Se volvió a reír y se encogió de hombros, para después cambiar de tema directamente. — Parece que alguien se ha enamorado— soltó en un tono de broma que ya parecía su único tono. Le dio dos toques con la uña a la brújula que sostenía el chico, mostrando que se refería directamente al aparato, y no a él—. ¿Es normal que haga eso?

¡Gracias a Oswald por el pack!
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