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1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
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1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Elizabeth Weiss | Hacía dos días que había ocurrido el incidente con Hannibal. Pero seguía sin lograr dormir y si lo hacía era para tener pesadillas. Imágenes del moreno que me atormentaban. Sólo las medicinas que Kylian me daba lograban hacerme descansar, pero empezaba a temer que me volviera adicta a ellas. Tenía su gracia ¿no? Probablemente la única cosa que había decidido voluntariamente no hacer cuando entré en The rising sun era negarme a usar las drogas como válvula de escape. Ser prostituta y yonkie era más de lo que yo podía soportar. Pero ahí estaba, recurriendo a cualquier cosa que alejara los fantasmas. Incluso aunque eso supusiera incumplir lo que un día juré, no haría jamás. Pero Angy había vuelto a casa y era hora de irnos. De abandonar esa casa que había hecho mi fortaleza. Especialmente tras la nueva tanda de gritos entre los hermanos, de los que yo era la culpable. Suspiré poco antes de poner un pie en la calle, coger el trasportín donde viajaba Thai y pegarme casi al instante al cuerpo de Kylian. Sentía la garganta cerrada por los nervios y la necesidad urgente de ponerme a resguardo, lo que ahora pasaba por el castaño. En estos días había tratado no sólo de superar lo ocurrido, si no de aceptar que Kylian no era él. Que si me tocaba no me haría daño, que sus manos no eran las suyas. Y gran parte del tiempo lo conseguía. Cuando era plenamente consciente de lo que hacía y la luz era tan potente como para apartar los demonios que habitaban en cada sombra. Una vez más miré al castaño. -¿Estás seguro de esto? Es tu hermana y yo mejor que nadie entiendo lo que significa la familia. No quiero interponerme entre vosotros-pero por favor, no te eches atrás. Sentirme culpable y a la vez deseando que esto ocurriera era confuso. |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
La discusión con Angie le había levantado dolor de cabeza, y trataba de relegarla a un segundo plano. Una de las razones era que sabía que su hermana tenía razón en los argumentos. Él se había pasado años reprendiéndola para que no se metiera en líos, recriminándole ser una drogadicta que ejercía la prostitución. Y aunque en supremo acto de hipocresía mantenía sus negocios ilícitos bien apartados de su conocimiento, era cierto que se estaba metiendo en un jardín de difícil salida con todo lo de Liz. Sin embargo, para él no existía otro proceder posible. La chica asustadiza que se pegó a él en cuanto pisaron la calle había sido, aún era, la materialización de lo bueno que quedaba en el mundo. O así lo veía el informático. No podía dejarla zozobrar. Tenía que sacarla de la prostitución, del Rising Sun, igual que no era capaz de hacerlo con Angie. Y a pesar de eso, no dejaba de intentarlo. Ni con la una ni con la otra. — Angie puede ser muy insistente — y sin embargo, no había nada de celos en la reacción de la menor de los Kesler aunque pudiera parecerlo. Era preocupación, una comprensible pero que el propio Kylian no sentía por sí mismo —. Lo hablaremos en un par de días y se solucionará — aseguró. Siempre lo hace. Aunque lo frecuente era que el enfadado fuese él. Abrió la camioneta, roja y desvencijada, tan vieja que no entendía de cierres centralizados, que le había dejado Kurt. Otro de los antisistema. Al final, todos los que estaban en contra del poder formaban una gran familia, y en cuanto se había corrido la voz de que Kylian había acabado con Hannibal y salido por los pelos de aquello, todos se volcaron. Aún llevaba un vendaje a la altura del abdomen y las marcas no se habían ido del todo. Al menos, la brecha de la ceja estaba cicatrizando bien. Era increíble que Liz no hubiera cuestionado si realmente se había hecho todo aquel destrozo por caerse al rescatar a Thai del tejado, que era la excusa que le había dado. — ¿Quieres que pasemos a comprar algo? — preguntó una vez en el vehículo, que tenía sus dudas razonables sobre que fuera a arrancar. En cambio, lo hizo suave y a la primera. Como buen criptoanarquista, Kylian hacía la compra por internet. Y como buen soltero individualista con tendencia al caos, siempre solía olvidarse de comprar la mitad de las cosas que no le vendrían mal, con lo que su despensa era digna de un campo de concentración. Que él sobrevivía perfectamente con víveres de guerra, pero al tener visita la cosa sería algo distinta —. Piensa que si dices que no, cuando te entre hambre te arrepentirás — trató de bromear, pero habían ocurrido demasiadas cosas los últimos días como para que estuviera de humor. | Kylian Kesler |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Elizabeth Weiss | Su seguridad, por mucho que lo intentase, no era contagiosa. Había escuchado el tono de la voz de Angie y también esta vez parte de la conversación. Porque la otra, incluso aunque intentara recordarlo, no lo lograba. Esa noche era completamente confusa para mí salvo los determinados momentos que se referían a Hannibal, o las curas de la médico a la que debía ir a ver y agradecer. Especialmente lo segundo. Con la mente más clara, y a pesar de que yo no pudiera confiar en ella, Kylian lo hacía y yo lo hacía en él. Eso era suficiente para mí. Además que no hubiera aparecido nadie por casa en esos días ayudaba a fiarse de ella. Pero volviendo a los hermanos… sí, creo que haría falta más que una charla para su reconciliación y probablemente esa solución pasase por algo que simplemente ahora no podía hacer. Y que quizá nunca pudiera hacerlo de hecho. No podía separarme de Kylian. Era lo único bueno de mi vida, a pesar de que ahora estuviera un poco más lejos por apenas poder tocarle y aún no atreverme a besarle. Miré la camioneta hacia la que caminamos, y después de forma dubitativa al chico. No parecía segura. A decir verdad ni siquiera parecía que fuera a caminar. Y tampoco la recordaba haber visto en su casa. Arrugué la frente. -¿De quién es?-inquirí mientras acomodaba el trasportín de Thai, que lanzó un maullido en protesta por el movimiento de más. Luego me senté en el asiento del copiloto y me abroché el cinturón. Mis dolores habían mejorado bastante y pude hacerlo sin problemas. Para mi sorpresa, y también para la de Kylian a juzgar por su cara, el coche arrancó sin dificultad. -La verdad es que no tengo mucho hambre-esa era otro de mis caballos de guerra. Tenía el estómago tan cerrado que no era mucho el alimento que toleraba. Sabía que debía comer pero lo que mi cabeza supiese en relación con lo que mi cuerpo hacía, seguía sin encajar. Por simple deferencia hacia él y quitarle cierta presión sobre mi estado, decidí que debería esforzarme más para mejorar. -¿Significa eso que no encontraré chocolate en tu armario?-intenté seguir la broma, aunque no sonó todo lo distendida que deberá ser. -Quizá podríamos coger algo de pasta. O de pavo. No creo que sea capaz de comer nada más sólido en este momento.- sentencié mientras miraba a la carretera y viendo de reojo que el chico iba a cambiar la marcha, llevé la mano sana sobre la de él para acariciarla. El único contacto físico con él que aceptaba de momento. Y con él así, una idea que se me había ido formando volvió con más fuerza. Huir. -Kylian?-llamé dudosa-Crees… crees que habría alguna posibilidad de irnos? De hacer que trasladaran a mi padre a alguna otra ciudad lejos de Nueva Orleans. Lejos de toda esta pesadilla que nos rodea. |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
— De Kurt, un colega — no le dio más datos porque Liz no había conocido a ninguno de sus amigos, más allá de aquellos que les habían ayudado después de que Cohen la hubiera... Prefería no utilizar el término, como si eso lo hiciera menos real. No era que mantuviera la relación por definir que tenía con la chica en secreto o algo así, pero entre que el trabajo de Liz no le dejaba mucho tiempo, y que los amigos de Kylian se pondrían tremendistas si sabían a qué se dedicaba después de haber pasado la catástrofe emocional del informático al enterarse de que Delilah se había metido en la prostitución antes de dejarle... Bueno, no se había dado la ocasión y él tampoco la había provocado. Para sorpresa de todo el que estuviera viendo la destartalada camioneta, esta arrancó a la primera y sonaba suave como la seda. Increíble. Una vez en marcha, le propuso ir a comprar algo de comer, porque se había dado cuenta de que ella apenas había probado bocado aquellos días y suponía que sus provisiones de campo de refugiados no le darían más ganas. — Tienes que comer algo, Liz — era una reprimenda sin muchas ganas, un murmullo. Sin embargo, lo que dijo a continuación, le hizo reír con suavidad —. Tranquila, si hay un apocalipsis zombie podría sobrevivir un mes a base de nata y chocolate con lo que tengo en casa — Kylian consumía cantidades indecentes de azúcar, así que aunque le faltara pan de molde o alitas de pollo en la nevera, tenía un arsenal de dulces. Miró de reojo el contacto de Liz sobre su mano, y la acarició moviendo el meñique con suavidad. Se daba cuenta de lo esquiva que estaba, pero después de dos días conviviendo con ello, lo llevaba algo mejor. Se resignaba. El peso de un asesinato a sus espaldas, en cambio, era otro cantar. Pero en eso, la procesión iba por dentro —. Pararemos en el Wal Mart y vemos qué nos podemos improvisar que te de ganas de comer algo. Pero no te hagas ilusiones, mi especialidad en la cocina son los precocinados carbonizados — bromeó, aunque era cierto. Era un maldito desastre entre fogones. La miró al escucharla decir su nombre, aunque pronto devolvió su atención a la carretera mientras tomaba el desvío hacia el supermercado. Cualquier esperanza de hacer realidad la fuga se incineró en cuanto ella mencionó a su padre. Fugarse ambos podía ser factible, incluso cuando ambos mantenían lazos inquebrantables con Nueva Orleans. Kylian podría seguir cuidando de Angie si no se iban demasiado lejos, y las facturas del hospital para que el padre de Liz siguiera atendido podían abonarlas por internet. En cambio, lo que ella proponía... —. No sin que se enteren en el Rising — murmuró aparcando y apagando el vehículo. Giró en el asiento para mirarla —. ¿Han intentado ponerse en contacto contigo? — preguntó preocupado. Le parecía raro que no lo hubieran hecho cuando Liz llevaba un par de días supuestamente desaparecida. Las amenazas con las que la controlaban no eran poca cosa, aunque si ella tenía razón y sabían a dónde la mandaban, se esperarían algo así. Suspiró, controlando las ganas de acariciarle la cara para intentar reconfortarla —. Tenemos que ir con cuidado, sabes cómo va — indicó antes de bajar del coche y esperarla. Era temprano, así que no había mucha gente en el supermercado. Lo cual suponía que era bueno para una Liz que parecía mirarlo todo, temerosa como un suricato suspicaz. Se hizo con un carrito y se sintió tan perdido allí como un pulpo en un garaje. Aún así, procuró no alejarse mucho de ella. | Kylian Kesler |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Elizabeth Weiss | Era lógico que Kylian tuviera amigos, sin embargo me pilló por sorpresa el que lo dijera. No solía mencionarlos. No con nombre al menos. Me pregunté cómo sería Kurt. Si alguna vez me los presentaría. Si me introduciría como novia, o amiga. Pero eso eran fantasías que estaban lejanas porque en una conversación, que ahora parecía a años luz, Kyl lo había dejado claro. No podría haber nada mientras yo estuviera dentro del club. Y la salida se pintaba difícil. -Lo sé.-fue toda mi respuesta. Comer siempre decía que ayudaba a la gente, que con el estómago lleno se veía la vida de forma más optimista y todas esas cosas. Pero ¿cómo ver el presente de otra manera, cuando el pasado apestaba? Cualquier cosa que fuera más allá de líquidos, me costaba horrores mantenerlo dentro. Tenía el estómago cerrado a cal y canto y pasaría un tiempo antes de que volviera a aceptar una comida como dios mandaba. Pero si había algo que por sobre todas las cosas estaba dispuesta a comer, era ese maldito chocolate. Porque si iba a superar esto tenía que aferrarme a cosas buenas. Que la luz venciera a la oscuridad ¿no? Y la luz era Kylian y los buenos momentos que había pasado con él. Recordar a esos vecinos en miniatura, las miradas de odio de la chica que veía que su amor platónico abrazaba a otra. El comentario del castaño sólo servía para hacerlo más real y su sonrisa, que por primera vez desde hacía… dos días parecía sincera, me hizo responder de la misma manera. -ahora seremos dos… deberíamos comprar más. Sólo por si acaso.-sentencié. Y si iba a superar esto, y no sabía cómo o cuando pero lo haría, declaraba el chocolate como el alimento oficial. -Aunque las cosas carbonizadas también valen-en realidad, cualquier cosa lo hacía. Su siguiente respuesta me gustó menos. Aunque a decir verdad, lo esperaba. Ese maldito Club lo controlaba todo. Sus clientes eran gente de poder y tenían hilos en tantos sitios que sabía que lo que decía Kylian era cierto. Se enterarían, y no solucionaría nada. Puede que incluso lo empeorase a modo de venganza. Como habían hecho conmigo cuando siquiera había tratado de poner un pie fuera de su dominio. -No. Ellos sabían dónde y con quién me mandaban.-murmuré en voz baja -Nadie paga por una prostituta golpeada, con un ojo morado, manca y … - frígida. Esa era la palabra. Los desgarros seguían curando pero más allá del impedimento físico, estaba el emocional. -Supongo que estoy algo así como de baja laboral-un leve tono de ironía, y odio hacia ellos se dejaba entrever en el tono con el que pronuncié esas palabras. -Lo sé. No me hagas caso Las imágenes pasaban a toda velocidad a través de las ventanas hasta que finalmente pararon. Bajé del coche y me reuní con Kylian y el carro, pegándome a él todo lo que el cacharro nos permitía. A pesar de que no había mucha gente, cada sonido o movimiento brusco me hacían saltar y casi prepararme para huir. Sólo lo impedía la presencia constante del castaño a mi lado. Poco a poco fuimos llenando el carro. Nada de lo que iba cayendo dentro lograba despertar mi apetito pero Kylian parecía más feliz si yo comía, y a juzgar por este infierno al que le había arrastrado, haría el esfuerzo por él. Pollo, arroz, pasta, y cualquier cosa que fuera lo suficientemente ligera para hacer más fácil su retención. Pero si mis nervios fueron más o menos controlados, todo se fue al traste al salir por la caja. De pronto sentí una mano en mi hombro, la adrenalina respondió al segundo y disparó mi pulso. Un nombre en mi cabeza. Hannibal. Grité y me giré mientras prácticamente berreaba que no me tocase. El silencio se hizo a mi alrededor, la palidez del hombre que había cometido el error de tocarme era tan notable como las miradas que las cajeras nos dirigían, así como las de los pocos clientes. -Solo quería coger esos chicles- se explicó el pobre hombre mientras yo quería morirme de vergüenza al ver el espectáculo creado por mi error. -Lo siento yo… yo…-la lengua se me trabó y se negó a seguir hablando. Las lágrimas hicieron su aparición y solo fui capaz, de forma puramente refleja, de girarme, y abrazar a Kylian, enterrando la cabeza en su pecho. |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Aceptó con una sonrisa breve todo lo que Liz puso de su parte sobre la comida. Era un pobre consuelo, y Kylian era consciente, pero también sabía lo que le costaba ceder eso así que se daba por satisfecho. En cambio, la petición de huir... Parecía fácil, pero no lo era. Ambos tenían demasiadas cargas. Seguir el rastro de una persona en coma como el padre de Liz era irrisoriamente sencillo, y sobre él bastaba con investigar un poco para descubrir que no se alejaría mucho de Angie. Por eso, aunque hubiera sido mucho más sencillo alimentar la idea, pecó de la honestidad indiscriminada que lo caracterizaba tratando de tener tacto. — Hijos de puta — mascó por lo bajo antes de que ella le dijera que lo dejara estar. Los odiaba, con tanta fuerza que no era capaz de racionalizarlo. No consideraba el odio bueno en ninguna de sus formas, volvía a la gente volátil e inconsciente, él no era una excepción. Pero no podía evitarlo. Todos aquellos que promulgaban la prostitución entre las chicas que habían sobrevivido al Katrina — Liz, su propia hermana, su ex novia Lilah entre tantas otras — estarían mejor muertos. Y los clientes, más de lo mismo. Sin decir más, salió del coche. Aunque el supermercado estaba prácticamente vacío, podía notar con espantosa claridad cómo Liz saltaba asustada ante el menor ruido o la más nimia cercanía de cualquiera. Trató de darle conversación banal por entretenerla, pero esta se cortaba cada pocos minutos por un nuevo sobresalto. Decidió entonces que lo mejor sería acabar con la compra cuanto antes. Quizás había sido un intento demasiado brusco por devolverla a la rutina. Así, el carrito se llenó de una compra abundante y variada, con poca cohesión. Ya improvisaremos algo. Una vez en caja, dejó todo sobre la cinta y comenzó a meterlo en bolsas. Sin embargo, detrás de la cajera había un expositor con varios periódicos del día. Entre ellos, el New Orleans Chronicle, en cuya portada salía el rostro de Hannibal en una fotografía de archivo. Se quedó mirándolo unos instantes, indeciso entre si sería mejor saber o no saber las pruebas que tenían. Entonces, un fuerte grito le hizo reaccionar. Liz estaba histérica y un hombre con cara de pasmo trataba de disculparse sobrepasado por una reacción tan explosiva. Se acercó a ella, echando la mano hacia su hombro con cuidado. Pero antes de tocarla, ella se giró y lo abrazó. A pesar de no emplear mucha fuerza, el hombro de la chica presionando su torso tuvo el efecto de un puñetazo en la boca del estómago sobre sus magulladuras. Se quedó sin aire y tuvo que tragarse una queja ante los ojos espantados de los presentes. Genial, parecemos dos fugitivos de Birkenau recurrió al sarcasmo como red y acarició con suavidad la espalda de Liz tratando de reconfortarla un poco, que se sintiera protegida. Después negó tratando de restarle importancia e hizo un gesto al hombre para que cesara en su empeño de disculparse. — Dame también un Chronicle — le pidió a la cajera, como si no hubiese ocurrido nada raro, aunque escuchar los sollozos amortiguados de Liz hacía que le recorriera un torbellino de nervios. Sacó del bolsillo trasero de los vaqueros la cartera y, con una sola mano para no dejar de abrazar a la chica, sacó la tarjeta de crédito para pagar. Después, inclinó la cabeza un poco buscando la mirada de la castaña y le acarició la mejilla —. Cálmate — le pidió, limpiando algunas de sus lágrimas con el pulgar —. Todo está bien — prometió mirando el periódico que la cajera metía en una de las bolsas para que acabasen rápido mientras los miraba con lástima. Introdujo el pin de la tarjeta y acarició despacio el brazo sano de Liz hasta coger su mano —. Recojamos esto y vámonos a casa — tironeó un poco de ella para terminar de meter las bolsas en el carrito asegurándose de que aquella con el periódico quedase sepultada. No sabía cómo reaccionaría ella, ni él, y prefería que ocurriera en privado. | Kylian Kesler |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Elizabeth Weiss | El miedo volvió deprisa a recorrer cada parte de mi cuerpo. Ni siquiera mi aprensión a tocar o ser tocada más allá de un roce en la mano pudo parar el tsunami de emociones tan fuertes. Porque en ese momento era mi parte animal la que controlaba la situación. La que dicta huye, pelea o muere. Pero yo no podía pelear. No era fuerte y ya había intentado resistirme en esa caseta para no conseguir ningún efecto. No quería morir. Era una afirmación tajante a pesar de que debía reconocer que en este tiempo había valorado la idea de si a alguien le importaría que yo no estuviera. Más allá de mi madre que dejaría de recibir los cheques, mi hermano o mis escasas amigas, lo dudaba. Y claro estaba, ahora Kylian. Al que mi subconsciente recurrió una vez más como chaleco salvavidas. Sin ser consciente de su mueca o de su queja contenida, me aferré a él, pasando la única mano que tenía libre por su cintura para apoyar mi mejilla y el resto de mi torso a su cuerpo. Y por primera vez no pensé que al hacerlo fuera Hannibal o alguien peligroso. Sino que cuando la realidad se impuso a los miedos me sentí bien. O todo lo bien que podía sentirme después del espectáculo, de lo ocurrido hacia dos días o de todo lo destrozada psicológicamente que debía estar. Miré hacia arriba para ver la cara de Kylian, tratando de calmarme. Asentí con la cabeza, y de nuevo, tampoco me aparté de su contacto al limpiar mi mejilla. Me giré un poco para mirar al señor un tanto avergonzada. La gente iba volviendo a sus compras, pero el causante de esto seguía mirándonos entre confundido y azorado. -Lo siento yo… le confundí con otra persona. Lo siento-me disculpé nuevamente mientras Kylian terminaba de pagar, me cogía de la mano y cargaba con el carro hasta el coche. Metía las bolsas en el maletero y dejaba el carrito en su sitio para volver a meterse en la camioneta y arrancar -No quiero seguir así.- susurré una vez nos pusimos ya en marcha.-Sharon habló de un psicólogo. Alguien que…-arrugué la frente. No había pensado en esa expresión hasta ahora pero ¿qué significaba?-era de los vuestros y que podría ayudarme. ¿Crees que podrías localizarle y pedirle que venga a casa? Aún tengo unos ahorros con los que podría pagarle.-las calles se iban sucediendo hasta que se empezaron a hacer levemente familiares a pesar de que sólo había estado allí en dos ocasiones y una, completamente fuera de mí. -¿Qué significa que es de los vuestros? ¿Quiénes sois vosotros?- inquirí con voz suave. No tenía derecho a inmiscuirme más en la vida de Kylian pero la curiosidad siempre había sido mi perdición. |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Decir que las cosas en la caja volvieron a la normalidad sería exagerar. De hecho, Kylian pudo notar una patente tensión hasta que cogieron el carrito lleno de bolsas y salieron de allí. Como si Liz fuese a sufrir en cualquier momento otro arrebato de pánico y él fuese una persona hipersensibilizada al dolor. Al menos, la mueca que había hecho por el toque del hombro y la cabeza de Liz contra su pecho había conseguido que varios lo mirasen de arriba a abajo como si tuvieran visión de rayos X y fuesen a encontrar las vendas. En una palabra: incómodo. En tres: incómodo de cojones. Una vez en el coche, Liz preguntó por el psicólogo. Aunque él nunca había sido especialmente partidario de los loqueros, lo consideró un paso adelante. Al menos, ella ya no permanecía en su estado de inmovilidad absoluta, sino que ponía de su parte para avanzar. No sabía a qué profesional se refería Sharon, pero si la doctora confiaba en él, Kylian sabía que también podía hacerlo. — No te cobrará — indicó mirándola un instante antes de devolver la atención a la carretera. Los antisistema luchaban fervientes contra ese tipo de situaciones, había gran parte de altruismo en ello y otra tanta de convicción —. Llamaré a Sharon para que lo arregle — curiosamente, la pregunta que hizo a continuación ponía en tela de juicio lo primero. Sin saber qué diablos ponía en el Chronicle exactamente, contarle qué era o qué lo unía con la gente que ella había conocido aquellos días era hacer un all in a ciegas. Tenía que ir con cuidado, no la consideraba preparada para saber según qué cosas. Como que, desde hacía dos días, él era un asesino. Pero que ya antes de eso, había asaltado a multitud de políticos para tatuarles a punta de navaja un Betrayal en el pecho. Esto último no había trascendido a los medios, tan solo los asaltos y sin apenas datos. Seguro que lo de Cohen había sido distinto y habría profusión de detalles —. Nosotros... No quiero que cometas el error de meternos a todos en el mismo saco ¿vale? Se refieren a los que somos insurgentes como Antisistema, pero no somos un grupo enorme y cohesionado como quieren hacer creer. Más bien... somos grupos distintos, más o menos pequeños, con distintas formas de actuar y sin mucha vinculación entre nosotros. Sharon, yo y algunos más llevamos un tiempo unidos para intentar derrocar a los políticos corruptos y a todos los que mantienen Nueva Orleans como una ciudad sin ley — ¿y tú ya te has cargado a uno, eh, campeón? Su conciencia era una puta resabiada y burlona—. No nos gusta e intentamos cambiarlo, solo eso. Espero que no pienses que somos... terroristas o algo así — completó aparcando delante de su casa, donde Necro llegó corriendo, ladrando acuciante para reclamar atención. Terrorista, no. Asesino y ya insistió la implacable conciencia del informático. Le tendió las llaves de casa —. Ve entrando si quieres mientras yo descargo todo esto — ofreció. De algún modo, esquivaba la reacción adversa que ella pudiera tener a lo que acaba de contarle, pero también buscaba un momento para mirar el maldito periódico y ver qué decía. | Kylian Kesler |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Elizabeth Weiss | Ladeé la cabeza para mirarle, algo escéptica por sus palabras. Se dice que cuando ocurre una gran catástrofe, la gente se une para tener más fuerza con la que afrontarlo Que se ayudan unos a otros como gesto altruista. Y puede que con el Katrina hubiera sido así al principio. Pero ya no lo era. Poco a poco las cosas iban retornando a una nueva normalidad. Una con más desigualdades, estaba claro. Pero también esa en la que los trabajos y las ayudas en muy muy raras ocasiones resultan gratuitas. Yo era el ejemplo de ello, y lo que me veía obligada a hacer para conseguir los dólares necesarios con los que mantener a mi familia, a mi padre, y si me quedaba algo de dinero, a mí. Por ese orden sin excepción. Por eso era que a pesar de que el piso donde vivía era relativamente caro – porque necesitaba una especie de santuario donde recuperarme -, no me permitía más lujos. Lo que “me sobraba” lo ahorraba para un futuro y para posibles sorpresas como esta. Supuse que entonces, si el hombre lo hacía gratis, debía estar relacionado con ese “nosotros” que Sharon había mencionado y del que esperé explicación con paciencia. No tardó en llegar. Retiré la mirada de la ventana para centrarla en el chico según hablaba. Como todos los ciudadanos de esta ciudad, había oído hablar de esos grupos de antisistemas. En los noticiarios los pintaban como radicales, agresivos, que quebrantan la ley por diversión poniendo en peligro al resto de personas. A mí me costaba ver a Kylian así. O a Sharon. Sin embargo, si el castaño tenía razón, y no tenía motivos para creer lo contrario, todo eso era publicidad barata. Aunque viendo a los políticos, banqueros, y en general gente de la alta esfera que venía por sitios como The Rising, y la experiencia con Hannibal, por primera vez me pregunté si el demonio no estaría tan concentrado en el club como me imaginaba. Si tenía más esbirros en el gobierno, en las empresas más poderosas. No contesté inmediatamente, bajándome del coche para recibir al perro, que acaricié tras las orejas. Thai bufó dentro de su trasportín en respuesta mientras lo abría para que saliera y yo sonreí, preguntándome cómo había sobrevivido Kylian a las eternas peleas entre esos dos animales. Me giré para mirarle y desviar mi atención a las llaves. Un sudor frío me recorrió la espalda ante la idea de entrar sola a la casa. ¿Y si había estado equivocada? ¿Y si sabía dónde vivía Kylian y estaban esperando? Tragué saliva dubitativa y un tanto temblorosa, asentí y me acerqué a la puerta. La abrí y se acabó. Mi cuerpo se bloqueó, incapaz de dar un solo paso más. A pesar de las persianas levantadas y de la luz que entraba, cada sombra para mí era un peligro y cada recoveco un buen escondite. Los Antisistemas y lo que fuera que fuese Kylian quedó en segundo plano. Necro pasó corriendo, ajeno a todo esto y empezó a recorrer la casa con total naturalidad. Thai no tardó en seguirle. Todo parecía en orden. Tragué saliva, cogí las llaves como si fueran un arma y empecé a recorrer el pasillo. Una tras otra fui examinando las habitaciones como una psicótica aterrada, que a fin de cuentas, es lo que era. Sólo cuando estuve completamente segura de que no estaba allí, dejé las llaves en la encimera y empecé a relajarme. Para entonces, el castaño ya estaba en la cocina cargando con las bolsas. -No hay nadie-declaré un poco avergonzada-He oído hablar de vosotros-susurré por fin-No dicen cosas buenas. No había pensado en ello porque sólo atacan a los políticos y a la gente con dinero y... yo no lo soy. Nunca pensé que llegase a conocer a uno-Cogí uno de los cojines del sofá para sentarme en una de las banquetas de la cocina. A pesar de que el dolor iba mejorando, seguía presente.-¿Cuánta verdad hay en lo que dicen? ¿Matáis inocentes? ¿Los dañáis? |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Resultó de lo más oportuno que Kylian pudiera alargar las explicaciones sobre lo que él consideraba Antisistema hasta que aparcó el coche frente a su casa. De este modo, tuvo la vaga y vana esperanza de que Liz dejase correr el tema. Le dio las llaves y bajó para hacer algo de tiempo revolviendo las bolsas. Cuando la vio entrar en la casa, rebuscó como un loco el periódico y leyó pa portada en un murmullo atropellado. - R.I.P. Cohen. El senador, asesinado de forma violenta- ya, eso ya lo sé sensacionalistas de mierda -. Más en la página 7 - pasó las hojas con ansia y empezó a leer a toda velocidad. A medida que avanzaba, una sonrisa tranquila y vengativa se iba pintando en sus labios, invocada por citas como "posible relación con las redes de trata de blancas que operan en Louisiana", "cara oculta que merma su buena reputación", "la policía continúa buscando testigos" - vamos, que no tenéis una puta mierda -, y entre muchas otras, lo más sorprendente: "la violencia del crimen apunta que podría tratarse de un ajuste de cuentas por parte de un grupo organizado. La Policía está interrogando a los responsables del Club de Entretenimiento - ¡vaya eufemismo! ¡Los tenéis cuadrados! - The House of Rising Sun y los mantiene arrestados como posibles sospechosos" -. No me lo creo - farfulló, y volvió a leer. ¿Se había salvado? ¿Así, tan fácil? Respiró un poco más tranquilo por primera vez desde el sábado por la mañana. Había estado en un estado perpetuo de tensión, esperando que los SWAT o cualquier cuerpo de élite llegase a por él en cualquier momento. Pero no. Sin quererlo, habían ido a por sus enemigos. Ojalá no salgais de esta, hijos de puta. Guardó el diario en una de las bolsas y comenzó a cargarlas todas en sus manos para llevarlas al interior. Una vez en la cocina, las dejó sobre la mesa y Liz apareció en el umbral del pasillo. Iba a hacer un chascarrillo sobre que no le había dado tiempo a montarle una fiesta sorpresa, hasta que recordó su pavor. - Lo sé. Si entra alguien cuando no estoy me llega una foto al teléfono - y aunque podía parecer un sistema de videovigilancia sofisticado, no lo era para nada. Tan solo cinco webcams ubicadas en sitios estratégicos que, si detectaban movimiento, captaban una instantánea y se la enviaban a su cuenta de correo electrónico. Para el informático no había nada complicado instalarlo, y le resultaba necesario porque desde el ordenador que tenía en su habitación regía la mayor web de mercado negro de internet así como otras cuantas cosas ilegales. También tenía un sistema remoto de borrado de discos si eso ocurría. Empezó a sacar cosas y ordenarlas, metiéndolas en la nevera y las alacenas mientras Liz le preguntaba por los antisistema. La miró divertido, no podía evitarlo -. Al principio hacíamos rituales satánicos donde asábamos a un gatito a la parrilla y luego nos lo comíamos, pero Greenpeace nos convenció de que eso no molaba. Así que ahora, lo hacemos con bebés - después de soltarlo como si tal cosa, la miró con evidente diversión y negó. Hasta rió por un instante -. Joder, Liz, que nos has visto - indicó volviendo a ordenar la basta compra. ¿Pecaba de hipócrita? No del todo, Hannibal no podía considerarse inocente bajo ninguna óptica, y el resto de políticos que había caído en sus manos tampoco -. No somos terroristas, ni vándalos. Solo gente que, agotadas las vías existentes para cambiar esta mierda de ciudad, decidió unirse y rebelarse. Pelear sucio contra los que juegan sucio, nada más. Nosotros, al menos, no hemos tenido nada que ver con los disturbios que hubo en el desfile, ni con los papeles que repartieron convocándonos... No es nuestro rollo. Somos más de boicotear - era una forma de decirlo. Sesgada y piadosa, pero una forma - ¿Quieres beber algo? - le preguntó, pero entonces el periódico apareció de nuevo entre las bolsas. Se preguntó si sería buena idea dárselo en aquel momento, pero dedujo que nunca terminaría de parecerle un buen momento, así que suspiró y se giró hacia ella para tendérselo. | Kylian Kesler |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Elizabeth Weiss | Vale, había olvidado que Kylian era informático, y que… bueno, si era uno de esos antisistema debía estar preparado para evitar ser pillado ¿no? Así que cabía esperar que tuviera un buen sistema de alarma y que Hannibal no pudiera haber entrado y que estaría a salvo y que por lo tanto todo lo que sentía era una idiotez. No, no lo había pensado antes. Y tampoco creo que hubiera sido capaz de aferrarme a ello para no caer presa del puro pavor. Pero ahora estaba a salvo ¿verdad? El castaño tenía algo así como un sistema que le avisaría si mi torturador aparecía y además él estaba allí para impedirlo, a pesar de que me daba miedo de que pudiera pasarle algo por mi culpa. Suspiré y empecé a calmarme, tras sentarme en el taburete. Otro de los miedos pasaba por el secreto que acababa de descubrir de Kylian. A lo que se dedicaba y ese grupo rebelde del que parecía formar parte. No sabía qué pensar de ello, si eran buenos, si eran malos, si eran buenos haciéndolo de la mala forma o malos fingiendo ser decentes. Me acaricié un mechón de pelo distraída mientras escuchaba sus respuestas. No pude controlar una carcajada que relajaba parte del nerviosismo. Mirar a los ojos al chico me ayudaba a saber que no mentía. No tenía sentido que lo hiciera. Además, él no se había alejado al descubrir a lo que me dedicaba. Yo no iba a abandonarle. No si lo que me decía era verdad, y confiaba en él como para que así lo creyera. No si su lucha era contra gente como Hannibal. Negué con la cabeza ante su petición, aunque luego lo pensé un poco mejor. Tenía la garganta seca y quizá un poco de bebida me ayudase. -Un vaso de agua está bien. Gracias. Además creo que me tomaré algún analgésico más-necesitaba tener la cabeza más o menos despejada, y empezaba a dolerme por la simple tensión. Esperé a que me lo diera, pero acompañado de éste venía algo más. Un periódico con una foto que enseguida llamó mi atención. El vaso se deslizó de mis manos y acabó por estrellarse en el suelo, presa de temblores incontrolables. -No…nonono él…-No me había parado a leer los titulares que aparecían debajo hasta que una palabra desvió mi atención. “Muerte”. Dejé la revista en la encimera y me forcé a leer lo que ponía para después mirar a Kylian sorprendida. No podía ser posible. ¿Hannibal? ¿Muerto? Con manos temblorosas pasé las páginas hasta el artículo que leí por encima. Habían encontrado su cuerpo mutilado en su casa. Y todo parecía culpar a, tragué saliva, The Rising. El dolor de cabeza volvió más fuerte. Era todo ilógico, ¿por qué lo harían? No por mí, estaba segura. Además al parecer habían pasado dos días desde que lo habían asesinado, y yo había estado ahí y… las lágrimas una vez más cayeron hasta mojar la revista. No podía pensar más en ello. Tampoco quería. Se había ido, estaba a salvo… Me bajé de la silla y me acerqué a Kylian. Lo abracé como en el supermercado solo que esta vez al tiempo que lloraba reía como si fuera una demente. -Se ha ido… se ha ido… estoy a salvo… estás a salvo… y Angie, y el resto de las mujeres que hubieran tenido la desgracia en caer en sus garras.- solté una carcajada y también lloré más fuerte-se ha ido... Pero... Es tan raro-arrugue la frente. Sí, más allá del entusiasmo, algo luchaba por formarse en mi mente, sin suerte para conseguirlo. |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Buscó en un cajón desastre de la cocina un blister de pastillas, llenó un vaso de agua y se lo tendió todo. La inesperada noticia de que estuvieran culpando a The Rising por el crimen que él había cometido le quitaba un peso de encima, o al menos, su temor más inmediato. Lo que lo había puesto de buen humor, relajándole de golpe de todas las preocupaciones que lo habían mantenido distante. Cerró los ojos en cuanto el vaso se estrelló y colocó una mano en el hombro de Liz para tratar de calmarla un poco. – Lee – murmuró, antes de coger la escoba y el recogedor para librarse de los trozos de cristal, que no era muy inteligente dejar en el suelo teniendo por casa un perro y un gato con un don innato para las catástrofes. Centrado en eso, le dejó espacio para leer y asumir lo que se anunciaba en el periódico. Vació todo en el cubo de la basura y, al dejar los útiles de limpieza, lo sorprendió un nuevo abrazo de Liz, que otra vez le hizo sentir el dolor en el torso que lo tensó, haciéndole esgrimir un gruñido quejumbroso que apenas se escuchó entre las carcajadas histéricas de la chica. Apretó los dientes para contener la molesta, y no volver a esclamarla, y le acarició el pelo. Sabía que estaba nerviosa, tal como ella decía le costaba creer que fuera cierto. Por su parte, Kylian sabía de primera mano – mano ejecutora, de hecho, que Cohen era un cadáver desde hacía dos días. Liz también lloraba, y él suspiró acariciándole entonces la cara. – Ya no tienes que preocuparte por él – murmuró, y se tomó unos segundos antes de continuar –. Da igual por qué, o quién – eso es algo que queda para mi se lamentó internamente –. No hay nada que temer – cuando ella se apartó, le tendió otro vaso de agua amagando una sonrisa cauta –, solo tienes que intentar recuperarte. | Kylian Kesler |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
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Elizabeth Weiss | No podía creerlo. Ni siquiera en mis mejores sueños había fantaseado con la idea de que esto pudiera ocurrir. Por supuesto que después de lo que me había hecho, y de lo que le había hecho a Angie y a saber a cuántas más, le había deseado la muerte. En muchas ocasiones a pesar del corto espacio de tiempo que había pasado. A cada cual más cruel y dolorosa. Le deseaba que sufriera pero siempre teniendo como premisa que no pasaría. Porque había visto a su “club de fans”. A esos hombres que le eran fiel y que sabía que matarían y morirían por él. También violaban a su orden, o devolvían a casa tras una ducha helada, vestidas con un mono naranja. Mera ironía, porque hasta en la cárcel se tendrían más derechos. No sabía cómo habría llegado su asesino hasta él. Cómo los habría despistado. O matado. Pero sinceramente, tampoco me importaba. Abracé a Kylian con fuerza, tras verle de reojo recoger los destrozos que había causado y apoyé la mejilla en su pecho presa de sentimientos contradictorios que sentía que me hacían bambolear. Alegría y miedo. Tranquilidad y tensión. Quería reír y llorar y al final hacía todo a la vez mientras el castaño me acariciaba el pelo y yo ya no me separaba de él. Tampoco cuando me acarició la cara, aunque me estremecí cuando lo hizo. Seguía sin verme capaz de algo más allá pero la simple idea de saber que ya no había peligro y que poco a poco volvería a la normalidad, me daba fuerzas para imponerme a todo y superarlo. Limpié mis lágrimas con el dorso de la mano mientras la risa y las lágrimas se iban acompasando y calmando hasta quedar sólo con un rastro de humedad en mis mejillas y pestañas. Se acabó… se había acabado… Hannibal estaba muerto. Las pesadillas no se harían más realidad y sabía que con tiempo, desaparecerían también de mi mente. -Ahora todo irá bien- me autoconvencí-no podrán hacernos daño- me repetí. Quizá fue eso lo que me hizo ponerme de puntillas, y besarle. Aunque fue sólo superficial y poco intenso, al menos hice rozar nuestros labios sin sentir miedo. Y de pronto recordé en algo. -¿Habéis sido vosotros?-susurré-No creo que Hector o Chrys hayan hecho esto. Me llevaron allí sabiendo lo que me ocurriría, sólo para castigarme y demostrarme que no me dejarían ir y que tenían el poder sobre mí. No tiene sentido que después se venguen. No lo tiene…-farfullé desviando la mirada, negando con la cabeza y volviéndome para tomar un par de analgésicos sin agua. |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Asintió cuando ella dijo que todo iría bien, aunque negó sonriente cuando indicó que no podrían hacerles daño. – A ti ya te lo han hecho – murmuró, cuando lo que en realidad quería decir era que no importaba lo que le hicieran a él. Recibió su beso con cierta sorpresa, pero apenas reaccionó antes de que se separase. Inspiró hondo y despacio y le acarició la mejilla. El rastro de las lágrimas le quemaba más que si hubieran sido propias. Kylian nunca había sido capaz de permanecer impasible ante las lágrimas de una mujer, así que menos podría hacerlo con las de Liz, quien significaba tanto para él. La siguiente pregunta le hizo cerrarse en banda. No le gustaba mentir, pero siendo parte de los Antisistema había supuesto crear todo un entramado no tanto de mentiras, sino de medias verdades, que protegiera al resto y lo parapetase a él. Era un tema delicado, y no quería que Liz sintiera culpabilidad o cualquier tontería parecida. Aunque lo que realmente lo aterraba era la idea de que, de repente, ella lo viera como él se veía. Como un asesino. La tranquilidad repentina se hizo cenizas contra su paladar y entreabrió los labios para tragar aire, como si de repente le faltase, mientras ella continuaba con su teoría. En momentos así, Kylian sabía que su mejor aliado era su parte racionar funcionando con la mayor frialdad posible. Apretó los labios y negó con convicción, una única vez. Aunque ella no parecía mirarle. – No ha sido cosa nuestra – técnicamente, eso era cierto. Había sido solo cosa suya, no de todo el grupo –. No tenemos infraestructura para planear algo así – que eso no lo hubiera frenado a la hora de llevarlo a cabo al estilo kamikaze, no le restaba veracidad –. Quizás ya habían tenido problemas con él. Tampoco creo que lo hayan hecho por ti – trataba de darle una posibilidad a la idea de que el asesinato venía desde The Rising, solo porque eso alejaría las sospechas de él –. Si tenían un acuerdo, quizás él se lo saltó por otro lado o... – se sintió la peor persona del mundo por estar montando castillos en el aire deliberadamente –. No lo sé, Liz. Pero me alegro de que no hayas sido tú la chica que estaba allí aquella noche – ella está muerta, pero tú no. La abrazó desde la espalda, ciñéndola en sus brazos con lenta intensidad, para darlo a entender todo sin necesidad de decir nada. La soltó entonces para continuar ordenando la copiosa compra, y al escuchar el sonido de los paquetes, Thai apareció corriendo para ponerse a maullar pidiendo comida. Abrió un paquete de jamón york y sacó un poco para dejárselo en el comedero antes de guardarlo en la nevera con otras cosas. Suponía que ella necesitaba espacio. | Kylian Kesler |
Re: 1. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios
✾ Cyanide in Paradise
Elizabeth Weiss | Llevaba razón, lo sabía y no existía forma de desmentirlo. A mí me habían herido de tantas formas, física y psicológicamente, que la curación sería lenta. Pero con esta pequeña noticia existía un resquicio más de luz al final del túnel. No había sido educada para alegrarme de las desgracias de los demás, y nunca lo había hecho. Pero ahora me era imposible no sentirlo. Habría preferido que pasara el resto de los años que le quedasen de vida en prisión, pero no era idiota. La gente con su poder y su estatus no van a la cárcel. Y si lo hacen, no es por mucho. Saberle libre de nuevo estaba convencida de que habría empeorado mi ánimo. Pero ya no tenía sentido pensar en todo aquello. Estaba muerto, y por despreciable que me hiciera, me alegraba. Supongo que eso fue uno más de los factores que juntos, me llevaron a ser víctima del impulso que llevaba días por salirme, sin lograr hacerlo. Besarle. Y fue mucho mejor de lo esperado. No hubo asco, ni miedo, ni rechazo. La verdad es que literalmente no hubo nada. Tampoco tiempo que tomarme para ver si sentía algo antes de apartarme. Lo que siendo optimistas, era mejor que lo anterior. Me abracé el brazo herido por pura costumbre, mirando de reojo a Kylian mientras hablaba. Al terminar suspiré y negué con la cabeza. -Lo siento, no quería culparos. Es sólo que me gustaría saber quién y por qué lo hizo. Eso es todo-suspiré sin ningún tipo de tono acusador en mi voz. Sólo plasmando en alto lo que cruzaba mi mente. Lo que no esperaba fue su abrazo que me hizo saltar como un resorte, demasiado acostumbrada a estar en tensión como para relajarme tan pronto. Que fuera él quien apareció ante mis ojos cuando giré la cabeza, consiguió devolverme al estado anterior. Apoyé la cabeza en su pecho y cerré los ojos el tiempo que duró el contacto, en un cómodo y elocuente silencio. Yo también me alegraba de estar viva, y sentía lástima por la familia de la pobre chica y por ella misma. Después todo se rompió y con las pastillas haciendo efecto, me acerqué para ayudar a recoger. Dos semanas después… Dicen que si le das el tiempo necesario, éste todo lo cura. Y llevan razón. Las pesadillas seguían apareciendo cuando cerraba los ojos, pero cada vez eran más distanciadas. Nunca las borraría, era un hecho. Pero aprender a vivir con ellas y conseguir que haya noches en las que puedas dormir de seguido era un logro. Las visitas al psicólogo que habían empezado hacía diez días ayudaban. La noticia de la muerte de Hannibal había estado días en todos los telediarios y periódicos, pero sin más pistas, la policía parecía haberse quedado bloqueada y poco a poco también había desaparecido de ahí. Como si nunca hubiera existido. En cuanto a mi relación con Kylian... no había hecho demasiados progresos. No había vuelto a besarle desde que habíamos venido a vivir a su casa, aunque las caricias se habían hecho un poco más frecuentes. Ya no saltaba cada vez que me abrazaba o cuando Thai o Necro tiraban algo mientras jugaban. Aunque no había vuelto a salir de casa desde que, poco después de la escena del supermercado, me empeñé en ir al funeral de la mujer que había muerto en la casa de Hannibal. Podía sonar extraño, pero de alguna forma necesitaba expresar mis respetos. Como el chico había dicho, yo podía estar en ese ataúd. Bostecé. La persiana había quedado un poco abierta y un molesto rayo de luz se colaba por ella para impactar en mi cara. Me giré para quedar sobre un costado, dejando el brazo aún escayolado en el lado superior, y miré al castaño que aún dormía a mi lado. Extendí la mano y recorrí la palma de la suya con el dedo índice en un roce suave. |
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