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▬ Hollywhore
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▬ Hollywhore
Hollywhore
En Hollywood te pueden pagar mil dólares por un beso, pero sólo cincuenta centavos por tu alma.
Cuando pensamos en la década de los 50, nos vienen a la cabeza infinidad de imágenes: confort, béisbol, guerra de Corea, clase media-alta, jazz moderno, comida rápida, Grease, televisión, Marilyn Monroe, Audrey, Dean, Newman, Marlon. Pero, créeme, ni siquiera te haces una ligera idea de lo que sucedía tras bambalinas. Cuando apagaban focos y cámaras. Cuando el glamour se diluía por los pasillos como las volutas del humo de un cigarro fumado con boquilla larga…
Nos encontramos en 1948, plena edad dorada de Hollywood. La industria funciona de manera muy similar a la de la mafia italiana; si quieres ser alguien debes pertenecer a una de las dos grandes “famiglias”, Metro-Goldwyng-Mayer o Warner Brothers. El modus operandi es firmar un contrato de trabajo con una duración de hasta diez años. El público juega a adivinar qué estudio ha producido tal o cual película solo por los actores que aparecen en ella. Y así, MGM posee las almas de Greta Garbo, Clark Gable y Joan Crawford, mientras que Bette Davis o Humphrey Bogart son propiedad de la Warner. No obstante, la televisión está jodiendo los ingresos y los productores andan a la caza de caras nuevas.
Un todavía desconocido Ray Curtis, acaba de terminar su prueba de cámara. “¿Qué te ha parecido?”, le pregunta el productor al guionista. “Es un gilipollas”, le viene a replicar. Ya, pero es Jackie Darling, es el díscolo joven sureño. Ahora solo necesitan a la mujer que interpretará a Holly, su interés romántico. La última esperanza de la mal pertrechada Fox es encontrar este diamante en bruto para después molerlo y pervertirlo a su gusto.
–Marilyn Monroe.
Cuando pensamos en la década de los 50, nos vienen a la cabeza infinidad de imágenes: confort, béisbol, guerra de Corea, clase media-alta, jazz moderno, comida rápida, Grease, televisión, Marilyn Monroe, Audrey, Dean, Newman, Marlon. Pero, créeme, ni siquiera te haces una ligera idea de lo que sucedía tras bambalinas. Cuando apagaban focos y cámaras. Cuando el glamour se diluía por los pasillos como las volutas del humo de un cigarro fumado con boquilla larga…
Nos encontramos en 1948, plena edad dorada de Hollywood. La industria funciona de manera muy similar a la de la mafia italiana; si quieres ser alguien debes pertenecer a una de las dos grandes “famiglias”, Metro-Goldwyng-Mayer o Warner Brothers. El modus operandi es firmar un contrato de trabajo con una duración de hasta diez años. El público juega a adivinar qué estudio ha producido tal o cual película solo por los actores que aparecen en ella. Y así, MGM posee las almas de Greta Garbo, Clark Gable y Joan Crawford, mientras que Bette Davis o Humphrey Bogart son propiedad de la Warner. No obstante, la televisión está jodiendo los ingresos y los productores andan a la caza de caras nuevas.
Un todavía desconocido Ray Curtis, acaba de terminar su prueba de cámara. “¿Qué te ha parecido?”, le pregunta el productor al guionista. “Es un gilipollas”, le viene a replicar. Ya, pero es Jackie Darling, es el díscolo joven sureño. Ahora solo necesitan a la mujer que interpretará a Holly, su interés romántico. La última esperanza de la mal pertrechada Fox es encontrar este diamante en bruto para después molerlo y pervertirlo a su gusto.
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PLOT | 1x1 | ÉPOCAS PASADAS
phoenix ⚓
Re: ▬ Hollywhore
HOLLYWHORE
Terminar en una cuneta con las manos manchadas de su propia sangre no es el final que uno se imagina cuando firma su primer contrato para una película. Pero nadie repara en las letras pequeñas, en las más diminutas de todas, en las invisibles. Son lo único que te advierten de la cruda realidad. Que una vez garabateado tu nombre en aquel papel que huele a dólares y a perfume caro, ya no habrá marcha atrás. El precio de la fama, en ocasiones, se paga con sangre.
¿Qué había llevado a la gallina de los huevos de oro de Hollywood a terminar así? Un actor versátil, quimérico, revolucionario. Un hombre de treinta y ocho años con una vida aparentemente perfecta, alguien que presumía de tenerlo todo, o casi todo. Una mujer. ¿No era siempre la mujer el origen de todos los problemas? En su caso lo fue. Lo fue amarla. Lo fue odiarla.
Lo fue conocerla.
Century City, Los Ángeles. Año 1948.
Por aquel entonces, Ray Curtis de veinticuatro años era menos conocido que la máquina de escribir silenciosa, pero ya tenía por costumbre actuar, caminar, hablar y mirar con esa insolencia patente. Nada en él era forzado, nada de lo que se veía en pantalla era premeditado; sus manías, virtudes, tics y egolatrías le habían llevado a hacerse con el papel protagónico de una película que prometía romper con todos los cánones establecidos. Jackie Darling, el personaje, parecía escrito para él. Y luego estaba el otro personaje, Ray Curtis en todo su esplendor, capaz de sacar de quicio a todo el estudio con aquel comportamiento histriónico que arrastraba por la ausencia de dos pilares fundamentales en su vida. Pero no importaba; la cámara seguía amándolo.
Ray se encontraba sentado en la parte superior del set de rodaje, con las manos apoyadas en la barandilla y las piernas colgando al vacío mientras se dedicaba a crear distintas figuras con el humo de su cigarrillo. Fue desde allí arriba cuando la vio por primera vez. De entre todas las candidatas, su nombre era el que había golpeado con más fuerza para convertirse en Holly, su interés amoroso en la gran pantalla. Pero antes de aquello ocurriera, ambos debían representar una de las escenas más intensas de la película. Los dos tenían que funcionar juntos.
Aplastó el cigarrillo con la suela de su zapato y bajó las escaleras, tropezándose en el último escalón.
¿Qué había llevado a la gallina de los huevos de oro de Hollywood a terminar así? Un actor versátil, quimérico, revolucionario. Un hombre de treinta y ocho años con una vida aparentemente perfecta, alguien que presumía de tenerlo todo, o casi todo. Una mujer. ¿No era siempre la mujer el origen de todos los problemas? En su caso lo fue. Lo fue amarla. Lo fue odiarla.
Lo fue conocerla.
Century City, Los Ángeles. Año 1948.
Por aquel entonces, Ray Curtis de veinticuatro años era menos conocido que la máquina de escribir silenciosa, pero ya tenía por costumbre actuar, caminar, hablar y mirar con esa insolencia patente. Nada en él era forzado, nada de lo que se veía en pantalla era premeditado; sus manías, virtudes, tics y egolatrías le habían llevado a hacerse con el papel protagónico de una película que prometía romper con todos los cánones establecidos. Jackie Darling, el personaje, parecía escrito para él. Y luego estaba el otro personaje, Ray Curtis en todo su esplendor, capaz de sacar de quicio a todo el estudio con aquel comportamiento histriónico que arrastraba por la ausencia de dos pilares fundamentales en su vida. Pero no importaba; la cámara seguía amándolo.
Ray se encontraba sentado en la parte superior del set de rodaje, con las manos apoyadas en la barandilla y las piernas colgando al vacío mientras se dedicaba a crear distintas figuras con el humo de su cigarrillo. Fue desde allí arriba cuando la vio por primera vez. De entre todas las candidatas, su nombre era el que había golpeado con más fuerza para convertirse en Holly, su interés amoroso en la gran pantalla. Pero antes de aquello ocurriera, ambos debían representar una de las escenas más intensas de la película. Los dos tenían que funcionar juntos.
Aplastó el cigarrillo con la suela de su zapato y bajó las escaleras, tropezándose en el último escalón.
FOX STUDIOS
phoenix ⚓
Se laissant porter
par les courants
par les courants
Re: ▬ Hollywhore
HOLLYWHORE
Pocos años después de la muerte de Ray, encontraron el magnificado cuerpo de Ava Arden flotando tumbado en la bañera. Había empezado a adquirir un ligero tono azulado. Era tan, tan hermosa... Un brazo pendía de esta, y sus dedos casi rozaban la superficie del suelo. La sangre de las muñecas estaba reseca y coagulada, y se adhería en pequeños fragmentos a su piel. Sus uñas, coloreadas en granate, se difuminaban con un pequeño charco de sangre. La delgada línea roja. Así se llamaba el último éxito en taquilla de la gran diva de Hollywood.
Century City, Los Ángeles. Año 1948.
Constituía un cliché en sí misma. La joven inocente, criada en una granja perdida al suroeste de Kansas, donde los hombres besaban cabras y las mujeres cocinaban tarta de manzana. Los niños merendaban sándwich de manteca de cacahuete mientras soñaban con ser astronautas. Las niñas más afortunadas podían ver la tele, ensimismadas, deseando poseer al menos un tercio del talento de Bette Davis. Ava Starling cumplía con el estereotipo de haberse largado de villa guisante para conquistar la gran manzana. Como las otras dos aspirantes que hacían cola tras ella, retocándose los polvos. Tratando de esconder la rojez que delataba que eran muchachas de campo. Ganado.
Había perdido la cuenta de los cástings que había hecho. Al contrario que las otras dos chicas, sabía muy bien lo que le esperaba: se colocaría frente a la cámara, daría todo y más por brillar bajo los focos y, finalmente, escucharía esa condenada palabra...
—¡Siguiente! —el director de la audición resopló, hastiado, y se peinó las sendas cejas con los dedos índice y pulgar.
Ava caminó unos pasitos, sus pies diminutos escondidos tras unos tacones bajos color crema, en los que había invertido el sueldo del un mes. Trabajaba de patinadora en un antro en el que también le obligaban a bailar al ritmo de Elvis. No era lo suficientemente buena. Los zapatos no funcionaban bien con el vestido blanco estampado con flores rojas. Entonces encontró un hilo suelto. Dos, tres. Trató de arrancarlos todos, presa de la vergüenza.
De súbito alguien tropezó muy cerca de ella, propinándole un pequeño empujón. Olía a loción de afeitado y cigarrillos.
—Discúlpeme —se apresuró a musitar, Ava, a la par que elevaba la mirada de su vestido. Una mirada azul transparente. Una mirada inexperta. Una mirada que descubrió delante de ella a un joven de mandíbula cuadrada y aires díscolos. Era Jackie Darling. Lo supo desde el primer instante. Se había chocado con la estrella de la película. Miró de reojo al resto del set. El jefe de cásting, el guionista, el productor, el director, las aspirantes, absolutamente todos miraban la escena.
Ava se mordió levemente el labio inferior. Era ahora o nunca. Se había memorizado las líneas, cada coma, espacio, silencio. Eran suyas.
—Jackie estaba asustado de sí mismo, señor agente. Una vez, me encontré deseando ser un psicoanalista y que él fuera mi paciente. Puede que no pudiera ayudarlo, pero habría lucido hermoso en el sofá.
Su tono era juguetón e inoportuno, pero grave. La frase pertenecía a una de las escenas finales, tras el accidente en moto del protagonista. Holly era frívola. Pero por encima de todo destacaba la gracilidad femenina de un ser extremadamente vulnerable que desprende luz y belleza como pocos. Un ser, que por encima de todo, para bien y para mal, era adorable.
En el set reinó el silencio. Un silencio incómodo que Ava había despertado, y que ella misma, con el labio inferior tembloroso, esperaba que concluyera rápido. De súbito, alguien rompió esa paz intranquila.
—Es increíble. Es Mae West, Theda Bara y Bo Peep, todo en uno —alabó el productor.
—Continuad. —Ordenó el director, con renovada ilusión. El camarógrafo giró su aparato hacia ellos.
Century City, Los Ángeles. Año 1948.
Constituía un cliché en sí misma. La joven inocente, criada en una granja perdida al suroeste de Kansas, donde los hombres besaban cabras y las mujeres cocinaban tarta de manzana. Los niños merendaban sándwich de manteca de cacahuete mientras soñaban con ser astronautas. Las niñas más afortunadas podían ver la tele, ensimismadas, deseando poseer al menos un tercio del talento de Bette Davis. Ava Starling cumplía con el estereotipo de haberse largado de villa guisante para conquistar la gran manzana. Como las otras dos aspirantes que hacían cola tras ella, retocándose los polvos. Tratando de esconder la rojez que delataba que eran muchachas de campo. Ganado.
Había perdido la cuenta de los cástings que había hecho. Al contrario que las otras dos chicas, sabía muy bien lo que le esperaba: se colocaría frente a la cámara, daría todo y más por brillar bajo los focos y, finalmente, escucharía esa condenada palabra...
—¡Siguiente! —el director de la audición resopló, hastiado, y se peinó las sendas cejas con los dedos índice y pulgar.
Ava caminó unos pasitos, sus pies diminutos escondidos tras unos tacones bajos color crema, en los que había invertido el sueldo del un mes. Trabajaba de patinadora en un antro en el que también le obligaban a bailar al ritmo de Elvis. No era lo suficientemente buena. Los zapatos no funcionaban bien con el vestido blanco estampado con flores rojas. Entonces encontró un hilo suelto. Dos, tres. Trató de arrancarlos todos, presa de la vergüenza.
De súbito alguien tropezó muy cerca de ella, propinándole un pequeño empujón. Olía a loción de afeitado y cigarrillos.
—Discúlpeme —se apresuró a musitar, Ava, a la par que elevaba la mirada de su vestido. Una mirada azul transparente. Una mirada inexperta. Una mirada que descubrió delante de ella a un joven de mandíbula cuadrada y aires díscolos. Era Jackie Darling. Lo supo desde el primer instante. Se había chocado con la estrella de la película. Miró de reojo al resto del set. El jefe de cásting, el guionista, el productor, el director, las aspirantes, absolutamente todos miraban la escena.
Ava se mordió levemente el labio inferior. Era ahora o nunca. Se había memorizado las líneas, cada coma, espacio, silencio. Eran suyas.
—Jackie estaba asustado de sí mismo, señor agente. Una vez, me encontré deseando ser un psicoanalista y que él fuera mi paciente. Puede que no pudiera ayudarlo, pero habría lucido hermoso en el sofá.
Su tono era juguetón e inoportuno, pero grave. La frase pertenecía a una de las escenas finales, tras el accidente en moto del protagonista. Holly era frívola. Pero por encima de todo destacaba la gracilidad femenina de un ser extremadamente vulnerable que desprende luz y belleza como pocos. Un ser, que por encima de todo, para bien y para mal, era adorable.
En el set reinó el silencio. Un silencio incómodo que Ava había despertado, y que ella misma, con el labio inferior tembloroso, esperaba que concluyera rápido. De súbito, alguien rompió esa paz intranquila.
—Es increíble. Es Mae West, Theda Bara y Bo Peep, todo en uno —alabó el productor.
—Continuad. —Ordenó el director, con renovada ilusión. El camarógrafo giró su aparato hacia ellos.
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