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The Pale Empress
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The Pale Empress
THE PALE EMPRESS
INTRO Otoño, 2045 La guerra nos arrebató el sabor del vino de una fría noche de otoño. También derramó los colores de los ostentosos vestidos junto a la sangre del pueblo. La dignidad se volvió un trastorno de ilusos y la humanidad ya no equivale valía. Su perfume se adhirió al traje blindado. Y la sonrisa del par de piernas más poderoso de la Nación Danubia, cerró las negociaciones que traerían un futuro próspero al mundo bajo su falda. El egoísmo selló un pacto a la fuerza. El Jardín Gris, neutral a los conflictos de las monarquías del Cuarto Solsticio, ha sido convocado. La cabeza de los Petrova desea un guardaespaldas. Y no hay necesidad de que indique quién es su elegida, el vaivén de sus pestañas es suficiente. | —Emperatriz —42 años —Dita Von Teese —Little Charlie PRONTO MS. PETROVA ". . . " | TTE. QUARTZ ". . ." —Estratega militar —34 años —Scarlett Johansson —Foster PRONTO | ARCO I — NOMBRE I — Nombre tema — LugarII — Nombre tema — Lugar III — Nombre tema — Lugar IV — Nombre tema — Lugar V — Nombre tema — Lugar ARCO II — NOMBRE I — Nombre tema — LugarII — Nombre tema — Lugar III — Nombre tema — Lugar IV — Nombre tema — Lugar V — Nombre tema — Lugar CRONOLOGÍA RHAPSODY REMAINS |
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Re: The Pale Empress
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No le gustaba esperar. La impaciencia era uno de los defectos que en ella parecían virtud; siempre puntual, había aceptado sentarse y aguardar a la teniente Quartz. Conocía su expediente. Era precisa, trabajadora, excelente con las armas, dura en el cuerpo a cuerpo, la primera de su promoción. Era perfecta. Y a la señorita Petrova le gustaban las cosas perfectas. Obviamente, dadas las circunstancias, necesitaba un guardaespaldas la altura, y aunque ya había expresado su deseo, ir personalmente le parecía lo más apropiado.
Además, tenía otra petición. Deseaba que la teniente asistiera al Baile de Máscaras que realizaría ella en unos días, y debía avisar con tiempo para que consiguiera el atuendo adecuado; pues sabía que una mujer de su posición estaría ocupada; lo suficientemente ocupada como para no perder ni un minuto en algo que no estuviera en su agenda: ir del modo apropiado al Baile de la Emperatriz debía estar en su agenda y ser prioridad.
Ella pronto sería su prioridad.
La Emperatriz así lo quería y así lo tendría. Siempre era un gran honor trabajar para ella, y todos sabían lo agradecida que la señorita Petrova podía llegar así. Sin embargo, al verla entrar en aquel salón, con la espalda recta y ni un cabello fuera del sitio, la expresión dura y la mirada fría; tuvo una sola sensación: Quartz no quería ese honor.
Los labios de la mujer se apretaron levemente y descruzó las piernas para levantarse, alzándose sobre sus tacones, observándola. Allí de pie en zapatos planos era más baja que ella. Sonrió. Cualquier muestra de superioridad siempre era de su agrado, incluso algo tan simple como la altura marcaba en ese momento quién estaba por encima de quién. Aunque fuera ella la que había venido a pedir algo:
—Teniente Quartz, es un placer conocerla por fin —dedicó, con una sonrisa pintada de carmín. Aunque probablemente no era necesario presentarse, las formas y la compostura eran importantes, y ella era tan delicada en eso como delicada la hacía la curva de su corsé— Soy la emperatriz Petrova; y, si me permites ir directa al grano, lo que me he traído aquí ha sido hacerte una petición —seguramente, la teniente esperaría la oferta de trabajo ya, pero la emperatriz tenía otros planes— Quisiera invitarla a un baile. El jueves. El motivo es La Mascarada, como todos los años por estas fechas; y me complacería mucho su compañía allí.
La examinó con la mirada. Sí, sí, la complacería.
JARDÍN GRIS | 19:00 hrs | TENIENTE
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Última edición por Little Charlie el Dom Jun 07, 2015 9:47 pm, editado 1 vez
Beauty &
Youth
Re: The Pale Empress
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La Teniente Quartz no quería ese honor.
Ni siquiera la euforia de los chismes en el cuartel lograba que el sentimiento de gloria se permeara por su empaquetado traje. Ella no era el sabueso de nadie, tampoco el accesorio que podría faltarle una fría mañana a la señora Petrova en su abrigo. La opción de servirle el vino mientras ostentaba —típico de la ignorancia monárquica —sobre sus territorios e ideales utópicos de guerra, junto a sus banales conocidos, no entraba en sus ambiciones a corto ni largo plazo. Fuera del orgullo curtido por las masacres y la vorágine experimentada desde que se unió a la Unidad Estratega, ella no era material de mayordomo. A diferencia de unos cuantos pares que se habían regalado de piernas y brazos abiertos para lamerle las botas a la realeza, la militar tenía objetivos que no involucraban el dormir en seda. O, el despertar siendo la seda que envolviera un cuerpo que gozaba de comodidades injustas frente a la realidad que la sociedad padecía.
Por tanto, la visita dos habitaciones más allá no le daba una pizca de gracia.
—Quartz, Su Alteza te está esperando.
—Esa gente no sabe lo que es esperar.
—Cuida tu boca, las paredes son delgadas.
—No tanto como el cráneo de un niño para una bala, señor.
Replicó la rubia y alistó unos papeles. Su mirada no se dirigió a su superior. Con el paso de los años, había comprendido que la frustrante burocracia podía atacarse con elegancia. Podías confesar la cosa más insultante y hórrida y salir ilesa: sólo debías ocultar la real intensidad de tus palabras al evitar el contacto visual. La gente confundía tu tono. Y en el momento que les tomaba salir de la confusión, ya te habrías retirado.
Quartz, dando clara muestra de su doctrina, caminó por el pasillo alfombrado en burdeo. Nunca se acostumbraría a la decoración exuberante de su zona de trabajo. El Jardín Gris se suponía que era tierra neutral donde el conflicto bélico no era permitido. El lugar de paz fingida donde se podían disfrutar horas de té sin temer que una bomba se acomodara entre las galletas y el azúcar. Era el punto donde los mejores soldados se reunían a ofrecerse al mejor postor. O, donde estrategas de alto nivel —como era su caso —prestaban sus servicios a las alianzas que cumplieran con sus criterios. Porque de ética, ni hablar. El hecho de pronunciar algo tan naive como aquello, podría significarte el ser vetado como el imbécil supremo. Terminarías valiendo lo mismo que un exiliado o los rezagados en la Frontera.
La Teniente no simpatizaba con el ideal de la dinastía Petrova. Y no era el único pero que mancharía la reunión con la Emperatriz. El carácter de la militar no equivalía a sumisión frente a un apellido, riqueza y estatus. Esos factores le resultaban inútiles en praxis. Su tolerancia era mínima. No era difícil que sus colegas la tildaran de dictadora y sobrehumana. Los errores le sacaban de quicio cuando se trataba de un precio que las víctimas deberían pagar por la incompetencia de unos pocos. Y, más importante que todo lo anterior, no era una mujer que permitiera que el tiempo se fugara de sus manos. En la escasa edad que tenía había alcanzado su puesto actual por capacidad, no por comer pollas.
Al enfrentarse a la bellísima mujer —no era secreto que fuera admirada como la musa moderna por quien se cruzase en su camino —hizo un gesto con su cabeza. Las manos las tenía afirmadas detrás de la espalda y su postura era erguida. No dejaba entrever ningún deje de cortesía. —Sabe que en este rubro no nos caracterizamos por nuestro desplante en el baile. —Comenzó, rompiendo al fin su coraza de perfección para tomar la mano de la morena y besarla según los modales básicos. —Ni tampoco por beber poco. Entonces permítame ir al grano, ¿cuál es el motivo detrás de la invitación?
Si era hacerla meterse en un vestido, la Emperatriz había tocado la puerta equivocada.
JARDÍN GRIS | 19:00 hrs | EMPERATRIZ
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Última edición por Foster el Mar Jun 30, 2015 12:46 am, editado 2 veces
Re: The Pale Empress
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Lejos de bajar la mirada —como muchos hacían— al tenerla delante, los ojos de la teniente no dudaron un segundo. Lo cual, sin duda, hizo pestañear a la Emperatriz. Que viniera ella en persona, en muchos otros campos, resultaría extraño. No era un secreto que su tiempo valía oro; y que hubiera ido hasta allí para entregar una invitación parecía, cuanto menos, raro. Pero, claro está, tampoco era un secreto que los grandes acontecimientos siempre esconden algo.
Las fiestas llenas de peces gordos de la alta sociedad esconden reuniones dónde se acuerdan guerras, habitaciones en las que se compran y venden vidas y almas; compromisos y tensiones que pueden estallar o arreglarse, depende de cuanto tires de los extremos de la cuerda que los ata. Anna Isabella Petrova estaba harto acostumbrada a aquellos juegos, sabía qué tenía que hacer para ganar incluso cuando perdía; y, aún así, odiaba perder.
De algún modo, la respuesta fría de la teniente fue una forma de perder un juego que solo acababa de empezar.
Y eso no le gustaba nada.
Muy pocas personas se habrían atrevido a decirle que no a la Emperatriz, la mayoría, ni siquiera a hacer otra cosa que disculparse. Sin embargo, la mujer de corta edad que permanecía de pie ante ella era mucho más valiente que la mayoría; y no solo no se estaba disculpando por su trato, sino que actuaba como si ella supiera bien quién era y que quería, y quisiera dejarle claro que la estaba haciendo perder el tiempo.
Aunque fuera por ganar aquel juego, la Emperatriz la tendría. Y no había más que hablar.
No era una mujer cruel; pero sí había aprendido con los años a coger lo que quería, el tiempo la había consentido, la gente la adoraba, y por ello, casi creía, todos debieran hacerlo. Incluso ella. Al menos, cuando la teniente se inclinó —tan apenas— para besar su mano, la Emperatriz calmó sus ánimos un poco. No había perdido, no, todavía no.
Alzó el mentón y esbozó la mejor de sus sonrisas:
—El motivo es sencillo. De hecho, puesto que a usted no le gustan los juegos, iré también directa al grano —la escudriñó con la mirada, con el ceño levemente fruncido— Creo que usted ya lo sabe. Y me gustaría saber qué opina al respecto. Ser la guarda-espaldas personal de la Emperatriz no es solo un honor; supondría la adquisición de un estatus magnífico. Y eso le vendría bien a su impecable carrera. Asimismo, me aseguraría de que, terminado todo, usted continuara disfrutando de un salario de reserva. Nadie sabe lo que nos deparan tiempos como este —comentó, más distraída, deslizando su mirada a una de las ventanas antes de volver a mirarla a ella.
JARDÍN GRIS | 19:00 hrs | TENIENTE
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Beauty &
Youth
Re: The Pale Empress
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—Me halaga su proposición, aunque no sea del todo sincera. —Replicó Quartz con un tono tan gélido como el anterior, sin embargo, las esquinas de sus labios se curvaron con cierta ironía. —Usted no quiere mi opinión, quiere persuadirme. Las opiniones no son algo que busque una persona con su poder. Si se guiara por ellas —tanto como si yo me guiara por sus ofertas dulzonas —, nuestro encuentro no tendría razón de ser. —Aseveró la militar, acomodándose a su lado. El salón revestido en terminaciones de cobre y mármol, le traía recuerdos desagradables. ¿Acaso, tendría opción de que este no se convirtiera en uno más? Guardó silencio escasos instantes. —Sería inútil. —La rubia estiró su espinazo en el respaldo acolchado y se quitó el sombrero de su uniforme. —Ahora, comencemos de nuevo. Si no sabemos qué nos deparan tiempos como el presente, ¿por qué desearía una estratega cuidándole la espalda? —Arqueó una ceja. La respuesta podría ser que ella en particular era buenísima en terreno, no obstante, la Teniente quería saber qué ocurrencia saldría de esos labios carnosos que solían conseguirlo todo. —Y más importante: teniendo tanto físico fornido y dispuesto a desvivirse por su falda, ¿por qué una mujer? —La malicia se esparció por sus orbes, cuando encaró sin tapujos a la dama. —Si caemos en desgracia seguramente nos violarán a ambas. Puedo deshacerme de una docena. De dos o tres, pero no de cientos con un tanque. —Su sonrisa finalmente apareció, sombría y cruel.
Quartz buscó en su pantalón los cigarrillos y encendió uno. —Con las recientes actividades de su Imperio le hará falta un ejército para mantenerla a salvo. —Disfrutó el tabaco raspándole la garganta. Pronto, por meros modales, ofreció uno a la Emperatriz. —Podría servirle como enunciadora del pronóstico de su familia y tropas, Su Alteza. Haría la excepción a las normas de nuestro código para que, al menos, no se vaya con las manos vacías.
JARDÍN GRIS | 19:00 hrs | EMPERATRIZ
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Re: The Pale Empress
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Que Quartz sonriera no por recibir tal oferta, sino por acusarla de mentir y divertirse con ello, hizo que las cejas de la Emperatriz volvieran a alzarse de improvisto. Nadie. Nadie la trataba así. Nadie se hubiera atrevido. Toda persona a que ella le hubiera hecho tal proposición estaría de rodillas ante ella, besando sus manos enguantadas, dándole las gracias como si acabara de perdonarles la vida. La Teniente Quartz estaba frente a ella plantándole cara.
Luego simplemente se deslizó a su lado, sin hacer ruido, y se puso cómoda. Sin su permiso. Sin esperar a que ella, que se había puesto en pie para recibirla, se sentara nuevo. Sin... nada. Trató de mantener la calma. El tiempo, su inteligencia, su lealtad, algo de suerte y las circunstancias la habían puesto dónde estaba. Y nunca, hasta ese momento, se había dado cuenta del poder que las normas informales ejercían sobre su rutina de vida y su poder.
Cualquiera que la viera en aquel momento... ¿qué pensarían? Intentó apartar el pensamiento y se sentó de nuevo a su lado, asegurándose de colocar bien los pliegues de la falda, esa a la que la Teniente hizo referencia sin tapujos, dejando al resto de sus compañeros y a muchísimos militares a la altura de perritos falderos.
La Emperatriz se ruborizó. Pero de inmediato escuchó la palabra violación y dentro de ella algo se removió, sin dejarla estar tranquila. Sin darse cuenta, la señorita Petrova cruzó una pierna sobre la otra y tomó aire con una expresión torturada que no la favorecía ni de lejos tanto como las demás.
Y la Teniente sonreía. Sin duda, no le habían puesto la mano encima en contra de su voluntad en su vida, en su brillante carrera. Apretó los labios y se preguntó qué muchas o pocas cosas horribles habría tenido que presenciar la Teniente para tener tal frialdad, la suficiente como para encender un cigarrillo en ese momento. Ella hizo un gesto para rechazar el tabaco, no quería en ese momento y estropeaba los dientes:
—No —se encontró a sí misma respondiendo, al fin. Volvió el rostro para mirarla directamente— No, no acepto su propuesta, Teniente. Es usted amable, sincera y decidida; es todo lo que quiero; pero no de ese modo; os preciso como mi guardia personal, tengo personal suficiente como para encargarse de todo lo demás.
Se removió, cambiando de postura, algo incómoda:
—Y respecto al por qué de precisar una mujer para el cargo —empezó, humedeciéndose los labios— He conocido a muchos hombres en mi vida, Teniente Quartz, y estoy segura de que usted también; y sé que comprende bien cuáles son sus virtudes y cuáles sus limitaciones. Quiero una persona capaz. Usted es la primera de su promoción, y, de haber sido la segunda, me lo hubiera pensado dos veces si la primera posición la ocupara un hombre. Tenga por seguro que no intento hacerle la pelota sin fundamento, y que no pretendo dejar mal a nadie. Podría darle mil razones de por qué la quiero a usted, pero necesito que decida. Luego tendremos mucho tiempo para hablar, y estaré encantada de explicarle mis motivos. Cuando haya decidido —dejó claro al fin.
JARDÍN GRIS | 19:00 hrs | TENIENTE
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Re: The Pale Empress
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Quartz chistó. A diferencia de su confianza impenetrable, su humor solía padecer una volatilidad inmensa. —Es usted muy ofensiva. —Sentenció guardando el humo en sus pulmones. La ponzoña se repartía en sus bronquios tal como le gustaba: hiriéndola con disimulo. Era una presión que se aplicaba voluntariamente para contener los impulsos que su carácter sufría. Distraer el sarcasmo agudo que formulaba su mente para contestarle a la Emperatriz en la acción que realizaba su pecho, parecía suficiente para apaciguarla. —No sé si es peor que me tilde de amable cuando me muerdo la lengua para no ser grosera o si lo es el hecho de que insinúe que me quiere de mucama. Porque usted posee el personal para resguardarla de los peligros exteriores, ¿no? —Sin demostrar irritación en sus facciones, la Teniente se acomodó de lado, dedicándole su absoluta atención a la morena. —Sospecho que nuestra forma de conocer hombres fue distinta, Su Alteza. —Una de sus manos enguantadas jugueteó con un rizo de la aristócrata, invadiendo su espacio con una amenaza suave. —Debo agradecerle, sin embargo… —comentó, aproximando sus dedos al pómulo ajeno con insolencia. —El que no me haga la pelota sin fundamento, pues usted no me conoce. —No se imagina cómo actúa alguien que no se disfraza de otra cosa más que de sus demonios. —Y no necesita pensarlo dos veces, ni tres o cientos. —Su cuerpo ahogaba la posición de la visitante en un abrazo a distancia con su mano libre, la cual agarró el borde del sofá encerrando la escapatoria ajena. —Porque no encontrará respuesta sobre cuáles son las virtudes y cuáles son las limitaciones de una mujer. —Al exhalar su discurso, la Teniente cambió el tinte de su mirada a uno gélido, plagado de una sensualidad devastadora por desconocerse como tal. Entonces, el silenció llegó. La Emperatriz yacía atrapada en la jaula que significaba su torso. La militar abusó de la tensión de insultar a la mujer más poderosa del país, analizando su rostro y la calidez que su respiración emitía junto a una fragancia que no podría borrar la pólvora, el sudor ni el llanto. —Comencemos de nuevo… —Emitió, finalmente. Su busto descansó y el aire del cigarrillo se esfumó a un costado de la melena azabache.
—¿A qué le temes realmente, Anna Isabella Petrova? —Quartz pudo verse reflejada en los ojos eternos de ella y comprendió una cosa: quizá y sólo quizá, le daría una oportunidad. — ¿Qué cosa es tan grande para hacerte temblar cuando tienes un Imperio detrás? —Una alternativa de que la controlara como a un capricho. Una opción de arrancarla del cielo y hacerle ver que cualquiera, sin importar su cuna, era un cerdo cuando no había más que barro.
JARDÍN GRIS | 19:00 hrs | EMPERATRIZ
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Re: The Pale Empress
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La Emperatriz contuvo un gruñido. Las señoritas son entrenadas para contenerse, y ella había entrenado toda su larga, y perfecta, vida. Cerró los ojos un instante y luego, a pesar de la cercanía, volvió el rostro hacia el de su interlocutora, escuchándola sugerir que la quería de criada, agradeciendo —sin sentirlo en absoluto, y solo para remarcar el pues usted no me conoce— que no le hiciera la pelota y atreviéndose a acercarse a ella más de lo que cualquier hombre se hubiera atrevido.
Sin embargo, tan apenas pestañeó cuando atrapó su mechón de pelo, y tan solo contuvo un instante el aliento al sentirse atrapada en aquel pequeño hueco, cercada por el fuerte torso de la teniente.
No entendía por qué se empeñaba en resistirse, en insultarle de aquel modo, en poner tan tensas las cosas. Anna nunca se había enfrentado a tal situación, no desde hacía mucho tiempo. Y pestañeó, de nuevo, con aquellas largas y bien maquilladas pestañas ¿cómo podía ser que hubiera olvidado lo que era que te digan no? ¿que hubiera olvidado que no solo tus enemigos pueden desafiarte?
La miró, más sorprendida aún, aunque creyera que eso era imposible. Nadie la llamaba ya por su nombre de pila.
Se mordió el labio. Ese perfecto labio inferior, estropeando el carmín y una arruga apareció en su frente de porcelana. Los años le pasaban factura. Ser emperatriz, también. Su rostro perfecto, estropeado por una mueca. Por primera vez en mucho tiempo, se vio obligada a admitir algo no solo ante sí misma, sino también frente a alguien más.
Admitir algo en la soledad de sus habitaciones, de sus jardines, sumergida en su piscina, perdida entre los arbustos, era duro, pero no tanto como hacerlo siendo observada, interrogada, por otra persona. Porque, en su soledad, había admitido sus más humanas debilidades. De esas sobre las que jamás se oía palabra en todo el Imperio. Pero ¿allí, con ella?
Lo único que le vino a la mente, fue: necesito alguien en quién confiar. Necesito una amiga, y pensé que usted y yo conectaríamos. La conocí, la imaginé, la he creado en mi mente una y otra vez, leyendo su expediente, esperando como sería encontrarnos. Y ahora me deja usted al descubierto, mi más estúpido secreto a la vista, escapando por mis labios entreabiertos.
La quiero a usted. Porque la quiero. Y ya está.
Debería haberle respondido eso, pero no fue capaz. Debería haberse levantado, apartando el brazo férreo de la teniente, para poder mirarla desde arriba, en pie, superior a ella, y haberle dado una última oportunidad, un ultimátum, una invitación de nuevo, vestida de amenaza.
Pero no. La teniente había desestabilizado la paz interior con que la Emperatriz se movía siempre por su mundo:
—Necesito que alguien me cubra las espaldas —fue lo único que supo decir, finalmente, sintiendo el olor a tabaco impregnar su cabello y su ropa, hacerla pestañear. Pero no arrugó la nariz. Volvió el rostro para enfrentar los ojos de la teniente con los propios— De mis enemigos. Y de los míos, teniente. Cuando realice la más delicada de las operaciones, necesito que alguien neutro, alguien que no se mueva por un bando, sino por mí, pueda cubrirme de todo mal.
Alzó los ojos un segundo y luego volvió a mirarla a ella:
—Si me pide otro motivo, me temo que tendré que marcharme. Estaríamos andas perdiendo el tiempo: no hay otro motivo —aclaró, concisa y decidida, convenciéndose a sí misma a la par que decidía intentar marcharse si Quartz se lo ponía más difícil— De todos modos, le doy de tiempo para decidirse hasta la Mascarada, me temo que es cuanto puedo ofrecerle. El resto, ya depende de usted.
JARDÍN GRIS | 19:00 hrs | TENIENTE
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Re: The Pale Empress
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Se perdió en su mirada sin importarle el descaro de la propia. Quiso descifrar cuándo la Emperatriz se había transformado en todo lo que su Imperio quería de ella. ¿Dónde estaría la mujer detrás del trono? ¿Petrova se recordaría a sí misma cuando la Corte se retiraba a sus aposentos y cuando ella, desprovista de cualquier armadura y máscara, se obligaba a enfrentar la soledad? Quartz sintió curiosidad por sus secretos. Por su intimidad. Por explorar su persona cuando no hubiera una multitud de jueces. Cuando de sus labios no salieran palabras premeditadas, carcajadas fingidas. Cuando no tuviera que moverse cuidando su vestido y su expresión para que no delataran que era víctima de la insensibilidad misma. Quartz deseó, en un impulso fugaz, arruinarla. Ofrecerle una libertad engañosa y furtiva, de la que después no podría hacerse cargo. Mas, gracias a la cual podría verla a la distancia y estar orgullosa de haberle obligado a dar el primer paso para olvidarse del mundo. Y así, tener claro que no importaba su posición: ella nunca sería suya.
Porque nunca sería de nadie. Ahora consistía en una marioneta empaquetada para una sociedad podrida desde sus cimientos. Sin embargo, la Teniente había sangrado, estudiado y sacrificado de sobra para reconocer esa clase de espíritu donde lo viese. Era la sombra del carisma que su gente alcanzaba a apreciar. Sólo bastaba que tuviera el gatillo correcto para tomar su vida en sus propias manos. Y Petrova era consciente de ello. Lo expresaba con un montón de estupideces y cordialidades, rogándolo —de la forma errónea —a todo el que quisiera escucharla. —Un capricho. —Espetó la militar, manteniendo su implacable carácter. Mentía a medias. Sabía que la belleza frente a ella estaba acostumbrada a que le concedieran el cielo, y deseaba proteger la teoría que había sobre ella misma: la estratega Quartz no cede ante nadie sin el argumento indicado. Por otra parte, no podía obviar que entendía las inquietudes de su visita. Simplemente tenía que corregir su forma de expresarse. Enseñarle a ser honesta.
Resopló y se incorporó del ostentoso sofá. Acto seguido, apagó el cigarrillo tirándolo dentro de un florero cercano. —Usted sólo desea un nuevo juguete para su colección. —Una decoración que permita que esté en boca de todos, mientras exhibe su omnipotencia. —Márchese, tengo otros asuntos que atender. —Aseveró, con una expresión serena al acomodar su traje. Dedicó un último análisis a la mujer y emprendió camino de regreso. —Si me quiere en su fiesta, empéñese en no distraerme hasta ese entonces. —Comentó, en un trato muy opuesto a la anterior cercanía.
Si Anna Isabella la anhelaba a su lado, pagaría cierta tortura como precio.
Su mano enguantada se apoyó en el umbral que las separaría una vez más. —Iré. —Ladeó su rostro, exhibiendo una sonrisa pícara.
Y Quartz sabía perfectamente cómo dársela.
JARDÍN GRIS | 19:00 hrs | EMPERATRIZ
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Re: The Pale Empress
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Un capricho. La armadura de plata y nácar de la Emperatriz tembló solo un momento, pero algo en su interior se quebró. Podía haber estado jugando con ella, pero aquello rozaba el cometer un delito. Unas palabras de la Emperatriz y, en sus tierras, nadie hubiera osado dirigir la palabra a aquella teniente, nunca más. Pero Anna Isabella tuvo que contenerse. Contener el aliento, aguardar.
Soltó el aire cuando la vio levantarse y observó como su fina y fuerte silueta se dirigía a la puerta que devolvería a cada una a su mundo después de aquello. No podía creer, apenas podía creer lo que sucedía. No se puso en pie. Estaba recordando la última vez que alguien la despreció y la llamó caprichosa ¿fue su hermano, acaso? El tiempo lo borraba todo, lo hacía desvanecer ¿Su padre, su madre tal vez?
La última vez que alguien la había llamado cariñosa a la cara había estado entre gente que ni la apreciaba ni parecía encontrar en ella nada más que una niñata consentida, a la que todo se le había dado masticado y en bandeja de oro y diamantes. Ella se había encargado de demostrar que no era así.
Y ahora ella la había hecho temblar.
¿Era aquella guerra producto de un capricho? ¿Era cuanto había construido una mentira para esconder su miedo a que la vieran tal cual era? Sus caros trajes y vestidos, su delicado maquillaje, los altos zapatos apretados. Los desfiles, las fiestas, las celebraciones, los bailes, las mascaradas. La mascarada ¿Podría convivir acaso, con ella? ¿Estaba dispuesta a asumir que alguien la empujara más allá de sus propios límites y la hiciera admitir al verdad? ¿Que solo era un ser humano, con miedos e inseguridades como el resto?
Se puso en pie cuando la teniente desapareció de su vista, sin despedirse. Dejó que sus guardias la encontraran al final del pasillo y guardó silencio en el coche todo el camino de vuelta a casa.
La había esperado increíble pero no había esperado que pudiera romper su carcasa.
¿Y ahora qué?
JARDÍN GRIS | 19:00 hrs | TENIENTE
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Re: The Pale Empress
The Masquerade

Había escogido un vestido azul claro, pero no sería lo que más llamaría la atención esa noche. Estaba distraída. Llamar la atención se había convertido en algo secundario, algo que, realmente, podía esperar. Tenía muchas otras noches para llamar la atención. Aquella iba a ser especial. Pero no por la cantidad de invitados, la música, el baile o las bebidas. Sino porque vendría ella.
Eso sí, su máscara llamaría la atención de todas las miradas. Podía cubrirse los ojos, parte del rostro, que todas las miradas se volvieron a ella cuando apareció en lo alto de las escaleras, con sus labios pintados de carmín sonriendo desde allí, observando a través del antifaz a sus invitados.
El Conde, el Duque, los altos mandos militares... Bien. Bien, todo iba según lo planeado:
—Amigos míos ¡buenas noches! —sonrió ampliamente. Todos los rostros vueltos hacia ella, como siempre. Todos los ojos pendientes de todos y cada uno de sus gestos, de su vestido, de su máscara, de su peinado, de su piel perfecta, de sus acompañantes— Esta noche celebramos, como todos los años, el inicio del Otoño. Espero que os divirtáis terriblemente y que de esta noche salgan muchos, pero que muchos secretos que mantener —bromeó, acariciando la mejilla y el mentón del hombre parado a su derecha, con su boca cerca de la de él.
La multitud rompió en risas y aplausos, como si no fuera una Emperatriz, una política, una gobernanta, sino como si fuera tan solo una mujer rica que celebraba una fiesta de lujo en su mansión.
Pero no era simplemente una mujer rica, ni aquello era una mansión.
Se encontraban ante la Emperatriz Petrova, en su Castillo propio, y por ello era de esperar que el baile tan solo comenzara cuando ella pisó la pista con sus zapatos altos de cristal, para dejar que el Conde Montsanté le besara la mano enguantada, antes de posar la propia en su cintura. Anna se sujetó a él con cariño.
Habían sido enemigos políticos, tiempo atrás, pero las cosas estaban más relajadas desde que lo había nombrado Conde. Concederle el primer baile era un honor, era algo que dictaba un son de paz. Pero la sonrisa de él era terriblemente más atrevida que todo aquello. La Emperatriz confiaba en que, al menos mientras durara la Mascarada, él supiera guardar las formas.
Castillo Petrova | 21:00 hrs
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Última edición por Nightingale el Miér Ago 12, 2015 10:45 pm, editado 1 vez
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Re: The Pale Empress
The Masquerade

La sobriedad de su traje militar obtuvo el efecto que menos deseaba en dicha velada: llamar la atención. Quartz, ilusamente, añoró que el negro que entallaba su firme esqueleto le ofreciera un disfraz con el que nadie podría analizarle. No era la primera militar del Jardín Gris que se entrometía en cunas de oro, buscando la oportunidad idónea para hincar los dientes sobre un cuello perfumado o unos muslos trémulos. Aunque sus acometidos distaran bastante de ello, el hecho de compartir uniforme con seres por los que no sentía simpatía alguna, le hizo vacilar antes de pisar los escalones de la magnífica entrada del castillo Petrova. Ese desagradable hecho, reunido con la incertidumbre no resuelta de por qué había aceptado la invitación de la Emperatriz, le irritaba. Más que las risas cínicas de las doncellas y la desigualdad que palpitaba en su mente en comparación a los campos de Exiliados, lo más exasperante era no poder voltearse y dejar atrás esa puerta, exponente de Pandora en una época tan desdichada como aquella. Los humanos jamás aprenderían la fórmula para no acumular odio hacia su propia raza, ¿cierto?
La Teniente sonrió lúgubre. Su humor sádicamente irónico era buena señal, una pizca de la decisión que le había abandonado en el transcurso de una región a otra. Podía sentir los susurros manosear su piel y la cercanía de individuos que sólo querrían ofrecerle el cielo para manipular su neutralidad. Porque de ser sinceros, sus semejantes eran todo menos neutrales, cuando las promesas de cualquier noble del Cuarto Solsticio les seducían. La historia se repetía aunque los orígenes del soldado fueran distintos. El noble le llevaría a un cuarto donde la intimidad era fingida. Compartirían un banquete con exquisiteces traídas del extranjero —trabajadas por manos esclavas, sin duda. Un valor agregado que el soldado apreciaría en secreto —, quizá con un vino añejado antes de la guerra. Cuando los ánimos se entibiasen por el licor y la poesía idealista barata, alguno de los dos se precipitaría sobre el otro. Podía ser con la violencia de un secuaz camuflado en las cortinas o con la lascivia de la propia desnudez aristocrática. El resultado práctico no cambiaría. El soldado en cuestión despertaría en un lecho del que no escaparía jamás. Llegaría una semana tarde a sus tareas dentro de la milicia, anunciando su retirada por un pacto de fidelidad. Y nadie sabría más de él hasta semanas después. Meses si tenía suerte o si su cadáver fue mal enterrado. Porque, a pesar de haberse creído único, sólo era carne de cañón dispensable para cuando otro mejor apareciera.
—No, gracias. —Rechazó la rubia, aún presa de sus meditaciones. Uno de los duques quiso llevarla de la mano. Asistirla a subir los peldaños que la separaban de un camino sin retorno. Y llegaron los aplausos desde el interior, los cuales felicitaban la elocuencia de la mujer más poderosa de su sociedad. Quartz agradeció su retraso. No habría podido con las naúseas que la banalidad de aquellos círculos le provocaban. El duque insistió, riendo por la alegre celebración que se oía. La Teniente alzó una ceja en respuesta. —Escalar esto no se compara a una pila de carne con trajes Baviué, señor. —Y dicho lo anterior, el hombre sólo pudo observarla con horror. Al parecer le gustaban delicadas.
Ella acomodó su gorra y retomó su rumbo. Las medallas y condecoraciones relucían por la luz proyectada desde las arañas exquisitas del salón. Uno de los mayordomos le tendió un antifaz del mismo color de su traje y ella, sin dudarlo, lo acomodó sobre su mirada. Pondría a prueba la memoria de la soberana. Ubicarla no fue tarea difícil. No debía ser un sabueso para seguir el rastro de todos los ojos puestos en su persona. Ni tampoco para caer en que el Conde Montsanté quería llevársela a la cama. Ese hombre era un cerdo. —Espera. —Tomó del hombro a una de las camareras, necesitaba un trago. —Traéme lo más fuerte que tengas. —Solicitó y, luego de que la muchacha se perdiera admirando su traje, Quartz no pudo evitar sonreír. —Debes guardar mi identidad, ¿vale? —Le susurró al oído. —No quiero que la Señorita Petrova me encuentre... —Aseveró, dándole una mirada furtiva desde la distancia. —No aún.
La joven asintió abochornada. La presencia de una persona ataviada como lo estaba Quartz, equivalía a poder. Y el poder siempre atraía sin mayor esmero.
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Última edición por Foster el Sáb Ago 29, 2015 8:35 am, editado 1 vez
Re: The Pale Empress
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El baile empezó con una gracilidad asombrosa. Anna Isabella Petrova no solo guardaba cuidado escogiendo buenos amigos, también los quería buenos bailarines, por supuesto ¿de qué le servirían un puñado de amigos poderosos, si no sabían bailar? El pensamiento danzó en su mente y la hizo sonreír. Sí ¿de qué servirían todos aquellos si no al divirtieran, de algún modo, al llenar su salón con sus mejores galas?
Todo el mundo arrasaba las semanas previas a los bailes de la Emperatriz y ¡oh! ¡qué buen negocio hacían las boutiques los meses antes de su cumpleaños! Todos la colmaban de joyas, zapatos, vestidos y presentes de lo más variopintos: caras obras de arte —a veces terriblemente feas—, primeras ediciones de libros viejos encuadernados al más puro estilo Petrova, piedras preciosas en peligro de extinción, cachorros de leopardo, coches re-inventados, perfumes exquisitos...
Y todas aquellas gentes que se desvivían por contentar a su Emperatriz estaban allí, disfrutando de vuelta de su hospitalidad. En la Mascarada solo se servía el mejor champagne, el vino más delicioso, el whisky más sobrio y gustoso, los bocaditos más exquisitos: pastelillos riquísimos de ver y saborear, cocktails innovadores, canapés al estilo del viejo mundo ¡Ah, aquellas veladas eran deliciosas de veras!
Sin embargo, esa noche era distinta. Distraída, curiosa, nerviosa y algo que pocos, muy pocos sabrían percibir: tensa. Sabía que el Conde no buscaba un baile, que lo que ansiaba con tanta devoción no era tan solo una alianza, sino una unión mucho más carnal. Anna no estaba dispuesta a ceder en tal cosa, pero él la amenazaba con miradas, con susurros, hablándole con un tono terriblemente cruel sobre sus transacciones comerciales, sobre la venta de armas, sobre sus más altos oficiales de guerra.
Anna giraba entre sus brazos como una muñeca, preguntándose por qué él la torturaba de ese modo ¿ansiaba venganza porque él no era nada y ella era Emperatriz? ¿disfrutaba con aquello? Maldito fuera, sí. Sin embargo, le devolvía las sonrisas, aunque su mirada vagaba de tanto en tanto por el salón ¿habría llegado? ¿habría venido? Apretó levemente los labios y cuando el baile terminó, se encontró violentada contra el pecho del Conde en un tirón que él no había dado en vano, en absoluto.
Carraspeó y soltó una de sus joviales carcajadas, como bromeando acerca de lo ocurrido. Tironeó para soltarse pero, sin borrar la sonrisa, el Conde no aflojó el agarre alrededor de su cintura: ¿me permite otro baile, Emperatriz?:
—Yo... —no le quedó más remedio que dibujar otra sonrisa— Por supuesto, Alan, querido.
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Re: The Pale Empress
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Detrás de un antifaz puedes devorar el mundo. Puedes jugar, por un mínimo instante, a ser una pieza más del tablero. Y, al mismo tiempo, a ser Dios. Tus acciones —inminentes, ladinas o producto de la fantasía —son infinitas. Podrías planear un asesinato en masa sin perder el encanto cuando tu sonrisa se dibujara bajo la máscara. También podrías decidir con quién o cuántos acostarte esa noche sin apenas mover un músculo; podrías rehuir de tus deberes agitando una copa en nombre del desconocido que más te simpatizase. El castillo Petrova era una jungla, llovida de los ejemplares más detestables del mundo contemporáneo. Carroñeros, en su mayoría, pululaban alrededor de la pedrería, los muebles forrados en animales inexistentes en la actualidad y juegos de procedencias inciertas —exóticas, exclusivas, divinas —, que invitaban a perder un poco más que la dignidad para volver a mostrarse en público.
Quartz curvó los labios con menosprecio, esperando que su falta de actividad le ayudara a fundirse con el bullicio que reinaba en el salón. Aspiraba a un camuflaje opuesto a la hecatombe que desordenaba las escenas abarcadas por su visión, como un objeto más que debiera ignorarse. Se perdió analizando cuerpos, atavíos y por supuesto: las salidas. Si pretendía dejar el lugar viva, debía conocer a la perfección sus opciones. Al tomar el tren que dividía su región de la que alojaba a la Emperatriz, lo tenía claro. O firmaba un pacto de lealtad o se tendría que atener a recibir uno que otro cariño por parte de los guardias reales. Si tenía suerte, la penetraría uno hasta aburrirse. Si dependía del ánimo que el alcohol le daba a la mayoría, sus extremidades quedarían repartidas como nuevos suvenires de la realeza; otra recreación cortesía de la dinastía Petrova. Si lograba evadir dichas torturas, seguro en la Frontera se correría rápido la voz —si es que ya no estaban al tanto —, y las negociaciones ascenderían a precios absurdos.
Ella destacaba por su inteligencia, no por idealismo. Era erudita en el arte de la batalla, en romper varios huesos y en acabar con sigilo algún inconveniente, pero también poseía el suficiente realismo para admitir que sola no podría contra una nación de mal paridos. Ni con armas, ni con suerte, ni con la razón de su lado. Si bien conocía los planos de la ciudad, había puntos muertos en el mapa. Nadie accedía a esa información sin el pacto. Y nadie tampoco volvía luego de adentrarse sin permiso. Y si por alguna improbabilidad extrema lograse escapar medianamente ilesa, al menos sería algo de lo que vanagloriarse, no por el éxito, sino por haber conseguido algo que no estaba en las planificaciones previas.
Una mirada embobada le trajo de vuelta. La camarera le tendía la bandeja para que tomara un vaso de lo que parecía ser whiskey. Quartz lo tomó de un sorbo, sin apartar los ojos de ella. —Para la suerte. —Confirmó y regresó el recipiente de cristal a su sitio.
Parecía que la sutileza era una virtud ignorada por el Conde, ella y la mitad de los presentes pudieron notarlo. La diferencia radicaba en que nadie hizo ademán de cambiar la situación. Era lo habitual para ellos. No importaba que una mujer fuera la cabecilla de toda una dinastía, seguían existiendo especímenes que juraban que la hombría se llevaba en los huevos y no en la actitud. Y especímenes que aplaudían a tan tremendas hazañas.
—¿Tienes acceso al aposento de la Señorita Petrova? —Interrogó a la criada.
—N-no, pero sé quién se hace cargo de los preparativos de hoy. —Contestó esta, con terror por lo que ocurría con la Emperatriz.
—¿Podrías hacerme un pequeño favor, angelito?
La chica asintió con una energía tímida.
—Dile que cierre el paso del ala donde se encuentra el aposento. He quedado con la Señorita Petrova de tratar unos asuntos y detestaría que nos molestasen.
—Haré lo posible…¿Señorita—
—Es mejor que no sepas mi nombre. Anda, confío en ti.
La chiquilla caminó rapidísimo hacia la cocina, cuando la Teniente decidió llamarla una última vez.
—Prométeme que nunca dejarás que un cerdo así te toque. —Solicitó, refiriéndose al Conde.
—Lo prometo —, sonrió con ternura la moza y se alejó por fin.
La estratega cambió su ubicación, mezclándose con la muchedumbre que rodeaba la pista de baile. Tomó una copa, de espumante esta vez, de otra bandeja y se dedicó a contemplar qué haría la Emperatriz. Aún faltaba su señal de partida, su disparo para trasgredir los límites de lo impersonal. El dónde terminaba el deber y la oferta, y comenzaba el Yo y la Señorita Petrova.
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Última edición por Foster el Dom Ene 17, 2016 10:14 pm, editado 1 vez
Re: The Pale Empress
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Contuvo el aliento el tiempo que duró la pausa entre pieza y pieza. La música era deliciosa. La orquesta, así como el encargado de la organización, conocían sus gustos a la perfección. Pequeños gestos como aquel la hacían sonreír. Aprovechar lo que sabían de ella para complacerla era un buena elección: la Emperatriz nunca olvidaba a sus amigos. Ni siquiera al camarero más simplón que recordara cómo tomaba el té. Le gustaba pensar que de ese modo, empleaba su inteligencia para hacer de sus relaciones algo más hermoso.
Quería que, aquellos que la conocían, pudieran recordar no solo grandes reformas políticas, ni si quiera revoluciones idealistas, sino pequeños gestos que denotaban una bondad que la convertía en humana. Prefería recordarse a sí misma que era como todos ellos: mortal, con bellos gestos en lugar de pensamientos de muerte.
Pero, por hermosa que fuera la música, los brazos del Conde la incomodaban. Se sentía apresada, su pecho más cerca del de él de lo que sería correcto, su postura dejaba que desear. Sabía que conclusiones sacaría la prensa: no son aliados meramente políticos, la Emperatriz deja que se la follen por lealtad.
Montsanté la trataba como a una dama cualquiera, pero ella era la Primera Dama y debía ser tratada como tal. Por ello, tan pronto como su viejo amigo Chandler se posicionó cerca, cortés, para pedir su mano en el baile, Anna le dio las gracias con la mirada. Como se esperaba de ella, fingió debatirse entre los bailarines, y, al final, Alan tuvo que renunciar a ella y cederla a su nueva pareja de baile, que fue, sin duda, mucho más cortés con ella.
Chandler siempre había sido cercano a Anna, su cabello, que el tiempo había teñido de plata, resultaba terriblemente familiar. Chandler siempre había estado allí para ella, y Anna lo adoraba por eso. Se relajó en sus brazos, el vestido apenas le molestó al bailar. Todos comprenderían que la Emperatriz escogiera bailar con Chandler; el incidente de Montsanté lo habían superado con éxito.
—Gracias —musitó la Emperatriz, dejando que su acompañante la hiciera girar y girar en el centro de la pista y de las miradas. Tan solo al terminar la tercera pieza de la noche empezó a abrirse paso para abandonar el baile y llevarse una copa a los labios.
Para su sorpresa, la camarera murmuró cerca de su oído, y no fue sobre el champagne:
—Creo que una señorita la espera en sus aposentos, Alteza.
La afirmación no pudo sorprender más a la Emperatriz que, escabulléndose entre la multitud, utilizó la escalera de los criados para llegar antes a su dormitorio ¿Quién sería la atrevida? Tenía la emocionante sensación de que solo podía ser ella.
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Re: The Pale Empress
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El pasillo por el que se transitaba hacia los aposentos de la Emperatriz se teñía por los colores provenientes de los vitrales con marco gótico, que delineaban el angosto sendero hasta la única habitación del ala este. Paso a paso, el material duro de sus botines resonaba haciéndole compañía. Las lámparas a gas, capricho de la arquitectura de siglos perennes, iluminaban con tenuidad las decoraciones. Los sonidos de la celebración parecían lejanos, parte de un sueño del que no quería ser parte.
La contradicción se transformó en un cejo fruncido. Si detestaba desde sus entrañas esa porquería, ¿por qué no era capaz de definir en pocas palabras el porqué estaba en medio de un nido de serpientes? No quería firmar un contrato de forma determinativa. Tampoco gozar de las ganancias de la Dinastía. No quería caer en el remolino de decepciones que constituía el Jardín Gris para la población desafortunada de la nación.
No quería...
Quería...
¿Desde qué momento había antepuesto su goce a sus prioridades? Parecía una cría. Aunque entre parecer y proyectar existe un abismo inescrutable en cuanto a leer sus facciones. Sentía que el cansancio ya no era aplacado por el alcohol que la muchacha le había dado hacía unos momentos. Se sentía más humana y despierta que nunca, exhaustivamente consciente de la realidad que la envolvía como alas del averno. Por ello las interrogantes atestaban su cabeza, buscando un bálsamo de lógica que aliviara el largo viaje que había emprendido a la perdición de un mundo que jamás llamaría hogar.
Su figura se enfrentó a las monumentales puertas revestidas en aplicaciones de oro. Ésa no era la réplica que intentaba discernir, pero sería un atisbo de lo que buscaba. Apoyó su espalda al lado del umbral aún cerrado, flectando su pierna derecha para acomodarse. Acto seguido, encendió un cigarrillo. La musa debía llegar eventualmente y anhelaba un poco de amargura en sus labios para ir acorde a la actitud que le había demostrado en su primer encuentro. Una cosa era estar en su territorio, otra distinta era ser deshonestamente amable.
Además, el cuenco bizantino con insertos de lapislázuli no venía nada mal como cenicero.
Sin embargo, si se invocaba mucho al diablo, éste aparecía. —Creí que me recibiría con otro atuendo, luego de tan encantador encuentro con la escoria de Montsanté. —Arqueó una ceja, apenas observándola.
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Re: The Pale Empress
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Ciertamente, era ella: la teniente Quartz tenía presencia, e incluso en la oscuridad, la Emperatriz adivinó su silueta en la oscuridad. El humo de su cigarrillo las envolvió a ambas y la puerta se cerró tras ella, envuelta en su aparatoso vestido. Sus primeras palabras, sin embargo, no fueron las esperadas por una invitada a aquella fiesta y dejaron a la Emperatriz con los labios entreabiertos y a punto de decir algo harto más cortés.
Pestañeó e inclinó la cabeza con suavidad:
—Teniente Quartz, esperaba verla abajo en el baile, y no aquí arriba —pero si Quartz creía que podía mostrarle así su desagrado y su desacato sin recibir algo de reproche es que no la conocía bien aún. Anna podía parecer una muñeca inofensiva en vestidos, largos guantes y collares de perlas, pero no había alcanzado el poder por ser de porcelana.
Le arrebató el cigarrillo de los labios y lo apagó en el cuenco bizantino que ella había estado usando de cenicero, inclinada hacia ella, como si su presencia pudiera consumir a la de la teniente, a pesar de haber sido ella la que le había pedido protección:
—No se puede fumar en mi dormitorio, estropea las cortinas, pero eso ya lo aprenderás —se apartó de ella y se dirigió hacia los grandes ventanales del Este de la habitación, por donde ella podía contemplar el Sol sobre el Imperio que había construido, a pesar de que en aquel momento solo restara oscuridad.
Se volvió y entonces fue cuando lo escuchó: una de las criadas, discutiendo con un hombre cuya voz conocía bien y que irrumpió en el dormitorio como si le perteneciera. Anna comprendió entonces la horrible verdad: Montsanté había bebido demasiado y no iba a irse sin lo que había venido a buscar. Sus ojos encontraron al instante los de la teniente que, refugiada en la oscuridad aún junto a la puerta, le dedicaba una mirada de disgusto al recién llegado que, obviamente, no advirtió su presencia.
El hombre se limitó a cruzar la habitación como si con ello pudiera dominar el Imperio entero y a tirar de la cintura de la Emperatriz como si con ello pudiera poseerla a ella también. Anna quería demostrarle a la teniente que podía librarse de un hombre así, pero le faltó ser más previsora. El Conde apestaba a whiskey, y se atrevió a lanzarla al suelo de una bofetada como si fuera una muchacha.
Se agachó sobre ella y empezó a tirar de su vestido. Las perlas del collar se desperdigaron sobre la alfombra exquisitamente tejida, cada una representando el control que Anna hubiera podido tener de la situación, y sus manos intentaron apartar al hombre demasiado tarde. Para ella, él ya había ganado.
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Re: The Pale Empress
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El tabaco se consumió prematuramente y, para una mujer con afán de ritmos propios como ella, eso pudo significar un arrebato de pésimo humor. Mas, el evento que les reunía estaba lejos de ser su oficina, los cuarteles del Jardín Gris o siquiera la zona de batalla, donde podría comportarse como una hija de puta sin apenas pestañear.
No. Mostrar la hilacha a una oligarca era un pensamiento que simplemente lograba ponerla a la defensiva. Su peor enemigo era ella, lo sabía. Ella y la probabilidad humana de que sus convicciones flaquearan ante adversidades fuera de su control.
—Usted no me verá si esa no es mi intención. —Lo que no quiere decir que no estuviese allí. Sus pasos se amoldaron a la alfombra teñida de trabajo esclavo, poco uso y ostento sin motivo. Prefería no demostrar la cercanía que hasta entonces no planeaba tener. Una cosa era oprimirla en su tierra, otra distinta pecar de arrogante y permitir que ella tomase conclusiones poco fundadas sobre su persona.
Su atención, de todas formas, tuvo que irse por la tangente de la reaparición del Conde. La rubia sólo arqueó una ceja con los brazos cruzados. La autoridad cayó en desgracia por un bofetón bien puesto y Quartz se limitó a sacar otro cigarrillo y prenderlo.
Sólo...
La incómoda violencia se bañó de quejas y gemidos de vergüenza. La batalla estaba perdida antes de que la cabecilla del Imperio pensara en defenderse.
...un poco...
Patética, patético. Los animales, ataviados y perfumados, seguían siendo eso. Animales. Follar con una persona presente y con las puertas abiertas para que un nuevo y jugoso rumor corriera por las distintas tierras en su poderío, sí que era una hazaña. Aplausos a los aristócratas.
...más.
El espectáculo era penoso, tanto que el resonar de sus tacones bajos no bastó para opacar el asco a través de sus ojos cansados. Con lentitud se agachó próxima al agresor e intercambió su atención entre él y la súplica de Petrova. Con un suspiro conclusivo, entonces, tomó el cilindro a fuego vivo.
Lo analizó, rodó y espiró una última vez.
Ceniceros se encontraban en todas partes y el ojo de Montsanté estuvo a la altura de uno, exceptuando el terrible hedor que emergía de toda su persona. El sonido, en cambio, fue la mar de satisfactorio.
—Y así es como toda la guardia real se va a rascar los huevos, mientras tú los recibes gratuitamente, Anna.
Pero como los cerdos no son agradables ni comiéndolos, el borracho emitió un desaforido grito con desesperación, removiéndose de las caras telas de la Emperatriz. O lo que quedaba de ellas, repartidas por la habitación y permitiendo apreciar las curvas trémulas de la mujer.
—¿Qué me decía sobre aprender? —Mencionó, observándola. Toda heroína tenía su tragedia escrita y ella adoraba estar en el bando antagónico.
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Re: The Pale Empress
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El cuerpo de la Emperatriz temblaba contra el suelo. Las alfombras de su dormitorio nunca le habían arañado la piel, pero en aquel momento la sentía como si fuera a marcar su piel blanca con cada roce entre el Conde y el suelo. Cuando pudo levantarse, lo hizo para contemplar el terrible espectáculo que ofrecía Montsanté agitándose, gritando, pidiendo ayuda. Ignorar la pregunta de Quartz no le fue difícil. La cola de su vestido se había roto, y ahora solo quedaba sobre su fina piel un corsé roto y una delicada y exquisita ropa interior.
Una patada con su zapato de tacón a la boca del Conde bastó para hacerlo callar, pero no bastaría para silenciarlo de por vida ¿qué había intentado?
Pero de todos los hombres en los que Anna Isabella Petrova confiaba, ni uno solo estaba allí para defenderla ¿la habrían oído? ¿Habría gritado ella si aquel cerdo hubiera conseguido abrirse camino a su interior? Le temblaban las manos. Las nauseas que había sentido hacia ya tanto tiempo tras ser víctima de aquel acto atroz amenazaban con doblegarla. Podía verse a sí misma cayendo de rodillas, manchando de champagne y aperitivos a medio digerir la alfombra, llorando amargamente sobre su vestido roto mientras el hombre amenazaba con arruinarle la vida.
No iba a suceder.
Ningún hombre iba a romperla, nunca más. Por eso no tembló cuando su tacón le atravesó la garganta a Montsanté; cuyo cuerpo hicieron desaparecer sus soldados, sin hacer pregunta alguna. Solo su jefe de seguridad, un fiel caballero a cuyo matrimonio con un músico había asistido ella hacía tantos años ya supo la verdad. Y guardarían silencio por lealtad, que no por juramento.
Cuando Petrova pudo volver a prestar atención a su persona, las criadas ya habían retirado el vestido, la alfombra sucia y limpiado la sangre: una de ellas estaba ayudándola a terminar de quitarse el corsé, mientras ella se retiraba los adornos del cabello, cuando volvió a hablar:
—Le estaba diciendo que aprenderá, como todo aquel que me sirve. Manchar el lapislázuli no es algo que le perdone a cualquiera —aseveró la Emperatriz, entregando los pendientes a a la mano servicial de una criada, que se marchó, dejándola semi desnuda frente a la otra mujer.
Se llevó las manos a la cadera y la contempló, preguntándose como sería su piel debajo de aquel sobrio atuendo, y si se marcaría o no con facilidad. Alzó el mentón, pero en sus ojos el miedo seguía enterrándose, impidiéndole a su corazón latir con normalidad:
—¿Y bien? Sigo aguardando su respuesta.
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Re: The Pale Empress
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La estratega se limitó a observar la conclusión de un espectáculo que, debido a su fugacidad, le habría parecido irreal de no ser por las doctrinas engendradas en su mente. Todo lo que fuera dudable, era absolutamente cierto. Y todo lo que se alzaba con una solidez de fiar, era una ilusión que terminaría por poner en riesgo todo lo que había logrado. No creía en los absolutos, pero tampoco en las especulaciones sobre la marcha. Un aristócrata fue puesto en el lugar que le correspondía y los silencios ahogaban los aposentos de Petrova. Su pobre vientre estaba descompuesto en una histeria reprimida, podía sentirlo en el propio. Sin embargo, su sensación emulaba un calor que subía hasta sus oídos vertiginosamente.
Tragó saliva, conservando su postura. No podía mentirse a sí misma: quizá la Emperatriz escondía un ímpetu a medio dormir, impulsado por el odio que sentía hacia su propia persona, la vida ficticia que había creado para sobrevivir y las amenazas que constantemente llegaban desde su fuero interno y los alrededores. El tacón hizo que su pecho se contrajera con una satisfacción terrible, pero no pudo gozar de ésta con tantos invitados encargándose de una mancha que quizá se borraría de las exuberantes telas, pero no de su memoria.
Fue la primera ocasión en la que sintió un ápice de empatía. El deseo de ella misma golpearla contra el primer mueble que estuviera en su camino y tomarla donde había cesado Montsanté su apetito. Anna lo supo y construyó nuevamente un muro entre su desnudez y las intenciones de la militar. La ropa era lo de menos.
—Ha de tener muchas agallas para hablarme así después de un favor. –Reclamó Quartz, aproximándose a ella. —¿Aún no se percata de que sigue usando los términos equivocados? —Alzó las cejas, fingiendo lástima. Más cerca que nunca, apoyó su mano enguantada y a medio extenderse sobre la clavícula derecha de la morena. –Si llegara a hacer algo por usted algún día, no será servirle… —Pausó, clavando sus ojos en el pánico de los frágiles de Anna. Con abuso, extendió la espera para reanudar sus palabras, devorando la respiración agitada sobre los centímetros que impedían el roce.
¿Qué tienes para ofrecer a cambio?
¿Cuál de los encantos de la Emperatriz vale la pena?
¿Me permitirías destruirte con tal de convencerme?
Porque servir a la cabeza de la dinastía no sería suficiente. —Yo le entregaría mi vida.
Castillo Petrova | 21:00 hrs
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Re: The Pale Empress
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No debería haber permitido que la tocara, pero no estaba segura de querer impedirlo. Con un gesto de mano, todos los criados se retiraron, y el silencio que marcó la puerta cerrándose tras el último de ellos la permitió centrarse en los ojos de la teniente, ahora muy cerca de los de ella. Tragó saliva, algo que tal vez pudiera pasar desapercibido a mayor distancia, pero que resaltó estando ambas tan cerca.
La imagen de Montsanté la asaltó otra vez, haciéndola tensarse y su blanca piel se estremeció, haciendo que apartara las manos de su cadera para acariciarse la piel erizada de los brazos:
—Servirá —concluyó, como si estuvieran negociando con diamantes en lugar de con vidas. Y la vida de la teniente resultaba mucho, mucho más valiosa para ella.
Pasó por su lado, dejando que la mano de la teniente cayera en el vacío al apartarse, y se quitó los tacones en el camino a su vestidor. En su espalda, las tiras apretadas del corsé habían trazado líneas sobre la piel, una tortura por belleza que estaba dispuesta a soportar. En cuanto a los zapatos, haría que los tiraran de inmediato, por supuesto. Cuando volvió a acercarse a la teniente, vestía un batín de seda a medio atar en la fina cintura, de un azul terriblemente parecido al vestido que acababa de quitarse. A propósito o no, la prenda permitía ver demasiada piel.
Ladeó el rostro.
Desprovista de su vestido, de su corsé, de sus joyas y de sus tacones, su barbilla no alcanzaba la de la teniente. La Emperatriz, contemplándola escasos centímetros por debajo de ella, sentía en su piel algo más que el cosquilleo de los cabellos azabaches sueltos sobre los hombros, derramándose como una cascada sobre el claro azul de la prenda:
—Gracias por aceptar —concedió entonces, aunque la sonrisa que le regaló era tal vez la primera sincera: más pequeña, más tímida, más fugaz.
Ahora, sus vidas se pertenecían.
Castillo Petrova | 21:00 hrs
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Re: The Pale Empress
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La tranquilidad que ahora reinaba en las facciones de la monarca impidió que Quartz refutara su agradecimiento en un acto reflejo. Quería dejarla respirar unos minutos sin su armadura, sus sirvientes, sin la ola de apariencias que le permitían vivir. La estratega se limitó a observarla con una rapidez desinteresada, sin caer en mostrarle —una vez más —el deseo que había provocado el asesinato en ella. —Ciertamente entra en confianza sin demoras. —Sentenció no molestándose en tomar una distancia prudente del cuerpo que ahora se exhibía descaradamente.
—Siento romper sus ensoñaciones, pero… —Se disculpó con sequedad, desabotonándose la chaqueta. —Aún nos encontramos en un supuesto —. Los tratos no son tan fáciles, Su Alteza.
El torso de la militar se deshizo de la prenda, rompiendo con la imagen impoluta y absolutamente estricta que solía envolverla. Una camisa a la medida delineaba su figura y los atributos que podían acreditar que era una mujer hecha y derecha, a pesar de la rudeza que no solía verse en el género en círculos de Petrova.
—Quizá y con un poco de suerte, tendrá noticias de mí pronto —. Quizá logre acostumbrarme a usted todos los días.
¿Cómo iba a rechazar la perfecta oportunidad de hacerla rechinar los dientes con frustración? Nunca se entregaba el trofeo sin un poco de barro en la cara y las rodillas rotas.
Quartz cubrió a la Emperatriz con la cazadora y el rostro lleno picardía. Había sonado conmovedor su discurso, ¿verdad? Y aunque fuera cierto, en parte, no significaba que viniera con contrato firmado. Ella debería hacerse valer, mostrarle más de lo que apenas degustó. Cuando regresara la soledad debería relamerse sin creer lo que había presenciado. ¿Quién diría que una muñeca podría ser tan violenta?
—No me espere con la ventana abierta. —Concluyó y salió del recinto justo como le encantaba: con el control.
Castillo Petrova | 22:18 hrs
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