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I'm going to need you more than you need me.
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I'm going to need you more than you need me.
I'm going to need you more than you need me.
![]() Samuel — Heredero— Torrance Coombs | ![]() Rosalie— Institutriz— Tamzin Merchant |
Épocas pasadas— 1x1— She Wolf & Lucrezia
De todos los bastardos, Samuel es el único que salio blanco como leche y cabello marrón terroso, una copia idéntica a su madre, la sirvienta que se vio obligada a aceptar al patrón en su humilde cama de colchón relleno de paja. Los otros, tristes mulatos que ahora se parten la espalda trabajando la tierra, recogiendo los bultitos de algodón recién nacido con toda la suavidad de la que son capaces, mientras él, con esa mirada canalla y la sonrisa de tiburón, fuma tabaco de Haití y se acomoda en la mecedora, gastando descuidadamente el dinero que el banco tiene, y sabe lo que valen esas tierras cultivadas y esos esclavos que cuando ya no encuentre razón para mantenerlos, los venderá y el dinero en efectivo llenara sus manos.
Como no sabe leer ni escribir y su única educación son los varillazos y artimañas de zorro para escapar y conseguir sus propósitos, Samuel es la persona de quien hablan en las reuniones de salón, en la ciudad. No es común legalizar bastardos, pero es una solución viable cuando ya no hay familia a quien dejar la herencia. Algunos de los hacendados y dueños de las empresas que comercializan con Inglaterra y las colonias tuvieron la intención de acercarse al nuevo rico señor pero los modales de este, además de la obvia necedad al momento de discutir economía, creo una red de malos comentarios y chismes que nadie parece detener.
Y él quiere ocupar una posición social, aunque eso cueste dinero y tenga que dejar entrar a una mujer extraña a su casa, para ayudarlo.
Rosalie Fitzgerald es una joven procedente de una familia noble con una historia por demás antigua en Inglaterra e Irlanda cuya principal característica siempre fue la enorme fortuna familiar con que contaban. Debido a la envidiable posición con que contaba y al prestigio que su apellido le otorgaba, se acostumbró a los lujos y extravagancias de sus parientes o amigos, los cuales la llenaban de caros regalos para consentirla aunque no se lo mereciera. A pesar de los mimos, Rosalie fue criada bajo estrictos principios de moralidad, humildad y piedad para con los menos afortunados, por lo cual no se vio corrompida ante las tentaciones o la vida licenciosa en el mundo de la nobleza. Pero no todo lo que brilla es oro y no siempre la buena fortuna acompaña a aquellos que se creen con suerte, algo que ella aprendería por las malas:
Una vez que la fortuna familiar pasó a manos de su hermano Arthur —cinco años mayor que ella y heredero— todo fue de mal en peor. Acostumbrado a despilfarrar el dinero en juergas y mujerzuelas, pronto las deudas comenzaron a hacerse cada vez mayores e insostenibles, pues acababa de pagar una cuando nuevos recibos y avisos aparecían en las puertas de la casa familiar. A pesar de la precaria situación económica de los Fitzgerald, Arthur contrajo matrimonio con una joven y rica heredera que parecía ser la solución a todos sus problemas pero su esposa era igual e incluso peor que él. Apenas unas semanas después de tomar posesión de su nuevo hogar, su cuñada se encargó de arrojar a la calle tanto a Rosalie como Clementine, su suegra.
Desesperadas, las dos mujeres optaron por recurrir a la caridad de un pariente lejano que accedió a acogerlas bajo su protección, embarcándose con ellas rumbo a América, la tierra de las oportunidades. Viviendo de la caridad del familiar y soportando las continuas humillaciones que él tiene para prodigarles, Clementine se ve forzada a buscar un trabajo para la joven muchacha, consiguiendo para ella un puesto como institutriz de un acaudalado heredero, dueño de extensas plantaciones.
Lo que Rosalie desconoce es que el trabajo está lejos de ser simplemente una ocupación, pues su madreha terminado por pactar tratos mucho más serios con él.
¿Cómo reaccionará cuando sepa toda la verdad?
Cronología
Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Samuel —
Samuel salio de la oficina de diarios hecho un diablo furioso. El viejo que lo atendió dudo al momento de escribir institutriz, porque el conocimiento común decía que un hombre de la edad del muchacho, debía estar buscando otra clase de atenciones en vez de una educación, por lo que cuestiono la elección, si en vez de una maestra no andaba buscando una meretriz y él, que no sabia leer ni escribir y muchos menos conocer la variedad de sinónimos, dijo que es una meretriz, bueno señor, es una prostituta.
En el camino de retorno a la señorial casa que dominaba las extensas hectáreas dedicadas a las plantaciones de algodón, el muchacho aferraba con tenaz furia a conseguirse a la maestra, después, compraría el diario, y él mismo, cuando fuera el dueño haría lo que quisiera, daría azotes a ese hombre, un pobre hombre ingenuo que ciertamente, no podía defenderse de los malhumores juveniles del fornido hombre.
Los músculos los tenia de tanto pelear en tabernas, en las barracas con los esclavos, en cualquier lugar donde se liberaba de la exuberante juventud que poseía, ansioso y libre, sucio y lleno de costras, trabajando a la par de los negros pero con libertad a cuestas y leyes amparando sus pedidos de ciudadano.
Ahora, era más que eso. Ahora, su madre era servida, vestía ropa cosida por manos francesas y comía chocolate proveniente de Ecuador, un lugar del cual Samuel no tenia la minima idea, pero mientras siguieran cosechando ese dulce, él estaría feliz porque su madre lo era, a pesar de que la edad la mostraba con dientes cariados y partidos, un rostro picado pero el inmenso amor que tenia por ese hijo era fuerte, y a los dos los llevo por una senda de lujos inimaginables.
Como queria mantener la casa en estado impecable y mostrar el comienzo de una nueva dinastia, tiro todo el mobiliario traído de Francia cuando este país todavía era monarquia, ordeno y superviso a los sirvientes para que limpiaran hasta los escondites de ratones, las copas de cristal chino debian relucir y las cucharas y tenedores de plata brillaron luego de un trabajo arduo que duro un mes entero, con amenazas de azotes y despidos a quien intentara rebelarse.
Y después, cuando ya se rumoreaba con demasiado énfasis el nuevo aspecto que la casa adquirió, sumado a las cantidades de dinero retiradas del banco de la ciudad, y los compradores de algodón tocaron a la puerta y se rieron de la ingenuidad y poco conocimiento que el nuevo señor tenia, Samuel entro en un ataque de cólera y decidió poner el aviso, con letras pequeñas y discreto. Alquilo un buzón de la oficina de correos para evitar el descubrimiento de sus necesidades secretas. Cada día, montaba a caballo para revisar la correspondencia. Bajaba a la ciudad, desgreñado, con el rostro cubierto de barba, el olor a campo pegado a la piel oscurecida por el sol y a la ropa, la intensidad de la mirada azul demostrando orgullo altanero.
Lo evitaban, y la rabia acudía, en necesidad de atención, de reconocimiento. Era el dueño de la plantación más fértil en la región, y tenia el apellido Pennyworht. Lo tenía todo, y nada de eso funcionaba.
Tenia la secreta esperanza, una llama encendida con vehemencia, que una educación elemental mejoraría la situación. Por eso, su honesta insistencia, valió una respuesta.
Y ahora, esperaba a la maestra que lo adiestraría en el mundo infernal de palabras y números, vestido con ropa hecha por un sastre venido de los estados yankiees, tan diestro que la tela se acomodaba a los vaivenes del cuerpo, del clima.

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Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Rosalie—
Saltó de la cama al escuchar los gritos de su tío por todo el pasillo, vociferando palabras altisonantes que aterrarían a cualquiera. Poco acostumbrada a escuchar ese tipo de lenguaje, se apresuró a encerrarse en la austera habitación que compartía con su madre, decidida a no salir de ahí hasta que ella volviera de hacer los encargos que supuestamente le llevarían todo el día. Para ella era habitual desconocer la rutina de su madre y el miedo que sentía le imposibilitaba totalmente para siquiera preguntar, por lo cual resolvió aguardar hasta su regreso, aun y cuando los gritos de su tío estuvieran perforándole los tímpanos. A esas horas, seguramente los vecinos estarían ya cotilleando acerca de la complicada situación que se vivía en esa casa, en donde era evidente esa tensión bajo la cual convivían.
Se dejó caer al suelo y permaneció ahí durante largo rato hasta que la voz de su madre se dejó escuchar del otro lado, instándole a abrir la puerta. Cuando la muchacha obedeció, la mujer de mayor edad se adentró en la reducida pieza, mirando a la joven con cara de pocos amigos. — Tu aspecto es terrible. — Resultaba evidente el desagrado que sentía al ver a su hija todavía en pijama cuando ella estaba buscándose la vida o mejor dicho buscándole un porvenir, uno que se presentaba gracias a un oportuno anuncio en el periódico solicitando una institutriz. — Iremos a visitar a alguien. — Sin salir de su estupor, la doncella asintió brevemente y tomó las ropas que su progenitora sacaba de un viejo baúl. El vestido color azul que ahora sostenía entre las manos era la última prenda sin parches o costuras cubriendo el desgaste. — ¿A dónde iremos? — Ni siquiera estaba interesada en cuestionar el por qué pero sí a dónde pues temía que su madre enloqueciera del todo y acabara haciendo cosas indignas debido a la desesperación.
— En el diario han puesto un aviso solicitando a una joven de buena familia para ocupar el puesto de institutriz. — Mientras hablaba, la señora comenzó a tirar con fuerza de los cordeles del corsé para ceñirlo a la cintura de la joven tanto como fuera posible, haciendo que perdiera la respiración durante breves instantes. — Pero no estoy capacitada para dar clases de nada ¿Cómo voy a dar instrucción a alguien? Es una locura, mamá. — La severa mirada que le fue dirigida hizo que callara de inmediato, consciente de que cualquier otra palabra la haría acreedora a una severa reprimenda. Luego del complicado ritual que implicaba vestirse y arreglarse, ambas damas abandonaron la casa a escondidas del cascarrabias al que tenían por pariente, usando el carruaje de la familia para dirigirse rumbo a la casa en donde solicitaban servicios educacionales.
El largo trayecto desde la residencia Fitzgerald hasta el lugar en cuestión les llevó hasta extensos sembradíos de algodón que parecían no tener fin rodeando una hermosa casa, enorme en comparación a los hogares de la ciudad o de Inglaterra incluso. Mirara por donde mirara, todo ese lugar era fascinante y aunque se sentía indigna en un lugar así, no perdía la oportunidad de admirar todo cuanto la rodeaba. Su madre en cambio permanecía impasible ante esa visión de riquezas y esplendor, como si no le afectara ver que otros tenían mejor suerte. — Espera aquí. — Ordenó la mujer mientras llamaba a gritos al cochero para apresurarlo, urgiéndole a que la ayudara a descender del carruaje pues su amplio vestido no le permitía hacerlo por sí sola. — Deberíamos esperar a ser anunciadas, madre. No creo que a los señores de la casa les agrade recibir a dos personas que gritan… — Demasiado tarde para recordárselo, pues el escándalo había atraído ya la atención de una joven con vestimenta de mucama. — Avise al señor que la institutriz ha llegado. — La dama era astuta y prefería cortar de tajo toda posibilidad que tuviera alguien más para optar por el empleo. Estaba dispuesta a lograr que su hija consiguiera no solo un trabajo sino también un lugar en el que pudieran vivir.
Obediente y solícita, la muchacha obedeció de inmediato y tras pedir a la mujer que esperara afuera, se dirigió a buscar a su empleador. No hacía falta decir que temía la ira que pudiera desatar en él o la de su madre pero prefería pasar el trago amargo cuanto antes. — La institutriz ha llegado, señor. — Ni siquiera se atrevía a mirarlo, no podía. — Afuera hay una dama que pide ser recibida y dice traer a la persona que ocupará el puesto. — La mucama se mordió los labios suavemente mientras aguardaba la respuesta del joven señor o el castigo, pues con él nunca se sabía.
Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Samuel —
El traje daba picor. Samuel estaba rascándose, la cabeza y los brazos, rasgando la piel, dejando las líneas rojizas marcando debajo de la camisa blanca. Era un muchacho de paciencia inagotable, pero el nuevo poder que sostenía en sus manos satisfacía todos sus caprichos, los cuales tenían un tinte infantil marcado. Entonces se mostraba intolerante, y los sirvientes, con quienes en la infancia jugaba y se llenaban de tierra y mocos, ahora lo temían, porque Samuel demostró que ya no había bromas, la obediencia por parte de ellos era una obligación total, absoluta.
Desde que esa mujer aterradora se fue, el muchacho afeito la rebelde barba, acomodo el cabello, devolviendo un aspecto aseado, cómodo y estructurado que muchas veces vio en el antiguo dueño, con sombrero de copa y la satisfacción de ser quien era.
Los gritos eran un aspecto habitual de esa casa y de las barracas. Cuando caía la noche, los esclavos cantaban, hacían sonar sus tambores y plegarias dichas en lenguajes herejes, echando su magia ancestral por esa tierra manchada con sangre aborigen. Samuel gritaba a los sirvientes, excepto a su madre. Los únicos que se salvaban eran los elegantes hombres de la ciudad, pero ellos lo ignoraban con burlas, causando dolor al orgullo.
Una de las muchachas del servicio anuncio la llegada de la que seria su institutriz. Estaba ansioso por conocerla, tanto que había sacado del que fue el escritorio del antiguo señor, unos cuadernos y lápices, así como un tintero y lapicera. Alguno de esos objetos seria necesarios.
Dejo de rascarse. Atravesó el piso superior del lugar, bajo por las escaleras, el paso firme haciendo sonar los tablones del piso, sin caerse ni trastabillar, lo cual era su miedo interno, porque la mujer hablaba con un acento extraño, demasiado petulante para ser del norte y bastante distinguido para poder localizarse en un paraje del sur, pero la duda permaneció en la cabeza de Samuel, que tenia en claro que buenos modales eran la invitación a muchos sitios adonde quería acudir, aunque no supiera con certeza cuales eran estos.
Cuando se encontró con los rayos de sol entrando por las ventanas del extenso salón principal, parpadeo vigilante ante la presencia de las dos mujeres. Una de ellas era la que tanto temor produjo en sus huesos, porque hablaba rápido en ese dialecto extraño y parecía decidida a invadirlo, aunque no tuviera armas, pero la intención, Samuel pudo olerla, como un perro buscando al zorro, aunque no sabia que la presa era él.
Quien la acompañaba era una mujercita, tan pequeña y frágil que sintió la necesidad de abrazarla, aunque no supiera el motivo, una parte suya se conmovió. Inesperado, después de una vida basada en la supervivencia más cruel, todavía poder compadecerse de otro ser humano, era una lágrima en el alma padeciente.
─ Señoras, bienvenidas a mi casa ─ esperaba impresionarlas, que la costosa tela de los cortinados, el brillo lustrado de los muebles las atrajera lo suficiente para considerar el puesto que Samuel estaba ofreciendo. Estaba desesperado, y además de la aceptación social que buscaba, también estaba conciente de que pronto llegarían las fechas de la cosecha y todo ese algodón debía acabar en alguna fábrica inglesa o del norte, pero no podía permitir que se pudriera, perdiendo el negocio, el dinero.
De solo imaginarse pobre y miserable otra vez, trabajando sin descanso junto a su madre, soportando palizas, entraba en estado de histeria.
─ Mi nombre es Samuel Pennyworth, el dueño de esta plantación y quien coloco el anuncio, pidiendo por una señorita educada que pudiera impartir la educación básica que es necesaria para los señores de mi posición social ─ hizo la presentación, copiando gestos y el tono amable de voz que tantas veces escucho al otro hombre, al muerto que lo reconoció como hijo, alternando las miradas entre las mujeres, pero en su corazón, solo existía la mujercita, con sus grandes ojos azules, desconcertada.

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Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Rosalie—
— Es un placer conocerle, señor Pennyworth. — Acostumbrada a reverenciarse ante reyes y príncipes, Clementine tuvo que tragarse el orgullo a fin de poder saludar al muchacho, disfrazando la mueca de tristeza en sus labios al ver cuán bajo había caído. — Ella es mi hija, Rosalie Fitzgerald. — Al ser presentada, la muchacha solo esbozó una pequeña sonrisa, temerosa de la forma en que el joven la miraba. — Disculpe si no lo entiendo pero ¿Para qué querría un muchacho tan elegante y bien parecido como usted los servicios de una institutriz? — Aunque no le importaban las razones que tuviera el joven, tenía que saber en qué clase de sitio y para qué trabajo ofrecía los servicios de su hija. Por muy desesperada que estuviese, no dejaría a la muchacha en manos de cualquier persona, por mucho que la elegante mansión sureña prometiera toda una vida de riquezas y lujos, justo como solían estar acostumbradas.
Mientras su madre parecía no prestar atención a nada más que los pormenores de dicho empleo, Rosalie se mantenía en silencio, ajena a todo cuanto la rodeaba pero no así al joven anfitrión, a quien notaba incómodo incluso aunque era la primera vez que lo veía. Él era como una pieza sobrante en ese paisaje de plantaciones y casas lujosas porque no encajaba ahí. — Rosalie ha estado participando en la corte de su majestad, en Inglaterra y en Francia. También fue instruida en muchas otras cosas. Le aseguro que no encontrara a una doncella más cualificada que ella para ejercer de institutriz. — Dirigió una severa mirada a la joven, quien se limitó a asentir rápidamente para pretender que estaba prestando atención a las negociaciones. Pero ya fuera por temor o simple curiosidad, la muchacha era incapaz de dejar de mirar a su empleador, sintiéndose apenada y culpable por no poder apartar la vista de él.
—Mi madre exagera mis capacidades, señor Pennyworth. La verdad es que nunca he sido institutriz y no sabría cómo serlo aunque podría transmitirle mis conocimientos, que aunque limitados en ciertos aspectos, espero que considere de valor. — Sin saber por qué, sentía el deseo de ganar su aprobación, que la considerara digna de estar en su presencia. — Rosalie es bastante humilde, como puede usted ver. Ella a menudo subestima sus capacidades. — Clementine no se hallaba complacida con la intromisión de la muchacha en esa conversación pero no iba a dejar que el trabajo se perdiera por los remordimientos o las dudas que su hija pudiera tener al respecto. — Pero no dude que pondré todo de mi parte para brindar una instrucción acorde a sus necesidades. — Quería sincerarse con él porque temía no ser lo suficientemente buena como para dar clases a alguien. Enfrentarse a la posibilidad de un despido cuando ni siquiera había comenzado a trabajar ya la hacía estremecer. — Rosalie, hija ¿Por qué no vuelves al carruaje? El señor Pennyworth y yo debemos discutir un par de cosas antes de poder tener un trato en condiciones. — La severidad en las palabras de Clementine dejaba claro que no aceptaría un “no” por respuesta, así que Rosalie se dispuso a obedecer, murmurando “fue un placer” a manera de despedida, dejando a su madre y al joven solos en aquel lugar en donde tuvo la atención de recibirlas.
Una vez que se aseguró de tener la privacidad adecuada, la señora Fitzgerald encaró a su joven interlocutor. — Imagino que su esposa debe estar complacida porque empezará a instruirse. Una lástima que no le conociéramos antes ¿Sabe? Usted habría sido un marido perfecto para una hija como la mía. Estoy segura de que ella encontrará aquí un hogar, pues yo ya me siento parte de este lugar aunque apenas he puesto un pie en él. — Lo había calado, había descubierto la ausencia de una esposa aunque sí había una mujer en esa casa, una con mal gusto para decorar pero al fin y al cabo alguien que reinaba ahí y disponía de la fortuna Pennyworth.
Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Samuel —
De repente, le falto el aire. Sus ojos iban y venían a ritmo desesperado, siguiendo a la mujer mayor en ese ir y venir de palabras, de gestos, como si esta fuera un mago tramposo que con un poco de astucia, quería embaucarlo, atraparlo y sacar el provecho que estaba buscando. Cuando quiso reaccionar, detener el vaivén de los acontecimientos, la mujercita que lo encandilo ya había partido, envuelta en el mismo aire de enaguas y delicadeza, provocando una ausencia que no pudo reparar.
Esas sensaciones causadas por un amor suave, eran ilusiones que vendian las lejanas visiones de las damas empolvadas grotescamente, oliendo a perfume y sudor, sin rastro delicado, ausentes de tranquilidad.
Samuel respiro profundamente, dejandola ir, acomodandose a la nueva situación, la cual sabia, seria difícil de transitar.
Bueno, él solo quería aprender a leer y escribir, a dejar de frustrarse cada vez que abría un periódico y las letras bailaban desvergonzadas, escondiendo secretos mensajes que lo esquivaban con la misma burla con la cual lo despreciaban los otros señores.
─ Señora, yo no se su nombre, pero mientras conversamos, siéntese por favor ─ ofreció la comodidad de los sillones tapizados con tela estampada. La hospitalidad es la única regla que permanece en cualquier estrato social. Pobres o ricos, el que toca a la puerta, merece un asiento y comida y bebida.
En este caso, Samuel limito el ofrecimiento al asiento. Sabia que los sirvientes escupirían el contenido de los vasos, él lo hizo muchas veces, y no quería que esta oportunidad quedara arruinada por la envidia de pobres.
Aunque la señora se esforzó en recalcar los atributos que la mujercita tenia para ofrecer, la mención de cortes de reyes y reinas era un cuento exótico que Samuel escuchaba por primera vez, un poco confuso, un poco orgulloso de que la suerte lo ubicara con alguien tan cercano a las realezas europeas. La inagotable imaginación juvenil lo transporto a un futuro donde este momento estaría distorsionado por eventos nunca sucedidos, pero diría ‘conocí al rey de Francia, estén orgullosos que son descendientes míos’.
Así son las familias.
─ La razón por la cual solicite una institutriz, es por la necesidad de que cierto joven, apadrinado por mi, complete su educación. Aprender a leer, escribir, los números ─ era un mentiroso nato, pero el orgullo impedía decir la verdad, porque sabía que esa mujer lo juzgaría, pondría en duda su origen, muchas cosas que Samuel no quería atravesar, a pesar de que ella dijo ‘usted’.
No, no.
Nadie, nunca más, lo despreciaría por ser bastardo y legitimizado.
Y quizás, por eso, la mención de una esposa, lo hizo acomodarse, intranquilo, en su asiento.
Cualquiera fuera la respuesta que otorgara, la mujer tendría la decisión final.
─ En esta casa, señora, solo hay un amo, ninguna mujer a cargo ─ y si su madre estaba oyendo la conversación, escondida detrás de alguna puerta, retorcería las orejas de ese hijo ingrato hasta dejarlas teñidas de rojo furioso.
Intento olvidar el estremecimiento de chiquillo a punto de soportar el castigo, irguiendo otra vez la espalda.
─ De aceptar la propuesta, os invito a las dos para habitar el lugar ─ una terrible decisión, pésima ─ Rosalie trabajara, en una posición digna para su posición y usted, bueno, la cuidara, como hacen las madres con sus hijos, para que vea mis intenciones honestas ─
Esas decisiones apresuradas, las cuales escapaban de su boca sin que pudiera detenerlas, suponían un futuro de constantes peleas, confusiones, invitados extraños en la casa, pero si su madre podía afinar la vista, sabría que convenían, y cuanto, para ellos dos.
Ahora, ya no solo aprendería a leer y escribir, también tendría hospedadas a señoras de alta alcurnia, cuya presencia largaría un montón de chismes, un motivo para sentirse orgulloso, sentándose en la silla mas alta, sobre todos los demás.

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Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Rosalie—
— Usted sí que sabe cómo cerrar tratos, señor Pennyworth. — La adusta mujer extendió la mano para sellar aquel pacto, retirándola apenas los dedos del hombre rozaron los suyos. — Recogeremos nuestras cosas y volveremos para instalarnos en las habitaciones que considere convenientes, pero si me permite sugerir, haría bien en colocar a Rosalie en una estancia cercana, así tendrá fácil acceso a la sala que destinarán para el estudio. — No permitiría que su hija fuera destinada a los cuartos de servicio porque eso sería caer demasiado bajo y aún no estaba preparada para ello. — Ya tendremos oportunidad de conversar sobre el salario y el horario. — De la misma forma en que había llegado, la mujer se marchó dejando tras de sí esa aura de nobleza y sofisticación que la caracterizaba.
En el interior del carruaje, la joven doncella aguardaba impaciente el regreso de su progenitora, quien la dejó con más dudas que respuestas en lo que respectaba a las condiciones del trabajo o a los tratos con el joven dueño de la plantación. — Confórmate con saber que gracias a mí, tienes el trabajo — No se habló más durante todo el trayecto y tampoco al llegar a casa. Apenas pusieron un pie en dicho lugar, los gritos del pariente no se hicieron esperar, urgiéndolas a abandonar la residencia ni bien terminaran de sacar sus pertenencias. Ayudadas por la servidumbre, ambas mujeres metieron en valijas y baúles las cosas con las que aún contaban, teniendo que pedir — prácticamente rogar — para contar con un coche en el que pudieran transportar sus cosas fácilmente. Ansioso por deshacerse de ellas tan pronto como fuera posible, el hombre les cedió un carruaje adecuado para cargar las cosas y también para llevarlas a ellas, no sin antes insultarlas una última vez.
…
Tener la oportunidad de estar nuevamente en tierras de los Pennyworth le hizo no solo sentirse afortunada sino también envidiar — de buena manera — la armonía de ese lugar. Al igual que su madre, Rosalie se limitó a seguir a una de las mucamas a través de los estrechos pasillos de la residencia y las escaleras, en donde encontrarían las habitaciones destinadas para ellas. — ¿No deberíamos dormir en el área del servicio? — A ella no le importaba en dónde, solo quería pasar una noche tranquila, sin insultos ni maltratos. — Ustedes son invitadas del señor Pennyworth y deben ser tratadas así. — Con estas palabras, la mucama cortó de tajo todo intento de conversación, limitándose a seguir las órdenes de su empleador y ahora de las féminas. — Su habitación, señora. — Abrió la puerta para revelar una suntuosa pieza, destinada a ser ocupada por Clementine Fitzgerald. — Que traigan mi equipaje hasta más tarde, ahora deseo descansar. — Sin siquiera despedirse de su hija o desearle suerte, la mujer se encerró en la estancia, dejando a la mucama y a la muchacha a solas.
— Esta es suya, señorita. — Rosalie no podía creer su suerte. Se llevó las manos a la boca para contener un grito de sorpresa al ver la gran habitación, tres veces más amplia que la que tenía en casa de su tío. — Es preciosa, gracias. — Se adelantó unos pasos y se dedicó a pasear por la estancia, admirando la cama, las cortinas… todo. Si bien la decoración no era de su agrado y mucho menos del estilo que consideraría adecuado, no podía quejarse. — Me gustaría agradecer personalmente al señor ¿Sabe dónde puedo encontrarlo? — La mucama pareció tensarse ante la sola pregunta, esforzándose por responder sin titubeos o sin miedo. — A esta hora debe estar supervisando la cosecha. Los campos no están muy lejos de aquí pero no creo que usted pueda llegar hasta allá. — Pretextando tener cosas que hacer, la sirvienta dejó a solas a la joven doncella, quien aprovechó esos momentos de privacidad para descansar un poco, aunque no lo suficiente como para considerarse satisfecha.
Consciente de que los descansos de su madre incluían dormir como una piedra, Rosalie aprovechó esas horas de libertad para abandonar la residencia, dispuesta a adentrarse en los campos mencionados por esa mucama, buscando al amable heredero que ahora las protegería. A base de señas e indicaciones obtenidas gracias a los trabajadores del lugar, logró dar con el sendero que la llevaría hasta las plantaciones aunque nadie le indicó cuán largo y cansado era el trayecto; ninguno de los jornaleros ofreció llevarla y mucho menos le reservaron un pequeño espacio en las carretas cargadas de algodón. Tan voluntariosa como decidida, Rosalie continuó su camino sin dar muestras de verse afectada por la poca cortesía, resuelta a llegar donde su jefe para agradecerle. Cuando ya no pudo más, se apoyó contra un árbol para resguardarse en la sombra. Lo ceñido del corsé le dificultaba la respiración y las mejillas comenzaron a tornarse color carmín. — Ayuda… — Clamó, en voz tan baja que nadie la escuchó. Sintiéndose desfallecer solo atinó a apoyarse contra aquel árbol, intentando no caer o al menos no hacerlo de forma tan vergonzosa.
Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Samuel —
Tal como había predicho, su madre dio los furiosos tirones a las orejas de Samuel, cuestionando la falta de razón al momento de ofrecer el trato, que tan poco conveniente era para ellos.
─ ¿Y si surgen disputas, que harás? ─ cuestiono, sabia, conociendo por experiencia los caprichos desmedidos que podían ostentar los aristócratas. ¡Ni siquiera conversaron sobre un sueldo! Y eran mujeres blancas, pedirían dinero a cambio, no eran las pobres mulatas que por un lugar en la barraca, hacían cualquier cosa.
Con inocencia, Samuel sonrió, beso a su madre en el frente, confiado.
─ No sucederá ningún evento malintencionado ─
Hablaba el muchacho enamoradizo, inconsciente. Casi podía decir que la causa de esa sonrisa de tiburón atontado, la que relucía en su rostro tiznado por el sol, correspondía a la ilusión de volver a ver la mujercita, a Rosalie. Olvido la motivación por estudiar y aprender, y su astucia.
Dispuso los carruajes para que las damas pudieran efectuar el traslado. Su madre se dedico a ambientar las habitaciones, dos de ellas, según su gusto. Hizo que los colchones pasaran un día hasta la noche, a sol, donde el aire y el calor pudieran airear la lana y la gruesa tela. En la ciudad, gasto una buena cantidad de dinero en cortinados, sabanas, almohadas.
Cuando la elegante tarea pudo fundirse junto con el elaborado esfuerzo de los sirvientes, quienes hicieron la profunda limpieza que fue encargada, las habitaciones, quedaron deslumbrantes según sus palabras.
Samuel se desligo de estas actividades, alegando que el campo lo necesitaba. El escozor en el brazo, producido por el traje oscuro que vistió en la visita de las mujeres, eran ronchas oscuras, pequeñas costras, consecuencia de una vida para la cual, no estaba hecho.
Parado en mitad de las extensas hectáreas, aspiro el rico olor a tierra, húmeda y revuelta, la suavidad de los bultos de algodón escurriéndose entre los dedos, el sudor pegando la ropa a la piel. Estar parado en ese lugar, donde el horizonte se tragaba al campo y la claridad permitía ver el techo del mundo y sentirse pequeño, insignificante, ese era el sentimiento que Samuel prefería. No existía otro lugar, ni hierbas tan altas que escondían esclavos fugitivos, encuentros entre hombres y mujeres que se deseaban o se forzaban, cuando la tarde cae y la soledad es la única que observa.
Los esclavos, como los blancos que trabajan a la par pero cobraban un jornal, agachaban la espalda para recoger los bultos. Los adultos lo hacían con delicadeza, manos enormes acogiendo la flor de la planta, y los niños, que eran unos tres, hacían el trabajo con extrema facilidad. Samuel los controlaba a cada uno de ellos, los conocía por el nombre y la jerarquía que existía en esa tierra, amparada por la ley, era inalterable.
Él no podía imaginar un futuro donde ellos tuvieran acceso a la educación, al voto. Era impensable.
Repentinamente, los perros que lo acompañaban, enormes animales cuya raza era desconocida, conservada de una camada anterior, comenzaron a aullar, los tres en una melodía triste, que según la creencia, traía mala suerte. Samuel se persigno, asustado de que el antiguo patrón volviera de entre los muertos, vaya a saber que maldición lo hizo levantarse, seguro fue una bruja del vudú, la respuesta divina ante tanto castigo sufrido.
El lamento de perros ponía la piel de gallina. Los que trabajaban se detenían para murmurar, los rezos se mezclaban, entre un inglés con acento de vaya uno a saber de qué condado provenía y un africano susurrante tomando fuerza para terminar con tanta intensidad que podía quebrar el suelo ahí mismo.
─ Basta, basta ─ grito el muchacho, tirando una patada a los animales que tanto amaba.
Los perros huyeron, sin dejar de gruñir, lanzando mordidas entre ellos mismos. Samuel los siguió, enojado y temeroso de lo divino. Acostumbrado a la magia que tiene esa tierra maldita, a lo que aprendió de los esclavos y sus trances, lo que dicen en las tabernas, cuando el vino es el conducto que hace a los honestos hablar, temió por algún incidente en casa. Volvió a sentirse pequeño, insignificante, con miedo y sin ningún refugio.
La encontró, a ella, desfallecida, el pequeño cuerpo apoyado contra un árbol cuyos brotes verdes asomaban de la endurecida corteza.
─ ¿Señorita? ¡Señorita, que hace usted aquí!─
Samuel creía que tardarían en llegar. Imagino hasta la recepción, con una cena con carne de codorniz y papas dulces, y para sorprenderlas, otra vez vestiría la ropa de hombre de ciudad.
Lo sorprendió. Como no sabía qué hacer para ayudar, la zamarreo, dando leves golpecitos en la espalda de la muchacha.
─ ¿Está bien? Deje que la ayude, por favor ─

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Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Rosalie—
— Samuel… — Ni bien reaccionaba todavía cuando su cuerpo se vio sacudido, zarandeado por esas fuertes manos. Era evidente la brusquedad en sus maneras, la tosquedad presente en ese simple acto con el que buscaba devolver en sí a la muchacha. Para Rosalie representaba una sorpresa el que alguien fuera capaz de tratarla con tanta rudeza pero también lograba sentirse protegida, a salvo de cualquier peligro aunque nadie tuviera intención de dañarla. — Lamento mucho el brindar tan lamentable espectáculo. — Aún no estaba en condiciones de guardar distancia y de haberse separado, habría desfallecido inmediatamente. — Creí que la distancia desde la casa hasta los campos era mínima pero en definitiva me he visto superada por tan grande trayecto. — En un intento de llevar aire a sus pulmones, la muchacha suspiró larga y profundamente antes de continuar con su elaborada disculpa.
Quizás la vida de campo no estuviese hecha para ella y solo hasta entonces se estaba dando cuenta. — Creo que no volveré a caminar tanto en mi vida. — Se apartó un poco, no más de la necesaria distancia para mantener el recato. Estar a solas en compañía de un hombre tampoco era bien visto pero al menos ellos tenían a su favor el encontrarse en un sitio donde había gran afluencia de trabajadores a esas horas. — Y como desconozco además si usted cuenta con algún tipo de coche para transitar estos lares, he tenido que hacer el camino a pie como todos los demás. — No era una queja, más bien se trataba de un simple comentario con el que buscaba hacerle entender que no todas las personas estaban habituadas a recorrer largas distancias como él. En lo sucesivo, se acordaría de agradecerle propiamente antes de marchar a los campos para no pasar otra vez por lo mismo.
Como si no fuera suficiente, en su lista de agradecimientos añadió una razón más para estar en deuda con él, que tantas cosas había hecho por ella aunque no la conocía. — Solo quería darle las gracias por tanta generosidad. Las habitaciones son espléndidas y me he sentido más que bienvenida en su casa. — Al ver que el caballero no le ofrecía el brazo para caminar, Rosalie decidió tomar la iniciativa y sujetarse de él, dispuesta a continuar con la conversación. — Un caballero que se precie de serlo siempre ofrecerá el brazo a una dama, debería recordar eso. — Rosalie sabía que Samuel no era un hombre de finos modales pero en lo posible ella deseaba ayudarlo a desenvolverse mejor, a interactuar de una manera más educada con personas como ella que estaban acostumbradas a mantener el protocolo. — Si no está usted demasiado ocupado ¿Le gustaría pasear conmigo? Nadie mejor que el dueño de estas plantaciones para mostrarme hasta dónde llegan sus terrenos, así sé hasta dónde podría llegar en caso de que decida hacer el paseo completo. — Lo conocía tan poco pero aun así se sentía cómoda en su presencia.
— A decir verdad, nunca había estado en una plantación ¿Sabe? Conozco relativamente poco del campo y de sus manejos. Me vendría bien recibir algunas lecciones sobre cómo debo dirigirme a los campesinos o incluso a los otros empleados. — Solo entonces caía en la cuenta de que nadie le había explicado sus funciones o el trato que tendría con el resto de la servidumbre.
Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Samuel —
¿Recorrió sola el camino desde la casa? No solo era peligroso, puesto que era un lugar nuevo para ella. Podía tropezar con cualquier clase de molestia. El campo tiene sus secretos, que son incompatibles con la vida de la ciudad.
─ ¿Nadie la ayudo? ─ observo, dispuesto a castigar a todos los trabajadores en caso de obtener una respuesta afirmativa. Y dentro de su corazón, sabía que era cierto. Todos ellos eran mezquinos, desconfiados, temerosos de cometer un agravio y por mínimo que este fuera, sabía que un castigo los esperaría.
─ No, no señorita. La próxima vez, exija con firmeza que alguno de mis sirvientes la lleve. Son como animalitos, hay que gritarles para que se porten como dios quiere, pero no se aventure lejos sin compañía. ─ advirtió con severidad, postura que perdió cuando ella comenzó a dar las gracias por la bienvenida. La soltó de su agarre, despacio, con temor a que volviera a caer. Los perros dejaron de lamentarse y andaban esparcidos. Escuchaba los gruñidos, el cese de los rezos. Otra vez el campo vibraba con el trabajo, y con la vida que contenía.
─ Me alegro que hay sido de su agrado. Es mi deber hacerla sentir a gusto en la residencia ─ esas palabras, mucho más agradables que las anteriores eran expresadas con dificultad. Samuel no estaba acostumbrado a un trato gentil, por lo que Rosalie, con sus gestos de amabilidad, provocaban una inquietud precaria sobre el muchacho.
Provocaba un apaciguamiento del espíritu, una quietud placentera.
Hasta que el contacto físico, por decente que fuera, lo hizo girar la cabeza hacia el costado, donde ella no pudiera ver la ebullición de emociones, sorpresivas, que lo atacaron de improvisto.
─ Es un terreno extenso, señorita. Para llegar a la próxima casa, que es de los Santigny, debe recorrer a pie, medio día. Si tiene caballo llega más rápido, eso sí. Cuando quiera ordeno que ensillen un caballo para usted, y la llevo a conocer el lugar, así se familiariza con las caras y con los perros ─ Samuel tenia pegado el acento del sur y a pesar de que estaba un poco disgustado por no poseer los modales de un hombre grande y poderoso, intento disimular sus defectos naturales.
─ Yo no soy un caballero, señorita. Solamente tengo dinero ─ suspiro con satisfacción al final.
Y eso, era la verdad.

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Re: I'm going to need you more than you need me.
I ─ Comienzo de una educación

Rosalie—
– Tal vez usted no se considere un caballero pero yo creo que lo es. – Sentía cierta tristeza al darse cuenta del modo tan bajo en el que Samuel se veía a sí mismo, como si no fuera más que un simple empleado a pesar de ser el dueño de una inmensa fortuna y fértiles terrenos. – Pero si continúa menospreciándose así no conseguirá que alguna dama de buena familia voltee a mirarlo y mucho menos quiera casarse con usted. – Para eso estaba ella ahí. Su trabajo era lograr que Samuel se volviera un caballero distinguido y consiguiera una esposa acorde a su rango y posición. Sin saber por qué, pensar en esa posibilidad hizo que el corazón le diera un vuelco, doliéndole de una manera que no tenía cómo explicar; casado él su trabajo acabaría y no volvería a verlo o quizás terminara dando clases a sus hijos, como cualquier otra empleada. Aunque las posibilidades sin duda le aterraban, no dijo nada. Esta dispuesta a desempeñar su trabajo de la mejor manera posible y no iba a darse por vencida.
Pestañeó sorprendida al escuchar cómo describía las enormes distancias entre una casa y otra, algo que ella jamás había creído posible ¿Sería igual de grande la otra propiedad? Sin duda sentía deseos de aventurarse más allá, tal vez hacerse amiga de los vecinos o bien al menos tratar un poco más a los sirvientes para no sentirse tan sola. – Temo que nunca aprendí a andar en caballo. Mi madre consideraba que cualquier cosa podría pasar y le daba miedo que una caída terminara arruinándome la vida, así que nunca me lo permitió. – No eran pocos los casos de doncellas que habían terminado perdiendo la virginidad al caer de un caballo y según Clementine, eso era lo peor que podía suceder porque entonces ningún hombre deseaba desposarse con alguien a quien le hubiera ocurrido aquella tragedia. – Pero puedo acompañarlo en algún carruaje o incluso hacer el recorrido a pie, cuando me acostumbre al terreno, por supuesto. – Ni estando loca se perdería la oportunidad de un paseo así y menos en tan grata compañía.
Una vez olvidado el desastre inicial – propiciado más que nada por su evidente torpeza – la muchacha pudo entrar en confianza, llegando a experimentar junto a Samuel una paz que hasta ese entonces desconocía. – Incluso podríamos pedir a alguna de las cocineras que nos prepare una canasta llena de viandas y así cuando nos dé hambre bastará con que detengamos el transporte bajo la sombra de algún árbol para sentarnos a comer por ahí. – Eso también serviría para que Samuel practicara el comportamiento ante otros mientras estaba presidiendo una comida, tal como debía hacerlo un anfitrión. El campo nunca había sido su lugar pero estando junto a él se sentía extrañamente cercana a los verdes prados, a los sembradíos y al aroma de la tierra mojada que inundaba sus fosas nasales.
– Creo que es hora de que vuelva a la casa, señor. Mi madre se estará preguntando en dónde estoy y no deseo causarle preocupaciones innecesarias. Bastante ha hecho ya por mí como para que me dé el lujo de no estar a su lado si es que me necesita. – De eso bien podría encargarse una doncella pero tal como estaban las cosas, hasta no saber con exactitud el monto de su salario no podía permitirse pagar una.
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