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2. No excuses | Desmond
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2. No excuses | Desmond
NO EXCUSES.
El verano ya afectaba al clima, pero no en el Campamento Mestizo, porque, bueno, hacían trampa. Y Jay adoraba esas trampas. Solo nevaba en navidad y no llovía nada más que en la zona de las fresas cuando lo necesitaban, que tampoco era mucho ya que el suelo era increíblemente fértil. Vamos, que en el Campamento Mestizo hacía un sol radiante, precioso y perpetuo, pero también corría una brisa muy agradable, aunque más o menos continua. Por eso la hija de Zeus llevaba la melena rubia —que era más falsa que un billete de tres euros, pero ahí estaba ella con su tinte— agarrada en una coleta. De hecho, iba vestida bastante fresca para lo que acostumbraba, con la camiseta naranja del campamento y unos de esos shorts de voleibol que dejan tanta movilidad para hacer deporte y tal. No solía vestir tan deportiva, aunque para los entrenamientos sí que era necesario ir así. Y ya que era a eso a lo que iba, no tenía ningún sentido que fuese de otra forma.
Llevaba toda la mañana haciendo el tonto por ahí y había decidido que en algún momento debería ponerse a hacer cosas más responsables. Vale, sí, el campamento mestizo no era precisamente el sitio más serio y responsable del planeta, sobre todo cuando habías estado en el Campamento Júpiter —las comparaciones son odiosas, pero este otro campamento era demasiado duro para alguien acostumbrado a no hacer prácticamente nada todo el año—, pero durante el curso se volvía algo más parecido a una escuela interna con profesores cuadrúpedos o algo así. Pese a todo, Jay tenía suficientes horas de ocio como para decidir malgastar las suyas haciendo idioteces con Kiara y también para entrenar de forma adicional.
La arena estaba prácticamente desierta, pero era normal. El total de mestizos que se quedaba durante el curso no llegaba a las dos docenas y Jay los conocía a casi todos, y los que iban a ir a la Arena durante ese rato probablemente no fuesen ni cinco. Pero ella entró de todos modos, se imaginaba que alguien querría entrenar con ella, aunque solo fuese por no hacerlo solo. Había un par de hijos del señor D. que se habían quedado porque decían que se llevaban sorprendentemente bien con su padre y que así aprovechaban para verle. La verdad es que Jay no estaba tan segura de eso como de que en realidad querían librarse de los deberes de su colegio mortal. Ella lo entendía, ni si quiera ella quería tener deberes en el colegio mortal.
Los colegios mortales estaban bien si no eras disléxico, si no veías monstruos y si no odiabas en general que tratasen de controlarte, cosa que no solía pasar entre los mestizos ya que las tres moiras solían estar especialmente pesadas con ellos. «Tenemos vidas cortas porque son vidas intensas» solía decirse Jay «Pero eso no quita que esas tres viejas brujas tengan en sus manos nuestra muerte» completaba siempre. Y es que odiaba ver como sus parientes divinos se morían solo por caprichos del destino, y por eso siempre estaba entrenando, para protegerlos a todos.
Llevaba toda la mañana haciendo el tonto por ahí y había decidido que en algún momento debería ponerse a hacer cosas más responsables. Vale, sí, el campamento mestizo no era precisamente el sitio más serio y responsable del planeta, sobre todo cuando habías estado en el Campamento Júpiter —las comparaciones son odiosas, pero este otro campamento era demasiado duro para alguien acostumbrado a no hacer prácticamente nada todo el año—, pero durante el curso se volvía algo más parecido a una escuela interna con profesores cuadrúpedos o algo así. Pese a todo, Jay tenía suficientes horas de ocio como para decidir malgastar las suyas haciendo idioteces con Kiara y también para entrenar de forma adicional.
La arena estaba prácticamente desierta, pero era normal. El total de mestizos que se quedaba durante el curso no llegaba a las dos docenas y Jay los conocía a casi todos, y los que iban a ir a la Arena durante ese rato probablemente no fuesen ni cinco. Pero ella entró de todos modos, se imaginaba que alguien querría entrenar con ella, aunque solo fuese por no hacerlo solo. Había un par de hijos del señor D. que se habían quedado porque decían que se llevaban sorprendentemente bien con su padre y que así aprovechaban para verle. La verdad es que Jay no estaba tan segura de eso como de que en realidad querían librarse de los deberes de su colegio mortal. Ella lo entendía, ni si quiera ella quería tener deberes en el colegio mortal.
Los colegios mortales estaban bien si no eras disléxico, si no veías monstruos y si no odiabas en general que tratasen de controlarte, cosa que no solía pasar entre los mestizos ya que las tres moiras solían estar especialmente pesadas con ellos. «Tenemos vidas cortas porque son vidas intensas» solía decirse Jay «Pero eso no quita que esas tres viejas brujas tengan en sus manos nuestra muerte» completaba siempre. Y es que odiaba ver como sus parientes divinos se morían solo por caprichos del destino, y por eso siempre estaba entrenando, para protegerlos a todos.
Campamento Júpiter, todos los mestizos

¡Gracias a Oswald por el pack!
Re: 2. No excuses | Desmond
NO EXCUSES.
No tenía muy claro en qué época del año estaban, pues uno acababa por perder la cuenta de los días cuando vivía en el Campamento Mestizo como hacía Desmond. Y es que, no tenía ninguna razón para regresar a su casa. Después de todo, nadie le quería ahí. Tampoco es que en el campamento tuviera muchos amigos, pero al menos estaba con Amir, lo cual era de por sí un gran consuelo. Adoraba a ese bastardo egocéntrico y mal perdedor. Al menos cuando jugaban a atrapar la bandera conseguía estar a veces en el equipo vencedor, cuando jugaba con Amir, claro. Si no... bueno, generalmente se iba a una esquina y dejaba al resto guerrear. Nadie le quería en su equipo, lo cual era bastante comprensible.
Ni él tampoco quería participar. Siempre había alguna raíz por el suelo que estuviera más elevada de lo debido o algo que le hiciera tropezar y caerse. Una vez hasta cayó en el agua y no fue capaz de salir por un alga enganchada en el pie. Fue, quizás, uno de los momentos más patéticos en el campamento. Sin contar con aquella vez que un sátiro se comió sus pantalones. Aunque aquello aún no tenía ninguna lógica para el hijo de Tyche.
En cualquier caso, ese día había sido el peor de aquella semana. La razón era una muy obvia: Amir no estaba cerca para contrarrestar su maldición aunque fuera un poco. Y le habían arrastrado al campo de entrenamiento. Entre que se ponía la armadura ligera para protegerse de un posible golpe malo y que cogía el arma, había tropezado con una lanza caída en el suelo y estampado directo en el suelo, quedando inconsciente por lo que bien podrían haber sido un par de horas.
Al despertar, estaba totalmente solo.
O al menos eso pensaba él mientras se pasaba una mano por la cabeza, intentando aliviar el profundo dolor. Cualquiera que le viera podría pensarse que acababa de despertar de una larga siesta cuando todo lo que quería Desmond era pegársela y olvidar el dolor de cabeza que sentía. Con un pequeño gruñido, se levantó del suelo, pateando fuera la lanza que le había hecho caer y quedarse... ahí tirado como si fuera lo más normal del universo. Odiaba que le pasase aquello, no podía vivir sin tener miedo a que se le cayera un piano encima o algo peor.
Solo entonces se dio cuenta de que no estaba solo en la sala. Había una chica rubia. Una chica que... oh, la hija de Zeus. Siempre la había evitado, como hacía con todo el mundo en realidad. Pero ahora, más que nunca, tenía ganas de desaparecer o que se lo tragase la tierra o lo que fuera.
—Ehm... ya me iba... te dejo... te dejo entrenar en paz. —Dijo un tanto nervioso, sin mirarla a los ojos mientras andaba de forma apresurada. Por eso mismo y no prestar atención de donde ponía el pie, resbaló con lo que tenía que ser sudor en el suelo y cayó de culo, esta vez sin quedar fuera de combate, tan solo dolorido en otro flanco más. Y el orgullo pisoteado, por supuesto.
Ni él tampoco quería participar. Siempre había alguna raíz por el suelo que estuviera más elevada de lo debido o algo que le hiciera tropezar y caerse. Una vez hasta cayó en el agua y no fue capaz de salir por un alga enganchada en el pie. Fue, quizás, uno de los momentos más patéticos en el campamento. Sin contar con aquella vez que un sátiro se comió sus pantalones. Aunque aquello aún no tenía ninguna lógica para el hijo de Tyche.
En cualquier caso, ese día había sido el peor de aquella semana. La razón era una muy obvia: Amir no estaba cerca para contrarrestar su maldición aunque fuera un poco. Y le habían arrastrado al campo de entrenamiento. Entre que se ponía la armadura ligera para protegerse de un posible golpe malo y que cogía el arma, había tropezado con una lanza caída en el suelo y estampado directo en el suelo, quedando inconsciente por lo que bien podrían haber sido un par de horas.
Al despertar, estaba totalmente solo.
O al menos eso pensaba él mientras se pasaba una mano por la cabeza, intentando aliviar el profundo dolor. Cualquiera que le viera podría pensarse que acababa de despertar de una larga siesta cuando todo lo que quería Desmond era pegársela y olvidar el dolor de cabeza que sentía. Con un pequeño gruñido, se levantó del suelo, pateando fuera la lanza que le había hecho caer y quedarse... ahí tirado como si fuera lo más normal del universo. Odiaba que le pasase aquello, no podía vivir sin tener miedo a que se le cayera un piano encima o algo peor.
Solo entonces se dio cuenta de que no estaba solo en la sala. Había una chica rubia. Una chica que... oh, la hija de Zeus. Siempre la había evitado, como hacía con todo el mundo en realidad. Pero ahora, más que nunca, tenía ganas de desaparecer o que se lo tragase la tierra o lo que fuera.
—Ehm... ya me iba... te dejo... te dejo entrenar en paz. —Dijo un tanto nervioso, sin mirarla a los ojos mientras andaba de forma apresurada. Por eso mismo y no prestar atención de donde ponía el pie, resbaló con lo que tenía que ser sudor en el suelo y cayó de culo, esta vez sin quedar fuera de combate, tan solo dolorido en otro flanco más. Y el orgullo pisoteado, por supuesto.
Campamento Mestizo, con Jay
Última edición por Fenrir el Lun 11 Abr - 20:28, editado 1 vez
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Re: 2. No excuses | Desmond
NO EXCUSES.
Vale, al parecer no estaba tan vacío. Por supuesto, había visto a un par de personas, pero estas se iban cuando ella acababa de entrar, así que asumió que tenía la Arena solo para ella. Eso la alegraba en cierto modo, porque no tendría que esperar para usar según qué partes del recinto, sin embargo, fastidiaba sus planes de entrenar con alguien. Probablemente debería haber llamado a alguien, pero sencillamente no lo había pensado. Culpa suya. Aunque no era la única que cometía errores, su padre también los cometía. Y también tantos de sus otros familiares divinos, y eso que ellos eran omnisapientes dioses cargados de energía divina y toda la pesca. La verdad es que ni le importaba ni falta que le hacía. Lo que sí que le importaba era no tener un acompañante para entrenar, porque no podría hacer los ejercicios de esgrima más complejos sin un contrincante. Incluso deseó encontrarse con Elsa para retarla a un combate “amistoso”, o lo que más parecido se pudiese encontrar entre esas dos y la amistad, claro.
Sin embargo, no parecía estar sola completamente. Había empezado a correr por la arena, para calentar, durante los primeros quince minutos. Cuando todo parecía que estaba completamente vacío decidió acercarse hacia la zona donde se encontraban las armas de entrenamiento, hechas de madera con núcleo de plomo, como si aquello fuese a emular un combate real. Pensó en irse al bosque, pero para eso necesitaba un compañero. «Además, lleva seis años sin haber un monstruo, ¿por qué iba a haberlos ahora para mí?» se preguntó mientras agarraba una lanza. Era su arma predilecta, aunque originalmente había empezado usando la espada. Al final había descubierto que la lanza era mejor para dos cosas: evitar que te golpeen gracias al mayor rango y conducir rayos hasta tu enemigo. Era un arma polifacética y tremendamente práctica. Además cuando eras hábil con ella te podías marcar un Oberyn Martell y ser lo más jodidamente épico del mundo.
Pero no llegó a coger la lanza, porque se encontró al muchacho con el que compartía la Arena. Por supuesto, no es que él estuviese haciendo gran cosa, aparte de dormir. No lo conocía. Le sonaba de algo, probablemente de haberlo visto por allí durante el año, pero nunca se había fijado en él, por lo que no era de Afrodita. No es que ella se fijase mucho en los de Afrodita, es que sencillamente los de Afrodita llamaban la atención, quisieras o no. «Como Isaac y ese estúpido cinturón mágico» se sorprendió pensando mientras el chico se levantaba. Estaban bastante cerca, lo suficiente como para que Jay viese la cara de dormido que tenía. Aunque era más bien cara de… confusión, como si no supiese dónde estaba. «Hermes, le han sacado de la cama y le han soltado aquí en medio de la nada» propuso como hipótesis al extraño comportamiento. Pero entonces, pidió perdón, como si fuese un estorbo. «¿Un dios menor, quizás?» no descartó completamente a Hermes, porque cualquier cosa podría ser, pero era otra posibilidad.
Pero entonces, de repente, pasó lo más extraño que en su vida había visto. Y lo vio claramente. Se tropezó con una de las lanzas del suelo y se cayó de culo. Lo vio como a cámara lenta, como si fuese ella misma la que se estaba cayendo, pero no reaccionó a tiempo, estaba demasiado impresionada por lo estúpido de la situación. — Wow— soltó cuando le vio en el suelo. Eso tenía que haber dolido—. ¿Estás bien?— le salió del alma, porque la leche había sido tan estúpida que no sabía si reírse o preocuparse, así que sencillamente preguntó, aunque la impresión y la diversión se vieron en sus ojos—. Está claro que no eres hijo del Dios del Equilibrio.
Sin embargo, no parecía estar sola completamente. Había empezado a correr por la arena, para calentar, durante los primeros quince minutos. Cuando todo parecía que estaba completamente vacío decidió acercarse hacia la zona donde se encontraban las armas de entrenamiento, hechas de madera con núcleo de plomo, como si aquello fuese a emular un combate real. Pensó en irse al bosque, pero para eso necesitaba un compañero. «Además, lleva seis años sin haber un monstruo, ¿por qué iba a haberlos ahora para mí?» se preguntó mientras agarraba una lanza. Era su arma predilecta, aunque originalmente había empezado usando la espada. Al final había descubierto que la lanza era mejor para dos cosas: evitar que te golpeen gracias al mayor rango y conducir rayos hasta tu enemigo. Era un arma polifacética y tremendamente práctica. Además cuando eras hábil con ella te podías marcar un Oberyn Martell y ser lo más jodidamente épico del mundo.
Pero no llegó a coger la lanza, porque se encontró al muchacho con el que compartía la Arena. Por supuesto, no es que él estuviese haciendo gran cosa, aparte de dormir. No lo conocía. Le sonaba de algo, probablemente de haberlo visto por allí durante el año, pero nunca se había fijado en él, por lo que no era de Afrodita. No es que ella se fijase mucho en los de Afrodita, es que sencillamente los de Afrodita llamaban la atención, quisieras o no. «Como Isaac y ese estúpido cinturón mágico» se sorprendió pensando mientras el chico se levantaba. Estaban bastante cerca, lo suficiente como para que Jay viese la cara de dormido que tenía. Aunque era más bien cara de… confusión, como si no supiese dónde estaba. «Hermes, le han sacado de la cama y le han soltado aquí en medio de la nada» propuso como hipótesis al extraño comportamiento. Pero entonces, pidió perdón, como si fuese un estorbo. «¿Un dios menor, quizás?» no descartó completamente a Hermes, porque cualquier cosa podría ser, pero era otra posibilidad.
Pero entonces, de repente, pasó lo más extraño que en su vida había visto. Y lo vio claramente. Se tropezó con una de las lanzas del suelo y se cayó de culo. Lo vio como a cámara lenta, como si fuese ella misma la que se estaba cayendo, pero no reaccionó a tiempo, estaba demasiado impresionada por lo estúpido de la situación. — Wow— soltó cuando le vio en el suelo. Eso tenía que haber dolido—. ¿Estás bien?— le salió del alma, porque la leche había sido tan estúpida que no sabía si reírse o preocuparse, así que sencillamente preguntó, aunque la impresión y la diversión se vieron en sus ojos—. Está claro que no eres hijo del Dios del Equilibrio.
Arena, con Desmond

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Re: 2. No excuses | Desmond
NO EXCUSES.
El calor subió pronto a sus mejillas, realmente avergonzado de aquella patética actuación de equilibrio. Diablos, debería haber mirado mejor por dónde andaba en lugar de ir a lo loco, como siempre. Aunque generalmente eso no solía salvarle de las caídas. Más bien al contrario, siempre terminaba igual comiendo el suelo. Era un auténtico imán para las desgracias. No se atrevía a mirar a la cara a la chica, pues tenía muy claro cuál iba a ser su expresión. Todas reaccionaban siempre igual. Bueno, todos, en general. Nadie se libraba de reírse del torpe hijo de la suerte misma.
Soltando un pequeño suspiro, levantó la vista hacia ella cuando le preguntó si estaba bien. No se molestó en intentar levantarse, pensando que por el momento al menos estaba más bien seguro en el suelo. Claro que cuando sus ojos conectaron con los de ella sintió un pequeño flechazo en su trasero, lo típico cuando Cupido se burla de ti. Oh, genial. Ahora un ligero enamoramiento, propio de la edad pero terriblemente desafortunado, como siempre. Esperaba que al menos el flechazo se le pasase rápido.
Sobre todo porque había hecho el ridículo frente a ella ya una vez. Y lo haría otras cuarenta más si conseguía siquiera llevarla a la vuelta de la esquina a una cita. Por no decir que precisaría de mucha suerte para conseguir una cita.
Oh, le estaba dando demasiadas vueltas a algo que no iba a suceder. Mejor dejarlo, sí.
—Hijo de Tyche, de hecho. No ayuda mucho con el equilibrio en general, especialmente cuando ella está enfadada contigo y decide que nada de lo que hagas te va a salir bien. —Dijo con cierta amargura. Omitió el dato de que, en realidad, se trataba de una maldición y no algo que él se hubiera buscado con tonterías. Sencillamente era una maldita cosa que había llegado desde su nacimiento y había condenado su existencia. Lo normal cuando uno hablaba de dioses.— Y... creo que lo mejor para mi será antes de que vuelva a hacer el ridículo de alguna forma... peor.
Porque estaba seguro de que lo próximo malo que pasase le haría perder los pantalones. Probablemente de forma literal.
Con cierto esfuerzo para su corazón herido, se incorporó y se alisó la ropa. Tras comprobar que no había nada a sus pies con lo que poder tropezarse, comenzó a caminar, dando pequeños pasos lentos y cargados de concentración en un tonto intento de no volver a comer suelo.
Soltando un pequeño suspiro, levantó la vista hacia ella cuando le preguntó si estaba bien. No se molestó en intentar levantarse, pensando que por el momento al menos estaba más bien seguro en el suelo. Claro que cuando sus ojos conectaron con los de ella sintió un pequeño flechazo en su trasero, lo típico cuando Cupido se burla de ti. Oh, genial. Ahora un ligero enamoramiento, propio de la edad pero terriblemente desafortunado, como siempre. Esperaba que al menos el flechazo se le pasase rápido.
Sobre todo porque había hecho el ridículo frente a ella ya una vez. Y lo haría otras cuarenta más si conseguía siquiera llevarla a la vuelta de la esquina a una cita. Por no decir que precisaría de mucha suerte para conseguir una cita.
Oh, le estaba dando demasiadas vueltas a algo que no iba a suceder. Mejor dejarlo, sí.
—Hijo de Tyche, de hecho. No ayuda mucho con el equilibrio en general, especialmente cuando ella está enfadada contigo y decide que nada de lo que hagas te va a salir bien. —Dijo con cierta amargura. Omitió el dato de que, en realidad, se trataba de una maldición y no algo que él se hubiera buscado con tonterías. Sencillamente era una maldita cosa que había llegado desde su nacimiento y había condenado su existencia. Lo normal cuando uno hablaba de dioses.— Y... creo que lo mejor para mi será antes de que vuelva a hacer el ridículo de alguna forma... peor.
Porque estaba seguro de que lo próximo malo que pasase le haría perder los pantalones. Probablemente de forma literal.
Con cierto esfuerzo para su corazón herido, se incorporó y se alisó la ropa. Tras comprobar que no había nada a sus pies con lo que poder tropezarse, comenzó a caminar, dando pequeños pasos lentos y cargados de concentración en un tonto intento de no volver a comer suelo.
Campamento Mestizo, con Jay
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Re: 2. No excuses | Desmond
NO EXCUSES.
Un hijo de Tyché torpe. Pues menuda suerte, ¿no? Hacía unos cuantos años Jay no creía en la suerte, consideraba que todo era una cuestión de habilidad, de capacidades, algo de talento y, en general, de actitud. Si creías que todo lo malo te iba a pasar a ti al final acababa por pasarte porque, bueno, no es que tuvieses cuidado. Dabas por hecho que las cosas iban a pasar de cualquier forma, así que al final pasaban. Es fácil atribuir lo malo que te pasa a fuerzas superiores a la humanidad, sobre todo a algo tan… etéreo como lo es la suerte, sin embargo, cuando sabes que los dioses existen y que, de hecho, la suerte es una diosa, todo te parece bastante menos frívolo y hasta tienes miedo de meter la pata al acusar a algo tan extraño como la suerte de carecer de existencia… Así que, ¿en qué cree Jay ahora? Bueno, es una mezcla de escepticismo radical y mal intento de autoconvencerse de que la suerte realmente existe. Os daré una pista: no funciona.
Así que hijo de Tyché o no, el caso es que el muchacho era sorprendentemente torpe y eso ya había quedado claro. Los mestizos tenían destinos aciagos, Jay era la primera que lo sabía, pero se negaba a pensar que realmente el “terrible destino” de ese muchacho fuese tropezarse con lanzas. Estaban allí precisamente para combatir contra esas cosas, y contra otras peores. El Campamento Mestizo era un lugar en el que debían aprender a luchar contra el destino, y aunque este no cambiase, conseguir retrasarlo tanto como fuese posible, eso era lo que consideraba Jay, excepto porque tampoco creía del todo en el destino. Sí, sabía que existían las moiras y también sabía que el Destino, con D mayúscula, con todas las letras y con todo su esplendor existía, porque era un Dios. Pero dudaba mucho que ese tal Destino, o como fuera que se llamase, fuese precisamente una entidad que decidía cómo iba a terminar cada vida. «Seamos sinceros… ¿De verdad no tiene nada mejor que hacer?».
Vio cómo se levantaba repentinamente y trataba de irse dejándola de lado, en la estacada, en mitad de una conversación. No pudo evitar sentir algo de enfado con el chaval. Si no fuese Jay probablemente se hubiese dado cuenta de que el chaval estaba tratando de disimular la vergüenza que acababa de sufrir. La hija de Zeus tiene un cero en empatía, quizás lo único en común con su querido padre.
— Hey, ¿a dónde te crees que vas?— soltó mientras le alcanzaba—. No creerás que te voy a dejar largarte así— rodó los ojos y le agarró del brazo—. Si tu madre está tan cabreada contigo solo hay dos formas de arreglarlo— se encogió de hombros notablemente—. La primera es pedirle perdón, cosa que no te voy a dejar hacer, la segunda es darle en los morros y demostrar que no es tan omnipotente como se cree que es— «porque no lo es. Solo es una cuestión de probabilidad»—. Así que vuelve ahora mismo aquí si no quieres que te atraviese de un lanzazo. Y ni se te ocurra pensar que no lo haré— soltó en tono de broma, todavía con una sonrisa divertida en el rostro—. Aquí tenemos ambrosía de sobra.
Así que hijo de Tyché o no, el caso es que el muchacho era sorprendentemente torpe y eso ya había quedado claro. Los mestizos tenían destinos aciagos, Jay era la primera que lo sabía, pero se negaba a pensar que realmente el “terrible destino” de ese muchacho fuese tropezarse con lanzas. Estaban allí precisamente para combatir contra esas cosas, y contra otras peores. El Campamento Mestizo era un lugar en el que debían aprender a luchar contra el destino, y aunque este no cambiase, conseguir retrasarlo tanto como fuese posible, eso era lo que consideraba Jay, excepto porque tampoco creía del todo en el destino. Sí, sabía que existían las moiras y también sabía que el Destino, con D mayúscula, con todas las letras y con todo su esplendor existía, porque era un Dios. Pero dudaba mucho que ese tal Destino, o como fuera que se llamase, fuese precisamente una entidad que decidía cómo iba a terminar cada vida. «Seamos sinceros… ¿De verdad no tiene nada mejor que hacer?».
Vio cómo se levantaba repentinamente y trataba de irse dejándola de lado, en la estacada, en mitad de una conversación. No pudo evitar sentir algo de enfado con el chaval. Si no fuese Jay probablemente se hubiese dado cuenta de que el chaval estaba tratando de disimular la vergüenza que acababa de sufrir. La hija de Zeus tiene un cero en empatía, quizás lo único en común con su querido padre.
— Hey, ¿a dónde te crees que vas?— soltó mientras le alcanzaba—. No creerás que te voy a dejar largarte así— rodó los ojos y le agarró del brazo—. Si tu madre está tan cabreada contigo solo hay dos formas de arreglarlo— se encogió de hombros notablemente—. La primera es pedirle perdón, cosa que no te voy a dejar hacer, la segunda es darle en los morros y demostrar que no es tan omnipotente como se cree que es— «porque no lo es. Solo es una cuestión de probabilidad»—. Así que vuelve ahora mismo aquí si no quieres que te atraviese de un lanzazo. Y ni se te ocurra pensar que no lo haré— soltó en tono de broma, todavía con una sonrisa divertida en el rostro—. Aquí tenemos ambrosía de sobra.
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