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L'amour fou.

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L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Jue 14 Abr - 22:10

l'amour fou.
1x1 — Plot épocas pasadas— Romance — Drama — +18


En una época donde lo medieval está comenzando, donde las enfermedades se solían llevar a una gran parte de la población, los pueblos del norte, donde nadie se atreve a pasar por el frío y el desconocimiento, los vikingos planean navegar hasta el núcleo de la futura Europa. Con algunos barcos, los más salvajes soldados bárbaros navegan por los mares y estrechos hasta llegar al primer puerto de Francia, Calais. En el pequeño pueblo, donde se desarrollaban las principales actividades de pesca y ganadería, la gran riqueza procedía de una rica familia que había heredado un ducado y habían establecido su segunda residencia en la costa. Los vikingos asediaron las costas, quemaron granjas y mataron a simples inocentes. Hasta que llegaron al castillo; los soldados franceses que protegían a la familia, a pesar de estar protegidos por sus armaduras y armados con sus espadas, no esperaban un ataque tan repentino, ni tan fuerte y salvaje. Las hachas se clavaron en la carne, que se quemaba y esparcía el olor putefracto por el pequeño pueblo.

Una joven francesa, Fanya, de tez blanca y ojos claros, era una dama de compañía de la hija de la familia; una criada bella que servía allí desde hacía años. No halló la muerte, sino un destino peor. Fue apresada junto con el resto de sirvientas, cargada en un barco y dejada en un pueblo del norte. Allí, donde reinaba el jefe de los vikingos, fueron forzadas a trabajar como criadas, bajo amenazas y humillaciones. Apenas podían entenderse entre ellos por los distintos lenguajes, la religión era distinta; también motivo de mofa entre los salvajes. Poco a poco, las mujeres comenzaron a ser agredidas y violadas, y si se resistían, aún acababan peor. Fanya ha visto como la miran, como la tocan aunque ella termine por apartarse y mirándolos con odio. Ha recibido golpes, pero nadie la ha tocado. Apenas llevan un mes allí, pero la mujer, curiosa y observadora, ha deducido que está protegida por alguien mayor. ¿Que querían de ella?

Fanya Seigner
25 años — Emilia Clarke — Criada — Blackie
Fanya nació hace veinticinco años en el pueblo costero de Calais, un pequeño pueblo que se valía de la pesca y la ganadería. Con los años, una rica familia de la capital se asentó allí como segunda residencia y la joven Fanya consiguió trabajo como criada, encargándose de la comida, los cambios de ropa, la limpieza, todo de lo que pudiera encargarse una criada. Con el tiempo se convirtió en una buena dama de compañía de la joven hija de la familia y allí pasó los mejores años de su vida. Fanya es una mujer amable, que cuida de todos y no soporta ver a alguien sufriendo. Siempre fue muy curiosa y leía y estudiaba de cualquier libro que encontrara, por eso tiene conocimientos de diversas materias como medicina o astrología. Es una mujer fuerte, tanto en espíritu como en carácter. No le gustan las injusticias ni las desigualdades, y de repente se ha visto envuelta en un mundo que desconoce y que teme. Un día cualquiera, tranquilo y nublado en el pueblo de Calais, los barcos llegaron. No supieron de donde, pero unos bárbaros asaltaron el pueblo, matando a todo el mundo, saqueando y llevándose todo lo que podían consigo. Mataron a la familia a la que Fanya servía, y la tomaron como esclava, al igual que el resto de chicas con las que servía. Las llevaron de vuelta a un pueblo perdido en el norte; la travesía duró muchos días y aunque conocía los mapas realizados hasta la fecha, no supo donde se dirigían. Allí obligaron a las mujeres a trabajar como esclavas, haciendo lo que ya hacían en Francia, pero bajo amenazas y humillaciones. Muchos se burlaban de su fe y su comportamiento, otros las miraban con deseo y simplemente les pegaban y violaban a ojos de todos. Fanya es arrogante y se resiste a los ataques y responde con miradas fieras a los golpes que le dan, tiene miedo de ser la siguiente.
Talon Konungrm
30 años — Jason Momoa — Jefe vikingo — Hatshepsut.
Talon no tuvo una infancia fácil. Nació en un clan establecido en la zona interior, rodeado de montañas y a días de viaje de la aldea más cercana. Allí, aún más que en la costa, ver el amanecer de un nuevo día era cuestión de suerte y maña, por ello le enseñaron cómo sobrevivir a una edad muy temprana. Aprendió a cazar, a moverse por los bosques nevados, a hacer que las fieras le perdieran el rastro, a saquear y a luchar. Los inviernos eran terriblemente duros, y la comida escaseaba cuando las reses y el venado se ocultaban del frío. Así, la forma más fácil de conseguir algo que llevarse a la boca era atacando un clan vecino: la guerra era el pan de cada día, una actividad tan necesaria como el respirar si quería aspirarse a vivir más que un par de días.
Y, a penas alcanzó la adolescencia, Talon demostró que tenía una gran habilidad para la guerra: era el mejor de todos sus compañeros -lo cual generó varias enemistades que se empeñó en ignorar-, pero no solo en la lucha, sino también en la estrategia y en la caza. Los mismísimos dioses de Asgard parecían haberlo bendecido con su fuerza, agilidad y astucia, por lo que a nadie le extrañó que, un buen día, el hechicero del clan le comunicara que tenía un maravilloso porvenir, uno en el que se alzaría como líder de cientos y abarcaría oro a puñados.
Aquella idea de poder y fortuna solo provocó que Talon entrenara más duro; su voluntad era esperar, crecer lo suficiente y desafiar al líder de las tierras de la comarca. Sin embargo, éste fue prevenido y, al escuchar las habladurías que mencionaban a un fuerte muchacho que terminaría gobernando todos los clanes de la zona algún día, envió a unos hombres con el objetivo de matarlos.
Talon no estaba en la aldea cuando aquellos hombres llegaron, pero su familia sí. En el ataque perdió a su padre, un hombre de honor y valor inmesurables, y a su hermana Ceara, una pequeña de cabellos tan rubios como el sol. Su madre sobrevivió, aunque la desgracia la marcó aquél día.
Los otros miembros del clan, culpando a Talon del ataque que costó un buen puñado de vidas y el incendio de varias cabañas, decidieron desterrarlo. La madre del muchacho intentó evitarlo y fue golpeada en consecuencia.
Cuando Talon se marchó del clan lo hizo portando un petate en la espalda y a su madre sangrante en brazos.
La mujer falleció poco después, posiblemente por una hemorragia interna provocada por la paliza. Fue así como Talon perdió a toda su familia y se quedó solo a una edad demasiado temprana y de una forma demasiado cruel. Tan cruel como lo fue su venganza, ya que se ocupó de quemar la aldea que lo había repudiado antes de marcharse de las montañas y partir hacia la costa.
Allí, siendo ya un joven fuerte y astuto, se enroló en varios saqueos y exploraciones que le proporcionaron popularidad. Ganó amigos, adeptos y aliados; todos ellos lo apoyaron cuando se hizo con el dominio de uno de los pueblos, al que le siguieron unos cuantos más.
Al final, y tal como le habían aventurado una vez, Talon consiguió dominar a cientos y abarcar oro a puñados. Sus incursiones alcanzaron tierras centroeuropeas como Francia y Germania, y su domino se tornó tan duro y como su propio corazón.



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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Vie 15 Abr - 12:08

L'amor fou
TALON KONUNGRM — CON FANYA SEIGNER — NOCHE

El invierno se acercaba a pasos agigantados sobre el fiordo noruego; los vientos habían comenzado a entonar sus canciones sobre hielo y escarcha, la oscura noche reclamaba más horas de posesión y los rayos de sol no calentaban como hacía unas semanas. En poco tiempo, las nubes del norte poblarían el cielo y dejarían caer sobre la tierra su manto albino, congelando todo cuanto pudieran abarcar. Sin embargo, los habitantes de la aldea que se alzaba con orgullo al borde del fiordo no temían la helada estación, ya que habían tenido un verano lo suficientemente bueno como para almacenar provisiones, animales y pieles suficientes. Aquello era algo que le debían a su líder, ya que había sido su mando el que los había conducido a tierras antes inexploradas y les había proporcionado las riquezas con las que jamás se habían atrevido a soñar. Ahora, con la llegada de una época en la que no era recomendable navegar y saquear, la aldea tenía el privilegio de acoger al gran Talon Konungrm en su seno.

El líder vikingo había salido de su hogar aquella tarde y se había encaminado hacia la taberna para compartir historias e hidromiel con sus compañeros de guerra. Disfrutaba escuchando los relatos de las hazañas que él mismo había protagonizado, ya que se le antojaba divertido el modo en el que cambiaban con cada nueva narración. Lo que en un origen podría haber sido un encuentro contra un par de hombres fornidos podía convertirse en una cruenta batalla contra media docena de guerreros, e incluso llegar a ser un épico enfrentamiento contra un cuarto de ejército armado hasta los dientes. Y lo que de verdad importaba no era la veracidad de aquellas historias, sino el hecho de que perduraran durante los años y generaciones que estaban por venir. La única inmortalidad a la que podía aspirar un hombre como él era la de permanecer vivo en la memoria colectiva protagonizando leyendas y poemas épicos. Algún día, los futuros pueblos vikingos continuarían reuniéndose para escuchar las hazañas del valeroso conquistador Talon Konungrm.

¿Y recordáis cuando la temible serpiente Jormungardr se ocultó bajo el casco de nuestro drakkar y Talon la ahuyentó aullando como el lobo Fenrir...? –los hombres, cada vez más ebrios de alcohol, carne y mujeres, liberaban risotadas que hacían vibrar las paredes de la taberna. Muchos alzaban su cuerno de bebida hacia el líder para ofrecerle sus respetos antes de beber, pero él se limitaba a corresponder al gesto y a seguir escuchando, complacido.

Eran muchos los que hablaban del carácter tosco y serio de Talon, pero nadie lo consideraba un defecto mientras continuara aportando victorias a los clanes. ¿Qué importaba que fuera taciturno, brusco y torvo? ¿Qué importaba que su pasado y orígenes fueran desconocidos? Aquellos misterios solo contribuían al enriquecimiento de las leyendas y rumores que rodeaban su persona; todo el mundo sabía que no era prudente indagar en la historia de Talon. El último hombre que se había atrevido a preguntar por su lugar de nacimiento había perdido la lengua. Por lo tanto, lo único a lo que uno podía aspirar era a conformarse con los mitos de su origen: algunos decían que era hijo del mismísimo Thor, otros que fue engendrado por gigantes de las montañas, e incluso se rumoreaba que había matado a toda su aldea para devorar los corazones de la gente y alcanzar la fortaleza que lo caracterizaba. Fuera como fuere, no eran pocos los que sentían respeto al escuchar su nombre. Lo más sabios habían aprendido a temerlo, y los estúpidos que se atrevían a ponerse en su camino terminaban regando los campos con su sangre.

Talon apuró la bebida de su cuerno y le pidió a la tabernera que lo rellenara. La mujer, ya mayor y acostumbrada al comportamiento de los borrachos, se apresuró a ofrecerle más hidromiel caliente. Sin embargo, y antes de que pudiera retirarse de nuevo, el líder vikingo la asaltó con una pregunta cargada de exigencia:

¿Dónde está la esclava gala?

La tabernera frunció los labios. Aquella muchacha por la que le preguntaba Talon había estado a su servicio los últimos días, sirviendo bebidas y preparando carnes, pero había tenido que mandarla a otro lugar para evitar que los hombres se pelearan por ella. No es que le disgustara ver a los guerreros batiéndose como animales, pero los hombres inconscientes no podían beber, y a la larga suponía pérdidas para su negocio.

Ahora sirve en las caballerizas –respondió, y se escabulló al escuchar el gruñido que vibró en la garganta de Talon.

El vikingo había pasado días acudiendo a aquella taberna, y conocía de sobra el efecto que la esclava gala provocaba en los hombres. Los primeros días de trabajo, la joven había sido sometida a indiscretas proposiciones y a tocamientos desvergonzados, pero todo aquello había cesado en cuanto Talon prohibió que se le pusiera la mano encima. ¿El motivo? Bueno, el líder también podía apreciar la exótica belleza de la esclava. Su deseo no era menor que el del resto de sus hombres, pero sí mas importante. Una sola mirada suya bastaba para que los borrachos contuvieran su lengua y sus manos. Nadie tocaría aquello que él ansiaba. Pero ahora que la muchacha ya no servía en la taberna, escapaba a su vigilancia.

¿Quién ha dado permiso para ese cambio, mujer? –exclamó Talon, levantándose de la silla donde había permanecido sentado. Los guerreros que lo rodeaban cesaron su parloteo, sus cantos y carcajadas y lo miraron con cautela. La ira del vikingo era peligrosa, todos habían sido testigos de ello en el campo de batalla–. Vuelve a hacer lo que te plazca con una de mis pertenencias y te ataré en el campo para que los cuervos de Odín te arranquen los ojos –advirtió, y tiró su cuerno de hidromiel al suelo antes de cruzar la taberna en un par de poderosas zancadas y abandonar el lugar. A su espalda, los hombres retomaron la diversión, pero la tabernera tembló de miedo.

Las caballerizas estaban en el linde de la aldea; era una construcción grande donde podían guardarse los animales -la mayoría de los cuales eran tesoros traídos de Europa-, pero el hecho de quedar apartada del resto de viviendas la convertía en el lugar ideal para cometer fechorías. Y, aunque casi todos los hombres de la aldea temían y respetaban las órdenes de Talon, este sabía bien que el respeto se esfumaba cuando el alcohol nublaba el juicio.

Le costó unos minutos alcanzar las caballerizas, y cuando llegó confirmó que su intuición había vuelto a ser certera: había tres caballos anudados en la entrada del establo, animales que delataban la presencia de alguien que no era la esclava, pues a esta le estaba prohibido tener posesiones. Talon  hizo ademán de aproximarse a las bestias, pero entonces escuchó un grito que, aunque ahogado, quebró el silencio de la noche. El vikingo reaccionó al instante: torció los labios en una mueca fiera y desenvainó la espada que llevaba al cinto antes de correr hacia el interior del establo.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Vie 15 Abr - 18:24

L'amor fou
FANYA SEIGNER — CON TALON KONUNGRM  — NOCHE

Fanya había visto su vida derrumbarse en muy poco tiempo. Un día, estaba trabajando en el castillo de los Duffoy, y otro estaba viajando hacia el norte y siendo forzada a ser una esclava. Agradecía a Dios que sus padres hubieran muerto años atrás, porque no hubiera soportado servir a esos bárbaros sabiendo que habían asesinado a su familia. Aún así, sentía a los Duffoy como una segunda familia y había llorado su muerte por muchos días. Sin embargo, el estado de las demás mujeres raptadas era peor. Temblaban del miedo, lloraban e incluso colapsaban de la ansiedad. Fanya era una de las más mayores, a pesar de las enfermedades que surcaban las tierras, ella nunca había enfermado y su vida era larga, era fuerte y se sentía con el deber de proteger y dar fuerza a las demás. Así la estuvo animando, diciéndoles que en algún momento podrían escapar, que la vida allí no podía ser tan horrible. Pero se equivocaba. En cuanto llegaron las obligaron a vestir sus ropajes, a comer su comida, a cocinar, a lavar y a ejercer de esclavas, sin ningún tipo de derecho. A pesar de que mucho de lo que hacían ya lo habían hecho en Calais, las condiciones no eran las mismas. Actuaban bajo el miedo, las amenazas, las miradas y manos bajo sus faldas.

No todas eran puras, pero eran mujeres inocentes y jóvenes que en ningún momento pensaron que serían violadas y apartadas de sus hogares, familias y planes de futuro. ¿Qué sería de ellas? ¿Las casarían con algún bárbaro? ¿Acabarían muertas en alguna esquina por desobedecer? Fanya era arrogante con aquellas personas, evitaba mirarlos, pero cuando la tocaban o le gritaban, su mirada era fiera y los miraba con odio. Alguna vez se había llevado un golpe, pero nunca más había vuelto a suceder. Apenas llevaban un mes allí y Fanya se había esforzado por acostumbrarse y darle un poco de estabilidad a las demás. Dejando de lado la crueldad y el horror que había vivido, la faceta curiosa de la gala siempre hacia presencia. Tenían un curioso modo de vida, más salvaje sin duda que en el que ella había vivido. Fanya, que era cristiana, miraba a aquellos bárbaros como unos herejes, pero sus rituales eran extraños y sangrientos y no los comprendía.  

Las jóvenes raptadas habían creado, en una zona de las afueras del poblado, algo escondido, una cruz con dos palos rudimentarios caídos de algún árbol, a modo de cruz para pode rezar cuando tenían tiempo libre. Necesitaban a su Dios más que nunca.

Sin embargo, había algo que le hacía sentir ligeramente incómoda. A pesar de que los hombres seguían gritándole cosas que no entendía, ya pocas veces se acercaban a ella. Incluso había dejado de trabajar fuera para trabajar en una especie de taberna, donde cocinaba y servía la bebida a los guerreros. Estaba bajo el mando de una anciana mujer, que no le resultaba demasiado agradable. En los últimos días, quizás semanas, servía allí y veía a distintos guerreros, pero todos gritaban y coreaban, quizás contaban algún tipo de historia pero Fanya no podía entenderlo. Pero entre ellos siempre se encontraba el que parecía el jefe. Ella ni siquiera conocía su nombre, pero se notaba que todos obedecían a sus palabras. ¿Quizás tendría él algo que ver..? ¿Pero por qué ella? Fanya no tenía nada de especial. Aquella noche, la anciana mujer la arrastró hasta una especie de establo a las afueras del campamento, y le hizo unos gestos y le propinó unos gritos que ella interpretó como que quería que limpiara aquello. Fanya suspiró cuando se quedó sola y se quedó un rato conociendo a los caballos que allí se guardaban, cepillándolos y hablando con ellos.

Al menos ellos no le gritaban ni la miraban de mala forma. No querían nada de ella salvo que les diera de comer y algún cariñito en sus lomos. La gala no se dio apenas cuenta de cuando tres de esos guerreros bárbaros apostaron sus caballos fuera del establo, sólo lo noto cuando la puerta se abrió de par en par, de un golpe que la asustó demasiado. Por inercia, y por los rostros de ellos, Fanya corrió hacia el otro lado del establo, queriendo huir de ellos, pero la alcanzaron en un corto tiempo. La tiraron sobre un montón de paja, y todo pasó demasiado rápido. Ellos rompieron su ropa, dejando expuestas sus piernas y parte de su pecho, que ella quiso cubrir rápidamente. Las lágrimas acudieron a sus ojos rápidamente y comenzó a gritar, lo más alto y todo lo que pudo hasta que taparon su boca y sus manos se perdían debajo de su vestido roto.

Ella gritó aún siendo callada, mordió la mano de quien la apresaba, aunque el hombre no parecía notarlo en su frenesí. Pero de pronto, un grito fiero surcó el silencio de la noche y de repente, se sintió libre de aquella presión que eran las manos y cuerpos de los bárbaros. Fanya alcanzó a distinguir a aquel hombre, fuerte y rudo, que calificaba como jefe y veía siempre en la taberna. Atacaba a los demás, ¿para salvarla? Sin embargo, Fanya se acercó a la esquina, cubriéndose y haciéndose una pequeña bola llena de miedo y temblores.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Vie 15 Abr - 21:26

L'amor fou
TALON KONUNGRM — CON FANYA SEIGNER — NOCHE


Talon irrumpió en el establo con un grito salvaje, como si se tratara de una bestia en plena cacería. Espada en mano, barrió el espacio con la mirada y encontró a la esclava que había estado buscando. Estaba acurrucada en uno de los rincones, temblando y con el vestido convertido en un trapo harapiento. Había miedo en su rostro, y el jefe vikingo decidió que se encargaría de devolverle aquél mismo temor a los que lo habían causado, pero multiplicado por cien.

Sabiéndose descubiertos, los guerreros que habían intentado violar a la muchacha se repartieron el espacio que tenían, abriéndose en una pose defensiva. Sus miradas trasmitían miedo y preocupación, pero también seguridad. Ahora que Talon los había encontrado desobedeciendo una de sus órdenes más directa solo les quedaba la opción de luchar por su vida, pues de todos modos estaban condenados a perderla o a sufrir algún terrible castigo. Se encontraban en un punto sin retorno, pues sabían muy bien que apelar en busca de piedad o perdón era del todo inútil ante alguien como Talon. Así pues, blandieron sus propias armas y las exhibieron de forma amenazadora. Sentir el mango de sus espadas contra la palma de la mano les regaló una ingenua confianza: ¿qué pasaría si derrotaban al líder en aquella batalla? Podrían ocupar su puesto, poseer sus tierras, disponer de su oro. Era una oportunidad demasiado buena como para desaprovecharla. Un regalo de las Nornas, tal vez.

Te mataremos, Konungrm –exclamó uno de ellos, presa del frenesí del momento. Sus ojos se desviaron un instante hacia la esclava, a quien le dedicó una mirada cargada de lujuria–. Y luego nos follaremos a cuantas mujeres queramos, comenzando por esa puta gala.

Talon apretó la quijada, pero lejos de mostrarse intimidado se limitó esbozar una sonrisa. Giró el puño de su espada entre los dedos, un gesto muy recurrente en él, y alzó la barbilla con orgullo.

Para cuando esto termine, la mujer a la que llamas puta será la que decida si vives o mueres –prometió.

Los contrincantes lo superaban tres a uno, pero eso no hizo retroceder al bárbaro. Al contrario; su pecho se agitó en deseos de castigar a aquellos que se habían atrevido a insultarlo y la sangre fluyó rápida por sus venas, ansiosa ante la expectativa del inminente enfrentamiento. Fue él, de hecho, quien realizó el primer movimiento: se lanzó hacia delante, cortando el aire con su leal espada, como si pretendiera atacar al guerrero que quedaba a la izquierda. Sin embargo, y cuando este lanzó una finta para contrarrestar el golpe, Talon se agachó, esquivó el acero y atacó el flanco del hombre que quedaba en el centro de la formación. Su espada alcanzó carne y arrancó gritos de dolor, pero no iba a quedar satisfecha con eso. El primer contrario hizo ademán de darle un tajo en el brazo, pero él era más fuerte, más rápido y estaba infinitamente más experimentado: usó el codo para partirle la nariz, sabiendo que aquello lo aturdiría durante al menos un minuto.

Ahora era el turno del tercer guerrero, que se mostraba dubitativo al haber sido testigo de la velocidad con la que Talon había mellado a sus dos compañeros. Este, satisfecho con el miedo que inspiraba en el enemigo, alzó su espada. El arma chirrió al encontrarse con su oponente un par de veces, pero finalmente ganó ventaja y se abrió paso en las defensas para abrir un tajo en el muslo ajeno. El hombre se dejó caer de rodillas y se llevó las manos a la herida, soltando su espada en un gesto tremendamente estúpido. Talon estaba dispuesto a cortarle la cabeza aprovechando la posición, pero el hombre de la nariz partida, aparentemente recuperado, le pasó los brazos por la garganta y tiró de él hacia atrás, estrangulándolo. Aquello provocó que la mirada se le nublara durante un par de segundos, pero aún así se dispuso a usar su espada para deshacerse de la trampa. No obstante, el tercer guerrero, el mismo que lo había amenazado y que parecía estar al mando de los otros dos indeseables, no estaba dispuesto a permitir que se liberara: describió un arco con su espada y la condujo hasta su vientre, donde se hundió. Talon notó el doloroso y frío contacto del acero al colarse junto a sus costillas, pero su pechera de cuero -una pieza por la que había pagado un puñado de monedas de oro inglés-, frenó gran parte del impacto.
Sin dejarse amedrantar por el dolor, el vikingo echó el brazo atrás, golpeando la rodilla del hombre que lo sujetaba con el mango de la espada, y consiguió la liberación de su cuello. Justo a tiempo para rodar sobre la paja que cubría la tierra, coger impulso y atravesar el pecho de aquél que lo había herido con el mortífero filo de su arma. El hombre, herido de muerte, echó un borbotón de sangre por la boca y cayó al suelo, de donde no se levantaría jamás.

Talon se levantó y observó a los otros dos: uno aún sufría por su muslo herido, y el otro, con el rostro cubierto de la sangre que le caía desde la nariz destrozada, no lo dudó y soltó su espada en un inequívoco signo de rendición. El vikingo sonrió, satisfecho ante tal muestra de humillación, y tomó al guerrero por la camisa. Hizo lo mismo con su compañero, y luego los arrastró hasta el lugar donde se hallaba la mujer. Los lanzó frente a ella con desprecio, como si no fueran más que un saco lleno de desperdicios, y permaneció inmóvil a sus espaldas para cortarles el paso en caso de que quisieran escapar.

Os lo dije: ella será quién decida si vivís o morís esta noche –gruñó en nórdico al mismo tiempo que situaba la espada entre las cabezas de los dos hombres, dispuesto a rajarles la garganta en cualquier momento–. Pero antes le suplicaréis perdón y besaréis la tierra que hay frente a ella.

Sin dudarlo un instante, los dos maleantes de inclinaron a los pies de la esclava y, sin tocarla, besaron fervientemente el suelo que más cerca estaba de sus pies, sin importarles que estuviera cubierto de sangre, de paja y de estiércol. Continuaron haciéndolo hasta que los rostros se le llenaron de arena, y todo mientras soltaban una retahíla de súplicas y disculpas dedicadas a la muchacha. Sus voces, cargadas de humillación y miedo, fueron como un bálsamo para Talon, que alzó la mirada hacia la gala, esperando que su gesto estuviera complaciéndola. Si por él fuera la cabeza de aquél par de animales ya estaría rodando sobre el suelo, pero quería que la esclava pudiera cobrarse su venganza decidiendo el castigo pertinente.

Decide castigo –le dijo a la chica. Usó la lengua gaélica, ya que había aprendido un poco de ella tras sus constantes incursiones -aunque de forma torpe e incompleta-, y la miró con intensidad–. Mueren o viven.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Sáb 16 Abr - 0:51

L'amor fou
FANYA SEIGNER — CON TALON KONUNGRM  — NOCHE

Fanya se había quedado prácticamente paralizada en aquella esquina, cubriéndose el pecho y las piernas descubiertas por las ropas rotas. Observaba aquella escena como si realmente se estuviera desarrollando de nuevo la matanza de Calais frente a sus ojos, aún más cerca de lo que la había vivido. Allí se iba a desempeñar una pelea, los guerreros bárbaros así lo decían con sus poses defensivas. Fanya no sabía de que iba todo aquello, no sabía que los guerreros habían desobedecido la orden de no tocarla, y por supuesto, no sabía que eso era una razón para luchar a muerte.

La gala escuchó las voces guturales y fuertes de los guerreros, dirigiéndose al contrario, pero no entendió nada. Pero la mirada que uno de ellos le echó, le puso los vellos de punta e hizo que agarrara su ropa con más fuerza. Si ellos ganaban, terminarían con lo que habían empezado. Su corazón latía demasiado rápido y sentía demasiada tensión en sus hombros. Si se fijaba, el combate estaba en clara desventaja por el lado del hombre que la había salvado de aquella violación. Pero a él no parecía preocuparle. Fanya cerró sus ojos fuertemente al escuchar el primer grito de dolor de uno de ellos; la espada se había clavado en la carne, la sangre manaba y el grito denotaba el dolor. Por un tiempo, él jefe vikingo parecía ir ganando, no parecía difícil para él, pero un pequeño grito ahogado se escapó de sus labios cuando lo vio ser agarrado por detrás, estrangulando su cuello.

Fanya se tapó la boca, sintiendo como las lágrimas volvían a derramarse y su pecho subía y bajaba incontrolado. Se sentía mareada por ver aquello; la sangre, las heridas, ver a gente matándose y sufriendo. Cuando vio la espada levantarse contra él, sintió la necesidad de moverse, de pegarle a aquel hombre aunque sus débiles manos no fuerana hacerle nada. Pero sus piernas no se movieron, no podía dejar de temblar. Sin embargo aquel hombre parecía invencible; a pesar de que lo estaban estrangulando, de que le habían clavado la espada en el costado, él se sobrepuso. No sólo consiguió liberarse de aquel agarre, si no que también había matado a uno de ellos y los otros dos terminaron por rendirse. Fanya quizás respiró más tranquila por el hecho de ver la batalla finalizada, con un mal final para los guerreros.

Sin embargo, sintió su cuerpo tensarse por completo cuando el jefe de aquellos vikingos trajo ante ella a los dos hombres que habían intentado tomarla. Fanya no entendía que hacían ni que decían, sólo era capaz de descifrar algunas palabras inconexas por la frecuencia que las escuchaba, pero ni siquiera sabía si ese era su verdadero significado. Después de laspalabras ásperas y altas del jefe, los hombros comenzaron a besar el suelo que había delante de ella, aunque estuviera sucio, lleno de heces de caballo o sangre. Fanya se echó más hacia atrás, escuchando unos murmullos que parecían más lamentos que otra cosa. Ella no paraba de mirarlos, pensando que aquello era alguna especie de arrepentimiento por lo que habían hecho. La voz gutural del jefe le llegó, en su propio idioma, algo torpe, diciéndole que decidiera un castigo.

¿Tu hablas..?– Preguntó, pero no sabía si podría entenderla del todo. De todos modos, ¿qué le estaba diciendo? ¿que decidiera sobre que pasaría con ellos? Su mirada, intensa sobre ella, y esas últimas palabras, hicieron que ella tragara saliva costosamente. Había dejado en sus manos la decisión de arrebatar una vida. Fanya pasó unos momentos confundidos, mirando a aquel hombre y mirando a los guerreros que no paraban de besar el suelo que estaba delante de ella. Fanya ató como pudo el vestido de su pecho, para que al moverse no se mostrara su cuerpo. Colocada de rodillas frente a ellos, tocó las cabezas de los hombres que la habían atacado, no sin cierto temblor en sus manos. Dios era el único que podía juzgar quien merecía morir.

Viven.– Sentenció ella, aunque su voz no parecía muy segura. Posiblemente no fuera lo que el jefe esperaba, pero ella no era una asesina y no quería tener sangre en sus manos. Su fe le impedía si quiera aceptar esa opción.– Todo arrepentido merece la redención.– Dijo, más para ella misma que para los demás, puesto que seguramente no la entendieran. Alzó su mirada hacia el jefe y ésta era firme y segura, aunque aún algo temerosa.– Perdonar.– Dijo, esperando que la entendiera.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Sáb 16 Abr - 12:50

L'amor fou
TALON KONUNGRM — CON FANYA SEIGNER — NOCHE


Talon alzó una ceja cuando la esclava proclamó su decisión respecto al par de guerreros que habían intentado abusar de ella. Cualquier mujer de la aldea le habría arrebatado la espada para ejecutar a los dos gusanos con sus propias manos, pero al parecer la gala tenía otras costumbres. El vikingo era consciente de que su cultura y forma de proceder eran completamente distintas a la propia, y aún así le extrañó que la muchacha no quisiera cobrar venganza de aquellos que pretendían tomar su cuerpo por la fuerza. En cualquier caso, había prometido dejar la suerte de aquellos hombres en su poder, y debía respetar su decisión sin pronunciarse. Podía ser un bárbaro, pero sabía que la palabra de un guerrero tenía un gran valor; en el momento en el que rompiera una promesa, su honor no sería nada para los dioses.

Viven –repitió, esta vez en lengua nórdica, para que los dos hombres supieran que le debían la vida a una esclava gala. Esa sería una vergüenza con la que tendrían que cargar durante el resto de su vida, pero Talon estaba dispuesto a incrementarla un poco más–: Viviréis, pero habéis desobedecido mis órdenes y pagaréis la impertinencia con vuestros caballos. Ahora son míos –los hombres hicieron una mueca, pues sus animales eran de sangre pura y costaban un buen puñado de oro. Sin embargo, no se atrevieron a contradecir a aquél que aún sujetaba una espada frente a sus narices–. Sacaréis el cadáver de vuestro amigo de aquí, le cortaréis la verga y se la colgaréis al cuello. Dejaréis el cuerpo tirado en la plaza durante dos días, y cuando la gente pregunte por él responderéis que eso es lo que ocurre cuando alguien intenta tocar las pertenencias de Talon Konungrm; contaréis que le debéis la vida a una esclava de sangre gala.

De nuevo, los guerreros permanecieron en silencio y no articularon ninguna palabra a su favor. Se limitaron a asentir con obediencia y pronunciaron un sentido agradecimiento por la piedad que había mostrado su jefe aquella noche. Luego, y aún sentados en el suelo, intentaron atender sus heridas sin atreverse a levantar la mirada hacia la que había sido su salvadora. Talon asintió, satisfecho, y alargó un brazo hacia la mujer gala.

Conmigo –le dijo, usando con ella la lengua de su tierra. Tomó su mano sin demasiada delicadeza -aunque con cuidado de no hacerle daño-, y la sacó del rincón donde se había refugiado. La alejó de sus agresores, tomó una manta que había sobre una balda del establo y se la echó por los hombros para intentar compensar el destrozo de su vestido. Comprobó que no tuviera ninguna herida o desperfecto con una rápida mirada y, finalmente, la rodeó con los brazos y la alzó en volandas sin mediar una sola palabra. La herida del abdomen le punzó con el gesto, pero Talon estaba demasiado acostumbrado al dolor como para prestarle atención a aquél rasguño. Además, la fuerza que tenía que hacer para alzar a la muchacha era casi nula, ya que era menuda y ligera como una pluma de cuervo. La cargó hacia el lugar donde esperaban los animales de los guerreros y la aupó con agilidad, sentándola en el lomo de uno de los caballos. Era un ejemplar magnífico, de larga crin, patas musculadas y piel tan negra que se confundía con los lindes de la noche. Si hubiera tenido alas, podía haber sido la montura de una valkiria, pero por el momento tendría el honor de ser la montura del rey vikingo.

Talon subió también al caballo, situándose justo detrás de la esclava. Usó una mano para rodear su cintura, manteniéndola bien sujeta sobre el animal, y tomó las riendas de los otros dos animales con la que tenía libre. Les dio un pequeño tirón y chasqueó la lengua, indicándoles que tendrían que seguirlo allá donde cabalgara, y luego se hizo con las riendas de su propia montura. La azuzó con un pequeño grito y esta inició un suave galope, perdiéndose entre las casas de la aldea. Talon estrechó su agarre sobre la esclava, pegándola a su torso para que no se desequilibrara, y disfrutó del breve paseo. Para el líder vikingo había muy pocas cosas que pudieran compararse a la sensación que lo embriagaba cuando cabalgaba bajo el infinito cielo estrellado, con la brisa nocturna agitándole el cabello y azotándole el rostro. Una de las cosas que más agradecía de su estilo de vida era el hecho de sentirse increíblemente libre en casi todo momento. Aquello, sin lugar a dudas, era algo mucho más valioso que el poder que le otorgaba su posición o que el oro que conseguía en sus incursiones.

Su hogar estaba en el otro extremo de la aldea: consistía en un edificio moderadamente grande, a medio camino entre una casa tradicional y una pequeña fortaleza. Los líderes anteriores se habían molestado en construir enormes viviendas en las que alojarse, guardar sus tesoros y proteger a sus familias. Él, sin embargo, pasaba la mayor parte del año navegando y viajando, por lo que no necesitaba lujos en los que guarecerse. Tampoco tenía ningún pariente o familiar, así que no precisaba de grandes espacios quitando el salón de festejos en el que se reunía con el pueblo y los guerreros. Durante aquellas celebraciones llenaba su hogar de invitados, pero el resto del tiempo lo pasaba solo o en la silenciosa compañía de sus sirvientes. Y no se quejaba: la soledad era una gran aliada durante el invierno, la compañera perfecta para urdir planeas y trabajar estrategias.

Cuando alcanzaron los portones laterales de la casa, Talon desmontó y llamó a un subordinado, que se apresuró a atender a los nuevos caballos que traía su señor. Luego, el vikingo bajó a la gala del animal y le puso una mano en el hombro. La miró a los ojos -gesto para el cual debía inclinar la cabeza, pues era notablemente más alto que la mujer-, y vocalizó lo más claramente que pudo:

Ahora estarás aquí –hizo un ademán con la mano, abarcando la casa–. Eres mi esclava. Solo mía.

Sin molestarse en aguardar una respuesta o en conocer la reacción de la muchacha, Talon se volvió hacia el sirviente, que había terminado de cobijar a los caballos, y le dio una nueva orden:

Llama a la vieja –dijo, refiriéndose a la sirvienta que trabajaba para él. Pese a que la palabra que usaba para denominarla podía parecer un poco despectiva, Talon le guardaba cierto respeto. Era una mujer mayor y savia, que le había regalado infinidad de buenos consejos desde que comenzó a trabajar para él. Era por eso que el vikingo no la trataba como a una esclava, sino que le pagaba un sueldo y cubría todas sus necesidades–. Que meta en el baño a esta gala.

El subordinado asintió y le hizo un gesto a la esclava, indicándole que debía seguirlo para conducirla al interior del edificio, donde la lavarían y adecentarían.  Por su parte, Talon se deshizo de la pechera que le cubría el pecho y le echó un vistazo a la herida que se había ganado en batalla. No era nada grave, pero añadiría una nueva cicatriz a su colección. Entró en la casa con la intención de quitarse la sangre de encima, limpiarse la mugre de las caballerizas y darse un par de puntos en el tajo que le abría la piel. En cuanto estuviera listo, acudiría al baño para reunirse con su nueva adquisición.

Llevaba demasiado tiempo observándola, y había llegado el momento de dejar de conformarse con ello.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Sáb 16 Abr - 16:38

L'amor fou
FANYA SEIGNER — CON TALON KONUNGRM  — NOCHE

A pesar de que el corazón le iba a mil, de que sentía que el mareo y la fatiga le iban a provocar un colapso, mantuvo la mirada sobre la de aquel jefe vikingo. Si había querido que ella tomara  la decisión, tendría que respetarla después. Imaginaba que no sería algo de lo que vanagloriarse el ser salvador por una mujer, encima esclava y extranjera. No sabía si volverían a intentar tomarla, no sabía si que los hubiera salvado y perdonado serviría de algo. O por el contrario sería el miedo a su jefe el que los alejaría de ella. El moreno comenzó a hablar en su lengua, sin que Fanya pudiera comprender nada. Imaginaba que estaba imponiendo un castigo a aquellos hombres, pero no podía estar segura. Ella se apartó después de haber tomado aquella decisión, dejando que ellos se movieran sin saber muy bien si debía levantarse o no. Pero el jefe se acercó a ella, hablándole de nuevo en su lengua y la levantó de allí tomando su mano.

Aunque fue algo brusco no le hizo daño, aunque le costó andar sin tambalearse, debido al temblor de miedo e incertidumbre que aún llenaba su cuerpo. ¿Qué iba a pasar con ella ahora? ¿Podía considerar que era libre o sólo era un objeto más en manos de aquel hombre brusco? Él la había salvado de ser violada, o incluso de la muerte, Fanya no estaba segura de qué harían aquellos bárbaros. Pero no podía olvidarse que él también lo era, que era su jefe. Tenía algunos momentos de amabilidad que realmente agradecía, como cubrirla con aquella manta que ella tomó con fuerza para cubrirse el cuerpo. A pesar de que su estado no era el mejor, con la ropa destrozada y su pelo suelto y revuelto, seguía siendo atractiva para esos hombres. Las mujeres allí eran rudas y fuertes, nada comparado con ella. ¿Sería el cambio lo que querían poseer? Fanya soltó un grito ahogado al ser recogida por los anchos brazos del bárbaro y se sintió nerviosa.

¡P-puedo caminar sola!– Dijo, avergonzada, pero o bien no la entendió o solo la ignoró, transportándola hasta uno de los caballos del exterior. Él la movía con suma facilidad, alzándola hasta sentarla sobre el caballo, y ella se agarró como pudo, aún algo mareada. El caballo era precioso, con una larga crin, fuerte, capaz de cargar y cabalgar durante horas y horas sin descanso. Ella lo acarició con cariño, sintiendo la suavidad del caballo, poniendo una leve sonrisa en su rostro. Cuando el bárbaro se subió también, ella se agarró un poco más fuerte a las crines del caballo, debido al desnivel que provocaba el peso del hombre, y sintió su corazón latir fuertemente cuando sintió la gran mano sosteniendo con firmeza su cintura. Él tomó las riendas de los otros dos caballos y comenzó a cabalgar.

No es que Fanya estuviera muy adiestrada a la hora de montar caballos, pero él la mantenía pegada a su pecho, bien agarrada y ella se reprendía por sentir su pecho latiendo demasiado debido a esa cercanía. ¿Por qué no sentía asco y repulsión como con los demás hombres? ¿Sería porque la había protegido y la trataba de forma algo más amable que el resto? No tenía ni idea, pero no le gustaba sentirse así. ¡Eran bárbaros! Habían asesinado a todos sus amigos, probablemente por las órdenes del hombre que la protegía. Sin embargo, todo se le olvidó en aquel breve paseo. El cabello se le agitaba debido a la brisa nocturna y el cabalgar del cabello, sentía el olor de la tierra mojada por recientes lluvias, el olor de las hogueras encendidas y de la carne cocinada en ellas. Y se sentía libre, aunque fuera una simple ironía. No tardaron mucho en llegar al lugar donde residía el bárbaro; Fanya la había visto en varias ocasiones, y ya presuponía que sería su residencia. Él la ayudó a bajar una vez pararon, y ella se volvió a tapar el cuerpo con la manta, que aún estaba sobre sus hombros.

Sus palabras, aunque toscas, entraron dentro de ella como su incesante mirada. Fanya tuvo la impresión de que allí estaría protegida de todos, menos de él. Esa posesividad que sus palabras ejercían sobre ella, la intimidaron y apretó más la manta contra su cuerpo, tapándose. Él no le dio tiempo a contestar pero, ¿qué iba a hacer? ¿Se opondría a él? Si hubiera querido morir, habría atacado a alguno de esos bárbaros en aquel escaso mes en el que había estado allí.

Fanya vio como le decía algo al sirviente que había estado guardando los caballos y creyó que, a todas luces, tenía que seguirle. Fanya se sintió un poco más libre y menos en tensión en compañía de aquel sirviente, quizás porque era algo más delgado y menos fuerte que los demás, porque era de un rango parecido al suyo. Él la mantuvo esperando por un rato, hasta que el baño estuvo lleno de agua caliente y la dejó allí para que se bañara a solas. El espacio para el baño era grande, una especie de agujero en el suelo bastante amplio, cuadrado y humeante debido al agua caliente. No sabía muy bien como la llenaban, pero el caso es que estaba sola, así que Fanya se quitó la manta de encima, las ropas andrajosas y se metió poco a poco en el agua cálida. No sabía cuanto tiempo pasaría hasta que alguien fuera a buscarla, pero se permitió relajarse por unos momentos. Se zambulló en el agua, mojó su rostro y su cabello y se sintió reconfortada. En algún momento se salió un momento, para sentarse en el borde y enjabonarse con aquel rudo jabón de grasa animal que los bárbaros usaban.

Quería limpiar su cuerpo, nunca había sido como los demás cristianos que rehusaban de la limpieza salvo un par de veces al año. Le gustaba el agua, relajarse en ella y el olor a limpio. Fanya descubrió en su cuerpo algunas zonas más violáceas, algunas raspaduras, en sus piernas y cerca de sus pechos, quizás producto del ataque que había tenido. Sería mejor mantenerlas escondidas. Cuando se volvió a meter en el agua y se apoyaba tranquila en una de las  paredes, escuchó el chirrido de la puerta al abrirse, y vio a aquel hombre, grande y robusto, entrar y cerrar tras de sí. El pecho se le encogió porque sabía a que iría, que estaba buscando, y crecía el miedo en su interior, incapaz de moverse en aquel espacio en el que antes se había sentido cómoda.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Lun 18 Abr - 18:53

L'amor fou
TALON KONUNGRM — CON FANYA SEIGNER — NOCHE


Talon usó una navaja para contar el hilo con el que acababa de coserse la herida. Luego comprobó que los puntos estuvieran lo suficientemente sueltos como para que no se abrieran al cabalgar y se limpió la sangre del abdomen con un paño húmedo. Terminó a tiempo de escuchar cómo llamaban a la puerta, así que volvió a ponerse los pantalones que se había quitado para lavarse y permitió el paso a sus aposentos. La visitante no era otra que Munin, la anciana y fiel sirvienta que trabajaba en su casa. Lo cierto es que su presencia no lo pilló de improvisto, aún cuando no la había hecho llamar para nada. Los años que la mujer llevaba a su servicio habían creado una especie de vínculo de confianza entre ambos; nunca olvidaban cuál era su papel, pero se respetaban mutuamente. Talon sabía que Munin había tenido una vida tan o incluso más dura que la suya propia, y eso le había aportado una templanza y un valor que el vikingo apreciaba muchísimo. No solo aceptaba los consejos que solía darle, sino que también escuchaba sus opiniones, por muy impertinentes que estas fueran a veces. La mujer, pues, avanzó en silencio por la estancia, haciendo ver que comprobaba que el polvo no se hubiera acumulado sobre ninguno de los toscos muebles que había allí, y terminó dejándose caer en una silla cercana. Con cada día que pasaba, a Munin le costaba más no tener que descansar las piernas a cada rato. Estragos de la edad, solía decir, pero lo cierto es que estaba bastante en forma para su edad. Su rostro, moreno y surcado de arrugas, no hacía justicia a su espíritu guerrero.

¿Qué quieres, vieja? –inquirió Talon, cruzando los brazos sobre el pecho desnudo. Las pocas veces que se lo cubría era para salir de casa, y porque el peto le proporcionaba una protección idónea.

Esa joven... la joven gala –respondió ella, sin andarse con rodeos. Pegó el cuerpo al respaldo de la silla y se tomó las manos sobre el regazo, un gesto recurrente en ella–. ¿Por qué la has traído a esta casa? Pensaba que no te gustaba tener esclavos trabajando en tu hogar, y además tienes sirvientes de sobra.

Talon chasqueó la lengua y se desplazó por la habitación, situándose frente a un escudo de bronce bruñido que había colgado en una de las paredes. Observó su propio reflejo para comprobar que no había dejado nada de suciedad en su rostro y se peinó la larga y rebelde melena castaña hacia atrás con los dedos. El cabello largo era símbolo de mando entre los vikingos, pero resultaba un engorro la mayor parte del tiempo.

Te conozco, Munin –gruñó con poca delicadeza–. Y tú me conoces a mi. Ya sabes que no la he traído para servir junto a vosotras.

Ya veo... –la mujer asintió despacio y lo observó directamente. Eran pocos sirvientes los que se atrevían a hacer aquello, pero su clara y gris mirada no eran fácil de contener. Lo mismo pasaba con su lengua:– Pero tampoco sueles traerte aquí a tus mujerzuelas. ¿Por qué a esta sí? ¿Pretendes cortejarla?

¿Cortejarla? –Talon soltó una divertida carcajada, tan limpia y auténtica como las que solo Munin sabía arrancarle–. La edad te hace delirar. Es mi esclava.

¿Y qué supone eso? –insistió la anciana, entornando ligeramente los arrugados párpados. Talon sabía que no lo estaba juzgando, simplemente intentaba hacerlo reflexionar sobre algo que él no comprendía. El vikingo odiaba que la vieja le hiciera aquello, porque ya no era ningún niño al que se le podía reprender. De hecho nunca le dieron la oportunidad de ser un niño, y las reprimendas que él había conocido siendo joven no hacían uso de las palabras, sino de los golpes de garrote.

Supone, vieja –respondió Talon, tomando una cinta de cuero curtido para anudarse el cabello a la altura de la sien, conteniéndolo así tras su espalda y evitando que le molestara demasiado– que no necesito cortejarla. Puedo hacer con ella lo que me plazca. Es mía por derecho.

La anciana mujer abandonó su asiento en la silla y sus huesos crujieron por el movimiento. Sin embargo ella pareció no notarlo, pues alzó la cabeza con orgullo y le dedicó unas últimas palabras a su tozudo señor antes de salir de la estancia cerrando la puerta a su espalda:  

¿Derecho de quién?

Así, Talon se quedó solo con aquella última pregunta. Gruñó una vez más, pero en el fondo agradeció que la vieja se hubiera marchado, pues así se ahorraba el tener que darle una respuesta. La mujer no la engatusaría con sus palabras sobre la justicia y el devenir de los dioses, no aquella vez. Él sabía muy bien quién era, sabía el poder que tenía y sabía lo que la gala despertaba en él cada vez que ponía la mirada sobre ella. Y por Odín que saciaría sus deseos, quisiera la joven extranjera o no. Aunque, en realidad, eran muy pocas las veces que se había tenido que plantear la necesitad de forzar a una mujer; eran pocas -por no decir ninguna- las que no ardían de las ganas por meterse de cabeza a su lecho y compartir unas solas horas de pasión con él, tras las cuales quedaban agotadas y añorantes. Cualquier fémina que él escogiera debería sentirse agradecida y darle las gracias a las Nornas con la más exquisita de las ofrendas. Al fin y al cabo no era un cualquiera, sino el líder de los vikingos.

Lo último que hizo el bárbaro antes de abandonar su cámara y recorrer el pasillo en dirección a la estancia que guardaba el baño fue untarse tres de sus dedos con pigmento azul y utilizarlo para dibujar sendas marcas a cada lado de su cuello. Los vikingos tenían en su repertorio infinidad de runas y marcas, cada una de ellas con su significado concreto, ya fuera mágico, bélico o divino. Las que portaba Talon en aquél momento lo marcaban como el poseedor del más alto de los rangos de las aldeas circundantes. Las luciría orgulloso ante la esclava, pues quizá así comprendiera la suerte que había tenido.

Al entrar en los baños, el vikingo sintió el golpe del cálido vaho del agua en la cara. La atmósfera que se respiraba allí era húmeda, relajante y ligeramente perfumada. Lo más probable era que Munin hubiera añadido al agua de la esclava algún tipo de aromatizante, como esencia de tomillo u hojas de romero. La vieja siempre era muy detallista con aquél tipo de cosas, no entendía que un hombre no podía ir oliendo a hierbas a la batalla. Era el aroma a sangre y sudor que se producía en una pelea lo que demostraba el esfuerzo y la valía de un auténtico guerrero. Pese a todo, en su fuero interno reconocía que prefería el olor del tomillo al de un hombre sudoroso.

La esclava apareció entre el vapor como una ensoñación gestada por la mismísima Freya: estaba metida en la bañera, con el cabello empapado flotando a su alrededor. El agua, turbia por las burbujas, desdibujaba el contorno de su cuerpo, como si quisiera atormentarlo negándole la visión de aquellas exquisitas formas labradas con piel blanca. Talon le negó importancia a aquél hecho, pues sabía que tendría la oportunidad de contemplar a la mujer sin traba alguna, desnuda ante él, en pocos minutos. Por el momento se conformó con observarla estando así; caminó hasta llegar al borde de la bañera, justo frente a la esclava, y se acuclilló allí. La miró directamente a los ojos, sin bajar la mirada hacia su cuello húmedo o sus senos sumergidos, y apretó los labios al descubrir que parecía bastante tensa. Su mente dibujó la imagen que se había encontrado al llegar al establo, con la gala aterrorizada y la ropa hecha girones, y algo dentro de él se preguntó si quería dejarla tan asustada como los necios gusanos que habían cometido la osadía de tocarla. No le resultaría plácido, desde luego.

¿Mejor? –preguntó al mismo tiempo que alargaba una mano hacia el agua y metía la punta de sus dedos en ella. Aún estaba caliente, la vieja había hecho un gran trabajo calentándola al fuego de las cocinas. A judgar por su frágil aspecto, la esclava agradecería un baño tibio en vez de unos trapos helados con los que limpiarse–. ¿Herida? –inquirió luego, preocupado por si la muchacha había sufrido algún daño que él no hubiera podido ver al llevársela del establo.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Lun 18 Abr - 21:22

L'amor fou
FANYA SEIGNER — CON TALON KONUNGRM  — NOCHE

En el momento en que vio al hombre entrar por la puerta supo que todas las ideas que se le habían pasado por la cabeza, iban a cumplirse. En su vida se había visto obligada a realizar nada. Incluso cuando era una criada, sabía que ese era su trabajo y lo realizaba porque allí vivía, porque era su trabajo y ella lo había elegido allí. Por supuesto que también había violadores, pero eran castigados por sus crímenes. No era algo bien visto, que pudiera hacerse. Eso era la civilización, protegiendo los derechos de las personas a ser tratadas como tales, a no tener que soportar nada que no quisieran. Allí, todo eso no existía. El más fuerte se quedaba con el premio, y el premio podía aceptarlo o ser castigado. Con golpes, con la muerte.

Fanya solo era un objeto en aquellas tierras. Un objeto que había sido disputado y ganado por el jefe de aquellos vikingos. No negaba que, quizás, estuviera mejor bajo su cuidado, porque la había protegido de manos innecesarias, las de otros bárbaros. Pero no había ninguna amabilidad en esos gestos, ahora lo comprendía. Sólo quería su cuerpo, no lo movía nada más que los instintos. Fanya veía como el hombre se aproximaba inexorablemente hasta ella y se acuclillaba frente a el agua, no demasiado lejos de ella. Se sentía observada, no como aquellos bárbaros la habían mirado, pero aún así no sabía como sentirse ante él. Sus ojos se fijaron en los de la gala y ella apretó los labios, incapaz de sentirse relajada y cómoda con él allí.

No esperó que le hablara. Su voz grave y tosca en su idioma resonó en todo el lugar y ella se estremeció ligeramente. Aún le resultaba extraño escucharlo hablar como ella. – Si.– Dijo ella únicamente. No se atrevía a decir frases mucho más díficiles que simples monosílabos o palabras, temiendo que no la entendiera o la malinterpretara. Aquel hombre se preocupó de sus heridas y ella por algún motivo se sintió algo molesta por su amabilidad. Fanya se sintió frágil en aquel momento y sus manos se dirigieron a sus pechos, cubriéndolos, sin querer ser vista. Si él sabía de aquellos moratones, aquellas leves heridas, querría verlas. Y aunque estaba segura de que la tomaría por la fuerza, no quería anticiparlo.

Ella negó con la cabeza, mintiendo, apartando su mirada avergonzada hacia el agua delante de ella. Nunca nadie la había visto desnuda, al menos no un hombre. Sintió una tensión sobre sus hombros tan solo con tenerlo cerca. Sin embargo, ella se preocupaba realmente por aquella herida que él había recibido. No le gustaba hacerlo pero quizás era la gratitud lo que la impulsaba a aquello. Después de todo no tenía otra razón para sentir nada por aquel bárbaro. –  ¿Y tu? –  Preguntó. ¿Sería estúpido que se preocupara por él? – Tu herida.–  Aclaró. No había pasado por alto que había sido herido por defenderla. Fanya suspiró profundamente, intentando coger aire y calmar su corazón, que latía con miedo y con incertidumbre de no saber que iba a ocurrir.

–  ¿Cómo sabes mi lengua?– Preguntó, presa de la curiosidad y de saber hasta que punto podría comunicarse con él. Sentía la necesidad de hablar, de no dejar aquella escena en silencio, porque si lo hacía, no sabía que iba a pasar. ¿Sería molesto para él escucharla hablar demasiado? No sabía que era mejor, pero le molestaba mucho el silencio. Después de unos momentos de dudas, Fanya finalmente se atrevió a volver a alzar la mirada hacia él. Sus ojos claros se encontraron con los oscuros y bastos de él, que parecían ocultar miles de historias.

–  Gracias por salvarme.– Dijo, esperando que lo entendiera. Quería expresarle su gratitud, serviría para él exclusivamente si así lo quería pero.. acostarse con él no entraba en sus planes. Sólo hubiera querido hacerlo con alguien a quien realmente amara, con quien quisiera pasar el resto de su vida. No quería verse obligada a entregarse a nadie, menos a uno de aquellos brutales hombres. Sentía miedo, pero sabía que, por mucho que luchara llegado el momento, su fuerza era nula para enfrentarlo. No podía luchar contra el futuro que se le echaba encima.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Lun 18 Abr - 22:42

L'amor fou
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Talon asintió con rotundidad cuando la gala le hizo saber que no estaba herida. Era mejor así, no quería descubrir que había sufrido algún daño físico y arrepentirse de haber dejado vivos a los guerreros que la atacaron. Aunque lo cierto es que le extrañaba que la esclava se hubiera librado de golpes y lesiones, ya que la clase de hombres que la asaltaron solían emplear una desmedida violencia a la hora de tomar lo que no les pertenecía. Suponía que, en el fondo, él también era así. No le agradaba poseer el cuerpo de las mujeres que no estaban dispuesto a entregarlo, pero sí tomaba en posesión territorios, riquezas y naves que no eran suyas. Y lo hacía, también, con desmedida violencia, regando la tierra de sangre y abriendo carne ajena con el filo de su espada. Aquello era lo que le habían enseñado desde que llegó al mundo, pero no iba a excusarse de con ese hecho: mentiría si dijera que no le gustaba vencer a sus enemigos, expandir sus dominios, saquear y apropiarse de todo lo que ganaba en batalla. Otros que no tenían su fuerza ni sus recursos eran más cobardes, y en vez de encontrar satisfacción en auténticos e igualados enfrentamientos presumían de hombría atacando a mujeres solitarias en grupos de tres. Si los dioses fueran realmente justos enviarían al lobo Fenrir para que devorara los intestinos de los hombres de aquella calaña.

Sanará pronto –murmuró cuando la gala preguntó por su herida. Gracias a sus viajes había aprendido que en algunas culturas, los guerreros se avergonzaban al resultar heridos porque era un  símbolo de debilidad. Para su gente, sin embargo, los señales de la batalla eran marcas admirables siempre y cuando estuvieras vivo para explicar cómo te las habías ganado–. Luciré cicatriz con  orgullo –intentó expresarse, pero su conocimiento sobre la lengua gala no era lo suficientemente amplio como para saber emplear los artículos y pronombres correctamente. Aún así, confiaba en poder comunicarse con la esclava sin demasiados problemas. Además, cuanto más la escuchara antes le encontraría sentido a aquél dialecto.

Talon podía ser un bárbaro violento y tosco, pero aún así podía captar hasta los más pequeños gestos de la joven que tenía delante. A la hora de enfrentarse a un oponente era muy útil ser observador, pues incluso el más breve de los pestañeo podía darte pistas sobre el contrario, y el vikingo se había acostumbrado a fijarse en aquél tipo de cosas casi por inercia. A todas luces, la esclava se sentía más incómoda con cada segundo que pasaba. Talon estaba convencido de que, si hubiera podido, se hubiese fundido ya con la pared de la bañera. Y quizá, si no la avergonzara tanto que él la viera desnuda, ya habría salido corriendo de la habitación con tal de evitar su presencia. Ante aquello, las palabras de Munin acudieron de nuevo a su mente. Eran como un molesto eco. “Cortejar”, había dicho. Pero él continuaba pensando que era de lo más estúpido. Para empezar, él no hacía esas cosas. Además, y tal como le había explicado a la vieja, no había necesidad de cortejar a una esclava. Y, por último, la gala no parecía muy dispuesta a ser cortejada, por lo que las cosas solo podían tomar un rumbo.

Viajes enseñan –explicó como respuesta a la pregunta de la muchacha. Le sorprendió que le planteara una cuestión tan intrascendente cuando era evidente que estaba preocupada por su propia seguridad, pero decidió que hablar con ella podía suavizar un poco la situación–. Hay muchas lenguas más allá del mar. Diferentes, únicas. Tuya es como una canción, como melodía. Suave... pero complicada –Talon esbozó una pequeña sonrisa. Recordaba a sus hombres, que se habían reído de él cuando les dijo que estaba comenzando a aprender la lengua de los enemigos. No los culpaba, pues a priori parecía una idea estúpida, pero a la larga les había ayudado en su programa de conquistas. De cualquier forma, el vikingo tampoco consideraba que la lengua de su gente fuera la suya; después de todo nació en el interior, no en la costa, donde el lenguaje variaba y se volvía más cerrado, más antiguo e indómito. A causa de ello, arrastraba un acento duro y marcado que no terminaba de neutralizar–. Algunos galos me enseñaron.

No es que Talon fuera matando a todo aquél que se cruzara en su camino cuando él y sus guerreros desembarcaban en tierras no conquistadas. Las mujeres y los niños nunca resultaban heridos a no ser que fuera extremadamente necesario; se cuidaba de que los hombres a los que llevaba a las intrusiones no se ensañaran con los más débiles... aunque no siempre podía controlarlos a todos. Por otro lado, solo presentaban batalla ante las aldeas, pueblos y ciudades más importantes, pues era conocido que tomando el núcleo de un territorio resultaba muy fácil hacerse con el resto. Era pura estrategia. Y, a parte de todo eso, estaban los esclavos... Talon había hablado con dos de ellos cuando los transportaban en el barco de camino al fiordo donde iban a servir. Gracias a ellos aprendió muchísimas más palabras y mejoró su pronunciación, por no decir que le hablaron largamente sobre eso que ellos llamaban “Dios Padre”. Era de lo más absurdo que creyeran que todo cuanto había en la tierra y en los cielos era obra de una sola entidad cuando todos sabían que había docenas de dioses en Asgard, conviviendo y haciendo funcionar los mundos en conjunto. En su opinión, aquél “Dios Padre” era cruel y vengativo; castigaba a la gente por cosas naturales que denominaban “pecados” y rezaban para ser perdonados en vez de rezar para ser fuertes.

Las últimas palabras de la esclava volvieron a sorprender a Talon. “Gracias”, era una palabra que no escuchaba con asiduidad, ya fuera en una lengua extranjera o en la suya propia. Los vikingos no eran dados a agradecer nada, ya que era el mismo destino, las Nornas, quienes conducían y propiciaban las situaciones. El bárbaro frunció el ceño, algo contrariado, pero finalmente negó con la cabeza, indicando que no era necesario que le diera las gracias. Al fin y al cabo, él había actuado como cualquier otra actuaría cuando algo que apreciaba se encontraba en riesgo o peligro. Se habría enfrentado al mismísimo Thor para evitar que la gala fuera tomada por cualquiera que no fuera él. Aquella mujer debía ser plenamente suya, solo suya. El mero hecho de imaginar que lo de aquella noche pudiera repetirse provocaba que la rabia le hiciera un nudo en la garganta y que sus dedos se crisparan buscando la empuñadura de su arma. Por eso la había llevado allí, a su morada. No por el hecho de que quisiera declararla como suya ante los demás, sino porque sabía que, estando allí, nadie le pondría la mano encima. Ni siquiera la mirarían si él no daba permiso antes. Estaría a salvo.

Satisfecho ante aquél pensamiento, Talon volvió a observar a la esclava. Esta vez sí deslizó la mirada por su cuello, casi contando las gotas que se habían quedado adheridas a su nívea piel de porcelana. Las mujeres que había en su tierra nunca estaban tan blancas, pues a pesar de que el sol salía con poca frecuencia en el fiordo del norte, bastaba un poco de exposición para broncearse. Así, le resultaba fascinante que la gala fuera casi tan clara como la nieve del invierno. Otra cosa que admiraba de su aspecto era el cabello oscuro, algo muy difícil de encontrar entre las vikingas, que solían tener melenas rubias como el oro o rojas como la sangre. Él mismo, con su melena castaña, era una excepción entre su pueblo. Y, finalmente, estaban las suaves y redondeadas facciones de su rostro. Ni una cicatriz, ni una marca, tan solo piel que se sonrosaba en a la altura de los pómulos -quizá por la temperatura del agua- y se adivinaba suave en la distancia. Era bella, tan bella como debían de serlo las diosas a las que veneraba cada día, a las que se consagraba antes de cada batalla, a las que rezaba tras la salida del sol. Un tesoro entre los bárbaros que la habían arrancado de su patria.

¿Cuál es tu nombre? –preguntó con curiosidad, y luego bajó la mirada hacia las aguas. No lo hizo por vergüenza como lo hacía ella, sino para contemplar la difusa sombra que dibujaban sus piernas en el fondo de la bañera. Deseaba meter la mano en el agua y buscarlas para descubrir su delicadeza, pero las palabras de Munin continuaban manteniéndolo a raya... por el momento.  

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Perdona si te respondo demasiado rápido, pero es que estoy muy enamorada de esta trama y no puedo evitarlo :jo:



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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Lun 18 Abr - 23:42

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Para la gala, que tenía una naturaleza curiosa y que la instaba a descubrir todo lo que desconocía, escuchar las palabras del vikingo era como descubrir un poco más de aquel pueblo. No había podido comunicarse con nadie desde que llegase, salvo con las mujeres que habían llegado con ella desde Calais, por lo que sabía de aquel pueblo era simplemente lo que veía y las conjeturas que podía sacar. Tenía ganas de saber cuales de esas suposiciones eran ciertas y cuales no. Los guerreros bárbaros estaban llenos de cicatrices, a veces bastante feas. Pero no parecía molestarles. Ahora sabía que era una cuestión de orgullo. ¿Parecían más fuertes porque esa cicatriz decía que había vencido a un fuerte enemigo? Quizás la cuestión fuera así.

Entiendo. En mi tierra se esconden, dan miedo y estropean la belleza.– Se expresó, lo más claro y sencillo que pudo. A Fanya le eran indiferentes las cicatrices. No las consideraba como algo valioso, pero tampoco como algo que debiera ocultarse o diera verguenza. Era un acto más de la vida, prueba de que estás vivo. Al vikingo podían parecerle preguntas absurdas, pero a ella le ayudaba a soltar algo de la tensión que tenía encima y a saciar su curiosidad. Escuchó cuidadosamente su información, conforme se atrevía un poco más a mirarlo directamente. Fanya se sorprendió ligeramente al verlo sonreír, pensando que no lo había visto antes y que eso suavizaba en cierta medida la imagen de bárbaro que tenía. Ella se sonrojó directamente, avergonzada por sus pensamientos y volvió a bajar su mirada, sin querer que él viera aquello.

¿Has viajado a muchos otros lugares?– Quiso saber ella, ya que se había referido a otras lenguas, quizás había estado en otros países antes que en el suyo. Desarrollar una conversación con él no parecía del todo mal, incluso se interesaba en saber más de él y sus historias, pero dentro de ella siempre había cierta tensión, que cada vez se hacía más grande y se desplegaba a cada poro de su piel. Para ella, la visita de aquel hombre allí sólo significaba que la tomaría, quisiera ella o no. Esperar el momento en el que sería apresada, era horrible. Sólo le quedaba extender esa conversación hasta que no pudiera más. El barbaro no pareció agradado con sus agradecimientos, lo que la confundió, pero no dijo nada más por el momento. Se quedó mirándolo por un tiempo hasta que se dio cuenta de que él no la miraba a los ojos, sino que sus ojos oscuros se habían perdido observando el resto de la gala.

Fanya volvió a sonrojarse, sin un motivo. Él era un barbaro como los demás, la miraba con el mismo deseo que aquellos que la habían atacado, pero a la vez era diferente. No sabía por qué. Terminó por esperar sus siguientes palabras, pero no esperó que fuera una petición de su nombre.– Fanya.– Pronunció ella, con aquel acento francés tan delicado y diferente a la lengua de aquellos nórdicos.– ¿El tuyo?– Preguntó ella, pensando en que por fin le pondría nombre a aquel bárbaro. Por otra parte, quería saber la verdad. Era curiosa y prefería connocer la verdad, aunque fuera a dolerle.

Si iba a quedarse bajo el cuidado de ese hombre, quería saber que quería él de ella. Aunque estuviera tan clara la respuesta.– ¿Que.. quieres de mi? ¿Por qué me has salvado?– Preguntó, alzando una mirada fuerte hasta la del barbaro. Ella era así, intentando sobreponerse a todo lo malo que le ocurriese.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Mar 19 Abr - 12:08

L'amor fou
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Talon intentó hacer memoria. ¿A cuántos lugares había viajado a lo largo de su vida? No lo sabía con certeza, y tampoco se molestaba en contar las ocasiones en las que había pisado tierras desconocidas o extranjeras. Para comenzar, y después de perder a su familia y quemar hasta los cimientos la que fue su aldea de juventud, se convirtió en un nómada. No tenía un hogar, no tenía una patria, simplemente mucho tiempo por delante y la fuerza de un sobresaliente guerrero lleno de rabia. Recorrió bosques, ríos, valles enteros, conociendo a multitud de gentes y aprendiendo más y más sobre la vida hasta que, finalmente, llegó a la costa y se convirtió en el líder que era ahora. Des entonces no había dejado de viajar, sino que lo había hecho aún más, y todavía más lejos. Tener una pequeña flota de drakkars a su servicio conllevaba un gran abanico de posibilidades. Las tierras celtas, las inglesas, las galas, las hispánicas y las germanas... no le quedaban muchas fronteras por descubrir. Su próximo proyecto era llegar hasta tierras itálicas, pues eran muchas las historias de su glorioso pasado y los maravillosos tesoros que custodiaba. Además era una tierra cálida, donde no nevaba en invierno ni faltaban tierras de cultivo. Poder ofrecerle un territorio así a su pueblo sería una gran oportunidad.

Aye –respondió en su lengua, aunque lo repitió en aquella que la esclava podía entender–: Sí. A muchos lugares, todos ellos lejanos. Una vez avisté el fin del mundo desde unas islas hechas de hielo que jamás se fundía, y otra vi las luces de los dioses –Talon, como el resto de vikingos y la mayoría de los cristianos de la época, desconocía que el mundo era esférico. Para él había un límite en el horizonte, un borde por el que podía caerse al vacío de la eternidad, de donde jamás se podía regresar. Había tenido la impresión de verlo solo en una ocasión, cuando el drakkar que viajaba se topó con un iceberg a la deriva, una isla de hielo. En cuanto a las luces de los dioses, había sido una bellísima aurora boreal bajo la que se habían arrodillado todos sus hombres, pensando que aquello era una manifestación divina y un símbolo de prosperidad. Eran cosas como aquellas las que fortalecían el mandato de Talon, pues la superstición del pueblo interpretaba las señales naturales como una inequívoca voluntad de que su señor permaneciera al frente durante muchos años.

El vikingo se esforzó por memorizar el nombre de su esclava, que le sonaba tan ajeno y extraño como cualquier otra palabra extranjera. Fanya. Se preguntó si tendría algún significado, si sería un nombre importante entre los galos. A fin de cuentas, y según le habían explicado los hombres que habían traído a la muchacha hasta el fiordo, la habían encontrado en una casa noble. ¿Podía regentar una posición importante? Quizá fuera lo que los galos llamaban princesa, ya que su belleza habría sido más que digna de ostentar un cargo así. En cualquier caso, le gustaba la tonalidad de aquél nombre. [i]Fanya[/], volvió a repetirlo para sus adentros. Cuando la esclava lo había pronunciado había sonado como una canción, pero estaba seguro que su fuerte acento norteño no tendría el mismo efecto.

Talon Konungrm –recitó su nombre cuando la mujer preguntó por él, llevándose un puño cerrado al pecho en un gesto henchido de orgullo. Ella no podía saberlo, pero todos los habitantes del territorio conocían aquél nombre y la reputación que cargaba–. De las tierras interiores, hijo del lobo y agraciado por los dioses –esos eran los sobrenombres que el pueblo le había regalado; había muchos más, pero se limitó a pronunciar sus favoritos para impresionar a la esclava.

La conversación tomó un rumbo diferente cuando Fanya quiso saber sobre su destino. El vikingo apretó los labios, pero decidió que no iba a mentir al respecto. Consideraba que alguien como él no necesitaba hacer uso del engaño, y además este siempre le había parecido poco honorable. Así pues, observó a la esclava una vez más, se puso en pie al borde de la bañera y cruzó los brazos sobre el pecho:

Eres muy bella –expuso, y admiró secretamente la mirada cargada de fuerza que ella le dedicó. Pese a su aparente fragilidad, parecía encerrar un alma de valkiria, lo cual le resultó satisfactorio y atrayente–. Muchos te desean, no puedo protegerte si estás fuera. Nadie puede tocarte, solo yo. Eres mía –dijo con rotundidad, repitiendo lo que ya le había dicho al desmontar al caballo frente a la casa–. No más servicios de esclava; tomaré tu cuerpo, permanecerás a mi lado. Y yo al tuyo.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Mar 19 Abr - 13:39

L'amor fou
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Fanya parpadeó por un momento, confundida al escuchar otra palabra, esta vez una de su idioma. En escasos minutos se había acostumbrado a hablar con él en aquel francés antiguo y había olvidado momentáneamente que su idioma era otro.– ¿Eso significa si?– Preguntó ella, curiosa, intentando no olvidar las palabras que pudiera aprender de él. Por otra parte, escuchó que había viajado a multitud de lugares. Quizás en los ojos de la esclava se veía el interés y cierta emoción por lo que contaba. ¿El fin del mundo? ¿Podía ocurrir eso sin demasiado peligro para las naves?

¿Luces de los dioses?– Preguntó, sin comprender. ¿Sería algo en lo que creía esa cultura? Tenía entendido que adoraban a varios dioses, pero no a cuales, ni por qué. Ni absolutamente nada. Cuando hablaban de eso, encontraba las palabras hartamente complicadas. Fanya no supo muy bien que pensaba él de su nombre. ¿Si quiera pensaría algo? Había optado por no decirle su apellido, porque no pensaba que fuera a interesarle demasiado. Su nombre significaba la inocencia y el espíritu infantil de alguien; en el caso de Fanya, encajaba perfectamente con ella, con su lado curioso y amable. En contra, el nombre de aquel barbaro le resultó algo tosco. De primeras no pensó ni que pudiera pronunciar esa especie de apellido. ¿No faltaba alguna vocal entre las consonantes?

El gesto sobre su pecho le recordó a algunas veces, cuando los barbaros habían vuelto de una cacería con sus presas y las habían mostrado de la misma manera. ¿Victoria, orgullo, supremacía? Eran las únicas ideas que pasaban por su mente cuando veía eso, quizás alguna era la correcta. Al parecer, también se le colocaba algún título o sobrenombre a las personas, que las enorgullecía. A ella le sonaron bien, aunque no comprendía el término hijo del lobo. ¿Sería alguno de sus dioses? Fanya se limitó a sonreír levemente, desviando después la mirada de él. Las personas eran realmente curiosas e interesantes. Viajar a otros lugares y conocer sus costumbres, religiones y civilización, siempre había sido lo que quería hacer en su vida.

Pero nunca pensó que lo haría después de una masacre, después de ser secuestrada y obligada a trabajar para unos barbaros que no entendía. Siempre había tenido la fuerza para abandonar su hogar y explorar lo que desconocía, y aunque se sentía como una esclava, allí estaba, siendo fuerte. No pocas de las mujeres que habían sido secuestradas como ella, se habían quitado la vida en los primeros días de estancia. No todas soportaban esa vida. ¿Lo habría hecho también ella si no hubiera tenido la protección de Talon y hubiera sido violada? La pregunta que le realizó a Talon fue contestada con sinceridad, cosa que ella, a pesar de todo, agradeció.

Sus ojos permanecieron fijos en los del barbaro; le sorprendió escuchar que le resultaba muy hermosa. Pensaba que ellos las veían como mujeres frágiles y sin nada atractivo al carecer de esa fuerza de las mujeres barbaras. Creía que sólo querían un nuevo cuerpo que poseer y después dejar, por lo exótico de su procedencia, pero no pensaba que el resto de ella tuviera nada que ver. Era cierto que era difícil protegerla estando fuera, como había pasado aquella noche, y tan solo quería hacerlo porque quería reclamar el premio: a ella. Sus últimas palabras hicieron que su rostro se tensara y bajó la mirada, centrándose de nuevo en el agua.

No más servicios como esclava. Permancerás a mi lado, y yo al tuyo. ¿Eso quería decir que era una especie de esposa? ¿Haría de una esclava gala su esposa? ¿No estaría eso mal visto? En Francia no eran extraños los matrimonios de conveniencia; chicas jovenes, apenas mujeres, que se casaban con hombres ya mayores, por sus riquezas. Fanya cerró los ojos y dejó que las lágrimas cayeran por sus mejillas, sin llanto, sin sollozos. Sólo quería dejar salir su tensión y su miedo.

No tengo ninguna opción.– Afirmó ella. Sin preguntas, sin nada. Estaba claro que Fanya no podía escapar de aquello. Había sido salvado de una violación, sólo para sufrir otra. ¿Por qué Dios permitía eso? ¿Qué había hecho ella para ser castigada? ¿Quizás era por su excesiva curiosidad?

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Sáb 23 Abr - 18:57

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Fanya no era la primera esclava a la que Talon conocía. Por supuesto, no era él quien decidía qué personas, qué supervivientes de sus incursiones, eran embarcados rumbo a el fiordo para servir a su gente. De hecho, él nunca se ocupaba de los temas que venían después de la batalla, exceptuando los temas administrativos de las tierras conquistadas. Normalmente, escogía a hombres nobles y leales, a aquellos que se habían ganado su confianza tanto en la guerra como fuera de ella, para que lideraran las ciudades más importante del extranjero; lo último que quería era permanecer en una de aquellas tierras tan alejadas de su norte originario, reinando sobre gente a la que no conocía. Él prefería regresar a casa cada invierno, alejarse de todo aquello que excedía las fronteras de los dioses asgardianos. Muchos de sus conocidos, sin embargo, preferían quedarse en el territorio conquistado, donde la estación del hielo era menos cruel y los recursos abundaban. Talon no les reprochaba nada, pues al fin y al cabo la comodidad de su gente era uno de las razones por las que hacía lo que hacía, pero él era incapaz de no retornar a sus orígenes.

En cualquier caso, eran sus hombres, guerreros y subordinados los que escogían a quién matar, a quién encerrar y a quién esclavizar. Solían reclutar a hombres fornidos para trabajar en el campo, en los bosques o en la guerra, a niños y niñas para que ayudaran en tareas domésticas y a bellas mujeres para usarlas como compañeras, nodrizas o asistentes. Así pues, no fue Talon quien escogió que Fanya viajara para servir como esclava, si bien sí era responsable de la caída de su hogar y de la muerte de sus conocidos. En cualquier caso, el remordimiento no era algo que le pesara. Después de vivir un sinfín de duras experiencias, de haber visto morir a su madre en sus brazos y de haber asesinado a los culpables de aquél destino, no podía permitirse el sentir cierta clase de sentimientos. Pese a todo, sí podía -y lo había hecho hasta el momento- negarse a tener a esclavos a su servicio. Lo justificaba diciendo que no se fiaba de la lealtad de los extranjeros, pero lo cierto es que era su forma de rechazar aquél tipo de servidumbre. Por desgracia, no podía predicar con el ejemplo: para los vikingos, las personas ajenas a su cultura eran simples piezas de cambio, y estaban en su derecho de exigirlas si salían victoriosos. Si Talon les hubiera negado aquello, o si hubiera prohibido la trata de esclavos, se le habrían echado encima y habría perdido el liderazgo.

No llores, mujer –dijo al percatarse de la solitaria lágrima que surcaba el hermoso rostro de la gala. No le gustaba ver llorar a la gente, a no ser que fueran sus enemigos. Y mucho menos a una mujer. Quizá, si Fanya hubiera acompañado su llanto de un montón de gritos e improperios o de una histérica pataleta, le hubiera resultado más fácil ignorar su sufrimiento. Pero la joven parecía haberse resignado por completo y haber encerrado el dolor que le provocaba la situación en lo más profundo de su alma. No se humillaba, no se exaltaba; simplemente aguantaba con templanza y aceptaba el destino que los dioses habían dispuesto para ella. Talon volvió a pensar que la esclava era más fuerte de lo que aparentaba–. No te haré daño –le prometió, y eso era cierto. Podía ser que los hombres que habían asaltado a Fanya en los establos disfrutaran infligiendo dolor, golpeando, arañando y mordiendo a las víctimas que deshonraban, pero él no. Conocía los horrores de la violencia demasiado bien, y no recurría a ella a no ser que fuera estrictamente necesario.

El vikingo se alejó del agua y se aproximó a la pared, donde había colgados un par de cuernos de marfil que utilizaba de perchero. Tomó de él una de las pieles que empleaba para secarse tras los baños y regresó a junto a Fanya. Luego extendió los brazos, abriendo la piel en su totalidad, y contempló a la esclava cuya idílica visión, aún con las lágrimas, conseguía nublarle la razón con más eficacia que el vapor que seguía flotando en el ambiente.

Sal, o el agua se enfriará –le indicó. Los galos estaban acostumbrados a temperaturas más cálidas de las que se vivían allí, y temía que la esclava pudiera enfermar si pasaba demasiado tiempo en el agua. Para dar énfasis a su indicación, agitó suavemente la piel que aún tenía en las manos, esperando a que la muchacha dejara que envolviera su cuerpo con ella.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Dom 24 Abr - 12:36

L'amor fou
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Fanya dejó que la frustración saliera en forma de lágrimas, en silencio, porque de nada servía revolverse o negarse. Con eso conseguiría algún castigo o en mal caso la muerte. Muchos podrían decirle sumisa o cobarde, pero aunque ella era fuerte de espíritu, no creía que pudiera contra aquel hombre. Y en todo caso, si pudiera escapar de él, ¿a dónde iría? La persiguirían cientos de vikingos furiosos por dañar a su jefe, que la matarían de la peor forma. No, Fanya ya no creía en las huidas, sólo intentaba permanecer viva, aunque no tenía nada más; se agarraba a su curiosidad y agrado por la vida para no derrumarse del todo y cometer alguna tontería. ¿Podía creer en Dios en esas circunstancias? Si existía, ¿las había abandonado a su suerte? El pueblo de Calais, tanto la familia que había muerto y las mujeres secuestradas, no habían realizado el mal en su vida. ¿Por qué eran castigados con la muerte y la servidumbre? Si lo pensaba, así eran todas las invasiones, así se habían impuesto ellos siglos atrás, ¿no era así? Fanya nunca había sido una mujer muy devota a Cristo, porque su curiosidad le dejaba poco que creer de algo tan intangible, pero como todos, esperaba una salvación que no se estaba dando. Empezaba a pensar que estaban solos allí, razón más grande aún para sobrevivir de cualquier manera allí.

La gala abrió levemente los ojos cuando Talon le dijo que no llorara. ¿Como podía evitarlo? Su vida se derrumbaba cada vez más: no solo era obligada a trabajar para los que masacraron su pueblo, sino que ahora tenia que ser tomada por su jefe. Y aun asi sabia que no habia podido tener más suerte. No correría el mismo destino de ser violada por distintos hombres y de brutales maneras. Quiso reír sarcásticamente cuando le habló, pero no le salió. ¿Que no iba a hacerle daño? A ella le costaba mucho imaginar al bárbaro siendo delicado con algo y más con una mujer en la cama. Ella habia visto y habia experimentado en sus carnes a los hombres de esa aldea.

¿Sería su jefe como los demas? ¿Como podía saberlo la esclava? No queria pensar en como sería, si realmente le dolería, si él sería amable con ella, si habría más veces. ¿Su obsesión por ella sería de un sólo uso? Se ponía nerviosa sólo de pensarlo pero cuando sintió que Talon se levantaba de esa posición acuclillada, ella se apartó un poco más. Pero él no se le acercó ni intentó tocarla. Sino que acudió a una de las paredes para coger un manto de pieles y acercarse al agua. Ella se quedó mirándolo por un momento, pensando que después de tanto rato realmente el agua había dejado de estar cálida. Fanya miró como el hombre agitaba aquellas pieles delante de ella y tragó saliva. No solo veria sus heridas, sino su cuerpo entero, al desnudo.

Lo va a ver tarde temprano pensó con cierta tristeza y nadó levemente hacia una zona con unas pequeñas escaleras para entrar y salir. Él se aproximó hacia donde ella salía y Fanya cerró los ojos fuertemente antes de armarse de valor para salir. Se encontró con él de frente, de pie, y alzó la mirada, dándose cuenta de la diferencia de alturas ahora más que nunca. A pesar de que aún cubría sus pechos con sus brazos, los leves arañazos sobre sus pechos se veían y algunos moratones en sus brazos y muslos. ¿Se enfadaría por haberle mentido anteriormente? Sus ojos se mantenían fijos en los oscuros y serios del vikingo, fuertes y aún sus mejillas se veían surcadas de lágrimas a medio secar.

Como él había ordenado, ella habia dejado de llorar sin saber cuando.– ¿Donde vamos?– Preguntó, a sabiendas de que seguramente sería la respuesta que ella ya sabía y que aún no quería ver tan cerca.
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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Lun 2 Mayo - 15:13

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Talon se movió alrededor de la bañera para que la esclava pudiera envolverse en las frondosas pieles, que absorberían la humedad de su cuerpo en cuestión de minutos, dejándola seca y a salvo del frío y la enfermedad. Cuando ella lo observó directamente, el vikingo le devolvió la mirada sin pestañear. Sus ojos se deslizaron por el cuerpo ajeno solo una vez, y no buscando la desnudez de la mujer, sino estudiando los rasguños, arañazos y hematomas que lucía en la piel. Todas aquellas marcas destacaban notablemente sobre el pálido lienzo que era su cuerpo, distinguiéndose como la evidencia al ataque que había sufrido hacía a penas una hora. Talon frunció el ceño una vez más, contrariado por el hecho de que Fanya se hubiera atrevido a ocultarle la verdad aún cuando él le había preguntado directamente si estaba herida. ¿Lo habría hecho por vergüenza o por miedo? Eso no podía saberlo, pero estaba dispuesto a averiguarlo cuanto antes. En cualquier caso, el hecho de que ella le hubiera mentido no le molestaba tanto como el arrepentimiento que lo carcomía: a su parecer, debería haber matado a cada uno de aquellos despreciables animales. Tendría que haberles separado la cabeza del torso y haberlas dejado colgadas en la puerta de su casa. Así, todo aquél que pasara frente a la construcción sabría lo que Talon Konungrm hacía con los que le desobedecían y hacían daño a las mujeres.

Pese a su enfado, Talon no pronunció ni una palabra al respecto, por lo menos no en aquél momento. Por lo pronto debía dejar que la mujer se secara; luego hablaría con ella y le haría entender lo mucho que le molestaban las mentiras. El engaño siempre le había resultado despreciable, pues se arrastraba en silencio y te picaba como una cobra venenosa, cuando menos te lo esperabas. Lo peor era que un hombre tenía poco que hacer para defenderse de una mentira cuando no sabía que le estaban engañando. Contra el embuste no servían los golpes, las hachas ni las espadas.

Aposentos –gruñó el vikingo, sin ser más concreto, cuando la gala preguntó sobre su destino. Acto seguido, Talon tomó a la muchacha por la muñeca y caminó fuera de las estancias de baño. Cruzó rápidamente el pasillo, que era donde más frío hacía, y no liberó a Fanya hasta que ambos estuvieron en la habitación donde dormía. Una vez allí deshizo el agarre que ejercía en su mano y la dejó libre para que pudiera terminar de secarse el cabello. Mientras tanto, él se movió por la estancia y se acercó a un armario que le habían regalado los artesanos de la aldea el invierno pasado. Era una pieza ricamente tallada en relieves que mostraban venados, lobos y otros animales del bosque relacionados con los dioses de Asgard.

Toda su habitación, en realidad, estaba amueblada con elementos de aquél estilo; aunque Talon no fuera un hombre de lujos u ornamentos sabía el desprecio que suponía no aceptar los regalos de su gente. La pieza más impresionante era el lecho, inspirado en uno que había visto en uno de sus viajes a Europa: era grande, tanto que daría cabida a cuatro hombres fornidos como él, y poseía cuatro columnas que alzaban un dosel desde el que colgaban pieles gruesas y extremadamente suaves. En el cabecero habían tallado la imagen de Yggdrasil, el árbol de los mundos, y el vikingo solía contemplar sus innumerables ramas, que se entrelazaban como laberintos, antes de caer dormido cada noche.

Tras pasar unos minutos buscando en el armario, Talon hayó lo que buscaba: un pequeño tarro de cristal que contenía uno de los cataplasmas que Munin preparaba para curar sus heridas. Él no solía utilizarlo, pues era más partidario de cauterizar y coser sin añadir hierbas ni mejunjes extraños, pero sabía que eran eficaces y que a Fanya le resultaría útil. Si le dolían los rasguños, el remedio de Munin la aliviaría por completo. Ni siquiera le dejarían marca en su perfecta y nacarada piel.

Siéntate –ordenó tras regresar junto a la gala, acompañando la escueta indicación con un gesto que señaló la cama. Esperó a que la muchacha obedeciera y luego se arrodilló en el suelo justo frente a ella, con el tarro de cristal en una mano y una mueca contrariada en los labios. Le resultaba extraño verse a si mismo cuidando de las heridas de una esclava, pero se había prometido rescatarla cuando la atacaron, y por los dioses que no la dejaría en paz hasta que se recuperara del todo.

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Lun 2 Mayo - 17:23

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Fanya no tardó en notar como la mirada del hombre se dirigía por su cuerpo, aunque no supo con seguridad si la miraba como mujer o prestaba más atención a sus heridas. Aunque había querido ocultarlo, no le servía para nada. Puesto que, tarde o temprano, vería su cuerpo. Y no creía que aquel jefe vikingo esperara algunos días hasta tomarla, dándole tiempo a sus heridas para sanar. Fanya fue cubierta por aquellas grandes pieles y en un instante sus manos agarraron la enorme manta y se cubrió con ellas. Sintió el calor recorrer cada poro de su piel, algo asfixiante pero que secó su cuerpo mojado.

La mano de Talon se cerró sobre su muñeca y aunque en un principio le molestó el agarre, no dijo absolutamente nada. Sentía que había hecho algo mal y que, quizás, le traería consecuencias. No dejó de mirar el suelo hasta que se detuvieron y su mano fue por fin soltada. Cuando alzó la mirada, se encontró en una gran habitación que, por un momento, le recordó a su hogar. Aquella cama con dosel ricamente tallada, aquellos muebles.. parecían demasiado elegantes y frágiles para un señor de la guerra. Él dejó a Fanya a sus aires por unos momentos y ella se limitó a secar su cuerpo. Pero poco a poco, se acercó a la cama, siendo atraída por aquel grabado en el cabecero de la cama.

Un extraño árbol con cientos de ramas y raíces que se movían por toda la madera. — Es un árbol precioso..— Susurró, aunque sabía que él perfectamente podría haberla escuchado. Había muchas cosas que desconocía de la religión de aquellos salvajes, y su curiosidad la instaba a saber más. Aunque estaba segura de que, como en todas las religiones que existían, también habría partes oscuras que no querría conocer. Había estado totalmente absorta desde que entrara en aquella habitación. Ni siquiera sabía que había estado haciendo el vikingo o siquiera si la había observado, pero su voz grave llamó su atención. Y aunque en principio quiso negarse, él se acercaba a Fanya de forma tan amenazante, que al final, terminó por caerse en la cama, sentándose así. Se sorprendió de que se agachara frente a ella, casi como un arrodillamiento, pero pronto entendió lo que pretendía, con aquel tarro con un líquido extraño en su interior.

No hace falta, estoy bien. Sanarán solas.— Musitó ella, intentando que aquel hombre no viera más ni se acercara a ella. Pero le fue casi imposible evitar que aquel hombre le arrebatara aquellas pieles y dejara su cuerpo al descubierto, viendo mejor aquellas heridas. Que si bien sólo eran algunos moratones y rasguños, con quizás algo de sangre saltada o piel enrojecida, parecía molestar realmente a Talon.

¿Estás enfadado conmigo?— Susurró, mirando con impotencia como sus manos tocaban su cuerpo con aquel mejunge, que no olía del todo bien y además escocía al pasar por la herida. Parecía algún tipo de mejunge que servía para cicatrizar, después de todo era normal que tuviera esa reacción. Parecía molesto por aquellas heridas, quizás también por la mentira que ella le había contado. ¿Entendería él la verguenza y la impotencia que ella sentía al imaginar siquiera que él la viera desnuda?Y después de todo había acabado pasando.
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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Vie 13 Mayo - 10:32

L'amor fou
TALON KONUNGRM — CON FANYA SEIGNER — NOCHE

Talon no se dejó amedrantar ante el recelo de Fanya; se arrodilló frente a ella, ignorando sus palabras, y hundió un par de dedos en la crema del tarro para curar sus heridas. Antes de repartir el empaste por la blanca piel ajena, el vikingo tomó la piel que la cubría y la apartó a un lado para poder trabajar correctamente. Localizó cada uno de los rasguños de la gala con la mirada y luego comenzó a aplicar el mejunje cuidadosamente, sin dejarse intimidar por su fuerte aroma a hierbas salvajes. Se concentró plenamente en aquél trabajo, pues aunque él nunca se curaba sus propias heridas mediante aquellos inventos de Munin, había visto a la vieja usándolos cientos de veces. En consecuencia, sabía cómo debían aplicarse: el truco estaba en masajearlo suavemente sobre la piel lastimada, de esa forma se absorbía y la sanaba rápidamente.

El vikingo comenzó su trabajo por las piernas de Fanya: la tomó con extrema suavidad por uno de los tobillos y le aplicó el empaste sobre la rodilla, en la que destacaban múltiples raspaduras. Se esforzó por mirar únicamente la piel que estaba curando, pues sabía que la gala se sentiría intimidada si observaba otras partes de su cuerpo. Y, aunque ese cuerpo era legítimamente suyo, lo único que pretendía en aquél instante era curarlo.

¿Enfadado? –repitió Talon, y esta vez sí alzó la mirada para contemplar el rostro de Fanya. Esbozó una sonrisa sin poder evitarlo, pues la pregunta de la gala le pareció graciosa. Si de verdad estuviera enfadado no habría necesidad de preguntarlo, ya que se habría convertido en un torbellino de ira implacable. Talon podría tener muy malas pulgas y carecer de paciencia, pero hacía falta un buen motivo para enfadarlo de verdad–. No estoy enfadado, mujer –respondió–. Pero eres tozuda y obstinada como una yegua salvaje.

Volviéndose a concentrar en su tarea, Talon hizo ascender sus manos sobre la pierna de la esclava, buscando los hematomas que sus bárbaros atacantes le habían dejado en los muslos. Al vikingo no le gustaba verlos sobre la perfecta piel de Fanya, pues eran como un recuerdo de la afrenta que había sufrido. Una mujer de tamaña belleza, fuera o no extranjera, fuera o no esclava, no debería ser herida de aquél modo. Un acto así era equiparable a una ofensa a los dioses.

Yggdrasil –dijo de pronto, y señaló con un gesto el árbol que había tallado sobre la cama para que Fanya supiera a qué se refería–. El fresno sagrado. Árbol de los mundos –le explicó, esperando que aquello la distrajera de la situación y la hiciera sentir ligeramente más cómoda–. Une todo lo que existe: dioses, elfos, gigantes, demonios... también a ti y a mi –mientras hablaba, Talon se encargaba de presionar suavemente el muslo herido de Fanya, repartiendo la crema en círculos que trazaba con los dedos. Mientras trabajaba, no podía pasar por alto la suavidad de aquella piel tan tierna, que distaba mucho de parecerse al tacto áspero y curtido por el sol que todos poseían en sus tierras. Era blanca y pura como la nieve, aunque no poseía su frío, sino un calor capaz de incendiar el corazón de cualquier hombre–. Las Nornas riegan el árbol con las aguas del pozo de Urd, que da sabiduría. Odín, hace muchas vidas, le dio uno de sus ojos a Urd para que le dejara beber de su pozo. Así, Odín se convirtió en el más sabio de los dioses.

Talon suponía que a Fanya le resultaría muy extraño escucharlo hablar de aquellas cosas. Sin embargo, esas eran las leyendas en las que creía su pueblo, historias sobre dioses, extrañas criaturas y mundos lejanos que se tomaban como auténticas para explicar el nacimiento de la vida y la prolongación de esta más allá de la muerte. El vikingo había aprendido todos aquellos relatos siendo tan solo un niño, como cualquier otro miembro de su pueblo. Eran los más ancianos de la aldea los que solían narrar las vidas, las desventuras y las heroicidades de los dioses, normalmente alrededor de una gran hoguera que calentaba a la gente del frío nocturno. De algún modo, todas aquellas creencias unían a los individuos, se convertían en una razón por la que luchar unidos.

¿También bebió tu Dios de un pozo? –quiso saber Talon, curioso ante la cultura de las gentes galas. Por otro lado, su pregunta fue un nuevo intento de que Fanya se relajara ante la situación, ya que su recelo y su disgusto continuaba siendo palpable.   

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Sáb 14 Mayo - 11:05

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Fanya sintió ciertas punzadas y leves dolores con el paso de los dedos de Talon sobre sus heridas, pero nada que deseara mostrar o que le doliera en exceso. Era más un escozor que suponía era debido a la curación que se daba con aquel mejunge. Ella dejó que el vikingo tocara sus piernas con esa medicina, sorprendiéndose de la extrema suavidad y delicadeza con la que la tocaba. La sonrisa que Talon le mostro le hizo apretar ligeramente los labios, avergonzada por sentir su corazón desbocarse un poco. Era extraño verlo sonreír, pero así parecía una persona más normal y menos bárbara de lo que era.

Él tenía razón, no parecía enfadado, y por la mente de la gala pensó que, sí de verdad estuviera enfadado con ella, se notaría claramente. Ella parpadeó levemente cuando la llamó tozuda, y no pudo evitar sonreírle de la misma forma. Asintió levemente. – Lo sé.– Afirmó. No era la primera vez que alguien se lo decía, y ella lo aceptaba y lo consideraba hasta cierto punto, una virtud. Fanya sintió como las manos de Talon subían por sus piernas, buscando las heridas, y volvió a sentir su corazón latir rápido. Más el hombre parecía más concentrado en su trabajo que en dejarlo y comenzar a tocarlo. Es lo que más temía, aunque sabía que ese momento era inevitable. Tenía miedo, y se sintió confundida cuando el vikingo le comenzó a hablar de aquel árbol. Fanya giró la cabeza hacia atrás, hacia el cabecero de la cama, para volver a observar el árbol.

Yggdrasil.– Susurró, mirando con curiosidad las tallas de la madera. El nombre sonaba diferente pronunciado por los labios de Fanya, al contrario de lo tosco que sonaba viniendo de Talon, quizás por el idioma de donde surgía. Escuchaba las palabras de Talon y su curiosidad crecía más y más, sin entender demasiado bien todo lo que él decía. No porque él no se explicara bien, sino porque no sabía qué eran esas Nornas que decía, o ese tal Urd. Por su propia intuición, pensó que Odín era el más grande de los dioses de aquella cultura.– ¿Es un dios tuerto? ¿No le quitaría eso poder? – Preguntó, con inocencia, como un niño que aprende algo nuevo en sus primeros años de aprendizaje.

Fanya se perdió en la imagen del árbol, fascinada por ella, pero volvió a girar su cabeza hacia el hombre que tenía en sus piernas, cuando preguntó por su Dios. La gala negó levemente.–  No que yo sepa. Jesús realizaba milagros, curaba enfermos, resucitaba muertos.– Explicó, centrando su mirada en las acciones de él. ¿Realmente le interesaba aquello? ¿Quizás quería tranquilizarla con conversación? – Y se sacrificó por la humanidad, muriendo crucificado en una cruz.– Fanya susurró lo último y los dedos de su mano derecha se movieron sobre su pecho, realizando una cruz en cada punto. Estaba acostumbrada a hacerlo al hablar de Jesucristo, pero su curiosidad de nacimiento le hacía cuestionar demasiadas cosas de la religión en la que se había criado.

Fanya pasó unos momentos en silencio, temiendo secretamente el momento en que el vikingo tuviera que subir a las heridas de su vientre o su pecho, así que pensó en cualquier otra cosa y respiró profundamente.– Tengo.. curiosidad por esta cultura.– Aceptó, aunque seguramente ya se había dado cuenta, porque nadie más que ella que provenía de un lugar extranjero, había mostrado tanta curiosidad como ella.– ¿Me enseñarías? – Preguntó, apretando las sábanas entre sus dedos, que se apoyaban en la cama para mantenerse erguida. ¿Le parecería eso algo indebido? No es que quisiera venerar a otros dioses, o dejar de creer en Dios, pero quería saber de todo. ¿Pasaría al final que su fé se marchara para volver a crecer en otros dioses?
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Re: L'amour fou.

Mensaje por Hatshepsut el Mar 24 Mayo - 10:14

L'amor fou
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Mientras Fanya hablaba de sus propios dioses, Talon prosiguió con su tarea, satisfecho de que la esclava no opusiera resistencia. Le resultó curioso escuchar que aquél al que la gala veneraba terminara muriendo en una cruz, sacrificándose por los demás. Los dioses que él conocía, aquellos que habitaban en Asgard y se preparaban constantemente para la inevitable batalla final que era el Ragnarök, nunca morían del todo. En cualquier caso, lo que más llamó la atención del vikingo fue aquellos gestos que la extranjera hizo sobre su propio cuerpo, como si trazara unas líneas invisibles que formaban una cruz. Talon sonrió discretamente, divertido por aquél ritual, pero sin intención de ofender a la muchacha. Él no creía en las divinidades de otras culturas, pero respetaba las creencias de los demás. Sabía que la fe era la pertenencia más valiosa para muchas personas, lo que las empujaba a pelear y a sobrevivir. Y él, que era solo un hombre, no tenía el derecho de cuestionar algo así. En su tierra, insultar o fallarle a los dioses era considerado una decepción de las que pocos se recuperaban. Eso por no mencionar que, si enfadabas a los dioses equivocados, podías cargar con una terrible maldición.

¿Enseñar? –Talon detuvo su actividad cuando Fanya lanzó aquella extraña petición. Había imaginado que la gala tendría poco o nulo interés en conocer la cultura de aquellos que la habían arrancado de su tierra, pero al parecer estaba equivocado. Sin embargo, el vikingo no hizo ningún comentario al respecto y terminó de pasar la crema por las heridas de sus piernas. Hecho esto, se incorporó, levantándose del suelo, y se sentó en el lecho, junto a la muchacha. La miró a los ojos un instante y luego tomó más del remedio de Munin para aplicarlo suavemente sobre los rasguños que había cerca de sus pechos. Por ahora, su objetivo era cuidar de las heridas de Fanya, no tocarla con otros fines. En cualquier caso, e intuyendo que ella se sentiría tensa por la situación, comenzó a hablar de nuevo–: Hay muchos dioses. Los Aesir son los más importantes: Odín es Padre de Todos, gobierna en Asgard, una ciudad hecha de plata –escucharse a si mismo relatando aquellas historias le pareció extraño, pues era muy poco usual que un guerrero actuara como narrador. Normalmente, eran las personas más ancianas de la aldea o los hechiceros quienes se encargaban de contar las historias de los dioses–. Thor es hijo de Odín: gran guerrero, valiente y fiero, dueño de Mjolnir, un martillo encantado que gobierna la tormenta. Cuando truena, es que Thor está peleando con sus enemigos. Cuando llueve, es que ha vencido la batalla –continuó explicando el vikingo, y cuando terminó de curar las primeras heridas del torso de Fanya, pasó a las siguientes–. También hay diosas. Idunn es importante, cuida de las manzanas doradas que hacen inmortales a los dioses. Y es bella, pero la más bella es Freya –en este punto, Talon volvió a sonreír, pues se percató de que los nombres Freya y Fanya resultaban similares. Se preguntó si era algún tipo de señal o simplemente coincidencia–. Tú eres como ella: muy hermosa y valiente.

Las últimas heridas que curó Talon eran las que había cerca del cuello de Fanya. Para poder acceder a ellas, el vikingo tuvo que apartar la castaña melena que se derramaba por su blanca espalda. El cabello rubio era el que más se veía entre los miembros de su pueblo; nacer con una cabellera oscura era algo inusual, pero según había visto en sus incrusiones en Britania y La galia, allí había más gente que la tenía de aquella manera.

¿Qué hacías en tu tierra? –preguntó el vikingo mientras aplicaba las últimas pasadas de crema–. ¿A qué te dedicabas? ¿Eras...? –Talon se detuvo un segundo, pues le costaba recordar la palabra que quería pronunciar. Era una palabra que no existía en su propia lengua, una especie de rango importante que había en la sociedad gala. Frunció el ceño y torció los labios, pero finalmente pudo recordarlo–: ¿Princesa?  

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Re: L'amour fou.

Mensaje por Amidamaru el Mar 24 Mayo - 13:24

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Cuando ella le preguntó si podía enseñarle sobre aquellos dioses, sobre su cultura, Talon cesó en su empeño de curar sus heridas y ella pensó que, o le había resultado inapropiado aquella petición o no la había entendido del todo. Pero él terminó con sus piernas y se alzó, sin decir nada más. La mirada que le dirigió, al sentarse a su lado, parecía pedirle permiso para tocar la piel de su torso, y aunque ella no dijo nada, no opuso resistencia cuando sus dedos comenzaron a tocar la piel cercana a sus pechos. Sus dedos agarraban las sábanas con cierta fuerza, por la tensión que sentía, pero de nuevo, aquel hombre intentaba relajarla hablándole. Parecía que estaba de acuerdo en enseñarle, puesto que comenzó a contarle sobre sus dioses.

Poco a poco, Fanya fue relajando la presión entre sus dedos y observaba con interés a aquel hombre. Su aspecto, sus heridas, los dibujos en su piel. En Calais no había hombres como él, tampoco creía que los hubiera en el resto de las tierras de Occidente. Fanya se maravillaba con las cosas que él contaba. ¿Una ciudad hecha de plata? Ella pensaba que sería hermosa y digna de ver, pero que no sería fácil entrar allí. ¿Sería como una especie de cielo? Fanya escuchaba con atención e intentó pronunciar el nombre de aquel extraño martillo que el vikingo decía, pero le resultó demasiado difícil por el momento. También había diosas, decía él, aunque por mucho que le dijera, no podía evitar imaginarselas como las mujeres de allí, fieras y rudas. Nada comparado con la femineidad a las que ella estaba acostumbrada.

Cuando Talon la comparó con aquella diosa, Freya, ella se sonrojó levemente y desvió su mirada de la de él, de aquella sonrisa.– Pensé que vosotros nos veíais como mujeres débiles. No somos como vuestras mujeres.– Parecían más frágiles, desde luego, más menudas y pequeñas. Fanya agradeció que no hubiera demasiadas heridas cerca de sus pechos, puesto que así el trabajo del vikingo terminó antes. El bárbaro apartó su cabellera, y ella sintió como sus cabellos cosquilleaban en su espalda y los agarró a un lado de su cuello, para que no se moviera y dificultara su trabajo en su cuello. La pregunta sobre qué hacía en su hogar la tomó de sorpresa, pero Fanya dejó salir una risa queda, parecida a una melodía.

¿Yo una princesa? No, mi origen es humilde.– Le corrigió ella. Nunca pensó que pudiera ser una princesa o que la trataran como tal.– Era una dama de compañía. Cuidaba de una joven noble.– Iba a decir algo más pero sus labios callaron. Ella ya estaba muerta, no quería recordarla.– Hacía más o menos lo que aquí.– Terminó por decir, aunque en esas tierras vikingas había hecho mucho más de lo que nunca había hecho. Había sido una dama de compañía, no estaba hecha para recolectar leña o limpiar establos, y aún así, se había adaptado. Porque si no, moriría.

Hubo algo en la mente de Fanya que se conectó. Ella pensaba que aquel vikingo era, al menos, más considerado que los que la habían atacado y quizás, si sabía que ella aún era pura, tuviera más cuidado con su cuerpo a la hora de.. tomarla. Cosa que temía fuera en aquel preciso instante. Fanya tragó saliva costosamente antes de hablar. – En mi tierra, una mujer permanece pura hasta el día de su casamiento. Ningún hombre la toca.– Explicó de forma más simple, esperando que él entendiera con tan poco.– Yo nunca estuve casada, yo..– Ella apartó su mirada, esperando no tener que decir más. Fanya era honesta y sincera, siendo a veces eso algo peligroso. La gente temía la verdad.– Tengo miedo.– Susurró. Del dolor, de las maneras, de ser obligada. De hacer aquello con alguien a quien no amaba. Como siempre había pensado que haría. Casarse con un joven, entregarse a él, darle hijos y pasar toda la vida a su lado. Sin embargo, allí sólo era.. un juguete.
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Re: L'amour fou.

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