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Mensaje por artisaweapon el Dom 1 Mayo - 23:52

Even death has a heart
Crackship ৹ Kuroshitsuji ৹ 1x1
El deber de los Shinigamis es vigilar, evaluar y recolectar las almas de aquellos seres humanos que están destinados a morir y revisar sus vidas en una cinemática, las cuales contienen información importante, tales como sus nacimientos, familia, momentos decisivos en la persona, la causa de la muerte y notas adicionales.

Después de que la información de un futuro descarrilamiento de tren llegue al mundo de los Shinigamis, la misión de recolectar las almas de los fallecidos le es encomendada a William T. Spears, un dios de la muerte conocido por su extrema eficacia y por no permitir errores en el trabajo. Teniendo en cuenta la cantidad de muertes que van a producirse, necesitará la ayuda de alguno de sus compañeros, y en un principio, le es asignado Ronald Knox, algo que en realidad agradece ya que cualquier otro dios sería una mejor opción que la de su antiguo compañero de academia: Grell Sutcliff.

Éste último se presentará de improvisto en la estación de tren como sustituto del otro shinigami que había estado asignado para la misión y acompañará a William en el último viaje de todas aquellas personas, para luego recolectar y juzgar sus almas, aunque el carácter de ambos, al ser tan opuesto, no hará más que entorpecer la misión.

DEATH! ★

Grell Sutcliff
Hatshepsut
Grell es bastante excéntrico y dramático. A pesar de ser hombre, tiene el comportamiento de una mujer, llegando a referirse a sí mismo como una “dama” y rehusándose a ser reconocido como hombre. Es un Shinigami caprichoso y sediento de sangre.
William T. Spears
Artisaweapon
William siempre se comporta de forma seria y formal, procurando seguir las reglas al pie de la letra. Aunque también parece que una de las razones por las que lo hace es para únicamente trabajar lo necesario, ya que odia trabajar horas extra.
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Mensaje por Hatshepsut el Mar 3 Mayo - 22:29

Even death has a heart
Grell Sutcliff ৹ Con William T.Spears
Grell suspiró cuando el tren inició su marcha con un ligero traqueteo que lo hizo vibrar de pies a cabeza. Contempló lánguidamente a la gente que había en el exterior, sobre el andén, agitando pañuelos o alzando la mano en signo de despedida para los seres queridos que iban en los distintos coches. Algunas mujeres lloraban, algunos niños corrían, algunos hombres les deseaban suerte a los viajeros, pero lo cierto es que no volverían a verlos... con vida. La próxima vez que se encontraran con las personas que acababan de despedir estarían en un entierro lleno de dolor, llanto y desesperanza. Oh, ¡cómo disfrutaba Grell de aquellos eventos! Eran como un reconocimiento a su trabajo, como una ceremonia en honor a su función de shinigami. Los bellos cadáveres permanecían quietos, en silencio, bellos y corruptibles; recibían el último adiós y luego eran enterrados para que las alimañas los devoraran. Aunque claro... un accidente de ferrocarril como el que se produciría en las próximas horas solía dejar pocos cuerpos enteros. La mayoría de ellos terminaban cortados en pedazos, irreconocibles.

Qué poco glamour... –mustió para si mismo, molesto por el hecho de que le hubieran encargado una tarea así. Como si cosechar las almas de una en una no fuera suficiente, en aquella ocasión tendría que recolectar las de los cientos de pasajeros que viajaban en el tren. ¡Y ni siquiera se habían molestado en reservarle un coche privado! Tenía que mezclarse con los humanos y disfrazarse para pasar desapercibido: nada de dientes puntiagudos, ni de cabello largo ni de guadaña a la vista. Le había tocado ponerse un traje -rojo, por supuesto- de corte aburrido y unos zapatos sin tacón. Todo de lo más ordinario. Aunque, por lo menos, Grell no estaría solo en aquella misión–. Voy a buscarte, William –canturreó para si mismo, apartándose de las ventanas y caminando entre los asientos donde se iban instalando los pasajeros.

William no tenía ni idea de que le habían asignado a él el puesto que debía ser ocupado por Ronald, y Grell se moría de ganas por ver su cara cuando se encontraran allí. Aquél shinigami era de lo más estirado, solía amonestarlo cuando cometía errores, por muy pequeños que fueran, y siempre lo trataba como si fuera un fastidio. Sin embargo, al pelirrojo le atraía de todos modos. Lo conocía desde que ambos entraron a la academia de shinigamis, y se había acostumbrado a su carácter sobrio y sin humor. Además, estaba seguro de que algún día conseguiría que se soltara un poco por él. ¿Quién podía resistirse a Grell Stucliff?

El vagón de la clase alta era mucho más sofisticado: tuvo que caminar por un pasillo en el que se abrían las puertas de las distintas dependencias. Estaba seguro de que William estaba por allí, pues como shinigami podía percibir su presencia. Sin embargo, y aunque se asomó a cada una de las ventanillas de cristal de las dependencias, no lo localizó sentado. Así, y una vez llegó al final del tren, solo le quedó una opción: su compañero debía estar en el exterior, asomado a la barandilla del último coche. Will también tenía la costumbre de apartarse, de no involucrarse en el trabajo más de lo que se consideraba correcto. ¡Era un aburrido!

¡William! –exclamó Grell, alegre, una vez abrió la puerta que daba al pequeño mirador posterior. Tal como había pensado, su compañero estaba allí, vestido de negro, como siempre, y portando sus gafas de pasta oscura, como siempre–. Tú y yo vamos a vivir esta aventura juntos, ¿no te parece excitante? –insinuó sin dar ningún tipo de explicación a su presencia, y bajó las pestañas de forma coqueta.  






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Re: ▶ Even death has a heart ◀

Mensaje por artisaweapon el Vie 13 Mayo - 16:01

Even death has a heart
William T. Spears ৹ Con Grell Sutcliff

Sin duda, William aborrecía aquella clase de trabajos que requerían implicación directa en el sitio en el que tenían lugar los sucesos; tal y como había pasado cuando lo habían asignado en la misión de las desapariciones de niños relacionadas con el Circo del Arca de Noé en el que no le había quedado más remedio que infiltrarse para trabajar como funambulista bajo el ridículo nombre de Suit. Recordarlo era molesto y además, era una pérdida de tiempo, aunque también comprendía que era una forma de precaución por si aparecía algún demonio, o bestia – como él solía llamarlos -, más no dejaba de ser molesto, además de una pérdida de valioso tiempo que podría haber aprovechado en la oficina.

Antes de subir al tren, sus ojos habían estudiado sin demasiado interés a los diferentes humanos que iban abordando el tren. Ancianos, ancianas, hombres, mujeres, infantes…Y todos estarían muertos en cuestión de horas. Incluso después de tantos años ejerciendo como shinigami, aún le sorprendía lo fugaz que era la llama de la vida y cómo en un abrir y cerrar de ojos. In ictu oculi. Sí, esa era la definición perfecta de la llegada de la muerte. A todos les llegaba la hora, y nadie era capaz de escapar de ella. Sin compasión.

Una vez el shinigami estuvo a bordo del tren, su esbelta figura se abrió paso a través de los distintos vagones, dirigiéndose al último, donde podría gozar de tranquilidad, al menos hasta que llegara su compañero. Tal vez aquel trabajo no le hiciera la menor gracia, pero siempre podría haber sido peor y podrían haberle asignado a Grell de compañero. Bendita era su suerte.

Al llegar al espacio exterior que conformaba la pequeña terraza del último vagón del tren, se acercó a la barandilla y cuando el tren empezó con aquel ligero traqueteo que indicaba que habían empezado a moverse, su cuerpo se inclinó ligeramente hacia delante mientras con un movimiento elegante, extendía su brazo izquierdo para mirar su reloj de muñeca.

- Dos horas y treinta minutos hasta el descarrilamiento. – musitó para sí mismo antes de agarrar con ambas manos enguantadas la barandilla y fijar sus orbes esmeralda en la distancia.

Mientras calculaba cuánto tiempo faltaba para poder considerar que Ronald Knox había llegado tarde, sintió la presencia de otro shinigami en el vagón que se extendía a su espalda y no pudo evitar sentirse complacido, pues si bien Knox compartía su filosofía de no hacer horas extras, William no consideraba que estuviera a la altura como shinigami, pues era demasiado despreocupado y se involucraba más de lo que debería con los humanos, especialmente con las mujeres. Era simplemente molesto, aunque sin duda, resultaba en ocasiones bastante eficiente.

Al escuchar cómo la puerta se abría, no se molestó en girarse, y probablemente fue la mejor decisión, porque cuando escuchó la voz de alguien que no era el rubio y que además era alguien que habría deseado no ver, por su siempre inexpresivo rostro, cruzó una mueca de sorpresa que sin duda, habría valido la pena ver. Cuando consiguió tener el control de sus facciones de nuevo, se giró con tanta lentitud que podría haber parecido que estaban reproduciendo una cinématica a cámara lenta. Antes de hablar, estudió la apariencia del otro, apreciando que al menos no tuviese aquella extravagante apariencia que siempre lucía, pero no tardó en increparle, pues aquel shinigami no tenía por qué estar allí.

- Lo preguntaré una única vez, Grell Sutcliff. – empezó, alzando una mano para indicarle que guardara silencio y no se atreviese a interrumpirle. - ¿Dónde está Ronald Knox? Y aún más importante, ¿qué haces aquí?

Su voz no denotaba ninguna clase de emoción, ni siquiera la sorpresa que segundos antes había conseguido hacer que se apoderara de él tras escuchar la voz del otro, y por supuesto, lo trataba por el nombre completo, para recalcar que no eran nada más que compañeros de trabajo y que no había nada más aparte de aquello, aunque tal vez muy en el fondo William lo considerara algo parecido a un amigo, puesto que lo conocía desde hacía bastantes años y habían sido asignados como pareja durante la academia. Sin embargo, eso no significaba que fuera a admitirlo alguna vez o que fuera a ser más permisivo con el extragante shinigami rojo.


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Re: ▶ Even death has a heart ◀

Mensaje por Hatshepsut el Sáb 14 Mayo - 0:08

Even death has a heart
Grell Sutcliff ৹ Con William T.Spears
Grell siempre había sido una persona -un shinigami, más bien-, muy dada a la dramaturgia y la fantasía. En su cabeza, su reencuentro con William había sido muy distinto a lo que ocurrió en realidad: en vez de encontrarse con el serio rostro de su compañero y unas palabras pronunciadas con una insoportable neutralidad, él podría haber saltado a sus brazos antes de escuchar lo mucho que Will había soñado con el momento en el que volvieran a trabajar juntos, como la pareja protagonista de alguna novela. Pero esa clase de cosas nunca ocurrían, por lo menos no a él. Por ello, Grell vivía en una constante resignación, algo que iba fatal con su carácter de prima donna. En cualquier caso, frunció los labios en una mueca de enfado y se cruzó de brazos altivamente antes de negar con la cabeza:

Me complace saber que te alegras de verme –murmuró por lo bajo, evidentemente desilusionado, y luego respondió a la pregunta que le había sido lanzada:–. Ronald ha tenido un problema de última hora, al parecer se retrasó con una cosecha... y como debo horas extra, me pasaron el recado a mi. Y no creas que me hace gracia, he tenido que cancelar mi cita de manicura por esta urgencia –se quejó, alzando una de sus manos para revisarse las uñas aún cuando las llevaba perfectamente arregladas.

Lo cierto es que a Grell no le había importado demasiado el verse obligado a cancelar su sesión de belleza, pues hacía meses que no tenía la oportunidad de trabajar con aquél obstinado y serio de William. Lo había echado de menos, y verle siempre le suponía un placer... más o menos. Por lo menos tendría la oportunidad de divertirse cosechando un buen número de almas, algo muy distinto al trabajo que hacía últimamente. Desde su aventura con Madame Red, parecían haberle cogido manía en el ministerio de shinigamis. ¡Solo le encargaban las tareas más aburridas y denigrantes! La última vez que salió a cosechar, tuvo que ir hasta una granja alejada de la mano de dios, perdida en medio de un montón de campos fangosos. Tuvo que llevar toda su ropa a arreglar después de aquello, pues el lodo y el olor a bestias de granja habían quedado impregnados  hasta en la más íntima de sus prendas. ¡No podían hacerle aquellas cosas a él, que era toda una dama! ¿Cómo se atrevían...?

¿Verdad que es emocionante? –dijo el shinigami pelirrojo al cabo de unos instantes, intentando apelar (de nuevo) a alguna parte de Will que no estuviera hecha de cera insensible–. Pensar que toda esta gente viaja felizmente, enfrascada en sus asuntos, preocupada por insignificancias, sin saber que en poco más de un par de horas todo habrá terminado para ellos... –Grell suspiró de forma melancólica, como si estuviera hablando de cualquier otra cosa que no fuera la muerte de cientos de personas, y se inclinó hacia delante para apoyar los codos en la barandilla del pequeño balcón–. Nunca he estado en el descarrilamiento de un tren. Estas nuevas máquinas nos dan mucho trabajo –reflexionó, pues desde que los humanos iniciaron su revolución industrial, eran muchos los individuos que morían por accidentes relacionados con las revolucionarias maquinarias e inventos. Las fábricas ardían, los motores explotaban, el vapor quemaba, el metal aplastaba... tal parecía que los mortales estaban creando sus propios medios de extinción–. Pero parecen gustarles tanto... –en realidad, había momentos en los que el shinigami envidiaba a los humanos. Se alegraba de ser un dios de la muerte porque ello le daba ventajas como la invulnerabilidad y la joventud eterna, pero por otro lado había renunciado a muchos placeres fugaces que solo podían apreciarse desde los ojos de una criatura efímera.

Nostálgico por sus propios pensamientos, Grell se inclinó un poco más sobre la barandilla y contempló el paisaje que iban dejando atrás: multitud de árboles y unas montañas lejanas recortaban la silueta del sol, que se escondía a pequeños intervalos entre unas nubes bastante traviesas. El tiempo empeoraría en las próximas horas, quizá cayera una pequeña llovizna. Grell podía notarlo en el frescor de la brisa que le agitaba la melena, haciendo volar sus mechones escarlata.  






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Re: ▶ Even death has a heart ◀

Mensaje por artisaweapon el Miér 25 Mayo - 16:58

Even death has a heart
William T. Spears ৹ Con Grell Sutcliff

Un ligero pero notable tic se adueñó de la ceja del estricto dios de la muerte al escuchar la mención acerca de la manicura que el otro – probablemente – preferiría estar llevando a cabo en aquellos instantes. Cuando regresaran al ministerio indagaría en los motivos sobre los cuáles Ronald Knox había tenido dificultades, porque si daba la casualidad de que no tenían nada que ver con asuntos oficiales, William se encargaría de amonestarlo de todas las formas posibles y hacer que revisaran de una vez por todas aquella death scythe que tan ilegal parecía a sus ojos y que según el rubio estaba en regla porque una de las secretarias había arreglado los papeles por él.

Esperar que el pelirrojo guardase silencio habría sido como esperar que un demonio fuese civilizado, por lo que no le sorprendió en lo más mínimo que el extrovertido shinigami volviese a hablar en un intento de enfrascarle en una conversación que para el azabache, no tenía ningún sentido. ¿Por qué debería ser aquello emocionante? No disfrutaba con la muerte de los humanos, y mucho menos encontraba el trabajo emocionante. El trabajo era el trabajo, y cualquier opinión subjetiva sobre este terminaría trayéndoles más de un problema a corto o a largo plazo. Pero…Era cierto que a veces se sentía de cierta forma injusto por saber cuándo acabaría la vida de una persona mientras que la susodicha era completamente ajena a que en cuestión de segundos, la llama de su vida se vería extinta sin posibilidad de evitarlo. Pero así era la vida; tan fugaz y a la vez tan fascinante.

- De lo único que debes preocuparte es de ser capaz de juzgar sus vidas de forma imparcial, Grell Sutcliff. – sentenció, observando cómo el esbelto cuerpo del ajeno se inclinaba sobre la barandilla. – De eso…Y de no estorbarme. No permitiré que me hagas cargar con horas extra.

Lejano se sentía aquel tiempo en que ambos habían sido jóvenes inexpertos que se habían esforzado para pasar el examen de shinigamis y algunas veces, cuando la humanidad que aún residía de una forma o de otra en ellos apelaba a sus sentimientos, se planteaba el por qué debían considerar aquella vida como un castigo por el crimen que habían cometido con respecto a su vida humana puesto que muchas veces se sentía como una oportunidad para enmendar el error que habían cometido.

La húmeda brisa lo hizo salir de aquel breve instante de diatriba interna y alzó la vista al cielo tras ajustarse las gafas. Resultaba irónico que casi al final del día y con la muerte de todas aquellas criaturas, el cielo fuese a llorar su pérdida.

- Lo único positivo de todo esto es que al menos el descarrilamiento será provocado por causas naturales. - comentó, no sin cierta satisfacción que no fue evidente en el tono que utilizó. - De lo contrario, lo más probable hubiera sido tener que lidiar con el Perro Guardián de la Reina y su bestia.

Ah...Cómo los odiaba. Últimamente habían estado relacionados con ellos en varios trabajos y no era algo que a William personalmente le hiciera especial gracia, después de todo, no se le olvidaba el hecho de que había tenido que compartir tienda con el demonio en el circo. Había sido realmente molesto, y durante aquellas noches apenas había podido descansar decentemente dado que había tenido que mantenerse atento ante la perspectiva de que Sebastian no dormía y de que cualquier momento podría haber sido bueno para intentar algo que atentase contra su seguridad - o la de sus gafas - cosa que por supuesto, no había estado dispuesto a permitir.





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Re: ▶ Even death has a heart ◀

Mensaje por Hatshepsut el Vie 3 Jun - 21:18

Even death has a heart
Grell Sutcliff ৹ Con William T.Spears
Grell puso los ojos en blanco mientras William hablaba, recordándole que debía ser imparcial con sus víctimas. A veces se tomaba demasiado enserio su trabajo, pero parecía imposible hacerle cambiar de actitud. Incluso cuando no estaban de servicio, el shinigami de cabello oscuro cargaba con aquél carácter responsable, serio y severo. Además, Grell siempre procuraba hacer bien su trabajo, no necesitaba que se lo recordaran todo el tiempo... bueno, era cierto que había fallado alguna vez (o quizá varias veces), pero qué más daba. Los problemas y los asuntos inesperados siempre le añadían un poco de emoción a sus rutinarios encargos de cosecha de almas. Por otro lado, Grell tenía escaso interés en los humanos: eran aburridos, lentos y un poco tontos. No obstante, y como ocurría con todo, existían algunas excepciones. Madame Red, por ejemplo, había sido una de ellas. Con aquella mujer no había podido ser imparcial, se había implicado en sus asuntos e incluso la había ayudado a asesinar a otras personas. Todo aquello fue realmente divertido, una buena forma de matar el tiempo fuera de la oficina, pero terminó en una gran decepción. Con lo que la señorita Angelica Durless prometía... al final resultó que tenía un corazón demasiado blando, como todos los demás. Su precioso cabello rojo y su pasado trágico perdían toda la magia si no era capaz de continuar con los crímenes que la habían catapultado a convertirse en el asesino más temido de Londres, Jack el Destripador. Pese a todo, aquél episodio sirvió para que Grell conociera a Ciel Phantomhive y, más importante aún, al atractivo e indómito Sebastian Michaelis.

Pues a mi me parece una pena que no vayan a estar aquí –replicó Grell en cuanto Will mencionó, precisamente, a aquél par de individuos con los que se había topado más de una vez. Parecía que el destino siempre los ponía en su camino para complicarle y alegrarle la vida al mismo tiempo–. Me habría gustado ver a Sebas-chan después de tanto tiempo sin saber de él... –el pelirrojo suspiró de forma dramática, como si se tratara de una muchacha al recordar a su enamorado. Era normal que a alguien como William, a quien tanto incordiaban los imprevistos, no deseara la presencia del demonio, pero a Grell siempre le daba una alegría. El mero hecho de tener la oportunidad de ver su atractiva figura y contemplar su perfecto rostro, ya era una agradable sorpresa.

El extravagante shinigami esbozó una pícara sonrisa al evocar a Sebastián en su memoria. Era, con diferencia, la cosa más interesante que había encontrado desde hacía años. Su situación, además, era de lo más curiosa: un demonio que, en vez de limitarse a ir por el mundo robando almas para devorarlas, se dedicaba a hacer tratos con niños y a ejercer como un simple criado.

¿Por qué crees que lo hará, Will? –preguntó Grell de repente, atrapado por su propia curiosidad. Sin apartarse de la barandilla en la que estaba apoyado, usó una de sus manos enguantadas para aflojarse el corbatín que le envolvía el cuello. Luego, giró la cabeza y observó a su interlocutor–. ¿Por qué jugar a ser la marioneta de un crío cuando se tiene tanto poder...?






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