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3. Silver Cloaks | Andrómeda
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3. Silver Cloaks | Andrómeda
SILVER CLOAKS.
De nuevo, allí estaban las Cazadoras de Artemisa. Eran rivales, en cierto modo, de su campamento, pero lo que era más importante es que eran geniales. No solo porque fuesen más fuertes y más rápidas con los mestizos, sino porque se sincronizaban a la perfección y trabajaban en equipo de tal manera que cualquiera las envidiaría. Ella para lo único que podía ponerse de acuerdo con sus hermanos era para que dejasen en paz a Kiara o a Nina cuando les tiraban unas fichas del tamaño de una casa, y ni si quiera era “ponerse de acuerdo” como tal, era más bien amenazarles con castigos como “quitarles la gomina” o pasarse el día empapando el suelo de la cabaña para que se diesen calambrazos cada vez que cargaban electricidad para hacer cualquier chorrada, cosa que pasaba más a menudo de lo que parece. «Cualquiera diría que de Zeus heredaríamos el sentido de la seriedad y la dignidad, pero no todos tenemos un palo metido por el culo» pensó con serenidad. Era el único sitio en el que se podía quejar de su padre, en su cabeza, y estaba bastante segura de que también lo oiría, pero no era su problema.
Se estiró para levantarse del diván, aunque se dio cuenta de que le dolía bastante el omoplato por culpa de haber estado mal tumbada. Era una cosa que no entendía. El uso de esos asientos era imposible, por mucho que dijesen el resto de sus amigas. Y lo que era peor, ¡eran horribles! Se acordaba de todas esas películas y series en las que salían los romanos y los pacientes de los psicólogos tumbados ahí, como si fuese la cosa más cómoda del mundo. «Pues será para montar bacanales o quejarse de tus problemas, pero para comer es horrible» pensaba. Lo que más le molestaba de ellos era que siempre parecían tan elegantes y cómodos que cualquiera tenía ganas de sentarse pero a la hora de la verdad tumbarse era más complicado que acabar con un toro de Cólquidia. Ella solo se había enfrentado a uno hacía unos años. Se había perdido en el bosque de los monstruos del campamento Mestizo cuando os había enviado hasta allí Cronos. No fue tarea fácil acabar con él y necesitó la ayuda de un total de tres aliados. Pero al final pudieron hacerlo.
Suspiró y le dio una patadita en una de las patas al diván, que estaba perfectamente tallado simulando patas de león. Soltó una maldición en griego antiguo e hizo un par de ejercicios de calentamiento para que se le fuese el dolor. Después, volvió a dirigir su mirada a las Cazadoras de Artemisa. Estaban mucho menos desmadradas que sus compañeros de campamento, y muchísimo menos que los romanos, que se sentían en su salsa. El año que había pasado con ellos eso era lo que peor había llevado, el hecho de que los romanos desfasaran tanto en los banquetes y después fuesen unos estirados en el campamento. Pero ahora no se iba a dejar llevar por esos recuerdos absurdos.
Se acercó a una de las cazadoras, que parecía la más cercana a su edad, aunque con ellas nunca se sabía, podían tener lo mismo trece años que tres mil, si eran de las que había reclutado Zeus para su, técnicamente, hermana. Trató de parecer lo más simpática que pudo sin resultar muy rara, y saludó con la mano cuando estuvo a la vista de la chica. — ¡Hey! Quería daros la bienvenida, ya sabes, en plan personal y no taaaan oficial— vale, ¿por qué estaba nerviosa? Solo eran Cazadoras. Vale, sí, era LAS Cazadoras, pero… no eran tan diferentes a ellas, ¿no?—.
Se estiró para levantarse del diván, aunque se dio cuenta de que le dolía bastante el omoplato por culpa de haber estado mal tumbada. Era una cosa que no entendía. El uso de esos asientos era imposible, por mucho que dijesen el resto de sus amigas. Y lo que era peor, ¡eran horribles! Se acordaba de todas esas películas y series en las que salían los romanos y los pacientes de los psicólogos tumbados ahí, como si fuese la cosa más cómoda del mundo. «Pues será para montar bacanales o quejarse de tus problemas, pero para comer es horrible» pensaba. Lo que más le molestaba de ellos era que siempre parecían tan elegantes y cómodos que cualquiera tenía ganas de sentarse pero a la hora de la verdad tumbarse era más complicado que acabar con un toro de Cólquidia. Ella solo se había enfrentado a uno hacía unos años. Se había perdido en el bosque de los monstruos del campamento Mestizo cuando os había enviado hasta allí Cronos. No fue tarea fácil acabar con él y necesitó la ayuda de un total de tres aliados. Pero al final pudieron hacerlo.
Suspiró y le dio una patadita en una de las patas al diván, que estaba perfectamente tallado simulando patas de león. Soltó una maldición en griego antiguo e hizo un par de ejercicios de calentamiento para que se le fuese el dolor. Después, volvió a dirigir su mirada a las Cazadoras de Artemisa. Estaban mucho menos desmadradas que sus compañeros de campamento, y muchísimo menos que los romanos, que se sentían en su salsa. El año que había pasado con ellos eso era lo que peor había llevado, el hecho de que los romanos desfasaran tanto en los banquetes y después fuesen unos estirados en el campamento. Pero ahora no se iba a dejar llevar por esos recuerdos absurdos.
Se acercó a una de las cazadoras, que parecía la más cercana a su edad, aunque con ellas nunca se sabía, podían tener lo mismo trece años que tres mil, si eran de las que había reclutado Zeus para su, técnicamente, hermana. Trató de parecer lo más simpática que pudo sin resultar muy rara, y saludó con la mano cuando estuvo a la vista de la chica. — ¡Hey! Quería daros la bienvenida, ya sabes, en plan personal y no taaaan oficial— vale, ¿por qué estaba nerviosa? Solo eran Cazadoras. Vale, sí, era LAS Cazadoras, pero… no eran tan diferentes a ellas, ¿no?—.
Campamento Júpiter, con Andrómeda

Re: 3. Silver Cloaks | Andrómeda
SILVER CLOAKS.
Tras cotillear y compartir confidencias con Leya, Andrómeda había abandonado la compañía de la pelirroja para volver junto a las cazadoras. El banquete ya había comenzado y quería compartir aquel momento con sus hermanas. Se acercó a la más joven de todas y se sentó a su lado, no sin antes echar un vistazo al bosque para ver si veía a Ciro y a Silos.
-Bueno Dayanna, ¿qué te parece este cambio de aires?- miró, con el ceño fruncido, cómo los romanos comenzaban a perder el control y negó con la cabeza. Ellas nunca darían un espectáculo así- Es bastante diferente al bosque, ¿verdad?- suspiró, añorando la caza y la soledad, y alzó los ojos al cielo. A la ninfa le gustaba asistir a aquel campamento, sí, pero detestaba esos actos en los que obligaban a todos a reunirse para cosas tan banales como celebrar un banquete y dar una fiesta. No, desde luego aquello no lo compartía- Pero bueno, tú ya estarás acostumbrada, no hace mucho viviste los bailes del instituto- No pretendía hacer daño a Dayanna al recordar esas cosas, simplemente constataba un hecho. La chica admiraba la alegría y la emoción que desprendía su compañera más joven, y en ocasiones como aquella le gustaría ponerse en su lugar para poder asistir a una fiesta sin sentirse incómoda- Creo que… voy a adelantarme a coger algo.
La ninfa se alejó momentáneamente del grupo y volvió cargada con un bol de madera lleno de uvas y otras frutas. Era lo único que le apetecía en aquel momento y, además, parecía ser una de las pocas cosas que aún no habían tocado los más juerguistas de la fiesta. Comenzó a mordisquear distraídamente una de las uvas, cuando una voz a su espalda la hizo sobresaltarse. Había estado tan abstraída, criticando mentalmente a los juerguistas, que había dejado de lado cualquier precaución.
-Mmmm- terminó de tragar la uva y frunció el ceño para estudiar a la chica que tenía frente a ella- Muchas gracias por preocuparte y venir a darnos la bienvenida- se esforzó por sonreír. La chica sólo trataba de ser amable, y ella tenía que comprender que, durante unos meses, se vería obligada a estar rodeada de mucha otra gente- No muchos otros se han atrevido a hacer lo que tú- pretendía darle un cumplido- ya sabes, nos miran como a bichos raros pero…- se encogió de hombros y se metió otra uva en la boca- Nadie hace mucho más- ladeó la cabeza para sonreír a la chica y, mientras tanto, preguntarse quién podría ser su padre. Seguro que tendría bastantes hermanos, pues todos los dioses eran así de promiscuos pero… ¿quién era el papi del año? Dejó de lado cualquier rastro de educación y se dispuso a satisfacer su curiosidad- ¿Cómo te llamas? ¿Quién…? Bueno, ¿De qué cabaña eres?
-Bueno Dayanna, ¿qué te parece este cambio de aires?- miró, con el ceño fruncido, cómo los romanos comenzaban a perder el control y negó con la cabeza. Ellas nunca darían un espectáculo así- Es bastante diferente al bosque, ¿verdad?- suspiró, añorando la caza y la soledad, y alzó los ojos al cielo. A la ninfa le gustaba asistir a aquel campamento, sí, pero detestaba esos actos en los que obligaban a todos a reunirse para cosas tan banales como celebrar un banquete y dar una fiesta. No, desde luego aquello no lo compartía- Pero bueno, tú ya estarás acostumbrada, no hace mucho viviste los bailes del instituto- No pretendía hacer daño a Dayanna al recordar esas cosas, simplemente constataba un hecho. La chica admiraba la alegría y la emoción que desprendía su compañera más joven, y en ocasiones como aquella le gustaría ponerse en su lugar para poder asistir a una fiesta sin sentirse incómoda- Creo que… voy a adelantarme a coger algo.
La ninfa se alejó momentáneamente del grupo y volvió cargada con un bol de madera lleno de uvas y otras frutas. Era lo único que le apetecía en aquel momento y, además, parecía ser una de las pocas cosas que aún no habían tocado los más juerguistas de la fiesta. Comenzó a mordisquear distraídamente una de las uvas, cuando una voz a su espalda la hizo sobresaltarse. Había estado tan abstraída, criticando mentalmente a los juerguistas, que había dejado de lado cualquier precaución.
-Mmmm- terminó de tragar la uva y frunció el ceño para estudiar a la chica que tenía frente a ella- Muchas gracias por preocuparte y venir a darnos la bienvenida- se esforzó por sonreír. La chica sólo trataba de ser amable, y ella tenía que comprender que, durante unos meses, se vería obligada a estar rodeada de mucha otra gente- No muchos otros se han atrevido a hacer lo que tú- pretendía darle un cumplido- ya sabes, nos miran como a bichos raros pero…- se encogió de hombros y se metió otra uva en la boca- Nadie hace mucho más- ladeó la cabeza para sonreír a la chica y, mientras tanto, preguntarse quién podría ser su padre. Seguro que tendría bastantes hermanos, pues todos los dioses eran así de promiscuos pero… ¿quién era el papi del año? Dejó de lado cualquier rastro de educación y se dispuso a satisfacer su curiosidad- ¿Cómo te llamas? ¿Quién…? Bueno, ¿De qué cabaña eres?
Campamento Júpiter, con Jay

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Re: 3. Silver Cloaks | Andrómeda
SILVER CLOAKS.
Soltó aire por la nariz de forma bastante sonora, tratando de tranquilizarse. Desde que conocía la existencia de las cazadoras las había admirado, pero lo había hecho mucho más a medida que las había ido conociendo en persona. Aquella era la primera vez que se había acercado lo bastante como para hablar con ellas cara a cara pero las había visto más de una vez, y sabía que una de sus hermanas contemporáneas a la Guerra de los Titanes había sido su líder. De hecho, tenía entendido que seguía siéndolo, pero no l había visto por allí. Quizás estaba ocupada con otros asuntos o sencillamente había ido a ver a sus amigos Percy y Annabeth, que también deberían andar en la ciudad, si no estaban el recinto del campamento o cualquier otra cosa… bueno, en realidad no lo tenía muy claro, porque nunca había tenido gran contacto con ellos, eran seis años mayor que ella y lo único que sabía de ellos era que habían dejado la vida heroica o algo así. No le daba más importancia.
A lo que sí que le daba importancia era al hecho de estar verdaderamente nerviosa solo por estar ante una de las cazadoras, que se había acercado a ella tras su saludo. Notó el chisporroteo de la electricidad entre sus dedos. No le hacía daño, evidentemente, pero ahí estaba, y era algo bastante molesto. Los arcos voltaicos de color azul intenso parecían bailar entre sus dedos, y era algo que le pasaba siempre que se ponía nerviosa. Por eso agitó las manos mientras la otra le devolvía el saludo. Era casi, casi, casi una humillación estar tan nerviosa por algo tan poco significativo como estar delante de una Cazadora.
«Pero nunca las hemos vencido» se recordó mentalmente. Las cazadoras eran expertas en el juego de Capturar la Bandera. Quizás no les era tan importante como a los mestizos, pero era un hecho que eran mucho mejores que ellos. «Aunque no es justo. Ellas llevan miles de años combatiendo en el bosque, nosotros no llegamos a la decena de años en nuestra mayoría, algunos ni si quiera al lustro» continuó mentalmente, mientras seguía totalmente impresionada por la elegancia de aquellas que debían ser… ¿sus primas? La verdad es que no lo tenía claro. Cada vez que pensaba en el parentesco que tenía con los seres divinos le daba un dolor de cabeza terrible, aunque eso era cosa de mestizos.
Se sobrepuso a tiempo para contestar a la ¿joven? cazadora con una sonrisa un poco distraída. — Seguro que eso no tiene nada que ver las palizas que nos dais año tras año— dijo en un tono sarcástico y bromista. No había reproche en su voz, más bien admiración. De hecho, a parte del sarcasmo, lo único que había era admiración, pero no quiso darle más importancia a esa conversación, y quitó hierro al asunto con un manotazo. Su sarcasmo había conseguido relajarla un poco, aunque no completamente. Además, la chica había hecho una pregunta que probablemente ya había podido deducir por su precioso juego de luces... y por si fuera poco, con las escasez de gente que había en su cabaña, se podía haber hecho una idea de quién era: Jane Doe, la desconocida líder de Zeus—. Eh, bueno, soy hija del jefazo— quería hacer alguna referencia a los rayitos y chispas, pero no quería que creyese que era una impía, aunque lo fuese—. Ya sabes, Zeus, padre de todos— rodó los ojos, ya que ese epíteto pertenecía a Odín, un ser que ni sabía si existía ni le importaba, pero le iba al pelo a su padre—.
A lo que sí que le daba importancia era al hecho de estar verdaderamente nerviosa solo por estar ante una de las cazadoras, que se había acercado a ella tras su saludo. Notó el chisporroteo de la electricidad entre sus dedos. No le hacía daño, evidentemente, pero ahí estaba, y era algo bastante molesto. Los arcos voltaicos de color azul intenso parecían bailar entre sus dedos, y era algo que le pasaba siempre que se ponía nerviosa. Por eso agitó las manos mientras la otra le devolvía el saludo. Era casi, casi, casi una humillación estar tan nerviosa por algo tan poco significativo como estar delante de una Cazadora.
«Pero nunca las hemos vencido» se recordó mentalmente. Las cazadoras eran expertas en el juego de Capturar la Bandera. Quizás no les era tan importante como a los mestizos, pero era un hecho que eran mucho mejores que ellos. «Aunque no es justo. Ellas llevan miles de años combatiendo en el bosque, nosotros no llegamos a la decena de años en nuestra mayoría, algunos ni si quiera al lustro» continuó mentalmente, mientras seguía totalmente impresionada por la elegancia de aquellas que debían ser… ¿sus primas? La verdad es que no lo tenía claro. Cada vez que pensaba en el parentesco que tenía con los seres divinos le daba un dolor de cabeza terrible, aunque eso era cosa de mestizos.
Se sobrepuso a tiempo para contestar a la ¿joven? cazadora con una sonrisa un poco distraída. — Seguro que eso no tiene nada que ver las palizas que nos dais año tras año— dijo en un tono sarcástico y bromista. No había reproche en su voz, más bien admiración. De hecho, a parte del sarcasmo, lo único que había era admiración, pero no quiso darle más importancia a esa conversación, y quitó hierro al asunto con un manotazo. Su sarcasmo había conseguido relajarla un poco, aunque no completamente. Además, la chica había hecho una pregunta que probablemente ya había podido deducir por su precioso juego de luces... y por si fuera poco, con las escasez de gente que había en su cabaña, se podía haber hecho una idea de quién era: Jane Doe, la desconocida líder de Zeus—. Eh, bueno, soy hija del jefazo— quería hacer alguna referencia a los rayitos y chispas, pero no quería que creyese que era una impía, aunque lo fuese—. Ya sabes, Zeus, padre de todos— rodó los ojos, ya que ese epíteto pertenecía a Odín, un ser que ni sabía si existía ni le importaba, pero le iba al pelo a su padre—.
Campamento Júpiter, con Andrómeda

Re: 3. Silver Cloaks | Andrómeda
SILVER CLOAKS.
Justo al formular su pregunta, la ninfa vio el chisporroteo de las manos de su interlocutora y frunció levemente el ceño al reconocer quién era su padre. Sabía que la poca estima que sentía hacia Zeus no la podía extender al resto de su descendencia, pues, sin ir más lejos, la actual líder de las cazadoras era un vástago del dios de dioses. Y ella realmente admiraba a Thalía, era poderosa y una gran jefa. Pero claro, una cosa era tener aprecio a alguien a quien conocías y sabías como pensaba, y otra muy distinta era tenerlo con la hija desconocida de aquel al que odias.
La chica parecía realmente nerviosa, y Andrómeda sabía que su actitud estirada y algo distante no contribuían para calmarla. Se obligó a sonreír y apoyó las manos en su cintura, adoptando una pose más informal. Ella no podía juzgar a la enemiga de Leanna sin conocerla, antes tendrían que intercambiar algunas palabras. Parecía mentira que, con los miles de años que tenía la ninfa, ésta aún tuviera problemas para relacionarse. Bueno, problemas exactamente no, pero tampoco era su punto fuerte, eso desde luego.
-¿Palizas?- esta vez la risa de Andrómeda fue genuina. Escuchar eso de boca de la hija de Zeus le agradaba enormemente. Además, no parecía haber ningún reproche en sus palabras. La ninfa asintió con la cabeza- Quizás este año lo tengamos más difícil para ganar- recorrió el campamento con la mirada y frunció el ceño- Veo que varias de vosotras sois muy capaces. Sangre nueva, nuevas habilidades, nuevas sorpresas- se encogió de hombros- Pero es parte del juego, ¿no?- asintió con la cabeza al escuchar sus últimas palabras- Que suerte, el jefazo- se permitió adoptar un tono sarcástico pues la reacción de la chica ante la mención de su padre no parecía muy entusiasta- Creo que no sois muchos hijos de Zeus este año… “Cosa rara en él. Estará ocupado con otras cosas ahora”
Sus compañeros animales aparecieron trotando a su espalda, y frenaron justo al llegar a su nivel. Estaban ciertamente acostumbrados a la presencia de más semidioses, por lo que no dieron ninguna muestra de nerviosismo ante la chica que tenían enfrente.
-Dime, ¿qué opinión te merecen las cazadoras?- no pretendía hacer que se uniese a su pequeña familia, pero sí que tenía verdadera curiosidad. Las cosas habían cambiado mucho en los últimos años, y quizás la visión de las servidoras de Artemisa eran una de ellas- Tu nombre es Jay, ¿verdad? Sí, lo recuerdo del pequeño encontronazo de antes, disculpa si fui algo descortés- acarició distraídamente la cabeza del lobo negro y sonrió a la chica- A decir verdad, casi no necesitas presentación. No debería haber preguntado en primer lugar- ladeó la cabeza- Yo me llamo Andrómeda, y bueno, estoy deseando ver cómo te defiendes en el juego de atrapa la bandera este año, hija de Zeus.
La chica parecía realmente nerviosa, y Andrómeda sabía que su actitud estirada y algo distante no contribuían para calmarla. Se obligó a sonreír y apoyó las manos en su cintura, adoptando una pose más informal. Ella no podía juzgar a la enemiga de Leanna sin conocerla, antes tendrían que intercambiar algunas palabras. Parecía mentira que, con los miles de años que tenía la ninfa, ésta aún tuviera problemas para relacionarse. Bueno, problemas exactamente no, pero tampoco era su punto fuerte, eso desde luego.
-¿Palizas?- esta vez la risa de Andrómeda fue genuina. Escuchar eso de boca de la hija de Zeus le agradaba enormemente. Además, no parecía haber ningún reproche en sus palabras. La ninfa asintió con la cabeza- Quizás este año lo tengamos más difícil para ganar- recorrió el campamento con la mirada y frunció el ceño- Veo que varias de vosotras sois muy capaces. Sangre nueva, nuevas habilidades, nuevas sorpresas- se encogió de hombros- Pero es parte del juego, ¿no?- asintió con la cabeza al escuchar sus últimas palabras- Que suerte, el jefazo- se permitió adoptar un tono sarcástico pues la reacción de la chica ante la mención de su padre no parecía muy entusiasta- Creo que no sois muchos hijos de Zeus este año… “Cosa rara en él. Estará ocupado con otras cosas ahora”
Sus compañeros animales aparecieron trotando a su espalda, y frenaron justo al llegar a su nivel. Estaban ciertamente acostumbrados a la presencia de más semidioses, por lo que no dieron ninguna muestra de nerviosismo ante la chica que tenían enfrente.
-Dime, ¿qué opinión te merecen las cazadoras?- no pretendía hacer que se uniese a su pequeña familia, pero sí que tenía verdadera curiosidad. Las cosas habían cambiado mucho en los últimos años, y quizás la visión de las servidoras de Artemisa eran una de ellas- Tu nombre es Jay, ¿verdad? Sí, lo recuerdo del pequeño encontronazo de antes, disculpa si fui algo descortés- acarició distraídamente la cabeza del lobo negro y sonrió a la chica- A decir verdad, casi no necesitas presentación. No debería haber preguntado en primer lugar- ladeó la cabeza- Yo me llamo Andrómeda, y bueno, estoy deseando ver cómo te defiendes en el juego de atrapa la bandera este año, hija de Zeus.
Campamento Júpiter, con Jay

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Re: 3. Silver Cloaks | Andrómeda
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Tardó unos instantes en darse cuenta, sin embargo, cuando lo hizo, no podía borrarla de su cabeza. Esa chica era la amiga de Elsa. No es que le importase, claro, pero era un hecho relevante ya que tan solo hacía unas horas habían tenido un… ligero conflicto. No era difícil encontrarse en el fuego cruzado de aquellas dos, y Jay sabía que muchas veces salpicaba a sus amigas, y se imaginaba que alguna vez salpicaría a alguna amiga de Articuno… si es que alguna vez las lograba. Al parecer, aquella fue la ocasión designada por los dioses del destino — perdón, el dios, y las tres diosas— para que aquellos encontronazos salpicasen a alguien fuera del autodenominado por Nina “Team Jay”. Por supuesto, Jay seguía siendo tan despreocupada que, aunque ya no se lo sacaría de la cabeza, no le iba a dar la más mínima importancia a ese hecho. «Has venido aquí a que te conviertan en cazadora, no a hacer amigas» se dijo por un momento, y se sorprendió pensándolo de forma tan directa.
Jay era una chica honesta, muy honesta, pero no siempre era tan directa. Adoraba los giros del lenguaje y el sarcasmo era su arma favorita, mucho más que cualquier otra arma, ya fuese verbal o física. Así que al final siempre acababa dándole vueltas innecesarias a la conversación para llegar a cualquier sitio. «Quizás la oratoria sea cosa de mi padre también». Sin embargo, ver que la chica también se acordaba de ella y que no le guardaba rencor por todo lo que había dicho con anterioridad —que no había sido poco, por supuesto— le alegró. No era de esa gente que guardase rencor a nadie, y le fastidiaba que pensasen así de ella, porque no era la verdad. El conflicto con Leanna venía de largo y estaba lejos de terminar, de hecho, Jay no creía que terminase nunca, pero en cierto modo aquella rivalidad la divertía.
— No lo hacemos mal— aceptó. Era cierto que en los últimos años algunos habían ganado mucha habilidad en el juego de atrapar la bandera—, pero vosotras tenéis miles de años de experiencia— había leído tantas veces el panfleto de las Cazadoras que casi se sentía como si fuese el tema tres de su libro de historia— y un talento sin igual. Conocéis los bosques como si fuesen vuestra casa…— que, de hecho, lo son—. Puede que nosotros no lo hagamos mal, pero vosotras sois magistrales— y esa era su visión de las Cazadoras. No tenía ningún problema en decir todo lo que pensaba sobre una persona, y mucho menos sobre algo tan magnífico como eran las Cazadoras. ¿Sentía envidia de la chica que tenía delante? Bueno, no, pero sí que esperaba llegar a ser como ellas alguna vez—.
Le quitó importancia tanto al hecho de que su padre fuese Zeus como al comentario sobre el conflicto anterior con un manotazo. — Sí, parece que se está haciendo viejo. La menopausia divina, supongo— soltó aquello con sorna y casi de inmediato un trueno surcó el cielo de lado a lado y Jay contestó con un rápido guiño de ojos a la Cazadora—. Y respecto a lo de antes… — ahora se encogió de hombros—. Nunca me tomo en serio estas cosas. Sé que a veces parezco un poco… Hija de mi padre— dijo parafraseando a Nina—, pero no quiero ofender a nadie. Si Elsa… Leanna— se corrigió demasiado tarde— cree que debe enfadarse, que se enfade. Si lo que quiere es alguien a quien echarle las culpas, pues que me las eche— y volvió a encogerse de hombros. Realmente le daba igual que aquella chica la odiase o la juzgase. El tren de la amistad con ella había pasado hacía mucho tiempo—.
Jay era una chica honesta, muy honesta, pero no siempre era tan directa. Adoraba los giros del lenguaje y el sarcasmo era su arma favorita, mucho más que cualquier otra arma, ya fuese verbal o física. Así que al final siempre acababa dándole vueltas innecesarias a la conversación para llegar a cualquier sitio. «Quizás la oratoria sea cosa de mi padre también». Sin embargo, ver que la chica también se acordaba de ella y que no le guardaba rencor por todo lo que había dicho con anterioridad —que no había sido poco, por supuesto— le alegró. No era de esa gente que guardase rencor a nadie, y le fastidiaba que pensasen así de ella, porque no era la verdad. El conflicto con Leanna venía de largo y estaba lejos de terminar, de hecho, Jay no creía que terminase nunca, pero en cierto modo aquella rivalidad la divertía.
— No lo hacemos mal— aceptó. Era cierto que en los últimos años algunos habían ganado mucha habilidad en el juego de atrapar la bandera—, pero vosotras tenéis miles de años de experiencia— había leído tantas veces el panfleto de las Cazadoras que casi se sentía como si fuese el tema tres de su libro de historia— y un talento sin igual. Conocéis los bosques como si fuesen vuestra casa…— que, de hecho, lo son—. Puede que nosotros no lo hagamos mal, pero vosotras sois magistrales— y esa era su visión de las Cazadoras. No tenía ningún problema en decir todo lo que pensaba sobre una persona, y mucho menos sobre algo tan magnífico como eran las Cazadoras. ¿Sentía envidia de la chica que tenía delante? Bueno, no, pero sí que esperaba llegar a ser como ellas alguna vez—.
Le quitó importancia tanto al hecho de que su padre fuese Zeus como al comentario sobre el conflicto anterior con un manotazo. — Sí, parece que se está haciendo viejo. La menopausia divina, supongo— soltó aquello con sorna y casi de inmediato un trueno surcó el cielo de lado a lado y Jay contestó con un rápido guiño de ojos a la Cazadora—. Y respecto a lo de antes… — ahora se encogió de hombros—. Nunca me tomo en serio estas cosas. Sé que a veces parezco un poco… Hija de mi padre— dijo parafraseando a Nina—, pero no quiero ofender a nadie. Si Elsa… Leanna— se corrigió demasiado tarde— cree que debe enfadarse, que se enfade. Si lo que quiere es alguien a quien echarle las culpas, pues que me las eche— y volvió a encogerse de hombros. Realmente le daba igual que aquella chica la odiase o la juzgase. El tren de la amistad con ella había pasado hacía mucho tiempo—.
Campamento Júpiter, con Andrómeda

Re: 3. Silver Cloaks | Andrómeda
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Andrómeda miró a su alrededor, observando si Leya estaba cerca o no. La pelirroja sabía perfectamente que ella era capaz de tomar sus propias decisiones, sobre todo en cuanto a hablar con la gente, pero el odio que le había visto a su amiga por la Hija de Zeus era grande y no quería azuzarlo ni, mucho menos, que se enfadara con ella. Llevaba mucho tiempo en la tierra, eso era cierto, pero una amistad más, una amistad menos sí que era algo que le importaba a la ninfa.
-Lo imaginaba, parecéis más preparados que años anteriores- frunció el ceño, observando a los campistas- No sé, será una corazonada, pero creo que este año, el juego de atrapa la bandera será realmente entretenido. “Quizás, hasta esté más equilibrado”- Silos y Ciro se marcharon de su lado para seguir con su patrulla habitual alrededor del campamento- A veces la experiencia no lo es todo. Yo seré muy buena con el arco, pero tú posees poderes que yo no alcanzo a soñar- la verdad es que Andrómeda nunca había ansiado el destino de los semidioses, y mucho menos el de los hijos de los Tres Grandes Dioses, pero sí que tenía curiosidad por saber cómo sería poder controlar el mar, o la climatología- Wow, veo que las cazadoras te gustan- mostró una sonrisa amable- ¿No estarás interesada en unirte a nosotras por un casual?- ladeó la cabeza, para observar el reducido número de hermanas que aún quedaban y negó con la cabeza tristemente. Necesitaban sangre fresca, eso estaba claro- Te adoptaríamos con los brazos abiertos, eso tenlo claro. Y te enseñaríamos todos nuestros trucos.
Sonrió ante el pensamiento de que una hija de Zeus se uniese a su grupo. Ya había ocurrido con anterioridad, sí, pero aquello no dejaba de agradarle. El dios de dioses, abandonado por su descendencia. Hilarante.
-Sí, será eso- soltó una carcajada al escuchar lo de la menopausia de Zeus, y notó cómo se relajaba al estar en presencia de la chica. El trueno sólo contribuyó para aumentar su diversión. Realmente, le caía bien Jay. Quizás tendría que intentar arreglar su mala relación con Leya- Pero… ¿qué os ha ocurrido para que tengáis esa relación?- levantó las manos a modo de disculpa- No pretendo inmiscuirme en tu vida, ni quiero pecar de cotilla pero, realmente se os ve enfrentadas y muy enfadadas la una con la otra- ladeó la cabeza- y eso a veces desencadena una elección de bandos nada agradable- ahora le tocó el turno de encogerse de hombros a ella, pues no tenía intención de entrar en una pelea tan tonta. Si hubiera tenido varios miles de años menos quizás, pero ahora no tenía ninguna gana de jugar a ser adolescente- Y… debo decir que ella empezó, vale. Pero tú continuaste en el mismo tono y sin piedad- bueno, Andrómeda tampoco había sido amable, pero no iba a sacar eso a colación- ¿No crees que debería ceder alguna de vosotras? Si seguís pinchándoos así, mal vamos- se cruzó de brazos- No sé, ¿sabéis acaso por qué empezó vuestra enemistad?
-Lo imaginaba, parecéis más preparados que años anteriores- frunció el ceño, observando a los campistas- No sé, será una corazonada, pero creo que este año, el juego de atrapa la bandera será realmente entretenido. “Quizás, hasta esté más equilibrado”- Silos y Ciro se marcharon de su lado para seguir con su patrulla habitual alrededor del campamento- A veces la experiencia no lo es todo. Yo seré muy buena con el arco, pero tú posees poderes que yo no alcanzo a soñar- la verdad es que Andrómeda nunca había ansiado el destino de los semidioses, y mucho menos el de los hijos de los Tres Grandes Dioses, pero sí que tenía curiosidad por saber cómo sería poder controlar el mar, o la climatología- Wow, veo que las cazadoras te gustan- mostró una sonrisa amable- ¿No estarás interesada en unirte a nosotras por un casual?- ladeó la cabeza, para observar el reducido número de hermanas que aún quedaban y negó con la cabeza tristemente. Necesitaban sangre fresca, eso estaba claro- Te adoptaríamos con los brazos abiertos, eso tenlo claro. Y te enseñaríamos todos nuestros trucos.
Sonrió ante el pensamiento de que una hija de Zeus se uniese a su grupo. Ya había ocurrido con anterioridad, sí, pero aquello no dejaba de agradarle. El dios de dioses, abandonado por su descendencia. Hilarante.
-Sí, será eso- soltó una carcajada al escuchar lo de la menopausia de Zeus, y notó cómo se relajaba al estar en presencia de la chica. El trueno sólo contribuyó para aumentar su diversión. Realmente, le caía bien Jay. Quizás tendría que intentar arreglar su mala relación con Leya- Pero… ¿qué os ha ocurrido para que tengáis esa relación?- levantó las manos a modo de disculpa- No pretendo inmiscuirme en tu vida, ni quiero pecar de cotilla pero, realmente se os ve enfrentadas y muy enfadadas la una con la otra- ladeó la cabeza- y eso a veces desencadena una elección de bandos nada agradable- ahora le tocó el turno de encogerse de hombros a ella, pues no tenía intención de entrar en una pelea tan tonta. Si hubiera tenido varios miles de años menos quizás, pero ahora no tenía ninguna gana de jugar a ser adolescente- Y… debo decir que ella empezó, vale. Pero tú continuaste en el mismo tono y sin piedad- bueno, Andrómeda tampoco había sido amable, pero no iba a sacar eso a colación- ¿No crees que debería ceder alguna de vosotras? Si seguís pinchándoos así, mal vamos- se cruzó de brazos- No sé, ¿sabéis acaso por qué empezó vuestra enemistad?
Campamento Júpiter, con Jay

Gracias a Red Panda por el pack
- Mis niñas:

- Unagi:
- Unagiis a state of total awareness
Re: 3. Silver Cloaks | Andrómeda
SILVER CLOAKS.
Jay no creía que estuviesen mejor preparados. A diferencia de las cazadoras, la mayor parte de los campistas ni si quiera se habían enfrentado en combate real a más de un par de monstruos, y ella misma podía contar sus encontronazos con los dedos de las manos… No creía llegar a la decena, aunque nunca se había parado a pensarlo, claro. Por supuesto, Jay tenía esa ambición natural en todos los hijos de Zeus — en casi todos los mestizos, de hecho—, pues estaba hecha para liderar y gobernar, no para ser mediocre, sin embargo, las dudas eran algo que la embargaban con demasiada asiduidad. Por supuesto, era algo que fuera de su círculo más estrecho — formado por Kiara y Nina, es decir, fuera de sus dos mejores amigas— no se planteaba mostrar. Quizás algún día hablaría de ello con Erika o con Sao, pues las hijas de Atenea sabrían darle buenos consejos, sin embargo, dudaba mucho que aquello aconteciese pronto, y menos con la cazadora que tenía justo delante. Tenía cierto orgullo… Y por eso precisamente no diría gran cosa sobre su preparación.
Se volvió a encoger de hombros, demostrando que aquel gesto era algo ya tan natural y común en ella que parecía perfectamente ensayado, pero tan solo era la experiencia de la repetición natural. Era un gesto que hacía mucho. — Quizás estemos mejor preparados… Desde luego haremos todo lo posible— había decidido cuando las vio que hablaría con Erika sobre una buena estrategia. Podrían aprovecharse de los de Ares como señuelo, que creyesen que ellos mandaban… En fin, no era el momento para decidir aquello, ni si quiera para pensarlo. Ahora tenía que seguir con la conversación que tanta ilusión le estaba haciendo. Sí, Jay estaba verdaderamente emocionada con aquella conversación, pese a que la chica con la que hablaba era una de las mejores amigas de su peor (y única) enemiga—.
Entonces fue cuando llegó el comentario que congeló a Jay. El instante se convirtió en un millón de años. ¿Acababan de ofrecerle un puesto en las cazadoras? No sabía si creérselo o si reírse. De hecho, tenía bastante claro que no podía ir en serio. ¡Las cazadoras! Y… aunque lo fuese. Tenía que ser Artemisa la que le ofreciese el puesto de verdad, aunque si una de sus cazadoras intercedía por ella… Oh, no podía creerse que aquello estuviese pasando… Excepto porque Artemisa no la aceptaría. Para empezar, era demasiado mayor. Sí, vale, era virgen. Ni si quiera había besado a un chico, ni a una chica, cabe decir, ni tenía intención de hacerlo —en gran medida porque quería unirse a ellas, claro—, pero… Unirse a las cazadoras implicaba muchas cosas.
— La verdad… Me encantaría— la ilusión no estaba en su rostro. Había estado, pero cuando habló, lo hizo turbada—. Pero sería dejar atrás muchas cosas— no pudo evitar pensar en su madre, en Kiara y en Nina, y, sobre todo, en el campamento. Vale, sí, volvería a verlos a todos de vez en cuando, pero aquel era su hogar. Aquello había sido un tema tabú para el pensamiento de Jay, nunca se lo había planteado. Nunca había pensado que podría dejar atrás a todos sus amigos por unirse a Artemisa. Y por primera vez se acababa de dar cuenta de eso. Soltó el aire por la nariz con fuerza, largamente—. Me encantaría unirme. Pero… — sonrió con amargura, y casi de inmediato cambió el rostro a uno más amigable—. Quizás reclame la oferta, ¿vale?
Era algo que iba a hacer tarde o temprano, se dijo, porque llevaba años pensándolo. Pero en ese momento se había convertido en algo demasiado peligroso. No quería quedarse sola… Cosa que podía pasar si abandonaba a Kiara y a Nina. No, era mejor no pensarlo en ese momento, sobre todo delante de la amiga de Leya. ¿Iba a dejar que viese esa debilidad? Sobre todo cuando parecía tan interesada —naturalmente, Jay también lo hubiese estado— en su relación con la hija de Quione.
— Es… largo— aunque había intentado recuperar el ánimo, aquel tema tampoco era uno que le encantase—. Viene de cuando llegó al campamento. No sé si habrás notado que mi sentido del humor no gusta a todo el mundo— otra vez se encogió de hombros—. Nunca le he dado importancia, no quiero ofender cuando lo hago, pero a veces la gente se ofende. Y en el caso de Leanne, supongo, no es de esa gente que deja pasar una ofensa. Y yo no soy de las que se deja pisotear, así que… Es una espiral de odio— habló con naturalidad. Jay no odiaba a Leanne, o al menos no lo creía así. Sencillamente tenían discordancias muy fuertes—. Me imagino que su versión estará llena de matices sobre lo terrible que soy. No sé si será verdad. Pero parece que solo a ella le afecta tanto. Por algo será.
Se volvió a encoger de hombros, demostrando que aquel gesto era algo ya tan natural y común en ella que parecía perfectamente ensayado, pero tan solo era la experiencia de la repetición natural. Era un gesto que hacía mucho. — Quizás estemos mejor preparados… Desde luego haremos todo lo posible— había decidido cuando las vio que hablaría con Erika sobre una buena estrategia. Podrían aprovecharse de los de Ares como señuelo, que creyesen que ellos mandaban… En fin, no era el momento para decidir aquello, ni si quiera para pensarlo. Ahora tenía que seguir con la conversación que tanta ilusión le estaba haciendo. Sí, Jay estaba verdaderamente emocionada con aquella conversación, pese a que la chica con la que hablaba era una de las mejores amigas de su peor (y única) enemiga—.
Entonces fue cuando llegó el comentario que congeló a Jay. El instante se convirtió en un millón de años. ¿Acababan de ofrecerle un puesto en las cazadoras? No sabía si creérselo o si reírse. De hecho, tenía bastante claro que no podía ir en serio. ¡Las cazadoras! Y… aunque lo fuese. Tenía que ser Artemisa la que le ofreciese el puesto de verdad, aunque si una de sus cazadoras intercedía por ella… Oh, no podía creerse que aquello estuviese pasando… Excepto porque Artemisa no la aceptaría. Para empezar, era demasiado mayor. Sí, vale, era virgen. Ni si quiera había besado a un chico, ni a una chica, cabe decir, ni tenía intención de hacerlo —en gran medida porque quería unirse a ellas, claro—, pero… Unirse a las cazadoras implicaba muchas cosas.
— La verdad… Me encantaría— la ilusión no estaba en su rostro. Había estado, pero cuando habló, lo hizo turbada—. Pero sería dejar atrás muchas cosas— no pudo evitar pensar en su madre, en Kiara y en Nina, y, sobre todo, en el campamento. Vale, sí, volvería a verlos a todos de vez en cuando, pero aquel era su hogar. Aquello había sido un tema tabú para el pensamiento de Jay, nunca se lo había planteado. Nunca había pensado que podría dejar atrás a todos sus amigos por unirse a Artemisa. Y por primera vez se acababa de dar cuenta de eso. Soltó el aire por la nariz con fuerza, largamente—. Me encantaría unirme. Pero… — sonrió con amargura, y casi de inmediato cambió el rostro a uno más amigable—. Quizás reclame la oferta, ¿vale?
Era algo que iba a hacer tarde o temprano, se dijo, porque llevaba años pensándolo. Pero en ese momento se había convertido en algo demasiado peligroso. No quería quedarse sola… Cosa que podía pasar si abandonaba a Kiara y a Nina. No, era mejor no pensarlo en ese momento, sobre todo delante de la amiga de Leya. ¿Iba a dejar que viese esa debilidad? Sobre todo cuando parecía tan interesada —naturalmente, Jay también lo hubiese estado— en su relación con la hija de Quione.
— Es… largo— aunque había intentado recuperar el ánimo, aquel tema tampoco era uno que le encantase—. Viene de cuando llegó al campamento. No sé si habrás notado que mi sentido del humor no gusta a todo el mundo— otra vez se encogió de hombros—. Nunca le he dado importancia, no quiero ofender cuando lo hago, pero a veces la gente se ofende. Y en el caso de Leanne, supongo, no es de esa gente que deja pasar una ofensa. Y yo no soy de las que se deja pisotear, así que… Es una espiral de odio— habló con naturalidad. Jay no odiaba a Leanne, o al menos no lo creía así. Sencillamente tenían discordancias muy fuertes—. Me imagino que su versión estará llena de matices sobre lo terrible que soy. No sé si será verdad. Pero parece que solo a ella le afecta tanto. Por algo será.
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