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— Adventure non stop.
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— Adventure non stop.

adventure non stop
AMBIENTACIÓN: al final de la película.
La vida en Zombieland es...bueno, la vida en Zombieland. Escasea últimamente y no hay más remedio, porque lo que antes eran personas, ahora son cuerpos pudriéndose que no dejan de caminar en busca de un cuerpo aún medianamente sano que morder. Se podría decir que es una gran suerte el hecho de que Tallahassee, Columbus, Little Rock y Wichita se hayan conocido y hayan podido, finalmente, confiar los unos en los otros.
Sin embargo, pasando una temporada en el Hollywood de Zombieland, una mañana, Columbus y Wichita se levantan y no encuentran por ningún sitio a Tallahassee y a Little Rock. No hay ni rastro de ellos. Aunque en un principio cunde el pánico, ellos dos ya están algo acostumbrados a vivir en este nuevo caótico mundo. Así que ahora, el descanso ha terminado, y deben emprender un viaje para recuperar a estas dos personas, importantes para ellos.
personajes
![]() | Columbus jesse eisenberg ♠ mozart |
Wichita emma stone ♠ psychonaut | ![]() |
cronología
Última edición por Psychonaut el Miér 4 Mayo - 13:34, editado 1 vez
Re: — Adventure non stop.
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La luz azafranada que anunciaba un nuevo día atravesó sus párpados aun cuando éstos permanecían cerrados, haciéndolo ajeno a los acontecimientos que a su alrededor se suscitaban. Columbus, cansado de seguir sometido entre las garras de Morfeo, se desperezó luego de un par de minutos de adaptación. Frotó sus ojos y un involuntario bostezo transfiguró sus rasgos al retirar las mantas que lo cubrían. El tropical clima que abrazaba las calles de Hollywood era tan sofocante que convertía cualquier atentado de calefacción en un acto irrisorio, por lo que no tardó en deshacerse de las ataduras que lo mantenían adherido a la cama.
Desde que accidentalmente le disparó a Bill Murray en su propia mansión, culminando en el lamentable deceso del actor, él y sus amigos decidieron que un poco de lujos y una temporal comodidad no les vendrían nada mal, de modo que se mantuvieron resguardados dentro de la costosa residencia. Después de todo Columbus se sentía culpable, y lo mejor que podía hacer en memoria del difunto Bill, era cuidar de sus propiedades, ¿cierto? O al menos eso era lo que Tallahassee le había hecho creer y, aunque sonaba tremendamente estúpido, el joven decidió que lo más factible sería concordar con él.
Cuando descendió las escaleras en dirección hacia la cocina, se percató del inusual silencio que perforaba el aire. Estaba tan presente que los oídos le dolían, e incluso podía escuchar cada respiración que despedía mediante sus fosas nasales. Comúnmente, para cuando el hambre azotaba y la temperatura ascendía, Columbus solía encontrarse rodeado de discusiones irrelevantes entre Tallahassee y Little Rock; su relación se había convertido en una cómica analogía entre los mismísimos Starsky & Hutch, así que no era de extrañar que estuvieran interactuando apenas el sol se manifestaba. No obstante, aquella mañana ni siquiera fue capaz de olerlos.
La sospecha no tardó en surgir dentro de su mente, obligándolo, casi robóticamente, a investigar qué era lo que sucedía –sólo por precaución, se dijo a sí mismo–. Ni tardo ni perezoso se dirigió una vez más hacia las alcobas, notando que la primera de ellas tenía la puerta abierta. Al entrar hizo una investigación de campo, no habiendo encontrado una sola alma. Una escena completamente idéntica fue la que lo abrumó cuando visitó la segunda habitación.
Nada.
¿Dónde...? ¿Dónde demonios se habían metido? No quiso ceder a ninguna especie de conjetura sin antes haber visitado una tercera habitación, la cual, de encontrarse también vacía, sólo podría sugerir una cosa: lo habían abandonado. ¡Después de todo lo que habían pasado juntos...! Aclaró su garganta al encontrarse frente a la puerta de roble tras la que, si sus paranoias resultaban ridículas, se revelaría el rostro de quien poseía la capacidad de volverlo loco si se lo proponía. Uno, dos, tres, cuatro toques... Según su criterio con eso sería suficiente.
Columbus | Con Wichita
Zombieland | 09:13 am.
Última edición por Mozart el Miér 4 Mayo - 23:52, editado 1 vez
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Re: — Adventure non stop.
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Wichita jamás se imaginó que acabaría viviendo en la mansión de Bill Murray. Aunque claro, tampoco se imaginaba que Los Estados Unidos de América iban a dejar de ser Los Estados Unidos de América para pasar a ser un revoltijo de cuerpos muertos que aún seguían andando. Que desde entonces sólo se dedicaría a vagar de carretera en carretera con tal de que su hermana continuara viva. Antes de que el mundo se convirtiera en un desastre, su hermana era lo que mas le importaba, antes que otras cosas. Después del desastre, lo que habían cambiado eran las otras cosas. Ahora la supervivencia era casi lo único que debía importar.
Pero dadas las alturas, podían darse un respiro. Tanto ella como Little Rock. Pasaron un par de días por las Mansiones colindantes buscando un Twinkie para el mayor de los integrantes del grupo. Pero no hubo suerte. Luego, volvían a la Mansión de Murray, seleccionaban alguna película de las tantas que tenía ese hombre guardadas, y la ponían en la enorme sala de cine privada donde el propio actor falleció a causa de una broma mal contextualizada. Y es que en un mundo de zombies, ir asustando como uno de ellos puede suponer, precisamente, que acabes siendo un fiambre de los que no andan.
Y así llevaban un tiempo, un tiempo que había sido realmente corto pero en el que tanto Wichita como su hermana se habían acostumbrado a la compañía del hombre y del chico. Wichita había sido capaz de notar que Tallahassee entró en una conexión realmente fuerte con su hermana pequeña. Era algo que iba pululando por su cabeza desde que él les contó aquella historia sobre su hijo pequeño. Y en el fondo, le daba cierta tranquilidad que hubiese alguien a su alrededor con ese instinto protector por Little Rock y a la vez fuese un demonio sanguinario con los zombies. Era exactamente lo que necesitaba. Y luego estaba Columbus, al que le daba miedo encajonar, porque las etiquetas del mundo real se habían disuelto para siempre en el mundo de la supervivencia.
Acostumbraba a dormir con su hermana, en la misma habitación, una enorme donde había una cama donde cabían ellas dos y dos más como ellas, y dos sofás tremendamente cómodos. Dependiendo de cómo llegaran dormían ordenadas como les salía al momento. Sin embargo, estaba acostumbrada a que su hermana abandonara antes la habitación para preparar el desayuno con Wichita. Normalmente se despertaba y cuando bajaba, aquello ya era un jolgorio.
Pero aquella mañana, unos golpes en su puerta fueron lo que la despertaron. Con una camiseta y un pantalón corto del joven Murray (allí había un montón de ropa) se despidió de las sábanas restregándose los ojos tratándo de despertar del todo. Cuando abrió, no se esperaba con el busto de Columbus sobre la puerta. Pero estaba demasiado dormida como para notar la preocupación en su rostro.
— ¿Qué sucede? — Preguntó, restregándose el ojo izquierdo por última vez. — ¿Ya está hecho el desayuno? — Intentó esbozar una sonrisa que acabó en un bostezo.
Pero dadas las alturas, podían darse un respiro. Tanto ella como Little Rock. Pasaron un par de días por las Mansiones colindantes buscando un Twinkie para el mayor de los integrantes del grupo. Pero no hubo suerte. Luego, volvían a la Mansión de Murray, seleccionaban alguna película de las tantas que tenía ese hombre guardadas, y la ponían en la enorme sala de cine privada donde el propio actor falleció a causa de una broma mal contextualizada. Y es que en un mundo de zombies, ir asustando como uno de ellos puede suponer, precisamente, que acabes siendo un fiambre de los que no andan.
Y así llevaban un tiempo, un tiempo que había sido realmente corto pero en el que tanto Wichita como su hermana se habían acostumbrado a la compañía del hombre y del chico. Wichita había sido capaz de notar que Tallahassee entró en una conexión realmente fuerte con su hermana pequeña. Era algo que iba pululando por su cabeza desde que él les contó aquella historia sobre su hijo pequeño. Y en el fondo, le daba cierta tranquilidad que hubiese alguien a su alrededor con ese instinto protector por Little Rock y a la vez fuese un demonio sanguinario con los zombies. Era exactamente lo que necesitaba. Y luego estaba Columbus, al que le daba miedo encajonar, porque las etiquetas del mundo real se habían disuelto para siempre en el mundo de la supervivencia.
Acostumbraba a dormir con su hermana, en la misma habitación, una enorme donde había una cama donde cabían ellas dos y dos más como ellas, y dos sofás tremendamente cómodos. Dependiendo de cómo llegaran dormían ordenadas como les salía al momento. Sin embargo, estaba acostumbrada a que su hermana abandonara antes la habitación para preparar el desayuno con Wichita. Normalmente se despertaba y cuando bajaba, aquello ya era un jolgorio.
Pero aquella mañana, unos golpes en su puerta fueron lo que la despertaron. Con una camiseta y un pantalón corto del joven Murray (allí había un montón de ropa) se despidió de las sábanas restregándose los ojos tratándo de despertar del todo. Cuando abrió, no se esperaba con el busto de Columbus sobre la puerta. Pero estaba demasiado dormida como para notar la preocupación en su rostro.
— ¿Qué sucede? — Preguntó, restregándose el ojo izquierdo por última vez. — ¿Ya está hecho el desayuno? — Intentó esbozar una sonrisa que acabó en un bostezo.
Wichita | Con Columbus
Zombieland | 09:13 am.
Re: — Adventure non stop.
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Decir que la materialización del rostro ajeno no mitigó la creciente angustia que carcomía su organismo sería una absurda mentira. Quizá la más grande mentira entre todas las mentiras. En efecto, en cuanto el añil de esos magníficos luceros se reveló tras aquella pálida puerta de roble, arrasando con la ostentosidad de la mansión en donde temporalmente cohabitaban y opacando también la luz refulgente de la mañana, Columbus se percató de cuán tonto había sido al haber cedido, una vez más, a sus paranoias desmedidas. En todo caso maldita fuera la ansiedad crónica, nadie podía culparlo (sin mencionar los pasados atentados de abandono y estafa).
Tras un casi imperceptible parpadeo exhaló notoriamente, distendiendo sus hombros y liberando el aliento que durante aquellos insoportables segundos no se dio cuenta que estaba reteniendo. El alivio se apoderó de su cuerpo al igual que una extraña sensación de culpa. Es decir, ¿cómo, pese a haberse tratado de un breve momento, se atrevió a desconfiar de esos tres excéntricos y peculiares personajes a los que, después de todo lo ocurrido, comenzaba a considerar su familia? La única que había tenido en probablemente toda su vida.
El meditarlo de esa manera le hizo acompañar su demostración de distensión con una risa ahogada que perdió brío al recordarse a sí mismo lo ridículo que se vería sonriendo de la nada como un completo perdedor. Afortunadamente la apariencia soñolienta de Wichita parecía ser un factor a su favor, esperando que debido a dicho estado no se hubiera percatado de su desliz. Tosió, llevando su puño hasta sus labios con el afán de disimular el sonido y ocultar su vacilación. Nada mejor que un bramido de rareza para inundar los silencios.
— Um —se relamió los labios considerando nuevamente la pregunta, la cual dirigía a una sola y obvia respuesta— Hola —dijo con un ingrávido toque animoso, excesivamente casual. Bien, tal vez esa no era la respuesta que buscaba, por lo que inmediatamente repuso— Quiero decir... no, en absoluto —aunque ya más relajado, todavía no se sentía cien por ciento cómodo intentando ocultar el hecho de que Krista se encontraba vistiendo lo que parecía ser lo más cercano a una pijama demasiado acondicionada, ligera. No era un pervertido, se dijo a sí mismo, simplemente resultaba increíblemente distractivo.
— Al parecer Tallahassee ha decidido perderse un rato por ahí, ya que no lo encuentro por ningún lado. Supongo que ha ido a buscar uno de sus condenados twinkies otra vez, así que he venido a ver si estaba, no sé, todo en orden —su típica verborrea salió a relucir— Tengo la impresión de que tu hermana se ha quedado dormida. Lo cual es extraño porque, bueno, ya sabes —informó creyendo que Little Rock se hallaba dentro de aquella habitación roncando cual marmota. Por supuesto que no pensaba, al menos por ahora, decirle que en realidad estaba ahí para asegurarse de que no se habían pirado nuevamente como la última vez.
Tras un casi imperceptible parpadeo exhaló notoriamente, distendiendo sus hombros y liberando el aliento que durante aquellos insoportables segundos no se dio cuenta que estaba reteniendo. El alivio se apoderó de su cuerpo al igual que una extraña sensación de culpa. Es decir, ¿cómo, pese a haberse tratado de un breve momento, se atrevió a desconfiar de esos tres excéntricos y peculiares personajes a los que, después de todo lo ocurrido, comenzaba a considerar su familia? La única que había tenido en probablemente toda su vida.
El meditarlo de esa manera le hizo acompañar su demostración de distensión con una risa ahogada que perdió brío al recordarse a sí mismo lo ridículo que se vería sonriendo de la nada como un completo perdedor. Afortunadamente la apariencia soñolienta de Wichita parecía ser un factor a su favor, esperando que debido a dicho estado no se hubiera percatado de su desliz. Tosió, llevando su puño hasta sus labios con el afán de disimular el sonido y ocultar su vacilación. Nada mejor que un bramido de rareza para inundar los silencios.
— Um —se relamió los labios considerando nuevamente la pregunta, la cual dirigía a una sola y obvia respuesta— Hola —dijo con un ingrávido toque animoso, excesivamente casual. Bien, tal vez esa no era la respuesta que buscaba, por lo que inmediatamente repuso— Quiero decir... no, en absoluto —aunque ya más relajado, todavía no se sentía cien por ciento cómodo intentando ocultar el hecho de que Krista se encontraba vistiendo lo que parecía ser lo más cercano a una pijama demasiado acondicionada, ligera. No era un pervertido, se dijo a sí mismo, simplemente resultaba increíblemente distractivo.
— Al parecer Tallahassee ha decidido perderse un rato por ahí, ya que no lo encuentro por ningún lado. Supongo que ha ido a buscar uno de sus condenados twinkies otra vez, así que he venido a ver si estaba, no sé, todo en orden —su típica verborrea salió a relucir— Tengo la impresión de que tu hermana se ha quedado dormida. Lo cual es extraño porque, bueno, ya sabes —informó creyendo que Little Rock se hallaba dentro de aquella habitación roncando cual marmota. Por supuesto que no pensaba, al menos por ahora, decirle que en realidad estaba ahí para asegurarse de que no se habían pirado nuevamente como la última vez.
Columbus | Con Wichita
Zombieland | 09:13 am.
Última edición por Mozart el Dom 22 Mayo - 15:02, editado 1 vez
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Re: — Adventure non stop.
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Era extraña la rapidez con la que se había acostumbrado a la compañía de aquellos dos seres humanos que por suerte (o por desgracia, dependía mucho del punto de vista utilizado para analizar la situación en la que se encontraban, pero dudaba que aún existiesen sociólogos que pudiesen hablar sobre aquél fenómeno, la mayoría a aquellas alturas serían enormes bolas de carne infectadas) había acabado encontrando. Incluso antes, hacía dos meses, cuando el mundo no estaba aún podrido del todo, o no aparentemente por lo menos, su hermana pequeña era la única persona en la que confiaba. Y eso claramente estaba modificándose, más en un mundo donde la confianza era lo último en lo que debías pararte a pensar si querías sobrevivir...en muchas ocasiones.
Sin embargo, aún no era consciente de lo que sucedía, aún no era consciente de toda la realidad tangible a su alrededor. La tranquilidad estaba presente, salvo, notoriamente, en el ente de carne y hueso que se encontraba ahora frente a ella. Se quedó apoyada sobre la puerta, pensando en toneladas y toneladas de café, un líquido que había escaseado desde el brote y que había recuperado con instantánea alegría en aquella enorme mansión, que tenía una infinidad de reservas. Murray sabía lo que hacía.
Finalmente, llegó la explicación de Columbus, un Columbus que desde luego no acostumbraba a despertarla, lo que empezó a inundarle una sensación de rareza conforme el sueño acabó abandonando su cuerpo, para dar paso a aquél estado de semi alerta, tan conocido ya por la chica. Después de haber roto su protocolo de supervivencia hasta la médula, no había tardado mucho en añadir dos nombres más a la lista de preocupaciones. Una lista que siempre había sido sumamente escasa.
Al principio, nada de lo que decía parecía fuera de lugar. La historia de Tallahassee y los twinkies venía desde que le conocía, aunque ese tiempo no fuese mucho. Pero cuando llegó a la parte de su hermana, algo de convulsionó en su interior.
— Little Rock no está dormida. — Abrió la puerta de la habitación que la separaba en parte de Columbus de par en par para darle visión al chico, haciéndole entender que estaba sola. Si su hermana pequeña hubiese decidido acompañar a Tallahassee fuera de la mansión, como poco la habría avisado...¿no? Algo desagaradable comenzó a subir por su estómago, lo que provocó que se separara de la puerta y se dirigiera directa a su ropa, la única que poseía. — ¿Dices que no has visto a Tallahassee?. — No sabía si aquello era tranquilizador o más alarmante todavía, pero necesitaba averiguarlo. Llevó sus manos a su pelo y lo recogió en una coleta, para luego volverse de nuevo hacia el chico. — ¿No te parece extraño?. — Preguntó, con unas ansias tremendas por cambiarse y salir en busca de su hermana. No le gustaba perderla de vista, así no podía cuidarla.
Sin embargo, aún no era consciente de lo que sucedía, aún no era consciente de toda la realidad tangible a su alrededor. La tranquilidad estaba presente, salvo, notoriamente, en el ente de carne y hueso que se encontraba ahora frente a ella. Se quedó apoyada sobre la puerta, pensando en toneladas y toneladas de café, un líquido que había escaseado desde el brote y que había recuperado con instantánea alegría en aquella enorme mansión, que tenía una infinidad de reservas. Murray sabía lo que hacía.
Finalmente, llegó la explicación de Columbus, un Columbus que desde luego no acostumbraba a despertarla, lo que empezó a inundarle una sensación de rareza conforme el sueño acabó abandonando su cuerpo, para dar paso a aquél estado de semi alerta, tan conocido ya por la chica. Después de haber roto su protocolo de supervivencia hasta la médula, no había tardado mucho en añadir dos nombres más a la lista de preocupaciones. Una lista que siempre había sido sumamente escasa.
Al principio, nada de lo que decía parecía fuera de lugar. La historia de Tallahassee y los twinkies venía desde que le conocía, aunque ese tiempo no fuese mucho. Pero cuando llegó a la parte de su hermana, algo de convulsionó en su interior.
— Little Rock no está dormida. — Abrió la puerta de la habitación que la separaba en parte de Columbus de par en par para darle visión al chico, haciéndole entender que estaba sola. Si su hermana pequeña hubiese decidido acompañar a Tallahassee fuera de la mansión, como poco la habría avisado...¿no? Algo desagaradable comenzó a subir por su estómago, lo que provocó que se separara de la puerta y se dirigiera directa a su ropa, la única que poseía. — ¿Dices que no has visto a Tallahassee?. — No sabía si aquello era tranquilizador o más alarmante todavía, pero necesitaba averiguarlo. Llevó sus manos a su pelo y lo recogió en una coleta, para luego volverse de nuevo hacia el chico. — ¿No te parece extraño?. — Preguntó, con unas ansias tremendas por cambiarse y salir en busca de su hermana. No le gustaba perderla de vista, así no podía cuidarla.
Wichita | Con Columbus
Zombieland | 09:13 am.
Re: — Adventure non stop.
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El rostro de Columbus se vació lentamente de toda expresión, quedando reducido a un lienzo pálido escaso de creatividad— ¿Qué? —uno de sus párpados se oprimió forzado contra la línea de agua inferior, saturándolo poco a poco de una incredulidad propia de quien se sabe indispuesto a consentir la realidad. Con su lacónica exclamación buscaba torpemente una respuesta distinta que no trajera consigo la promesa de una tragedia.
— Debes estar bromeando —en su recelo empujó suavemente la puerta que le había sido abierta, asomándose hacia el interior. Wichita no estaba, ni de cerca, tomándole el pelo. Las sábanas arrebujadas de seda no ocultaban ningún minúsculo cuerpo debajo de su lisa textura, afirmando la versión de los hechos que todavía, muy dentro de sí, se rehusaba a aceptar— Nope, no estás bromeando —admitió su error sin recurrir a una concisa disculpa; el rostro de su amiga no parecía necesitar de una. Entendía perfectamente la emoción que en ambos predominaba, y no era otra que la necesidad de respuestas. Una repentina marea de alerta hizo mella en lo más profundo de su pecho, sacudiendo hasta la más serena de sus facetas.
Tomó aire en un intento precavido por ordenar sus pensamientos; resultaba imperante no caer en conjeturas que sólo auguraban más fatalidades. Columbus tenía bastante presente la importancia de priorizar una buena estrategia antes de lanzarse al ruedo, pese a que en ocasiones lo más sensato fuese disparar a quema ropa sin detenerse a pensarlo demasiado. Sacudió su cabeza un par de veces, respondiendo a la pregunta y espantando cualquier rastro de cavilación.
— No lo he visto —confesó—. Lo busqué en su habitación, en la cocina, en la biblioteca, en el salón de billar —levantó los brazos, dejándolos caer con rendición de inmediato—. Esta casa es más grande que un estadio. Creo que deberíamos... —señaló sobre su hombro detrás de sí. El pasillo rodeado de muros albugíneos y una diversidad sorprendente de puertas se extendía con su inequívoca presuntuosidad por encima de su cuerpo, dotando sus posibilidades con un sinfín de resultados.
Antes, cuando el mundo todavía era mundo y no una espantosa carnicería de muy mala reputación, solía buscar en internet imágenes de mansiones cuyo diseño interior lo embelesaban hasta el punto de soñar con, algún día, poder pisar una. Era una lástima que el haber cumplido su sueño no fuese tan agradable como pensaba.
— Y tú deberías... —realizó un par de ademanes sin dirección al rededor de su propio cuerpo, simulando la acción de vestirse—. ¿Te veo abajo? Quizá ya estén allí. Más vale echar un vistazo —aún conservaba un resquicio de esperanza. De lo contrario...
— Debes estar bromeando —en su recelo empujó suavemente la puerta que le había sido abierta, asomándose hacia el interior. Wichita no estaba, ni de cerca, tomándole el pelo. Las sábanas arrebujadas de seda no ocultaban ningún minúsculo cuerpo debajo de su lisa textura, afirmando la versión de los hechos que todavía, muy dentro de sí, se rehusaba a aceptar— Nope, no estás bromeando —admitió su error sin recurrir a una concisa disculpa; el rostro de su amiga no parecía necesitar de una. Entendía perfectamente la emoción que en ambos predominaba, y no era otra que la necesidad de respuestas. Una repentina marea de alerta hizo mella en lo más profundo de su pecho, sacudiendo hasta la más serena de sus facetas.
Tomó aire en un intento precavido por ordenar sus pensamientos; resultaba imperante no caer en conjeturas que sólo auguraban más fatalidades. Columbus tenía bastante presente la importancia de priorizar una buena estrategia antes de lanzarse al ruedo, pese a que en ocasiones lo más sensato fuese disparar a quema ropa sin detenerse a pensarlo demasiado. Sacudió su cabeza un par de veces, respondiendo a la pregunta y espantando cualquier rastro de cavilación.
— No lo he visto —confesó—. Lo busqué en su habitación, en la cocina, en la biblioteca, en el salón de billar —levantó los brazos, dejándolos caer con rendición de inmediato—. Esta casa es más grande que un estadio. Creo que deberíamos... —señaló sobre su hombro detrás de sí. El pasillo rodeado de muros albugíneos y una diversidad sorprendente de puertas se extendía con su inequívoca presuntuosidad por encima de su cuerpo, dotando sus posibilidades con un sinfín de resultados.
Antes, cuando el mundo todavía era mundo y no una espantosa carnicería de muy mala reputación, solía buscar en internet imágenes de mansiones cuyo diseño interior lo embelesaban hasta el punto de soñar con, algún día, poder pisar una. Era una lástima que el haber cumplido su sueño no fuese tan agradable como pensaba.
— Y tú deberías... —realizó un par de ademanes sin dirección al rededor de su propio cuerpo, simulando la acción de vestirse—. ¿Te veo abajo? Quizá ya estén allí. Más vale echar un vistazo —aún conservaba un resquicio de esperanza. De lo contrario...
Columbus | Con Wichita
Zombieland | 09:13 am.
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Re: — Adventure non stop.
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Estar alerta era esencial en aquellos momentos. Sobre todo por la expresión que estaba poniendo el chico al comrobar que Wichita se encontraba sola en la habitación que compartía con su hermana pequeña. Aquello la preocupó más, comenzando a pensar en un sin fin de escenarios nada agradables que era mejor apartar si quería llegar a pensar con la mente fría y así poder ver a Little Rock.
Se quedó al lado de su ropa, con los brazos sobre las caderas, escuchando como Columbus había estado buscando a Tallahassee y como sin éxito no había dado con él, y de paso tampoco había encontrado ningún rastro de Little Rock.
— Sí, registrar el estadio y si no hay rastro de ellos, ampliar el área de búsqueda. — No quedaba otra, ahora no iba a parar hasta encontrar a su hermana. Un sentimiento de culpabilidad empezó a aflorar en su interior. ¿Dónde demonio se había ido? Dudaba que Tallahassee le hubiese hecho algo malo, sobre todo teniendo en cuenta que sabía que él había perdido a su hijo de pocos años debido al apocalipsis, y sin embargo no entendía qué podía haberles pasado. Tenía la necesidad de averiguarlo cuánto antes. Cuando se encontraba en ese estado de alarma, la paciencia no era su mejor amiga.
Los gestos de Columbus le habrían hecho sonreír en una ocasión normal, pero aquella no era la susodicha, así que tras un suspiro y un intento de sonrisa que quedó en una mueca extraña, no hizo más que asentir con la cabeza. — Vale, dame diez minutos. — Cinco para vestirse, otros cinco para bajar abajo del toco. Recorrería esa casa centímetro a centímetro si hiciera falta. Sin esperar a comprobar que Columbus había abandonado la habitación se giró de nuevo hacia su ropa, quitándose la vieja camiseta de Murray. Se estiró como un gato antes de quedarse completamente en ropa interior y con ágiles movimientos se calzó sus vaqueros sucios, su camiseta, y se rehízo de nuevo la coleta, que había quedado medio destrozada a causa del reciente movimiento textil. Una vez tuvo las botas puesta, cogió su bolsa más ligera para llevarse sólo lo imprescindible encima. Ya volvería a por todo lo demás junto a su hermana, pues la mansión no iba a moverse a ninguna parte.
Una vez estuvo lista fue escaleras abajo hasta encontrarse con Columbus. Por el camino tuvo que abrir algunas puertas para asegurarse de que Little Rock no estaba tras ellas, y efectivamente no encontró nada más que el vacío (a parte de la decoración correspondiente de cada habitáculo). No le gustaba nada aquella situación, por lo que tras la quinta puerta dejó de mirar hacia los lados para acelerar el paso y llegar finalmente junto al chico. — ¿Dónde podrían estar?. — Preguntó en cuanto tuvo a la vista los rizos de Columbus. — Tal vez hayamos vaciado ya la nevera y hayan ido a buscar sustento. — Tenía que pensar en circunstancias reales, cosas que se les podría haber ocurrido a esos dos para abandonar la mansión sin decir nada, en caso de que no se encontraran dentro de aquél laberinto.
Se quedó al lado de su ropa, con los brazos sobre las caderas, escuchando como Columbus había estado buscando a Tallahassee y como sin éxito no había dado con él, y de paso tampoco había encontrado ningún rastro de Little Rock.
— Sí, registrar el estadio y si no hay rastro de ellos, ampliar el área de búsqueda. — No quedaba otra, ahora no iba a parar hasta encontrar a su hermana. Un sentimiento de culpabilidad empezó a aflorar en su interior. ¿Dónde demonio se había ido? Dudaba que Tallahassee le hubiese hecho algo malo, sobre todo teniendo en cuenta que sabía que él había perdido a su hijo de pocos años debido al apocalipsis, y sin embargo no entendía qué podía haberles pasado. Tenía la necesidad de averiguarlo cuánto antes. Cuando se encontraba en ese estado de alarma, la paciencia no era su mejor amiga.
Los gestos de Columbus le habrían hecho sonreír en una ocasión normal, pero aquella no era la susodicha, así que tras un suspiro y un intento de sonrisa que quedó en una mueca extraña, no hizo más que asentir con la cabeza. — Vale, dame diez minutos. — Cinco para vestirse, otros cinco para bajar abajo del toco. Recorrería esa casa centímetro a centímetro si hiciera falta. Sin esperar a comprobar que Columbus había abandonado la habitación se giró de nuevo hacia su ropa, quitándose la vieja camiseta de Murray. Se estiró como un gato antes de quedarse completamente en ropa interior y con ágiles movimientos se calzó sus vaqueros sucios, su camiseta, y se rehízo de nuevo la coleta, que había quedado medio destrozada a causa del reciente movimiento textil. Una vez tuvo las botas puesta, cogió su bolsa más ligera para llevarse sólo lo imprescindible encima. Ya volvería a por todo lo demás junto a su hermana, pues la mansión no iba a moverse a ninguna parte.
Una vez estuvo lista fue escaleras abajo hasta encontrarse con Columbus. Por el camino tuvo que abrir algunas puertas para asegurarse de que Little Rock no estaba tras ellas, y efectivamente no encontró nada más que el vacío (a parte de la decoración correspondiente de cada habitáculo). No le gustaba nada aquella situación, por lo que tras la quinta puerta dejó de mirar hacia los lados para acelerar el paso y llegar finalmente junto al chico. — ¿Dónde podrían estar?. — Preguntó en cuanto tuvo a la vista los rizos de Columbus. — Tal vez hayamos vaciado ya la nevera y hayan ido a buscar sustento. — Tenía que pensar en circunstancias reales, cosas que se les podría haber ocurrido a esos dos para abandonar la mansión sin decir nada, en caso de que no se encontraran dentro de aquél laberinto.
Wichita | Con Columbus
Zombieland | 09:13 am.
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