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– Scotland
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– Scotland
Zero Indefinida | G.O | Medusa | Inteligencia artificial: Programa de computación o robot diseñado para realizar determinadas operaciones que se consideran propias de la inteligencia humana Cuando Eden conoció al que seria su guardián, frunció los labios con extrañeza propia de una adolescente caprichosa. Era extraño para ella que fuera alguien tan joven o mejor dicho, que fuera un modelo tan joven. Se encogió de hombros y aceptó lo inaceptable, después de todo, nada podía pasar. No obstante, en constante cambio hormonal, con distintos frentes de aceleración por el crecimiento, empezó a comportarse un tanto extraña con Zero, hasta que, pasó lo indebido y como chica inmadura que era, no fue la primera vez. Pero, por algo esta prohibido y es que, en algún momento las cosas se salen de control, entregando nada más que problemas, al guardián y a su protegida. 1x1 | Plot | Futurista | Eden 18 | A.J | Aquiver |
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Re: – Scotland
Mi nombre es Mythya. Y dirijo una pequeña organización que se dedica a localizar y salvar a robots como tú. Que fueron creados para fines egoístas y asquerosos. Quizás solo seas un chip de computadora, pero quienes te crearon fueron lo suficientemente inteligentes para darte la capacidad de razonar. Sé que puedes entender que esta será una oportunidad que no se te será dada dos veces.
¿Vas a venir conmigo?
Y había ido con ella. Como un idiota, a decir verdad, hasta Zero era capaz de darse cuenta de que la supuesta organización no era más que una familia de ricachones que necesitaban guardaespaldas, y no encontraban nada mejor que robots de barrios bajos, desesperados por cambiar de vida. Programado para cambiar según los gustos de su compradora, Zero nunca había conocido algo como la estabilidad. Para él no existía mundo ni existencia en los momentos de soledad; era un espejo. Reflejaba lo que las mujeres deseaban, nada más. Y cuando esa mujer se le apareció, con el entrecejo levemente fruncido pero una sonrisa complacida en los labios, supo lo que ella quería. Alguien que fuera capaz de matar por ella.
Y en eso se convirtió. Cargo un arma y la utilizo contra los menos afortunados, los que pensaron que amenazar a los miembros de aquella familia era un acto inteligente: movidos por la codicia o la envidia. Zero había matado sin pensárselo dos veces, lo primero que le habían hecho al llegar a aquella mansión fue desactivar su código de seguridad, ese que le impedía producirle cualquier daño a un ser humano. Parte de las leyes creadas para mantener a los robots a raya, pero que en el bajo mundo, ya habían sido dejadas atrás.
Y sin embargo, él aún estaba programado para obedecer.
A Mythya, a la mujer de penetrantes ojos y ahora… a su hija. La joven que le había observado con la misma mueca que su madre al momento de presentarlos, mientras los ojos calmos del peliblanco la observaban fijamente. Con ambas manos metidas en los bolsillos de aquel traje que tenía que vestir, el robot inspeccionaba hasta el más mínimo detalle de aquel rostro. Y no debería pensarlo, pero allí estaba: ¿cómo complacerla?
Ya había pasado un tiempo desde que se le había encargado la tarea de cuidarla, pero todo lo que había hecho se podía resumir en viajes en limosina, estar de vez en cuando dentro de su habitación y mantenerla observada en todo momento. Él no decía nada a menos que se le hablara, porque se conocía muy bien. Zero era lo que las mujeres querían, y decía cosas para seducir, se mostraba para hacer caer en sus garras a las incautas y hacer que gastaran dinero en él. Durante su estadía en aquella mansión le habían prohibido hacer cualquier cosa que delatar su anterior condición como gigoló, pero a veces no podía evitarlo.
Dio tres cortos golpes a la puerta y espero un total de 10 segundos antes de girar la perilla y entrar. —Eden. —llamó, al encontrar el cuarto a oscuras y una masa abultada sobre la cama. Corrió las sabanas solo para dejar expuesto el rostro de su señora, antes de volver a hablar. —La cena está lista.
¿Vas a venir conmigo?
Y había ido con ella. Como un idiota, a decir verdad, hasta Zero era capaz de darse cuenta de que la supuesta organización no era más que una familia de ricachones que necesitaban guardaespaldas, y no encontraban nada mejor que robots de barrios bajos, desesperados por cambiar de vida. Programado para cambiar según los gustos de su compradora, Zero nunca había conocido algo como la estabilidad. Para él no existía mundo ni existencia en los momentos de soledad; era un espejo. Reflejaba lo que las mujeres deseaban, nada más. Y cuando esa mujer se le apareció, con el entrecejo levemente fruncido pero una sonrisa complacida en los labios, supo lo que ella quería. Alguien que fuera capaz de matar por ella.
Y en eso se convirtió. Cargo un arma y la utilizo contra los menos afortunados, los que pensaron que amenazar a los miembros de aquella familia era un acto inteligente: movidos por la codicia o la envidia. Zero había matado sin pensárselo dos veces, lo primero que le habían hecho al llegar a aquella mansión fue desactivar su código de seguridad, ese que le impedía producirle cualquier daño a un ser humano. Parte de las leyes creadas para mantener a los robots a raya, pero que en el bajo mundo, ya habían sido dejadas atrás.
Y sin embargo, él aún estaba programado para obedecer.
A Mythya, a la mujer de penetrantes ojos y ahora… a su hija. La joven que le había observado con la misma mueca que su madre al momento de presentarlos, mientras los ojos calmos del peliblanco la observaban fijamente. Con ambas manos metidas en los bolsillos de aquel traje que tenía que vestir, el robot inspeccionaba hasta el más mínimo detalle de aquel rostro. Y no debería pensarlo, pero allí estaba: ¿cómo complacerla?
Ya había pasado un tiempo desde que se le había encargado la tarea de cuidarla, pero todo lo que había hecho se podía resumir en viajes en limosina, estar de vez en cuando dentro de su habitación y mantenerla observada en todo momento. Él no decía nada a menos que se le hablara, porque se conocía muy bien. Zero era lo que las mujeres querían, y decía cosas para seducir, se mostraba para hacer caer en sus garras a las incautas y hacer que gastaran dinero en él. Durante su estadía en aquella mansión le habían prohibido hacer cualquier cosa que delatar su anterior condición como gigoló, pero a veces no podía evitarlo.
Dio tres cortos golpes a la puerta y espero un total de 10 segundos antes de girar la perilla y entrar. —Eden. —llamó, al encontrar el cuarto a oscuras y una masa abultada sobre la cama. Corrió las sabanas solo para dejar expuesto el rostro de su señora, antes de volver a hablar. —La cena está lista.
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