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And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
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And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
Él, el libertino más famoso en todo Londres. Ella, la mujer cuyos deseos de servir a Dios le fueron arrancados. Dos personas que nada tenían en común hasta que un acontecimiento social los unió, trayendo severas consecuencias. Bajo el ojo vigilante de la sociedad victoriana y la doble moral de la clase alta, el matrimonio es la única salida, la opción más honorable para no comprometer la virtud de una doncella ni el dudoso honor de un hombre cuyos excesos y pecados le han conferido mala fama entre aquellos que dicen ser amigos.Forzados a compartir el resto de los días en mutua compañía, cada uno lidia a su manera con los problemas que una unión así acarrea; sorteando todo obstáculo y en medio de intrigas y rumores, ambos luchan por sacar a flote una relación que fracasó incluso antes de pasar por el altar.
Alan Wotton Conde | Rupert Friend | Batman with claws Un hombre que lo ha tenido todo: dinero, mujeres y los más exóticos caprichos que alguien puede llegar a desear. Son incontables las aventuras y los líos de faldas en los que se ha visto inmiscuido, pues no son pocos los rumores que lo ligan a la existencia de bastardos e incluso damas repudiadas luego de caer bajo sus encantos. |
Mary Frances Wotton Condesa | Emily Blunt | Lucrezia Una dama callada y poco dada a las situaciones sociales, entregada a las obras de caridad y a un estilo de vida austero, completamente opuesto al de su marido. Pasa la mayor parte de sus días rezando o atendiendo a los menos afortunados, ofreciendo a Dios las penurias que derivan de su matrimonio y de todo lo que ello conlleva. |
Plot | Épocas pasadas, drama. | 1x1
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Última edición por Lucrezia el Lun 16 Mayo - 3:18, editado 3 veces
Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
01. An epic failure.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Mediodía |
Alan Wotton podía ser definido como un dandi, un hombre muy refinado a la hora de vestirse, proveniente de la burguesía aristocrática, con una fuerte personalidad, y también como un libertino, por lo que a todo el mundo le había sorprendido que se hubiera casado con una mojigata. Evidentemente, no le había quedado otra salida, ya que les habían pillado en la cama. No le importaba demasiado tampoco; ninguno de los adjetivos que les calificaban habían cambiado. Todo el mundo sabía que vivía en un mundo ajeno al matrimonio, mientras que su esposa lo respetaba.
El reto que tenía Alan era meterse en la cama de la que era su mujer. Al fin y al cabo, tenía el derecho, ¿no? Respetaba a las mujeres hasta cierto punto; jamás violaría a una, pero iba a insistir hasta que ella dijera que sí. Era su reto. El machismo era un término desconocido en la época, y por supuesto, ningún juez consideraría que esa presión en el matrimonio fuera ningún tipo de acoso sexual.
Borracho como una cuba, había llegado la noche anterior a su casa, por lo que en cuanto despertó en torno al mediodía, como acostumbraban a hacer tanto aristócratas como burgueses, como parodiaba Alexander Pope en The Rape of the Lock. Se vistió con ropajes limpios después de ir a darse un baño para quitarse el olor a alcohol de la piel.
Su esposa no había llegado aún, o eso es lo que le habían dicho los criados. Seguramente, se hubiera pasado por alguna de las workhouses de la ciudad de Londres para apadrinar a algún niño. Chasqueando la lengua, esperó sentado en una de las sillas del estudio, con un libro entre las manos. Estaban de moda los clásicos, por lo que estaba pasando los ojos por La Odisea. Aunque no lo pareciera, era una persona inteligente y estaba casi sobrecogido ante la fuerta del Canto VI, donde comienza el episodio de los feacios.
En realidad, no estaba aprendiendo cosas por el propio gusto: para eso, ya tenía alcohol y mujeres, sino para tener algo de lo que hablar con su esposa. Quizás para acabar en su lecho, tendría que sacrificarse un poco y no ir siempre a lo bestia.
El reto que tenía Alan era meterse en la cama de la que era su mujer. Al fin y al cabo, tenía el derecho, ¿no? Respetaba a las mujeres hasta cierto punto; jamás violaría a una, pero iba a insistir hasta que ella dijera que sí. Era su reto. El machismo era un término desconocido en la época, y por supuesto, ningún juez consideraría que esa presión en el matrimonio fuera ningún tipo de acoso sexual.
Borracho como una cuba, había llegado la noche anterior a su casa, por lo que en cuanto despertó en torno al mediodía, como acostumbraban a hacer tanto aristócratas como burgueses, como parodiaba Alexander Pope en The Rape of the Lock. Se vistió con ropajes limpios después de ir a darse un baño para quitarse el olor a alcohol de la piel.
Su esposa no había llegado aún, o eso es lo que le habían dicho los criados. Seguramente, se hubiera pasado por alguna de las workhouses de la ciudad de Londres para apadrinar a algún niño. Chasqueando la lengua, esperó sentado en una de las sillas del estudio, con un libro entre las manos. Estaban de moda los clásicos, por lo que estaba pasando los ojos por La Odisea. Aunque no lo pareciera, era una persona inteligente y estaba casi sobrecogido ante la fuerta del Canto VI, donde comienza el episodio de los feacios.
En realidad, no estaba aprendiendo cosas por el propio gusto: para eso, ya tenía alcohol y mujeres, sino para tener algo de lo que hablar con su esposa. Quizás para acabar en su lecho, tendría que sacrificarse un poco y no ir siempre a lo bestia.
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Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
01. An epic failure.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Mediodía |
Desde el primer día de su matrimonio, Mary comprendió que no volvería a dormir una noche completa jamás. Aunque no era una mujer vanidosa — porque seguía considerando la exaltación de la belleza como un pecado — había sido forzada a recurrir a los trucos femeninos del maquillaje para disfrazar un poco su desmejorado aspecto. Someterse a rigurosos ayunos como una manera de expiar sus fallos como esposa al no poder enderezar la conducta libertina de su marido no ayudaba demasiado, así como de nada servían las numerosas plegarias que recitaba día y noche en la soledad de su alcoba. A primera hora de la mañana y después de leer la biblia como cada día, la joven se dispuso a ser auxiliada por sus doncellas para asearse y vestirse. Al cumplirse los dos días reglamentarios del ayuno se decantó por un desayuno austero, consistente tan solo en un poco de té y pan.
Al salir de su hogar, el cochero la esperaba ya para llevarla hasta uno de los sectores más desafortunados de la ciudad. El camino fue bastante lento, en gran parte porque sortear los charcos y lodazales de la terracería era primordial si deseaban avanzar. Acostumbrada a que su esposo se despertara hasta tarde, Mary contaba con toda la mañana libre para dedicarla a los más necesitados, esas personas que requerían su ayuda y se esforzaban en salir adelante a pesar de las circunstancias. Acompañada por algunas religiosas de su antigua orden, repartió comida y ropa limpia a diestra y siniestra. En medio de todo el cansancio que significaba atender de tantas personas con tan poco personal, se dio tiempo para auxiliar al médico en el tratamiento de las personas enfermas. Si bien sus conocimientos de enfermería eran limitados, se ocupaba de cargar recipientes con agua y de mojar algunos paños para colocarlos en la frente de quienes tenían fiebre.
No regresó a casa sino hasta la tarde. Casi era la hora de comer cuando llegó y de inmediato fue informada de las condiciones en que se hallaba su esposo, las cuales no variaban nada con el paso de los días. Al parecer, el estar siempre borracho formaba parte de la rutina matrimonial y a Mary no le quedaba más remedio que aceptarlo. A ella no le eran ajenas las miradas de compasión que las doncellas y toda la servidumbre de la casa dirigía. Lo complicado de la vida con Alan trascendía los muros de su habitación y no compartir el lecho daba pie a rumores sobre la imposibilidad de ambos por engendrar un heredero en el futuro. Al preguntar por Alan fue informada acerca de dónde estaba pasando su esposo el resto del día, sorprendiéndose al saber que no era en un burdel ni en una taberna de mala muerte. El hecho de tenerle en casa a esas horas ya podía considerarse un progreso, así que ni tarda ni perezosa se dirigió a su encuentro, abriendo sigilosamente la puerta del estudio. — Lamento la tardanza. — Avanzó unos pasos y cerró tras de sí, mirándole fijamente. — ¿Cómo se encuentra? — El que lo detestara la mayoría de las veces no implicaba que no pudiera ser cortés. Él era solo la oveja descarriada, así que el deber de ella como su esposa era devolverlo al buen camino.
Al salir de su hogar, el cochero la esperaba ya para llevarla hasta uno de los sectores más desafortunados de la ciudad. El camino fue bastante lento, en gran parte porque sortear los charcos y lodazales de la terracería era primordial si deseaban avanzar. Acostumbrada a que su esposo se despertara hasta tarde, Mary contaba con toda la mañana libre para dedicarla a los más necesitados, esas personas que requerían su ayuda y se esforzaban en salir adelante a pesar de las circunstancias. Acompañada por algunas religiosas de su antigua orden, repartió comida y ropa limpia a diestra y siniestra. En medio de todo el cansancio que significaba atender de tantas personas con tan poco personal, se dio tiempo para auxiliar al médico en el tratamiento de las personas enfermas. Si bien sus conocimientos de enfermería eran limitados, se ocupaba de cargar recipientes con agua y de mojar algunos paños para colocarlos en la frente de quienes tenían fiebre.
No regresó a casa sino hasta la tarde. Casi era la hora de comer cuando llegó y de inmediato fue informada de las condiciones en que se hallaba su esposo, las cuales no variaban nada con el paso de los días. Al parecer, el estar siempre borracho formaba parte de la rutina matrimonial y a Mary no le quedaba más remedio que aceptarlo. A ella no le eran ajenas las miradas de compasión que las doncellas y toda la servidumbre de la casa dirigía. Lo complicado de la vida con Alan trascendía los muros de su habitación y no compartir el lecho daba pie a rumores sobre la imposibilidad de ambos por engendrar un heredero en el futuro. Al preguntar por Alan fue informada acerca de dónde estaba pasando su esposo el resto del día, sorprendiéndose al saber que no era en un burdel ni en una taberna de mala muerte. El hecho de tenerle en casa a esas horas ya podía considerarse un progreso, así que ni tarda ni perezosa se dirigió a su encuentro, abriendo sigilosamente la puerta del estudio. — Lamento la tardanza. — Avanzó unos pasos y cerró tras de sí, mirándole fijamente. — ¿Cómo se encuentra? — El que lo detestara la mayoría de las veces no implicaba que no pudiera ser cortés. Él era solo la oveja descarriada, así que el deber de ella como su esposa era devolverlo al buen camino.
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Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
01. An epic failure.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Mediodía |
Envuelto en la lectura, Alan no estaba pensando en todas las libertades que se tomaba incluso aunque estuviera casado: prostitutas, alcohol e incluso drogas como el opio. La verdad es que jamás había pensado por qué se metió en todos aquellos vicios. Quizás había sido tras la muerte de sus padres en un trágico accidente, de lo cual jamás hablaba con nadie. De hecho, lo primero que hizo cuando alcanzó la mayoría de edad y todo su dinero iba a ser para él fue despedir a los criados que lo miraban con pena. Y entonces fue cuando empezó su camino a la decadencia. Sin embargo, en aquellos momentos se encontraba, por suerte, un poco distraído. Recordaba haber leído la obra cuando era más pequeño, al igual que había tenido que aprender latín para leer a los poetas clásicos, pero nunca le había puesto demasiada atención. Ahora, sin embargo, lo estaba haciendo. Quizás porque le dolía la cabeza a rabia y al hacerlo, le dolía mucho más. Consideraba que se merecía el dolor, que era parte del placer que sentiría al alcanzar su objetivo.
Las últimas palabras del Canto VI sonaban en su mente cuando la puerta se abrió y tras ella, apareció su esposa. No podía creerse que se hubiera casado aún, pero aunque no le importaban los escándalos, no quería ensuciar el nombre de su familia aún más. Además, ahora tenía el reto. Y podían divorciarse cuando quisiera. Sus ojos se clavaron en la piadosa fémina, que no parecía ni siquiera enfadada por su comportamiento. Al menos, había tomado la decencia de darse un baño para eliminar el olor a alcohol y a sudor de su piel. Seguro que la fémina lo agradecía.
Una pequeña mueca tomó el control de su rostro cuando cerró la puerta. El ruido le molestaba. Cerrando el libro, lo dejó sobre una mesa antes de levantarse, sin molestarse en colocar bien sus arrugados ropajes, para ir al encuentro de su esposa—. Me duele la cabeza. Supongo que es el efecto del alcohol que tomé la noche anterior. —Arrastró las palabras como si estuviera degustando algo asqueroso en su boca; era el sabor al alcohol de la noche anterior. Al estar frente a ella, se inclinó para coger una de sus manos y dejar sobre ella un beso, clavando su mirada en el rostro de la fémina fijamente mientras lo hacía.
Después, se acercó a una de las mesas, sobre la que había una jarra de agua y se sirvió un vaso—. ¿Dónde estabas? —Lo sabía perfectamente, pero quería preguntarle aún. Se tomó el vaso de un trago, esperando que ayudara con el mal de sabor de boca y lo volvió a posar sobre la mesa antes de darse la vuelta, sin acercarse a ella de nuevo—. Sea donde sea, no habrás ido sola, ¿verdad?
La pregunta había escapado de los labios del hombre con cierto tono de enfado; no porque se preocupara por ella, porque para qué mentir, no lo hacía de momento, sino porque si le pasaba algo, podían acabar echándole la culpa a él. O al menos, eso era lo que él se decía. Nunca había conocido el amor ni pretendía. Solo quería cumplir su reto de meterse entre las sábanas de la joven. Y sabía perfectamente que iba a acabar consiguiéndolo—. Estaba leyendo La Odisea. ¿Dónde conseguiste esa edición? —Al fin y al cabo, estaba en griego antiguo, un idioma que había aprendido de pequeño, y del que aún se acordaba. Al igual que del francés, del latín o del español, que había sido un idioma importante antaño. Y era la lengua de ese tal Miguel de Cervantes del que había hablado Charles Dickens en sus prólogos. Estaba seguro de que las novelas de ese hombre habían influido en el comportamiento de su esposa.
Las últimas palabras del Canto VI sonaban en su mente cuando la puerta se abrió y tras ella, apareció su esposa. No podía creerse que se hubiera casado aún, pero aunque no le importaban los escándalos, no quería ensuciar el nombre de su familia aún más. Además, ahora tenía el reto. Y podían divorciarse cuando quisiera. Sus ojos se clavaron en la piadosa fémina, que no parecía ni siquiera enfadada por su comportamiento. Al menos, había tomado la decencia de darse un baño para eliminar el olor a alcohol y a sudor de su piel. Seguro que la fémina lo agradecía.
Una pequeña mueca tomó el control de su rostro cuando cerró la puerta. El ruido le molestaba. Cerrando el libro, lo dejó sobre una mesa antes de levantarse, sin molestarse en colocar bien sus arrugados ropajes, para ir al encuentro de su esposa—. Me duele la cabeza. Supongo que es el efecto del alcohol que tomé la noche anterior. —Arrastró las palabras como si estuviera degustando algo asqueroso en su boca; era el sabor al alcohol de la noche anterior. Al estar frente a ella, se inclinó para coger una de sus manos y dejar sobre ella un beso, clavando su mirada en el rostro de la fémina fijamente mientras lo hacía.
Después, se acercó a una de las mesas, sobre la que había una jarra de agua y se sirvió un vaso—. ¿Dónde estabas? —Lo sabía perfectamente, pero quería preguntarle aún. Se tomó el vaso de un trago, esperando que ayudara con el mal de sabor de boca y lo volvió a posar sobre la mesa antes de darse la vuelta, sin acercarse a ella de nuevo—. Sea donde sea, no habrás ido sola, ¿verdad?
La pregunta había escapado de los labios del hombre con cierto tono de enfado; no porque se preocupara por ella, porque para qué mentir, no lo hacía de momento, sino porque si le pasaba algo, podían acabar echándole la culpa a él. O al menos, eso era lo que él se decía. Nunca había conocido el amor ni pretendía. Solo quería cumplir su reto de meterse entre las sábanas de la joven. Y sabía perfectamente que iba a acabar consiguiéndolo—. Estaba leyendo La Odisea. ¿Dónde conseguiste esa edición? —Al fin y al cabo, estaba en griego antiguo, un idioma que había aprendido de pequeño, y del que aún se acordaba. Al igual que del francés, del latín o del español, que había sido un idioma importante antaño. Y era la lengua de ese tal Miguel de Cervantes del que había hablado Charles Dickens en sus prólogos. Estaba seguro de que las novelas de ese hombre habían influido en el comportamiento de su esposa.
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Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
01. An epic failure.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Mediodía |
Suspiró con desazón al ver lo arrugado de las ropas que Alan vestía. Si bien era su responsabilidad procurar que él vistiera acorde a su rango y posición, prefería delegar esa tarea a las doncellas o bien a todas esas prostitutas que el conde solía frecuentar. Si estaban dispuestas a desvestirlo ¿Por qué no a lavarle la ropa o a tenerle listos los trajes que debía vestir? Mientras los labios de su esposo se posaban sobre el dorso de su mano, la mujer hacía enormes esfuerzos por disfrazar la expresión de reproche que tenía para él a causa de su comportamiento. — Si bebiera menos y se alimentara como debe ser, tendría mejor aspecto. — Preocuparse por la salud de su esposo era no solo uno de sus deberes como esposa sino también parte de su código moral. Estuvo a punto de sugerirle que bebiera algo más fuerte para combatir los efectos del alcohol en su cuerpo pero se contuvo, a sabiendas de que sus remedios resultarían desagradables para él, sobre todo porque la abstinencia sería primordial.
— No, no fui sola. Me acompañaron mis doncellas, el cochero y algunas religiosas. — No le pasó desapercibido el tono con que aquella pregunta le había sido dirigida, logrando que ella se enfadara a pesar de haber pasado un buen día ayudando a los necesitados. — Sabe que son personas de probada virtud. Lamentablemente no puedo decir lo mismo de las compañías que usted frecuenta. — Respondió ella con tono mordaz. — Desde que me casé con usted la gente se compadece de mí. Ya no puedo salir a la calle sin que alguien me exprese su sentir con respecto a nuestro matrimonio, todo ello a causa de cómo se comporta. Si le preocupa el buen nombre de la familia haría bien en escoger mejor a sus amigos o a las mujeres con quienes pasa las noches. — Claramente se hallaba ofendida ¿Cómo era capaz de insinuar que podía hacer algo para afectar su reputación?
Para la tranquilidad de Mary, Alan cambió el rumbo de la conversación y ella pudo volver a serenarse. Todo lo relacionado con los libros y la biblioteca de casa era del interés de la castaña, que solo atinó a sonreír con levedad. — Fue un regalo de bodas, cortesía de la duquesa de Richmond. — Le resultaba extraño el repentino interés de Alan por la literatura pero suponía que siendo un hombre culto y versado en muchas disciplinas, el leer era fundamental aunque no lo demostrara. — No sé si recuerde a Lady Georgina. Es hija del duque de Beaufort y recientemente entró a formar parte de una congregación religiosa. — Seguramente no se acordaría. Ella no era el tipo de mujer de la que él podría tener algún recuerdo, mucho menos bueno. — Su tío es el abad de Westminster y por medio de ella me ha manifestado su deseo de ayudar a que usted enmiende su vida. — Contar con el apoyo de una persona tan importante como respetada en las altas esferas de la sociedad siempre era bueno, sobre todo porque eso acallaría los rumores acerca de las infidelidades de Alan o la incapacidad de Mary para cumplir con sus deberes en el lecho. — Ha arreglado su admisión en una congregación lejos de Londres, en donde podrá entregarse de lleno a la vida en castidad, bajo votos de pobreza y humildad que le permitirán encontrar su propósito. — Separarse de su marido no iba a ayudar a rescatar el matrimonio pero si al menos lograba hacerle enderezar el camino, se daría por bien servida.
— Dejaría de beber y también se despediría de esas mujeres que lo vuelven indigno ¿No sería eso algo bueno? Tendría la posibilidad de corregir sus errores, de redimirse. — Nerviosa, aguardó la que Alan respondiera, temerosa ante una posible negativa. — Lo único que debe hacer es presentarse. Yo le acompañaré hasta las puertas del lugar, el abad se encargará de lo demás. — Internamente elevó sus plegarias al cielo, rogando porque su esposo aceptara recluirse para vivir decentemente, como todo buen hijo de dios.
— No, no fui sola. Me acompañaron mis doncellas, el cochero y algunas religiosas. — No le pasó desapercibido el tono con que aquella pregunta le había sido dirigida, logrando que ella se enfadara a pesar de haber pasado un buen día ayudando a los necesitados. — Sabe que son personas de probada virtud. Lamentablemente no puedo decir lo mismo de las compañías que usted frecuenta. — Respondió ella con tono mordaz. — Desde que me casé con usted la gente se compadece de mí. Ya no puedo salir a la calle sin que alguien me exprese su sentir con respecto a nuestro matrimonio, todo ello a causa de cómo se comporta. Si le preocupa el buen nombre de la familia haría bien en escoger mejor a sus amigos o a las mujeres con quienes pasa las noches. — Claramente se hallaba ofendida ¿Cómo era capaz de insinuar que podía hacer algo para afectar su reputación?
Para la tranquilidad de Mary, Alan cambió el rumbo de la conversación y ella pudo volver a serenarse. Todo lo relacionado con los libros y la biblioteca de casa era del interés de la castaña, que solo atinó a sonreír con levedad. — Fue un regalo de bodas, cortesía de la duquesa de Richmond. — Le resultaba extraño el repentino interés de Alan por la literatura pero suponía que siendo un hombre culto y versado en muchas disciplinas, el leer era fundamental aunque no lo demostrara. — No sé si recuerde a Lady Georgina. Es hija del duque de Beaufort y recientemente entró a formar parte de una congregación religiosa. — Seguramente no se acordaría. Ella no era el tipo de mujer de la que él podría tener algún recuerdo, mucho menos bueno. — Su tío es el abad de Westminster y por medio de ella me ha manifestado su deseo de ayudar a que usted enmiende su vida. — Contar con el apoyo de una persona tan importante como respetada en las altas esferas de la sociedad siempre era bueno, sobre todo porque eso acallaría los rumores acerca de las infidelidades de Alan o la incapacidad de Mary para cumplir con sus deberes en el lecho. — Ha arreglado su admisión en una congregación lejos de Londres, en donde podrá entregarse de lleno a la vida en castidad, bajo votos de pobreza y humildad que le permitirán encontrar su propósito. — Separarse de su marido no iba a ayudar a rescatar el matrimonio pero si al menos lograba hacerle enderezar el camino, se daría por bien servida.
— Dejaría de beber y también se despediría de esas mujeres que lo vuelven indigno ¿No sería eso algo bueno? Tendría la posibilidad de corregir sus errores, de redimirse. — Nerviosa, aguardó la que Alan respondiera, temerosa ante una posible negativa. — Lo único que debe hacer es presentarse. Yo le acompañaré hasta las puertas del lugar, el abad se encargará de lo demás. — Internamente elevó sus plegarias al cielo, rogando porque su esposo aceptara recluirse para vivir decentemente, como todo buen hijo de dios.
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Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
01. An epic failure.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Mediodía |
Puede que se hubiera casado con una chica que casi podría ser definida como una puritana, si ese adjetivo no llevara la connotación que llevaba, incluso dos siglos después de que los puritanos que viajaron en el Mayflower a los Estados Unidos hubieran decidido luchar por la Independencia —aunque era verdad que las prostitutas a las que habían secuestrado eran más liberales que las del Reino Unido, quizás había cambiado un poco el país con el tiempo, aunque siguiera teniendo ese sector profundamente conservador—, pero eso no quería decir que la fémina no le dijera un par de verdades de vez en cuando, que frecuentemente le encolerizaban por el complejo de inferioridad que sentía frente a ella, algo que nunca pensaría decir en voz alta y en parte, por eso mismo había decidido que esa mañana no la malgastaría con una señora del alterne, sino leyendo esa obra que le había atrapado desde el primer momento, al igual que la fémina le había atrapado (aunque el resultado no había sido el mismo, pues el libro podía cerrarlo y desentenderse de él, mientras que a su esposa la tenía que seguir viendo día a día).
Ante las verdades de la fémina, el hombre había entrecerrado sus ojos conforme pasaba sus cuidadas y hermosas manos, pues no había hecho ningún tipo de trabajo físico en toda su vida, por sus ropajes para ir alisándolos, ya que se acababa de percatar de las arrugas que tenía en estos, en parte, por haber estado sentado algún tiempo mientras esperaba que la fémina volviera a la casa de ayudar a esas “personas de probada virtud”, como ella decía—. Siempre pudisteis haberos negado al matrimonio impuesto. No sois la única que recibís miradas. Antes las gentes apartaban la mirada turbados y ahora me fulminan con ella por deshonrar a tal esposa como vos, una persona de probada virtud. —Y no lo dijo con ironía, pero sí con cierto tono jocoso, pues ¿de qué le servía a la fémina no disfrutar de los placeres terrenales como él lo hacía día sí y día también?
Eso sí, decidió que el rumbo de la conversación cambiara, pues una nueva discusión entre ambos no les haría nada de bien. Al menos, no ante una relación tan deteriorada desde un principio como lo habían tenido. ¡Y la fémina nunca consideraría el divorcio como una opción! Iba a ser una molestia en un futuro y realmente lo sabía, pero de momento, no podía hacer nada. Mover a sus abogados para hacerles saber que el matrimonio no había sido consumado no era una opción, sobre todo, porque aunque acabaran divorciados, el hombre quería tomar posesión de la virginidad de la pura doncella costara lo que costara, como si fuera uno de los pretendientes de la diosa griega Ártemis, aunque esperaba acabar mejor que todos ellos, pues la diosa siempre acababa deshaciéndose de ellos solo para preservar su pureza—. ¿Lady Georgina? —Sus cejas se alzaron mientras una mueca de sorpresa se dibujaba en su rostro. Si la fémina que tenía frente a él era Ártemis, Lady Georgina era Afrodita: muchos de sus colegas de altas esferas habían pasado por los aposentos de la fémina y ahora ¿era monja? Evidentemente, su esposa no parecía saber nada de la vida secreta de la fémina, por lo que decidió no abrir la boca sobre el tema—. Tenía entendido que estaba pasando una época en Bath. —Dejó caer el dato como si nada, pues realmente, en su boda había intentado escuchar a todos aquellos conocidos de la fémina que tanto le instaban a que fuera un buen marido.
Buen marido que iba a ser, pues la fémina había logrado que lo admitieran en una congregación lejos de su vida. Primero, un ramalazo de ira llenó su ser y sus ojos irancundos y ofendidos se posaron en el rostro de la fémina mientras sus dientes se apretaban para morderse la lengua. Nunca había levantado una mano a una mujer, aunque de momento, no fuera ilegal, a pesar de las protestas feministas que últimamente habían aparecido en ciertos sectores de la sociedad. Las mujeres querían lograr igualdad de derechos, aunque la reina Victoria ni siquiera les apoyaba. Un resoplido escapó de sus labios—. ¿Cuánto tiempo? —Fue lo que preguntó con cierta curiosidad en su voz mientras un plan se iba formando en su mente. Puede que fuera difícil, pero sabía que podía conseguirlo. Solo tendría que fingir y eso se le daba extremadamente bien—. Y solo aceptaría bajo una condición: debéis darme eso que tanto ansío desde nuestra noche de bodas. —Sus ojos de halcón se clavaron en el rostro de la fémina conforme daba un paso hacia ella, aunque sin invadir aún su espacio personal—. Solo así lograréis acallar los rumores..
Ante las verdades de la fémina, el hombre había entrecerrado sus ojos conforme pasaba sus cuidadas y hermosas manos, pues no había hecho ningún tipo de trabajo físico en toda su vida, por sus ropajes para ir alisándolos, ya que se acababa de percatar de las arrugas que tenía en estos, en parte, por haber estado sentado algún tiempo mientras esperaba que la fémina volviera a la casa de ayudar a esas “personas de probada virtud”, como ella decía—. Siempre pudisteis haberos negado al matrimonio impuesto. No sois la única que recibís miradas. Antes las gentes apartaban la mirada turbados y ahora me fulminan con ella por deshonrar a tal esposa como vos, una persona de probada virtud. —Y no lo dijo con ironía, pero sí con cierto tono jocoso, pues ¿de qué le servía a la fémina no disfrutar de los placeres terrenales como él lo hacía día sí y día también?
Eso sí, decidió que el rumbo de la conversación cambiara, pues una nueva discusión entre ambos no les haría nada de bien. Al menos, no ante una relación tan deteriorada desde un principio como lo habían tenido. ¡Y la fémina nunca consideraría el divorcio como una opción! Iba a ser una molestia en un futuro y realmente lo sabía, pero de momento, no podía hacer nada. Mover a sus abogados para hacerles saber que el matrimonio no había sido consumado no era una opción, sobre todo, porque aunque acabaran divorciados, el hombre quería tomar posesión de la virginidad de la pura doncella costara lo que costara, como si fuera uno de los pretendientes de la diosa griega Ártemis, aunque esperaba acabar mejor que todos ellos, pues la diosa siempre acababa deshaciéndose de ellos solo para preservar su pureza—. ¿Lady Georgina? —Sus cejas se alzaron mientras una mueca de sorpresa se dibujaba en su rostro. Si la fémina que tenía frente a él era Ártemis, Lady Georgina era Afrodita: muchos de sus colegas de altas esferas habían pasado por los aposentos de la fémina y ahora ¿era monja? Evidentemente, su esposa no parecía saber nada de la vida secreta de la fémina, por lo que decidió no abrir la boca sobre el tema—. Tenía entendido que estaba pasando una época en Bath. —Dejó caer el dato como si nada, pues realmente, en su boda había intentado escuchar a todos aquellos conocidos de la fémina que tanto le instaban a que fuera un buen marido.
Buen marido que iba a ser, pues la fémina había logrado que lo admitieran en una congregación lejos de su vida. Primero, un ramalazo de ira llenó su ser y sus ojos irancundos y ofendidos se posaron en el rostro de la fémina mientras sus dientes se apretaban para morderse la lengua. Nunca había levantado una mano a una mujer, aunque de momento, no fuera ilegal, a pesar de las protestas feministas que últimamente habían aparecido en ciertos sectores de la sociedad. Las mujeres querían lograr igualdad de derechos, aunque la reina Victoria ni siquiera les apoyaba. Un resoplido escapó de sus labios—. ¿Cuánto tiempo? —Fue lo que preguntó con cierta curiosidad en su voz mientras un plan se iba formando en su mente. Puede que fuera difícil, pero sabía que podía conseguirlo. Solo tendría que fingir y eso se le daba extremadamente bien—. Y solo aceptaría bajo una condición: debéis darme eso que tanto ansío desde nuestra noche de bodas. —Sus ojos de halcón se clavaron en el rostro de la fémina conforme daba un paso hacia ella, aunque sin invadir aún su espacio personal—. Solo así lograréis acallar los rumores..
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Última edición por BatmanWithClaws el Dom 20 Mar - 19:15, editado 1 vez
Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
01. An epic failure.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Mediodía |
Ni siquiera ella misma sabía por qué había terminado casándose con él. Atribuía su decisión al querer evitar un escándalo mucho mayor o tal vez al hecho de que su virtud podría verse comprometida si no se casaba con Alan, a quien todos consideraban un excelente partido por muy libertino que fuese. — No lo sé. Me daba miedo enfrentarme a todas esas personas que solo juzgan a los demás. No quería ser la muchacha fácil y deshonrada que tiene lo que se merece por haber pecado, no es así como quiero ser recordada. — Pero el hecho de pasar a la historia en el papel de una esposa infeliz y desdichada no era precisamente lo mejor, sobre todo cuando estaba más que claro que eran incapaces de convivir en armonía ¿Cómo harían para llevarse bien por el resto de la vida? — Si se esforzara un poco más en respetar lo que sea que tiene conmigo, nadie volvería a mirarlo de esa forma. — Culparlo no era algo que hiciera deliberadamente buscando lastimarlo pero ella se encontraba bastante herida y dejar eso pasar no era una opción.
— Al parecer, luego de unos meses en Bath se sintió atraída a la vida religiosa y decidió ingresar a la comunidad. Ahora es una de las jóvenes más entusiastas, bastante comprometida con la vida en castidad, aunque si le soy sincera podría jurar que tiene cierto brillo de tristeza en la mirada. — A ella no le había pasado desapercibido que la ahora religiosa parecía estar poco atenta en casi toda la conversación, participando apenas de las decisiones que Mary y el abad tomaran. — Pero desde luego son figuraciones mías, por supuesto. Supongo que una estancia de casi diez meses en Bath cambia a cualquiera. — Había escuchado rumores acerca del repentino viaje de la muchacha y los motivos que ella tenía para desaparecer de todo compromiso social de la noche a la mañana pero Mary no deseaba creer en nada que no pudiera comprobar. Quizás Alan supiera algo más y aunque así fuera, ella no se lo preguntaría.
Impasible, se mantuvo quieta mientras esos ojos iracundos se fijaban en ella. Había anticipado una mala reacción de su parte pero no una así; temía que la situación se le fuera de las manos y pagara con daño físico la cara osadía de haberle propuesto cambiar. A fin de cuentas ¿Qué era ella para él? Cualquier otra mujer le importaría más que ella, a quien todos llamaban “la esposa” pero desde luego no se sentía como una. Él podría pegarle, nadie le impediría hacerlo e incluso los hombres que se decían sus amigos le aplaudirían tal hazaña. — No sé si pueda… — Hizo un esfuerzo por modular la voz para evitar delatarse por estar a punto de llorar. — ¿Cómo sé que después de conseguir lo que quiere no me va a dejar como ha hecho con todas? Algunas mujeres incluso tienen bastardos, no son pocas las que aún continúan viniendo a reclamar derechos— Ella había presenciado cómo era cargar con el estigma social de ser madre soltera, incluso había recibido a casi todas las mujeres que pregonaban tener hijos de Alan, ayudándolas de una manera o de otra a sobrellevar tan difícil situación, sintiéndose culpable aunque fuera de forma indirecta por los desastres que su marido causaba.
Porque sin importar cuán sencillo pudiera ser aceptar esa propuesta, no había un solo escenario posible en el que ella saliera bien librada y aun así deseaba decirle que sí para que él pudiera cumplir con su parte del trato, enmendándose y llevando una vida en castidad aunque después se deshiciera de ella del mismo modo que con las demás. — Lo intentaré. — Sus palabras estaban lejos de mostrar convicción pero era la mejor respuesta que podía ofrecerle en ese momento, tal vez la única. — No puedo entregarme a usted si antes no me demuestra que está cambiando o que al menos tiene la intención de ello, con hechos y no solo palabrería barata. — ¿Por qué la quería a ella? Teniendo a tantas mujeres a sus pies, él insistía en que fuera Mary Frances la elegida para tan dudoso honor. Ella, la inexperta y mojigata mujer que ninguna idea tenía acerca de cómo llevar a cabo tal encomienda, una muchacha asustadiza que probablemente se desmayaría si llegaba a verlo desnudo.
— Si deseamos acallar los rumores, sería bueno que comenzáramos a compartir la cama. — Armarse de valor para decirle eso no era sencillo, menos sería lo que venía después. — Es mi deber como su esposa dormir en donde usted lo haga pero no estoy dispuesta a recostarme en el mismo lecho en donde han dormido tantas otras. — Pensar en las pecaminosas prácticas que se habían llevado a cabo en esa cama casi le hacía tener deseos de vomitar aunque lo disfrazaba muy bien.
— Al parecer, luego de unos meses en Bath se sintió atraída a la vida religiosa y decidió ingresar a la comunidad. Ahora es una de las jóvenes más entusiastas, bastante comprometida con la vida en castidad, aunque si le soy sincera podría jurar que tiene cierto brillo de tristeza en la mirada. — A ella no le había pasado desapercibido que la ahora religiosa parecía estar poco atenta en casi toda la conversación, participando apenas de las decisiones que Mary y el abad tomaran. — Pero desde luego son figuraciones mías, por supuesto. Supongo que una estancia de casi diez meses en Bath cambia a cualquiera. — Había escuchado rumores acerca del repentino viaje de la muchacha y los motivos que ella tenía para desaparecer de todo compromiso social de la noche a la mañana pero Mary no deseaba creer en nada que no pudiera comprobar. Quizás Alan supiera algo más y aunque así fuera, ella no se lo preguntaría.
Impasible, se mantuvo quieta mientras esos ojos iracundos se fijaban en ella. Había anticipado una mala reacción de su parte pero no una así; temía que la situación se le fuera de las manos y pagara con daño físico la cara osadía de haberle propuesto cambiar. A fin de cuentas ¿Qué era ella para él? Cualquier otra mujer le importaría más que ella, a quien todos llamaban “la esposa” pero desde luego no se sentía como una. Él podría pegarle, nadie le impediría hacerlo e incluso los hombres que se decían sus amigos le aplaudirían tal hazaña. — No sé si pueda… — Hizo un esfuerzo por modular la voz para evitar delatarse por estar a punto de llorar. — ¿Cómo sé que después de conseguir lo que quiere no me va a dejar como ha hecho con todas? Algunas mujeres incluso tienen bastardos, no son pocas las que aún continúan viniendo a reclamar derechos— Ella había presenciado cómo era cargar con el estigma social de ser madre soltera, incluso había recibido a casi todas las mujeres que pregonaban tener hijos de Alan, ayudándolas de una manera o de otra a sobrellevar tan difícil situación, sintiéndose culpable aunque fuera de forma indirecta por los desastres que su marido causaba.
Porque sin importar cuán sencillo pudiera ser aceptar esa propuesta, no había un solo escenario posible en el que ella saliera bien librada y aun así deseaba decirle que sí para que él pudiera cumplir con su parte del trato, enmendándose y llevando una vida en castidad aunque después se deshiciera de ella del mismo modo que con las demás. — Lo intentaré. — Sus palabras estaban lejos de mostrar convicción pero era la mejor respuesta que podía ofrecerle en ese momento, tal vez la única. — No puedo entregarme a usted si antes no me demuestra que está cambiando o que al menos tiene la intención de ello, con hechos y no solo palabrería barata. — ¿Por qué la quería a ella? Teniendo a tantas mujeres a sus pies, él insistía en que fuera Mary Frances la elegida para tan dudoso honor. Ella, la inexperta y mojigata mujer que ninguna idea tenía acerca de cómo llevar a cabo tal encomienda, una muchacha asustadiza que probablemente se desmayaría si llegaba a verlo desnudo.
— Si deseamos acallar los rumores, sería bueno que comenzáramos a compartir la cama. — Armarse de valor para decirle eso no era sencillo, menos sería lo que venía después. — Es mi deber como su esposa dormir en donde usted lo haga pero no estoy dispuesta a recostarme en el mismo lecho en donde han dormido tantas otras. — Pensar en las pecaminosas prácticas que se habían llevado a cabo en esa cama casi le hacía tener deseos de vomitar aunque lo disfrazaba muy bien.
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Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
01. An epic failure.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Mediodía |
La respuesta de la fémina era más o menos lo que estaba esperando. Se había casado con él por lo que podrían estar diciendo los demás de ella. En realidad, al hombre aquello le parecía una verdadera gilipollez, pues ¿qué más daba lo que pensaba la gente? A él nunca le había importado y por eso mismo, se comportaba tal y como quería. Una vida de infelicidad iba a suponer casarse con él, o al menos, eso era lo que parecía, ya que la fémina ni siquiera quería acercarse a él. ¡Y no entendía por qué! Estaba seguro de que por muy mojigata que fuera, debía sentir algo. Y él era un hombre extremadamente atractivo, por lo que debía querer meterse en su cama, ¿verdad? O al menos, eso es lo que esperaba su ego. No dijo nada más. ¿Respetar lo que tenía con ella? No tenía nada. Al menos, no de momento. Si se metía en su cama y le gustaba, ya vería lo que acababa pasando entre ellos.
En vez de seguir pensando en el sexo, se concentró en la conversación que tenía con la fémina. Así que la otra fémina se había retirado a Bath, seguramente por un embarazo indeseado, y para tapar todo el asunto, había tenido que meterse a religiosa. Seguramente, algún que otro cura sucumbiría a sus encantos, aunque claro, debía tener cuidado antes de quedar embarazada de nuevo—. Una estancia en Bath sin ir a las fiestas es algo que cambia a cualquiera, sin duda. Usted misma debió acudir a muchas, ¿verdad? Para intentar encontrar a un marido, como todas las chicas de familias respetables. —A él no le dejaban entrar en muchas ocasiones por estar borracho hasta las trancas, pero claro, no le importaba demasiado, pues se iba a un prostíbulo y se quedaba tranquilo.
Su reacción no fue precisamente la que hubiera esperado de él mismo, pues siempre se estaba controlando. Había sido un tanto violenta, pero jamás alzaría una mano a una mujer. De hecho, nunca le habían gustado demasiado las peleas físicas con nadie. Y no maltrataría a nadie, sobre todo, porque su padre sí que le pegaba a su madre. La recordaba llorar, llorar amargamente... Su madre se había intentando suicidar en un par de ocasiones, pero claro, nadie lo sabía. Nadie excepto él. Apretó los labios durante unos segundos, ladeando la cabeza hacia un lado, intentando calmarse de una vez. Cogió aire por la nariz y lo fue soltando luego por la boca, intentando no resoplar tanto. Sabía que debía calmarse y por eso mismo, pensó en esa contraoferta—. No sois igual que las otras mujeres y lo sabéis. —Comentó en un primer momento con sus cejas alzadas, entrecerrando luego un poco los ojos mientras la miraba. Aquel argumento no era válido, al menos, no para ella—. Sois mi esposa, y lo sabéis. No podéis compararos a las demás. De todas formas, puedo firmar un acuerdo si es lo que queréis. —La ironía impregnó sus palabras, pero por supuesto, su esposa no se creía nada que saliera de sus labios. No quería decir que no tenía sus motivos, pero era verdad que le había demostrado que ella no era como las demás (porque no quería acostarse con él, claro, pero eso era otra cosa).
Sus ojos recorrieron los rasgos del rostro de la hermosa fémina durante unos segundos. No se entendía a sí mismo. ¿Por qué no paraba de pensar en acostarse con ella? Era verdad que la quería para sí, pero podía tener a mil otras. ¿Por qué ella? ¿Porque le había rechazado? Puede ser, pero... Apretó los dientes con los labios cerrados, para que la chica no se diera cuenta. Asintió con la cabeza una sola vez—. Un año en Bath. Estaré ingresado, sin tener sexo, alcohol ni otro tipo de drogas. —Eso iba a ser bastante duro, pero siempre podía engañar para seguir haciendo su vida. Sería capaz de hacer todo eso para acostarse con la fémina. ¿Por qué? Eso era lo que no paraba de preguntarse. ¿Qué es lo que tenía la fémina? Algo, algo escondido debajo de esa máscara de indiferencia.
Sus labios se apretaron en una fina línea, en un primer momento—. Cambiemos el lecho, pues. ¿Es eso lo que tanto os molesta? —Sus ojos se clavaron ahora en la cama, tirando de las sábanas y tirando a un lado las ropas de la cama. Miró el colchón, ¿también eso le daba asco? Lo pateó como si nada, tirándolo del soporte. Lo hizo sin demasiada violencia, pues no quería molestarla. Se giró hacia ella, acercándose en un par de zancadas, inclinándose sobre ella, aunque sin rozar sus labios contra los de él —. ¿Ahora mejor? Podemos dormir en vuestra cama si queréis. —Es lo que le dijo con toda la seriedad del mundo. ¿La quería? No, estaba claro que no. ¿Estaba fingiendo? Eso no lo tenía tan seguro, aunque no sabía la verdadera razón para ello.
En vez de seguir pensando en el sexo, se concentró en la conversación que tenía con la fémina. Así que la otra fémina se había retirado a Bath, seguramente por un embarazo indeseado, y para tapar todo el asunto, había tenido que meterse a religiosa. Seguramente, algún que otro cura sucumbiría a sus encantos, aunque claro, debía tener cuidado antes de quedar embarazada de nuevo—. Una estancia en Bath sin ir a las fiestas es algo que cambia a cualquiera, sin duda. Usted misma debió acudir a muchas, ¿verdad? Para intentar encontrar a un marido, como todas las chicas de familias respetables. —A él no le dejaban entrar en muchas ocasiones por estar borracho hasta las trancas, pero claro, no le importaba demasiado, pues se iba a un prostíbulo y se quedaba tranquilo.
Su reacción no fue precisamente la que hubiera esperado de él mismo, pues siempre se estaba controlando. Había sido un tanto violenta, pero jamás alzaría una mano a una mujer. De hecho, nunca le habían gustado demasiado las peleas físicas con nadie. Y no maltrataría a nadie, sobre todo, porque su padre sí que le pegaba a su madre. La recordaba llorar, llorar amargamente... Su madre se había intentando suicidar en un par de ocasiones, pero claro, nadie lo sabía. Nadie excepto él. Apretó los labios durante unos segundos, ladeando la cabeza hacia un lado, intentando calmarse de una vez. Cogió aire por la nariz y lo fue soltando luego por la boca, intentando no resoplar tanto. Sabía que debía calmarse y por eso mismo, pensó en esa contraoferta—. No sois igual que las otras mujeres y lo sabéis. —Comentó en un primer momento con sus cejas alzadas, entrecerrando luego un poco los ojos mientras la miraba. Aquel argumento no era válido, al menos, no para ella—. Sois mi esposa, y lo sabéis. No podéis compararos a las demás. De todas formas, puedo firmar un acuerdo si es lo que queréis. —La ironía impregnó sus palabras, pero por supuesto, su esposa no se creía nada que saliera de sus labios. No quería decir que no tenía sus motivos, pero era verdad que le había demostrado que ella no era como las demás (porque no quería acostarse con él, claro, pero eso era otra cosa).
Sus ojos recorrieron los rasgos del rostro de la hermosa fémina durante unos segundos. No se entendía a sí mismo. ¿Por qué no paraba de pensar en acostarse con ella? Era verdad que la quería para sí, pero podía tener a mil otras. ¿Por qué ella? ¿Porque le había rechazado? Puede ser, pero... Apretó los dientes con los labios cerrados, para que la chica no se diera cuenta. Asintió con la cabeza una sola vez—. Un año en Bath. Estaré ingresado, sin tener sexo, alcohol ni otro tipo de drogas. —Eso iba a ser bastante duro, pero siempre podía engañar para seguir haciendo su vida. Sería capaz de hacer todo eso para acostarse con la fémina. ¿Por qué? Eso era lo que no paraba de preguntarse. ¿Qué es lo que tenía la fémina? Algo, algo escondido debajo de esa máscara de indiferencia.
Sus labios se apretaron en una fina línea, en un primer momento—. Cambiemos el lecho, pues. ¿Es eso lo que tanto os molesta? —Sus ojos se clavaron ahora en la cama, tirando de las sábanas y tirando a un lado las ropas de la cama. Miró el colchón, ¿también eso le daba asco? Lo pateó como si nada, tirándolo del soporte. Lo hizo sin demasiada violencia, pues no quería molestarla. Se giró hacia ella, acercándose en un par de zancadas, inclinándose sobre ella, aunque sin rozar sus labios contra los de él —. ¿Ahora mejor? Podemos dormir en vuestra cama si queréis. —Es lo que le dijo con toda la seriedad del mundo. ¿La quería? No, estaba claro que no. ¿Estaba fingiendo? Eso no lo tenía tan seguro, aunque no sabía la verdadera razón para ello.
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Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
01. An epic failure.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Mediodía |
¿Tan desesperada se hallaba en el momento en que aceptó casarse con él? Hasta entonces había pensado que la premura de su matrimonio se debía tan solo a la escandalosa situación y a la impaciencia de su padre por concederle un ventajoso enlace pero las palabras de su esposo le daban mucho en qué pensar. — Nunca tuve intenciones matrimoniales ni con usted ni con nadie. — Quizás aquello resultara patético desde la perspectiva de Alan pero Mary era completamente ingenua e inexperta con respecto a esos temas. — La fiesta en la que nos conocimos fue mi primera aparición en sociedad desde que dejé la vida religiosa e incluso antes de ello no se me conocía por participar en dichos eventos. — En realidad, no podía dar cuenta de ninguna actividad o pasatiempo fuera de sus plegarias y ayunos diarios. — Y usted tampoco quería casarse, lo sé. Su cara de hastío durante la ceremonia es algo que no voy a olvidar. — Sin mencionar que tampoco dejaría de recordar todas las murmuraciones durante la celebración, los disimulados bostezos de algunos invitados y en general todo aquel día.
— ¿Lo soy? — Aventurarse a cuestionar aquello era como tentar a la suerte pero deseaba saberlo aunque la respuesta no fuera la deseada. — ¿En verdad soy diferente a las demás? — Pero no lo era. Tan pronto como terminara obteniendo de ella lo que necesitaba, la abandonaría como había hecho con las otras. — Lo único que quiero es una garantía. Una vez que usted obtenga lo que desea de mí ya no podré volver a la casa de mis padres y tampoco con las religiosas.— Sus familiares más cercanos no la ayudarían si su esposo la echaba de la casa y tampoco podía optar por enclaustrarse. De los dos, Alan era quien tenía todas las ventajas de esa situación y a pesar de saber que tenía mucho por perder, Mary estaba dispuesta a seguir adelante para ayudarlo a reformarse. — Si al cabo de un año usted desea optar por el divorcio, le aseguro que no pondré ninguna objeción. — Si las cosas salían bien, cada uno obtendría lo que deseaba: ella le vería convertido en un hombre de bien y él ganaría su libertad.
Siguió los pasos de su marido hasta la habitación en la que él solía dormir sin comprender del todo sus palabras ¿Había algo que resultara molesto para ella? Sí, tal vez. La lista podría enumerar cientos de cosas y aun así no terminar nunca. — Habría que quemar esta casa hasta los cimientos para que las cosas que me molestan desaparezcan. — Mary se vio sorprendida ante la determinación que Alan mostraba mientras se deshacía de la cama. Tanto las sábanas como el colchón fueron a dar al suelo y ella tuvo que apartarse un poco para no ser aplastada. Intentó no demostrar el nerviosismo del que era presa al tenerle tan cerca, con los labios a poca distancia de los suyos ¿Iba a besarla? No lo sabía pero se sentía desfallecer ante esa remota posibilidad sin querer pensar en el por qué. — Estaré esperándole para cenar y después de ello podemos retirarnos a nuestra habitación. — Hablar de esa pieza en plural le provocó un extraño cosquilleo que trató de ignorar con la indiferencia habitual. — Si me disculpa, debo ocuparme de adecuar el lugar para recibirlo a usted. — Y de ordenar a la servidumbre que se queme esa cama, por supuesto. Se abrió paso entre el desorden de la habitación para abandonar el lugar y centrarse en las ocupaciones que tenía por delante, evitando pensar a futuro, especialmente en esa noche.
— ¿Lo soy? — Aventurarse a cuestionar aquello era como tentar a la suerte pero deseaba saberlo aunque la respuesta no fuera la deseada. — ¿En verdad soy diferente a las demás? — Pero no lo era. Tan pronto como terminara obteniendo de ella lo que necesitaba, la abandonaría como había hecho con las otras. — Lo único que quiero es una garantía. Una vez que usted obtenga lo que desea de mí ya no podré volver a la casa de mis padres y tampoco con las religiosas.— Sus familiares más cercanos no la ayudarían si su esposo la echaba de la casa y tampoco podía optar por enclaustrarse. De los dos, Alan era quien tenía todas las ventajas de esa situación y a pesar de saber que tenía mucho por perder, Mary estaba dispuesta a seguir adelante para ayudarlo a reformarse. — Si al cabo de un año usted desea optar por el divorcio, le aseguro que no pondré ninguna objeción. — Si las cosas salían bien, cada uno obtendría lo que deseaba: ella le vería convertido en un hombre de bien y él ganaría su libertad.
Siguió los pasos de su marido hasta la habitación en la que él solía dormir sin comprender del todo sus palabras ¿Había algo que resultara molesto para ella? Sí, tal vez. La lista podría enumerar cientos de cosas y aun así no terminar nunca. — Habría que quemar esta casa hasta los cimientos para que las cosas que me molestan desaparezcan. — Mary se vio sorprendida ante la determinación que Alan mostraba mientras se deshacía de la cama. Tanto las sábanas como el colchón fueron a dar al suelo y ella tuvo que apartarse un poco para no ser aplastada. Intentó no demostrar el nerviosismo del que era presa al tenerle tan cerca, con los labios a poca distancia de los suyos ¿Iba a besarla? No lo sabía pero se sentía desfallecer ante esa remota posibilidad sin querer pensar en el por qué. — Estaré esperándole para cenar y después de ello podemos retirarnos a nuestra habitación. — Hablar de esa pieza en plural le provocó un extraño cosquilleo que trató de ignorar con la indiferencia habitual. — Si me disculpa, debo ocuparme de adecuar el lugar para recibirlo a usted. — Y de ordenar a la servidumbre que se queme esa cama, por supuesto. Se abrió paso entre el desorden de la habitación para abandonar el lugar y centrarse en las ocupaciones que tenía por delante, evitando pensar a futuro, especialmente en esa noche.
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Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
02. Low expectations.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Noche |
Observó su pálido reflejo en el espejo pero no logró reconocerse; sin importar cuánto mirara aquella imagen veía a alguien diferente en el reflejo. “Los esposos siempre deben dormir juntos”. Una frase tan simple como imperativa, capaz de lograr que la muchacha sintiera miedo de enfrentar la presencia de su esposo en un lecho que desde el principio debieron compartir. Trenzó el largo cabello y se ocupó de alisar las rebeldes hebras que le adornaban el rostro. Insatisfecha con el resultado, deshizo el peinado para dejar que la larga melena cubriera la mitad de la espalda, resignándose a lucir de la misma manera mientras llegaba a sentir verdadero odio al no ser capaz de cambiar lo mínimo, de ofrecer una imagen diferente. Su corazón dio un vuelco al escuchar pasos en la habitación contigua, seguramente debido a las actividades nocturnas de su esposo o la servidumbre poniendo un poco de orden después del desastre con la cama de Alan.
Sacando provecho del íntimo ambiente que otorgaban las paredes de esa habitación que usaba como un vestidor, elevó las plegarias que noche tras noche pronunciaba, pidiendo por el bienestar de su marido y el de las personas cercanas a ellos, rogando porque todos estuvieran bien. No pedía por ella y tampoco oraba por el propio bienestar porque consideraba que sus preocupaciones y deseos se reducían tan solo a alguien que apenas notaba su existencia: Alan. En lo que a ella respectaba, se daría por bien servida si lograba que su esposo corrigiera esa vida tan escandalosa que llevaba, aún y cuando eso no otorgara garantías para una mejor convivencia entre los esposos. Lo dijera o no, ella se contentaría con ver el progreso de su compañero aunque fuera a distancia. Si bien no podría decir que estaba locamente enamorada del hombre con el que compartiría la cama, se preocupaba por él y manifestaba genuino interés por sus actividades — cuando no estaban relacionadas a los vicios o a las mujeres — teniendo en alta estima sus buenos modales.
Se puso en pie al término de sus oraciones, anudándose la bata con la cual cubría el camisón para no mostrar más allá de lo debido. Lentamente abrió la puerta que daba hacia la habitación que compartiría con Alan, observándole recostado en la cama, tan tranquilo como siempre. — ¿Podría apagar las luces? — Apenas asomaba la cabeza a través de la pequeña rendija, sin dar muestras de querer abandonar su improvisado refugio. — Enseguida iré. — Pero no se sentía segura de cumplir ¿Cómo iba a ser capaz de llevar a cabo su promesa? Lo decepcionaría, lo sabía. Él había estado con muchas mujeres, bastante más de las que Mary podría contar y la gran mayoría de ellas superaban todos los cánones de belleza, dejando que mujeres comunes y corrientes se sintieran menos, simple basura. Inútil resultaba para ella forjarse expectativas acerca de esa primera noche porque sabía que todo acabaría en un desastre. Ella no tenía nada para ofrecerle aparte de su compañía. Si bien no podía considerarse como poco agraciada, no era competencia para las amantes de su esposo.
Decidida a no prolongar el momento — y su agonía — abandonó el resguardo que ofrecían las paredes del vestidor, encaminándose al lecho marital. — Procuraré no molestarle. — Ni siquiera lo veía. Temía encontrarse con su mirada y enfrentar el reproche, la repulsión. Las manos le temblaban mientras torpemente intentaba deshacer el nudo de la bata. Al no conseguir su propósito resolvió quedarse de pie, aguardando pacientemente a que el cansancio venciera a su esposo antes de tener que entrar con él a la cama.
Sacando provecho del íntimo ambiente que otorgaban las paredes de esa habitación que usaba como un vestidor, elevó las plegarias que noche tras noche pronunciaba, pidiendo por el bienestar de su marido y el de las personas cercanas a ellos, rogando porque todos estuvieran bien. No pedía por ella y tampoco oraba por el propio bienestar porque consideraba que sus preocupaciones y deseos se reducían tan solo a alguien que apenas notaba su existencia: Alan. En lo que a ella respectaba, se daría por bien servida si lograba que su esposo corrigiera esa vida tan escandalosa que llevaba, aún y cuando eso no otorgara garantías para una mejor convivencia entre los esposos. Lo dijera o no, ella se contentaría con ver el progreso de su compañero aunque fuera a distancia. Si bien no podría decir que estaba locamente enamorada del hombre con el que compartiría la cama, se preocupaba por él y manifestaba genuino interés por sus actividades — cuando no estaban relacionadas a los vicios o a las mujeres — teniendo en alta estima sus buenos modales.
Se puso en pie al término de sus oraciones, anudándose la bata con la cual cubría el camisón para no mostrar más allá de lo debido. Lentamente abrió la puerta que daba hacia la habitación que compartiría con Alan, observándole recostado en la cama, tan tranquilo como siempre. — ¿Podría apagar las luces? — Apenas asomaba la cabeza a través de la pequeña rendija, sin dar muestras de querer abandonar su improvisado refugio. — Enseguida iré. — Pero no se sentía segura de cumplir ¿Cómo iba a ser capaz de llevar a cabo su promesa? Lo decepcionaría, lo sabía. Él había estado con muchas mujeres, bastante más de las que Mary podría contar y la gran mayoría de ellas superaban todos los cánones de belleza, dejando que mujeres comunes y corrientes se sintieran menos, simple basura. Inútil resultaba para ella forjarse expectativas acerca de esa primera noche porque sabía que todo acabaría en un desastre. Ella no tenía nada para ofrecerle aparte de su compañía. Si bien no podía considerarse como poco agraciada, no era competencia para las amantes de su esposo.
Decidida a no prolongar el momento — y su agonía — abandonó el resguardo que ofrecían las paredes del vestidor, encaminándose al lecho marital. — Procuraré no molestarle. — Ni siquiera lo veía. Temía encontrarse con su mirada y enfrentar el reproche, la repulsión. Las manos le temblaban mientras torpemente intentaba deshacer el nudo de la bata. Al no conseguir su propósito resolvió quedarse de pie, aguardando pacientemente a que el cansancio venciera a su esposo antes de tener que entrar con él a la cama.
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02. Low expectations.
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Definitivamente, aquello iba a ser una experiencia nueva para Alan. Estaba bastante claro que su esposa no se iba a acostar con él aquella noche, al menos, como él mismo quería. No podía negar ni por un momento que le atraía, y bastante. Parecía que eso era algo que ella no veía. Y no lo entendía. Era preciosa, a su manera. Era una belleza que había llamado la atención del hombre desde un primer momento y esa había sido la razón de decidir cortejarle. No era porque fuera la única fémina que estaba a su alcance en un primer momento. Por supuesto, nunca lo había expresado con palabras, ni pensaba hacerlo. Él no era una persona sentimental. De hecho, se refugiaba en el sexo y en otros vicios de ciertos traumas infantiles. Jamás había querido hablar de ellos. Por ejemplo, se sentía abandonado con sus padres, quienes jamás habían pasado tiempo con él, con sus expediciones a las Indias. De hecho, habían muerto en una de ellas y el joven se había convertido en el heredero de una fortuna inmensa al cumplir la mayoría de edad. Por eso, la gastaba en drogas, alcohol y mujeres, todo lo que le hacía olvidar la mierda de vida que tenía. Evidentemente, nadie sabía de aquello; incluso las personas que le habían cuidado conforme crecía habían muerto. Estaba solo y quizás aquella era la razón por la que no se había opuesto tanto a su matrimonio con Mary como habría podido.
Después de que la servidumbre hubiera quitado las sábanas y hubiera puesto unas nuevas, Alan decidió recoger un poco el desorden que era su habitación, intentando hacerla un poco más presentable. No sabía la razón. Quizás solo quería que le resultara agradable a su esposa Mary. O puede que era porque estaba cansado de la suciedad. Tras esto, es cuando se desnudó. No completamente, por supuesto. Llevaba unos finos pantalones de lino, con los calzones debajo, por supuesto. Imaginaba que su esposa no se metería en la cama a menos que él también lo hiciera. Por eso mismo, abrió las sábanas y se tapó. De esa forma, tampoco vería su pecho descubierto. Seguramente no se metería en la cama si se daba cuenta. Pero Alan quería dormir cómodo; y solía dormir desnudo. Pero no iba a ser agradable para la fémina, por lo que hizo el esfuerzo. Solo por ella. Aunque seguía sin saber la razón.
Cuando escuchó la voz de la fémina, apagó las luces. No se veía nada en la habitación. Y eso iba a ser bueno tanto para una parte como la otra. Al menos, de momento. Con los labios apretados en una fina línea, escuchó de nuevo su voz unos minutos después—. No vas a molestar. —Y viendo que no entraba a la cama, cerró los ojos y empezó a fingir que estaba durmiendo. Todo porque quería tenerla a su lado; seguramente, se acabaría abrazando a ella. Pero después de que esta creyera que lo hacía solo porque estaba dormida, por supuesto. Si no lo hacía sí, seguramente correría fuera de la habitación. No pensaba tocarla; Alan no era de esos, incluso aunque alguno de sus amigos sí que fueran violadores. No quería más contacto que el fino roce de sus pieles. Quizás era porque jamás había tenido algo así con Mary. Simplemente se habían besado el día de su boda, y había sido en la mejilla, pues ella no había permitido otra cosa.
Después de que la servidumbre hubiera quitado las sábanas y hubiera puesto unas nuevas, Alan decidió recoger un poco el desorden que era su habitación, intentando hacerla un poco más presentable. No sabía la razón. Quizás solo quería que le resultara agradable a su esposa Mary. O puede que era porque estaba cansado de la suciedad. Tras esto, es cuando se desnudó. No completamente, por supuesto. Llevaba unos finos pantalones de lino, con los calzones debajo, por supuesto. Imaginaba que su esposa no se metería en la cama a menos que él también lo hiciera. Por eso mismo, abrió las sábanas y se tapó. De esa forma, tampoco vería su pecho descubierto. Seguramente no se metería en la cama si se daba cuenta. Pero Alan quería dormir cómodo; y solía dormir desnudo. Pero no iba a ser agradable para la fémina, por lo que hizo el esfuerzo. Solo por ella. Aunque seguía sin saber la razón.
Cuando escuchó la voz de la fémina, apagó las luces. No se veía nada en la habitación. Y eso iba a ser bueno tanto para una parte como la otra. Al menos, de momento. Con los labios apretados en una fina línea, escuchó de nuevo su voz unos minutos después—. No vas a molestar. —Y viendo que no entraba a la cama, cerró los ojos y empezó a fingir que estaba durmiendo. Todo porque quería tenerla a su lado; seguramente, se acabaría abrazando a ella. Pero después de que esta creyera que lo hacía solo porque estaba dormida, por supuesto. Si no lo hacía sí, seguramente correría fuera de la habitación. No pensaba tocarla; Alan no era de esos, incluso aunque alguno de sus amigos sí que fueran violadores. No quería más contacto que el fino roce de sus pieles. Quizás era porque jamás había tenido algo así con Mary. Simplemente se habían besado el día de su boda, y había sido en la mejilla, pues ella no había permitido otra cosa.
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02. Low expectations.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Noche |
Murmuró un escueto “gracias” antes de que las luces se apagaran, dejando aquella habitación en total oscuridad. Las pisadas finas de Mary apenas si dejaban rastro en el suelo de madera aunque el ruido que hacía al caminar era a causa de constantes tropiezos con los muebles del lugar ¿Acaso se podía ser más torpe? Sin importar cuántas veces intentara comportarse como una de esas damiselas delicadas y gráciles, terminaba fallando estrepitosamente. Cuando logró llegar hasta la cama, palpó la orilla de la misma para asegurarse de no estar invadiendo el espacio destinado a Alan. En las escasas semanas que duró su noviazgo y posterior compromiso, se había ocupado de leer cada libro y gaceta que llegaba a sus manos, comprando manuales acerca de cómo ser la “esposa perfecta”, memorizándolos casi todos aunque ningún consejo había empleado todavía; recordaba haber visto por ahí indicaciones precisas sobre cómo presidir una fiesta u organizar una sesión de té pero ningún artículo que hablara sobre las primeras noches en pareja. Contrario a lo libertino de la época, el tema del lecho conyugal continuaba siendo un tabú y aunque su madre le había dado algunas sugerencias, dudaba que eso sirviera en una pareja sin la mínima intención de compartir.
Venciendo sus iniciales temores se recostó al lado de Alan y se cubrió tanto como las sábanas se lo permitían, casi de pies a cabeza. Él parecía dormir plácidamente, ajeno a los miedos de su esposa, seguramente cansado de esperarla ¿Sería así con las demás? Peor aún ¿Era ella como todas? Desechó aquellos pensamientos casi tan rápido como acudieron a su mente no porque fueran una locura sino porque le daba miedo enfrentar la respuesta. En esas circunstancias, conciliar el sueño resultaba imposible; ni siquiera el mullido colchón – infinitamente más cómodo que las duras tablas en el claustro – lograba hacer que la muchacha pudiera descansar. Por consideración a su esposo, permaneció quieta en la oscuridad, decidida a aguardar hasta que amaneciera. La noche no estaba resultando tan mala como había pensado e incluso agradecía el hecho de tenerle cerca aunque desde luego no como le gustaría. Jamás admitiría que estaba acostumbrándose a vivir con él pese a todas las peleas y disgustos que le ocasionaba pero cuando no lo veía o desaparecía durante varias noches por estar retozando con alguna de sus amantes, Mary se preocupaba en demasía, rogando porque volviera al hogar sano y salvo, incluso si solo lo hacía por mantener las apariencias.
– No puedo dormir... – Susurró, más para sí que para él. Frustrada, terminó por apartar las sábanas que la cobijaban, dispuesta a marcharse de ahí. No pasó demasiado tiempo antes de sentir cómo Alan se movía también, seguramente disgustado por el insomnio de su acompañante. – Lo siento mucho, no pretendía despertarle. – Ni siquiera sabía bien cómo disculparse. Lo había arruinado todo, lo sabía. – Vuelva a dormir, por favor. Le prometo que no haré más ruido. – Pero su ansiedad, lejos de disminuir, aumentaba conforme los minutos transcurrían. Muchas eran las dudas que le acometían y al parecer la noche era el momento idóneo para sufrir por ello. – Alan. – Esa era una de las pocas ocasiones – si no la única – que le hablaba con tanta familiaridad, dejando de lado esa fría formalidad con la que solía dirigirse a él en el trato diario. – ¿Podrá algún hombre llegar a quererme incluso si ya no soy pura? Quiero decir, después de haber cumplido con lo que acordamos. – Las condiciones de su acuerdo eran bastante específicas y una vez que ambos obtuvieran su objetivo, se separarían. Mary no esperaba nada, había descartado desde el inicio cualquier posible lazo entre los dos y consideraba no tener nada que ofrecerle a un hombre cuyo gusto por las mujeres hermosas y sensuales era más que conocido.
Venciendo sus iniciales temores se recostó al lado de Alan y se cubrió tanto como las sábanas se lo permitían, casi de pies a cabeza. Él parecía dormir plácidamente, ajeno a los miedos de su esposa, seguramente cansado de esperarla ¿Sería así con las demás? Peor aún ¿Era ella como todas? Desechó aquellos pensamientos casi tan rápido como acudieron a su mente no porque fueran una locura sino porque le daba miedo enfrentar la respuesta. En esas circunstancias, conciliar el sueño resultaba imposible; ni siquiera el mullido colchón – infinitamente más cómodo que las duras tablas en el claustro – lograba hacer que la muchacha pudiera descansar. Por consideración a su esposo, permaneció quieta en la oscuridad, decidida a aguardar hasta que amaneciera. La noche no estaba resultando tan mala como había pensado e incluso agradecía el hecho de tenerle cerca aunque desde luego no como le gustaría. Jamás admitiría que estaba acostumbrándose a vivir con él pese a todas las peleas y disgustos que le ocasionaba pero cuando no lo veía o desaparecía durante varias noches por estar retozando con alguna de sus amantes, Mary se preocupaba en demasía, rogando porque volviera al hogar sano y salvo, incluso si solo lo hacía por mantener las apariencias.
– No puedo dormir... – Susurró, más para sí que para él. Frustrada, terminó por apartar las sábanas que la cobijaban, dispuesta a marcharse de ahí. No pasó demasiado tiempo antes de sentir cómo Alan se movía también, seguramente disgustado por el insomnio de su acompañante. – Lo siento mucho, no pretendía despertarle. – Ni siquiera sabía bien cómo disculparse. Lo había arruinado todo, lo sabía. – Vuelva a dormir, por favor. Le prometo que no haré más ruido. – Pero su ansiedad, lejos de disminuir, aumentaba conforme los minutos transcurrían. Muchas eran las dudas que le acometían y al parecer la noche era el momento idóneo para sufrir por ello. – Alan. – Esa era una de las pocas ocasiones – si no la única – que le hablaba con tanta familiaridad, dejando de lado esa fría formalidad con la que solía dirigirse a él en el trato diario. – ¿Podrá algún hombre llegar a quererme incluso si ya no soy pura? Quiero decir, después de haber cumplido con lo que acordamos. – Las condiciones de su acuerdo eran bastante específicas y una vez que ambos obtuvieran su objetivo, se separarían. Mary no esperaba nada, había descartado desde el inicio cualquier posible lazo entre los dos y consideraba no tener nada que ofrecerle a un hombre cuyo gusto por las mujeres hermosas y sensuales era más que conocido.
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Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
02. Low expectations.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Mediodía |
Alan se hubiera ofrecido sin ningún problema a ayudarla a llegar a la cama, incluso con la luz apagada, pero dudaba bastante que la fémina quisiera que pusiera una mano encima de ella. Siempre había rehusado su contacto, desde se enteró quién era. De hecho, estaba totalmente seguro de que se había casado con él por no manchar el buen nombre de su familia. El hombre conocía bien los rumores que había por los bares; decían que la había dejado embarazada. Sin embargo, la fémina no había desaparecido de la vida social, por lo que pudieron ver que no estaban en lo cierto. Eso daba pie a que alguna gente creyera que había cambiado; ya no tenía tanta libertad como antes, pero menos mal que algunos centros de placer le seguían siendo disponible. Al menos, por el momento, hasta que se fuera. ¿Se escaquearía? Seguramente no. Alan era un hombre de palabra, incluso aunque a veces le categorizaran de mezquino. Sabía muy bien cuándo debía cumplir con ella y aquel era uno de esos momentos. ¿Por qué? Ni siquiera él lo sabía. Tenía bastante claro que no la amaba, al menos, de momento, pero sí que sentía curiosidad por ella. Quería conocerla y eso era algo muy poco frecuente en un hombre como él.
Pronto, el colchón de la cama se hundió un poco cuando el cuerpo de la fémina se recostó a su lado. ¿Le diría algo? No lo sabía. Se estaba haciendo el dormido, tapado hasta el cuello también. Al menos, de momento. Iba a ser una buena sorpresa cuando la fémina se diera cuenta de que no llevaba nada más que unos pantalones y sus calzones. Aquello era infrecuente en una sociedad tan dominada por el puritanismo como era la sociedad victoriana. Por supuesto, los tiempos estaban cambiando; ya se daban los primeros movimientos feministas, las primeras perversiones... de las que él había sido partícipe, mostrando en público su amor por el alcohol, las mujeres y las drogas. Una vergüenza para todos los moralistas, por supuesto. Mary no se movía a su lado, pero tampoco estaba durmiendo; su respiración no estaba pausada, como sí lo estaba la suya propia. Tenía ya bastante práctica en hacerse el dormido en ciertas ocasiones. Seguramente, aquello no le hubiera hecho falta a su esposa en la vida. Quizás, aquello era lo que hacía falta para que por fin, le hablara.
Unos segundos después de que destapara las sábanas, él hizo lo propio. No podía ver nada en aquella oscuridad, aunque sí que acertó a poner una mano en lo que creía que era uno de sus hombros—. No acostumbro a dormir toda la noche de seguido. No me ha molestado. —Informó a su esposa, incluso aunque no acostumbrara a hacerlo por motivos muy diferentes. Apretó los labios mientras volvía a recostarse en la cama, notando que ella también lo hacía. Se puso las manos en la nuca, mirando al techo. Ojalá pudiera encender una vela para verla, aunque quizás, le gustaba tanto la situación por el hecho de que no era capaz de verla, aunque sabía que la tenía a su lado. La voz de la fémina volvió a romper sus pensamientos apelándole por su nombre, aunque sin tutearle luego—. Tutéame, por favor. —Comenzó él en un susurro antes de incorporarse de nuevo, sentándose en la cama. Sus labios se apretaron en una fina línea. ¿Por qué le había preguntado eso? Tenía bastante claro que iban a poder divorciarse después de que ambos alcanzaran lo que quisieran, al parecer—. Diría que el amor es algo que se encuentra donde menos te lo esperas. ¿Por qué no te iba a querer un hombre por no ser virgen? Siempre he pensado que la sociedad está demasiado influida por la religión. Eres preciosa, por eso me fijé en ti. ¿Por qué no lo podría hacer otro? —Reflexionó su marido con el ceño fruncido, chasqueando la lengua después—. ¿Podrías enamorarte tú de un hombre que no sea puro? —Las ideas liberales de Alan no eran acordes a la de la sociedad que les había tocado vivir, claro.
Pronto, el colchón de la cama se hundió un poco cuando el cuerpo de la fémina se recostó a su lado. ¿Le diría algo? No lo sabía. Se estaba haciendo el dormido, tapado hasta el cuello también. Al menos, de momento. Iba a ser una buena sorpresa cuando la fémina se diera cuenta de que no llevaba nada más que unos pantalones y sus calzones. Aquello era infrecuente en una sociedad tan dominada por el puritanismo como era la sociedad victoriana. Por supuesto, los tiempos estaban cambiando; ya se daban los primeros movimientos feministas, las primeras perversiones... de las que él había sido partícipe, mostrando en público su amor por el alcohol, las mujeres y las drogas. Una vergüenza para todos los moralistas, por supuesto. Mary no se movía a su lado, pero tampoco estaba durmiendo; su respiración no estaba pausada, como sí lo estaba la suya propia. Tenía ya bastante práctica en hacerse el dormido en ciertas ocasiones. Seguramente, aquello no le hubiera hecho falta a su esposa en la vida. Quizás, aquello era lo que hacía falta para que por fin, le hablara.
Unos segundos después de que destapara las sábanas, él hizo lo propio. No podía ver nada en aquella oscuridad, aunque sí que acertó a poner una mano en lo que creía que era uno de sus hombros—. No acostumbro a dormir toda la noche de seguido. No me ha molestado. —Informó a su esposa, incluso aunque no acostumbrara a hacerlo por motivos muy diferentes. Apretó los labios mientras volvía a recostarse en la cama, notando que ella también lo hacía. Se puso las manos en la nuca, mirando al techo. Ojalá pudiera encender una vela para verla, aunque quizás, le gustaba tanto la situación por el hecho de que no era capaz de verla, aunque sabía que la tenía a su lado. La voz de la fémina volvió a romper sus pensamientos apelándole por su nombre, aunque sin tutearle luego—. Tutéame, por favor. —Comenzó él en un susurro antes de incorporarse de nuevo, sentándose en la cama. Sus labios se apretaron en una fina línea. ¿Por qué le había preguntado eso? Tenía bastante claro que iban a poder divorciarse después de que ambos alcanzaran lo que quisieran, al parecer—. Diría que el amor es algo que se encuentra donde menos te lo esperas. ¿Por qué no te iba a querer un hombre por no ser virgen? Siempre he pensado que la sociedad está demasiado influida por la religión. Eres preciosa, por eso me fijé en ti. ¿Por qué no lo podría hacer otro? —Reflexionó su marido con el ceño fruncido, chasqueando la lengua después—. ¿Podrías enamorarte tú de un hombre que no sea puro? —Las ideas liberales de Alan no eran acordes a la de la sociedad que les había tocado vivir, claro.
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Re: And thou art like the poisonous tree that stole my life away.
02. Low expectations.
Alan Wotton Con Mary Frances Wotton – Casa de Alan y Mary Frances - Noche |
Un leve escalofrío le recorrió el cuerpo al sentir la mano de Alan posarse en su hombro. No había esperado aquello — aunque no le disgustaba — y por eso agradecía que la habitación se hallara en penumbras pues así él no podría ver su expresión de sorpresa ni el color carmín de sus mejillas. — Sabes tan bien como yo que las cosas son diferentes si se trata de una mujer. — Tutearlo por primera vez le resultó extraño al principio pero de cierto modo encontró agradable ese avance hacia un trato más cordial. Le costaba trabajo hablarle así y por eso analizaba cada palabra antes de hablar para no herir susceptibilidades. — Cuando nos divorciemos habrá incontables mujeres esperando desposarse contigo. — ¿Estaba celosa? No sabría decirlo. La gran mayoría de esas posibles candidatas irían detrás de su título o sus posesiones como solía pasar cuando un matrimonio involucraba algo más que la atracción física. En el caso de los dos, había demasiados aspectos a considerar en lo referente a una separación, algo que no resultaría sencillo en lo absoluto.
— Por supuesto, podría enamorarme de alguien así si él manifestara el mismo interés en mí. — En un hipotético caso, por supuesto. Mary sabía bien que Alan no estaba hablando de él sino que se refería a cualquier otro hombre, a uno que estuviera dispuesto a aceptar las sobras y despojos que el conde Wotton dejara después. — Me consideraría en deuda con quien aceptara desposarme en segundas nupcias, no creo que sea fácil estar con una mujer que antes conoció a alguien más de forma íntima. — El orgullo masculino solía ser malentendido, de ahí que ella tuviera bien presente que sus posibilidades de conseguir un marido serían pocas por no decir nulas. Ignorar su realidad sería engañarse en vano ¿Para qué? Nada conseguía. Su matrimonio con Alan se había suscitado en medio del escándalo ante rumores de un posible embarazo, solo por eso. Y porque la encontraba preciosa, nada más. Ninguna otra cualidad fue mencionada, supuso que no le encontraría ninguna y ahondar en el tema solo sería para empeorar la pobre imagen que tenía de sí misma.
Dio un largo suspiro al escucharle, aventurándose a buscar una de sus manos. Mientras sus dedos palpaban la sábana y poco más, percibió la piel— seguramente del pecho —, retirándola de inmediato al percatarse de su parcial desnudez. Iba a reprocharle la falta de decoro pero no se atrevió, no le desagradaba la sensación que ofrecía su piel al tacto. — Si nuestras circunstancias hubiesen sido otras, creo que me habría casado contigo por amor. — Inútiles fueron sus intentos por ocultar la tristeza que sentía al tocar el tema de su peculiar relación. —Quizás si hubiéramos tenido tiempo suficiente como para conocernos mejor nuestra situación sería más llevadera. — Ya no le miraba, parecía haberse perdido en esas cursis fantasías de una unión distinta al resto, de un lazo cimentado en el amor y no en la mutua conveniencia. —No todo es malo, Alan. Me siento cómoda hablando contigo, cuando estás sobrio eres un excelente compañero y anfitrión. — Decirle eso significaba renunciar a la frialdad habitual, sincerándose mientras acababa con uno de los tantos secretos existentes entre los dos. Recobró la distancia inicial no porque el contacto le desagradara sino porque no deseaba sentirse vulnerable, no más de lo que ya estaba.
Con la mirada fija en el techo y las manos colocadas sobre el bajo vientre, Mary intentaba serenarse luego de su confesión ¿Cómo iría a reaccionar él? Lo conocía tan poco que era imposible saber lo que haría o lo que diría. — Me preguntaba si… — Se mordió los labios con fuerza, sin saber cómo abordar el tema. — Existe alguna manera o harás algo para no dejarme embarazada. Sé que no quieres hijos y quisiera tener las cosas claras antes de todo lo demás. — Hasta entonces no se había planteado la posibilidad de convertirse en madre pero la descendencia era un tema importante, algo esperado e incluso obligatorio en parejas jóvenes con fortunas cuantiosas o antiguos apellidos.
— Por supuesto, podría enamorarme de alguien así si él manifestara el mismo interés en mí. — En un hipotético caso, por supuesto. Mary sabía bien que Alan no estaba hablando de él sino que se refería a cualquier otro hombre, a uno que estuviera dispuesto a aceptar las sobras y despojos que el conde Wotton dejara después. — Me consideraría en deuda con quien aceptara desposarme en segundas nupcias, no creo que sea fácil estar con una mujer que antes conoció a alguien más de forma íntima. — El orgullo masculino solía ser malentendido, de ahí que ella tuviera bien presente que sus posibilidades de conseguir un marido serían pocas por no decir nulas. Ignorar su realidad sería engañarse en vano ¿Para qué? Nada conseguía. Su matrimonio con Alan se había suscitado en medio del escándalo ante rumores de un posible embarazo, solo por eso. Y porque la encontraba preciosa, nada más. Ninguna otra cualidad fue mencionada, supuso que no le encontraría ninguna y ahondar en el tema solo sería para empeorar la pobre imagen que tenía de sí misma.
Dio un largo suspiro al escucharle, aventurándose a buscar una de sus manos. Mientras sus dedos palpaban la sábana y poco más, percibió la piel— seguramente del pecho —, retirándola de inmediato al percatarse de su parcial desnudez. Iba a reprocharle la falta de decoro pero no se atrevió, no le desagradaba la sensación que ofrecía su piel al tacto. — Si nuestras circunstancias hubiesen sido otras, creo que me habría casado contigo por amor. — Inútiles fueron sus intentos por ocultar la tristeza que sentía al tocar el tema de su peculiar relación. —Quizás si hubiéramos tenido tiempo suficiente como para conocernos mejor nuestra situación sería más llevadera. — Ya no le miraba, parecía haberse perdido en esas cursis fantasías de una unión distinta al resto, de un lazo cimentado en el amor y no en la mutua conveniencia. —No todo es malo, Alan. Me siento cómoda hablando contigo, cuando estás sobrio eres un excelente compañero y anfitrión. — Decirle eso significaba renunciar a la frialdad habitual, sincerándose mientras acababa con uno de los tantos secretos existentes entre los dos. Recobró la distancia inicial no porque el contacto le desagradara sino porque no deseaba sentirse vulnerable, no más de lo que ya estaba.
Con la mirada fija en el techo y las manos colocadas sobre el bajo vientre, Mary intentaba serenarse luego de su confesión ¿Cómo iría a reaccionar él? Lo conocía tan poco que era imposible saber lo que haría o lo que diría. — Me preguntaba si… — Se mordió los labios con fuerza, sin saber cómo abordar el tema. — Existe alguna manera o harás algo para no dejarme embarazada. Sé que no quieres hijos y quisiera tener las cosas claras antes de todo lo demás. — Hasta entonces no se había planteado la posibilidad de convertirse en madre pero la descendencia era un tema importante, algo esperado e incluso obligatorio en parejas jóvenes con fortunas cuantiosas o antiguos apellidos.
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