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Mára mesta
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Mára mesta
Recuerdo del primer mensaje :
Todos conocemos las grandes historias, las grandes leyendas de la Tierra Media. Afortunados fueron los que aún se les recordaba por sus grandes hazañas; a pesar de que muchos otros se desvanecieron junto al resto de almas, desconocidos ante las futuras generaciones pero no menos importantes. Guerras, conflictos, el bien, el mal... esos relatos son para la historia.
Estos relatos serán más humanos. Cercanos a lo que aquellos personajes vivieron en sus propias pieles; a cómo se relacionaron con sus entornos, tan diferentes pero iguales entre sí, con un único destino común. Vivir.
Vivir para contar las grandes historias.
Mára mesta
CS multicharacter ৹ El Hobbit + ESDLA
"Mára mesta." Buen viaje.
Todos conocemos las grandes historias, las grandes leyendas de la Tierra Media. Afortunados fueron los que aún se les recordaba por sus grandes hazañas; a pesar de que muchos otros se desvanecieron junto al resto de almas, desconocidos ante las futuras generaciones pero no menos importantes. Guerras, conflictos, el bien, el mal... esos relatos son para la historia.
Estos relatos serán más humanos. Cercanos a lo que aquellos personajes vivieron en sus propias pieles; a cómo se relacionaron con sus entornos, tan diferentes pero iguales entre sí, con un único destino común. Vivir.
Vivir para contar las grandes historias.
THORIN OAKENSHIELD Llevado por: Volko |
BILBO BAGGINS Llevado por: Midori |
KILI Llevado por: Volko |
FILI Llevado por: Midori |
TAURIEL Llevado por: Midori |
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BOROMIR Llevado por: Midori Capítulo I. — url Capítulo II. — url Capítulo III. — url |
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GRIMA WORMTONGUE Llevado por: Volko |
HISTÓRICO DE TEMAS
Última edición por Volko el Mar 29 Dic - 15:11, editado 7 veces
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Bilbo
El corazón de Bilbo no disminuyó su tamaño; no cuando Thorin le hubiera confirmado los lazos que los mantenían unidos. Ahí estaba. Ahí estaba el Thorin que él había conocido y con el cual compartió la mayor de las aventuras. A punto estuvo de resbalarse con el oro que imitaba el único suelo en aquellas profundidades de Erebor; pero el mediano logró mantener el equilibrio con cierta gracia y humor en sus acciones. Luchó por quedarse estático; pese a que la inercia lo quería arrastrar cuesta abajo del tesoro gracias al poderío con el que Thorin colocaba sus prendas. Supo interpretar aquellas acciones. Bilbo, después de todo lo compartido; sabía leer a aquél por más libro cerrado que llegara a convertirse.
— N-no... — Volvió a susurrar; alzando las dos palmas frente al Rey. Intentó decirle que no hacía falta la inclinación; no hacía falta las gracias. Suspiró, apartando la mirada ciertamente nervioso. — Thorin... — ¿Por qué no podía darle la Piedra del Arca...? — Soy yo. — Admitió. —… el que debería dar las gracias.
Alzó una mano hasta colocarla contra su brazo. Apretó.
—… No me arrepiento de nada de lo que ha pasado hasta ahora. No me arrepiento de haber decidido salir de la Comarca. No te hubiera conocido; ni a ti, ni al resto de la Compañía. Por más peligros y sustos que hayamos enfrentado... nunca quise ser una molestia. —El hobbit bajó su mirada hacia la inmensidad de las reliquias resguardadas, con un deje tímido. — E-echo de menos eso... aún no quiero volver a casa, ¿c-cómo es posible? No me creo ni yo mismo mis palabras
Levantó la mirada, decidido.
— Yo...
Tengo la Piedra del Arca.
— Gracias por haberme dado una oportunidad.
Por confiar en mi.
— N-no... — Volvió a susurrar; alzando las dos palmas frente al Rey. Intentó decirle que no hacía falta la inclinación; no hacía falta las gracias. Suspiró, apartando la mirada ciertamente nervioso. — Thorin... — ¿Por qué no podía darle la Piedra del Arca...? — Soy yo. — Admitió. —… el que debería dar las gracias.
Alzó una mano hasta colocarla contra su brazo. Apretó.
—… No me arrepiento de nada de lo que ha pasado hasta ahora. No me arrepiento de haber decidido salir de la Comarca. No te hubiera conocido; ni a ti, ni al resto de la Compañía. Por más peligros y sustos que hayamos enfrentado... nunca quise ser una molestia. —El hobbit bajó su mirada hacia la inmensidad de las reliquias resguardadas, con un deje tímido. — E-echo de menos eso... aún no quiero volver a casa, ¿c-cómo es posible? No me creo ni yo mismo mis palabras
Levantó la mirada, decidido.
— Yo...
Tengo la Piedra del Arca.
— Gracias por haberme dado una oportunidad.
Por confiar en mi.
Erebor × Adolorido
con... Thorin Escudo de Roble hijo de Thráin, hijo de Thror
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Thorin
La palabra amistad jamás había significado mucho para Thorin, el cual tenía demasiadas experiencias propicias a la traición. Pero comprendía sobre lealtades, deberes y por encima de todo, obligaciones. Mirando hacia atrás, se sorprendió recordando cuando sólo era un joven heredero. Jamás se rodeó de muchos enanos jóvenes, y su posición como heredero de Durin lo distanció del segundo en línea de sucesión, Frerin, su hermano.
Así, sabiendo aquella soledad parte de lo que lo volvió el hombre infeliz que era, había puesto especial dedicación y empeño en que sus sobrinos Fili y Kili cuidaran el uno del otro pese a que sólo uno podría suplantarlo llegado el momento.
"Soy yo"
La voz trémula del hobbit lo agarró del mentón para hacerlo bajar la mirada. No era grande la diferencia de altura entre ambos, pero sí la suficiente para que uno de los dos tuviera que alzar o bajar la vista. Thorin volteó a mirarlo, vacío de emoción en el rostro. El oro dibujaba fantasmas en su rostro, y la mano de Bilbo hombro los despertó en su corazón corrupto.
Escuchó el discurso del mediano sin interrumpirlo, con gesto contenido. Su corazón agradeció tales palabras, pero su rostro no. El Rey Bajo la Montaña no era bueno con los sentimientos.
Aprendió bien que las emociones debilitaban al líder, o eso creía, resultando paradójico que fuera la falta de las mismas lo que lo tenía encerrado con su tesoro en lugar de preparando futuras batallas.
"Gracias por haberme dado una oportunidad."
—No es a mí a quién debes gratitud, Master Baggins —le recordó el soberano, con voz ronca y dura, mimetizándose con el aspecto de la caverna en la que estaban metidos— Fue el mago quién te eligió como nuestro ladrón. —Volvió a mirar a su alrededor, sintiendo que ese era un lugar al que podría llamar hogar de nuevo. Una vez encontrara la Piedra de Arca.
—Erebor siempre tendrá las puertas abiertas para los amigos de la Comarca —concluyó sin mirarlo, irguiéndose y cruzando las manos a la espalda con aspecto regio—. Así que siéntete libre que hospedarte aquí hasta que el corazón te pida lo contrario, o se te olviden las comodidades de tu casa. —declaró, majestuoso, apoyando la mano en el hombro de Bilbo de vuelta.
Sin él no habríamos llegado aquí, le recordó una voz interior, pero Thorin la aplastó como se aplasta a un molesto insecto.
Sin mí no habríamos llegado aquí.
Así, sabiendo aquella soledad parte de lo que lo volvió el hombre infeliz que era, había puesto especial dedicación y empeño en que sus sobrinos Fili y Kili cuidaran el uno del otro pese a que sólo uno podría suplantarlo llegado el momento.
"Soy yo"
La voz trémula del hobbit lo agarró del mentón para hacerlo bajar la mirada. No era grande la diferencia de altura entre ambos, pero sí la suficiente para que uno de los dos tuviera que alzar o bajar la vista. Thorin volteó a mirarlo, vacío de emoción en el rostro. El oro dibujaba fantasmas en su rostro, y la mano de Bilbo hombro los despertó en su corazón corrupto.
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Aprendió bien que las emociones debilitaban al líder, o eso creía, resultando paradójico que fuera la falta de las mismas lo que lo tenía encerrado con su tesoro en lugar de preparando futuras batallas.
"Gracias por haberme dado una oportunidad."
—No es a mí a quién debes gratitud, Master Baggins —le recordó el soberano, con voz ronca y dura, mimetizándose con el aspecto de la caverna en la que estaban metidos— Fue el mago quién te eligió como nuestro ladrón. —Volvió a mirar a su alrededor, sintiendo que ese era un lugar al que podría llamar hogar de nuevo. Una vez encontrara la Piedra de Arca.
—Erebor siempre tendrá las puertas abiertas para los amigos de la Comarca —concluyó sin mirarlo, irguiéndose y cruzando las manos a la espalda con aspecto regio—. Así que siéntete libre que hospedarte aquí hasta que el corazón te pida lo contrario, o se te olviden las comodidades de tu casa. —declaró, majestuoso, apoyando la mano en el hombro de Bilbo de vuelta.
Sin él no habríamos llegado aquí, le recordó una voz interior, pero Thorin la aplastó como se aplasta a un molesto insecto.
Sin mí no habríamos llegado aquí.
Erebor × Traicionado
con Master Baggins
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Bilbo
Suspiró, formando una mueca sobre las inocentes facciones. Había algo que Bilbo esperaba de Thorin y nunca ocurría; aunque sabía que el problema era él mismo. ¿Por qué esperaba nada del Rey? No eran joyas, ni tesoros; le daba igual su parte firmada del contrato, en la que podría escoger lo que quisiera de los bienes de Erebor para llevarse a la Comarca. No necesitaba nada de aquél tesoro puesto que lo que realmente su corazón exigía... no era viable.
Deseaba una sonrisa, una chispa de cariño en los ojos del enano. Si pudiera ser posible; Bilbo solo cogería algún recipiente, delicadamente decorado y fino, donde pudiera guardar el recuerdo impoluto de Thorin para poder revivirlo insaciablemente, en un infinito bucle; para poder dar marcha atrás hacia las memorias que inundaron de calor cada esquina de su pequeño cuerpo. Ese era el tesoro más grande y más difícil de conseguir en todo Erebor; contadas veces fueron las que el mediano llegó a apreciar aquél lado, firmemente enterrado en los adentros del Rey Bajo la Montaña.
Abrió la boca dispuesto a dar una respuesta. Nada salió de ella. Arrugó el ceño; miró hacia su costado, allí, donde la mano de Thorin descansaba sobre su hombro. Volvió a levantar la vista hacia él.
— Y mi casa está también abierta para mis recientes amigos. — Sonrió. A pesar de no ser la sonrisa sincera que Bilbo llegó a colmar a la Compañía durante su extenso viaje; era una sonrisa nostálgica, triste. — ¿Vendrás a visitarme? — Preguntó, aliviado; la tensión cargada por culpa del tesoro alrededor de ellos pareciera haber amainado. — Entiendo que ahora, seguramente vayas a estar muy ocupado con... c-con todas estas responsabilidades que llevan ser Rey pero, cuando necesites unas vacaciones; espero que consideres mi smial en Baggins. No será tan magnífica como Erebor, pero es humilde; y el sol ilumina cada esquina de ella, a pesar de ser un agujero, durante el día entero. — La expresión de Bilbo cambió; relajándose, dejando que su sonrisa poco a poco iluminara sus ojos. — Los días pasan mucho más lentos, y siempre hay algún hobbit que te trae algún regalo. Creo que cuando llegue estaré contento pero... sentiré como si le faltara algo. — Volvió a bajar su vista; incapaz de aguantar la de Thorin. — Creo que he aprendido que un hogar no es algo físico Thorin. Un hogar lo crean todos aquellos con los que te rodeas. A los que...
"A los que quieres."
—... Ellos son el verdadero tesoro. El más difícil y grande de todos.
Cerró los ojos; sin ser capaz de terminar su monólogo. Algo en esa confesión le dolió por dentro. Jugueteó, solo, con los dedos; aún sin mirarle a la cara. Quería suplantar la palabra "ellos" por "ti"
— Hay algo que quiero darte.
Deseaba una sonrisa, una chispa de cariño en los ojos del enano. Si pudiera ser posible; Bilbo solo cogería algún recipiente, delicadamente decorado y fino, donde pudiera guardar el recuerdo impoluto de Thorin para poder revivirlo insaciablemente, en un infinito bucle; para poder dar marcha atrás hacia las memorias que inundaron de calor cada esquina de su pequeño cuerpo. Ese era el tesoro más grande y más difícil de conseguir en todo Erebor; contadas veces fueron las que el mediano llegó a apreciar aquél lado, firmemente enterrado en los adentros del Rey Bajo la Montaña.
Abrió la boca dispuesto a dar una respuesta. Nada salió de ella. Arrugó el ceño; miró hacia su costado, allí, donde la mano de Thorin descansaba sobre su hombro. Volvió a levantar la vista hacia él.
— Y mi casa está también abierta para mis recientes amigos. — Sonrió. A pesar de no ser la sonrisa sincera que Bilbo llegó a colmar a la Compañía durante su extenso viaje; era una sonrisa nostálgica, triste. — ¿Vendrás a visitarme? — Preguntó, aliviado; la tensión cargada por culpa del tesoro alrededor de ellos pareciera haber amainado. — Entiendo que ahora, seguramente vayas a estar muy ocupado con... c-con todas estas responsabilidades que llevan ser Rey pero, cuando necesites unas vacaciones; espero que consideres mi smial en Baggins. No será tan magnífica como Erebor, pero es humilde; y el sol ilumina cada esquina de ella, a pesar de ser un agujero, durante el día entero. — La expresión de Bilbo cambió; relajándose, dejando que su sonrisa poco a poco iluminara sus ojos. — Los días pasan mucho más lentos, y siempre hay algún hobbit que te trae algún regalo. Creo que cuando llegue estaré contento pero... sentiré como si le faltara algo. — Volvió a bajar su vista; incapaz de aguantar la de Thorin. — Creo que he aprendido que un hogar no es algo físico Thorin. Un hogar lo crean todos aquellos con los que te rodeas. A los que...
"A los que quieres."
—... Ellos son el verdadero tesoro. El más difícil y grande de todos.
Cerró los ojos; sin ser capaz de terminar su monólogo. Algo en esa confesión le dolió por dentro. Jugueteó, solo, con los dedos; aún sin mirarle a la cara. Quería suplantar la palabra "ellos" por "ti"
— Hay algo que quiero darte.
Erebor × Adolorido
con... Thorin Escudo de Roble hijo de Thráin, hijo de Thror
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Thorin
La pregunta lo tomó por sorpresa, la misma sorpresa que tuvo muchos años atrás cuando detestó la noticia de que su hermana había tenido al primero de los futuros herederos, dado que Thorin no era conocido por sus parejas. La idea de una criatura era agridulce, y así la creyó hasta que colocaron a ese bebé en sus brazos. Para sorpresa de Thorin, Fili no lloró en sus brazos, sino que suspiró con confianza y se quedó dormido.
Bilbo era una sorpresa parecida, inesperada. El Rey Bajo la Montaña no era amigo de los cambios, de las nuevas compañías. Pero Bilbo había sido un soplo se aire fresco, la clave de un acertijo con el que llevaba demasiado tiempo encallado. Eso había que concedérselo. Y lo hizo, pero no a viva voz.
Siempre tardío, como midiendo bien sus palabras, Thorin separó los labios para responder con la máxima educación cuando Bilbo lo hizo de nuevo. Hablar de más. El moreno frunció el ceño y aquellas pobladas cejas negras quedaron a poco de juntarse como un nubarrón de tormenta en su frente. Pero por vez primera el hobbit no pareció sentirse aplacado por la sordidez de su mirar, sino que siguió hablando con ese brillo que Thorin había creído tener una vez. Antes de que se lo arrebataran.
Con las manos a la espalda y el mentón erguido, lo miró con el cuerpo medio volteado en dirección a la salida pero sin marchar hacia la misma. Negó una única vez, más para sí que para él.
—Mucho me temo que llevas poco tiempo fuera de tu agujero, maestro ladrón, pues confundes la compañía con un reino. —Alzó la vista hacia las paredes de aquella inmensa edificación. Él la había visto prácticamente nacer—. Un hogar es algo físico. El mío es éste. —Inspiró profundamente, hablando con voz sobria y dura, buscando un eco que aplaudiera su magnificencia—. Ni la mejor de las compañías podría hacerte sentir entero si supieras arrebatada la Comarca. —Créeme. Nada—. Por suerte, y con la ayuda de un hobbit, estamos un paso más cerca de que mi gente se sienta completa. Sólo me falta la piedra, y deshacerme de todos aquellos que quieren hacerse con mi tesoro.
Dejando de divagar, acordándose de algo, volteó el rostro de nuevo a mirarlo.
—¿Qué es aquello de lo que quieres hacerme entrega, mi buen amigo? Dámelo, no te hagas de rogar.
Bilbo era una sorpresa parecida, inesperada. El Rey Bajo la Montaña no era amigo de los cambios, de las nuevas compañías. Pero Bilbo había sido un soplo se aire fresco, la clave de un acertijo con el que llevaba demasiado tiempo encallado. Eso había que concedérselo. Y lo hizo, pero no a viva voz.
Siempre tardío, como midiendo bien sus palabras, Thorin separó los labios para responder con la máxima educación cuando Bilbo lo hizo de nuevo. Hablar de más. El moreno frunció el ceño y aquellas pobladas cejas negras quedaron a poco de juntarse como un nubarrón de tormenta en su frente. Pero por vez primera el hobbit no pareció sentirse aplacado por la sordidez de su mirar, sino que siguió hablando con ese brillo que Thorin había creído tener una vez. Antes de que se lo arrebataran.
Con las manos a la espalda y el mentón erguido, lo miró con el cuerpo medio volteado en dirección a la salida pero sin marchar hacia la misma. Negó una única vez, más para sí que para él.
—Mucho me temo que llevas poco tiempo fuera de tu agujero, maestro ladrón, pues confundes la compañía con un reino. —Alzó la vista hacia las paredes de aquella inmensa edificación. Él la había visto prácticamente nacer—. Un hogar es algo físico. El mío es éste. —Inspiró profundamente, hablando con voz sobria y dura, buscando un eco que aplaudiera su magnificencia—. Ni la mejor de las compañías podría hacerte sentir entero si supieras arrebatada la Comarca. —Créeme. Nada—. Por suerte, y con la ayuda de un hobbit, estamos un paso más cerca de que mi gente se sienta completa. Sólo me falta la piedra, y deshacerme de todos aquellos que quieren hacerse con mi tesoro.
Dejando de divagar, acordándose de algo, volteó el rostro de nuevo a mirarlo.
—¿Qué es aquello de lo que quieres hacerme entrega, mi buen amigo? Dámelo, no te hagas de rogar.
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Bilbo
Bilbo no esperó aquella respuesta; tuvo un atisbo de esperanza, algo que le hizo creer lo imposible. Cogió aire con fuerza; mirando hacia sus peludos pies y metió la mano dentro de su chaqueta. Acarició la tela que guardaba la Piedra del Arca... y allí se quedó. Escondida entre sus ropajes.
No, no iba a dársela. No después de ese discurso.
— … — Frunció el ceño; infló levemente los cachetes y miró a Thorin como si estuviera confundido. —… Oh. — Dijo, como sorprendido; cambiando la postura de su cuerpo y removiendo la mano dentro de las telas como si le faltara algún hueso. — Oh, creo que no está aquí; ¡dónde tendré la cabeza! —Cambio de lugar su mano, indagando en los diversos bolsillos con los que estaba plagado. Acabó encogiéndose de hombros. — Creo... creo recordar que Balin lo cogió; era un obsequio, un objeto que abandonó un elfo en el Bosque Negro antes de que escapáramos por el río. — Mintió. — Pero bueno, supongo que comparado con todo esto no es nada destacable... — Sacó las manos de los bolsillos. — No es nada importante, al fin y al cabo.
Su mirada se reencontró nuevamente con la del enano; gélida. Un vendaval cargado de nieve chocó contra Bilbo, como si fueran dos desconocidos; y tembló ante ello.
—… Pero tienes razón. Llevo muy poco tiempo fuera de mi agujero.
"¿De verdad creí que encajaría con él de alguna manera?"
"¿Qué esperabas, necio hobbit?"
—… C-creo que es mejor que vuelva... — Comentó; señalando la salida con sus dos manos, moviéndose un tanto torpe hacia ella; rezando para que Thorin lo dejara escapar y no se diera cuenta de que el verdadero ladrón ahí era él. — ti-tienes mucho que contabilizar, que organizar; que buscar, no quiero entorpecer más tú cometido...
Le dio la espalda; dispuesto a salir por donde había venido con los nervios a flor de piel y el movimiento propio de alguien que intentara caminar sobre arenas movedizas. Antes de dar tres pasos; se giró, alzando una mano en un intento de llamar la atención y abrir la boca para acabar añadiendo algo más pero... no dijo nada. Decidió a seguir con su marcha.
¿Qué quería decirle? Eran dos palabras muy concisas, muy directas. Era muy sencillo; pero a veces, lo más sencillo acaba en formarse en lo más complicado. Y ni el mismo Bilbo quería admitir, aún, lo que algo así conllevaría.
No, no iba a dársela. No después de ese discurso.
— … — Frunció el ceño; infló levemente los cachetes y miró a Thorin como si estuviera confundido. —… Oh. — Dijo, como sorprendido; cambiando la postura de su cuerpo y removiendo la mano dentro de las telas como si le faltara algún hueso. — Oh, creo que no está aquí; ¡dónde tendré la cabeza! —Cambio de lugar su mano, indagando en los diversos bolsillos con los que estaba plagado. Acabó encogiéndose de hombros. — Creo... creo recordar que Balin lo cogió; era un obsequio, un objeto que abandonó un elfo en el Bosque Negro antes de que escapáramos por el río. — Mintió. — Pero bueno, supongo que comparado con todo esto no es nada destacable... — Sacó las manos de los bolsillos. — No es nada importante, al fin y al cabo.
Su mirada se reencontró nuevamente con la del enano; gélida. Un vendaval cargado de nieve chocó contra Bilbo, como si fueran dos desconocidos; y tembló ante ello.
—… Pero tienes razón. Llevo muy poco tiempo fuera de mi agujero.
"¿De verdad creí que encajaría con él de alguna manera?"
"¿Qué esperabas, necio hobbit?"
—… C-creo que es mejor que vuelva... — Comentó; señalando la salida con sus dos manos, moviéndose un tanto torpe hacia ella; rezando para que Thorin lo dejara escapar y no se diera cuenta de que el verdadero ladrón ahí era él. — ti-tienes mucho que contabilizar, que organizar; que buscar, no quiero entorpecer más tú cometido...
Le dio la espalda; dispuesto a salir por donde había venido con los nervios a flor de piel y el movimiento propio de alguien que intentara caminar sobre arenas movedizas. Antes de dar tres pasos; se giró, alzando una mano en un intento de llamar la atención y abrir la boca para acabar añadiendo algo más pero... no dijo nada. Decidió a seguir con su marcha.
¿Qué quería decirle? Eran dos palabras muy concisas, muy directas. Era muy sencillo; pero a veces, lo más sencillo acaba en formarse en lo más complicado. Y ni el mismo Bilbo quería admitir, aún, lo que algo así conllevaría.
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Thorin
La niebla se extendía por su interior, como una humareda tardía que Smaug había dejado en el corazón del Rey Bajo la Montaña. Sus ojos miraba sin ver al hobbit que tenía delante de él, pues el tesoro que los rodeaba a ambos brillaba con un fulgor que no merecía pero que sin embargo cautivaba a su legítimo dueño.
Sus irises, vacíos, se clavaban desnudos en las inquietas manos del mediano. Ciego, irremediablemente ciego, restaba Thorin. Se limitó a asentir con la cabeza al discurso de Bilbo, acallando la única voz interior que quiso escapar del discurso ya repetitivo sobre su tesoro para confirmarle que que estaba equivocando.
Se limitó, retraído, endurecido por el escozor de un sentimiento desconocido y remoto. Thorin Oakenshield jamás había titubeado un instante al ver tropas formando a los pies del reino de sus antepasados, más al verlo alejarse y despertar en él algo desconocido -tal vez misericordia, tal vez odio, tal vez miedo a quedarse solo-, el líder de la compañía se sintió temblar como los cimientos de su montaña al primer rugir de Smaug.
Negó para sí con la cabeza y le concedió el permiso de retirarse de su vista obligándose a sí mismo a profesarle cierto odio. Se agachó a tomar una joya color esmeralda entre los dedos. Ese color era poco frecuente en el interior de la montaña. Se preguntó si habría más como ella, y se la acercó a la vista mientras el sonido de las torpes pisadas se difuminaba.
Vio en el reflejo de aquella pulida superficie la expresión de Biblo al girarse hacia él. Fingió no verlo, indispuesto para los sentimientos. Si algo le había aprendido de sus vivencias era que todo cuanto besaba con sus labios perecía en el acto.
Así mismo como condenó a muerte aquel tesoro llenándolo de besos fríos, le concedió la vida a Bilbo al dejarlo marchar.
Algún día el mediano lo comprendería.
Sus irises, vacíos, se clavaban desnudos en las inquietas manos del mediano. Ciego, irremediablemente ciego, restaba Thorin. Se limitó a asentir con la cabeza al discurso de Bilbo, acallando la única voz interior que quiso escapar del discurso ya repetitivo sobre su tesoro para confirmarle que que estaba equivocando.
Se limitó, retraído, endurecido por el escozor de un sentimiento desconocido y remoto. Thorin Oakenshield jamás había titubeado un instante al ver tropas formando a los pies del reino de sus antepasados, más al verlo alejarse y despertar en él algo desconocido -tal vez misericordia, tal vez odio, tal vez miedo a quedarse solo-, el líder de la compañía se sintió temblar como los cimientos de su montaña al primer rugir de Smaug.
Negó para sí con la cabeza y le concedió el permiso de retirarse de su vista obligándose a sí mismo a profesarle cierto odio. Se agachó a tomar una joya color esmeralda entre los dedos. Ese color era poco frecuente en el interior de la montaña. Se preguntó si habría más como ella, y se la acercó a la vista mientras el sonido de las torpes pisadas se difuminaba.
Vio en el reflejo de aquella pulida superficie la expresión de Biblo al girarse hacia él. Fingió no verlo, indispuesto para los sentimientos. Si algo le había aprendido de sus vivencias era que todo cuanto besaba con sus labios perecía en el acto.
Así mismo como condenó a muerte aquel tesoro llenándolo de besos fríos, le concedió la vida a Bilbo al dejarlo marchar.
Algún día el mediano lo comprendería.
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Capitulo II / Bilbo

Capítulo II
Bilbo
Bilbo abrió los ojos.
Todo su cuerpo ardía. Las memorias brotaron agolpándose unas junto a las otras, de golpe, en su cabeza; a una velocidad inimaginable. Le costó ser consiente de en dónde se encontraba y en qué estado. Arrastrándose levemente, logró ponerse de pie entre quejidos; el bramar de la guerra llegaba hasta su posición aunque no hubiera alma alguna a su alrededor. Solo cadáveres. Y gracias al hacedor que entre aquellos cadáveres no estaba el de Thorin.
Thorin.
¿Dónde estaba Thorin?
Como la chispa que enciende un fósforo; aquél nombre fue el mechero, motor en marcha que puso en inmediato movimiento al mediano. Recogió a Dardo y buscó, desesperado, las pistas que lo llevaran hasta el sujeto producto de su angustia. Escaló piedras, gritó su nombre en más de una vez; divisó las figuras de Kili o Dwalin luchando a unos cuantos metros pero no dio con él. En cierto punto un orco se interpuso en su camino, obligando al hobbit a hacer uso de aquél misterioso anillo mágico. Invisible ante todos aquellos ojos menos el del único (por ahora, en ignorancia de Bilbo) se abrió paso hasta un páramo helado, silencioso y descarnado; espectador de una lucha entre el Rey Bajo la Montaña y Azog el Trasgo.
Sus pies resbalaban un poco bajo el hielo, a pesar de ello; Bilbo inició una carrera hacia el enemigo, afligido ante la mínima noción de poder perder, para siempre, a su amigo. Thorin esquivaba, malherido, los diversos ataques productos de una maza de hierro, de tamaño desorbitante; plagada de filosas hojas por cada uno de sus extremos y forjada con el más arcaico odio. Pudo leer el gozo tras los ojos de aquella inmunda bestia; que disfrutaba con cada ataque, con cada prueba amenazante que ponía sobre Thorin, con la manera en la que estaba ganando aquella batalla y se regocijaba en la idea de acabar de una vez por todas con el linaje Durin. Aquello provocó que la sangre de Bilbo ardiera. El aire se le escapaba en cada golpe esquivado por el enano y Bilbo solo podía repetirse en sus adentros que esperara por él. "Aguanta un poco más, solo un poco más y quizá podamos estar vivos, juntos, lo suficiente"
Se quitó el anillo; apretó los dientes. Azog estaba a punto de clavarle a Thorin su mano derecha convertida en arma.
— ¡¡No!! —Gritó Bilbo, llamándole la atención.
Clavó su espada en la cintura del orco; el cual aulló adolorido.
— ¡¡No te atrevas a...!! — Un puñetazo directo contra su estómago obligó a Bilbo a tragarse sus palabras; nunca algo le había dolido tanto en la vida. Acabó en el suelo, tosiendo sangre; alzando una mano para intentar recuperar a Dardo, la cual brillaba, clavada en el costado de Azog.
"Estúpido mediano" Escuchó de fondo, en una tonalidad oscura.
Algo lo cogió del cuello.
Su vista se nubló; y lo poco que pudo atisbar, fueron los ojos de la más pura maldad.
"¿Creerías que podrías enfrentarte a mi una segunda vez?"
Thorin...
Todo su cuerpo ardía. Las memorias brotaron agolpándose unas junto a las otras, de golpe, en su cabeza; a una velocidad inimaginable. Le costó ser consiente de en dónde se encontraba y en qué estado. Arrastrándose levemente, logró ponerse de pie entre quejidos; el bramar de la guerra llegaba hasta su posición aunque no hubiera alma alguna a su alrededor. Solo cadáveres. Y gracias al hacedor que entre aquellos cadáveres no estaba el de Thorin.
Thorin.
¿Dónde estaba Thorin?
Como la chispa que enciende un fósforo; aquél nombre fue el mechero, motor en marcha que puso en inmediato movimiento al mediano. Recogió a Dardo y buscó, desesperado, las pistas que lo llevaran hasta el sujeto producto de su angustia. Escaló piedras, gritó su nombre en más de una vez; divisó las figuras de Kili o Dwalin luchando a unos cuantos metros pero no dio con él. En cierto punto un orco se interpuso en su camino, obligando al hobbit a hacer uso de aquél misterioso anillo mágico. Invisible ante todos aquellos ojos menos el del único (por ahora, en ignorancia de Bilbo) se abrió paso hasta un páramo helado, silencioso y descarnado; espectador de una lucha entre el Rey Bajo la Montaña y Azog el Trasgo.
Sus pies resbalaban un poco bajo el hielo, a pesar de ello; Bilbo inició una carrera hacia el enemigo, afligido ante la mínima noción de poder perder, para siempre, a su amigo. Thorin esquivaba, malherido, los diversos ataques productos de una maza de hierro, de tamaño desorbitante; plagada de filosas hojas por cada uno de sus extremos y forjada con el más arcaico odio. Pudo leer el gozo tras los ojos de aquella inmunda bestia; que disfrutaba con cada ataque, con cada prueba amenazante que ponía sobre Thorin, con la manera en la que estaba ganando aquella batalla y se regocijaba en la idea de acabar de una vez por todas con el linaje Durin. Aquello provocó que la sangre de Bilbo ardiera. El aire se le escapaba en cada golpe esquivado por el enano y Bilbo solo podía repetirse en sus adentros que esperara por él. "Aguanta un poco más, solo un poco más y quizá podamos estar vivos, juntos, lo suficiente"
Se quitó el anillo; apretó los dientes. Azog estaba a punto de clavarle a Thorin su mano derecha convertida en arma.
— ¡¡No!! —Gritó Bilbo, llamándole la atención.
Clavó su espada en la cintura del orco; el cual aulló adolorido.
— ¡¡No te atrevas a...!! — Un puñetazo directo contra su estómago obligó a Bilbo a tragarse sus palabras; nunca algo le había dolido tanto en la vida. Acabó en el suelo, tosiendo sangre; alzando una mano para intentar recuperar a Dardo, la cual brillaba, clavada en el costado de Azog.
"Estúpido mediano" Escuchó de fondo, en una tonalidad oscura.
Algo lo cogió del cuello.
Su vista se nubló; y lo poco que pudo atisbar, fueron los ojos de la más pura maldad.
"¿Creerías que podrías enfrentarte a mi una segunda vez?"
Thorin...
En la batalla× ¿Cuándo acabará todo?
con... Thorin y Azog
con... Thorin y Azog
Última edición por Midori el Mar 29 Dic - 1:08, editado 2 veces
Re: Mára mesta
Capítulo II
Thorin
Los años no perdonaban a nadie, y Thorin sentía en sus huesos el peso no sólo de las estaciones sino de otras cosas que había ido acumulando consigo durante el viaje que allí parecía terminar. Blandía aquella espada élfica con muñeca firme, pero poco uso podía darle cuando el combate se presentaba tan desigual. Sus pies, empapados por el agua que nacía de las brechas de aquel hielo resquebrajado, no lo hacían ser menos ágil cuando se trataba de rodar por el suelo escapando de la ráfaga de golpes que el colosal orco blanco propinaba.
En sus ojos ya no brillaba la avaricia del dragón, ni la altanería que había vestido las últimas noches. Había miedo. No el miedo que tiene un mortal al verse en su piel. Thorin no tenía miedo no de su propia muerte, sino del destino de cuantos le importaban.
"Dori, Nori, Ori, Óin, Glóin, Bifur, Bofur, Bombur,..."
Bloqueó otro golpe con la espada, sintiendo como sus propios huesos crujían, deseosos de ceder. Se le acababa el tiempo, y, atrapado entre el hielo y la maza de aquel coloso, siguió repasando en su cabeza los nombres por los que debía sacar fuerza de donde fuera y no dejarse reunir con sus antepasados.
"Balin, Dwalin, Fili, Kili,..."
—Apestas a miedo, como lo apestó antes tu padre, Thorin hijo de Thrain.
La mirada de Thorin se blindó y volvió rabiosa en memoria de la batalla de Moria, donde por primera vez descubrió que las cabezas podían rodar durante demasiados pies. Serró los dientes, con la piel enrojecida por el frío y punzadas de dolor allá donde había sido tocado por el trasgo, y sangraba. Empujó con fuerza, ganando unos centímetros que alejaron su pecho de la espada en la que habían convertido la extremidad que había amputado años atrás. El temblor se apoderó de su pulso.
El sonido de la guerra era ensordecedor pero pronto dejó de parecerle escandaloso. El silencio se apoderó de su cabeza, y sólo en esa quietud mártir pudo encontrar la solución. Comprendió lo que tenía que hacer, y se preparó para librar la que entendió como la última batalla. Exhalando un último aliento, comenzó a retirar su espada cuando lo que punzó su interior no fue el dolor de la maza o aquella prótesis afilada, sino otro muy distinto. Terror.
—Bilbo... —en un susurro agotado, casi rendido, el Rey Bajo la Montaña comprendió que no soñaba. El mediano, insensato mediano, estúpido mediano, valiente mediano, había vuelto a por él. Azog hizo lo que mejor se le daba y Thorin se encontró liberado de la amenaza— ¡No! —gritó, tratando de incorporarse. Aquello no era el modo en el que las cosas tenían que acontecer. Bilbo no debía estar allí, sino muy lejos, en su maldita comarca.
Se levantó del hielo, apartándose la melena del rostro sólo para poder buscar con pánico el rostro del hobbit detrás del fornido cuerpo del orco. Y se lanzó a por él con todas las fuerzas restantes, sacándolas incluso de donde no las había. Saltó sujetando el mango con ambas manos por encima de su cabeza, y enterró la hoja en un punto desnudo de la espalda de Azog. Cayeron ambos, y Thorin, negándose a desempuñar el arma, pudo entrever el aparente cadáver inconsciente de su amigo.
—¡Bilbo! —lo llamó, sonando a orden. Probó a ordenarle que se levantara, pero Azog volvió a la carga para hacer que enano y orco fueran uno sobre el hielo.
En sus ojos ya no brillaba la avaricia del dragón, ni la altanería que había vestido las últimas noches. Había miedo. No el miedo que tiene un mortal al verse en su piel. Thorin no tenía miedo no de su propia muerte, sino del destino de cuantos le importaban.
"Dori, Nori, Ori, Óin, Glóin, Bifur, Bofur, Bombur,..."
Bloqueó otro golpe con la espada, sintiendo como sus propios huesos crujían, deseosos de ceder. Se le acababa el tiempo, y, atrapado entre el hielo y la maza de aquel coloso, siguió repasando en su cabeza los nombres por los que debía sacar fuerza de donde fuera y no dejarse reunir con sus antepasados.
"Balin, Dwalin, Fili, Kili,..."
—Apestas a miedo, como lo apestó antes tu padre, Thorin hijo de Thrain.
La mirada de Thorin se blindó y volvió rabiosa en memoria de la batalla de Moria, donde por primera vez descubrió que las cabezas podían rodar durante demasiados pies. Serró los dientes, con la piel enrojecida por el frío y punzadas de dolor allá donde había sido tocado por el trasgo, y sangraba. Empujó con fuerza, ganando unos centímetros que alejaron su pecho de la espada en la que habían convertido la extremidad que había amputado años atrás. El temblor se apoderó de su pulso.
El sonido de la guerra era ensordecedor pero pronto dejó de parecerle escandaloso. El silencio se apoderó de su cabeza, y sólo en esa quietud mártir pudo encontrar la solución. Comprendió lo que tenía que hacer, y se preparó para librar la que entendió como la última batalla. Exhalando un último aliento, comenzó a retirar su espada cuando lo que punzó su interior no fue el dolor de la maza o aquella prótesis afilada, sino otro muy distinto. Terror.
—Bilbo... —en un susurro agotado, casi rendido, el Rey Bajo la Montaña comprendió que no soñaba. El mediano, insensato mediano, estúpido mediano, valiente mediano, había vuelto a por él. Azog hizo lo que mejor se le daba y Thorin se encontró liberado de la amenaza— ¡No! —gritó, tratando de incorporarse. Aquello no era el modo en el que las cosas tenían que acontecer. Bilbo no debía estar allí, sino muy lejos, en su maldita comarca.
Se levantó del hielo, apartándose la melena del rostro sólo para poder buscar con pánico el rostro del hobbit detrás del fornido cuerpo del orco. Y se lanzó a por él con todas las fuerzas restantes, sacándolas incluso de donde no las había. Saltó sujetando el mango con ambas manos por encima de su cabeza, y enterró la hoja en un punto desnudo de la espalda de Azog. Cayeron ambos, y Thorin, negándose a desempuñar el arma, pudo entrever el aparente cadáver inconsciente de su amigo.
—¡Bilbo! —lo llamó, sonando a orden. Probó a ordenarle que se levantara, pero Azog volvió a la carga para hacer que enano y orco fueran uno sobre el hielo.
En la batalla× Vengando a mi pueblo
con Azog y Master Bagg... Bilbo
con Azog y Master Bagg... Bilbo
Última edición por Volko el Mar 29 Dic - 1:03, editado 1 vez
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Re: Mára mesta
Capítulo II
Bilbo
No era un guerrero. No era un líder, ni un salvador, ni alguien destacable. Era pequeño, un tanto gruñón, considerado un antisocial entre los suyos; un hobbit como cualquier otro que solo tuvo contacto con la bondad, alguien que no podría cambiar el destino. Este se debatía entre vigorosas peleas y las historias que escuchaba o leía entre los libros; nunca tuvo la oportunidad ni quiso tenerla, la oportunidad de influenciar sobre él. Ni se creyó capaz de ese poder. Había momentos que llegó a asimilar en su totalidad las palabras que muchas veces, una profunda voz interna le susurraba. "Solamente estorbas; ¿cómo Gandalf llegó a pensar que valdrías para una experiencia así?"
Pero la realidad era muy diferente, a desconocimiento del hobbit.
A pesar de la poca fe y autoestima en sí mismo; aquél día Bilbo experimentó la fuerza que podría brindar un corazón honesto. Descubrió lo que era el miedo nacido de la entereza; el miedo no por lo que pudiera ocurrirle a su menudo cuerpo sino, el terror de no volver a encontrarse jamás con aquellos a los que quería. ¿Quiénes eran? ¿De dónde sacaba dichoso coraje? ¿Hubiera ocurrido si la víctima fuese otra? No estaba seguro. De lo que si estaba seguro era cómo temblaba su ser entero al visualizar la lanza de Azog ensartando el cuerpo de aquél enano; cómo las entrañas se le encogían hasta el tamaño de una nuez; cómo se le tensaban los nudillos y cómo entonces era capaz de convertirse en alguien que Bilbo Baggins ignoraba. Había tomado la decisión de dar su propia vida.
"Él tiene una familia, un hogar, un objetivo; un valor inmensurable que yo no tengo."
El gigante orco se deshizo rápidamente de él como quien aplasta una mosca. El mediano rodó por el hielo, deslizándose no muy lejos, quejumbroso ante las heridas abiertas y la contusión del golpe; su mirada enfocaba a la espada élfica en una intensidad propia de quien por arte de magia desea mover los objetos a su propia convicción. Esta desapareció para que Escudo de Roble protagonizara la escena, agresivamente incrustado sobre la espalda de Azog.
Quiso contestar pero nada salió de su boca; el frío del hielo y las heridas lo ataban con cadenas de hierro al suelo, unas cadenas que, pesadas, se entrelazaban contra sus rodillas y acallaban sus fuerzas.
Las acallaban hasta que Bilbo logró desvanecer un poco más la nubosidad de su mirada para visualizar cómo Azog se levantaba en una eterna lucha contra el Rey Bajo la Montaña.
Los dedos dentellearon rojizos ante el sobreesfuerzo; el mediano, sin saber cómo, se arrastró cual gusano hasta conseguir que las extremidades respondieran. Los oídos le pitaban; porciones de su cuerpo se hallaban completamente insensibles y cual fantasma llegó con desconocido auge hasta el costado del albino orco; arrancó Dardo, gritando, producto del esfuerzo; el filo de la hoja dejó una marca en dichosa bestia que pronto logró hundirse de manera más profunda contra la carne abierta.
—¡Thor...!
Las águilas.
Bilbo perdió la mirada hacia el cielo.
Las águilas...
Y gritó.
Lloró y gritó.
El gran filo de Azog resquebrajó su piel; penetrando cerca del estómago.
No, él no era alguien destacable. Era un simple hobbit. Cuando aquella lanza se separó de su propio cuerpo; Bilbo se dejó caer al suelo, mirando aún al cielo. Azog parecía haber perdido la vida; pero él solo podía, inútilmente, intentar señalarle el cielo a Thorin. Pedirle disculpas por todos los momentos en los que llegó a ponerle los nervios a flor de piel y haber metido la pata en la expedición. Haberle dado aquella bellota para que él la plantara; para que él volviera a tener el hogar que siempre había anhelado. Haberle pedido disculpas por lo que hizo con la Piedra del Arca.
¿Por qué el último recuerdo que tenían juntos era ese?
Las lágrimas comenzaron a secarse contra su rostro. No era capaz de discernir entre realidad o sueño, entre vida o muerte. Creyó ver la cara del Rey; y creyó haberle sonreído.
—… L-las águilas, Tho... — Tragó con fuerza; el tumulto sombrío que cubría su garganta impidió que Bilbo pronunciara su nombre. Impidió que le dijera todas las cosas que quería decirle y no era capaz de hacerlo.
Y todo, de golpe; se convirtió en un negro tan hondo y profundo como la misma noche.
Pero la realidad era muy diferente, a desconocimiento del hobbit.
A pesar de la poca fe y autoestima en sí mismo; aquél día Bilbo experimentó la fuerza que podría brindar un corazón honesto. Descubrió lo que era el miedo nacido de la entereza; el miedo no por lo que pudiera ocurrirle a su menudo cuerpo sino, el terror de no volver a encontrarse jamás con aquellos a los que quería. ¿Quiénes eran? ¿De dónde sacaba dichoso coraje? ¿Hubiera ocurrido si la víctima fuese otra? No estaba seguro. De lo que si estaba seguro era cómo temblaba su ser entero al visualizar la lanza de Azog ensartando el cuerpo de aquél enano; cómo las entrañas se le encogían hasta el tamaño de una nuez; cómo se le tensaban los nudillos y cómo entonces era capaz de convertirse en alguien que Bilbo Baggins ignoraba. Había tomado la decisión de dar su propia vida.
"Él tiene una familia, un hogar, un objetivo; un valor inmensurable que yo no tengo."
El gigante orco se deshizo rápidamente de él como quien aplasta una mosca. El mediano rodó por el hielo, deslizándose no muy lejos, quejumbroso ante las heridas abiertas y la contusión del golpe; su mirada enfocaba a la espada élfica en una intensidad propia de quien por arte de magia desea mover los objetos a su propia convicción. Esta desapareció para que Escudo de Roble protagonizara la escena, agresivamente incrustado sobre la espalda de Azog.
"¡Bilbo!"
Quiso contestar pero nada salió de su boca; el frío del hielo y las heridas lo ataban con cadenas de hierro al suelo, unas cadenas que, pesadas, se entrelazaban contra sus rodillas y acallaban sus fuerzas.
Las acallaban hasta que Bilbo logró desvanecer un poco más la nubosidad de su mirada para visualizar cómo Azog se levantaba en una eterna lucha contra el Rey Bajo la Montaña.
Los dedos dentellearon rojizos ante el sobreesfuerzo; el mediano, sin saber cómo, se arrastró cual gusano hasta conseguir que las extremidades respondieran. Los oídos le pitaban; porciones de su cuerpo se hallaban completamente insensibles y cual fantasma llegó con desconocido auge hasta el costado del albino orco; arrancó Dardo, gritando, producto del esfuerzo; el filo de la hoja dejó una marca en dichosa bestia que pronto logró hundirse de manera más profunda contra la carne abierta.
—¡Thor...!
Las águilas.
Bilbo perdió la mirada hacia el cielo.
Las águilas...
Y gritó.
Lloró y gritó.
El gran filo de Azog resquebrajó su piel; penetrando cerca del estómago.
No, él no era alguien destacable. Era un simple hobbit. Cuando aquella lanza se separó de su propio cuerpo; Bilbo se dejó caer al suelo, mirando aún al cielo. Azog parecía haber perdido la vida; pero él solo podía, inútilmente, intentar señalarle el cielo a Thorin. Pedirle disculpas por todos los momentos en los que llegó a ponerle los nervios a flor de piel y haber metido la pata en la expedición. Haberle dado aquella bellota para que él la plantara; para que él volviera a tener el hogar que siempre había anhelado. Haberle pedido disculpas por lo que hizo con la Piedra del Arca.
¿Por qué el último recuerdo que tenían juntos era ese?
Las lágrimas comenzaron a secarse contra su rostro. No era capaz de discernir entre realidad o sueño, entre vida o muerte. Creyó ver la cara del Rey; y creyó haberle sonreído.
—… L-las águilas, Tho... — Tragó con fuerza; el tumulto sombrío que cubría su garganta impidió que Bilbo pronunciara su nombre. Impidió que le dijera todas las cosas que quería decirle y no era capaz de hacerlo.
Y todo, de golpe; se convirtió en un negro tan hondo y profundo como la misma noche.
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con... Thorin y Azog
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Última edición por Midori el Mar 29 Dic - 1:04, editado 1 vez
Re: Mára mesta
Capítulo II
Thorin
No... La imagen del hobbit tendido sobre el hielo astillado, inerte, inmóvil como ese mediano de nervios vibrantes jamás había sabido estar, revolvió sus entrañas. Forcejeó bajo el enorme orco blanco, apretando las mandíbulas, incubando una rabia que salió en forma de rugido cuando a mandíbula batiente se dejó vencer por su pesimismo y creyó perdido cuanto le había costado todo un viaje ganar: una amistad, un compañero de viaje, muy por encima de los lazos de sangre o raza.
El peso de Azog lo asfixiaba, sintiendo cómo la armadura cedía de a poco, aplastándole el pecho bajo el metal con piedras preciosas incrustadas. En ese momento ignoró el propósito de adornar la guerra de aquella manera; considerando por vez primera las bajas que con ella llegaban. Hubiera cambiado la magnificencia de aquella armadura por ver a Bilbo levantarse y hacer bailar la nariz como hacía cuando se sabía en aprietos.
La aparatosidad del forcejeo le impidió ver que no fue otro que el mismo protagonista de sus pensamientos el que volvió a aparecer en escena para facilitarle la tarea de acabar con el rostro de Azog sobre el propio. Cerca, cara a cara, pudo ver la maldad enfriarse, la vida apagarse, y con ese último y hediondo aliento, sólo un cadáver vestía al enano sobre el hielo, como si fuera una manta en invierno.
El eco de un grito familiar sonó en su cabeza, dilatando sus pupilas.
Bilbo...
Apurado, empujó el pesado orco inerte, buscando aquel cuerpo. No lo encontró donde esperaba, y su corazón se aceleró al verlo moverse ligeramente, sobre el hielo. La sangre brotaba de partes inconcretas, rodeándolo, creando un amanecer a su alrededor. Como una montaña, se arrastró hasta su lado y a cada centímetro recortado lo maldijo. Verlo vivo pero tan vencido, tan malherido, causó impacto en el soberano de Erebor.
— ¿Por qué volviste? Estúpido hobbit... —murmuró entre dientes, tensando los labios para no rendirse al temblor que de a poco se apoderaba de los mismos. Terminó por hundir con ahínco los incisivos en el labio inferior, amoratado del frío y con sangre seca llenando los pliegues—. No tenías que venir, yo...
La voz falló, y no por falta de aliento. Buscó en vano las palabras. Negó mirándolo con la desesperación escrita en aquellos ojos azules, encharcados de dolor—. Yo hubiera podido. —gruñó con voz ronca y grave, poco controlada. Dudando, como si se supiera poco digno de tocarlo, acabó acercando las manos para inspeccionar la herida del mediano una vez abandonó la espada con rabia a un lado. Se sentía el corazón latiendo en la sien, y un único deseo repitiéndose en su cabeza una y otra vez.
No me dejes, no todavía.
—Bilbo —llamó su atención, el enano—. Bilbo, mírame —exigió como el rey que era, llevando la mano ensangrentada a aquel rostro para obligarlo a voltear el rostro en su dirección. Pequeños cristales se formaban en las pestañas del hobbit, y Thorin suplicó para sí, al verlo abandonar la vida—. ¡No! ¡No, no, no! ¡Bilbo! —repitió por enésima vez su nombre.
Sorbió, reteniendo las lágrimas por orgullo masculino. Sus dedos siguieron presionando la herida del abdómen ajeno, como si con su sucia carne pudiera bloquear la sangre que manaba a borbotones. Una nube de vapor salió despedida de sus labios mientras buscaba con desesperación la manera de contener la sangre dentro de ese cuerpo, frío por segundos.
—¡AYUDA! —clamó alzando la mirada en dirección a aquellas águilas que los sobrevolaban, portadoras de un mensaje de victoria que en ese momento no quiso ni interpretar. Agarró al mediano para seguir presionando la herida con una mano y abrazarlo con la otra contra su pecho, queriendo darle calor. Aguanta—. ¡AYUDA! —gritó de nuevo, alargando el final de la palabra en un rugido de pura rabia.
¿Cómo un cuerpo tan menudo podía escurrírsele de aquella manera? Lo agarró de todas las maneras aprendidas, luchando con todas sus fuerzas por no alejarlo de él ni cuando las garras aterrizaron a su alrededor y otros desmontaron las águilas gigantes. No podía permitir que Bilbo se le escapara. Temía que al hacerlo el comarqueño lo imitara, dejando escapar la poca vida que le quedaba. El silencio a su alrededor prometía el patetismo de la escena, y en primera instancia nadie quiso interrumpir la intimidad de aquel abrazo.
Ya cumpliste con tu cometido, esta no era tu guerra. No alcanzaba a comprender la heroicidad de aquel mediano. Soy yo el que tendría que yacer en tu lugar.
Difuminándose entre murmullos, jadeos y un llanto caliente, se emborronaron los recuerdos de cómo los sacaron de allí.
El peso de Azog lo asfixiaba, sintiendo cómo la armadura cedía de a poco, aplastándole el pecho bajo el metal con piedras preciosas incrustadas. En ese momento ignoró el propósito de adornar la guerra de aquella manera; considerando por vez primera las bajas que con ella llegaban. Hubiera cambiado la magnificencia de aquella armadura por ver a Bilbo levantarse y hacer bailar la nariz como hacía cuando se sabía en aprietos.
La aparatosidad del forcejeo le impidió ver que no fue otro que el mismo protagonista de sus pensamientos el que volvió a aparecer en escena para facilitarle la tarea de acabar con el rostro de Azog sobre el propio. Cerca, cara a cara, pudo ver la maldad enfriarse, la vida apagarse, y con ese último y hediondo aliento, sólo un cadáver vestía al enano sobre el hielo, como si fuera una manta en invierno.
El eco de un grito familiar sonó en su cabeza, dilatando sus pupilas.
Bilbo...
Apurado, empujó el pesado orco inerte, buscando aquel cuerpo. No lo encontró donde esperaba, y su corazón se aceleró al verlo moverse ligeramente, sobre el hielo. La sangre brotaba de partes inconcretas, rodeándolo, creando un amanecer a su alrededor. Como una montaña, se arrastró hasta su lado y a cada centímetro recortado lo maldijo. Verlo vivo pero tan vencido, tan malherido, causó impacto en el soberano de Erebor.
— ¿Por qué volviste? Estúpido hobbit... —murmuró entre dientes, tensando los labios para no rendirse al temblor que de a poco se apoderaba de los mismos. Terminó por hundir con ahínco los incisivos en el labio inferior, amoratado del frío y con sangre seca llenando los pliegues—. No tenías que venir, yo...
La voz falló, y no por falta de aliento. Buscó en vano las palabras. Negó mirándolo con la desesperación escrita en aquellos ojos azules, encharcados de dolor—. Yo hubiera podido. —gruñó con voz ronca y grave, poco controlada. Dudando, como si se supiera poco digno de tocarlo, acabó acercando las manos para inspeccionar la herida del mediano una vez abandonó la espada con rabia a un lado. Se sentía el corazón latiendo en la sien, y un único deseo repitiéndose en su cabeza una y otra vez.
No me dejes, no todavía.
—Bilbo —llamó su atención, el enano—. Bilbo, mírame —exigió como el rey que era, llevando la mano ensangrentada a aquel rostro para obligarlo a voltear el rostro en su dirección. Pequeños cristales se formaban en las pestañas del hobbit, y Thorin suplicó para sí, al verlo abandonar la vida—. ¡No! ¡No, no, no! ¡Bilbo! —repitió por enésima vez su nombre.
Sorbió, reteniendo las lágrimas por orgullo masculino. Sus dedos siguieron presionando la herida del abdómen ajeno, como si con su sucia carne pudiera bloquear la sangre que manaba a borbotones. Una nube de vapor salió despedida de sus labios mientras buscaba con desesperación la manera de contener la sangre dentro de ese cuerpo, frío por segundos.
—¡AYUDA! —clamó alzando la mirada en dirección a aquellas águilas que los sobrevolaban, portadoras de un mensaje de victoria que en ese momento no quiso ni interpretar. Agarró al mediano para seguir presionando la herida con una mano y abrazarlo con la otra contra su pecho, queriendo darle calor. Aguanta—. ¡AYUDA! —gritó de nuevo, alargando el final de la palabra en un rugido de pura rabia.
¿Cómo un cuerpo tan menudo podía escurrírsele de aquella manera? Lo agarró de todas las maneras aprendidas, luchando con todas sus fuerzas por no alejarlo de él ni cuando las garras aterrizaron a su alrededor y otros desmontaron las águilas gigantes. No podía permitir que Bilbo se le escapara. Temía que al hacerlo el comarqueño lo imitara, dejando escapar la poca vida que le quedaba. El silencio a su alrededor prometía el patetismo de la escena, y en primera instancia nadie quiso interrumpir la intimidad de aquel abrazo.
Ya cumpliste con tu cometido, esta no era tu guerra. No alcanzaba a comprender la heroicidad de aquel mediano. Soy yo el que tendría que yacer en tu lugar.
Difuminándose entre murmullos, jadeos y un llanto caliente, se emborronaron los recuerdos de cómo los sacaron de allí.
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con Azog y Master Bagg... Bilbo
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Capítulo III / Gandalf, Thorin & Bilbo

Capítulo III
Bilbo
La oscuridad nunca se le tornó ni tan apetecible ni tan agradable. Una ida sin retorno, experta madre curtida en el mayor de los consuelos; cálida allí dónde uno dispondría el miedo. La mano de aquella mujer acicalaba la frente de Bilbo, pero por más que esa fúnebre experiencia no tan desagradable lo sedujera para marchar: algo lo retuvo. Alguien que lo llamaba; alguien que exigía a gritos que no lo dejara solo. ¿Quién era...? Anidado entre las sábanas del tormento, el mediano halló pronto un nombre, una definición que por momentos, brotaba allí, en los rincones de su conciencia como un trueno en mitad de un vendaval. Un rayo que le devolviera la vida; la esperanza.
Alguien que labró indiscretamente cercos en su corazón.
Thorin. Thorin. ¿Qué pasó con Thorin?
Notaba una sensación en sus párpados extremadamente pesada; como si los hubieran cosido contra sus mejillas. Levantarlos requería un esfuerzo inhumano, pero pronto, mientras Bilbo luchaba por abrirlos; intentando ignorar, inútilmente, el resto de congoja por cada porción anatómica que lo componía, el olor a Viejo Toby usurpó sus sentidos. La vista nublada comenzó a cobrar nuevamente su perdida nitidez; e inmediatamente, abrió los labios, resecos, para intentar decir lo primordial.
—T... —Tosió, y tragó, notando un ardor similar al de una avispa picotéandole la garganta. —… Th-Thorin. — ¿Dónde estaba? No podía mover su cuerpo; pero pudo reconocer la figura de su viejo amigo, el mago Gandalf en el extremo de una habitación desconocida. —… ¿Dónde está Thorin? — Murmuró el hobbit, pestañeando varias veces.
Estaba bien, ¿verdad...? Thorin estaba bien.
No podía haber muerto.
Trató moverse; inmediatamente se quejó, protestando por su estado y el tono de su voz se levantó como en una súplica.
—Gandalf por favor dime que Thorin está bien.
Alguien que labró indiscretamente cercos en su corazón.
Thorin
. Thorin. Thorin. ¿Qué pasó con Thorin?
Notaba una sensación en sus párpados extremadamente pesada; como si los hubieran cosido contra sus mejillas. Levantarlos requería un esfuerzo inhumano, pero pronto, mientras Bilbo luchaba por abrirlos; intentando ignorar, inútilmente, el resto de congoja por cada porción anatómica que lo componía, el olor a Viejo Toby usurpó sus sentidos. La vista nublada comenzó a cobrar nuevamente su perdida nitidez; e inmediatamente, abrió los labios, resecos, para intentar decir lo primordial.
—T... —Tosió, y tragó, notando un ardor similar al de una avispa picotéandole la garganta. —… Th-Thorin. — ¿Dónde estaba? No podía mover su cuerpo; pero pudo reconocer la figura de su viejo amigo, el mago Gandalf en el extremo de una habitación desconocida. —… ¿Dónde está Thorin? — Murmuró el hobbit, pestañeando varias veces.
Estaba bien, ¿verdad...? Thorin estaba bien.
No podía haber muerto.
Trató moverse; inmediatamente se quejó, protestando por su estado y el tono de su voz se levantó como en una súplica.
—Gandalf por favor dime que Thorin está bien.
¿Dónde estoy?× ¿...Muerto?
con Gandalf
con Gandalf
Última edición por Midori el Mar 29 Dic - 1:08, editado 5 veces
Re: Mára mesta
Capítulo III
Gandalf
Sus labios rotos, cortados por algo más que la edad, se fruncían alrededor de la boquilla tallada en aquella larga pipa de madera. Sus succiones eran repetitivas, cronometradas, comedidas y con frecuencia pareja a la de un corazón agitado. Fruncía el ceño, entrejuntado aquellas despeinadas cejas y permitiendo parecer cuan viejo realmente era en la intimidad que le confería aquella sala compartida con el herido durmiente.
Algo parecía preocuparlo, y no era complicado descubrir el qué cuando sus ojos cansados no se apartaban del sujeto que yacía frente a él. El humo no llegaba a abandonar sus pulmones que el mago ya propinaba otra succión presurosa a aquella hierba de la comarca que ardía con una humareda grisacea como toda su vestimenta. Tamborileó los dedos sobre el báculo y salió de su ensoñación cuando le pareció escuchar el aleteo de una mariposa que no podría haberse colado accidentalmente en las profundidades de la montaña solitaria. Sonrió para sí.
Ha llegado la hora.
Apoyó la boquilla de la pipa en su labio inferior y alzó aquellas pobladas cejas para escrutar los primeros movimientos del comarqueño. El alivio que sintió no contagió su rostro de la paz que siempre trataba de vestir. Con un suave gruñido, se ayudó del báculo para erguirse, quedando inclinado para no golpearse la cabeza con el techo bajo de aquella cavidad convertida en habitación. Rodeó la cama desde sus pies hasta la izquierda de Bilbo y dio una última calada con una media sonrisa agradable en los labios. Se tragó la culpabilidad, pues sabedor era de que aquel sacrificio había sido necesario para evitar un mal mayor. Lo había sabido siempre.
—No estés afanoso, mi valiente Bilbo —habló el mago en voz pausada, ronca, serena como parecía ser él siempre. Le sonrió, afable—. Tus heridas todavía están tiernas y no querrás enfrentarte a la furia de los médicos enanos si las haces sangrar de nuevo —aconsejó, medio en serio, medio en broma. Los enanos no compartían el buen genio de los medianos—. Las celebraciones no los amansan, ni cuando se trata de haber recuperado un reino. —Sorteó la respuesta directa a la pregunta de Bilbo, encontrando oportuno el dejarlo sacar sus propias conclusiones. Gandalf siempre hallaba los momentos menos oportunos para ser misterioso—. Y no hay reino sin rey.
Dio una larga succión a la pipa y separó los labios para dejar salir una humareda en la que cada cual podría interpretar a placer las buenas noticias. Luego, se dirigió a la salida con una cojera disimulada pero una sonrisa indescifrable en los labios.
—Una aventura siempre lleva a otra, mi querido Bilbo. —Y salió.
Algo parecía preocuparlo, y no era complicado descubrir el qué cuando sus ojos cansados no se apartaban del sujeto que yacía frente a él. El humo no llegaba a abandonar sus pulmones que el mago ya propinaba otra succión presurosa a aquella hierba de la comarca que ardía con una humareda grisacea como toda su vestimenta. Tamborileó los dedos sobre el báculo y salió de su ensoñación cuando le pareció escuchar el aleteo de una mariposa que no podría haberse colado accidentalmente en las profundidades de la montaña solitaria. Sonrió para sí.
Ha llegado la hora.
Apoyó la boquilla de la pipa en su labio inferior y alzó aquellas pobladas cejas para escrutar los primeros movimientos del comarqueño. El alivio que sintió no contagió su rostro de la paz que siempre trataba de vestir. Con un suave gruñido, se ayudó del báculo para erguirse, quedando inclinado para no golpearse la cabeza con el techo bajo de aquella cavidad convertida en habitación. Rodeó la cama desde sus pies hasta la izquierda de Bilbo y dio una última calada con una media sonrisa agradable en los labios. Se tragó la culpabilidad, pues sabedor era de que aquel sacrificio había sido necesario para evitar un mal mayor. Lo había sabido siempre.
—No estés afanoso, mi valiente Bilbo —habló el mago en voz pausada, ronca, serena como parecía ser él siempre. Le sonrió, afable—. Tus heridas todavía están tiernas y no querrás enfrentarte a la furia de los médicos enanos si las haces sangrar de nuevo —aconsejó, medio en serio, medio en broma. Los enanos no compartían el buen genio de los medianos—. Las celebraciones no los amansan, ni cuando se trata de haber recuperado un reino. —Sorteó la respuesta directa a la pregunta de Bilbo, encontrando oportuno el dejarlo sacar sus propias conclusiones. Gandalf siempre hallaba los momentos menos oportunos para ser misterioso—. Y no hay reino sin rey.
Dio una larga succión a la pipa y separó los labios para dejar salir una humareda en la que cada cual podría interpretar a placer las buenas noticias. Luego, se dirigió a la salida con una cojera disimulada pero una sonrisa indescifrable en los labios.
—Una aventura siempre lleva a otra, mi querido Bilbo. —Y salió.
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Bilbo
La visión se volvió más clara a medida que las palabras del mago brotaban de su garganta, fundidas entre las pasarelas traslúcidas de dichosa humareda imperante en cada esquina de aquella estrecha habitación. Alivio lo recorrió, aún cuando hubo un momento que sus cejas se fruncieron ante las explicaciones rebuscadas de aquél mago; Bilbo no se encontraba demasiado cuerdo como para procesar a la perfección las rebuscadas maneras de Gandalf. A pesar de ello, pudo aminorar su inquietud, y suspirar.
Un suspiro que le robó una extensa mueca; todo su cuerpo ardía, apenas podía mover las piernas. Pero pudo lograr sonreír un poco.
—Gandalf... — El mago se le escapó, impidiendo que Bilbo dijera nada más. Bufó, mirando hacia el techo y, en sus adentros, maldijo el estado tan penoso en el que se encontraba.
Después; buscó aquél anillo entre sus ropas, y al no encontrarlo; un deseo imperante por levantarse y dar con él se apoderó de él. Debería de estar dentro de los bolsillos de su ropa de batalla.
Un suspiro que le robó una extensa mueca; todo su cuerpo ardía, apenas podía mover las piernas. Pero pudo lograr sonreír un poco.
—Gandalf... — El mago se le escapó, impidiendo que Bilbo dijera nada más. Bufó, mirando hacia el techo y, en sus adentros, maldijo el estado tan penoso en el que se encontraba.
Después; buscó aquél anillo entre sus ropas, y al no encontrarlo; un deseo imperante por levantarse y dar con él se apoderó de él. Debería de estar dentro de los bolsillos de su ropa de batalla.
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Thorin
El trono jamás le había parecido más incómodo. Inquieto, se removía sobre la piedra pulida en forma de asiento, enterrando los dedos en su propio mentón con tal de esconder la intolerante rigidez de sus labios. Con la batalla ganada, con la corona en su cabeza y enanos migrando hacia la montaña solitaria desde lejanas tierras, Thorin Oakenshield no era capaz de sonreír. Tal vez había olvidado cómo hacerlo, sospechaban algunos, tal vez las pérdidas contaminaban su felicidad. Pero no era una pérdida sino una ausencia, lo que lo turbaba.
Una ausencia particular. Una ausencia irrelevante. Una ausencia forastera. Una ausencia con nombre y apellido. Bilbo Baggins.
Alzó la mano para detener el discurso de Balin, que acompañado de algunos otros entendidos, aconsejaba al rey regente sobre los tiempos venideros. Se alzó, movido por un sentido más animal que humano, y cruzó la estancia dejando que la capa lo retratara como figura magnificente de autoridad. Miradas desconcertadas y una sonrisa, la de su consejero, sospechando el fantasma que torturaba a su líder y amigo. Diluyó el consejo con un cálido 'lo retomaremos en otra ocasión, Thorin necesita descansar'.
Pero muy distinto era el camino trazado por el Rey Bajo la Montaña, que no se dirigió a su estancia, la que anteriormente fue de su suya -pues no había osado ocupar la de su abuelo y anterior soberano-, sino que se perdió por aquellas cavernas de aspecto laberíntico con la intención de retomar su vigilia junto a su hobbit. Pocos eran los que sabían que el rey por coronar no había dejado sanar sus propias heridas como mandaría la lógica. Se había negado a abandonar aquella estancia y al mediano postrado en la cama con más piel vendada que al descubierto.
Su lugar no sería el trono hasta verlo despertar. Una deuda, grande, más que su propio tesoro, lo ataba al que inconsciente parecía jamás querer despertar. Aquel reposo eterno carcomía los nervios de Thorin, volviéndolo irascible. Pero de un irascible distinto a cuantos podrían atribuírsele en tiempos anteriores.
—Gandalf. —La figura destacadamente alta cruzaba el pasillo en sentido contrario, seguido de cerca por el sonido seco del báculo contra la piedra. Buscó alguna respuesta, pero el mago ni se detuvo ante la inquietud infantil del enano. Alterado, avanzó más deprisa hacia aquella estancia, dejando que un dolor rampante subiera por su pierna hasta hacerlo casi precipitarse contra la puerta entreabierta. Se sujetó con una perlada capa de sudor en la frente a aquella manilla y observó con semblante ausente al mediano despierto—. Bilbo —lo llamó por su nombre, como no acostumbraba a hacer. En su interior, una llama cálida fundió el hielo de su pecho. Tanto había planeado qué decirle...
...mas no parecía tener palabras.
Aún sujetándose a la puerta, queriendo disimular lo desobediente que había sido con sus médicos, hizo de tripas corazón y avanzó hacia la cama hasta que su mano se obligó a soltarse de la manilla. Sus cortos y gruesos dedos atraparon la madera del pie de la cama, mirando al hobbit fijamente.
—Creí perder a un ladrón en esa batalla —murmuró, con su serenidad agresiva, pero aflojó la expresión en algo que quiso pasar por sonrisa. Era una sonrisa aliviada—. Pero he recuperado a un amigo. —La deuda estaba saldada. Desapareció la pesadez en sus hombros—. Bienvenido de vuelta, Master Baggins.
Sus dedos abrazaron la madera en un gesto que pasó por alto.
Tanto hubiera querido poder abrazarlo a él.
Una ausencia particular. Una ausencia irrelevante. Una ausencia forastera. Una ausencia con nombre y apellido. Bilbo Baggins.
Alzó la mano para detener el discurso de Balin, que acompañado de algunos otros entendidos, aconsejaba al rey regente sobre los tiempos venideros. Se alzó, movido por un sentido más animal que humano, y cruzó la estancia dejando que la capa lo retratara como figura magnificente de autoridad. Miradas desconcertadas y una sonrisa, la de su consejero, sospechando el fantasma que torturaba a su líder y amigo. Diluyó el consejo con un cálido 'lo retomaremos en otra ocasión, Thorin necesita descansar'.
Pero muy distinto era el camino trazado por el Rey Bajo la Montaña, que no se dirigió a su estancia, la que anteriormente fue de su suya -pues no había osado ocupar la de su abuelo y anterior soberano-, sino que se perdió por aquellas cavernas de aspecto laberíntico con la intención de retomar su vigilia junto a su hobbit. Pocos eran los que sabían que el rey por coronar no había dejado sanar sus propias heridas como mandaría la lógica. Se había negado a abandonar aquella estancia y al mediano postrado en la cama con más piel vendada que al descubierto.
Su lugar no sería el trono hasta verlo despertar. Una deuda, grande, más que su propio tesoro, lo ataba al que inconsciente parecía jamás querer despertar. Aquel reposo eterno carcomía los nervios de Thorin, volviéndolo irascible. Pero de un irascible distinto a cuantos podrían atribuírsele en tiempos anteriores.
—Gandalf. —La figura destacadamente alta cruzaba el pasillo en sentido contrario, seguido de cerca por el sonido seco del báculo contra la piedra. Buscó alguna respuesta, pero el mago ni se detuvo ante la inquietud infantil del enano. Alterado, avanzó más deprisa hacia aquella estancia, dejando que un dolor rampante subiera por su pierna hasta hacerlo casi precipitarse contra la puerta entreabierta. Se sujetó con una perlada capa de sudor en la frente a aquella manilla y observó con semblante ausente al mediano despierto—. Bilbo —lo llamó por su nombre, como no acostumbraba a hacer. En su interior, una llama cálida fundió el hielo de su pecho. Tanto había planeado qué decirle...
...mas no parecía tener palabras.
Aún sujetándose a la puerta, queriendo disimular lo desobediente que había sido con sus médicos, hizo de tripas corazón y avanzó hacia la cama hasta que su mano se obligó a soltarse de la manilla. Sus cortos y gruesos dedos atraparon la madera del pie de la cama, mirando al hobbit fijamente.
—Creí perder a un ladrón en esa batalla —murmuró, con su serenidad agresiva, pero aflojó la expresión en algo que quiso pasar por sonrisa. Era una sonrisa aliviada—. Pero he recuperado a un amigo. —La deuda estaba saldada. Desapareció la pesadez en sus hombros—. Bienvenido de vuelta, Master Baggins.
Sus dedos abrazaron la madera en un gesto que pasó por alto.
Tanto hubiera querido poder abrazarlo a él.
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Bilbo
El preciado aullaba, escondido en algún recoveco de aquella estancia, en silencio, buscando encontrarse con su dueño. Un martirio incesante que se instaló dentro suyo inesperadamente. El ansia crecía a desconocimiento de su actual portador, aferrándose en las entrañas como las malas hierbas. Sus manos sudaban, y la visión concentrada en el anular se le nublaba lo suficiente para alucinar con nostalgia aquél peso que lo invisibilizaba a ojos ajenos. Mordió el labio inferior, las pupilas reptaron alocadas en aquella creciente búsqueda. Dónde estás, mi tesoro; ¿en dónde te has escondido? No has podido haberte perdido, si tú te pierdes yo...
Logró encorvar la espalda, lo suficiente para levantarse un poco a pesar de las extensas heridas de batalla, el dolor físico no era comparable con lo que la oscuridad dictaba en aquél cuerpo tan pequeño. Una mano revolvió su rostro, suspirando; cogiendo fuerzas, convenciéndose de colocar los pies contra la piedra para proseguir con la búsqueda sin recaer en las nuevas visitas inesperadas.
El hobbit alzó la mirada y allí lo vio.
Los reclamos del anillo fueron desvaneciéndose, así como llegaron. El ansia amainó de su corazón, ahora bombeado por otro sentimiento desconocido por el mediano. La imagen del Rey lo intimidó; adornado en aquellos extensos ropajes, en la corona que tan bien definía el título, en el fulgor de su mirada. La mirada propia de Thorin, el Thorin que conocía; no aquél rey avaricioso con el que se cruzó en el pasado. Un nudo en la garganta se entrelazó lo suficiente para robarle la respiración; ante el preámbulo que separaba al enano de su lecho, Bilbo alzó una de sus manos, intentado, en un gesto, expresar no haber necesidad para aquello que se estaba dando. No había necesidad para esas palabras; ¿se las merecía?
No había necesidad para la sonrisa.
A pesar de ser el mayor de sus caprichos.
—Tho-thorin... —Susurró, quebrando el contacto visual hasta colocarlo sobre las palmas de sus manos. Encalladas, enrojecidas; pobladas de unas arrugas que Bilbo desconoció hasta aquél momento. —Creí... — Que me moría. Que había muerto. Que tú te habías muerto.
Me había despedido.
No fue el discurso que quiso haberle dedicado en un primer momento lo que se le escapó de sus agrietados labios sino un sollozo. Una porción del desconsuelo compartido; una emoción abiertamente expresada, un lado tan íntimo, tan vulnerable, un gesto que abría su alma desnuda ante aquella potente imagen que se alzaba frente a él, sabedora de las mayores rectitudes en las situaciones más complejas. El mediano cargaba un pequeño orgullo consigo, barrido por la estela de Thorin. Más; no pudo haberse visto aliviado ante dichosa limpieza sensitiva, lo suficiente para hallar el camino a seguir hasta las manos del Rey Bajo la Montaña, unidas alrededor del pie de la litera. Las propias se colocaron sobre las ajenas acompasadas de su frente; demasiado sofocado se encontraba como para expresar lo frágil de su ser tan abiertamente. Por eso se escondía, hasta con Thorin necesitaba esconderse. Tres lágrimas mancharon la piel del Rey.
— Lo siento —Balbuceó el hobbit. Quiso decírselo antes; antes de que ocurriera todo aquello. Antes de que la inesperada guerra oscureciera sus vidas. Algo dentro de Bilbo palpitaba receloso, sumergiendo de las profundidades, tiñéndolo de culpabilidad; un miedo ciclópeo: el temido rechazo. Luchaba por sacarlo, luchaba para explicarse, buscar las palabras correctas, el monólogo idílico que uniera a aquél individuo con él.
Pero Bilbo no daba con ello; en cambio, solo sabía expresar aquellas dudas y temores en un llanto silencioso.
"Gracias al cielo que estás vivo, Thorin"
Logró encorvar la espalda, lo suficiente para levantarse un poco a pesar de las extensas heridas de batalla, el dolor físico no era comparable con lo que la oscuridad dictaba en aquél cuerpo tan pequeño. Una mano revolvió su rostro, suspirando; cogiendo fuerzas, convenciéndose de colocar los pies contra la piedra para proseguir con la búsqueda sin recaer en las nuevas visitas inesperadas.
"Bilbo"
El hobbit alzó la mirada y allí lo vio.
Los reclamos del anillo fueron desvaneciéndose, así como llegaron. El ansia amainó de su corazón, ahora bombeado por otro sentimiento desconocido por el mediano. La imagen del Rey lo intimidó; adornado en aquellos extensos ropajes, en la corona que tan bien definía el título, en el fulgor de su mirada. La mirada propia de Thorin, el Thorin que conocía; no aquél rey avaricioso con el que se cruzó en el pasado. Un nudo en la garganta se entrelazó lo suficiente para robarle la respiración; ante el preámbulo que separaba al enano de su lecho, Bilbo alzó una de sus manos, intentado, en un gesto, expresar no haber necesidad para aquello que se estaba dando. No había necesidad para esas palabras; ¿se las merecía?
No había necesidad para la sonrisa.
A pesar de ser el mayor de sus caprichos.
—Tho-thorin... —Susurró, quebrando el contacto visual hasta colocarlo sobre las palmas de sus manos. Encalladas, enrojecidas; pobladas de unas arrugas que Bilbo desconoció hasta aquél momento. —Creí... — Que me moría. Que había muerto. Que tú te habías muerto.
Me había despedido.
No fue el discurso que quiso haberle dedicado en un primer momento lo que se le escapó de sus agrietados labios sino un sollozo. Una porción del desconsuelo compartido; una emoción abiertamente expresada, un lado tan íntimo, tan vulnerable, un gesto que abría su alma desnuda ante aquella potente imagen que se alzaba frente a él, sabedora de las mayores rectitudes en las situaciones más complejas. El mediano cargaba un pequeño orgullo consigo, barrido por la estela de Thorin. Más; no pudo haberse visto aliviado ante dichosa limpieza sensitiva, lo suficiente para hallar el camino a seguir hasta las manos del Rey Bajo la Montaña, unidas alrededor del pie de la litera. Las propias se colocaron sobre las ajenas acompasadas de su frente; demasiado sofocado se encontraba como para expresar lo frágil de su ser tan abiertamente. Por eso se escondía, hasta con Thorin necesitaba esconderse. Tres lágrimas mancharon la piel del Rey.
— Lo siento —Balbuceó el hobbit. Quiso decírselo antes; antes de que ocurriera todo aquello. Antes de que la inesperada guerra oscureciera sus vidas. Algo dentro de Bilbo palpitaba receloso, sumergiendo de las profundidades, tiñéndolo de culpabilidad; un miedo ciclópeo: el temido rechazo. Luchaba por sacarlo, luchaba para explicarse, buscar las palabras correctas, el monólogo idílico que uniera a aquél individuo con él.
Pero Bilbo no daba con ello; en cambio, solo sabía expresar aquellas dudas y temores en un llanto silencioso.
"Gracias al cielo que estás vivo, Thorin"
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Thorin
El enano aguantaba con estoico heroísmo aquella deplorable visión. Desolador resultaba apreciar a simple vista las heridas cruzando la piel del hobbit, y aunque esperanza había en cada pliego involuntario sobre aquella dermis, a Thorin le pesaba más la culpa de saberse responsable. Sin dudarlo habría vestido cada herida de Bilbo, si así erradicara los gruñidos de dolor que lo había visto formular incluso allí postrado, inconsciente.
Doblegado por el peso de aquella responsabilidad aún reciente, el Rey agachó la mirada para perderla sobre sus propias manos. Los nudillos palidecían agarrando la madera. Rabia y miedo eran a partes iguales los causantes de un temblor sutil. La madera, trabajada por los hombres de Dale antes de la caída de Erebor, aguantó su temperamento sin vacilar, quién no lo hizo fue el mediano, cuyo primer sollozo hizo desencajar al soberano.
Thorin nunca había sabido lidiar con las lágrimas, percibiéndolas como símbolo de debilidad. Ni él ni Dwalin, amigos de armas y hermanos de batallas, habían dejado perderse una sola lágrima durante toda la tragedia de la montaña solitaria ni posteriores desastres. Endurecidos como las rocas que pisaban a diario, ninguno de los dos era conocido por sus romances emotivos, despedidas sensibleras ni afectos conmovedores.
—Bilbo... —murmuró su nombre, sin pretenderlo.
Se había burlado incontables veces de aquellos que flaqueaban ante las desventuras y caprichos innecesarios del destino. Le habían inculcado que llorar estaba mal, y su estatus primero de príncipe y ahora de rey no hacía sino reforzar la negativa. Y, sin embargo, el ser tocado por las lágrimas de Bilbo, como el tenerlo en frente sollozando, no le hizo percibir al mediano como alguien a quien guardar asco o lástima. Bilbo Baggins ya se había ganado cierto estatus, y lo que Thorin quiso interpretar como un desliz, no minó la estima y admiración que le guardaba.
Pero el orgullo del enano estaba hecho de oro, y alguien había trenzado ese precioso metal para mantenerle cosida la boca aún cuando su intención era hablar. Espió entre sus barbas y la cabeza del hobbit aquellas manos cogidas, y el cosquilleo de las lágrimas rodando sobre su piel lo llevó a preguntarse qué estaba en su mano hacer. Entreabrió los labios, pero del mismo modo los cerró, sintiendo las palabras frías en la lengua.
—... —titubeó, escapando las manos de las del mediano para acabarlas poniendo en aquellos hombros de aspecto frágil. Sin quererlo, sus pulgares cortos y anchos masajearon la clavícula de Bilbo hasta acabar acunando la base de su cuello. Apretó la zona, mudo, y lo estrechó cortos instantes contra su pecho vestido. Thorin, hijo de Thráin, hijo de Thror, era de discursos bélicos, de gritos aguerridos, de amenazas habladas y promesas verbales de venganza; pero jamás había sabido hablar desde el corazón, sólo desde el estómago: allá donde nace la ira.
Por eso, calló durante la breve y torpe demostración de afecto, para estropearlo al separarse. Carraspeó, tomando las riendas de aquella situación, avergonzándose. Palmeó el brazo de Bilbo.
—Lamento que te perdieras la coronación. —Quise esperar a que despertaras.
Doblegado por el peso de aquella responsabilidad aún reciente, el Rey agachó la mirada para perderla sobre sus propias manos. Los nudillos palidecían agarrando la madera. Rabia y miedo eran a partes iguales los causantes de un temblor sutil. La madera, trabajada por los hombres de Dale antes de la caída de Erebor, aguantó su temperamento sin vacilar, quién no lo hizo fue el mediano, cuyo primer sollozo hizo desencajar al soberano.
Thorin nunca había sabido lidiar con las lágrimas, percibiéndolas como símbolo de debilidad. Ni él ni Dwalin, amigos de armas y hermanos de batallas, habían dejado perderse una sola lágrima durante toda la tragedia de la montaña solitaria ni posteriores desastres. Endurecidos como las rocas que pisaban a diario, ninguno de los dos era conocido por sus romances emotivos, despedidas sensibleras ni afectos conmovedores.
—Bilbo... —murmuró su nombre, sin pretenderlo.
Se había burlado incontables veces de aquellos que flaqueaban ante las desventuras y caprichos innecesarios del destino. Le habían inculcado que llorar estaba mal, y su estatus primero de príncipe y ahora de rey no hacía sino reforzar la negativa. Y, sin embargo, el ser tocado por las lágrimas de Bilbo, como el tenerlo en frente sollozando, no le hizo percibir al mediano como alguien a quien guardar asco o lástima. Bilbo Baggins ya se había ganado cierto estatus, y lo que Thorin quiso interpretar como un desliz, no minó la estima y admiración que le guardaba.
Pero el orgullo del enano estaba hecho de oro, y alguien había trenzado ese precioso metal para mantenerle cosida la boca aún cuando su intención era hablar. Espió entre sus barbas y la cabeza del hobbit aquellas manos cogidas, y el cosquilleo de las lágrimas rodando sobre su piel lo llevó a preguntarse qué estaba en su mano hacer. Entreabrió los labios, pero del mismo modo los cerró, sintiendo las palabras frías en la lengua.
—... —titubeó, escapando las manos de las del mediano para acabarlas poniendo en aquellos hombros de aspecto frágil. Sin quererlo, sus pulgares cortos y anchos masajearon la clavícula de Bilbo hasta acabar acunando la base de su cuello. Apretó la zona, mudo, y lo estrechó cortos instantes contra su pecho vestido. Thorin, hijo de Thráin, hijo de Thror, era de discursos bélicos, de gritos aguerridos, de amenazas habladas y promesas verbales de venganza; pero jamás había sabido hablar desde el corazón, sólo desde el estómago: allá donde nace la ira.
Por eso, calló durante la breve y torpe demostración de afecto, para estropearlo al separarse. Carraspeó, tomando las riendas de aquella situación, avergonzándose. Palmeó el brazo de Bilbo.
—Lamento que te perdieras la coronación. —Quise esperar a que despertaras.
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Bilbo
Anclado por aquellas manos arrugadas, plegadas de heterogéneas cicatrices susurrantes de imborrables historias escritas por el honor, la arraigada madurez, Bilbo derramó el concluyente néctar, escueto prefacio de una cruzada emocional determinante en un pequeño espíritu, enviciado por la, hasta entonces, ignorada oscuridad. Nada quedaba después de una guerra, más que llorar. Contadas veces se permitía dicho gesto endeble; pero una desconocida corazonada clamó dirigir aquél acto a la única persona digna, a pesar de la incomodidad, de presenciar y acompañar la aflicción en una silenciosa comprensión mutua. A pesar de experimentarla casi siempre en soledad. Ese día Bilbo no podía concluir el viaje solo.
Los labios conformaban una línea recta empotrada contra su cara; los ojos los mantuvo levemente apretados, negándose a expulsar ningún tipo de atributo exagerado para acentuar el dramatismo del llanto. Ni si quiera fue capaz de levantar la vista de la barahúnda plegada por los rizos descoloridos contra su frente para descubrir las emociones surgidas en el Rey. Dejó que aquél apartara con naturalidad las manos, viéndose ligeramente sorprendido al descubrir hacia dónde aquellos dedos osaron dirigirse. El tacto se hundió contra la piel; Bilbo vivió ligera molestia preámbula de un consuelo mucho más agradable. Suspiró, con las cejas fruncidas; buscando dentro suyo hallar alguna porción colmada de las agallas suficiente enderezadoras de su persona. Bilbo solo desenterró un amor aceitado por la pesadumbre y el miedo; emociones que no ayudaron en la tarea al hobbit, menos cuando Thorin lo acabó estrechando contra un abrazo.
Cerró los ojos, y se permitió arrugar la cara lo suficiente para seguir expulsando más lágrimas.
La muestra de afecto duró tan poco y al mismo tiempo, tanto, que el mediano no supo cómo definir lo ocurrido. ¿Debería estar contento, o triste? ¿Cuál era su postura anímica al respecto? La ambigüedad se cernía en cada átomo que lo componía; provocando que, avergonzado, tímido, se apartara las lágrimas de su cara con la mano y negara con la cabeza.
—N-no pasa nada... — Me hubiera gustado estar ahí, contigo. — Ya bastante os he acompañado en este viaje, ¿verdad? No podía presenciarlo todo... —Tragó saliva; notando nuevamente la garganta áspera y entonces, se atrevió a mirar a Thorin a los ojos.
Realmente no fue capaz de aguantarle la mirada, ¿por qué tenía tantos problemas al tratar con aquél enano?
—¿Cómo estás...? —Preguntó, como si el que llevara mil vendas y mil heridas no fuera él. — ¿No tienes nada grave después de...? — Retomando el diálogo; Bilbo probó a intentar levantarse de su alcoba nuevamente. Un repentino mareo lo impidió, obligando al hobbit a hallar refugio en el brazo del Rey. — ¡L-lo siento! ¡De verdad que estoy bien...! ¿Y el resto de la compañía? —La preocupación, de golpe, lo movió a buscar respuestas en las pupilas opuestas. — ¿Cuántas perdidas...?
¿Qué ocurrió después de la batalla?
—… ¿Cuánto tiempo llevo inconsciente...?
Debería dejar de hacer tantas preguntas.
Los labios conformaban una línea recta empotrada contra su cara; los ojos los mantuvo levemente apretados, negándose a expulsar ningún tipo de atributo exagerado para acentuar el dramatismo del llanto. Ni si quiera fue capaz de levantar la vista de la barahúnda plegada por los rizos descoloridos contra su frente para descubrir las emociones surgidas en el Rey. Dejó que aquél apartara con naturalidad las manos, viéndose ligeramente sorprendido al descubrir hacia dónde aquellos dedos osaron dirigirse. El tacto se hundió contra la piel; Bilbo vivió ligera molestia preámbula de un consuelo mucho más agradable. Suspiró, con las cejas fruncidas; buscando dentro suyo hallar alguna porción colmada de las agallas suficiente enderezadoras de su persona. Bilbo solo desenterró un amor aceitado por la pesadumbre y el miedo; emociones que no ayudaron en la tarea al hobbit, menos cuando Thorin lo acabó estrechando contra un abrazo.
Cerró los ojos, y se permitió arrugar la cara lo suficiente para seguir expulsando más lágrimas.
La muestra de afecto duró tan poco y al mismo tiempo, tanto, que el mediano no supo cómo definir lo ocurrido. ¿Debería estar contento, o triste? ¿Cuál era su postura anímica al respecto? La ambigüedad se cernía en cada átomo que lo componía; provocando que, avergonzado, tímido, se apartara las lágrimas de su cara con la mano y negara con la cabeza.
—N-no pasa nada... — Me hubiera gustado estar ahí, contigo. — Ya bastante os he acompañado en este viaje, ¿verdad? No podía presenciarlo todo... —Tragó saliva; notando nuevamente la garganta áspera y entonces, se atrevió a mirar a Thorin a los ojos.
Realmente no fue capaz de aguantarle la mirada, ¿por qué tenía tantos problemas al tratar con aquél enano?
—¿Cómo estás...? —Preguntó, como si el que llevara mil vendas y mil heridas no fuera él. — ¿No tienes nada grave después de...? — Retomando el diálogo; Bilbo probó a intentar levantarse de su alcoba nuevamente. Un repentino mareo lo impidió, obligando al hobbit a hallar refugio en el brazo del Rey. — ¡L-lo siento! ¡De verdad que estoy bien...! ¿Y el resto de la compañía? —La preocupación, de golpe, lo movió a buscar respuestas en las pupilas opuestas. — ¿Cuántas perdidas...?
¿Qué ocurrió después de la batalla?
—… ¿Cuánto tiempo llevo inconsciente...?
Debería dejar de hacer tantas preguntas.
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Última edición por Midori el Mar 29 Dic - 1:05, editado 2 veces
Re: Mára mesta
Capítulo III
Thorin
Las yemas de los dedos todavía restaban contagiadas de ese calor húmedo que volvía brillante la piel de la nuca del enano, como también la de su frente. Gandalf y algunos médicos le habían informado de las febradas por las que Bilbo había pasado, fruto de las infecciones. Y Thorin había presenciado los efectos de las mismas en ese menudo cuerpo, que se había retorcido. Admiró con descaro, vestido de soberanía y poder sobre otros, el rostro del hobbit para recordar las muecas infames que había dibujado la fiebre en su rostro. Las palabras que le habían hecho pronunciar y que hicieron a Thorin preguntarse si él también estaba condenado a las fiebres o era el agotamiento lo que causaba tales alucinaciones. ¿Deseaba el Rey oír majaderías?
—¿Es, la preocupación, el estado natural de los hobbits? —preguntó, pidiendo indirectamente que dejara de parecer más inquieto que un conejo fuera de su madriguera. Estás a salvo.
Un rayo cruzó su mirada y recobró la compostura perdida por un segundo al recordar las cosas que Bilbo había murmullado en sueños. Su expresión, pese a cruda, era serena. Calma tras una larga guerra como lo había sido. La creía terminada, confiado por vez primera desde que había visto a su abuelo enloquecer. Recordando aquello, se preguntó si el motivo por el que él había escapado de aquella enfermedad dorada era que había contado con la presencia de sus compañeros. No, su abuelo también lo había tenido a él. Como a otros. La única diferencia era aquel que disimulaba las lágrimas viriles preguntando más cosas de las que le cabían en aquella boca propensa al tartamudeo. En ocasiones se sorprendía descubriendo cuán grande podían ser las cosas que albergaba en su interior alguien tan menudo.
—No te fuerces. —Sonó a exigencia, más que a consejo. Porque lo era. Aguantó el brazo con fuerza donde estaba, concediéndole la estabilidad que Bilbo le había dado durante todo el viaje sin saberlo todavía. Y Thorin era el único culpable de que no lo supiera, ¿pero cómo decía un hombre aquellas palabras?— Fue una gran guerra, cuantos cayeron ya han sido honrados ante El Herrero —explicó con voz ronca—. No debería preocuparte esto ahora. Es importante —para mí— que te recuperes pronto. Quiero enseñarte la grandeza de mi hogar. —El brillo silencioso de su mirada prometía que se enorgullecía de Erebor.
—¿Es, la preocupación, el estado natural de los hobbits? —preguntó, pidiendo indirectamente que dejara de parecer más inquieto que un conejo fuera de su madriguera. Estás a salvo.
Un rayo cruzó su mirada y recobró la compostura perdida por un segundo al recordar las cosas que Bilbo había murmullado en sueños. Su expresión, pese a cruda, era serena. Calma tras una larga guerra como lo había sido. La creía terminada, confiado por vez primera desde que había visto a su abuelo enloquecer. Recordando aquello, se preguntó si el motivo por el que él había escapado de aquella enfermedad dorada era que había contado con la presencia de sus compañeros. No, su abuelo también lo había tenido a él. Como a otros. La única diferencia era aquel que disimulaba las lágrimas viriles preguntando más cosas de las que le cabían en aquella boca propensa al tartamudeo. En ocasiones se sorprendía descubriendo cuán grande podían ser las cosas que albergaba en su interior alguien tan menudo.
—No te fuerces. —Sonó a exigencia, más que a consejo. Porque lo era. Aguantó el brazo con fuerza donde estaba, concediéndole la estabilidad que Bilbo le había dado durante todo el viaje sin saberlo todavía. Y Thorin era el único culpable de que no lo supiera, ¿pero cómo decía un hombre aquellas palabras?— Fue una gran guerra, cuantos cayeron ya han sido honrados ante El Herrero —explicó con voz ronca—. No debería preocuparte esto ahora. Es importante —para mí— que te recuperes pronto. Quiero enseñarte la grandeza de mi hogar. —El brillo silencioso de su mirada prometía que se enorgullecía de Erebor.
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Bilbo
Bilbo suspiró; permitiéndose la primera sonrisa desde aquél afortunado despertar. En otra ocasión; el hobbit hubiera perseguido la conversación junto con alguna inesperada burla por su parte. Algún comentario sátiro, cargado de buenas intenciones, lo suficientemente audaz, capaz de quebrar con la monotonía árida en las facciones de Thorin. Demasiado cansado se halló; provocando que la sencillez marcara las pautas en aquél encuentro. Tan ansiado; tan imaginado en las profundidades de sus sueños que ahora que llegó a ser real...
Bilbo Baggins simplemente olvidó cómo comportarse.
Estuvo a punto de morirse, ¿por qué iba a comportarse ahora?
—Tho-thorin, quiero verlo. —Confesó. — No quiero volver a perderme nada. No quiero volver a cerrar los ojos y temer no volver a abrirlos nunca más; p-por que entonces... —El pequeño corazón bajo el pecho del hobbit se agitó de una manera tan profunda, que provocó a Bilbo apretar los labios y bajar la vista hacia sus peludos pies. — P-porque e-entonces... —No podré volver a verte a ti. —… S-solo quiero decirte que... —Cogió aire; levantó de nuevo la vista, hinchando el pecho con cierto orgullo aunque pronto tuvo que cambiar de postura debido al dolor físico; ¿cómo podía siempre intentar demostrar cierta hombría frente a Thorin y fallar tan descaradamente...? — Quiero estar a tu lado, lo que me permitas estar. Quiero conocer todo por lo que hemos luchado. —Sentenció, clavando las pupilas en las contrarias: sin miedo, al fin. — Quiero... q-quiero que esto sea tuyo.
Bilbo rebuscó entre las sábanas; hasta dar con una bellota.
La encerró entre las manos de Thorin.
—… Gracias por dejarme ser tu amigo.
Y las abrió; dejando que el nuevo Rey Bajo La Montaña admirara la bellota.
Bilbo Baggins simplemente olvidó cómo comportarse.
Estuvo a punto de morirse, ¿por qué iba a comportarse ahora?
—Tho-thorin, quiero verlo. —Confesó. — No quiero volver a perderme nada. No quiero volver a cerrar los ojos y temer no volver a abrirlos nunca más; p-por que entonces... —El pequeño corazón bajo el pecho del hobbit se agitó de una manera tan profunda, que provocó a Bilbo apretar los labios y bajar la vista hacia sus peludos pies. — P-porque e-entonces... —No podré volver a verte a ti. —… S-solo quiero decirte que... —Cogió aire; levantó de nuevo la vista, hinchando el pecho con cierto orgullo aunque pronto tuvo que cambiar de postura debido al dolor físico; ¿cómo podía siempre intentar demostrar cierta hombría frente a Thorin y fallar tan descaradamente...? — Quiero estar a tu lado, lo que me permitas estar. Quiero conocer todo por lo que hemos luchado. —Sentenció, clavando las pupilas en las contrarias: sin miedo, al fin. — Quiero... q-quiero que esto sea tuyo.
Bilbo rebuscó entre las sábanas; hasta dar con una bellota.
La encerró entre las manos de Thorin.
—… Gracias por dejarme ser tu amigo.
Y las abrió; dejando que el nuevo Rey Bajo La Montaña admirara la bellota.
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Thorin
Bilbo era la primera criatura conocida por el enano que pudiera sonreír y verse preocupado a la vez. Los enanos raramente sonreían, siendo la risa su segundo idioma. Y a más escandalosa mejor. Y cuando un enano reía, bien seguro podía estar uno que en su sangre no corría miedo o preocupación, sino alcohol y adrenalina. Los elfos parecían un lienzo vacío de expresión, una careta tras la cual sus verdaderas emociones permanecían dormidas y refugiadas. Y, bueno, los hombres eran otra historia. Esa escoria tenía por costumbre sonreír en sus tristezas y llorar en sus alegrías, mentir en sus verdades y enaltecer sus infamias. Para qué mentir, los detestaba, y nada en aquella guerra había hecho que aquel detalle cambiara. Pero los hobbits...
Sea como fuere, aquella sonrisa le causó cierto placer.
Y se le contagió, de manera que cerró los labios entreabiertos sin oportunar el entrecortado discurso del mediano, que bastante agitado parecía para encontrar las palabras como para que hiciera alarde de malícia interrumpiéndolo. Así, calló.
Podía sentir la minúscula pero existente presión de la mano del hobbit sobre la manga de su vestimenta cerúlea. Y, sin hacer ademán de retirarse, de dejar de ser su soporte, se limitó a mirarlo a los ojos cuanto rato Bilbo osó corresponder su mirada. Ya se había vuelto costumbre escrutar ese rostro tierno de facciones redondeadas en busca de aquellas orbes oscuras que huían de su mirad, asustadizas.
—Nada salvo el alcohol que correrá en tu nombre y el fervor de una buena mujer en tu regazo cerrará tus ojos a partir de ahora, maestro Baggins —proclamó Thorin, hijo de Thrain, con una solemnidad manchada de amistad. Pues eso eran, amigos. Agarrotando la sonrisa, pretendiendo nunca haber oído lo que las fiebres habían arrancado de los labios de su hobbit, pretendió tantear un terreno sobre el que nadie debería incurrir. Nadie como él—. De buenas a primeras comprendo que las mujeres enanas puedan intimidar, pero te aseguro que sabrán llevarte un poco más cerca del cielo. —Alzó la mirada—. Algo digno de anhelar, siendo un hobbir enterrado en una montaña. —Pretendió ponerse en su lugar, mientras daba al enano unos segundos para rebuscar lo que pretendía darle. No esperaba nada, porque cuando uno espera, desespera.
Confiado, pero ligeramente reacio al tacto de piel con piel, se dejó enterrar algo contra las palmas y no pudo verlo hasta que Bilbo así lo quiso. Admiró la bellota en el centro de una palma llena de cortes y cicatrices viejas o no tan viejas. La sonrisa se desvaneció, puesto que no acababa de comprender cómo debía sentirse al respecto. Reconocía aquella bellota, conocedor era de su historia. Pero jamás había pensado que acabaría allí. Parecía una ridiculez comparada a la magnitud del viaje, y sin embargo, en una minúscula y común bellota parecía esconderse algo mucho más grande. Comparó para sí a Bilbo con aquella bellota, y se negó al impulso de cerrar el puño con fuerza.
¿Acabas de ponerte en mis manos, mediano?
—Esta bellota pertenece a otro lugar —murmuró para sí, sin dejar de mirarla, como si fuera la primera vez que viera una—. En estas tierras la luz del sol no alcanza, y no crecen sino piedras, —alzó finalmente la vista para encontrarse o buscar la de Bilbo, sin acabar de comprender—¿qué destino puede depararle en esta cárcel rocosa? —Seguía sin poder evitar comparar la bellota con Bilbo, y en algún momento perdió de vista de quién o qué hablaba en cada momento—. ¿Estás seguro de que no deseas llevarla contigo a tu hogar, donde pueda echar raíces y convertirse en lo que está destinada a ser? —preguntó, en un tono sorprendentemente amable y suave, para ser quien era—. No temas partir a la comarca sin dejar huella, mi valiente hobbit, has dejado una parte de ti en mi hogar.
Una que no necesita de luz solar, ni que la más fuerte tormenta podrá arrancar. Una que perdurará en los hijos de mis hijos.
Sea como fuere, aquella sonrisa le causó cierto placer.
Y se le contagió, de manera que cerró los labios entreabiertos sin oportunar el entrecortado discurso del mediano, que bastante agitado parecía para encontrar las palabras como para que hiciera alarde de malícia interrumpiéndolo. Así, calló.
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—Nada salvo el alcohol que correrá en tu nombre y el fervor de una buena mujer en tu regazo cerrará tus ojos a partir de ahora, maestro Baggins —proclamó Thorin, hijo de Thrain, con una solemnidad manchada de amistad. Pues eso eran, amigos. Agarrotando la sonrisa, pretendiendo nunca haber oído lo que las fiebres habían arrancado de los labios de su hobbit, pretendió tantear un terreno sobre el que nadie debería incurrir. Nadie como él—. De buenas a primeras comprendo que las mujeres enanas puedan intimidar, pero te aseguro que sabrán llevarte un poco más cerca del cielo. —Alzó la mirada—. Algo digno de anhelar, siendo un hobbir enterrado en una montaña. —Pretendió ponerse en su lugar, mientras daba al enano unos segundos para rebuscar lo que pretendía darle. No esperaba nada, porque cuando uno espera, desespera.
Confiado, pero ligeramente reacio al tacto de piel con piel, se dejó enterrar algo contra las palmas y no pudo verlo hasta que Bilbo así lo quiso. Admiró la bellota en el centro de una palma llena de cortes y cicatrices viejas o no tan viejas. La sonrisa se desvaneció, puesto que no acababa de comprender cómo debía sentirse al respecto. Reconocía aquella bellota, conocedor era de su historia. Pero jamás había pensado que acabaría allí. Parecía una ridiculez comparada a la magnitud del viaje, y sin embargo, en una minúscula y común bellota parecía esconderse algo mucho más grande. Comparó para sí a Bilbo con aquella bellota, y se negó al impulso de cerrar el puño con fuerza.
¿Acabas de ponerte en mis manos, mediano?
—Esta bellota pertenece a otro lugar —murmuró para sí, sin dejar de mirarla, como si fuera la primera vez que viera una—. En estas tierras la luz del sol no alcanza, y no crecen sino piedras, —alzó finalmente la vista para encontrarse o buscar la de Bilbo, sin acabar de comprender—¿qué destino puede depararle en esta cárcel rocosa? —Seguía sin poder evitar comparar la bellota con Bilbo, y en algún momento perdió de vista de quién o qué hablaba en cada momento—. ¿Estás seguro de que no deseas llevarla contigo a tu hogar, donde pueda echar raíces y convertirse en lo que está destinada a ser? —preguntó, en un tono sorprendentemente amable y suave, para ser quien era—. No temas partir a la comarca sin dejar huella, mi valiente hobbit, has dejado una parte de ti en mi hogar.
Una que no necesita de luz solar, ni que la más fuerte tormenta podrá arrancar. Una que perdurará en los hijos de mis hijos.
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Bilbo
La sonrisa enmarcada por la aglomerada barba se curvó lo suficiente para calentar el insensato corazón de Bilbo. Las heridas podrían dolerle como mil demonios bajo los truculentos desafíos enfrentados; pero todo valía la pena solo por haber obtenido aquél preciado momento. Un rubor usurpó los redondeados cachetes del hobbit, tímido repentinamente por culpa de aquella aglomeración de emociones de las que era sabedor pero aún demasiado embarazosas como para lidiar de frente a ellas. Bilbo Baggins siempre se caracterizó por ser un hobbit solitario, acaparador nato de cada objeto material al que se aferró encontrándose de lleno con la codicia ajena -malditos Sacovilla-Bolsón...- actitud alimentada por las diversas situaciones a las que se vio enfrentado, donde tuvo un básico contacto nulo con las mujeres hobbit; quizá por que ya hace mucho, mucho, mucho tiempo cruzó una estrambótica situación con Lobelia de la que jamás volvería a hacer hincapié -y en la que ella no comentó nada nunca más; pero pudo notarlo en su actitud desdeñosa respecto a él y esa maldita obsesión con intentar robar cualquier tipo de cosa que encontrara por su cueva-hobbit- De todas formas; nada de las palabras del Rey excitaron el ánimo del mediano; obligándolo a fruncir ligeramente el ceño, abrir la boca para moderse el labio y cruzarse de brazos alzando la nariz.
—¿Ha-has dicho...? —¿Enanas? ¿Sobre su regazo? — Creo haber escuchado mal. —No. No; Bilbo, no escuchaste mal. Soltó una risa incómoda; incómoda y nerviosa. — Muy buena esa Thorin; cre-creo que solamente con la bebida estoy más que servido. — Curvó, un tanto exagerado los labios; una mueca que acentuó la redondez de sus mejillas, expresión cómica conjuntada con los brazos que, separados, agitó en una innata negación por su parte; las cejas alzadas y la mirada asustada pudo acabar de confirmar las pocas sospechas de Thorin respecto a los intereses románticos del mediano. No enanas por el momento -y seguramente nunca, teniendo en cuenta que no podía contar ni una buena experiencia con las de su raza; ¿cómo demonios lo haría con una enana? Que el hacedor lo libre-
Fuera como fuese; la conversación se tornó más seria, borrando el rastro de lo anterior rápidamente. Bilbo se sorprendió ante la reacción de Thorin, y simplemente se dedicó a devolverle una sonrisa sincera.
—Pensé... pensé en enterrarla cuando estábamos en la batalla. —Confesó; iniciando la explicación. — Estábamos rodeados por los enemigos; y creí que era una manera de... —Suspiró. — Plantar vida aunque estuviéramos envueltos de la mayor de las desolaciones; ¿qué otra cosa podríamos hacer, sino? Puede sonar tonto... pero algo impidió que lo hiciera. Pensé que si lo hacía estaría rompiendo una promesa. Pensé que si la enterraba allí mismo, no estaría dando la oportunidad de poder hacerlo contigo, de haber podido seguir vivos los dos. Tal vez porque esta bellota acabó aferrándome al recuerdo del tesoro, cuando me regalaste la cota de malla. Al final lo que importaba no era el simple hecho de plantarla sino lo que ello conllevaría; y después... — Después pasó lo de la Piedra del Arca. Bilbo miró a Thorin unos segundos; para apartar de nuevo la vista, perdido en sí mismo. —… Prefiero no recordar lo que ocurrió después. No es la comarca el hogar de esta pequeña bellota Thorin; su hogar está en el lugar donde pueda brindar una nueva vida y esperanza a sus habitantes. Donde antes la guerra y la sangre y todos los que hemos perdido dieron sus vidas manchando una tierra de la que podemos seguir caminando, seguir viviendo, y contar historias más alegres que colapsen con todas las lágrimas derramadas.
Un silencio provocó que el hobbit se removiera sobre su pequeña alcoba. Acabó sonriendo un poco más.
— No tengo que llevarme nada de aquí Thorin; ni si quiera esto. Hay algo mucho más grande que me llevo conmigo.
—¿Ha-has dicho...? —¿Enanas? ¿Sobre su regazo? — Creo haber escuchado mal. —No. No; Bilbo, no escuchaste mal. Soltó una risa incómoda; incómoda y nerviosa. — Muy buena esa Thorin; cre-creo que solamente con la bebida estoy más que servido. — Curvó, un tanto exagerado los labios; una mueca que acentuó la redondez de sus mejillas, expresión cómica conjuntada con los brazos que, separados, agitó en una innata negación por su parte; las cejas alzadas y la mirada asustada pudo acabar de confirmar las pocas sospechas de Thorin respecto a los intereses románticos del mediano. No enanas por el momento -y seguramente nunca, teniendo en cuenta que no podía contar ni una buena experiencia con las de su raza; ¿cómo demonios lo haría con una enana? Que el hacedor lo libre-
Fuera como fuese; la conversación se tornó más seria, borrando el rastro de lo anterior rápidamente. Bilbo se sorprendió ante la reacción de Thorin, y simplemente se dedicó a devolverle una sonrisa sincera.
—Pensé... pensé en enterrarla cuando estábamos en la batalla. —Confesó; iniciando la explicación. — Estábamos rodeados por los enemigos; y creí que era una manera de... —Suspiró. — Plantar vida aunque estuviéramos envueltos de la mayor de las desolaciones; ¿qué otra cosa podríamos hacer, sino? Puede sonar tonto... pero algo impidió que lo hiciera. Pensé que si lo hacía estaría rompiendo una promesa. Pensé que si la enterraba allí mismo, no estaría dando la oportunidad de poder hacerlo contigo, de haber podido seguir vivos los dos. Tal vez porque esta bellota acabó aferrándome al recuerdo del tesoro, cuando me regalaste la cota de malla. Al final lo que importaba no era el simple hecho de plantarla sino lo que ello conllevaría; y después... — Después pasó lo de la Piedra del Arca. Bilbo miró a Thorin unos segundos; para apartar de nuevo la vista, perdido en sí mismo. —… Prefiero no recordar lo que ocurrió después. No es la comarca el hogar de esta pequeña bellota Thorin; su hogar está en el lugar donde pueda brindar una nueva vida y esperanza a sus habitantes. Donde antes la guerra y la sangre y todos los que hemos perdido dieron sus vidas manchando una tierra de la que podemos seguir caminando, seguir viviendo, y contar historias más alegres que colapsen con todas las lágrimas derramadas.
Un silencio provocó que el hobbit se removiera sobre su pequeña alcoba. Acabó sonriendo un poco más.
— No tengo que llevarme nada de aquí Thorin; ni si quiera esto. Hay algo mucho más grande que me llevo conmigo.
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Thorin
—¿Estás seguro? —bromeó con un brillo extraño en la mirada, francamente divertido de imaginarlo en el poder de una enana.
Ignoró el rubor que teñía el rostro del mediano, como era capaz de ignorar la belleza que guardaba el primer brote en un campo de nieve a medio derretir, o los últimos rayos de sol que se escondían tras el escarpado horizonte. La belleza delicada, sutil, se la dejaba a los elfos, el único atractivo que hasta la fecha había robado el aliento del Rey Bajo la Montaña era la gracia cruenta de una batalla, o el resplandor contenido y puro de una piedra a medio arrancar del seno de su madre pedregosa.
Cierto es y probado está que no puede pedírsele al oso que use una cuchara cuando tome miel, pues no está en su naturaleza. Con Erebor en su poder y Azog muerto soplaban vientos de cambio, pero algundos eran todavía demasiado abruptos como para que alguien de raíces de hierro como Thorin los recibiera de buena manera. Aguantó, ligeramente contrariado, la mirada en el hobbit mientras éste hablaba como sólo un héroe haría.
Gandalf tenía razón. Era la pieza faltante en la compañía.
Callado, como un aprendiz más que como un rey que se ofrecía a escuchar a su pueblo, visitó en su recuerdo el campo de batalla. Bastas extensiones de descampado vestido de cadáveres, nieve salpicada de carmín y demasiadas miradas vacías de vida. Thorin gozaba de memoria selectiva, pues con tal de no perdonar no se permitía olvidar ciertas faltas. Pero aquello comportaba sacrificar la nitidez de tantos otros momentos. La batalla en sí era uno de ellos. Escarbó en la maraña de hachazos y espadazos, dibujando con los ojos un Bilbo de aspecto desprotegido dentro de ese caos nublado.
Sin saberlo, sus dedos terminaron por cerrarse sobre la bellota, ejerciendo una presión excesiva. Todavía se reprochaba el haber permitido al hobbit el inmiscuirse en tal batalla.
—Está claro que este viaje nos ha cambiado. —Incluso a mí.
La sonrisa tímida de Bilbo se encontró con la frialdad marmórea de un rey que se hacía culpable. Sus ojos claros, bajo unas pobladas cejas, escrutaron los vendajes del más menudo, con una rigidez intimidante en todo el cuerpo. El discurso se repitió como un eco en su cabeza y se sorprendió descubriendo la intimidad de aquel diálogo. El modo en que la compañía no había sido nombrada por el mediano. Un terror desconocido le agrietó el estómago y petrificó su esófago, regalándole una incómoda sensación de asfixia y presión en el pecho.
No quiero saber cómo sigue esa frase.
—Aún estás débil —murmuró, mirando en otra dirección, una más inconcreta—. Descansa ahora, Master Baggins. Tan pronto mis deberes de soberano me lo permitan y sanen tus heridas visitaremos el lugar en el que quisiste plantar la bellota y honraremos tus palabras. —Juntos. Soltó el agarre, acompañándolo hasta una posición más cómoda en la cama pero no demasiado íntima. Simplemente había expediciones para las que no estaba preparado y compañías de las que no quería ni podía formar parte todavía—. Es una promesa.
Ignoró el rubor que teñía el rostro del mediano, como era capaz de ignorar la belleza que guardaba el primer brote en un campo de nieve a medio derretir, o los últimos rayos de sol que se escondían tras el escarpado horizonte. La belleza delicada, sutil, se la dejaba a los elfos, el único atractivo que hasta la fecha había robado el aliento del Rey Bajo la Montaña era la gracia cruenta de una batalla, o el resplandor contenido y puro de una piedra a medio arrancar del seno de su madre pedregosa.
Cierto es y probado está que no puede pedírsele al oso que use una cuchara cuando tome miel, pues no está en su naturaleza. Con Erebor en su poder y Azog muerto soplaban vientos de cambio, pero algundos eran todavía demasiado abruptos como para que alguien de raíces de hierro como Thorin los recibiera de buena manera. Aguantó, ligeramente contrariado, la mirada en el hobbit mientras éste hablaba como sólo un héroe haría.
Gandalf tenía razón. Era la pieza faltante en la compañía.
Callado, como un aprendiz más que como un rey que se ofrecía a escuchar a su pueblo, visitó en su recuerdo el campo de batalla. Bastas extensiones de descampado vestido de cadáveres, nieve salpicada de carmín y demasiadas miradas vacías de vida. Thorin gozaba de memoria selectiva, pues con tal de no perdonar no se permitía olvidar ciertas faltas. Pero aquello comportaba sacrificar la nitidez de tantos otros momentos. La batalla en sí era uno de ellos. Escarbó en la maraña de hachazos y espadazos, dibujando con los ojos un Bilbo de aspecto desprotegido dentro de ese caos nublado.
Sin saberlo, sus dedos terminaron por cerrarse sobre la bellota, ejerciendo una presión excesiva. Todavía se reprochaba el haber permitido al hobbit el inmiscuirse en tal batalla.
—Está claro que este viaje nos ha cambiado. —Incluso a mí.
La sonrisa tímida de Bilbo se encontró con la frialdad marmórea de un rey que se hacía culpable. Sus ojos claros, bajo unas pobladas cejas, escrutaron los vendajes del más menudo, con una rigidez intimidante en todo el cuerpo. El discurso se repitió como un eco en su cabeza y se sorprendió descubriendo la intimidad de aquel diálogo. El modo en que la compañía no había sido nombrada por el mediano. Un terror desconocido le agrietó el estómago y petrificó su esófago, regalándole una incómoda sensación de asfixia y presión en el pecho.
No quiero saber cómo sigue esa frase.
—Aún estás débil —murmuró, mirando en otra dirección, una más inconcreta—. Descansa ahora, Master Baggins. Tan pronto mis deberes de soberano me lo permitan y sanen tus heridas visitaremos el lugar en el que quisiste plantar la bellota y honraremos tus palabras. —Juntos. Soltó el agarre, acompañándolo hasta una posición más cómoda en la cama pero no demasiado íntima. Simplemente había expediciones para las que no estaba preparado y compañías de las que no quería ni podía formar parte todavía—. Es una promesa.
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Re: Mára mesta
Capítulo III
Bilbo
La sonrisa sobre las facciones del mediano comenzó a desvanecerse poco a poco conforme la mirada gélida del Rey inspeccionaba de una forma profunda detalles en sí mismo que por un instante no los creyó meramente físicos. Hubiera dado el anillo por conocer qué ocurría bajo la enigmática mente de Thorin; encontrándose súbitamente con la desconfianza de lo que pudo haber provocado el discurso en aquella dispar reacción.
—¿Tho...? —Se dispuso a susurrar el nombre de aquél hasta verse interrumpido.
Si.
El viaje los cambió mucho, a los dos.
El apoyo silenciosamente concordado se desquebrajó; Bilbo dejó que el Rey se encargara de cuidar de él y, suspirando, permitió a su cuerpo liberar una acumulada tensión en cuanto el colchón hubiera mermado el malestar. Un algo de difícil definición labró un profundo hoyuelo en el que el hobbit se vio envuelto de golpe; sin encontrar rayo de luz que lo ayudara a descifrar la manera de encontrar la salida. El miedo compartido se escenificó como una triste anécdota, emponzoñando la amistad tintándola por el gris del tabú. Aguantó el oxígeno bajo los pulmones, rellenándolos con cierta dificultad con un mirar desvanecido por las dudas; sin encontrarse con el brillo que por momentos Thorin y Bilbo se permitían compartir cuando el miedo no azuzaba sus corazones..
—… La tendré presente. —Murmuró. — Cuando pueda ser capaz de caminar por mí mismo. Guarda la bellota por mi hasta entonces.
Hubiera querido extender la mano, lo suficiente para tirar de la extensa capa del Rey, tejida en las pieles más veneradas; labrada por una belleza rústica, fría, una que encajaba con el carácter del enano. Tirar de ella para impedir la inminente despedida; pero Bilbo la dejó a un lado de su lateral, descansando, anhelando una fantasía clandestina.
Fue en ese pequeño gesto cuando el hobbit se arrepintió de cada una de las palabras que soltó sin pensar dos veces antes a Thorin.
Y creyó, enviciado, que había un serio problema en él.
—¿Tho...? —Se dispuso a susurrar el nombre de aquél hasta verse interrumpido.
Si.
El viaje los cambió mucho, a los dos.
El apoyo silenciosamente concordado se desquebrajó; Bilbo dejó que el Rey se encargara de cuidar de él y, suspirando, permitió a su cuerpo liberar una acumulada tensión en cuanto el colchón hubiera mermado el malestar. Un algo de difícil definición labró un profundo hoyuelo en el que el hobbit se vio envuelto de golpe; sin encontrar rayo de luz que lo ayudara a descifrar la manera de encontrar la salida. El miedo compartido se escenificó como una triste anécdota, emponzoñando la amistad tintándola por el gris del tabú. Aguantó el oxígeno bajo los pulmones, rellenándolos con cierta dificultad con un mirar desvanecido por las dudas; sin encontrarse con el brillo que por momentos Thorin y Bilbo se permitían compartir cuando el miedo no azuzaba sus corazones..
—… La tendré presente. —Murmuró. — Cuando pueda ser capaz de caminar por mí mismo. Guarda la bellota por mi hasta entonces.
Hubiera querido extender la mano, lo suficiente para tirar de la extensa capa del Rey, tejida en las pieles más veneradas; labrada por una belleza rústica, fría, una que encajaba con el carácter del enano. Tirar de ella para impedir la inminente despedida; pero Bilbo la dejó a un lado de su lateral, descansando, anhelando una fantasía clandestina.
Fue en ese pequeño gesto cuando el hobbit se arrepintió de cada una de las palabras que soltó sin pensar dos veces antes a Thorin.
Y creyó, enviciado, que había un serio problema en él.
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Re: Mára mesta

Capítulo 1
Grima Wormtongue
Meduseld brillaba por fuera gracias a su tejado dorado, cuyo resplandor parecía perdurar de forma magica incluso varios minutos después de que el sol se escondiera tras las montañas, pero en su interior una oscuridad parecía nacer allí por donde Grima pisaba. Con la desgracia cosida a los talones, y creciente a medida que se adentraba en los lugares más recónditos de la fortaleza, aligeraba el paso con el rostro oculto tras aquella cortina de mechones grasientos y tan negros como su pasado.
Sigiloso, sólo un siseo parecía acompañar el presuroso avance del sirviente. No procedía de sus labios, aunque a nadie le habría sorprendido, sino de la tela de su vestimenta rozando las paredes de aquel pasillo sombrío ante su presencia. Había hecho suya la costumbre de caminar pegado a las paredes, pues tras las mismas se escuchaban todo tipo de cosas. Por desgracia, el conocer no lo hace a uno invisible, ni otorga el poder para impedir lo que uno conoce con certeza. Y viva prueba de ello era la línea borgoña que se dibujaba desde su mejilla hasta su hombro. Un fino corte, como un hilo de color romance, que marcaba su piel pálida, como una vena rebelde que quiere más protagonismo. No era obra natural de su anatomía, sino diversión del sobrino del Rey Theoden, en presencia de su inseparable primo y heredero de Rohan: Théodred.
Del mismo modo que la sobrina de su Rey llenaba su mente de pensamientos adultos, ligeramente distintos a los romances que uno pudiera leer en -en su opinión- desaprovechada biblioteca real; Éomer, su hermano, se había convertido en su pesadilla viviente. Bendecido con una fuerza y una belleza propia de la juventud, era todo con lo que Grima no había sido premiado. Un linaje noble, largas hebras doradas, hercúleo mentón, dientes perlados y gran manejo de la espada. Con los años, el mismo Éomer había sembrado la semilla del desprecio de todo un reino hacia él, ayudado por el pobre aspecto del joven Grima.
Teniéndosela jurada, entrecerró los ojos con el más venenoso de los odios mientras el labio inferior seguía tembloroso desde que había sido obligado a suplicar por su vida una vez más. Se llevó la mano al cuello, manchándose los dedos huesudos de sangre y desdibujando aquel corte que le cruzaba el perfil verticalmente. Los abusos se tornaban grandes, como en paralelo lo hacía la sed de venganza de alguien que no tiene corazón sino cabeza.
Sigiloso, sólo un siseo parecía acompañar el presuroso avance del sirviente. No procedía de sus labios, aunque a nadie le habría sorprendido, sino de la tela de su vestimenta rozando las paredes de aquel pasillo sombrío ante su presencia. Había hecho suya la costumbre de caminar pegado a las paredes, pues tras las mismas se escuchaban todo tipo de cosas. Por desgracia, el conocer no lo hace a uno invisible, ni otorga el poder para impedir lo que uno conoce con certeza. Y viva prueba de ello era la línea borgoña que se dibujaba desde su mejilla hasta su hombro. Un fino corte, como un hilo de color romance, que marcaba su piel pálida, como una vena rebelde que quiere más protagonismo. No era obra natural de su anatomía, sino diversión del sobrino del Rey Theoden, en presencia de su inseparable primo y heredero de Rohan: Théodred.
Del mismo modo que la sobrina de su Rey llenaba su mente de pensamientos adultos, ligeramente distintos a los romances que uno pudiera leer en -en su opinión- desaprovechada biblioteca real; Éomer, su hermano, se había convertido en su pesadilla viviente. Bendecido con una fuerza y una belleza propia de la juventud, era todo con lo que Grima no había sido premiado. Un linaje noble, largas hebras doradas, hercúleo mentón, dientes perlados y gran manejo de la espada. Con los años, el mismo Éomer había sembrado la semilla del desprecio de todo un reino hacia él, ayudado por el pobre aspecto del joven Grima.
Teniéndosela jurada, entrecerró los ojos con el más venenoso de los odios mientras el labio inferior seguía tembloroso desde que había sido obligado a suplicar por su vida una vez más. Se llevó la mano al cuello, manchándose los dedos huesudos de sangre y desdibujando aquel corte que le cruzaba el perfil verticalmente. Los abusos se tornaban grandes, como en paralelo lo hacía la sed de venganza de alguien que no tiene corazón sino cabeza.
Pasillos recónditos de Meduseld × Tarde
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Re: Mára mesta
Capítulo 1
Éowyn
Acompasando los ronroneos otoñales desde Las Montañas Blancas atravesó como un chasquido agónico el fino cristal de su alcoba; retumbó bajo la templanza femenina, lo suficiente para que las manos de Éowyn temblaran en un incontrolable pulso que solo halló estabilidad en las cortinas aterciopeladas tejidas entre los más finos gustos de la realeza de Rohan. Mordió internamente las mejillas, avergonzada de la actitud con los que compartía sangre; el sonido reverberó continuo, desequilibrando una angustiosa conmoción; el maltrato del que era una cómplice se dejó entrever más allá de las cortinas, entre los pastos altos de su hogar. Uno cruel, de vez en cuando, bajo los ojos de la doncella.
Ser cómplice no la distaba del que repartía la violencia física.
Éowyn era plenamente consciente de ello y sin embargo solo podía aferrarse a las cortinas como cuando era una chiquilla y mirar en un eterno pesar empático. Cuando las risas estallaron: la joven no aguantó más. Conteniendo la impotencia, abrió la puerta hasta escabullirse entre los extensos pasillos de pilares lánguidos resplandecientes en busca de alguna sombra donde estrechar sus propios brazos y apretarlos como quien estruja la ropa recién lavada. Hubiera continuado echándose la culpa internamente de todo mal ovillado alrededor de Grima de no ser por la suavidad de unos pasos y una respiración agitada.
La penumbra acabó tomando forma sobre la tez mortecina de dos pozos purpúreos como ojos que pronto desviaron su recorrido hacia su persona. Éowyn sintió un escalofrío -últimamente, siempre lo sentía cuando Grima cruzaba el mirar contra el propio- helarle los hombros. Se dirigió dispuesta hacia él, a pesar de la latente preocupación sobre los posibles terceros que pudiesen presenciar la escena y apartó con fuerza la mano de aquél sobre la herida. Escrudiñó las pruebas del crimen, con los ojos abiertos como los de una lechuza; horrorizada.
—… Yo... yo no... —Lo siento, lo siento, lo siento; lo siento. Sé cómo eres, sé que no te mereces esto. —Vamos a arreglarlo, ¿está bien? —Susurró; temiendo el reconocimiento ajeno. —Ven; voy a curarte la herida. Rápido.
¿Realmente lo hacía por Grima, o lo hacía por ella; para no sentirse tan mal, tan ruin?
Éowyn cerró los ojos; apartó la mirada. Aguantó el cosquilleo en su nariz, y la nubosidad por la que quería atravesar sus ojos.
Ser cómplice no la distaba del que repartía la violencia física.
Éowyn era plenamente consciente de ello y sin embargo solo podía aferrarse a las cortinas como cuando era una chiquilla y mirar en un eterno pesar empático. Cuando las risas estallaron: la joven no aguantó más. Conteniendo la impotencia, abrió la puerta hasta escabullirse entre los extensos pasillos de pilares lánguidos resplandecientes en busca de alguna sombra donde estrechar sus propios brazos y apretarlos como quien estruja la ropa recién lavada. Hubiera continuado echándose la culpa internamente de todo mal ovillado alrededor de Grima de no ser por la suavidad de unos pasos y una respiración agitada.
La penumbra acabó tomando forma sobre la tez mortecina de dos pozos purpúreos como ojos que pronto desviaron su recorrido hacia su persona. Éowyn sintió un escalofrío -últimamente, siempre lo sentía cuando Grima cruzaba el mirar contra el propio- helarle los hombros. Se dirigió dispuesta hacia él, a pesar de la latente preocupación sobre los posibles terceros que pudiesen presenciar la escena y apartó con fuerza la mano de aquél sobre la herida. Escrudiñó las pruebas del crimen, con los ojos abiertos como los de una lechuza; horrorizada.
—… Yo... yo no... —Lo siento, lo siento, lo siento; lo siento. Sé cómo eres, sé que no te mereces esto. —Vamos a arreglarlo, ¿está bien? —Susurró; temiendo el reconocimiento ajeno. —Ven; voy a curarte la herida. Rápido.
¿Realmente lo hacía por Grima, o lo hacía por ella; para no sentirse tan mal, tan ruin?
Éowyn cerró los ojos; apartó la mirada. Aguantó el cosquilleo en su nariz, y la nubosidad por la que quería atravesar sus ojos.
Pasillos recónditos de Meduseld × Tarde
con... Éowyn
con... Éowyn
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