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31. Come to merc the bad guys
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31. Come to merc the bad guys
Acababa de empezar el verano. Bueno, en realidad había empezado el día anterior, pero con todo el rollo de la presentación en el Campamento Júpiter Tala apenas había podido hacerse sitio en la cabaña de Hermes, que estaba a reventar, tanto como era costumbre. Decían que ahora estaba bastante vacía frente a lo que había sido otros años, pero la mestiza no creía que aquello fuese ni medio posible. No era cuestión de escepticismo, es que sencillamente no cabía nadie. Habían tenido que construir nuevas cabañas, incluso, que se mantenían prácticamente vacías solo porque era muy probable que nadie más entrase en ningún sitio. Por eso la sioux no llevaba prácticamente nada encima cuando iba a parar al Campamento Júpiter.
— Papá, la privacidad es un derecho que no nos podemos permitir en la Cabaña 11— le había dicho cuando este le preguntó sobre por qué iba tan ligera de equipaje—. Y el campamento nos provee de camisetas— solía añadir cada vez que le preguntaba sobre ese asunto—.
Solo llevaba un año yendo allí, pero la camiseta naranja del Campamento Mestizo ya se había hecho su prenda más habitual, pese a que su padre no acababa de comprender qué tenía ella de mestiza más allá del hecho de ser hija de un indio y… bueno, un espíritu. Pero los espíritus muchas veces eran antepasados de los nativos americanos, así que era absurdo pensar que era realmente mestiza. Pero, por supuesto, a nadie se le había ocurrido que aquella muchacha fuese hija de Némesis… cosa lógica, teniendo en cuenta que la educación de Tala, así como de Cid, y de su abuelo, no tenía nada que ver con la mitología griega…
Tala había elegido un hueco en el suelo donde dejar su saco de dormir ligeramente apartado del que solía ser el espacio más conflictivo, allá por donde andaban Tiago y sus secuaces. Las discusiones se habían vuelto constantes entre ellos dos y la mitad de las veces no dejaban dormir en paz a Dan. «Si tuviese algo de sangre en las venas, esto no pasaría» pensó con su tono más ácido mientras extendía el saco. No es que Tala tuviese problemas con los dos hijos de Hermes, aunque eso se debía a que no los buscaba. Si los hubiese buscado, habría sacado un ojo al brasileño hacía tiempo.
Estaba acostumbrada a dormir al raso, e incluso le había dicho a Quirón cuando llegó que podría hacerlo si no había espacio para ella, cerca de la hoguera central, pero el centauro se había negado. Entendía bien lo que era la tradición, aunque le pareciese absurda, así que no insistió. Otra habilidad importante aprendida durante las acampadas con su padre era que solía ser buena eligiendo los sitios donde dormir, y eso también la beneficiaba en ese momento, ya que había elegido justo un punto en el que la corriente pasaba de una ventana a otra, aunque tenía que haber sacrificado algo de distancia con los delincuentes.
Soltó un suspiro de exasperación. Se había quedado sola porque todos se habían ido a desayunar. «Otro sacrificio más» pensó mientras se acercaba a los sacos extendidos de los delincuentes, como solía designarlos. Se había fijado perfectamente en cuál era el de Tiago, así que decidió obviarlo. «No es idiota, no guardará los botines en su saco». Sí, era el primer día de campamento, y era probable que Tiago ya hubiese robado por lo menos dos cientos dracmas, o a saber. Abrió de uno en uno todos los sacos, sin ningún disimulo. No creía que el derecho a la intimidad se aplicase a los ladrones.
— Papá, la privacidad es un derecho que no nos podemos permitir en la Cabaña 11— le había dicho cuando este le preguntó sobre por qué iba tan ligera de equipaje—. Y el campamento nos provee de camisetas— solía añadir cada vez que le preguntaba sobre ese asunto—.
Solo llevaba un año yendo allí, pero la camiseta naranja del Campamento Mestizo ya se había hecho su prenda más habitual, pese a que su padre no acababa de comprender qué tenía ella de mestiza más allá del hecho de ser hija de un indio y… bueno, un espíritu. Pero los espíritus muchas veces eran antepasados de los nativos americanos, así que era absurdo pensar que era realmente mestiza. Pero, por supuesto, a nadie se le había ocurrido que aquella muchacha fuese hija de Némesis… cosa lógica, teniendo en cuenta que la educación de Tala, así como de Cid, y de su abuelo, no tenía nada que ver con la mitología griega…
Tala había elegido un hueco en el suelo donde dejar su saco de dormir ligeramente apartado del que solía ser el espacio más conflictivo, allá por donde andaban Tiago y sus secuaces. Las discusiones se habían vuelto constantes entre ellos dos y la mitad de las veces no dejaban dormir en paz a Dan. «Si tuviese algo de sangre en las venas, esto no pasaría» pensó con su tono más ácido mientras extendía el saco. No es que Tala tuviese problemas con los dos hijos de Hermes, aunque eso se debía a que no los buscaba. Si los hubiese buscado, habría sacado un ojo al brasileño hacía tiempo.
Estaba acostumbrada a dormir al raso, e incluso le había dicho a Quirón cuando llegó que podría hacerlo si no había espacio para ella, cerca de la hoguera central, pero el centauro se había negado. Entendía bien lo que era la tradición, aunque le pareciese absurda, así que no insistió. Otra habilidad importante aprendida durante las acampadas con su padre era que solía ser buena eligiendo los sitios donde dormir, y eso también la beneficiaba en ese momento, ya que había elegido justo un punto en el que la corriente pasaba de una ventana a otra, aunque tenía que haber sacrificado algo de distancia con los delincuentes.
Soltó un suspiro de exasperación. Se había quedado sola porque todos se habían ido a desayunar. «Otro sacrificio más» pensó mientras se acercaba a los sacos extendidos de los delincuentes, como solía designarlos. Se había fijado perfectamente en cuál era el de Tiago, así que decidió obviarlo. «No es idiota, no guardará los botines en su saco». Sí, era el primer día de campamento, y era probable que Tiago ya hubiese robado por lo menos dos cientos dracmas, o a saber. Abrió de uno en uno todos los sacos, sin ningún disimulo. No creía que el derecho a la intimidad se aplicase a los ladrones.

¡Gracias a Oswald por el pack!
Re: 31. Come to merc the bad guys
La razón por la que seguramente Quirón se negó a dejar a la semidiosa dormir al raso fue porque, una vez dado el toque de queda en el campamento, éste se llenaba de las conocidas arpías de la limpieza, que tenían permiso explícito de devorar a todo campista que no esté dentro de su cabaña. Era mala publicidad para el campamento dejar que sus campistas, especialmente los novatos, terminasen devorados por unas mujeres que parecía que compartiesen el 50% de su ADN con los ya extintos dodos.
La Cabaña 11, para variar, se abarrotaba como el primer día de rebajas cada verano. Pese a que habían modificado años atrás las camas y habían construido literas para que todos los hijos de Hermes y sus invitados durmiesen en ellas, gran parte de ellos seguía sin caber, por lo que se trasladaban con sacos al suelo. Daniel, que después de tantos años tenía su propia litera (la cama de arriba, por supuesto), había cogido la costumbre de cederla siempre a algún campista novato y joven porque, como siempre argumentaba, a él le daba igual dormir tres meses con el saco, y le parecía bastante hipócrita abusar de su autoridad como líder de aquella panda de delincuentes y desamparados para llevarse el buen rincón de sueño.
Después de la primera noche, toda la chiquillada se había largado a desayunar, Dan incluido, pero una broma de Rick desde una mesa cercana le había hecho reírse tan inesperadamente y con tal mala suerte de estar bebiendo su café con leche matutino que había acabado por escupirlo todo sin querer.
Así que ahí estaba, volviendo allí con la intención de encontrar alguna camiseta limpia con la que cambiarse entre todo el desorden. Cualquiera que le viese pensaría que el término "ordenado" combinaría a la perfección con su personalidad, pero nada más alejado de la realidad: al igual que sus hermanos, Daniel tendía a la entropía. Ni tan solo teniendo aquella desgastadísima por los años mochila en la que podría almacenar literalmente cualquier cosa, evitaba que por lo menos un par de prendas y unas zapatillas de su propiedad estuviesen desperdigadas por allí.Pero no, se siente, el chico de oro no es perfecto. A veces se preguntaba si hijos de otros dioses, como Leanne, conocida por su personalidad no muy... amigable, acabarían hartos del constante desastre que suponía el vivir en la Cabaña 11.
Sorteó un par de vaqueros hechos un ovillo casi a la entrada, para dirigirse hacia su saco, cuando se percató de que agazapada entre las pertenencias de otros campistas se encontraba una melena oscura que aprendió a distinguir hace relativamente poco, el verano anterior. No le hubiese sorprendido ver a alguien más allí, porque en la cabaña de Hermes siempre había alguien, ni tampoco el ver a alguien rebuscando entre propiedades que se sabía que no eran de la persona en cuestión, que aquello era el hogar de los retoños del Dios de los Ladrones, pero sí el encontrar a alguien como Tala, tan obviamente no-hermana suya, haciendo algo con lo que hubiese pillado a cualquiera de sus hermanos. Supongo que todo lo malo se pega.
Había entrado allí con el sigilo habitual en un hijo de Hermes, con aquella habilidad que parecía que sólo tenían ellos por no pisar ninguno de los numerosos tablones sueltos que crugían del suelo, por lo que se encontró detrás de ella, con toda su altura y brazos cruzados, observándole con una ceja levantada. Carraspeó para hacerse notar.
La Cabaña 11, para variar, se abarrotaba como el primer día de rebajas cada verano. Pese a que habían modificado años atrás las camas y habían construido literas para que todos los hijos de Hermes y sus invitados durmiesen en ellas, gran parte de ellos seguía sin caber, por lo que se trasladaban con sacos al suelo. Daniel, que después de tantos años tenía su propia litera (la cama de arriba, por supuesto), había cogido la costumbre de cederla siempre a algún campista novato y joven porque, como siempre argumentaba, a él le daba igual dormir tres meses con el saco, y le parecía bastante hipócrita abusar de su autoridad como líder de aquella panda de delincuentes y desamparados para llevarse el buen rincón de sueño.
Después de la primera noche, toda la chiquillada se había largado a desayunar, Dan incluido, pero una broma de Rick desde una mesa cercana le había hecho reírse tan inesperadamente y con tal mala suerte de estar bebiendo su café con leche matutino que había acabado por escupirlo todo sin querer.
Así que ahí estaba, volviendo allí con la intención de encontrar alguna camiseta limpia con la que cambiarse entre todo el desorden. Cualquiera que le viese pensaría que el término "ordenado" combinaría a la perfección con su personalidad, pero nada más alejado de la realidad: al igual que sus hermanos, Daniel tendía a la entropía. Ni tan solo teniendo aquella desgastadísima por los años mochila en la que podría almacenar literalmente cualquier cosa, evitaba que por lo menos un par de prendas y unas zapatillas de su propiedad estuviesen desperdigadas por allí.
Sorteó un par de vaqueros hechos un ovillo casi a la entrada, para dirigirse hacia su saco, cuando se percató de que agazapada entre las pertenencias de otros campistas se encontraba una melena oscura que aprendió a distinguir hace relativamente poco, el verano anterior. No le hubiese sorprendido ver a alguien más allí, porque en la cabaña de Hermes siempre había alguien, ni tampoco el ver a alguien rebuscando entre propiedades que se sabía que no eran de la persona en cuestión, que aquello era el hogar de los retoños del Dios de los Ladrones, pero sí el encontrar a alguien como Tala, tan obviamente no-hermana suya, haciendo algo con lo que hubiese pillado a cualquiera de sus hermanos. Supongo que todo lo malo se pega.
Había entrado allí con el sigilo habitual en un hijo de Hermes, con aquella habilidad que parecía que sólo tenían ellos por no pisar ninguno de los numerosos tablones sueltos que crugían del suelo, por lo que se encontró detrás de ella, con toda su altura y brazos cruzados, observándole con una ceja levantada. Carraspeó para hacerse notar.

- Regina Phalange:







Re: 31. Come to merc the bad guys
No había nada. En ninguno de los sacos había encontrado nada, o al menos anda que pudiese parecer algo robado. Había encontrado calcetines usados, calcetines limpios, calzoncillos, una bolsa de snacks marca Cheetos y hasta una pelota de tenis mordida por lo que esperaba que fuese un perro normal y corriente. También había encontrado un diario, que volvió a dejar en su sitio sin leerlo. Vio, también, una daga, que dejó en su sitio también, y una brújula que le sonaba que era de Daniel, pero como no le extrañaría que hubiese trastos parecidos a aquel, sencillamente la apartó. Sabía que Daniel no se despegaba de sus cosas en la cabaña o que, si lo hacía, nadie le quitaba nada porque el chico tenía tan pocas pertenencias materiales y era tan bienintencionado que nadie se atrevería a hacer nada como aquello. Así que necesariamente la brújula debía de ser de otra persona.
Soltó el quinto saco que registraba con un bufido y volvió a empezar con el de Tiago, esta vez ya más por rencor que por desconfianza. A fin de cuentas sabía que no había nada allí. Pero no le dio importancia. Lo manoseó tanto que podría haber dejado el olor de los calcetines sucios y los ganchitos de queso por todo el saco, pero aquello consideró que era un castigo justo por una vida de criminalidad. Llevaba ya dieciocho años molestando a la humanidad con sus habilidades. De todos modos, no tardó en soltarlo, aunque no fue suficientemente rápida como para que no la pillasen.
Oyó el carraspeo y se incorporó con dignidad y orgullo, como si no hubiese hecho absolutamente nada. Ni bueno ni malo. Sencillamente estaba allí. Era Dan, el líder de la cabaña y, por ende, su inmediato superior. No le dio importancia. Pese a que le respetaba y sentía aprecio por él, incluso cariño, sabía que lo que había estado haciendo no estaba mal. Sabía que, de haberlo estado, el guante que llevaba en la mano izquierda, tapando el símbolo de Némesis de su mano, como de costumbre, le hubiese quemado. Pero el derecho a la intimidad no existía. La ley de la diosa de la Venganza decía “ojo por ojo” y eso estaba haciendo. En cierto modo le indicaba que ellos ya habían registrado sus cosas.
Miró al chico, directamente a los ojos, sin inmutarse. Durante un instante, reflexionó. Levantó la ceja contraria a la suya, y habló con tono sorprendido. — ¿Qué? Dirás que no es un movimiento lógico— no se conocían mucho, pero no dudaba que Dan se hubiese hecho una idea bastante acertada de ella, o, por el contrario, totalmente errónea—. El año pasado me robaron la mitad de mis cosas, y no solo a mí. Estaba revisando que no hubiesen abierto la temporada tan pronto— contestó con sinceridad.
Soltó el quinto saco que registraba con un bufido y volvió a empezar con el de Tiago, esta vez ya más por rencor que por desconfianza. A fin de cuentas sabía que no había nada allí. Pero no le dio importancia. Lo manoseó tanto que podría haber dejado el olor de los calcetines sucios y los ganchitos de queso por todo el saco, pero aquello consideró que era un castigo justo por una vida de criminalidad. Llevaba ya dieciocho años molestando a la humanidad con sus habilidades. De todos modos, no tardó en soltarlo, aunque no fue suficientemente rápida como para que no la pillasen.
Oyó el carraspeo y se incorporó con dignidad y orgullo, como si no hubiese hecho absolutamente nada. Ni bueno ni malo. Sencillamente estaba allí. Era Dan, el líder de la cabaña y, por ende, su inmediato superior. No le dio importancia. Pese a que le respetaba y sentía aprecio por él, incluso cariño, sabía que lo que había estado haciendo no estaba mal. Sabía que, de haberlo estado, el guante que llevaba en la mano izquierda, tapando el símbolo de Némesis de su mano, como de costumbre, le hubiese quemado. Pero el derecho a la intimidad no existía. La ley de la diosa de la Venganza decía “ojo por ojo” y eso estaba haciendo. En cierto modo le indicaba que ellos ya habían registrado sus cosas.
Miró al chico, directamente a los ojos, sin inmutarse. Durante un instante, reflexionó. Levantó la ceja contraria a la suya, y habló con tono sorprendido. — ¿Qué? Dirás que no es un movimiento lógico— no se conocían mucho, pero no dudaba que Dan se hubiese hecho una idea bastante acertada de ella, o, por el contrario, totalmente errónea—. El año pasado me robaron la mitad de mis cosas, y no solo a mí. Estaba revisando que no hubiesen abierto la temporada tan pronto— contestó con sinceridad.

¡Gracias a Oswald por el pack!
Re: 31. Come to merc the bad guys
Vio cómo se ponía de pié, toda digna, como si la culpa no fuese de ella por estar cotilleando por ahí, sino suya por interrumpirle, y no pudo quitar aquella expresión a mitad camino entre la sorpresa y la incredulidad—. Dime que no estás profundamente enamorada de Tiago y no estás buscando un souvenir con el que dormir debajo de la almohada— pidió, y aunque cualquiera hubiese pensado que lo decía con un tonito de broma, más bien se detectaba una súplica oculta. Porque aquello estaba basado en una historia real. No preguntéis. En la Cabaña 11 hay gente de lo más rarita. Pero pronto la respuesta de Tala le encaminó a una situación que, si bien también era condenable, era bastante menos preocupante.
Cualquiera podría decir que un chico serio y formal como lo es Daniel, podría hacer uso de aquella extraña autoridad que le proporcionaba el llevar más tiempo que ningún semidiós en el campamento, más incluso que los propios instructores, para conseguir mantener a raya a aquella mafia que tenía por familia. Sin embargo, no era así. Si algún día su presencia conseguía hacer cambiar de opinión al resto de los hijos de Hermes respecto a algún plan menos inocente del que debería ser propio de una panda de adolescentes, era el pensar que su pobre, alto, e inocente hermano se llevaría por enésima vez la bronca por parte de Quirón o de cualquier líder de la cabaña víctima de sus bromas. Aunque normalmente ni tan sólo pensaban en ello.
Dan comprendía aquella vena criminal, y quizá por ello el resto de sus hermanos sólo recibían de su parte poco más que una mirada a mitad camino entre el "no estoy enfadado, sólo decepcionado" tan tan de madre (gracioso porque a él nunca ha tenido una que le dijese esoala lo que he dicho, ha sido un golpe bajo subsuelo) y el "intentad no hacerlo más... o al menos, que no os pillen". Para qué negarlo, era un blando, yo no le voy a excusar, pero, según aquella opinión que no se atrevía a decir en voz alta para que aquellos más susceptibles a las bromitas o gamberradas de la Cabaña 11 no quisiesen lincharle, los de Ares se entrenaban en la arena, Deméter tenía sus campos de fresas, Poseidón los establos, Hefesto la forja... Todos los mestizos tenían algún medio para desarrollar sus poderes, y el de los de Hermes era aquel, siempre y cuando no se pasasen. Le parecía más inofensivo que las ouijas que se montaban en Hades, la verdad.
Sin embargo, no podía pillar a alguien con las manos en la masa, aunque no fuese hermana suya, y dejarla ir sin al menos soltarle un hashtag judging you—. ¿Y para revisar si "la temporada"— dibujó comillas en el aire— ha empezado antes de tiempo, no deberías revisar antes si se ha...— de nuevo, su rechazo por la palabra "robar"— extraviado alguna de tus cosas?— venga, Daniel, no le atosigues más, que no eres una profesora nueva en un colegio conflictivo que pretende que sus alumnos piensen por sí mismos. Aunque parte de razón tenía. Si Tala le decía que se le había perdido algo, sería el primero que levantaría hasta el último de los tablones sueltos de aquel lugar, pero siempre y cuando no estuviese basando sus acciones en meras conjeturas.
Cualquiera podría decir que un chico serio y formal como lo es Daniel, podría hacer uso de aquella extraña autoridad que le proporcionaba el llevar más tiempo que ningún semidiós en el campamento, más incluso que los propios instructores, para conseguir mantener a raya a aquella mafia que tenía por familia. Sin embargo, no era así. Si algún día su presencia conseguía hacer cambiar de opinión al resto de los hijos de Hermes respecto a algún plan menos inocente del que debería ser propio de una panda de adolescentes, era el pensar que su pobre, alto, e inocente hermano se llevaría por enésima vez la bronca por parte de Quirón o de cualquier líder de la cabaña víctima de sus bromas. Aunque normalmente ni tan sólo pensaban en ello.
Dan comprendía aquella vena criminal, y quizá por ello el resto de sus hermanos sólo recibían de su parte poco más que una mirada a mitad camino entre el "no estoy enfadado, sólo decepcionado" tan tan de madre (gracioso porque a él nunca ha tenido una que le dijese eso
Sin embargo, no podía pillar a alguien con las manos en la masa, aunque no fuese hermana suya, y dejarla ir sin al menos soltarle un hashtag judging you—. ¿Y para revisar si "la temporada"— dibujó comillas en el aire— ha empezado antes de tiempo, no deberías revisar antes si se ha...— de nuevo, su rechazo por la palabra "robar"— extraviado alguna de tus cosas?— venga, Daniel, no le atosigues más, que no eres una profesora nueva en un colegio conflictivo que pretende que sus alumnos piensen por sí mismos. Aunque parte de razón tenía. Si Tala le decía que se le había perdido algo, sería el primero que levantaría hasta el último de los tablones sueltos de aquel lugar, pero siempre y cuando no estuviese basando sus acciones en meras conjeturas.

- Regina Phalange:







Re: 31. Come to merc the bad guys
¿TIAGO? UGH. Eso fue lo primero que pensó cuando escuchó las palabras del líder de Hermes. Se sintió asqueada y sorprendida a partes iguales, aunque con su habitual calma logró deshacerse de esos sentimientos y dejarlos en un apagado desprecio por aquel comentario, aunque la estupefacción tardó varios segundos en desaparecer de su rostro, segundos que también le sirvieron para pensar lo que responder a aquello. Dudó primero si debería decir algo detallado de por qué jamás se sentiría atraída por alguien como Tiago, después pensó que eso solo haría que Dan sospechase más y no quería que creyese tal desfachatez, igual que tampoco quería que creyese que le estaba engañando o que estaba haciendo algo malo. Así que tardó unos segundos más en tomar una decisión, y contestó con sencillez.
Cabeceó negando con la cabeza. — No tengo ningún interés ni sexual ni romántico hacia Tiago. No tienes que preocuparte— intentó no sonar muy fría con aquellas palabras pero sabía que probablemente no lo había logrado. En realidad, el inglés era un idioma que sonaba tremendamente formal en ella, como si se hubiese educado en otra lengua, pero no era el caso. La verdad era que Tala hablaba como un adulto, pues en la reserva era una de las pocas niñas o adolescentes y a día de hoy sus conversaciones más intensas eran las que había tenido con su abuelo o su tía, por lo que su inglés era sorprendentemente formal—.
Pese a que seguía creyendo que sus acciones estaban totalmente justificadas y que no tenía razón alguna para interrumpirlas, ni si quiera en presencia de Dan, decidió no volver a ponerse manos a la obra. Esta vez prefirió mantenerse parada frente a él. Introdujo las manos en los bolsillos y esperó que terminase de hablar para aportar su opinión, que tardó en formular unos instantes, pues lo que él decía tenía bastante sentido. Estaba actuando de forma bastante precipitada, incluso teniendo en cuenta que ambos sabían que era cuestión de tiempo que cualquiera de aquellos pillos robase algo. Aunque también era cierto que Tiago y sus súbditos no solían limitarse a ella, ni mucho menos.
— Lo hubiese hecho, pero dudo que ninguno quiera robar ropa interior…— guardó silencio. La verdad es que aquello también era una posibilidad—. Bien, revisaré mi ropa interior— apenas había traído más equipaje así que sabía de buena mano que era poco probable que le hubiesen robado algo—. Pero yo no soy la única víctima de tus hermanos, Daniel— aclaró con voz tan amable como pudo. Quizás estuviese juzgándolos demasiado rápido, pero no se creía que los pícaros de Hermes no hubiesen robado nada ya—. Si tengo que ir preguntando campista por campista si han robado algo cuando termine la ronda habrá pasado tiempo suficiente como para que hayan dejado al Señor D sin camisas de leopardo. Tú lo sabes y yo lo sé.
Cabeceó negando con la cabeza. — No tengo ningún interés ni sexual ni romántico hacia Tiago. No tienes que preocuparte— intentó no sonar muy fría con aquellas palabras pero sabía que probablemente no lo había logrado. En realidad, el inglés era un idioma que sonaba tremendamente formal en ella, como si se hubiese educado en otra lengua, pero no era el caso. La verdad era que Tala hablaba como un adulto, pues en la reserva era una de las pocas niñas o adolescentes y a día de hoy sus conversaciones más intensas eran las que había tenido con su abuelo o su tía, por lo que su inglés era sorprendentemente formal—.
Pese a que seguía creyendo que sus acciones estaban totalmente justificadas y que no tenía razón alguna para interrumpirlas, ni si quiera en presencia de Dan, decidió no volver a ponerse manos a la obra. Esta vez prefirió mantenerse parada frente a él. Introdujo las manos en los bolsillos y esperó que terminase de hablar para aportar su opinión, que tardó en formular unos instantes, pues lo que él decía tenía bastante sentido. Estaba actuando de forma bastante precipitada, incluso teniendo en cuenta que ambos sabían que era cuestión de tiempo que cualquiera de aquellos pillos robase algo. Aunque también era cierto que Tiago y sus súbditos no solían limitarse a ella, ni mucho menos.
— Lo hubiese hecho, pero dudo que ninguno quiera robar ropa interior…— guardó silencio. La verdad es que aquello también era una posibilidad—. Bien, revisaré mi ropa interior— apenas había traído más equipaje así que sabía de buena mano que era poco probable que le hubiesen robado algo—. Pero yo no soy la única víctima de tus hermanos, Daniel— aclaró con voz tan amable como pudo. Quizás estuviese juzgándolos demasiado rápido, pero no se creía que los pícaros de Hermes no hubiesen robado nada ya—. Si tengo que ir preguntando campista por campista si han robado algo cuando termine la ronda habrá pasado tiempo suficiente como para que hayan dejado al Señor D sin camisas de leopardo. Tú lo sabes y yo lo sé.

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