Últimos temas
Afiliados
|
Directorios
|
Créditos
La idea y fundación de Skipping Stone es de la antigua usuaria y administradora Aqua. Diseño de gráficos y redacción de normas, guías, etc, corre por parte del Staff. El skin, el tablón de anuncios, los perfiles y el tablón de afiliados han sido diseñados y cedidos al foro por Oswald. Las imágenes no nos pertenecen, han sido recolectadas en Deviantart en especial de faestock, So-ghislaine (dados) y webvilla (medallas), moon0727 (png Sherlock Holmes), andie-mikaelson (png Raven Reyes), Tube danimage (png Lagertha) y el tumblr fandomtransparents (png Sansa Stark). Damos también un agradecimiento en especial a los foros de recursos Glintz y Serendepity cuyos tutoriales han ayudado a crear las tablillas.
|
|
Hermanos
|
Élite
Souverain des libertés.
Página 2 de 2. • Comparte •
Página 2 de 2. •
1, 2
Souverain des libertés.
Recuerdo del primer mensaje :
souverain des libertés
Crackship | 1x1 | mozart l'opèra rock
Clasicismo musical. José II del Sacro Imperio Romano Germánico era un hombre que apreciaba la música, la degustaba como si de un exquisito manjar se tratase. Debido a esto, sus exigencias no solían escatimar en lo absoluto, proveyendo a la alta sociedad con lo mejor de su corte. Composiciones de calidad inigualable que debían entronizarlo y formar parte de los más grandes éxitos del territorio eran tan sólo una pizca de lo que su Imperio aspiraba a ofrecer. Cuando la idea (insensata desde el punto de vista de sus consejeros) de unificar los dotes de quien fuese su Maestro de Capilla con los del portentoso y joven compositor del momento, asaltó sus pensamientos, no hubo quien pudiera hacerle cambiar de opinión. El objetivo se basaba en crear la ópera más grande e impresionante del año; ¿quiénes, sino los mejores, podrían hacerlo? Después de todo estaban bajo su mando, y sólo hacía falta un simple chasquido de dedos para verlo concedido. Lo único que restaba era hacérselos saber, así que, tras ordenar los procedimientos necesarios para convocarlos, aguardó en su salón de música, careciendo de paciencia y entreteniéndose al acribillar el silencio, no sin faltarle el respeto a las partituras que descansaban frente a sus ojos sobre el piano que, inexperto, tocaba.
Antonio Salieri 32+ | Florent Mothe | L'Assasymphonie Estudió desde su infancia violín y teclado, tomando lecciones de violín a partir de 1763 con Giuseppe Simoni. Cursó estudios junto al compositor austriaco Florian Gassmann y el alemán Cristoph Willibald Gluck. Trabajó como compositor de la corte de Viena. Autor principalmente de óperas, música religiosa y cantatas, obtuvo un gran éxito en vida. Entre sus discípulos cabe destacar a Franz Liszt y al austriaco Franz Schubert. Intrigó contra Mozart al que consideraba un rival muy peligroso. Salieri es el músico más famoso y reputado de Europa hasta que irrumpe en escena el joven Mozart, ante cuyo genio se rinden las multitudes. A Salieri le corroe el éxito de Mozart, y más aún porque sabe, en el fondo de su corazón, que su rival se lo merece. | Wolfgang Amadeus Mozart 26+ | Mikelangelo Loconte | Mozart Compositor austríaco nacido en Salzburgo. Sus prodigiosas dotes musicales fueron pronto observadas por su padre, Leopold, que decidió educarlo y, simultáneamente, exhibirlo como fuente de ingresos. A la edad de seis años, Mozart ya era un intérprete avanzado de instrumentos de tecla y un eficaz violinista, al mismo tiempo que demostraba una extraordinaria capacidad para la improvisación y la lectura de partituras. Aún hoy en día se interpretan cinco pequeñas piezas para piano que compuso a aquella edad. Se ha considerado el compositor más destacado de la historia de la música occidental y su influencia fue profundísima, tanto en el mundo germánico como en el latino; su extensa producción incluye casi todos los géneros, desde el lied y las danzas alemanas hasta los conciertos para instrumento, las sinfonías y las óperas. |
© by Farah.
Última edición por Mozart el Sáb Mayo 21, 2016 12:53 am, editado 7 veces
anarchy

AvatarCamposContacto
Re: Souverain des libertés.
SOUVERAIN DES LIBERTÉS
CHAPTER II: S'IL FAUT MOURIR | RESIDENCIA MOZART
No se le escapó la sonrisa de Mozart, al fin y al cabo ni se había molestado en ocultar que se reía de él pero... ¿cuándo se había molestado el austriaco en hacerlo? De hecho, era más que probable que disfrutara haciendo ver a sus víctimas que se reía de ellas, regocijándose en su vanidad, en ser el centro de atención porque era, sencillamente, mejor. Salieri, por su parte, era completamente incapaz de entender qué beneficios le aportaba ser así. Él siempre había tratado de ser cortés y diplomático, incluso cuando alguien no le gustaba. Siempre se había guardado de expresar sus opiniones en público y a gente que no fueran de su total confianza y, a veces, incluso se negaba a compartir sus pensamientos con éstos. En cambio, Mozart era todo lo contrario, si podía lograr que toda Europa supiera que él era el mejor músico del mundo, menospreciando al resto, lo haría.
Quizás creía que el escándalo era la mejor forma de obtener algo, al fin y al cabo había sido lo que pretendía con Fígaro, ¿no? Reírse de la nobleza, humillar a la aristocracia... Pero Fígaro, sorprendentemente (teniendo en cuenta su tema, no su composición) había tenido éxito. Un éxito que Salieri no había esperado en absoluto, aunque Fígaro era, hasta la fecha, la ópera de Mozart que más le había gustado. Había pensado que la aristocracia se ofendería, que condenarían a Mozart para siempre, que fracasaría y todo el mundo en Viena le volvería la espalda. Había pensado mal, claramente. De alguna forma, Mozart se las había ingeniado para seducir al público al que insultaba sin que estos se percataran de que lo hacía. O, quizás, simplemente, le perdonaban todo. Quizás cuando eres un genio como Mozart da igual lo que hagas. Quizás por eso se dedicaba a ser irreverente, porque pensaba que no tendría consecuencias.
El austriaco, por su parte, decidió que la escala que había elegido no era la apropiada, haciendo que Salieri se preguntara si estaba cambiándola porque creería que era demasiado para él. No le extrañaría aquella actitud condescendiente viniendo de Mozart, desde luego. Aún así, no eligió Re Mayor, la más popular. Ni siquiera Sol, se decantó por otra escala: La Mayor. Y, además, decidió que él iría primero. Porque, después de su error, era impensable que Salieri lo fuera. O que tomara alguna decidión. Al italiano empezaba a resultarle realmente irritante aquellos aires de grandeza de Mozart, disponiéndolo todo a su antojo y dándole órdenes como si fuera su superior. Técnicamente, eran iguales, aunque a la hora de la verdad, fuera de aquel encargo, Salieri era el Maestro de Capilla y el director de las óperas es decir, estaba muy por encima de Mozart. Al menos jerárquicamente. ¿Por qué permitía que Mozart le humillara dándole órdenes como si no fuera más que un aprendiz?
Sin embargo, ¿cómo protestar sin parecer pueril? Probablemente eso era lo que esperaba, que protestara, que le dijera que no era nadie para tratarle así, que no tenía ningún derecho a darle órdenes. Probablemente esperaba que todo aquello acabara en una pelea que le permitiera librarse del encargo. De modo que, hablara o callara, Salieri quedaría humillado. Y odiaba aquella sensación de ser la víctima de una conspiración, especialmente una de alguien tan simple como Mozart. Probablemente era lo que se merecía, después de haber sido él el partícipe de tantos complots contra el austriaco, pero no quería aceptarlo.
─ No creo que sea necesario cambiar de escala ─ dijo, antes de que Mozart empezara a tocar. ─ ¿O acaso es no te ves capaz de continuar? ─ inquirió, tratado de aparentar una tranquilidad que no tenía. De haber estado tranquilo, probablemente no hubiera hecho un comentario tan directo. Pero en aquellos momentos su honor era más importante que la sutilidad y sabía (o esperaba) que Mozart cejara en su intento de cambiar la escala y disponer de todo al sentirse retado.
Salvo por su estúpido error, Salieri estaba convencido de que lo que había tocado era de lo mejor que había hecho en los últimos días, estaba convencido de que aquellas notas encajaban perfectamente con los compases que había tocado Mozart como introducción. Y, teniendo en cuenta lo duramente que se juzgaba, no creía estar equivocado.
Quizás creía que el escándalo era la mejor forma de obtener algo, al fin y al cabo había sido lo que pretendía con Fígaro, ¿no? Reírse de la nobleza, humillar a la aristocracia... Pero Fígaro, sorprendentemente (teniendo en cuenta su tema, no su composición) había tenido éxito. Un éxito que Salieri no había esperado en absoluto, aunque Fígaro era, hasta la fecha, la ópera de Mozart que más le había gustado. Había pensado que la aristocracia se ofendería, que condenarían a Mozart para siempre, que fracasaría y todo el mundo en Viena le volvería la espalda. Había pensado mal, claramente. De alguna forma, Mozart se las había ingeniado para seducir al público al que insultaba sin que estos se percataran de que lo hacía. O, quizás, simplemente, le perdonaban todo. Quizás cuando eres un genio como Mozart da igual lo que hagas. Quizás por eso se dedicaba a ser irreverente, porque pensaba que no tendría consecuencias.
El austriaco, por su parte, decidió que la escala que había elegido no era la apropiada, haciendo que Salieri se preguntara si estaba cambiándola porque creería que era demasiado para él. No le extrañaría aquella actitud condescendiente viniendo de Mozart, desde luego. Aún así, no eligió Re Mayor, la más popular. Ni siquiera Sol, se decantó por otra escala: La Mayor. Y, además, decidió que él iría primero. Porque, después de su error, era impensable que Salieri lo fuera. O que tomara alguna decidión. Al italiano empezaba a resultarle realmente irritante aquellos aires de grandeza de Mozart, disponiéndolo todo a su antojo y dándole órdenes como si fuera su superior. Técnicamente, eran iguales, aunque a la hora de la verdad, fuera de aquel encargo, Salieri era el Maestro de Capilla y el director de las óperas es decir, estaba muy por encima de Mozart. Al menos jerárquicamente. ¿Por qué permitía que Mozart le humillara dándole órdenes como si no fuera más que un aprendiz?
Sin embargo, ¿cómo protestar sin parecer pueril? Probablemente eso era lo que esperaba, que protestara, que le dijera que no era nadie para tratarle así, que no tenía ningún derecho a darle órdenes. Probablemente esperaba que todo aquello acabara en una pelea que le permitiera librarse del encargo. De modo que, hablara o callara, Salieri quedaría humillado. Y odiaba aquella sensación de ser la víctima de una conspiración, especialmente una de alguien tan simple como Mozart. Probablemente era lo que se merecía, después de haber sido él el partícipe de tantos complots contra el austriaco, pero no quería aceptarlo.
─ No creo que sea necesario cambiar de escala ─ dijo, antes de que Mozart empezara a tocar. ─ ¿O acaso es no te ves capaz de continuar? ─ inquirió, tratado de aparentar una tranquilidad que no tenía. De haber estado tranquilo, probablemente no hubiera hecho un comentario tan directo. Pero en aquellos momentos su honor era más importante que la sutilidad y sabía (o esperaba) que Mozart cejara en su intento de cambiar la escala y disponer de todo al sentirse retado.
Salvo por su estúpido error, Salieri estaba convencido de que lo que había tocado era de lo mejor que había hecho en los últimos días, estaba convencido de que aquellas notas encajaban perfectamente con los compases que había tocado Mozart como introducción. Y, teniendo en cuenta lo duramente que se juzgaba, no creía estar equivocado.
© by Farah.
- Spoiler:
- No sé si lo sabías, yo me enteré el otro día pero me hizo mucha gracia bc reasons XD (?) Fa Mayor es la tonalidad natural del corno di bassetto, que era uno de los instrumentos de los que más abusaba Mozart porque era como el instrumento por excelencia de la masonería?¿?¿ Y el que lo tocaba en la orquesta del teatro este de las óperas era super amigo de Mozart y también masón XD Salieri casi no usaba el corno, por otro lado. Tampoco era masón obsl (???)

Re: Souverain des libertés.
con Antonio Salieri en residencia mozart, xviii.
Wolfgango encontró cierto esparcimiento en el reto expedido por Salieri. No sería la primera ocasión, ni la última, en la que sus enemigos intentaran ponerlo en evidencia. No sería la primera ocasión, ni la última, en la que su interlocutor resultara ofendido debido a sus imprudentes comentarios, intentando derrocar sus aserciones, desairando no sólo su conducta, sino también menospreciando su talento. ¿Cuántos habían sido los asnos que lo consideraban menos que un sirviente, un simple principiante enclenque? Si los pudiera contar con los dedos de las manos... ¡Tendría tantos que sería incluso más capaz de complacer a las féminas!
Durante algunos breves instantes de evocación pudo escuchar las voces estridentes de los franceses mofarse de él, pese a que el hombre de facciones nocturnas hubiera utilizado un tono mucho más estoico y menos burlesco. El compositor referido pertenecía a aquél mundo privilegiado que, según su criterio, no eran más que simples bufones, así que no era de extrañarse que se sintiera con el derecho. Un derecho cuya existencia se había decidido a pisotear sin importar el número de personas levantando sus índices para señalarlo.
No; Wolfgango esta vez no cedió a la sensación abrasadora de la ira incinerando sus venas. Después de todo, a fin de mantenerse victorioso por sobre todos los impedimentos, había actuado en espera de una reacción totalmente impredecible. Por consiguiente, se encontraba indispuesto a ceder a las provocaciones. Tras un minúsculo e invisible suspiro le observo lánguidamente, arrebujando en su memoria un sinfín de frases con un excesivo contenido de irreverencia. Sólo entonces comenzó a reproducir los acordes en Fa mayor, jamás desprendiendo el contacto visual de su acompañante. Replicó con exactitud la cadencia de notas que Salieri había elaborado como parte de su exposición.
— Au contraire, Salieri —el siguiente arpegio que prosiguió a su contestación fue ese en donde el compositor de origen italiano había fallado una nota, desentonando por una fracción de segundo la melodía digitada. Al ejecutarla adecuadamente, e incluso añadiendo unas cuantas florituras más enmarañadas, añadió curvando su ceja derecha— ¿Y tú? —ningún rastro de enfado centelleó en su mirada. El sentimiento preponderante que definía su máscara facial era el de la altaneria, pero sólo Dios sabía lo mucho que estaba disfrutando su pequeña revancha. Un honor herido era la última dolencia que volvería a permitirse.
En realidad ceder a una escala u otra representaba la cuestión más trivial de todas y, al notar que Salieri no terminó por renunciar del todo, la opción restante suponía que, Fa o La, Mozart seguía poseyendo la batuta, lo cual era el verdadero objetivo. Difícilmente se permitiría actuar por completo bajo las órdenes de la corte, siendo el músico más prestigioso de la misma quien se encontraba sentado a su lado. No se trataba de cualquier mequetrefe; eso lo tenía bastante claro. Y es que en absoluto recurrió a la hipocresía cuando apreció en voz alta el trabajo ajeno.
No dejó de tocar, por lo que, en el momento deseado, Antonio sería capaz de acompañarle, infiriéndose así decisiva la escala a utilizar y que tanto desorden había engendrado a su rededor— Me aburre lo ordinario —estableció en medio de su composición a favor de dejar claros los porqués de su insistencia, indiferentemente del mensaje que pudiese interpretarse, para bien o para mal—, sobre todo porque deseo realizar grandes óperas o ninguna; nada en el medio —y concluyó, extraviado en sus propios movimientos:— No pretendo que esta sea la excepción —vivir y respirar la música con la majestuosidad que sólo ella podía merecerse, pensó.
Durante algunos breves instantes de evocación pudo escuchar las voces estridentes de los franceses mofarse de él, pese a que el hombre de facciones nocturnas hubiera utilizado un tono mucho más estoico y menos burlesco. El compositor referido pertenecía a aquél mundo privilegiado que, según su criterio, no eran más que simples bufones, así que no era de extrañarse que se sintiera con el derecho. Un derecho cuya existencia se había decidido a pisotear sin importar el número de personas levantando sus índices para señalarlo.
No; Wolfgango esta vez no cedió a la sensación abrasadora de la ira incinerando sus venas. Después de todo, a fin de mantenerse victorioso por sobre todos los impedimentos, había actuado en espera de una reacción totalmente impredecible. Por consiguiente, se encontraba indispuesto a ceder a las provocaciones. Tras un minúsculo e invisible suspiro le observo lánguidamente, arrebujando en su memoria un sinfín de frases con un excesivo contenido de irreverencia. Sólo entonces comenzó a reproducir los acordes en Fa mayor, jamás desprendiendo el contacto visual de su acompañante. Replicó con exactitud la cadencia de notas que Salieri había elaborado como parte de su exposición.
— Au contraire, Salieri —el siguiente arpegio que prosiguió a su contestación fue ese en donde el compositor de origen italiano había fallado una nota, desentonando por una fracción de segundo la melodía digitada. Al ejecutarla adecuadamente, e incluso añadiendo unas cuantas florituras más enmarañadas, añadió curvando su ceja derecha— ¿Y tú? —ningún rastro de enfado centelleó en su mirada. El sentimiento preponderante que definía su máscara facial era el de la altaneria, pero sólo Dios sabía lo mucho que estaba disfrutando su pequeña revancha. Un honor herido era la última dolencia que volvería a permitirse.
En realidad ceder a una escala u otra representaba la cuestión más trivial de todas y, al notar que Salieri no terminó por renunciar del todo, la opción restante suponía que, Fa o La, Mozart seguía poseyendo la batuta, lo cual era el verdadero objetivo. Difícilmente se permitiría actuar por completo bajo las órdenes de la corte, siendo el músico más prestigioso de la misma quien se encontraba sentado a su lado. No se trataba de cualquier mequetrefe; eso lo tenía bastante claro. Y es que en absoluto recurrió a la hipocresía cuando apreció en voz alta el trabajo ajeno.
No dejó de tocar, por lo que, en el momento deseado, Antonio sería capaz de acompañarle, infiriéndose así decisiva la escala a utilizar y que tanto desorden había engendrado a su rededor— Me aburre lo ordinario —estableció en medio de su composición a favor de dejar claros los porqués de su insistencia, indiferentemente del mensaje que pudiese interpretarse, para bien o para mal—, sobre todo porque deseo realizar grandes óperas o ninguna; nada en el medio —y concluyó, extraviado en sus propios movimientos:— No pretendo que esta sea la excepción —vivir y respirar la música con la majestuosidad que sólo ella podía merecerse, pensó.
SOUVERAIN DES LIBERTÉS
Última edición por Mozart el Jue Mayo 19, 2016 4:04 pm, editado 3 veces
anarchy

AvatarCamposContacto
Re: Souverain des libertés.
SOUVERAIN DES LIBERTÉS
CHAPTER II: S'IL FAUT MOURIR | RESIDENCIA MOZART
Afortunadamente (y como era de esperar) Mozart cayó en la trampa, si verdaderamente podía llamarlo así. El caso era que había hecho lo que él quería, continuar en la escala del principio y no cambiarla (por lo que tampoco tendría que seguir dando órdenes como si estuviera al cargo). Por desgracia, tampoco era un plan maestro, precisamente.
Salieri era consciente de que Mozart era incapaz de rechazar un desafío. Su honor (o estupidez) le hacían fácilmente manipulable en ese aspecto, por mucho que asegurara ser libre. Solo bastaba prohibirle algo para que hiciera justo lo contrario o, en este caso, retarle. Aun así, Salieri sabía que no podía subestimar a su enemigo, no cuando éste había demostrado de sobra que también sabía cómo dar con sus puntos débiles, fuera de forma intencionada o completamente accidental.
Por otra parte, Salieri no creía que Mozart tuviera el control de la situación. Si bien era una escala que el austriaco había elegido, había sido solo porque él le había preguntado. Había sido Salieri, no Mozart, el que había decidido que el austriaco fuera el que decidiese en qué tonalidad tocar. Sin su beneplácito, probablemente hubieran acabado discutiendo porque estaba claro que no compartían el mismo punto de vista. Sin embargo, Salieri quería acabar con aquello cuanto antes, de modo que si podía evitar peleas por diferencias de opiniones, tanto mejor. Además, con aquello contentaba a Mozart, como cuando uno engaña a un niño dándole una golosina para que se olvide de que desea un juguete.
Porque Mozart era un niño, lo dejaba claro en cada palabra que salía de sus labios, en cada movimiento, en cada acción. Salieri se mantuvo impasible cuando el austriaco arregló su error anterior, aquella cacofonía que Mozart (le) recordaría por el resto de su existencia. Se mantuvo impasible cuando le dirigió aquella mirada, burlona y descarada. Y se mantuvo impasible al escuchar aquellas palabras cargadas de burla.
Por supuesto, la ira le quemaba por dentro, pero se negaba a complacer a Mozart haciéndoselo ver. Había aprendido a vivir con aquella sensación, con la ira y el odio (no a Mozart, era incapaz de odiar a Mozart; se odiaba a sí mismo, a su incapacidad musical, a la mediocridad que le amputaba la creatividad y le asfixiaba el alma) bullendo en su interior. Podía aguantar las burlas de Mozart porque, al fin y al cabo, no eran nada comparadas con el desprecio que sentía hacia sí mismo.
Aun así, las palabras de Mozart no ayudaban en absoluto a calmarse. ¿Estaba llamándole ordinario? ¿Aburrido? ¿Estaba diciendo que sus óperas no eran grandes? ¿Insinuaba que por su culpa aquella obra podía ser una excepción y que no iba a permitir aquello? Desde luego, Salieri no tenía ninguna intención de hacer de aquella obra un fracaso, más bien lo contrario. En realidad, aquel encargo era un fracaso desde el mismo momento en el que Su Majestad la había propuesto, el reto estaba en hacer lo imposible, transformarla en algo que fuera recordado.
Salieri deseaba que aquella ópera le devolviera a aquellos tiempos en los que había escrito Les Danaides, aquellos tiempos donde su la gente había creído que dicha obra había sido escrita por la pluma de Gluck, su compositor predilecto, el hombre que lo había tomado como protegido años atrás y en el que había soñado convertirse. Sí, Salieri albergaba la esperanza de poder vencer aquella crisis… Porque quería creer que era una crisis. No quería pensar que Les Danaides había sido aclamada por ser “de Gluck”, y no por su propio mérito, quería creer que sus óperas con éxito habían sido producto de su genio, no de su relación con el Emperador… Porque aquello era lo único que lo mantenía cuerdo.
Momentos atrás había logrado entrever la salvación al tocar aquellos compases. Y luego había tocado una nota disonante, una nota maldita que había apagado la débil llama de esperanza. Pero las ascuas seguían allí, y si lograba reavivar el fuego…
─ Eso espero ─ asintió, ignorando la pulla, no iba a caer en una provocación tan ridícula ─ Nunca he decepcionado a Su Majestad. No permitiré que haya una primera vez. ─ agregó, mientras alzaba las manos para continuar la melodía.
Si dijo aquello último, no fue solo para hacerle ver a Mozart que él tampoco toleraría errores, ni para recordarle que, si estaban haciendo eso, era porque así era la voluntad de José II y que, dijera lo que dijera, no era libre. Tampoco Salieri lo era, desde luego. De hecho, aquella última frase era sincera, mucho más sincera de lo que cualquiera podría pensar. El Emperador había hecho por él tanto que Salieri dudaba que algún día pudiera agradecérselo lo suficiente, al igual que tampoco pudo agradecerle a Gassman lo que había hecho por él. Aquellos dos hombres habían hecho de un niño huérfano nacido en una humilde familia italiana, el Maestro de Capilla, entre los otros títulos que ostentaba.
Sin embargo, Salieri no solo sentía admiración, aprecio y gratitud hacia el Emperador, también sentía miedo. Había conocido a José II cuando no tenía más que quince años, y más de la mitad de su vida había sido alguien cada vez más cercano al Emperador. Precisamente por ello sabía que éste era un hombre caprichoso y volátil, y era consciente de que debía tener cuidado y pensar todos sus actos, calcular todas sus palabras, para que el Emperador no decidiera prescindir de él. Su futuro, su carrera, su vida dependía del favor del Emperador, de modo que no podía fallar. Mozart se jugaba su honor, quizás, su reputación, si es que eso le importaba. Salieri se jugaba todo. Todo lo que le quedaba, al menos.
Y no pensaba perderlo.
© by Farah.
- Spoiler:
- Tú me quieres matar a Salieri de un disgusto antes de empezar (?) Lo de alemán no tendría mucho sentido bc Da Ponte y bc la troupe del Burgtheatre era italiana porque José II básicamente instauró la dictadura de la opera buffa
porque todo el mundo estaba confabulado contra Mozart obsl(?) El resto vale porque Salieri es un mártir de la vida (???)

Re: Souverain des libertés.
con Antonio Salieri en residencia mozart, xviii.
La sinceridad de Mozart no tenía fecha de caducidad, en ocasiones siendo excesivamente directa y otras tantas disfrazada con ironías lacerantes, mas sin desfigurar el mensaje. Hacía uso del escarnio con el fin de mostrarse en desacuerdo con ciertas actitudes y pensamientos, nunca llegando a sentir una pizca de culpa o de arrepentimiento. ¡Borrego fuese si abandonase sus propios principios!
Justo ahora, no obstante, había sido lo más transparente posible, eludiendo cualquier artificio, satisfaciéndose al advertir que sus palabras crearon el impacto deseado sobre su acompañante. Encontraba regocijo al saberse escuchado, pero sobre todo contemplado, como si la necesidad por hacerse notar fluyera imperativamente a través de su sistema nervioso. Se trataba del viaje ensordecedor de un proyectil antes de estamparse contra su objetivo.
Rostros distorsionados por la ofensa o la ira solían ser los predominantes en el juego de los dimes y diretes. Siempre tan inconformes, tan humillados. Sin embargo, el caso de Antonio parecía no dar competencia alguna, devastando las demás reacciones..., haciéndolas hilarantes. Una expresión tan plana pero que al mismo tiempo anhelaba con revelar tanto. Difícilmente sucumbía a los desafíos, manteniéndose inmune a los factores externos de la vida. Debido a ello, Mozart sentía mucho más placer en comparación del resto al verlo estremecerse con gestos sobrios en su afán por reprimir cualquier emoción que delatara demasiado.
Asintió estableciendo el compás, digiriendo el peso de la declaración ajena. Sus dedos se movían poseídos por el instinto natural de su talento, dejando que su entorno se sumergiera en la naciente composición de ambos músicos. La obertura no necesitaba compaginar con el resto de la temática, mas no por ello carecía de gracia propia. La forma que ésta adquiría con el paso de los segundos era bastante sugestiva, con opción a terminar siendo un fragmento digno de admiración.
Independientemente del conflicto, el cual no pensaba olvidar por tan simples razones, se dedicó durante aquellos precarios momentos a mover una pieza más dentro del juego impuesto a voces calladas para sí mismo, travieso, resbalando sus dedos sobre las teclas hasta haberse posicionado sobre los ajenos. Una caricia en absoluto creada para ser desapercibida. Pudo haberse tratado de instante, pero la calidez de su piel picó graciosamente ante el contacto frío que Salieri proveía. Todo, una vez más, inspirado por la curiosidad.
— Oh, su Majestad —imitó el supuesto tono respetuoso— Vuestra Grandeza Serenísima —puso una mano en su propio pecho, enfatizando— ¡Cuán terrible sería caer de su santísima gracia! —pese a que en parte sabía, era cierto, también mantenía la idea de que, cuando se trata de música, no hay quien deba resultar más complacido que uno mismo y a su público en general— ¿Qué hay de ti, Salieri? —inquirió inclinándose levemente, desconociendo el espacio personal— ¿Estás dispuesto a decepcionarte por complacer a otros?
La pregunta rayaba en lo descarado, en traspasar la línea del respeto. Después de todo no eran amigos, e implicar semejante percepción corría el riesgo de ser aceptada como una ofensa. En cantidades descomunales al estar involucrado el Emperador. José II no estaba hecho del mismo material que el Arzobispo de Salzburgo, pero, ¿cuál era la novedad? Una vez más, la fama espontánea de Mozart lo precedía. Disfrutaba así de una concepción en demasía firme al respecto, cuya presencia se haría notar durante el transcurso de la conversación debido a las experiencias que sus ideales le habían brindado.
Justo ahora, no obstante, había sido lo más transparente posible, eludiendo cualquier artificio, satisfaciéndose al advertir que sus palabras crearon el impacto deseado sobre su acompañante. Encontraba regocijo al saberse escuchado, pero sobre todo contemplado, como si la necesidad por hacerse notar fluyera imperativamente a través de su sistema nervioso. Se trataba del viaje ensordecedor de un proyectil antes de estamparse contra su objetivo.
Rostros distorsionados por la ofensa o la ira solían ser los predominantes en el juego de los dimes y diretes. Siempre tan inconformes, tan humillados. Sin embargo, el caso de Antonio parecía no dar competencia alguna, devastando las demás reacciones..., haciéndolas hilarantes. Una expresión tan plana pero que al mismo tiempo anhelaba con revelar tanto. Difícilmente sucumbía a los desafíos, manteniéndose inmune a los factores externos de la vida. Debido a ello, Mozart sentía mucho más placer en comparación del resto al verlo estremecerse con gestos sobrios en su afán por reprimir cualquier emoción que delatara demasiado.
Asintió estableciendo el compás, digiriendo el peso de la declaración ajena. Sus dedos se movían poseídos por el instinto natural de su talento, dejando que su entorno se sumergiera en la naciente composición de ambos músicos. La obertura no necesitaba compaginar con el resto de la temática, mas no por ello carecía de gracia propia. La forma que ésta adquiría con el paso de los segundos era bastante sugestiva, con opción a terminar siendo un fragmento digno de admiración.
Independientemente del conflicto, el cual no pensaba olvidar por tan simples razones, se dedicó durante aquellos precarios momentos a mover una pieza más dentro del juego impuesto a voces calladas para sí mismo, travieso, resbalando sus dedos sobre las teclas hasta haberse posicionado sobre los ajenos. Una caricia en absoluto creada para ser desapercibida. Pudo haberse tratado de instante, pero la calidez de su piel picó graciosamente ante el contacto frío que Salieri proveía. Todo, una vez más, inspirado por la curiosidad.
— Oh, su Majestad —imitó el supuesto tono respetuoso— Vuestra Grandeza Serenísima —puso una mano en su propio pecho, enfatizando— ¡Cuán terrible sería caer de su santísima gracia! —pese a que en parte sabía, era cierto, también mantenía la idea de que, cuando se trata de música, no hay quien deba resultar más complacido que uno mismo y a su público en general— ¿Qué hay de ti, Salieri? —inquirió inclinándose levemente, desconociendo el espacio personal— ¿Estás dispuesto a decepcionarte por complacer a otros?
La pregunta rayaba en lo descarado, en traspasar la línea del respeto. Después de todo no eran amigos, e implicar semejante percepción corría el riesgo de ser aceptada como una ofensa. En cantidades descomunales al estar involucrado el Emperador. José II no estaba hecho del mismo material que el Arzobispo de Salzburgo, pero, ¿cuál era la novedad? Una vez más, la fama espontánea de Mozart lo precedía. Disfrutaba así de una concepción en demasía firme al respecto, cuya presencia se haría notar durante el transcurso de la conversación debido a las experiencias que sus ideales le habían brindado.
SOUVERAIN DES LIBERTÉS
anarchy

AvatarCamposContacto
Re: Souverain des libertés.
SOUVERAIN DES LIBERTÉS
CHAPTER II: S'IL FAUT MOURIR | RESIDENCIA MOZART
Salieri podría haber seguido tocando perfectamente si no hubiera sido por el hecho de que Mozart le tocó. O quizás podría haberlo hecho si tan solo hubiera sido un roce producto del hecho de que ambos estaban tocando a la vez, pero no era así. Primero, porque Mozart no habría cometido un error tan estúpido que le hiciera aproximarse a unas notas que ya estaba tocando él. Segundo, porque el contacto fue lo suficientemente prolongado como para que Salieri se quedara petrificado. Afortunadamente, que el piano fuera cuerda percutida hizo menos evidente el hecho de que era incapaz de moverse, no permitiendo que la vibración de la cuerda le delatara.
La mano de Mozart quemaba. No como el fuego, el fuego calcinaba y se propagaba. El fuego era evidente, abrasador... Aquello era peor, mucho peor. Cuando el fuego te alcanza, puedes apagarlo. En cambio, Salieri era incapaz de apartar la mano. Era como quemarse con hielo, duele y deseas huir, pero estás pegado a él porque tu piel empieza a congelarse, convirtiéndose en un cristal más de los muchos que componen el bloque.
Pese a que la mano de Mozart se fue con la misma rapidez con la que había aparecido, a Salieri aquel segundo se le hizo eterno. Quizás porque durante aquel instante un millar de pensamientos cruzaron su mente. ¿Por qué le tocaba? ¿Qué pretendía? ¿Reírse de él? ¿Tratarlo como a una de las mujeres con las que se acostaba? ¿Como si no fuera más que una maldita prostituta? Porque Salieri, aunque no estaba especialmente versado en el tema del amor, era consciente de que aquello era una caricia , algo en absoluto inocente.
Lo que no sabía era el motivo que llevaba a Mozart a hacer aquello. Ya había expresado antes que era vulgar, ¿no era así? Quizás quería enfatizar aquella afirmación, ¿qué había más vulgar que una prostituta que permitía que cualquiera la tocase con la misma desvergüenza con la que Mozart le había tocado a él? Irónicamente, él, al no haber sido capaz de apartarse, no era mucho mejor que esas mujeres. Tratando de enmendar su error, retiró la mano del piano. Tarde, por supuesto. Cuando Mozart ya había cambiado de tema, y de víctima.
En cierto modo, Salieri lo agradeció. Escuchar tamaña falta de respeto al Emperador hizo que se olvidara momentaneamente de lo que acababa de ocurrir, aunque seguía sintiendo la huella del contacto con Mozart en la mano, que cubrió con la otra, haciendo una ligera presión, como si aquello fuera a borrar todo rastro de lo ocurrido.
Por supuesto, no lo hacía. La cercanía con Mozart tampoco ayudaba. Salieri no sabía a qué estaba jugando exactamente, pero no le gustaba. Se reacomodó en el banco, tratando de alejarse lo más posible de Mozart sin llegar a ser exagerado. Sin embargo, tenía la sensación de que hasta que no saliera de aquella habitación y se internara en las calles de la capital austriaca, aquella sensación de incomodidad no iba a dejar de crecer.
— No me decepciono para complacer a otros — declaró, sonando sorprendentemente calmado para cómo se encontraba internamente. — Afortunadamente, a los otros les gusta mi trabajo, por lo que puedo crear lo que me place y encontrar apoyo y aprecio en mis creaciones. — explicó, tratando hacer que sus palabras sonaran más inocentes de lo que realmente eran.
Aquello era cierto. Más o menos. Desde luego, Salieri había tenido óperas que habían sido completos fracasos, pero nunca había escrito nada que no fuera lo que él quería escribir. Si se decepcionaba, era por su escaso talento, no por "venderse", como sugería Mozart. De hecho de vez en cuando le gustaba revisar sus obras, en busca de fallos que había cometido cuando las había escrito, y no había mejor sensación que poder solucionar uno de aquellos errores, aunque nadie fuera a escucharlos de nuevo porque esas óperas no tenían muchas esperanzas de ser revividas. Salieri deseaba ser perfecto, pero aquello era imposible, estaba lleno de imperfecciones. Y no eran imperfecciones como las de Mozart, imperfecciones que no eran más que genialidad. No, eran imperfecciones que tan solo le recordaban lo insuficiente que era.
Sin embargo, no pudo evitar decir aquello, decirle a Mozart que por muy genial que fuera, la gente lo prefería a él, al imperfecto, al mediocre. Era ridículo enorgullecerse de eso y, a decir verdad, Salieri no estaba en absoluto orgulloso. Pero sí que encontraba cierta catarsis en frustrar a Mozart, en devolverle los golpes que había recibido desde que había entrado en aquella habitación.
La mano de Mozart quemaba. No como el fuego, el fuego calcinaba y se propagaba. El fuego era evidente, abrasador... Aquello era peor, mucho peor. Cuando el fuego te alcanza, puedes apagarlo. En cambio, Salieri era incapaz de apartar la mano. Era como quemarse con hielo, duele y deseas huir, pero estás pegado a él porque tu piel empieza a congelarse, convirtiéndose en un cristal más de los muchos que componen el bloque.
Pese a que la mano de Mozart se fue con la misma rapidez con la que había aparecido, a Salieri aquel segundo se le hizo eterno. Quizás porque durante aquel instante un millar de pensamientos cruzaron su mente. ¿Por qué le tocaba? ¿Qué pretendía? ¿Reírse de él? ¿Tratarlo como a una de las mujeres con las que se acostaba? ¿Como si no fuera más que una maldita prostituta? Porque Salieri, aunque no estaba especialmente versado en el tema del amor, era consciente de que aquello era una caricia , algo en absoluto inocente.
Lo que no sabía era el motivo que llevaba a Mozart a hacer aquello. Ya había expresado antes que era vulgar, ¿no era así? Quizás quería enfatizar aquella afirmación, ¿qué había más vulgar que una prostituta que permitía que cualquiera la tocase con la misma desvergüenza con la que Mozart le había tocado a él? Irónicamente, él, al no haber sido capaz de apartarse, no era mucho mejor que esas mujeres. Tratando de enmendar su error, retiró la mano del piano. Tarde, por supuesto. Cuando Mozart ya había cambiado de tema, y de víctima.
En cierto modo, Salieri lo agradeció. Escuchar tamaña falta de respeto al Emperador hizo que se olvidara momentaneamente de lo que acababa de ocurrir, aunque seguía sintiendo la huella del contacto con Mozart en la mano, que cubrió con la otra, haciendo una ligera presión, como si aquello fuera a borrar todo rastro de lo ocurrido.
Por supuesto, no lo hacía. La cercanía con Mozart tampoco ayudaba. Salieri no sabía a qué estaba jugando exactamente, pero no le gustaba. Se reacomodó en el banco, tratando de alejarse lo más posible de Mozart sin llegar a ser exagerado. Sin embargo, tenía la sensación de que hasta que no saliera de aquella habitación y se internara en las calles de la capital austriaca, aquella sensación de incomodidad no iba a dejar de crecer.
— No me decepciono para complacer a otros — declaró, sonando sorprendentemente calmado para cómo se encontraba internamente. — Afortunadamente, a los otros les gusta mi trabajo, por lo que puedo crear lo que me place y encontrar apoyo y aprecio en mis creaciones. — explicó, tratando hacer que sus palabras sonaran más inocentes de lo que realmente eran.
Aquello era cierto. Más o menos. Desde luego, Salieri había tenido óperas que habían sido completos fracasos, pero nunca había escrito nada que no fuera lo que él quería escribir. Si se decepcionaba, era por su escaso talento, no por "venderse", como sugería Mozart. De hecho de vez en cuando le gustaba revisar sus obras, en busca de fallos que había cometido cuando las había escrito, y no había mejor sensación que poder solucionar uno de aquellos errores, aunque nadie fuera a escucharlos de nuevo porque esas óperas no tenían muchas esperanzas de ser revividas. Salieri deseaba ser perfecto, pero aquello era imposible, estaba lleno de imperfecciones. Y no eran imperfecciones como las de Mozart, imperfecciones que no eran más que genialidad. No, eran imperfecciones que tan solo le recordaban lo insuficiente que era.
Sin embargo, no pudo evitar decir aquello, decirle a Mozart que por muy genial que fuera, la gente lo prefería a él, al imperfecto, al mediocre. Era ridículo enorgullecerse de eso y, a decir verdad, Salieri no estaba en absoluto orgulloso. Pero sí que encontraba cierta catarsis en frustrar a Mozart, en devolverle los golpes que había recibido desde que había entrado en aquella habitación.
© by Farah.
- Spoiler:
- Lo de abandonar el singspiel fue en el 83 XD Así que me parece bien lo del 86 (?)

Página 2 de 2. •
1, 2
Página 2 de 2.
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.





































































» —Follow me to the dark
» Metal Brain
» His number is six hundred threescore and six
» ➵ Paint it Black
» Xmen borrador
» 16.Like mother like son
» (AU) The Words
» (AU) We make the perfect pair.
» Road to nowhere.
» Bloody lords[+18]
» Like a gun loves bullets
» You and i we Maximoffs we have each other.
» >> See through me.
» — Water and oil.