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Mára mesta
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Mára mesta
Recuerdo del primer mensaje :
Todos conocemos las grandes historias, las grandes leyendas de la Tierra Media. Afortunados fueron los que aún se les recordaba por sus grandes hazañas; a pesar de que muchos otros se desvanecieron junto al resto de almas, desconocidos ante las futuras generaciones pero no menos importantes. Guerras, conflictos, el bien, el mal... esos relatos son para la historia.
Estos relatos serán más humanos. Cercanos a lo que aquellos personajes vivieron en sus propias pieles; a cómo se relacionaron con sus entornos, tan diferentes pero iguales entre sí, con un único destino común. Vivir.
Vivir para contar las grandes historias.
Mára mesta
CS multicharacter ৹ El Hobbit + ESDLA
"Mára mesta." Buen viaje.
Todos conocemos las grandes historias, las grandes leyendas de la Tierra Media. Afortunados fueron los que aún se les recordaba por sus grandes hazañas; a pesar de que muchos otros se desvanecieron junto al resto de almas, desconocidos ante las futuras generaciones pero no menos importantes. Guerras, conflictos, el bien, el mal... esos relatos son para la historia.
Estos relatos serán más humanos. Cercanos a lo que aquellos personajes vivieron en sus propias pieles; a cómo se relacionaron con sus entornos, tan diferentes pero iguales entre sí, con un único destino común. Vivir.
Vivir para contar las grandes historias.
THORIN OAKENSHIELD Llevado por: Volko |
BILBO BAGGINS Llevado por: Midori |
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HISTÓRICO DE TEMAS
Última edición por Volko el Mar 29 Dic - 15:11, editado 7 veces
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Bilbo
La sonrisa enmarcada por la aglomerada barba se curvó lo suficiente para calentar el insensato corazón de Bilbo. Las heridas podrían dolerle como mil demonios bajo los truculentos desafíos enfrentados; pero todo valía la pena solo por haber obtenido aquél preciado momento. Un rubor usurpó los redondeados cachetes del hobbit, tímido repentinamente por culpa de aquella aglomeración de emociones de las que era sabedor pero aún demasiado embarazosas como para lidiar de frente a ellas. Bilbo Baggins siempre se caracterizó por ser un hobbit solitario, acaparador nato de cada objeto material al que se aferró encontrándose de lleno con la codicia ajena -malditos Sacovilla-Bolsón...- actitud alimentada por las diversas situaciones a las que se vio enfrentado, donde tuvo un básico contacto nulo con las mujeres hobbit; quizá por que ya hace mucho, mucho, mucho tiempo cruzó una estrambótica situación con Lobelia de la que jamás volvería a hacer hincapié -y en la que ella no comentó nada nunca más; pero pudo notarlo en su actitud desdeñosa respecto a él y esa maldita obsesión con intentar robar cualquier tipo de cosa que encontrara por su cueva-hobbit- De todas formas; nada de las palabras del Rey excitaron el ánimo del mediano; obligándolo a fruncir ligeramente el ceño, abrir la boca para moderse el labio y cruzarse de brazos alzando la nariz.
—¿Ha-has dicho...? —¿Enanas? ¿Sobre su regazo? — Creo haber escuchado mal. —No. No; Bilbo, no escuchaste mal. Soltó una risa incómoda; incómoda y nerviosa. — Muy buena esa Thorin; cre-creo que solamente con la bebida estoy más que servido. — Curvó, un tanto exagerado los labios; una mueca que acentuó la redondez de sus mejillas, expresión cómica conjuntada con los brazos que, separados, agitó en una innata negación por su parte; las cejas alzadas y la mirada asustada pudo acabar de confirmar las pocas sospechas de Thorin respecto a los intereses románticos del mediano. No enanas por el momento -y seguramente nunca, teniendo en cuenta que no podía contar ni una buena experiencia con las de su raza; ¿cómo demonios lo haría con una enana? Que el hacedor lo libre-
Fuera como fuese; la conversación se tornó más seria, borrando el rastro de lo anterior rápidamente. Bilbo se sorprendió ante la reacción de Thorin, y simplemente se dedicó a devolverle una sonrisa sincera.
—Pensé... pensé en enterrarla cuando estábamos en la batalla. —Confesó; iniciando la explicación. — Estábamos rodeados por los enemigos; y creí que era una manera de... —Suspiró. — Plantar vida aunque estuviéramos envueltos de la mayor de las desolaciones; ¿qué otra cosa podríamos hacer, sino? Puede sonar tonto... pero algo impidió que lo hiciera. Pensé que si lo hacía estaría rompiendo una promesa. Pensé que si la enterraba allí mismo, no estaría dando la oportunidad de poder hacerlo contigo, de haber podido seguir vivos los dos. Tal vez porque esta bellota acabó aferrándome al recuerdo del tesoro, cuando me regalaste la cota de malla. Al final lo que importaba no era el simple hecho de plantarla sino lo que ello conllevaría; y después... — Después pasó lo de la Piedra del Arca. Bilbo miró a Thorin unos segundos; para apartar de nuevo la vista, perdido en sí mismo. —… Prefiero no recordar lo que ocurrió después. No es la comarca el hogar de esta pequeña bellota Thorin; su hogar está en el lugar donde pueda brindar una nueva vida y esperanza a sus habitantes. Donde antes la guerra y la sangre y todos los que hemos perdido dieron sus vidas manchando una tierra de la que podemos seguir caminando, seguir viviendo, y contar historias más alegres que colapsen con todas las lágrimas derramadas.
Un silencio provocó que el hobbit se removiera sobre su pequeña alcoba. Acabó sonriendo un poco más.
— No tengo que llevarme nada de aquí Thorin; ni si quiera esto. Hay algo mucho más grande que me llevo conmigo.
—¿Ha-has dicho...? —¿Enanas? ¿Sobre su regazo? — Creo haber escuchado mal. —No. No; Bilbo, no escuchaste mal. Soltó una risa incómoda; incómoda y nerviosa. — Muy buena esa Thorin; cre-creo que solamente con la bebida estoy más que servido. — Curvó, un tanto exagerado los labios; una mueca que acentuó la redondez de sus mejillas, expresión cómica conjuntada con los brazos que, separados, agitó en una innata negación por su parte; las cejas alzadas y la mirada asustada pudo acabar de confirmar las pocas sospechas de Thorin respecto a los intereses románticos del mediano. No enanas por el momento -y seguramente nunca, teniendo en cuenta que no podía contar ni una buena experiencia con las de su raza; ¿cómo demonios lo haría con una enana? Que el hacedor lo libre-
Fuera como fuese; la conversación se tornó más seria, borrando el rastro de lo anterior rápidamente. Bilbo se sorprendió ante la reacción de Thorin, y simplemente se dedicó a devolverle una sonrisa sincera.
—Pensé... pensé en enterrarla cuando estábamos en la batalla. —Confesó; iniciando la explicación. — Estábamos rodeados por los enemigos; y creí que era una manera de... —Suspiró. — Plantar vida aunque estuviéramos envueltos de la mayor de las desolaciones; ¿qué otra cosa podríamos hacer, sino? Puede sonar tonto... pero algo impidió que lo hiciera. Pensé que si lo hacía estaría rompiendo una promesa. Pensé que si la enterraba allí mismo, no estaría dando la oportunidad de poder hacerlo contigo, de haber podido seguir vivos los dos. Tal vez porque esta bellota acabó aferrándome al recuerdo del tesoro, cuando me regalaste la cota de malla. Al final lo que importaba no era el simple hecho de plantarla sino lo que ello conllevaría; y después... — Después pasó lo de la Piedra del Arca. Bilbo miró a Thorin unos segundos; para apartar de nuevo la vista, perdido en sí mismo. —… Prefiero no recordar lo que ocurrió después. No es la comarca el hogar de esta pequeña bellota Thorin; su hogar está en el lugar donde pueda brindar una nueva vida y esperanza a sus habitantes. Donde antes la guerra y la sangre y todos los que hemos perdido dieron sus vidas manchando una tierra de la que podemos seguir caminando, seguir viviendo, y contar historias más alegres que colapsen con todas las lágrimas derramadas.
Un silencio provocó que el hobbit se removiera sobre su pequeña alcoba. Acabó sonriendo un poco más.
— No tengo que llevarme nada de aquí Thorin; ni si quiera esto. Hay algo mucho más grande que me llevo conmigo.
En Erebor× Vivo, aún estoy vivo
con Thorin
con Thorin
Re: Mára mesta
Capítulo III
Thorin
—¿Estás seguro? —bromeó con un brillo extraño en la mirada, francamente divertido de imaginarlo en el poder de una enana.
Ignoró el rubor que teñía el rostro del mediano, como era capaz de ignorar la belleza que guardaba el primer brote en un campo de nieve a medio derretir, o los últimos rayos de sol que se escondían tras el escarpado horizonte. La belleza delicada, sutil, se la dejaba a los elfos, el único atractivo que hasta la fecha había robado el aliento del Rey Bajo la Montaña era la gracia cruenta de una batalla, o el resplandor contenido y puro de una piedra a medio arrancar del seno de su madre pedregosa.
Cierto es y probado está que no puede pedírsele al oso que use una cuchara cuando tome miel, pues no está en su naturaleza. Con Erebor en su poder y Azog muerto soplaban vientos de cambio, pero algundos eran todavía demasiado abruptos como para que alguien de raíces de hierro como Thorin los recibiera de buena manera. Aguantó, ligeramente contrariado, la mirada en el hobbit mientras éste hablaba como sólo un héroe haría.
Gandalf tenía razón. Era la pieza faltante en la compañía.
Callado, como un aprendiz más que como un rey que se ofrecía a escuchar a su pueblo, visitó en su recuerdo el campo de batalla. Bastas extensiones de descampado vestido de cadáveres, nieve salpicada de carmín y demasiadas miradas vacías de vida. Thorin gozaba de memoria selectiva, pues con tal de no perdonar no se permitía olvidar ciertas faltas. Pero aquello comportaba sacrificar la nitidez de tantos otros momentos. La batalla en sí era uno de ellos. Escarbó en la maraña de hachazos y espadazos, dibujando con los ojos un Bilbo de aspecto desprotegido dentro de ese caos nublado.
Sin saberlo, sus dedos terminaron por cerrarse sobre la bellota, ejerciendo una presión excesiva. Todavía se reprochaba el haber permitido al hobbit el inmiscuirse en tal batalla.
—Está claro que este viaje nos ha cambiado. —Incluso a mí.
La sonrisa tímida de Bilbo se encontró con la frialdad marmórea de un rey que se hacía culpable. Sus ojos claros, bajo unas pobladas cejas, escrutaron los vendajes del más menudo, con una rigidez intimidante en todo el cuerpo. El discurso se repitió como un eco en su cabeza y se sorprendió descubriendo la intimidad de aquel diálogo. El modo en que la compañía no había sido nombrada por el mediano. Un terror desconocido le agrietó el estómago y petrificó su esófago, regalándole una incómoda sensación de asfixia y presión en el pecho.
No quiero saber cómo sigue esa frase.
—Aún estás débil —murmuró, mirando en otra dirección, una más inconcreta—. Descansa ahora, Master Baggins. Tan pronto mis deberes de soberano me lo permitan y sanen tus heridas visitaremos el lugar en el que quisiste plantar la bellota y honraremos tus palabras. —Juntos. Soltó el agarre, acompañándolo hasta una posición más cómoda en la cama pero no demasiado íntima. Simplemente había expediciones para las que no estaba preparado y compañías de las que no quería ni podía formar parte todavía—. Es una promesa.
Ignoró el rubor que teñía el rostro del mediano, como era capaz de ignorar la belleza que guardaba el primer brote en un campo de nieve a medio derretir, o los últimos rayos de sol que se escondían tras el escarpado horizonte. La belleza delicada, sutil, se la dejaba a los elfos, el único atractivo que hasta la fecha había robado el aliento del Rey Bajo la Montaña era la gracia cruenta de una batalla, o el resplandor contenido y puro de una piedra a medio arrancar del seno de su madre pedregosa.
Cierto es y probado está que no puede pedírsele al oso que use una cuchara cuando tome miel, pues no está en su naturaleza. Con Erebor en su poder y Azog muerto soplaban vientos de cambio, pero algundos eran todavía demasiado abruptos como para que alguien de raíces de hierro como Thorin los recibiera de buena manera. Aguantó, ligeramente contrariado, la mirada en el hobbit mientras éste hablaba como sólo un héroe haría.
Gandalf tenía razón. Era la pieza faltante en la compañía.
Callado, como un aprendiz más que como un rey que se ofrecía a escuchar a su pueblo, visitó en su recuerdo el campo de batalla. Bastas extensiones de descampado vestido de cadáveres, nieve salpicada de carmín y demasiadas miradas vacías de vida. Thorin gozaba de memoria selectiva, pues con tal de no perdonar no se permitía olvidar ciertas faltas. Pero aquello comportaba sacrificar la nitidez de tantos otros momentos. La batalla en sí era uno de ellos. Escarbó en la maraña de hachazos y espadazos, dibujando con los ojos un Bilbo de aspecto desprotegido dentro de ese caos nublado.
Sin saberlo, sus dedos terminaron por cerrarse sobre la bellota, ejerciendo una presión excesiva. Todavía se reprochaba el haber permitido al hobbit el inmiscuirse en tal batalla.
—Está claro que este viaje nos ha cambiado. —Incluso a mí.
La sonrisa tímida de Bilbo se encontró con la frialdad marmórea de un rey que se hacía culpable. Sus ojos claros, bajo unas pobladas cejas, escrutaron los vendajes del más menudo, con una rigidez intimidante en todo el cuerpo. El discurso se repitió como un eco en su cabeza y se sorprendió descubriendo la intimidad de aquel diálogo. El modo en que la compañía no había sido nombrada por el mediano. Un terror desconocido le agrietó el estómago y petrificó su esófago, regalándole una incómoda sensación de asfixia y presión en el pecho.
No quiero saber cómo sigue esa frase.
—Aún estás débil —murmuró, mirando en otra dirección, una más inconcreta—. Descansa ahora, Master Baggins. Tan pronto mis deberes de soberano me lo permitan y sanen tus heridas visitaremos el lugar en el que quisiste plantar la bellota y honraremos tus palabras. —Juntos. Soltó el agarre, acompañándolo hasta una posición más cómoda en la cama pero no demasiado íntima. Simplemente había expediciones para las que no estaba preparado y compañías de las que no quería ni podía formar parte todavía—. Es una promesa.
Habitación en Erebor × Incómodo
con Bilbo
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Bilbo
La sonrisa sobre las facciones del mediano comenzó a desvanecerse poco a poco conforme la mirada gélida del Rey inspeccionaba de una forma profunda detalles en sí mismo que por un instante no los creyó meramente físicos. Hubiera dado el anillo por conocer qué ocurría bajo la enigmática mente de Thorin; encontrándose súbitamente con la desconfianza de lo que pudo haber provocado el discurso en aquella dispar reacción.
—¿Tho...? —Se dispuso a susurrar el nombre de aquél hasta verse interrumpido.
Si.
El viaje los cambió mucho, a los dos.
El apoyo silenciosamente concordado se desquebrajó; Bilbo dejó que el Rey se encargara de cuidar de él y, suspirando, permitió a su cuerpo liberar una acumulada tensión en cuanto el colchón hubiera mermado el malestar. Un algo de difícil definición labró un profundo hoyuelo en el que el hobbit se vio envuelto de golpe; sin encontrar rayo de luz que lo ayudara a descifrar la manera de encontrar la salida. El miedo compartido se escenificó como una triste anécdota, emponzoñando la amistad tintándola por el gris del tabú. Aguantó el oxígeno bajo los pulmones, rellenándolos con cierta dificultad con un mirar desvanecido por las dudas; sin encontrarse con el brillo que por momentos Thorin y Bilbo se permitían compartir cuando el miedo no azuzaba sus corazones..
—… La tendré presente. —Murmuró. — Cuando pueda ser capaz de caminar por mí mismo. Guarda la bellota por mi hasta entonces.
Hubiera querido extender la mano, lo suficiente para tirar de la extensa capa del Rey, tejida en las pieles más veneradas; labrada por una belleza rústica, fría, una que encajaba con el carácter del enano. Tirar de ella para impedir la inminente despedida; pero Bilbo la dejó a un lado de su lateral, descansando, anhelando una fantasía clandestina.
Fue en ese pequeño gesto cuando el hobbit se arrepintió de cada una de las palabras que soltó sin pensar dos veces antes a Thorin.
Y creyó, enviciado, que había un serio problema en él.
—¿Tho...? —Se dispuso a susurrar el nombre de aquél hasta verse interrumpido.
Si.
El viaje los cambió mucho, a los dos.
El apoyo silenciosamente concordado se desquebrajó; Bilbo dejó que el Rey se encargara de cuidar de él y, suspirando, permitió a su cuerpo liberar una acumulada tensión en cuanto el colchón hubiera mermado el malestar. Un algo de difícil definición labró un profundo hoyuelo en el que el hobbit se vio envuelto de golpe; sin encontrar rayo de luz que lo ayudara a descifrar la manera de encontrar la salida. El miedo compartido se escenificó como una triste anécdota, emponzoñando la amistad tintándola por el gris del tabú. Aguantó el oxígeno bajo los pulmones, rellenándolos con cierta dificultad con un mirar desvanecido por las dudas; sin encontrarse con el brillo que por momentos Thorin y Bilbo se permitían compartir cuando el miedo no azuzaba sus corazones..
—… La tendré presente. —Murmuró. — Cuando pueda ser capaz de caminar por mí mismo. Guarda la bellota por mi hasta entonces.
Hubiera querido extender la mano, lo suficiente para tirar de la extensa capa del Rey, tejida en las pieles más veneradas; labrada por una belleza rústica, fría, una que encajaba con el carácter del enano. Tirar de ella para impedir la inminente despedida; pero Bilbo la dejó a un lado de su lateral, descansando, anhelando una fantasía clandestina.
Fue en ese pequeño gesto cuando el hobbit se arrepintió de cada una de las palabras que soltó sin pensar dos veces antes a Thorin.
Y creyó, enviciado, que había un serio problema en él.
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Re: Mára mesta

Capítulo 1
Grima Wormtongue
Meduseld brillaba por fuera gracias a su tejado dorado, cuyo resplandor parecía perdurar de forma magica incluso varios minutos después de que el sol se escondiera tras las montañas, pero en su interior una oscuridad parecía nacer allí por donde Grima pisaba. Con la desgracia cosida a los talones, y creciente a medida que se adentraba en los lugares más recónditos de la fortaleza, aligeraba el paso con el rostro oculto tras aquella cortina de mechones grasientos y tan negros como su pasado.
Sigiloso, sólo un siseo parecía acompañar el presuroso avance del sirviente. No procedía de sus labios, aunque a nadie le habría sorprendido, sino de la tela de su vestimenta rozando las paredes de aquel pasillo sombrío ante su presencia. Había hecho suya la costumbre de caminar pegado a las paredes, pues tras las mismas se escuchaban todo tipo de cosas. Por desgracia, el conocer no lo hace a uno invisible, ni otorga el poder para impedir lo que uno conoce con certeza. Y viva prueba de ello era la línea borgoña que se dibujaba desde su mejilla hasta su hombro. Un fino corte, como un hilo de color romance, que marcaba su piel pálida, como una vena rebelde que quiere más protagonismo. No era obra natural de su anatomía, sino diversión del sobrino del Rey Theoden, en presencia de su inseparable primo y heredero de Rohan: Théodred.
Del mismo modo que la sobrina de su Rey llenaba su mente de pensamientos adultos, ligeramente distintos a los romances que uno pudiera leer en -en su opinión- desaprovechada biblioteca real; Éomer, su hermano, se había convertido en su pesadilla viviente. Bendecido con una fuerza y una belleza propia de la juventud, era todo con lo que Grima no había sido premiado. Un linaje noble, largas hebras doradas, hercúleo mentón, dientes perlados y gran manejo de la espada. Con los años, el mismo Éomer había sembrado la semilla del desprecio de todo un reino hacia él, ayudado por el pobre aspecto del joven Grima.
Teniéndosela jurada, entrecerró los ojos con el más venenoso de los odios mientras el labio inferior seguía tembloroso desde que había sido obligado a suplicar por su vida una vez más. Se llevó la mano al cuello, manchándose los dedos huesudos de sangre y desdibujando aquel corte que le cruzaba el perfil verticalmente. Los abusos se tornaban grandes, como en paralelo lo hacía la sed de venganza de alguien que no tiene corazón sino cabeza.
Sigiloso, sólo un siseo parecía acompañar el presuroso avance del sirviente. No procedía de sus labios, aunque a nadie le habría sorprendido, sino de la tela de su vestimenta rozando las paredes de aquel pasillo sombrío ante su presencia. Había hecho suya la costumbre de caminar pegado a las paredes, pues tras las mismas se escuchaban todo tipo de cosas. Por desgracia, el conocer no lo hace a uno invisible, ni otorga el poder para impedir lo que uno conoce con certeza. Y viva prueba de ello era la línea borgoña que se dibujaba desde su mejilla hasta su hombro. Un fino corte, como un hilo de color romance, que marcaba su piel pálida, como una vena rebelde que quiere más protagonismo. No era obra natural de su anatomía, sino diversión del sobrino del Rey Theoden, en presencia de su inseparable primo y heredero de Rohan: Théodred.
Del mismo modo que la sobrina de su Rey llenaba su mente de pensamientos adultos, ligeramente distintos a los romances que uno pudiera leer en -en su opinión- desaprovechada biblioteca real; Éomer, su hermano, se había convertido en su pesadilla viviente. Bendecido con una fuerza y una belleza propia de la juventud, era todo con lo que Grima no había sido premiado. Un linaje noble, largas hebras doradas, hercúleo mentón, dientes perlados y gran manejo de la espada. Con los años, el mismo Éomer había sembrado la semilla del desprecio de todo un reino hacia él, ayudado por el pobre aspecto del joven Grima.
Teniéndosela jurada, entrecerró los ojos con el más venenoso de los odios mientras el labio inferior seguía tembloroso desde que había sido obligado a suplicar por su vida una vez más. Se llevó la mano al cuello, manchándose los dedos huesudos de sangre y desdibujando aquel corte que le cruzaba el perfil verticalmente. Los abusos se tornaban grandes, como en paralelo lo hacía la sed de venganza de alguien que no tiene corazón sino cabeza.
Pasillos recónditos de Meduseld × Tarde
con... Éowyn
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Éowyn
Acompasando los ronroneos otoñales desde Las Montañas Blancas atravesó como un chasquido agónico el fino cristal de su alcoba; retumbó bajo la templanza femenina, lo suficiente para que las manos de Éowyn temblaran en un incontrolable pulso que solo halló estabilidad en las cortinas aterciopeladas tejidas entre los más finos gustos de la realeza de Rohan. Mordió internamente las mejillas, avergonzada de la actitud con los que compartía sangre; el sonido reverberó continuo, desequilibrando una angustiosa conmoción; el maltrato del que era una cómplice se dejó entrever más allá de las cortinas, entre los pastos altos de su hogar. Uno cruel, de vez en cuando, bajo los ojos de la doncella.
Ser cómplice no la distaba del que repartía la violencia física.
Éowyn era plenamente consciente de ello y sin embargo solo podía aferrarse a las cortinas como cuando era una chiquilla y mirar en un eterno pesar empático. Cuando las risas estallaron: la joven no aguantó más. Conteniendo la impotencia, abrió la puerta hasta escabullirse entre los extensos pasillos de pilares lánguidos resplandecientes en busca de alguna sombra donde estrechar sus propios brazos y apretarlos como quien estruja la ropa recién lavada. Hubiera continuado echándose la culpa internamente de todo mal ovillado alrededor de Grima de no ser por la suavidad de unos pasos y una respiración agitada.
La penumbra acabó tomando forma sobre la tez mortecina de dos pozos purpúreos como ojos que pronto desviaron su recorrido hacia su persona. Éowyn sintió un escalofrío -últimamente, siempre lo sentía cuando Grima cruzaba el mirar contra el propio- helarle los hombros. Se dirigió dispuesta hacia él, a pesar de la latente preocupación sobre los posibles terceros que pudiesen presenciar la escena y apartó con fuerza la mano de aquél sobre la herida. Escrudiñó las pruebas del crimen, con los ojos abiertos como los de una lechuza; horrorizada.
—… Yo... yo no... —Lo siento, lo siento, lo siento; lo siento. Sé cómo eres, sé que no te mereces esto. —Vamos a arreglarlo, ¿está bien? —Susurró; temiendo el reconocimiento ajeno. —Ven; voy a curarte la herida. Rápido.
¿Realmente lo hacía por Grima, o lo hacía por ella; para no sentirse tan mal, tan ruin?
Éowyn cerró los ojos; apartó la mirada. Aguantó el cosquilleo en su nariz, y la nubosidad por la que quería atravesar sus ojos.
Ser cómplice no la distaba del que repartía la violencia física.
Éowyn era plenamente consciente de ello y sin embargo solo podía aferrarse a las cortinas como cuando era una chiquilla y mirar en un eterno pesar empático. Cuando las risas estallaron: la joven no aguantó más. Conteniendo la impotencia, abrió la puerta hasta escabullirse entre los extensos pasillos de pilares lánguidos resplandecientes en busca de alguna sombra donde estrechar sus propios brazos y apretarlos como quien estruja la ropa recién lavada. Hubiera continuado echándose la culpa internamente de todo mal ovillado alrededor de Grima de no ser por la suavidad de unos pasos y una respiración agitada.
La penumbra acabó tomando forma sobre la tez mortecina de dos pozos purpúreos como ojos que pronto desviaron su recorrido hacia su persona. Éowyn sintió un escalofrío -últimamente, siempre lo sentía cuando Grima cruzaba el mirar contra el propio- helarle los hombros. Se dirigió dispuesta hacia él, a pesar de la latente preocupación sobre los posibles terceros que pudiesen presenciar la escena y apartó con fuerza la mano de aquél sobre la herida. Escrudiñó las pruebas del crimen, con los ojos abiertos como los de una lechuza; horrorizada.
—… Yo... yo no... —Lo siento, lo siento, lo siento; lo siento. Sé cómo eres, sé que no te mereces esto. —Vamos a arreglarlo, ¿está bien? —Susurró; temiendo el reconocimiento ajeno. —Ven; voy a curarte la herida. Rápido.
¿Realmente lo hacía por Grima, o lo hacía por ella; para no sentirse tan mal, tan ruin?
Éowyn cerró los ojos; apartó la mirada. Aguantó el cosquilleo en su nariz, y la nubosidad por la que quería atravesar sus ojos.
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Grima
La luz no era segura. Tampoco la muchedumbre. El hilo rojo que salía de los labios de Théodred y Éomer cada vez que lo maldecían había acabado por enredarlo. Lo forzaron a trazar alianza con la oscuridad, con la humedad de los pasillos más recónditos, con las ratas que brincaban en las mazmorras y roían los libros que Grima tomaba prestados de la biblioteca para vestir sus noches de historias que lo mantuvieran despierto y consciente. Detestaba soñar, porque en los sueños era frágil y perdía el poder sobre su propio cuerpo. Se volvía un blanco fácil.
Sus dedos temblaban, de miedo y rabia, arañando los salientes de la pared enladrillada, buscando siempre aquel enlace con la frialdad del castillo dorado, como si ésta fuera su norte. Los huesos crispaban, entrechocando con un sonido amortiguado por la poca carne que recubría su estructura ósea. Carne fina, como papel mojado, que conformaba un mapa de ríos venéreos color púrpura. No, Grima no era de sangre azul pese a habitar en Meduseld. Tal vez fuera la benevolencia del Rey de Rohan lo que despertaba el odio de los herederos.
El sonido de una respiración ajena, contenida, lo hizo detenerse como si de un animal asustado se tratara. Sorbió entre dientes, arrugando los labios, sabiendo que su olor agrio lo delataba.
—¿Quién va? —preguntó Grima, a la defensiva.
Escudriñó la oscuridad con aquellas cejas vacías de vello fruncidas, ensombreciendo sus negros ojos hundidos. Aguardó, sabiendo que si era alguien del servicio aquello pasaría deprisa. Sabía cómo lo miraban; como a la mascota asquerosa de un dueño caprichoso, con la que los súbditos deben cohabitar sin poder deshacerse de ella. Pero todos parecían haberse tomado la licencia no concedida de mirarlo con repulsión.
La presencia que escapó de las tinieblas para acercarse a él lo desarmó, y el joven Grima quedó una vez más prendado de la luz que irradiaba aquella joven. Éowyn. Con la expresión deshecha, buscó con la cabeza ladeada encontrarse con aquella mirada tan limpia, tan pura. Sabía que no era pureza lo que escondía la rubia bajo las faldas, pero codiciaba de todas formas cada doblado de su ropa, cada pliegue de su piel. Se dejó mangonear, cesando los temblores de golpe. El tacto de la sobrina del Rey era cálido, suave, aterciopelado como un melocotón maduro.
¿Sabrá igual que uno, si la pruebo con mis labios?
Enmudecido, que no sin cosas por decir, se dejó guiar por el tacto de la muchacha hasta una habitación. Probablemente ya había estado allí, probablemente sentiría la necesidad animal de reconocer el terreno en busca de peligros, de información. Pero la presencia de Éowyn llenaba la estancia al punto de hacerlo perder interés en todo lo demás. A más rehuía ella de su mirada, con más agonía y desespero buscaba Grima ser correspondido.
—No estoy molesto contigo por no detenerlos. —Su voz rompió la quietud incómoda del momento, y el siseo pronunciado buscó lamer el oído ajeno. Parecía ser capaz de leer la mente. Grima empezaba a ser el hombre hábil de palabras en el que se convertiría algún día. Pero, lejos de tener un tono firme, seguro, persuasivo, su voz todavía era un amalgama de emociones contradictorias, un hilo mal entonado que subía y bajaba más a placer que la nuez apenas notoria en la piel agrietada de su cuello—. Hay un placer prohibido en la disculpa íntima. —Alzó una mano, aprovechando la cercanía de la rubia que examinaba la herida. Quiso tocarla, pero se contuvo, perdiendo el valor.
Sus dedos temblaban, de miedo y rabia, arañando los salientes de la pared enladrillada, buscando siempre aquel enlace con la frialdad del castillo dorado, como si ésta fuera su norte. Los huesos crispaban, entrechocando con un sonido amortiguado por la poca carne que recubría su estructura ósea. Carne fina, como papel mojado, que conformaba un mapa de ríos venéreos color púrpura. No, Grima no era de sangre azul pese a habitar en Meduseld. Tal vez fuera la benevolencia del Rey de Rohan lo que despertaba el odio de los herederos.
El sonido de una respiración ajena, contenida, lo hizo detenerse como si de un animal asustado se tratara. Sorbió entre dientes, arrugando los labios, sabiendo que su olor agrio lo delataba.
—¿Quién va? —preguntó Grima, a la defensiva.
Escudriñó la oscuridad con aquellas cejas vacías de vello fruncidas, ensombreciendo sus negros ojos hundidos. Aguardó, sabiendo que si era alguien del servicio aquello pasaría deprisa. Sabía cómo lo miraban; como a la mascota asquerosa de un dueño caprichoso, con la que los súbditos deben cohabitar sin poder deshacerse de ella. Pero todos parecían haberse tomado la licencia no concedida de mirarlo con repulsión.
La presencia que escapó de las tinieblas para acercarse a él lo desarmó, y el joven Grima quedó una vez más prendado de la luz que irradiaba aquella joven. Éowyn. Con la expresión deshecha, buscó con la cabeza ladeada encontrarse con aquella mirada tan limpia, tan pura. Sabía que no era pureza lo que escondía la rubia bajo las faldas, pero codiciaba de todas formas cada doblado de su ropa, cada pliegue de su piel. Se dejó mangonear, cesando los temblores de golpe. El tacto de la sobrina del Rey era cálido, suave, aterciopelado como un melocotón maduro.
¿Sabrá igual que uno, si la pruebo con mis labios?
Enmudecido, que no sin cosas por decir, se dejó guiar por el tacto de la muchacha hasta una habitación. Probablemente ya había estado allí, probablemente sentiría la necesidad animal de reconocer el terreno en busca de peligros, de información. Pero la presencia de Éowyn llenaba la estancia al punto de hacerlo perder interés en todo lo demás. A más rehuía ella de su mirada, con más agonía y desespero buscaba Grima ser correspondido.
—No estoy molesto contigo por no detenerlos. —Su voz rompió la quietud incómoda del momento, y el siseo pronunciado buscó lamer el oído ajeno. Parecía ser capaz de leer la mente. Grima empezaba a ser el hombre hábil de palabras en el que se convertiría algún día. Pero, lejos de tener un tono firme, seguro, persuasivo, su voz todavía era un amalgama de emociones contradictorias, un hilo mal entonado que subía y bajaba más a placer que la nuez apenas notoria en la piel agrietada de su cuello—. Hay un placer prohibido en la disculpa íntima. —Alzó una mano, aprovechando la cercanía de la rubia que examinaba la herida. Quiso tocarla, pero se contuvo, perdiendo el valor.
Pasillos recónditos de Meduseld × Tarde
con... Éowyn
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