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El búho blanco
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El búho blanco
Labyrinth El Búho Blanco King_Of_Goblins con Moonatic por la Tarde en El castillo más allá de la ciudad de los Goblins |
Los días eran siempre iguales para Jareth en el Castillo más allá de la Cuidad de los Goblins. Gritos, graznidos, risas exageradas, ruido y más ruido, y vuelta a empezar… Y hoy no iba a ser un día diferente a los demás, eso era algo que el rey de los goblins daba por sentado.
Como cada día tenía un revuelo de goblins a su alrededor riendo, saltando, gritando, armando jaleo y él, como siempre, se encontraba sentado en su trono, con la pierna izquierda apoyada en el brazo de este y la cabeza acomodada en el respaldo, los observaba sin prestarles demasiada atención. En su mano derecha sujetaba su cetro, el cual alzaba un poco para dejarlo caer luego, dando pequeños golpes en el suelo, golpes que se perdían entre el ruido del ambiente.
Recordaba sus primeros días como rey y lo divertido que era todo en aquella época. Los goblins le divertían y no eran más que una mezcla de carne y metal que solo querían comer, beber y dormir. Suspiró con pesar, dejando a un lado la altanería típica con la que solía tratar a los pobres necios que se atrevían a cruzar los muros de su laberinto, el cual él mismo había levantado con el fin de proteger su castillo, dejando ver como se sentía en realidad después de tantos años ocupando aquel trono. Con la mirada perdida en el gran y circular salón, llevó su mano libre hasta su rostro, dejando su barbilla apoyada en ella. El castillo, el laberinto, los goblins… Jareth era incapaz de recordar otra cosa, ya que prácticamente toda su vida había girado en torno a esas tres cosas. Volvió a suspirar, echando la cabeza hacia atrás. Nadie era consciente de como se sentía en realidad, de lo que necesitaba. Solo quería reír, divertirse, como antaño lo hacía. Como cuando los humanos le llamaban noche sí y noche también para que se levara a sus niños a su castillo, esos sí que eran buenos tiempos, pero ahora ya no le recordaban. Ahora solo era un simple cuento, algo que usaban para asustar a los niños traviesos que no querían irse a la cama. Y sus súbditos tampoco conocían su pesar, los goblins solo eran criaturas estúpidas que se movían por su propio placer y que eran incapaces de ver más allá de sus horrendas narices.
El ruido era cada vez más grande, y con él crecía su pesar. Se removió en su asiento y giró su cabeza hacia la ventana, desde la cual podía ver su extenso laberinto. Se sentía cada vez más apesadumbrado, notando como los años se le venían encima y no era capaz de hacer nada para remediarlo. Pero como él mismo decía, nunca des las cosas por sentando. Jareth había sido el primero en caer en su propia trampa, ya que no sabía que dentro de muy poco su vida iba a cambiar, al punto que iba a ser capaz de darle todo lo que era suyo a una persona a la que, de momento, ni siquiera conocía.
Como cada día tenía un revuelo de goblins a su alrededor riendo, saltando, gritando, armando jaleo y él, como siempre, se encontraba sentado en su trono, con la pierna izquierda apoyada en el brazo de este y la cabeza acomodada en el respaldo, los observaba sin prestarles demasiada atención. En su mano derecha sujetaba su cetro, el cual alzaba un poco para dejarlo caer luego, dando pequeños golpes en el suelo, golpes que se perdían entre el ruido del ambiente.
Recordaba sus primeros días como rey y lo divertido que era todo en aquella época. Los goblins le divertían y no eran más que una mezcla de carne y metal que solo querían comer, beber y dormir. Suspiró con pesar, dejando a un lado la altanería típica con la que solía tratar a los pobres necios que se atrevían a cruzar los muros de su laberinto, el cual él mismo había levantado con el fin de proteger su castillo, dejando ver como se sentía en realidad después de tantos años ocupando aquel trono. Con la mirada perdida en el gran y circular salón, llevó su mano libre hasta su rostro, dejando su barbilla apoyada en ella. El castillo, el laberinto, los goblins… Jareth era incapaz de recordar otra cosa, ya que prácticamente toda su vida había girado en torno a esas tres cosas. Volvió a suspirar, echando la cabeza hacia atrás. Nadie era consciente de como se sentía en realidad, de lo que necesitaba. Solo quería reír, divertirse, como antaño lo hacía. Como cuando los humanos le llamaban noche sí y noche también para que se levara a sus niños a su castillo, esos sí que eran buenos tiempos, pero ahora ya no le recordaban. Ahora solo era un simple cuento, algo que usaban para asustar a los niños traviesos que no querían irse a la cama. Y sus súbditos tampoco conocían su pesar, los goblins solo eran criaturas estúpidas que se movían por su propio placer y que eran incapaces de ver más allá de sus horrendas narices.
El ruido era cada vez más grande, y con él crecía su pesar. Se removió en su asiento y giró su cabeza hacia la ventana, desde la cual podía ver su extenso laberinto. Se sentía cada vez más apesadumbrado, notando como los años se le venían encima y no era capaz de hacer nada para remediarlo. Pero como él mismo decía, nunca des las cosas por sentando. Jareth había sido el primero en caer en su propia trampa, ya que no sabía que dentro de muy poco su vida iba a cambiar, al punto que iba a ser capaz de darle todo lo que era suyo a una persona a la que, de momento, ni siquiera conocía.
Re: El búho blanco
Labyrinth El búho blanco Moonatic con King_Of_Goblins por la tarde en el parque |
La vida de una adolescente de dieciséis años podía ser un auténtico infierno. Al menos así lo sentía Sarah. Unos años atrás, aunque amistosamente, sus padres se habían separado. Mamá siguió con su carrera como artista; era actriz, y bastante buena. Tanto que la pequeña Sarah siempre quiso ser como ella, vivir rodeada de cámaras y focos, o en las tablas de un teatro. Ser Lady Marian hoy, ser Julieta mañana, y ser Deirdre al siguiente... Eso era lo que ella deseaba. Pero mamá había insistido en que aún era pronto para ella. Así que se quedó con su padre, en el lugar donde se suponía que sería más feliz y más estable su vida. Un buen colegio, clases particulares por las tardes, y un largo rato tras ellas para ser sus heroínas favoritas. Pero todo cambió pronto. Un buen día, papá le presentó a su novia. Era tan encantadora que le cayó mal. Después se casaron. La boda le gustó, pero se sintió un poco aparte, un poco dejada de lado. Claro está, era la hija del novio, no la novia. No era alguien realmente importante allí. Y todo empeoró haría cosa de un año atrás. Toby llegó al mundo. Era su hermano, al menos por el lado de papá. Pero era un incordio constante.
Su rutina diaria era sencilla, pero la ahogaba como una soga al cuello. Ir a clase, volver a casa, tomar clases particulares algunos días, y cuidar a Toby. Era tanto pedir un rato para ella, un rato en su cuarto en soledad, o ensayando sus obras? Acababa de entrar al grupo de teatro del instituto; necesitaba mucho ensayo, estaba muy verde sobre las tablas. Su principal problema, siempre olvidar alguna frase clave. El director de la pequeña compañía tenía ya canas verdes por su culpa. Por éso necesitaba tanto ensayar sola, y repetir continuamente sus frases. Por éso ése día no parado en casa tras el colegio más que dos minutos; tenían función en un par de meses, y el texto le cojeaba tanto... Era mejor irse al parque a ensayar, en soledad, tranquila, donde nadie pudiera molestarla. Se había llevado a Merlín, su perro, porque el animalito necesitaba también estirarse y estar tranquilo. Su madrastra le odiaba a muerte, sobre todo por sus babas, sus pelos en la alfombra y su olor a perro. Quizá por éso ella le adoraba tanto.
En la escuela había tenido un día horrible. En biología había tenido que diseccionar una rana, y casi había vomitado. Para comer habían puesto las comidas que menos le agradaban del menú escolar; y además, al llegar a casa, su madrastra le había dicho que la noche siguiente tendría que ejercer de canguro. Pero es que no podían cuidar ellos mismos del niño que habían puesto en el mundo? Su enfado le duró mucho más de lo habitual. Mientras se dormía, aún seguía enfadada de hecho. Y cuando despertó la mañana siguiente, el Sábado, aún lo estaba.
Re: El búho blanco
Labyrinth El Búho Blanco King_Of_Goblins Con Moonatic Por la Tarde De camino al mundo de los humanos |
Amaneció otro nuevo día sobre el castillo más allá de la Ciudad de los Goblins y Jareth ya estaba preparado para afrontarlo sentado en su imponente trono, escuchando el alboroto de sus súbditos mientras que el sol se paseaba lentamente sobre el cielo, ahora de un color naranja, hasta desaparecer de nuevo por el horizonte. Tras colocarse bien el cuello de la chaqueta y coger su cetro, bajó hasta el salón del trono, igual de sucio que la noche anterior, y se dejó caer sobre el mullido asiento que presidía aquel lugar. Apenas había movimiento a primera hora de la mañana, casi todos los goblins dormían desparramados por la sala, unos encima de los otros, rodeados por huesos de pollo a medio roer, tomates podridos… Jareth reprimió un gesto de repulsión y giró su plateada cabeza hacia el ventanal que estaba cerca de su trono, por el cual comenzaba a entrar la claridad de las primeras horas del día, y dejó que sus ojos se perdieran en el infinito.
Tras unas horas, no sabía decir cuantas con seguridad, allí seguía sentado en su trono, jugando con su cetro, el cual dejaba caer al suelo para golpearlo y lo volvía a alzar. Una y otra vez. Bom, bom, bom… Ese sonido casi le taladraba la cabeza, pero era más agradable que los gritos y las risas desproporcionadas de los goblins. Otro día igual. Hastiado se acomodó en su asiento, quedando acodado sobre sus rodillas, con el cetro sujeto entre sus dos manos enfundadas en negros guantes de cuero, y las piernas un poco separadas, lo que le hacía encorvar un poco la espalda para poder quedar en aquella posición. Sus ojos danzaban por la habitación, yendo de goblin en goblin, hasta que se vio recorriendo el salón del trono por tercera vez. Resopló y se dejó caer sobre el respaldo del trono, con la cabeza caída hacia atrás y tapando su rostro con uno de sus brazos. Resopló de nuevo, era incapaz de soportar otro día igual que el anterior y que el otro. Necesitaba escapar de esos gritos y perderse allá donde nadie pudiera molestarle.
Y fue por eso que se levantó de su trono, sujetando su cetro con fuerza en la mano derecha, y caminó hacia la salida del castillo sin que ninguno de los goblins se percatara de la ausencia de su rey. Pero, ¿dónde podía ir? En su laberinto todos le conocían y no había lugar donde poder esconderse sin ser visto por alguna de las criaturas que allí habitaban. Sin apenas ser consciente de ello, sus pasos le habían llevado a una plaza de la ciudad de los goblins, la misma que abría paso hacia su castillo y que estaba rodeada de unas malhechas casas que parecían estar cayéndose a pedazos. Se quedó un momento en silencio y bajó la vista hasta toparse con el empedrado suelo, el mismo que había ensuciado sus brillantes botas negras. Resopló. ¿Cómo podían esos seres vivir entre tanta suciedad? Cerró los ojos y negó, centrándose de nuevo en cual podía ser su destino. De repente una idea le vino a la cabeza. Había un lugar que podía visitar y donde nadie sabría quien era, ni le molestaría. Además su forma animal le ocultaría de miradas indiscretas y él podría disfrutar de un momento de tranquilidad. En aquel momento lo vio claro.
El mundo de los humanos. El mismo que tantas veces había visitado años atrás para ir en busca de los niños molestos que sus padres les entregaban, ese mismo que tanta curiosidad le despertaba. Solo tuvo que pensarlo para verse a si mismo sobrevolando el laberinto, con sus alas blancas extendidas, camino a su destino.
Tras unas horas, no sabía decir cuantas con seguridad, allí seguía sentado en su trono, jugando con su cetro, el cual dejaba caer al suelo para golpearlo y lo volvía a alzar. Una y otra vez. Bom, bom, bom… Ese sonido casi le taladraba la cabeza, pero era más agradable que los gritos y las risas desproporcionadas de los goblins. Otro día igual. Hastiado se acomodó en su asiento, quedando acodado sobre sus rodillas, con el cetro sujeto entre sus dos manos enfundadas en negros guantes de cuero, y las piernas un poco separadas, lo que le hacía encorvar un poco la espalda para poder quedar en aquella posición. Sus ojos danzaban por la habitación, yendo de goblin en goblin, hasta que se vio recorriendo el salón del trono por tercera vez. Resopló y se dejó caer sobre el respaldo del trono, con la cabeza caída hacia atrás y tapando su rostro con uno de sus brazos. Resopló de nuevo, era incapaz de soportar otro día igual que el anterior y que el otro. Necesitaba escapar de esos gritos y perderse allá donde nadie pudiera molestarle.
Y fue por eso que se levantó de su trono, sujetando su cetro con fuerza en la mano derecha, y caminó hacia la salida del castillo sin que ninguno de los goblins se percatara de la ausencia de su rey. Pero, ¿dónde podía ir? En su laberinto todos le conocían y no había lugar donde poder esconderse sin ser visto por alguna de las criaturas que allí habitaban. Sin apenas ser consciente de ello, sus pasos le habían llevado a una plaza de la ciudad de los goblins, la misma que abría paso hacia su castillo y que estaba rodeada de unas malhechas casas que parecían estar cayéndose a pedazos. Se quedó un momento en silencio y bajó la vista hasta toparse con el empedrado suelo, el mismo que había ensuciado sus brillantes botas negras. Resopló. ¿Cómo podían esos seres vivir entre tanta suciedad? Cerró los ojos y negó, centrándose de nuevo en cual podía ser su destino. De repente una idea le vino a la cabeza. Había un lugar que podía visitar y donde nadie sabría quien era, ni le molestaría. Además su forma animal le ocultaría de miradas indiscretas y él podría disfrutar de un momento de tranquilidad. En aquel momento lo vio claro.
El mundo de los humanos. El mismo que tantas veces había visitado años atrás para ir en busca de los niños molestos que sus padres les entregaban, ese mismo que tanta curiosidad le despertaba. Solo tuvo que pensarlo para verse a si mismo sobrevolando el laberinto, con sus alas blancas extendidas, camino a su destino.
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